El blog de Las Hormigas

¡Saludos formíceos! Desde Caracas, Venezuela, le damos la más cordial de las bienvenidas a este registro de actividades del club de lectura Las Hormigas.

“Los años sin juicio”, nueva obra de Federico Vegas

Nota tomada de El Universal

 

En mayo de 2010, el empresario venezolano Herman Sifontes Tovar fue arrestado por el servicio de inteligencia del gobierno de ese país en una arremetida del entonces presidente Hugo Chávez Frías contra las casas de bolsa. Él y sus socios del grupo Econoinvest estuvieron presos en un sótano durante casi tres años en los que no hubo veredicto ni sentencia. Aquel suceso terminó, de la mano del escritor Federico Vegas, convertido en una novela, Los años sin juicio, que ahora publica en España Kalathos ediciones.

Los días sin juicio es la historia, escrita en primera persona, casi a modo de diario íntimo, de un hombre inocente encerrado en una cárcel. El protagonista cuenta sus días previos a la detención, su estancia tras las rejas y su posterior salida. Narcotraficantes, secuestradores, prostitutas, policías corruptos y una larga serie de personajes desfilan por las páginas, narradas con la elegancia y la ironía que caracterizan la prosa de Vegas.

“Cuando Herman volvió a un hogar donde ya no estaban su esposa y sus hijos, lo animé a que contara sus vivencias en la cárcel. Solo quería ayudarlo a superar una etapa muy dura y resulta que terminé enganchado en sus líneas”, cuenta Vegas, que fue a visitar a Sifontes cuando estaba en prisión. “Terminé creando un híbrido, una versión de Herman ajustada a mis sentimientos, a lo que yo hubiera sentido de estar en su lugar”.

Los años sin juicio, que ya está disponible en las principales librerías de España y en plataformas digitales como Publica.la y Amazon, es el resultado de extensas conversaciones e intercambios de correos entre Vegas y Sifontes. “Esta es la historia de un hombre normal en medio de un tiempo sin juicio, sin cordura, sin lógica, sin leyes”, explica el autor. “La fuente comenzó y terminó siendo Herman. Él fue a lo largo de todo el proceso persona y personaje. Alguien podría creer que se trata de una novela por encargo, y sí que lo es: el escritor se la encargó a su protagonista, quien fue generoso y desinteresado”.

Federico Vegas

 

El autor Caracas, 1950. Escritor y arquitecto. Ha publicado los libros de relatos El borrador, Amores y castigos, Los traumatólogos de Kosovo, La carpa y otros cuentos, Los peores de la clase y La nostalgia esférica. Ha publicado las novelas Prima lejana; Falke; Historia de una segunda vez; Miedo, pudor y deleite; Sumario; Los incurables y El buen esposo. Sus artículos periodísticos y ensayos están recogidos en La ciudad sin lengua y La ciudad y el deseo. Su novela Falke, de 2005, fue saludada como un gran hito de la narrativa contemporánea en Venezuela.

“Vuelve Federico Vegas con una obra sorprendente, que como las anteriores construye a partir de una rigurosa documentación, pero en estos años sin juicio –título con más de un sentido– sumerge al lector en los mundos oscuros de las cárceles venezolanas”.
(Ana Teresa Torres, escritora venezolana).

“El magnifico escritor que es Federico Vegas resulta aquí pleno y palpable. Se le reconoce en el firme tic-tac de su recorrido. La corriente subterránea que impulsa hacia la página siguiente, se mantiene de principio a fin”.
(Nelson Rivera, director de Papel literario).

 

La editorial Tras quince títulos publicados en Venezuela, Kalathos ediciones traslada su sede a Madrid. En 2017 presenta Cantos de fortaleza, Antología de poetas venezolanas, su primer libro en España. Su catálogo reúne autores clásicos de la literatura venezolana—Ida Gramcko o Juan Liscano—junto a otras voces consagradas de la narrativa actual—Federico Vegas, Leonardo Padrón o Pedro Plaza Salvati—en sus tres colecciones editoriales: Poesía, Narrativa y Crónica y política. Dirigida por Artemis Nader y David Malavé.

“El sello no sólo cuenta con un sólido catálogo poético de autores venezolanos y latinoamericanos, sino también con una colección de narrativa y otra dedicada a la crónica y el ensayo político”.

(Karina Sainz Borgo)

“Ahora contamos en España con un nuevo emprendimiento editorial, que se propone introducir y darnos a conocer el último de los acentos al cual estamos acostumbrando los oídos. Libros en nuestra lengua común con el musical acento de Venezuela”.

(Antonio Muñoz Molina)

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Una foto en La Biela

Dos comensales habitués

 

Tomado de El bar de Zenda 27 May 2019

 

ARTURO PÉREZ-REVERTE

 

Cuando pasas buena parte de tu vida entre viaje y viaje, acabas desarrollando costumbres y manías que ya no puedes quitarte de encima. Una de las mías es que detesto desayunar o comer en los hoteles donde me alojo, sean éstos de la clase que sean; así que, cuando dispongo de tiempo, busco un café o un restaurante cercanos donde resolver el asunto. En Buenos Aires me las estuve arreglando durante varias décadas con el café La Biela, para el desayuno, y con el restaurante Múnich para comidas y cenas. El problema es que hace un par de años cerraron el restaurante, y próxima a mi hotel habitual ya sólo queda La Biela, que es una cafetería clásica, con veteranos y eficientes camareros al estilo del café Gijón de Madrid. Hasta ella paseo cada mañana, cuando estoy en esa ciudad, para sentarme junto a una ventana, pedir un par de medias lunas con un vaso de leche, hojear los periódicos y ver pasar a los perros más o menos felices que, atraillados en grupo, sacan sus cuidadores a pasear por La Recoleta.

La Biela está próxima a la casa donde vivía Adolfo Bioy Casares, y era frecuentada por éste y por su amigo Jorge Luis Borges. Para homenajearlos, una de las mesas está ocupada por sus efigies de cartón piedra a tamaño natural, sentados como si estuvieran de tertulia. Entre ellos hay una silla libre, que ocupan los visitantes para fotografiarse con los dos maestros. Eso tiene un éxito razonable, y son muchos quienes lo hacen cada día; aunque ignoro—y por algunos comentarios deduzco que no—si todos los que posan saben con quiénes se hacen la foto. De cualquier modo, cuando hace buen tiempo el mayor éxito fotográfico está fuera del café, en la puerta. Durante muchos años, las figuras de dos legendarios corredores automovilísticos argentinos, Juan Gálvez y Oscar Alfredo Gálvez El Aguilucho, han venido siendo un reclamo para turistas y buscadores de recuerdos; pero el añadido reciente del futbolista Messi, con la camiseta argentina y un pie sobre un balón, ha disparado las visitas. Raro es mirar por la ventana, hacia el jugador, y no ver a alguien posando o esperando turno para hacerlo. Como dice Daniel, uno de los viejos camareros, cada cual baila el tango a su manera.

El caso es que esta mañana me encuentro en La Biela, en una de mis mesas habituales, leyendo en La Nación el artículo de mi compadre Jorge Fernández Díaz, cuando veo entrar a un hombre cuarentón, bien vestido y de buen aspecto—La Recoleta es un barrio elegante—, llevando de la mano a su hija de cuatro o cinco años. Es domingo, y el aspecto de padre separado con derecho a fin de semana canta La Traviata. Y ocurre que los dos vienen a sentarse en una mesa contigua a la mía, hablando de sus cosas, y al rato la niña mira curiosa a Borges y Bioy Casares, se acerca, los toca con cautela y vuelve corriendo con su papi. Eso parece darle a éste una idea. «Voy a hacerte una foto con los muñecos», dice. Así que la pequeña se sienta complacida entre las dos figuras y el padre le toma un par de fotos con el teléfono móvil. «Son dos escritores muy importantes—le dice éste—. Dos señores que ya se murieron, los pobres, pero escribían cuentos muy bonitos, como los que te leemos mamá y yo. Cuando seas mayor podrás leerlos tú también, y te gustarán mucho».

Al rato, acabado el desayuno, padre e hija se levantan. En ese momento, la niña mira por mi ventana y ve al otro lado la figura balompédica de Messi, con su camiseta blanquiazul de la selección nacional argentina. «Hazme una foto con ese otro muñeco», dice. Y entonces, muy despacio, impasible el rostro, el padre se inclina un poco para mirar por la ventana, acaricia el pelo de su hija y pronuncia unas palabras gloriosas que, a mi juicio y tal vez al de algunos de ustedes, lo hacen merecedor a los títulos de Argentino Ejemplar, Ciudadano Ilustre y Padre del Año: «No, ésa no hace falta. Nosotros ya tenemos la foto que queremos».

Y eso es todo, o casi. Porque al salir, mientras el padre se detiene junto a mi ventana para atender el teléfono teniendo de la mano a la hija, ésta mira de reojo a Messi y después se vuelve hacia mí, inquisitiva, como si esperase una confirmación a lo afirmado antes por su papi. Entonces pongo mi mano abierta en la ventana, apoyada en el cristal; y la niña, tras dudar un momento, alza muy seria su manita y la acerca hasta tocar la mía por el otro lado. Entonces siento detrás las miradas satisfechas de Borges y Bioy Casares, y tengo la certeza de que en efecto, como dijo su padre, esa niña los leerá cuando sea mayor. Y le gustarán mucho. ¶

Publicado el 26 de mayo de 2019 en XL Semanal.

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Una estela de alegría

Muchas de las Hormigas estudiamos en el Colegio Mater Salvatoris de Caracas; la mayoría formó parte de su primera promoción de bachilleres. Por estos días es noticia el progreso en la causa de la canonización de la fundadora, la Madre María Félix Torres, que fuera abierta el 24 de enero de 2009.

 

Las primeras alumnas del Colegio Mater Salvatoris de Caracas

 

Venezuela estrenaba democracia, y casi todas las cosas estaban por hacerse en el país, cuando llegaron de España unas religiosas de hábito oscuro e intenciones claras. Querían ser misioneras y dedicarse a educar niños de escasos recursos; sin embargo, el hombre propone y Dios dispone, y el obispo les encomendó residenciarse en Las Mercedes y educar niñas de la clase media. Las Madres de la Compañía del Salvador, cumpliendo su voto de obediencia, alquilaron la quinta Garbiñe en la calle Madrid y abrieron el primer núcleo del Colegio Mater Salvatoris de Caracas.

Comenzar es siempre difícil, pero con la ayuda de la Virgen los niños empezaron a llegar a las faldas de las Madres del Colegio. María Bernarda recuerda que entre Maternal y Primer Grado había sólo doce alumnos y que en un mismo salón de clases estaban Preparatorio y Primer Grado, los que se distinguían por el diferente color pastel de las mesas y porque había varones solamente en preescolar.

Se enseñaba con métodos nunca vistos. Graciela dice: “Recuerdo, sobre todo, las regletas; algo completamente nuevo para mí: tablitas de diferentes colores, el mejor de los métodos para aprender matemáticas”. Blanco, 1; rojo, 2; verde claro, 3; morado, 4; amarillo, 5; verde oscuro, 6; negro, 7; marrón, 8; azul, 9 y naranja, 10. La Madre Sagüillo decía que “Dios habla por las matemáticas”, y con las regletas aprendimos a sumar, restar, multiplicar y hasta dividir.

En poco tiempo, la quinta Garbiñe nos quedó pequeña. El país crecía y la clase media avanzaba abriéndose nuevos horizontes. Tuvimos que mudarnos a una casa más grande: la quinta Trinidad, en la Avenida Principal de Las Mercedes, donde empezó el Segundo Grado.

