El blog de Las Hormigas

¡Saludos formíceos! Desde Caracas, Venezuela, le damos la más cordial de las bienvenidas a este registro de actividades del club de lectura Las Hormigas.

Ber para creer

El diario El Nacional publicó ayer en su web un video en el que Krina Ber* explica aspectos de su más reciente libro: Ficciones asesinas. La obra le valió, como explica el periódico, el Premio Anual Transgenérico en su XIX edición.

 

Suena interesante pero, bueno, yo no soy Hormiga que pueda juzgar. LEA

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* Escritora polaco-venezolana (Polonia, 1948). Es arquitecto de la École Polytechnique Fédérale de Lausanne (EPFL), de Lausanne (Suiza), revalidada por la Universidad Central de Venezuela (UCV). Creció en Israel, estudió en Suiza y se casó en Portugal antes de radicarse, en 1975, en Caracas, donde fundó junto con su esposo una compañía de arquitectura especializada en estructuras espaciales y diseño industrial. Comenzó a escribir en español en el año 2000, en el taller de narrativa de la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab), dirigido por el escritor venezolano Eduardo Liendo. También tomó talleres en el Instituto de Creatividad y Comunicación (Icrea) y en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg), con Eloi Yagüe, en 2003. Obtiene una maestría en literatura comparada en la UCV en 2007. Ganadora de una mención especial del 56º Concurso de Cuentos del diario El Nacional (2001); finalista del III Concurso Nacional de Cuentos de la Sociedad de Autores y Compositores de Venezuela (Sacven) (2002); Premio Monte Ávila Editores para Obras de Autores Inéditos, mención narrativa, por su libro Cuentos con agujeros, publicado por esa casa editorial en 2004, y ganadora de la XI Bienal Literaria “Daniel Mendoza” del Ateneo de Calabozo, mención narrativa (2005). Su cuento “Experta en extravíos” fue incluido en la antología De la urbe para el orbe, nueva narrativa urbana (Alfadil, 2006). Su relato “Amor” ganó el Concurso Anual de Cuentos de El Nacional en 2007. (Letralia).

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La Hormiga emisaria

 

En el mero centro

 

Adivinen quién está en Cartagena de Indias como embajadora del Hormiguero ante el Hay Festival: ¡Graciela Sucre de Behrens!

Y ¿quién es la dama al extremo izquierdo de la fotografía? ¡Margaret Atwood! Leímos y comentamos en casa de Mirenchu, el 8 de febrero de 2018, su famoso libro El cuento de la criada, que sirviera de base a la exitosa serie de televisión que se alzó con un Premio Emmy y un Globo de Oro.

En Rotten Tomatoes, la primera temporada tiene una calificación de aprobación del 95% sobre la base de 106 críticas, con una calificación promedio de 8.7/10. El consenso crítico del sitio dice, “Emocionante y vívido, The Handmaid’s Tale es una adaptación infinitamente absorbente de la novela distópica de Margaret Atwood, que está anclada en una magnífica interpretación central de Elisabeth Moss”. En Metacritic, tiene un puntaje promedio ponderado de 92 de 100 basado en 40 críticas, lo que indica “aclamación universal”. (Wikipedia en Español).

¿Quién, finalmente, está atravesada entre Margaret y Graciela? Menena Rodríguez de Cottin.

Pareja prestigiosa del Hay Festival

(Acá sin atravesamiento)

¡Qué lujo! ¡Qué envidia!

La Gerencia

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Aura*

Fue un almuerzo en casa de Rose nuestra última reunión del año 2019. A pesar de lo complicado de la fecha, fuimos doce las Hormigas que participamos más nuestra querida Nury, que cada día está más cercana.

Como siempre, nos deleitamos con el obsequio: esta vez unos bollitos de hayaca, un tartar de atún recién salido del mar y un dip de berenjena abrieron el apetito para el manicote, que como siempre estaba delicioso, y los postres que deslumbraron. Eso, además de la dicha de reunirnos en esos días de Navidad, cuando hasta el aire que se respira parece más ligero y festivo, la convirtieron en una reunión especial. Aún más, el libro que discutiríamos era Aura, de Carlos Fuentes, que nos había sumergido en un mundo de ensueños.

Habíamos cambiado a Vargas Llosa, que parecía largo y complicado para las fechas festivas, por ese cuento largo o novela corta del mejicano nacido panameño, publicada en 1962. Era ésa la época en que las estrictas prohibiciones de Francisco Franco en España empujaban el renacer de un sutil destape en América Latina, que propiciaba la revolución sexual y la apertura que se notó en muchos ámbitos, como en la literatura; época del despertar del realismo mágico que atrae las miradas del mundo hacia los escritores latinoamericanos. Sin embargo, cuando Aura fue publicada, la pacata crítica mejicana se mostró dura e implacable con Fuentes, pero no tardó en darse cuenta de que esa evolución de la literatura no podría ser detenida y entonces alabó la obra.

Las Hormigas quedamos impactadas por la profundidad del texto y atrapadas en el laberinto de símbolos hermosamente descritos por el autor. Lo que más impresiona es su narrador, que cuenta la historia utilizando la segunda persona del singular en tiempo presente. Esto hace que, a veces, parezca un testigo omnisciente y, otras, convierte al mismo lector en partícipe de la trama, utilizando todos nuestros sentidos para involucrarnos. La sensación de oscuridad perenne, el olor a moho combinado con el de las hierbas que crecen en el patio, el sonido de la campana que llama siempre a la misma hora a comer el mismo menú repetido hasta el hartazgo, el tacto de los vestidos que se quiebran como obleas y el perenne sentido del tiempo que aparece trastocado y escapa a la convención que de él tenemos los humanos. Todo se repite incansablemente; da la sensación de girar sobre el mismo tiempo. ¿O es tal vez que el personaje está hipnotizado o drogado, lo que estrecha su voluntad y no le permite ver ni enfrentarse a la realidad?

Es un libro en el que hay que buscar no lo que está sino lo que no está. Hay momentos en los que el lector se siente burlado pero no puede abandonar la lectura; necesita descubrir si lo que sucede es santería, brujería o que al final todo era un sueño. Trata de buscar significados: el Cristo negro, el sacrificio del macho cabrío, la masacre de los gatos, pero lo hace dudar la repetición de los rituales o el eterno verde esperanza de los trajes. El lector, atrapado en el mismo laberinto que Felipe, no sabe si el personaje está dormido o soñando despierto, enfrentando una realidad inexplicable en la que interpreta a un ser divino al que le lavan los pies. La vida se percibe circular; transcurre entre lo real, lo intangible, lo irreal y lo onírico; en ella los vivos dan vida a los muertos y los hacen fecundos, y los muertos aman sexualmente a los vivos. Todo transcurre en un ambiente mágico con manto de misterio, detallado hasta lo barroco, en el que es idéntico el antes que el ahora, con un dejo de añoranza de la juventud perdida, del amor antiguo que se presenta en los sueños, en ese oscuro y mágico ambiente que permite que el pasado sea presente y se manifieste con toda la fuerza del amor y la pasión correspondida. Es una historia de amor sin fin donde nada es real, excepto el mismo amor que mueve la trama y une al pasado con el presente y para siempre al amante con su Aura.

La historia de Carlos Fuentes nos sumerge en un suspenso que parece desarrollarse en otra dimensión. Se le ha comparado con Alicia en el País de las Maravillas o con la obra de Edgar Alan Poe.

Aura nos embrujó; obtuvo 8,5 de puntuación. Muchas quieren volverlo a leer, después de que la discusión les mostrara facetas de las que no se habían percatado, y volver a sumergirse en el muy particular culto a los muertos que practican los mejicanos.

Su belleza y su misterio nos hechizaron y será difícil olvidarla. Será difícil olvidar también el año 2019, en el que nuestras esperanzas de libertad estuvieron montadas en un sube y baja de ansiedad. En el nacimiento de la década de los veinte también renace nuestra esperanza; está vestida de verde como Aura y se hizo joven y hermosa para recibir aquello que tenía perdido y que se parece tanto a la felicidad. NS

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* aura1 Del lat. aura, y este del gr. αὔρα aúra, der. de ἄειν áein ‘soplar’. 1. f. Viento suave y apacible. U. m. en leng. poét. 2. f. Hálito, aliento, soplo. 3. f. Favor, aplauso, aceptación general. 4. f. Parapsicol. Halo que algunos dicen percibir alrededor de determinados cuerpos y del que dan diversas interpretaciones. aura epiléptica, o aura histérica 1. f. Med. Sensación o fenómeno de orden cutáneo, psíquico, motor, etc., que anuncia o precede a una crisis de epilepsia o de alguna otra enfermedad. aura2 De or. amer. 1. f. Ave rapaz diurna americana, que se alimenta de carroña, de 70 cm de longitud y hasta 180 cm de envergadura, con cabeza de color rojizo desprovista de plumas y plumaje negro con la parte ventral de las alas de color gris plateado.

