El blog de Las Hormigas

¡Saludos formíceos! Desde Caracas, Venezuela, le damos la más cordial de las bienvenidas a este registro de actividades del club de lectura Las Hormigas.

Tres nuevos libros

Tomado de 

 

Ya se consiguen los flamantes libros de Manuela Martínez, Santiago Craig y Lucía C. Gris

 

Los espectros de las nuevas escrituras

Una novela, un tomo de cuentos y un poemario que revuelven en las ausencias amadas, los huecos cercanos y los fantasmas amigos.

 

Por Brian Majlin

 

¿Cómo se le habla a lo que no está? O cómo hablar desde lo que no está pero define, da identidad, provoca un modo de ser y estar. O cómo aquello que no es parte del presente puede ser punto de partida para hablar de la identidad y el sentir de una persona o un pueblo. La literatura nos brinda, en su multiplicidad de géneros y opciones, un modo de habitar lo extraño, lo incómodo, los duelos y también lo que no comprendemos.

Con la premisa de que «la ausencia es presencia» –frase que aparece en una parte de uno de estos tres libros que hoy traemos–, dos escritoras y un escritor dejan entre sus letras muchas pistas para indagar en las fisuras que puede tener una historia. En las narrativas que construimos con la voz, la presencia -y sobre todo la ausencia- de otres.

 

El último hombre perfecto, de Manuela Martínez (Ediciones B)

Mientras intenta mantener un vínculo bastante conflictivo con su papá biológico, M se convierte en la hija de Luis hijastra no se menciona y es una palabra que debería desterrase del diccionario–, pero M, que escribe todo el libro hablándole, contándole a Luis, lo escribe cuando este papá ya no está.

Y lo hace porque tiene demasiado dolor y porque la ausencia no es siempre igual. Mientras le pide a su papá biológico más presencia, parece no saber qué hacer con tanta presencia de Luis. Ese fantasma, ese hombre perfecto que aparece en los gustos musicales adquiridos, en las lecturas, en los modos de recordar incluso.

En esta novela, Martínez construye un mundo pequeño, íntimo, y por eso universal: cómo cruzar el umbral del dolor y qué hacer cuando se conoce una verdad que hace más humanos a los ídolos, menos ilusas las ilusiones y todo eso. La ausencia de Luis dispara la historia, las palabras, los gestos, incluso más que la presencia del padre biológico. No siempre se sabe cuál es el hilo que motoriza la historia, la existencia, pero acá sí: el amor, la orfandad ante la desilusión y, al final, otra vez el amor.

 

Animales, de Santiago Craig (Factotum)

Prolífico, Craig. Prolífico y bendecido por la capacidad de contar cuentos, de inventar anécdotas, pueblos, mundos. Si en su última novela (Castillos) había jugado con lo extraño en la cotidianeidad cuando una pareja quedaba «atrapada» en un pueblo de la costa uruguaya, en estos cuentos extrañados Craig apela a lo cotidiano para contar cosas extrañas. No siempre raras, no siempre fantasiosas, no siempre misteriosas, pero siempre encantadoras.

Tiene el don del hechizo: en tiempos donde el periodismo, la realidad artificial, los videojuegos y todas las ramas del entretenimiento piensan en experiencias inmersivas, Animales traza un hilo invisible y conductor con historias que tienen animales en diferentes lugares físicos, literarios, de relevancia–, y nos lleva a una inmersión total. Es como sentarse en un fogón a que te lean un cuento.

La ausencia no es tal, en este caso, pero está la aparición de animales que en realidad son presencias fantasmales, que no son el foco de la historia –aunque en algunas parezca que sí– y que sirven de excusa para hablar del ser humano y de todo lo que lo hace tal: los sentimientos, las bestias internas, los amores y temores, las miserias y grandezas de la búsqueda de la identidad y del sentido. Si un mito sirve para darle identidad y alegría a un pueblo, es entonces capaz de crear verdad. Lo dice Craig en un cuento de Animales.

 

El amor es un recuerdo de otros, de Lucía C. Gris (Peces de Ciudad)

Cuando la ausencia es tan presente puede ser incluso protagonista. En este caso, ni siquiera hace falta darle nombre propio a la ausencia, basta con que exista, con saber que alguna vez hubo presencia o eso que se llama amor. Y a partir de ahí, desamor. Porque la única forma de saber que algunas existen –o existieron– es pensar en su contorno: poder palpar la ausencia o verla desde fuera, sus bordes, sus filos.

Con todo ese dolor y esa certeza, Lucía Gris urde un plan: hacer poesía, es decir jugar con palabras, para decir que el dolor también puede ser amor o que lo que se ha ido algo ha dejado. Como el agua, que cuando se va deja algo, aunque no siempre sea limpio, aunque incluso deje mugre.

La poesía de Gris tiene además una capacidad: darle un poco de calma –a medida que se avanza en la lectura– a eso que al principio parece ardor y dolor. El sosiego llega con el tiempo y la certeza de que fue amor tal vez. De que ese dolor también es una experiencia colectiva. La humanidad está compuesta por personas que hace miles de miles de años han amado, dolido, extrañado y vuelto a amar. No duele menos, pero nos deja mucho menos solos. Como la poesía. ¶

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Haruki Murakami: “El trabajo de un novelista es soñar despierto”

Entrevista tomada de EL PAÍS

Foto NATHAN BAJAR

01 FEB 2019 – 04:50 GMT-4

 

Escritor superventas y favorito en las quinielas del Nobel, a sus 69 años el japonés Haruki Murakami calcula que su literatura le permitirá seguir persiguiendo “vidas distintas” durante una década más. Reacio a las entrevistas, recibe en exclusiva a El País Semanal en Ecuador para hablar del poder de la imaginación, los miedos, los maratones, el matrimonio y las ganas de probar cosas nuevas. Desde agosto conduce en Tokio un programa radiofónico en el que cultiva otra de sus pasiones: la música.

 

«TODOS VIVIMOS en una especie de jaula. Puede ser de oro y hermosa, pero es la jaula que supone ser solo uno mismo”, dirá él, que vende libros por millones y cuyo nombre suena infaltablemente como candidato al Nobel desde hace una década. Haruki Murakami, autor de novelas como Tokio bluesBaila, baila, baila y 1Q84, y el escritor japonés que ha sido traducido a 50 idiomas, hizo de la literatura un salvoconducto para burlar ese encierro. Y de no conceder entrevistas, parte de su leyenda.

¿Murakami, el que corre un maratón por año desde hace 37, escribe improvisando como un jazzman y tiene una colección de 10.000 vinilos? ¿El que tachona sus historias de personajes sin nombre, canciones, túneles, gatos, soledades, espectros, sueños, crueldades y vuelve al amor y al desamor —una y otra vez— como si en verdad pudiéramos entenderlos?

Ese mismo Murakami (Kioto, 1949), fanático de los Beatles y casado a lo Lennon desde hace 47 años con una mujer llamada Yoko, acaba de entrar al salón del cuarto piso del hotel que ocupa hoy el solar de la primera casa construida en el casco colonial de Quito, fundada por Francisco Pizarro en el siglo XVI. El narrador que imagina novelas por entregas con libros iniciales de 600 páginas y tiene a los lectores colgados como yonquis esperando las siguientes 400 visita por primera vez ­Sudamérica a raíz de los festejos de un siglo de relaciones entre Ecuador y Japón. “La altitud hace peligroso correr aquí, pero visité Galápagos, que es muy hermoso. Hablé también en un teatro donde unas 2.000 personas me hicieron sentir como Bruce Springsteen”, bromea.

Lleva una barba entrecana de varios días y calza deportivas negras con cordones color naranja rabioso que hacen temer que se dará a la carrera si las preguntas lo incomodan. Confirma en la charla algo leído: tiempo atrás compró en Hawái la casa donde se filmó Perdidos. “Fue casualidad, no conocía la serie; cuando la vi me gustó, pero eran otros los que decían: ‘¡Esa es tu casa!’. Yo no fui capaz de reconocerla”.

Cortés, al hablar en inglés cultiva un tic: antes de responder estira los silencios como si los catara y desvía la vista hacia la derecha buscando palabras que lo expliquen en ese idioma ajeno. Su decimocuarta novela es la excusa de este encuentro: La muerte del comendador refiere a una escena de la ópera Don Giovanni, de Mozart, y a una pintura que encuentra el protagonista, un retratista en plena crisis existencial. Se publica en dos volúmenes (Tusquets lanzó el segundo el 15 de enero) y solo en Japón ha vendido 1.800.000 ejemplares.

Eso alcanza y sobra para imaginar a toda la ciudad de Barcelona (bebés incluidos) leyendo al mismo tiempo al hombre que ahora sonríe, mientras recuerda su visita a Santiago de Compostela en 2009. “Los alumnos de un instituto [el IES Rosalía de Castro] eligieron Kafka en la orilla como libro del año y viajé a recibir el premio. Siempre lo recuerdo: eran chicos muy inteligentes. Me gustó Galicia; los mariscos y el vino son estupendos”.

La muerte del comendador empieza con un sueño inquietante: un artista debe pintar el retrato de un hombre sin rostro. ¿Llegó así la idea del libro? No, agregué ese prólogo. Lo primero que apareció fue el paisaje. Una casa cerca del mar, en lo alto de una montaña y en el límite: hacia delante se ve despejado, y hacia atrás, siempre nubarrones. Escribí esos párrafos iniciales y me pregunté qué pasaría porque no tenía idea. El protagonista cuenta la historia de su esposa, de quien se separa cuando le dice que no puede seguir viviendo con él. Recorre Japón en coche, solo, aturdido, sin entender qué sucede, hasta que varios meses después un amigo le presta esa casa.

Muchas de sus ficciones presentan protagonistas en crisis que atraviesan la treintena. ¿Qué significado tiene esa década para usted? En Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, una novela larga de los noventa, narré la vida de un treintañero cuya cotidianidad cambia cuando desaparecen primero su gato y luego su mujer. Empecé en tercera persona, pero volví a la primera porque sentía que lo que quería contar requería mayor intimidad. No sé por qué elijo esos protagonistas. Tal vez sea ese sesgo personal, esa búsqueda de sentido en medio de la vacilación, lo que me interesa. Es como si a esa edad nos diéramos cuenta de que esa vida es la nuestra. Ese proceso de apropiación me intriga. Uno no es tan joven ya, pero tampoco viejo. Es libre y vulnerable a la vez.

Este personaje, sin embargo, no se siente tan libre, ¿no? Su crisis es radical: pinta retratos, vive de eso, pero no sabe cuál es su obra. Lucha para entender lo que quiere expresar; es una búsqueda definitoria. La novela cuenta también eso: su descubrimiento como artista, su estado mental como creador.

“Yo no sueño. O no recuerdo los sueños, pero mi literatura está llena de ellos; los imagino. Un amigo psiquiatra me decía: ‘Escribes, no tienes que soñar”.

¿Qué colores usaría para pintar su propio retrato? ¿Colores? Cuando escribo pienso en música, no veo ningún color. Quizá sea una forma de poder usarlos todos. Me pasa algo similar con los sueños. Yo no sueño. O no los recuerdo, pero mi literatura está llena de ellos; los imagino. Un amigo mío, psiquiatra, solía decirme: “Escribes, no tienes que soñar”.

¿Se ha psicoanalizado alguna vez? No, el psicoanálisis no me interesa, pero sí debería haberle preguntado por qué no creía necesario que yo soñara. Lo lamento; murió hace algunos años.

¿Extraña algo de su vida anterior a la literatura, la época en que su mujer y usted regentaban un club de jazz? Extraño el mundillo, los músicos. Pero desde agosto conduzco un programa de radio en Tokio. Soy pinchadiscos y recuperé lo más divertido de aquel tiempo. Elijo la música —rock, pop, jazz— y hablo sobre ella y sobre literatura. Tenía mis dudas, pero Yoko me alentó: “Puedes hacerlo. Serías un buen DJ”, me dijo. Y estoy disfrutándolo. El sentimiento es de puro placer.

