El blog de Las Hormigas

¡Saludos formíceos! Desde Caracas, Venezuela, le damos la más cordial de las bienvenidas a este registro de actividades del club de lectura Las Hormigas.

Gracielita: una vocación y un claustro verdaderos

Monjas enclaustradas

 

Cuarentena Covid-19, agosto 2020

 

El día que cumplió quince años, mi tía Gracielita le dijo a mi abuelo delante de toda la familia: “Papá, quiero informarte que he decidido entrar a formar parte del Convento de las Adoratrices, Siervas del Santísimo Sacramento, y ya lo he arreglado todo”.

Me imagino, cada vez que recuerdo la historia, cómo sería la cara de Eduardito, mi papá, pues él y Graciela eran los más unidos de los cinco hermanos, cómplices, se adoraban. Él decía que no podía entenderlo, pues ella era el cascabel de la casa. Su alegría, naturalidad, espontaneidad y frescura lo llenaban todo.

Imagino, igualmente, que sentiría un respiro ante la respuesta de mi abuelo: “Bueno, Gracielita, déjame decirte que estamos todos muy felices con esta noticia, pero quiero informarte que aquí no se va a volver a tocar este tema hasta que hayas cumplido los dieciocho”.

Supongo que preparándose para lo que serían sus futuros votos de obediencia, hizo caso al mandato de forma tan rigurosa que mi papá contaba que en esos tres años, hasta a él, que era su compañero fiel, se le habría olvidado el asunto. Se divirtió, tuvo pretendientes, ya que era bella y dulce, y continuó su adolescencia como si nada hubiera sucedido.

El día cuando cumplió dieciocho años, todos se levantaron y vieron una pequeña maleta en la puerta de su cuarto. Con una gran sonrisa les dijo a todos: “Vístanse rápido. Ya se cumplió el plazo; nos están esperando en el Convento, y no se me asusten porque sea de clausura”. Mi papá tenía diez años para ese entonces, y cada vez que hablaba de ese día se le humedecían los ojos al recordar lo que fue la primera despedida fuerte y dolorosa de su vida.

Con esta historia, que oí desde que tuve uso de razón, la conocí, y comencé a quererla y a admirarla.

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El convento estaba situado en la Parroquia Santa Rosalía, de Glorieta a Hospital, a corta distancia de la cárcel de La Rotunda. Luego de su ingreso, no les fue permitido visitarla por un tiempo largo. Años después, para la época en que mis papás se casaron, se podía visitarla una vez al mes.

Vivíamos en Tocorón, estado Aragua, donde mi papá trabajaba como ingeniero agrónomo, y nuestro viaje mensual a Caracas era un acontecimiento, ya que era para poder visitar a Gracielita. Recuerdo que nos cargaban para llegar a la altura de una ventanita que era del tamaño de su cara, y nos encontrábamos con una sonrisa que ocupaba todo el espacio y una voz dulce, alegre, que irradiaba felicidad.

Sus otros sobrinos, mis primos Larrazábal Zambrano, tienen los mismos recuerdos de su dulzura y cercanía cuando la visitaban. Sabía el más mínimo detalle de la vida de cada uno de nosotros, y nos hacía sentir importantes y queridos. Salíamos fascinados de haberla visto, y cargados de todas las delicias de dulces criollos y galletas que mi mamá les compraba a las monjas.

Hermana María Graciela de la Trinidad

En 1949, después de 13 años de haber ingresado al convento, una orden proveniente de Roma le informó a la congregación que ésta debía integrarse a la comunidad, para comenzar a trabajar con jóvenes abandonadas e inadaptadas de la sociedad, y eliminar el claustro.

A los pocos días de recibir esta notificación, a mi tía Graciela se le encomendó salir a hacer su primera diligencia fuera del convento. La única indicación que recibió era que debía tomar el tranvía, bajarse en el sitio indicado y, luego de terminar el encargo, regresarse de igual forma. Salió con toda la mejor disposición a las 7 a. m, y se paró en la esquina a esperar. Vio pasar las horas sin atreverse a preguntarle a nadie, hasta que alrededor del mediodía, el dueño de una farmacia que se encontraba al frente y llevaba todo ese tiempo observándola, se le acercó y le dijo: “Hermanita, ¿usted está esperando algo? “Sí, al tranvía”. “Pues fíjese que éste fue eliminado hace dos años, en 1947”. Ni ella, ni al parecer nadie de la congregación, estaban al tanto de esos pequeños detalles mundanos que podían suceder en una ciudad pujante como la Caracas de entonces”.

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Por supuesto, tuvo que regresar al día siguiente, tomar el autobús según las indicaciones de su Ángel de la Guarda, y no olvidarse de llevar dinero para el pasaje, detalle que ninguna de las monjas había tampoco tomado en cuenta.

Años más tarde, el Convento de las Adoratrices cambió de sede y se trasladó a la Avenida Sucre de los Dos Caminos, donde sigue existiendo actualmente. Para ese entonces, la Hermana Graciela ya se había convertido en una experta en movilizarse por toda Caracas, al punto que estudió dos carreras en el Instituto Pedagógico de El Paraíso: Pedagogía y Educación. Su inteligencia y preparación la llevaron a dirigir las escuelas para jóvenes no sólo en Caracas, sino también en Maracay y San Cristóbal.

En los años que vivió en Maracay, fue cuando la pudimos sentir más cerca, ya que mi familia se había mudado a esa ciudad en 1966 por el trabajo de mi papá. Mi hermana menor, Mercedes Cristina, tuvo el privilegio de ser preparada por mi tía para hacer su primera comunión, la cual se llevó a cabo en el Convento de la Avenida Las Delicias del que era su Directora, y en el que realizó una labor maravillosa.

Un buen día, habiendo cumplido treinta años de haber ingresado a las Adoratrices, llamó a Eduardito—su confidente—para que fuera al Convento a reunirse con ella. Le notificó que había hecho diligencias con Roma para solicitar al Vaticano autorización para cambiar de congregación e ingresar a la Orden de las Carmelitas Descalzas en Barquisimeto. Su argumento era que ya había servido con obediencia durante todos esos años, había cumplido una función importante como educadora, pero aspiraba que le fuera permitido volver a lo que su vocación inicial le pedía: una orden de claustro.

Al igual que cuando tenía quince años, ya se había informado, había realizado todos los contactos y había tomado su decisión. Mi papá se sorprendió una vez más pero, por supuesto, la apoyó y su admiración hacia su hermana siguió aumentando.

El permiso le fue concedido. Y así como en 1936, una vez más le tocó a Eduardito, acompañado esta vez de mi mamá, llevarla al Convento de las Carmelitas Descalzas en la carretera a Río Claro en Barquisimeto, para convertirse en la Hermana María Graciela de la Trinidad.

El nuevo entorno donde mi tía Gracielita vivió los últimos veintisiete años, estaba rodeado de vegetación, con un clima privilegiado en una colina cuya vista era el Valle del río Turbio.

Para hacer un poco de historia, la Orden de las Carmelitas Descalzas tiene el Patrocinio de Nuestra Señora del Carmen y de San José y se rige por el estilo de oración legado por Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. La vida está centrada en la contemplación, el silencio, la meditación y el apostolado; las promesas que realizan son obediencia, pobreza y castidad. El nombre de descalzas no es porque no lleven calzado sino porque, en 1562, Santa Teresa de Jesús, en la ciudad de Ávila en España, impulsó una reforma a la Orden del Carmelo para devolverla a sus principios: la austeridad, la pobreza, el trabajo y la clausura. Realizan manualidades de todo tipo: ornamentos litúrgicos, escapularios, rosarios, tarjetas, dulces, etcétera.

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Mis papás, por la cercanía entre Maracay y Barquisimeto, la visitaban con mucha frecuencia para llevarle toda clase de donaciones e insumos (especialmente de papel, ya que mi papá era Gerente General de MANPA).

En el nuevo convento, las visitas se daban en dos salones de iguales dimensiones divididos por una reja. En uno se situaban los visitantes, y en el otro las monjas. A un lado, una rueda cilíndrica de madera nos brindaba galletas deliciosas y jugos de fruta que sabían a gloria, aunque mi hermana menor siempre los llamó jugos misteriosos porque no sabía la combinación de frutas que tenían. La comunidad entera suele participar de la alegría de los encuentros familiares.

En una de esas ocasiones, mi papá fue notificado de la angustia colectiva de la comunidad, porque una plaga había invadido el gran jardín de árboles frutales que se encontraba en el patio central del Convento: aguacates, lechosas, mangos, nísperos, parchas granadinas, parchitas, naranjas , y todo tipo de hortalizas, que conformaban algo así como un Jardín del Edén. Todo lo que cosechaban era para el consumo del Convento y para la preparación de dulces criollos para la venta.