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Añadido a última hora: Carlos Fuentes nos lee un extenso fragmento de Aura.

Carlos Fuentes murió el 15 de mayo de 2012, el mismo año de la realización del video. Madrid y Ciudad de México publicaron el mismo día de su muerte su último artículo. (Viva el socialismo. Pero…) En él preguntaba: “¿Cómo responderá François Hollande a este nuevo desafío, el de una sociedad que al cabo no se reconoce en ninguna de las tribus políticas tradicionales: izquierda, centro o derecha?”

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Menena Cottin, amiga de las Hormigas

 

Lo que sigue, con mínimas correcciones, es entrevista que Dulce María Ramos hace a Carmen Elena (Menena) Rodríguez Sanabria de Cottin, publicada por el diario El Universal en esta fecha. (Menena acompañó a las Hormigas el 18 de abril de 2012, como invitada de honor a la discusión de su libro: La Nube).

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DULCE MARÍA RAMOS

19/01/2020 01:00 am

“Menena aborda en su abanico temático conceptos esenciales, como la amistad, la emoción, la familia, el yo, encontrar un lugar en el mundo y el flujo de la imaginación. Si algún adjetivo puede asociarse al conjunto de su obra es el de ‘refinado’, en su doble acepción de meticuloso y exquisito. Alcanzar el impacto de un lenguaje construido con base en elementos puros y la búsqueda de lo esencial, implica tiempo para dejar reposar las ideas, tino para limpiarlas, quitar lo que sobra. Así como un conocimiento profundo del lenguaje visual, aunque muchas de estas soluciones puedan asumirse como instintivas”. (Fanuel Hanán Díaz, crítico e investigador literario, sobre la obra de Menena Cottin).

 

Cottin es autora, ilustradora y diseñadora de más de treinta libros conceptuales ilustrados de muy variados temas que han dado origen a la exposición Buscando la esencia, que luego de presentarse en Caracas (2016) y en Miami (2018 y 2019), llega a Cartagena en el marco del Hay Festival. La muestra es un recorrido interactivo por dieciocho de sus libros conceptuales llevados a formatos tridimensionales que ofrecen a cualquier visitante una experiencia de lectura y acercamiento al libro de forma diferente.

La idea de esta exposición surgió hace años gracias a Rita Salvestrini y John Lange, quienes le propusieron a Cottin exponer sus libros: “Fue algo que nunca imaginé. Algunos dicen que son libros para niños, pero para mí no tienen edad porque son libros conceptuales que hablan de emociones e ideas. La exposición es una experiencia lúdica, divertida e interesante”, asegura la autora.

La iniciativa de realizar esta exposición en el Hay Festival fue gracias a Sergio Dahbar, uno de sus editores. Si bien el proceso de montaje y los trámites aduaneros son complejos y engorrosos, Cottin estará desde la próxima semana en Cartagena para la instalación; con ella viajarán Pedro Quintero, Christian Oporto y Esperanza Villarino. La inauguración será el jueves 30 de enero en la sala de exposición del Centro de Formación para la Cooperación Española.

—Se puede considerar a El libro negro de los colores, traducido a diecinueve idiomas y ganador de múltiples premios, como su obra más importante.
—Cuando lo escribí ni siquiera imaginé que pudiera ser un libro, era un texto muy personal y reflexivo. En su momento lo escribí porque soy una persona muy visual y siempre me dio curiosidad la vida de las personas que nacen sin poder ver. En el proceso de escritura de un libro pienso en las cosas complejas, pero luego me voy a la esencia. También entiendo, a estas alturas de mi vida, que la mente infantil es mucho más clara que la nuestra; el hecho de tener poca información hace que los niños comprendan las cosas en su esencia sin tanta complicación. En El libro negro de los colores me imaginé que era un niño llamado Tomás que había nacido ciego y que entendía cuando sus amigos, que sí veían, le hablaban de un color, así que fui buscando paralelos distintos a los visuales que tuvieran que ver más con las sensaciones.

“Es un libro que ha tocado muchísimas vidas, que ha sensibilizado a mucha gente. Permanentemente recibo comentarios y además este libro dio origen a Cierra los ojos que vamos a ver, que es una historia real de una amistad que se formó cuando por primera vez hablé con una persona ciega, Lucero Márquez, a quien conocí cuando me pidió que le firmara el libro y luego seguimos en contacto por correo electrónico. En la exposición, El libro negro de los colores tiene un sitio de honor, está expuesto en una pared negra con texto y lenguaje en Braille; detrás de esa pared hay un túnel sensorial donde el visitante puede experimentar por unos momentos lo que significa vivir sin poder ver”, prosigue Cottin.

—¿Cómo han reaccionado las personas ante esta experiencia?
—Algunos salen emocionados, otros salen conmovidos. El libro cumple su misión, ya que estuvo pensado siempre para ponerte a pensar, para que te cuestiones y para que continúes la lectura en tu mente.

—Usted siempre estuvo vinculada al diseño gráfico y la ilustración, ¿en qué momento surgió la escritura?
—Surgió muchos años después. Recuerdo que cuando mi hijo mayor terminó el colegio y se fue a estudiar al extranjero, le escribía mucho por correo electrónico; antes escribía cartas. Luego tomé talleres de escritura creativa, así que escribía y guardaba.

—Y su pasión por la gráfica, ¿empezó en la infancia?
—Siempre fue muy claro en mí el interés por el arte gráfico. Mi tío fue el arquitecto Tomás José Sanabria; era hermano de mi mamá y fue muy cercano; tuvo mucha influencia en todos mis gustos y actividades: recuerdo que me regalaba blocks gigantescos para dibujar, me ensañaba origami. Además viví en casas diseñadas por mi tío y para mí el espacio arquitectónico y la luz fueron muy importantes. Mi mamá dibuja, a mi padre le gustaba la música; en fin, siempre conviví en una familia y en un ambiente donde la estética era fundamental, así que el arte era mi camino.

—Creció en una Venezuela y en un ambiente cultural muy distinto al que vivimos hoy.
—Es así. Con mucha tristeza se han perdido espacios importantísimos como los museos y la actividad cultural en sí; no es posible que se usen los espacios culturales para política. Sin embargo, los valores, los talentos siguen y es sorprendente lo que aún se hace en el país a pesar de las dificultades. Yo no sé cómo se logra hacer cultura en Venezuela, pero hay un empuje, una energía, una cantidad de personas valiosas que siguen luchando. Si bien mucho de nuestro talento se ha ido, siguen siendo Venezuela en el exterior y reproducen su talento donde quiera que van.

—¿Qué ha significado en su vida el diseño?
—Un placer. Desde niña recuerdo la sensación de tomar un lápiz y dibujar. Soy afortunada de hacer lo que me apasiona y además compartirlo. Claro, este camino tuvo muchas rutas: trabajé en todas las áreas del diseño, fueron cambiando los tiempos y poco a poco me fui mudando al mundo editorial, a inventar mis propios libros; esto coincidió después que mis hijos crecieron y se casaron. No sólo tengo estos libros, tengo una colección de libros que son para mis nietos y que forman parte de un proyecto personal llamado Ediciones Familiares. Ya mis nietos mayores, los morochos, tienen diecisiete años y desde su primer cumpleaños les regalé un libro especial para ellos y así ha sido con mis cinco nietos. Estoy permanentemente haciendo libros. He vivido ser mamá y ahora con mis nietos vuelvo a vivir y recordar mi niñez.

—¿Cómo se han sentido sus nietos ante su trabajo y sus libros?
—Todos tienen su colección; de hecho, mis nietos van a acompañarme en la exposición en Cartagena, ellos son parte de esta historia. Por fortuna son grandes lectores, nacieron entre libros y siguen viviendo entre libros.

—Y finalmente, ¿cómo es la ventana por donde mira Menena Cottin?
—Es una ventana optimista, alegre, con colores, formas y no sólo miro con los ojos, miro con todos mis sentidos. Eso es algo que me ha enseñado este camino: ver más allá de lo que está frente a ti, de lo que es evidente. Yo busco sorprenderme de las cosas que tengo alrededor, descubrir permanentemente algo nuevo. Eso es lo que emociona de vivir.

@DulceMRamosR

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Sobre Casas muertas

Este texto ha sido tomado de la estupenda web de Prodavinci.

 

Casas muertas de Miguel Otero Silva

Ana Teresa Torres

18/01/2020

En 2020 se cumplen sesenta y cinco años de la publicación de Casas muertas, de Miguel Otero Silva. Para recordarlo, iniciamos esta serie dedicada a valorar la novela con el trabajo de Ana Teresa Torres aparecido originalmente en el volumen compilado por Rafael Arráiz Lucca: Miguel Otero Silva: una visión plural (Caracas, Universidad Metropolitana / Libros El Nacional, 2009). (pp. 83-89).