Juan Pablo Ii y la Madre María Félix Torres, la fundadora

Con sólo ocho años de edad nosotras éramos las mayores; debíamos dar el ejemplo. Cada año que pasaba, había que buscar nuevas maestras y llegaban otras madres de España, para hacer crecer el sueño de excelencia del Mater Salvatoris. Recordamos con cariño a la Madre Félix, de quien María Bernarda dice: “Fundadora de la Congregación, toda dulzura y donaire, mujer brillante, como todas ellas, y de una bondad y piedad que trascendían. Cuando se reía, levantaba los brazos y dejaba caer las palmas sobre sus rodillas”. La Madre Aixe era modelo de eficacia y diligencia. La abuelita de todas era la Madre Sierra. La Madre Basallo se encargaba de que nunca faltara material en las aulas: lápices de colores para las grecas y hojas de cuadritos milimétricos, donde debían caber las perfectas letras de molde. La Hermana Oña vigilaba el transporte y era una maquinita de trabajo. La Hermana Ramos, simplemente, estaba siempre contenta. Casi hubo un motín cuando la Madre Sagüillo fue regresada a España, pues era nuestra adoración. Éstas fueron las primeras. Ya habían cambiado sus hábitos oscuros por telas livianas y blancas, más acordes con el trópico donde les tocaba trabajar.

En poco tiempo, nos volvimos a mudar. Las alumnas se multiplicaban, como los panes y los peces de Jesús. Esta vez fue a Cerro Quintero, la colina donde ahora se distingue orgulloso el nuevo edificio. Estrenamos la hermosa Casa Principal, con sus soleados salones de vista al jardín y una piscina que era todo un lujo.

Estudiando con ahínco, pintando grecas fabulosas y recibiendo clases “de formación”, fuimos avanzando poco a poco en las materias del programa oficial, mejorado con lo que las Madres consideraban indispensable: Religión e Inglés Complementario. Fortalecimos así, estudiando, el grupo privilegiado de las primeras, siempre vigilado con amor por las maestras y las Madres del Colegio.

Usábamos, para proteger nuestros impecables jumpers de cuadritos y las pecheras de las camisas blancas del uniforme, delantales que llamaban babies, de variados colores y con las letras de nuestros nombres primorosamente bordadas en el pecho. En los recreos, parecíamos bandadas de aves escandalosas que mezclaban sus colores en el patio.

En la piscina de la Principal recibimos nuestras primeras clases de natación, con traje de baño de faldita y gorro de goma, para no tapar los desagües con los cabellos de tantas niñas que se remojaban en sus aguas. También aprendimos a bordar; en punto de cruz primero, y luego practicamos otros puntos diferentes, mejorando la técnica, en pequeños pañitos que algunas conservan todavía. No podían faltar las manualidades, en las que destacaban diferentes tipos de macarrones pintados con témpera.

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Mientras nuestra democracia daba traspiés, y el país se hacía más rico y crecía desordenadamente, nosotras vivíamos en un mundo aparte, privilegiado. No teníamos que llevarnos tareas a la casa; las hacíamos en el Colegio, pues estudiábamos en dos turnos. Salíamos a las 11 y media de la mañana, almorzábamos en nuestras casas y volvíamos al Colegio a las 2 de la tarde. Claro, las que vivían muy lejos tuvieron que quedarse seminternas y comían, entre otras cosas, hamburguesas con salsita vasca de tomate y caraotas blancas.

Es sorprendente que todas recordemos con detalle lo que nos daban a la hora de la merienda: las jarras de Mañanita y las galletitas que en el centro tenían un suspiro color pastel, sustituidas luego por galletas María. También los desayunos de avena que parecía engrudo o lo que nos daban cuando nos preparábamos para la Primera Comunión: un cambur con una tajada de queso blanco.

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Ante La Toluca

Al volver de unas vacaciones, encontramos grandes cambios en el Colegio. Las Madres habían comprado la quinta La Toluca, de estilo señorial, con la Virgen en la redoma de la entrada. Desde su jardín se divisaba una vista privilegiada de la cordillera. Luisa escribe: “¿Recuerdas las terrazas con jardineras de La Toluca, que daban hacia el CADA de Las Mercedes, con sus pérgolas de hierro colado como para que treparan las matas y formaran una especie de emparrado, adonde supuestamente nos llevaban a la hora de la gimnasia, pero que en la práctica eran los ‘salones de fumadores’? Hoy en día, con lo que he visto, me impacta recordar que en verdad eran preciosas, y es una pena que no se pudieron preservar… ¿Y el salón de La Toluca, con ese ventanal impresionante desde el cual se veía el Ávila, lindísimo, en donde nos reunían para recibir clase de religión con el padre agustino?”

Como siempre, nosotras, las mayores, fuimos las primeras en mudarnos a la casa nueva. Allí comenzó nuestra adolescencia, y con ella el bachillerato. De esa casa querida están más claros nuestros recuerdos. Graciela dice: “Al llegar Semana Santa nos reunían en el salón principal de La Toluca y nos ponían la película Marcelino Pan y Vino. Siempre la misma película en blanco y negro, y siempre sentíamos la misma impresión cuando el Cristo le hablaba a Marcelino”. También pasaban películas de Marisol, que de tanto repetirlas nos sabíamos sus canciones de memoria. Luisa recuerda que las proyectaban en: “… una habitación que quedaba a la derecha de una sala con la pared forrada de machihembrado… donde ponían unos bancos de madera… creo que también nos pasaron una de Joselito, además de un disco que no estoy segura si era sobre el 19 de abril o algo por el estilo”.

Allí funcionaba, como dice Carolina, la “policía de casquetes” dirigida por la Madre Sanz. Ella, por su pequeña estatura, se paraba en lo alto de la imponente escalera para supervisar la fila de entrada a clases, y esto después que descubrió cómo Jueny, que era muy alta, la había engañado más de una vez enrollando el cinturón del uniforme en su cabeza para simular que llevaba su casquete puesto.

Los infaltables yaquis

En el patio de recreo, jugábamos yaquis, perinola, palitos chinos o diferentes estilos del juego de “la eres”. En la cercanía de la Navidad, Sonia y su grupo tocaban cuatro y patinábamos en patines de cuatro ruedas. Hacíamos el peligrosísimo “látigo”, del que la última de la línea, más de una vez, salió volando para estrellarse estrepitosamente. Otras veces arriesgamos la vida, lanzándonos por la bajada que daba al CADA a velocidades supersónicas. En el patio se desarrollaron también los grandes pleitos, como la venganza de Ana María devolviendo una cachetada a Leonor. Muchas pensamos que Ana María no sobreviviría.

Aunque estábamos la mayor parte del tiempo en La Toluca, era en el teatro natural del jardín de la Casa Principal donde hacíamos nuestras representaciones. Nuestros padres y compañeras más pequeñas eran el público cautivo, que siempre aplaudía extasiado con nuestros actos. ¿Cómo olvidar el baile de indios, que fue tan bueno que lo repetimos para los niños del Hospital Ortopédico Infantil? ¿O el del Pájaro Guarandol, con Carolina de brujo? ¿O la trenzada con cintas del Sebucán? ¿O la tarantela en primer año, que bailaban de pantalones quienes eran delgadas y en falda las más gorditas? Anita Méndez era siempre la solista en los bailes. Fueron muchas actuaciones, y en todas gozamos un puyero, tanto en las prácticas como en la representación final, bajo las inmensas ramas del árbol de caucho del jardín.

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Nuevas Madres aparecieron a nuestro alrededor: la querida Madre Baró, la temida Madre Sanz, la Madre Doménech, de privilegiada puntería con las tizas cuando hablábamos en clase; la Madre Manzanero, la Madre Morán y la Madre Ferrán; la Madre Sahagún, la Hermana Ribas, la Madre De La Hoz; la Madre Fernández la buena y la Madre Fernández la mala. “Si no, ¿cómo las diferenciábamos?”, dice María Bernarda. Todas ellas pendientes siempre de nosotras, las primeras, las consentidas.

El Colegio siguió creciendo con nosotras en una Caracas bucólica, donde se vivía una vida tranquila de pueblo grande. Pero el mundo entero experimentaba un cisma generacional. La década crucial de los sesenta había comenzado con el Concilio Vaticano II, el del papa Juan XXIII. Casi se desata una guerra mundial por los misiles de Nikita en Cuba. Los Beatles revolucionaron la música y el modo de vivir de la juventud. Aparecieron los hippies. En cine se estrenaba 2001: Odisea del Espacio, de Stanley Kubrick, que preparaba al mundo para la llegada del hombre a la Luna. Estaban de moda el Arte Pop y la Psicodelia. La guerra de Vietnam se desarrollaba ante nuestros ojos en flamantes televisores blanco y negro, mientras Fidel Castro apadrinaba la guerrilla en Venezuela y al Che Guevara.

Aquí, igual que en otras partes, estaban de moda la minifalda y los hot pants. Muchas nos maquillábamos como la Twiggy con los cosméticos de su mentora, Mary Quant, la diseñadora de aquellas prendas. Era frecuente que recogiéramos los ruedos del uniforme para hacerlo minifalda, y que las Madres los descosieran en la fila antes de entrar a clases.

Troy Donahue

Desmayábamos por Troy Donahue, el doctor Kildare (Richard Chamberlain) y Ben Casey. En el cine vimos Un hombre y una mujer, Los amantes deben aprender y Bonnie and Clyde. Bailábamos con Tom Jones y con los Carpenters. Escuchábamos, naturalmente, música de los Beatles. Carolina recuerda: Gracielita me dijo que la primera vez que oyó I want to hold your hand de los Beatles fue en la quinta Gladys, en Primer Año. Lo que no me dijo fue en el radio de quién. En dicha casa, los refrescos de las máquinas costaban un medio. ¡Qué horror!” Cantábamos de memoria las canciones del Festival de San Remo, que nos hizo conocer María Elvira en discos recién llegados de Italia. En español también había temas de moda. Sabíamos al dedillo las canciones de Los Tres Tristes Tigres, como Solo otra vez, Dun dun y Matrimonio. O los éxitos de Enrique Guzmán: Despeinada, Tu cabeza en mi hombro, La plaga y Acompáñame, que cantaba con Rocío Dúrcal. O la famosa Cuéntame de Fórmula Uno, o Diana de César Costa y Magia blanca del Trío Venezuela. Son inolvidables también las Agujetas de color de rosa de los Hooligan, y Los 007 con sus éxitos: Detén la noche y El último beso. Aquella música nos hacía gritar, con Cherry Navarro, ¡Aleluya! Muchas fuimos a ver y compramos los discos de Viva la gente.

Los ojos de Ana María

Comenzamos a cumplir quince años. Muchas de las celebraciones son dignas de recordar, como el baile de Isabelita Itriago, de disfraces; el de María Elvira, el de las Otamendi, el de María Teresa y María Adela y, por último, por ser de las menores, el de Ana María, que fue con crinolinas y cuadrilla. Ésta quedó tan buena que después la repetimos en la tarima del cine Altamira, pero no con los varones como pareja, sino con algunas de nuestras compañeras vestidas con pantalones. Las fiestas de Goldy y las reuniones en casa de María Elvira y en la de las Febres Cordero, como los autocines, los primeros drive-in, los paseos a la playa y las excursiones con distintos grupos de muchachos, ocupan nuestra memoria.

Esto ocurría mientras nos convertíamos en mujeres, que crecían en experiencia protegidas por el Mater Salvatoris. Fuimos a una sesión memorable en el Congreso de la República. Asistimos a sesudos cine-foros en el Colegio San Ignacio, pero también a sus emocionantes desfiles para contemplar a los varones. Con frecuencia nos escapábamos hasta el CADA a ver y dejarnos ver, y los muchachos sacaban de sus casillas a la Madre Sanz, pasando en atronadoras motocicletas por el Colegio a la hora de salida, o llamándonos a gritos desde la bomba Shell y enviándonos mensajes desde los jardines vecinos. Comenzaron los primeros romances, muchos de ellos solamente chispazos de lo que sería el verdadero amor. Hoy en día se mantienen, sin embargo, unas cuantas familias fundadas en aquellos amores precoces.

