El blog de Las Hormigas

¡Saludos formíceos! Desde Caracas, Venezuela, le damos la más cordial de las bienvenidas a este registro de actividades del club de lectura Las Hormigas.

Los dos reyes (Los casos de Juan Urbano 6)

Tomado de

 

  • Prado, Benjamín
  • Editorial: ALFAGUARA

 

Sinopsis

 

EL NUEVO CASO DE JUAN URBANO, EL DETECTIVE-PROFESOR-ESCRITOR CREADO POR BENJAMÍN PRADO

Una novela sobre España, Marruecos y la lucha por el Sáhara occidental.

 

«Una prosa certera y eficaz […] en la que Prado da cobijo al lector, subyugado desde las primeras páginas por una trama que atrapa su interés y lo mantiene expectante».Enrique Bueres, GQ

Recién publicada su última novela, el profesor de instituto y detective Juan Urbano busca en Ceuta información para un libro sobre la Marcha Verde y el abandono del Sáhara por parte de España, pero también sobre un negocio lucrativo: la venta de arena del desierto a compañías inmobiliarias y turísticas.

Su plan es visitar con su novia y futura esposa, Isabel Escandón, los campamentos de refugiados de Tinduf, en Argelia, y el antiguo Protectorado español en el Magreb, donde iniciaron su epopeya varios empresarios que en unos casos fueron perseguidos y arruinados, tras la independencia, y en otros comenzaron allí un imperio aún en marcha.

Pero un nuevo caso sale a su encuentro cuando un cliente misterioso le encarga localizar a un hombre y un tesoro: el soldado que recibió la orden de matar a Hassan II durante un golpe de Estado y que cuando lo tuvo a su merced le perdonó la vida; y un documento que firmó el rey y que, de ver la luz, arruinaría su leyenda, algo que quiere evitar a cualquier precio su hijo, Mohamed VI.

Dos niñeras españolas que lo salvaron durante el asalto a sangre y fuego al palacio de Sjirat pueden ser la clave de un secreto que lleva medio siglo oculto.

El sexto caso de Juan Urbano lleva al lector de un Marruecos enigmático a Ceuta y Melilla, de París y el norte de Europa a la Granada de Las mil y una noches, en una trama apasionante llena de aventuras, dobles identidades y peligros: tiras del hilo y al final aparece la araña.

La crítica ha dicho:

«A medio camino entre el Philip Marlowe de Chandler, el Zuckerman de Philip Roth y el Carvalho de Vázquez Montalbán». Jesús Ruiz Mantilla, El País

«Benjamín Prado posee esa rara cualidad que consiste en lograr que nos alcance como sencilla una escritura que por su incesante movimiento imaginativo y por el tino de su circulación libre no lo es». Francisco Díaz de Castro, El Cultural

«Desdeñando los arrogantes embates del intelecto y los retos del prêt-à-porter cultural, Benjamín Prado se mantiene fiel a la auténtica literatura y a los sueños de la infancia». Juan Marsé

«Recomiendo encarecidamente Los treinta apellidos, una novela trepidante, escrita con un lenguaje cuidado y preciso, que te va envolviendo hasta la última página. Su prosa es como un estilete que toca el corazón del lector. No dejará indiferente a nadie. […] Léanlo, se los recomiendo encarecidamente, léanlo». Julia Navarro

«Una gran novela sobre la dignidad y el poder, sobre la violencia del dinero y la capacidad reparadora de la memoria». Almudena Grandes ¶

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Ficha del libro

Título: Los dos reyes (Los casos de Juan Urbano 6)

Autor: Prado, Benjamín

Editorial: ALFAGUARA

ISBN: 9788420461601

Año de publicación: 2022

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Olor a libros, olor a vida

Cortesía de Alicia Ponte Sucre de Vanegas

 

Emilio Lara, 7 de julio de 2022

 

Septiembre olía a libros nuevos recién forrados. Comprábamos los manuales del colegio en una papelería cercana a casa, en una calle del casco histórico donde flotaba el olor medicamentoso de una farmacia y el de café y dulces de una cafetería-confitería de setentera modernidad. Los libros de texto que necesitábamos tres hermanos eran muchos y copioso el desembolso económico, lo que exigía forrarlos con plástico transparente para conservarlos en buen estado. Mi madre cumplía el rito estacional a lo largo de una tarde. Era mañosa con las tijeras y efectuaba aquel trabajo con dedicación y eficacia, haciéndole a los libros un lifting preventivo para alargar su lozanía, protegiéndolos del manoseo y del acarreo en carteras de cuero y macutos deportivos.

En mi calle existía un taller de encuadernación del que éramos clientes. El locuaz artesano, que llevaba un sobretodo gris que le otorgaba un digno aspecto menestral, se había seccionado la primera falange de un dedo con la guillotina que manejaba con profesionalidad jacobina. De niño, me gustaba escuchar las conversaciones de los mayores en aquel obrador que olía a cola caliente, a piel y a papel satinado. Me encantaba observar el cosido de los libros y las prensas verticales bajo las que se colocaban los volúmenes. Los instrumentos y aparejos que parecían propios de verdugos y de médicos de la Edad Media servían para darles prestancia a libros y a colecciones de revistas, encuadernados con guardas y tejuelos. Pero el summum para mí era ver manejar con delicadeza los librillos de pan de oro destinados a embellecer las encuadernaciones más caprichosas.

“A los lectores enviciados, a los bibliófilos empedernidos, nos encanta observar la cirugía plástica a la que los técnicos de conservación someten a los incunables”

También conocí de chico unas imprentas que parecían supervivientes de la Revolución Industrial, con el estruendo que formaban unas viejas máquinas que obligaba a elevar la voz para entenderse. Los operarios, cigarro en boca, apretaban aparatosos botones, manejaban palancas y transportaban los grandes pliegos imprimidos. La tinta, espesa y de varios colores, olía fuerte, y el olor a papel caliente, recién salido de las entrañas de aquella ruidosa maquinaria, tenía para mí un aroma tan delicioso como el del pan recién sacado del horno de una tahona. Sigo pensando igual, y eso que soy comilón.

El mundo de las imprentas ha experimentado una supersónica evolución. Las que conocí de pequeño conservaban muebles llenos de tipos móviles de metal y mantenían cierto aire decimonónico. Las de ahora, controladas por ordenadores, tienen máquinas de diseño minimalista, propias de películas de ciencia ficción, e imprimen libros mucho más bellos que los de antes. En este gremio, como en tantos otros, cualquier tiempo pasado no fue mejor.

Todo lo dicho anteriormente está vinculado al nacimiento de los libros y a los afanes por preservarlos del desgaste, a prolongar su vida con tratamientos rejuvenecedores. A los lectores enviciados, a los bibliófilos empedernidos, nos encanta observar la cirugía plástica a la que los técnicos de conservación someten a los incunables, a los libros de singular valor, así como el exquisito cuidado con el que los manipulan: con guantes de látex y movimientos a cámara lenta. Visitar una exposición histórica que incluya libros antiguos restaurados es una gozada para quienes los amamos, y no hay simulación por ordenador ni documental, por muy vistoso que sea, que supere el placer de ver, tras una vitrina, un libro con hojas de pergamino o papel. Y no creo que sea un caso de fetichismo, sino de voyeur de la belleza.

El género de libros que hablan de libros es un clásico al que no podemos resistirnos los bibliófagos. Vayamos a ello.

“Me captó de tal manera que no había metadona en botica para desengancharme de los atracones de su lectura”

Con La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, necesité tres acometidas. Cuando María José me lo regaló le hinqué el diente y no superé las cincuenta páginas. Meses más tarde volví a la carga y tampoco sobrepasé aquella frontera de hojas, pues no le veía la gracia al best seller. Tiempo después claudiqué ante su embrujo. A la tercera fue la vencida, pues lo leí de manera desprejuiciada. Me captó de tal manera que no había metadona en botica para desengancharme de los atracones de su lectura. El Cementerio de los Libros Olvidados —una especie de biblioteca subterránea que da asilo a libros preteridos o que nadie quiere leer— no sólo constituyó un hallazgo narrativo y emocional de primera magnitud, sino que se convirtió en un icono literario, en el espacio simbólico de una Barcelona goticista y dickensiana sumida en la niebla, de una ciudad más real incluso que la existente. Esto no sólo demuestra que los libros tienen su momento idóneo para leerlos —encajando con nuestros biorritmos— sino que hay que hacerlo desprovistos de anteojeras. A propósito del magnum opus de Ruiz Zafón, Sergio Vila-Sanjuán, en su Barcelona, la ciudad de los libros (publicación que recoge una conferencia suya impartida en la universidad de Harvard), no sólo ensalza su valor literario y éxito mundial, sino que explica que la idea del cementerio de los libros olvidados se le ocurrió al escritor barcelonés mientras visitaba unos enormes almacenes de libros viejos en Los Ángeles. Es inevitable acordarse del sorprendente final de En busca del arca perdida, cuando los chupatintas del servicio secreto de EEUU deciden guardar la caja que contiene el Arca de la Alianza en un inmenso almacén, entre miles de cajas apiladas, condenándola a un ostracismo burocrático.

El club Dumas, de Arturo Pérez-Reverte, probablemente sea la mejor novela sobre pasión libresca que se haya escrito. Su elaborada y perfecta trama detectivesca nos introduce en los circuitos comerciales internacionales de la compraventa de libros de singular valor, nos muestra la artesanía elevada a arte de la restauración de libros y reivindica la sostenida emoción —nacida en la infancia y adolescencia— que produce la narrativa de aventuras, tan vilipendiada hasta anteayer por los culturetas que piensan que los géneros literarios tienen edades y fechas de caducidad.

“El exitazo del libro estriba en injertar emociones en la narración de la historia del libro en la Antigüedad, en intercalar en sus páginas experiencias vitales de la autora”

La librería, de Penelope Fitzgerald, es la seductora historia de una mujer empeñada en abrir una pequeña librería en un pueblo reacio a la existencia de dicho negocio. La voluntariosa y perseverante protagonista mantiene una sorda pugna con los puritanos habitantes, refractarios a cualquier cambio en la localidad, sobre todo si los promueve una forastera. Me gusta la sobriedad narrativa, la complejidad psicológica de los personajes —incluida la niña redicha que ayuda a la librera—, la ambientación histórica y el perturbador clima moral generado en un pueblecito de idílica apariencia. Isabel Coixet hizo una delicada y muy British adaptación cinematográfica de la novela, cambiando su final.