La Madre Directora le preguntó a mi papá si estaría dispuesto a revisar la gravedad del problema en su calidad de ingeniero agrónomo, y así fue como desde ese día Eduardito se convirtió en el único privilegiado que tenía la potestad de traspasar el umbral de las rejas, para dar una revisión a los árboles y supervisar su mantenimiento.

Luego todos disfrutábamos de sus cuentos, describiendo cómo era todo en el interior: la paz que se respiraba, la brisa que llegaba del valle y una Presencia Divina que podía sentirse y casi palparse.

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En los años setenta, mi tía Inés, la mayor de los hermanos, enfermó seriamente con una artritis reumatoide. Gracielita comenzó a moverse para lograr que al menos una vez al año le fuera permitido viajar a Caracas para visitar a su hermana. Su línea de conexión directa con Papá Dios le concedió su pedido; así pudimos disfrutarla cuando venía, siempre acompañada de una novicia, y mi tía Inés mejoraba sólo con verla. Alejandro, uno de mis primos, recuerda que se las arreglaba para darse una escapadita al Mercado de Quinta Crespo para llevar cosas al Convento.

Años más tarde, cuando Rafael Eduardo, el mayor de mis tres hijos, comenzó clases de cuatro en el Colegio San Ignacio, inventó crear un grupo musical con sus hermanos y todos los primos; para ese momento eran nueve los integrantes. Lo nombraron el Grupo Maracas porque “tocaba tan bien en Maracay como en Caracas”; los aguinaldos eran su especialidad. La gloria absoluta de mi tía Graciela y la comunidad eran nuestras visitas familiares en cambote cada Navidad, cuando el Grupo Maracas las deleitaba con su repertorio. Éramos tantos que a veces no cabíamos en el saloncito.

Visitantes de la familia

Todos los sobrinos-nietos tienen recuerdos increíbles de esas visitas. Para mi segundo hijo Carlos Enrique: “Recuerdo lo lejos que era, pero ustedes nos inculcaron la necesidad de ir a verla para que entendiéramos lo que significaba su vocación y sacrificio. Nos pasaban la merienda por una ruedita que no permitía el contacto, pero nos ponía a la expectativa de su salida al saloncito; los espacios de la reja eran tan angostos que la mano casi no podía pasar. Para un niño era visualmente difícil de entender. Siempre llevo su estampita en mi cartera”.

Mi hermano Carlos, cuando trabajó por varios años en Tablopan, visitaba con frecuencia el Central La Pastora, en el estado Lara, y aprovechaba siempre para visitar el convento. Les llevaba donaciones de sacos de azúcar para los dulces que preparaban. Las monjas entraban en júbilo total.

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Años más tarde, en 1980, la congregación decidió realizar una expansión en un terreno lateral a la edificación principal, para construir una casa de retiro que atendería a estudiantes de Teología y Espiritualidad.

Gracielita era para esa época Directora del convento. Con la experiencia que la vida le había dado en materia epistolar, comenzó a escribir cartas con destino no solo nacional, sino también a distintas instituciones católicas en el exterior. Cuál no sería su sorpresa cuando, semanas más tarde, llegó un día un sobre del extranjero con una contribución proveniente de una comunidad religiosa en Alemania. La donación era tan sustanciosa que se pudo realizar una vez más el proyecto que era uno de los sueños de la congregación.

Sólo pienso lo que este personaje hubiera logrado hoy en día, si hubiera tenido a su disposición Internet, WhatsApp o cualquier tipo de ayuda en materia de comunicaciones.

Carlos logró otra donación, no sólo de sacos de azúcar, sino de un camión con tableros de Tablopan para que pudieran mandar a hacer los cubículos y el mobiliario. Gracielita le informó, en uno de sus viajes de trabajo, que estaban felices porque habían logrado hacer casi todo. Pero lo más importante era que a ella se le habían mejorado notablemente sus dolores de espalda. “¿Y eso?” le preguntó Carlos. “Bueno, es que nosotras dormimos en colchonetas que van sobre una base de tubos… y ahora le pusimos a cada catre una tabla encima y dormimos mucho mejor”.

Situaciones como ésa, relacionadas con la rigidez de los votos de pobreza y austeridad, eran la única cosa que a mi papá le costaba aceptar pero que siempre respetó; jamás intervino al respecto.

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Mientras revisaba en Internet, buscando datos sobre la Congregación de las Carmelitas para este relato, encontré comentarios que me ayudaron a entender un poco más esa inquietud que siempre tuvo la familia:

    • “La mística del Claustro, no es caminar entre nubes… es tener bien puestos los pies sobre la tierra y saber que debemos imitar a Cristo en cada una de sus virtudes”.
    • “No hay que ver la rejas como encierro; debemos ver las rejas que cargamos nosotros en nuestra vida”.
    • “Las hermanas de clausura son la planta eléctrica de oración que ayuda a la Iglesia”.
    • Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda; 
la paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta. Sólo Dios basta. (Santa Teresa de Jesús).

María Graciela de la Trinidad vivió su vocación al extremo; entregó la mitad de su vida a servir al prójimo de forma directa, y los últimos veintisiete años  estoy segura de que su entrega a la oración fue aun más valiosa para el mismo fin. En 1992, a sus 75 años, después de haber aceptado su enfermedad y no habérsele oído ni una sola queja, pidió ser trasladada a la casa de retiro, de manera que mis papás pudieran estar con ella en sus últimos días. Fue a encontrarse con el Dios por quien vivió y a quien se entregó de corazón. 
Se despidió con la sonrisa que siempre la acompañó, y con la alegría inmensa de que su amado Eduardito y mi mamá estuvieran con ella tomados de la mano. La eucaristía previa a su entierro fue algo sublime. Nuestros sollozos, junto a los de la cantidad de personas que asistieron, estuvieron acompañados por la música celestial de todas las hermanas del convento.¶

 

Rosa Elena Larrazábal de Maldonado

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A 80 años del asesinato de Trotsky

Las Hormigas evaluamos El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura, el 13 de noviembre de 2012. El artículo reproducido a continuación (con mínimos ajustes) apareció en la web de POLIS: Política y cultura, dirigida por el autor del texto.

 

Fernando Mires

Agosto 22, 2020

(Artículo reactualizado)

 

Retrato de Trotsky por Frida Kahlo, quien fuera su amante

Hace 80 años (para ser preciso, el 20 de agosto) fue asesinado en México León Trotsky. Los hechos que condujeron al vil asesinato son conocidos. Ramón Mercader, comunista catalán, fue reclutado por la NKVD* para que cometiera el crimen ordenado por Stalin, tarea que realizó con el más profesional de los esmeros. Todos esos episodios han sido acuciosamente narrados en la magnífica novela de Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros.

Sobre la novela de Padura también se ha escrito mucho y no voy a agregar más palabras para elogiarla, por mucho que lo merezca. Me limitaré en estas líneas a constatar solo un punto; y es el siguiente:

Aunque una novela histórica no sea un texto de historia, permite, gracias al uso de la imaginación, alcanzar verdades a las que no alcanza ni debe alcanzar la historiografía. Desde esa perspectiva la narrativa histórica puede convertirse en un perfecto auxiliar de la historiografía.

Un historiador ha de limitarse a comprobar la verdad de los hechos, a construir causalidades, a indagar sobre las consecuencias, a revelar datos desconocidos. Pero en ningún momento debe especular acerca de las motivaciones personales que llevan, como en el caso de la historia de Ramón Mercader, a cometer un asesinato. Por lo mismo, nunca debe dictar veredictos morales y mucho menos adentrarse en los laberintos psíquicos de un personaje histórico. Esta última es una tarea que ni siquiera está permitida a los psicoanalistas pues ellos saben muy bien que nunca hay que emitir juicios no surgidos de la comunicación interpersonal. Dichos límites no existen, en cambio, para un novelista.

Un novelista, si no escribe en clave de ficción, por mucho que esta sea originada desde una realidad objetiva, es un mal novelista. Pero un gran novelista es también quien, siguiendo la ruta de la ficción, logra extraer, de modo imaginario, una verdad subjetiva que ayuda a entender mejor—valga la paradoja—la verdad objetiva de los hechos. Solo así se explica por qué la mayoría de quienes han leído la novela de Leonardo Padura terminan sintiendo una profunda compasión por Ramón Mercader.

A través de la historiografía, Ramón Mercader solo puede aparecer como un asesino. Pero a través de la literatura puede, además, aparecer como una víctima. Sí, una víctima más de un orden totalitario que en nombre de la supuesta verdad “objetiva” terminó construyendo autómatas sin vidas privadas, seres despojados de relaciones afectivas, piezas de una máquina que los controlaba y dominaba sin apelación.

