El blog de Las Hormigas

¡Saludos formíceos! Desde Caracas, Venezuela, le damos la más cordial de las bienvenidas a este registro de actividades del club de lectura Las Hormigas.

La V de la Victoria

Victoria de Stefano, la Niké de Caracas, por Ernesto Costante

 

Por estos días, el estupendo portal de Prodavinci publica, en su sección Perspectivas, una cadena de trabajos acerca de Victoria de Stefano, muy importante escritora venezolana de obra numerosa y sutil, sabia como ella. Así la presenta: “Con esta serie Prodavinci festeja las ocho décadas de vida de Victoria de Stefano—y más de cincuenta de escritura creativa–—y se une a la celebración permanente de su universo narrativo: obra singular en el contexto de la literatura venezolana y de amplios alcances en otras regiones de la lengua”. De los varios eslabones se reproduce acá el primer capítulo de su más reciente novela, que ha sido publicada nada menos que por Seix Barral: Vamos, venimos.

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La suma de nuestros días y los que restan de los ya concedidos

Cada vez más a menudo, y a la hora propicia de la luz menguada del atardecer, Juan salía a sentarse en el banco adosado a la pared del porche abalconado. Había descubierto que desde esa posición adelantada—metro y medio por encima del nivel de la calle—se le ofrecía una vista considerablemente más amplia que la de los ventanales del piso de arriba, bloqueados por la fronda de los consecutivos árboles: mangos, luminosos flamboyanes, bucares, ceibos, trinitarias de árbol en suntuosa expansión floral (y sin que nada las contuviera en su ascenso) tirando a morado (flores no, brácteas, una variedad de hojas diferentes a las nor- males, tirando a morado tampoco, magenta, especificaba su madre, que tenía un lado puntilloso con respecto a la precisión de los términos, que era un color mestizo producto de la cruza cromática por la cual el azul se encendía de un rojo púrpura vivo, también llamado fucsia por el mórbido tinte rosa violáceo de las inflorescencias de un arbusto oriundo de Américarosa mexicano por el uso frecuente en textiles, vestimentas, collares, ajorcas y otros objetos tradicionales, que le daban ellos).

Como no tardaría en darse cuenta, lo que al principio le pareció un medio efectivo de entretenerse y de paso atemperar la sequedad de su ánimo, al cabo de un tiempo acabó convirtiéndosele en el protocolo de un nostálgico hábito de obediencia. Al llegar a esa hora, como por efecto de un reflejo condicionado, su tictac interno lo empujaba a acantonarse en el banco pintado con varias capas de verde, que, según las variantes de su humor lingüístico, llamaba su apostadero, su trono, su bastión, su podio de vigilancia, su butaca, su asiento de palco, su observatorio de mirar en torno y de cara al proscenio de una calle cada vez más alejada de lo que había sido en su infancia… E inclusive, a contrapelo de su índole contemplativa, designaba como su potro de amasar, rumiar, meditar a fondo las versiones menos halagüeñas de su pasado en función de toda evidencia de su irremediable presente. Ya que de las cosas miradas y remiradas hasta absorber su centro y alrededores, saltaba a los eventos, tan vívidamente vívidos que se cerraban al consuelo de pinchar un cortísimo golpe de tiempo e ir a perderse, sin hincar, solo a rozar sus espinas.

Espoleado por la acuciante y, en cierto sentido, mórbida tendencia a la curiosidad (ya de niño se entretenía en osadas y no del todo inocentes pesquisas detectivescas: motivos, causas, indicios, pistas, en la detallada complejidad de la alineación de conjunto), más que en recrearse con la placidez del variado, aunque pequeño, jardín de matas ornamentales, que a fuerza de lluvias habían pasado, con cada nuevo brote, de arbustos a frondas de maciza sombra, alternando sus aureolas del amarillo al naranja brillante, del violeta de genciana a ciertos híbridos entre el lila y el verde, empleaba las horas en observar a los viandantes, gente, peatones ocasionales, pero muy en particular a la comunidad de los vecinos que, finalizadas sus ocupaciones y exorcizando el peligro de la noche por llegar, aceleraban el paso para regresar a sus casas custodiadas por rottweilers, dóberman y otros bien adiestrados perros guardianes o, corridos los portones eléctricos, dirigían los automóviles rápida y silenciosamente a los garajes con la ilusión de compartir con los suyos.

Además de centrarse en todo lo que estaba a su alrededor, estaba muy dentro de él, aún suspendida en el proceso de la convalecencia, la necesidad de enfrentar cara a cara el hecho incontrastable de que se encontraba ahí, justamente ahí, esa tarde, al igual que ayer, que anteayer, que en el intacto, invariable, perpetuo ayer de antes de ayer, precisamente en ese banco, su banco, en esa casa, su casa, en su calle, su larga calle arbolada, a merced de las fluctuaciones acariciantes de la brisa corriéndole detrás de la nuca y de cierto olor benévolo de las plantas que batía el aire.

Ahí, justamente ahí, de donde al irse lo había hecho en la convicción—completamente errada, como vendría a demostrarse veintitantos años más tarde—de que ni en el más estrafalario de sus pronósticos se encontraría nuevamente ahí, en los viejos predios familiares, ahí, donde ya en camino de hacerse hombre, en la solemne acepción de la palabra hombre, creyéndose ser algo sin ser aún digno de nada, había cortado las últimas amarras buscando evadir el pasado y allegarse en imaginación y fantasía a todo lo que se consideraba reservado: otra vida, otros paisajes, ca- lles, ciudades, continentes, océanos, nuevas navegaciones, nuevos puertos, diferentes advenimientos, en substitución de todo lo que habría de dejar atrás, perdido, inubicable en el bloque suspendido del tiempo, en el abandono definitivo de lo perpetuamente ausente. Otros retos, otras expectaciones, otros afanes, otros emprendimientos.

Si dos o tres años atrás alguna mente profética le hubiese predicho que se hallaría, como San Antonio Abad, repetidamente tentado por los incansables demonios de la soledad y el silencio en su cueva sepulcral en Egipto, cerca del mar Rojo, que no es mar ni es rojo, pero que al atardecer sí refleja las altas montañas rojizas y desérticas de Jordania. O como San Pablo el Simple, entre los primeros padres del desierto engendrador de monstruos, o como Simón de Antioquia, silente, inmóvil como una estatua, haciendo cuerpo con su santo cuerpo penitente sobre la eternidad de una pilastra de quince, dieciocho, veinte metros de altitud, según otros testimonios, a fin de en el rigor del exilio autoimpuesto, bajo el sol de Alepo sobre su cabeza, ganarse el cielo, o, para no andar tan atrás en los tiempos de la cristiandad, que se encontraría, entre otros magnos improbables, magnos a la par que felices, como su amigo Alfred Fleming, descendiente de un oficial de la Legión Británica, a quien lo unían muchos lazos, en la pampa argentina armado de su escopeta en persecución de los antílopes negros de firme y elegante cuello y cuerno alargado, o, con unos cuantos alborozados veraneantes a bordo de un yate de lujo de cincuenta metros de eslora y dos de calado, costeando alguna isla de las Antillas Menores, no lo habría creído más imposible que su estar ahí donde estaba asentado. Devuelto a sus exactos límites, a su unidad de lugar, a prudente lejanía de los ascetas de la Tebaida, de los antílopes de la pampa argentina, de las islas, islotes y otros pequeños enclaves marinos y sus luminosos meridianos.

Cómo había ocurrido eso de hallarse material y tangiblemente en ese y no en cualquier otro domicilio era algo que lo rebasaba, por sabidos y archisabidos que tuviera los acontecimientos—sin descartar el que pudiesen ir a peor—que lo habían sacado de su carril para, a su modo alevoso y sarcástico, traerlo de vuelta al punto de partida, ahí, al territorio donde había crecido y del cual, aupando ensueños y quimeras, había alzado vuelo como si se dijera a otra galaxia.

Los hechos se habían gradual y progresivamente estratificado en su conciencia. Primero esto, después aquello, de principio a fin y de nuevo al comienzo superponiéndose, confundiéndose, anubarrándose, de día, de noche. De ahí que no estuviera en capacidad de ponderar, aquilatar, discernir, aseverar si ese hilvanarse de aconteceres obedecía a los enredos del promiscuo albur, a la demencia, a la vanidad, a la alquimia con que las pasiones distorsionaban todo o a los procederes indicativos de una inescrutable fatalidad superior.

A veces, echando una mirada retrospectiva, se inclinaba, antes que por los fallos de la accidentalidad, por un estatuto más puntual en el aquí y ahora de la consecución de sus fines. En ciertos momentos, apelando a una posición más ecléctica que la férrea ley de causas y efectos, tendía a pensar que no había casualidad sin necesidad, que lo casual y lo inevitable no se oponían, que más bien obraban uno en interés del otro, propiciándose, solidarizándose con cada oportuna intervención, ajustando el ritmo y elegancia de sus pasos como si se tratara de una supermáquina de apremiar y contrastar, por armonía y contrapunto, las entradas y salidas de algunos de esos bailes de salón en los que, con arreglo a un fatigoso repertorio de movimientos, los bailarines, dándose la alternativa a intervalos preestablecidos, desplegaban sus evoluciones a fin de empoderarse de todo el perímetro de traslación del salón.

En cualquier caso, fuese el fallo obra del albur o de la necesidad, ¿dónde quedaba la trágica y desentonada libertad? Si no éramos más que seres abandonados al arrastre de la realidad, al andar a tientas entre los reveses de nuestros mal cumplidos terrenales deseos, deseos grandes que eran quimeras, quimeras que se iban degradando, que por fatiga y cansancio, finiquitado el bailoteo, iban a dar de bruces al piso. ¿La voluntad es libre? Es libre, libre y responsable… pero qué podemos nosotros, qué puede nuestra humana simpleza contra los órdenes jerárquicos que condicionan la complejidad en pensamiento y acción del mundo. ¡Qué purgatorio! ¿Alguna vez acabará todo este atronador permanecer en la ambigüedad y la ignorancia, asediados, mareados de tantos temerarios, confusos, agotadores traqueteos de preguntas? ¿Cuál sería el motivo de ese enzarzarse y revirarse entre patas de arañas e insectos depredadores suspendidos de los hilos segregados por su propia saliva? ¿Por qué esa imposibilidad de cerrarles preventivamente la boca?

Poner la vida en limpio, salir de conjeturas e hipótesis acerca de lo que somos era lo que él y todos deseaban.  Pero para eso habría que poder colocarse a distancia clínica de las perturbaciones del episódico, fragmentado, caótico, esquivo, oscuro, cambiante y, por caótico, esquivo, oscuro y cambiante, desconocido yo, como si se tratara de acometer el graficado sincrónico y unitario del mapa trabado del relieve terrestre en un solo plano largo, a fin de mostrarlo signo a signo, hoja a hoja, sin elipsis ni omisiones, y ya impuestos de él, volver la última página y dar por cabalmente restituido el texto conciso y completo, libre de enmienda y, a título de verdad pura y segura, hasta en la letra chiquita. ¿Ser transparente para sí mismo, más allá y más arriba de la sugestión de los sentidos y de las presuntas y caducas experiencias? ¿Querer, poder saber más de lo sabido, sin incertidumbres ni cabos sueltos, como primer requisito para que la verdad escueta y simple venga entera a nosotros? Como un hágase la luz, y la luz de un alma capaz de elevarse a la verdad desnuda se hizo.

Ni pactando, de ser posible invocarlo, de ser posible tentarlo, convencerlo del valor de nuestras almas para sus malévolas confabulaciones, con Satán, el Señor de las Moscas, pensaba Juan, se llegaba a semejante imperar en extensión y profundidad del saber sobre el saber de nosotros mismos. Todos queremos ver nuestras vidas en orden, entrar y salir de ellas, habitarlas sin hiatos ni desgarraduras, pero, en definitiva, quién, quién puede.

Pese a su disposición a no hacerle fiestas a su desaliento, a tomárselo con serenidad, sin acrimonia ni resquemores, como el agua pasada que era, escurriéndose entre los dedos, no podía dejar de considerar todo el asunto como un escarnio al sacrosanto monstruo de la libertad del que siempre se había jactado y sobre el cual debía reconocer que había sido él, solamente él, quien se había engañado, pretendiendo, decisión tras decisión, que su insolente y gloriosa juventud, la biología, su vitalidad, su amor propio, suscribirían por sí solos la linealidad a mediano y largo plazo de su prospección de vida.

Cuando era joven creía tener a ojos vistas una irrefutable y cruda noción del mundo (solo algo más grande y más diversificado de aquel en el que se había criado). Presumía ser ni más ni menos la persona que quería ser, saber todo lo que había que saber para llegar a ser quien deseaba ser, que solo necesitaba atreverse a darle la espalda a todo lo que no fuera ese saber. Pasado un tiempo, semejante imperdonable presunción le fue dejando bien claro que acabaría pagando por ella un precio más bien alto y, de paso, por mucho que tratara de pasarla en silencio, que terminaría sonrojándose con una humillante sensación de ridículo.

Eso era lo que más lo ofendía, haber creído, haberse infatuado, deseando, codiciando, considerándose falsa, terca, tontamente libre y soberano, apostándole a su egolatría, al su aún por verse coraje, como si otros decursos violentos, otras fuerzas de castigo, ajenas, como suele decirse, a la voluntad deseosa del indiciado, no formaran parte de la trama… Haber obviado el determinismo, la consumación de los infortunios, las incongruencias fraguadas de manos sueltas y tras bambalinas por los poderes que hacían de las suyas en el mundo… Haber olvidado que fe y realidad—la realidad que ignora la fe tanto como se ignora a sí misma—iban cada una a su destino, cada una con su propia hoja de ruta, como esos barcos que al cruzarse en altamar se saludaban haciéndose señas desde el puente de mando. Cada uno poniendo proa a su puerto de desembarque, cada uno roturando las aguas con el trazo de su estela de espuma destellante de sol o de luna. Dos barcos como dos puntos afantasmados que luego desaparecen como si nunca se hubieran entrecruzado en la inmensidad de las aguas marinas.

Una tocaya en Samotracia

La fe, esa fuerza irrazonable y sublime, ese hervor entusiasta en comunión con los éxtasis en alabanza a los dioses, que como por función de un resorte resisten y ceden, resisten y ceden tantas veces como el tensor elástico sea capaz de aguantar, hasta que llegue el día en que caído en desuso ni jale ni afloje. Lo real, ese otro solfear de lo prosaico y crudo percibido como reverso de la medalla, enfocado a lo estrecho y sofocante de las míseras circunstancias a que estaban universal e irrevocablemente sometidos los hijos de los desterrados del Edén, herederos en titularidad, y no por casualidad ni por simple inercia, de la dimensión vertical de la caída y el mal…

De cara a todo eso, lo que más lo vejaba era haber vuelto a ser el muchacho atolondrado que sin pena ni gloria, depuestas las armas de la rebeldía, ya curado de ilusiones, cuyos perversos esplendores le arrancaban ahora solo risas, risas agudas, risas estrepitosas, risas feroces, risas llorosas, estaba como al principio, fijo, petrificado, en el lugar del que, hacía muchísimo tiempo, con la sinrazón de sus básicos artículos de fe, sobre lo que le estaría reservado para cuando, sin mirar hacia lo que dejaba definitivamente atrás, se hubiera ido.

Sin embargo, tener cada tarde una base estable donde descargar la cabeza, un sitio que lo convidara a hundirse en sus cavilaciones furtivas a pensar y repensar, subsumidas en el fluir de su duración, una buena cantidad de eventos, acercándolos, según fueran más o menos placenteros, manteniéndolos a raya, ahuyentándolos siempre que lo apesadumbraran, no era un bien desdeñable. Sin ir más lejos, ese porche donde estaba sentado, sentado y con sus ojos irrestrictamente abiertos, sentado y con sus dos oídos dispuestos a no perderse de nada: un ceremonial que, aunado a la semiconsciencia de la rigidez de sus huesos posicionados en la dureza del banco pintado de verde, lo devolvía a la monotonía de su niñez, al vacío opresivo del área circunscrita al quicio de la logia abalconada que se conectaba, como un segundo umbral, al ínfimo jardín y al murito que lo separaba de la calle.

