El blog de Las Hormigas

¡Saludos formíceos! Desde Caracas, Venezuela, le damos la más cordial de las bienvenidas a este registro de actividades del club de lectura Las Hormigas.

Baja sensible

Hoy trae El País de España una nota que anuncia: El miembro de Les Luthiers [Marcos Mundstock], de 77 años, fallece en Buenos Aires por una enfermedad que se le diagnosticó el año pasado. Más adelante informa:

La enfermedad había retirado a Mundstock de la actividad artística en marzo de 2019. Empezó entonces a sufrir problemas de movilidad, pero aún pudo componer un texto brillante que grabó en vídeo para participar así en el Congreso Internacional de la Lengua celebrado en Córdoba (Argentina) en abril de 2019.

Éste es el video referido, publicado en YouTube por el diario español el 30 de marzo de 2019:

 

Paz a sus restos de supremo humorista.¶

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Una mujer tan grande como el mundo

Texto apropiado a la conciencia ecológica que la pandemia de estos tiempos parece haber despertado

 

Jacquetta Hawkes (1910-1966)

Había una vez una mujer tan grande como el mundo. Ella era de disposición plácida y, sabiéndolo todo, no tenía preocupaciones. De hecho, difícilmente hubiera estado consciente de su hermosa y completa existencia si no hubiera sido por el Viento visitante que venía a perturbar su paz. Él soplaba alrededor de donde ella yacía, inflando las nubes que lamían sus miembros ociosos; a veces la acariciaba tiernamente, su tacto como el de una mano firme que palpa el hueso y aviva la carne; a veces soplaría tormentoso hasta que su cabello ondeara entre las nubes. Cuando venía, siempre llenaba su mente con imágenes de sí misma suspendidas ante ella, que parecían, por su mera presencia, exigir una explicación. Ella deseaba que él no viniera a perturbarla, y cuando él no venía sentía hambre de él.

Algunas veces, aunque raramente, él llegaría como un remolino, reunido en un solo cetro, como espiral de vidrio derretido. Entonces le ordenaba que se abriera a él, y ella obedecía hasta sentir el desmayo de su conciencia, sorbida por las cuevas y lechos marinos de su ser. Después de estas visitaciones se sentía pesada, llena de bostezos y letargo, hasta que al fin abría sus muslos de nuevo, permitiendo la salida a una nueva creación.

Quizás su progenie serían peces: muchos suaves y simples con sus escamas plateadas, otros intrincados con aletas, barbas y espinas; algunos delicados y bellos, sus aletas y colas como velos de sedas irisadas; algunos feroces y feos, con rostros que eran máscaras de furia. O pudiera ser una fantástica creación de reptiles: monstruos acorazados gigantescos, armados como para resistir la colisión de planetas; o pájaros: cada especie alojando sus propios cantos y gritos, sus propias destrezas para formar nidos, y un plumaje específico hasta la más débil línea de la pluma más pequeña. Todas estas criaturas exhibían en cada una de sus partes la interminable inventiva, la inconmensurablemente poderosa imaginación del Viento generador; ellas se hacían una con la Mujer, acrecentando su belleza como un fino vestido.

El Viento estuvo lejos por muy largo tiempo; a la Mujer le pareció que habían transcurrido eones desde que él hubiera, meramente, soplado los canales del dorso de su mano o agitado una sola hebra de su frente. Toda su vieja resistencia a recibirlo había sido olvidada; sin él estaba inquieta y sin vida; su hermoso cuerpo empezó a tener frío, a congelarse y destruir su propia vida. Entonces, por fin el Viento estuvo sobre ella; ella escuchó sus rápidos suspiros y vio como las nubes se separaban ante él como un rebaño de ovejas primaverales. Él embistió entre ellas y, sin caricia ni ternura, la penetró; todas las partículas de su vaga conciencia de sí misma explotaron juntas, reforzadas, y barrieron su interior como si hubiese sido inundada por una ola cargada de guijarros.

Michael ThompsonWoman at rest (2009)

La Mujer quedó sumida en su pesadez usual; de hecho, era aun más profunda que nunca, mientras las imágenes que se le presentaban eran más que nunca claras y perturbadoras; se sintió más cerca de entender el secreto de su vida. Cuando llegó el tiempo de abrir sus muslos esperaba dar a luz una creación de maravilla insuperable, a criaturas más fuertes que los reptiles o más exquisitas que los pájaros. Cuando de su vientre surgieron feos espantapájaros, que caminaban torpemente en dos patas y de una vez empezaron a cubrirse con hojas y pieles, estuvo primero alicaída. Esta progenie, seguramente, no podría hacer nada para glorificarla y enriquecerla. Pero entonces la Mujer se extrañó al sentir en ella una nueva cosa desconcertante, una persistente conciencia de sí misma, como si el Viento estuviera siempre con ella, como si él estuviera presente entre los tejidos de su cuerpo. Y ella empezó a sentirse agradada por lo que había ocurrido, pensando, con una claridad que antes hubiera estado fuera de su alcance: “Ahora soy tan lista e imaginativa como el Viento; puedo ser su igual y ya no meramente su obediente querida, el instrumento que él toca”.

Pronto, sin embargo, descubrió que la nueva relación no le acomodaba; ella y el Viento se la pasaban peleando, golpeando con terribles tormentas, inundaciones, terremotos y volcanes en su furia. Algunas de sus peleas eran provocadas por los intentos de la Mujer de argüir lógicamente, algunas por sus celos al comprobar que el Viento gustaba de vagar entre las nuevas criaturas, susurrándoles y, sospechaba ella, acariciándoles. Pronto, además, las nuevas criaturas se hicieron molestas. Atormentaban su piel y su carne de cien modos con su incansable actividad; dañaban su física belleza mientras destruían la milenaria quietud de su mente.

Sus querellas con el Viento y sus celos, su incomodidad corporal y mental, fueron a la larga demasiado para la natural negligencia y el buen carácter de la Mujer. Su cuerpo era ella misma y suya la plenitud de ser. Se dio vueltas una y otra vez, se rascaba y se abofeteaba, y mientras se rascaba, se abofeteaba y se volteaba comenzó a reír. Rió mas fuerte, abandonándose totalmente a la risa.

Cuando se calmó, y las nubes pudieron de nuevo doblarse suavemente en su derredor, estuvo una vez más en paz, sabiéndolo todo y no importándole nada. Ni siquiera se preocupaba porque el Viento nunca regresara, incapaz de perdonarle su disoluta destrucción. Así como toda mujer puede disfrutar la visión de su carne limpia y tibia, estirada en el baño mientras rizos de vapor ascienden livianos del pálido paisaje de su cuerpo, ahora se examinó a sí misma apreciándose, sin hacer caso, mientras descansaba entre las nubes.

 

Jacquetta Hawkes *

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* Nombrada al nacer como Jessie Jacquetta Hopkins, la hija del ganador del Premio Nobel Sir Frederick Gowland Hopkins contrajo primeras nupcias con Christopher Hawkes, un ayudante por ese entonces en el Museo Británico, en 1933. Desde 1953 estuvo casada con J.B. Priestley. (…) Fue una prolífica escritora de temas bastante alejados de su campo principal [la arqueología]. Principalmente estaba interesada por descubrir las vidas de los pueblos reveladas por las excavaciones científicas. (…) Hawkes fue la primera mujer en estudiar arqueología y antropología en el Newnham College, Cambridge, de donde se graduó con los mejores honores de su clase. (Wikipedia en Español).

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La bella sonriente del bosque

Hoy se cumplen nueve años de la muerte de mi hermana María Elena, la cuarta de los Alcalá-Corothie. A los cuatro días de su despedida, publiqué en mi blog la narración que transcribo abajo. (Allí mismo, he puesto hoy la crónica de Nacha Sucre sobre el día de su cremación).