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«Para la preparación de Casas muertas me fui a Ortiz, que para entonces estaba al borde del derrumbe total, busqué a los sobrevivientes de la época terrible, que eran muy escasos, y ellos me contaron cómo eran en esa época los árboles y los pájaros, qué se comía, cómo se vestían, qué canciones cantaban, y yo comencé a llenar cuadernos con sus confidencias. Entre esos interrogados estuvo una vieja maestra de escuela que me suministró los datos más valiosos, me refirió las mejores anécdotas y que aparece luego en la novela bajo el nombre de «la señorita Berenice». [1]

Para prepararme yo a escribir estas páginas repasé algunos textos sobre la obra de Miguel Otero Silva. Los deseché por completo. No porque niegue el valor de la crítica, de la cual soy alumna respetuosa, sino porque comprendí que lejos de aproximarme al libro me extrañaban de él. Voy a leer esta novela—me dije—como si nada supiera de Otero Silva, como si nunca hubiese conocido a Miguel, como si ni siquiera me acordase de que nació en Venezuela en 1908. Voy a leerlo sin memoria ni deseo. Por supuesto, eso no es posible, pero al menos logré despojarme de las categorías (si la novela será criollista o costumbrista, si pertenecerá o no a la literatura de la violencia, si resuelve algún problema venezolano) y de todos los prejuicios a favor o en contra que rodean a Casas muertas. Me quedé solamente con Cercanía de Miguel Otero Silva de Efraín Subero (1978), valiosísima obra referencial, y así pude disfrutar a solas una novela deslumbrante. Cerré el libro con esa excepcional sensación que nos deja saber que hemos atesorado una pequeña joya literaria. Es probable que otras novelas de Otero Silva, por su mayor envergadura, hayan dejado atrás esta historia sencilla y conmovedora, publicada en 1955 por la Editorial Losada de Buenos Aires, reeditada después múltiples veces, dentro y fuera de Venezuela, y traducida al francés, italiano, búlgaro, ruso, sueco, checo, estonio, polaco y portugués, pero fue para el autor una obra fundamental, como veremos a continuación, y lo es también para nosotros.

Cuando Efraín Subero le preguntó, en una entrevista para Papel Literario de El Nacional, en diciembre de 1966: «¿Cuál ha sido el momento decisivo de su vida literaria?», contestó así:

«Después de pensarlo bien le responderé que cuando me puse a escribir Casas muertas. Llevaba quince años enfrascado en el periodismo, fundando diarios y semanarios, ya a punto de ser catalogado en los breviarios de literatura como poeta de un solo libro (Agua y cauce) y como novelista de una sola novela (Fiebre), cuando decidí retornar a un oficio que antes había tanteado. Perdido en el hábito de escritor, cada párrafo de Casas muertas me costó penoso trabajo e innumerables tachaduras y enmiendas. Cuando terminé el libro, no sabía si publicarlo o echarlo a la candela, y si decidí lo primero fue gracias al entusiasmo generoso que desplegó José Rafael Pocaterra cuando leyó los originales». [2]

Le debemos, entonces, a Pocaterra que se evitara ese incendio. Que la novela atravesó por un largo proceso de maduración, no queda ninguna duda; que, como indica la cita inicial, el autor sabía emplear muy bien su sabiduría periodística, tampoco. Pero ninguna de las dos virtudes, la del corrector o la del periodista de investigación, pueden dar cuenta del efecto estético de la narración. Si me olvido de que la novela habla de la Venezuela gomecista –y lo mejor para leerla es dejarlo a un lado de momento–, se alza con el impacto de un drama lorquiano: la sencilla vida de un pueblo cuyas mujeres usan mantilla, sus curas son capaces de disparar si hace falta, su viejo filósofo masón, el amor que rompe la monotonía en la vida de una joven, la muerte acechando desde la primera línea. Pero, vayamos por capítulos.

 

Un entierro

Pero había muerto Sebastián, cuya presencia fue un brioso pregón de vida en aquella aldea de muertos, y todos comprendían que su caída significaba la rendición plenaria del pueblo entero.

Descrito en clave de tragedia, en una entrada imponente en la que nos parece ser parte de la comitiva que sigue el entierro de Sebastián Acosta, nos encontramos con personajes luminosos y rotundos. En el primer capítulo, que comienza por el final, en un desarrollo cinematográfico de la narración, conocemos a la protagonista, Carmen Rosa Villena, a su madre doña Carmelita, a su sirviente Olegario, y al padre Pernía. Cada uno de ellos hace su aparición como si fueran personajes de teatro, cada uno de ellos con su dignidad e importancia, de acuerdo con su posición en la trama, pero cada uno, también, pulido e impecable. Sabemos que un entierro no es raro en Ortiz, la gente está acostumbrada a recorrer ese camino a pie al cementerio porque se los lleva «la económica» (la fiebre que duraba cuatro días, y evitaba gastar en médicos y medicinas, que, por otra parte, no había), pero su descripción lo hace único. Ha muerto el héroe y su muerte no deja esperanza.

 

La rosa de los Llanos

Nunca, en ningún sitio, se vivió del pasado como en aquel pueblo del llano.

A Ortiz se la llamaba «la rosa de los Llanos». Las invocaciones del pueblo en sus tiempos de esplendor tienen una resonancia mítica, precisamente porque toda la intensidad está dispuesta en su vida interior, celebrada como un mundo propio. No nos aturden otras referencias acerca de sus circunstancias ni del país al que pertenece. Es una aldea con existencia intemporal, como Macondo o Comala o Santa María. Ni el autor conoció aquella edad dorada, ni nosotros tampoco, pero es precisamente esa restauración maravillosa de una historia, en sus edificaciones, sus fiestas, su música, lo que nos permite sentir la nostalgia de sus habitantes, que quizá tampoco conocieron ese tiempo, pero lo sueñan, y soñarlo les hace ser, por un lado, más tristes, pero, por otro, más felices. Ortiz existe en el mapa; de haber sido «la rosa» no podemos dar fe, pero su imagen utópica, de un tiempo irreconocible, mueve la vida y la muerte de los sobrevivientes, aferrados a sus ruinas, en memoria de la gloria perdida. Mejor metáfora del país, no se encuentra fácilmente.

En este segundo capítulo conocemos a Hermelinda, la sirvienta de la casa parroquial; a la señorita Berenice, la maestra; al señor Cartaya, anticlerical y amigo del cura; a Epifanio, el dueño de la bodega; y a Casimiro Villena, el padre de Carmen Rosa, antiguo hacendado, que quedó inútil después de la peste española, y dejó a su viuda y a sus hijas un almacén: «La espuela de plata», en la que se vende de todo, y ostenta un cartel que dice: detal de licores.

 

La iglesia y el río

Ciertamente, la iglesia y el río eran ya los dos únicos sitios de solaz, de aturdimiento, que le restaban al pueblo.

No es difícil imaginar el hastío de Carmen Rosa, cuando su hermana Marta se casa, y ella queda sola con su madre y Olegario, yendo a la iglesia, a veces al río, como únicas distracciones, y ayudando a vender en el almacén. Ya presentados los principales personajes, y el estado de ánimo de esta joven, el novelista nos ha preparado para el acontecimiento capital de su existencia. Esta planificación de los capítulos en secuencias coherentes que se van desplegando siempre con la información de algo que no sabíamos en el capítulo anterior, y que cierra cada uno como si fuese un cuento autónomo, sería un excelente ejemplo para cualquier narrador.

 

Parapara de Ortiz

Un día de Santa Rosa apareció Sebastián.

Así comienza nítidamente el capítulo quinto. Toda la información está en esa frase. Santa Rosa es la fiesta patronal que el pueblo no deja de celebrar, a pesar de su mengua. Y Parapara de Ortiz es como nombran a Parapara, por considerarla población tributaria, pero Sebastián deja bien claro que él es de «Parapara de Parapara», y ese talante nos indica claramente que Carmen Rosa, en medio de la procesión, los cohetes y la pelea de gallos, tiene ya un motivo para salir del hastío de la iglesia y el río.

 

Pecado mortal

La presencia de Sebastián fue para Carmen Rosa el punto de partida de una extraña transformación en su manera de ver las cosas, de ver a otros seres, de verse a sí misma.