En el banco en el que se recuesta es empujado del revés en la tempestad de los recuerdos. Inoportunos, intempestivos, indetenibles, se cuelan furtivos antes de emboscarse en los huecos muertos del olvido. A ratos se atasca, a ratos se queda en blanco. A ratos se sorprende libre de sobresaltos, a prudente distancia, pasando muy largo de largo, avanzando y retrocediendo con el sosiego que llega avizorando puertas afuera el morir de la tarde: una más, una menos, como un estar y no poder estar de ida a alguna otra parte, solo una sombra plantada entre las sombras que se esparcen por doquier cuando la noche llega. Entonces, hoy como ayer, de una hora en otra, se abría a todo lo que vivía y se movía, a todo cuanto cuajaba en el interior de casas y apartamentos, sala, comedor, dormitorios, a todo cuanto se le ofrecía, más allá de las intimidades presentidas, al viento remecido de las cortinas de gasa. Al repertorio de lo que estaba aquí y ahora, a lo que aparecía y desaparecía, a lo que estuvo y ya no estaba al instante siguiente, a lo que estaba por ver, por oír, por conjeturar todavía…

Adentro, en la cocina, la cotidianeidad del fregar, enjuagar, secar, colocar los platos, vasos, cubiertos en los gabinetes. Con su recurrente gemido de bisagras flojas, su abrir y cerrar de puertas crujidoras, combadas, henchidas, roídas por la herrumbre y la humedad… Afuera y al fondo, el flujo homogéneo del tránsito, de los autos que se detienen y vuelven lentos sobre sí mismos antes de partir, el ulular de una sirena, el rumor constante de los motores, el ajetreo del día extinguiéndose como los bramidos de un final de partido en las tribunas de un estadio deportivo, como la tempestad que se retira detonando sus últimas, esporádicas, clamorosas salvas. Adentro y afuera, ráfagas de sonidos, sonidos nítidos, sonidos fuertes, por momentos débiles, bordoneando por arriba o por debajo, al favor de la corriente, cuyo registro sensorial le permitía detectar a cuánta distancia se hallaba del banco donde se sentaba en su niñez a ver pasar las horas en la confusión y nebulosidad de sus detalles y aun así sin hastiarse al grado de cambiar de escenario.

Hoy como ayer, estando metido en sus cavilaciones, le llegó súbitamente la voz de su madre viniendo de la cocina: ¿Juan, estás ahí? La cena no tarda

Aquí, mamá, presente y ausente, perezosamente vacante. Aquí, como un maestro zen en el momento de disfrutar, qué mejor, de la tarde que está por finalizar. Cuando la respuesta más veraz tendría que haber sido: Aquí, mamá, en mis cuarteles de invierno (enteramente inmóvil y de brazos cruzados), intentando, solo intentando retroceder a tomar contacto con la leve, alada ternura del niño, aquel que una vez fui, mimado, consentido por ti, inamovible en su nula consideración por tus desvelos, por lo mucho que diste de ti para mí, algo de lo que siempre tuve perfecta conciencia, de lo que nunca quise ni juzgué necesario corregirme, y de lo que nunca dejaré de arrepentirme.

Aquí, el mismo de ayer, de hoy y de siempre, para el que todo, y, por último, nada ha cambiado, solo que para su desgracia los años, y cómo, uno tras otro se han ido juntando. O, en palabras más irrefutables y ciertas: Aquí, en peligro de regresión al desnudo, monótono estar sin otra elección en el mundo… Aquí, volviendo a tomar aliento.

Aquí, en mi lugar de resguardo esperando a saber con qué lances, con qué mandas, con qué golpecitos se presentará el favor o disfavor del azar a tocar a mi puerta. Aquí, a la expectativa de tiempos más favorables.

Juan, ven, ven, la mesa está servida, y abrígate, mira que está haciendo frío, le escucha decir a su madre, pero él, entrecruzado de imágenes, sonidos y voces, en particular los suyos propios impedidos de hacer silencio, la oye, la oye repetidas veces, de lejos y menos lejos, de primer intento se empuja ligeramente hacia adelante. Algo suena, es el asfalto seco que una llovizna apenas visible con retraso humedece.¶

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Vamos, Venimos. Biblioteca Breve, Seix Barral Colombia, 2019, 304 pp.

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Los restantes eslabones forjados por Prodavinci:

    1. Victoria o el esplendor de la madurez creativa; por Ednodio Quintero.
    2. Victoria me acerca a un rostro; por Rodolfo Izaguirre.
    3. Victoria de Stefano: “A veces siento que llegó la noche”; por Hugo Prieto.
    4. Primer capítulo de “Vamos, Venimos”, la más reciente novela de Victoria de Stefano.
    5. Mi novela favorita de Victoria de Stefano; por Oscar Marcano.
    6. Aprender a caminar de nuevo; por Rodrigo Blanco Calderón.
    7. Victoria de Stefano: Claro-que-sí; por Carolina Lozada.
    8. Para Victoria de Stefano; por Krina Ber.
    9. La utopía literaria de Victoria de Stefano; por Luis Moreno Villamediana.
    10. Simplemente, Victoria; por Hugo Prieto
    11. Victoria de Stefano: “En una novela tiene que haber verdad y belleza”; por Hugo Prieto.
    12. La niña Victoria; por Antonio López Ortega

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José Gregorio será Beato

 

Ayer trajo El Universal esta nota:

“Los Decretos promulgados hoy por la Congregación para las Causas de los Santos con la autorización del Papa Francisco, llevarán a la beatificación a tres Venerables Siervos de Dios que vivieron en el siglo XIX, por el reconocimiento de un milagro atribuido a su intercesión”. Así lo informó el órgano oficial de información de la Santa Sede confirmando que “la Iglesia de Venezuela, de Latinoamérica y de todo el mundo se alegra porque ha sido anunciado el reconocimiento de un milagro que permitirá la próxima beatificación de uno de los laicos católicos más célebres de dicho país. Se trata de José Gregorio Hernández Cisneros”. En la información destacan que “José Gregorio tenía una fuerte vocación religiosa: en un principio quería ser monje y se fue a Italia en 1908, donde entró en la comunidad de Certosa di Farneta, en la provincia de Lucca”. “Trató a los pacientes con valentía durante la epidemia de fiebre española”, precisan entre los méritos del venezolano. “El 29 de junio de 1919, mientras iba a la farmacia a comprar medicinas para una anciana, fue atropellado por un coche y llevado al hospital donde recibió la Unción de los Enfermos”, recuerdan. “La Congregación para la Causa de los Santos ha promulgado hoy, 19 de junio de 2020, el decreto con la autorización del Papa Francisco para la Beatificación del Venerable Dr. José Gregorio Hernández, lo que hará del médico de los pobres el 4to Beato Venezolano, y el primero trujillano”, destacó por su parte la Conferencia Episcopal Venezolana (CEV). “La noticia es de alegría para toda Venezuela e incluso en América Latina, que ha despertado una gran devoción por el Venerable, uno de los laicos más insignes de la Iglesia, ejemplo de las virtudes cristianas, con una fe inquebrantable”, destacan. “Han sido 71 años desde que el proceso de beatificación y canonización del Médico de los Pobres fuese iniciado por Mons. Lucas Guillermo Castillo, quien fuera Arzobispo de Caracas, en 1949. Hace 34 años, el 16 de enero de 1986, fue declarado Venerable, por el Papa Juan Pablo II”, explican.

El dato sobre la actuación del Dr. Hernández durante la Gripe “Española” sugiere que fue un médico de pandemia que nos hace falta ahora.

La pandemia de gripe de 1918, también conocida como la gripe española, fue una pandemia de gravedad, causada por un brote del virus Influenza A del subtipo H1N1. (…)​ Se considera la pandemia más devastadora de la historia humana, ya que en solo un año mató entre 20 y 40 millones de personas. (…) Recibió el nombre de gripe española porque la pandemia ocupó una mayor atención de la prensa en España que en el resto de Europa, ya que no estaba involucrada en la guerra y por tanto no se censuró la información sobre la enfermedad. Aunque el origen del virus se acepta que fue Estados Unidos—fue el 4 de marzo de 1918 en Camp Funston, uno de los campamentos militares establecidos en Kansas tras el comienzo de la I Guerra Mundial donde se registró el primer caso—, un estudio de 2014 plantea la hipótesis de que el origen de una de las cepas letales del virus pudo estar en Madrid, aunque sin pruebas científicas de que esto fuera así. (Wikipedia en Español).

José Gregorio Hernández es mencionado numerosamente en Alicia Eduardo – Una parte de la vida, el libro de la hormiga Nacha, puesto que era el médico de sus bisabuelos maternos, Juan Pablo Eduardo Bustamante y María Durán. Acá abajo se transcribe esas menciones. LEA

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Juan Pablo no podía dormir. Fue de nuevo al cuarto de las niñas, tres ahora con una nueva pequeña, para asegurarse de que estaban bien. Tocó sus frentes con cuidado de no despertarlas, pero Alicia abrió los ojos cuando su padre puso sus dedos frescos en su cara. Ella sonrió y él la bendijo, cerrando sus párpados con suaves besos. Le preocupaba mucho la salud de sus hijas; iba a sus cuartos varias veces por la noche para comprobar que estuvieran bien.* Era una costumbre que lo tranquilizaba, pues estaba seguro de que podría salvar a las niñas de las enfermedades comunes en aquellos días si descubría a tiempo cualquier quebranto. Jadeando un poco por aquel sencillo recorrido, fue al baño de nuevo antes de acostarse a luchar contra el desvelo.

Él mismo no se sentía bien; la indisposición estomacal persistía. Pensó que tendría que pasar por la consulta del doctor José Gregorio Hernández, su médico de cabecera, pues había aumentado de peso, sus pies estaban inflamados y había tenido palpitaciones en el pecho y mucha debilidad. Pero lo peor era la falta de concentración y el desgano que sentía constantemente. La administración de las casas, su trabajo habitual, le causaba un agotamiento que lo preocupaba. El insomnio lo había estado acosando últimamente y aquella madrugada no parecía ser distinta, más con el calor y la humedad de aquellos últimos días del mes de octubre de 1900.

Después de leer un rato, pasadas las cuatro de la mañana, se quedó semidormido. Sentía su cuerpo en total reposo y hasta roncaba rítmicamente, pero de algún modo su mente estaba despierta y alerta. Sumido en el letargo escuchaba, por más que no quería, cómo aullaban los perros de forma extraña, como si anunciaran algo indefinido e inminente. De pronto escuchó un ruido sordo, un rugido pavoroso que crecía acompañando una violenta sacudida de la tierra. Las cosas que caían al piso haciéndose pedazos terminaron de despertarlo. Se levantó, y tuvo que luchar con la puerta de dos hojas que se había atascado. Con un empujón logró abrirla de par en par y corrió hacia el patio. Volvió a acosarlo el malestar, pero era tan fuerte su miedo por el sobrecogedor terremoto que no lo tomó en cuenta. Escuchó gritos, y pudo ver cómo se desprendía el techo sobre el sitio donde segundos antes descansara y que un amasijo de la intrincada red de caña brava y tejas de arcilla ocupaba ahora su lugar en la cama. (Págs. 63-64).

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Juan Pablo Eduardo Bustamante

Al fin, cerca del mediodía, entró de sombrero puesto el doctor Hernández. Después de examinar cuidadosamente a Juan Pablo, dictaminó que había tenido un ataque al corazón, y que era mejor trasladarlo hasta una cama con mucha precaución, darle los medicamentos que recetaría y cuidarlo con amor. Les refirió impresionado, mientras compartía con ellos una taza de sopa, que tuvo que atender varios heridos de gravedad afectados por el sismo, y se decía que había algunos muertos y un inmenso desastre. Los habitantes de Caracas se habían echado a la calle, atemorizados por las numerosas réplicas y el latente recuerdo del terremoto que en 1812 había destrozado la ciudad. Hasta el presidente Castro, en paños menores, se había lanzado desde el balcón del segundo piso de la Casa Amarilla, el que daba a la calle entre las esquinas de Principal y Conde, y se había fracturado un pie. Lo habían acostado en plena plaza Bolívar sobre un colchón. Contó que tanto la Bolívar como todas las demás plazas se habían llenado de gente, y en el laguito de El Paraíso se había improvisado un rústico campamento, pues muchas personas habían huido de las calles excesivamente edificadas del centro de la ciudad. Algunos matrimonios de apuro se habían celebrado en las barracas, por el temor de una catástrofe inminente. A pesar de que los daños no eran muchos, la gente estaba muy asustada. (Págs. 65-66).

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Un mes después, cuando una cierta calma había vuelto a la ciudad y ya hacía tiempo que los muertos habían sido enterrados, María intentó convencer otra vez a Juan de pasarse a la cama. Pero de nuevo él se negó rotundamente, y permaneció allí sin despegarse de su asiento para nada. Desde la silla supervisaría después, como sabio maestro de obras, a los albañiles que arreglaron el techo de la casa. Sus amigos, y el mismo doctor Hernández cuando le hacía su examen médico semanal, le contaban los estragos que había producido el terremoto de cuarenta y cinco segundos, con sus doscientas cincuenta réplicas. (Págs. 66-67).

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El corazón de Juan también había tenido su propio terremoto, con réplicas y todo, y él ya nunca sería el mismo. Su salud no pareció mejorar a pesar de los muchos cuidados. Al contrario, se veía más débil e incapacitado para moverse de su asiento. Aquella silla, en la que se mecía cada vez más débilmente, poco a poco pasó a formar parte de su humanidad y él a ser parte de ella. Cuando lo mudaban de posición, para acomodarlo o vestirlo, sentía que su corazón amenazaba con dejar de funcionar, y el terror a la muerte lo ataba a la mecedora aun más. No quería separarse de aquel trasto que en su delirio sentía como balsa salvadora, pues no dejaba de asegurar a quien quisiera escucharlo que mientras permaneciera en ella estaría a salvo de la muerte. El doctor Hernández se veía muy preocupado por la salud de Juan, sabiendo que la insuficiencia que sufría de la válvula mitral era muy peligrosa en esa juventud de treinta y dos años. (Págs. 67-68).

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Se deterioraba rápidamente frente a los ojos de María. Tenía los pies y el abdomen inflamados, aunque casi no comía por las constantes nauseas y vómitos. Le costaba mucho respirar y se le notaban visiblemente inflamadas las venas del cuello. Cada vez se sentía más indispuesto. Por su insomnio y su gravedad llenaron de paja la calle del frente, “para mitigar el ruido que hacían las llantas de hierro de los coches sobre el empedrado”. Juan desesperaba al considerar, en las noches interminables, que la tierra con sus sacudidas había alterado su vida, convirtiéndolo en un lisiado fundido a una mecedora, y que de nada le valdrían los buenos negocios, ni las haciendas, ni las casas que había comprado para devolverle la salud. Pronto iba a morir; estaba convencido de ello. Entendió que tendría que ponerse en paz con Dios y arreglar sus cosas. Comenzaron los preparativos para la administración de los bienes que María y las niñas habían de heredar. Quedaron de acuerdo en otorgarle a Francisco Mayz, amigo y administrador confiable, el manejo del patrimonio conyugal mediante un poder registrado en 1901. El 7 de julio de ese año, pasada la media noche, Juan Pablo Eduardo Bustamante, acosado por sus mortificaciones y con el corazón destrozado, murió sentado en su mecedora. (Pág. 75).

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Retrato hecho en Génova a María Durán

Para 1906, con el país pacificado bajo la férrea mano de Gómez, la salud de María comenzó a quebrantarse. Fue a ver a José Gregorio Hernández aquejada de fatiga, fiebre leve y sudoración excesiva, la que se presentaba sobre todo por las noches y que en un principio atribuía a su edad. Había perdido peso y sentía una opresión en el pecho, que había ido aumentado con el tiempo desde la muerte de Juan. El doctor Hernández se mostró muy preocupado por el terrible diagnóstico que tuvo que darle a María: tenía tuberculosis. Le pidió que guardara cama y no tosiera sobre las niñas para no contagiarlas, y prometió ir a verla con frecuencia a revisar la salud de ella y de las muchachas, cada vez que lo necesitaran. Cuando le hizo la primera visita en la casa, le pidió a las criadas que estuvieran pendientes de los medicamentos, mantuvieran la habitación de María ventilada, iluminada y limpia, se lavaran las manos antes y después de cada comida con agua y jabón, le pusieran una gotita de lejía al agua de enjuague de los utensilios de la enferma, y recogieran las expectoraciones en una bolsa de papel para ser quemadas en el patio. De inmediato José Gregorio comenzó una terapia con el aceite de chalmoogra** que hasta ese entonces se usaba para tratar los enfermos de lepra, pero era el medicamento que el sabio médico venía utilizando con mayor éxito en el tratamiento de la mortal enfermedad. Cada cierto tiempo le ponía una dolorosa inyección del aceite a María, quien al principio, y con los cuidados del buen doctor, comenzó a mejorar. (Págs. 78-79).

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Francisco J. Mayz, cumpliendo con lo que María tenía dispuesto, compró el 9 de enero de 1908 en 16.000 bolívares una casa en la calle Sur 10 de la parroquia San Juan, entre las esquinas de Quebrada y Pescador. Esta compra se realizó justamente el día antes de la muerte de María, quien venía sufriendo de intensos dolores de cabeza y seguía con fiebre muy alta. No retenía alimentos a causa de los constantes vómitos, y después de sufrir varias convulsiones murió el 10 de enero de 1908, antes de cumplir los cincuenta y dos años de edad.*** (Pág. 83).