El profesor Rafael Bredy

Mientras tanto, nuestros queridos profesores de bachillerato nos hacían trabajar en serio y aprender, a pesar de toda nuestra rebeldía. Entonces no reconocíamos sus esfuerzos; hoy los apreciamos en todo su valor. ¿Cómo no recordar a la buena de la profesora Ordóñez, o a la González de Castellano? ¿O a Ostos: “Nos vemos en agosto”? ¿O al profesor Contreras que nos puso sobrenombres a todas; a Escalante, todo un caballero; o a Bredy con las leyes de la herencia? ¿A la profesora Chata, o la Lumpuy y su Psicología? ¿O a Rosa Méndez, de Matemáticas, con la que si no tenías el cuaderno a punto te perdías la ecuación, y que siempre comenzaba: “Como decíamos en la clase anterior”? ¿O, torturándonos con la Química, a la Zulueta: “Conmigo pasa el que puede”? ¿O al profesor Mulet, con su humor catalán, en el Laboratorio de Física? Cuando nos castigaban por quejas de los profesores, pasábamos la mañana del sábado estudiando, sentadas en una mesa vigilada por la Madre Sanz o con la Doménech, y no sabíamos con cuál de las dos era la cosa peor.

Eran temibles los exámenes finales. Venían entonces jurados del Ministerio de Educación con profesores desconocidos, y teníamos que hacer prueba escrita y luego oral por orden alfabético. Cuando había laboratorio, también presentábamos prueba práctica. Las materias como Inglés Complementario y Religión no se reparaban; si te raspaban, tenías que repetir.

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Al llegar a Cuarto Año ya nos habían hecho pruebas psicológicas para orientar nuestra vocación, y tuvimos que tomar la decisión de estudiar Ciencias o Humanidades. Ni siquiera esa vez nos separamos pues, aunque algunas habían llegado al colegio más tarde que la mayoría y otras pocas habían tenido que irse, formábamos un grupo muy unido de compañeras, siempre amigas.

En Latinoamérica estaba en su apogeo la Teología de la Liberación. Los dulces padres agustinos que hasta ese momento nos habían educado, y tratado por todos los medios de instruirnos en religión comparada, pasaron a la historia, suplantados por jesuitas que traían ideas revolucionarias. Luisa recuerda con detalle que en Cuarto Año tuvimos una muy controversial “Semana Social”: “…un sacerdote… vino con dos o tres muchachos que se sentaron atrás con unos cuadernos, en donde estuvieron tomando notas todo el día… [El sacerdote] ofreció y encendió varios cigarrillos y se los pasaron a las que fumaban, cosa que me dejó en shock. A continuación comenzó una charla incendiaria, que puedo resumir que iba por la línea de que todos los males del hambre y la miseria se debían a que nuestros padres eran parte de una sociedad ‘asesina’ (sic)… En dos platos, nos dijo que teníamos que rebelarnos contra las ideas que regían a nuestros padres… El segundo día lo dedicó… a darnos una amplia y completa instrucción acerca de la vida sexual y conceptiva en los términos aprobados por la Iglesia… El tercer día fue muy interesante, porque usaron los comentarios y argumentos de todas, que habían sido debidamente recogidos en los apuntes que tomaron los muchachos, y al mejor estilo de los programas de ‘lavado cerebral izquierdista’, los voltearon de tal forma que muchas salieron de allí impactadas… La consecuencia directa de lo acontecido en esa semana social fue la entrada del inefable padre Gazo, en todo lo relativo a la formación religiosa y actividades espirituales del Colegio”.

El Mater nos brindó una completa instrucción religiosa. Asistíamos a convivencias que discutían temas conmovedores, visitábamos barrios que despertaban nuestro sentido social y, por supuesto, hacíamos retiros espirituales. Fuimos a uno en el Convento de la Iglesia de La Concordia, en el que lloramos muchísimo. Creo recordar que cuando terminó ese retiro la Madre Doménech habló con varias de las alumnas. Parecía haber notado en algunas de nosotras interés por la vida religiosa, o por lo menos nos propuso que pensáramos en ello. Dos o tres lo pensaron seriamente, y sólo una decidió tomar los hábitos aunque luego, como todas sabemos, los dejó.

El guión del retiro en Los Chorros

Más adelante, fuimos a un retiro en Villa Manresa, la casa de los jesuitas en Los Chorros. Hasta allí llegaron los muchachos del San Ignacio y nos dieron una serenata a medianoche, acompañados por los aullidos de los perros de la casa. Luisa recuerda: “En ese retiro, el padre Gazo nos lleva a una terraza… y entre gallos y medianoche nos explicó, con pelos y señales, cómo funcionaban todos los métodos anticonceptivos. Es más, allí fue donde me enteré de que la Iglesia se oponía a la T de cobre, porque eso no es considerado un anticonceptivo sino más bien un abortivo, pues destruye los óvulos, fecundados o no”. En cambio, Carolina dice: “Yo sólo me acuerdo de que cuando terminaron la charla de anticonceptivos, Evangelina preguntó: ‘Lo que no entendí es lo de la taza de café. ¿Eso es antes o después de?’ Y le contestaron a una sola voz: ‘En vez de’. Éramos todas unas inocentes criaturas en lo referente a métodos, pastillas y T de cobre. Por cierto, lo del padre Gazo en una terraza hablando de métodos anticonceptivos, ni me lo imagino. Yo como que me quedé dormida”.

Lo que sí recuerda Carolina son las parejas casadas del Movimiento Familiar Cristiano, que fueron a La Toluca a hablarnos de sus experiencias: “Una pareja dijo que se casó de estudiantes, y que lograron sortear todos los problemas porque se amaban. Otra, esperó a graduarse, tener empleo y casi que casa antes del matrimonio. Lograron esperar por el amor que se tenían, y en eso parecía residir todo el asunto. Pero los problemas de todos los días, lo que tiene de difícil el matrimonio, si lo tocaron, no me acuerdo. O, como dice Luisa, en esa edad uno sólo ve la parte que le interesa: que se amaban”.

Durante nuestro paso por el Colegio ganamos indulgencia plenaria, pues hicimos los nueve Primeros Viernes. Primero comulgábamos en la Iglesia de la Guadalupe y después en Santa Eduvigis, donde vimos cómo pintaban en las paredes las impresionantes escenas del Via Crucis. Graciela escribe: “Todo el colegio se trasladaba en autobuses desde Las Mercedes hasta Santa Eduvigis, porque no teníamos iglesia para la misa y la comunión. Era una mañana de fiesta la de ese paseo en autobús. Hoy en día hubiera sido imposible, con la inseguridad y el tráfico de Caracas, atravesar media ciudad”.

Distintivos de la Congregación Mariana y las Guías

Fuimos las fundadoras de la Congregación Mariana en el Colegio, portadoras de alegría e ilusión. Asistíamos algunos sábados, vestidas de blanco con el uniforme de gimnasia y una banda azul cielo en la cintura, llenas de santidad y medallas de la Virgen, para ocuparnos en obras sociales. Carolina recuerda que con la Congregación hicimos “la primera y única excursión mixta que tuvimos”, unas catorce horas en autobús “que a nosotras se nos pasaron entre cantos, echar broma y dormir. Además estábamos con los muchachos y había más de qué hablar… En el camino a la sierra, el inmenso autobús no podía dar la curva de una vez, y hacía dos o tres intentos hacia delante y otros tantos hacia atrás en cada curva, y nosotras, asustadas… El cursillo era en un convento y nuestro cuarto daba hacia una ventana de la capilla. De noche, la luz y sombra de las velas nos hacía temblar. No había agua caliente; bañarse era un acto de valor. Como sólo había un baño teníamos horario y, claro, los muchachos no podían bajar de noche para usarlo; no sé cómo hacían. Nosotras, con el susto de las velas, ni nos movíamos… En el Pico Bolívar gozamos. Jugamos con nieve y a muchos nos dio mal de páramo, pues corrimos y saltamos. Nos llevaron a San Javier del Valle Grande, donde están las aspas del avión…”, en el que murieron los muchachos del Colegio San José de Mérida en 1950. En ese paseo gozamos más de lo que rezamos.

También formamos por aquella época patrullas de Guías de nombres olvidados, con corbatines, estandartes, insignias y demás. Así disfrazadas, fuimos a varias excursiones, como una al Ávila donde la Madre Manzanero cayó por un barranco y se fracturó un brazo.

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Las vacaciones de 1967 comenzaron con un terremoto. El 29 de julio tembló la tierra de Caracas, de una forma que presagiaba la conmoción que se nos vendría encima con el fin de nuestros días en el Colegio. Poco después, comenzaríamos el Quinto Año, el último.

El día del Mater Salvatoris, hicimos el desfile de las profesiones, en el que representamos lo que supuestamente íbamos a estudiar. La creatividad superó esa vez al desfile anterior, cuando habíamos hecho, con vestidos fabulosos, el recorrido de la moda en la historia, desde la Edad de Piedra hasta el año 2000. Este tema de la moda causaría polémica, porque casi todas queríamos graduarnos de traje largo y las Madres se negaban, considerando que eso era “una ostentación y un lujo”. A regañadientes, nos mandamos a hacer cortos los trajes blancos, perpetuándose así la lucha infinita por la altura de las faldas.

 

Bachilleres en Ciencias

 

Bachilleres en Humanidades

 

Los preparativos del grado, la ansiedad por el futuro, los temidos exámenes, las tareas y la muy ocupada vida social llenaron esa época de expectativas. Muchas de las despedidas nos hicieron llorar. Hubo palabras que nunca olvidaremos, como las de la Madre Doménech:

Habéis pasado por el colegio, como las pioneras de todo; dejan una estela de alegría y ejemplo de unión que siempre os ha caracterizado. ¡Qué grupo tan unido y estupendo han sido siempre! Algunas de vosotras habéis empezado más tarde, pero habéis formado con las demás una sola alma y un solo corazón… Seguid como habéis sido siempre: la alegría del colegio, la alegría de donde estéis, que es el reflejo de Dios en vuestra alma… y no olvidéis vuestra canción: vuestra juventud es bella, tenéis un ideal, sed luz, guía, iluminad.

Finalmente, llegó el día: el de la graduación. Nos despedimos, con lágrimas en los ojos, de la Virgen del Mater Salvatoris en misa celebrada por el Padre Gazo, muy emotiva con la bendición de las medallas y los anillos de grado. Algunas los mandaron a hacer con la medida del ancho del dedo de los novios, por lo que hoy en día deben valer una fortuna.* Entramos al acto, una vez más protegidas por el inmenso árbol de caucho de la Casa Principal, del brazo de nuestros orgullosos papás y llevando rosas en las manos. Recibimos de las de la Madre Baró nuestros diplomas de Bachiller, vestidas con los obligatorios trajes cortos. Como era de esperar, dimos picón. Más nunca ninguna de las chicas Mater se graduó sino de traje largo. Luego de escuchar el discurso de orden del profesor Contreras Pulido, cerraron el acto las palabras de María Enriqueta, encargada de despedirnos del Colegio.

Nos fuimos, pero el Mater Salvatoris quedó en nosotras. Somos la Primera Promoción, las precursoras. Teníamos el mundo entero por delante para hacerlo mejor. ¶

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*Como es natural, María Elvira regaló su anillo a Rafael Sánchez, su esposo, su novio de entonces. Éste lo llevaba puesto en una excursión al cerro Ávila, seguramente pensando en ella mientras lo hacía girar en su dedo anular. En una de las pensativas vueltas, el anillo se le salió cayendo al suelo y por más que se desesperó buscándolo no pudo encontrarlo. Tuvo que dar la mala noticia a María Elvira y le ofreció mandar a hacer uno nuevo, lo que ella rechazó pues ya no sería el verdadero. Meses después la llamaron del Colegio; alguien había llevado hasta allá el anillo con su nombre, otro excursionista que lo encontró en otra expedición y caballerosamente lo restituyó al leer en él que era del Mater Salvatoris.

