El blog de Las Hormigas

¡Saludos formíceos! Desde Caracas, Venezuela, le damos la más cordial de las bienvenidas a este registro de actividades del club de lectura Las Hormigas.

Buenas y malas palabras

 

La firma del filólogo

 

Non ha mala palabra, si non es a mal tenida; verás que bien es dicha, si bien fuese entendida.

Arcipreste de HitaLibro de buen amor

(Epígrafe en la portada de la primera edición de Buenas y malas palabras)

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Nacido en Polonia, a los seis años llegó a Argentina con su familia, donde creció y realizó todos sus estudios. Se formó con Amado Alonso en el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires, y tuvo entre otros maestros a Pedro Henríquez Ureña; Alonso le mandó preparar el primer tomo de lo que sería la Biblioteca de Dialectología Hispanoamericana y le inculcó los métodos de trabajo de la Estilística idealista; estudió luego en la Universidad de Berlín (1931-1933); en Madrid trabajó en el Centro de Estudios Históricos con Ramón Menéndez Pidal entre 1933 y 1936; en 1946 se afincó en Venezuela contratado por Mariano Picón-Salas para el Instituto Pedagógico Nacional como profesor de castellano y latín y fundó en 1947 la Cátedra de Filología de la Universidad Central. Se nacionalizó venezolano en 1950 y dirigió el Instituto de Filología Andrés Bello de la Universidad Central de Venezuela; investigando sobre todo sobre el Español de América en su modalidad venezolana, elaborando un gran fichero lexicográfico de venezolanismos. Colaboró en el «Papel Literario» del diario El Nacional y fue redactor de la revista Tierra Firme. (Ángel Rosenblat – Wikipedia en Español).

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Es motivo de orgullo para los venezolanos que un natural de Wegrow, Polonia, formado en Buenos Aires y Berlín y colaborador del enorme filólogo Ramón Menéndez Pidal, escogiera a nuestro país como patria, donde murió en 1984. Los siguientes fragmentos pertenecen a sus Palabras preliminares en Buenas y Malas Palabras:

 

Si una expresión es del habla popular o familiar, tiene su legitimidad en sí misma. La manera de hablar del pueblo venezolano, o del colombiano, argentino, castellano o andaluz, debe inspirar siempre el mayor respeto. La voz del pueblo es casi siempre la voz de Dios. Pero con el habla culta, la del libro, del periódico o de la conferencia, la actitud debe ser distinta. La lengua se afina desde la escuela hasta la universidad, desde la carta hasta el libro o el periódico, desde la conversación hasta la conferencia, y el filólogo no puede de ningún modo permanecer indiferente ante el uso del lenguaje o la educación del lenguaje. La lengua popular y familiar debe tener color local, debe ser espontánea y vivaz. En cambio, la lengua culta obedece a normas generales de unidad hispánica. Mientras que la variedad y la diferenciación es el sino forzoso del habla popular y familiar, la unidad es el ideal de la lengua culta, y corresponde a la comunicación cultural y a la educación acercarnos constantemente a ese ideal. El habla culta tiene, además del peligro de la incorrección, el de caer en la afectación y la pedantería. Y contra todos esos peligros sí cabe extremar el rigor.

Ángel Rosenblat

Con todo, no hay divorcio absoluto entre habla popular o familiar y habla culta, y el criterio normativo no es siempre tan claro y elemental. El habla popular penetra a veces en la lengua culta y viceversa. ¿Habrá que condenar—como hacen algunos puristas recalcitrantes—una palabra tan expresiva como íngrimo,* que encontramos en la alta prosa de Mariano Picón Salas o en el noble verso de Ida Gramcko? Creo que son los escritores y poetas los amos de la lengua y que el íngrimo nuestro tiene tanta dignidad como el lígrimo, salmantino del verso de Miguel de Unamuno.

(…)

 

El criterio de corrección es más complejo de lo que suponen algunas personas. Hay quienes se mueven con mucho aplomo apoyados en dos muletas: el Diccionario y la Gramática de la Real Academia. Cuando no encuentran una palabra en el Diccionario le arrojan en seguida el anatema: «¡No existe!». Y si algo no está enteramente de acuerdo con la Gramática, se exasperan: «¡Es un disparate!» Ser filólogo de esa manera no parece profesión difícil.

Una de las ediciones

Pero sí un tanto expuesta al ridículo. Porque al año siguiente sale una nueva edición del Diccionario o de la Gramática y acoge la expresión antes condenada, que entonces empieza a «existir» (no es la inclusión en el Diccionario lo que le da existencia, sino su existencia lo que le gana un lugar en el Diccionario), o convierte el «disparate» en norma sagrada. He estudiado con todo interés la historia de la Academia desde 1711, y la he seguido a través de una serie de vacilaciones, fluctuaciones, avances y retrocesos. Es institución humana, y la Real Academia Española ha sido siempre mucho más liberal y progresiva que la Academia Francesa. A través de una labor muy útil y vasta, ha procurado estar a tono con la lengua culta y seguir sus pasos. No le toca ser paladín de vanguardismo, sino desempeñar una honorable función conservadora.

Hay una forma útil de purismo y hay una forma negativa, esterilizante. Si una expresión «no existe», es claro que no se puede estudiar. El purista que así procede hunde la cabeza en la arena y se niega a ver y oír. Elimina así automáticamente una parte importante del lenguaje y le niega todo interés humano. Para nosotros, por el contrario, todo lo humano tiene interés, y nada humano, en materia de lenguaje, nos es ajeno. ¶

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* Hace bastante tiempo que el hermoso adjetivo íngrimo—que se escucha redundantemente en la expresión “íngrimo y solo”—fuera reconocido en el Diccionario de la Lengua Española, que define hoy: íngrimo, ma Del port. íngreme ‘escarpado’. 1. adj. Am. Cen., Col., Ec., R. Dom. y Ven. Solitario, abandonado, sin compañía.

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Federico Vegas: “Todo es ficción”

 

Federico Vegas / Vasco Szinetar©

 

Narrador y ensayista, Federico Vegas ha publicado en España su más reciente novela: Los años sin juicio (Editorial Kalathos, 2020)

Papel Literario de El Nacional

Agosto 23, 2020

Por NELSON RIVERA

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—Hábleme, por favor, de su cuarentena. ¿Cómo la ha sobrellevado hasta ahora? ¿Ha cambiado sus hábitos? ¿Ha experimentado nuevas sensaciones o pensamientos? 

—Al principio de la cuarentena recordé el cuento del tipo al que preguntan:

—¿Te gusta Plácido Domingo?

La respuesta no se hace esperar:

—Lo prefiero al jodido lunes.

Nuestra cuarentena lucía como una mezcla de plácidos lunes y jodidos domingos. Los lunes me preguntaba: “¿Para qué trabajar si no hay donde ni para qué?”. Y los domingos: “¿Para qué descansar si no hago otra cosa?”. El resto de la semana la preocupación era aún más errática: “¿Qué día es hoy?”.

El inicio de este embrujo a lo Bella Durmiente nos agarró pasando por Nueva York vía Santo Domingo. Lo que debía ser una rasante semana se convirtió en más de cuatro meses (si es que algún día logramos salir de Manhattan). La ciudad que nunca duerme se transformó en la que nunca despertaba. La ciudad que está llena de historias se convirtió en una geografía de picos y acantilados, grutas y angostos valles por donde caminábamos como unos enmascarados que no encuentran donde robar. Entonces me dio la fiebre de hacer videos y entré en un estado de furor creativo. Ha sido mi arma contra el virus y la depresión.

Paul Eluard

En medio de esos andantes esfuerzos por ubicarnos, por dejar de ser turistas accidentales y convertirnos en exploradores acuciosos, recordé una incitante frase de Paul Éluard: “Hay otros mundos, pero están en este. Hay otras vidas, pero están en ti”. El hecho de estar donde no se suponía que estuviéramos me hizo revisar la relación entre “estar” y “ser”. Asumí que soy donde estoy y seré donde quiera que esté.

La otra cita que quisiera compartir, porque la he tenido muy presente, es de Emerson: “El ojo es el primer círculo y el horizonte que forma nuestra mirada es el segundo. A través de la naturaleza esta figura primaria se va repitiendo sin cesar”.

Emerson explica su visión utilizando una inquietante frase de San Agustín: “La naturaleza de Dios es como un círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”. Gracias a esta imagen y el mareo que produce, comencé a comprender que alrededor y en el interior de todo círculo puede emerger otro círculo, que todo final es un comienzo, toda eternidad un instante, cada fracaso una oportunidad, cada encierro una liberación.

Tenemos la tendencia a considerar, por necesidad o vanidad, a algunos de los círculos que nos contienen como sólidos y permanentes, a veces incluso los santificamos con la pretensión de hacerlos inmutables. Sumidos en este afán terminamos eligiendo entre el aro de nuestro cuerpo, de la pareja, del hogar, del trabajo, de la ciudad, del país, del continente, del mundo, la dimensión que más nos convenga y la convertimos en nuestra principal referencia y refugio. “Me va mal con mi pareja pero adoro mi ciudad”, o “mi familia está loca, pero yo estoy cuerdo”, “Venezuela es un horror pero Barcelona me comprende”. A los venezolanos se nos ha enrarecido el terruño y la patria. Solo nos queda un mundo que ahora no parece muy confiable.