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El mismo día del fallecimiento de María, Francisco Mayz y Carlos Fleury hicieron lo que tenían previsto: se presentaron al Juzgado de Primera Instancia en lo Civil de la Sección Occidental del Distrito Federal en Caracas, a pedir al juez de la causa, Pedro María Morantes, que nombrara el consejo de tutela entre las personas que había escogido María Durán antes de su muerte.

Siete días después estaban en el juzgado los señores Francisco (Pancho) Larrazábal Fagúndez, José Gregorio Hernández, Charles Röhl y Otto Römer, quienes habían sido llamados por el juez para ser informados de su designación como miembros del consejo de tutela. El 20 de enero, el doctor José Gregorio Hernández presentó sus excusas ante el juez y declinó participar en el consejo “debido a sus múltiples ocupaciones”. Entonces fue llamado en su lugar Pedro Larrazábal, el adorado profesor de María Teresa y hermano de Pancho, para formar parte del consejo tutelar, quien aceptó de inmediato la responsabilidad. (Pág. 84).

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Josefina y Graziella vieron con sus propios ojos el tamaño del mundo, y le tocaron a cuatro manos los valses criollos en el pabellón de Venezuela. En el Grand Hotel de París tocaron para la corte del ex presidente Guzmán, como tantas veces lo hicieran para muy pocos oídos afortunados en tardes caraqueñas. Compartieron con Arturo Michelena cuando presenciaron la inauguración de la Torre Eiffel, y admiraron la obra que él pintara para esa Exposición Universal. La pintura, un teatral cuadro de Carlota Corday camino al cadalso, que recrea la atmósfera del instante retratado con impactante realismo, obtuvo medalla de oro. Naturalmente, esto fue considerado en Venezuela un triunfo, que fue celebrado de manera estruendosa. Otro pintor venezolano, Emilio Boggio, ganó medalla de bronce.

Los venezolanos que estaban en París se alegraron también con la medalla de oro que otorgaron a Vicente Marcano en química agronómica, por su muestra de diversos tipos de guano de aves de nuestras cuevas. El mismo Marcano montó en el pabellón de Venezuela, cuya fachada era copia exacta de la catedral de Caracas y estaba situado al lado del templo inca del Ecuador, un mapa geológico del país con muestras de minerales nativos que fue muy elogiado. En la espaciosa sala se exponía además “…muestra de café, y pilones de su panela dulce, y libros de versos y de ingeniería, y zapatos ligeros y finos”. Los visitantes del pabellón venezolano también pudieron descubrir algunos de nuestros típicos productos alimenticios, como lairén, apio, ocumo, ñame, batata, mamón y yuca, y asimismo muestras de más de veinte aguas termominerales, tejidos, cestería y artesanía indígena.

La medalla de oro al mejor violín expuesto también estuvo relacionada con Venezuela. El instrumento fue comprado por José Gregorio Hernández, quien se encontraba en la ciudad estudiando en el laboratorio de histología de Mathias Duval, mientras conseguía el instrumental necesario para el Laboratorio de Fisiología Experimental del Hospital Vargas de Caracas. El médico tocaba ese violín esporádicamente, y terminó regalándolo a un sobrino al abandonar todas sus posesiones para ingresar a la Cartuja de Lucca. (Págs. 140-141).

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* Recuerdo que contaba Alicia Eduardo.

** También chaulmoogra, Ginocarda odorata. En sesión de la Academia de Medicina en 1918, Hernández presenta una nota provisional al respecto, la cual finaliza así: “Aunque esta es una comunicación preliminar, pues no hemos tenido el tiempo suficiente para un estudio definido, podemos sin embargo deducir de nuestro trabajo las conclusiones siguientes: el aceite de chaulmoogra ciertamente mata al bacilo de Koch, los enfermos tratados mejoran su estado general después de la inyección… las inyecciones de uno o dos c.c. separados por largos intervalos es lo mejor…”

*** Una certificación que se refiere al acta de defunción de María Durán, firmada por su médico de cabecera, el Siervo de Dios doctor José Gregorio Hernández, la guarda Gustavo Larrazábal Eduardo.

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En este grupo de médicos, José Gregorio Hernández es el primero de la izquierda. (Fotografía obtenida por cortesía de Ana María Zuloaga).

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El elicefante verde

 

Historias de familia – Cuarentena Covid 19

 

Junio 2020

 

En una oportunidad, le oí a uno de los profesores que tuve en la Escuela de Psicología de la UCAB algo que me quedó grabado: “Quien tiene recuerdos y vivencias bonitas de su infancia tiene el piso, la plataforma necesaria, para enfrentar situaciones conflictivas y difíciles a lo largo de su vida”. Sabia enseñanza, que en estos largos meses de confinamiento he podido recordar y valorar.  Me he aferrado a esas vivencias felices, a historias familiares, y al escribirlas las he atesorado aun más.

Josefina Sucre de Sucre conversa con Salvador Larrazábal Peña

Tuve el privilegio de que mi papá, Eduardo Larrazábal Berrizbeitia, fuera uno de los mejores “cuenta-cuentos” que haya conocido. Pienso que lo heredó de mi abuelo, Salvador Larrazábal P.* Los dos tenían ese don de la palabra y, quizás por eso, ambos fueron en el comienzo de mi vida los que comenzaron a llenar ese “disco duro” de mi memoria.

Mi abuelo Salvador fue el primero que perdí, teniendo trece años. Lo que más recuerdo de él era su sonrisa, su alegría. Nunca, jamás, lo vi vestido de otra forma que no fuera con su flux oscuro, su camisa blanca impecable y su corbata. Para una niña, esa imagen de sobriedad pudiera provocar temor, pero su avasallante personalidad lograba todo lo contrario. Vivió muchos años de su vida en Europa, entre Londres y París. En esta última ciudad conoció a mi abuela, Inés Berrizbeitia, quien residía allí, durante una reunión en la Embajada de Venezuela, a la que había acudido con sus hermanas y primas.

Se comprometieron más adelante y, de regreso a Caracas donde se celebraría la boda, trajeron consigo casi todo el mobiliario que conformaría su nuevo hogar. Tengo la dicha de tener, en el comedor de mi casa , el seibó** que siempre vi desde chiquita y que me causaba fascinación cuando oía que era traído de París.

Fue un hombre profundamente católico y comprometido. Junto con su gran amigo, Monseñor Ferreira, Párroco de la iglesia El Recreo, fundó la Acción Católica para dedicarse a innumerables apoyos sociales. Muchas veces, por ser su nieta mayor, me llevaba con él a las reuniones. Nunca me fastidié porque me encantaba oírlos hablando de Dios y de cómo podían trabajar para ayudar a los demás. Estoy segura de que esos recuerdos me llevaron de la mano para que siempre me haya inclinado al voluntariado de todo tipo, y hoy en día tenga más de veinte años dedicándome a la catequesis, algo que me apasiona.

Don Salvador no sólo fue un hombre alegre y divertido, sino valiente y lleno de coraje. Aquí es donde intervienen las historias que fui oyendo de él, narradas en primera persona por mi cuenta-cuentos favorito.

Siendo la mayor de seis hermanos, los primeros años de mi vida transcurrieron de forma idílica en una hacienda de caña donde mi papá, recién graduado de ingeniero agrónomo, comenzó a ejercer su profesión. El Avispero, propiedad de la familia Blohm, era una inmensa finca aragüeña cerca de Tocorón. Los primeros tres hijos tuvimos el privilegio de que mi papá pudiera dedicarnos un tiempo invalorable. Nos enseñó a montar bicicleta sin rueditas de apoyo, nos transmitió su amor por la naturaleza y nos contaba cuentos maravillosos, reales unos, inventados otros. Los cuentos reales siempre tenían que ver con lo valiente que era mi abuelo.

Mi papá era el menor de cinco hijos, y fue siempre su fiel compañero de aventuras. Entre las historias que más me apasionaba oír estaba la de un episodio que les sucedió teniendo él aproximadamente seis años.

Iban juntos, todos los sábados, en una mula que mi abuelo había comprado para poder subir a la hacienda de Maca ( hoy en día Petare) propiedad de la familia, en cuya casa vivía una tía que había quedado ciega y ocupaba todo su tiempo tocando maravillosamente el piano a pesar de su condición. La visitaban, le hacían compañía y le llevaban dulces. En el trayecto de subida, eran conocidos y queridos por todos los campesinos de la zona a quienes Don Salvador siempre ayudaba, y los recibían con gran cariño. En una oportunidad, a ambos les pareció que los estaban saludando más afectuosamente que de costumbre, y gritaban: “Don Salvadooooor”, una y otra vez a lo largo del recorrido. Uno de ellos, le gritó al fin: “¡Cuidado con Eduardito! ¡La mula lleva una culebra guindada del raboooo!” El ofidio había saltado del monte intentando atacarlos, y se quedó engarzada. Mi abuelo no subía nunca sin su revólver, no creo que por seguridad sino, me imagino, para solventar situaciones serias como ésta. El asunto era cómo matarla sin asustar a mi papá y sin que la mula se diera a la fuga del pavor. Se volteó en un segundo y le dio a la culebra un disparo certero en la cabeza controlando la situación, lo que provocó una gran ovación de todos los campesinos que estaban alarmados presenciando el suceso. Con los aplausos, lograron que mi papá no se asustara y no se diera cuenta de lo que les hubiera podido pasar.

Alucinábamos cada vez que oíamos la historia.

A medida que fui creciendo, me fui dando cuenta de que era una “estrategia pedagógica” de Eduardito para que le tuviéramos el máximo respeto a estos animales, ya que vivíamos nada menos que en el foco: una hacienda de caña, que bien podría haberse llamado El Culebrero en lugar de El Avispero. Oíamos toda clase de cuentos de las personas que trabajaban, los que fuimos aprendiendo, creyendo al principio que se trataba de leyendas, como, por ejemplo, que las culebras persiguen a las mujeres que están amamantando o acaban de ser madres. Creíamos que eran historias fantasiosas al extremo ¡hasta que nos tocó vivirlo en primer plano!

Habíamos regresado de Caracas, después del nacimiento de Carlos Alfredo, el cuarto de mis hermanos. Era plena época de zafra y recogida de la caña, el momento más crítico para la estampida de todo tipo de animales, especialmente de las culebras. Las puertas de la casa estaban forradas de tela metálica por protección y jugábamos en el jardín muy supervisados pero, aun así, una grande mapanare aprovechó el descuido de alguien que dejó la puerta entreabierta. Mi hermano Eduardo Elías entró a la casa por casualidad, justo en el momento en que mi mamá caminaba por el pasillo con Carlos en los brazos, seguidos de cerca por la cautelosa víbora. El “gordo”, que al parecer había heredado la valentía de nuestro abuelo, le dijo muy tranquilo a mi mamá que se encerrara en el baño y corrió a buscar la ayuda de los peones de la hacienda; tenía seis años. Nos mandó a mi hermano Gustavo de cuatro años y a mí de seis, a subirnos al tope del tobogán del jardín. No sabíamos por qué, pero le obedecimos al instante cuando le vimos la cara de “situación de emergencia”. Lograron atraparla enroscada en uno de los cuartos, me imagino que aterrada por los gritos de mi mamá. En esta ocasión, la ovación fue para mi hermano por su coraje . Desde ese día, estuvimos mucho más alertas y claros de que la cosa no era ninguna broma.

Mi papá nos contaba cuentos de héroes, lo que supongo era otra de sus estrategias para que disfrutáramos de la vida en una hacienda y no creciéramos como niños temerosos. (No sé si conmigo tuvo mucho éxito). Mi cuento preferido era El elicefante verde que, por supuesto, no era real sino producto de su fértil imaginación.

“En las verdes praderas de África, donde los elefantes inmensos y poderosos viven libres y felices, nació un día un elefantico que no era gris como los demás. Era verde, y nunca logró tener el tamaño del resto de la manada. Para burlarse, lo llamaban elicefante.

A él nunca le preocupó ser distinto a los demás; llevaba su vida tranquilo y no le hacía caso a las risas. Trataban de asustarlo todo el tiempo, con amenazas de que por su tamaño iba a ser el manjar del temido león que merodeaba. Le repetían: “Nosotros tenemos el tamaño para defendernos, pero tú eres chiquito y, además, verde”. Un día, llegó la temida amenaza y el león se les enfrentó con toda su furia. Todos empezaron a huir aterrados menos nuestro elicefante, que dio un paso adelante con gran coraje, y le dijo: “¡Yo soy el defensor de todos mis compañeros! Así que no te atrevas a dar un paso adelante porque habrá consecuencias”. Ante la mirada incrédula de todos, el león se retiró y nunca volvió a molestarlos. El héroe del cuento dejó de ser la burla de todos, para pasar a ganarse el respeto absoluto de toda la manada.

He disfrutado al máximo contándole la historia a mis cuatro nietos, que me hacen repetírsela una y otra vez pero, como estamos en el siglo XXI, me piden que le cambie el color al protagonista en cada oportunidad, para que sea: purple, orange o pink.

Todos estos recuerdos, grabados en mi memoria, me han reafirmado que mi profesor de la universidad tenía razón: hay que atesorar esas vivencias inolvidables, sacarlas afuera, contarlas, escribirlas para poder continuar viviéndolas, para que sean sanadoras y así lograr lo más importante: que trasciendan… aunque tengamos que cambiarle el color a los héroes en los cuentos de nuestro disco duro.

Rosa Elena Larrazábal de Maldonado

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* “Pedro [Larrazábal], que era un hombre bueno, sabía que debía cumplir la promesa hecha a María Teresa de ayudar a casar a sus hermanas. (…) Mantuvo, por aquellos días, correspondencia constante con Caracas para averiguar sobre posibles buenos partidos para casar a las muchachas. Quería que fueran jóvenes conocidos, preferiblemente de la familia. Hizo en las cartas una buena promoción de Alicia y Margot; describió lo bien educadas que estaban y lo buenas que eran con sus pequeños hijos huérfanos. (…) Pronto obtuvo una respuesta positiva de su sobrino Salvador Larrazábal Peña, quien llegó hasta San Juan de Luz, pero no se entusiasmó con ninguna de las casaderas y, después de pasar unos días en el pueblo, regresó a Caracas”. (Nacha Sucre: Alicia Eduardo – Una parte de la vida, pág. 110. Fundación Empresas Polar, 2009).

** seibó Del ingl. sideboard. 1. m. R. Dom. y Ven. aparador. (Diccionario de la Lengua Española).

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El escritor Mario Vargas Llosa y un libro sobre Jorge Luis Borges

Se reproduce acá un trabajo publicado en la sección de Cultura del diario argentino Clarín. Una muy recomendable entrevista de Vargas Llosa a Borges en 1981 fue publicada por El País de España y reproducida en el blog de César Miguel Rondón: Borges en su casa. Una entrevista de Mario Vargas Llosa.

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Jorge Luis Borges en Caracas

 

Vargas Llosa sobre Borges: “Es el escritor más importante de nuestra lengua”. El Nobel peruano está por publicar en España “Medio siglo con Borges”, en el que recopila ensayos, entrevistas y notas suyas sobre el autor argentino.

 

13/06/2020 – 13:00

“Si tuviera que nombrar a un escritor de lengua española de nuestro tiempo cuya obra vaya a perdurar, a dejar una huella profunda en la literatura, citaría a ese poeta, cuentista y ensayista argentino que le prestó su apellido a Graciela Borges, a Jorge Luis Borges”, escribe Mario Vargas Llosa en una nota publicada este sábado en el diario El País, de España. El artículo reproduce una conversación—hasta ahora inédita—que el Nobel peruano mantuvo con el escritor argentino en 1981 y que formará parte del libro Medio siglo con Borges, editado por Alfaguara y de próxima aparición en tierras españolas y aún sin anuncio de publicación en Argentina. De todos modos, desde el 18 de junio, se podrá acceder a la versión digital, a 8,99 euros (702 pesos).

El libro de 112 páginas recopila ensayos, artículos, críticas, entrevistas y conferencias sobre Borges escritas por Vargas Llosa, nacido en Arequipa hace 84 años. La que reproduce en El País, cuenta el propio autor de Conversación en La Catedral, “tuvo lugar en el modesto departamento del centro de Buenos Aires donde vive, acompañado de una empleada que le sirve también de lazarillo, pues Borges perdió la vista hace años, y de un gato de angora al que ha bautizado con el nombre de Beppo porque, nos dijo, así se llamaba el gato de un poeta inglés que admira: Lord Byron”.

En la charla que permanecía desconocida hasta el momento, Vargas Llosa, gran observador, le pregunta a Borges por qué no conserva libros escritos por él en su biblioteca: “Cuido mucho mi biblioteca. Quién soy yo para nombrarme con Schopenhauer…”, alega el autor de El Aleph, de respuestas cortas a lo largo de la conversación.