 

Nacha Sucre

Caracas, 16 de julio de 2008.

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AGRADECIMIENTOS

Estos recuerdos fueron recuperados gracias a la sorprendente memoria de Carolina Ponte de Baquero, Luisa Rangel de Amengual, Graciela Sucre de Behrens, María Bernarda Martínez de Arrieta, María Enriqueta Faría Yaber, María Elvira Madriz de Sánchez, Beatriz Vizcarrondo Carvallo y María Adela Iribarren de Troconis.

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Eterna Agatha Christie

Su Majestad Ágata

 

 

100 años de la primera novela de la reina del policial

 

Por GDA / La Nación, Argentina

12 de Julio de 2020

 

Es una de las escritoras más famosas y prolíficas de la historia. Publicó 74 novelas, 154 relatos cortos, veinte obras de teatro, tres poemas y dos autobiografías. Sus libros de misterio llevan alrededor de cuatro mil millones de ejemplares vendidos, fueron traducidos a 103 idiomas y adaptados al cine, la televisión, el teatro, la radio y hasta videojuegos.

Estatua de Poirot en Bélgica (foto de Lumixbx)

A 100 años de la publicación de su primera novela, El misterioso caso de Styles, donde presentó a uno de sus célebres personajes, el detective Hércules Poirot, Agatha Christie (1890-1976) sigue siendo una de las autoras más leídas en todo el mundo. Por su categoría de eterno best seller integra el Libro Guinness de los Récords. La reina de los policiales no se privó, además, de protagonizar en la vida real una enigmática desaparición de once días, que nunca quedó esclarecida y que bien podría haber sido unas de sus tramas de suspenso.

En conmemoración por el centenario de su primer libro (publicado en octubre de 1920) y de los 130 años de su nacimiento (que se cumplen el 15 de septiembre), editorial Planeta relanzó sus novelas más conocidas: El misterioso caso de Styles, Cita con la muerte, Diez negritos y Los elefantes pueden recordar . Entre julio y septiembre saldrán El asesinato de Roger Ackroyd, Un cadáver en la biblioteca, El misterio de la guía de ferrocarriles, Cinco cerditos, Se anuncia un asesinato y Muerte en el Nilo.

Agatha Mary Clarissa Miller nació en Torquay, Inglaterra. Educada por institutrices en el marco de un hogar de clase alta, continuó su formación en París después de la muerte de su padre. Ese golpe inesperado marcó el fin de su infancia, según contó en una de sus autobiografías. La futura escritora, por entonces una niña tímida y retraída que prefería jugar con amigos imaginarios antes que con niños reales, tenía once años. En la capital francesa, donde vivió durante cinco temporadas, estudió piano y canto. Nadie suponía por entonces que, antes de cumplir los 30, sería nombrada Dama del Imperio Británico.

La Primera Guerra Mundial marcó la vida de Agatha en el terreno personal y laboral. En la Nochebuena de 1914 se casó con el oficial Archibald Christie, a quien había conocido dos años antes. En 1916, cuando trabajaba como enfermera voluntaria en un hospital en Torquay, escribió su primera historia policial. Ya había escrito algunos relatos románticos pero no había tenido suerte para conseguir editor. Para publicar El misterioso caso de Styles tuvo que esperar cuatro años y soportar seis rechazos de editoriales. Finalmente, salió en Estados Unidos en octubre de 1920 y en el Reino Unido en enero de 1921. En esta novela, que plantea un caso de “asesinato en un cuarto cerrado”, la autora presentó al detective Poirot. Para crearlo se inspiró en los refugiados belgas de la Primera Guerra Mundial instalados en la ciudad del sur de Inglaterra donde vivía. En la trama aparecen por primera vez el amigo y ayudante de Poirot, el capitán Arthur Hastings, y el inspector jefe James Japp. La historia tuvo adaptaciones para la TV, el teatro y hasta el radioteatro.

En 1919, un año antes de la publicación de su primer libro, Christie se mudó a Londres junto con su marido. Allí nació Rosalind, su única hija. La familia se instala luego en Sunningdale, en una mansión a la que le ponen de nombre Styles, como la casona donde sucede el asesinato de su primera novela.

 

Un libro por año

Entre 1922 y 1930 publica un título por año; y entre 1931 y 1956, llega a sacar dos, o incluso tres, por año. Desde entonces y hasta su muerte en 1976 vuelve al ritmo de una novedad por año. La escritora reveló en su autobiografía (escrita entre 1950 y 1965, pero publicada en 1977, después de su muerte, por expreso pedido suyo) por qué no paraba de escribir y publicar: “Poco a poco ganaba seguridad en mis escritos. Estaba convencida de que no me sería muy difícil escribir un libro cada año… Lo más agradable de aquellos días era lo que se relacionaba directamente con el dinero. Si decidía redactar una historia sabía que me daría sesenta libras o lo que fuera; deducía impuestos… y sabía que obtenía limpias 45 libras. Esto estimulaba mucho mi producción. Me decía a mí misma: ‘Me gustaría derribar el invernadero y hacer en su lugar una galería en la que podamos sentarnos. ¿Cuánto costaría?’ Hacía mis cálculos, me iba a la máquina de escribir, me sentaba, pensaba, planeaba y, al cabo de una semana, había fraguado una historia. A su debido tiempo la escribía y ya tenía mi historia”.

Geraldine MacEwan como Miss Marple

Miss Marple, la astuta anciana que resuelve los casos más complicados hasta para Scotland Yard, protagoniza trece novelas de Christie. Vecina de un pueblito de la campiña del sur inglés, apareció por primera vez en 1930 en Muerte en la vicaría. Chismosa y aficionada a los misterios, es la contracara del investigador profesional Poirot.

“Me había acostumbrado a escribir en lugar de bordar fundas de cojines o figuras copiadas de las porcelanas de Dresden. No estoy de acuerdo con quien piense que sitúo muy bajo la escritura creativa. La creatividad se demuestra de muchas formas: bordando, cocinando platos especiales, dibujando y esculpiendo, componiendo música y escribiendo libros y cuentos. La diferencia es que se logra más fama de una forma que de otra”, escribió en sus memorias. Allí habla sobre su infancia, la vida durante las dos guerras mundiales, su experiencia como escritora. También, sobre sus dos matrimonios y sus experiencias en expediciones arqueológicas con su segundo marido, Max Mallowan. De lo que no habla (y nunca aclaró) es sobre el misterioso incidente que protagonizó en 1926 cuando desapareció durante once días. Solo dice: “El siguiente año (1926) es uno de los pocos que odio recordar. Como tantas veces sucede en la vida, cuando una cosa va mal, todo va mal”.

El secreto del éxito de sus libros, según Christie: “La mejor receta para la novela policíaca: el detective no debe saber nunca más que el lector”.

Ocurrió en diciembre, poco después de la publicación de su sexto libro, El asesinato de Roger Ackroyd . Tras una fuerte discusión con Mister Christie, Agatha se esfumó. Le dejó una nota a su secretaria en la que le decía “que se iba a dar una vuelta”, se subió a su auto y no volvió. Cuando el coche apareció abandonado al día siguiente, cerca de un lago, a casi cien kilómetros de su casa, intervino la policía. En el auto había manchas de sangre y un abrigo. La desaparición de Agatha Christie llegó a las tapas de los diarios más importantes de Europa y de EUA como un resonante caso policial.

Otra paradoja del destino llevó a un colega del género de la novela de misterios, Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, a sumarse a la búsqueda a través de una médium. La afición de Conan Doyle por lo sobrenatural es otra historia fascinante, ya que también tuvo una vida rodeada de misterios y secretos. Finalmente, después de once días y de un operativo con cerca de mil policías y más de quince mil voluntarios, Christie apareció en un hotel con una supuesta amnesia que nunca se pudo determinar si fue real o no. Una pista de que la escritora sabía lo que hacía es que se registró con el nombre de la amante de su marido, Nancy Neele. Aunque trascendió que él le había pedido el divorcio (y que esa sería la causa de su fuga), la pareja se divorció dos años más tarde de ese episodio.

Si bien dio muy pocas entrevistas a lo largo de su carrera, decisión que aumentó el mito alrededor de su figura, algunas frases aportan pistas sobre su filosofía de vida: “Aprendí que no se puede dar marcha atrás, que la esencia de la vida es ir hacia adelante. La vida, en realidad, es una calle de sentido único”, dijo en alguna ocasión. “La tristeza es la cuna de inspiración de todo escritor”, aseguró también. En cuanto al origen de sus libros la frase más famosa es: “Los mejores crímenes para mis novelas se me han ocurrido fregando platos. Fregar los platos convierte a cualquiera en un maníaco homicida de categoría”.

 

Agatha exploradora

Después del divorcio, empieza otra etapa en la vida de la autora. En 1928, viajó a Estambul y de allí a Bagdad a bordo del Orient Express. Esa travesía sería su fuente de inspiración para una de sus novelas más famosas, Asesinato en el Expreso de Oriente, publicada en 1934. Una leyenda alrededor de ese viaje dice que Christie escribió el libro en la habitación 411 del Hotel Pera Palace de Estambul, que lleva su nombre y hasta antes de la pandemia se alquilaba a los turistas que querían pasar una noche en la cama en que durmió.

Película con insuperable lujo en el reparto

 

Poirot ha muerto

En 1975, un año antes de su muerte, Christie publicó Telón (Último caso de Poirot). El 6 de agosto, New York Times le dedicó al detective la primera necrológica de ficción, con el título: “Poirot está muerto”. “Afamado detective belga; Hércules Poirot, el detective, muere”, decía la noticia del prestigioso diario estadounidense. En 2014, el personaje resucitó, por obra y gracia de los herederos de la autora, que convocaron a la escritora inglesa Sophie Hannah, para que escribiera nuevos casos de Poirot.

Además de las adaptaciones de sus novelas al cine, la televisión y el teatro, sus misterios también tienen versiones en novelas gráficas: entre 2007 y 2013, Euro Comics India publicó 20 títulos ilustrados con viñetas. Hay hasta una serie de animé japonesa con Poirot y Marple como personajes. Pero lo más curioso son unos 10 videojuegos para PC y Play Station inspirados en casos policiales de Christie, que murió en 1976, a los 86 años. A los 81, había declarado que le gustaría ser recordada “como una escritora bastante buena de novelas de detectives”.¶

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Wikipedia en Español: “El Libro Guinness de los Récords calificó a Christie como la novelista que más obras ha vendido de todos los tiempos. Se han vendido dos mil millones de copias, posicionándose sus trabajos como los terceros más vendidos en el mundo, solo por detrás de las obras de William Shakespeare y la Biblia.​ Según el Index Translationum, Christie es la autora individual más traducida con ediciones en al menos 103 idiomas”. (…) Su mayor éxito teatral, La ratonera (1952), cumplió treinta años de representaciones en 1982 en el Teatro St. Martin de West End y alcanzó 12.483 escenificaciones. Para ese entonces, la obra había sido vista solamente en Londres por más de cinco millones de personas, lo que supuso la venta de 252 toneladas de programas. Sin embargo, también fue presentada en una notable cantidad de ciudades británicas y de 41 países.

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La peste de Orán

 

 

Seguramente toda Hormiga ha recordado La peste, de Albert Camus—Premio Nobel de Literatura—en el tiempo pandémico que atravesamos. He aquí un breve comentario sobre esa muy particular novela de la pluma de Ana Lorenzo Froufe, quien escribe para NIUS Diario desde Madrid.