Compré El infinito en un junco, de Irene Vallejo, al poco de ponerse en venta. A María José le gustaron el título y la portada, y se lo apropió. Quedó tan fascinada por su lectura que me comentaba cada día algún pasaje, y como ella lo saboreaba pasaba sus páginas no a velocidad de autovía, sino de carretera comarcal que atraviesa bonitos paisajes. Cuando por fin lo cogí, le di la razón. El exitazo del libro estriba en injertar emociones en la narración de la historia del libro en la Antigüedad, en intercalar en sus páginas experiencias vitales de la autora —dramáticas y felices—, en dotar a las historias relatadas de cierta intriga y, también, en su estilo narrativo libérrimo, tan alejado de los encorsetados ensayos académicos producidos habitualmente por la universidad española (fruto de un rígido y anacrónico sistema de valoración de méritos investigadores). Irene Vallejo forma parte de la magnífica generación de jóvenes ensayistas españoles (merecedora de un estudio) que, desde hace unos pocos años, escribe unas obras caracterizadas por el original enfoque, la libertad creativa y un vasto conocimiento de lo publicado en otros países.

Es curioso: me gustan las películas de ciencia ficción pero no los libros sobre ella. Uno de sus títulos clásicos que leí de joven fue Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, y todavía me acuerdo del impacto que me produjeron los hombres-libro, las personas encargadas de memorizar una obra literaria para que su memoria no se perdiera en aquella dictadura buenista donde los libros estaban prohibidos. La película de François Truffaut se ha quedado viejuna, aunque merece la pena verla por la música de Bernard Herrmann, la belleza de Julie Christie y la escena de la mujer que se quema a lo bonzo junto a su amada biblioteca antes de entregársela a los bomberos, porque éstos son unos pirómanos literarios, las escuadras de asalto de aquel mundo distópico.

“En mi cabeza conviven las tres bibliotecas de las casas donde he vivido. Dos de esas bibliotecas ya no existen, pero en mi memoria aún soy capaz de encontrar el lugar exacto de muchos libros”

En mi cabeza conviven las tres bibliotecas de las casas donde he vivido. Dos de esas bibliotecas ya no existen, pero en mi memoria aún soy capaz de encontrar el lugar exacto de muchos libros que cohabitan en sus fantasmales estanterías. Cada una de ellas se formó gracias a las expediciones a librerías para encontrar nuevas adquisiciones, pues el apetito lector es insaciable: tiene principio pero no fin. Alberto Manguel, en Mientras embalo mi biblioteca, atina al decir que cada biblioteca es autobiográfica. Esa obra la escribe con motivo de una mudanza que apareja desarmar su biblioteca, lo que implica no sólo la pesarosa y pesada tarea de empaquetar los libros, sino sobre todo la voladura controlada de un espacio físico, de un sereno ambiente donde uno ha sido feliz. Juan Bonilla refleja a la perfección la pasión cazadora que nos devora en La novela del buscador de libros, y Andrés Trapiello, en El Rastro, también expresa la emoción del descubrimiento de joyitas bibliográficas en los puestos del Rastro madrileño, ese singular mercadillo dominical madrileño donde puede encontrarse de todo y que no tiene parangón en ninguna otra ciudad, al igual que sucede con la Feria del Libro celebrada en el Retiro, donde los libros huelen al verdor de los árboles y pasear entre las casetas hace que la vida no sea una elegía, sino una celebración.

Antonio Muñoz Molina, en Un andar solitario entre la gente, dice que los judíos piadosos no tiran los libros religiosos deteriorados por el uso de años y los entierran en cementerios específicos mediante un ritual determinado. Me gusta esa práctica. Dignifica el final de un libro al otorgarle un trasunto de vida biológica, de algo que está llamado a morir de pura vejez. A fin de cuentas me parece mejor que arrojar los libros inservibles o que no nos gustan a un contenedor de reciclaje, lo cual me da mucha lástima. Queda el recurso de regalarlos para que otro los aproveche, hacer un hatillo con ellos y donarlos a alguna biblioteca que les dé asilo político o practicar el BookCrossing (lamento el palabro), consistente en abandonar un libro en un lugar público para que alguien lo recoja y, tras leerlo, haga lo mismo. Este fenómeno, que puede parangonarse con una rueda de reencarnaciones del poseedor de un libro, me produce cierta melancolía, y hasta el momento no he dejado olvidada aposta una novela en un banco de la calle, en el metro o en la sala de un hospital sin acto seguido escabullirme con sentimiento de culpa.

“Los científicos explican que los libros antiguos, debido a la degradación del papel, huelen a vainilla y a almendra”

Cuando un libro se moja mucho y se seca al sol se queda abarquillado y las páginas adquieren una textura hojaldrada. En la laberíntica biblioteca que imaginó Umberto Eco en El nombre de la rosa debía haber volúmenes así, y también otros olorosos a moho, comidos por la humedad, y las estancias debían atufar a sebo de velas. Prefiero los placenteros olores de las viejas bibliotecas conservadas en los archivos públicos, instituciones eclesiásticas y prestigiosas universidades, con libros encuadernados en piel de becerro y maderas nobles abrillantadas con cera de abeja donde reinan el tiempo detenido y el silencio de la paciente inteligencia.

Los científicos explican que los libros antiguos, debido a la degradación del papel, huelen a vainilla y a almendra, sobre todo aquellos que, en la Edad Moderna, se fabricaban con la ropa vieja. Por eso, al entrar en bibliotecas de fuste, nos deleitamos con el aroma que desprenden los viejos volúmenes al igual que, al visitar bodegas, disfrutamos con el aroma de las barricas donde envejece el vino. A fin de cuentas, la literatura tiene la facultad de embriagar los sentidos sin dejar resaca.¶

Emilio Lara (Jaén, 1968), doctor en Antropología, Licenciado en Humanidades con Premio Extraordinario y Premio Nacional Fin de Carrera, profesor de Geografía e Historia de Enseñanza Secundaria. Es autor de la novela La cofradía de la Armada Invencible (Edhasa, 2016) y El relojero de la Puerta del Sol (Edhasa, 2017), Premio Andalucía de la Crítica de Novela. Su última novela, Tiempos de esperanza ganó el Premio de Narrativas Históricas Edhasa 2019. Su última novela es “Centinela de los sueños”.

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Addendum de la redacción del Blog:

El escritor Umberto Eco pertenece a esa pequeña clase de eruditos que son enciclopédicos, perspicaces y no aburridos. Es dueño de una gran biblioteca personal (que contiene treinta mil libros) y divide a los visitantes en dos categorías: los que reaccionan con “¡Guau! Signore, professore dottore Eco, ¡qué biblioteca tiene! ¿Cuántos de estos libros ha leído?” y los otros, una minoría muy pequeña, que entienden que una biblioteca privada no es un apéndice para aumentar el ego, sino una herramienta de investigación. Los libros leídos son mucho menos valiosos que los no leídos. La biblioteca debe contener tanto de lo que no sabe como sus medios financieros, las tasas hipotecarias y el mercado inmobiliario actualmente ajustado le permitan poner allí. Acumulará más conocimientos y más libros a medida que crezca, y el creciente número de libros sin leer en los estantes le mirará amenazadoramente. De hecho, cuanto más sepa, más grandes serán las filas de libros sin leer. Llamemos a esta colección de libros no leídos una antibiblioteca”.

Nassim Nicholas Taleb, El cisne negro: El impacto de lo altamente improbable

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Arturo Pérez-Reverte: “Soy un lector que accidentalmente escribe novelas”

El autor español habla de la colección del sello Zenda/Edhasa, a la que se sumó en México Madre Editorial.

 

Jesús Alejo Santiago

Ciudad de México / 09.07.2022 01:19:44

 

Arturo Pérez-Reverte nunca ha escondido su pasión por la literatura de aventuras: “Hay libros y películas que marcan para toda la vida”. En sus lecturas ha navegado los mares, se ha salvado de filosas espadas, ha logrado esquivar balas. Sus novelas recorren las mismas aguas, los castillos inexpugnables o los oscuros callejones, convencido de que se trata de historias vigentes, aun cuando no cualquier editorial se lance a su difusión.

La aventura se ha vuelto políticamente incorrecta”, asegura el narrador español en entrevista con MILENIO, porque la aventura clásica no responde a los cánones sociales de nuestro tiempo, más allá de que en la actualidad olvidemos los muchos valores de esa literatura, “para hombres y para mujeres: mis hermanas se han formado en la literatura de aventuras”.

Es una literatura que maneja conceptos como valor, lealtad, amistad, coraje, solidaridad, lucidez, inteligencia, astucia; elementos que están en el corazón del ser humano. A las más atrasadas—por su temática—, obviamente, no las vamos a rescatar, pero hay otras cuya lectura contemporánea puede decir muchas cosas, dentro de los parámetros del siglo XXI”.

Así fue como decidió aventurarse en un proyecto editorial de rescate y de divulgación, a través de un proyecto colaborativo que surgió hace seis años: Zenda, nacido como suplemento de libros y después con una extensión editorial denominada Zenda Aventuras, cuyo crecimiento se da en la alianza con el sello Edhasa, en cuyo catálogo se encuentran algunos de los libros de aventuras más reconocidos, si bien no tan conocidos por los lectores contemporáneos.

“Esa clase de valores que la novela clásica de aventuras exaltaba sigue siendo útil ahora: es más, son especialmente útiles ahora, cuando hay tanta confusión, tanta falta de referencias. No está nada mal recordar al lector joven, o bien al adulto, que la lealtad, la amistad, el valor y la solidaridad son elementos muy importantes y esos se encuentran en esas historias clásicas”, cuenta Pérez-Reverte, un convencido de la “maravillosa experiencia” de leer una novela clásica, de aventuras.

En ese sentido, la colección editorial impulsada bajo el sello Zenda/Edhasa, a la que se sumó en México Madre Editorial, se convirtió en una manera de agradecer a esas historias y a sus autores, primero en su propio nombre y después en el de los lectores del siglo XXI, por contribuir en lo que es en la actualidad: un escritor.

Soy un lector que accidentalmente escribe novelas, pero sobre todo soy un lector: esa pasión que despierta una buena historia no tiene precio, y leer por primera vez Los tres mosqueteros, La isla de coral o Las cuatro plumas es una experiencia inolvidable. A mí me marcó de niño y, de hecho, soy lo que soy porque esos libros me hicieron lector”.

