El blog de Las Hormigas

¡Saludos formíceos! Desde Caracas, Venezuela, le damos la más cordial de las bienvenidas a este registro de actividades del club de lectura Las Hormigas.

El invierno del patriarca

El líder del boom

 

El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

Cien años de soledad

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Hoy se cumplen ocho años de la muerte de Gabriel García Márquez (1927-2014), la personificación de lo que dio en llamarse el boom latinoamericano de las letras.

La notoriedad mundial de García Márquez comenzó cuando Cien años de soledad se publicó en junio de 1967 y en una semana vendió 8000 ejemplares. De allí en adelante, el éxito fue asegurado y la novela vendió una nueva edición cada semana, pasando a vender medio millón de copias en tres años. Fue traducido a más de veinticinco idiomas y ganó seis premios internacionales. El éxito había llegado por fin y el escritor tenía 40 años cuando el mundo aprendió su nombre. (…) García Márquez recibió el Premio Nobel de Literatura en 1982, según la laudatoria de la Academia Sueca, «por sus novelas e historias cortas, en las que lo fantástico y lo real son combinados en un tranquilo mundo de imaginación rica, reflejando la vida y los conflictos de un continente». Wikipedia en Español.

El 15 de mayo de 2020, este blog publicó una carta de Rodrigo, su hijo, en la que daba cuenta del enorme desajuste planetario que trajo la pandemia de COVID 19, de la que encontraba resonancia anticipatoria en lo escrito por su padre:

No paso un solo día sin cruzarme con una referencia a tu novela El amor en los tiempos del cólera o a una variante de su título o a la peste del insomnio en Cien años de soledad. Es imposible no especular sobre qué te habría parecido todo esto. Siempre te fascinaron las plagas, reales o literarias, así como las cosas y las personas que retornan.

Seis años antes, habíamos leído y discutido la obra cimera del boom. En la minuta de la reunión, se asentaba:

Es una obra diferente; no sigue las técnicas literarias de aquel momento, no utiliza diálogos, sólo narración, y logra que la ficción se apropie del lector. Aunque es una literatura de placer, induce a discurrir sobre temas como el amor, el poder, la magia, las grandes pasiones, la locura, la muerte y el más allá. Es el texto que pone a la literatura latinoamericana a competir en el mundo, es una obra maestra, un “…libro clásico que todos conocen aunque algunos no lo hayan leído y lo más sorprendente es que cualquiera lo puede leer. Solo necesita inteligencia y atención”. En él, los personajes sufren del mal de los amores apasionados y muchos mueren o son condenados a la soledad por ello. El autor les da tanto realismo que vemos con claridad lo que pasa en la multiplicidad de cuentos que nos narra pero, además, vemos dentro de la cabeza y de los sentimientos de los personajes. Representan éstos, en algunos casos, como en Fernanda Carpio, las diferencias no tan sólo de las clases sociales colombianas sino de la forma misma de ver la vida entre la capital y la costa. La magia, el misticismo y las creencias esotéricas, omnipresentes en toda la novela, tienen a sus representantes en Melquíades, con sus ciencias ocultas, y en Pilar Ternera, profetisa de la familia y amante de dos de sus miembros. Hay personajes inolvidables que todas las Hormigas recordábamos de la primera lectura, como Mauricio Babilonia y sus nubes de mariposas amarillas y Remedios, la Bella, “la mujer más hermosa del mundo”, que subió al cielo en cuerpo y alma llevándose las sábanas de Fernanda. Pero el personaje preferido, el más importante, el cerebro lúcido y sostén económico de la familia, resultó ser Úrsula Iguarán*; ella fue la única razonable en “…esa casa de locos” y en esa familia donde la historia daba vueltas y volvía a repetirse. Vive más de cien años y cohesiona la historia de los Buendía a pesar de su ceguera y decrepitud. Algunos ven la novela como la sumatoria de innumerables cuentos, pero ella tiene la virtud de obtener una historia redonda e inolvidable para el lector.

La literatura occidental del siglo XX fue indeleblemente marcada por dos obras, Ulisesde James Joyce, y Cien años de soledadde Gabriel García Márquez, QEPD. ¶

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* Iguarán era el segundo apellido de la madre del escritor, Luisa Santiaga Márquez Iguarán.

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11-A: La marcha de los solitarios

Perspectivas

 

El inicio de la inmensa manifestación caraqueña

El 11 de abril de 2002 ya es una fecha tan memorable como el terremoto del 27 de julio de 1967. Quienes recuerdan el terremoto de Caracas ofrecen diferentes versiones de dónde estaban y qué hacían; en cambio, los caraqueños que recuerdan el 11 de abril, estaban, casi todos, marchando.

 

Federico Vegas

 

El día de la marcha me preguntaba: “¿Por qué no puedo quedarme en la casa, escribiendo?”. Pero mi trabajo se limita a la ficción, y la ficción es solitaria, y el espíritu de ese jueves clamaba por lo colectivo.

Mi hija se fue con sus tíos. Yo salí más tarde. Quería caminar en silencio, escuchar, sentir a los demás, formar parte de la gente desde mi soledad, embutido en un sombrero que me llegaba a las narices.

Llegué al Cubo Negro y encontré a muchos amigos, viejos y nuevos. Era como un ejercicio de memoria. “¿Cómo se llamará ese tipo? ¿De dónde lo conozco?”. Y nos saludábamos con mucho cariño, contentos de estar juntos, como dos soldados del mismo pueblo que se encuentran en una trinchera. Pero yo me alegraba cada vez menos; me preocupaba conocer tanta gente. Quería estar solo, rodeado por una realidad aún más colectiva, más ajena.

Había también demasiadas mujeres bellas —un síntoma que me confunde—, y eran más vibrantes y decididas que los hombres. Conté cien, quizás mil, de esas mujeres tan jóvenes, lindas y valientes, que uno se siente estático y como transparente.

Cuando se corrió la voz de que íbamos a Miraflores pensé en la locura y sentí el cosquilleo que me sobreviene en las pocas veces que he peleado, y también ese enorme vacío en el que uno penetra decidido a todo y seguro de nada. Pero parecía imposible que los peligros fueran reales: había demasiada alegría. Era una alegría genuina, similar a la fe y demasiado parecida a la confusión de la esperanza.

En la autopista me encontré con mis cuñados. Hablamos poco. Los caminantes o gritaban consignas o pensaban en vainas íntimas, recónditas. No les pregunté a mis cuñados dónde estaba mi hija; seguro estaría muy atrás, con sus tías; eso pensé.

Caracas estaba más bella que nunca, espléndida, acompañada por su geografía y su luz. Al entrar en la avenida Bolívar se cerraron las filas y aminoramos el paso. Alguien dijo: “En verdad todo está normal: jueves a las tres de la tarde y hay, como siempre, tremenda cola”. Bajo los puentes la acústica nos animaba. Los coros se sintonizaban mejor y había una sombra que agradecíamos. Nunca escuché gritos de rabia; hasta las consignas de rechazo se repetían con humor, con gracia, con una humanidad que me recordó a Cabrujas.

Al llegar a la Plaza O’Leary sentí el picor en la garganta y recordé que de niño fui asmático. Me dijeron que ante las bombas lacrimógenas me echara saliva en los ojos, que equivale a escupirse uno mismo. Había gente que venía de regreso y traía malas noticias. Ya se hablaba de muertos. Decidí esperar utilizando ese típico gesto de cobardía que consiste en preguntar exaltado y estático: “¡Qué está pasando!”. Pero entonces vi adelante a dos niñas agitando pequeñas banderas con mangos de plástico. Eran aún más jóvenes y bellas, y quizás más valientes, que las que encontré al principio de la marcha. Ellas avanzaron. Estaban algo pálidas y miraban aprensivas a los techos de los edificios, pero caminaban con el tumbado de las caraqueñas, y tuve que seguirlas. Eran una inesperada opción por la cual morir.