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Leer ahora La Peste de Albert Camus es hacerlo por primera vez. Tanto si ya visitamos sus páginas en la otra vida—la de antes del coronavirus—como si no, descubriremos un libro nuevo bajo la luz de la experiencia del inédito confinamiento que nos ha impuesto la pandemia. La novela fue publicada en 1947; pero en 2020, con la cuarentena, sus ventas se han disparado en Francia e Italia. También ocurrió en Japón, en 2011, tras la catástrofe de Fukushima.

Es esta una historia que estos días nos devuelve paralelismos imposibles de imaginar hace tan solo semanas. “A partir de ese momento se puede decir que la peste fue nuestro único asunto”, cuenta el narrador. “Pero si esto era el exilio, para la mayoría era el exilio en su casa”, dice en otro momento. Sustitúyase peste por Covid-19, la cadena de asociaciones es inevitable.

Aunque la obra del Premio Nobel se ha interpretado también como una alegoría del nazismo en la Francia ocupada por Alemania, es difícil en estos tiempos no decantarse por una lectura literal.

Es primavera en la localidad argelina de Orán (en torno a 1940) cuando estalla la epidemia de la peste. Puede ser Madrid, Roma o París hoy. Ciudades aisladas y paralizadas en las que, como en el escenario de la novela, vuelven a escucharse los pájaros: “El grito de los vencejos en el cielo de la tarde se hacía más agudo sobre la ciudad”.

El doctor Rieux es el protagonista en este recorrido por una sociedad enferma. En él encontramos “la lucha sobrehumana” de médicos y voluntarios; la distancia social (“la súbita separación en que quedaron algunos seres que no estaban preparados para ello”); el acaparamiento y las colas (“el problema del abastecimiento empezó a hacerse difícil”); la guerra contra un enemigo desconocido (“La verdad es que no sabemos nada de todo esto”) o la muerte en soledad (“Los enfermos morían separados de sus familias y estaban prohibidos los rituales velatorios”). Reconocemos también las críticas a la gestión de las autoridades, las mascarillas, la obsesión por las cifras de víctimas, las especulaciones sobre la evolución de la enfermedad o las consecuencias económicas para el turismo.

Pero La peste es, sobre todo, una invitación a la reflexión. Sobre la supervivencia, el miedo, la responsabilidad (individual y colectiva), la soledad, las relaciones, la esperanza o el fracaso. Y, por qué no, una invitación también a la toma de decisiones. Una elección sobre cómo situarse en el mundo ante una realidad al límite. En definitiva, quiénes decidimos, o escogemos, ser. Y quizá en esta disyuntiva, y en su necesidad, resida la verdadera vigencia de la novela.

¿O será en la certeza de “que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás”? Aunque alejada del mejor Camus (el de El extranjero), esta obra (“fallida” para el propio escritor) recibió el Premio de los Críticos y se convirtió en todo un fenómeno literario.

Filósofo del absurdo, escritor y periodista, el combativo francés nacido en la Argelia colonizada (pieds-noir les llamaban) tuvo una carrera meteórica. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1957, con 44 años (el segundo más joven de la historia después de Rudyard Kipling). Y murió tan solo tres años después, aún no había cumplido los 47, al estrellarse contra un árbol el vehículo que conducía su amigo y editor Michel Gallimard. Cuentan que el día anterior, al enterarse de la muerte del ciclista Fausto Coppi, Camus había dicho: “No conozco nada más idiota que morir en un accidente de coche”. Ocurrió 13 años después de publicar La peste; y seis décadas antes de que una pandemia volviera a encumbrar aquella novela.¶

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Al sur de Renato

Renato Rodríguez (1927-2011)

 

El siguiente texto de Boris Muñoz está tomado de la estupenda web de Prodavinci

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PERSPECTIVAS

Renato Rodríguez: “Lo único que tengo es esta angustia”

 

POR Boris Muñoz

TEMAS PD
Perspectivas

En la página 20 de la más reciente edición de Al sur del Equanil (Monte Ávila Editores, Biblioteca Básica de Autores Venezolanos), David, el atribulado escritor en potencia que protagoniza la obra, dice: “Nada, entonces me estaba tendido allí patas arriba en mi cama tratando de olvidar montones de cosas que hasta entonces me había empeñado con un deseo furioso en conservarlas vivas y relucientes en la memoria. Y ese deseo, que a lo mejor era parte de la cosa, como que comenzó cuando Eduardo me dijo, puede que con la misma mala intención de su descacharrante pregunta: ‘Tu eres escritor’”.

Renato Rodríguez, autor de estas líneas, siempre ha desconfiado de la palabra escritor. La idea de ser escritor como una condición social, algo que eleva el estatus independientemente de la calidad de la escritura, siempre le ha causado vértigo e inspirado desdén. No deja entonces de ser una sugerente ironía que hoy se le reivindique como escritor “verdadero” y que su obra comience a ser estudiada con rigor escolástico como una de las más visionarias y originales de la literatura venezolana de fines del siglo XX.

La cuna

La familia de Rodríguez fue una de las más prestigiosas de Margarita. Su abuelo, el general José Asunción Rodríguez, fue un caudillo insular que, con el rango de teniente de milicias, levantó el oriente en la época de montoneras, a fines del siglo XIX. Llegaría a ser General de Brigada durante el gobierno de Andueza Palacios y luego obedeció a Cipriano Castro. Durante la larga dictadura del Gómez, se retiró, pero su nombre llegó a oídos del Benemérito, enredado con el de los cabecillas de una conspiración en la que se había negado a participar. Los últimos años padeció sin quejarse las privaciones del exilio en Trinidad. Cuando regresaba a morir a Venezuela, en 1923, su hijo, padre del autor, envió desde el barco un cable al ministerio de Guerra y Marina anunciando que el viejo general volvía muy enfermo a su tierra. Por orden del tirano, Tobías Uribe, ministro de Guerra y Marina, hizo que Asunción Rodríguez fuera atendido por los mejores médicos y que le fueran rendidos honores militares en el entierro.

Estos y otros recuerdos forman parte de un archivo que ahora, a los 78 años, Renato Rodríguez repasa a manera de balance de vida.

Si hay algo que caracteriza la literatura venezolana es la marcada presencia de figuras excéntricas y en cierto modo entrañables. Rodríguez es una de las más representativas de este género. Vive completamente apartado del mundo, en la cima de una montaña del estado Aragua, a la que solo se puede acceder a través una empinada carretera en vehículos de doble tracción. Su compañía habitual son las gallinas y los patos a los que debe alimentar. Las visitas que llegan a esas lejanías son muy contadas. De resto, su trato con los asuntos mundanos son esporádicos y se limitan a breves visitas a La Victoria.

Este temperamento retraído lo ha convertido en un personaje casi legendario de la literatura venezolana, creando alrededor suyo la aureola de un ser huraño y poco dado al trato con la especie humana. Al menos ese era lo que esperaba encontrar cuando José Moreno, viejo amigo suyo y conocedor profundo de su vida y obra, me llevó hasta el “escritor” un sábado de neblinas.

Rodríguez perdió un ojo a causa del glaucoma y su oído no es muy bueno. De modo que al llegar a la puerta, renqueando por causa de la artritis, le tomó un rato reconocernos. Nos invitó a sentarnos fuera de la casita donde se aloja. Al fondo se podía ver un catre y una pila de revistas de crucigramas y dameros que llena sin cesar para engañar sus horas muertas. Nos sentamos en unas sillas desconchadas desde donde se divisaba la verde garganta de los valles de Aragua.

En su conversación, la escritura y el viaje se combinan y terminan anudados hasta formar un solo tema, como los dos cabos de su trayectoria vital. De hecho, el viaje es casi un ‘método’ para llegar a la escritura que, en la vida de Rodríguez, es expresión de las tensiones entre el artista y el sofocante anillo familiar, la expresión de un verdadero conflicto existencial.

La infancia de Rodríguez estuvo intensamente marcada por mudanzas frecuentes. A los cuarenta días de nacido abandona Margarita e inicia un andar que no se detendrá hasta ahora. Las escalas de ese viaje son numerosas. Cumaná, Las Trincheras, Los Teques, Caracas, Bogotá, Lima, Santiago de Chile, París, Nueva York, Hamburgo. Cada una de estos lugares están entreverados con la búsqueda de la escritura.

El autor recuerda que de niño su afición por la literatura era tan aguda que, en vista de que su abuela y su primo  ya no podían leerle, aprendió a leer por sí solo en una semana. En la adolescencia comenzó a escribir cartas. Uno de sus primos le recomendó ser escritor, pero, como cuenta su alter ego en Al sur del Equanil, a esa edad demasiados estímulos competían con la escritura. Fueron las palabras del padre Ojeda, su preceptor espiritual durante los años de internado en el Colegio San José, las que terminaron por marcar su destino: “Tu lo que sirves es para escribir.

A partir de ese momento, la escritura sería una especie de látigo que a la vez que le proporcionaba un canal para expresar su vocación más personal, lo obligaba a confrontarse con el entorno familiar e incluso a padecer oprobio.

La historia de Rodríguez con la escritura no es única y ni siquiera original. En realidad es un tópico regular en la vida de quienes deciden desafiar el orden convencional del mundo que les tocó en suerte. Pero en su caso esa oposición fue más ruda y larga que la enfrentada por muchos autores, y conllevó sinsabores tan amargos que recuerdan la imagen empleada por Truman Capote al hablar de la escritura como un don para alcanzar la trascendencia artística y a la vez un látigo para autoflagelarse.

Su padre, un personaje de dimensión kafkeana, quería, desde luego, que Rodríguez se graduara de la universidad y si era con título de ingeniero mejor.  “Una vez, durante mi juventud, mi padre me dijo, ‘¿Te sientes escritor?’. “Yo he leído las porquerías que tu escribes”. Esta desaprobación fue una constante en la familia. En su lecho de muerte, la severa madre lo regañaría una vez más por no tener los zapatos limpios y haber elegido la escritura como destino.

—Mamá —le respondió— yo no soy abogado, ni médico, ni político para estar limpiándome los zapatos. Solo soy un modesto escritor.

—Ah, si eres escritor —dijo la madre— por qué no has escrito nada como Compañero de viaje.

La anécdota era tan curiosa que llegó a oídos de Orlando Araujo, autor del libro. “Yo le había regalado el libro a mi mamá y evidentemente a ella le había gustado mucho. Un día me encontré a Orlando y me preguntó si lo que había dicho mi madre era cierto. Le respondí que sí. ‘Coño –me dijo-. Entonces tendré que morirme rápido para ir a conversar con esa vieja al otro lado’.  Efectivamente, a los tres meses Orlando se murió”, recuerda con una aguda risita compasiva y socarrona.

EQUANIL

Para encontrar motivos meritorios de escritura emprende de joven un largo viaje. Va a Bogotá donde se relaciona con la bohemia cachaca, pero la experiencia no logra estimular su deseo de escribir. Luego se muda a Lima donde alquila una pieza en un burdel y se divierte de lo lindo entre las muchachas con las que prefiere abstenerse del contacto carnal para no causar confusión y celos. Pero ahí tampoco  la escritura lo espera. Fue solo en Santiago de Chile, donde un amigo lo mueve a escribir. “Tu eres escritor. Vete a escribir”. Esas palabras tuvieron el peso de un mandamiento bíblico. Rodríguez volvió esa noche a su buhardilla, con los pies y el espíritu ligero. No paró de escribir en toda la noche. Al siguiente día se presentó con un manojo de hojas y se las dio a leer a su preceptor. El juicio que éste emitió fue también lapidario. “La historia es malísima, pero denota talento”.

“Hasta entonces escribía y guardaba papeles, porque no estaba escribiendo un libro. No tenía proyecto”, dice ahora. Solo años después, tras un encierro de varios meses en la casa materna,  esos papeles llegaron a convertirse en un manuscrito con cierta coherencia. Por eso, la historia de Al sur del equanil es el resultado de las peripecias y la paulatina evolución que vive ese escritor que Renato se va haciendo gracias a sus andanzas y tribulaciones en la búsqueda de la escritura.