Borges asegurará que el nacionalismo es “uno de los grandes males de nuestra época” (la entrevista es de 1981), “un mal que corresponde a las derechas y a las izquierdas”. “¿Cuál es el régimen político ideal para usted, Borges?”, indaga Vargas Llosa. “Yo soy un viejo anarquista spenceriano—contesta Borges—y creo que el Estado es un mal, pero por el momento es un mal necesario. Si yo fuera dictador renunciaría a mi cargo y volvería a mi modestísima literatura, porque no tengo ninguna solución que ofrecer. Yo soy una persona desconcertada, descorazonada, como todos mis paisanos”.

Por su parte, El Cultural, la revista cultural del diario El Mundo, también de España, también se hace eco de la inminente publicación del libro de Vargas Llosa, con quien pudo concretar una charla a la distancia debido a la cuarentena por coronavirus. El autor de La fiesta del Chivo habló sobre sus recuerdos de Borges y su importancia en las letras. Incluso lo ubica como el más importante en lengua española: “Creo que Borges es el escritor más importante de nuestra lengua en la actualidad. Figura ya entre los clásicos y tal vez si hay que compararlo con alguien habría que hacerlo con Quevedo, por quien sintió siempre gran admiración y del que hizo una espléndida antología hace muchos años”.

Vargas Llosa contó que no leyó el Borges, de Adolfo Bioy Casares, libro que le produjo “una gran repugnancia desde que lo vi publicado y no lo he leído ni lo haré. Me parece inmoral que todas las conversaciones privadas que tenía Borges con Bioy Casares, este las grabara o reprodujera posteriormente, pensando en un libro póstumo”.

Sobre los imitadores de Borges, aseguró: “El estilo y los temas de Borges son absolutamente personales y, por eso, Borges no tiene imitadores válidos, a diferencia de Faulkner o Joyce. A sus imitadores, Borges los mata, es decir, los anula y delata como ‘borgesitos’. Muchos autores de distintas generaciones y de distintas lenguas han tratado de imitarlo y, en vez de empujarlos hacia la originalidad, se delataron como imitadores. Es un caso curioso, porque lo general es que los grandes escritores estimulen y orienten a los más jóvenes y les permitan encontrar su propia voz, pero hasta en esto es Borges un caso único”.¶

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Las montañas de Buda

 

 

¿No le habían enseñado que el sufrimiento domina la existencia de todos los seres vivos y que su culminación es la muerte? ¿No es ésa la suprema ley de vida? Hasta en la naturaleza el drama está por doquier: el pájaro que muere en la boca de un depredador, las plantas que luchan entre ellas por un rayo de sol… tras todo paisaje idílico hay un combate desenfrenado y sin tregua, un imperio del dolor del cual es imposible concebir ni el origen ni el término. En el discurso de Buda no existe un dios salvador.

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Todas las Hormigas estamos sanas. ¡Gracias a nuestro Dios!—que sí es salvador. Habían pasado más de dos meses desde nuestro último encuentro, cuando burlamos nuestra cuarentena la calurosa tarde del 20 de mayo y nos reunimos, con todas las normas de seguridad posibles, en casa de Chicha y nuestro querido hacker, para discutir la novela Las montañas de Buda de Javier Moro. Estábamos emocionadas de vernos después de dos meses de encierro; más de una se cortó el pelo, pintó sus canas y se hizo manicura para la ocasión. Lucimos diferentes modelos de tapabocas y Ana María, por el calor, lo usó como cintillo de pelo—que parecía sombrero de piñata—toda la tarde. Siempre es bueno para el espíritu reunirse con las amigas, pero mejor aún con el Hormiguero en total intimidad, merendando rico y compartiendo un buen vino.

Tres de nuestras Hormigas voladoras han visitado los antiguos predios del Dalai Lama, después de que los chinos los dominaran y lograran afear sus ciudades. Fue a partir de 1950—año en el que nacimos la mayoría de las Hormigas—, cuando comenzó el genocidio contra ese pueblo humilde de campesinos, orfebres, jardineros y tejedores. Usaron la fuerza bruta contra gente pacífica que vivía adorando a Dios sin hacerle daño a nadie, aislados entre las montañas más altas del mundo donde hasta el oxígeno es escaso. Los chinos tomaron posesión de ese agreste territorio, del tamaño de Europa occidental, con la excusa de protegerse de un supuesto ataque de los Estados Unidos por esa frontera.

Irrumpieron en el sacrosanto templo del Jokhang y se entregaron a una orgía de profanación, destrozando sus irremplazables tesoros. Durante varios días, aquellos fanáticos quemaron escrituras sagradas, decapitaron budas y descuartizaron cuadros. Acabaron por destruir parte del templo, por convertir las piezas restantes en un matadero de cerdos y por instalar su cuartel general en las capillas…

Las tres Hormigas voladoras visitaron Katmandú, la ciudad de los monos libres que roban a los humanos cada vez que pueden. La describieron como arquitectónicamente aplastada por los feos edificios chinos. Sus calles son un hervidero de gente, pululando en un gran mercado de tenderetes malparados, con una intrincada maraña de cables como techo. Allí sobreviven aún muchos tibetanos, que a pesar de la pobreza venden sus artesanías con ilusión, una sonrisa en la boca y paz en su alma.

…ningún régimen, y menos uno extranjero, puede imponer la felicidad. Ésta se encuentra en uno mismo, en el silencio, donde se halla el espíritu infinito, en la paz interior, a la cual sólo se llega cultivando el altruismo. La antigua civilización tibetana, venerando la sabiduría y la compasión como únicos bienes deseables, lo había entendido hacía siglos.

Ellos no pierden la esperanza de recuperar sus montañas sagradas, en libertad. Mientras, intentan superarse mostrando a los viajeros los bellos tejidos y preciosas artesanías que hacen con orgullo y con el claro propósito de mantener su cultura, costumbres y hábitos que los chinos, hasta ahora, no han podido cambiar. Está prohibido, por ejemplo, rezar en público, pero es común verlos tendidos en el suelo adorando a Dios.

La naturaleza parecía recordarle que, a imagen y semejanza de las estaciones, todo pasa y vuelve a pasar, tanto la pena como la alegría, la guerra y la paz. Que de nada sirve retener el instante. Porque sólo permanece la inmensidad del espíritu, espejo inmutable que recoge la forma cambiante de las apariencias.

En Lhasa pudieron apreciar más libremente la arquitectura tibetana de muchos colores, combinada con bronces que brillan al sol. Sus calles están bordeadas de flores y los pobladores visten también de colores tejidos, se escucha hermosos cantos y se siente todavía lo sagrado en el aire frío del Tíbet, a pesar de los ochenta y siete mil tibetanos que murieron en la rebelión de 1959 y del peso de la bota de la China Comunista que, todavía hoy día, hace abortar el tercer embarazo de cualquier madre tibetana.

El holocausto del Tíbet es el resultado de una pugna desigual entre la fuerza bruta de quien detenta el poder político y la protesta pacífica de un pueblo profundamente religioso.

Hay tristeza en la mirada de los pobladores por la libertad perdida, pero no falta la esperanza, porque gracias a su adorado Dalai Lama y a pesar de su destierro o, tal vez, gracias a él, su religión se ha extendido por el mundo y cada ves se conoce más la terrible injusticia y crueldad que se cometió con su pueblo.

Javier Moro demuestra su habilidad para captar el momento histórico y político y, a la vez, mostrarnos las bellezas naturales y misteriosas de ese paisaje desconocido. Nos introduce a dos personajes, uno femenino y otro masculino, que vivieron la etapa de la invasión. Con ese toque personal nos hizo más palpable la experiencia y nos enseñó a conocer mejor la bondad que emana de su cultura y religión. Se nota la pericia del escritor cuando nos describe, con crudeza y sin sadismo, las terribles torturas que vio y padeció la joven monja en la cárcel.

Mujeres que combatían por sus derechos, por sus tradiciones, por su país y por su religión. Indiferentes al desprecio y al escarnio, habían conquistado la igualdad. Desafiando la represión, se habían ganado el respeto y la veneración de sus compatriotas.

Nos resume, con multitud de detalles atrayentes, la historia que desconocíamos hasta ahora. La investigación que respalda la novela es, como ya nos ha acostumbrado este escritor, exhaustiva y muy amplia, lo que tal vez hace fríos los primeros capítulos pero, como es su estilo, la trama avanza y nos atrapa al adentrarnos en las intimidades de la vida de su personaje masculino y central, Tenzin Gyatso, el décimocuarto Dalai Lama, “Océano de sabiduría”; el líder religioso y político que, con la fortaleza de espíritu común en su cultura y con su política pacifista ante la barbarie, ha dado a conocer la masacre de su pueblo y se ha ganado el respeto del mundo por la fortaleza espiritual que lo caracteriza.

Tenzin Gyatso ha sabido inculcar a sus compañeros en el exilio la misión de proteger el alma de su país, a la espera de un hipotético regreso, sabedor de que si un pueblo lucha por su existencia, sólo puede vencer; que el sentimiento de amor a la libertad, inherente al ser humano, acaba por imponerse.

Todo el sufrimiento, la injusticia y la maldad termina borrada y eclipsada en la novela de Javier Moro, así como en la vida real, por las creencias filosóficas y religiosas del pueblo tibetano, por la bondad y la paciencia que son su fortaleza, por la política de no violencia adoptada por el gobierno en el exilio que muchos critican.

A los más jóvenes, que sueñan con armas y combates y que desprecian la política de no violencia que después de cuarenta años sigue sin dar sus frutos, el Dalai Lama les recuerda que, incluso en un Tíbet autónomo, la inmensa China seguirá siendo un potente vecino y que la sangre vertida será un obstáculo para la reconciliación.

“Ver al Dalai Lama es como ver al Papa”, dijo una de las Hormigas que tuvo esa suerte, “De él emana bondad y santidad”. Elizabeth prometió escribir con detalle su encuentro con el Santo y las peripecias de su aventura en la India. Publicaremos su texto oportunamente.

En principio quedamos en leer para la próxima reunión Nuestros años verde oliva de Roberto Ampuero pero, cuando el grupo lo comenzó, se incomodó con la historia por su relación con la política y la revolución cubana que nos es particularmente irritante. Se decidió entonces leer Pachinko de Min Jin Lee. En este caso es una historia de familia coreana-japonesa que no tiene nada que ver con nuestra triste realidad nacional.

La novela de Moro, Las montañas de Buda, publicada en 2004 por Seix Barral, gustó mucho y fue bien calificada por el Hormiguero con siete puntos sobre diez, en mayo del 2020, año de la pandemia del Corona Virus.

Como era de esperar, una de las Hormigas dejó olvidado el tapabocas…

NS

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Hace siglo y medio dijo adiós

Tomado de la sección de cultura de La Nación de Argentina (y mínimamnete ajustado)

A 150 años de la muerte de Dickens, el novelista más poderoso del siglo XIX

 

La obra de Dickens representa un antes y un después en la historia literaria
La obra de Dickens representa un antes y un después en la historia literaria

 

Daniel Gigena

9 de junio de 2020  • 11:29

 

Hace ciento cincuenta años, Charles Dickens moría en su casa de campo en Kent. “Ningún novelista del siglo XIX, ni siquiera Tolstói, fue más poderoso que Dickens, cuya riqueza inventiva rivaliza con Chaucer y Shakespeare “, dictaminó Harold Bloom en El canon occidental . La obra de Dickens, que representa un antes y un después en la historia literaria, sigue viva gracias al elenco de personajes memorables, en especial de niños y mujeres que habitan sus novelas. El huérfano Oliver Twist, David Copperfield, Nell de La tienda de antigüedades, Amy de La pequeña Dorrit, Miss Havisham y Philip Pirrip (alias Pip) en Grandes esperanzas, las víctimas infantiles de malos tratos en Nicholas Nickleby, y la protagonista y narradora ocasional de Casa desolada, Esther Summerson, son algunos de esos héroes y heroínas dickensianos que sus primeros lectores conocieron en entregas semanales o mensuales de medios gráficos. Incluso quienes jamás lo leyeron conocen a Dickens: sus novelas se siguen adaptando al cine y la televisión .

Como muchos otros escritores, cultivó el periodismo y durante toda su vida denunció, con éxito relativo, las condiciones sociales injustas. En Inglaterra, algunas reformas sociales se impulsaron por la resonancia que tuvieron sus novelas entre el público. Un epitafio impreso durante sus funerales sintetiza el paso de Dickens por este mundo: “Fue un simpatizante del pobre, del miserable y del oprimido, y con su muerte el mundo ha perdido a uno de los mejores escritores ingleses”.

 

“Un amigo para toda la vida”

Como buen hijo de Londres, la mayoría de sus criaturas también nacieron del barro y la niebla de la capital inglesa. “En su libro Historia de dos ciudades, basado en la Revolución Francesa, se ve que en realidad Dickens no podía escribir una historia de dos ciudades. Él fue habitante de una sola ciudad: Londres”, ironizaba con ternura Jorge Luis Borges en una conferencia de 1966 sobre la época victoriana, dedicada casi íntegramente a este escritor inglés. Para Borges, el pecado del autor de La tienda de antigüedades era el patetismo, pero ¿no es en parte ese rasgo lo que vuelve tan imperecedera su obra? Otro recurso fiel es el humor, aplicado con mordacidad a los personajes aristocráticos y arribistas que recorren su obra, y que en muchas ocasiones son objeto de redenciones algo forzadas (pero que los lectores agradecen).

La mejor novela para trabar conocimiento con Dickens era, en opinión de Borges, la autobiográfica David Copperfield (1849-1850). “Y después Los papeles póstumos del Club Pickwick . Y luego, yo diría el Martin Chuzzlewit , con sus descripciones deliberadamente injustas de América y el asesinato de Jonás Chuzzlewit, pero la verdad es que haber leído algunas páginas de Dickens, haberse resignado a ciertas malas costumbres suyas, su sentimentalismo, sus personajes melodramáticos, es haber encontrado un amigo para toda la vida”. Para otros autores, como Bernard Shaw y John Ruskin, Tiempos difíciles (1854) fue, como escribió el filósofo Hippolyte Taine, “la composición más importante de cuanto escribió”. En esa etapa de la obra dickensiana, los ideales humanistas del autor empezaban a ser matizados por una observación más aguda (o realista) de las fuerzas sociales.

Tres obras maestras del escritor inglés

Un precursor borgeano, G. K. Chesterton,  publicó en 1906 una biografía del autor de Nuestro común amigo (1864-1865). “Dickens—remarcó en su Charles Dickens—permanecerá como señal imperecedera de lo que ocurre cuando un gran genio de las letras tiene un gusto literario coincidente con el común de los hombres. Lo esencial en su carácter es que el sentido común fuese tan unido a una sensibilidad descomunal. Esas dos principales virtudes de Dickens iban en él hermanadas; nunca una lejos de la otra. Desde sus comienzos y hasta el final, sus libros se van haciendo cada vez más graves y va pesando en ellos una mayor responsabilidad; si no siempre gana el creador, el artista se hace cada vez más diestro”. Chesterton no dudaba de que, cuando se hiciera una selección de la mejor literatura del siglo XIX, a Dickens se lo ubicaría en la cúspide.

No fue el único compatriota que admiró su obra. “Una novela suya se puede convertir en un grupo de personajes separados, unidos a menudo por las convenciones más arbitrarias, que tienden a volar en pedazos y dividir nuestra atención en tantas partes diferentes que dejamos caer el libro en la desesperación—apuntó una sagaz Virginia Woolf—. Pero ese peligro se supera en David Copperfield . Allí, aunque los personajes pululan y la vida fluye en cada arroyo y grieta, un sentimiento común de juventud, alegría y esperanza envuelve el tumulto, reúne las partes dispersas e inviste la más perfecta de todas las novelas de Dickens con una atmósfera de belleza”. El propio Dickens confesó que sentía debilidad por esa novela: era su preferida.

 

La mejor receta contra la gripe

Así comienza una de las lecciones de literatura del escritor y crítico ruso-estadounidense Vladimir Nabokov: “Con Dickens nos ensanchamos. Lo suyo no es una readaptación de valores anticuados, los valores son nuevos. Los autores modernos todavía se embriagan con su cosecha. Hemos de rendirnos ante la voz de Dickens: eso es todo”. Para el autor de Pálido fuego, hasta el personaje más secundario y efímero tenía, en la “democracia mágica” instaurada por los universos narrativos dickensianos, derecho a crecer y evolucionar.

El huérfano más popular de la historia de la literatura

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Incluso la vida del escritor inglés, como señala la biógrafa Claire Tomalin, “se lee como una de sus novelas”. Nacido y criado en el seno de un hogar de la clase media baja inglesa, trabajó desde niño en un depósito y se formó a sí mismo como escritor (igual que David Copperfield); lector voraz de Henry Fielding, Daniel Defoe y Miguel de Cervantes, cubrió como periodista las sesiones de la Cámara de Comunes hasta que, a mediados de 1830 (¡a los veinticuatro años!), comenzó a publicar Los papeles póstumos del Club Pickwick, protagonizada por caballeros grotescos, a modo de folletín. Fue su primer best seller. Padre de diez hijos, en los últimos años de su vida protagonizó un lamentable episodio con su mujer, Catherine Thompson Hogarth.