Esta detención en un tiempo y un espacio donde nada parece seguro y permanente me ha sumergido en una visión más completa, menos compartimentada, más interdependiente. Digamos, para volver a Emerson, que estoy intentando integrar el punto de partida de mi mirada a los horizontes que soy capaz de vislumbrar hasta concebir esa totalidad como algo indisoluble y continuo.

—La pandemia parece haber desatado una especie de auge reflexivo sobre el devenir del mundo. Incluso se propone como un mandato: hay que repensar nuestro modo de vivir. ¿Cómo se siente usted ante estas cuestiones? ¿Tiene preocupaciones con respecto a los desafíos que tendrán que enfrentar sus hijos y nietos en los próximos años y décadas?

—La vida se parece a las películas en una relación de un año por minuto. No me refiero a los 298 minutos de Lo que el viento se llevó, sino a los 96 de Night in the city de Jules Dassin (la recomiendo). Según esta fantasía, me quedan unos 26 minutos de película. A estas alturas de la función, uno presiente que se aproxima un final y trata de adivinar cuál será. En nuestro caso, esta noción de un drama con una posible conclusión empieza a enrarecerse y ponemos en duda hasta el sentido de los 70 minutos que ya hemos visto y vivido.

No quiero ser apocalíptico, pero hay una sensación, tan pequeña y absurda como se quiera, de que el hombre puede acabar con su planeta. Esta pandemia es una crisis profunda que nos asoma a una crisis aún más profunda. ¿Acaso podemos hablar de “cuando volvamos a la normalidad”? ¿Cuál normalidad? La palabra “normal” se ha tornado tan siniestra.

Me preguntas: “¿Hay que repensar nuestro modo de vivir?”, y el problema es que hemos dejado de pensar. Queremos acciones tan concretas como mágicas; mientras menos individuales y más colectivas, pues mejor. Creemos que “pensar” es un difuso acto espiritual y resulta que quizás sea una reacción física, ciertamente lenta y dubitativa, pero no por esto un derecho exclusivo del hombre. El planeta está pensando por nosotros. Espero que no sea en nuestra contra.

¿Me preocupan los desafíos que deberán enfrentar mis hijos y nietos? Sí me preocupan, pero más me angustia que carezcan de desafíos, o que no logren articularlos, o que ya no tenga sentido enfrentarlos.

—Se le reconoce como a un autor que produce sus novelas sobre la base de un riguroso trabajo de investigación. En el caso de Los años sin juicio, ¿en qué consistió su investigación?

—La investigación puede ser una gran trampa para quien pretende escribir una novela. Las novelas exigen introspección para pulir el espejo donde se van a reflejar los hechos. Ese espejo es el propio novelista. La investigación puede volcarnos hacia fuera y así, orgullosos y doctos, nos vamos separando de nuestra propia alma, la única fuente genuina para alimentar el espíritu de los protagonistas.

Voy a contarte sobre un proceso que transita por esta pregunta y las dos siguientes.

Yo era muy inocente cuando empecé a escribir Falke. La primera clave fue una carta donde Rafael Vegas, el héroe y la víctima de una posible novela, hace un intento de escribir su propia historia. Son unas once páginas que terminan en una línea: “No puedo. Esto me resulta demasiado doloroso”. Leí y releí estas once páginas como si fuera a actuar en una obra de teatro. Las recité en voz alta para que el espíritu de Rafael corriera por mi sangre como un sarampión. A partir de ese punto, investigué los documentos históricos e intenté volver a esos lugares y a esos años. El método funcionó. Me convertí en un postrafaelita.

Investigar equivale a seguir la pista de un animal, de un ser. Vestigium es la huella que deja una pisada. Cuando investigamos seguimos los pasos. El novelista debe quitarse los zapatos y sentir esa huella en sus propias plantas. Con Falke he debido asimilar para siempre un método que me dio tanto combustible y placer, pero no lo concienticé, y con Sumario cometí un grave error. Inventé un personaje, el secretario del juzgado que maneja el expediente del asesinato de Carlos Delgado, y lo utilicé como centro, como eje, como el alma donde iba a reflejarme. Y resulta que tenía en mis manos las huellas de dos tesoros psicológicos y literarios, Carlos Delgado y Rafael Urbina, la víctima y el victimario. Hubiera sido genial jugar con ese par de espejos; ser un día Urbina y al día siguiente Carlos Delgado. El libro que escribí, cundido por ese afán de investigar, podría haber servido de base para el texto que ahora sufro por no haber escrito.

Con Los Incurables mi despiste fue aún mayor. Realicé una especie de “exvestigación”. En vez de adentrarme en la senda de Reverón utilicé a un investigador que estudia a un psiquiatra que estudia a Reverón. Fue un ejercicio de alejamiento. Con esta fórmula se fue almacenando la información hasta aplastar la novela y paralizarla. Llegué al colmo de usar “footnotes”, notas a pie de páginas que crearon un pesado reguero de huellas.

Creo que las fronteras entre realidad y ficción no son importantes, al punto que lo ideal es que resulten imperceptibles. Lo importante son las fronteras, o la ausencia de ellas, entre el alma del novelista y las de sus personajes. Todo es ficción. La distancia entre los hechos y unos signos llamados letras que pretenden definirlos es tan inmensa que solo podemos aparentar, modelar, simular, fingir. La única realidad posible es aceptar esta imposibilidad y disfrutarla.

En Los años sin juicio se da una relación muy particular. La novela nace en mi primera visita a Herman Sifontes en un lúgubre edificio clavado en San Agustín del Sur. A las nueve de la mañana entregué mi cédula en la puerta y me bajaron a un sótano.

Me siento a conversar con Herman en una celda donde solo hay una cama y una silla. A la hora le digo que tengo que irme y me advierte:

—Tienes que esperar hasta el mediodía, que es cuando dejan salir a las visitas.

La silla, de un plástico azul algo fosforescente, de pronto, explota. No se partió, más bien se esfumó bajo los efectos de un rayo cósmico. Peso 80 kilos, luego tiene que haber sido por mi nivel de tensión.

Herman no lamenta la desaparición de su único mueble. Me ayuda a incorporarme y me dice consolándome:

—No te preocupes, solo faltan dos horas para que te vayas.

A él le faltaban tres años. Nunca hubo sentencia ni veredicto. Un buen día le dijeron que ya podía irse. Lo culpaban de haber manipulado el precio del dólar y ya la tasa de cambio era tan escandalosa e inconcebible que había dejado de ser un tema.

Ese día supe que debía enfrentar mi absoluta imposibilidad de estar preso escribiendo una novela a través del calvario de Herman. Mi alma tenía donde reflejarse. El reto y la dificultad es que se trata de un alma articulada, valiente, vigente, presente, intensa y muy querida. Quizás haya habido un exceso de reflejos. Muchas veces sentí que escribía una biografía y apenas me asomaba entre sus líneas. Lo importante es que el proceso de nuestro intercambio nos hizo bien a los dos.

En la novela la silla es verde. Ahora me pregunto si era verde o azul. Quizás los colores cambian en la memoria como en los álbumes viejos.

—Una corriente muy bien lograda en su novela es la de la complejidad carcelaria. ¿En qué medida la cárcel de Los años sin juicio metaforiza la crisis venezolana?

—Creo que el gran fallo de la novela es que mi visión carcelaria se queda corta.

Recuerdo un chiste que jugaba con la palabra “metáfora” entendiéndola como “mitad afuera”. La novela refleja la mitad menos terrible. Estamos en el 2010. Falta la tortura y el hambre que ahora son la norma. El video del diputado Juan Requesens, en interiores lleno de excrementos, enflaquecido y girando como un zombi ante la cámara por orden de un fiscal, nos asoma a otro círculo del infierno. Los más altos dignatarios hicieron el mismo indigno comentario describiendo las imágenes filmadas por sus esbirros: “¡Se ve que el hombre está asustado!”.

Pero, ¿cómo medir la escala del horror? En la novela, un amigo del protagonista le pide que no publique sus memorias pues no van a caer bien: “Pueden acusarte de frivolizar la realidad. Hay una distancia muy grande entre lo que viviste y las tumbas donde martirizan a tantos jóvenes”.

Esta sugerencia le pega muy duro a quien ha narrado una experiencia de vida en la que ha perdido su matrimonio y su empresa, y comenta desolado:

No puedo decir que lamento el que sea infinita la distancia entre lo que vivimos nosotros y lo que ahora mismo está sucediendo, pero también era insalvable la distancia que había entre mi amigo, cuando entraba en el ascensor que lo llevaría a su casa, mientras yo me adentraba en el pasillo que me llevaría de vuelta a mi celda. Alguna vez cruzamos miradas justo antes de traspasar esos dos umbrales. Esa es la diferencia a la que he dedicado estas páginas.

—En algún momento, el narrador caracteriza cuatro visiones del mundo —realista, optimista, escéptica y pesimista medular—. ¿Es usted un pesimista medular? Las cuatro novelas que he referido aquí —FalkeSumarioLos incurables Los años sin juicio—, ¿acaso hablan de un horizonte del mundo, sino pesimista, al menos cargado de sombras y dificultades casi irresolubles? ¿Hay en su fondo un estado de ánimo, una sentimentalidad común que las recorre de comienzo a fin?