El libro

El nacimiento de ese peculiar título tiene una genealogía particular y merece una breve mención. Varios testimonios y crónicas recuerdan que Renato se encontraba bebiendo en un bar de Bello Monte con algunos amigos, cuando alguien le preguntó que qué hacía. “Soy novelista”, respondió. Las palabras circularon por la mesa donde se encontraba, entre otros, el escritor Salvador Garmendia. Alguien más preguntó cómo se llamaba su obra. “Al sur del Ecuador”, respondió. Pero Garmendia, ya medio curdo, escuchó “Al sur del Equanil”. Equanil es el nombre de una droga ansiolítica muy popular en la época, especialmente en los grupos de la bohemia. Garmendia, a la sazón uno de los sacerdotes del grupo artístico El techo de la ballena, aprobó y celebró el título como una ocurrencia de alto vuelo literario. En cuanto al Equanil, hay que precisar también su origen. El pintor Oswaldo Vigas, amigo cercano de Rodríguez, le alegó que el Equanil podía ayudarlo a poner bajo control el nerviosismo que lo caracterizaba. Rodríguez lo miró con incredulidad y le dijo: “¿Tu estás loco? No ves que esta angustia es lo único que tengo”.

Pero, el destino le reserva a los mortales paradojas crueles. Una vez publicado el librito, después de muchos tropiezos, Garmendia sería uno de los primeros en atacarlo diciendo que no era ‘literatura’. A este juicio extremo se sumó un coro de voces que condenaron Al sur del equanil incluso confesando que la condenaban sin haberla leído.

A estas alturas de la biografía de Rodríguez, cabe especular que quizás fue la ignominia a la que lo sometieron sus propios contemporáneos lo que llevó a Rodríguez a migrar de nuevo, primero a París y luego a Nueva York.

En París hace buenas migas con algunos miembros de primera fila del incipiente boom de la literatura latinoamericana. “En las fiestas compartía en términos muy cordiales con Mario Vargas Llosa, quien trabajaba en Radio Francia y por eso no pasaba tantos apuros económicos como Julio Ramón Ribeyro”. Rodríguez trabó con Ribeyro una intensa amistad. Convesaban sobre libros y autores y fue, precisamente Ribeyro, quien puso en manos de Rodríguez Pedro Páramo y El llano en llamas de Juan Rulfo, libros que marcarían su experiencia de lector.

Al hablar de su viejo amigo, por primera vez Rodríguez hace una pausa para buscar memorias perdidas. La piel de su cara está cuarteada en diminutas cuadrículas y rayas, y es de color sepia como una bolsa arrugada de papel de estrasa.  Con la risa se alisa. Es risita muy peculiar la suya, pues parece salir del fondo del estómago como un silbido entrecortado. “A Ribeyro no le gustaba lo que yo hacía”, dice refiriéndose otra vez a la escritura. Pero, a pesar de que el peruano también fue duro con su obra -“No es artista”, sentenció-, Rodríguez no duda en reconocer lo mucho que aprendió de él. Ribeyro era un cuentista virtuoso que marcó la formación literaria de Rodríguez a tal punto que él mismo confiesa haberse tomado la anécdota de su narración “En el chaparral” de la trama desarrollada por Ribeyro en el relato “Mar afuera”.

En París se mantuvo cerca del movimiento artístico y literario, pero nunca se interesó en formar parte de círculos o grupos. De hecho, en casi todas las ciudades en las que ha vivido se vinculó a artistas y escritores, pero un crónico principio de independencia lo llevó a mantenerse fuera de la escena. Fue lo mismo en Nueva York. Sin embargo, su estadía neoyorquina tiene si se quiere un carácter diferente a sus otras, pues contribuyó a trascender el dilema prototípico de su angustia—ser o no ser escritor, that’s the question!—y a afianzar su pasión por el simple y mero hecho de escribir.

Esto lo ilustran perfectamente dos anécdotas conectadas por un hilo de sangre. Cuando trabajaba en la televisora Westinghouse Broadcasting Company, el editor argentino Jorge Álvarez le preguntó si tenía alguna obra para publicar. “No tenía nada, así que me guindé a escribir El embrujo del olor a huevo frito—obra de la que hasta la fecha solo se conocen fragmentos. “Un día me dije: ¡qué estoy haciendo! Estoy fabricando un libro para enviárselo a Jorge Álvarez”. Rodríguez paró en seco de escribir. Fue de una reacción que expresa genuinamente su relación con la escritura como un fin en sí mismo, un fin resueltamente alejado del prestigio social que brinda el sistema del mercado editorial y la crítica literaria.

La pico’e loro

Esa misma actitud, que traduce un compromiso existencial profundo con la creación, que es la razón de ser del artista, queda plasmada en la segunda anécdota. Transcurre una noche al salir del Kansas City Bar, un club de moda frecuentado por la élite bohemia de la época, cuyo factótum no era otro que Andy Warhol. Mientras caminaba, junto a el Príncipe Negro (Rolando Peña), por los lados de Union Square tropezaron con un hombre. Sin saber muy bien cómo, Rodríguez se vio enredado en una escaramuza verbal con el desconocido. El hombre lo insulta y saca una navaja pico e’ loro. En el forcejeo con el arma, la mano del escritor recibe seis tajos. Está a punto de ser apuñalado y en ese instante piensa en que si muere no podrá terminar el libro que le encargó Jorge Álvarez y cuya escritura abandonó. Le salen fuerzas de donde no sabe, logra arrebatarle la navaja al atacante y la tira lo más lejos posible. “Me volví una fiera”, recuerda. Luego se le encima al agresor y lo golpea con toda su saña. La policía llega… pero eso no viene al caso. Lo que viene al caso es precisamente ese “me volví una fiera”, en virtud del apasionado compromiso con la escritura, cuya defensa puede llevarlo a uno arranques temerarios y disparatados”.

“Ji, ji, ji”, se ríe ahora, 30 años más tarde, tosiendo, suspirando y mostrando la mano surcada por cicatrices y de la que, para remate, ha perdido medio dedo. “Es mi diploma de graduación de carpintero. Lo obtuve en los talleres de carpintería de la Universidad de Nueva York”. Sin embargo, al escuchar el relato de esos años da la impresión de que se trataba de un momento de su vida en el que la angustia aflojó su nudo. Vivía modestamente en una pieza del YMCA y trabajaba por un salario nimio en la WBC. Pero las privaciones económicas curiosamente lo acercaban a la escritura. Escribía en las tardes luego de trabajar y seguía guardando papeles, entre ellos los que conforman el poemario De otra demora del que también solo se han visto algunos textos. En las noches se dedicaba a bailar frenéticamente en los clubes, por lo cual obtuvo el apodo de Rubber Legs (piernas de goma) en honor a un antiguo gángster, que se dedicaba al baile cuando hacía una pausa de sus fechorías.

De su regreso a Venezuela luego de vivir en Nueva York es muy poco lo que cuenta. Pasó una larga temporada en Mérida. Volvía a ratos a Caracas, donde se tropezaba con de vez en vez con amigos entrañables. Uno de ellos, Ludovico Silva, siempre lo alentaba a publicar sus papeles. Rodríguez recuerda, con precisión y nitidez, su último encuentro con el filósofo marxista.

El huevo frito

Ese encuentro está ineluctablemente ligado la historia de su libro inédito El embrujo del olor a huevo frito. “Ese libro empezó a escribirse en Nueva York y terminó en Mérida, 23 años después. Un día me encontré en Caracas con Ludovico Silva y me preguntó cuando iba a sacar el libro. ‘Esos huevos fritos tienen ya 23 años en la candela y si siguen ahí se van a chamuscar’. Yo le dije: Ludovico, no te preocupes yo voy a sacar una copia y te la voy a enviar. Terminé la copia un domingo y al lunes siguiente cuando iba a despachársela, me encontré con un amigo que me dijo ‘¿Chico, tú no sabes que Ludovico se murió ayer?’. Era, por cierto, al día siguiente de las elecciones de 1988”.

Dado que su vida es una trayectoria zigzagueante, plena de mudanzas inusitadas que lo llevaron al desempeño de los oficios menos congruentes, su biografía abunda en silencios profundos como agujeros negros. Según una cronología elaborada por él mismo, fue “recepcionista,  obrero de montaje, electricista, ayudante de cocina”. Y también subraya que acompañó distintas iniciativas culturales, entre las cuales se encuentra su participación en once proyectos cinematográficos –su afición por el cine se transparenta en Quanos, su último libro concebido a la manera de un conjunto de narraciones cinematográficas. Pero, en contraste, es casi nada lo que se puede sacar en claro de los motivos que empujaron esa incesante vagabundeo.

Sería convencional esgrimir la trillada tesis del artista incomprendido, cuya obra apenas comienza a ser valorada cuarenta años después. También es muy presuntuoso alegar que Rodríguez ha sido un escritor visionario. Ninguna de las dos cosas es completamente cierta. En cambio, valdría la pena considerar los avatares de su existencia—que tanto recuerdan el despojamiento y la profundidad vivencial de un Maqroll el gaviero, anti-héroe de la obra de Álvaro Mutis—como la cifra o expresión de una obra que, como bien lo dice José Moreno, es una crónica de su época. Esa crónica es el resultado de la conflagración entre la circunstancia de vida y una subjetividad indómita, que hunde sus raíces en el acto de escribir hasta hacerse indistinguible de él.

Es por eso que en esta etapa de su vida, medio ciego, medio sordo y medio renco, Rodríguez pueda sorprender a su interlocutores afirmando sin remilgos que ha dejado de escribir, que la escritura ya no le interesa. La búsqueda ha cesado, no es necesario que nadie pronuncie la sentencia “Tu eres escritor”. Como saldo a favor deja las obras, detrás de las cuales su biografía se vuelve una sombra. Es por eso que en la escueta cronología antes mencionada cabe todo lo que ha sido esencial para él.

De su puño y letra, se lee:

“Nació en Porlamar, Isla de Margarita, el 8 de julio de 1927

Ha vivido en varios países del mundo en los cuales ha ejercido los más diversos oficios: recepcionista, obrero de montaje, electricista, ayudante de cocina. Ha colaborado en la realización de algunas películas, participando como actor en un par de ellas, incluyendo Se solicita muchacha de buena presencia y motorizado con moto propia del venezolano Alfredo Anzola.

OBRAS PUBLICADAS

Al sur del Equanil (1963)
El bonche
 (1976)
La noche escuece
 (1985)
Viva la pasta / Las enseñanzas de Don Giuseppe (1985)
Ínsulas
 (1996)
Quanos
 (1997)

Actualmente vive en algún lugar de las montañas del estado Aragua.

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Esta entrevista fue publicada por primera vez en 2005. Fue reproducida en Prodavinci el 24 de junio de 2011, año en el que murió Renato Rodríguez, para recordar la vida y obra del autor venezolano.¶

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Línea de fuego

Cigarrillos y sonrisas antes de una batalla de la Guerra Civil Española

 

Zenda Libros explica: A continuación publicamos la nota de prensa de la editorial Alfaguara anunciando el lanzamiento, el 6 de octubre, de la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte, Línea de Fuego, de la cual reproducimos el comienzo.

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Por primera vez, después de treinta años de exitosa carrera literaria, Arturo Pérez-Reverte aborda de forma directa, en una espléndida novela, el episodio más trascendental de la historia reciente de España, la Guerra Civil, para contar la memoria de nuestros padres y abuelos, que es nuestra propia historia.