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Érase una vez un reino que aún no había conocido la alegría, hasta que nació la esperada Princesa. Cuando eso ocurrió, los morosos capullos florecieron en los jardines y en el bosque de la comarca los animales festejaron cada cual a su modo. El cielo se puso cintas blancas sobre el vestido azul, y los habitantes lo imitaron con paños y pañuelos. Por unos días, no se escuchó un quejido en todo el reino.

Sandro Botticelli – La Primavera

Siendo niña todavía, el Rey ordenó que la retrataran y Sandro pintó la Primavera. Por unos días, el retrato colgó del salón principal del palacio, hasta que un día desapareció de la vista de todos. Algún cronista real asegura que lo escondió el mismo pintor, avergonzado por la belleza del rostro real de la Princesa a la que no pudo ser fiel.

Siendo niña todavía, adquirió la costumbre de adentrarse en el bosque escoltada por un séquito de pájaros, hasta el arroyo que sonaba como su propia voz. Allí estableció la corte de sus amigos, a quienes enseñaba juegos y canciones. Pronto se supo en el reino y en las comarcas vecinas que la Princesa curaba los dolores del alma con su risa, y entonces sus amigos aumentaron. Algún cronista real conjeturó que no menos de diez mil la visitaban y reían con ella, olvidados de sus penas. Algún otro que cien mil eran.

Siendo joven, aprendió a tañer instrumentos y a callar para que fueran los amigos los cantores. La creciente gente ferviente iba a ver a la Princesa sonriente. Algún trovador de paso aprendió unas pocas de sus canciones y entonces su fama llegó a lejanas tierras; algún juglar errante aprendió varios de sus juegos y la alegría alcanzó reinos distantes.

Por unos años, casi nueve y cincuenta, la Princesa cantó, rió y jugó en el bosque, hasta que un día un tumulto nuevo se escuchó en el cielo. Los celosos dioses discutían y clamaban que su risa, sus canciones y sus juegos debían acontecer en las alturas, diciendo egoístamente que la tierra inferior no la merecía. Las deidades no sabían reír como ella lo hacía. Por unos días, los truenos retumbaron allá arriba.

Entonces enviaron, dice un cronista real, un mensajero hasta sus sueños para invitarla al firmamento. La Princesa, dormida, consideró el encargo. Durmiendo pensó que convenían dioses que fueran sonrientes, pues así serían benevolentes con los habitantes de su reino. Pidió sólo una cosa a cambio: que su retrato, con la sonrisa primaveral pintada en el rostro, fuera encontrado y devuelto y expuesto en el bosque, y así sus amigos no estuvieran solos.

Edward Burne-Jones: El cenador de rosas (La bella durmiente)

Ahora la bella Princesa sonriente juega y canta en el cielo; en el bosque, su bella efigie durmiente sonríe, y una canción alegre resuena en la memoria de su gente. La letra prohíbe el llanto.

 Adagio de la Rosa – La Bella Durmiente, ballet de P. I. Tchaikovsky

 

luis enrique ALCALÁ

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Doña Rosita, su Isla flotante, y otros cuentos de cuarentena

Una porción de la pièce de résistance

 

Historias de familia – Cuarentena Covid 19 – Abril 2020

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Al parecer, este largo cautiverio me va a brindar la oportunidad de continuar la catarsis, de seguir contando las historias de la familia para complacer a mis hijos, y escribir sobre mi abuela Rosita—“Tití” para los más cercanos, Lela para los nietos—, quien fue parte clave de mi crianza y de quién soy.

Como todas las historias bien contadas, hay que empezar por el principio. Ella no me hubiera perdonado que, al escribir sobre su vida, no comenzara por la historia que le oí literalmente desde que abrí el ojo a este mundo: que ella era bisnieta del general Rafael Urdaneta. Lo repetía cada vez que podía; nos fuimos aprendiendo el cuento de memoria, y a medida que iba creciendo me fui dando cuenta de por qué valía la pena compartirlo.

Su abuela, Rosa Margarita Urdaneta Vargas, era la primera de las tres hijas hembras de los once hijos que procreó el prócer. Vivían en Maracaibo, siendo éste Intendente del Zulia en los tiempos posteriores a la muerte del Libertador, y luego nombrado Encargado de la Presidencia. Según sus mismas palabras—cada vez que contaba el cuento—un día llegó a Maracaibo una fragata holandesa muy importante, y era menester hacerle un recibimiento propio del protocolo diplomático al comandante de la nave, capitán Sebastián Arriens, y a toda la tripulación. Doña Dolores, esposa de Urdaneta, se encontraba enferma, y el general le pidió a su hija Rosa Margarita que lo acompañara en el papel de anfitriona ya que, además, hablaba perfectamente el francés y tocaba el piano. (Ésta era su parte preferida del cuento).

El apuesto capitán, después de pasar la velada atendido por la culta criolla, queda prendado de ella, al punto de prometerle que en un año estaría de regreso para contraer matrimonio. (Y una pensaba que eso sólo pasaba en la películas). El padre de Rosa entró en crisis, y le repitió hasta el cansancio a su hija lo que era lógico repetir: “Todos los marinos tienen amores en cada puerto”, y más éste, que al parecer era “buenmozo y de buenas maneras”. La hija de la historia recibió dos cartas en el transcurso del año, y después del tiempo prometido, el capitán Arriens tocó un día la puerta de la casa del prócer solicitando a la señorita Rosa Margarita. Pequeño detalle: la susodicha se encontraba en cuarentena por paperas. (Historia patria, y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia).

El prometido esperó pacientemente, y aprovechó el tiempo para convencer al general Urdaneta de que sus intenciones eran las correctas. Final del cuento: al tiempo se casaron, y Don Sebastián no regresó por muchísimos años a Holanda porque formó una bella familia (cuyo número de hijos no pude encontrar); se enamoró del país, del clima, de la comida y del trópico.

El capitán Arriens comenzó a mandar a Holanda, todos los años, a sus hijos mayores adolescentes para que conocieran sus raíces, y posteriormente a los nietos. A Susana, la mamá de mi abuela, nunca le tocó ir porque era de los nietos menores. (Ésta era la única parte triste del cuento para ella, a quien le fascinaba viajar).

Conclusión: el cuento valía la pena. No me importaba oírselo hasta el cansancio, y me encantaba ver cómo se le iluminaba la cara de emoción en cada oportunidad.

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El nombre de Sebastián, por cosas del destino, continuó formando parte de la historia de su vida, pues así se llamó su papá: Sebastián Delfino, este apellido con raíces Italianas. Tristemente, falleció joven, y dejó a su esposa con cinco hijos pequeños.

Como fue muy común en esa época, en la que muchas mujeres levantaron solas a sus hijos, Doña Susana de Delfino lo hizo a pulso gracias a sus habilidades manuales de bordado y cocina. Doña Rosita contaba que le encargaban la lencería completa de muchos de los trousseaus de las novias de Caracas para bordarles sus iniciales, así como las canastillas de los recién nacidos. A la par, preparaba platos por encargo.

Quizás por estas fuertes vivencias, Tití no parecía de su época. Si hubiera vivido en el siglo XXI, hubiera sido una exitosa empresaria con toda seguridad; siempre tenía una idea nueva en mente. Le encantaba pintar, y siempre lamentó que no podía asistir a clases de pintura a unas cuadras de distancia, porque estaba mal visto que las “niñas bien” salieran de sus casas para recibir algún tipo de instrucción.