Publicó su primera novela en 1979 y cambió su rutina: dejó de trasnochar, comenzó a correr diariamente… ¿Le gustaría que sus lectores lo leyeran también con todo el cuerpo? [Se ríe] No, escribir novelas largas como las mías requiere un esfuerzo sostenido y metódico. No es un trabajo liviano; escribo con la sensación física de darlo todo; administro mi energía como el aire en los maratones e intento ofrecer siempre algo nuevo. Solo espero que el lector disfrute del libro. Esa es su parte.

Lo preguntaba por el modo en que sus relatos convocan todos los sentidos. Hay música, sexo, comida… Me gustan las cosas físicas. Si escribo sobre alguien que bebe una cerveza, espero que los lectores quieran una. Busco imprimirle a mi literatura esa dimensión porque confío en la reacción corporal como algo ­auténtico, inmanejable, y si aparece, creo que la historia está funcionando. Si alguien en el libro enferma, me gustaría que el lector viviera sus síntomas. Ese es el propósito del relato.

Escribir sobre la soledad, la violencia, la locura, ¿qué es lo más desafiante? Lograr que los lectores rían. No sonreír; hablo de reír a carcajadas. Muchos japoneses leen mis libros de pie en el metro o en el tren, cuando van al trabajo; la gente alrededor los mira, puede resultar hasta vergonzoso para ellos. Pero yo siento que logré lo que buscaba.

¿Por qué es tan importante para usted? Reír y llorar son las emociones más transparentes. Pero hacer llorar es más sencillo. Cuando ríes es porque tu atención se ha relajado; estás allí, hay entre lo que el libro cuenta y lo que sientes un punto de encuentro, una humanidad corpórea. Me gusta llegar a ese espacio común. Soy escritor y, por supuesto, tengo opiniones e ideas que expresar, pero sin ese nivel físico esencial, risa y llanto, creo que sería muy difícil transmitir lo que quiero contar.

Haruki Murakami, retratado a finales del año pasado en Nueva York. NATHAN BAJAR

 

Menshiki, el millonario solitario que homenajea a Gatsby en esta novela, no piensa en la paternidad hasta que sabe que Marie puede ser su hija. ¿Cómo fue su vivencia de ese tema? ¿Perdone?

Usted no tiene hijos… No.

¿Se arrepiente? [Se toma 30 segundos antes de contestar]. No, no me arrepiento mucho de eso. Pero cuando escribí la novela pensaba en la posibilidad de haber tenido un hijo. Quise imaginar qué hubiera pasado si, como le sucede al personaje, mi última novia hubiera tenido una niña y yo no hubiera sabido nada durante años. Hay una posibilidad muy remota, pero existe. Escribir novelas es perseguir posibilidades. Elegiste algo cuando tenías, digamos, 31 años y te trajo hasta aquí. Es lo que eres. Pero si hubieras tomado otra vía, tendrías una distinta. Tirar de esa probabilidad es el juego de la ficción. Veo mi literatura como la persecución de esas vidas diferentes. Todos vivimos en una especie de jaula, la que supone ser solo uno mismo. Como escritor de ficción, puedes salir y ser diferente. Eso es lo que estoy haciendo la mayoría de las veces.

¿Escapar? Vivir mis yos alternativos. ¿Soy yo mi protagonista o ese otro personaje, Menshiki? Podría haber sido yo; uso cosas mías para componerlo, pero es apenas una posibilidad de mí. El trabajo de un novelista es soñar despierto. Es maravilloso; lo disfruto hace 40 años y creo que voy a poder hacerlo otra década. Cuando no escribo relatos, escribo ensayos o hago traducciones. De alguna forma, escribo todos los días. Si no escribo, no es un buen día.

¿Tiene un sentido especial para usted cumplir 70 años? No siento nada especial, pero tampoco me arrepiento. Cometí errores, como todos, pero lo que pasó, pasó. La inocencia es inevitable; en eso soy una especie de fatalista. Me ha preguntado si lamento no haber tenido hijos. Simplemente sucedió. No puedo hacer nada. Acepto lo que sucede. Quizás en esto sea diferente de otras personas. Vivo y escribo mis novelas desde esa aceptación. Es importante para mí.

¿Acepta también sus miedos? ¿A qué le teme? Me estoy haciendo viejo. No sé cómo es ni qué se siente porque es mi primera experiencia [se ríe]. Pero tengo curiosidad y es más fuerte que el miedo. Me gustaría ver qué me va a pasar. He corrido maratones durante 36 o 37 años. Pero como estoy envejeciendo, empeoro; soy más lento cada vez. No importa. Quiero saber durante cuánto tiempo más podré correr y disfrutarlo. Muchos amigos lo dejaron porque les deprime. A mí no. Es la vida y quiero saber cómo sigue, qué va a pasar conmigo. Me entusiasma.

Algunas ficciones suyas se han llevado al cine. ¿Qué piensa cuando otros le cuentan historias que usted imaginó? Ya no son mías y me hacen sentir incómodo. Me gusta el cine, pero trato de mantenerme al margen de lo que se hace a partir de mis relatos.

Sobre la más reciente, Burning, de Lee Chang-dong, se ha dicho que transmite cierta “rabia millennial”. ¿Lo comparte? No vi la película. Cuando escribí el cuento, Quemar graneros, lo que surgió en mi cabeza fue el título. Imaginé qué clase de historia podía escribir para ese título que me perseguía, y apareció un joven con coche importado que cada dos meses quema un granero ajeno y se lo cuenta a un escritor mientras fuman un porro. Inventé una historia capaz de llenar esa imagen. No me propuse interpretar rabia ni violencia. Para mí fueron solo palabras. Siempre es así.

Ese cuento integra El elefante desaparece, un libro pródigo en desconciertos. ¿Lo raro fascina? La vida es misteriosa y quizá ciertas cosas que cuento resulten extrañas para otros, pero son naturales para mí. Que un espíritu tome la forma de la figura de un cuadro o que haya personajes cuyas sombras se desdoblen son ideas habituales en mi vida, metafóricamente hablando. Como narrador pienso a nivel del relato; todo puede pasar. Los niños lo viven con más sencillez. Cuando eres niño y en un libro alguien atraviesa la pared, es natural. Los adultos dicen: “Es extraño”. Soy casi un viejo, pero todavía creo que puedes atravesar la pared y espero que el lector también lo crea.

“No me interesan los vínculos familiares, pero sí explorar todo lo que pasa entre un hombre y una mujer. Es una relación especial, quizá la más importante”.

Vuelve al amor y al matrimonio en sus historias. ¿Qué los hace inextinguibles? No me interesan los vínculos familiares, pero sí explorar todo lo que pasa entre un hombre y una mujer. Es una relación especial; quizá la más importante. No puedes elegir a tus padres o a tus hijos, pero puedes elegir a tu pareja y tienes que ser responsable con la elección. Llevo casado 47 años con Yoko; es además la primera lectora de mis libros. ¿Por qué la elegí? No lo sé. Pienso en ello a menudo y no tengo una respuesta todavía.

La cultura estadounidense fue decisiva para su generación. ¿Qué opina del proyecto que lidera Trump? Fui adolescente en los sesenta. La cultura estadounidense era excitante, salvaje: en esa década pasó de todo; jazz, rock, literatura, pop. Absorbí eso y le estoy agradecido. Pero la cultura de Estados Unidos ya no es tan estimulante. Me interesa la política, pero escribo ficción. No hago declaraciones de otro tipo.

¿Le sorprende su éxito global? ¡Me gustaría que me lo explicaran! Sucedió en los últimos 20 años. Gratifica, pero es algo que pasó en los demás. Yo sigo igual: escribo por la mañana, cuatro o cinco horas, la misma cantidad de páginas, y cuando me levanto de la silla, solo quiero saber adónde me llevará la historia. Por eso vuelvo al día siguiente.

 

Haruki Murakami. NATHAN BAJAR

 

Un amigo japonés dice que en su país lo consideran una “leyenda viva”. ¿Cómo se siente eso? [Se ríe] Bueno, no soy tan viejo. Cuando me convertí en escritor, durante décadas no hice nada más. No suelo aparecer en público; no doy entrevistas ni salgo en la televisión o en la radio. Solo escribo. Dejé mi país durante muchos años; viví en Estados Unidos y Europa. La gente casi no me conoce en Japón. A los 69 años sentí que era una buena edad para empezar algo nuevo y decidí ser pinchadiscos. Supongo que todo eso debe resultar curioso. Enigmático, incluso. Pero legendario me parece demasiado.

¿Sabe que aparece cada año en las loterías del Nobel? La Academia no publica finalistas. Son especulaciones de los editores y no me interesan. Pero me alegraron los premios a Dylan e Ishiguro porque valoro sus obras. Escribir es como el aire para mí. Disfruto del puro placer y la alegría de escribir; ese es el propósito de mi vida. Soy feliz con eso. Lo demás no es tan importante. ¶

Los espectros de las nuevas escrituras

Tomado de Página 12 para el cumpleaños de una hormiga

 

Una novela, un tomo de cuentos y un poemario que revuelven en las ausencias amadas, los huecos cercanos y los fantasmas amigos.

 

 

Estos tres libros rondan en la idea de que nadie puede habitar ningún espacio en soledad. Ni siquiera los espacios internos. Imagen: Juan Pablo Cambariere

 

¿Cómo se le habla a lo que no está? O cómo hablar desde lo que no está pero define, da identidad, provoca un modo de ser y estar. O cómo aquello que no es parte del presente puede ser punto de partida para hablar de la identidad y el sentir de una persona o un pueblo. La literatura nos brinda, en su multiplicidad de géneros y opciones, un modo de habitar lo extraño, lo incómodo, los duelos y también lo que no comprendemos.

Con la premisa de que «la ausencia es presencia» –frase que aparece en una parte de uno de estos tres libros que hoy traemos–, dos escritoras y un escritor dejan entre sus letras muchas pistas para indagar en las fisuras que puede tener una historia. En las narrativas que construimos con la voz, la presencia -y sobre todo la ausencia- de otres.

 

El último hombre perfecto, de Manuela Martínez (Ediciones B)

Mientras intenta mantener un vínculo bastante conflictivo con su papá biológico, M se convierte en la hija de Luis hijastra no se menciona y es una palabra que debería desterrase del diccionario–, pero M, que escribe todo el libro hablándole, contándole a Luis, lo escribe cuando este papá ya no está.

Y lo hace porque tiene demasiado dolor y porque la ausencia no es siempre igual. Mientras le pide a su papá biológico más presencia, parece no saber qué hacer con tanta presencia de Luis. Ese fantasma, ese hombre perfecto que aparece en los gustos musicales adquiridos, en las lecturas, en los modos de recordar incluso.

En esta novela, Martínez construye un mundo pequeño, íntimo, y por eso universal: cómo cruzar el umbral del dolor y qué hacer cuando se conoce una verdad que hace más humanos a los ídolos, menos ilusas las ilusiones y todo eso. La ausencia de Luis dispara la historia, las palabras, los gestos, incluso más que la presencia del padre biológico. No siempre se sabe cuál es el hilo que motoriza la historia, la existencia, pero acá sí: el amor, la orfandad ante la desilusión y, al final, otra vez el amor.

 

Animales, de Santiago Craig (Factotum)

Prolífico, Craig. Prolífico y bendecido por la capacidad de contar cuentos, de inventar anécdotas, pueblos, mundos. Si en su última novela (Castillos) había jugado con lo extraño en la cotidianeidad cuando una pareja quedaba «atrapada» en un pueblo de la costa uruguaya, en estos cuentos extrañados Craig apela a lo cotidiano para contar cosas extrañas. No siempre raras, no siempre fantasiosas, no siempre misteriosas, pero siempre encantadoras.

Tiene el don del hechizo: en tiempos donde el periodismo, la realidad artificial, los videojuegos y todas las ramas del entretenimiento piensan en experiencias inmersivas, Animales traza un hilo invisible y conductor con historias que tienen animales en diferentes lugares físicos, literarios, de relevancia–, y nos lleva a una inmersión total. Es como sentarse en un fogón a que te lean un cuento.