Llegando a las escalinatas del Calvario vi una carita que he visto mil veces, y que, siempre, al verla, aún cuando la llevo al colegio, creo que es una visión, una aparición. Por un segundo se me hace irreal, pero luego sé que es mi hija y le digo simplemente: “Hola pichurra”. Así fue esa tarde. Estaba con sus tías, quienes —como ha empezado a ocurrir en este país— habían adelantado a sus maridos. Venían todas de la línea de fuego y habían visto, varias veces, la muerte arañando el asfalto. Mi hija había estado en cuclillas al lado de una bomba lacrimógena; esperando que alguien la pateara de vuelta antes de volver a tratar de respirar. Conoció la asfixia, la desesperación, el horror.

En ese momento terminó mi aventura. La agarré de la mano y comencé a avanzar contra el río de venezolanos que aún llegaba. Mi hija me decía: “Tranquilo papá, que nadie piense que estamos corriendo”.

Luego pasaría lo que pasó.

Una semana después entiendo que todos en aquella marcha prodigiosa estaban tan solos como yo. Era una marcha de solitarios. Los alpinistas suben a las montañas más altas y peligrosas, y proclaman que las conquistan, pero al final se van y las dejan solas, vacías. Cuentan que trabajan en equipo, pero en la noche cada quien tiene su propia pesadilla.

La reflexión necesaria e inevitable no parece ser política, ni siquiera histórica, sino más bien arqueológica. Cada quien tiene que hurgar en sí mismo buscando fragmentos —en el insondable marasmo de su desilusión—, que le den sentido a su propia jornada y, por lo tanto, a las jornadas que están por venir.

Por eso en esta narración he insistido tanto en las mujeres. Ellas fueron el alma de la marcha. Cada una de ellas es hoy una mujer mejor, más enamorada de su patria y de su propia efervescencia. Sé también que ellas son más generosas, más centradas y de una introspección más natural, cualidades necesarias en estos momentos de dispersión y de duda.

Los hombres hablamos, elucubramos, tan dispersos e inseguros que nos escondemos en piruetas de poder y tarima.

Ellas tendrán la certidumbre, el tesón, el olfato y la visión para conducirnos. El país está harto de tanta masculina prepotencia, de tanta guapetona incompetencia. Sólo ellas conocen la paciente impetuosidad.¶

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Este texto fue publicado originalmente en Prodavinci el 11 de abril de 2013

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Mujer de libros adelantada a su tiempo

Tomado de

Wikipedia en Español

 

Ángela Ruiz Robles (Villamanín, 28 de marzo de 1895-Ferrol, 27 de octubre de 1975) fue una maestra, escritora e inventora española. Fue la inventora de una enciclopedia mecánica que bien podría considerarse como el primer libro electrónico de la historia, adelantándose en veinte años al dispositivo diseñado en 1971 por el estadounidense Michael Hart y en más de medio siglo a los actuales e-books.

 

Biografía

Nacida en Villamanín (León, España) el 28 de marzo de 1895, hija de Elena Robles y del farmacéutico Feliciano Ruiz.​ Realizó sus estudios superiores en la Escuela de Magisterio de León, donde impartió sus primeras clases de taquigrafía, mecanografía y contabilidad mercantil entre 1915 y 1916.

(…)

Entre 1944 y 1949 llevó a cabo varios proyectos. En 1944 realizó el proyecto del atlas científico-gramatical, con la finalidad de dar a conocer España con gramática, sintaxis, morfología, ortografía y fonética. Después realizó el proyecto de la máquina taquimecanográfica.

En 1949 desarrolló la primera propuesta de enciclopedia mecánica. Patentada con fecha 7 de diciembre de 1949, según la patente núm. 190.698. En 1962 se realizó un prototipo de la enciclopedia mecánica, construido en el Parque de Artillería de Ferrol (La Coruña), siendo ella misma quien dirigió los trabajos. Desde el 2006, la Enciclopedia formó parte de la Exposición del Museo Pedagógico de Galicia (MUPEGA) en Santiago de Compostela (La Coruña) hasta el 4 de mayo de 2012, que pasó a la Exposición permanente del Museo Nacional de Ciencia y Tecnología de La Coruña.

Descripción de la enciclopedia mecánica

Abierta, consta de dos partes. En la de la izquierda lleva una serie de abecedarios automáticos, en todos los idiomas: con una ligerísima presión sobre un pulsador se presentan las letras que se deseen, formando palabras, frases, lección o tema y toda clase de escritos. En la parte superior de los abecedarios lleva a la derecha una bobina con toda clase de dibujo lineal, y en la de la izquierda otra con dibujo de adorno y figura. En la parte inferior de los abecedarios, un plástico para escribir, operar o dibujar. En la parte interior, un estuche para guardar asignaturas. En la parte de la derecha van las asignaturas, pasando por debajo de una lámina transparente e irrompible, pudiendo llevar la propiedad de aumentos, pueden ser estos libros luminosos e iluminados para poder leerlos utilizando la propia luz. A la derecha e izquierda de la parte por donde pasan las materias lleva dos bobinas, donde se colocan los libros que se desee leer en cualquier idioma; por un movimiento de los misma van pasando todos los temas, haciendo las paradas que se quieran o queda recogido. Las bobinas son automáticas y puede desplazarse del estuche de la Enciclopedia y extenderse, quedando toda la asignatura a la vista; puede estar sobre una mesa (como los libros actuales) o perpendicular, facilitando comodidad al lector, evitando con ello gran número de esfuerzos intelectuales y físicos. Todas las piezas son recambiables. Cerrado, queda del tamaño de un libro corriente y de facilísimo manejo. Para autores y editores el coste de sus obras se aminora considerablemente, por no necesitar ni pasta ni encuadernado y queda impresa de una tirada, o cada una de sus parte (si consta de varias), resultando este procedimiento un bien general.

Fallecimiento

Murió en Ferrol (La Coruña) el 27 de octubre de 1975.

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Hamnet

Un libro extraordinario

 

Pocas veces habíamos tenido tanta participación del grupo. Todas las Hormigas—las viajeras, las que no pudieron asistir y las quince presentes—leyeron el libro, lo terminaron y tuvieron algo que decir de esta sorprendente obra de Maggie O’Farrell (1972, Coleraine, Irlanda del Norte).

Acompañamos a la autora al siglo XVI y compartimos la vida cotidiana de la familia de un genio de todos los tiempos, en la que está basada. Hay poquísimos datos duros acerca de esa vida, a pesar de que muchos y sabios investigadores de todas las especialidades imaginables y en todas las épocas, han buscado y rebuscado tratando de desentrañar el misterio de cómo un talento como ése pudo existir y sobrevivir para desarrollar su maravillosa obra en esa época tan difícil.

Un estudio publicado en la South African Journal of Science reveló que «pipas desenterradas de la casa de Shakespeare en Stratford-upon-Avon contenían restos de cannabis». El análisis químico se llevó a cabo después de que investigadores plantearan la hipótesis de que la «conocida hierba» (noted weed) mencionada en su Soneto n.º 76, y el «viaje en mi cabeza» (journey in my head) del Soneto n.º 27 podrían hacer referencia al cannabis y a su uso. (Wikipedia en Español).