Hubiésemos pensado que, en su aburrimiento y soledad, una de las pocas jóvenes solteras del pueblo, y con algo más de educación que el resto (logró pasar a quinto grado sin poder estudiarlo porque en Ortiz no había quinto grado), nos prefiguraba una pequeña Bovary criolla, pero el autor nos previene. Lo que cambia en ella, al conocer a Sebastián, es que ella se transforma, que ella logra ver más allá del horizonte infinito del llano. Quien quiera ver un romanticismo tardío entre Sebastián Acosta y Carmen Rosa Villena, es libre de hacerlo, pero todo indica lo contrario. Carmen Rosa es –y aquí sí me acuerdo de que es venezolana– esa mujer que se seca las lágrimas, hace las maletas, y se pregunta por dónde sigue la vida cuando todo parece haberse perdido. Carmen Rosa, hundida en un pueblo en estado de derrumbe, es una mujer moderna, que sin tener una alta educación, intuye el destino de su país, y renuncia a quedarse en el pasado. Y esa transformación nos prepara para el sorprendente final. El novelista quiere tanto a su protagonista que no la deja morir ni de pasión ni de paludismo.

 

Este es el camino de Palenque

Tan sólo vislumbraron el destino que les aguardaba cuando el autobús abandonó la carretera que iba en busca del mar y torció bruscamente hacia los llanos.

Todo hace suponer que este capítulo en la mitad del libro, que parte la vida secreta y aislada del pueblo, también partirá la novela. Sebastián se irá detrás de los que luchan contra Juan Vicente Gómez, y esa era la causa de su muerte que supimos en el primer capítulo. Un héroe de la dictadura. En verdad, ese era el deseo del protagonista pero no tiene lugar. Lo interesante de esa lectura del país que aquí se propone es que la narración se centra en una insignificante y minúscula población, a la que llegan lejanos ecos de que el poder está en otra parte, en un lugar que casi no tuviera que ver con ellos, del que poco o nada saben, pero los atraviesa el camión que transporta a los jóvenes estudiantes a un presidio o campo de concentración llamado Palenque. Esta visión de la historia, que un día cualquiera se anuncia como un camión que atraviesa los parajes desasistidos, es también una metáfora iluminadora del país.

 

El compadre Feliciano

Cuando dijo «hay que hacer algo» en el patio de las Villena, no lo dijo por decir, sino porque lo escuchaba como mandato imperioso de su condición humana.

Feliciano es el amigo de Sebastián, que sí se une a la lucha. Mientras tanto, todos estos acontecimientos preparan en el pueblo una suerte de movimiento. Los conspiradores son Sebastián, la señorita Berenice (que inesperadamente era dueña de una pistola) y el señor Cartaya. Inicialmente mantienen fuera de sus planes a Carmen Rosa y a la señora Carmelita. Es la ingenuidad de estos héroes imposibles lo que presta mayor drama al episodio. No estamos en presencia de grandes gestos heroicos, ni de complejas intrigas políticas, sino de pequeños seres, que en la soledad de un pueblo en estado de desaparición, han escuchado hablar de que hay gente que se está alzando contra el dictador. Lo han escuchado de la misma manera lejana y maravillada con la que han escuchado hablar de todo lo que no conocen: Caracas y el mar.

 

Petra Socorro

En la acera de enfrente, con las uñas clavadas en los barrotes de madera de una ventana trunca, Petra Socorro, que ya no era la putica de El Sombrero sino la mujer de Pericote, lloraba desgarradoramente, como un animal golpeado.

Pericote, un vecino de Ortiz, será víctima del coronel Cubillos, representante en el pueblo del orden y la dictadura. La historia, un tanto secundaria, nos presenta a dos personajes, Petra y Cubillos, que contribuyen con su narración particular a hacernos entender la atmósfera de represión y temor. Pericote muere –ya lo habrá adivinado el lector– porque el coronel Cubillos quiere a esa mujer para él.

Por cierto, que los personajes femeninos son dignos de resaltar. Ni doña Carmelita es una víctima aplastada por las circunstancias, sino una mujer capaz de luchar; ni Petra, que abandonó la prostitución cuando conoció a Pericote, se deja acoquinar por Cubillos; ni la maestra Berenice es sólo una mujer encargada de enseñar a leer y a escribir a los pocos niños que quedan en el pueblo.

 

Entrada y salida de aguas

No siempre llovía igual, pero siempre llovía.

Este capítulo no tiene la función de avanzar la historia. Es una suerte de descanso del narrador que ofrece en él unas de las mejores páginas de todo el libro. Nos hace pensar que en la lluvia que cae sobre Ortiz, en su desolación, Otero Silva se adelantaba a García Márquez y a Rulfo.

 

Hematuria

O se aclara la orina o se tranca la orina. Y si se tranca la orina te quedaste sin novio.

Para la escritura de este capítulo debe haber servido la siguiente información que nos da el autor:

«Posteriormente recibí algunas clases o lecciones de Patología Tropical, auxiliado en el trance por nuestros eminentes científicos Enrique Tejera, Juan Francisco Torrealba y Félix Pifano». [3]

Aquí se muestra en firme el talante del novelista que sabe que para ficcionar es necesario, primero, saber del asunto.

La fantasía de Sebastián era ser un héroe («su fantasía era hazañosa y justiciera»), pero el autor no se lo permitió. No es fácil oponerse a la voluntad de un protagonista, pero Otero Silva le tuerce el destino y lo hace morir en la cama, como todo el mundo, como casi todo Ortiz. Es el paludismo, que debió ser el más temible peligro de aquella Venezuela. Crea así un imaginario de la patria: no sólo está enferma de dictadura, es un país amenazado por un mosquito.

 

Casas muertas

Y cuando se acaba un pueblo, Olegario, ¿no nace otro distinto, en otra parte?

Volvemos a la escena inicial, al entierro de Sebastián, a los pésames que recibe la novia, a la tristeza de una casa vacía. Pero, cuando creíamos que allí enterraría su juventud, como una Doña Rosita la soltera, el novelista nos da vuelta a la historia. Ahora es cuando empieza su vida. Y nos vamos de Ortiz para acompañarla en su aventura petrolera, porque Carmen Rosa monta a su mamá, a Olegario, y los tereques de «La espuela de plata» en un camión (si así puede llamarse) que conduce un trinitario. Del mismo modo en que pasaron los presos de Palenque, Carmen Rosa ha visto pasar gentes que emigran hacia Oriente y ella será la heroína que inicia el éxodo, porque se niega a morir en su pueblo, y prefiere comenzar de nuevo en otro, que todavía no existe, y se llamará El Tigre.

Así que quien quiera seguir sabiendo de ellos no tiene sino que comenzar a leer Oficina Nº 1 y en el primer capítulo se los encontrará.

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Referencias

[1] Subero, Efraín. «Entrevista de Miguel Otero Silva». En Cercanía de Miguel Otero Silva. Caracas, Oficina Central de Información, 1978. (p. 46).

[2] Subero, obra citada, p. 44.

[3] Subero, obra citada, p. 64.

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Del libro como aeroplano

Del extinto blog de Nacha Sucre, se toma esta reseña suya de marzo de 2012 acerca de un entrañable trabajo de animación que mereció catorce galardones, incluyendo el Premio Oscar al Mejor Corto Animado de 2011.

El mejor corto animado para fomentar la lectura

 

Lessmore (Menosmás) no puede ser ni menos ni más cautivador. Tal como dice el propio sitio web de la ya famosa historia animada, el corto evoca al huracán Katrina (fue realizado enteramente en Luisiana), la imagen de Buster Keaton y el maravilloso cuento de L. Frank Baum, El Mago de Oz, pues en éste Dorothy (Judy Garland) es transportada al mágico reino por un tornado en Kansas que la lleva por los aires. La música que se repite es la familiar canción infantil Pop goes the weasel (Pop, hace la comadreja). Nos transporta, ella sola, a la infancia:

El libro que inspira la película

William Joyce ha escrito una hermosa historia que merecía ser visualizada, y sus ilustraciones, potenciadas por el trabajo de Oldenburg, han florecido en un generoso regalo para los ojos, la puerta de entrada del alma. Ahora se prepara la salida de un e-book interactivo especialmente diseñado para el iPad de Apple. Permitirá emular las acciones de Morris Lessmore, escuchar música original, jugar juegos, tambalearse en un ventarrón, aprender el piano y hasta “perderse en un libro” al viajar por un territorio mágico hecho de palabras, animado tan ricamente como la película. Creo que voy, por fin, a comprarme un iPad sólo por eso.

El hada de los libros

Morris es, naturalmente, un amante de los libros y, cuando creía haberlos perdido, tiene la fortuna de ser conducido a una casa fantástica que es una biblioteca de libros que vuelan. En ella baila, en ella cura a un viejo ejemplar enfermo y descuadernado, en ella escribe en su cuaderno de notas la llenura que vive gracias a los libros. Al cabo de una vida dedicada a ellos, ya viejo, se despide de sus queridos amigos y éstos lo envuelven en un corro de danza que lo rejuvenece antes de desaparecer. Un romance esperado con el Hada de los Libros no se consuma pero, después de su partida, viene a la casa una niña para repetir la historia que encontrará en retratos sobre una pared.