La ausencia no es tal, en este caso, pero está la aparición de animales que en realidad son presencias fantasmales, que no son el foco de la historia –aunque en algunas parezca que sí– y que sirven de excusa para hablar del ser humano y de todo lo que lo hace tal: los sentimientos, las bestias internas, los amores y temores, las miserias y grandezas de la búsqueda de la identidad y del sentido. Si un mito sirve para darle identidad y alegría a un pueblo, es entonces capaz de crear verdad. Lo dice Craig en un cuento de Animales.

 

El amor es un recuerdo de otros, de Lucía C. Gris (Peces de Ciudad)

Cuando la ausencia es tan presente puede ser incluso protagonista. En este caso, ni siquiera hace falta darle nombre propio a la ausencia, basta con que exista, con saber que alguna vez hubo presencia o eso que se llama amor. Y a partir de ahí, desamor. Porque la única forma de saber que algunas existen –o existieron– es pensar en su contorno: poder palpar la ausencia o verla desde fuera, sus bordes, sus filos.

Con todo ese dolor y esa certeza, Lucía Gris urde un plan: hacer poesía, es decir jugar con palabras, para decir que el dolor también puede ser amor o que lo que se ha ido algo ha dejado. Como el agua, que cuando se va deja algo, aunque no siempre sea limpio, aunque incluso deje mugre.

La poesía de Gris tiene además una capacidad: darle un poco de calma –a medida que se avanza en la lectura– a eso que al principio parece ardor y dolor. El sosiego llega con el tiempo y la certeza de que fue amor tal vez. De que ese dolor también es una experiencia colectiva. La humanidad está compuesta por personas que hace miles de miles de años han amado, dolido, extrañado y vuelto a amar. No duele menos, pero nos deja mucho menos solos. Como la poesía

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De Kazuo Ishiguro a Paulina Flores

Tomado de LA TERCERA

 

Los mejores libros de lo que va del 2021

 

Kazuo Ishiguro, Zadie Smith y Paulina Flores

 

Novelas, memorias, libros de cuentos son parte de una selección -que como toda recopilación es discutible- de los libros que han dado que hablar durante el primer semestre de este año. Ponemos el foco no solo en escritores y escritoras del extranjero, como Emmanuel Carrère o Zadie Smith, también en plumas nacionales como Pablo Toro o Constanza Gutiérrez.

 

Klara y el sol, de Kazuo Ishiguro

Es su primera novela post Premio Nobel y ha sido unánimemente aclamada a nivel mundial. Klara y el sol es la octava novela de Ishiguro, donde toca el tema de la inteligencia artificial desde una mirada bastante ingeniosa. La narradora es Klara, una “amiga artificial” (AA) que observa el mundo que la rodea con una mezcla de inteligencia e ingenuidad, todo desde su sensibilidad androide. Cuando una familia la elige para vivir con ellos, debe ajustar su forma de pensar, y por debajo, hay una capa donde se tratan todas las interrogantes de lo que significa amar.

 

Nadie está hablando de esto, de Patricia Lockwood

“Un libro que se lee como un poema en prosa, a la vez sublime, profano, íntimo, filosófico, ingenioso y, finalmente, profundamente conmovedor”, así describe el New York Times la primera novela de la poeta y ensayista estadounidense Patricia Lockwood. Un libro que pone el acento en -como diría Nicanor Parra- los vicios del mundo moderno. De hecho, hace la pregunta “¿hay vida después de Internet?”. En esta novela, narra la historia de una mujer que se ha hecho conocida por sus publicaciones en las redes sociales y se siente cada vez más abrumada. De alguna manera, cuando la vida real se estrella contra su mundo, surgen preguntas sobre el amor y la conexión humana. “Estaba tratando de escribir una atmósfera -dice Lockwood en entrevista con el NYT-. Estaba tratando de escribir algo que está en el interior de tu cabeza que está casi antes del lenguaje, que es pre-lenguaje, que es solo instinto y es conciencia de lo que la manada está haciendo a tu alrededor”. Por ahora, aún no hay edición en español.

 

Yoga, de Emmanuel Carrère

La undécima novela del escritor francés no deja a nadie indiferente debido a sus confesiones crudas. En rigor, pasa de un primer estadio, donde alaba la práctica del yoga al punto que casi dan ganas de seguirlo, a de pronto verlo sumido en una oscura y profunda depresión que lo obligó a estar internado y con electroshocks. Todo narrado sin ningún tapujo

 

Sobre el duelo, de Chimamanda Ngozi Adichie

Lo último de la escritora nigeriana es este aclamado volumen, mezcla de crónica y ensayo. En este libro, narra la muerte de su padre durante la pandemia y la imposibilidad de viajar desde Estados Unidos -donde reside- a Nigeria, para participar en los ritos de la despedida y encontrar consuelo en sus seres queridos. Una reflexión sobre los difíciles tiempos que vive el mundo desde una óptica más cotidiana y empática, pues toca un tema que es universal aunque todas las personas lo vivan a su manera

 

Isla decepción, de Paulina Flores

Es la primera novela de la autora nacida en Santiago, luego de su celebrado volumen de relatos Qué vergüenza (2015). En ella, narra las peripecias de un joven surcoreano, Lee, rescatado por pescadores en el estrecho de Magallanes y llevado hasta Punta Arenas tras huir de los maltratos y la precariedad laboral que sufre a bordo de un barco-factoría. Basada en hechos reales, a lo largo de la novela se descubrirá que el joven Lee quizás no es quién dice ser, y Marcela, quien pasa la mayor cantidad de tiempo con él, quizás tampoco

 

Aftershocks, de Nadia Owusu

En este libro, la estadounidense Nadia Owusu publica unas memorias, donde narra una vida casi de película y que la ha llevado por lugares de todo el mundo, como Tanzania, Inglaterra, Italia, Etiopía y Uganda, siguiendo a su padre, un funcionario de Naciones Unidas, y quien es su única familia, puesto que fue abandonada por su madre a los 2 años. Pero su padre fallece y eso la llena de dudas e incertidumbre, y la hará preguntarse qué es lo que queda de ella. The New York Times lo llama “una memoria hermosa e inquietante”. Aún no hay edición en español.

 

Tomás Nevinson, de Javier Marías

En esta novela, el escritor español Javier Marías, nos muestra a un atribulado Tomás Nevinson. Un espía que debe volver a la actividad para dar muerte a una mujer, situación que le causa un conflicto. “Es una novela de personajes, de reflexiones, pero también hay consideraciones sobre el terrorismo”, ha dicho su autor.¶

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Diálogo Valle-Caula

Tomado de

Conversaciones

Gustavo Valle: “La literatura venezolana está dejando de ser la Cenicienta”

 

Foto: Martín Castillo Morales

 

Sandra Caula

14 de julio de 2021

A propósito de Amar a Olga, la novela que acaba de publicar en España, el escritor venezolano basado en Buenos Aires cuenta cómo escribir de sexo y cómo la emigración te enriquece como narrador.

 

Gustavo Valle, desde Buenos Aires: «Durante todos estos años la novela me ha servido para combatir la soledad del emigrante»

 

Los profesores que se estrenaban en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela en los noventa, todavía recuerdan a esa camada de alumnos brillantes de la que Gustavo Valle formó parte. Varios están regados hoy por el mundo. Todos se han destacado, sea en el campo de los estudios, la crítica o la creación literaria. No me cabe duda de que fue una constelación importante la que se formó en ese lugar y en ese momento.

Gustavo fue luego profesor de Literatura Venezolana y Latinoamericana en su misma escuela y siguió estudios de posgrado en Literatura Hispanoamericana en la Complutense de Madrid. Ganó dos concursos del CNAC con los guiones de El libro que no ganó el concurso y Peones y coeditó dos revistas digitales: Las malas juntas y Cuatrocuentos.

Su incursión en la novela comienza con Bajo Tierra, que ganó la III Bienal de novela Adriano González León (2008) y el Premio de la Crítica a la mejor novela publicada en Venezuela (2009). Luego, Happening fue premiada en el XIII Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (2013) y nuevamente obtuvo el Premio de la Crítica (2014).

Hablamos, pues, de un narrador de primera, consagrado por un trabajo de fondo cuya última novela, Amar a Olga, ha sido publicada por la prestigiosa editorial española Pre-Textos. Como dijo la especialista en Literatura Hispanomericana María José Bruña en su presentación, que vale la pena ver, en buena medida España debe a Pre-Textos—y agregaría que al cariño de Manuel Borrás—la posibilidad de leer a muchos escritores venezolanos contemporáneos.

Sobre esta novela que leí con gusto en dos tardes, y sobre otras cosas que nos reúnen, hablé largo una tarde con Gustavo Valle, yo en Madrid y el escritor en Buenos Aires.

Buena parte de la narrativa venezolana contemporánea la han desarrollado escritores que viven en el exterior. Por eso me gustaría que nos hablaras de cómo vas a parar a Buenos Aires y de qué ha significado eso para tu escritura.

En primer lugar quiero decir que, si bien el éxodo ha sido cuantioso, son muchos los narradores y poetas que están en el país escribiendo, haciendo obra y generando proyectos. Esto no hay que perderlo de vista.

Hoy en día, no hay forma de entender la actual literatura venezolana sino a través del cruce entre los que están en el país y los que estamos fuera.

En mi caso particular, llegué a Buenos Aires hace dieciséis años y mi hijo es argentino, de modo que mi vínculo con este lado del hemisferio ya tiene tiempo y afectos enraizados. Siempre digo que mi hijo me ha argentinizado y yo he venezolanizado a mi hijo. Él dice coño y pana, y yo voseo. Es lo que yo llamo mi cocoliche pampa-caribe. Como aborrezco los nacionalismos excluyentes, me gusta la idea de una identidad móvil, contaminada, heterodoxa. Creo que es la mejor medicina contra los prejuicios y la xenofobia. Y toda esa marca vital sin duda se traslada a la escritura. ¿De qué modo? No lo sé con exactitud. Creo que más allá de los temas, el léxico o la sintaxis, la extranjería marca al escritor de una forma profunda y muchas veces invisible. Y esa marca está en la manera de mirar y escuchar el mundo. Es decir, en la manera de sentir.

¿Cómo surge esta novela? ¿Puedes hablarme del proceso de escritura? ¿Cuánto tiempo te tomó, las dificultades, los quiebres—si los hubo—y su resolución?

La piedra de toque fue una novela de Julian Barnes, El sentido de un final, un autor que admiro profundamente y cuya obra me ilumina. Eso se unió a una exploración sobre dos temas que llaman mucho mi atención: la iniciación sexual y el pasado como escenario del amor. Para parafrasear a Borges: el amor es una cosa que sin duda sucede en el pasado. El primer manuscrito de Amar a Olga es de hace unos cuatro años atrás. Luego paré la novela, casi por dos años, y más tarde la retomé hasta terminarla. Uno nunca sabe si uno termina la novela o si la novela termina con uno. Lo único que podemos hacer es interrumpirla, darle un final lo más honroso posible, porque en rigor las historias de ficción pueden ser infinitas.

También quisiera saber sobre la relación con tu narrativa previa.

Me gusta pensar las novelas que he escrito como movimiento: si Bajo tierra es un viaje subterráneo y Happening es un viaje en la superficie, Amar a Olga en un viaje hacia el pasado. Y se diferencia de las dos anteriores por contar con una exploración más pormenorizada de la intimidad del protagonista.

Amar a Olga narra dos procesos que podríamos llamar de formación: una iniciación amorosa y un divorcio. ¿Cómo y por qué decides que el asunto político intervenga en la resolución de la historia?

Es la acción de los personajes lo que hace que aparezca ese contexto social y político y no al revés. La situación-país interviene como consecuencia de las exigencias vitales de los personajes. A pesar de que la novela tiene cinco partes, en realidad son dos: en una se explora la intimidad del protagonista narrador y en la otra, ya con su subjetividad a cuestas, emprende la aventura y transita la peripecia. Y en esa peripecia se encuentra con el contexto-país. Es imposible escapar a la política porque la política es el ecosistema donde hacen vida los personajes. Lo que no quiere decir que la ideología sea el eje o la responsable de la acción. No. Los personajes, en su vitalidad, se ven cercados por ese contexto que es la Venezuela oprimida y deteriorada que todos conocemos. Así, el protagonista primero se sumerge en el pozo de su intimidad, y luego sale hacia afuera, hacia la calle. Y al pasar de esa esfera íntima a la colectiva, su voz sufre modificaciones. Porque a pesar de estar íntegramente escrita en primera persona, su voz no es homogénea, y cambia de registro. Si a un personaje le ocurren diferentes cosas en su derrotero, lo primero que cambia es su manera de mirar y nombrar el mundo. Un personaje que transita situaciones disímiles siempre con la misma voz es un personaje inverosímil.