Una de las más entusiastas defensas de Dickens no la hizo un ensayista, ni un crítico ni un biógrafo. En un texto de 1972, la poeta polaca Wislawa Szymborska, Nobel de Literatura 1996, escribió: “Hoy, al menos hasta donde yo sé, los escritores jóvenes no leen a Dickens, pero tampoco es para rasgarse las vestiduras. Antes o después, una gripe meterá en la cama a algún escritor joven y se dará el caso de que la aspirina no sea suficiente, que necesite algún libro con propiedades terapéuticas suplementarias. Ese autor que no solo amara a la humanidad, sino que además—y más raro aún—amara a las personas, se compadecerá de ellas y comenzará a hacer bromas”. Ese autor es Dickens y la receta de Szymborska se puede extender a los lectores de todas las edades.¶

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La revelación de Nigeria

Artículo tomado de la sección de Cultura de El País de España.

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La escritora Bernardine Evaristo, fotografiada en su casa de Londres en marzo de 2020. IONE SAIZAR

 

EN PORTADA

Bernardine Evaristo: “Black Lives Matter y el Me Too ya han cambiado la sociedad”

 

La ultima revelación de las letras británicas es de origen nigeriano, escribe novelas en verso y persigue un cambio social. Publica ‘Niña, mujer, otras’, con la que ganó el último Premio Booker

ÁLEX VICENTE

6 JUN 2020 – 00:02 CEST

 

Cuando oímos hablar de ella por primera vez, Bernardine Evaristo (Londres, 1959) no tenía nombre. Era solo “otra autora”. Así la designó un desubicado presentador de la BBC al recordar que la escritora había compartido el último Premio Booker, el más importante de las letras anglófonas, con un mito como Margaret Atwood. Sucedió en diciembre, semanas después de hacer historia al convertirse en la primera mujer negra que conquistaba el galardón. “No fue capaz de recordar mi nombre o tal vez no consideró que tuviera mucha importancia. Me sorprendió la velocidad con la que me borraban de la historia”, recordaba Evaristo en la casa que comparte con su marido en el distrito londinense de Hillingdon, en la lejana zona seis del mapa de transporte público, en un día de marzo inmediatamente anterior al encierro colectivo.

Ante aquella omisión, Evaristo enfureció. “No tengo un ego muy grande, pero no me gustó que me volvieran a hacer invisible. Si ha hecho sus deberes, ya sabrá que la visibilidad es un tema muy importante para mí”, afirma. Lo dice porque ese es el tema de su libro, Niña, mujer, otras (AdN), una novela de 500 páginas escrita en verso libérrimo que relata las vidas de una docena de mujeres negras, sobre las que raras veces recae la atención literaria. Tras seis décadas trabajando en la sombra, a Evaristo le apagaron unos focos que apenas empezaban a calentarse. Ante su enfado, tuvo una reacción muy de nuestro tiempo: encender el ordenador y abrir Twitter. Escupió su ira en 280 caracteres. Lo publicó y respiró hondo. “La sorpresa llegó cuando empecé a recibir apoyo. Cada segundo crecía más y más. La gente se ofendía en mi nombre”, recuerda, todavía admirada. Entendió que tal vez algo hubiera cambiado en esa sociedad que tanto solía criticar. De repente, ya no estaba sola. Por primera vez en su vida, sintió que tenía el viento a favor.

A Evaristo, el éxito le ha llegado tarde, a los 60 años, pero como un torrente. Tras el Booker, Niña, mujer, otras se convirtió en un fenómeno editorial en el mundo anglosajón, un final inesperado para un volumen de corte experimental que parecía destinado a un público minoritario, aunque ella asegure que tampoco lo escribió “para una selecta minoría de 100 personas”. Poco después, un prescriptor cultural llamado Barack Obama lo incluyó en su lista de lecturas favoritas de 2019, en lo que pareció el gesto posracial definitivo. Evaristo, que ha venido a esta batalla armada hasta los dientes, duda que la guerra haya terminado, y sabe que esto podría ser tanto su Waterloo como un ilusorio Austerlitz. Pero también admite sentir un optimismo insólito a la luz de los últimos acontecimientos. “Black Lives Matter y el MeToo han provocado una conciencia de género y de raza que nunca había existido a esta escala. La confluencia de ambos ya ha transformado la sociedad”, asegura esta hija de concejal laborista nigeriano y maestra de escuela inglesa, que creció en “un hogar socialista” gobernado por dos animales políticos, de los que heredaría una máxima de la que se acuerda cada mañana frente al espejo: “Si quieres cambiar la sociedad, empieza por ti misma”.

“Escribo en oposición al statu quo, con la voluntad de perturbarlo, contra la norma social y cultural”

Su libro, claro está, llega en el momento indicado, aunque la mera evocación de este contexto favorable saque de sus casillas a una autora que siempre ha escrito contra la corriente (y que, antes de escoger un tema que esté de moda, seguramente preferiría cortarse las dos manos). “Escribo en oposición al statu quo, con la voluntad de perturbarlo y de alejarme de la norma social y cultural. Formalmente, mis libros toman direcciones muy inesperadas. No son la marca de un escritor guiado por el oportunismo”, se defiende, aunque no hubiera ataque. ¿Le sorprendió que los lectores respondieran a tan inusual propuesta? No, porque no cree que el problema sea de falta de curiosidad, sino de ausencia de riesgo del sector editorial. “La gente no ha tenido ningún problema en leer un libro sobre mujeres negras. Diría que, históricamente, ha habido muy pocos negros en esta industria. Hoy sigue siendo un mundo muy blanco y de clase media. Hasta hace muy poco tiempo, no se ha entendido el potencial de este tipo de literatura”, señala Evaristo. Un potencial que es literario y económico. “Se puede ganar dinero publicando obras sobre colectivos infrarrepresentados. Cuando descubren que hay un libro que habla sobre ellos, no dudan en comprarlo”, añade.

Niña, mujer, otras es una novela polifónica por la que pasa una infinidad de personajes. Amma es una dramaturga negra y lesbiana que, tras una vida actuando en los márgenes, logra estrenar una obra en el National Theatre (un personaje inspirado en la propia Evaristo, que ha acabado viviendo una consagración similar, como si fuera una profecía autorrealizada). Yazz es su hija, estudiante universitaria y feminista de pro. Dominique es su madrina, una mujer maltratada que trabajó con Amma en sus inicios en el teatro independiente. Carole estudió en Oxford y tiene un alto cargo en un banco de la City, un milagro sociológico siendo hija de inmigrantes nigerianos. Bummi es su progenitora, una encargada de la limpieza que se enamora de otra mujer en la iglesia. LaTisha, cajera de supermercado, fue a clase con Carole. Shirley, hija de la emigración caribeña, solía ser la maestra de ambas. Winsome, su madre, vive una jubilación dorada en su casa de Barbados. Penelope, compañera de trabajo de Shirley, parece blanca de piel, aunque su historia familiar le reserve alguna sorpresa. Megan pasa a llamarse Morgan cuando decide vivir su vida como persona no binaria. Hattie es su bisabuela, una mujer negra que creció en el norte de Inglaterra. Grace es la madre de Hattie y el punto final de una historia que oscila entre pasado y presente para dibujar algo parecido a un retrato colectivo de esa comunidad imaginaria. Aun así, Evaristo no quiso que ese coro griego fuera representativo de la realidad, sino un muestrario aleatorio, extraído al azar de una masa formada por las cerca de 800.000 mujeres negras que viven en el Reino Unido. “Inventé tantos perfiles como pude. Los negros somos prácticamente invisibles en la ficción, pero incluso cuando no lo somos estamos sometidos a muchos estereotipos, como el de los chicos violentos y las mujeres que se prostituyen. Eso da una perspectiva muy reducida y muy afín a la que ya existe en los medios de comunicación. Yo escribo también contra eso”, señala la autora.

La escritora Bernardine Evaristo, en el jardín de su casa londinense en marzo de 2020. IONE SAIZAR

Evaristo ha firmado un libro muy arraigado en el presente, lleno de referencias a la cultura de la celebridad, la omnipresencia de las redes sociales y los debates interseccionales, que convoca a Netflix, a Roxane Gay y a todo tipo de identidades no monolíticas. “He intentado evitar lo que les sucede a los escritores de cierta edad, que se encierran en sus burbujas y dejan de estar conectados con la vida que tienen a su alrededor. Yo estoy rodeada de jóvenes”, dice la autora, que lleva una década enseñando escritura creativa en la Universidad de Brunel, a las afueras de la capital británica. “Cada año tengo más estudiantes que no se sienten ni hombre ni mujer. De ahí surge el personaje de Morgan. Quería que fuera transgénero, pero decidí ir todavía más lejos. Yo los escucho, les hago preguntas, tomo cosas prestadas y uso mucho Internet. Absorbo cualquier encuentro o interacción. Vaya con cuidado: puede que usted también termine en uno de mis libros…”. Para que los diálogos no chirríen, Evaristo se sirve de su formación como actriz. “Mis orígenes están en el teatro. Para crear cada personaje, me metí en su interior. Los escribí desde dentro, de manera que fueron ellos mismos los que me indicaron quiénes eran”.

La existencia de Evaristo fue radical desde su nacimiento, siendo hija de un soldador nigeriano que había llegado a Inglaterra en 1949 (y futuro primer hombre negro que ofició en el Consistorio municipal de Greenwich) y de una maestra inglesa de origen irlandés y alemán. En el comedor de su casa, una colorida estancia en la que abundan los estampados africanos, salta a la vista una fotografía de su infancia. Fue tomada cuando tenía dos años, cuando los Beatles todavía no habían debutado y la revolución sexual seguía pareciendo una perspectiva inimaginable para un futuro inmediato. Es un retrato familiar donde aparecen sus padres, sus abuelas y cinco de sus siete hermanos. Dos más estaban por llegar. Su madre, devota católica, quiso tener tantos hijos como fuera posible. Su padre accedió: después de todo, esa muchachada no dejaba de ser “una prueba de su hombría”.

“El verso me permite condensar muchas ideas en un espacio pequeño. Me deja escribir sin censura”

Creció en una casa victoriana comprada por 1.900 libras esterlinas allá por 1960 en Woolwich, suburbio pegado al Támesis a media hora del centro de Londres, volcado en la construcción de equipamientos militares. “Hoy ya no queda nada de eso: han levantado apartamentos de lujo frente al río y, en un encomiable intento de rebranding, lo llaman Royal Arsenal Riverside”, se carcajea Evaristo, que hace poco volvió a pasear por el lugar y se encontró con una antigua compañera del colegio. “Me hizo una pregunta inesperada: ‘De pequeña, ¿fuiste infeliz?’. Supongo que lo dice porque yo era la única niña negra…”, ironiza. Quiso marcharse con todas sus fuerzas de ese lugar, aunque ahora esté convencida de que fueron aquellos veranos perezosos en ese distrito industrial, durante los que se aburrió soberanamente, los que la convirtieron en escritora. Al terminar sus estudios de interpretación, fundó el Theatre of Black Women, el primero de ese tipo en el Reino Unido, convencida de que nadie escribiría para ella más que papeles de criminales y sirvientas. Durante años, sobrevivieron con una subvención de 100.000 libras anuales. Un buen día, el dinero dejó de llegar. Evaristo se puso a escribir novelas, todas ellas inéditas en castellano, que imaginaban genealogías alternativas de la negritud británica, como The Emperor’s Babe (2001), sobre una niña de color en el Londinium romano de hace 20 siglos, o Blonde Roots (2008), relato paródico que imaginaba un colonialismo invertido, en el que los africanos esclavizaban a los europeos. En Mr. Loverman (2013), la escritora entró en un territorio rayano en el realismo social al escoger a un septuagenario homosexual de origen afrocaribeño como protagonista.

Evaristo ha alternado la prosa y la poesía en una serie de experimentos que parecen llegar a su culmen en Niña, mujer, otras, escrita en un verso narrativo desprovisto de puntos, que Evaristo ha bautizado con el peculiar apelativo de fusion fiction. “Le da una gran energía a mi escritura y me permite condensar muchas ideas en un espacio muy pequeño. Esta forma me permite escribir sin censura”, señala sobre su libro, situado en algún punto entre el poema épico y un mensaje de WhatsApp algo pasado de caracteres. Su libro se opone a un entendimiento binario de la realidad, de la sociedad y del individuo. Las nociones de raza, clase social, género y sexualidad solo se entienden a partir de espectros, otra palabra rabiosamente contemporánea. Su propia biografía puede entenderse así. De joven, Evaristo tuvo relaciones homosexuales, como también las tuvo su madre, aunque la autora no quiera entrar en detalles. “Eso será otro libro…”, suele decir.

“Vivo en un país cada vez más insular. Trump ha fijado el modelo y nosotros lo seguimos”

Con Niña, mujer, otras, Evaristo aspira a ofrecer un referente que ella no tuvo de joven, cuando se refugió en las obras de escritoras afroamericanas como Toni Morrison o Alice Walker, ya que el equivalente británico no existía. Pese a las apariencias, la autora no está de acuerdo con todas las reclamaciones de las políticas de identidad. Por ejemplo, se opone a la noción de apropiación cultural. “Como escritores, debemos ser libres de hablar de cualquier grupo demográfico. Es de sentido común. Lo que importa es ser lo suficientemente preciso. Si vas a escribir sobre una mujer saudí, asegúrate de que no lleva minifalda”, bromea Evaristo. “Espero que en unos 10 años hayamos superado ideas tan simplistas. Si aspiramos a una sociedad pluralista e igualitaria, no podemos creer en ellas”.

Cuando se siente excesivamente optimista, Evaristo se acuerda de esa desgracia llamada Brexit. “Vivo en un país cada vez más insular. Me parece increíble preferir eso que estar en el mundo global, con todas las ventajas que eso supone. Nunca querría quedarme aquí solo con británicos”, bromea (o no). “Se supone que ahora el Reino Unido debe volver a ser grande. Donald Trump ha fijado el modelo y nosotros tenemos que seguirlo. Contamos con nuestro propio Trump, que parece algo más educado que el original, pero está provocando los mismos problemas, aunque sea a una escala menor”. Pese a todo, como sucedía en La señora Dalloway, de Virginia Woolf, Evaristo quiso que su libro terminase con una fiesta. “No quería crear personajes que fueran víctimas, porque ya ha habido suficientes mujeres negras que eran personajes trágicos. Quería que esta novela también fuera un espacio de celebración”. Puede que la guerra no haya terminado, pero ahora Evaristo cuenta con tropas mucho más numerosas.¶

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Nuevas rutas de la novela en América Latina

El tema de Chirinos

 

Nuevas rutas de la novela en América Latina

 

El siguiente trabajo está tomado de Prodavinci, que lo ha publicado el 28 de mayo de este año.

 

POR Juan Carlos Chirinos

 

I. Hoy puede comenzar una novela, que es como arar en el mar

Unas aclaraciones previas, que son el núcleo de estas líneas, en realidad.

Me he visto obligado a atraerlos con una pequeña, pero no inocente, falacia, y no me arrepiento, aunque estoy dispuesto a confesar: el título de este texto no sólo es falso, sino que además dice exactamente lo contrario de lo que contiene. Ni las rutas de la novela son nuevas, ni quiero hablar de América Latina que, por otra parte, no existe, o existe tanto como el idioma klingon, es decir, es artificial en el sentido más alevoso. Y esto es lo que pretendo argumentar.

Una de las cosas que más me atrae de la novela es que es un género que nació muriéndose y lleva haciéndolo desde ese momento: es un ser agonizante; no es un zombi, ni un no-muerto, ni un gólem que emerge a la vida gracias a la nigromancia: es un niño enfermo que nació viejo y al que todos sus familiares quieren matar o, al menos, ver morir. Pero la novela es obstinada y no se muere; cada vez está más enferma pero cada día vive más. Quizá la fuerza vital la extrae de su propia enfermedad, que es su naturaleza: y del hecho de que cada novela, siempre, sea la última de su género. La familia de la novela está preparada para vestirse de luto, pero cada vez el atuendo luctuoso va pasando de moda y hay que buscar nuevas ropas para el evento, esperado e improbable, de que el enfermo que ha matado a tanta gente, se muera por fin.