Conoció a Don Elías, y éste se enganchó el día uno al probar la Isla flotante que le preparó. Cocinaba como los dioses. No hablaba francés ni inglés, pero dominaba los términos de la gastronomía francesa y los utilizaba a la perfección. Le encantaba recibir y reunir a la familia completa, no sólo a la suya, sino a hermanos, sobrinos y amigos que durante muchos años recibían el Año Nuevo en la quinta Mercedes.Tenía revistas norteamericanas, y decoraba los platos tal como salían en ellas.

Los olores siempre recrean los recuerdos, y así me pasaba a mí. El olor a los azahares de la India del jardín, y el aroma que emanaba siempre de la cocina, me transportaban. Siempre he oído que el calor de hogar se conoce por el aroma de un buen caldo de pollo; además del aroma de los caldos, mi abuela siempre olía a torta. En su época, no existían artefactos eléctricos, y de chiquita siempre la veía sentada en el patio posterior de la casa, con un gran bowl en las piernas—que además era de barro pesadísimo—y, como dicen en España, “dale que te pego” con el cucharón y algún batido de la torta de cumpleaños de turno. Hacía, además de los bouquets que salían de su “Floristería Mercedes”. las tortas de boda de la novias de la familia, que en esa época no eran a base de ponqué sino de receta de torta negra de Navidad. Todavía no entiendo cómo lo hacía; además las cubría con fondant hecho por ella.

Además de las tortas y de su Isla flotante, tenía platos que la identificaban: el manicote, el pastel de polvorosa, el timbal de Julia, el pargo en mayonesa, los gratenes de espárragos, sus hallacas, su ensalada de gallina (sin zanahoria), y el consabido sancocho cruzado que reunía todos los domingos a la familia, más de dieciséis personas.

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No había nada en el mundo que le gustara más que un “viajecito”, cosa que a Don Elías le provocaba horror y pavor. Le apasionaba un crucero, ir a Curazao—me imagino porque le recordaba sus raíces holandesas— pero sobre todo porque “se compraba de maravilla”. Su hermano Gustavo Delfino siempre consintió a sus tres hermanas: Tití, Teté y Tía Susanita, ésta última un personaje delicioso que bien merecería una crónica solo para ella. Invitaba todos los años a las Tres Marías” a su casa en Miami, frente a los canales, la cual conocí a los once años, pues Doña Rosita siempre cargaba conmigo “para que conociera el mundo”. (¡Y para que la ayudara a cargar las compras!)

Me casé en agosto, y ya en noviembre avisó que iba a visitarnos a nuestro primer destino en EEUU, que fue Vermont. Su pasión por los viajes superaba con creces el pánico que le tenía a los aviones. Si había un viajecito, “¿quién dijo miedo?” En esa época, para llegar a Vermont había que hacer dos conexiones, y el último vuelo—Albany-Burlington—era en un commuter de hélices. Yo me enfermé de la angustia, pensando qué íbamos a hacer si pasaba algún contratiempo; ella tenía más de ochenta años y no hablaba el idioma. A la hora exacta, aterrizó el avión y la vimos bajar de primera, con su elegante porte, engalanada con un sombrero ladeado de fieltro negro con una pluma. Rafael le preguntó al saludarla: “Tití, y ¿cómo hiciste en los aeropuertos?” “Fácil! Aprendí a decir wheel chair”.

Tenía alma de contrabandista”. Apenas abría la maleta, empezaban a salir mangos, aguacates… Cuando yo estaba embarazada, tamarindos, por si me daban “antojos”, y de regreso llevaba escondida de nosotros cualquier cantidad de maticas que podían gustarle a mi abuelo, envueltas en bolsitas de plástico. Nunca la cazaron.

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Una de las cosas que siempre admiré en ella era el culto que tenía por sus amigas. Las “Tres Marías”, tenían su grupo de casi hermanas de toda la vida, como Inés Pacheco, Cecilia Vegas y Doloritas Bello. Jugaban cartas todas las semanas, cada vez en una casa diferente, y soñaban con el menú de merienda que servirían. Así como se adoraban, era divertidísimo oírlas cuando se “guindaban” y, al final, cuando alguna fue perdiendo el oído, como mi tía Teté: “¡Teresa, mijita, no te estás enterando de nada!”

El espíritu libre de Tití, su forma tan positiva de ver la vida, y su inmensa fe, estoy segura, la sacaron adelante para superar lo peor que puede pasarle a una persona en la vida, que es perder un hijo. Y no cualquier hijo: mi tío Elías era con quien ella se identificaba plenamente, además de que vivía con mi tía Marifina y mis cuatro primos en la Qta. Mercedes. Todos pensamos que moriría del dolor, pero nos dio una lección de fortaleza y de temple. Fue un bastión para todos en la casa, especialmente para mi tía, que con treinta y seis años quedaba a cargo de cuatro hijos. Jamás intervino ni la contradijo en su educación; simplemente, “estaba ahí” para ellos. Dejó a mi tía llevar las riendas de la casa—menos de la cocina, bendito sea Dios—y convivieron juntas hasta el final. (Algo que bien pudiera ir al libro de Guinness).

Un amigo muy querido me hizo una vez un comentario: “No dejes de contar la historia de tu abuela, porque me imagino que lidiar con Don Elías no debe de haber sido fácil”. Nada más cierto: mientras él vivía en su mundo de ensoñación, rodeado de sus cattleyas, sus calas, de exposiciones y pleitos con nietos y jardineros, ahí estaba Doña Rosita como un ancla para ponernos a todos los pies sobre la tierra. Ellos, dos experiencias de vida que nos marcaron a los que tuvimos el privilegio de absorber sus enseñanzas y su amor por la familia. ¿Quién me iba a decir que esta coyuntura de encierro me impulsaría a contar la historia de otra cuarentena, que estuvo relacionada con las raíces de nuestra familia?

Rosa Elena Larrazábal de Maldonado

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Lectura pendiente

Ayer falleció el escritor chileno Luis Sepúlveda, víctima del Covid 19 en Oviedo, donde residía. El País de España trajo una nota de Santiago Gamboa acerca de su obra y significación, que invitan la lectura de Las Hormigas. Es la que aquí se reproduce a continuación.

El escritor Luis Sepúlveda. Foto de LUIS SEVILLANO ARRIBAS

 

 

El adiós a Luis Sepúlveda: no solo había que leerlo, también querías invitarlo a cenar a tu casa

 

 

Santiago Gamboa, amigo, colega y admirador del escritor chileno, que ha fallecido a los 70 años, lo despide con anécdotas que compartieron

SANTIAGO GAMBOA *

16 ABR 2020

 

El 4 de octubre de 1996, hacia las siete de la noche, el Teatro Politeama de Trieste presentaba un evento extraordinario: era el regreso de Vittorio Gassman a los escenarios después de una larga depresión que lo mantuvo varios años alejado de las tablas. Esa noche, en el estreno, declamaría una docena de célebres monólogos, entre ellos uno pedido especialmente por Gassman y escrito para la ocasión por Luis Sepúlveda (que ha muerto con coronavirus este jueves, 16 de abril, a los 70 años). Por este motivo, el Politeama lo invitó a él y a cinco de sus amigos a asistir al estreno: los escritores José Manuel Fajardo y Antonio Sarabia, el fotógrafo Daniel Mordzinski, su editor italiano Luigi Brioschi, y yo, en quinto lugar, el más joven e inexperto.

En esos años, tras la publicación de El viejo que leía novelas de amor, Patagonia Express, Nombre de torero y Mundo del fin del mundo, Luis era el escritor latinoamericano más leído en Europa, con millones de ejemplares en todos los idiomas, un éxito literario al que vino a sumarse su carismática personalidad y su buen humor, que hacía que todos sus lectores quisieran no solo leerlo, sino tenerlo de invitado para la cena en su casa, cada día de su vida.