Escribir escenas de amor es difícil, como sabe cualquiera que lo haya intentado. Tienes por un lado el precipicio de la cursilería y por el otro, la pornografía. Pero las escenas amorosas de la primera parte de Amar a Olga me parecen magistrales. ¿Podrías hablarme de cómo las escribiste? ¿Quiénes han sido tus maestros para ello?

No fue fácil escribir sobre el amor y mucho menos sobre sexo. Fue como desobedecer todo lo que aconsejan los maestros. Pero sentí que debía meterme ahí, sin evasiones ni miedos. Me preocupaba más caer en la cursilería o en la sensiblería que en el porno. El porno castiga con su violenta desnudez, pero lo cursi se esconde detrás de un encaje artificioso. Y pensé que lo mejor iba a ser dejarme llevar por la voz del protagonista narrador y buscar desde él la mayor honestidad posible. Que ese protagonista no nos engañara, que fuera radicalmente sincero. En este sentido quizás la influencia más directa me viene de la poesía, pero no de una poesía de tema amoroso, sino del compromiso de la poesía con la exactitud. A las palabras no hay que cargarlas con más peso de lo que dicen. Siguiendo a Cadenas, hay que buscar exactitudes aterradoras.

Tengo la impresión de que la literatura venezolana de los últimos tiempos presenta una visión de los partidarios del gobierno muy reductiva. En general son tan malos que no tienen profundidad y no podemos comprender sus móviles. Hay un personaje secundario en tu novela que podría correr ese riesgo. ¿Podrías hablarme de su sentido en ella?

Entiendo tu punto, pero no creo que ese personaje que mencionas corra ese riesgo. Por dos motivos, en primer lugar porque, como ya he dicho, ésta es una novela íntegramente escrita en primera persona, de modo que ésa es la percepción del protagonista, que a su vez es el narrador. Es decir, el protagonista observa a este sujeto de esa manera y lo que recibimos es el recorte de su mirada. De alguna manera él construye a su villano. Esa sería la explicación, digamos, literaria. Luego, si queremos hacer un poco de sociología, veremos que no se trata de un “partidario del gobierno”. No es un humilde, humillado y ofendido seguidor del chavismo, ni tampoco un soldadito que debe soportar a diario el abuso de la jerarquía. No. Se trata de un sujeto con muchísimo poder, con llegada al alto gobierno, con poder político y militar, del que hace uso y abuso dentro y fuera de su casa. Es muy distinto un funcionario poderoso que un feligrés autoengañado. Son dos entidades que es bueno separar en la literatura y en la vida para no perder la brújula.

¿Qué autores venezolanos y universales crees que marcan tu narrativa? ¿A quiénes lees actualmente?

Durante muchos años he leído con gran devoción las novelas de Julian Barnes y Hanif Kureishi, y ahora tengo en mi altar personal a Rebecca Solnit y Mircea Cartarescu. Pero, por supuesto, antes de eso me acerqué a clásicos que releo con bastante frecuencia, y que considero maestros: Séneca, Montaigne, Voltaire. Esos tres me han dado herramientas para explorar el ensayo como género y de ellos he recibido una cierta ética. Recientemente he leído tres novelas venezolanas que me han gustado mucho: Llévame esta noche de Miguel Gomes, Archeus de Luis Enrique Belmonte y Ficciones asesinas de Krina Ber. A ellos sumaría una larga lista de narradores que son compañeros de ruta: Carolina Lozada, Liliana Lara, Salvador Fleján, Gisela Kozak, Gabriel Payares, Pedro Plaza, José Urriola, Lena Yau, solo por mencionar algunos, o autores con obra sólida como Antonio López Ortega, Rubi Guerra, Israel Centeno, Federico Vegas o Ana Teresa Torres. La lista es larga y diversa.

¿Cómo ves la literatura y la cultura venezolana en el presente? ¿Qué piensas que hemos ganado y qué deberíamos superar?

Quizás este tipo de balances es tarea para los críticos, pero desde mi punto de vista siento que la literatura venezolana está transitando un buen momento. Son muchos los libros de autores venezolanos que dentro y fuera se han publicado en los últimos dos años. Y a nivel internacional la novela se ha destacado: Oscar Marcano, Victoria de Stefano, Alberto Barrera, Rodrigo Blanco, Camilo Pino, Michelle Roche, Fedosy Santaella, Daniel Centeno, Karina Sainz y Keila Vall han publicado en editoriales extranjeras y han tenido muy buena acogida. Y autores como Juan Carlos Chirinos o Juan Carlos Méndez Guédez tienen una carrera consolidada en España.

En medio de la ruina del país, brota una gran diversidad de proyectos. Eso habla de una buena salud a pesar de la asfixiante realidad.

En este sentido hemos ganado mucho. Además, veo que estamos construyendo comunidad, algo que se había roto por las condiciones del país y por el éxodo masivo. Proyectos como la antología Escribir afuera, a cargo de Katie Brown, Raquel Rivas Rojas y Liliana Lara, funcionan como una muestra del trabajo narrativo actual, pero también como red comunitaria entre todos nosotros. ¿Qué deberíamos superar? Muchas cosas, sin duda. Pero hay una que creo que estamos en vías de superar; me refiero a cierto complejo de inferioridad. Ese lloriqueo que nos acompañó durante años por no ser tomados en cuenta y pasar desapercibidos en el universo de la literatura escrita en español. La literatura venezolana está dejando de ser la Cenicienta. Y ahí nuestra gran poesía tiene muchísimo que decir y ofrecer.

¿Estás trabajando en alguna nueva novela? ¿Podrías adelantar algo?

Sí, en la actualidad escribo una novela que ocurre también en Venezuela. Aunque prefiero no adelantar nada; es mi única superstición. Sí puedo decir que escribir novelas me permite sentirme acompañado fuera de mi país. Trabajar una novela es como fundar un club al que acudes a diario para dialogar con los demás socios y conocer sus vidas, sus inquietudes y sueños. Durante todos estos años la novela me ha servido para combatir la soledad del emigrante, y el tiempo que me lleva escribir una es lo suficientemente largo para no sentirme tan solo. Quizás por eso no suelo escribir tantos cuentos. En mi caso personal, al terminar un cuento, siento al instante un vacío que debo llenar con otro cuento nuevo y personajes nuevos. Puro horror vacui, sin duda. Eso no me pasa con la novela, sus personajes me acompañan durante al menos tres años.¶

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El relato escindido

Tomado de Prodavinci (13 de julio de 2021) – PERSPECTIVAS

“That’s how the light gets in” (Leonard Cohen)

 

POR Krina Ber

TEMAS PD Literatura

[Entre el 28 y 30 de junio pasado se celebraron las V Jornadas de la Sesión Venezolana de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA, por sus siglas en inglés). En dos mesas redondas, denominadas «El relato escindido: narrativa venezolana actual», un grupo de narradores venezolanos disertó respecto de lo que significa hoy escribir en o sobre Venezuela. Presentamos el texto de Krina Ber.]

 

Con todo el peso de la narrativa de no-ficción, la crónica, el testimonio y la denuncia que con razón imperan en las letras venezolanas, la “extranjería” despunta como tendencia literaria creciente a medida que nuestros escritores siguen la ola del éxodo. Recuerdo mi estupor cuando se fue Salvador Fleján o Fedosy Santaella, Gisela Kozak y tantos otros; los aguijones del pesar ante la desaparición de las caras conocidas en los eventos literarios (que también menguaban), hasta que ese goteo de ausencias se ha vuelto un chorro incontenible y terminé por asimilarlo como parte de nuestra normalidad junto con otras pérdidas y barbaridades. Hoy día la extranjería ya no es algo excepcional, sino la condición vital de muchos escritores venezolanos.

Muchos no pueden y no quieren despegarse de su tierra de origen. Gracias a Dios –o más bien a la tecnología– la relación cotidiana con el terruño no se interrumpe como antes al dejar de pisar sus calles y abrazar a las personas queridas. Hay una diferencia antropológica en la manera de irse hoy día y el agujero negro en que desaparecí yo misma de las calles y las personas de mi vida cuando mi marido, el bebé y yo emigramos a Venezuela. La separación, por dolorosa que sea, ya no es un golpe de hacha; el milagro de Internet se encarga de amortiguarla con comunicación directa y noticias al instante. Más bien es al revés: vivir lejos ha dejado de ser excusa para alejarse y desentenderse del todo. Nadie puede permitirse ese lujo. En el espacio virtual sin distancias no hay escape del país que palpita en las pantallas del planeta desde Chile hasta Islandia, un pulpo de mil tentáculos unidos a un corazón enfermo. Así perdura también la comunidad de escritores que salieron y los que se quedaron: exilio e insilio, dos caras del mismo desastre. No obstante, por ahora existe y hasta se está revitalizando el corpus que los críticos se encargan de definir y los demás sentimos de manera más o menos intuitiva como “literatura venezolana”: estas jornadas de LASA son testimonio de ello. Y también existe algo como solidaridad gremial o afectiva, la misma que hace que un nuevo libro de Rodrigo Blanco Calderón, Gustavo Valle u Óscar Marcano me despierta un inmediato interés y una cierta sensación de regocijo.

Para los lectores pendientes de las novedades es evidente que, en contra de todos los pronósticos, presenciamos este año un gran repunte de literatura venezolana con libros publicados mayormente fuera del país. No voy a enumerarlos: en su texto, Fedosy Santaella ha presentado una lista muy completa de ellos, de sus autores y editoriales.

Dicho esto, ¿qué podría aportar yo a este diálogo o sumatoria de ponencias que nos agrupa en esta mesa?

Tal vez el punto de vista que hoy, para bien o para mal, se está volviendo común: el de escribir siendo inmigrante, que es mi caso desde siempre. Ser inmigrante en Venezuela es también una situación común; pero ser una inmigrante en la literatura venezolana, no tanto.

«El relato escindido», es el tema de estas ponencias. Y me viene a la mente una canción del gran poeta que fue Leonard Cohen:

There is a crack , a crack in everything.

That’s how the light gets in.

La luz penetra por las grietas. No se me ocurre una mejor metáfora para nuestro escindido relato nacional.

La literatura no sale del alma lisa: escribimos desde nuestras grietas psíquicas y zonas quebradas. Escribimos desde el horror o la melancolía, desde el despecho, la infancia perdida y los fracasos de la vida adulta; escribimos desde la opresión y las realidades que se desmoronan.

Tanto los que se fueron como los que nos quedamos escribimos desde una grieta.

En toda literatura existen fisuras existenciales. Mis relatos esconden también algunas pérdidas personales, aunque tuve la suerte de pasar entre las gotas de la Historia sin mojarme demasiado con sus guerras, totalitarismos y revoluciones… al menos hasta la época actual. Pero mi principal grieta es –o era– en efecto, la “extranjería”, la sensación de estar siempre al margen de lo que de verdad importa, sea cual sea aquella, de no poseer ni pertenecer por completo a nada. Supongo que muchos escritores han conocido esa grieta, ya que la mera necesidad de escribir delata cierta dosis de extranjería aún en los más autóctonos. En mi caso la respalda el hecho innegable de ser una inmigrante, o sea: una extranjera auténtica. Alguien que no entiende todos los códigos del mundo que lo rodea, alguien nunca plenamente integrado como yo en las dos épocas en que escribía, separadas –mejor dicho: escindidas– por otros idiomas y países y por casi treinta años de vida adulta.