Hace muy poco hablaba con un amigo, novelista –yo también lo soy–, residente en Madrid –yo también vivo en Madrid– y latinoamericano –yo tampoco–, que me decía con un leve tono compungido que la novela había empezado a desparecer porque las nuevas tecnologías y el mundo contemporáneo todo estaban haciendo que los escritores migraran su quehacer a plataformas distintas, a formatos nunca antes utilizados como el mundo de los videojuegos: comentábamos que otro amigo novelista estaba escribiendo el guion de un videojuego, cosa que debe de ser extraordinariamente difícil y divertida, y ya quisiera yo mismo probarme en ese terreno: sería como convertirme en un personaje de Tron –que no Tlön– aquella película de los ochenta que tanto nos deslumbró la adolescencia por sus efectos especiales, ahora irremediablemente envejecidos (se hizo un remake, más bien secuela, de la película en 2012 con modernos efectos de ahora, los mismos que dentro de cuarenta años veremos con la ternura con que hoy contemplamos al tiburón de goma que en 1975 expulsó a dentelladas de su jaula anti tiburones a Richard Dreyfuss y se comió sin contemplaciones a Robert Shaw en su papel de Sam Quint, ese trasunto del capitán Ahab). A mi compungido amigo novelista traté de animarlo: «mejor que los escritores se vayan a escribir video juegos, hipertextos, transliteratura y autoficción en vez de novelas: así seremos menos y habrá más chance para los que nos quedemos».

II. Los que matan la novela no saben a qué clase de criatura se enfrentan

El novelista y crítico Adam Thirlwell, al inicio de su ambiciosa La novela múltiple, su particular investigación sobre el género, explica por qué Roland Barthes es su punto de partida:

En París, tras toda una vida menospreciando los trucos y las falsedades de las novelas, Barthes llegó a la conclusión de que, después de todo, quería escribir una novela. ¡Se había convertido! Pues una novela, había comenzado a pensar, representaba la pureza radical de la literatura. Sólo una novela podía producir lo que él llamaba sin el menor atisbo de sonrojo, momentos de verdad. Y esto sólo se puede comprender si uno admite que la novela «se mueve, vive y crece a través de una especie de “dilapidación” que sólo deja unos pocos momentos en pie».

He aquí una razón para entender por qué la novela no se muere en esa su larguísima agonía de, por lo menos, cuatrocientos años, aunque otros piensan que se muere desde hace mucho más tiempo.

Otro suceso que no está ocurriendo con la novela, o está ocurriendo todo el tiempo desde que nació, es su novedad. Los caminos de la novela están, por así decirlo, pavimentados de tiempo, esto es, siempre ha pasado alguien por el lugar que creemos haber encontrado virgen e impoluto. Salvo, quizá, Cervantes, nadie ha escrito una novela que no hubiera sido ya escrita, pergeñada, vislumbrada antes por otro novelista. Siempre reto a mis alumnos diciéndoles que escriban un relato que no se haya escrito antes; estoy tan seguro de que no lo lograrán, que ni siquiera he ahorrado el monto de la apuesta. Pero siempre puede haber una sorpresa, siempre puede esconderse un Cervantes detrás del más inocente de los aficionados. Pero sé que no habrá ningún sobresalto de esa naturaleza entre otras cosas porque el objetivo de la literatura no es ser original, sino auténtica. Lo que se va a contar ya ha sido contado otras veces; lo único que puedo hacer es contarlo a mi manera, que es única como mis huellas dactilares y la forma del iris de mis ojos. En este sentido, el novelista tan solo debe cultivar la autenticidad.

Otra falsedad del título de este texto es la expresión «América Latina». Tengo años clamando contra esta denominación, abjurando de ella y sus familiares: Latinoamérica, Hispanoamérica, Iberoamérica, etc. Me parece no solo un nombre fatuo para describir un territorio que no existe verdaderamente, sino también una trampa ideológica reduccionista en la que me niego a caer, pero en la que siempre me veo obligado a caer. No hay que olvidar que el término apareció para apoyar los intereses franceses en el siglo XIX contra los de Estados Unidos: América Latina nació para trazar una línea diferenciadora entre el país de Whitman y el ridículo y efímero imperio de Carlota y Maximiliano, el hermano de Francisco José, el Habsburgo eterno. Pasa con la expresión «América Latina» lo que pasa con la palabra «Boom»: su nombre lo dice todo no diciendo nada –o diciendo solo lo que le conviene, porque lo que se queda fuera también lo explica–.

En una ocasión escribí que me parecía que cada vez es más difícil describir una narrativa con características geográficas precisas tal como se verifica en novelas como Doña Bárbara, del venezolano Rómulo Gallegos, Cecilia Valdés, del cubano Cirilo Villaverde, o en la monumental Adán Buenosaires, del argentino Leopoldo Marechal, tan cercana a los experimentos de Joyce. Como en aquel cuento borgiano en el que el mapa del Imperio tenía el tamaño del Imperio, el mapa geográfico de la ficción latinoamericana ocupa toda la ficción –y más allá–: eso que Néstor García Canclini llamó con tanto acierto nuestra cultura híbrida.

Podría extenderme más en contra de «Latinoamérica» como término cuando quieran; por ahora digo esto: prefiero usar el nombre que inventó Uslar Pietri para el lugar donde ocurre nuestra literatura: América queda en el reino de Cervantes.

Y así es como se explica por qué no puedo hablar de nuevas rutas, ni de América Latina; y que cuando excluya a las novelas de los españoles y ecuatoguineanos, lo haré consciente de que estoy cercenando una parte no poco importante de la literatura en español y, por lo tanto, estaré incurriendo en la injusticia de la parcialidad.

III. Vino nuevo, odres viejos

En 1972, en una época que tal vez nos queda ya lejana en años e ideología, el crítico uruguayo Ángel Rama publicó un ensayo más o menos breve cuyo título muchos rechazaríamos hoy: 10 problemas para el narrador latinoamericano. Para que se hagan una idea, les adelanto el índice del ensayo, y verán por dónde iban los tiros del profesor Rama:

1. Las bases económicas.

2. Las élites culturales.

3. El novelista y su público.

4. El novelista y la literatura nacional.

5. El novelista y la lengua.

6. Los maestros literarios.

7. La novela, género objetivo.

8. Las filosofías en la novela.

9. La novela, género burgués.

10. Un don creador.

En este texto, Rama, con una seguridad solar, afirma:

Todo lo que se diga sobre un escritor en Latinoamérica compromete al escritor en cualquier lugar del mundo, y en especial al de Occidente; y si bien el europeo ha sido elevado por razones obvias al rango de patrón comparativo, y si bien la secreta ambición de muchos americanos es la de parecerse a ese patrón-oro, cuando se habla en término de existencia, o sea de necesidades auténticas y perentorias, cuando se redescubre el complejo cultural correspondiente a la instalación en un lugar de la tierra en situación de dominado, se asume la plenitud orgullosa de esa pobre, única realidad, como condición constitutiva («Sobre la cultura nacional», en Les damnés de la terre, de Frantz Fanon). Es entonces [cuando] la única dimensión auténtica de ser escritor es ser escritor latinoamericano, y son los valores peculiares de esta situación los que determinan los restantes, universales, y no a la inversa.

Esta seguridad, la de que ser escritor es ser escritor latinoamericano, me recuerda una noche en París, en 1901 o 1902, una noche de juerga de tres amigos americanos: Enrique Gómez Carrillo, Rufino Blanco Fombona y Rubén Darío: el temible Blanco-Fombona termina la noche muy enfadado con sus amigos que desprecian el lugar donde han nacido y les hacer ver que sin aquellos humildes lugares ellos no serían nada, como no lo son, efectivamente, en París. «Yo no he venido a Europa a sorprenderme por los inodoros de mármol», puede ser que les dijera con desprecio a sus amigos. O puede ser que fuera esa la noche en que Blanco Fombona, furibundo, agarrara por las solapas a un estupefacto Darío para decirle nariz con nariz: «no te mato porque eres un gran poeta», antes de arrojarlo por la ventana del bar donde estuvieran celebrando la etílica juerga.

Como puede comprobarse, el novelista nacido en América y que escribe español ha sido obligado a responder socialmente ante su realidad poniendo, más o menos voluntariamente, su capacidad creadora al servicio de una causa mayor, llámese esta patria, ideología, política o identidad. El novelista latinoamericano, más que el europeo, por ejemplo, para bien, muchas veces, y para mal, otras tantas, ha sido empujado al borde de un abismo donde hay un cartel que dice: tu país no se ha terminado de construir y anda perdido; ayuda, tú que puedes, a que termine de encontrarse. Y desde ese momento el escritor no solo es un simple escritor, también es un prócer. Y eso implica una nueva responsabilidad. Una que ninguno de nosotros ha pedido. Desde Fermín Toro hasta Vargas Llosa; de Juan León Mera a Rómulo Gallegos, a Soriano, a Lezama, incluso a Cortázar, José Balza y Severo Sarduy, el novelista es un prócer que relata un fragmento de su realidad, sí, pero también la pedagogiza, la señala, la guía. La educa.

Y yo siempre me pregunto, ¿de verdad es esta la labor más significativa que me ha tocado como novelista latinoamericano, maldito sea el vocablo ahora y siempre?

IV. Las nuevas rutas de la novela en América Latina

Esas rutas están, justo es reconocerlo, signadas por los asuntos comentados; y por otros, también. Pero este de la identidad y de la responsabilidad del novelista ante la identidad de sus conciudadanos es particularmente molesta.

¿Están los novelistas latinoamericanos, hoy, siguiendo estas pautas, obedeciendo el sino de su configuración “nacional”?

Voy con unos pocos ejemplos, pero bajo protesta: no se puede mezclar lo que no está junto, a lo sumo se puede comparar gracias a que aterrizan en el mismo territorio lingüístico, ese Reino de Cervantes de que hablé más arriba.

La obra del venezolano Juan Carlos Méndez Guédez (Una tarde con campanasLos maletines, La ola detenida, por ejemplo) ha creado un espacio verbal para el exilio latinoamericano y mágico en Madrid y la novela negra política venezolana de la misma manera como el también venezolano Roberto Echeto (Breviario galante) disecciona la realidad fractal de la ciudad latinoamericana contemporánea, ciudad ésta que tiene un origen cuasi mítico y que el colombiano William Ospina (Ursúa) recupera como una historia aún más fabulosa (tanto como más tediosa) que la imaginación. Su compatriota, Pedro Badrán Padauí (La magia del Joe Domínguez, pero es un relato) cree también que la marginalidad se alimenta de la leyenda, mientras que el chileno Carlos Franz (El lugar donde estuvo el Paraíso) explora la voz femenina en el contraste de la selva amazónica, recupera el amor y la figura del Darwin viajero (Si te vieras con mis ojos) y se adentra en las consecuencias para la memoria y la vida de los años de una dictadura como la de Pinochet (El desierto). Simultáneamente, en el norte, el hondureño Roberto Quesada (Big banana) y la dominicana estadounidense Julia Álvarez (¡Yo!) ponen en escena la realidad de ser inmigrantes que pierden sus raíces en el país más poderoso del mundo, lo que recuerda vaga pero insistentemente algunos fragmentos del Benedetti de Gracias por el fuego.

Alberto Barrera Tyszka ha rozado el género de la novela de dictador con Patria o muerte, cuyo telón de fondo y lienzo fundamental es la agonía y muerte de ese astuto déspota del siglo XXI que fue Hugo Chávez, en una novela que me recuerda sin duda a la que considero la mejor novela de dictador jamás escrita, El gran Burundún Burundá ha muerto, del colombiano Jorge Zalamea. Como el Jorge Eduardo Benavides de Un millón de soles, el Juan Gabriel Vázquez de El ruido de las cosas al caer y el Edmundo Paz Soldán de Palacio quemado, Barrera actualiza, recuerda o parodia el tema de la situación política en su país de origen, tema tan querido en décadas anteriores y que tan grandes obras ha dado, de Doña Bárbara a Conversación en La Catedral, de El hombre de hierro a Margarita, está linda la mar.

V. Pero hay otros mundos

Hay otras búsquedas en la nueva novela de América Latina, y que basten estos cuatro ejemplos: la ciencia ficción caribeña y de transgénero de la dominicana Rita Indiana en La mucama de ominculé, más cercana a William Burroughs, Bukowski e Isaac Asimov, a Puig, Lezama, Sarduy y Enrique Bernardo Núñez que a Pedro Henríquez Ureña; Subsuelo, en la que Marcelo Luján rasca en la piel de la pequeña burguesía inmigrante en Madrid, en la maldad, en la fatalidad, con la misma crueldad que puede verse en una película tan oscura como Funny games, del austriaco Michael Haneke; la melancólica Hablar solos, de Andrés Neuman, canto a la madre y al padre, novela de amor puro, que por eso mismo establece conexiones con la narrativa española: el José María Merino de El río del Edén, por ejemplo, o la bellamente luctuosa La hora violeta, de Sergio del Molino. Finalmente, el peruano Sergio Galarza se abre al humor negro del que reflexiona una ciudad que no es la suya y de la que debe apropiarse en Paseador de perros y La librería quemada; parte de su mirada sobre Madrid; una mirada agria pero con humor, cáustica pero sin embargo llena de amor.

Pero hay más ejemplos, muchos más ejemplos que revelan que las nuevas rutas de la novela en América Latina ni son nuevas –estamos llenos de referencias y una cita es un plagio y un plagio es un homenaje: sólo se puede ser auténtico–, ni deben hacer ceñir al autor el uniforme de prócer. Porque las plazas no son el destino de los escritores.

VI Adenda de 2020

Claro que al intentar la falaz empresa de hablar de las nuevas rutas de la novela en eso que no se llama América Latina siempre se incurrirá en el yerro si no nos detenemos siquiera someramente en la abundante novelística que se da en la península: en España también varias generaciones se juntan cada año para dar al mundo ejemplares del moribundo género, y son, como debe ser, grandes aportes. Ernesto Pérez Zúñiga, de ya prolífica obra, en estos años ha publicado dos títulos singularmente interesantes: No cantaremos en tierra de extraños, en el que recurre al género de aventuras que no oculta su deuda con el western estadounidense para rescatar del olvido esos años oscuros que siguieron al fin de la Guerra Civil, cuando ya el silencio y el temor, la arbitrariedad y la beatería enseñoreaban en la tierra de Cervantes. Su novela más reciente, Escarcha, es una aguda Bildungsroman que navega por las procelosas aguas de la abyección y la fe, la adolescencia y el sexo, la música y la provincia. Un autor un poco mayor que Pérez Zúñiga, Andrés Ibáñez, autor de la monumental –en extensión, intención y logro– Brilla, mar del Edén, emuló la hazaña del Pushkin de Eugenio Oneguin con El rostro verdadero, una novela en cuatro cantos que regresa al verso como vehículo del epos y que es, a la vez, «una novela de ciencia ficción, una novela erótica y una búsqueda espiritual». Ibáñez es uno de los autores que va más al paso de la contemporaneidad, e incluso abre caminos nuevos, fértiles para la exploración: como es músico de jazz, ninguna novedad le es ajena. Blanca Riestra, por su lado, siempre busca ese lado pop y macarra, mágico o gótico, y por supuesto literario que ha de tener la vida: novelas como El sueño de BorgesVuelo diurno Pregúntale al bosque dan cuenta de ello.

Y Canarias, tan cerca siempre del otro lado, esas islas que son el punto medio entre todas las maneras de hablar español, no deja de dar autores que renuevan con sus libros lo que siempre ha sido dicho y nunca se terminará de decir: Nicolás Melini con su El estupor de los atlantes habla de amor, o no, pero también de estos días recorridos por protestas y ofendidos, por nuevas maneras viajes de mirar el sexo y la relación con el otro; Alexis Ravelo con sus novelas policiales, como La última tumba da un espacio legítimo a la isla en el imaginario de lo negro, tal como Petros Márkaris ha hecho con su Atenas querida; Anelio Rodríguez Concepción ha hecho del relato un santuario de belleza lingüística e ingenio, como puede comprobarse en El perro y los demásLa abuela de CaperucitaHistoria ilustrada del mundo y su reciente Historia de Mr. Sabas, domador de leones y su admirable familia del Circo Toti; y Juan Jesús Armas Marcelo de dilatada y latinoamericanista obra, no pierde nunca el sentido que lo hace español y americano a un mismo tiempo, lo que le permite hablar en cualquier español, como hace en Réquiem habanero por Fidel, obra premonitoria de la muerte del gran dictador del Caribe que, como todo buen asesino, murió tranquilamente en su cama. «El que a hierro mata a hierro muere», dice el refrán pero esto no aplica cuando se trata de verdaderos depredadores como lo fue Castro.