La de Trieste fue una velada apoteósica, pues, además, el teatro y Gassman eligieron que el estreno fuera el 4 de octubre para coincidir con el cumpleaños de Luis. Por eso, antes de comenzar, un reflector lo iluminó y el público, en pie, le ofreció una estruendosa ovación y le cantó Cumpleaños feliz.

Su impresionante éxito había empezado en Francia un poco antes, cuando la editora Anne Marie Métailie, dueña de Editions Métailie, decidió apostar por la novela de un chileno desconocido que había ganado en España el premio Tigre Juan, en 1988, pero que se editó en 1990 sin mayor fortuna.

La edición francesa de El viejo que leía novelas de amor salió en 1992 y desde el primer día comenzó a leerse de forma frenética. Muy pronto se convirtió en el número uno en ventas. Al año siguiente, 1993, el editor italiano Luigi Brioschi lo publicó en la editorial Guanda y el éxito se repitió, mientras que la nueva edición española de Tusquets subía en las listas de best sellers. Luego vino Portugal, con el editor Manuel Valente, de Asa, y a partir de ahí el resto de Europa. Eran los años noventa y un autor proveniente de América Latina volvía a dominar la escena con millones de lectores.

En esos años Luis vivió una especie de boom latinoamericano para él solo, que de inmediato quiso compartir con colegas y amigos. Mis primeras traducciones y el acceso directo a sus editores fue una prueba de su oceánica generosidad. Y como yo, muchos otros novelistas vieron aparecer sus libros prologados por él o en colecciones dirigidas por él, caso de José Manuel Fajardo, Hernán Rivera Letelier o Antonio Sarabia, entre muchos. También se unió a escritores con un recorrido en paralelo, como Paco Ignacio Taibo II o Leonardo Padura, poniendo siempre su enorme celebridad al servicio de todos.

Esa noche, en Trieste, después de la obra, celebrando su cumpleaños en una cena en la que todos estábamos de smoking excepto Gassman (y, por eso mismo, todos parecíamos los guardaespaldas de Gassman), Luis, o Lucho, como le dijimos siempre, hizo un brindis en el que dictaminó que para él la amistad y la literatura eran una misma cosa, las dos caras de una misma luna, y lo siguió diciendo más tarde en el hotel, cuando, al ver que los bares de Trieste no tenían costumbres latinoamericanas y cerraban temprano debimos reunirnos en uno de los cuartos y traer cada uno el contenido completo de su respectivo minibar (idea del embajador de Chile, que vino al evento), y una vez más brindar por tantos libros leídos y queridos.

Fue una hermosa época, intensa y jovial, en la que Lucho animó y promovió una literatura comprometida con las sociedades y el medio ambiente, con la alegría y la justicia, con los derechos humanos, el amor y la libertad. Una época de vino y rosas en la que fueron piezas clave sus editores de Francia, Italia, Portugal y España, y sobre todo su esposa, Carmen Yáñez, poeta y luchadora por los derechos humanos.

Su libro Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, que también tuvo millones de lectores y una adaptación al cine, contiene un episodio que, para mí, retrata de cuerpo entero al Lucho que conocí y que tanto quise: cuando la pequeña gaviota del puerto de Hamburgo descubre que no es un gato, cree que los demás gatos del puerto la menosprecian por no ser como ellos. Pero el gato jefe, el que más adelante le enseñará a volar, le dice: “Es exactamente al revés: es por ser diferente a nosotros que te queremos tanto”.

Lucho fue un escritor tocado por la fortuna, y un amigo excepcional, diferente a todos. Y es tal vez por eso que lo queríamos tanto. Hasta la eternidad.¶

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* Santiago Gamboa (Colombia, Bogotá, 1965) es escritor, filólogo y periodista.

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Don Elías, sus orquídeas y la Cuaresma

Cattleya mossiae

Historias de familia Cuarentena Covid 19 – abril 2020

 

En estos días de cuarentena y aislamiento, de días interminables e iguales, de largas horas para reflexionar y pensar, gracias a Dios he tenido tiempo suficiente para hacer catarsis y escribir.

Esta Semana Santa del 2020, que jamás olvidaremos, me trajo recuerdos de mi infancia en la Qta. Mercedes de La Florida, la casa de mis abuelos maternos: Elías y Rosita González Lugo, donde crecí, que se comunicaba con la nuestra por los jardines. No me canso de repetir que fue un privilegio crecer en un terreno que ocupaba casi una manzana y cuyo jardín era prácticamente en su totalidad un invernadero de orquídeas, que nos hacía sentir que vivíamos en un oasis dentro de la ciudad.

Mi abuelo, “Don Elías”, contaba que compró la casa al mismo tiempo que su cuñado, Gustavo Delfino, hermano de mi abuela. El terreno de éste ocupaba la manzana en la que años más tarde se construiría el CADA de La Florida. En la siguiente cuadra, cercana al entonces amable y decente barrio de Chapellín, estaba la Qta. Mercedes.

Según las historias, en la época en que ambas familias se mudaron, la calle era de tierra, pasaban las carretas de los vendedores de frutas y hortalizas, el lechero dejaba las botellas en las puertas de las casas, y se dormía con los portales abiertos de par en par. En esa manzana de terreno, Don Elías dio rienda suelta a su carácter soñador, a su pasión por la naturaleza, a su fascinación por las orquídeas y las plantas en general.

La entrada era una gran redoma, en el centro de la cual sembró él mismo matas de petreas, cuyas flores son como guirnaldas de color morado. Cuando fueron creciendo, las ramas se fueron enredando unas con otras, y en su época de floración se convertían en un grandioso y espectacular bouquet, que llamaba la atención desde la calle.

Poco a poco, con mucha imaginación y esfuerzo, fue diseñando unas estructuras de hierro—con sistema de riego incluido—que se construyeron en los alrededores de la casa, en donde le fue dando vida a una de las colecciones de orquídeas más grandes de Caracas: aproximadamente, tres mil quinientas matas de orquídeas que colgaban y estaban sembradas en unas bases que él mismo construía con la ayuda de su jardinero, Eduardo Haché, en su taller al final del jardín.

Debajo de las orquídeas, construyó jardineras rectangulares que estaban sembradas de calas o anthuriuns de todos los colores. En total, más de 5.000 plantas, incluyendo todas las demás variedades.

Elias González Sanavia, mi primo hermano muy querido, quien heredó casi que “directo a las venas” la pasión de nuestro abuelo y se ha dedicado en cuerpo y alma a ser uno de los mejores paisajistas del país, me ayudó con detalles que yo no conocía. Por ejemplo ¿como pudo formar una colección de ese tamaño? “Don Elías se iba con un chofer, o a veces en grupos, al interior de Venezuela por semanas… traía las plantas que recogía, a través de lo que se llama recolección in situ, al natural. En esa época no había otros tipos de reproducción de las orquídeas, con base en base semillas o hibridización. En cada viaje, Don Elías regresaba cargado de cientos de plantas que fue cultivando poco a poco“.

En las caminerías que rodeaban a todas las calas, mis hermanos y yo, y luego mis primos, patinábamos, montábamos bicicleta, jugábamos al escondite (por supuesto, cuando el riego estaba prendido), hacíamos picnics, y pasábamos la vida en un mundo aparte. Siempre, por supuesto, con mi abuelo detrás, diciendo que nos iba a “planchar” si le rompíamos una sola mata. Nuestros inventos, y cada vez que el jardinero se aparecía paloteado, eran los únicos momentos en que veíamos bravo a Don Elías.

En todo el centro del jardín, había un gran tanque de agua que servía para surtir al sistema de riego, y era a la vez, piscina de entretenimiento. A un lado de dicho tanque, había uno más pequeño y protegido, que tenía el agua de un color blanquecino y era el fertilizante para todo el jardín. Ahí la prohibición de acercarse era total y absoluta, como el distanciamiento social de estos días.