—A mi padre le encantaba el cuento de dos hermanitos, uno optimista y el otro pesimista, ambos en exceso. Una navidad los padres deciden remediar esos extremos y le regalan al pesimista una bicicleta y al optimista unos cagajones. El 25 en la mañana llega el pesimista muy triste al cuarto de los padres y comenta:

—El niño Jesús me trajo una bicicleta. Seguro que termino cayéndome y me parto un brazo y me pasaré la vacación enyesado.

Mientras lo consuelan, se oyen los gritos de alegría del optimista:

—¡El niño Jesús me trajo un pony! ¡Ya encontré la mierda!

Quizás esa sea la labor de un escritor, dar pistas que nos asomen a los extremos y los espectros, a las posibilidades y las limitaciones, a las dos y dos mil caras de la vida y el vivir.¶

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Una carretada de libros

La venta ambulante de libros

 

“No es una cosa exclusiva para las élites”: El colombiano que cambió una carreta de agua para vender por ‘otra’ llena de libros

 

Su proyecto ‘La carreta cultural’, ha recorrido las ferias del libro de Buenos Aires, Caracas, Guadalajara, Panamá y Madrid.

 

Texto de Nathali Gómez

Fotos de Tico Angulo

Publicado: 27 ago 2020 13:26 GMT por Russia Today actualidad

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Como si fuera una historia sacada de las páginas que día a día narra para quienes lo quieran escuchar, el colombiano Martín Roberto Murillo cambió la carreta donde vendía agua, refrescos y cervezas por las calles del centro histórico de Cartagena por una llena de libros.

Del otro lado de la línea telefónica, en una conversación con RT, comienza a hablar de ‘Mendel, el de los libros’, del escritor austriaco Stefan Zweig. Mientras cuenta cómo se desarrolla el relato, sus palabras dibujan los personajes y sus acciones de una manera tan atrayente que de inmediato surge la curiosidad por conocer más.

En un libro tienes que buscar la ventanita, el hilo, ese párrafo que te puede contar algo”, dice Murillo, quien el 23 de mayo de 2007 dio el paso definitivo para dejar de ser vendedor de bebidas y empezar a promover la lectura a través de su proyecto ‘La carreta literaria’, para “ser un hombre más útil a la sociedad”.

 

‘El viejo y el mar’

Cuando habla de sí, se compara con Santiago, el pescador protagonista de ‘El viejo y el mar’, su libro preferido, escrito por Ernest Hemingway.

“Santiago es un hombre que me identifica: pobre, que parece sin aspiraciones, pero que pesca, que lucha con la adversidad y que tiene los ojos invictos. En la primera página te dice todo: ‘La vela estaba remendada con sacos de harina y, arrollada, parecía una bandera en permanente derrota‘”.

Martín nació hace 52 años en el barrio César Conto de la ciudad de Quibdó, en el Chocó, uno de los departamentos colombianos que acumula más récords negativos: pobreza monetaria, victimización en el conflicto armado de ese país y recepción de desplazados que huyen de la violencia en sus territorios.

Este colombiano, que estudió hasta 5° grado de educación primaria, recuerda leer desde pequeño, pero “no con ese fervor” actual. De joven, cuando vendía bebidas, se informaba sobre temas deportivos y soñaba con ser analista de la NBA. Sin embargo, en 2003, conoció a alguien que lo ayudaría a que su vida tomara otra dirección.

 

Por una botella de agua

Antes y ahora

Martín era reconocido en las calles de Cartagena, uno de los principales destinos turísticos de Colombia donde paralelamente hay un importante índice de pobreza y desigualdad, como el vendedor ambulante que siempre estaba leyendo.

A su carreta se había acercado Jaime Abello, director de la Fundación Gabo, que en ese entonces se llamaba Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), a quien conoció a finales de 2002 al venderle una botella de agua.

En mayo de 2003, tras idas y venidas de Abello, se reencontró con él y tuvieron una reunión en la antigua FNPI, que sería definitiva para darle un vuelco a su vida. “A partir de ahí quedé prendido de que había que leer. Era vendedor ambulante y todas mis ganancias las utilizaba en comprar libros”.

Tengo una serie de patrocinadores, de marcas en la carreta, y eso me permite desarrollar mi proyecto.

Así, hace 17 años comenzó a trabajar con la fundación, donde conoció a “los mejores maestros del periodismo en español y portugués” y fue invitado a los talleres que reunían a reconocidos periodistas, como Carlos Monsiváis y Alma Guillermoprieto (México), Miguel Ángel Bastenier (España) y Jon Lee Anderson (EE.UU.), entre otros.

 

El camino hacia la carreta

Vivió 12 años y medio en un hotel de la calle La Media Luna, “que era un lugar con cierto peligro, de prostitución, de drogadicción. Era una calle oscura”. “Sabían que era una persona trabajadora. Me había ganado el espacio en la ciudad“, afirma.

En 2007, asistió al Congreso de la Lengua Española donde se homenajeó al Nobel colombiano Gabriel García Márquez por el 40 aniversario de su obra más conocida, ‘Cien años de Soledad’. A partir de esta actividad, se dio cuenta que quería cambiar de vida y ahí surgió una propuesta que lo acercó definitivamente a la promoción de la lectura.

Martín le planteó su proyecto de usar una carreta llena de libros para llegar con ella a plazas y centros educativos al empresario Raimundo Angulo, presidente del Concurso Nacional de Belleza. Él se interesó y lo apoyó.

Se decidió por continuar usando una carreta porque “es el medio de transporte más antiguo que tiene la humanidad, que ha servido no solo para transportar cosas”.

Un momento de reposo

Al preguntarle cómo hacer para sostener un programa sin fines de lucro, explica que trató de imitar a la Fórmula 1. “Tengo una serie de patrocinadores, de marcas en la carreta, y eso me permite desarrollar mi proyecto”.

 

Reinvención en tiempos de pandemia

Originalmente, la carreta literaria iba de lunes a viernes a las instituciones educativas y los fines de semanas Martín la llevaba a distintos municipios del departamento de Bolívar, que dice conocer mejor que un político. Sin embargo, la crisis por el coronavirus y la cuarentena hicieron que se replanteara su forma de promover la lectura en estos meses donde la máxima es no salir de casa.

Martín llega a los niños

“Antes de la pandemia íbamos a los Centros de Desarrollo Infantil (CDI), a las escuelas básicas primarias, secundarias, a las universidades a hacer talleres de promoción de lectura por placer”

Si bien la dinámica ahora es diferente, no ha parado ni un día. “Me toca grabar por WhatsApp cuentos para mandárselos a las profesoras para que ellas les reenvíen a los niños los audios”.

El libro es un amigo que no te va a fallar. No hay libros malos, hay lectores apáticos.

Además, en su canal de YouTube, ‘La carreta literaria’ tiene más de cien videos grabados en estos últimos meses con relatos infantiles y comentarios de obras de escritores mundiales.

“Todos los días tengo trabajo. Esto vino para quedarse. No puedo ponerme a pensar, a mis 52 años, que hay que esperar. Tengo unos patrocinadores y también tengo que entretenerme con lo que me gusta, si tengo unas redes sociales, la página y el canal de Youtube, tengo que aprovechar esas herramientas”, afirma.

 

Un juglar de libros

Los libros y el mar

Martín se define como un juglar que lleva lectura y que narra por los distintos pueblos caribeños de Bolívar, tal como en otros tiempos lo hicieron los maestros creadores del vallenato en esas tierras.

Cuando habla de su labor, dice que no es un crítico literario, “es promotor del acto de leer: poesía, narrativa, cuento, crónica e incluso libros de superación personal. El libro es un amigo que no te va a fallar. No hay libros malos, hay lectores apáticos”.

Este colombiano, que ha llevado su carreta a las ferias del libro de Buenos Aires, Caracas, Guadalajara, Panamá y Madrid, es enfático al hablar sobre el placer de la lectura, aún en tiempos difíciles. “En esta pandemia me he leído no menos de quince libros y son poquitos”.

 

¿Qué es un promotor cultural?

Al preguntarle sobre las formas de espantar a alguien, afirma que si de entrada se recomienda un texto voluminoso, es posible que esto ocurra.

“Promocionar la lectura para nuevos lectores es como las medicinas. Cuando vas al médico, no te dice: ‘mañana te tomas el frasco entero’, no, ‘tómese dos hoy, dos mañana’. Así lees tres paginitas, de pronto te enganchas, lees cuatro, y así vas poco a poco”.

“Cada día consolido más mi proyecto, y puedo recomendar libros, no para tirármelas de que soy un intelectual y que soy el que más conozco, sino que todos los días se aprende, el libro no es una cosa exclusiva para ciertas élites”.

Aunque Martín es quien empuja en su carreta unos doscientos volúmenes entre literatura infantil, juvenil, diccionarios, crónicas, novelas, poesía y una colección de cuentos escrita por estudiantes, otros escritores mundialmente reconocidos como Mario Vargas Llosa y Salman Rushdie le han pedido llevarla cuando lo han conocido. ¶

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Gracielita: una vocación y un claustro verdaderos

Monjas enclaustradas

 

Cuarentena Covid-19, agosto 2020

 

El día que cumplió quince años, mi tía Gracielita le dijo a mi abuelo delante de toda la familia: “Papá, quiero informarte que he decidido entrar a formar parte del Convento de las Adoratrices, Siervas del Santísimo Sacramento, y ya lo he arreglado todo”.