En la noche del 24 al 25 de julio de 1938, durante la batalla del Ebro, 2.890 hombres y 14 mujeres de la XI Brigada Mixta del ejército de la República cruzan el río para establecer la cabeza de puente de Castellets del Segre, donde combatirán durante diez días. Sin embargo, ni Castellets, ni la XI Brigada, ni las tropas que se le enfrentan en Línea de fuego existieron nunca. Las unidades militares, los lugares y los personajes que en esta novela aparecen son ficticios, aunque no lo sean los hechos ni los nombres reales en que se inspiran. Fue exactamente así como padres, abuelos y familiares de numerosos españoles de hoy combatieron en ambos bandos durante aquellos días y aquellos trágicos años. La batalla del Ebro fue la más dura y sangrienta de cuantas se han librado en nuestro suelo, y sobre ella hay abundante documentación, partes de guerra y testimonios personales. Con todo eso, combinando rigor e invención, el autor más leído de la literatura española actual ha construido, no ya una novela sobre la Guerra Civil, sino una formidable novela de hombres y mujeres en cualquier guerra: un relato ecuánime y fascinante donde se recupera la memoria de nuestros padres y abuelos, que es también nuestra propia historia.

Con Línea de fuego, Arturo Pérez-Reverte sitúa con sobrecogedor realismo al lector entre quienes, voluntarios o a la fuerza, estuvieron no en la retaguardia, sino peleando en ambos bandos en los frentes de batalla. En España se han escrito muchas y excelentes novelas sobre esa contienda desde distintas posiciones ideológicas, pero ninguna como ésta. Nunca antes la Guerra Civil se había contado así.

«Cubrí varias de ellas como reportero, y hay un momento en que descubres que una guerra civil no es la lucha del bien contra el mal… Sólo el horror enfrentado a otro horror.» Arturo Pérez-Reverte.

«Arturo Pérez-Reverte sabe cómo retener al lector a cada vuelta de página.» The New York Times Book Review.

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Así empieza Línea de fuego

Son las 00:15 y no hay luna.

Agachadas en la oscuridad, inmóviles y en silencio, las catorce mujeres de la sección de transmisiones observan el denso desfile de sombras que se dirige a la orilla del río.

No se oye ni una voz, ni un susurro. Sólo el sonido de los pasos, cientos de ellos, en la tierra mojada por el relente nocturno; y a veces, el leve entrechocar metálico de fusiles, bayonetas, cascos de acero y cantimploras.

El discurrir de sombras parece interminable.

Hace más de una hora que la sección permanece en el mismo lugar, al resguardo de la tapia de una casa en ruinas, esperando su turno para ponerse en marcha. Obedientes a las órdenes recibidas, nadie fuma, nadie habla y apenas se mueven.

La soldado más joven tiene diecinueve años y la mayor, cuarenta y tres. Ninguna de ellas lleva fusil ni correaje como las milicianas que tanto gustan a los fotógrafos de la prensa extranjera y ya nunca pisan los frentes de verdad. A estas alturas de la guerra, eso es propaganda y folklore. Las catorce de transmisiones son gente seria: cargan una pistola Tokarev al cinto y, a la espalda, pesadas mochilas con material técnico o gruesas bobinas de cable de teléfono. Todas son voluntarias en buena forma física, disciplinadas, comunistas de militancia y con carnet del partido: operadoras y enlaces de élite formadas en Moscú o por instructores soviéticos en la escuela Vladimir Ilich de Madrid. También son las únicas de su sexo adscritas a la XI Brigada Mixta para el cruce del río. Su misión no es combatir directamente sino asegurar, bajo el fuego enemigo, las comunicaciones en la cabeza de puente que el ejército republicano pretende establecer en el sector de Castellets del Segre.

Dolorida por las cinchas del armazón que lleva a la espalda con una bobina de cien metros de cable telefónico, Patricia Monzón —sus compañeras la llaman Pato— cambia de postura para aliviar el peso en los hombros. Está sentada en el suelo, recostada en su propia carga, contemplando el discurrir de sombras que se dirigen al combate que aún no ha empezado. La humedad de la noche, intensificada por el río cercano, le moja la ropa. Como la bobina y la manta que lleva terciada no dejan espacio para mochila ni macuto —se enviarán con el segundo escalón, les han prometido—, viste un gastado mono de sarga azul con grandes bolsillos llenos de lo imprescindible: paquete de cura individual, una tira cortada de neumático para detener hemorragias, un pañuelo, dos paquetes de Luquis y un chisquero de mecha, documentación personal, el croquis a ciclostil de la zona que les repartió el comisario de la brigada, un par de calcetines y unas bragas de repuesto, tres paños y algodón por si viene la regla, media pastilla de jabón, una de chocolate, una lata de sardinas, un chusco de pan duro, el manual técnico de transmisiones de campaña, un cepillo de dientes, un palito para apretar en la boca durante los bombardeos y una navaja suiza con cachas de asta.

—Estad atentas… Nos vamos en seguida.

El susurro circula entre la sección. Pato Monzón se pasa la lengua por los labios, respira hondo, vuelve a cambiar de postura acomodándose mejor las cinchas en los hombros, y al alzar el rostro para mirar el cielo la borla del gorrillo le roza las cejas. Nunca en su vida había visto tantas estrellas juntas.

Es su primera acción de combate real, pero se beneficia de experiencias ajenas. Lo mismo que la mayor parte de sus compañeras, cuando hace cuarenta y ocho horas supo que su destino estaba al otro lado del Ebro se hizo rapar el pelo por dos razones de importancia: que no se vea de lejos que es mujer, y reducir en los próximos días, poco favorables a la higiene, la posibilidad de que le aniden piojos u otros parásitos. A sus veintisiete años eso le da un aspecto andrógino, de muchacho, acentuado por el gorrillo cuartelero, el mono azul, el cinto de cuero con cantimplora, cartuchera con pistola y dos cargadores, y las botas rusas de clavos recibidas una semana atrás, tan nuevas que aún le hacen ampollas en los talones. Por eso las lleva colgadas del cuello por los cordones, y como casi todas sus compañeras calza alpargatas de suela de esparto atadas con cintas a los tobillos.

—En pie, venga… Ahora nos vamos de verdad. Formad en fila de a una.

Resoplidos, murmullos, sonido de equipos, roces con las compañeras en la oscuridad al agruparse puestas en pie. Se tocan unas a otras para formar fila a lo largo de la tapia, sin más orden que el azar.

—Andando, y sin hacer ruido —se oye susurrar—. Los fascistas aún no se han enterado de la que les viene encima.

—¿Ya empezaron a cruzar los nuestros?

—Hace rato… Nadadores con bombas de mano y equipo ligero sobre neumáticos de coche hinchados. Los vimos pasar ayer.

—Vaya tíos. Hay que tener valor para remojarse de esa manera, en una noche y un lugar así.

—Pues todavía no se oye nada al otro lado.

—Ésa es buena señal.

—Con tal de que dure hasta que estemos allí…

—Vale ya. Cerrad la boca.

La última orden, malhumorada, proviene de la sargento de milicias Expósito. Reconoce Pato fácilmente su voz entre las otras: ronca, cortante, con malas pulgas. Se trata de una comunista seca y dura, de la primera hora. La de más graduación y edad de la sección. Estuvo en el asalto al Cuartel de la Montaña y en la defensa de Madrid y luego se formó durante un mes en la Unión Soviética. Viuda de un sindicalista muerto en Somosierra en julio del 36.

—¿Aún estamos lejos del río? —pregunta alguien.

—Que os calléis, coño.

Caminan en la oscuridad procurando no tropezar, pegada cada una a la compañera que la precede. La única luz es la de las estrellas que sobre sus cabezas cuajan la noche.¶

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Arturo Pérez-Reverte nació en Cartagena, España, en 1951. Fue reportero de guerra durante veintiún años, en los que cubrió siete guerras civiles en África, América y Europa para los diarios y la televisión. Con más de veinte millones de lectores en todo el mundo, muchas de sus novelas han sido llevadas al cine y la televisión. Hoy comparte su vida entre la literatura, el mar y la navegación. Es miembro de la Real Academia Española.

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Sobre Crema Paraíso

Se ha tomado, una vez más, del portal de Prodavinci para ofrecer acá los comentarios de Federico Vegas sobre la nueva novela de Alberto Barrera Tyszka (Caracas, 1960), Premio Herralde (2006) y Premio Tusquets (2015), ambos de novela.

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PERSPECTIVAS

Sobre Crema Paraíso

 

POR Federico Vegas

29/06/2020

He tenido la dicha de amanecer con un libro en las manos, la novela Crema Paraíso. La empecé anteayer en la tarde, sosteniendo en los tramos finales una sabrosa pugna entre llegar al final y lograr que nunca se terminara, como en aquel viejo cuento del Gallo Pelón. Ha habido momentos en que he sentido envidia; tan terrible cuando la ocultas y tan liberadora y dichosa cuando la celebras.

Ahora que ya está en manos de mi esposa, empecé a preguntarme por qué la disfruté tanto y, sumido en ese estado retrospectivo que puede desviarse a la melancolía, recordé una película que vi hace más de medio siglo, Tres alegres compadres.

Un padre y sus dos hijos se enamoran de una misma mujer que resulta ser una estafadora. Hacia el final, los dos hijos, nada menos que Pedro Armendáriz y Jorge Negrete, están en un bar ebrios hasta la madre, contándose sus penas. Dice Jorge:

—Yo la quería a la buena, para compañera de toda mi vida, para bien y para mal.

Pedro lo mira estupefacto, quizás con desprecio, y exclama con lujuria contenida y ya sin destino:

—Yo la quería pos como quiero a mis mujeres. ¡Pa’ gozar de la vida! Aunque después, pues si te he visto no me acuerdo… Pero no tienes idea, nada más pensar en ella… ¡Se me retuerce todita el alma!

Esta escena no la busqué. Apareció de sorpresa, nítida y fluida, trayéndome uno de esos mensajes que viajan entre penumbras pero llegan frescos. Creo vislumbrar cuál es su carga y su sentido.  Por mucho tiempo he estado queriendo y acariciando a la literatura con la responsabilidad y el buen juicio de quien pretende formar parte de una sana y respetable familia, olvidando que uno de sus propósitos más sublimes y necesarios es hacernos gozar de la vida, o invocarla con la misma vehemencia de un charro borracho y abandonado. Puede que Pedro Armendáriz se ufane de no recordar, pero un segundo después nos revela una meta de la literatura aún más valerosa (por lo valiente y provechosa): retorcernos todita el alma.

El verbo “gozar” suena tan irresponsable y desmedido; a menos que se reduzca a la dimensión de un goce. Pero así, en ese estado infinitivo que estira la z y, acompañado de la inmensurable y multifuncional palabra “vida”, suena a pecado irrealizable, engañoso y hasta engreído.

Alberto Barrera nos advierte en la portada que el relato “dinamita la solemnidad de la literatura, la pompa de los cánones y de las cofradías”. Estoy de acuerdo, pero no puedo ofrecer una línea histórica sobre esta tendencia y esta meta profana. Mi formación literaria es tardía y solo ha obedecido a lo que me gusta, tanto, que no puedo dejar de leerlo. Quiero decir con esto que predominan los abandonos más que los esfuerzos. Sí recuerdo sensaciones en que he reído y gozado hasta patear el suelo leyendo a François Villon y a Rabelais. Con Crema Paraíso he tenido que cerrar el libro y llamar a un compadre para descargar mi alegría al llegar al pasaje del “pajarillo verde”. Esa imperiosa necesidad de compartir es la medida que voy a utilizar en el futuro para valorar los libros.

Crema Paraíso no esconde sus intenciones. Ya en el epígrafe nos advierte que conviene abrocharse los cinturones:

Yo a Maradona lo respeto como drogadicto. Lo que haga dentro de una cancha no me interesa.

Cesar Aira

Y así le entramos a una novela en la que el primer personaje en aparecer nos confiesa, incluso se jacta, de odiar los libros con toda su alma: “El papel acumulado a mi alrededor me da grima”. Está hablando de los libros viejos. Por cierto, el único frente capaz de competir con la avalancha de la literatura digital y la única fuente para quienes, como yo, no puede leer en pantallas ni pagar lo que están costando en una librería de Barcelona recién salidos de la imprenta. Adoro esos tablones en los mercados llenos de ajadas y huérfanas criaturas que aguardan por manos que las abran y les permitan volver a respirar. Y todo por un euro.