En su diario—escrito en el único libro que le quedó después del huracán, sus letras perdidas—, Morris admite, tras comenzar a leer en el viejo libro que restablece con operación a corazón abierto: “Mis investigaciones ulteriores han convertido muchas de mis viejas opiniones en… [ilegible] Los muchos y variados puntos de vista no me confunden, sino que me enriquecen. Río. Lloro. Pocas veces entiendo…” Luego, después de más lecturas y a punto de convertirse en bibliotecario que ilumina las vidas de los visitantes a quienes ofrece libros, asienta: “Si la vida se disfruta, ¿tiene que tener sentido?” Todos hemos experimentado, en los libros, cosas parecidas; Morris ha hablado por nosotros.

Portada de la versión impresa

No podía faltar una edición impresa de la historia, profusamente ilustrada; Joyce escribe y dibuja. Ya Amazon, Barnes & Noble, etcétera, aceptan pedidos. La aclamación universal del bellísimo corto animado nos permite esperar una pronta edición castellana.

Una cosa añoraremos: el libro vivo de Humpty Dumpty, que señala, instruye, celebra, regaña, reacciona, buscando él mismo en sus páginas lo que necesita comunicar al librero Lessmore. Los libros viven, se transforman en diálogo íntimo con cada lector; son uno distinto para cada uno de nosotros: nos cambian y nosotros los cambiamos a ellos, nos hacen vivir, nosotros les damos la vida. “La vida sin los libros—hubiera podido decir Federico Nietzsche—, sería una equivocación”. NS

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El regalo de los Reyes Magos

 

Antes nos traían regalitos más modestos que los del Niño Jesús

 

A Maya, quien hoy cumple diecinueve años

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Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el dueño del almacén y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que suponía un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.

Evidentemente no había nada que hacer fuera de tumbarse en el pobre lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.

Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos apartamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía así lo habría descrito.

Abajo, en la entrada, había un buzón al que no llegaba carta alguna y un timbre eléctrico al que no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al apartamento una tarjeta con el nombre de “Señor James Dillingham Young”.

La palabra “Dillingham” había llegado hasta allí volando con la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de “Dillingham” aparecían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde “D”. Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su apartamento, le decían “Jim” y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.

Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas; se quedó de pie junto a la ventana mirando hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se puede ir muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad, algo que tuviera exactamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim.

Para verse de cuerpo entero

Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un apartamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.

Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el apartamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.

Como la de Delia

La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían sobre la raída alfombra roja.

Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con los ojos todavía brillantes, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.

En la puerta donde se detuvo había un cartel: “Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases”. Delia subió rápidamente y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la “Sofronie” indicada en la puerta.

—¿Quiere comprar mi pelo?—preguntó Delia.

—Compro pelo—dijo Madame—. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.

La áurea cascada cayó libremente.

—Veinte dólares—dijo Madame, sopesando la cabellera con manos expertas.

—Démelos inmediatamente—dijo Delia.

Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los comercios en busca del regalo para Jim.

Un regalo para Jim

Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún lugar había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por algún adorno inútil y de mal gusto, tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.

Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca.

A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.

“Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?”

A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.

Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces oyó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: “Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita”.

La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.

Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.

Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.

—Jim, querido—exclamó—no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime “Feliz Navidad” y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te he comprado!

—¿Te cortaste el pelo?—preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.

—Me lo corté y lo vendí—dijo Delia—. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?

Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.

—¿Dices que tu pelo ha desaparecido?—dijo con aire casi idiota.

—No pierdas el tiempo buscándolo—dijo Delia— Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno—continuó con una súbita y seria dulzura—, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego?—preguntó.

Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.

Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.

—No te equivoques conmigo, Delia—dijo—. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.

Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se oyó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del apartamento.

Peinetas para Delia

Porque allí estaban las peinetas—el juego completo de peinetas, una al lado de otra—que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color exacto para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.

Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:

—¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!

Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:

—¡Oh, oh!

Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.

—¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con la cadena puesta.

En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.

—Delia—le dijo—olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.

Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios—maravillosamente sabios—y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda de que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un apartamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.¶

O. Henry

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El autor del cuento

William Sydney Porter (11 de septiembre de 1862-5 de junio de 1910), conocido como O. Henry, fue un escritor estadounidense. Es considerado uno de los maestros del cuento. Su admirable tratamiento de los finales narrativos sorpresivos popularizó en lengua inglesa la expresión «un final a lo O. Henry» (an O. Henry ending).

Wikipedia en Español

 

 

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Otro cuento de Navidad

 

 

Le oí este cuento a Auggie Wren. Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre. Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.

Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años. Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo. Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.

Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros. Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida. A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso. Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría yo dispuesto a ver sus fotografías. Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.

Dios sabe qué esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente. En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.

Harvey Keitel como Auggie en Smoke*

Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca. Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se me ocurría qué podía decirle a Auggie; así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación. Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba ya varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo:

—Vas demasiado de prisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio.

Tenía razón, por supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada. Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente. Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones. Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos). Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.

Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos. Cogí otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio. Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí. Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.

—Mañana y mañana y mañana —murmuró entre dientes—, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.

Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Eso fue hace más de dos mil fotografías. Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos. Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.

A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?

Pasé los siguientes días desesperado; guerreando con los fantasmas de Dickens, O. Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras “cuento de Navidad” tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería como tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.

No conseguía nada. El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.

—¿Un cuento de Navidad? —dijo él cuando yo hube terminado. ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.

Fuimos a Jack’s, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas de las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.

—Fue en el verano del setenta y dos —dijo. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.

“Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podría haber llamado a la poli para que le arrestara.

Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?

Traducido al alemán

Así que me quedé con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes. Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.

La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin”.

“—¿Eres tú, Robert? —dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta. “Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega”.

“—Sabía que vendrías, Robert —dice—. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad”.

“Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.

Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca”.

“—Está bien, abuela Ethel —dije—. He vuelto para verte el día de Navidad”.

“No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así y, de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.

“No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.

“Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos”.

“—Eso es estupendo, Robert —decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo—. Siempre supe que las cosas te saldrían bien”.

“Al cabo de un rato, empecé a tener hambre. No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.

Una fina cámara de 35mm

“Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.

“No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia”.

—¿Volviste alguna vez? —le pregunté.

—Una sola—contestó. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.

—Probablemente había muerto.

—Sí, probablemente.

—Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.

—Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo.

—Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella.

—Le mentí y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.

—La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.

—Todo por el arte, ¿eh, Paul?
—Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara. —Y ahora tienes un cuento de Navidad, ¿no?
 —Sí—dije—. Supongo que sí.

Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.

—Eres un as, Auggie —dije—. Gracias por ayudarme.

—Siempre que quieras —contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos. Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos ¿qué clase de amigo eres?

—Supongo que estoy en deuda contigo. 
—No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada. Excepto el almuerzo. 
—Eso es. Excepto el almuerzo—.
 Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta. ¶

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* La narración que antecede fue llevada al cine en 1995; Wayne Wang dirigió la película—Smoke—sobre guión del mismo Auster, quien además fungió de codirector. Obtendría los premios de Oso de Plata en Berlinale, el Bodil (Dinamarca) a la mejor película americana, el Independent Spirit como mejor primer guión y el Cóndor de Plata a la mejor película extranjera.

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Tremenduras del sol de diciembre

 

Solsticio de invierno

 

El sol se encaramó sobre las cumbres de las colinas para asomarse sobre el valle. Todavía escondido, observó por un instante su descanso. Vio cómo las flores dormían, cómo dormían los animalitos de la granja sin que ninguno hiciese caso de la serenata del riachuelo que, como una flauta alargada y bruñida, cantaba murmullando.

El sol pensó: “¡Qué flojos!” De inmediato, tuvo ganas de hacer una travesura, una que hacía tiempo había pensado llevar a término: despertaría a todos echándoles encima baldes de su pintura dorada, brillante y caliente. Riéndose, mientras imaginaba la sorpresa del gato, la atónita cara de la vaca y los rebuznos asustados del burrito, fue trepando silenciosamente.

Pero el asustado fue él; cuando ya estaba a punto de derramar los baldes por las laderas, el gallo blanco, que siempre lo vigilaba, lanzó su kikirikí de alerta por toda la llanura. ¡Pobrecito sol! Fue tanta su sorpresa que volteó el primer balde sobre su elegante traje rojo pintándolo todo de dorado y dándose, de paso, una quemada de padre y señor mío.

Al canto del gallo, todos los habitantes de la granja comenzaron a abrir los ojos, dándose cuenta de los pesares del pobre sol. Entre bostezos y risas se despertó el araguaney, en un coro de flores amarillas. Por supuesto, reírse bostezando no es muy recomendable y a las flores del araguaney les dio hipo, por bobas. Tantos fueron los hipidos, que los sapitos del arroyo pensaron que sus primos habían venido de visita y se pusieron a contestarles, de modo que en un segundo se armó un grandísimo barullo de croar y de hipo.