La Qta. Mercedes era una gran casona colonial, con techos altísimos y un amplio corredor a la entrada, en donde había todo el año una exhibición de orquídeas permanente, de las “especies de injerto” que estuvieran en flor. A cada lado de la entrada habían dos inmensos y espectaculares “azahares de la India”; cuando éstos estaban en flor, el olor a azahar inundaba toda la manzana. De los troncos de estos dos árboles colgaban “bandas Espíritu Santo”, cuya flor blanca y en forma de paloma le da su nombre. En el pasillo central que atravesaba la casa había grandes estantes para los más de cuarenta trofeos de todos los tamaños, ganados cada año en las exposiciones. Por ser la nieta mayor—y única hembra por muchos años—, era yo quien recibía muchos de estos trofeos. Me engalanaban y me llevaban para darse ese gusto.

La Semana Santa era un acontecimiento especial para todos ya que, durante años, todas las orquídeas que adornaban al Nazareno de San Pablo eran donadas por Don Elías. En Lunes Santo comenzaba el movimiento, cortando todas las cattleyas mossiaes en existencia. Mis hermanos y yo colaborábamos con mi mamá y mi abuela, metiendo cada flor en tubitos de plástico con agua que eran clavados en enormes piezas de anime y, de ahí, a la camioneta, que a veces hacía hasta cinco viajes cargada de flores. En algunos de estos viajes al centro de Caracas, él acompañaba al chofer para supervisar que sus orquídeas llegaran en perfecto estado. Su biblioteca estaba llena de reconocimientos y recortes de periódico con fotos del Nazareno que lo llenaban de orgullo.

Las orquídeas de Don Elías no solo salían en Cuaresma, pues además de ser coleccionista era exportador. Le llegaban pedidos de Miami y de Nueva York. Las flores eran colocadas en largas cajas de plástico transparente y las buscaban para enviarlas por vía aérea a su destino.

En esa época—tendría yo alrededor de seis o siete años—los barcos de crucero atracaban en La Guaira, y uno de los puntos de visita de los turistas que subían a Caracas era la Qta. Mercedes para ver las flores. A la entrada del jardín había un letrero elegantísimo que mi abuelo mandó a hacer en hierro “a prueba de nietos” que decía:

WELCOME               PRIVATE GARDENS

PLEASE, DO NOT TOUCH FLOWERS OR PLANTS

ELIAS GONZALEZ LUGO

En éstas visitas, la “guía local “ era este cuerpo pues, como decía mi abuela, “ella estudia en el Merici, y habla muy bien inglés, tan bella ella”. Nuevamente, me engalanaban para recibir a los turistas y yo les respondía todas las preguntas que hacían sobre las flores. Además de las preguntas, les oía los comentarios: “She really speaks English”. Al final del recorrido, me regalaban chocolates y hasta billetes de un dólar, que se convirtieron en las primeras ganancias que sin querer hice en mi vida.

La cantidad de flores que producía el jardín le abrió la imaginación a mi mamá y mi abuela para crear su gran emprendimiento: La “Floristería Mercedes”. Supongo que el mismo herrero que satisfacía todos los inventos de Don Elías construyó, para tal fin, una estructura en uno de los laterales de la casa. No tenía paredes sino un enrejado para que fuera fresco y circulara el aire. Fue bautizada como “La Pajarera”, porque parecía una gran jaula de pájaros. Comenzaron haciendo todos los bouquets de las novias de la familia. Luego empezaron a hacer preciosos ramos de orquídeas y de calas, adornaban bodas y hasta hacían coronas. En más de una ocasión, era tal la cantidad de trabajo que hasta yo aprendí a ayudar, rellenando de follaje verde cada ramo, para que luego las dos artistas les dieran el toque final con las flores.

Uno de los datos que mi primo Elías me suministró fue la visita a Caracas de un corresponsal de la  American Orchid Society en 1946, para realizar un reportaje sobre las variedades de orquídeas en el país. Visitó a varios de los coleccionistas, como Sonia Urbano, los esposos Planchart y Don Elías entre otros. El reportaje fue acompañado por una foto en donde salía Mercedes, mi mamá, de 16 años, adornada con una cattleya mossiae en el pelo.

Don Elias era muy querido no sólo por toda la familia, sino por toda la cercana vecindad incluyendo a Chapellin, por su generosidad y don de gentes. Jamás olvidaré que en el terremoto de 1969 le abrió las puertas a muchas familias que vivían en el edificio vecino, que sintieron pánico de subir a sus apartamentos, y él les permitió que pasaran la noche en el invernadero. Durante mucho tiempo, en diciembre llegaban personas con regalos de agradecimiento .

Una amiga muy querida, Carolina Baquero, me refirió que en una oportunidad estaban ella y su esposo, mi primo Francisco Baquero, en una tienda en Sabana Grande, y hablando con el dueño salió mi abuelo en la conversación. Les comentó: “Don Elías González debiera llamar a su esposa Orquidiosita en lugar de Rosita, por el amor que le tiene a las orquídeas”.

Todas estas historias y recuerdos, en estos días en los que el tiempo libre puede fácilmente ir acompañado de nostalgia, especialmente por la familia que tenemos afuera, me permitió sacar provecho y echar mano de las maravillosas vivencias que me han acompañado toda la vida, que espero que mis nietos, toda la familia y gente querida puedan disfrutar.

 

Rosa Elena Larrazábal de Maldonado

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El legado de José Carlos

Bodas de oro de José Carlos y Margarita

 

La casa estaba preparada para la ocasión, los cincuenta años de casados de Margarita y José Carlos.

Maritza, la hija mayor, estaba terminando de poner la mesa mientras pensaba en las diferencias de carácter entre sus padres—sonrió—y en cuán felices habían sido. Miró al reloj al terminar y calculó que en una hora y media llegarían sus dos hermanos, Santiago y Corina, con sus hijos. “Perfecto—se dijo—, así puedo descansar un rato antes de vestirme”.

En el carro, Santiago pensaba en sus padres con nostalgia, Su cara, siempre alegre, se le entristeció. Acababa de terminar una relación de cinco años con su novia de juventud, Isabel, y no lograba comprender cómo sus padres llegaran tan felices a los cincuenta, cosa que cada vez le parecía más imposible. Ser el menor y el único varón siempre le había sido ventajoso, pues sus hermanas lo consentían, su mamá lo alcahueteaba y, claro, su papá trataba de imponerle un carácter fuerte, lo que era casi imposible, pues era muy cariñoso además de ser de naturaleza alegre.

Martín y Sandra se bajaron corriendo, riendo y en competencia por quién llegaría de primero a tocar el timbre; él, alto para sus ocho años, casi del tamaño de su hermana de diez.

“Alfredo: no olvides sacar la torta”, le dijo Corina a su esposo mientras caminaba hacia la casa y daba gracias a Dios por sus padres y porque tuvieran tan buena salud.

Laura, Elisa y Anabella eran las hijas de Maritza. Eran muy parecidas entre sí, con sus diecisiete, quince y doce años, delgadas y con el pelo largo y castaño. Esperaban a su tío Santi, quien siempre las hacía reír contando cuentos, imitando voces o personas y además las trataba como unas princesitas.

El comedor resplandecía bajo la gran lámpara de cristal, la mesa haciendo gala de la celebración, vestida con un bello mantel y con la familia ya sentada para festejar. Voces y alegría llenaban el ambiente.