Esas fueron las constataciones por las cuales en un seminario que junto con mi colega Rainer Fabian dirigíamos sobre el concepto de totalitarismo, propusimos como lectura a la espeluznante novela de Arthur Koestler, Sonnenfinsternis (Eclipse solar) conocida en español bajo el título de El cero y el infinito (1941).

El personaje central de la novela, Rubashov, era un representante imaginario de Nicolás Bujarin, el bolchevique miembro de la vieja guardia leninista, cómplice de la expulsión y del destierro de Trotsky, obligado después por Stalin a declararse culpable de crímenes que jamás había cometido. Por lo mismo fue condenado a muerte. Rubashov, como ocurrió con Bujarin, murió creyendo ser un mártir sacrificado en nombre de un ideal superior.

Lo terrorífico de la novela, sin embargo, no reside tanto en las torturas físicas a las que fue sometido Rubashov, sino en la disuasión ideológica destinada a suplantar su capacidad de pensamiento por la ideología del régimen. Bujarin, efectivamente, murió plenamente convencido de que su confesión, aunque siendo una mentira, podía ser puesta al servicio de una gran verdad. Esa gran verdad era la Revolución Rusa encarnada en la persona de Stalin

Gracias a la gran novela de Koestler pudimos comprender, durante el curso del seminario, la exactitud de las formulaciones de Hannah Arendt cuando, entre las diferentes características del fenómeno totalitario, destaca la usurpación del espacio íntimo (el del amor, el de los sentimientos, el del pensamiento) por el espacio público (estatal), hasta el punto que el ciudadano comunista perfecto termina siendo no el que piensa sino el que es pensado. ¿Pensado por quién? Por una ideología y por quien desde el poder la representa. En ese sentido podríamos entender al totalitarismo como un fenómeno mediante el cual el pensamiento individual es sustituido por una ideología total. Así sucedió con Nicolás Bujarin. Así sucedió también con Ramón Mercader.

Ramón Mercader no asesinó al revolucionario León Trotsky. Mercader solo “ejecutó” a un traidor, a un agente nazi. El no concibió su acto como un crimen. Todo lo contrario; él, Mercader, fue un héroe elegido por la razón histórica para ayudar al cumplimiento de la gran verdad representada por la URSS y por su gran conductor, el camarada Stalin.

La deducción, después de haber leído la novela de Padura, no puede ser más estremecedora. ¿Significa entonces que cualquiera de nosotros, bajo circunstancias parecidas a las vividas por Ramón Mercader, podría llegar a convertirse en un asesino? Nadie puede saberlo en términos definitivos. Pero si el Yo deliberante de cada uno es sustituido por la dictadura de un “Super-Yo” o por la de un “Super-Nosotros”, o si perdemos—ya sea por debilidad o debilitación—nuestras capacidades pensantes, o si nos convertimos en agentes secretos de una Ideología de la Razón Histórica, puede ser que no lleguemos muy lejos de donde llegó Ramón Mercader.

Uno de los personajes centrales de la novela de Padura, el escritor cubano Iván Cárdenas Maturell, a quien un arrepentido y enfermo Mercader confió su historia, no se convirtió en un asesino. Pero él nos cuenta—y ahí escuchamos detrás de Iván la voz de Padura hablando no solo de sí mismo sino también de algunos identificables escritores cubanos—cómo en nombre de supuestos objetivos históricos superiores un joven lleno de ideales puede ser obligado a renunciar a lo que más ama, a su arte literario; a despreciarse a sí mismo; a aceptar incluso, sin chistar, el suicidio inducido de su hermano homosexual.

Al escribir estas líneas no pude sino recordar un día nevado de Viena. Fue durante los años ochenta. Con un amigo, quien fuera horrorosamente torturado en las cárceles de Pinochet, dábamos un paseo a lo largo de la Ringstrasse. Entre los detalles que me contó de sus días en prisión, hay uno que no he podido olvidar. Mientras el verdugo apagaba un cigarrillo en su piel, le hizo de pronto una confesión “¿Y tú creíste que me gusta hacer lo que estoy haciendo? No; pero lo hago porque alguien tiene que sacrificarse por la causa. Si ustedes hubieran vencido, a lo mejor tú estarías haciendo conmigo lo mismo que yo hago contigo”.

“¿Lo habríais hecho?”—pregunté.

Calló un momento y luego dijo: “Quién sabe, Fernando, quién sabe”.¶

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El Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (en ruso: Народный комиссариат внутренних дел, transliterado como Naródny Komissariat Vnútrennij Del), abreviado como NKVD (НКВД, según su acrónimo ruso), fue un departamento gubernamental soviético que manejó cierto número de asuntos internos de la Unión Soviética. Además de sus funciones de seguridad del Estado y de sus funciones policiales, algunos de los departamentos del NKVD manejaban otros asuntos, como transporte, bomberos, guardia fronteriza, etcétera. Todas estas tareas eran tradicionalmente asignadas al MVD (Ministerio del Interior). Wikipedia en Español (La NKVD sería luego sucedida por la KGB, o Comité para la Seguridad del Estado. De allí procede Vladimir Putin, actual Presidente de la Federación Rusa.

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Sobre Doña Mercedes

 

Nuestra Karina Sainz Borgo, la venezolana “hija de la española“, complementa en Vózpuli los merecidísimos tributos a Mercedes Barcha, la dueña de Gabriel García Márquez.

Gabriel García Márquez, en una foto de archivo, con Mercedes Barcha, su mujer, en Aracataca. Gtres

 

 

Cien años de soledad: la vida personal de un clásico literario

La muerte de la viuda del escritor colombiano marca el fin de un tiempo mítico. Ella fue una de las principales testigos de la publicación de la mejor obra de García Márquez.

 

KARINA SAINZ BORGO

17 de agosto de 2020

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La muerte esta semana de Mercedes Barcha marca el fin de un tiempo del que ya quedan pocos. La esposa de Gabriel García Márquez fue testigo de una obra prodigiosa y compañera de uno de los autores más importantes del siglo XX. Gracias a ella, que tuvo a bien administrar los escasos recursos, García Márquez pudo disponer de tiempo suficiente para escribir Cien años de soledad. El propio escritor lo contó muchas veces.

En su ensayo La novela detrás de la novela, Gabriel García Márquez da pistas y descubre cómo y cuándo lo asaltó la idea que tomaría forma final en la novela Cien años de soledad, de la que su mujer fue principal testigo. “De pronto, a principios de 1965, iba con Mercedes y mis dos hijos para un fin de semana en Acapulco, cuando me sentí fulminado por un cataclismo del alma tan intenso y desgarrador que apenas si logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera. Rodrigo dio un grito de felicidad: ‘Yo también cuando sea grande voy a matar vacas en la carretera'”.

“No tuve un minuto de sosiego en la playa. El martes, cuando regresamos a México, me senté a la máquina para escribir una frase inicial que no podía soportar dentro de mí: ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo’. Desde entonces no me interrumpí un sólo día, en una especie de sueño demoledor, hasta la línea final en que a Macondo se lo lleva el carajo”, contó al respecto.

García Márquez tenía 38 años, cuatro libros publicados y frente a sí el comienzo de la mejor novela escrita durante el siglo XX. Y aunque muchos, entre ellos su biógrafo Dasso Saldívar no dan por confirmada la versión de que García Márquez dio la media vuelta en mitad de su viaje, éste la contó así a Plinio Apuleyo Mendoza. “¿Es cierto que diste media vuelta en la carretera y te pusiste a escribirla?”, le preguntó don Plinio. “Es cierto, nunca llegué a Acapulco”, le contestó el Gabo en una frase que fue a parar al libro El olor de la Guayaba. No será esa la primera ni la única leyenda alrededor de un libro junto al cual todos quieren retratarse. Solía decir Carlos Barral que él había rechazado la publicación del manuscrito, porque según él, la del Gabo era prosa pastelera. Esa anécdota queda en los huesos en el libro de Xavi Ayén, Aquellos años del boom (RBA).