Turdus rudigenis: Paraulata ojo de candil

Desde el conuco voló la paraulata, quien cantaba a carcajadas tratando de acercarse al sol para fastidiarlo. Éste se puso tan bravo que comenzó a subir por el cielo, alejándose, a lo que la paraulata se reía todavía más.

Al becerrito le dio lástima el sol, y mugiéndole le decía: “Sol, sol, solecito. No te vayas. Quédate a jugar con nosotros”. Pero el sol no quería atenderlo. Seguía subiendo y subiendo, hasta que se sentó sobre una nube a secarse las ropas.

Por debajo de él, subida a las colinas, apareció la brisa. El sol le llamaba: “¡Brisa, ven y sopla sobre mí para secar mis ropas!” La brisa creyó que el sol estaba muy mal educado para ordenar las cosas así, en vez de pedirle el favor. Y por eso, la brisa lo dejó solo y se puso a silbar hacia el araguaney y las flores de éste danzaron el primer vals, y los animales vinieron a bailar también a su alrededor.

Vals de las flores *

El sol estaba furioso. De hecho, estaba lo que se dice calientísimo y quería acabar con la fiesta a fuerza de rayos de calor. Mas la nube no se lo permitía.

Al finalizar un baile, el becerrito llamó a los animalitos y a la brisa a conversar al lado de las flores. Cuando los tuvo a todos reunidos les mugió dulcemente, en secreto para que el sol no pudiera escucharlo, aunque éste estaba tan lejos que si el becerro hubiera mugido en alta voz tampoco lo hubiese oído. El becerrito, poco a poco, los convenció a todos para que trataran de calmar al sol y lo invitaran a la fiesta.

No fue fácil. Las flores no querían interrumpir el baile; a fin de cuentas, se habían puesto hoy su mejor vestido. Y el gato, siempre suspicaz, advertía: “Si lo invitamos a la fiesta, nos va a achicharrar a todos”. Pero la brisa decidió que subiría hasta la nube a soplar sobre el sol para enfriarle el mal humor, así que hasta allá fue, mientras los demás llamaban al sol con las manos.

Todo fue cuestión de unos minutos. La brisa sopló sobre él hasta ponerlo seco y fresquecito. Cuando lo tuvo así le sopló las plantas de los pies y el sol, quien como es muy sabido es bastante cosquilloso, no tuvo más remedio que reírse.

Los animales aplaudían, contentos, y continuaban llamándolo para reanudar la fiesta. Al fin, el sol comenzó a bajar por el otro lado de la cuesta un poco sonrojado de vergüenza, pero pronto se le olvidó todo cuando comió con los demás un poco de dulce de arco iris que la nube enviaba de regalo.

¿Me concede esta pieza?

Y así continuó el baile: la brisa silbando, los sapitos croando, la paraulata y el gallo cantando, mientras la nube se mecía y el becerro tomaba de la mano al sol formando un corro con el gato y el burrito, y las flores bailaban, coquetísimas.

Tras largo rato de danza el sol tuvo que despedirse, pues su casa quedaba un poco lejos, detrás de las colinas, más allá del mar. La nube lo iba a acompañar por el camino para que no se fuera solo. Y todos los animalitos le decían adiós con la mano y le anunciaban que lo estarían esperando al día siguiente. Y al desaparecer el sol con la nube tomada de la mano, se puso todo muy oscuro.

La fiesta los había cansado a todos, y pronto empezaron a fugarse los bostezos. Todavía las flores, las muy fiesteras, dieron unas cuantas vueltecitas, pero lentamente se fueron durmiendo una a una. Los animalitos se tumbaron sobre la grama, muertos de cansancio y de sueño. Únicamente el burrito, más dormido que despierto y todo confundido, se metió a dormir en el establo de la vaca, quizás soñando que era becerro.

Pronto, pues, todos quedaron dormidos y ninguno se dio cuenta de que la luna había venido a cuidarlos junto con un grandísimo lucero. La luna y el lucero se guiñaron el ojo. Se rieron la luna y el lucero. La luna extendió su falda por la grama. El lucero se acercó en puntillas hasta la entrada del establo, y extendiendo uno de sus rayitos hacia adentro tomó una mano chiquitica, una mano que esa noche se estrenaba. De la mano trajo afuera un Sol más brillante que el que hacía rato se había ido. La luz se regó sobre la frente de los animales y se le metió a las flores por debajo de sus sabanitas de rocío. Todos despertaron sobresaltados, y pensaron que el sol había vuelto de noche para jugarles alguna mala pasada.

Bebé Solar

El gato maullaba: “Yo se los dije. Les dije que no debíamos invitarlo a que jugara con nosotros”. Pero el nuevo Sol le miró a los ojos y le sonrió con una sonrisa que ellos no conocían. Entonces vieron que era un Sol recién nacido.

La vaca había salido del establo, despierta por los maullidos temerosos del gato; todos estaban alelados. La vaca vio al Niño Sol y le dijo: “¡Niño! ¡Jesús! ¡Si debes estar muerto de hambre!”. Y ella le sirvió una tacita de leche de sus ubres, y el Niño Sol la tomó y todos los animales supieron su nombre.

Ya ninguno tenía miedo, porque verlo sonreír era más dulce que el dulce de arco iris. Y el becerrito se le acercó primero, y luego vino el gallo y también la paraulata y los sapitos, y el burrito terminó de asomarse viniendo detrás de su hocico, y hasta la brisa se acercó desde donde se había quedado conversando con el riachuelo, que nunca duerme, y las flores le lanzaban perfume de madrugada.

Y el gato remolón se acercó al fin y le preguntó por qué no había venido antes. El Niño Jesús le explicó que había estado inventando un cuento muy lindo. Entonces todos le pidieron que se los contara.

Él empezó a contar: “El sol se encaramó sobre las cumbres de las colinas para asomarse sobre el valle. Todavía escondido, observó por un instante su descanso. Vio cómo las flores dormían, cómo dormían los animalitos de la granja, sin que ninguno hiciese caso de la serenata del riachuelo que, como una flauta alargada y bruñida, cantaba murmullando”.

 

Luis Enrique Alcalá

(Navidad de 1977)

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Lectura del cuento en el programa #328 de Dr. Político en RCR (22 de diciembre de 2018):

El Vals de las flores es parte de Cascanueces, el ballet de P. I. Tchaikovsky que transcurre en la noche de Navidad.

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Cuento de Navidad

El abeto

 

 

Hans Christian Andersen

1844

 

Allá en el bosque había un abeto, lindo y pequeñito. Crecía en un buen sitio, le daba el sol y no le faltaba aire, y a su alrededor se alzaban muchos compañeros mayores, tanto abetos como pinos.

Pero el pequeño abeto sólo suspiraba por crecer; no le importaban el calor del sol ni el frescor del aire, ni atendía a los niños de la aldea, que recorran el bosque en busca de fresas y frambuesas, charlando y correteando. A veces llegaban con un puchero lleno de los frutos recogidos, o con las fresas ensartadas en una paja, y, sentándose junto al menudo abeto, decían: «¡Qué pequeño y qué lindo es!». Pero el arbolito se enfurruñaba al oírlo.

Al año siguiente había ya crecido bastante, y lo mismo al otro año, pues en los abetos puede verse el número de años que tienen por los círculos de su tronco.

—¡Ay! ¿Por qué no he de ser yo tan alto como los demás?—suspiraba el arbolillo. Podría desplegar las ramas todo en derredor y mirar el ancho mundo desde la copa. Los pájaros harían sus nidos entre mis ramas, y cuando soplara el viento, podría mecerlas e inclinarlas con la distinción y elegancia de los otros.

Le eran indiferentes la luz del sol, las aves y las rojas nubes que, a la mañana y al atardecer, desfilaban en lo alto del cielo.

Cuando llegaba el invierno, y la nieve cubría el suelo con su rutilante manto blanco, muy a menudo pasaba una liebre, en veloz carrera, saltando por encima del arbolito. ¡Lo que se enfadaba el abeto! Pero transcurrieron dos inviernos más y el abeto había crecido ya bastante para que la liebre hubiese de desviarse y darle la vuelta. «¡Oh, crecer, crecer, llegar a ser muy alto y a contar años y años: esto es lo más hermoso que hay en el mundo!», pensaba el árbol.

En otoño se presentaban indefectiblemente los leñadores y cortaban algunos de los árboles más corpulentos. La cosa ocurría todos los años, y nuestro joven abeto, que estaba ya bastante crecido, sentía entonces un escalofrío de horror, pues los magníficos y soberbios troncos se desplomaban con estridentes crujidos y gran estruendo. Los hombres cortaban las ramas, y los árboles quedaban desnudos, larguiruchos y delgados; nadie los habría reconocido. Luego eran cargados en carros arrastrados por caballos, y sacados del bosque.

¿Adónde iban? ¿Qué suerte les aguardaba?