Margarita no parecía de setenta y cinco años, siempre arreglada, moderna y activa. Su cara irradiaba felicidad; era una noche especial y había hecho un esfuerzo al preparar las especialidades que les gustaban a todos. Siempre había sido un orgullo que las recetas familiares se habían transmitido de los hijos a los nietos, con nombres como el pastel de pollo de mamá, el quesillo de la abuelita, la torta de chocolate de los cumpleaños y, claro, las sorpresas que tanto le gustaban a Margarita; todos opinaban con risas acerca de si se adoptaban o no en el recetario familiar o quedarían en el recuerdo.

José Carlos, sentado a la cabecera, sonreía feliz viendo a su familia y no podía dejar de preguntarse cómo había pasado tan rápido el tiempo.

Le vino el vivo recuerdo de una linda muchachita; cincuenta y tres años atrás el día que la conoció. Lo primero que le llamo la atención fue su carácter alegre, con esa bella sonrisa que hacía que se le iluminaran sus ojos negros y grandes.

Anabella lo sacó de sus pensamientos: “Lito: mi mamá dice que en la época en que se conocieron estaban empezando los Beatles”. Jose Carlos se ríe: “Sí, Bela, cantamos y bailamos sus canciones en tiempo real, como dicen ustedes. Los años sesenta fueron una maravilla en todo sentido. Además de conocer a tu Lita—e hizo un cariñoso guiño a Margarita—, la música era maravillosa: los Rolling Stones, los Bee Gees, Engelbert Humperdinck, y muchos más, con canciones inolvidables, bellas y llenas de mensaje”.

Margarita, emocionada, no pudo dejar de intervenir: “Fuimos muy afortunados. Los años sesenta fueron una década maravillosa para vivir, con cambios para nosotros los jóvenes, en la música, la manera de bailar… Llegó para quedarse la minifalda, el movimiento hippie con su consigna de amor y paz… Eran tiempos para soñar un mundo mejor: sin guerras, sin discriminación”. “Sí—continuó Jose Carlos—: adelantos importantes, como el primer trasplante de corazón; pudimos ver juntos por televisión la llegada de la nave Apolo a la Luna en casa de tus bisabuelos, en un televisor en blanco y negro. Fue emocionante, con una tensión que aumentaba mientras se abría la compuerta y se bajaba Armtrong a poner la primera huella. Aunque hubo cosas no tan buenas, como la guerra de Vietnam; la revolución sexual trajo una proliferación en las drogas y esas dos cosas mezcladas fueron muy negativas. No sólo la marihuana, hubo otras; por ejemplo, el LSD que se fabricaba en laboratorios y causaba alucinaciones. Entonces vino el look psicodélico en la moda—rió—: colores intensos, bacterias… Muy, muy sesentoso”.

Maritza, riendo: “¿Recuerdan la  foto que tiene tu abuela con Lito en pantalones campana y camisa de bacterias y pelo melena?” Todos rieron, pues la habían visto mil veces.

Margarita reclamó: “¿Lo malo? Lo malo fue la Twiggy, flaca como un esqueleto, que puso a todas las mujeres a querer verse en su espejo. Eso también llegó para quedarse—la queja convertida en risa—; éramos tan felices mas rellenitas…”

Y así, entre cuentos y risas, fue pasando la cena. El momento culminante: la llegada de la torta con un enorme número cincuenta y la sorpresa de Elisa, la más romántica de las nietas: les había compuesto un poema—“Cuando pasan los años”—que terminaba así: “Con tanto amor/ Que yo quisiera poder/ Cuando pasen los años/ Como mis abuelos ser”.

Besos, abrazos y el canto de Esta noche tan preciosa, que precedió al de Cumpleaños feliz. Fueron momentos tan entrañables que José Carlos se puso nostálgico, pues quería atesorar esos momentos para siempre y sabía por experiencia que esto no se puede, que la vida tiene cuestas y pendientes y hay que estar preparados para asimilar los cambios.

Entonces solicitó la atención de todos y, con voz cálida y fuerte aun a sus setenta y nueve años, agradeció a todos por esa noche tan feliz. Luego continuó: “Siempre se ha dicho que el hombre, para estar completo, debiera plantar un árbol, tener un hijo, y escribir un libro. Bueno, para mí, lo importante es que el árbol sea fuerte, capaz de resistir al viento, con raíces profundas para que esté bien anclado, que sea frondoso, que dé sombra, que floree para que nos recree la vista, como el naranjillo que planté en el jardín. Que mis hijos sean hombres y mujeres de fe, que es tan importante para la vida y el alma, que sean honestos, que respeten a los demás sin importar raza, religión o sexo. Que sepan perdonar. Que sean generosos con ustedes mismos y los demás, que no pierdan la curiosidad de los niños, que deseen siempre saber un poco más… No se conformen con Google; lean, instrúyanse, pregunten… Que sepan que la vida tiene altos y bajos y hay que estar preparados para levantarse. Que sean unidos, que estén pendientes los unos de los otros; la familia es unión. Y, bueno: el libro, ese libro, lo escribirán ustedes al recordarme, pues mi vida es, como dicen, un libro abierto, aun con equivocaciones. Así he sido: directo, trabajador, y familiar. Ésa es mi vida”.

Aplausos, lágrimas, abrazos…  “Gracias, papá; gracias mamá, por todo lo que nos han dado”, dijo Corina levantando una copa y brindando.

Se rompió el mágico momento cuando Martín dijo: “Mi árbol va a ser grande como el de los Robinson, con toda la familia viviendo en él. Mamá ¿cuál podrá ser para plantarlo?”

Corina, muy seria, contestó: “Buscaremos el más fuerte y frondoso y será genial”.

Sandra, que no podía quedarse atrás, declaró:  “Pues mi libro va a ser fantástico: con dibujos, fotos, recortes y muchas historias de todos nosotros”. “Cuidado con lo que pones de mí—dijo Santiago—. Por lo pronto pon que soy el tío preferido”. “Claro, pero en  lo que cuente no puedo mentir”, dijo Lito.

La verdad es que todos estaban contentos y emocionados, pero llegó la hora de la despedida. Se fueron marchando, dejando felices a José Carlos y Margarita, que daban gracias a Dios por tantas bendiciones en esos cincuenta años de estar juntos.

“He sido muy egoísta con Isabel—pensó Santiago—. Quiero tener la fórmula del amor perfecto y no me he dado cuenta de que no es lo perfecto; es que tratemos de ser mejores y dar, dar amor. Espero me perdone”.

Maritza y sus hijas se quedaron un rato más para terminar de recoger. Laura, muy pensativa, comentó: “Mamá, cuando nos vinimos a vivir a casa de Lito y Lita, estaba disgustada por salir de nuestra casa y poque mi papá tuvo que irse a trabajar a Valencia por la mala situación. Perdona todas las veces que con mi mal humor protestaba por todo; ahora sé que lo importante no es dejar mi cuarto o sentir que no puedo comprar eso que me gusta, tener que lavar mi ropa o tender mi cama. Lo importante es el sacrificio de papá por el bien de sus hijas, saber lo fuerte y valiente que eres; este año ha sido muy difícil para ustedes. Después de que Lito habló yo lloraba, pues comprendí que en la familia lo más importante es la unión y el cariño y eso, mami, lo tenemos por mil”.

Maritza la abrazó.

Carolina Ponte de Baquero

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De un doble visitante

Un fragmento de la partitura de José Ángel Lamas

 

El Club de Lectura Las Hormigas ha recibido dos veces—octubre 2010, junio 2012—al escritor venezolano margariteño Francisco Suniaga. De su pluma se reproduce ahora (con mínimos ajustes) un texto tomado de Prodavinci, con información apropiada para esta temporada de Semana Mayor que se ha hundido en el proceloso mar de la pandemia planetaria actual, como casi toda costumbre de vida en el mundo.