 

En contra de las novedades

La nostalgia es un excelente móvil lector y, a veces, leemos para conocer libros nuevos o para recordar libros que amamos, reconoce Arturo Pérez-Reverte, quien suma las dos miradas que vienen de la edad, “un contraste extraordinario con el lector que fuiste”; como parte de ese objetivo, se hace una selección, porque no cualquier novela de aventuras vale, algunas ya son anticuadas, pero otras perfectamente son asumibles para la literatura de hoy.

“Siempre ha habido títulos clásicos, tanto en novela juvenil, como en novela de aventuras o histórica, que tuvieron una gran presencia en bibliotecas y librerías, pero en los últimos años hubo tal estallido de nuevas publicaciones, porque el mundo moderno ha hecho más fácil el acceso del autor a la publicación, que las editoriales se han lanzado a una carrera enloquecida por cubrir espacio de mercado, con lo cual hay una saturación de novedades en todas las librerías del mundo”.

Lo que en un primer momento podría verse como una barrera para el lanzamiento de literatura más cercana a lo clásico, para el escritor español, el hecho de que los títulos clásicos vayan desapareciendo por la presencia continua de novedades, es una oportunidad más arqueológica: rescatar aquellos títulos de aventuras clásicas que hoy ya no se pueden encontrar en las librerías.

Se trata de volver a las librerías lo clásico; libros que, además, hacen lectores, tanto jóvenes como adultos”; Edhasa ya contaba con un buen fondo de novelas de aventuras clásicas poco difundido por ellos mismos, “apresados por la tiranía infernal de la novedad”, ante lo cual surgió la oportunidad de lanzarse con este proyecto editorial conjunto, “en el que pudiéramos trabajar nosotros con nuestra fuerza de difusión y ellos con su rico fondo de literatura”.

“No se trata de ganar dinero, dada la cantidad de los tirajes no creemos que sea un producto especialmente rentable, pero bastará con que se financie a sí mismo y podamos seguir publicando esos títulos, no por afán de lucro, sino por amor a esa literatura que desaparece”.

“Nos quejamos de que los jóvenes no leen, pero es verdad que, a menudo, les estamos poniendo libros que no tienen el gancho o no pueden competir en igualdad de intensidad con los videojuegos, con el mundo informático, con el ordenador y el teléfono móvil”.

 

Novelas que forman

Sin embargo, algunas historias siempre funcionan y ese es el objetivo de esta colaboración: colocar a un chico delante de La isla de coral, por ejemplo, una novela de amistad, de lealtad y de aventura, termina por engancharlo.

El libro está condenado a muerte en el siglo XXI, pero queremos retrasar un poco ese final creando círculos de resistencia, donde los lectores, jóvenes y adultos, puedan refugiarse y encontrar alguna cosa que les interese. No vamos a parar una tendencia social, leer menos y hacerle más al ordenador, pero al menos quien lo busque o lo necesite, que al menos pueda encontrarlo”.

Los tres primeros títulos, que ya circulan en México gracias a Madre Editorial, son Las cuatro plumas, de A. E. W Mason: una historia muy conocida, de la se han hecho varias películas; el relato de cómo un cobarde se redime con actos heroicos, por amor y por amistad, con lo que se convierte en una “historia muy clásica en el sentido de la novela de aventuras: es un gran clásico y creemos que es una muy buena forma de bautizar esta colección de Edhasa con ese primer título”, a decir de Pérez-Reverte.

 

El enigma de las arenas, de Robert Erskine Childers, es una historia, por el contrario, muy poco conocida, incluso en su momento: es la primera gran novela de espionaje de la historia. Además, a su autor lo fusilaron los británicos, porque trabajaba con el republicanismo irlandés.

El tercer título de lanzamiento que está próximo a llegar a México es La isla de coral, de Robert Michael Ballantyne, en la que narra la vida de unos jóvenes náufragos en una isla desierta, y fue elegida como una de las 20 mejores novelas escocesas en 2006.

En paralelo con su publicación en España, Madre Editorial estará lanzando cada uno de los libros de esta colección, todos prologados por Arturo Pérez-Reverte. Los primeros dos ya están a la venta en madreditorial.com.

 

El nacimiento de una propuesta de difusión literaria

Zenda tiene como uno de los nombres más reconocibles a Arturo Pérez-Reverte, pero detrás de este espacio de libros y de difusión literaria hay una propuesta que atañe a todo un sector: hace seis años, algunos escritores reconocidos se dieron cuenta que existían otros menos privilegiados con dificultades para aparecer en los medios informativos:

“Los más importantes se ocupaban de los nombres consagrados, pero había una cantidad nutrida de escritores jóvenes, con menos fortuna, que no tenían cabida en los medios informativos. Así decidimos crear Zenda para dar voz a todo ese sector de autores, hombres y mujeres, que no tenían presencia al no ser de familias literarias, ni de familias de medios informativos”, comparte el escritor.

Siguiendo en esa línea decidieron lanzarse a la publicación de algunos títulos, sobre todo en coedición, donde la idea primordial es que Zenda ofrezca la mirada de sus impulsores y las editoriales su fondo, como sucede en este caso con Edhasa.¶

Derechos reservados

© Grupo Milenio 2022

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Contribución a una discusión del Hormiguero

Aún no hay fecha ni lugar determinados para discutir el libro que propusiera reiteradamente Graciela Behrens: Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley. Esta nota pretende ser una ayuda—¿acicate?—para las deliberaciones.

 

Mary Shelley (1797-1851)

 

Primero que nada, el párrafo introductorio del artículo sobre la obra de Shelley en Wikipedia en Español:

Frankenstein o el moderno Prometeo, o simplemente Frankenstein (título original en inglés: Frankenstein; or, The Modern Prometheus), es una obra literaria de la escritora inglesa Mary Shelley. Publicado el 1 de enero de 1818 y enmarcado en la tradición de la novela gótica, el texto habla de temas tales como la moral científica, la creación y destrucción de vida y el atrevimiento de la humanidad en su relación con Dios. De ahí, el subtítulo de la obra: el protagonista intenta rivalizar en poder con Dios, como una suerte de Prometeo moderno que arrebata el fuego sagrado de la vida a la divinidad. Aunque Frankenstein está impregnado de elementos de la novela gótica y el movimiento romántico, el escritor y editor de ciencia ficción Brian Aldiss ha argumentado que debería considerarse la primera historia verdadera de ciencia ficción.

La edición original, cuando Mary Shelley tenía veinte años

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Luego, algunos párrafos de la entrega de Maria Popova en The Marginalian, que coincidencialmente escribiera hace cinco días una nota titulada Mary Shelley on reproductive rights, la que ilustrara con la efigie de la autora que encabeza esta entrada:

En junio de 1816, cinco jóvenes apasionados por el romance y la rebelión (dos todavía en la adolescencia, uno apenas saliendo de ella, ninguno más allá de los veinte años) se encontraban aburridos en cautiverio en una villa alquilada en la orilla del lago de Ginebra mientras una tormenta incesante azotaba afuera durante días. Si no pudieran tener los deslumbrantes días de primavera por los que habían huido de Inglaterra, tendrían largas noches de lecturas de poesía y disquisiciones filosóficas animadas por el vino y el láudano.

Así es que, tarde en una noche tormentosa, uno de ellos, Lord Byron: dotado, grandioso, violentamente inseguro, “loco, malo y peligroso de conocer” (en palabras de una de sus amantes descartadas), sacó una traducción francesa de algunas historias de fantasmas alemanas de la estantería de su alojamiento para leerlas al grupo. Luego sugirió que cada uno escribiera su propia historia sobrenatural, compartiera los resultados en voz alta y votara por un ganador.

De los cinco, sólo uno completó el desafío en Villa Diodati e hizo de él algo que sobrevivió a sus columnas de mármol. No fue Su Señoría.

La idea se le ocurrió en un “sueño despierto” varias noches después, recordaría Mary Shelley—30 de agosto de 1797 – 1º de febrero de 1851—mirando hacia atrás en el crisol de la creatividad: el sueño que esculpiría, durante el próximo año de feroz escritura y revisión, en una de las obras literarias más visionarias de la humanidad.

No hay registro de la noche exacta o la hora exacta. Pero dos siglos más tarde, basándose en el relato de Mary del momento en que finalmente llegó su idea, mientras yacía inquieta en la cama, con “la luz de la luna luchando por pasar”, los astrónomos usarían la fase de la Luna y su posición en el cielo sobre Villa Diodati. para determinar que la única luz lo suficientemente brillante como para despejar la ladera y brillar a través de las persianas de Mary en medio de la noche fue la gibosa del 16 de junio, poco antes de las 2 a.m.

Varios años y varias muertes más tarde, incluida la de su joven esposo, Mary Shelley escribiría la imagen reflejada de estas ideas en otra novela, imaginando un mundo del siglo XXI asolado por una pandemia mortal para considerar lo que en última instancia hace que valga la pena vivir la vida.*

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A continuación, un corto de YouTube de la primera vez que la novela se llevara al cine sonoro, con el famoso Boris Karloff en el papel del engendro:

 

 

Hay tres películas previas del cine mudo: Frankenstein, Life Without Soul y The Monster of Frankenstein. También registra Wikipedia otros ¡sesenta y tres largometrajes en los que aparece el monstruo más cinco cortos! (La última película es de este año: Hotel Transylvania: Transformania). Ningún otro tema ha sido tan reiterado en toda la historia del cine. LEA

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* Popova alude acá a El último hombre, novela de Mary Shelley de 1826. ¿Profética?

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Netflix en español tiene una satisfactoria película sobre la excepcional autora inglesa:

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Blonde

Tomado de

Detalle de portada de ‘Blonde’ (Alfaguara)

 

Jueves, 23.06.2022 / 12:31

‘Blonde’: lee un fragmento del libro de Joyce Carol Oates sobre Marilyn Monroe

Libros | Adelanto

Por cortesía de Alfaguara, publicamos este adelanto en el que Oates redibuja, tras una exhaustiva documentación, la vida interior de este ícono de la cultura pop.

Ciudad de México / 23.07.2021 18:10:51

 

El beso

He estado viendo esta película durante toda mi vida, aunque nunca hasta el final.

Casi habría podido decir ¡Esta película es mi vida!