Adolescente en Tel Aviv, mantuve un diario en polaco: mi idioma materno dejado atrás. Patéticamente inútil y un suicidio social si llegara a conocerse su existencia en mi entorno de entonces, ese diario representaba un espacio secreto de consuelo donde no necesitaba combatir ni ocultar mi naturaleza soñadora y despistada. Lo he sido entonces y lo soy ahora, cuando escribo en venezolano en Venezuela y, sin embargo, la grieta de la extranjería persiste. Probablemente porque llegué aquí como a una página en blanco, ya adulta, graduada y casada, y con el tamiz mental de referencias formado del otro lado del Atlántico. Y es muy difícil cambiar la manera en que tu mirada filtra la realidad.

¿Qué significa escribir desde la grieta de la extranjería?

No todo se puede explicar pero cualquier lector puede sentir la diferencia que va mucho más allá de cuestiones de estilo entre mis textos y, por ejemplo, los de Antonio López Ortega, Gisela Kozak o Alberto Barrera Tyszka, para nombrar algunos entre muchos; textos donde lo autóctono existe sin esfuerzo, sin darle importancia –parece– porque sus marcas brotan por sí solas del arraigo en esta tierra, en sus tradiciones familiares, nombres y paisajes con la seguridad de los hijos del terruño. Ni en sueños podría escribir así sin que se notase la cautela de la investigación, la impostura del disfraz ilegítimo. Otro sería el caso si tuviera la habilidad y la pasión por documentar la realidad, pero no es así. Por eso mi narrativa describe lo cotidiano desde el eterno extrañamiento de forastera y en cambio evidencia un vacío de referencias exactas, lugares, nombres y datos precisos. Administro tal información a cuentagotas, chequeo, reviso, generalizo, diluyo, modifico hechos y sitios reales, me amparo en las licencias que otorga la ficción, adopto el punto de vista de personajes raros, periféricos, un poco extranjeros todos. Me siento cómoda situando la acción en un cruce entre una calle que existe y otra que no. O entre dos calles que no existen, como ese pueblo costero donde transcurre la acción de Nube de polvo que reúne las características de muchos, y qué importa que no tenga nombre si es familiar a los lectores.

Mi “estatus” fue definido por un profesor del departamento de Literatura Latinoamericana de la Universidad de Jerusalén: Una «infiltrada en las letras venezolanas».

Me gusta porque implica una mirada externa desde adentro. Por tanto, una mirada escindida.

Descubrí esas cosas conversando horas con Liliana Lara quien, en 2008, ya contaba diez años de inmigrante en Israel pero situaba sus cuentos allí donde se sentía segura: en Venezuela. «Los jardines de Salomón»: el único relato de su primer libro que muestra escenarios israelíes me causó estupor: yo, hija legítima de ese país (superadas las grietas de la adolescencia) no lo reconocí en la narrativa de Liliana, en la visión periférica de sus personajes. Pero reconocí las marcas de extranjería porque todavía estaban en mis propios cuentos, tras treinta años de vivir en Caracas y siete escribiendo en nuestro idioma.

Las raíces, o la falta de ellas, ambas condiciones subyacen en la narrativa como un mensaje cifrado.

La emigración de tantos escritores adultos y jóvenes terminará por asentar esa grieta que conozco de sobra. Describirán su espacio de acogida desde los ojos del forastero, con cautela y cierta extrañeza. Habrá quienes –con observación, disciplina y narrativa testimonial– logren superar su extranjería y despegarse, pero la mayoría seguirá situando la suya en Venezuela, cada vez más fantasmal, alejada en el tiempo. Aparecerán más textos en los que el propio espacio venezolano se vea ajeno por quien regresa impregnado de otras realidades, como el protagonista de la última novela de Miguel Gomes. Cambia la mirada y cambia el terruño sometido a la destrucción.

Mientras tanto los que nos quedamos aquí padecemos otra grieta, llamada insilio. No reconocemos al país grotescamente envilecido que se desmorona ante nuestra impotencia. Estamos exiliados de él sin habernos mudado.

La ficción viene a mano para exorcizar el extravío. Cuando lo testimonial no parece suficiente para dar cuenta de la realidad, no es extraño que varios escritores hayamos recurrido a la distopía como una suerte de laboratorio-espejo fuera de su alcance directo. Me vino fácil situar mi último libro en ese tipo de universo paralelo dominado por un régimen totalitario que no describo porque no me interesa la ideología bajo la cual se presenta, sino la manera cómo se empeña en quebrar el sentido de realidad de los ciudadanos.

No digo que la creación de distopías sea una corriente dominante de la narrativa producida en Venezuela ni mucho menos, pero ayuda a expresar nuestros miedos y nuestra indignación, recuperar la distancia y la capacidad de asombro.

Hoy día el concepto de literatura distópica aún sigue asociado con 1984, de George Orwell, y Fahrenheit 451, de Ray Bradbury –clásicos insuperables del género–; sin embargo, se está desvinculando cada vez más de los dos aspectos fundamentales de esas obras: ya no es futurista ni de ciencia ficción. Se trata sobre todo de universos paralelos, espejos que revelan las capas de terror y espanto dentro de las realidades presentes cuando estas se vuelven difíciles de asir con las herramientas del registro y la ficción acude para expresar, más que los hechos, la atmósfera, el color y la textura de la materia vivida. En este sentido las distopías literarias de hoy se vinculan más bien con el extravío y la asfixia propios de los mundos incomprensibles de Franz Kafka. En las sociedades sometidas a regímenes totalitarios sus contextos se acercan a la realidad hasta el punto de que los lectores de esos países pueden reconocerse en ellas, y eso ocurre a medida que la realidad en que viven se acerca a su vez a esos modelos literarios, en tanto que la virtualidad creciente de nuestro modus vivendi emborrona las diferencias entre literatura y vida, ficción y realidad. No pocas veces lo descrito desde la imaginación de los autores se reproduce en la realidad (o «repercute», según el término de mi protagonista), como varias situaciones de Las peripecias inéditas de Teofilus Jones, novela de Fedosy Santaella publicada en 2009, que entonces se me antojaba “futurista”, pues recuerdo muy bien que hablaba, entre otras barbaridades, del emporio de las sectas y de la escasez de agua potable. En «Señales», breve cuento distópico que escribí en 2002, creí haber inventado cosas tan “fantásticas” como el racionamiento de electricidad a razón de veinte minutos por día y al describir gente que inicia una guerra siguiendo señales de humo.

Otra practicante del género en Venezuela es Ana Teresa Torres con Nocturama, publicada en 2006, novela que recrea un mundo aterrador y caótico basado enteramente, según la autora, en los recortes de periódicos que todavía se leían entonces. No existen periódicos en el mundo de Diorama, de la misma autora, recién publicada este mes de marzo. Sus personajes se mueven en la desolación del así llamado «Reino de la Alegría» donde está prohibida la tristeza y se destruyen los libros que contengan aunque sea un asomo de ella. También hay allí un «Museo de los Lugares Perdidos» en el que se va transformando aquella ciudad antes de que la virtualidad de las dioramas reemplace, sistemáticamente, la vida real. Ese último tema ha sido explorado asimismo por Carolina Lozada en su cuento, por igual distópico, «Los pobladores»; uno de los últimos que ganó el emblemático Concurso de Cuentos del diario El Nacional (hoy relegado al mencionado museo).

En mi novela Ficciones asesinas, terminada antes de la pandemia, el acento está puesto en la imposición del absurdo como modelo de normalidad, en el feroz control de la población y la opacidad burocrática que somete a la ciudadanía con reglamentos y trámites arbitrarios. También destaca el aspecto de salud mental: manicomio dentro del país-manicomio: tema que, tengo entendido, hace parte de la última novela de Luis Enrique Belmonte que no he llegado a leer.

Es cierto que los regímenes dictatoriales dan para mucho en literatura. Para los que estamos dentro es importante escribir: sean ficciones distópicas, crónicas o testimonios; es lo único que podemos oponer, al menos, a los estragos psíquicos del insilio.

Afuera, entre los escritores emigrados, es de esperarse que la extranjería con su mirada escindida, sus extrañamientos y nostalgias, se vuelva trending topic de la literatura nacional.

Y en el caso de esta “infiltrada” la grieta del insilio ha reemplazado la anterior: ya no me siento extranjera, o no tanto, no más que la gente que me rodea y escribe libros y posts en redes sociales. No hay marcas de extranjería en Ficciones asesinas porque todos los personajes son extranjeros en el insilio de aquel universo ficticio, muy parecido a Venezuela.

No encuentro palabras de cierre. Albergo algo parecido a la esperanza o por lo menos aliento, sin argumentos reales para respaldar tales sentimientos. Nuestra realidad está marcada por la represión y el volumen del éxodo venezolano, escindida entre irse o quedarse, exilio e insilio, dos heridas inducidas por la situación política. Por su parte, la literatura parece crecer enriquecida y ensancharse entre nuevos horizontes.

En física, toda escisión implica liberación de energía. Y en las palabras de Leonard Cohen «that’s how the light gets in»: porque es por las grietas que entra la luz. ¶

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De amor tóxico, locura y suicidio

Tomado de infobae CULTURA (con algunas correcciones)

 

La vida y literatura de Ernest Hemingway en tres historias

Ernest Hemingway

 

Hace 60 años, el premio Nobel de Literatura estadounidense se disparaba en medio de una depresión tratada con electrochoques. En esta nota, su relación con las mujeres y las veces que salvó su vida de milagro, entre otros relatos

 

Por Juan Batalla

2 de Julio de 2021

 

Ernest Hemingway no necesitó de la literatura del yo para expoliar sus fantasmas, ni siquiera para disimular su ego. Aunque su presencia en sus obras es voraz, como las ramas de un árbol que golpean un techo, pero del que solo vemos una sombra, desnuda. Esa necesidad autorreferencial, oculta en sus personajes, lo ayudó a construir la figura de no solo uno de los grandes autores de la historia, sino también uno de los mitos del siglo XX. Lo que Hemingway escribía era posible, por que él lo hacía posible o porque así lo decía, al menos.

Publicó 7 novelas en vida—otras 3 salieron de manera póstuma—, tres libros de ensayos y varios de cuentos, aunque su figura ha sido tan (o más) magnética que su obra, con alrededor de una veintena de biografías. En una de ellas, Anthony Burgess, escribió: “Conocemos a Hemingway, el hombre, no a través de cartas o diarios, sino de historias recontadas a su vez por otros, reminiscencias que sirven para alimentar la leyenda y que—haciéndose cada vez menos fiables según su personaje queda atrás en el tiempo—aún continúan apareciendo”.

“Hemingway no estaba satisfecho con la simple excelencia como cazador, pescador, boxeador y jefe guerrillero. Tenía que convertirse a sí mismo en un mito homérico, lo cual significaba posar y mentir, tratar la vida como si fuera una ficción, y, aun cuando algunas de sus mentiras son transparentes, es difícil deslindar su autofabricada leyenda, de una realidad menos deslumbrante”, sostuvo el autor de La naranja mecánica.

Ernest Hemingway en Cuba

 

El Nobel de Literatura colombiano, Gabriel García Márquez, nunca ocultó su admiración por dos autores: William Faulkner y Hemingway. Al segundo, relata en una evocación, lo cruzó una vez en París en el ‘57 y solo se animó a gritarle “Maeeeeeestro” desde la vereda de enfrente, a lo que el estadounidense le respondió levantando una mano y devolviéndole un “Adiooooós, amigo”.

Para Gabo, el también Nobel de Literatura y ganador de Pulitzer fue sobre todo el más grande cuentista de su tiempo. Así lo expresa: “Toda la obra de Hemingway demuestra que su aliento era genial, pero de corta duración. Y es comprensible. Una tensión interna como la suya, sometida a un dominio técnico tan severo, es insostenible dentro del ámbito vasto y azaroso de una novela. Era una condición personal, y el error suyo fue haber intentado rebasar sus límites espléndidos. Es por eso que todo lo superfluo se nota más en él que en otros escritores. Sus novelas parecen cuentos desmedidos a los que les sobran demasiadas cosas. En cambio, lo mejor que tienen sus cuentos es la impresión que causan de que algo les quedó faltando, y es eso precisamente lo que les confiere su misterio y su belleza. Jorge Luis Borges, que es uno de los grandes escritores de nuestro tiempo, tiene los mismos límites, pero ha tenido la inteligencia de no rebasarlos”.