Me imagino, cada vez que recuerdo la historia, cómo sería la cara de Eduardito, mi papá, pues él y Graciela eran los más unidos de los cinco hermanos, cómplices, se adoraban. Él decía que no podía entenderlo, pues ella era el cascabel de la casa. Su alegría, naturalidad, espontaneidad y frescura lo llenaban todo.

Imagino, igualmente, que sentiría un respiro ante la respuesta de mi abuelo: “Bueno, Gracielita, déjame decirte que estamos todos muy felices con esta noticia, pero quiero informarte que aquí no se va a volver a tocar este tema hasta que hayas cumplido los dieciocho”.

Supongo que preparándose para lo que serían sus futuros votos de obediencia, hizo caso al mandato de forma tan rigurosa que mi papá contaba que en esos tres años, hasta a él, que era su compañero fiel, se le habría olvidado el asunto. Se divirtió, tuvo pretendientes, ya que era bella y dulce, y continuó su adolescencia como si nada hubiera sucedido.

El día cuando cumplió dieciocho años, todos se levantaron y vieron una pequeña maleta en la puerta de su cuarto. Con una gran sonrisa les dijo a todos: “Vístanse rápido. Ya se cumplió el plazo; nos están esperando en el Convento, y no se me asusten porque sea de clausura”. Mi papá tenía diez años para ese entonces, y cada vez que hablaba de ese día se le humedecían los ojos al recordar lo que fue la primera despedida fuerte y dolorosa de su vida.

Con esta historia, que oí desde que tuve uso de razón, la conocí, y comencé a quererla y a admirarla.

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El convento estaba situado en la Parroquia Santa Rosalía, de Glorieta a Hospital, a corta distancia de la cárcel de La Rotunda. Luego de su ingreso, no les fue permitido visitarla por un tiempo largo. Años después, para la época en que mis papás se casaron, se podía visitarla una vez al mes.

Vivíamos en Tocorón, estado Aragua, donde mi papá trabajaba como ingeniero agrónomo, y nuestro viaje mensual a Caracas era un acontecimiento, ya que era para poder visitar a Gracielita. Recuerdo que nos cargaban para llegar a la altura de una ventanita que era del tamaño de su cara, y nos encontrábamos con una sonrisa que ocupaba todo el espacio y una voz dulce, alegre, que irradiaba felicidad.

Sus otros sobrinos, mis primos Larrazábal Zambrano, tienen los mismos recuerdos de su dulzura y cercanía cuando la visitaban. Sabía el más mínimo detalle de la vida de cada uno de nosotros, y nos hacía sentir importantes y queridos. Salíamos fascinados de haberla visto, y cargados de todas las delicias de dulces criollos y galletas que mi mamá les compraba a las monjas.

Hermana María Graciela de la Trinidad

En 1949, después de 13 años de haber ingresado al convento, una orden proveniente de Roma le informó a la congregación que ésta debía integrarse a la comunidad, para comenzar a trabajar con jóvenes abandonadas e inadaptadas de la sociedad, y eliminar el claustro.

A los pocos días de recibir esta notificación, a mi tía Graciela se le encomendó salir a hacer su primera diligencia fuera del convento. La única indicación que recibió era que debía tomar el tranvía, bajarse en el sitio indicado y, luego de terminar el encargo, regresarse de igual forma. Salió con toda la mejor disposición a las 7 a. m, y se paró en la esquina a esperar. Vio pasar las horas sin atreverse a preguntarle a nadie, hasta que alrededor del mediodía, el dueño de una farmacia que se encontraba al frente y llevaba todo ese tiempo observándola, se le acercó y le dijo: “Hermanita, ¿usted está esperando algo? “Sí, al tranvía”. “Pues fíjese que éste fue eliminado hace dos años, en 1947”. Ni ella, ni al parecer nadie de la congregación, estaban al tanto de esos pequeños detalles mundanos que podían suceder en una ciudad pujante como la Caracas de entonces”.

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Por supuesto, tuvo que regresar al día siguiente, tomar el autobús según las indicaciones de su Ángel de la Guarda, y no olvidarse de llevar dinero para el pasaje, detalle que ninguna de las monjas había tampoco tomado en cuenta.

Años más tarde, el Convento de las Adoratrices cambió de sede y se trasladó a la Avenida Sucre de los Dos Caminos, donde sigue existiendo actualmente. Para ese entonces, la Hermana Graciela ya se había convertido en una experta en movilizarse por toda Caracas, al punto que estudió dos carreras en el Instituto Pedagógico de El Paraíso: Pedagogía y Educación. Su inteligencia y preparación la llevaron a dirigir las escuelas para jóvenes no sólo en Caracas, sino también en Maracay y San Cristóbal.

En los años que vivió en Maracay, fue cuando la pudimos sentir más cerca, ya que mi familia se había mudado a esa ciudad en 1966 por el trabajo de mi papá. Mi hermana menor, Mercedes Cristina, tuvo el privilegio de ser preparada por mi tía para hacer su primera comunión, la cual se llevó a cabo en el Convento de la Avenida Las Delicias del que era su Directora, y en el que realizó una labor maravillosa.

Un buen día, habiendo cumplido treinta años de haber ingresado a las Adoratrices, llamó a Eduardito—su confidente—para que fuera al Convento a reunirse con ella. Le notificó que había hecho diligencias con Roma para solicitar al Vaticano autorización para cambiar de congregación e ingresar a la Orden de las Carmelitas Descalzas en Barquisimeto. Su argumento era que ya había servido con obediencia durante todos esos años, había cumplido una función importante como educadora, pero aspiraba que le fuera permitido volver a lo que su vocación inicial le pedía: una orden de claustro.

Al igual que cuando tenía quince años, ya se había informado, había realizado todos los contactos y había tomado su decisión. Mi papá se sorprendió una vez más pero, por supuesto, la apoyó y su admiración hacia su hermana siguió aumentando.

El permiso le fue concedido. Y así como en 1936, una vez más le tocó a Eduardito, acompañado esta vez de mi mamá, llevarla al Convento de las Carmelitas Descalzas en la carretera a Río Claro en Barquisimeto, para convertirse en la Hermana María Graciela de la Trinidad.

El nuevo entorno donde mi tía Gracielita vivió los últimos veintisiete años, estaba rodeado de vegetación, con un clima privilegiado en una colina cuya vista era el Valle del río Turbio.

Para hacer un poco de historia, la Orden de las Carmelitas Descalzas tiene el Patrocinio de Nuestra Señora del Carmen y de San José y se rige por el estilo de oración legado por Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. La vida está centrada en la contemplación, el silencio, la meditación y el apostolado; las promesas que realizan son obediencia, pobreza y castidad. El nombre de descalzas no es porque no lleven calzado sino porque, en 1562, Santa Teresa de Jesús, en la ciudad de Ávila en España, impulsó una reforma a la Orden del Carmelo para devolverla a sus principios: la austeridad, la pobreza, el trabajo y la clausura. Realizan manualidades de todo tipo: ornamentos litúrgicos, escapularios, rosarios, tarjetas, dulces, etcétera.

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Mis papás, por la cercanía entre Maracay y Barquisimeto, la visitaban con mucha frecuencia para llevarle toda clase de donaciones e insumos (especialmente de papel, ya que mi papá era Gerente General de MANPA).

En el nuevo convento, las visitas se daban en dos salones de iguales dimensiones divididos por una reja. En uno se situaban los visitantes, y en el otro las monjas. A un lado, una rueda cilíndrica de madera nos brindaba galletas deliciosas y jugos de fruta que sabían a gloria, aunque mi hermana menor siempre los llamó jugos misteriosos porque no sabía la combinación de frutas que tenían. La comunidad entera suele participar de la alegría de los encuentros familiares.

En una de esas ocasiones, mi papá fue notificado de la angustia colectiva de la comunidad, porque una plaga había invadido el gran jardín de árboles frutales que se encontraba en el patio central del Convento: aguacates, lechosas, mangos, nísperos, parchas granadinas, parchitas, naranjas , y todo tipo de hortalizas, que conformaban algo así como un Jardín del Edén. Todo lo que cosechaban era para el consumo del Convento y para la preparación de dulces criollos para la venta.

La Madre Directora le preguntó a mi papá si estaría dispuesto a revisar la gravedad del problema en su calidad de ingeniero agrónomo, y así fue como desde ese día Eduardito se convirtió en el único privilegiado que tenía la potestad de traspasar el umbral de las rejas, para dar una revisión a los árboles y supervisar su mantenimiento.

Luego todos disfrutábamos de sus cuentos, describiendo cómo era todo en el interior: la paz que se respiraba, la brisa que llegaba del valle y una Presencia Divina que podía sentirse y casi palparse.

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En los años setenta, mi tía Inés, la mayor de los hermanos, enfermó seriamente con una artritis reumatoide. Gracielita comenzó a moverse para lograr que al menos una vez al año le fuera permitido viajar a Caracas para visitar a su hermana. Su línea de conexión directa con Papá Dios le concedió su pedido; así pudimos disfrutarla cuando venía, siempre acompañada de una novicia, y mi tía Inés mejoraba sólo con verla. Alejandro, uno de mis primos, recuerda que se las arreglaba para darse una escapadita al Mercado de Quinta Crespo para llevar cosas al Convento.