Su madre la llevó por primera vez al cine cuando ella tenía tres o cuatro años. Era su recuerdo más temprano. ¡Qué emocionante! Habían ido al Teatro Egipcio de Grauman, situado en Hollywood Boulevard. Aún faltaban años para que entendiera siquiera los rudimentos de una historia cinematográfica; sin embargo, se quedó fascinada por el movimiento, el incesante, ondulante, fluido movimiento en la gran pantalla que se alzaba ante ella. Todavía era incapaz de pensar Este es el mismísimo universo sobre el cual se proyectan innumerables e indescriptibles formas de vida. Cuántas veces en su niñez y adolescencia perdidas volvería con añoranza a esta película, reconociéndola de inmediato a pesar de la diversidad de títulos y actores. Porque siempre aparecían la Bella Princesa y el Príncipe Encantado. Una sucesión de complicados acontecimientos los reunía, los separaba, los reunía otra vez y los separaba nuevamente hasta que, cuando la película se acercaba a su fin y la música subía de volumen, se fundían en un apasionado abrazo. 

Aunque no siempre feliz. Era imposible predecirlo. Porque a veces uno de los dos aparecía arrodillado junto al lecho de muerte del otro y anunciaba el fin con un beso. Incluso si él (o ella) sobrevivía a su amado, uno sabía que su vida había perdido el sentido.

Porque la vida no tiene ningún sentido fuera de la historia cinematográfica. Y no hay historia cinematográfica fuera del oscuro cine.

Pero ¡qué intrigante no ver nunca el final de la película!

Porque siempre pasaba algo: había una conmoción en el cine y las luces se encendían; la alarma de incendios (aunque no había fuego, ¿o sí?, en cierta ocasión habría jurado que olía a humo) sonaba con estridencia y ordenaban al público que se retirara, o ella llegaba tarde a una cita y tenía que marcharse, o se quedaba dormida en la butaca, se perdía el final y despertaba deslumbrada por las luces cuando la gente se levantaba ya a su alrededor.

¿Ha terminado? Pero ¿cómo puede haber terminado?

Sin embargo, incluso de adulta, siguió buscando la película, entrando en cines de barrios oscuros o de ciudades desconocidas. Dado que padecía insomnio, compraría una entrada para la sesión de medianoche. O quizá fuera a la primera del día, a última hora de la mañana. No intentaba evadirse (aunque últimamente su vida se había vuelto desconcertante, como suele ser la vida de adulto para todos los que la viven), sino crear un paréntesis dentro de esa vida, deteniendo el tiempo como haría un niño con las agujas del reloj: por la fuerza. Entrando en el oscuro cine (que a veces olía a palomitas rancias, a gomina de desconocidos, a desinfectante), emocionada como una niña pequeña que alza la vista para ver en la pantalla —¡Ay!, ¡de nuevo!, ¡una vez más!— a la preciosa rubia que no parece envejecer, envuelta en carnes como cualquier mujer y sin embargo elegante como ninguna, con un intenso resplandor brillando no solo en sus ojos luminosos, sino también en su piel. Porque mi piel es mi alma. No existe otra alma. Veis en mí la promesa de la dicha humana. Ella, que entra en el cine, escoge una butaca en una fila cercana a la pantalla, se entrega sin vacilar a la película que se le antoja a un tiempo familiar y extraña, como el recuerdo imperfecto de un sueño. Los trajes, los peinados, las caras e incluso las voces de los actores cambian con los años y ella recuerda, no con claridad sino en fragmentos, sus emociones perdidas, la soledad de su propia infancia, aliviada solo en parte por la gran pantalla. Otro mundo donde vivir. ¿Dónde? Y cierta vez, un día, se da cuenta de que la Bella Princesa, que es hermosa porque es hermosa y porque es la Bella Princesa, es condenada a buscar la confirmación de su propia identidad en los ojos de otros.

Porque no somos quienes dicen que somos si no nos lo dicen, ¿verdad?

Desazón adulta y creciente horror.

La historia cinematográfica es complicada y confusa, aunque familiar o casi familiar. Quizá esté mal enhebrada, quizá pretenda provocar, quizá haya saltos al pasado en medio del presente. ¡O saltos al futuro! Los primeros planos de la Bella Princesa parecen demasiado íntimos. Queremos permanecer en la periferia de los otros, no aceptamos que nos arrastren al interior. Si pudiera decir: ¡Ahí!, ¡Ésa soy yo! ¡Esa mujer, ese ser en la pantalla, ésa soy yo! Pero ella no puede prever el final. Nunca ha visto la última escena ni los títulos de crédito; en ellos, después del beso final, se encuentra la clave del misterio de la película, y ella lo sabe. Del mismo modo que los órganos del cuerpo, extirpados durante una autopsia, constituyen la clave del misterio de la vida.

Pero habrá una vez, quizá esta misma noche, cuando ella, ligeramente agitada, se acomode en la raída y mugrienta butaca tapizada en felpa de la segunda fila del viejo cine de un barrio marginal, el suelo curvándose a sus pies como la curva del planeta Tierra, pegajoso bajo las suelas de sus zapatos caros; el público desperdigado, casi todos individuos solos; y ella se alegra de que, gracias a su disfraz (gafas de sol, una bonita peluca, una gabardina), nadie la reconocerá ni sabrá quién es, ni adivinará quién podría ser. Esta vez la veré hasta el final. ¡Esta vez sí! ¿Por qué? No lo sabe. De hecho, la esperan en otro sitio, adonde llegará varias horas tarde. Quizá haya un coche aguardándola en el aeropuerto, a menos que se haya retrasado días, semanas; porque la mujer adulta ha empezado a desafiar al tiempo. Al fin y al cabo, ¿qué es el tiempo sino lo que otros esperan de nosotros? El juego que no podemos negarnos a jugar. Ha notado que el tiempo también confunde a la Bella Princesa. Que la confunde el argumento de la película. Uno recibe las pistas de los demás, pero ¿y si los demás no nos dan pistas? En esta película, la Bella Princesa ya no está en la flor de la juventud, aunque sigue siendo hermosa, claro está, pálida y radiante en la pantalla mientras se apea de un taxi en una calle ventosa; va disfrazada con gafas de sol, una lacia peluca castaña y una gabardina estrechamente atada con un cinturón, seguida a pocos pasos por una cámara mientras se dirige al cine, compra una sola entrada, entra en la sala oscura y se sienta en la segunda fila. Como es la Bella Princesa, otros espectadores la miran, pero no la reconocen; tal vez sea una mujer corriente, aunque hermosa, una desconocida. La película ya ha empezado. Pocos segundos después, ella se abandona por completo, quitándose las gafas de sol. La pantalla que se alza sobre ella la obliga a echar la cabeza atrás y a mirar hacia arriba con un gesto de reverencia algo infantil y aprensivo. Como los reflejos en el agua, la luz de la película se ondula sobre su cara. Abstraída en la fantasía, no se percata de que el Príncipe Encantado la ha seguido hasta el cine; la cámara lo enfoca mientras, durante varios tensos minutos, él permanece de pie detrás de las raídas cortinas de terciopelo de un pasillo lateral. Su apuesto rostro está envuelto en sombras… Su expresión es apremiante. Lleva un traje oscuro sin corbata, y un sombrero de ala curva ladeado sobre la frente. A una señal musical, camina a paso vivo y se inclina sobre ella, la mujer solitaria de la segunda fila. Le susurra algo y ella se vuelve, sobresaltada. Su sorpresa parece real, aunque ya debe de conocer el guión; al menos hasta este punto y tal vez un poco más.

¡Amor mío! Eres tú.

Nunca ha habido nadie más que tú.

En la trémula luz de la gigantesca pantalla las caras de los amantes están llenas de significado, nuncios de una perdida era de esplendor. Es como si estuvieran obligados a interpretar la escena, a pesar de su carácter decadente y mortal. Interpretarán la escena. Él la coge con descaro de la nuca para que no se mueva. Para reclamarla. Para poseerla. Qué fuertes y fríos son sus dedos; qué extraño, el resplandor vidrioso de sus ojos, más cercanos que nunca.

Una vez más, ella suspira y eleva su cara perfecta para recibir el beso del Príncipe Encantado.¶

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Rubia (en inglés: Blonde) es una próxima película dramática biográfica estadounidense escrita y dirigida por Andrew Dominik. Adaptada de la novela Blonde (2000) de Joyce Carol Oates, la película está basada en la vida de la actriz Marilyn Monroe, interpretada por Ana de Armas. Adrien Brody, Bobby Cannavale y Julianne Nicholson aparecen en papeles secundarios. Dede Gardner, Jeremy Kleiner, Tracey Landon, Brad Pitt y Scott Robertson son los productores de la película que, después de un largo período de desarrollo que comenzó en 2010, comenzó a producirse en Los Ángeles en agosto de 2019. La producción finalizó en julio de 2021. tras la pandemia de COVID-19 en 2020. 

Blonde está programado para ser lanzado el 23 de septiembre de 2022 por Netflix. (Wikipedia en Español).

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Netflix tiene un previo documental sobre la artista: El misterio de Marylin Monroe – Las cintas inéditas.

 

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Almudena y Luis, una historia de amor

Tomado de

 

La relación entre el poeta y la novelista iniciada en 1992 y que ha durado hasta la muerte de la autora dejó un rastro de guiños y señales entrecruzadas en la literatura de los dos

 

Luis García Montero y Almudena Grandes retratados en la fiesta del 40 Aniversario de Tusquets en Barcelona, 2009. DANIEL MORDZINSKI

Berna González Harbour

04 dic 2021 – 23:29 ACTUALIZADO: 05 dic 2021 – 0:30 GMT-4

 

A primera vista y para un marciano que aterrizara ante una biblioteca cualquiera, son dos autores en la misma estantería, letra G, apenas separados por unos cuantos González o Gil: Luis García Montero y Almudena Grandes. Poca cosa entre un poeta y una novelista de un mismo tiempo, misma inicial y una literatura tan unida en sensibilidades como dispar en géneros. El extraterrestre en cuestión podría dejarlo ahí, pasar a la H, a la I, o pararse a leer. Encontraría entonces rastros luminosos, guiños cruzados de una relación entre dos autores que no solo se amaron, sino que se enriquecieron mutuamente en el plano creativo y que dejaron señales vibrantes para la historia de la literatura, tanto la que se escribe con mayúsculas como la que se forja en minúsculas. Si el aterrizaje del marciano se produjera en estos días, además, se encontraría con que ya no solo les separan esos cuantos intrusos en la estantería Billy, sino la dolorosa línea entre la vida y la muerte porque ella, la novelista, falleció el pasado 27 de noviembre de un cáncer a los 61 años.