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Hamnet Shakespeare (bautizado el 2 de febrero de 1585 – sepultado el 11 de agosto de 1596) fue el único hijo varón de William Shakespeare y Anne Hathaway, y hermano mellizo de Judith Shakespeare. Murió a los once años de edad por causas desconocidas. Existen numerosas teorías que señalan que su muerte inspiró a su padre a escribir Hamlet, obra probablemente compuesta entre 1599 y 1601. (Ídem).

Maggie O’Farrell llena los vacíos de esa vida con ficción, seguramente basándose en una investigación exhaustiva de las condiciones de vida a finales de ese siglo y, especialmente, en el verano de 1596, cuando muere Hamnet. Gracias a su desbordada imaginación y sus excelentes descripciones, el lector se ubica perfectamente en la época, con sus costumbres y particulares condiciones de vida en esa Inglaterra rural.

Aunque no nombra a Wiliam Shakespeare, el padre del muchacho es el personaje masculino más importante de la novela y su presencia ronda cada capítulo. Pero ésta es una novela femenina; el personaje principal es la esposa del genio: Agnes, Anne Hathaway, botánica y yerbatera, médica y curandera, adivina y un poco bruja. Una mujer diferente a las demás, con una gran sensibilidad e inteligencia conectadas a la naturaleza pues, aunque no sabía leer las letras, sí leía a las personas y vislumbraba en ellas el futuro. Gracias a eso supo descubrir en él, cuando era sólo un muchacho y se enamoraron, la fuerza que contenía y la trascendencia de sus dones. Por eso, después, lo impulsa a separarse de ella para buscar el futuro a pesar del dolor de su ausencia. Es una historia de amor femenino, de hija, de hermana, de esposa, de madre. Una que se desarrolló en un tiempo muy remoto pero que se repite a través del tiempo. Es la historia trágica de la muerte de un niño, de un hijo, la desesperación por revivirlo y la culpa terrible de su madre por no haberlo salvado.

A algunas Hormigas les costó al principio su lectura. Su narrador, omnisciente pero profundamente perceptivo, no es fácil de comprender; pero muy rápidamente el libro comienza a aclararse y el lector se acostumbra a su forma de tratar las diferentes épocas y su habilidad para mostrar los personajes. Se convierte entonces en un libro fácil de entender, dulce, suave, muy poético a pesar del doloroso tema. Es una novela que engancha, conmueve y deja huella. Seguimos pensando en ella después de que la terminamos. Los personajes están tan bien logrados, son tan reales y humanos que una llega a conocerlos íntimamente y a comprender sus reacciones y motivaciones, empatizando hasta con los más crueles.

Trata los difíciles temas del amor y el sexo, el duelo, la enfermedad y la muerte con sutileza y profundidad que conmueven, sin drama ni exageración. Moviliza nuestras emociones con su relato, haciéndonos partícipes de cada uno de los sentimientos de los personajes. Muchas lloraron por la fidelidad con que trata el tema de la muerte y de la culpa que produce en los sobrevivientes, por la claridad con la que expresa las diferencias de ritmo en cada personaje al manejar el duelo. Emociona la claridad con la que plasma esa relación de amor particular entre los hermanos gemelos que, en este caso, le da un cambio a la historia y logra engañar a la muerte.

Hamnet vuelve a tener la misma sensación que ha tenido toda su vida: que su hermana es la otra cara de sí mismo, que los dos encajan a la perfección, ella y él, como las dos mitades de una nuez. Que sin ella está incompleto, perdido… Son los dos uno y el mismo.

Hamnet fue publicada en 2020, justamente en el año en que comenzara la pandemia de coronavirus. Nunca una novela nació en momento más apropiado; hay un capítulo magistral sobre cómo llegó la peste negra hasta un pueblo de Inglaterra en el cuerpo de una pequeña pulga. Hay credibilidad en el relato; los detalles son perfectos y hasta jocosos a pesar de la tragedia que conlleva. Pero también deja enseñanzas morales e intelectuales que se puede encontrar por toda la novela, que culmina con un final que es lo mejor de todo el libro.

Una muerte en la familia trae dolores y cambios que parecen desastrosos. El pasado reaparece repartiendo culpas a diestra y siniestra, sin compasión ni justicia. Algunos se hunden por mucho tiempo; otros buscan salidas a su dolor, enfrentándolo y cambiándolo, como en este caso que trajo la inspiración al más grande dramaturgo de la historia.

El promedio de nuestra puntuación fue de ocho y medio (8,5), pero hay que hacer notar que hubo tres dieces, lo que no pasaba hace tiempo. Sólo a una Hormiga no le gustó mucho el libro; las demás disfrutamos de su modernidad, su sencillez y su poesía en el lenguaje, su profundidad y humanidad, la pericia con que su autora nos trasladó a la antigüedad, a la intimidad de la familia del mismo Shakespeare.

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Cuatro voraces hormigas

La tarde, en la espectacular terraza de Silvia, fue deliciosa; la temperatura era perfecta y maravillosa la cordillera cercana, arropándonos con su destello verde. Los sánduches de Appetito Café con que nos obsequió la anfitriona fueron un éxito, así como una bebida refrescante y exótica que descubrió, estupenda. Claro que lo mejor fueron las amigas, los comentarios cada día más atinados del grupo y la seriedad con que nos hemos tomado nuestro querido club de lectura.

Como viene María Eugenia desde Chile, y para podernos reunir pronto, vamos a leer una novela corta titulada La perra de Pilar Quintana. Para las Hormigas que les sobre tiempo, está sugerido también Cáscara de nuez de Ian McEwan. NS

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Un esclarecedor video sobre el libro fue aportado por Chicha:

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El Padrino: 50 años desde que el cine cambió para siempre

Tomado de

 

Marlon Brando como El Padrino

 

La obra maestra de Francis Ford Coppola cumple medio siglo, pero sigue siendo el referente cinematográfico de la industria por su enorme calidad

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Iván Libreros

Publicado 17/03/2022 04:45 – Actualizado 17/03/2022 10:31

 

Cuando El Padrino vio la luz hace 50 años, el cine entró en una nueva dimensión. Las pupilas de toda una generación se dilataron cuando vieron, como si de un cometa se tratase, las decenas de escenas para la historia que aquella película nos regaló. Del inicio con Vito Corleone acariciando a su gato escuchando la petición de Amerigo Bonasera en el día de la boda de su hija Connie a la cabeza de caballo en la cama de Jack Woltz, pasando por el final con Al Neri cerrando la puerta a Kay mientras Michael se proclama oficialmente padrino.

En términos puramente numéricos, la cinta se llevó tres Óscar (mejor película, actor y guion adaptado) y una recaudación bastante alta (248 millones). Pero su legado fue mucho más allá. La influencia de El Padrino cambió para siempre el género y supuso un giro de 180 grados en muchos ámbitos del cine.

Todo lo relacionado con el rodaje y estreno de la película fue en sí mismo una película de gánster del más alto nivel. Dudas, extorsiones, miedos y un sinfín de problemas que estuvieron a punto de tumbar el film de los films. El guion original que crearon Coppola y Mario Puzo, autor de la novela, tenía 160 páginas, casi 40 más de lo habitual en una producción cinematográfica. A su vez, tal número de páginas estaban divididas en 50 escenas que se desarrollarían en cinco actos. Al finalizar el rodaje, se llegó a los 150.000 metros de película, lo que equivaldría a 90 horas de metraje. Una absoluta barbaridad.

 

Coppola, contra todo y contra todos

El Padrino fue la obra maestra de un genio, Coppola, el cual tuvo que luchar contra viento y marea para defender su trabajo y poder rodarla como él quería. 32 años tenía el cineasta cuando llamó la Paramount a su puerta. Tal era el calibre del proyecto que tenía ante sí, que renunció a sus tres reglas de oro como director: empezar con el guion acabado, trabajar sólo con gente de confianza y que la productora no enredase con cambios. En sus propias palabras, ninguna de ellas se pudo cumplir.