Hay una leyenda más, o al menos podría tenerse por tal, ya que es de la cosecha del Gabo, quien al parecer gozaba fabulando y exagerando las anécdotas alrededor de esa novela. Según el Nobel de Literatura, no dejó de escribir durante 18 meses. Sus muchas versiones dieron guerra suficiente, muchas más que los 32 levantamientos que promovió el coronel Aureliano Buendía. Así lo describe el escritor: “Esperanza Araiza, la inolvidable Pera, era una mecanógrafa de poetas y cineastas que había pasado en limpio grandes obras de escritores mexicanos (…) Cuando le propuse que me sacara en limpio la obra, la novela era un borrador acribillado a remiendos (…). Pocos años después Pera me confesó que, cuando llevaba a su casa la última versión corregida por mí, resbaló al bajarse del autobús con un aguacero diluvial y las cuartillas quedaron flotando en el cenegal de la calle. Las recogió empapadas y casi ilegibles con la ayuda de otros pasajeros y las secó en su casa hoja por hoja con una plancha de ropa. Y otro libro mejor sería cómo sobrevivimos Mercedes y yo con nuestros dos hijos durante ese tiempo en que no gané ni un centavo. Ni siquiera sé cómo hizo Mercedes durante esos meses para que no faltara ni un día la comida en la casa”.

A comienzos de agosto de 1966, el Gabo y su mujer Mercedes acudieron a la oficina de correos de México para enviar a Buenos Aires la versión terminada de Cien años de soledad: un paquete de 590 cuartillas escritas a máquina a doble espacio y en papel ordinario dirigidas a Francisco Porrua, director literario de la editorial Suramericana. El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales y dijo: “Son 82 pesos”. Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que le quedaban en la cartera. “Sólo tenemos 53”, le dijo. De esa peripecia surgió una anécdota que llena las tertulias y especulaciones de editores y periodistas. Sobre si exageraba o no. “Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos una a Buenos Aires sin preguntar siquiera cómo íbamos a conseguir el dinero para mandar el resto. Sólo después caímos en la cuenta de que no habíamos mandado la primera sino la última parte. Pero antes de que consiguiéramos el dinero para enviarla, Paco Porrúa, nuestro hombre en la editorial Suramericana, ansioso de leer la primera parte, nos anticipó dinero para que pudiéramos enviarlo. Así es como volvimos a nacer en nuestra vida de hoy”.

En Cien años de soledad Gabriel García Márquez inventó un mundo y una forma de contarlo. Un universo familiar. Un reino de peces de oro y mariposas amarillas. Aquello que necesitamos etiquetar como Realismo mágico, pero en el que cabe un mundo propio e inventado. Aseguró el propio escritor que si se unieran todos los lectores de Cien años de soledad  en un mismo territorio, sería uno de los 20 países más poblados del mundo.¶

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Lectura, por el propio Gabriel García Márquez, del primer capítulo de Cien años de soledad, donde al inicio escribiera esta frase inmensa: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.


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Al sacrificio de Doña Mercedes le cabe el juicio de esta estupenda canción (Premio Grammy 2005) de Mark Anthony:

  Valió la pena

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Mamá Grande

Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha en 1969. COLITA

 

Siempre, la mirada que sonreía enmarcada en los pómulos gruesos de una mujer que parecía anclada en la Tierra y su realidad, para que Gabo volara las nubes y flotara sin tiempo entre sueños y sílabas

JORGE F. HERNÁNDEZ

15 AGO 2020 – 19:16 GMT-4

 

Por esta rara peste del insomnio será imposible asistir a los funerales de la Mamá Grande. También porque no me lo puedo creer, porque me duele tanto. Más bien, prefiero imaginar un sendero en medio de la selva, cerca de donde hallaron una armadura medieval oxidada y casi olvidada, y por esa vereda se abre una sonrisa del Sol y Gabriel García Márquez abre los brazos en flor para volver a abrazarla.

Mercedes Barcha Pardo y Gabito se conocieron en Sucre desde niños y entre ambos supieron desde el primer instante que la hija del boticario se casaría con el hijo del telegrafista de Aracataca, sin imaginar que entre ambos habrían de cambiarle la cara al mundo para siempre. Se miraban a los ojos durante años, incluso en las cartas que se enviaban por encima del Atlántico, cuando Gabo era quizá no tan feliz e indocumentado, con ese frío de perro azul en París desde donde le escribió al padre de Mercedes una carta que era pedida de mano, aunque los novios se habían jurado matrimonio desde los 12 años de edad.

Muchos años después, frente al telón de una vida que se construyó en plural Mercedes confirmaría que su padre ni abrió la carta que llegó desde París y quiso el azar que el mero día de la boda quién más lloraba era precisamente el padre de la novia, hasta que los acompañó al pie de la escalerilla de un avión que habría de llevar a la pareja de recién casados a Caracas (no en luna de miel, sino en una oportunidad de trabajo para quien era no más que periodista. Nada menos.) Se sabe que antes de abordar la nave, el novio secó las lágrimas del recién suegro asegurándole que proponía convertirse en el mejor escritor del mundo y que a su hija jamás le faltaría de nada.

Si ese sueño se cumplió no fue solamente por la inmensa selva de literatura inconmensurable que se enredaba en la cabeza de Gabo, sino por ella también: es Mercedes quien sostuvo como roble la unidad y fortaleza de todos los techos y lechos donde forjaron hogar. Madre ejemplar y decidida en que los horarios del mundo y las rutinas de las escuelas de los hijos o las obligaciones de la calle no rompieran el invisible santuario detrás de una inmensa sábana donde Gabo cuajó Cien años de soledad, al tiempo en que sus hijos y los amiguitos de sus hijos apenas aprendían a leer. Mi corazón está hoy con Rodrigo y Gonzalo, con las nueras y los nietos, y con cada uno de los millones de lectores que perciben la inmensa nube de mariposas amarillas como niebla sinfónica en medio de una selva de hermosos recuerdos, pero sobre todo, la increíble y feliz historia de un amor que cristalizó en una suma de millones de instantes, micropartículas fugaces del tiempo, todo el tiempo hasta sumar no solo el siglo que merecen los amores como segunda oportunidad sobre la Tierra, sino como novela en tiempos de cualquier cólera.

Mercedes, Mamá Grande, Gaba en toda la extensión del apodo cuando se confirma que no hay párrafo que no le fue leído a ella antes que a nadie y que hay frases que inauguraron una novísima cara de la literatura mundial que solo ella —quizá también los niños— escuchó al volante de un auto rumbo al mar. Unidos por desvelos inquietantes y todo el júbilo que sigue palpándose en los charcos helados de Estocolmo cada vez que nace el próximo lector hipnotizado por las letras de un hombre que bailó alrededor de Mercedes con las manos abiertas en palmas y agachándose como un guajiro de vallenato en verso, tal como toda su literatura de vida en novelas y cuentos, crónicas y reportajes, guiones y entrevistas donde inevitablemente se le ve en la retina la cara de la Gaba, la que lo acompaña en silencio y la que hizo las cuentas de la compra, tintorería, escuelas y todos los gastos que precisaban pedir prestados para que el hombre se pudiera encerrar tras la sábana y cuajar de una vez por todas la novela que reúne en sus páginas todo un continente y todo el tiempo, todo el tiempo que heredan los poetas y que llevan tatuados en la piel cada uno de los lectores que han visto la prodigiosa fotografía de la pareja besándose en el amanecer anónimo de su jardín, luego de que llamaron de Suecia o las entrañables sonrisas cómplices que se les dibujan a la salida del templo de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en Barranquilla, el día que se casaron ya para siempre.

Siempre es hoy, donde el tiempo se pierde en una selva de letras. Siempre, la mirada que sonreía enmarcada en los pómulos gruesos de una mujer que parecía hija del río Nilo, anclada en la Tierra y su realidad, precisamente para que Gabo volara las nubes y flotara sin tiempo entre sueños y sílabas. En mi casa se hace lo que yo obedezco, dijo al pie del teclado quien quedó desde niño prendado a la piel y persona de una mujer admirable, hecha árbol de luminosa sombra, ramas anchas de contados abrazos que sonaban como hojas al viento y ronca voz inexplicablemente tersa al mismo tiempo; férrea dulzura de la Gaba que parecía estar siempre en más de dos lugares a la vez y que incluso consta que sonreía cuando se desató la lluvia más larga como llanto aguantado, el día en que una fila interminable de lectores en todos los idiomas abrieron sus ejemplares atesorados bajo la almohada para confirmar el invaluable milagro de toda la literatura que llegó para quedarse y recordar que siempre habrá un mundo mejor que este, por donde camina descalza la niña abuela, Mamá Grande y joven recién casada por un sendero de silencio feliz para volver a andar —ya para siempre, de nuevo en la eternidad— de la mano y juntos quienes escribieron con un corazón a dos almas Vivir para vernos. ¶

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Tomado de El País de España. Así reportan los ingleses la despedida de Mercedes por BBC News.