María Almudena Grandes Hernández tenía 32 años, un hijo pequeño y dos novelas publicadas cuando conoció a Luis, poeta granadino de 34 años con otra niña pequeña y varios poemarios con el que coincidió en los encuentros literarios de Verines (Asturias) en 1992. Su estreno había sido apoteósico con Las edades de Lulú (1989), que no solo había obtenido el premio de novela erótica La Sonrisa Vertical sino que además había conectado con un público hambriento de pasar página, de modernidad. La España de esos días ansiaba salir del blanco y negro, de la ranciedad heredada y ahí estaba Grandes, hija de poeta, historiadora de formación, lista para captar el pálpito de ese tiempo. ¿Y él? Profesor de Universidad, poeta mal vestido —según fuentes bien informadas— pero con una calidad y notables premios como el Adonáis o García Lorca que le habían puesto ya de sobra bajo los focos. Ella estaba casada y, él, emparejado con su novia de toda la vida.

Luis García Montero y Almudena Grandes jfotografiados durante el HAY Festival de Cartagena de Indias en 2015. DANIEL MORDZINSKI

 

“Cuando nos conocimos en Verines, yo acababa de publicar un librito con Muñoz Molina sobre por qué no es útil la literatura y se abrió el debate en torno a este asunto”, rememora hoy el poeta sin dar tregua a un gran sentido del humor. “Estaba muy reciente Las edades de Lulú, ella dijo que no creía en la utilidad de la literatura, y yo le dije: ‘Pues a mí tu libro me ha servido cuatro o cinco veces”, sonríe él. “Ella me miró, entendió y así comenzó nuestra historia”.

La chispa que brotó en aquella casona asturiana encontró mecha en otros encuentros literarios en los que, muy pronto, los amigos de ambos empezaron a darse cuenta de que ahí nacía algo mucho mayor que un tonteo o una amistad, que también. A finales de ese mismo 1992, Eduardo Mendicutti, enorme amigo de Grandes, conoció al poeta, al que ya había leído y del que ella le hablaba enamorada. “Habíamos ido juntos a Granada, llegó Luis y ella me dijo a mí solo: ‘Mira que me gusta este tío, pero hay que ver lo mal que viste”, rememora Mendicutti, dolorido por su muerte, pero risueño. “Ella estaba decidida, completamente lanzada”.

Corre la leyenda entre los amigos de ambos de que Mendicutti le advirtió a ella contra ese poeta porque no le convenía, pero él no lo recuerda y quien recuerda la base del mito es el propio Luis, que no solo escuchó involuntariamente el comentario sobre su forma de vestir mientras descargaba las maletas de ambos tras acercarles al hotel en el que se alojaban, sino que tiempo después tuvo que soportar un buen chorreo. Ambos —Almudena y Luis— habían quedado para comer en Madrid, él aún no se acababa de decidir y ella utilizó a Mendicutti para desbloquear su destino. “Me ha dicho Eduardo que te diga que eres un hijo de puta”, soltó ella. “Y me lo dijo con tanta simpatía y me puso los pies tan firmes en la tierra que vi que sí, que había que ir pensando en tomar decisiones”.

García Montero y Grandes durante su matrimonio civil, en el Ayuntamiento de la localidad granadina de Santa Fe, en 1996.JUAN FERRERAS (EFE)

 

Aquel fue uno de los momentos definitivos y García Montero lo relata tan pletórico de amor como de humor, además de nostalgia por un tiempo complejo mientras cada uno ponía fin a sus parejas y gratitud hacia los amigos que fueron testigos y les acogieron en sus casas cuando aún no tenían la suya. “Eduardo fue muy cómplice desde el principio”, asegura Luis. Lo de la ropa se arregló muy pronto. Lo de la convivencia, en realidad, también.

“Ya sé que otros poetas

se visten de poeta

van a las oficinas del silencio,

administran los bancos del fulgor,

calculan con esencias

los saldos de sus fondos interiores,

son antorcha de reyes y de dioses

o son lengua de infierno.

Será que tienen alma.

Yo me conformo con tenerte a ti

Y con tener conciencia”

Mientras otros se aferraban al alma, García Montero se aferraba “a ti y a la conciencia” en uno de esos poemas ya míticos que empezó a escribir en esos días y que desembocaron en Completamente viernes (1998), una pura advocación de amor y devoción a su nueva musa, una contraposición que daba a su haber una dimensión gigante frente al deber al que renunciaba.

Pero no corramos, porque hasta publicar ese poemario y forjar su nuevo núcleo familiar entraron en juego otros amigos, y otros poemas, con mucho más que añadir.

Luis García Montero y Almudena Grandes en la FIL de Guadalajara en 2017.

 

Ángeles Aguilera, amiga del alma de la autora desde que la entrevistó en Radio Nacional por su primera novela, puso en el momento justo el hogar que ambos necesitaban, ya consciente de que había nacido algo serio. “Ella se enamoró como una adolescente”, cuenta la hoy editora de Planeta. “Hubo un momento en que aquello iba en serio, quedaron en verse en Madrid y les dejé las llaves de mi casa. Yo no le conocía a él, ni él me conocía a mí, pero conoció mi dirección. Aquí en mi casa se encontraron, aquí decidieron separarse de sus parejas e ir adelante”. El resultado no fue solo la pareja, sino uno de los poemas más famosos de Luis, La ciudad de agosto, escrito a partir de los encuentros que les reunieron en casa de Aguilera, calle de Santa Isabel, número 19, Madrid, en tiempos aún clandestinos.

“Estoy en la ciudad del calor soportado,

en la ciudad que vive a ritmo de transbordo.

Calle Santa Isabel, número 19,

donde acuden los taxis con mirada

de perro cazador

y la escalera tiene voluntad

de mano que se cierra,

de mano que se cierra porque esconde

por ejemplo una joya,

una esmeralda de color memoria,

un sueño que se quiere defender,

como dos cuerpos se defienden cuando están abrazados,

como dos cuerpos que se aman

con una minuciosa voluntad de tormenta,

como dos cuerpos que ya saben

la hora que jamás olvidarán,

el caribe metálico de los ventiladores,

la sombra de sus aspas en el techo,

o las huellas azules,

las alas del avión que vuelve a irse,

en la ciudad de agosto,

en un piso segundo,

en un rincón del viento.

“Esa esmeralda de color memoria que escondía la casa de Santa Isabel 19 era Almudena y así está escrito”, sabe Aguilera. El poema manuscrito luce hoy serigrafiado en grande en el cristal de la puerta de su cocina como testigo para la historia.

Poema de Luis García Montero a Almudena Grandes en la casa de Ángeles Aguilera.

 

Porque esos días no solo estaba naciendo una relación, oficializada en boda en 1996, sino una nueva etapa en la literatura de ambos con señales del impacto que el conocimiento del otro iba a tener en sus propias obras, constatable en todas las dedicatorias y guiños que se entrecruzaron.

Tras el enorme éxito de Las edades de Lulú, a Almudena Grandes le tocó lo más parecido a un pinchazo con Te llamaré Viernes, que resulta clave en la reconstrucción de la relación literaria entre los dos amantes. “Ella quería salirse de la etiqueta erótica”, cuenta su editor, Juan Cerezo, “y escribió una historia realista de Madrid con dos personajes con algún complejo de inferioridad. Tras una ópera prima de éxito ya sabemos que la novela más difícil es la segunda y Grandes eligió la historia de dos náufragos en la ciudad con la que además homenajea a Viernes, el personaje de su admirado Robinson Crusoe en una de sus novelas favoritas”.

A aquel Te llamaré viernes (1991) es a la que él responde con Completamente viernes (1998), una proclamación de amor que aludía además al día de la semana en que se reencontraban en Granada o en Madrid. “Cuando Luis le pone a su poemario ese título busca un guiño al libro que menos había funcionado; era su forma de decir: yo te reivindico, no pasa nada”, cuenta Aguilera. “Y ella lloraba como una magdalena cada vez que íbamos a una lectura de poemas. Aunque los hubiera escuchado mil veces, seguía emocionándose”.

Todo esto fue público y notorio. Pero ya antes se habían cruzado otro guiño que ha seguido creciendo entre las leyendas de la literatura. En Habitaciones separadas (1994), el poeta incluye un poema llamado Dedicatoria, que ella utiliza antes de ver la luz como cita de un relato que publica en agosto de 1994 en El País Semanal: “Si alguna vez la vida te maltrata, / acuérdate de mí, / que no puede cansarse de esperar / aquel que no se cansa de mirarte”. El relato se llamó El vocabulario de los balcones (recogido después en su libro Modelos de mujer, 1996). En el mismo poemario está Aunque tú no lo sepas, versionado por Quique González para el cantante Enrique Urquijo y que dio título a la película de Juan Vicente Córdoba del año 2000 basada precisamente en ese relato de Grandes. Una curiosa triangulación para los vericuetos de la historia.

Pero dejemos la realidad literaria y volvamos por un momento a la realidad biográfica. Entre festivales y encuentros en la casa de Aguilera y de otros amigos, fue en una cita en Sitges cuando dieron el paso. “Al despedirse de mí, Almudena me preguntó: ‘¿Tú te harás cargo de mí?”, relata Luis. “Lo estoy deseando’, le dije, cuando en realidad la que se hacía cargo de mí era ella. Ella ha sido quien ha tomado las decisiones y se convirtió pronto en punto de referencia para mí y para mis amigos”.

Uno de ellos, Benjamín Prado, recuerda muy bien la ocasión por el impacto que le causó Almudena. “Yo estaba entonces en Diario 16″, rememora el poeta. “Y había comentado a una persona que me envió su última novela: ‘Menudo ladrillo’. Y llego a Sitges, alguien me da un golpe en la espalda, me giro y veo a una guapetona que me dice: ‘¡Con que menudo ladrillo, ¿eh?’ Me cayó instantáneamente bien y se produjo algo más”.

El poeta y marido de Almudena Grandes, Luis García Montero, deposita un ejemplar de su libro ‘Completamente viernes: 1994-1997’ en la tumba donde ha sido enterrada la escritora.Olmo Calvo

Y es que Luis, cuenta Prado, se la quitó. “Me gustaba para mí. Pero los dos estaban metiéndose al ascensor para subir, yo intenté entrar —’¡dejadme subir!’, les decía’— y Luis me echó. No me dejaron entrar y siempre tuve muy claro que ahí se convirtieron en pareja”.