Años más tarde, cuando Rafael Eduardo, el mayor de mis tres hijos, comenzó clases de cuatro en el Colegio San Ignacio, inventó crear un grupo musical con sus hermanos y todos los primos; para ese momento eran nueve los integrantes. Lo nombraron el Grupo Maracas porque “tocaba tan bien en Maracay como en Caracas”; los aguinaldos eran su especialidad. La gloria absoluta de mi tía Graciela y la comunidad eran nuestras visitas familiares en cambote cada Navidad, cuando el Grupo Maracas las deleitaba con su repertorio. Éramos tantos que a veces no cabíamos en el saloncito.

Visitantes de la familia

Todos los sobrinos-nietos tienen recuerdos increíbles de esas visitas. Para mi segundo hijo Carlos Enrique: “Recuerdo lo lejos que era, pero ustedes nos inculcaron la necesidad de ir a verla para que entendiéramos lo que significaba su vocación y sacrificio. Nos pasaban la merienda por una ruedita que no permitía el contacto, pero nos ponía a la expectativa de su salida al saloncito; los espacios de la reja eran tan angostos que la mano casi no podía pasar. Para un niño era visualmente difícil de entender. Siempre llevo su estampita en mi cartera”.

Mi hermano Carlos, cuando trabajó por varios años en Tablopan, visitaba con frecuencia el Central La Pastora, en el estado Lara, y aprovechaba siempre para visitar el convento. Les llevaba donaciones de sacos de azúcar para los dulces que preparaban. Las monjas entraban en júbilo total.

………

Años más tarde, en 1980, la congregación decidió realizar una expansión en un terreno lateral a la edificación principal, para construir una casa de retiro que atendería a estudiantes de Teología y Espiritualidad.

Gracielita era para esa época Directora del convento. Con la experiencia que la vida le había dado en materia epistolar, comenzó a escribir cartas con destino no solo nacional, sino también a distintas instituciones católicas en el exterior. Cuál no sería su sorpresa cuando, semanas más tarde, llegó un día un sobre del extranjero con una contribución proveniente de una comunidad religiosa en Alemania. La donación era tan sustanciosa que se pudo realizar una vez más el proyecto que era uno de los sueños de la congregación.

Sólo pienso lo que este personaje hubiera logrado hoy en día, si hubiera tenido a su disposición Internet, WhatsApp o cualquier tipo de ayuda en materia de comunicaciones.

Carlos logró otra donación, no sólo de sacos de azúcar, sino de un camión con tableros de Tablopan para que pudieran mandar a hacer los cubículos y el mobiliario. Gracielita le informó, en uno de sus viajes de trabajo, que estaban felices porque habían logrado hacer casi todo. Pero lo más importante era que a ella se le habían mejorado notablemente sus dolores de espalda. “¿Y eso?” le preguntó Carlos. “Bueno, es que nosotras dormimos en colchonetas que van sobre una base de tubos… y ahora le pusimos a cada catre una tabla encima y dormimos mucho mejor”.

Situaciones como ésa, relacionadas con la rigidez de los votos de pobreza y austeridad, eran la única cosa que a mi papá le costaba aceptar pero que siempre respetó; jamás intervino al respecto.

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Mientras revisaba en Internet, buscando datos sobre la Congregación de las Carmelitas para este relato, encontré comentarios que me ayudaron a entender un poco más esa inquietud que siempre tuvo la familia:

    • “La mística del Claustro, no es caminar entre nubes… es tener bien puestos los pies sobre la tierra y saber que debemos imitar a Cristo en cada una de sus virtudes”.
    • “No hay que ver la rejas como encierro; debemos ver las rejas que cargamos nosotros en nuestra vida”.
    • “Las hermanas de clausura son la planta eléctrica de oración que ayuda a la Iglesia”.
    • Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda; 
la paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta. Sólo Dios basta. (Santa Teresa de Jesús).

María Graciela de la Trinidad vivió su vocación al extremo; entregó la mitad de su vida a servir al prójimo de forma directa, y los últimos veintisiete años  estoy segura de que su entrega a la oración fue aun más valiosa para el mismo fin. En 1992, a sus 75 años, después de haber aceptado su enfermedad y no habérsele oído ni una sola queja, pidió ser trasladada a la casa de retiro, de manera que mis papás pudieran estar con ella en sus últimos días. Fue a encontrarse con el Dios por quien vivió y a quien se entregó de corazón. 
Se despidió con la sonrisa que siempre la acompañó, y con la alegría inmensa de que su amado Eduardito y mi mamá estuvieran con ella tomados de la mano. La eucaristía previa a su entierro fue algo sublime. Nuestros sollozos, junto a los de la cantidad de personas que asistieron, estuvieron acompañados por la música celestial de todas las hermanas del convento.¶

 

Rosa Elena Larrazábal de Maldonado

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A 80 años del asesinato de Trotsky

Las Hormigas evaluamos El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura, el 13 de noviembre de 2012. El artículo reproducido a continuación (con mínimos ajustes) apareció en la web de POLIS: Política y cultura, dirigida por el autor del texto.

 

Fernando Mires

Agosto 22, 2020

(Artículo reactualizado)

 

Retrato de Trotsky por Frida Kahlo, quien fuera su amante

Hace 80 años (para ser preciso, el 20 de agosto) fue asesinado en México León Trotsky. Los hechos que condujeron al vil asesinato son conocidos. Ramón Mercader, comunista catalán, fue reclutado por la NKVD* para que cometiera el crimen ordenado por Stalin, tarea que realizó con el más profesional de los esmeros. Todos esos episodios han sido acuciosamente narrados en la magnífica novela de Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros.

Sobre la novela de Padura también se ha escrito mucho y no voy a agregar más palabras para elogiarla, por mucho que lo merezca. Me limitaré en estas líneas a constatar solo un punto; y es el siguiente:

Aunque una novela histórica no sea un texto de historia, permite, gracias al uso de la imaginación, alcanzar verdades a las que no alcanza ni debe alcanzar la historiografía. Desde esa perspectiva la narrativa histórica puede convertirse en un perfecto auxiliar de la historiografía.

Un historiador ha de limitarse a comprobar la verdad de los hechos, a construir causalidades, a indagar sobre las consecuencias, a revelar datos desconocidos. Pero en ningún momento debe especular acerca de las motivaciones personales que llevan, como en el caso de la historia de Ramón Mercader, a cometer un asesinato. Por lo mismo, nunca debe dictar veredictos morales y mucho menos adentrarse en los laberintos psíquicos de un personaje histórico. Esta última es una tarea que ni siquiera está permitida a los psicoanalistas pues ellos saben muy bien que nunca hay que emitir juicios no surgidos de la comunicación interpersonal. Dichos límites no existen, en cambio, para un novelista.

Un novelista, si no escribe en clave de ficción, por mucho que esta sea originada desde una realidad objetiva, es un mal novelista. Pero un gran novelista es también quien, siguiendo la ruta de la ficción, logra extraer, de modo imaginario, una verdad subjetiva que ayuda a entender mejor—valga la paradoja—la verdad objetiva de los hechos. Solo así se explica por qué la mayoría de quienes han leído la novela de Leonardo Padura terminan sintiendo una profunda compasión por Ramón Mercader.

A través de la historiografía, Ramón Mercader solo puede aparecer como un asesino. Pero a través de la literatura puede, además, aparecer como una víctima. Sí, una víctima más de un orden totalitario que en nombre de la supuesta verdad “objetiva” terminó construyendo autómatas sin vidas privadas, seres despojados de relaciones afectivas, piezas de una máquina que los controlaba y dominaba sin apelación.

Esas fueron las constataciones por las cuales en un seminario que junto con mi colega Rainer Fabian dirigíamos sobre el concepto de totalitarismo, propusimos como lectura a la espeluznante novela de Arthur Koestler, Sonnenfinsternis (Eclipse solar) conocida en español bajo el título de El cero y el infinito (1941).

El personaje central de la novela, Rubashov, era un representante imaginario de Nicolás Bujarin, el bolchevique miembro de la vieja guardia leninista, cómplice de la expulsión y del destierro de Trotsky, obligado después por Stalin a declararse culpable de crímenes que jamás había cometido. Por lo mismo fue condenado a muerte. Rubashov, como ocurrió con Bujarin, murió creyendo ser un mártir sacrificado en nombre de un ideal superior.

Lo terrorífico de la novela, sin embargo, no reside tanto en las torturas físicas a las que fue sometido Rubashov, sino en la disuasión ideológica destinada a suplantar su capacidad de pensamiento por la ideología del régimen. Bujarin, efectivamente, murió plenamente convencido de que su confesión, aunque siendo una mentira, podía ser puesta al servicio de una gran verdad. Esa gran verdad era la Revolución Rusa encarnada en la persona de Stalin

Gracias a la gran novela de Koestler pudimos comprender, durante el curso del seminario, la exactitud de las formulaciones de Hannah Arendt cuando, entre las diferentes características del fenómeno totalitario, destaca la usurpación del espacio íntimo (el del amor, el de los sentimientos, el del pensamiento) por el espacio público (estatal), hasta el punto que el ciudadano comunista perfecto termina siendo no el que piensa sino el que es pensado. ¿Pensado por quién? Por una ideología y por quien desde el poder la representa. En ese sentido podríamos entender al totalitarismo como un fenómeno mediante el cual el pensamiento individual es sustituido por una ideología total. Así sucedió con Nicolás Bujarin. Así sucedió también con Ramón Mercader.