Consciente de que una obra así requería de grandes actores, conseguir firmar a Marlon Brando fue el primer ochomil que escaló el genio de Detroit. El intérprete, que en aquel momento rozaba los 50 años de edad, era la estrella por excelencia del panorama cinematográfico. Había participado en cintas tan sobresalientes como La jauría humana, Queimada, Morituri, Rebelión a bordo, La ley del silencio o Un tranvía llamado deseo.

Las dudas sobre su calidad interpretativa estaban fuera de toda duda, pero Paramount sí parecía tenerlas. Tanto es así que el productor de Coppola, Albert Ruddy, se jugó 200 dólares con el cineasta a que la productora diría que no. Los perdió. Pese a la victoria inicial, Paramount puso varias condiciones a Marlon para hacerse con el papel. No cobraría hasta acabar el rodaje, se le descontarían del salario los gastos que provocase y tendría que hacer una prueba. Esto último fue lo que más le molestó, ya que Brando no estaba acostumbrado a ello.

Tras aceptar la petición, Marlon bordó el texto y entró en el equipo. Laurence Olivier y George C. Scott, contendientes en la misma pugna, no tuvieron opción. El resto es historia. Pacino ganó a Robert Redford y James Caan; este último acabaría interpretando a Sonny. Diane Keaton pasó de la comedia al drama de forma sensacional en su papel de Kay.

Fue costoso poner en marcha la maquinaría, pero los 77 días que duró el rodaje (Coppola pidió 80 y le dieron 53) estuvieron llenos de sobresaltos. Especialmente con la mafia, que torpedeó la cinta con amenazas de muerte y bomba. No tuvieron más remedio que reunirse con Joe Colombo, gánster y líder del movimiento Liga de los Derechos Civiles Ítaloamericanos. Colombo solicitó que la palabra mafia no apareciese en la cinta y que la recaudación de la premiere fuese destinada a la Liga.

Además, el propio Ruddy anunció en comparecencia de prensa junto a Joe la tregua, algo que dañó tremendamente la imagen de la producción, hasta el punto de costarle el puesto a Albert, aunque fuese solo unos días, ya que Coppola pidió inmediatamente su vuelta. Pese a las amenazas, egos y demás contratiempos, la película estaba lista para ver la luz.

 

El Padrino, un éxito inmediato y un legado eterno

Si algo tuvo la película, desde el primer momento, fue una gran acogida por parte de crítica especializada y público generalista. No tardó en empezar a ser considerada como una obra maestra dentro del cine negro, amén de empezar a escalar posiciones de forma vertiginosa en el ranking de mejores cintas de la historia.

Coppola dibujó en El Padrino el retrato perfecto de un grupo de italianos emigrantes que acabaron aterrorizando la tierra prometida y haciéndose los dueños del negocio. Un guión que sacó al género del excluyente rincón de cine b en el que se encontraba, reescribiendo para siempre el cine de mafiosos.

Desde 1972, año del estreno, hasta nuestros días, decenas de películas icónicas han bebido en las aguas que abrieron Coppola y Puzo. El golpe (1973), Uno de los nuestros (1990), Érase una vez en América (1984), Bugsy (1991), Casino (1995), El precio del poder (1983), Una historia del Bronx (1993), Los intocables de Eliot Ness (1987), American Gangster (2007), Infiltrados (2006), El caso Slevin (2006), Promesas del este (2007) o RocknRolla (2008) son algunas de los grandes prodigios cinematográficos herederos de aquella obra.

Hasta la música, creada con sumo mimo por Nino Rota al pie de unas claras y precisas instrucciones de Coppola, ha sido ejemplo inquebrantable a la hora de componer las bandas sonoras que han ido detrás de decenas de asesinatos y miles de balas escupidas en 35 mm. El vals con el que todo empieza, un baile melancólico y apagado, un vals que define la actitud de Michael resignado con el mundo y acompaña a una familia que siempre quiso esconder su verdadera naturaleza.

O Love Theme, una preciosa composición amorosa que sigue a Michael y Apollonia allá por donde pisan. Una nostalgia existencial que destila pena y esboza un final dramático. La elección de instrumentos tales como la mandolina o el acordeón traían al espectador la esencia más pura de Sicilia. Un fracaso telegrafiado.

 

Una mafia que se echó gomina y corbata

Andaba el hampa perdida entre delatores, vulgaridad y una salvaje ración de violencia. De repente, y sin pretenderlo, fueron descritos al mundo entero como tipos elegantes, con una moral más que reseñable. Nació el honor entre asesinos y se adoptaron códigos de vestimenta y actuación hasta entonces imposibles de asumir. Dejaron la jerga y compraron diccionarios.

Igual que Rebeca cambió para siempre el nombre de la chaqueta, los mafiosos antes de El Padrino eran gente cutre y pasaron a acariciar gatos y hablar de sus sastres.

Empezaron a hacerse trajes a medida, a presumir de sus bienes y a rodearse de un lujo más propio de la élite aristocrática. Las mujeres de los gánsteres salieron de las tinieblas del hogar y empezaron a frecuentar actos de caridad y a fundar organizaciones benéficas para seguir construyendo esa imagen que la película había escupido sobre ellos. Hasta acariciaban gatos, todo con tal de parecerse en algo a la grandeza interpretativa que Marlon Brando había destilado.

En definitiva, que Coppola cambió para siempre el orden mundial reinante. Hizo del género un manjar exquisito, del cine un Olimpo de grandeza y del hampa un lugar menos lúgubre y más glamoroso. Pero, sobre todo, alteró las vidas de cada de uno de los espectadores que, en algún instante, hemos disfrutado de El Padrino. Y como los dioses no entienden de racionalizar la misericordia, nos regaló dos años después una segunda parte prácticamente igual de sobresaliente y un epílogo fallido pero siempre disfrutable.

50 años, quién lo diría.¶

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Me convierto en mujer sin ella

Mi madre me dijo que no comenzara a rasurarme las piernas sin antes decírselo. La desobedecí. Era noviembre y ya casi de noche cuando, con 11 años, me di cuenta de que había una rasuradora, morada y oxidada, que me llamaba en la ducha.

Brian Rea

 

Todas las piernas de mis amigas estaban sin pelo. Yo era la última, me sentía avergonzada y estaba cansada de esperar.

Faltaba una hora antes de la cena de Acción de Gracias y habían pasado diez días desde que mi madre había muerto de un tumor cerebral. El vello de mis piernas empezaba a enroscarse, y yo quería tener espinillas lisas. Con las manos temblorosas, pasé la rasuradora por mis piernas.

Después, sentada entre mi abuelo y mi tío, mientras comía grandes cantidades de papas y pastel, los pequeños cortes que me había hecho en las piernas comenzaron a sangrar por debajo de mis pantalones de mezclilla.

Ahora uso la rasuradora con seguridad, pero la sangre aún sale cuando uso pinzas, arranco el vello o me depilo con cera. Mi madre, pediatra, una vez me explicó, ante mi incomodiad frente al espagueti en la mesa del comedor, que también sangraría cada mes. Sin importar lo mucho que quiera ser hermosa, un sentimiento a veces extremo y a veces inexistente, la belleza requiera esfuerzo y sangre.

Solo recuerdo algunas de las otras instrucciones de mi madre. Juzga siempre a un hombre por sus zapatos. Jamás permitas que nadie te diga que ser hombre es mejor que ser mujer. La única ventaja que tienen los hombres sobre las mujeres es que pueden orinar de pie.