A partir de ahí todo es sabido: no solo formaron pareja, sino un hogar para Irene y Mauro, hijos de él y ella con sus anteriores parejas, más la que tuvieron juntos, Elisa, y decenas de amigos partícipes de unas cenas y encuentros que ella preparaba a lo grande. Prado cuenta que se besuqueaban como unos pesados y, sobre todo: “No dejaron de ser novios a pesar de ser marido y mujer”. Y Mendicutti sabe bien que, en términos de cuidados, fue Almudena la que se ocupó de Luis. “Ella cocinaba comidas pantagruélicas, platos inmensos y riquísimos para todos pero para él siempre tenía tortilla y jamón, le reservaba algo solo a él, porque él es muy escogido. Ha sido una dependencia total”.

De vuelta a la literatura, Atlas de geografía humana fue el primer volumen que Grandes dedicó a García: “A Luis, que entró en mi vida y cambió el argumento de esta novela. Y el argumento de mi vida”. Y no hubo uno que no dejara de dedicarle repitiendo prácticamente la fórmula: “A Luis. Otra vez, y nunca serán bastantes”. Él también le dedicó a ella todos los poemarios desde aquel Completamente viernes: “A Almudena, también en la luz de los inviernos”, “A Almudena. Como siempre he vivido con los pies en las nubes, necesito el amor para poner las manos en la tierra”; “A Almudena, la única patria del peregrino”; “A Almudena, junto al árbol, porque en el momento de abrir los ojos vimos el mundo desnudo”; “A Almudena, que me abriga con una mirada de mis silencios y me defiende con una sonrisa de mis palabras…”.

Entierro de Almudena Grandes en el cementerio civil de La Almudena, Madrid. Olmo Calvo

 

Fueron muchos los regalos literarios entre ellos, pero hay uno que desborda la dedicación intelectual y la sensibilidad política que ha ocupado a los dos: y es la tumba en la que Almudena fue enterrada el pasado lunes. En 2005, su amiga Rosana Torres, periodista de EL PAÍS, había adquirido una sepultura en el Cementerio Civil de Madrid en el que yacen los restos de suicidas, ateos o escritores y políticos republicanos. Era para su madre, valenciana republicana, que finalmente no fue enterrada ahí y se la traspasó a Luis. “Era un regalo para Almudena, un regalo un poco tétrico para consolidar una historia de amor. Fue mi forma de decirle: hasta que la muerte nos separe”, confiesa el poeta. “Y no solo hasta que la muerte nos separe, sino que esta es nuestra tierra, junto a la Institución Libre de Enseñanza, junto a Blas de Otero, junto a Giner de los Ríos, los presidentes de la República, la Pasionaria… este es el pasado que nos une, es nuestra historia”. Cuando los lectores alzaron el lunes los libros de Almudena durante su entierro, en ese lugar que había sido su regalo, Luis no pudo con la emoción.

Y ahí no solo quedó ella enterrada, sino un ejemplar de Completamente viernes que García Montero coló en la sepultura, el que utilizó Miguel del Arco para leer en el entierro uno de sus poemas: La ausencia es una forma del invierno, que desde el sábado había empezado a circular en las redes por su aire premonitorio ante la muerte de su amor.

“Como el cuerpo de un hombre

derrotado en la nieve,

con ese mismo invierno que hiela las canciones

cuando la tarde cae en la radio de un coche,

como los telegramas, como la voz herida

que cruza los teléfonos nocturnos,

igual que un faro cruza

por la melancolía de las barcas en tierra,

como las dudas y las certidumbres

como mi silueta en la ventana,

así duele una noche,

con ese mismo invierno de cuando tú me faltas,

con esa misma nieve que me ha dejado en blanco,

pues todo se me olvida

si tengo que aprender a recordarte”.

Pero no fue este, cuenta Luis García Montero, sino otro el poema que él escribió al conocer la enfermedad de Almudena y que está incluido en su último poemario, No puedes ser así. Lo escribió en un viaje a Gijón al día siguiente de conocer el cáncer y se llama En otra caverna (Habitación 5427), en dudoso honor al cuarto que acogió a Grandes en el hospital Jiménez Díaz en septiembre de 2020.

Marcha por la paz hacia la base militar de Rota, en 2003. De izquierda a derecha: Diego Valderas, IU; Gaspar Llamazares, IU; José Luis Centella, IU; Téllez; Almudena Grandes, y Luis García Montero.

 

“Una mujer extraña me sonríe.

Yo la estaba mirando

porque su edad discute con su ropa

y quiebra la penumbra del café.

En las paredes de cristal se mezclan

la calle, mi silencio y las conversaciones

como ascuas lejanas.

Mundos habituales de este mundo

se despliegan delante del que mira

a sus sombras pasar entre la gente.

Tampoco falta un perro abandonado,

el reloj de una iglesia y la tranquilidad

del tiempo que envejece.

De manera inoportuna, después de la noticia,

viajé muy de mañana

para caerme del avión

lejos de mí,

en una tarde de domingo.

Es verdad que son muchos los poemas

de amor que suelo dedicarte.

Pero en estas palabras

la cicatriz devuelve su retórica

y se deja de versos.

El amor hace sombras de mi vida,

descarnado egoísmo,

todo lo que yo soy

cada día mezclado con mi nombre.

Hablo solo de mí, de lo que nunca

Puede tener sentido si me faltas”.

La muerte ha llegado a esta pareja y queda la literatura, pero no solo. “Lo que conseguimos los dos a la hora de enamorarnos fue llevar nuestras pasiones literarias a la vida, convertir nuestra vida en literatura y nuestra literatura en vida”, cuenta García Montero. “Tengo la suerte de haber vivido casi 30 años con el amor de mi vida, cuando hay gente que muere siquiera sin conocerlo”.

García y Grandes seguirán mirándose de cerca en la estantería de la G.¶

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De Sontag a Borges

Una combatiente del arte

 

Querido Borges:

Dado que siempre situaron su literatura bajo el signo de la eternidad, no parece demasiado extraño dirigirle una carta. Si alguna vez un contemporáneo pareció destinado a la inmortalidad literaria, ése fue usted. Fue en gran medida el producto de su tiempo, de su cultura y, sin embargo, supo cómo trascender su tiempo, su cultura, de un modo que parece del todo milagroso. Esto tenía algo que ver con la amplitud y la generosidad de su atención. Fue el menos egocéntrico, el más transparente de los escritores, así como el más ingenioso. Algo tuvo que ver asimismo con una pureza natural de espíritu. Aunque vivió entre nosotros durante un tiempo más bien largo, perfeccionó las prácticas de la exigencia y la indiferencia que también lo convirtieron en un experto viajero mental a otras eras. Tuvo un sentido del tiempo diferente del de los demás. Las ideas comunes de pasado, presente y futuro parecían nimias bajo su mirada. A usted le gustaba decir que cada momento del tiempo contiene el pasado y el futuro, citando (según recuerdo) al poeta Browning, que escribió algo así como “el presente es el instante en el cual el futuro se derrumba en el pasado”. Eso, por supuesto, era parte de su modestia: su gusto por encontrar sus ideas en las ideas de otros escritores. Esa modestia era parte de la seguridad de su presencia.

Fue un descubridor de nuevas alegrías. Un pesimismo tan profundo, tan sereno como el suyo no precisaba de indignación. Más bien, tenía que ser inventivo… y usted era, sobre todo, inventivo. La serenidad y la trascendencia de la identidad que usted encontró son, para mí, ejemplares. Usted demostró que no es necesario ser infeliz, aunque se pueda ser completamente esclarecido y desengañado sobre el terrible estado de todo. En alguna parte usted dijo que un escritor—delicadamente agregó: todas las personas—debe pensar que toda cosa que le sucede es un recurso. (Estaba hablando de su ceguera.)

Usted ha sido un gran recurso para otros escritores. En 1982—es decir, cuatro años antes de su muerte—dije en una entrevista: “En la actualidad no hay otro escritor que importe más a otros escritores que Borges. Muchos dirían que es el escritor vivo más importante… Muy pocos de hoy no han aprendido de él o lo han imitado”. Eso sigue siendo cierto. Todavía seguimos aprendiendo de usted. Todavía lo seguimos imitando.

Usted le ofreció a la gente nuevas maneras de imaginar, al tiempo que proclamaba una y otra vez nuestra deuda con el pasado, sobre todo con la literatura. Afirmó que le debemos a la literatura casi todo lo que somos y lo que hemos sido. Si los libros desaparecen, desaparecerá la historia y también los seres humanos. Estoy segura de que tiene razón. Los libros no son sólo la suma arbitraria de nuestros sueños y de nuestra memoria. También nos ofrecen el modelo de la propia trascendencia. Algunos creen que la lectura es sólo una manera de evadirse: una evasión del mundo diario “real” a uno imaginario, al mundo de los libros. Los libros son mucho más. Son una manera de ser del todo humana.

Lamento tener que decirle que los libros en la actualidad son considerados una especie en extinción. Por libros también quiero decir las condiciones de la lectura que posibilitan la literatura y sus efectos en el espíritu. Pronto, nos dicen, tendremos en “ libros-pantalla” cualquier “texto” a nuestra disposición, y se podrá cambiar su apariencia, formularle preguntas, “interactuar” con él. Cuando los libros se conviertan en “textos” con los que “interactuamos” siguiendo criterios utilitarios, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisada regida por la publicidad. Éste es el glorioso futuro que se está creando, y que nos prometen como algo más “democrático”. Por supuesto, ello implica nada menos que la muerte de la introspección… y del libro. Esta vez no habrá necesidad de una gran conflagración.

Los bárbaros no tienen que quemar los libros. El tigre está en la biblioteca. Querido Borges, créame que no me satisface quejarme. Pero ¿a quién podrían estar mejor dirigidas estas quejas sobre el destino de los libros—de la lectura misma—que a usted?

Todo lo que quiero decir es que lo echamos de menos. Yo lo echo de menos. Su influencia decisiva continúa. La época en que ahora estamos entrando, este siglo 21, pondrá a prueba al espíritu de maneras nuevas. Pero, se lo aseguro, algunos no vamos a abandonar la Gran Biblioteca.