En primavera, cuando volvieron las golondrinas y las cigüeñas, les preguntó el abeto:

—¿No saben adónde los llevaron? ¿No los han visto en alguna parte?

Las golondrinas nada sabían, pero la cigüeña adoptó una actitud cavilosa y, meneando la cabeza, dijo:

—Sí, creo que sí. Al venir de Egipto, me crucé con muchos barcos nuevos, que tenían mástiles espléndidos. Juraría que eran ellos, pues olían a abeto. Me dieron muchos recuerdos para ti. ¡Llevan tan alta la cabeza, con tanta altivez!

—¡Ah! ¡Ojalá fuera yo lo bastante alto para poder cruzar los mares! Pero, ¿qué es el mar, y qué aspecto tiene?

—¡Sería muy largo de contar!—exclamó la cigüeña, y se alejó.

—Alégrate de ser joven—decían los rayos del sol—; alégrate de ir creciendo sano y robusto, de la vida joven que hay en ti.

Y el viento le prodigaba sus besos, y el rocío vertía sobre él sus lágrimas, pero el abeto no lo comprendía.

Al acercarse las Navidades eran cortados árboles jóvenes, árboles que ni siquiera alcanzaban la talla ni la edad de nuestro abeto, el cual no tenía un momento de quietud ni reposo; le consumía el afán de salir de allí. Aquellos arbolitos—y eran siempre los más hermosos—conservaban todo su ramaje; los cargaban en carros tirados por caballos y se los llevaban del bosque.

—¿Adónde irán éstos?—se preguntaba el abeto—. No son mayores que yo; uno es incluso más bajito. ¿Y por qué les dejan las ramas? ¿Adónde van?.

—¡Nosotros lo sabemos, nosotros lo sabemos!—piaron los gorriones—. Allá, en la ciudad, hemos mirado por las ventanas. Sabemos adónde van. ¡Oh! No puedes imaginarte el esplendor y la magnificencia que les esperan. Mirando a través de los cristales vimos árboles plantados en el centro de una acogedora habitación, adornados con los objetos más preciosos: manzanas doradas, pastelillos, juguetes y centenares de velitas.

—¿Y después?—preguntó el abeto, temblando por todas sus ramas—. ¿Y después? ¿Qué sucedió después?

—Ya no vimos nada más. Pero es imposible pintar lo hermoso que era.

—¿Quién sabe si estoy destinado a recorrer también tan radiante camino?—exclamó gozoso el abeto—. Todavía es mejor que navegar por los mares. Estoy impaciente porque llegue Navidad. Ahora ya estoy tan crecido y desarrollado como los que se llevaron el año pasado. Quisiera estar ya en el carro, en la habitación calentita, con todo aquel esplendor y magnificencia. ¿Y luego? Porque claro está que luego vendrá algo aún mejor, algo más hermoso. Si no, ¿por qué me adornarían tanto? Sin duda me aguardan cosas aún más espléndidas y soberbias. Pero, ¿qué será? ¡Ay, qué sufrimiento, qué anhelo! Yo mismo no sé lo que me pasa.

—¡Gózate con nosotros!—le decían el aire y la luz del sol. —Goza de tu lozana juventud bajo el cielo abierto—.

Pero él permanecía insensible a aquellas bendiciones de la Naturaleza. Seguía creciendo, sin perder su verdor en invierno ni en verano, aquel su verdor oscuro. Las gentes, al verlo, decían: —¡Hermoso árbol!— Y he ahí que, al llegar Navidad, fue el primero que cortaron. El hacha se hincó profundamente en su corazón; el árbol se derrumbó con un suspiro, experimentando un dolor y un desmayo que no lo dejaron pensar en la soñada felicidad. Ahora sentía tener que alejarse del lugar de su nacimiento, tener que abandonar el terruño donde había crecido. Sabía que nunca volvería a ver a sus viejos y queridos compañeros, ni a las matas y flores que lo rodeaban; tal vez ni siquiera a los pájaros. La despedida no tuvo nada de agradable.

El árbol no volvió en sí hasta el momento de ser descargado en el patio junto con otros, y entonces oyó la voz de un hombre que decía:

—¡Ese es magnífico! Nos quedaremos con él.

Y se acercaron los criados vestidos de gala y transportaron el abeto a una hermosa y espaciosa sala. De todas las paredes colgaban cuadros, y junto a la gran estufa de azulejos había grandes jarrones chinos con leones en las tapas; había también mecedoras, sofás de seda, grandes mesas cubiertas de libros ilustrados y juguetes, que a buen seguro valdrían cien veces cien escudos; por lo menos eso decían los niños. Hincaron el abeto en un voluminoso barril lleno de arena, pero no se veía que era un barril, pues de todo su alrededor pendía una tela verde, y estaba colocado sobre una gran alfombra de mil colores. ¡Cómo temblaba el árbol! ¿Qué vendría luego?

Criados y señoritas corrían de un lado para otro y no se cansaban de colgarle adornos y más adornos. En una rama sujetaban redecillas de papeles coloreados; en otra, confites y caramelos; colgaban manzanas doradas y nueces, cual si fuesen frutos del árbol, y ataron a las ramas más de cien velitas rojas, azules y blancas. Muñecas que parecían personas vivientes—nunca había visto el árbol cosa semejante—flotaban entre el verdor, y en lo más alto de la cúspide centelleaba una estrella de metal dorado. Era realmente magnífico, increíblemente magnífico.

—Esta noche—decían todos—, esta noche sí que brillará.

«¡Oh! -pensaba el árbol-, ¡ojalá fuese ya de noche! ¡Ojalá encendiesen pronto las luces! ¿Y qué sucederá luego? ¿Acaso vendrán a verme los árboles del bosque? ¿Volarán los gorriones frente a los cristales de las ventanas? ¿Seguiré aquí todo el verano y todo el invierno, tan primorosamente adornado?»

Creía estar enterado, desde luego; pero de momento era tal su impaciencia, que sufría fuertes dolores de corteza, y para un árbol el dolor de corteza es tan malo como para nosotros el de cabeza.

Al fin encendieron las luces. ¡Qué brillo y magnificencia! El árbol temblaba de emoción por todas sus ramas; tanto, que una de las velitas prendió fuego al verde. ¡Y se puso a arder de verdad!

—¡Dios nos ampare!—exclamaron las jovencitas, corriendo a apagarlo. El árbol tuvo que esforzarse por no temblar. ¡Qué fastidio! Le disgustaba perder algo de su esplendor; todo aquel brillo lo tenía como aturdido. He aquí que entonces se abrió la puerta de par en par, y un tropel de chiquillos se precipitó en la sala, que no parecía sino que iban a derribar el árbol; les seguían, más comedidas, las personas mayores. Los pequeños se quedaron clavados en el suelo, mudos de asombro, aunque sólo por un momento; enseguida se reanudó el alborozo; gritando con todas sus fuerzas, se pusieron a bailar en torno al árbol, del que fueron descolgándose uno tras otro los regalos.

«¿Qué hacen?—pensaba el abeto—¿Qué ocurrirá ahora?».

Las velas se consumían, y al llegar a las ramas eran apagadas. Y cuando todas quedaron extinguidas, se dio permiso a los niños para que se lanzasen al saqueo del árbol. ¡Oh, y cómo se lanzaron! Todas las ramas crujían; de no haber estado sujeto al techo por la cúspide con la estrella dorada, seguramente lo habrían derribado.

Los chiquillos saltaban por el salón con sus juguetes, y nadie se preocupaba ya del árbol, aparte la vieja ama, que, acercándose a él, se puso a mirar por entre las ramas. Pero sólo lo hacía por si había quedado olvidado un higo o una manzana.

—¡Un cuento, un cuento!—gritaron, de pronto, los pequeños, y condujeron hasta el abeto a un hombre bajito y rollizo.

El hombre se sentó debajo de la copa.

—Pues así estamos en el bosque—dijo—, y el árbol puede sacar provecho, si escucha. Pero os contaré sólo un cuento y no más. ¿Prefieren el de Ivede-Avede o el de Klumpe-Dumpe, que se cayó por las escaleras y, no obstante, fue ensalzado y obtuvo a la princesa? ¿Qué os parece? Es un cuento muy bonito.

—¡Ivede-Avede!—pidieron unos, mientras los otros gritaban—: ¡Klumpe-Dumpe!

¡Menudo griterío y alboroto se armó! Sólo el abeto permanecía callado, pensando: «¿Y yo, no cuento para nada? ¿No tengo ningún papel en todo esto?». Claro que tenía un papel, y bien que lo había desempeñado.