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Gabo, la biblioteca de un viajero

 

Nota tomada de Revista de Verano, El País de España

Gonzalo García Barcha, hijo de Gabriel García Márquez, en el estudio y biblioteca de su padre en la colonia San Ángel de la Ciudad de México. (Foto de Teresa de Miguel).

 

La casa mexicana de García Márquez, fallecido en 2014, conserva su estudio de trabajo y sus cerca de 5.000 libros. También, su pasión por los diccionarios, las rosas amarillas y las máquinas de escribir

DAVID MARCIAL PÉREZ

México – 04 AGO 2020 – 18:31 GMT-4

 

Una rosa amarilla, un diccionario y una máquina de escribir. Es todo lo que necesitaba Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927-Ciudad de México, 2014) para ponerse en marcha. A los ocho años, su abuelo le contó que las flores amarillas daban suerte y nunca se volvió a separar de ellas. Durante la entrega del Nobel (1982), llevaba una escondida en el bolsillo. Gabo se consideraba “un diccionarero”, aunque su relación con las enciclopedias fue de amor y odio. En 1977, prologó una edición del María Moliner, su favorito. Pero a la vez se inventaba palabras: “condolientes”, “mecedor”. Hasta se propuso jubilar la ortografía, sobre todo esa “h rupestre”.

A las máquinas de escribir también les declaró la guerra. Su primera Remington ardió en el fuego de los disturbios del Bogotazo, en 1948. Una década más tarde, la máquina que concibió en París El coronel no tiene quien le escriba había perdido la tecla de la d por el camino. Para poder terminar el texto tuvo que arreglárselas completando cada c a mano con un palito vertical. Después se compró una Torpedo alemana y una Smith Corona eléctrica. Así, hasta el flechazo con Apple. Un eMac de principios de los 2000, una computadora blanca con forma de pepino retrofuturista, sigue aún en la mesa de trabajo de su casa en Ciudad de México.

“No era especialmente fetichista, pero sí que fue comprando cada uno de los modelos de Mac que iban saliendo”, cuenta su hijo Gonzalo García Barcha mirando la espalda ovalada de la máquina. Tras estallar el éxito de Cien años de soledad durante su estancia en Barcelona, la familia llegó a esta casa en 1975, cuando él tenía 11 años y su hermano, Rodrigo, 15. Recuerda que muchas mañanas, al volver del colegio, los dos críos cruzaban corriendo el patio con jardín y entraban a saludar a su padre mientras trabajaba en el estudio. Sentado a la mesa donde hoy también sigue un jarrón con rosas amarillas y una colección de diccionarios en la estantería, Gabo los miraba en silencio con los dedos aún sobre el teclado y los dejaba hablar. “Muchas veces no sabíamos si realmente nos escuchaba. Se concentraba mucho cuando estaba trabajando”.

La concentración es una de las características que más destacan los que alguna vez le vieron trabajando en su estudio. Iván Granados fue su bibliotecario personal desde 2007 hasta su muerte en la primavera de 2014. Solía llegar también por las mañanas. Le saludaba —”Buenos días, maestro”— y durante las siguientes tres o cuatro horas apenas intercambiaban palabras. “No era nada maniático, no intervenía mucho en la organización de sus libros. A cambio, lo que necesitaba es que le dejaran trabajar el tiempo que precisaba”, cuenta Granados por teléfono, que prepara la publicación de una investigación sobre la obra de Gabo además de una compilación de textos dispersos del autor colombiano. Tras su fallecimiento, siguió acudiendo a la casa a terminar la tarea. Durante años, se encargó de dividir los casi 5.000 títulos en cuatro áreas: Una, las traducciones de sus propios títulos. Dos, diccionarios y enciclopedias. Tres, libros de documentación con los que preparaba sus obras. Cuatro, la literatura que le interesaba: novela, poesía, ensayo, periodismo, cine y política.

Una figura de Gabriel García Márquez en su estudio y biblioteca en la colonia San Ángel de la Ciudad de México. (Teresa de Miguel).

 

De pie, mirando de frente a la zona de los ensayos, Gonzalo García reconoce un libro importante. Las flores en la poesía española, del filólogo José Manuel Blecua. Una edición de 1968, de la editorial Gredos. “En casa nunca hubo mucha presión por encaminarnos a la lectura, pero si por ejemplo preguntabas por la poesía, te enjaretaban este libro”. García, de profesión ilustrador y editor, avisa en todo caso de que ya no quedan en la biblioteca muchos libros de su infancia. Ni tampoco con los que su padre formó su cultura literaria. Durante los últimos años, la familia ha donado mucho material a la Biblioteca Nacional de Colombia, además de la parte del archivo que resguarda la Universidad de Texas en Austin.

Aún así, Gonzalo García sigue buscando entre los títulos de la pared. Y aparece una edición de 1972 del Ulises de James Joyce, ese “mamotreto sobrecogedor”, como lo llamó en sus memorias un Gabo veinteañero. También aparecen copias de El día del Chacal o El conde de Montecristo. “Mi padre siempre huyó de la solemnidad y nunca hizo distinción entre lo que se llama alta y baja cultura, agarraba lo que podía de todo los lados”, explica su hijo sobre su conocida veta popular. Su bibliotecario personal tiene además una teoría complementaria: “Esta no es la biblioteca de un coleccionista o de alguien que tuvo la oportunidad de ir guardando sus primeros libros. Es más bien la biblioteca de un viajante que se asienta definitivamente en México”.

Una escultura de Gabriel García Márquez y su esposa, en su estudio en la colonia San Ángel de la Ciudad de México. (Teresa de Miguel).

 

Antes de instalarse por segunda vez y para siempre en México a los 52 años, el escritor colombiano tuvo una vida errante: Barranquilla, Bogotá, París, La Habana, Caracas, Londres, Barcelona. “Además —añade Granados— leyó sus primeros libros prestados. En sus memorias explica cómo descubrió por los libros de sus amigos a Kafka o Faulkner”. Pese a todo, la biblioteca del viajante también guarda joyas. Como unos 20 volúmenes de la legendaria La Pléiade, la colección de Gallimard que reúne el canon de la literatura universal a través de antologías de los grandes textos, encuadernados en tapas robustas de cuero flexible y delgadas páginas en papel semibiblia.

 

El vallenato

Lo que nunca le faltó a Gabo en ninguna de sus etapas fue el vallenato, su música favorita. Tanto, que le gustaba decir que “Cien años de soledad no es más que un vallenato de 450 páginas”. Sus amigos le enviaban cintas desde el Caribe colombiano. Algunas siguen aquí, junto a Rocío Jurado, Perales, Manzanero o Sabina. El estudio de la casa mexicana, un amplio corredor de ladrillo blanco en forma de ele, tiene las paredes convertidas en estanterías. Acompañando a los libros también hay sofás y sillones y mesas para reposar y charlar. Esta biblioteca fue por las mañanas el búnker de trabajo de Gabo. Por las tardes, el centro de operaciones de muchas parrandas. “Tenía un bar siempre muy bien dotado”, recuerda su hijo. Fidel Castro, Sean Penn o Silvio Rodríguez fueron algunas de las muchas e ilustres visitas. Cuando la fiesta era entre escritores, jugaban a que uno empezaba a recitar un verso de Lorca, o de algún poeta español del Siglo de Oro, y los demás tenían que seguir con la estrofa.

Una copia de ‘La muerte de Artemio Cruz’, de Carlos Fuentes, dedicada a Gabriel García Márquez en la biblioteca del escritor colombiano en Ciudad de México. (Teresa de Miguel).

 

Una copia gigante del retrato que le hizo Richard Avedon en los setenta manda en una de las paredes. Más fotos: sus hijos, su esposa, sus padres, Hemingway, Gabo con Rulfo, con Felipe González, con Bill Clinton. Los personajes históricos también fueron personajes de sus novelas. Retratados con un rigor matemático, heredero quizá del pedigrí periodístico del autor. Para El general en su laberinto, que narra los últimos días de Simón Bolívar, Gabo se sumergió a fondo en los 34 tomos de las memorias de Daniel Florencio O’Leary, el general irlandés que acompañó al libertador hasta su tumba. Volvía una y otra vez a las fuentes históricas para, muchas veces, simplemente confirmar la verosimilitud de una escena. Por ejemplo, cuando quiso describir al general comiendo una pieza de mango y fue a conformar si, a principios de siglo XIX, el cultivo del mango había llegado ya a la actual Colombia.

Más de seis años después de la muerte de Gabo, siguen llegando a la casa paquetes con libros. Muchos de autores primerizos, que continúan buscando la aprobación del maestro. La familia reconoce que, como ya no tienen quién los lea, han encontrado para ellos un destino mejor. Gracias a un acuerdo que validó en vida el propio Gabo, todos los meses envían unas cajas con libros a la biblioteca de una escuela rural agropecuaria de un pequeño pueblo de Sinaloa (México). Y a cambio, ellos les mandan cajas con lichis y camarones.¶

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La Redacción de este blog recomienda el documental de Netflix: Gabo – La magia de lo real. El gigante de streaming ha anunciado la producción de Cien años de soledad como serie.