Y usted seguirá siendo nuestro patrono y nuestro héroe.¶

Susan Sontag 13 de junio de 1996, Nueva York

Cuestión de énfasis
Traducción: Aurelio Major
Editorial: Debolsillo

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Nota de la redacción: Sontag alude en su eficaz texto, con “El tigre está en la biblioteca”, a dos “cuentos” de Jorge Luis Borges; a La escritura del dios—de El Aleph—en la que un tigre es protagonista, y a La biblioteca de Babelque forma parte de Ficciones. (Para especulaciones que en cierto modo se apoyan en el primero de ellos, puede consultarse El dios de Mandelbrot era el de Borges).

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La octava vida

Un libro apasionante

 

Esta vez me tocó a mí hacer la minuta de la reunión de Las Hormigas del miércoles 1º de junio de 2022 en casa de María Teresa, ya que la escritora de minutas designada, Nacha, estaba indispuesta con mucha gripe.

Muy animadas estábamos, como siempre que nos reunimos, y más porque era la despedida de María Eugenia que regresaba a Chile después de los días que pasó en Caracas esperando su pasaporte. (Al día de hoy, no se lo han entregado).

Fuimos convocadas a un almuerzo con ensaladas variadas y regado con Proseco; la ocasión lo requería porque celebrábamos el cumpleaños de Rosa Elena y de Elenita.

La Octava Vida (para Brilka) de Nino Haratischwili, escritora nacida en Tiflis, Georgia, en 1983, que vive en Alemania desde 2003.

La escritora es además directora de arte y de teatro y ha escrito varias novelas. La Octava Vida ha sido traducida a muchos idiomas, y para poder traducirlo al español se necesitó dos traductoras.

Es una novela épica, histórica, una saga de seis generaciones; es una oda a Georgia y a las mujeres. Una narración sobre el amor y la vida desde 1917 hasta 2006. que ella enfoca en tres bloques: STASIA – CRISTINA, KOSTIA – KITTY y DARIA – NIZA.

El libro está escrito en ocho partes, cada una dedicada a un miembro de la familia. Narrada por Niza, que nació en 1974 y empezó a escribirlo en 2006 para contarle a Brilka, su sobrina, la historia familiar. Además, a través de las páginas están narradas la historia de la Revolución Rusa, el corto período de la independencia de Georgia, la Segunda Guerra Mundial, la cambiante situación soviética y su decadencia después de la muerte de Stalin, llamado en el libro “el Generalísimo”, nacido en Georgia así como el “Pequeño gran hombre”, Beria, dirigente comunista, jefe de la policía y del servicio secreto. Es una historia sin familias constituidas y llena de amantes y niños nacidos de encuentros fugaces. Un libro donde la figura masculina es más bien secundaria, apartando a Kostia que es muy importante.

El libro también tiene en la historia una maldición familiar o un hechizo—que lo hace parecer una novela del realismo mágico latinoamericano—, la receta del chocolate del abuelo. Él dice que es muy peligroso, el secreto de la familia, y se lo regala a Stasia en su matrimonio.

Este chocolate sólo puede ser tomado en pequeñas dosis, una pequeña cantidad de esos ingredientes puede convertir cualquier chocolate en una delicia, Stasia, puede provocar calamidades.

La autora deja en blanco el octavo capítulo, “Brilka”, para que ella, que no probó el chocolate pueda escribir su historia. Es la esperanza que deja la autora.

Es un gran libro, fácil de leer aunque muy largo; el libro está lleno de abusos de poder, de horribles torturas, y analizándolo revivimos la guerra de Ucrania. También aprendimos sobre las repúblicas que se quieren independizar, como Abjasia que está dentro de Georgia. Valió la pena leerlo; nos fue recomendado por una sobrina de María Eugenia, excelente.

Alguna comentó que los rusos llevan la maldad en el ADN, después de los horrores leídos en el libro.

Carolina recuerda que Stasia le dice a Niza que la vida es como un tapiz que vas bordando y no sabes cómo va a terminar.

Al final de la discusión, todas estuvimos de acuerdo en lo increíble que es que el comunismo todavía atraiga a tanta gente; como que no aprendemos.

El libro sacó una puntuación muy alta: 8 puntos; sólo tres le dieron 7 puntos. O sea, casi por unanimidad; nos encantó el libro.¶

 

Graciela BehrensCaracas, 7 de junio de 2022

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175 años de la Gramática de Bello

Tomado de

 

Perspectivas

Portada de la edición de 1847 de la Gramática de Andrés Bello

 

por Mariano Nava Contreras

21/05/2022

Que Andrés Bello desde muy temprano haya prestado especial interés por los estudios gramaticales lo demuestra el hecho de que partió para Londres con un primer borrador de su Análisis ideológica de los tiempos de la conjugación castellana bajo el brazo. En efecto, en el prólogo de la obra, cuya primera edición está fechada en Valparaíso en 1841, Bello dice que se trata del “fruto de un estudio prolijo en otra época de mi vida”, y que, “después de una revisión severa”, se determinó “a sacar esta obrilla de la oscuridad en que hace más de treinta años que la he tenido sepultada”. Las fechas coinciden con los últimos meses en Caracas, justo antes de partir para Londres, cuando apenas tenía 28 años. Una obra, pues, juvenil, aunque Menéndez y Pelayo dijo que era “el más original y profundo de sus estudios lingüísticos”.

Llaman la atención los alcances del reto, excesivos tal vez para un joven perdido en una provincia española de ultramar. Bello no deja de mencionarlo en su prólogo: “Después de lo que han trabajado sobre los análisis del verbo, Condillac, Beauzée y otros eminentes filósofos”, el desafío “parecerá presunción o temeridad”. Pero también hay otras formas de reflexionar sobre la lengua. Como agudamente comenta Iván Jaksic (Andrés Bello. La pasión por el orden, 2007), la poesía escrita por Bello en los años de Caracas, especialmente sus traducciones de Virgilio y Horacio, revela ya un interés por la estructura y el funcionamiento de la lengua. La búsqueda de la expresión correcta, la equivalencia de los términos, la exacta descripción de las imágenes, todo lleva a una reflexión, no solo acerca de la lengua de donde se traduce, sino acerca de la propia. Como ha mostrado Pedro Grasses (“La elaboración de un égloga juvenil de Bello”, 1981), al escribir su Égloga, inspirada en la Égloga II de Virgilio, Bello tomaba en cuenta las de Garcilaso y Figueroa. Al observar lo mejor de la tradición española, enriquecía nuestra lengua, incluyendo giros y localismos venezolanos.

Pero, ¿de dónde pudo venir a Bello este temprano interés por la gramática? Todo el que ha estudiado latín sabe que este estudio implica un conocimiento profundo de la propia lengua, y sabemos que Bello fue el estudiante de latín más aventajado en la Universidad de Caracas de su época. También sabemos que a la muerte de su maestro, el fraile mercedario Cristóbal de Quesada, ambos se encontraban traduciendo el libro V de la Eneida. Pero Amado Alonso, en su Prólogo a la Gramática (Obras Completas, 1951) nos ofrece otra explicación, plausible y no excluyente: dice que el interés de Bello por la gramática pudo surgir de su trato con Alejandro de Humboldt. Como sabemos, Humboldt visitó Caracas entre noviembre de 1799 y febrero de 1800. Allí conoció a un joven Andrés Bello, quien quedó fascinado por su personalidad y sus vastos conocimientos, acompañándolo en algunas de sus excursiones. Sabemos que el sabio alemán profesaba una gran admiración por su hermano Guillermo, quien ya despuntaba como uno de los más profundos y originales lingüistas de su tiempo. Como dice Alonso, es “inverosímil” que en aquellas caminatas no surgieran conversaciones sobre lingüística y teoría del lenguaje. Quizás si en aquellos paseos por la campiña caraqueña, además de apreciar la magnificencia de la naturaleza venezolana, el joven Bello también aprendió de Humboldt la pasión por la gramática y la lingüística.

El Análisis es, pues, el punto de inicio de un camino que comienza en Caracas y termina treinta y siete años después en Santiago de Chile, con la Gramática de la lengua castellana. Un camino de reflexión sobre la lengua marcado, cómo no, por los trabajos sobre ortografía castellana, una de las grandes preocupaciones de Bello, pero también sobre filología, etimología, ortología, métrica, lexicografía, estudios medievales y de gramática histórica, pensados y escritos entre Londres y Santiago. Habría que mencionar aquí las Indicaciones sobre la conveniencia de simplificar y uniformar la ortografía en América (1823), la Ortografía castellana (1827), las Reglas de acentuación (1845) o el Compendio de la Gramática castellana escrito para el uso de las escuelas primarias (1851); pero también trabajos como El poema del Cid, al que dedicó gran parte de su vida, o el Origen de la epopeya romanesca (1843).

En abril de 1847 aparecía en Santiago, de las prensas de la Imprenta El Progreso, la primera edición de la Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos. Se trata de la culminación, no el final, de un proyecto que obsesionaba a Bello: la unidad de la lengua castellana, una inapreciable ventaja para el progreso cultural y material de las nuevas naciones hispanoamericanas. Para Bello, la cuestión lingüística es un problema político. Ha estudiado a profundidad las literaturas medievales, los procesos que siguieron a la descomposición del latín, y se siente en la obligación –en lo mejor del espíritu ilustrado- de fomentar la educación de sus conciudadanos en el correcto manejo del idioma. Sin embargo, no comparte el determinismo de algunos de sus contemporáneos. La descomposición de una lengua no es un proceso fatal ni natural, sino histórico. Se descompuso el latín, pero no el griego. Son los hombres quienes determinan su propia historia. Como recuerda Amado Alonso, la metáfora que equipara a las lenguas con organismos vivos, de tanto predicamento en el siglo XIX, puede ser muy peligrosa. Para Bello, la lengua, como la historia y la cultura, es algo que hacen los hombres, no algo que les pasa.

El sabio caraqueño reacciona así en varios frentes a la vez. Por una parte, contra cierto determinismo naturalista, adelantándose en algunas décadas al positivismo histórico que tantos estragos hizo –y continúa haciendo- en la visión que tenemos los latinoamericanos de nosotros mismos. Por otra parte, contra un “casticismo supersticioso” (la expresión es del propio Bello) que por entonces rechazaba como viciosa toda forma lingüística americana. Y por la otra, finalmente, contra el peso de la tradición latina en las gramáticas castellanas, ya desde Nebrija. Bello descree de aquella tradición que intenta adaptar las formas del castellano a la gramática latina. De allí, piensa, su fracaso. En realidad, el gran reproche que hace a la gramática de la Academia Española es, precisamente, el ser demasiado latina y poco española. Se trata de una afirmación que se debe ponderar, porque si hay algo de lo que no podríamos acusar a Bello es de ser antilatinista. Tampoco antiespañol. No es posible encontrar una sola página de Bello, afirma Amado Alonso, en la que proponga una independencia idiomática americana que complemente a la política, como quieren algunos. El hecho harto señalado de que dedique su gramática a sus “hermanos americanos” no desmerece el que defienda para ellos el uso de una lengua española única y común.