En un lustro, como era de esperar, el moribundo género de la novela ha seguido pariendo hijos, miles de hijos. En español, se calculó una vez, se publican unas cuatro mil quinientas novelas al año. Para estar agonizando, no parece que demuestre mucha infertilidad la novela que muere. De esa avalancha, apenas he podido leer un mínimo porcentaje, pero faltaría a la honestidad intelectual que tanto apreciaba Ernst Robert Curtius si no asomara uno o dos títulos en América que me han gustado especialmente: en Olegaroy, ganadora del premio Xavier Villaurrutia de 2017, el mexicano David Toscana da vida a un personaje que posee al mismo tiempo algo de filósofo y algo de Ignatius Reilly y con el cual nos embarcamos en la tarea de reflexionar sobre el sentido de la existencia. Su compatriota Mónica Lavín, con una obra ya muy consolidada, sobre todo por títulos como Yo, la peor, que se acerca a la vida de sor Juana Inés de la Cruz, explora ese territorio humano que es el amor en una novela, Cuando te hablen de amor, cuyos méritos literarios no se avergüenzan de poner en escena esos momentos que todos hemos vivido cuando el amor nace, cuando el deseo vibra y cuando agoniza: el martirio por el que todos los seres humanos deben pasar si quieren catar un poquito de lo sublime de la carne. Por su parte, Ricardo Silva Romero cuenta en Historia oficial del amor las vicisitudes de su familia y de su país, Colombia, en sentido inverso, y construye un monumento digno de admiración: el amor siempre es el punto de llegada y el punto de partida. En cambio, la ecuatoriana Gabriela Alemán escribe con hermosa prosa su novela Humo sobre la base del juego del que llega y del que se va (del inmigrante) y de aquello que puede contarse y lo que no, porque una cosa es saber y otra inventarse lo que se sabe. Y en Costa Rica, Catalina Murillo remueve el pasado madrileño en Tiembla, memoria, sin descuidar la fina ironía y la prosa contenida que dice más cuando se suspende. Y, finalmente, el venezolano Rodrigo Blanco Calderón despliega un ya bien entrenado saber literario en su primera novela, The Night, ganadora de la tercera bienal Vargas Llosa; en ella aflora la Venezuela oscura y en decadencia de la actualidad, pero también los múltiples significados que en manos de un narrador adquieren la palabra, el espacio y la ciudad: porque una novela es una polis de letras, una ciudad estado de pulpa, una nación entre dos tapas.

VII. Entren, que caben cien

Hoy en día, hay en activo autores de varias generaciones y de dos decenas de países que son los topógrafos de un mapa que cambia todos los días y cuyas montañas se mueven veloces como gamos. Y tras estos topógrafos, las voces de las literaturas de otras lenguas (esos otros mapas del mundo: «Un idioma es el universo traducido a ese idioma», proclamó Ramos Sucre) resuenan como espacios para el intercambio y la opinión, la identificación y el disenso.

Por mi parte, sólo sé decir que cuando escribo, lo hago para crear otro mundo, no para salvar, ni para explicar, ni siquiera para resarcir. Soy realista, gótico y fantástico; político, revolucionario y reaccionario; social e íntimo; Gallegos, Lovecraft, Mishima, Roth y Thomas Mann. Soy Teresa de la Parra y soy Olga Orozco. Soy el corazón de Nezahualcóyotl y un tarén; soy Pedro Lemebel y Esdras Parra. Sarduy, Puig, Lispector; y soy Homero y Safo, claro que sí. Soy ellos porque quiero ser ellos, porque cuando escribo, escribo sobre sus palabras, sobre sus imágenes y sobre sus historias. Todo está cerca de mí, todo me toca; nada quiero. Y me aferro pesimista y resignado a Terencio y proclamo que, como humano, nada humano me es ajeno; y, como escritor, ningún tema está fuera de mi alcance. (Y agrego, bajito: soy Darío, soy Valle y soy Montejo; soy Galdós; y soy José Luis Perales y Gonzalo Curiel; la Lupe y Paquita la del Barrio).

VIII. ¿Cuáles, pues, son las nuevas rutas de la novela en América Latina?

No hay rutas. Ni hay América Latina. Todo ha sido un enorme, moribundo espejismo; la esperanza de un pueblo que solo se oye en las canciones de los cantautores más desatados. Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos.

Estamos en un laberinto sin externo muro ni secreto centro, como dijo aquel que, quizá envidioso, no fue novelista jamás.

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[Una primera versión de este texto fue leída en la Universidad de La Rioja. Logroño, el 17 de diciembre de 2015.]

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Mensaje de Elif

En estos tiempos de pandemia, la escritora Elif Shafak* ofrece sabias orientaciones para extraer lo positivo de la muy especial oportunidad que el género humano tiene por delante. (El video puede ser visto a pantalla completa pulsando el cuadrado en el extremo inferior derecho de la imagen).

 

 

* Elif Shafak ([eˈlif ʃaˈfak] Estrasburgo, 25 de octubre de 1971) es una escritora de origen turco. Ha publicado 17 libros, 11 de los cuales son novelas. Escribe tanto en turco como en inglés y ha sido traducida a 50 idiomas. Su última novela 10 Minutes 38 Seconds in this Strange World fue finalista del premio Booker Prize. Es la autora más leída en Turquía. Ha enseñado en varias universidades en Turquía, Gran Bretaña y Estados Unidos. Es una defensora de los derechos de las mujeres, del colectivo LGBT, y de la libertad de expresión. Ha participado en varias charlas inspiradoras en TED Global. Sus obras se basan en diversas culturas y tradiciones literarias e intenta unir oriente y occidente reflejando su interés por la historia, la filosofía, el sufismo, la mujer en la sociedad, las minorías y los inmigrantes. En 2010 recibió la distinción francesa Orden de las Artes y las Letras. (Wikipedia en Español).

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Consejos de quien sabía de libros

Virginia Woolf, poco antes de su muerte

 

Virginia Woolf, de nacimiento Adeline Virginia Stephen (Londres, 25 de enero de 1882-Lewes, Sussex, 28 de marzo de 1941), fue una escritora británica, considerada una de las más destacadas figuras del vanguardista modernismo anglosajón del siglo XX y del feminismo internacional. Durante el período de entreguerras, Woolf fue una figura significativa en la sociedad literaria de Londres y miembro del grupo de Bloomsbury. Sus obras más famosas incluyen las novelas La señora Dalloway (1925), Al faro (1927), Orlando: una biografía (1928), Las olas (1931), y su breve ensayo Una habitación propia (1929), con su famosa sentencia «Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción». Fue redescubierta durante la década de 1970, gracias a este ensayo, uno de los textos más citados del movimiento feminista, que expone las dificultades de las mujeres. (…) Durante su vida, sufrió una enfermedad mental hoy conocida como trastorno bipolar. Después de acabar el manuscrito de una última novela (publicada póstumamente), Entre actos, Woolf padeció una depresión parecida a la que había tenido anteriormente. El estallido de la Segunda Guerra Mundial, la destrucción de su casa de Londres durante el Blitz y la fría acogida que tuvo su biografía sobre su amigo Roger Fry empeoraron su condición hasta que se vio incapaz de trabajar. El 28 de marzo de 1941, Woolf se suicidó. Se puso su abrigo, llenó sus bolsillos con piedras y se lanzó al río Ouse cerca de su casa y se ahogó. Su cuerpo no fue encontrado hasta el 18 de abril. Su esposo enterró sus restos incinerados bajo un árbol en Rodmell, Sussex.

Wikipedia en Español

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¿Cómo debe uno leer un libro?

 

Virginia Woolf – 1925

 

En primer lugar, quiero enfatizar los signos de interrogación de mi título. Aunque pudiera contestar a esa pregunta por mi cuenta, la respuesta se aplicaría sólo a mí y no a usted. El único consejo, en verdad, que una persona puede dar a otra acerca de la lectura es que no se deje aconsejar, que siga su propio instinto, que utilice su sentido común, que llegue a sus propias conclusiones. Si estamos de acuerdo en esto, entonces me siento con autoridad para proponer algunas ideas y sugerencias, porque usted no dejará que coarte esa independencia que es la cualidad más importante que puede tener un lector. Después de todo, ¿qué leyes se puede imponer a los libros? La batalla de Waterloo tuvo lugar, por supuesto, un día determinado; pero ¿es Hamlet una obra mejor que Lear? Nadie lo sabe. Cada uno debe resolver esa cuestión por sí mismo. Permitir que unas autoridades, por muy cubiertas de pieles sedosas y muy togadas que estén, entren en nuestras bibliotecas y dejar que nos digan cómo leer, qué leer, qué valor dar a lo que leemos es destruir el espíritu de libertad que se respira en esos santuarios. En cualquier otra parte nos pueden atar leyes y convenciones; ahí no tenemos ninguna.

Pero para disfrutar de la libertad, si el lugar común es perdonable, por supuesto tenemos que contenernos. No debemos derrochar nuestras capacidades inútilmente o por ignorancia, rociando la mitad de la casa para regar un único rosal; debemos adiestrarlas con acierto e intensidad, en este preciso lugar. Ésta, tal vez, sea una de las primeras dificultades a las que nos enfrentamos en una biblioteca. ¿Qué es «este preciso lugar»? Podría parecer que no es nada más que un conglomerado y un batiburrillo de confusión. Poemas y novelas, historias y memorias, diccionarios y libros verdes; libros escritos en todas las lenguas por hombres y mujeres de todos los temperamentos, razas y edades se apretujan en la balda. Y fuera el burro rebuzna, las mujeres cotillean en la fuente, los potros galopan por los campos. ¿Por dónde hemos de empezar? ¿Cómo vamos a poner orden en este concurrido caos y obtener así el más hondo y completo placer de lo que leemos?

Residencia de libros

Resulta bastante sencillo decir que, puesto que los libros se dividen en clases—ficción, biografía, poesía—, debiéramos separarlos y tomar de cada uno solamente lo debido. Sin embargo, pocas personas piden a los libros lo que éstos pueden darnos. La mayoría de las veces llegamos a los libros con la mente confusa y dividida, exigiendo a la ficción que sea verdad, a la poesía que sea falsa, a la biografía que sea aduladora, a la historia que refuerce nuestros propios prejuicios. Si pudiéramos desterrar todas esas ideas preconcebidas cuando leemos, sería un comienzo admirable. No le dictemos al autor; intentemos convertirnos en él. Seamos sus compañeros de trabajo y sus cómplices. Si nos retraemos y mostramos reparos y críticas al principio, nos estamos impidiendo sacar el mayor provecho posible de lo que leemos. Pero si abrimos la mente al máximo, entonces unos signos e indicios de hermosura casi imperceptible, al cabo de las primeras frases, nos llevarán ante la presencia de un ser humano como ningún otro. Debemos imbuirnos de esto, familiarizarnos con esto, y pronto encontraremos que el autor nos está dando, o intentando darnos, algo mucho más concreto. Los treinta capítulos de una novela—si consideramos primero cómo leer una novela—son un intento de construir algo tan estructurado y controlado como un edificio: pero las palabras son más impalpables que los ladrillos; leer es un proceso más largo y complicado que ver. Quizá la forma más rápida de comprender los principios de lo que un novelista está haciendo no es leer, sino escribir; hacer uno mismo el experimento con los peligros y dificultades de las palabras. Evoquemos, pues, algún suceso que nos haya dejado una nítida impresión: cómo a la vuelta de la esquina, quizá, pasamos junto a dos personas que conversaban; un árbol se agitaba; una luz eléctrica brincaba; el tono de la conversación era cómico, pero también trágico; una visión completa, toda una idea, parecía contenida en ese momento.

Pero cuando intentemos reconstruirlo con palabras, encontraremos que se quiebra en mil impresiones contradictorias. Algunas deben ser atenuadas; otras enfatizadas; en ese proceso perderemos, probablemente, todo entendimiento de la emoción en sí. Vayamos entonces de sus páginas borrosas y desparramadas a las primeras páginas de algún gran novelista—Defoe, Jane Austen, Hardy. Ahora seremos más capaces de apreciar su maestría. No es que estemos simplemente en presencia de una persona diferente—Defoe, Jane Austen o Thomas Hardy—, sino que estamos viviendo en un mundo diferente. Aquí, en Robinson Crusoe, andamos con dificultad por un simple camino; una cosa ocurre tras otra; el hecho y el orden del hecho es suficiente. Pero si el aire libre y la aventura lo son todo para Defoe, a su vez no significan nada para Jane Austen. Aquí está el salón, y gente conversando, y no muy lejos los muchos espejos de su conversación revelando sus caracteres. Y si cuando nos hemos acostumbrado al salón y sus reflejos volvemos a Hardy, otra vez nos hacen girar en redondo. Los páramos nos rodean y las estrellas están sobre nuestras cabezas. El otro lado de la mente queda ahora expuesto, el lado oscuro en su eminente soledad, no el lado luminoso que se muestra en compañía. Nuestras relaciones no son con la gente, sino con la naturaleza y el destino. Mas aunque esos mundos sean diferentes, cada uno es consistente consigo mismo. El creador de cada uno observa cuidadosamente las leyes de su propia perspectiva, y por más grande que sea la tensión a la que nos someten, nunca nos confundirán, como hacen tan frecuentemente los escritores menores, introduciendo dos clases diferentes de realidad en el mismo libro. Ir así de un gran novelista a otro—de Jane Austen a Hardy, de Peacock a Trollope, de Scott a Meredith—es ser arrancado de raíz; salir despedido para acá y luego para allá. Leer una novela es un arte difícil y complejo. Debemos estar dotados no sólo de una percepción aguda, sino de una imaginación audaz si vamos a hacer uso de todo lo que el novelista—el gran artista—nos dé.

Pero una mirada a la heterogénea cofradía de la balda nos mostrará que los escritores son muy raras veces «grandes artistas»; es mucho más frecuente que un libro no aspire a ser una obra de arte en absoluto. Estas biografías y autobiografías, por ejemplo, vidas de grandes hombres, de hombres muertos hace mucho tiempo y olvidados, que se codean con las novelas y poemas, ¿vamos a renunciar a leerlas porque no son «arte»? ¿O vamos a leerlas, pero leerlas de otra forma, con un objetivo distinto? ¿Las leeremos en primer lugar para satisfacer esa curiosidad que se apodera en ocasiones de nosotros cuando nos paramos al anochecer frente a una casa con las luces aún encendidas y las persianas sin echar, y cada piso de la casa nos muestra una sección diferente de la vida humana en esencia? Entonces nos consume la curiosidad por la vida de esas personas—los criados cotilleando, los caballeros cenando, la joven vistiéndose para ir a una fiesta, la anciana en la ventana haciendo punto. ¿Quiénes son, qué son, cuáles son sus nombres, sus ocupaciones, sus pensamientos y aventuras?

Una categoría importante

Las biografías y memorias responden a dichas preguntas, iluminan innumerables casas como ésta; nos muestran personas ocupándose de sus tareas cotidianas, trabajando sin descanso, fracasando, triunfando, comiendo, odiando, amando, hasta que mueren. Y algunas veces, mientras miramos, la casa desaparece y la verja de hierro se desvanece y nos encontramos en mar abierto; estamos cazando, navegando, luchando; estamos entre salvajes y soldados; estamos participando en grandes campañas. O si queremos permanecer aquí en Inglaterra, en Londres, aun así la escena cambia; la calle se estrecha; la casa se vuelve pequeña, abarrotada, con vidrieras en forma de diamante y maloliente. Vemos a un poeta, Donne, que ha tenido que salir de esa casa porque las paredes eran tan finas que por ellas se abría camino el llanto de sus hijos. Lo podemos seguir, a través de los senderos que hay en las páginas de los libros, hasta Twickenham; hasta el parque de lady Bedford, un famoso lugar de encuentro para nobles y poetas; y después dirigir nuestros pasos a Wilton, la gran casa al pie de las colinas, y escuchar a Sidney leerle la Arcadia a su hermana; y caminar por las mismísimas marismas y ver las mismísimas garzas que figuran en ese famoso romance; y después viajar de nuevo al norte con esa otra lady Pembroke, Anne Clifford, a sus páramos agrestes, o zambullirnos en la ciudad y controlar nuestro alborozo a la vista de Gabriel Harvey con su traje de terciopelo negro discutiendo sobre poesía con Spenser. Nada es más fascinante que andar a tientas y adentrarnos a trompicones en la oscuridad y el esplendor alternos del Londres isabelino. Pero no nos podemos quedar allí. Los Temple y los Swift, los Harley y los Saint John nos hacen señas; podemos pasar horas y horas desenredando sus disputas y descifrando sus caracteres; y cuando nos cansemos de ellos podemos continuar el recorrido, pasando al lado de una dama de negro que luce diamantes, hasta alcanzar a Samuel Johnson y Goldsmith y Garrick; o cruzar el canal, si nos parece, y encontrarnos con Voltaire, Diderot y madame de Deffand; y así de vuelta a Inglaterra y Twickenham—¡cómo se repiten ciertos lugares y ciertos nombres!—, donde lady Bedford tuvo una vez su parque y Pope vivió posteriormente, a la casa de Walpole en Strawberry Hill. Pero Walpole nos presenta a tal enjambre de nuevos conocidos, hay tantas casas que visitar y timbres que pulsar que tal vez titubeemos un momento, en la puerta de la señorita Berry, por ejemplo, cuando he aquí que llega Thackeray; es el amigo de la mujer que Walpole amaba; de modo que yendo simplemente de amigo en amigo, de jardín en jardín, de casa en casa, hemos pasado de una punta de la literatura inglesa a la otra y despertamos para encontrarnos aquí otra vez en el presente, si es que podemos diferenciar este momento de todos los transcurridos anteriormente. Ésta, pues, es una de las maneras como podemos leer esas vidas y cartas; podemos hacer que iluminen muchas ventanas del pasado; podemos observar a los muertos famosos en sus costumbres habituales e imaginarnos a veces que estamos muy cerca y podemos conocer sus secretos sin ser vistos, y a veces podemos tomar una pieza teatral o un poema que hayan escrito y ver si su lectura es diferente en presencia del autor. Pero esto plantea de nuevo otras preguntas. ¿En qué medida, hemos de preguntarnos, se ve influido un libro por la vida de su autor? ¿Hasta qué punto es prudente dejar que el hombre interprete al escritor? ¿En qué medida vamos a resistir o ceder ante las simpatías y antipatías que el hombre en sí despierta en nosotros, tan sensibles como son las palabras, tan receptivas del carácter del autor? Son preguntas que nos acucian cuando leemos vidas y cartas, y hemos de responderlas por nosotros mismos, pues no puede haber mayor fatalidad que dejarse guiar por las preferencias de otros en un asunto tan personal.