No voy a contar más sobre la trama y milagros de Crema Paraíso, aparte de algo que no puedo contener. El segundo personaje en aparecer, padre del primero y poeta consagrado, tiene un biógrafo de apellido Troyat. Este Troyat le ha dedicado tanto tiempo a su obra que el poeta sospecha puede estar enamorado y buscando otras cosas. La aparición de Henri Troyat, biógrafo de Tolstoi, Flaubert y de Guy de Maupassant (la de Maupassant fue traducida y editada por Monte Ávila y es tan deliciosa como dolorosa), me hizo cerrar el libro por segunda vez y hacer tres llamadas a tres amigos en tres ciudades distintas. Es mi nueva manía de internacionalizar lo que debería internalizar.

¡Ah! Y otra cosa. Aparece un personaje muy secundario radicado en Panamá, que debe estar inspirado o evacuado a partir de nuestro flamante y flamígero embajador Roy Chaderton. Esto ya es hacer trampa. Usar la referencia de un hombre que exuda en cada frase y cada gesto la seguidilla de “soy mantuano, soy blanco, soy fino, soy culto, estoy perfumado y empolvado, hablo idiomas, como bien y vivo fuera de Venezuela, estiro el cuello hacia atrás y sigo siendo chavista”, y que ha pronunciado en cámara lenta las palabras más crueles y despectivas sobre la condición de un pueblo oprimido y depauperado, es incitar a la galería.

Pero vamos a perdonar a Camilo el exceso de hacernos rememorar nuestra repelencia hacia “Rey Chaderton”. Su libro maneja con tanta gracia la exageración, la desfachatez, las fantasías, las referencias, la libertad, el humor y la variación de registros, que me está contagiando y esta crítica pronto va a parecer escrita por el reseñado.

Antes de terminar, voy a tocar tan brevemente como pueda un punto doloroso. Se trata de algo que brotó durante mi lectura como una sensación más que como un recuerdo: la historia del escritor y periodista Alejandro Rebolledo. No lo conocí, nunca lo leí y apenas escuché hablar de su novela Pim, pam, pum. Su nombre me llegaba como parte de un fragor al que yo no pertenecía ni podía pertenecer. La brecha generacional es más fuerte mientras más contigua y nos separaban veinte años, un mínimo que es un máximo. Así fue hasta el día en que Alejandro murió solo y ciertamente antes de tiempo. Entonces se levantó una ola que parecía haber estado adormecida pero que, con su trágica muerte, tomó una fuerza inusitada y un espíritu entre revisionista y vengativo. Los que, como ya expliqué, éramos de otra generación, no entendíamos el nivel de tanta pasión y tanto odio. Parecía ser más feroz entre quienes mayor (y más reciente) éxito habían obtenido frente al terrible desmadre físico y orgánico de Alejandro, y ya no intelectual o literario.

He revisado Pim, pam, pum. Creo que Camilo pertenece a esa misma generación que ahora llega al medio siglo y fue buen amigo de Alejandro. Creo también, y esto me conmueve profundamente, que Crema Paraíso reivindica la labor del amigo como un pionero que no tuvo la suerte y el tiempo de madurar.

Mi intención con estas líneas es compartir este burbujeante gozar con mis amigos y, a través de Prodavinci, con los amigos de los amigos. Ya el tiempo dirá si Crema Paraíso es capaz de retorcernos el alma al recordarla, y si algún día le entregamos a nuestros hijos o nietos un viejo libro con manchas de humedad y muestras de sabiduría y un profundo amor por la vida.¶

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El Súper Nobel y el mero Nobel

 

Jorge Luis y Mario

 

Es una antigua tradición escandinava: me nominan para el premio y se lo dan a otro. Ya todo eso es una especie de rito. Todos los años me proponen, todos los años me olvidan, eso da prueba de cierta simetría. Siempre recibiré el premio el año que viene.

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo

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Se transcribe a continuación trabajo de Rafael Narbona publicado en El Cultural hoy, Día de San Pedro y San Pablo, acerca de la noticia literaria del año: el libro Medio siglo con Borges de Mario Vargas Llosa. (Alfaguara. Barcelona, 2020. 112 páginas).

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Vargas Llosa se reencuentra con Borges

 

¿Qué convierte a un autor en clásico? Según Borges, la veneración de las generaciones posteriores, que se muestran unánimes en aproximarse a su obra con “previo fervor y una misteriosa lealtad”. En el caso de Borges, se ha cumplido este requisito. Cabe preguntar qué explica esa actitud. ¿Acaso la perfección formal? ¿Tal vez un fondo moral que postula un ideal capaz de sobrevivir a los estragos del tiempo? Más sutil, Borges señala que los clásicos esconden un secreto: “la inminencia de una revelación que no se produce”. En Borges, tan nítido y preciso, siempre hay algo que se escamotea, una frontera que atisbamos, pero que nunca logramos traspasar. Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) ha intentado cruzar ese umbral durante medio siglo, leyendo y releyendo sus libros, entrevistando al hombre, tan distinto de él, y buscando las claves de un universo poblado de tigres, espejos, laberintos, cuchillos, malevos, teólogos, piratas chinos, bibliotecas y pistoleros del Oeste. No le importa reconocer que su empresa solo ha conocido un éxito parcial, lo cual corrobora que Borges es un clásico.

Vargas Llosa confiesa que su mundo literario no puede estar más alejado de Borges. Nunca ha sido capaz de observar el presente con la perspectiva del simple testigo. Siempre ha experimentado la urgencia de bajar a la plaza pública y alzar la voz. Novelista, ensayista e intelectual beligerante, los problemas de la metafísica jamás han ocupado la primera línea de sus inquietudes. Por el contrario, Borges nunca ha sentido aprecio por la novela—a su juicio, una hipérbole innecesaria—y ha preferido mantenerse alejado de la política activa, cobijándose en un anarquismo spenceriano. Su escepticismo siempre le ha distanciado del incómodo compromiso. Vargas Llosa ha creado vigorosos y humanísimos personajes, como el Jaguar, Zavalita o Lituma. Borges no ha engendrado seres imaginarios de recuerdo imborrable. Su principal mérito ha consistido en alumbrar prodigios verbales y filigranas intelectuales. Como su admirado Quevedo, ha pasado a la historia como el creador de “una dilatada y compleja literatura”. Su genio verbal supera al de Vargas Llosa, pero su orbe literario carece de pasiones humanas. Apenas habla de amor y omite el sexo.

En 1963, Vargas Llosa entrevista a Borges en Francia. Invitado a un congreso literario, el argentino manifiesta su estupor por su fama tardía. A los sesenta y cinco años, se ha convertido en una celebridad. Habla con nostalgia de los treinta y siete compradores de la primera edición de Historia de la eternidad, un título capcioso que esconde un oxímoron, pues la eternidad, en tanto negación del devenir, no puede tener historia. Ahora tiene miles de lectores y siente que es como no tener ninguno, pues solo son una masa impersonal. Borges elogia a Léon Bloy, un energúmeno adorable que concibió el universo como un texto con una gramática oculta. La segunda entrevista entre Vargas Llosa y Borges acontece en un apartamento del centro de Buenos Aires. Han transcurrido casi veinte años. Al peruano le sorprende la austeridad de la vivienda, con pocos y maltratados muebles, y con manchas de humedad en las paredes y el techo. Borges convive con un gato, Beppo, y le atiende una criada, que hace las funciones de lazarillo. No hay muchos libros en la casa y es inútil fatigar las estanterías buscando una obra de Borges. “El tema no me interesa”, confiesa el argentino. “¿Y quién soy yo para codearme con Shakespeare Schopenhauer?”. Cuando le preguntan si está dolido porque la Academia Sueca no le haya dado el Nobel, contesta que no: “Esos caballeros comparten conmigo el juicio que tengo sobre mi obra”. Agnóstico, no le preocupa la muerte. La nada le parece una perspectiva apetecible.

Vargas Llosa explica que en sus inicios el argentino le parecía todo lo contrario de lo que admiraba. Frente a Sartre, su modelo, Borges era un exquisito recluido en su atalaya de marfil. Años más tarde, cuando ya no soportaba a Sartre y a sus catecúmenos, comprendió que Borges era lo más extraordinario que le había sucedido en el siglo XX a la literatura en lengua española. Borges sacó a nuestras letras de su provincianismo, redescubriendo territorios tan vastos como los mitos escandinavos, la poesía de Milton, las pesadillas de Poe, la exactitud de Valéry, la pavorosa imaginación de Stevenson o los sarcasmos de Chesterton. Fue un renovador de la talla de Rubén Darío. No obstante, hay algo que separa a Borges de Darío. El nicaragüense creó escuela; Borges, en cambio, es inimitable. El autor que intenta imitarlo desemboca en la parodia, advierte Vargas Llosa. Su originalidad es estrictamente irrepetible. “La revolución de Borges es unipersonal; lo representa a él solo. Borges es una anomalía”. Se mueve en el ámbito de lo intelectual y abstracto, cultivando la parquedad. Deshidrata al idioma y lo reinventa desde la inteligencia. Su disciplina del adjetivo es deslumbrante. Con la edad, Borges se hizo menos barroco, siguiendo el magisterio de Alfonso Reyes, que incitaba a la claridad y la sencillez. Vargas Llosa, dolido por el menosprecio de Borges hacia la novela, apunta que ese rechazo procedía del horror al “barro humano”. Ese recelo explica sus bandazos en política. Feroz crítico de HitlerStalin, Castro y Perón, alabó a Videla y Pinochet. Rectificó años después, con escaso énfasis.

Agasajado y aclamado, Borges era un hombre solitario y con miedo a los afectos. Vargas Llosa señala que la obra del argentino es “uno de los milagros estéticos del siglo”, pero “por exceso de razón y de ideas”, hay en ella “algo inhumano”. Su insolencia vanguardista nunca se apagó, impeliéndole a hacer comentarios llenos de malicia, como cuando dijo que Lorca era “un andaluz profesional” y habló del “polvoriento Machado”. Vargas Llosa señala la inadvertida influencia de Borges sobre Onetti—Santa María es un eco de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius—y destaca su ética de escritor, apreciable incluso en las reseñas que escribió en los años 30 para una revista de amas de casa llamada El Hogar. Borges conoció el amor con María Kodama. Con ella viajó en globo, navegó por el Nilo y escanció con la mano la arena del desierto. No fue un matrimonio de interés, sino un regalo inesperado. Un soplo de dicha en una vida marcada por el fracaso sentimental.

Medio siglo con Borges es un festín de la inteligencia con dos comensales extraordinarios. Confronta a un escritor “podrido de literatura” que soñó con ser un hombre de acción con la “orgía perpetua” de un novelista con grandes dotes como crítico literario. Borges opinaba que “el pensamiento de Schopenhauer” y “la música verbal de Inglaterra” superan a la vida en interés. Vargas Llosa discrepa: la vida real esconde más riqueza y misterio que cualquier experiencia estética. Sin embargo, este libro cuestiona ese razonamiento. Yo he tenido la impresión de leer un relato más del escritor argentino. El talento de Vargas Llosa, otro gigante de las letras, transforma los textos reunidos en una filigrana narrativa con tintes oníricos. El encuentro entre los dos genios parece en algunos momentos una inspirada escena de Flaubert, al que ambos tributan una admiración simétrica. Borges diría que la realidad está sobrevalorada y que no se le puede hacer mayor halago que exaltarla como si fuera ficción. Solo la fructífera pluma de Vargas Llosa, también infectada por la literatura, podía lograr un prodigio semejante.¶

Rafael Narbona

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