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Pachinko

La novela Pachinko es la segunda novela de Min Jin Lee, escritora coreano-norteamericana que relata la saga de una familia que comienza en una remota isla de Corea—donde lavaban la ropa con agua de mar—y que emigra a Japón cuando ese país invade su tierra. Van a una Osaka superpoblada de coreanos que huyen de la invasión y sobreviven en guetos de chabolas, subpagados en los más indeseables trabajos, a un país donde siempre fueron vistos como raza inferior y se les llama con el humillante nombre de zainichi. Pasadas cinco generaciones, todavía los nietos de coreanos en Japón eran considerados extranjeros, hasta el punto que algunos personajes de esta historia se hacen pasar por japoneses, se cambian el nombre y no vuelven a ver jamás a su familia coreana. Es reflejo de la supremacía y el desprecio de las razas dominantes hacia las dominadas, aunque se parezcan mucho.

Nadie está limpio. Vivir te ensucia.

Es una kilométrica, triste, repetitiva y, por ratos, tediosa historia de cuatro generaciones de coreanos que sobreviven en el Japón del siglo XX. Muestra la dura vida de esos migrantes a través de un relato íntimo de una familia y sus costumbres, comidas, creencias y valores, y de cómo logran sobrevivir y superarse a pesar de todas las desgracias que vivieron.

Era fácil recordar una época en la que no había dinero para comprar té, y una época en la que no había té para comprar.

Lo mejor logrado son los personajes, especialmente las mujeres; fuertes pero a la vez dulces y solidarias. Enfrentadas al machismo reinante, son mujeres sufridas, maltratadas y sumisas que aguantan para sobrevivir, pero que no le tienen miedo al trabajo ni a enfrentarse a la vida. Un ejemplo de sobrevivencia del débil contra el fuerte.

…El destino de la mujer es sufrir. Debemos sufrir.

…sé que ahora debe parecer terrible, pero un niño es un regalo de Dios… Èl (su padre) le había enseñado que los niños eran una delicia, que sus hijos eran su delicia.

…Desde el momento que (su hijo) nació había estado llena de dolor y dudas porque sabía que nunca sería suficientemente buena. Aunque había fracasado, ser madre era eterno; era una parte de su vida que no terminaría con su muerte.

El texto, de un narrador omnisciente, explota lo que más gusta a los lectores, el erotismo sin ser ofensivo, el juego de azar, las drogas y la tragedia aunque sin mucho drama. Cansa el exceso de diálogos cortos y de personajes con nombres extraños. Las repeticiones nos hacen pensar que la escritora no revisó suficientemente el texto o que peca de novata.

Esta novela costumbrista dividida en tres libros (Tierra natal, 1910 a 1933; Madre patria, 1939 a 1962; Pachinko, 1962 a 1989) ilustra la historia de ese Lejano Oriente que para las Hormigas es poco conocida. Informa sobre costumbres y soluciones de vida que son nuevas para los occidentales, como la preparación de ese alimento de olor y sabor desagradable—pero al parecer muy beneficioso para la salud—tan apreciado por ellos, el kimchi, una especie de encurtido que las mujeres preparaban en la casa y luego vendían en las calles y que se convirtió, en los momentos más difíciles, en el único sustento de la familia. También nos enseña cómo un—para nosotras—extraño juego de azar, parecido a las máquinas tragamonedas occidentales, despreciado por los japoneses que no permiten juegos con dinero por ley, y que en general estaba en manos de mafiosos y especuladores, le dio a esa familia un honrado modo de subsistencia. El Pachinko les permitió sobrevivir, mejorar sus condiciones de vida, la posibilidad a los decendientes de estudiar y, más tarde, emigrar a América y contar esta historia. El mercado de pachinko de Japón, actualmente, genera más ingresos por juegos de azar que el de Las Vegas, Macao y Singapur juntos.

Como nos pasa con todo lo que leemos, no faltaron los pasajes donde la comparación con lo que en Venezuela está pasando saltara a la vista:

…últimamente todas las noticias eran tristes. Notaba una abrumadora sensación de desolación en la gente. El país llevaba más de dos décadas bajo el gobierno colonial y nadie veía un final a aquella situación. Parecía que todos se habían rendido.

Y donde los sufrimientos de nuestra propia gente traslucieran:

…como sucedía siempre que un país era golpeado por sus rivales o la naturaleza, los débiles (los ancianos, las viudas y los huérfanos) estaban más desesperados que nunca. Por cada casa que podía alimentar a uno más, había multitudes dispuestas a trabajar un día entero por un cuenco de granos de cebada.

El Hormiguero calificó la novela con 6 puntos y quedamos en leer a Amor Towles, con su novela Un caballero en Moscú, para el mes próximo, otro de esta larga cuarentena del año 2020. NS

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Philip Roth devuelve sus libros

Tomado de El País de España por recomendación de Silvia Castillo

El escritor Philip Roth, delante de una de sus hamburgueserías favoritas en Newark, en diciembre de 1968.THE LIFE IMAGES COLLECTION VIA GETTY IMAGES BOB PETERSON

 

La biblioteca de Newark, donde el escritor echó los dientes como lector, recibió a su muerte un legado de 7.000 volúmenes y dos millones de dólares. Pese a la pandemia, un equipo trabaja en catalogar ese tesoro

PABLO GUIMÓN

Newark – 06 AGO 2020 – 18:30 GMT-4

 

Del fondo de una caja de cartón emerge el álbum de graduación de Philip Roth, atesorado desde 1946, tras su paso por la escuela de Chancellor Avenue, en Newark, Nueva Jersey. Lema: “No pises al desvalido”. Canción: It Might As Well Be Spring, de la comedia musical State Fair, que había logrado el Oscar a la mejor canción original en 1945. Aunque sus compañeras de clase le dejaban mensajes románticos y besos de carmín en las hojas, su interés entonces parecía residir principalmente en el béisbol, su deporte preferido. Escritor favorito: el autor de novelas juveniles de béisbol John Tunis. Héroe: el periodista radiofónico Norman Corwin. Philip Roth quería ser periodista. “Tengo toda la confianza en ti”, le escribió, con ese clásico cariño cargado de exigencia, su padre.

La caja es una de las que están distribuidas por las humildes estanterías metálicas de una recóndita sala, a la que se accede por un laberinto de pasillos llenos de libros, en la planta baja de la biblioteca pública de Newark. El álbum es un cuaderno pequeño, con páginas del tamaño de postales y tapas duras de color azul, metido en un estuche de cartón ya roto. En las primeras hojas, el alumno, a punto de graduarse, rellena un cuestionario con esas pinceladas personales. Las siguientes páginas están llenas de dedicatorias, de sus padres, de sus compañeros.

Una reliquia simpática, que permite saber qué pasaba por la cabeza de un niño de 13 años que se convertiría en uno de los grandes novelistas estadounidenses. Descubrir, por ejemplo, cómo esas novelas juveniles de Tunis contribuyeron al imaginario del autor, hasta el punto de que, en Pastoral americana, su álter ego Nathan Zuckerman recurre a uno de los personajes de Tunis para describir al Sueco, su ídolo de juventud, a través del que Roth muestra el lado oscuro del sueño americano.

La biblioteca pública de Newark (Nueva Jersey).

El pequeño álbum abre una puerta por la que asomarse al mundo del escritor adulto. Comprender un poco más cómo se entrelazan en su obra la realidad y la ficción. Hay pasajes más indelebles en la impúdica El lamento de Portnoy, pero en aquella novela de 1969, que lanzó a Roth al estrellato, Alexander Portnoy cuenta cómo rellenó el cuestionario personal de su álbum de graduación en la escuela primaria. El lema que eligió es el mismo que el que escribiera el propio Roth en el suyo. Pero Portnoy quiere ser abogado, no periodista. Y sus héroes son Thomas Paine y Abraham Lincoln, no Norman Corwin. Tanto se ha debatido sobre qué es ficticio y qué autobiográfico en El lamento de Portnoy que, en Zuckerman desencadenado (1981), el autor se burla de esas especulaciones. A Nathan Zuckerman le asaltan en aquel libro lectores incapaces de creer que las escenas de sexo de Carnovsky, la álter novela de El lamento de Portnoy, fueran solo un producto de su imaginación.