Continuador del pensamiento de Guillermo de Humboldt y antecesor de Saussure (“la lengua es un hecho social”), Bello supo separar la llamada Gramática General de las gramáticas particulares de cada idioma, liberándolas de la cárcel de la lógica y devolviéndolas al uso de los hablantes. Esta concepción histórica y social, perspicaz y profunda, es, al decir de Alonso, “admirablemente moderna”. Abre camino a nuestra actual concepción descriptiva de la gramática y supera a la gramática normativa. Con esta proeza intelectual, Bello también pudo superar la concepción racionalista del lenguaje que entonces imperaba, lo que abrió camino a las actuales investigaciones de la pragmática y la lingüística histórica. Solo por eso, la Gramática de la lengua castellana para uso de los americanos es tenida como una de las mejores gramáticas del español jamás escritas, de una vigencia indiscutible.

La edición de 1847 fue la primera de las siete ediciones que Bello pudo ver en vida. Algunas pudieron ser retocadas por su autor, otras fueron solo reimpresiones, pero ninguna altera la sustancia de sus propuestas originales. Sobre esta primera edición de 1847 se hizo en Caracas una hermosa impresión en 1850, la primera venezolana, de la mano de Juan Vicente González y en los talleres de Valentín Espinal, el mejor impresor caraqueño del siglo XIX. La obra había sido adoptada por el famoso colegio “El Salvador del Mundo”, cuyo director era González. Con notas de González y también de los talleres de Espinal es la primera edición venezolana del Análisis ideológica de los tiempos de la conjugación castellana, de ese mismo año de 1850. Ambos libros quedan como ingentes monumentos en los inicios del pensamiento lingüístico venezolano.¶

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Retrato realizado por Raymond Monvoisin

Andrés de Jesús María y José Bello López (Caracas, 29 de noviembre de 1781 – Santiago de Chile, 15 de octubre de 1865) fue un filósofo, jurista, poeta, traductor, filólogo, ensayista, político, diplomático y humanista venezolano, nacionalizado chileno. Considerado como uno de los humanistas más importantes de América, hizo contribuciones en innumerables campos del conocimiento.

En Caracas (Capitanía General de Venezuela) fue maestro de Simón Bolívar durante un corto período de tiempo y participó en el proceso que llevó a la independencia venezolana. Como parte del bando revolucionario integró, junto con Luis López Méndez y Simón Bolívar, la primera misión diplomática a Londres, ciudad en que residió entre 1810 y 1829.

En 1829 embarcó junto con su familia hacia Chile, contratado por el gobierno de dicho país, donde desarrolló grandes obras en el campo del derecho y las humanidades. En Santiago alcanzó a desempeñar cargos como senador y profesor, además de dirigir diversos periódicos locales. Como jurista, fue el principal impulsor y redactor del Código Civil de Chile, una de las obras jurídicas americanas más novedosas e influyentes de su época. Bajo su inspiración y con su decisivo apoyo, en 1842 fue creada la Universidad de Chile, institución de la cual se erigió en primer rector por más de dos décadas.​

De entre sus principales obras literarias, destacan la Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos (1847), obra de referencia aún hoy imprescindible para los estudios gramaticales, los Principios del derecho de gentes, el poema «Silva a la agricultura de la zona tórrida» y el ensayo Resumen de la Historia de Venezuela, entre otras.

Wikipedia en Español

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Amar a Olga

Tomado de

11/05/2022

Literatura

 

Gustavo Valle y “Amar a Olga”

Gustavo Valle por Vasco Szinetar

 

por Oscar Marcano

 

Amar a Olga impresiona por muchas razones. Porque está escrita con madurez. Porque está hecha con delicadeza. Sin afanes, como solía decirse. Con regusto. Gustavo Valle se ha tomado el tiempo para la criba, y eso se aprecia tanto en la consistencia de la anécdota como en el lenguaje. Valle concibe momentos, explora en las profundidades para realizar ese tipo de bordado donde se advierte la mano del esteta, del autor preocupado por los giros, las honduras, las sonoridades.

Cada escritor tiene una voz, pero también un ojo. Una mirada, diría el fotógrafo. La de Gustavo repara celosamente en la relojería fina de lo que escribe. Folio a folio lleva el pulso de la trama, atendiendo minuciosamente a su estructura. La conciencia arquitectónica es un punto a destacar en Amar a Olga. Y es que la novela atiende cuidadosamente los detalles, desde las fundaciones hasta los vitrales, en el clásico esquema que aportaron los trágicos hace 2400 años, y que sigue, por su índole arquetípica, rigiendo virtuosamente la narrativa occidental, desde la crónica, el cuento, la novela, hasta Netflix.

Es por ello que los nudos provocan atinadamente sus arcos dramáticos. Y escalan. Cuando esperamos desenlaces, Gustavo los posterga sagazmente, haciendo que la tensión remonte. Cliff Hanging, llaman a esta técnica en Hollywood.

Amar a Olga relata en primera persona la historia de un hombre que, superado por el desgaste de un matrimonio que se va a pique, echa mano del pasado para revivir, primero en la fantasía, luego mediante una búsqueda obsesiva, el pathos del amor iniciático que lo marcó treinta años atrás.

Y esta es otra de las bondades de la novela: la constitución del personaje central. Un sujeto que se transforma, realizando el arquetípico “viaje del actante” heredado de la inmemorial épica homérica, donde el héroe no solo se desplaza físicamente sino que experimenta una mutación como consecuencia de su saga.

En este caso, Sebastián salta de su estatuto contemplativo, inmaduro e irresoluto, cargado de monólogos y de citas, hacia una acción disruptiva sorprendente, en el momento en que su cotidianidad vuela en mil pedazos. “Los males desesperados / exigen desesperados remedios, / o jamás se curan”, decía Hamlet. Y vuela, cuando es literalmente “maleteado”, en una magnífica e inesperada escena conyugal que para no incurrir en el spoiler no detallamos, pero que marca —con toda rudeza y hasta desvergüenza— el antes y el después de la trama.

Al avanzar en los trastornos del personaje (cuyo nombre intencionalmente se menciona una sola vez y en la última línea de la novela), recordamos una frase de Eduardo Liendo en Contraespejismo: “Estar solo con uno mismo equivale a estar solo con una fiera: en cualquier momento puede atacarte”.

Y es lo que logra en su soledad. Recrear un universo de ensueños y frustraciones tales que lo llevan al descalabro. Por fortuna, transitorio. A partir del “maleteo” y la pérdida de territorio, comienza la inestabilidad, la falta de oxígeno y la obsesiva búsqueda del amor perdido. Del amor, absurdo a esas alturas, que ha idealizado y por el que enfrenta no solo los riesgos derivados de una lectura impropia de la realidad: también del mal erigido en poder.

Hay un punto que nos es caro y que exige la mención. Nos referimos a la verosimilitud. Hay dos tipos de historias: las que crean un mundo independiente y se distancian de la realidad, donde el arte estriba en lograr (o paliar) ese distanciamiento a través de la seducción que ofrece el mundo creado, y aquellas que tienden a batirse en el contexto y “no parecer ficción”.

Hacerlo bien en ambas es igualmente trabajoso. Pero si el escritor reside a 7.500 kilómetros de su país y la historia transcurre en éste, y encima la dinámica de la tribu resulta vertiginosa y en ocasiones desconcertante, la historia comporta un reto mayor.

No obstante, Amar a Olga lo logra. La novela de Gustavo Valle está ancorada en la realidad venezolana y consigue un nivel admirable de verosimilitud, incluso en el manejo de esos elementos que han generado el grado de polarización que conocemos, los cuales suelen atentar contra la obra de arte. Están tan cuidadosamente tratados, que no generan ruido alguno: ese rasgo que recientemente han denominado “repentismo”, que nada tiene que ver con el clásico «canto de improviso» y que trastoca muchas creaciones porque no resisten la tentación de “pronunciarse”, “opinar” e incluso de “militar” haciendo activismo en favor de uno u otro bando, acá es tratado con justeza… sin obviar los hechos, la infamante realidad.

Por otra parte, hay un perspicaz cambio del centro magnético en la novela. Y es que la carga narrativa, que al principio lleva el personaje con sus cavilaciones, referencias y citas de Barthes, de Céline, de Kureishi (sin excesos, por cierto; sin demostraciones de “sapiencia” duermeculebras), luego se desplaza felizmente hacia la historia, hacia la anécdota, hacia un relato que se va haciendo cada vez más intenso, cinematográfico, y donde el lector comienza a prefigurar desenlaces.

Vale decir, nuestro autor consigue que su audiencia coescriba. Elabore sus propios feed-backs y llegue a prefigurar finales, preguntándose si estos van a ser felices, trágicos, sorpresivos o abiertos. Esa constituye una certeza, a la vez que una angustia de Gustavo, motivada por la distancia, pues esta lo hace reflexionar acerca de quién es su interlocutor: “Cuando uno vive en una sociedad, su lector natural es aquel que está con uno, que lo acompaña, con el que se coincide en eventos, en la cotidianidad. Pero cuando se está lejos, esa figura comienza a desdibujarse, a pesar de estar escribiendo sobre ese lugar. Surge entonces el lector fantasma, a sabiendas de que es el lector quien hace posible al escritor. Si ya es difícil imaginar al lector en el país donde uno vive, resulta más complicado imaginarlo cuando uno está lejos”.

Sabias palabras que recuerdan al gran Andrei Tarkovski, cuando en Esculpir en el tiempo, se pregunta: “¿Es que un autor le puede decir algo al espectador cuando no comparte con él el esfuerzo y la alegría de la creación de una imagen?”.

Es ahí cuando decimos que Valle lo consiguió. Que, en un continuum donde no sobra nada, su prosa, cada vez más decantada, logró establecer el tan ansiado contacto emocional por el que todo escritor apuesta.¶

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