El hombre contó el cuento de Klumpe-Dumpe, que se cayó por las escaleras y, sin embargo, fue ensalzado y obtuvo a la princesa. Y los niños aplaudieron, gritando:—¡Otro, otro!—. Y querían oír también el de Ivede-Avede, pero tuvieron que contentarse con el de Klumpe-Dumpe. El abeto seguía silencioso y pensativo; nunca las aves del bosque habían contado una cosa igual. «Klumpe-Dumpe se cayó por las escaleras y, con todo, obtuvo a la princesa. De modo que así va el mundo»—pensó, creyendo que el relato era verdad, pues el narrador era un hombre muy afable—. «¿Quién sabe? Tal vez yo me caiga también por las escaleras y gane a una princesa». Y se alegró ante la idea de que al día siguiente volverían a colgarle luces y juguetes, oro y frutas.

«Mañana no voy a temblar—pensó—. Disfrutaré al verme tan engalanado. Mañana volveré a escuchar la historia de KlumpeDumpe y, quizá, también la de Ivede-Avede». Y el árbol se pasó toda la noche silencioso y sumido en sus pensamientos.

Por la mañana se presentaron los criados y la muchacha.

«Ya empieza otra vez la fiesta», pensó el abeto. Pero he aquí que lo sacaron de la habitación y, arrastrándolo escaleras arriba, lo dejaron en un rincón oscuro, al que no llegaba la luz del día.

«¿Qué significa esto?—se preguntó el árbol—. ¿Qué voy a hacer aquí? ¿Qué es lo que voy a oír desde aquí?». Y, apoyándose contra la pared, venga cavilar y más cavilar. Y por cierto que tuvo tiempo sobrado, pues iban transcurriendo los días y las noches sin que nadie se presentara; y cuando alguien lo hacía, era sólo para depositar grandes cajas en el rincón. El árbol quedó completamente ocultado. ¿Era posible que se hubieran olvidado de él?

«Ahora es invierno allá fuera—pensó—. La tierra está dura y cubierta de nieve; los hombres no pueden plantarme; por eso me guardarán aquí, seguramente hasta la primavera. ¡Qué considerados son, y qué buenos! ¡Lástima que sea esto tan oscuro y tan solitario! No se ve ni un mísero lebrato. Bien considerado, el bosque tenía sus encantos, cuando la liebre pasaba saltando por el manto de nieve; pero entonces yo no podía soportarlo. ¡Esta soledad de ahora sí que es terrible!».

«Pip, pip», murmuró un ratoncillo, asomando quedamente, seguido a poco de otro; y, husmeando el abeto, se ocultaron entre sus ramas.

-—Hace un frío de espanto!—dijeron—. Pero aquí se está bien. ¿Verdad, viejo abeto?

—¡Yo no soy viejo!—protestó el árbol—. Hay otros que son mucho más viejos que yo.

—¿De dónde vienes? ¿Y qué sabes?—preguntaron los ratoncillos. Eran terriblemente curiosos—. Háblanos del más bello lugar de la Tierra. ¿Has estado en él? ¿Has estado en la despensa, donde hay queso en los anaqueles y jamones colgando del techo, donde se baila a la luz de la vela y donde uno entra flaco y sale gordo?

—No lo conozco—respondió el árbol—; pero, en cambio, conozco el bosque, donde brilla el sol y cantan los pájaros—. Y les contó toda su infancia y los ratoncillos, que jamás oyeran semejantes maravillas, lo escucharon y luego exclamaron: —¡Cuántas cosas has visto! ¡Qué feliz has sido!

—¿Yo?—replicó el árbol; y se puso a reflexionar sobre lo que acababa de contarles—. Sí; en el fondo, aquéllos fueron tiempos dichosos—. Pero a continuación les relató la Nochebuena, cuando lo habían adornado con dulces y velillas.

—¡Oh!—repitieron los ratones—, ¡y qué feliz has sido, viejo abeto!

—¡Digo que no soy viejo!—repitió el árbol—. Hasta este invierno no he salido del bosque. Estoy en lo mejor de la edad, sólo que he dado un gran estirón.

—¡Y qué bien sabes contar!—prosiguieron los ratoncillos; y a la noche siguiente volvieron con otros cuatro, para que oyesen también al árbol; y éste, cuanto más contaba, más se acordaba de todo y pensaba: «La verdad es que eran tiempos agradables aquéllos. Pero tal vez volverán, tal vez volverán. Klumpe-Dumpe se cayó por las escaleras y, no obstante, obtuvo a la princesa; quizás yo también consiga una». Y, de repente, el abeto se acordó de un abedul lindo y pequeñín de su bosque; para él era una auténtica y bella princesa.

-¿Quién es Klumpe-Dumpe?—preguntaron los ratoncillos. Entonces el abeto les narró toda la historia, sin dejarse una sola palabra; y los animales, de puro gozo, sentían ganas de trepar hasta la cima del árbol. La noche siguiente acudieron en mayor número aún, y el domingo se presentaron incluso dos ratas; pero a éstas el cuento no les pareció interesante, lo cual entristeció a los ratoncillos, que desde aquel momento lo tuvieron también en menos.

—¿Y no sabe usted más que un cuento?—inquirieron las ratas.

—Sólo sé éste—respondió el árbol—. Lo oí en la noche más feliz de mi vida; pero entonces no me daba cuenta de mi felicidad.

—Pero si es una historia la mar de aburrida. ¿No sabe ninguna de tocino y de velas de sebo? ¿Ninguna de despensas?

—No—confesó el árbol.

—Entonces, muchas gracias—replicaron las ratas, y se marcharon a reunirse con sus congéneres.

Al fin, los ratoncillos dejaron también de acudir, y el abeto suspiró: «¡Tan agradable como era tener aquí a esos traviesos ratoncillos, escuchando mis relatos! Ahora no tengo ni eso. Cuando salga de aquí, me resarciré del tiempo perdido».

Pero ¿iba a salir realmente? Pues sí; una buena mañana se presentaron unos hombres y comenzaron a rebuscar por el desván. Apartaron las cajas y sacaron el árbol al exterior. Cierto que lo tiraron al suelo sin muchos miramientos, pero un criado lo arrastró hacia la escalera, donde brillaba la luz del día.

«¡La vida empieza de nuevo!», pensó el árbol, sintiendo en el cuerpo el contacto del aire fresco y de los primeros rayos del sol; estaba ya en el patio. Todo sucedía muy rápidamente; el abeto se olvidó de sí mismo: ¡había tanto que ver a su alrededor! El patio estaba contiguo a un jardín, que era un ascua de flores; las rosas colgaban, frescas o fragantes, por encima de la diminuta verja; estaban en flor los tilos, y las golondrinas chillaban, volando: «¡Quirrevirrevit, ha vuelto mi hombrecito!». Pero no se referían al abeto.

«¡Ahora a vivir!», pensó éste alborozado, y extendió sus ramas. Pero, ¡ay!, estaban secas y amarillas; y allí lo dejaron entre hierbajos y espinos. La estrella de oropel seguía aún en su cúspide, y relucía a la luz del sol.

En el patio jugaban algunos de aquellos alegres muchachuelos que por Nochebuena estuvieron bailando en torno al abeto y que tanto lo habían admirado. Uno de ellos se le acercó corriendo y le arrancó la estrella dorada.

—¡Miren lo que hay todavía en este abeto, tan feo y viejo!—exclamó, subiéndose por las ramas y haciéndolas crujir bajo sus botas.

El árbol, al contemplar aquella magnificencia de flores y aquella lozanía del jardín y compararlas con su propio estado, sintió haber dejado el oscuro rincón del desván. Recordó su sana juventud en el bosque, la alegre Nochebuena y los ratoncillos que tan a gusto habían escuchado el cuento de Klumpe-Dumpe.

«¡Todo pasó, todo pasó!—dijo el pobre abeto—. ¿Por qué no supe gozar cuando era tiempo? Ahora todo ha terminado».

Vino el criado, y con un hacha cortó el árbol a pedazos, formando con ellos un montón de leña, que pronto ardió con clara llama bajo el gran caldero. El abeto suspiraba profundamente, y cada suspiro semejaba un pequeño disparo; por eso los chiquillos, que seguían jugando por allí, se acercaron al fuego y, sentándose y contemplándolo, exclamaban: «¡Pif, paf!». Pero a cada estallido, que no era sino un hondo suspiro, pensaba el árbol en un atardecer de verano en el bosque o en una noche de invierno, bajo el centellear de las estrellas; y pensaba en la Nochebuena y en KlumpeDumpe, el único cuento que oyera en su vida y que había aprendido a contar.

Y así hasta que estuvo del todo consumido.

Los niños jugaban en el jardín, y el menor de todos se había prendido en el pecho la estrella dorada que había llevado el árbol en la noche más feliz de su existencia. Pero aquella noche había pasado, y, con ella, el abeto y también el cuento: ¡adiós, adiós! Y éste es el destino de todos los cuentos. ¶

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De la suite Los Árboles, del compositor finlandés Jan Sibelius, he aquí justamente

El abeto

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