Ramón Mercader no asesinó al revolucionario León Trotsky. Mercader solo “ejecutó” a un traidor, a un agente nazi. El no concibió su acto como un crimen. Todo lo contrario; él, Mercader, fue un héroe elegido por la razón histórica para ayudar al cumplimiento de la gran verdad representada por la URSS y por su gran conductor, el camarada Stalin.

La deducción, después de haber leído la novela de Padura, no puede ser más estremecedora. ¿Significa entonces que cualquiera de nosotros, bajo circunstancias parecidas a las vividas por Ramón Mercader, podría llegar a convertirse en un asesino? Nadie puede saberlo en términos definitivos. Pero si el Yo deliberante de cada uno es sustituido por la dictadura de un “Super-Yo” o por la de un “Super-Nosotros”, o si perdemos—ya sea por debilidad o debilitación—nuestras capacidades pensantes, o si nos convertimos en agentes secretos de una Ideología de la Razón Histórica, puede ser que no lleguemos muy lejos de donde llegó Ramón Mercader.

Uno de los personajes centrales de la novela de Padura, el escritor cubano Iván Cárdenas Maturell, a quien un arrepentido y enfermo Mercader confió su historia, no se convirtió en un asesino. Pero él nos cuenta—y ahí escuchamos detrás de Iván la voz de Padura hablando no solo de sí mismo sino también de algunos identificables escritores cubanos—cómo en nombre de supuestos objetivos históricos superiores un joven lleno de ideales puede ser obligado a renunciar a lo que más ama, a su arte literario; a despreciarse a sí mismo; a aceptar incluso, sin chistar, el suicidio inducido de su hermano homosexual.

Al escribir estas líneas no pude sino recordar un día nevado de Viena. Fue durante los años ochenta. Con un amigo, quien fuera horrorosamente torturado en las cárceles de Pinochet, dábamos un paseo a lo largo de la Ringstrasse. Entre los detalles que me contó de sus días en prisión, hay uno que no he podido olvidar. Mientras el verdugo apagaba un cigarrillo en su piel, le hizo de pronto una confesión “¿Y tú creíste que me gusta hacer lo que estoy haciendo? No; pero lo hago porque alguien tiene que sacrificarse por la causa. Si ustedes hubieran vencido, a lo mejor tú estarías haciendo conmigo lo mismo que yo hago contigo”.

“¿Lo habríais hecho?”—pregunté.

Calló un momento y luego dijo: “Quién sabe, Fernando, quién sabe”.¶

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El Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (en ruso: Народный комиссариат внутренних дел, transliterado como Naródny Komissariat Vnútrennij Del), abreviado como NKVD (НКВД, según su acrónimo ruso), fue un departamento gubernamental soviético que manejó cierto número de asuntos internos de la Unión Soviética. Además de sus funciones de seguridad del Estado y de sus funciones policiales, algunos de los departamentos del NKVD manejaban otros asuntos, como transporte, bomberos, guardia fronteriza, etcétera. Todas estas tareas eran tradicionalmente asignadas al MVD (Ministerio del Interior). Wikipedia en Español (La NKVD sería luego sucedida por la KGB, o Comité para la Seguridad del Estado. De allí procede Vladimir Putin, actual Presidente de la Federación Rusa.

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Sobre Doña Mercedes

 

Nuestra Karina Sainz Borgo, la venezolana “hija de la española“, complementa en Vózpuli los merecidísimos tributos a Mercedes Barcha, la dueña de Gabriel García Márquez.

Gabriel García Márquez, en una foto de archivo, con Mercedes Barcha, su mujer, en Aracataca. Gtres

 

 

Cien años de soledad: la vida personal de un clásico literario

La muerte de la viuda del escritor colombiano marca el fin de un tiempo mítico. Ella fue una de las principales testigos de la publicación de la mejor obra de García Márquez.

 

KARINA SAINZ BORGO

17 de agosto de 2020

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La muerte esta semana de Mercedes Barcha marca el fin de un tiempo del que ya quedan pocos. La esposa de Gabriel García Márquez fue testigo de una obra prodigiosa y compañera de uno de los autores más importantes del siglo XX. Gracias a ella, que tuvo a bien administrar los escasos recursos, García Márquez pudo disponer de tiempo suficiente para escribir Cien años de soledad. El propio escritor lo contó muchas veces.

En su ensayo La novela detrás de la novela, Gabriel García Márquez da pistas y descubre cómo y cuándo lo asaltó la idea que tomaría forma final en la novela Cien años de soledad, de la que su mujer fue principal testigo. “De pronto, a principios de 1965, iba con Mercedes y mis dos hijos para un fin de semana en Acapulco, cuando me sentí fulminado por un cataclismo del alma tan intenso y desgarrador que apenas si logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera. Rodrigo dio un grito de felicidad: ‘Yo también cuando sea grande voy a matar vacas en la carretera'”.

“No tuve un minuto de sosiego en la playa. El martes, cuando regresamos a México, me senté a la máquina para escribir una frase inicial que no podía soportar dentro de mí: ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo’. Desde entonces no me interrumpí un sólo día, en una especie de sueño demoledor, hasta la línea final en que a Macondo se lo lleva el carajo”, contó al respecto.

García Márquez tenía 38 años, cuatro libros publicados y frente a sí el comienzo de la mejor novela escrita durante el siglo XX. Y aunque muchos, entre ellos su biógrafo Dasso Saldívar no dan por confirmada la versión de que García Márquez dio la media vuelta en mitad de su viaje, éste la contó así a Plinio Apuleyo Mendoza. “¿Es cierto que diste media vuelta en la carretera y te pusiste a escribirla?”, le preguntó don Plinio. “Es cierto, nunca llegué a Acapulco”, le contestó el Gabo en una frase que fue a parar al libro El olor de la Guayaba. No será esa la primera ni la única leyenda alrededor de un libro junto al cual todos quieren retratarse. Solía decir Carlos Barral que él había rechazado la publicación del manuscrito, porque según él, la del Gabo era prosa pastelera. Esa anécdota queda en los huesos en el libro de Xavi Ayén, Aquellos años del boom (RBA).

Hay una leyenda más, o al menos podría tenerse por tal, ya que es de la cosecha del Gabo, quien al parecer gozaba fabulando y exagerando las anécdotas alrededor de esa novela. Según el Nobel de Literatura, no dejó de escribir durante 18 meses. Sus muchas versiones dieron guerra suficiente, muchas más que los 32 levantamientos que promovió el coronel Aureliano Buendía. Así lo describe el escritor: “Esperanza Araiza, la inolvidable Pera, era una mecanógrafa de poetas y cineastas que había pasado en limpio grandes obras de escritores mexicanos (…) Cuando le propuse que me sacara en limpio la obra, la novela era un borrador acribillado a remiendos (…). Pocos años después Pera me confesó que, cuando llevaba a su casa la última versión corregida por mí, resbaló al bajarse del autobús con un aguacero diluvial y las cuartillas quedaron flotando en el cenegal de la calle. Las recogió empapadas y casi ilegibles con la ayuda de otros pasajeros y las secó en su casa hoja por hoja con una plancha de ropa. Y otro libro mejor sería cómo sobrevivimos Mercedes y yo con nuestros dos hijos durante ese tiempo en que no gané ni un centavo. Ni siquiera sé cómo hizo Mercedes durante esos meses para que no faltara ni un día la comida en la casa”.

A comienzos de agosto de 1966, el Gabo y su mujer Mercedes acudieron a la oficina de correos de México para enviar a Buenos Aires la versión terminada de Cien años de soledad: un paquete de 590 cuartillas escritas a máquina a doble espacio y en papel ordinario dirigidas a Francisco Porrua, director literario de la editorial Suramericana. El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales y dijo: “Son 82 pesos”. Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que le quedaban en la cartera. “Sólo tenemos 53”, le dijo. De esa peripecia surgió una anécdota que llena las tertulias y especulaciones de editores y periodistas. Sobre si exageraba o no. “Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos una a Buenos Aires sin preguntar siquiera cómo íbamos a conseguir el dinero para mandar el resto. Sólo después caímos en la cuenta de que no habíamos mandado la primera sino la última parte. Pero antes de que consiguiéramos el dinero para enviarla, Paco Porrúa, nuestro hombre en la editorial Suramericana, ansioso de leer la primera parte, nos anticipó dinero para que pudiéramos enviarlo. Así es como volvimos a nacer en nuestra vida de hoy”.

En Cien años de soledad Gabriel García Márquez inventó un mundo y una forma de contarlo. Un universo familiar. Un reino de peces de oro y mariposas amarillas. Aquello que necesitamos etiquetar como Realismo mágico, pero en el que cabe un mundo propio e inventado. Aseguró el propio escritor que si se unieran todos los lectores de Cien años de soledad  en un mismo territorio, sería uno de los 20 países más poblados del mundo.¶

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Lectura, por el propio Gabriel García Márquez, del primer capítulo de Cien años de soledad, donde al inicio escribiera esta frase inmensa: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”.


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Al sacrificio de Doña Mercedes le cabe el juicio de esta estupenda canción (Premio Grammy 2005) de Mark Anthony:

  Valió la pena

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Mamá Grande

Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha en 1969. COLITA

 

Siempre, la mirada que sonreía enmarcada en los pómulos gruesos de una mujer que parecía anclada en la Tierra y su realidad, para que Gabo volara las nubes y flotara sin tiempo entre sueños y sílabas

JORGE F. HERNÁNDEZ

15 AGO 2020 – 19:16 GMT-4

 

Por esta rara peste del insomnio será imposible asistir a los funerales de la Mamá Grande. También porque no me lo puedo creer, porque me duele tanto. Más bien, prefiero imaginar un sendero en medio de la selva, cerca de donde hallaron una armadura medieval oxidada y casi olvidada, y por esa vereda se abre una sonrisa del Sol y Gabriel García Márquez abre los brazos en flor para volver a abrazarla.