Para Burgess, por su parte, “convirtió la narración en prosa en un medio físico limpio de todo lo que fuera cerebral o fantástico, apto para el héroe hemingwayano: duro, estoico, resistente,exhibiendo esa clase de valor hemingwayano que hemos aprendido a denominar ‘elegancia en el sufrimiento’”.

Si bien es recordado por novelas como Adiós a las armasPor quién doblan las campanas El viejo y el mar, los relatos breves de Hemingway sintetizan lo mejor de un estilo que cambió la literatura occidental y que tuvo—y tiene—múltiples imitadores en la que realizó un desmalezado con la palabra justa, la combinación de oraciones cortas y largas, la metáfora poética sin arabescos, la muerte de la floritura por la floritura misma. La breve vida feliz de Francis MacomberLas nieves del Kilimanjaro, Gato bajo la lluviaLos asesinos o Montañas como elefantes son una muestra perfecta de ese “misterio y belleza” como de esa “elegancia en el sufrimiento”.

Hemingway, como corresponsal en la guerra civil española. También cubrió la Segunda Guerra

 

Hace 60 años, el escritor acababa o agigantaba su mito, según se lo mire, disparándose en la cabeza. A continuación una serie de historias y cómo se relacionaron con su obra:

 

El amor después del dolor

Su primer gran amor fue Agnes von Kurowsky, a quien conoció durante los seis meses de recuperación que necesito tras ser herido en la Gran Guerra. La enfermera, que inspiró el personaje de Catherine Barkley en la clásica novela, Adiós a las armas, lo dejó por un militar italiano, aun cuando habían decidido casarse en 1919. El regresó a EE.UU., donde la esperaba, pero ella, vía carta, le dio las noticias: se había comprometido con otro.

Retrato de Hemingway en 1918 por Ermeni Studios, Milán. Colección fotográfica de la Biblioteca Presidencial John F. Kennedy, Boston. (Foto añadida de Wikipedia).

 

De acuerdo a Jeffrey Meyers, en Hemingway: A Biography, el dolor causado por el rechazo de Agnes modeló sus siguientes relaciones, en las que el escritor se convirtió en el que abandonaba sistemáticamente siempre con una infidelidad de por medio. Así, el autor se casó cuatro veces: Hadley Richardson (1921-1927); Pauline Pfeiffer (1927-1940), Martha Gellhorn (1940-1945), y Mary Welsh (1946-1961), aunque es el vínculo con Gellhorn el más controversial y famoso.

Agnes von Kurowsky (lujanfraix.blogspot)

 

Gellhorn es una de las corresponsales de guerra más importantes del siglo XX y a ella le dedicó Por quién doblan las campanas. La conoció en el ’36 y tuvieron un affaire hasta que el autor se separó de Pfeiffer y finalmente se mudaron a Cuba, donde compraron la hoy emblemática casa-museo Finca Vigía, a 24 kilómetros de La Habana.

Antes de casarse, viajaron juntos a España para cubrir la guerra civil, y luego ella reportó la llegada al poder de Hitler y cubrió la Segunda Guerra desde Finlandia, Hong Kong, Birmania, Singapur e Inglaterra. A diferencia de sus anteriores esposas, Gellhorn no se subyugaba a los deseos y presiones de su esposo, y durante lo que duró la relación él no soportaba que ella dedicara tanto tiempo a su profesión: “¿Eres corresponsal de guerra o esposa en mi cama?”, le dijo en el ’43, cuando partió para el frente italiano.

Richardson, Pfeiffer, Gellhorn y Welsh

 

Cuando se produjo el Día D, el desembarco en Normandía, la relación estaba rota. Ambos fueron a cubrir el evento, pero con grandes diferencias. El usó su influencia para que ella no recibiera su credencial de prensa, por lo que tuvo que esconderse en el baño de un barco hospital que cargaba explosivos y, al llegar a Inglaterra, de donde partieron a Francia, se hizo pasar por camillera.

Él, por su parte, viajó en avión hasta las islas. Gellhom narró los eventos desde el campo de batalla, Hemingway se mantuvo en una lancha a distancia y el biógrafo Kenneth Lynn asegura que su cobertura en tierra del desembarco es pura ficción, otro paso en la construcción del mito homérico.

Al año siguiente de la separación, se casó con Welsh, corresponsal de la revista Time en la Segunda Guerra. Pero la periodista no fue su último amor, sino la noble y poeta italiana Adriana Ivancich, hermana de su amigo Gianfranco, a la que le llevaba tres décadas, y la que conoció en Venecia en un viaje junto a su esposa.

Ernest Hemingway y Adriana Ivancich en la Finca Vigia, San Francisco de Paula, Cuba

 

Como se revela en Autumn in Venice: Ernest Hemingway y His Last Muse (Otoño en Venecia: Ernest Hemingway y su última musa), del italiano Andrea di Robilant, la joven fue la musa de dos de sus novelas tardías, las últimas que se publicaron con él en vida.

Por un lado, la entonces muy criticada Del otro lado del río y entre los árboles, situada en el Veneto y en la que Adriana inspiró el personaje de Renata. De hecho, Hemingway prohibió su publicación en Italia durante al menos dos años para proteger a los Ivancich del escándalo que igualmente causó cuando salió a la calle en 1965. La otra obra, ya sin referencias directas a la muchacha, pero realizada durante el período más fértil de la relación, fue la obra clásica y ganadora del Pulitzer, El viejo y el mar.

 

Más vidas que un gato

Hemingway se codeó con la muerte en varias oportunidades. La primera fue con 18 años, cuando fuera conductor de ambulancias para la Cruz Roja en Italia durante la Gran Guerra. Por su hereditario problema visual -por parte de su madre- no era apto para combatir, por lo que la experiencia de un amigo como socorrista lo motivó para abandonar Kansas, donde sobrevivía en su primer trabajo como periodista.

Una noche que llevaba chocolate y cigarros a los soldados en las trincheras en medio del fuego cruzado, un mortero austríaco explotó en las cercanías. Cargando con un herido en una arnés de bombero fue alcanzado por una ráfaga de metralleta en la pierna izquierda. En ese estado, llevó al soldado a salvo y se desmayó, lo que le valió la Medalla de Plata al Valor Militar del gobierno local.

Con 18 años, recuperándose tras las heridas de la Gran Guerra

 

Por otro lado, estuvo envuelto en una serie de accidentes de tránsito, el primero en el ’30 en Wyoming cuando para no chocar de frente con un camión volcó en una zanja y se rompió el brazo en dos partes, no pudiendo escribir por un tiempo. Otro fue antes de partir hacia el Día D, por el tuvo un traumatismo por el que anduvo con venda en la cabeza por un tiempo, y otro luego de la guerra, cuando por exceso de velocidad se rompió la rodilla y se produjo una herida profunda en la frente.

Aunque este último incidente no fue el que produjo su característica cicatriz, esa que parece una especie de chichón, la cual no se originó con el “glamour” que a él le hubiera gustado contar en alguna historia: el corte fue realizado por un accidente doméstico antes de abandonar los años de la Generación Perdida en París, en 1928: en un cuarto de baño, cuando un tragaluz se le vino encima. Siempre fue reacio a hablar sobre esta experiencia.

Sin dudas los accidentes más graves fueron en 1954, cuando casi murió en dos accidentes aéreos sucesivos. El 21 de enero partieron junto a su última esposa del aeropuerto de Nairobi Oeste con destino al Congo belga. Cuando atravesaban las cataratas Murchison una bandada de ibis cruzó la ruta del avión y el piloto para evitarlos terminó golpeando un alambre telegráfico abandonado, dañando la hélice. El aeroplano cayó a unos 5 kilómetros de las cascadas.

Sobre el ojo izquierdo, se aprecia su cicratiz más famosa, la que más lo avergonzaba

 

Nadie resultó gravemente herido y el autor se dislocó el hombro. Como la radio no funcionaba, debieron pasar la noche en una colina junto al fuego, hasta que por la mañana vieron un bote blanco al que le hicieron señales. El dueño de la embarcación, rápido de reflejos, le sacó una buena suma por cabeza, ya que sabía que los blancos pagaban bien y más cuando estaban desesperados: cuatro años antes, le había alquilado el bote a John Huston, mientras filmaba La Reina de África.

Así que los tres fueron hasta Butiaba, Uganda, donde sucedió algo aún más increíble. Volvieron a subirse a otro avión con destino a Entebbe y cuando la nave comenzó a despegar, hizo unos metros, y se estrelló para incendiarse. Esta vez las heridas fueron severas: pérdida temporal de la visión en un ojo, pérdida de audición, parálisis del esfínter, quemaduras de primer grado en cara, brazos y cabeza; brazo derecho y hombro izquierdo, dislocados; una vértebra aplastada; hígado, bazo y riñón, desgarrados.

 

Hemingway se enteró entonces de que la noticia de su posible muerte ya era vox populi e incluso salió publicada en algunos periódicos. Un buscador enviado por la British Overseas Airways Corporation había encontrado el primer avión, sin restos de vida y encendió la alarma. Se recuperó leyendo los obituarios.

Un mes después en Mombasa, Kenia, quiso ayudar a apagar unos matorrales y cayó dentro del fuego, produciéndose quemaduras de segundo grado en piernas, vientre, pechos, labios y en una mano y antebrazo.

 

Adiós a las armas

Clarence Edmonds Heminngway enseñó a su primer hijo varón todo lo que necesitaba para sobrevivir allí afuera: pescar, manejar herramientas y armas, talar árboles, y cocinar en la intemperie. Había sido criado por un soldado de la guerra civil y conocía la importancia de la rudeza, aunque le inculcó que solo se mataba animales para comer, algo que su hijo no cumplió.

Cuando el joven Ernest marchó hacia Kansas con 17 años, Ed lo acompañó hasta el tren, escena que recreó en Por quién doblan las campanas, relatando que el personaje se sintiera “súbitamente mucho más viejo que su padre y tan penado por él que apenas podía soportarlo”.

Ernest a la derecha, junto a sus padres y hermanas

 

Cuando volvió de la Gran Guerra, su padre lo cobijó, orgulloso, mientras que su madre al tiempo lo echó de la casa por haragán. La relación siguió epistolar en el tiempo y si bien en varias entrevistas el autor le gustaba diferenciarse de su progenitor, incluso mostrar rechazo, la realidad es que lo unía un fuerte vínculo.

En 1928, Ed estaba deprimido por la diabetes, una angina de pecho crónica y la imposibilidad de realizar las actividades de otrora, por lo que tomó una pistola de la guerra civil y se disparó en la cabeza. En la última carta a Ernest le había comentado su preocupación por su situación económica, a lo que el joven respondió que ya no debía hacerlo, que la fortuna, finalmente, se estaba poniendo de su lado. Esa carta llegó dos días después del suicidio.

Aquel fue un golpe muy fuerte. Si bien hacía poco había vuelto a ser padre, el escritor ya transitaba una insatisfacción por la vida que ningún lugar parecía apagar, siquiera el prestigio de Fiesta y el éxito de Adiós a las armas. “Probablemente voy a ir de la misma manera”, le habría dicho a su primera esposa, quien conocía ese dolor, ya que su padre se había ido de la misma manera.

Tras la afición de su padre, a Ernest Hemingway le gustaban mucho las armas

 

Hemingway se suicidó casi como su padre, casi, porque eligió una escopeta para hacerlo. Sus últimos meses fueron una pesadilla. Cuando abandonó Cuba para siempre en el ’60 se entristeció porque sabía que nunca recuperaría los escritos de su caja fuerte. Ya no podía escribir como antes, le costaba ordenar las ideas en los textos, necesitaba asistencia.

Luego fue a España, para ser fotografiado para un artículo de Life Magazine. A los días la prensa aseguraba que estaba a punto de morir. Se pasaba los días en la cama. Viajó hasta Nueva York, seguía en cama, le aseguraba a su esposa que el FBI lo vigilaba (algo que se confirmó en 1980); lo creyeron paranoico.