Un poco de realidad, pues, y un poco de ficción. En este viejo álbum escolar hay algunas respuestas. Como en muchos de los libros guardados en estas cajas. Aquí, esperando ubicación más noble, están las lecturas del escritor. Sus gustos, sus subrayados, sus anotaciones, sus pensamientos. En la misma biblioteca en la que Neil Klugman, protagonista de Goodbye, Columbus (1959), pasa el verano trabajando mientras sueña despierto con la rica y atractiva Brenda Patimkin.

Rosemary Steinbaum, miembro del consejo de la biblioteca.PASCAL PERICH

Las cajas revelan que, de la literatura hispana, Roth leyó a Cervantes, Lorca, García Márquez, Vargas Llosa, Borges, Paz y Fuentes, pero también a los más jóvenes Juan Gabriel Vásquez y Junot Diaz. Y una nota en las páginas de un ensayo del profesor Sean Wilentz sugiere que leer sobre la historia de la democracia estadounidense le daba un hambre también muy estadounidense: “Hamburguesa con queso simple. Patatas fritas. Batido de caramelo”, escribe Roth.

“Hay libros que leía por placer y libros relacionados con los temas que escribía. Es como espiar su proceso creativo. En cuanto a sus gustos, destacan los clásicos, la literatura rusa y francesa. Dostoievski, los libros de Colette, todos estaban profusamente anotados y subrayados. Era muy sistemático. A veces, tras la portada, había números de página y notas adicionales sobre esas páginas. Pero también hay trozos de servilletas, listas de la compra, postales”, explica la bibliotecaria Nadine Sergejeff, que lleva meses metida entre esas cajas y ha catalogado ya los primeros 1.400 de los 7.000 libros regalados por un autor que se refirió a esta biblioteca como su segundo hogar.

La noticia sobre la donación de Roth saltó a los titulares en dos tiempos. Poco antes de su muerte, el 22 de mayo de 2018, la biblioteca pública de Newark anunció que el novelista había decidido legar a la institución su colección personal de libros, repartida entre su apartamento de Nueva York y su casa de campo de Connecticut. Tantos títulos elegidos, leídos y anotados por uno de los escritores más importantes del mundo constituyen un regalo espectacular para una biblioteca pública de una ciudad mediana como Newark. Pero también, para una institución ahogada de financiación pública después de lo que Ingrid Betancourt, directora de colecciones especiales, define como “una década devastadora que siguió a la crisis financiera de 2008”, el regalo supone una buena carga de responsabilidad. Sobre todo cuando el finado incluye la disposición de que la colección deberá estar expuesta y abierta al público, en un lugar específico diseñado a tal efecto, en un plazo de tres años.

Quinta parte del patrimonio

Entonces vino la segunda parte, servida en exclusiva por The Wall Street Journal en octubre de 2019. El novelista, dos veces divorciado y sin hijos, había organizado discretamente legar a la biblioteca al menos dos millones de dólares, de los 10 que conformaban su patrimonio. Con la cantidad se crearía un fondo cuyos réditos anuales se destinarían a la adquisición de libros. Además, dejaba otra cantidad que la institución podría utilizar para otros propósitos, incluida la reforma de la sala de grandes ventanales que él mismo eligió en vida, sobre el atrio del edificio principal de finales del siglo XIX.

Thomas Alrutz, miembro del consejo de la biblioteca pública de Newark.PASCAL PERICH

Esa sala ahora está siendo transformada en la flamante Biblioteca Personal de Philip Roth. La pandemia del coronavirus —de la que Nueva Jersey fue en los primeros meses uno de los epicentros en EE UU— ha interrumpido la actividad presencial en la biblioteca, pero ha permitido avanzar en “una parte del trabajo que era más fácil de hacer con la biblioteca cerrada al público”, explica Betancourt. De modo que el plan es abrir las puertas de la colección de Roth en mayo del año que viene.

A Thomas Alrutz, consejero y exdirector de la biblioteca, le gusta verlo como “la devolución de un préstamo de libros tras su muerte”. “Philip creció en una familia sin un solo libro”, explica Alrutz. “Y desde muy niño se metió en la biblioteca, primero en la sede de su barrio en Weequahic. Devoraba libros y todos eran de la biblioteca. Cuando se hizo mayor empezó a venir a la sede principal, y a explorar más autores. Después, ya siendo un novelista, hablaba a menudo por teléfono con nuestro experto en historia de Newark y de Nueva Jersey, para resolver dudas mientras escribía sus libros. Esta biblioteca es el sitio donde creció y aprendió. Por eso es bonito que sus libros vuelvan”.

Ese regreso se empezó a fraguar hace 12 años, cuando la biblioteca pública de Newark realizó una exposición titulada Philip Roth: una vida en fotos. Rosemary Steinbaum, del consejo de la biblioteca, fue la encargada de revisar con Roth su vida en fotografías. “Pasé dos días en su apartamento de Nueva York”, recuerda. “Nos sentábamos en el salón y empezaba a sacar fotos. Era muy organizado. Hablaba de las fotos y yo tomaba notas frenéticamente. Con ellas redacté unos textos para la exposición, y se los di para que los reescribiera en su propia voz”.

Steinbaum había conocido a Roth años antes, en un autobús. A una amiga se le ocurrió hacer tours sobre el Newark de Philip Roth, y contactó con Steinbaum porque era experta en el autor. “Yo escogía pasajes de sus novelas que se correspondían a las paradas del autobús”, explica. “Un día, a Philip se le ocurrió apuntarse a un tour, se metió en el autobús y se sentó en el banco de atrás. Los viajeros no se lo creían. Era la reunión del 50º aniversario de un grupo del instituto de Weequahic”. Sí, como la reunión a la que acude Zuckerman en Pastoral americana.

Cuando hace ocho años los abogados de Roth llamaron a la biblioteca para preguntar si aceptarían el legado del escritor, Steinbaum comprendió el “trabajo colosal” que tenían por delante. “Pero era una oportunidad increíble para la biblioteca, y también para Newark”, señala.

“Queremos que sea un imán para académicos interesados en la obra de Roth, pero también para lectores y curiosos”, explica Betancourt. “Habrá dos espacios. Una zona abierta con exposiciones y otra parte privada para estudios. No queremos que sea solo un archivo, sino un foro de debate sobre Roth, sobre la literatura americana en sentido amplio, y también sobre Newark”.

La biblioteca. El instituto de Weequahic. Su casa familiar en el 81 de la avenida Summit, que recreó, mezclando de nuevo autobiografía y ficción, en La conjura contra América (2004) —convertida ahora en una miniserie de HBO—. El autor exprimió la vida cotidiana de esos barrios humildes de Newark. “La comunidad judía se fue del barrio tras las revueltas de 1967, que Roth recoge en Pastoral americana”, explica Alrutz. “Ha cambiado mucho, pero él mantuvo siempre cierto vínculo, además de una nostalgia por ese vecindario inmigrante donde creció. De alguna manera, como demuestran sus libros, nunca se fue del todo”.

Nieto de inmigrantes que huyeron de los pogromos de Europa del Este, Roth situó el grueso de su ficción en esas calles de Nueva Jersey en las que no volvió a vivir desde que en su segundo año de universidad fue transferido a Pensilvania. Y, al contrario que Faulkner, no camufló ese escenario infantil tras un ficticio condado como Yoknapatawpha. “La pasión por la especificidad, por la materialidad hipnótica del mundo en el que uno vive está en el corazón de la tarea que cada novelista americano se ha impuesto desde Herman Melville y su ballena y Mark Twain y su río: descubrir la más impresionante y evocadora representación verbal de cada una de las cosas americanas”, dijo Roth en la celebración de su 80º cumpleaños, en Newark, en 2013.

Las personas. Los lugares a los que pertenecen. Hay más respuestas en estas cajas que guardan sus libros. Trópico de Cáncer, de Henry Miller, edición de 1961. Página 11, subrayado en negro: “Es el triunfo del individuo sobre el arte”. Página 254, marcado en rojo y repetido con bolígrafo sobre una nota: “Pertenezco a la tierra”.¶

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“Los años sin juicio”, nueva obra de Federico Vegas

Nota tomada de El Universal

 

En mayo de 2010, el empresario venezolano Herman Sifontes Tovar fue arrestado por el servicio de inteligencia del gobierno de ese país en una arremetida del entonces presidente Hugo Chávez Frías contra las casas de bolsa. Él y sus socios del grupo Econoinvest estuvieron presos en un sótano durante casi tres años en los que no hubo veredicto ni sentencia. Aquel suceso terminó, de la mano del escritor Federico Vegas, convertido en una novela, Los años sin juicio, que ahora publica en España Kalathos ediciones.