Mercedes Barcha Pardo y Gabito se conocieron en Sucre desde niños y entre ambos supieron desde el primer instante que la hija del boticario se casaría con el hijo del telegrafista de Aracataca, sin imaginar que entre ambos habrían de cambiarle la cara al mundo para siempre. Se miraban a los ojos durante años, incluso en las cartas que se enviaban por encima del Atlántico, cuando Gabo era quizá no tan feliz e indocumentado, con ese frío de perro azul en París desde donde le escribió al padre de Mercedes una carta que era pedida de mano, aunque los novios se habían jurado matrimonio desde los 12 años de edad.

Muchos años después, frente al telón de una vida que se construyó en plural Mercedes confirmaría que su padre ni abrió la carta que llegó desde París y quiso el azar que el mero día de la boda quién más lloraba era precisamente el padre de la novia, hasta que los acompañó al pie de la escalerilla de un avión que habría de llevar a la pareja de recién casados a Caracas (no en luna de miel, sino en una oportunidad de trabajo para quien era no más que periodista. Nada menos.) Se sabe que antes de abordar la nave, el novio secó las lágrimas del recién suegro asegurándole que proponía convertirse en el mejor escritor del mundo y que a su hija jamás le faltaría de nada.

Si ese sueño se cumplió no fue solamente por la inmensa selva de literatura inconmensurable que se enredaba en la cabeza de Gabo, sino por ella también: es Mercedes quien sostuvo como roble la unidad y fortaleza de todos los techos y lechos donde forjaron hogar. Madre ejemplar y decidida en que los horarios del mundo y las rutinas de las escuelas de los hijos o las obligaciones de la calle no rompieran el invisible santuario detrás de una inmensa sábana donde Gabo cuajó Cien años de soledad, al tiempo en que sus hijos y los amiguitos de sus hijos apenas aprendían a leer. Mi corazón está hoy con Rodrigo y Gonzalo, con las nueras y los nietos, y con cada uno de los millones de lectores que perciben la inmensa nube de mariposas amarillas como niebla sinfónica en medio de una selva de hermosos recuerdos, pero sobre todo, la increíble y feliz historia de un amor que cristalizó en una suma de millones de instantes, micropartículas fugaces del tiempo, todo el tiempo hasta sumar no solo el siglo que merecen los amores como segunda oportunidad sobre la Tierra, sino como novela en tiempos de cualquier cólera.

Mercedes, Mamá Grande, Gaba en toda la extensión del apodo cuando se confirma que no hay párrafo que no le fue leído a ella antes que a nadie y que hay frases que inauguraron una novísima cara de la literatura mundial que solo ella —quizá también los niños— escuchó al volante de un auto rumbo al mar. Unidos por desvelos inquietantes y todo el júbilo que sigue palpándose en los charcos helados de Estocolmo cada vez que nace el próximo lector hipnotizado por las letras de un hombre que bailó alrededor de Mercedes con las manos abiertas en palmas y agachándose como un guajiro de vallenato en verso, tal como toda su literatura de vida en novelas y cuentos, crónicas y reportajes, guiones y entrevistas donde inevitablemente se le ve en la retina la cara de la Gaba, la que lo acompaña en silencio y la que hizo las cuentas de la compra, tintorería, escuelas y todos los gastos que precisaban pedir prestados para que el hombre se pudiera encerrar tras la sábana y cuajar de una vez por todas la novela que reúne en sus páginas todo un continente y todo el tiempo, todo el tiempo que heredan los poetas y que llevan tatuados en la piel cada uno de los lectores que han visto la prodigiosa fotografía de la pareja besándose en el amanecer anónimo de su jardín, luego de que llamaron de Suecia o las entrañables sonrisas cómplices que se les dibujan a la salida del templo de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en Barranquilla, el día que se casaron ya para siempre.

Siempre es hoy, donde el tiempo se pierde en una selva de letras. Siempre, la mirada que sonreía enmarcada en los pómulos gruesos de una mujer que parecía hija del río Nilo, anclada en la Tierra y su realidad, precisamente para que Gabo volara las nubes y flotara sin tiempo entre sueños y sílabas. En mi casa se hace lo que yo obedezco, dijo al pie del teclado quien quedó desde niño prendado a la piel y persona de una mujer admirable, hecha árbol de luminosa sombra, ramas anchas de contados abrazos que sonaban como hojas al viento y ronca voz inexplicablemente tersa al mismo tiempo; férrea dulzura de la Gaba que parecía estar siempre en más de dos lugares a la vez y que incluso consta que sonreía cuando se desató la lluvia más larga como llanto aguantado, el día en que una fila interminable de lectores en todos los idiomas abrieron sus ejemplares atesorados bajo la almohada para confirmar el invaluable milagro de toda la literatura que llegó para quedarse y recordar que siempre habrá un mundo mejor que este, por donde camina descalza la niña abuela, Mamá Grande y joven recién casada por un sendero de silencio feliz para volver a andar —ya para siempre, de nuevo en la eternidad— de la mano y juntos quienes escribieron con un corazón a dos almas Vivir para vernos. ¶

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Tomado de El País de España. Así reportan los ingleses la despedida de Mercedes por BBC News.

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Gabo, la biblioteca de un viajero

 

Nota tomada de Revista de Verano, El País de España

Gonzalo García Barcha, hijo de Gabriel García Márquez, en el estudio y biblioteca de su padre en la colonia San Ángel de la Ciudad de México. (Foto de Teresa de Miguel).

 

La casa mexicana de García Márquez, fallecido en 2014, conserva su estudio de trabajo y sus cerca de 5.000 libros. También, su pasión por los diccionarios, las rosas amarillas y las máquinas de escribir

DAVID MARCIAL PÉREZ

México – 04 AGO 2020 – 18:31 GMT-4

 

Una rosa amarilla, un diccionario y una máquina de escribir. Es todo lo que necesitaba Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927-Ciudad de México, 2014) para ponerse en marcha. A los ocho años, su abuelo le contó que las flores amarillas daban suerte y nunca se volvió a separar de ellas. Durante la entrega del Nobel (1982), llevaba una escondida en el bolsillo. Gabo se consideraba “un diccionarero”, aunque su relación con las enciclopedias fue de amor y odio. En 1977, prologó una edición del María Moliner, su favorito. Pero a la vez se inventaba palabras: “condolientes”, “mecedor”. Hasta se propuso jubilar la ortografía, sobre todo esa “h rupestre”.

A las máquinas de escribir también les declaró la guerra. Su primera Remington ardió en el fuego de los disturbios del Bogotazo, en 1948. Una década más tarde, la máquina que concibió en París El coronel no tiene quien le escriba había perdido la tecla de la d por el camino. Para poder terminar el texto tuvo que arreglárselas completando cada c a mano con un palito vertical. Después se compró una Torpedo alemana y una Smith Corona eléctrica. Así, hasta el flechazo con Apple. Un eMac de principios de los 2000, una computadora blanca con forma de pepino retrofuturista, sigue aún en la mesa de trabajo de su casa en Ciudad de México.

“No era especialmente fetichista, pero sí que fue comprando cada uno de los modelos de Mac que iban saliendo”, cuenta su hijo Gonzalo García Barcha mirando la espalda ovalada de la máquina. Tras estallar el éxito de Cien años de soledad durante su estancia en Barcelona, la familia llegó a esta casa en 1975, cuando él tenía 11 años y su hermano, Rodrigo, 15. Recuerda que muchas mañanas, al volver del colegio, los dos críos cruzaban corriendo el patio con jardín y entraban a saludar a su padre mientras trabajaba en el estudio. Sentado a la mesa donde hoy también sigue un jarrón con rosas amarillas y una colección de diccionarios en la estantería, Gabo los miraba en silencio con los dedos aún sobre el teclado y los dejaba hablar. “Muchas veces no sabíamos si realmente nos escuchaba. Se concentraba mucho cuando estaba trabajando”.

La concentración es una de las características que más destacan los que alguna vez le vieron trabajando en su estudio. Iván Granados fue su bibliotecario personal desde 2007 hasta su muerte en la primavera de 2014. Solía llegar también por las mañanas. Le saludaba —”Buenos días, maestro”— y durante las siguientes tres o cuatro horas apenas intercambiaban palabras. “No era nada maniático, no intervenía mucho en la organización de sus libros. A cambio, lo que necesitaba es que le dejaran trabajar el tiempo que precisaba”, cuenta Granados por teléfono, que prepara la publicación de una investigación sobre la obra de Gabo además de una compilación de textos dispersos del autor colombiano. Tras su fallecimiento, siguió acudiendo a la casa a terminar la tarea. Durante años, se encargó de dividir los casi 5.000 títulos en cuatro áreas: Una, las traducciones de sus propios títulos. Dos, diccionarios y enciclopedias. Tres, libros de documentación con los que preparaba sus obras. Cuatro, la literatura que le interesaba: novela, poesía, ensayo, periodismo, cine y política.

Una figura de Gabriel García Márquez en su estudio y biblioteca en la colonia San Ángel de la Ciudad de México. (Teresa de Miguel).