Me asusta que solo puedo recordar unas cuantas de esas frases. A menudo temo que algún tipo de sabiduría excepcional y sutil haya salido de sus labios hace mucho y que yo me la haya perdido, que la óptica nublada de la infancia me mantenga en la oscuridad. No perdono a mi memoria por no haber previsto esta situación.

Mi madre era genial sin esforzarse. Usaba suéteres oscuros, no se ponía maquillaje, llevaba el cabello despeinado pero acomodado y a veces usaba pendientes largos, con una apariencia segura y tranquila. Intento copiar su estilo: los anillos que me pongo son todos suyos, su perfume Chanel No. 5 (jamás usado) está en mi tocador y casi nunca me cepillo el cabello. Considero que mi rechazo a aprender cualquier cosa sobre el maquillaje cuenta como un ejercicio de espontaneidad.

Sin embargo, no pensar requiere pensar, y no prepararse requiere habilidades para la improvisación. Sí tengo cabello, así que debo pensar en lo que quiero hacer con él. Me pongo calcetines, zapatos y pantalones que me quedan mal, y deseo que mis pestañas fueran más largas y mis manos más pequeñas. Hablo con mis amigas sobre nuestros pechos y las pastillas anticonceptivas y la mala postura. Me pregunto cuándo se volverá sencillo todo eso.

Me imagino a mi madre practicando y perfeccionando su estilo. En la universidad, apuesto a que dejaba que sus ideas y sus opiniones hablaran por ella, levantando la mano en clase con la frecuencia suficiente como para que sus profesores recordaran su nombre. Me la imagino caminando a clase o al trabajo por Central Park, perfeccionando su andar, dando saltitos en el momento preciso con la postura adecuada, atrayendo miradas.

Si su madre, mi abuela, quería llevarla de compras a Ann Taylor o Eileen Fisher, quizá ella le decía que no, que estaba bien con su ropa de pana. Si su tía abuela Elsie le enviaba perfume por su cumpleaños, quizá se pondría un poco para después decidir usarlo de manera regular porque huele bien, aunque fuera un poco el aroma de una señora mayor, de la misma manera en que yo a veces me pongo la fragancia de mi tía abuela Joyce en las muñecas porque huele bien aunque también huela a mujer mayor.

Sé (porque la gente me lo ha dicho) que solía escuchar a los Rolling Stones en vinilo. Apuesto a que escuchaba el gemir de Keith Richards en “Memory Motel”: She got a mind of her own and she use it well. Mighty fine, ’cuz she’s one of a kind.

Apuesto a que sus amigas pensaban en ella cuando escuchaban esas palabras. Era muy buena, única. Con el tiempo, también intento verme a mí misma en las palabras de Keith.

Cuando Ruth Bader Ginsburg murió, mis amigas y yo estábamos seguras de que Roe versus Wade no duraría. Prefiriendo uno o dos días de calambres a la posibilidad de un hijo, llamé a los consultorios de los médicos con el fin de reservar una cita para un DIU. Mi compañera de apartamento me acompañó y nos dirigimos al médico bajo la lluvia, compartiendo auriculares y con el agua inundando nuestros zapatos.

“No puede entrar con usted”, dijo la enfermera.

Entré en la habitación y me tumbé en la mesa. Una luz fluorescente golpeaba mientras el médico hablaba. Apreté mi propia mano, levanté el cuello, con los ojos muy abiertos, y me di cuenta de que nunca me había sentido más mujer ni más necesitada de mi madre.

En una de las únicas publicaciones de mi madre en Facebook, de 2011, escribió: “Viendo Thelma y Louise con B. Vaya”.

El descapotable en el que viajan elevándose hacia el Gran Cañón, una imagen feminista y salvaje de desafío hasta la muerte, me dejó helada y permaneció en mi mente durante años. Era la fuerza de la amistad y la muerte más animada que jamás había visto. Atravesaron el Oeste, sin dejar que la suciedad o la sangre se convirtieran en un obstáculo.

Huían de sus maridos, de sus novios, de los violadores y de la policía, pero más bien corrían hacia algo mejor. Llamé a mi mejor amiga y le conté la película con lujo de detalle. Más tarde, me compró una camiseta que decía “Feminista”. Supuse que ser feminista significaba estar animada, sentirse viva. ¿Qué más podría haber estado tratando de mostrarme mi madre?

Mi padre me cuenta historias que recuerda y actúa como mi madre en su ausencia. Hace poco redescubrió “Uptown Top Ranking”, una canción de reggae grabada por Althea y Donna, dos adolescentes jamaiquinas que se metieron en un estudio de grabación en 1977 antes de ver cómo su canción se disparaba a la cima de las listas británicas al año siguiente.

Mi padre la tocaba en el auto una y otra vez y explicaba su origen a quien quisiera escuchar. Durante un cóctel festivo, la puso en el equipo de música y bailó.

“Eran solo dos chicas adolescentes”, exclamó. “¡Grabaron esta canción como una broma!”.

Mi cara se calentó ante la sugerencia de que cualquier cosa sobre Althea y Donna fuera una broma. “¿Por qué dices eso? ¿Porque son jóvenes y mujeres?”.

Suspiró. “¿Por qué te haces la víctima? ¿Por qué no eres simplemente una mujer segura y fuerte?”.

Dejé que sus palabras surtieran efecto. Para ser fuerte y segura, tenía que canalizar tanta vivacidad como Althea y Donna, como Thelma y Louise. Pero no tenía una canción exitosa ni un auto descapotable. Subí las escaleras y me puse uno de los suéteres de mi madre.

En la mesa de la cena, esperaba que mi silencioso homenaje aflorara mi fuerza. Mi padre notó la tela familiar y me miró con ojos sombríos. Las suaves puntadas del suéter parecían un escudo endeble. Yo quería uno más resistente.

Mi familia solía llamar a la música que le gustaba a mi madre “la música lenta de mamá”. Elton John, Lucinda Williams, Paul Simon, The Velvet Underground. “Tiny Dancer” sonando en la autopista me recuerda sus pies sobre el tablero, su sonrisa cómplice, su voz mala para cantar.

Busco ánimo en sus gustos: está ahí, pero no es totalmente vivaz. O tal vez no lo recuerdo bien. Si el mejor modelo a seguir que tengo no es preciso, mi definición de mujer se vuelve maleable.

No puedo basarme únicamente en recuerdos borrosos y fragmentados, o en la vivacidad de una mujer que ya no está viva. Debo basar mi feminidad en más influencias que una. Mi tía, periodista. Mi orientadora de la preparatoria, que tenía la misma perforación en el cartílago que yo. Ella me mostró a los Foo Fighters y me dio cálidos consejos.

Cuando conocí al personaje de Juno, interpretado por Elliot Page, compré Red Vines y Sunny-D para ser como ella. Ahora, venero a Amy Winehouse, que era a la vez una judía feroz y un alma torturada. Veo a Lorelai Gilmore, que habla tan rápido y tiene unos ojos tan azules y unos labios tan rojos que me da envidia. Escucho a Lauryn Hill, la reina de la emoción descarnada.

Como escribe Maggie Nelson en Los argonautas: “‘La madre de un hijo adulto ve su trabajo concluido y deshecho al mismo tiempo’. Si esto es cierto, puede que tenga que soportar no solo la rabia, sino también mi perdición. ¿Puede uno prepararse para su perdición? ¿Cómo ha resistido mi madre la mía? ¿Por qué sigo deshaciéndola, cuando lo que quiero expresar por encima de todo es que la quiero mucho?”.