Fueron hasta Idaho. Luego fue internado anónimamente para tratar su depresión por medicamentos en la clínica Mayo, en la que recibió terapia electroconvulsiva hasta 15 veces en diciembre de 1960, para luego recibir el alta en un estado moribundo en enero de 1961.

Regresó a Ketchum; a los días su esposa lo encontró con una escopeta en la cocina. Otra vez lo internan y recibe electrochoques. Tras recibir el alta la madrugada del 2 de julio de 1961, se escabulle de la cama, para dispararse con su escopeta favorita. Abrió la bodega del sótano donde guardaba sus armas, subió las escaleras hacia el vestíbulo de la entrada principal, colocó el extremo del cañón en su boca y apretó el gatillo. Por cinco años, fue un accidente doméstico, hasta que su esposa aceptó el suicidio en una entrevista. Adiós a las armas. ¶

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La literatura latinoamericana da un giro hacia el futuro

Tomado de THE NEW YORK TIMES

 

La ciencia ficción más heterodoxa se ha vuelto medular en América Latina. Especialmente castigada por la pandemia, con la migración siempre en el horizonte y víctima de una polarización política, la región está encontrando en su literatura los futuros que sus políticos son incapaces de imaginar

Por Jorge Carrión

26 de Junio de 2021

Una escritora contempla el futuro

 

“No entienden muy bien quién es abuelo, quién tío, quién bisabuelo; las viejas etiquetas les deben parecer espesas e imprecisas”, afirma el narrador de Los cuerpos del verano, de Martín Felipe Castagnet. El hombre —que resucita en el cuerpo de una mujer tras flotar durante setenta años en el mundo virtual donde habitan millones de conciencias— dice en otro momento sobre los jóvenes: “Son la última generación; en adelante no habrá generaciones sino multiplicaciones”.

A través de la ficción especulativa —y por momentos absurda— el escritor interviene en la discusión actual sobre la identidad, la memoria o la tecnología. Estrategias parecidas encontramos en libros de Marcelo Cohen, Samanta Schweblin, Edmundo Paz Soldán, Fernanda Trías, Rita Indiana, Alberto Chimal, Gabriela Alemán, Juan Cárdenas, J. P. Zooey o Liliana Colanzi. Han proliferado los relatos y novelas de autores latinoamericanos que fabulan realidades alternativas o futuras, casi siempre con intención irónica, política y queer.

La ciencia ficción más heterodoxa se ha vuelto medular en la literatura de América Latina. Especialmente castigada por la pandemia, con la migración siempre en el horizonte y víctima de una polarización política que cada día se vuelve más extrema, la región está encontrando en su literatura los futuros que sus políticos son incapaces de imaginar. Las nuevas mitologías, que los lectores sin duda necesitan, son construidas por los escritores mediante la hibridación de las cosmovisiones indígenas con las maestras del feminismo, de la tecnología con el humor, del ensayo con la ciencia ficción.

Tras un canon que —desde Juan Rulfo Gabriel García Márquez hasta Roberto Bolaño o Elena Poniatowska— exploró sobre todo el pasado o el presente, han llegado nuevas generaciones que incluyen en sus intereses también el porvenir. Si los autores del Boom latinoamericano tradujeron al español los hallazgos técnicos de William Faulkner Ernest Hemingway, los escritores nacidos en las últimas cuatro décadas del siglo pasado versionan las ideas y las propuestas de Ursula K. Le Guin o Donna Haraway. Encuentran otros modelos inesperados en las artes conceptuales y las narrativas digitales. Los une la voluntad de sacudir los géneros, sexuales y textuales: quienes no se sitúan directamente en una posición feminista, se mueven en el ámbito de lo queer; y todos remezclan imaginarios muy diversos.

En muchos de ellos la migración aparece como una pregunta clave y dolorosa. En el relato “Hermano ciervo”—del libro Tierra fresca de su tumba, de Giovanna Rivero—, por ejemplo, la protagonista estudia el género fantástico y su novio, la clonación de los camélidos. Ambos sienten que sus familiares, en un país lejano, se han convertido en otras personas, al tiempo que ellos mismos también sufrían una mutación. Para sobrevivir en Estados Unidos, él se somete a experimentos médicos que lo convierten en “sujeto prospectivo”, con abundantes extracciones sanguíneas. Cuando llega a la fase X, la última, con “ese tipo de registro que usaban los de la serie Expediente X”, a ella le obligan a ponerse un traje antibacterial para su despedida.

La lectura política es obvia: a cambio de ayudarles a progresar intelectualmente, el imperio les chupa la sangre. Pero no lo es tanto la interpretación en términos genéricos. Mientras su novio dona su cuerpo, en vida y por entregas, a la ciencia ficción, la narradora estudia la carta astral de su hermano muerto o asiste a la muerte de un animal salvaje. Dos fuerzas chocan en ese relato: el poder de lo antiguo y el de lo contemporáneo. De su síntesis, parece decirnos, depende la suerte de lo que vendrá.

“Lo que hay aquí, en esta antología, es un intento por contribuir, desde la incomodidad con el presente, con algunos hilos que puedan entrelazarse y tejerse para hacer otros mundos”, escribe la artista y escritora mexicana Verónica Gerber Bicecci en el prólogo a En una orilla brumosa. Se trata de un volumen colectivo de relatos y ensayos que se apropian de ciertos recursos de la ciencia ficción para imaginar un catálogo de futuros que no se parecen a los del cine y la televisión, que no persiguen el espectáculo sino la especulación. El lenguaje sigue siendo la mejor herramienta para diseñar escenarios alternativos.

Un escritor hace lo mismo

 

Aunque todo escritor está por naturaleza interesado en la tradición y en la memoria, este inicio de siglo señala una progresiva atención de la literatura latinoamericana hacia lo porvenir. Ese giro importante del foco de interés, del pasado y el presente hacia la proyección de futuros, puede deberse a motivos históricos. Los autores del Boom, contemporáneos del Che Guevara o de Salvador Allende, vivieron las revoluciones de Latinoamérica. Los de hoy han sufrido las consecuencias de que fueran neutralizadas por las dictaduras o condenadas por sus propios líderes a una lenta autodestrucción. La literatura ocupa ese lugar vacío —el de los proyectos colectivos del mañana— y lo convierte en un poderoso generador estético y filosófico.

Aunque predomine en estos momentos la distopía (sanitaria y política en Allá afuera hay monstruos, de Paz Soldán, o Mugre rosa, de Trías; tecnológica en Kentukis, de Schweblin; ecológica en El ojo de Bambi, de Gerber Bicecci), muchos de los autores de las nuevas generaciones, después de décadas de desilusión, han sido testigos en los últimos años de algunos mensajes de esperanza. Desde las movilizaciones masivas, de norte a sur, a favor de la despenalización del aborto o del matrimonio igualitario, hasta el cambio constitucional en Chile. Podríamos estar en un punto de inflexión entre las ruinas y el optimismo.

¿Será la tercera década del siglo XXI la década de la tensión entre los últimos estertores de los relatos distópicos y nuevas formas literarias de la utopía? Para poder responder a esa pregunta, seguiremos leyendo. Con la conciencia de que el futuro no está escrito. Y que todo un continente permanece abierto a la historia y a la imaginación.¶

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* Jorge Carrión (@jorgecarrion21) es escritor y director del máster en Creación Literaria de la UPF-BSM. Sus últimos libros publicados son “Contra Amazon” y “Lo viral”. Es el autor del podcast “Solaris, ensayos sonoros”.

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Volver la vista atrás…

El gran autor colombiano Juan Gabriel Vásquez

 

Vietnam ha demostrado, decía Fidel Castro, que ninguna máquina militar, por más poderosa que sea, puede aplastar a un movimiento guerrillero apoyado por el pueblo.

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…es el sugerente, preciso y precioso título de la última novela de Juan Gabriel Vázquez (Bogotá, 1º de enero de 1973). En ella narra una parte de la vida de quien es hoy su gran amigo, Sergio Cabrera* (Medellín, 20 de abril de 1950) y de su hermana menor, Marianella. Interpreta, organiza y cuenta la historia de esta inusual familia (abuelos, padres, hijos y nietos) que coincide con los grandes cambios políticos y sociales del siglo XX, pero que se narra desde el XXI y se escribe en plena pandemia.

Me gusta la idea de interpretación, pues eso es lo que me vi haciendo más de una vez con los hechos de la vida de Sergio Cabrera… darles a esos episodios un orden que fuera más allá del recuento biográfico: un orden capaz de sugerir o revelar significados que no son visibles en el simple inventario de los hechos, porque pertenecen a formas distintas del conocimiento. No es otra cosa lo que hacen las novelas. A esto nos referimos, creo, cuando hablamos de imaginación moral: a esa lectura de una vida ajena que consiste en observar para conjeturar, o en penetrar lo que es manifiesto para descubrir lo oculto o lo secreto. La interpretación es también parte del arte de la ficción.

El abuelo y el tío héroe, rojos los dos y perseguidos por el franquismo, huyen cinematográficamente de España con la familia y vienen a hacer la América, igual que muchos. Desde ese entonces, estaba sembrada en ellos la semilla del fanatismo. La novela narra cómo, tiempo después, los nietos, una niña de catorce y un muchacho de dieciséis años, son dejados por sus padres, convencidos comunistas, en la China de Mao, para que completaran su educación y para que volvieran, como lo hicieron, a trabajar por la Revolución Maoísta en Colombia.

…no dejaba de ser el contacto directo entre la China comunista, hogar del Mao de verdad, y el ejército revolucionario de Colombia, donde Mao era un rumor, un conjunto de refranes: una figura hecha de palabras.   

La edición de Penguin

En Colombia les toca irse “p’al monte”, como se dice por aquí, y en la lucha armada no encuentran, ni pueden realizar, el ideal para el que fueron formados. Además, son golpeados por el horror de la guerra y lo que hace a los seres humanos, física y espiritualmente. Salieron de la guerrilla; muy pocos lo han logrado y menos contado, pero ellos sí pudieron Volver la vista atrás a través de la pluma de Vázquez.

 

La Revolución Cubana contaba con simpatizantes firmes en Colombia, donde los movimientos campesinos de mediados de siglo, incluso los que se habían convertido en guerrillas violentas, habían recibido un lavado de imagen, y donde una generación de jóvenes universitarios había comenzado a reunirse en grupos clandestinos que leían a Marx y a Lenin y hablaban de cómo traer aquí lo que había sucedido allá.

La arquitectura del género híbrido—novela-biografía—es impecable y muestra la exhaustiva investigación de siete años que la sostiene. El lenguaje es preciso y muy cuidado, con frecuentes y luminosas imágenes.

            …La ciudad parecía acabada de inventar.

A Juan Gabriel Vázquez, que algunos consideran el sucesor de Gabriel García Márquez, le gusta escribir sobre hechos reales, con datos duros que en muchos casos superan la ficción. Emplea todas las nuevas técnicas literarias: inserta textos de cartas y diarios, poemas y fotos que le dan una dimensión distinta al relato, un sabor a realidad muy raro en una novela. Los narradores son los propios personajes; sus voces son claras, inconfundibles, como lo son los diferentes tiempos que se viven en la historia. El escritor logra ser ecuánime y, aunque su posición con las negociaciones de paz en Colombia es conocida, no hay juicio de valor político, ni personal en sus letras.

En esa época, cuando todos parecían de acuerdo que Colombia era un naufragio, los intentos por hacer la paz fracasaban uno tras otro… el país no estaba hecho para vivir sin matarse.

Sus personajes principales son más idealistas que comunistas; se crían solos en China, con el choque cultural que eso supone en el idioma, el alfabeto, la cultura y el constante adoctrinamiento comunista. Sólo encuentran la orientación de su padre en una carta que usaban como guía de vida, sintiendo todo el tiempo que, a pesar de su entrega, no estaban haciendo suficiente por la revolución.