Y quien lee puede ser escritor

Pero también podemos leer dichos libros con otro objetivo, no para arrojar luz sobre la literatura, no para familiarizarnos con gente famosa, sino para refrescar y ejercitar nuestras propias capacidades creativas. ¿No hay una ventana abierta a la derecha de la estantería? ¡Qué delicioso parar de leer y mirar fuera! ¡Qué estimulante es la escena, ajena a sí misma, en su irrelevancia, su movimiento perpetuo, los potros galopando por el campo, la mujer llenando su cubo en el pozo, el burro cabeceando y emitiendo su larga y acre queja! La mayor parte de cualquier biblioteca no es más que el registro de semejantes momentos efímeros en las vidas de hombres, mujeres y burros. Toda literatura, cuando envejece, tiene su pila de desperdicios, su registro de momentos desvanecidos y vidas olvidadas contadas con acentos débiles y entrecortados que han perecido. Pero si nos abandonamos al placer de leer desperdicios quedaremos sorprendidos, es más, sobrecogidos por las reliquias de vida humana que se han desechado para que se pudran. Puede que sea una carta, pero ¡qué visión proporciona! Puede que sean unas pocas frases, pero ¡qué perspectivas evocan! En ocasiones una historia entera vendrá acompañada de un humor, un patetismo y una plenitud tan hermosos que parecerá la obra de un gran novelista, pero es sólo un viejo actor, Tate Wilkinson, rememorando la extraña historia del capitán Jones; es sólo un joven subalterno, a las órdenes de Arthur Wellesley, que se enamora de una guapa muchacha en Lisboa; es sólo Maria Allen, que deja caer su costura en el salón vacío y dice en un susurro cómo desearía haber seguido el buen consejo del doctor Burney y no haberse fugado con su Rishy. Nada de esto tiene valor alguno; es sumamente prescindible; aun así, cuán absorbente es revolver de vez en cuando las pilas de desperdicios y encontrar anillos y tijeras y narices rotas enterradas en el pasado inmenso y tratar de recomponerlas mientras el potro galopa por el campo, la mujer llena su cubo en el pozo y el burro rebuzna.

Pero, a la larga, nos cansamos de leer desperdicios. Nos cansamos de revolver en busca de lo necesario para completar la verdad a medias que es todo lo que los Wilkinson, los Bunbury y las Maria Allen son capaces de ofrecernos. No tenían la capacidad del artista de dominar y de eliminar; no podían decir toda la verdad, ni siquiera sobre sus propias vidas; han desfigurado la historia, tan escultural como podría haber quedado. Todo lo que nos pueden ofrecer son datos, y los datos son una forma de ficción muy inferior. Así crece en nosotros el deseo de haber acabado con las medias verdades y las aproximaciones; de cesar de escudriñar los pequeños matices del carácter humano, de disfrutar de la mayor abstracción, de la verdad más pura de la ficción. Así creamos la atmósfera, intensa y generalizada, ajena al detalle, pero acentuada por algún ritmo recurrente y regular, cuya expresión natural es la poesía; y ése es el momento de leer poesía, cuando somos casi capaces de escribirla.

Viento del oeste, ¿cuándo soplarás?
Caiga, si quiere, la llovizna.
¡Cristo, si mi amor estuviera en mis brazos
y yo en mi lecho otra vez! 1

Definición andaluza de poesía

El impacto de la poesía es tan duro y directo que por un momento no se siente más que el poema mismo. ¡Qué profundas honduras visitamos entonces, qué repentina y completa es nuestra inmersión! No hay nada a lo que agarrarse aquí; nada que nos sostenga en nuestro vuelo. La ilusión de la ficción es gradual; sus efectos están preparados; pero ¿quiénes, de cuantos leen estos cuatro versos, se paran a preguntarse quién los escribió, o evocan la casa de Donne o al secretario de Sidney?; ¿o quién los enreda en la maraña del pasado y en la sucesión de generaciones? El poeta es siempre nuestro coetáneo. Nuestro ser, de momento, está concentrado y constreñido, como en una violenta sacudida de emoción personal. Posteriormente, es verdad, esta sensación comienza a propagarse por nuestra mente en círculos que se ensanchan; llegamos a unas sensaciones más remotas; estas empiezan a sonar y a hacer observaciones y somos conscientes de ecos y reflejos. La intensidad de la poesía cubre un inmenso abanico de sentimientos. Sólo tenemos que comparar la fuerza e inmediatez de

Caeré como un árbol y hallaré mi tumba,
únicamente recordando mi pesar, 2

con la modulación ondulante de

Cuenta los minutos el caer de las arenas,
como las de un reloj; la yunta del tiempo
nos consume hasta la tumba, y la observamos;
un tiempo de placer, pasado el jolgorio, vuelve a casa
por fin, y acaba con tristeza; pero la vida,
cansada de tanta animación, cuenta cada grano,
gimiendo y suspirando, hasta que cae el último,
para así concluir la calamidad con el reposo, 3

o coloquemos la calma meditativa de

…en el joven o el anciano
Nuestro sino, el hogar y corazón de nuestro ser,
está en el infinito, y sólo en él;
en la esperanza está, la que no muere,
en el esfuerzo, expectación y anhelo,
y en algo siempre por acontecer. 4

junto a la completa e inagotable belleza de

La mudante luna subía por el cielo,
y en ningún lugar permanecía:
suavemente subía,
con una estrella o dos a su lado. 5

o la espléndida fantasía de

Y el que el bosque frecuenta
no detendrá sus pasos despreocupados
cuando, bien lejos en un claro
del incendio del gran mundo,
una tierna llama que salta
se le antoje, a su criterio,
azafrán a la sombra. 6

para adquirir conciencia del variado arte del poeta; su capacidad para hacernos a la vez actores y espectadores; su capacidad de enfundarse en la mano a los personajes como si de un guante se tratase, y de ser Falstaff o Lear; su capacidad de condensar, de ensanchar, de enunciar de una vez y para siempre.

Regresar y comparar

«Sólo tenemos que comparar»; con esas palabras se descubre el pastel, y queda admitida la verdadera complejidad de la lectura. El primer proceso, el de recibir impresiones con el máximo entendimiento, es sólo la mitad del proceso de leer; otro debe completarlo si queremos obtener el mayor placer de un libro. Debemos juzgar estas impresiones múltiples; debemos hacer de estas formas efímeras una que sea recia y duradera. Pero no de inmediato. Esperemos a que el polvo de la lectura se asiente; a que el conflicto y los interrogantes amainen; paseemos, conversemos, arranquemos los pétalos marchitos de una rosa o quedémonos dormidos. Entonces, de repente, sin que lo queramos, porque es así como la naturaleza efectúa estas transiciones, el libro volverá, pero de modo diferente. Irá flotando por el aire hasta la mente como un todo. Y el libro como un todo es diferente del libro recibido comúnmente en frases separadas. Los detalles ahora encajan en su sitio. Vemos la forma de principio a fin; es un cobertizo, una pocilga o una catedral. Ahora, pues, podemos comparar un libro con otro, igual que comparamos un edificio con otro. Pero el hecho de compararlos significa que nuestra actitud ha cambiado; ya no somos los amigos del escritor, sino sus jueces; y lo mismo que no podemos ser demasiado compasivos como amigos, tampoco podemos como jueces ser demasiado severos. ¿No son acaso criminales unos libros que han dilapidado nuestro tiempo y nuestras simpatías?; ¿no son los más insidiosos enemigos de la sociedad, corruptores, ultrajadores, los escritores de libros falsos, libros impostores, libros que llenan el aire de decadencia y enfermedad? Seamos, pues, severos en nuestros juicios; comparemos cada libro con el más grande de su especie. Ahí están suspendidas en la mente las formas de los libros que hemos leído, solidificadas por los juicios que hemos vertido sobre ellos: Robinson Crusoe, Emma, El regreso del nativo. Comparemos esas novelas con éstas—incluso la última y menor de las novelas tiene derecho a ser juzgada con las mejores. E igual con la poesía—cuando la intoxicación del ritmo haya pasado y el esplendor de las palabras se haya desvanecido, una forma visionaria volverá a nosotros, y hemos de compararla con Lear, con Fedra, con El preludio; o si no con éstos, con cualquiera que sea el mejor o nos parezca lo mejor de su clase. Y podemos estar seguros de que lo novedoso de la nueva poesía y la ficción es su cualidad más superficial, y que sólo tenemos que alterar ligeramente, no remodelarlos, los patrones por los que hemos juzgado las antiguas.

Sería una insensatez, por tanto, pretender que la segunda parte de la lectura, juzgar, comparar, sea tan sencilla como la primera—abrir la mente de par en par al rápido cúmulo de innúmeras impresiones. Continuar leyendo sin el libro delante, enfrentar sus siluetas ensombrecidas una contra otra, haber leído mucho y con bastante criterio para hacer que esas comparaciones vivan y sean iluminadoras. Eso es difícil; aún más difícil es ir más lejos y decir: «No sólo es el libro de tal clase, sino que es de tal valor; aquí falla; aquí funciona; esto es malo; esto es bueno». Desempeñar esta parte del cometido de un lector necesita tanta imaginación, perspicacia y conocimiento que es difícil concebir que haya una sola mente lo bastante dotada para ellos; es imposible, aun para la persona más segura de sí misma, encontrar algo más que las semillas de esas capacidades en su interior. ¿No sería más sensato, entonces, renunciar a esta parte de la lectura y permitir a los críticos, las autoridades cubiertas de pieles y vestidas con togas de la biblioteca, que decidan por nosotros la cuestión del valor absoluto del libro? ¡Pero qué imposibilidad! Podemos acentuar el valor de la empatía; podemos tratar de hundir nuestra propia identidad cuando leemos. Pero sabemos que no podemos compenetrarnos por completo o sumergirnos por completo; hay siempre un diablo en nosotros que susurra, «Odio, amo», y no podemos hacerlo callar. En verdad, es precisamente porque odiamos y amamos por lo que nuestra relación con los poetas y novelistas es tan íntima que encontramos intolerable la presencia de otra persona. Y aunque los resultados sean odiosos y nuestros juicios erróneos, aun así nuestro gusto, el nervio de la sensibilidad que nos atraviesa con sus descargas, es nuestra fuente de luz principal; aprendemos mediante los sentimientos; no podemos suprimir nuestra propia idiosincrasia sin empobrecerlos. Pero a medida que el tiempo avance quizá podamos educar nuestro gusto; quizá podamos hacer que se someta a cierto control. Cuando nos hayamos alimentado ávida y profusamente de libros de todas clases—poesía, ficción, historia, biografía—y hayamos parado de leer y considerado durante una buena temporada la variedad, la incongruencia del mundo vivo, encontraremos que está cambiando un poco; ya no es tan ávido, es más reflexivo. Empezará a ofrecernos juicios no sólo sobre libros particulares, sino que nos dirá que hay una cualidad común a ciertos libros. Escucha, dirá, ¿cómo llamaremos a esto? Y nos leerá quizá Lear y después quizá Agamenón para extraer esa cualidad común. Así, con nuestro gusto para guiarnos, nos aventuraremos más allá del libro en particular en busca de cualidades que agrupen los libros; les pondremos nombre y conformaremos una regla que ordene nuestras percepciones. Esa discriminación nos dará un placer mayor y más singular. Pero como una regla sólo vive cuando la infringe perpetuamente el contacto con los libros mismos—nada es más fácil ni entorpecedor que hacer reglas que existan sin contacto con la realidad, en un vacío—, ahora por fin, para darnos firmeza en este difícil intento puede que convenga acudir a los rarísimos escritores que son capaces de iluminarnos sobre la literatura como arte. Coleridge y Dryden y Johnson, en su crítica ponderada, los poetas y novelistas en sus dichos irreflexivos, con frecuencia sorprende su relevancia; iluminan y solidifican las vagas ideas que caían en las brumosas profundidades de nuestras mentes. Pero sólo son capaces de ayudarnos si acudimos a ellos cargados de preguntas y sugerencias ganadas honradamente en el transcurso de nuestra propia lectura. No pueden hacer nada por nosotros si nos volvemos gregarios bajo su autoridad y nos postramos como ovejas a la sombra de un seto. Únicamente podemos comprender su resolución cuando entra en conflicto con la nuestra y la vence.

Leer y criticar

Si esto es así, si leer un libro como debería leerse requiere las cualidades más excepcionales de imaginación, perspicacia y juicio, quizá podamos llegar a la conclusión de que la literatura es un arte muy complejo y que es improbable que seamos capaces, ni siquiera tras toda una vida de lectura, de contribuir con algo valioso a su crítica. Debemos seguir siendo lectores; no nos investiremos con la gloria que pertenece a esos raros seres que son también críticos. Pero aun así tenemos nuestras responsabilidades como lectores e incluso nuestra importancia. Los parámetros que establecemos y los juicios que expresamos se escabullen sigilosamente por el aire y pasan a formar parte de la atmósfera que respiran los escritores cuando trabajan. Se crea un influjo que les afecta aunque no encuentre nunca el camino de la imprenta. Y ese influjo, si estuviera bien instruido, fuera enérgico e individual y sincero, podría ser de gran valor ahora que la crítica está necesariamente en desuso; cuando se pasa revista a los libros como si fueran una procesión de animales en una galería de tiro, y el crítico dispone solamente de un segundo para cargar, apuntar y tirar, con razón se le puede perdonar si confunde conejos con tigres, águilas con aves de corral, o si yerra por completo y desperdicia su tiro con alguna pacífica vaca que pace en un prado apartado. Si detrás del errático fuego de la prensa el autor sintiera que hay otra clase de crítica, la opinión de la gente que lee por amor a la lectura, lenta y no profesionalmente, y juzgando con una gran comprensión, y sin embargo con gran severidad, ¿no podría esto mejorar la calidad de su obra? Y si gracias a nosotros los libros pudieran llegar a ser más robustos, más ricos y más variados, ése sería un fin digno de alcanzar.

Aun así, ¿quién lee para conseguir un fin, por más deseable que sea? ¿No hay algunas actividades que practicamos porque son buenas en sí mismas, y algunos placeres que son inapelables? ¿Y no se encuentra éste entre ellos? Algunas veces he soñado, al menos, que cuando llegue el día del Juicio Final y los grandes conquistadores y juristas y hombres de Estado vayan a recibir su recompensa—sus coronas, sus laureles, sus nombres esculpidos indeleblemente en mármol imperecedero—, el Todopoderoso se dirigirá a Pedro y le dirá, no sin cierta envidia cuando nos vea llegar con nuestros libros bajo el brazo: «Mira, éstos no necesitan recompensa. No tenemos aquí nada que darles. Han amado la lectura». ¶

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1 Romance inglés anónimo, siglo XVI.

2 Beaumont y Fletcher, The Maids Tragedy (1610), IV. 1.

3 John Ford, The Lover‘s Melancholy (1629), IV. III. 57-64.

4 William Wordsworth, El preludio, libro VI, versos 603-608 (trad. de Bel Atreides, Barcelona, DVD ediciones, 2003).

5 Samuel Taylor Coleridge, La balada del viejo marinero (Barcelona, Círculo de Lectores, 2002), versos 225-228.

6 Ebenezer Jones (1820-1860), «When the World is Burning», versos 23-27.

© Virginia Woolf: How Should One Read a Book? (¿Cómo debería leerse un libro?). Publicado en Yale Review, octubre de 1926. Traducción de Daniel Nisa Cáceres.

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