Mi madre nunca vio a su hija adulta. Nuestra relación quedó inacabada. Nunca consigo deshacer su obra; solo anhelo que se complete. Sin embargo, tal vez toda mujer llega a un punto en el que tomarse de su propia mano es la mejor opción. Tal vez toda mujer deba complementar, añadir fragmentos, forzar la feminidad hasta que se sienta completa, sin esfuerzo. Hasta que tenga lo suficiente de sí misma para expresar —por encima de todo— que quiere mucho a su madre.¶

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DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER

Tomado de EL PAÍS de España

Nueve “mujeres extraordinarias” de las artes, las ciencias y las letras donan un legado para reclamar la igualdad de género

El Instituto Cervantes celebra el 8-M con españolas y latinoamericanas punteras en la literatura, el flamenco, el periodismo, la investigación o la interpretación

Foto de familia del acto celebrado en el Instituto Cervantes. En segunda fila, desde la izquierda, Aitana Sánchez-Gijón, Carmen Linares, Lita Cabellut, Gioconda Belli, Cristina Iglesias, Laura Restrepo y María Vallet-Regí. Delante, Genoveva Pitarch, Luis García Montero, Nadia Calviño, Carmen Noguero y Maruja Torres. Álvaro García

 

Manuel Morales

Madrid – 08 mar 2022 – 11:50 ACTUALIZADO: 08 mar 2022 – 12:22 GMT-4

 

Figuras femeninas de la literatura, el arte, la ciencia, la filología, el flamenco o la interpretación han querido, este martes, “poner su granito de arena para reclamar la igualdad entre sexos”, en palabras de la cantaora Carmen Linares, una de las nueve mujeres que han depositado un legado personal en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes. Con motivo del Día Internacional de la Mujer, esta institución ha organizado un acto, presidido por la vicepresidenta primera del Gobierno y ministra de Asuntos Económicos y Transformación Digital, Nadia Calviño, en el que se ha subrayado que “la situación de las mujeres en el mundo sigue lastrada por la desigualdad, con problemas que van desde la violencia machista a la brecha salarial”, según Carmen Noguero, secretaria general del Cervantes. Calviño fue quien ha defendido a las participantes como “mujeres extraordinarias”.

El primero de los legados fue también un homenaje, en este caso a la filóloga y lexicógrafa María Moliner (Paniza, 1900 — Madrid, 1981), autora de uno de los diccionarios más importantes de la lengua española. Una nieta de Moliner, Genoveva Pitarch, ha destacado de ella que “su obra hoy perdura” y ha entregado en la caja 729 los dos tomos de la primera edición del Diccionario del uso del español, de 1966, el que ha pasado a la historia como “el María Moliner”.

Le siguió la novelista y poeta nicaragüense Gioconda Belli (Managua, 73 años), exiliada de su país por la persecución que ella y otros intelectuales sufren por el Gobierno autoritario de Daniel Ortega. Una situación que le obligó a marcharse “con lo puesto”, ha apuntado. Su legado es su primer libro de poesía, de 1973; “unos poemas manuscritos” que tenía su hermana, Lucía, “que vive en Madrid”, y un colgante de mariposa que le ha acompañado desde hace años. Además, ha tenido un recuerdo para la escritora Almudena Grandes (fallecida el pasado 27 de noviembre), “perteneciente a una generación que ayudó a acabar con la invisibilidad de las mujeres por siglos en la literatura”.

Genoveva Pitarch, nieta de María Moliner, introduce un ejemplar de la primera edición del ‘Diccionario del uso del español’. Álvaro García

También ha mencionado a Grandes la periodista y escritora Maruja Torres, de 78 años, en la intervención más emocionante: “Nuestra Almudena, la que no fue virgen, la escritora”. Torres ha entregado un ejemplar de su libro Espérame en el cielo, el que escribió para consolarse de “las ausencias de dos hombres” que la hicieron como es, ha explicado: los escritores Manuel Vázquez Montalbán y Terenci Moix. “Los dos nacieron, como yo, en Barcelona, en la posguerra, bajo la bota y la mordaza”, ha declarado. Del primero ha legado un volumen de Los mares del Sur y del segundo, El peso de la paja.

Cada una de las protagonistas fue presentada, a su vez, por una directiva del Cervantes, institución en la que el 65% de su plantilla son mujeres, como ha especificado Noguero. Así, el espacio que en su día fue la cámara acorazada para dejar dineros del antiguo Banco del Río de la Plata alberga hoy “cajas de sueños del ser humano, con especial valor en estos momentos de incertidumbre”, ha señalado la artista Lita Cabellut, oscense de 60 años. “Este tipo de actos dan prevalencia al arte, que si no existiera es como si dios hubiera apagado la luz”, ha añadido. Cabellut, pintora, ilustradora y escultora, ha entregado un ejemplar que ella misma ha ilustrado de Bodas de sangre, de Federico García Lorca, “alguien que era capaz de convertir lo atroz en belleza”. También, las botas de trabajo que usó durante ese trabajo artístico.

Cristina Iglesias, con la llave de la caja en la que ha depositado su legado en el Cervantes. Álvaro García

Otra artista internacional es la escultora y grabadora donostiarra Cristina Iglesias, de 65 años, cuyo legado “es un pequeño libro, de 2007, con cinco grabados que representan las celosías que hay a la entrada del Parlamento vasco”, ha subrayado. Esa obra de arte, titulada Brújula de medianoche (2008), “representa tanto a los marineros que se iban, como a las mujeres que les esperaban y llevaban las casas”. El libro donado incluye un texto original en euskera, de 1547, una letanía con las coordenadas precisas para faenar en Terranova.

La cantaora jienense Carmen Linares, de 71 años, que ha puesto voz a poetas como Lorca o Miguel Hernández, ha reivindicado el flamenco “como una de las mejores músicas del mundo” y ha recordado su obra Antología (La mujer en el cante), disco de 1996 en el que recogió “los cantes creados por mujeres en la historia del flamenco, 27 estilos”. Una copia de ese trabajo, un doble CD-DVD, está ya en la Caja de las Letras junto al traje y los zapatos que llevaba cuando lo presentó en una actuación en el Teatro Monumental, en Madrid.

Otra prenda ha donado también la novelista y periodista colombiana Laura Restrepo, de 71 años. Se trata de “una camisita de hilo bordado que le pusieron en su primer día a José Asunción Silva, el más grande de los poetas colombianos”, ha indicado. Esa pequeña camisa se la dio una allegada de la familia del poeta a la madre de Restrepo, que se la regaló a la escritora. Restrepo ha recordado la terrible historia del bogotano Silva, que se suicidó el 24 de mayo de 1896. “El día anterior fue a su médico y le pidió que le dibujara sobre la camisa que llevaba el lugar donde estaba el corazón”. Ahí se pegó el tiro.

Aitana Sánchez-Gijón, de 53 años, que ha interpretado en el cine a grandes personajes femeninos como Ana Ozores, la protagonista de La Regenta, ha entregado un collar de la diseñadora Helena Rohner que llevó para el montaje de Un dios salvaje, obra teatral de Yasmina Reza. También, una edición de El hombre deshabitado, de Rafael Alberti, que ella interpretó con 18 años. Sánchez-Gijón ha recordado sus vínculos con el poeta de El Puerto de Santa María, al que conoció su padre, también exiliado en Roma. “Me llamo Aitana por Aitana Alberti, hija del poeta, que fue mi madrina”. De este autor dejó además el volumen Teatro, una edición de 1959 con dibujos del poeta.