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PERSPECTIVAS

Popule Meus

POR Francisco Suniaga

 

Francisco Suniaga describe la despedida de un mito en un texto publicado en su libro Margarita Infanta

 

Fue después cuando supe que la cuaresma no tenía nada que ver con el clima. Que esos días de vientos áridos que nosotros llenábamos de cometas no era un estío sobrevenido al verano eterno de Margarita. Que esa primavera seca y transparente que perfumaba de amarillo los robles del bulevar y de la plaza Bolívar no era una primavera. Que la cuaresma, el marco de juegos infantiles, no era una estación sino una festividad religiosa lo supe después, cuando ya no era un niño y cuando La Asunción ya no era mi ciudad. Pero todo ese tiempo de dulce ignorancia se quedó en mi memoria como la época mágica que, año tras año, casi por casualidad, comenzaba con los primeros alisios y terminaba en Semana Santa, el viernes, con la procesión del sepulcro.

Al día siguiente, el Sábado de Gloria, se iban los primos y los amigos que habían venido de vacaciones, volvían las clases y La Asunción se difuminaba en su rutina de silencio. Así, el Viernes Santo tuvo siempre un sabor a despedida que se iba haciendo más amargo a medida que transcurrían esas seis horas abrasantes—entre las nueve de la mañana y las tres en punto de la tarde—que se toma la procesión para recorrer las escasas cuadras que separan al antiguo monasterio de San Francisco de la iglesia catedral. Espacio y tiempo suficientes para que la vieja ciudad capital, cual la deidad romana, muestre las dos caras opuestas de su alma bífida. Una grave, católica, castellana, gruesa como las paredes de la iglesia, triste; la cara del funeral interminable. La otra alegre, pagana, la de la irreverencia Caribe; la cara que cubre el sentimiento de culpa que nos vino del otro lado del océano. Ambas, según vaya la sombra de los árboles y de los aleros, serpentean, indisolubles, el bulevar en insólita y contradictoria procesión.

La procesión alcanza su clímax a las 12 del mediodía, en el cruce de la calle Rodulfo, cuando la banda de Nueva Esparta interpreta el Popule Meus, de José Ángel Lamas. Los cargadores de la procesión acoplan entonces el paso al ritmo funerario de la composición sacra y, salvo sus notas tristes, nada más se escucha. Cuando la banda termina la pieza, hay un silencio que se prolonga por unos largos segundos; la feligresía contiene el aliento y solo lo exhala cuando un tambor redoblante marca de nuevo la cadencia del sepulcro. A partir de ese momento, la procesión comienza una irreversible bajada anímica, aunque en términos topográficos vaya haciendo justo lo contrario, al comenzar a subir la pequeña cuesta que lleva a la catedral. Así ocurría antes y así ocurre siempre.

No recuerdo la primera vez que escuché el Popule Meus. En fin de cuentas, mi casa—mi vieja casa de adobe, bahareque y techo de tejas, donde nací y fui niño, que en los años setenta fue demolida y sustituida por una de esas construcciones horribles que no son casa ni nada—estaba casi enfrente de donde la banda se despliega para tocar, por lo que la pieza sacra formaba parte del inseparable conjunto de elementos que conformaban el universo preexistente. Lo que sí recuerdo fue la primera vez que mi padre, mitad sastre, mitad músico, me habló de la pieza sacra. Era una de esas tardes serenas en la sastrería, entre las tres y las cuatro, cuando La Asunción honraba su fama de silenciosa y todavía no habían llegado los amigos habituales para comentar los sucesos escuchados en las noticias de la radio—en esa época en La Asunción ocurrían muy pocas cosas dignas de comentarios—y tomar café.

Me contó que José Ángel Lamas era de La Guaira, que era muy pobre y que, como casi todos los músicos, guardaba con el aguardiente una estrecha camaradería. Que la partitura, que alguna vez había empeñado a cambio de una botella, estuvo extraviada por años y que sólo se dio a conocer después de su muerte. Me dijo también que el Popule Meus era una de las muy contadas piezas sacras que tocaban los viernes santos, en Roma, en la mismísima catedral de San Pedro, donde la escuchaba gente de todo el mundo, y que como venezolano debía siempre sentirme orgulloso de eso. La historia no habría podido olvidarla ni que hubiera querido, entre otras cosas, porque papá se encargaba de refrescármela, contándomela exacta, inveterada, todos los viernes santos antes del mediodía, cuando ya la banda de La Asunción se preparaba para tocarlo. Costumbre que mantuvo hasta cuando ya yo era un adulto, casado y con hijos.

Ahora no recuerdo la ocasión; debió ser a finales de los años noventa, cuando mi padre vivía y Aldemaro Romero también, en uno de esos programas de la televisión en la mañana, entrevistaban al prestigioso músico. Haciendo gala de su cultura de viajero, con el desparpajo que lo caracterizaba y  el peso de su autoridad de músico reconocido allende los mares, Aldemaro soltó un juicio lapidario: “Los venezolanos tenemos suficientes méritos dentro de la música como para estar haciéndonos eco de mitos sin sustentación alguna. Por ejemplo, eso de que el Popule Meus forme parte del repertorio sacro del Viernes Santo en Roma es absolutamente falso. Eso es algo que muchos venezolanos han creído por largo tiempo, pero no es verdad. Nunca fue así. Así que no debería repetirse”. Mi primer pensamiento fue desear que mi padre no estuviese también viendo la televisión en ese momento; después, Caracas se encargó de que me olvidara de ese programa.

Hasta el Viernes Santo siguiente en La Asunción, justo antes del mediodía, cuando la historia de José Ángel Lamas y el Popule Meus en la catedral de San Pedro en Roma, por primera vez en muchos años, falló a la cita en el bulevar. La sustituyó un amargo comentario sobre la forma brutal, según mi padre, en que su admirado Aldemaro Romero había hecho aquel comentario. Traté de confortarlo resaltando las ventajas de conocer la verdad, que si ésa era, había que aceptarla. Pero mi padre se mostró irreductible. “¿Cuál verdad? A Aldemaro no le costaba nada callar. En Venezuela donde hay tantas cosas para sentirse mal no tiene sentido destruir una historia que nos hace sentir bien. Por eso, aunque Aldemaro diga lo contrario, para mí la verdad sigue siendo que al Popule Meus lo tocan en Roma el Viernes Santo; en fin de cuentas, ha sido demasiada la gente que se murió creyéndolo y ya nada podrá cambiar eso”. Todavía hoy, cuando me preparo por enésima vez en mi vida para ir al bulevar de La Asunción a la procesión del sepulcro, puedo evocar el Popule Meus de aquel día; fue el más triste de todos, la despedida de un mito.

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Este texto fue publicado originalmente en Prodavinci el 6 de abril de 2012

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He aquí una especial interpretación del Popule meus, ejecutado por la Orquesta Sinfónica Venezuela y el Orfeón Lamas bajo la dirección de Vicente Emilio Sojo. (Solista: Carmen Liendo, soprano).

 

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Hay que leer a Bolaño

A Valeria Miles debemos el agradecimiento de América Latina

 

La siguiente entrevista de Dulce María Ramos a Valeria Miles está tomada de su publicación en El Universal el 9 de septiembre de 2018

 

Valeria Miles: “El mundo necesita más lectores”

 

Aunque nació y creció en Estados Unidos, por su trabajo como periodista literaria Valeria Miles decidió un día mudarse a España, salir de su zona de confort y enamorarse de la literatura latinoamericana y de su idioma. Así que Miles es una gringa en su pasaporte, pero con un alma y una esencia profundamente latina.

La fundadora de la revista Granta en español participará en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, Colombia y formó parte del jurado que otorgó recientemente el Premio de Literatura de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, México, a la poeta uruguaya Ida Vitale.