Los días sin juicio es la historia, escrita en primera persona, casi a modo de diario íntimo, de un hombre inocente encerrado en una cárcel. El protagonista cuenta sus días previos a la detención, su estancia tras las rejas y su posterior salida. Narcotraficantes, secuestradores, prostitutas, policías corruptos y una larga serie de personajes desfilan por las páginas, narradas con la elegancia y la ironía que caracterizan la prosa de Vegas.

“Cuando Herman volvió a un hogar donde ya no estaban su esposa y sus hijos, lo animé a que contara sus vivencias en la cárcel. Solo quería ayudarlo a superar una etapa muy dura y resulta que terminé enganchado en sus líneas”, cuenta Vegas, que fue a visitar a Sifontes cuando estaba en prisión. “Terminé creando un híbrido, una versión de Herman ajustada a mis sentimientos, a lo que yo hubiera sentido de estar en su lugar”.

Los años sin juicio, que ya está disponible en las principales librerías de España y en plataformas digitales como Publica.la y Amazon, es el resultado de extensas conversaciones e intercambios de correos entre Vegas y Sifontes. “Esta es la historia de un hombre normal en medio de un tiempo sin juicio, sin cordura, sin lógica, sin leyes”, explica el autor. “La fuente comenzó y terminó siendo Herman. Él fue a lo largo de todo el proceso persona y personaje. Alguien podría creer que se trata de una novela por encargo, y sí que lo es: el escritor se la encargó a su protagonista, quien fue generoso y desinteresado”.

Federico Vegas

 

El autor Caracas, 1950. Escritor y arquitecto. Ha publicado los libros de relatos El borrador, Amores y castigos, Los traumatólogos de Kosovo, La carpa y otros cuentos, Los peores de la clase y La nostalgia esférica. Ha publicado las novelas Prima lejana; Falke; Historia de una segunda vez; Miedo, pudor y deleite; Sumario; Los incurables y El buen esposo. Sus artículos periodísticos y ensayos están recogidos en La ciudad sin lengua y La ciudad y el deseo. Su novela Falke, de 2005, fue saludada como un gran hito de la narrativa contemporánea en Venezuela.

“Vuelve Federico Vegas con una obra sorprendente, que como las anteriores construye a partir de una rigurosa documentación, pero en estos años sin juicio –título con más de un sentido– sumerge al lector en los mundos oscuros de las cárceles venezolanas”.
(Ana Teresa Torres, escritora venezolana).

“El magnifico escritor que es Federico Vegas resulta aquí pleno y palpable. Se le reconoce en el firme tic-tac de su recorrido. La corriente subterránea que impulsa hacia la página siguiente, se mantiene de principio a fin”.
(Nelson Rivera, director de Papel literario).

 

La editorial Tras quince títulos publicados en Venezuela, Kalathos ediciones traslada su sede a Madrid. En 2017 presenta Cantos de fortaleza, Antología de poetas venezolanas, su primer libro en España. Su catálogo reúne autores clásicos de la literatura venezolana—Ida Gramcko o Juan Liscano—junto a otras voces consagradas de la narrativa actual—Federico Vegas, Leonardo Padrón o Pedro Plaza Salvati—en sus tres colecciones editoriales: Poesía, Narrativa y Crónica y política. Dirigida por Artemis Nader y David Malavé.

“El sello no sólo cuenta con un sólido catálogo poético de autores venezolanos y latinoamericanos, sino también con una colección de narrativa y otra dedicada a la crónica y el ensayo político”.

(Karina Sainz Borgo)

“Ahora contamos en España con un nuevo emprendimiento editorial, que se propone introducir y darnos a conocer el último de los acentos al cual estamos acostumbrando los oídos. Libros en nuestra lengua común con el musical acento de Venezuela”.

(Antonio Muñoz Molina)

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Una foto en La Biela

Dos comensales habitués

 

Tomado de El bar de Zenda 27 May 2019

 

ARTURO PÉREZ-REVERTE

 

Cuando pasas buena parte de tu vida entre viaje y viaje, acabas desarrollando costumbres y manías que ya no puedes quitarte de encima. Una de las mías es que detesto desayunar o comer en los hoteles donde me alojo, sean éstos de la clase que sean; así que, cuando dispongo de tiempo, busco un café o un restaurante cercanos donde resolver el asunto. En Buenos Aires me las estuve arreglando durante varias décadas con el café La Biela, para el desayuno, y con el restaurante Múnich para comidas y cenas. El problema es que hace un par de años cerraron el restaurante, y próxima a mi hotel habitual ya sólo queda La Biela, que es una cafetería clásica, con veteranos y eficientes camareros al estilo del café Gijón de Madrid. Hasta ella paseo cada mañana, cuando estoy en esa ciudad, para sentarme junto a una ventana, pedir un par de medias lunas con un vaso de leche, hojear los periódicos y ver pasar a los perros más o menos felices que, atraillados en grupo, sacan sus cuidadores a pasear por La Recoleta.

La Biela está próxima a la casa donde vivía Adolfo Bioy Casares, y era frecuentada por éste y por su amigo Jorge Luis Borges. Para homenajearlos, una de las mesas está ocupada por sus efigies de cartón piedra a tamaño natural, sentados como si estuvieran de tertulia. Entre ellos hay una silla libre, que ocupan los visitantes para fotografiarse con los dos maestros. Eso tiene un éxito razonable, y son muchos quienes lo hacen cada día; aunque ignoro—y por algunos comentarios deduzco que no—si todos los que posan saben con quiénes se hacen la foto. De cualquier modo, cuando hace buen tiempo el mayor éxito fotográfico está fuera del café, en la puerta. Durante muchos años, las figuras de dos legendarios corredores automovilísticos argentinos, Juan Gálvez y Oscar Alfredo Gálvez El Aguilucho, han venido siendo un reclamo para turistas y buscadores de recuerdos; pero el añadido reciente del futbolista Messi, con la camiseta argentina y un pie sobre un balón, ha disparado las visitas. Raro es mirar por la ventana, hacia el jugador, y no ver a alguien posando o esperando turno para hacerlo. Como dice Daniel, uno de los viejos camareros, cada cual baila el tango a su manera.

El caso es que esta mañana me encuentro en La Biela, en una de mis mesas habituales, leyendo en La Nación el artículo de mi compadre Jorge Fernández Díaz, cuando veo entrar a un hombre cuarentón, bien vestido y de buen aspecto—La Recoleta es un barrio elegante—, llevando de la mano a su hija de cuatro o cinco años. Es domingo, y el aspecto de padre separado con derecho a fin de semana canta La Traviata. Y ocurre que los dos vienen a sentarse en una mesa contigua a la mía, hablando de sus cosas, y al rato la niña mira curiosa a Borges y Bioy Casares, se acerca, los toca con cautela y vuelve corriendo con su papi. Eso parece darle a éste una idea. «Voy a hacerte una foto con los muñecos», dice. Así que la pequeña se sienta complacida entre las dos figuras y el padre le toma un par de fotos con el teléfono móvil. «Son dos escritores muy importantes—le dice éste—. Dos señores que ya se murieron, los pobres, pero escribían cuentos muy bonitos, como los que te leemos mamá y yo. Cuando seas mayor podrás leerlos tú también, y te gustarán mucho».

Al rato, acabado el desayuno, padre e hija se levantan. En ese momento, la niña mira por mi ventana y ve al otro lado la figura balompédica de Messi, con su camiseta blanquiazul de la selección nacional argentina. «Hazme una foto con ese otro muñeco», dice. Y entonces, muy despacio, impasible el rostro, el padre se inclina un poco para mirar por la ventana, acaricia el pelo de su hija y pronuncia unas palabras gloriosas que, a mi juicio y tal vez al de algunos de ustedes, lo hacen merecedor a los títulos de Argentino Ejemplar, Ciudadano Ilustre y Padre del Año: «No, ésa no hace falta. Nosotros ya tenemos la foto que queremos».

Y eso es todo, o casi. Porque al salir, mientras el padre se detiene junto a mi ventana para atender el teléfono teniendo de la mano a la hija, ésta mira de reojo a Messi y después se vuelve hacia mí, inquisitiva, como si esperase una confirmación a lo afirmado antes por su papi. Entonces pongo mi mano abierta en la ventana, apoyada en el cristal; y la niña, tras dudar un momento, alza muy seria su manita y la acerca hasta tocar la mía por el otro lado. Entonces siento detrás las miradas satisfechas de Borges y Bioy Casares, y tengo la certeza de que en efecto, como dijo su padre, esa niña los leerá cuando sea mayor. Y le gustarán mucho. ¶

Publicado el 26 de mayo de 2019 en XL Semanal.

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