La investigadora María Vallet-Regí, académica de Ingeniería y Farmacia, ha elegido asimismo libros. Dos suyos: “El primero que escribí sobre biomateriales, para médicos y universitarios, y el que publiqué años después de la misma materia, pero para que lo pudieran entender hasta los niños. La ciencia es bella y nos sirve para vivir mejor”, ha remarcado.

Aitana Sánchez-Gijón, con los libros que ha depositado. Álvaro García

Clausuró el acto Calviño, que ha subrayado que “la igualdad de género es un factor para la prosperidad y el desarrollo, así como de un crecimiento fuerte y próspero”. Sobre esta cuestión, ha afirmado que España “es un país líder, en el que hay un Gobierno con tres vicepresidentas y que hace políticas feministas”. Y ha recordado que tras los legados entregados en el Cervantes hay 80 cajas con objetos de personalidades hispanohablantes, “30 de ellas de mujeres”.¶

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Sobre la firma

Manuel Morales

Periodista de la sección de Cultura, está especializado en información sobre fotografía, historia y lengua española. Antes trabajó en la cadena SER, Efe y el gabinete de prensa del CSIC. Es licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y máster de Periodismo de EL PAÍS, en el que fue profesor entre 2007 y 2014.

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Una declaración de amor a la belleza y la diversidad

Tomado de

 

Juana Salabert

28 de febrero de 2022

 

¿Qué se siente cuando estás a punto de morir porque de pronto te encontraste, por puro azar y sin quererlo, en el momento y el lugar equivocados, tomados al asalto por fanáticos asesinos adictos al oscurantismo, al odio y la ignorancia, a la consigna de un vivir entre tinieblas? Mi última novela, Atentado, surgió precisamente de esta pregunta y de una de mis tantas, tantísimas conmociones sentidas frente a las imágenes del horror a partir del 11S neoyorkino, de nuestro 11M madrileño, de las subsiguientes infamias sufridas en Londres, la redacción de Charlie Hebdo, Niza, Berlín, París, las Ramblas barcelonesas…

Mi libro, una novela coral con todo el acento puesto en la intensidad de sus personajes, narra los últimos instantes de una serie de gentes de edades, orígenes y condiciones muy diversos, atrapados por el terror de un atentado yihadista con atropellos iniciales, acuchillamientos al azar y toma posterior de rehenes en un emblemático teatro modernista de Finis, la imaginaria ciudad cantábrica presente en buena parte de mi narrativa.

La novela entera me llegó de improviso como una llamarada, obligándome a abandonar otra a medio hacer, e instintivamente supe, porque así sucede casi siempre con lo que de veras “se necesita escribir”, que debía atender su reclamo, la voz de sus protagonistas, habitantes, turistas o visitantes ocasionales de mi inventada localidad. Algunos de ellos, como por ejemplo una niña, un kiosquero sustituto, una jovencísima guía turística con contrato eventual, una policía primeriza, un chico que nunca llegó al despacho de abogados a firmar su divorcio, un gruñón y desubicado dramaturgo holandés, una vital neoyorkina nacida en Egipto de origen copto o un estudiante de arquitectura de Fuenlabrada, llegaron a obsesionarme tanto que sus “rostros” y “biografías” me despertaban por las noches.

Y a unos cuantos, incluso, de estos personajes, los he querido, los quiero como a amigos íntimos, que por desgracia alguna vez se apartarán a un lado, cuando otros seres, otras voces y otros ámbitos me induzcan a las nuevas historias por llegar y escribir. Ellos no son de “carne y hueso”, pero son “reales”, mucho más auténticos que tantos otros que caminan a mi vera por las calles. Mientras los pensé, los soñé, los escribí, lo eran, como lo son y lo serán mientras alguien los descubra al leerlos. Al igual que las figuras de sirena e hipocampo del fresco del teatro de Atentado, convertidos en señas de identidad de mi ciudad soñada, hasta el punto de competir en sus ficticios imanes y postales turísticos con la portada gótica de su célebre catedral…

Cuando yo misma me creo y me adentro en semejantes locuras, sé que la novela que estoy escribiendo va bien en el sentido de que se ha anclado muy profundamente en mi interior. Y que dicha ficción tiene su propio lenguaje, su personal estructura, su ritmo interno. Durante el proceso de creación se trata de atenderlos y de no traicionarlos. Por eso, este libro, que a pesar de contar una historia trágica le apunta a la diana y las luces de las grandes esperanzas, necesitaba de una escritura sencilla, sin preciosismos ni alharacas de ningún tipo, de un ritmo ágil y de una técnica como la del estilo libre indirecto que permite el vaivén, las idas y venidas entre el adentro y el afuera de lo narrado, la conciencia, la psique de los diversos personajes. Aquí coexisten víctimas y verdugos, pero si rehuí, al cabo de un somero primer borrador inicial, la primera persona narrativa, es porque no me dio la gana meterme del todo en la voz y la piel de un yihadista, actual heredero de los peores y más sombríos legados, incluido el nazi (recuerden, por favor, el entusiasmo de cierto gran muftí a favor de la creación de la división SS Kandahar).

He querido simplemente contar una historia, muchas historias, a las que el odio más estúpido y abyecto les puso punto final antes del tiempo de su tiempo. Las de personajes, personas de papel, de toda índole y origen (la primera víctima es una mujer marroquí llena de proyectos e ilusiones) que una fatídica mañana de agosto llegaron, parafraseando a Balzac, hasta el final de su destino. El peor de los destinos. Y, sin embargo, quise, y espero que el lector así llegue a advertirlo, que esta novela, que acoge vivencias, sueños y pesadillas de seres hijos del XX y del joven, pero ya terrible XXI, con sus traumas, cargas y regalos a cuestas, se acerque al antes de ese destino. Porque en estos últimos minutos de vida de los personajes están sus vidas, la fuerza de los recuerdos y experiencias, el amor al mundo y a sus alegrías y placeres. Y es que, en el fondo, Atentado es también y sobre todo una declaración de amor a la belleza y la diversidad, encarnadas por la pintada pasión entre una sirena y un hipocampo, y a la vida que no admite voladuras ni tachones por parte de quienes abominan de ilustraciones, dignidades y dichas. ¶

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Buenos días, tristeza

 

Película de 1958 sobre la novela de 1954 de Françoise Sagan

 

En esta hora de angustia planetaria, puede sernos útil esta apreciación de Will Durant en Los placeres de la Filosofía:

Quizás la causa de nuestro pesimismo contemporáneo es nuestra tendencia a ver la historia como una turbulenta corriente de conflictos—entre individuos en la vida económica, entre grupos en política, entre credos en la religión, entre estados en la guerra. Éste es el lado más dramático de la historia, que captura el ojo del historiador y el interés del lector. Pero si nos alejamos de ese Mississippi de lucha, caliente de odio y oscurecido con sangre, para ver hacia las riberas de la corriente, encontramos escenas más tranquilas pero más inspiradoras: mujeres que crían niños, hombres que construyen hogares, campesinos que extraen alimento del suelo, artesanos que hacen las comodidades de la vida, estadistas que a veces organizan la paz en lugar de la guerra, maestros que forman ciudadanos de salvajes, músicos que doman nuestros corazones con armonía y ritmo, científicos que acumulan conocimiento pacientemente, filósofos que buscan asir la verdad, santos que sugieren la sabiduría del amor. La historia ha sido demasiado frecuentemente una imagen de la sangrienta corriente. La historia de la civilización es un registro de lo que ha ocurrido en las riberas.