Llevo un par de días pensando que quizás sería un joven más feliz si estuviera muerto. Estoy cansado de estar esperando siempre pasar el examen, un examen intangible para el cual no es posible prepararse. Siempre hay algo que me hace sentir culpable e inepto para la lucha revolucionaria, siempre siento la sospecha de que, a pesar de todos los esfuerzos que hago, no logro brindar a los comandantes y en especial a Fernando el fervor que ellos esperaban de mí. En realidad, creo que desconfían de mi entrega y en general de la de todos, y da la impresión de que creen que sólo los muertos son guerrilleros de fiar. Tal vez nunca he sido alguien de fiar y como están las cosas creo que ni yo mismo me puedo fiar de mí. Cada vez con más frecuencia pasan por mi mente ideas derrotistas. El pesimismo gana terreno y la ilusión de una victoria, una victoria de nuestras ideas, es cada vez más lejana.

La relación entre padres e hijos es tema constante en la trama, con todas sus controversias.

Las rencillas ocultas o nunca expresadas que hay en todas las familias, los malentendidos y las palabras que no se dicen o se dicen a destiempo, la falsa idea que nos hacemos de lo que sucede en la cabeza o en el alma del otro.

Tal vez la responsabilidad que conlleva la amistad del escritor con sus personajes vivos, y el cuidado que puso en narrar los hechos de estas vidas inusuales sin herir a nadie, hacen que la novela a veces se perciba fría, desapasionada. También, la cantidad de datos duros de estilo periodístico abruma y complica el relato, lo que para algunas Hormigas acostumbradas a la ficción, hizo difícil su lectura. Fue calificada con 7,3 puntos sobre diez.

Ver a los protagonistas en los videos contando detalles, riendo y hasta llorando ha sido inusual y revelador de la verdad de esa historia, del dolor de las familias involucradas en esa lucha eterna, del sufrimiento de los colombianos con esa guerra que parece no tener final. Sus personajes, al ser contemporáneos de las Hormigas, se nos hacen más cercanos aunque las vivencias hayan sido diametralmente opuestas.

Todo era chocante: lo eran los secretos, o más bien esa ética de disimulos que ocultan disimulos, de dobleces y de hipocresías, que se volvía tan natural para los combatientes como su uniforme.

Esa guerra, esa historia de penurias y sufrimiento, la que tantas veces ha cruzado y descruzado la inmensa frontera que nos une y nos separa de Colombia, ha marcado nuestros destinos. Hoy, los viejos comunistas caraqueños tan parecidos a los colombianos, esos que eran de izquierda hasta las cuatro de la tarde y luego se iban compartir tragos con sus amigos burgueses en los clubes privados, son parientes, por sus ideas, de los narco-terroristas que manejan la guerrilla y se reparten nuestro territorio para delinquir; de los cubanos, rusos y hasta iraníes que disfrutan de lo que queda del botín, con el régimen que desangra a Venezuela, ésa que siempre caminará de la mano de nuestros hermanos colombianos.

Ana María y la cumpleañera

Graciela quiso ser la anfitriona en la tarde del 29 de junio, para celebrar en su casa su reciente cumpleaños con sus queridas Hormigas y también la salud que milagrosamente nos acompaña a todas. El libro dio para una buena discusión; nos hizo pensar, comprender y saber que perdonar es indispensable para conseguir la paz. Después, en una vajilla heredada de casi doscientos años, saboreamos una merienda exquisita, bañada con proseco rosado y el aderezo de la mejor compañía, la de las amigas queridas. Al final, bailamos olvidando distancias pandémicas, hablamos todas a la vez, como siempre, y gozamos de las delicias de la vida burguesa que nos ha tocado.¶

NS

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*Sergio Cabrera conversa con Juan Gabriel Vásquez acerca de la novela que leímos:

 

 

Y aquí habla Marianella Cabrera, hermana de Sergio:

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Registro visual de la ordenada discusión en casa de Graciela:

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Sobre “Ficciones asesinas”, de Krina Ber

Tomado de ProdavinciCultura

 

Sobre “Ficciones asesinas”, de Krina Ber

 

La autora

 

por Silda Cordoliani

 

  1. Sobre la autora

Le he seguido la pista a Krina Ber desde su primer libro, Cuentos con agujeros. Para entonces conocía a grandes rasgos el recorrido vital de la escritora, así que cuando llegué a la última página no pude evitar decir en voz alta: “¡Es un milagro!”. Algo que no he dejado de repetir cada vez que me aproximo a su obra.

Mi primera lectura de Ficciones asesinas fue hace casi dos años, cuando fui jurado del Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana. Y no sé si le pasa igual a otros que han tenido la experiencia, pero una de las cosas que más me entusiasma de ser jurado es la posibilidad de reconocer a un autor a partir de su escritura. A las pocas páginas sabía que se trataba de una mujer y que tenía un sólido oficio narrativo, sospechaba también que no era muy joven. Se me ocurrieron varios nombres, pero aquel cierto alejamiento del narrador –que viene dado por un lenguaje extremadamente cuidado y transparente–, el cálido humor y los visos constantes de ternura, me llevaron a Krina Ber. Además, tuve otra razón (un tanto caprichosa, lo reconozco) para insistir en su nombre al encontrarme con la perturbadora tensión sexual que empieza a crearse entre dos personajes de la tercera edad, pues en ese momento evoqué a otra polaca, la premio nobel Olga Tokarczuk en su novela Sobre los huesos de los muertos.

Si alguna duda me quedaba a la altura del capítulo 22, esta se disipó por completo cuando la gran protagonista de la historia confiesa que acabó «con el resto del vodka».

 

  1. Sobre una distopía que no es tal

Ficciones asesinas tiene mucho de thriller, pero sobre todo de novela distópica, dos géneros recurrentes de la literatura venezolana reciente. Uno y otro encuentran tierra fértil en tiempos convulsos, de miedos, de incertidumbres. Para la literatura, lo distópico funciona como espita ideal por donde dejar escapar los gases fétidos que nos ahogan.

La novela se desarrolla en una ciudad que jamás se menciona, aunque los nombres de sus calles puedan resultarnos demasiado conocidos. Una ciudad en constante estado de sitio, drásticamente dividida en zonas. A la brecha entre castas sociales, determinada por las diferentes zonas, se suma una brecha generacional, porque en este “lugar imaginario” solo han quedado los muy jóvenes y los ancianos.

En medio de este entorno tan sombrío –que quizás a alguien le haya sonado algo familiar– se despliega una trama destinada a desmantelar otro siniestro plan de «GOB» (como se denomina al gobierno), donde las complicadas artes del hackeo toman lugar fundamental. Y como parte del tejido de la anécdota también se desarrolla un juego de identidades que va desde las voces de dos narradoras distintas, hasta los insólitos alias en Twitter y WhatsApp de los vecinos del conjunto residencial en el que se ubica gran parte de la acción; pasando, por supuesto, ¡y cómo no!, por las tres personalidades que conviven en el héroe de esta historia, Luca Bambino.

Si bien este juego de identidades le sirve a la autora para afincar la idea de que no siempre lo que vemos es lo que es, también apunta a darle cuerpo al “mundo absurdo” que insiste en crear o, más bien, “recrear”. Y digo “recrear” porque, acostumbrados como estamos por estos lares a toparnos a cada paso con todo tipo de sinsentidos, el absurdo es ya parte de la más normal cotidianidad.

Por eso me pregunto hasta qué punto ese absurdo constante en hechos, situaciones e incluso personajes de esta novela sea algo especialmente destacable para el lector local. Ni siquiera sacándolo del contexto real para convertirlo en ficción literaria, a los venezolanos nos puede sonar descabellado que los vecinos de un edificio hagan fila en el sótano para llenar baldes de agua, ni que los viajeros del metro tengan que transitar en la oscuridad de un túnel sobre los rieles del tren, ni el completo silencio informativo, ni las restricciones en las comunicaciones, ni el control absoluto del gobierno sobre los ciudadanos, ni siquiera la imposibilidad de salir del país o los abuelos encargados de terminar de criar a los nietos. Es decir: que ya vivimos inmersos en la supuesta distopía de Ficciones asesinas, y que nada me extrañaría si dentro de algún tiempo esta novela es catalogada como literatura realista.

Aún más: si algún estudioso actual o futuro me preguntara sobre un libro capaz de documentar la realidad de la sociedad venezolana de nuestros días, es este el primero que le mencionaría. Y no solo porque aireé de manera tan atinada nuestra insensata y disparatada vida cotidiana, social, política, sino por hacerlo libre de exhortos, de dramatismos o tragedias, y hasta con frecuentes toques de humor y pícara ironía, tal como en verdad, los que aquí estamos, solemos superar, con cierta dignidad, las contingencias del día a día.

 

  1. Sobre ancianos sexis y heroicos

Ya he dicho que la novela nos ubica en una sociedad de abuelos y nietos; es decir, de viejos y de jóvenes no mayores de veinticinco o treinta años.

Los hilos de la acción descansan en dos parejas correspondientes a cada una de estas dos etapas de la vida, que se conocen y enamoran en el transcurso de unos pocos días. Aunque, para ser justos, en verdad la pareja central de esta historia es aquella que ya ha cruzado la línea de los setenta. Unos ancianos vitales, inteligentes, dispuestos y aptos para vencer cualquier obstáculo: Elizabet Rosenberg y el misterioso vecino italiano todavía musculoso y sexi, Luca Bambino. A ellos se les suma un tercer personaje, imprescindible para el desenlace final, que también responde a ese patrón etario y que es la verdadera narradora de esta historia.

Y si me parece importante destacar los muchos años de vida de los protagonistas principales es porque para la narrativa venezolana (por no hablar de más allá) resulta una novedad muy provocadora. Solo se me ocurre un antecedente que no estoy segura pueda ser comparable, pues Viejo, de Adriano González León, va por un camino diferente: el de los estragos de la decrepitud masculina.

Como acotación a esta parte, recordemos que no solo nos ha tocado un mundo con una esperanza de vida bastante superior a la de décadas pasadas, sino también un país que ha visto incrementar en poco tiempo el porcentaje de su población mayor de sesenta años, por obvias razones: la migración de las generaciones posteriores.

 

  1. Sobre una arquitecta que es escritora 

Si bien pareciera que Krina Ber no requirió de mucha imaginación para crear el dislocado escenario en el que se desarrolla su thriller, sí tuvo necesidad de ella al momento de concebir y articular su trama, de dar sentido y coherencia a cada uno de los elementos que la conforman. Por un lado está el complot destinado a un lento proceso de exterminio de una parte de la población y el complejo plan informático para desmantelarlo; por otro, la tóxica comunidad del conjunto residencial en que viven los protagonistas; luego, los cuatro personajes principales, donde la edad de los dos fundamentales exige también un pasado que modele su presente. De ellos, el más escabroso, claro está, es Luca Bambino con su desorden de personalidades múltiples, un claro desequilibrio mental gracias al cual se logra poner un poco de orden al caos circundante.

Y por sobre todo esto, la gran estructura que sostiene el relato de principio a fin: esa voz narradora que descansa solo cuando le da espacio a Elizabet al citar largos párrafos de su diario, y que se descubre plenamente hacia el final de la novela, cuando –como dijimos– se convierte en un personaje más, encargado de cerrar el único punto aún en suspenso.

Como uno sabe que además de escritora Krina Ber es una arquitecta con muchos años de ejercicio en grandes proyectos, inevitablemente tendemos a relacionar este oficio con la planificación del relato y la perfecta armazón argumental de sus historias. No obstante, ella misma se ha encargado de echar abajo tan obvia asociación. «Me han dicho muchas veces que se nota que soy arquitecta por la estructura ‘impecable’ de mis cuentos –afirma–, y eso es una mentira enorme porque no hay ni un solo cuento que yo haya escrito sabiendo adónde iba». Sin embargo, yo insisto: porque aunque el relato no esté previamente concebido en su contenido y forma, la mente experta en cálculo, diseño, dibujo estructural y sobre todo lógica, de ninguna manera puede ser ajena a la construcción de sus historias, y eso es evidente.

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Inicié estas palabras afirmando que Krina Ber era un milagro; pero no porque ella comenzara a escribir a los cincuenta años en una lengua que empezó a aprender a los veintisiete. El milagro está en que en dos décadas ha sido capaz de construir una obra narrativa impecable y particular. El milagro está en haberse convertido en uno de los mejores narradores venezolanos del siglo XXI. ¶

[Texto leído en la presentación de la novela, el 18 de mayo de 2021]

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