Su carrera en el mundo del libro es amplia. Trabajó como editora en los sellos Emecé, Alfaguara y actualmente en Galaxia Gutenberg. En 2003 fundó la revista Granta en español, y publicó el libro de entrevistas Mil bosques en una bellota (2012), donde confirma que aunque sea un género algo desestimado en el medio editorial, sigue recibiendo regalías por sus ventas. En definitiva, escuchar a Miles es saber que se conversa con una mujer dedicada cien por ciento a la literatura en sus múltiples facetas.

-En esta época, quizás la palabra ha perdido su importancia y poder.

-El tiempo ha cambiado. El tiempo digital no es el mismo que el tiempo pre-digital. Ahora queremos información más rápida, nos cuesta más concentrarnos y prevalece la imagen por encima de la palabra. La lectura requiere ser activo, requiere del juego de la imaginación y en esta vida moderna tan atareada preferimos algo pasivo como una imagen. Tengo fe en que pronto la palabra volverá a su lugar en el mundo.

 -Ud. tuvo la oportunidad de conversar con grandes escritores. Sin embargo, muchas personas pueden considerar este trabajo como algo superficial. ¿Qué opina al respecto? ¿Cuál considera su mejor entrevista?

-Hacer una entrevista es un trabajo, aunque no lo parezca. Las entrevistas literarias no sobran; más bien faltan entrevistas hechas con detenimiento y tiempo. En mi época hice varias entrevistas que me han marcado; para cualquier persona que quiera escribir o que ame la literatura, pues estar en contacto con una persona profesional en el oficio de la escritura siempre es una alegría, siempre hay cosas que aprender, igual da que sea un escritor que forme parte del género que escribes o no. En mi época era muy difícil documentarse. Me tocaba ir a la biblioteca, buscar libros en librerías de segunda mano o especializadas. Antes se esperaba más de un periodista, hoy eso se ha perdido. Deberíamos recuperar la necesidad de hacer una buena investigación. Para responder a tu pregunta, me gustó mucho conversar con Susan Sontag, una entrevista que salió publicada en La Vanguardia; recuerdo que a ella le sorprendió que una periodista americana estuviera en España haciendo periodismo cultural, sintió más curiosidad ante eso que por mis preguntas. Yo le dije que era muy difícil, pero ser cómoda era ser complaciente con la vida y yo quería ponerme en una situación de incomodidad para crecer. Le cité una frase de su novela El amante del volcán: “Vivir en el extranjero permite tratar la vida como un espectáculo”. Es decir, asumir la vida desde la observación, que es para mí el perfecto punto de vista literario. La otra entrevista fue a Camilo José Cela, me dio muchas satisfacciones y le dio la vuelta a Estados Unidos por su contenido provocador.

-Ud. también es muy conocida por ser una de las expertas en la obra del escritor chileno Roberto Bolaño.

-Primero me gustó su forma de concebir la literatura como una aventura, como un viaje. Después, su proceso de ser chileno escribiendo en México y Barcelona. Su mirada de outsider. Su concepción de la vida literaria como la única manera de poder vivir. Mi trabajo sobre la obra de Bolaño fue accidental; nunca fui su amiga, lo conocí y coincidimos un par de veces. Mi verdadera relación con Bolaño empieza después de su muerte. Su viuda me contactó para leer sus archivos y hacer un primer repaso de todos sus cuadernos, materiales físicos y manuscritos inéditos. Durante este proceso me di cuenta de que Bolaño estuvo veinte años escribiendo sin que nadie le hiciera caso. Organicé el material en función de su cronología creativa, según iba escribiendo su obra y no por el año de publicación. Cuando se cumplieron los diez años de su muerte, y a eso debemos sumarle el aumento de sus lectores, se decidió compartir con el público en una exposición de esos cuadernos para celebrar su vida y su obra.

-Para un lector que aún no se ha acercado a su obra, ¿cuál de sus libros recomendaría?

-Es muy difícil, porque a mí me gustan todos los tonos diferentes que tiene Bolaño, quizás porque conozco su obra tanto que encuentro cualidades que me atraen muchísimo. Pero yo creo que si queremos hablar de una obra que rompió muchos esquemas y también sigue cierta tradición literaria universal es Los detectives salvajes; es estructuralmente perfecta, muy ingeniosa y además tiene una historia que te atrapa. Lo que dice sobre la amistad, sobre la literatura, los juegos intertextuales con otros escritores… es una novela para un lector que no conoce la obra de Bolaño, ahí puede encontrar a este Bolaño magnético, divertido, tierno, pero a su vez bastante contundente. Y luego su obra maestra 2666, es una novela muy larga que requiere tiempo de lectura, pero profunda, que no te deja indiferente. También recomendaría leer Nocturno de Chile y Estrella distante.

 -¿Y si tuviera que definir en pocas palabras a Bolaño, el escritor?

-Como autor, rompió con todas las etiquetas. Siempre fue un outsider, vivió su vida entregada a la literatura y sin dudas fue uno de los mejores escritores.

-De sus múltiples facetas: periodista, editora, escritora, traductora, ¿con cuál se siente más identificada?

-Soy editora por vocación. Aunque en realidad mi vida está dedicada cien por ciento a la literatura. No podría llevar una vida normal fuera de ella. Aunque si tuviera que elegir, sería una que no has mencionado: lectora. El mundo necesita más y buenos lectores. Todo lo que he hecho es producto de ser una lectora empedernida, dedicada. Si debo confesar algo, pues confieso que he sido lectora.

-Y finalmente, ¿cómo es la ventana por donde mira Valeria Miles?

-Mi ventana está abierta y me he tirado. No sólo observo por la ventana, al contrario me meto en ella, en la vida, en lo que está pasando.¶

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A callarse

El logotipo de un blog excepcional

 

Maria Popova es una incansable trabajadora cultural que alimenta todas las semanas el extraordinario blog brainpickings. (Es posible obtener una suscripción gratuita a sus correos, que avisan del material nuevo). Ayer propuso, como actividad propicia al aislamiento pandémico que viene comentando y nutriendo, saborear y pensar la “Oda al silencio” de Pablo Neruda, a la que el poeta pusiera como título A callarse. En esa entrada incluyó un audio de Sylvia Boorstein leyendo los versos traducidos al inglés. Acá están en el castellano original:

Ahora contaremos doce

y nos quedamos todos quietos.

Por una vez sobre la tierra

no hablemos en ningún idioma,

por un segundo detengámonos,

no movamos tanto los brazos.

Sería un minuto fragante,

sin prisa, sin locomotoras,

todos estaríamos juntos

en una inquietud instantánea.

Los pescadores del mar frío

no harían daño a las ballenas

y el trabajador de la sal

miraría sus manos rotas.

Los que preparan guerras verdes,

guerras de gas, guerras de fuego,

victorias sin sobrevivientes,

se pondrían un traje puro

y andarían con sus hermanos

por la sombra, sin hacer nada.

No se confunda lo que quiero

con la inacción definitiva:

la vida es sólo lo que se hace,

no quiero nada con la muerte.

Si no pudimos ser unánimes

moviendo tanto nuestras vidas,

tal vez no hacer nada una vez,

tal vez un gran silencio pueda

interrumpir esta tristeza,

este no entendernos jamás

y amenazarnos con la muerte,

tal vez la tierra nos enseñe

cuando todo parece muerto

y luego todo estaba vivo.

Ahora contaré hasta doce

y tú te callas y me voy.

 

Neruda retomó el tema del silencio en otro poema—Pido silencio—que se publicara en Estravagario. El propio poeta, Premio Nobel de Literatura (1971), lo lee a continuación:

 

Callemos un poco.¶

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