 

Nada está perdido hasta que todo esté perdido.¶

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El corazón helado

La autora y su libro

 

La primera reunión del Hormiguero del año 2022 fue en la terraza de María Teresa, a la sombra de una inmensa mata de mango desde donde las guacamayas y loros nos bombardeaban con los manguitos recién nacidos. (Estaban molestos por la algarabía de las Hormigas que competía con la de ellos). Nos reunimos para discutir el larguísimo libro—929 páginas—de Almudena Grandes: El corazón helado (Tusquets 2007) ganador de dos importantes premios: el José Manuel Lara y el del Gremio de Libreros de Madrid.

La autora, quien era diez años menor que nosotras, murió el año pasado dejando una prolífica obra para el recuerdo; seis de sus novelas han sido llevadas al cine. Almudena Grandes (Madrid, 7 de mayo de 1960-Madrid, 27 de noviembre de 2021) fue premiada y reconocida innumerables veces. Era graduada en Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid, pero su sueño fue siempre la de ser escritora. Aunque su primer éxito fue una novela erótica—Las edades de Lulú, de la que llegó a vender un millón de ejemplares y ganó el premio de La Sonrisa Vertical (Planeta) en 1989—, se dedicó después, de lleno, al estudio de la historia de España desde finales del siglo XX hasta principios del XXI. En El corazón helado nos da un recorrido por esos terribles años de la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial y los de la posguerra—los larguísimos años de la dictadura de Francisco Franco—, hasta llegar a nuestros días.

…los nietos de los otros, de los rebeldes, de los fascistas, de los compañeros de los asesinos de Arucas, podrían contar tal vez otras partes de la misma historia, sucumbir a otra rabia, llorar otras lágrimas, tan parecidas y tan distintas a… las mías.

Relata la historia de dos familias unidas por la traición de un hombre encantador y manipulador: un mago que supo sobrevivir de la mejor manera en las condiciones más adversas, sólo que traicionando y violando todas las normas de la moral para lograrlo y así transformarse en un poderoso, acaudalado y temible hombre de negocios, pilar de la sociedad de la posguerra.

            La guerra revela una cara distinta de los hombres.

Es una historia épica de amor, traición y venganza entre compatriotas emparentados, cuyas consecuencias y resquemores siguieron vivas en las siguientes generaciones. Algunos opinan que es un antecedente de Episodios de una guerra interminable, una secuencia de seis libros de la autora que comenzó con Inés y la alegría (2010) para finalizar con una novela inconclusa: Mariano en el Bidasoa (2021).

La novela está contada por un narrador omnisciente que nos hace profundizar en la psique de los personajes, que nos lleva a observar el hilo de sus pensamientos y sentimientos, que nos permite descubrir las contradicciones de sus almas. Es una metáfora de los sobrevivientes, enfocada desde el punto de vista de quienes perdieron la guerra, de los que lograron sobrevivir, de los que se quedaron en España escondidos o mudos de miedo, de los que fueron confinados en campos de concentración y de los muchísimos “rojos” que lograron huir y emigrar a países cercanos o a Latinoamérica, donde nos ayudaron a hacer patria, fundar universidades y bibliotecas, construir ciudades y levantar generaciones de personas ilustradas.

Este país, como todos ustedes saben sin duda, tuvo una vez una oportunidad… Entonces no se exiliaron sólo los poetas, no crean, se exiliaron también los científicos, los físicos, los biólogos, los médicos, los matemáticos… ¿Y qué? Ha pasado mucho tiempo, me dirán, y tendrán razón, pero todos llevamos aún el polvo de la dictadura en los zapatos, ustedes también, aunque no lo sepan. Más tiempo hace falta para que florezcan los desiertos y, por desgracia para todos, la ciencia no se recupera tan deprisa como la literatura.

Muestra el gran dolor que significa emigrar, la tragedia del exilio que, hoy día, nos toca a los venezolanos. La escritora tiene un objetivo con el tema, no quiere que los españoles olviden, quiere avivar la memoria y mostrar las penas de la derrota y el destierro.

Tenía miedo. Miedo de no pertenecer ya a la ciudad, al país al que seguía perteneciendo su memoria, miedo de no reconocerse en los espejos de su infancia, de su juventud, miedo de haberse adentrado para siempre en el laberinto turbio y sin solución de los ciudadanos provisionales de ninguna parte.

Es una saga de cuatro generaciones que tiene la guerra como marco; historias familiares llenas de odio, rencores y venganzas entre vencedores y vencidos. Pero es también la historia de un amor apasionado, de esos que rompen barreras y viejas alianzas, de los que se presentan de improviso y no pueden esconderse.

La primera vez que lo leí, no lo entendí, como no entendía nada de lo que me ocurría desde que Raquel Fernández Perea pasó por mi vida como pasa la suerte, como pasa la muerte, como pasa el azar que cambia de una vez y para siempre el destino de los seres vivos.

 

Familia Fernández-Perea

 

Familia Carrión-Otero

 

La novela nos revela la existencia de campos de concentración para los españoles derrotados—hecho desconocido por Las Hormigas—, como también de la lucha de la División Azul: el contingente de cuarenta y cinco mil soldados de infantería, españoles voluntarios que se unieron al ejército de Hitler para luchar en contra de la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial. Entre ellos, acompañándolos, había cuarenta y seis mujeres enfermeras.

No quiso creerlo, y sin embargo volvió a escuchar, uno por uno, el silbido de las balas que habían acabado con la vida de los suicidas del puerto de Alicante, los españoles que habían preferido morir a vivir en España cuando comprendieron que el mundo entero los había entregado… Nadie había querido hacer nada por ellos, ni siquiera darles la oportunidad de probar la amargura del exilio, y así los habían convertido en carne de paredón, el botín de guerra más codiciado de los vencedores, a ellos, los últimos leales, los traicionados por todos.

Es un texto enriquecedor pero difícil de leer, que abruma al lector con las repeticiones que llegan a aburrir y parecen menospreciar la inteligencia de quien lo lee. Tiene escenas magistrales, conmovedoras y controversiales que marcan los cambios en la trama y que pueden saltar del pasado al presente en un mismo párrafo. Éstas, vistas desde el hilo de pensamiento del personaje, muestran lo que pensó que debía hacer, lo que hizo y lo que ha debido hacer. La sobreabundancia de personajes con doble nombre y doble apellido, y la abundantísima documentación que se refleja en el texto, complican más la lectura. Su prosa rica, variada y exacta, con diálogos perfectos y pertinentes, nos descubrieron a una gran escritora que no conocíamos. Una maestra de la literatura, tal vez demasiado precisa y minuciosa en el extenso texto al que muchas Hormigas creen que le sobraron más de quinientas páginas.

Esa tarde éramos once, y mis notas sobre las casi mil páginas de la novela son muy cortas. Casi todas tuvimos que obligarnos—el club de lectura es un compromiso—a no abandonar su lectura; dos de las asistentes no la pudieron terminar y otra no la empezó. Todas se quejaron de lo largo del libro, pero hemos leído otros así de extensos sin quejas. Es una literatura difícil, pero el grupo ha evolucionado y eso se refleja en los siete (7) puntos que obtuvo en la evaluación. Eso sí, no queremos volver a leer sobre la historia de España por un buen tiempo, ni que sea desde el punto de vista de los vencidos. Por eso, Titina propuso—para la próxima sesión—Paraíso de la Premio Nobel de Literatura 1993, Tony Morrison. Ojalá la pandemia nos permita retomar el ritmo mensual que teníamos antes del descalabro.

 

 

Fue una tarde mágica, con fotos y videos de los morochos milagrosos de María del Carmen que refuerzan nuestra fe en la oración; tarde para sentir la cercanía de las amigas, merendar delicias preparadas por Las Hormigas, disfrutar de la tarde fresca y soleada de principios de febrero con buena literatura y la mejor compañía.¶

NS

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