 

De pie, mirando de frente a la zona de los ensayos, Gonzalo García reconoce un libro importante. Las flores en la poesía española, del filólogo José Manuel Blecua. Una edición de 1968, de la editorial Gredos. “En casa nunca hubo mucha presión por encaminarnos a la lectura, pero si por ejemplo preguntabas por la poesía, te enjaretaban este libro”. García, de profesión ilustrador y editor, avisa en todo caso de que ya no quedan en la biblioteca muchos libros de su infancia. Ni tampoco con los que su padre formó su cultura literaria. Durante los últimos años, la familia ha donado mucho material a la Biblioteca Nacional de Colombia, además de la parte del archivo que resguarda la Universidad de Texas en Austin.

Aún así, Gonzalo García sigue buscando entre los títulos de la pared. Y aparece una edición de 1972 del Ulises de James Joyce, ese “mamotreto sobrecogedor”, como lo llamó en sus memorias un Gabo veinteañero. También aparecen copias de El día del Chacal o El conde de Montecristo. “Mi padre siempre huyó de la solemnidad y nunca hizo distinción entre lo que se llama alta y baja cultura, agarraba lo que podía de todo los lados”, explica su hijo sobre su conocida veta popular. Su bibliotecario personal tiene además una teoría complementaria: “Esta no es la biblioteca de un coleccionista o de alguien que tuvo la oportunidad de ir guardando sus primeros libros. Es más bien la biblioteca de un viajante que se asienta definitivamente en México”.

Una escultura de Gabriel García Márquez y su esposa, en su estudio en la colonia San Ángel de la Ciudad de México. (Teresa de Miguel).

 

Antes de instalarse por segunda vez y para siempre en México a los 52 años, el escritor colombiano tuvo una vida errante: Barranquilla, Bogotá, París, La Habana, Caracas, Londres, Barcelona. “Además —añade Granados— leyó sus primeros libros prestados. En sus memorias explica cómo descubrió por los libros de sus amigos a Kafka o Faulkner”. Pese a todo, la biblioteca del viajante también guarda joyas. Como unos 20 volúmenes de la legendaria La Pléiade, la colección de Gallimard que reúne el canon de la literatura universal a través de antologías de los grandes textos, encuadernados en tapas robustas de cuero flexible y delgadas páginas en papel semibiblia.

 

El vallenato

Lo que nunca le faltó a Gabo en ninguna de sus etapas fue el vallenato, su música favorita. Tanto, que le gustaba decir que “Cien años de soledad no es más que un vallenato de 450 páginas”. Sus amigos le enviaban cintas desde el Caribe colombiano. Algunas siguen aquí, junto a Rocío Jurado, Perales, Manzanero o Sabina. El estudio de la casa mexicana, un amplio corredor de ladrillo blanco en forma de ele, tiene las paredes convertidas en estanterías. Acompañando a los libros también hay sofás y sillones y mesas para reposar y charlar. Esta biblioteca fue por las mañanas el búnker de trabajo de Gabo. Por las tardes, el centro de operaciones de muchas parrandas. “Tenía un bar siempre muy bien dotado”, recuerda su hijo. Fidel Castro, Sean Penn o Silvio Rodríguez fueron algunas de las muchas e ilustres visitas. Cuando la fiesta era entre escritores, jugaban a que uno empezaba a recitar un verso de Lorca, o de algún poeta español del Siglo de Oro, y los demás tenían que seguir con la estrofa.

Una copia de ‘La muerte de Artemio Cruz’, de Carlos Fuentes, dedicada a Gabriel García Márquez en la biblioteca del escritor colombiano en Ciudad de México. (Teresa de Miguel).

 

Una copia gigante del retrato que le hizo Richard Avedon en los setenta manda en una de las paredes. Más fotos: sus hijos, su esposa, sus padres, Hemingway, Gabo con Rulfo, con Felipe González, con Bill Clinton. Los personajes históricos también fueron personajes de sus novelas. Retratados con un rigor matemático, heredero quizá del pedigrí periodístico del autor. Para El general en su laberinto, que narra los últimos días de Simón Bolívar, Gabo se sumergió a fondo en los 34 tomos de las memorias de Daniel Florencio O’Leary, el general irlandés que acompañó al libertador hasta su tumba. Volvía una y otra vez a las fuentes históricas para, muchas veces, simplemente confirmar la verosimilitud de una escena. Por ejemplo, cuando quiso describir al general comiendo una pieza de mango y fue a conformar si, a principios de siglo XIX, el cultivo del mango había llegado ya a la actual Colombia.

Más de seis años después de la muerte de Gabo, siguen llegando a la casa paquetes con libros. Muchos de autores primerizos, que continúan buscando la aprobación del maestro. La familia reconoce que, como ya no tienen quién los lea, han encontrado para ellos un destino mejor. Gracias a un acuerdo que validó en vida el propio Gabo, todos los meses envían unas cajas con libros a la biblioteca de una escuela rural agropecuaria de un pequeño pueblo de Sinaloa (México). Y a cambio, ellos les mandan cajas con lichis y camarones.¶

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La Redacción de este blog recomienda el documental de Netflix: Gabo – La magia de lo real. El gigante de streaming ha anunciado la producción de Cien años de soledad como serie.

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Pachinko

La novela Pachinko es la segunda novela de Min Jin Lee, escritora coreano-norteamericana que relata la saga de una familia que comienza en una remota isla de Corea—donde lavaban la ropa con agua de mar—y que emigra a Japón cuando ese país invade su tierra. Van a una Osaka superpoblada de coreanos que huyen de la invasión y sobreviven en guetos de chabolas, subpagados en los más indeseables trabajos, a un país donde siempre fueron vistos como raza inferior y se les llama con el humillante nombre de zainichi. Pasadas cinco generaciones, todavía los nietos de coreanos en Japón eran considerados extranjeros, hasta el punto que algunos personajes de esta historia se hacen pasar por japoneses, se cambian el nombre y no vuelven a ver jamás a su familia coreana. Es reflejo de la supremacía y el desprecio de las razas dominantes hacia las dominadas, aunque se parezcan mucho.

Nadie está limpio. Vivir te ensucia.

Es una kilométrica, triste, repetitiva y, por ratos, tediosa historia de cuatro generaciones de coreanos que sobreviven en el Japón del siglo XX. Muestra la dura vida de esos migrantes a través de un relato íntimo de una familia y sus costumbres, comidas, creencias y valores, y de cómo logran sobrevivir y superarse a pesar de todas las desgracias que vivieron.

Era fácil recordar una época en la que no había dinero para comprar té, y una época en la que no había té para comprar.

Lo mejor logrado son los personajes, especialmente las mujeres; fuertes pero a la vez dulces y solidarias. Enfrentadas al machismo reinante, son mujeres sufridas, maltratadas y sumisas que aguantan para sobrevivir, pero que no le tienen miedo al trabajo ni a enfrentarse a la vida. Un ejemplo de sobrevivencia del débil contra el fuerte.

…El destino de la mujer es sufrir. Debemos sufrir.

…sé que ahora debe parecer terrible, pero un niño es un regalo de Dios… Èl (su padre) le había enseñado que los niños eran una delicia, que sus hijos eran su delicia.

…Desde el momento que (su hijo) nació había estado llena de dolor y dudas porque sabía que nunca sería suficientemente buena. Aunque había fracasado, ser madre era eterno; era una parte de su vida que no terminaría con su muerte.

El texto, de un narrador omnisciente, explota lo que más gusta a los lectores, el erotismo sin ser ofensivo, el juego de azar, las drogas y la tragedia aunque sin mucho drama. Cansa el exceso de diálogos cortos y de personajes con nombres extraños. Las repeticiones nos hacen pensar que la escritora no revisó suficientemente el texto o que peca de novata.

Esta novela costumbrista dividida en tres libros (Tierra natal, 1910 a 1933; Madre patria, 1939 a 1962; Pachinko, 1962 a 1989) ilustra la historia de ese Lejano Oriente que para las Hormigas es poco conocida. Informa sobre costumbres y soluciones de vida que son nuevas para los occidentales, como la preparación de ese alimento de olor y sabor desagradable—pero al parecer muy beneficioso para la salud—tan apreciado por ellos, el kimchi, una especie de encurtido que las mujeres preparaban en la casa y luego vendían en las calles y que se convirtió, en los momentos más difíciles, en el único sustento de la familia. También nos enseña cómo un—para nosotras—extraño juego de azar, parecido a las máquinas tragamonedas occidentales, despreciado por los japoneses que no permiten juegos con dinero por ley, y que en general estaba en manos de mafiosos y especuladores, le dio a esa familia un honrado modo de subsistencia. El Pachinko les permitió sobrevivir, mejorar sus condiciones de vida, la posibilidad a los decendientes de estudiar y, más tarde, emigrar a América y contar esta historia. El mercado de pachinko de Japón, actualmente, genera más ingresos por juegos de azar que el de Las Vegas, Macao y Singapur juntos.

Como nos pasa con todo lo que leemos, no faltaron los pasajes donde la comparación con lo que en Venezuela está pasando saltara a la vista:

…últimamente todas las noticias eran tristes. Notaba una abrumadora sensación de desolación en la gente. El país llevaba más de dos décadas bajo el gobierno colonial y nadie veía un final a aquella situación. Parecía que todos se habían rendido.

Y donde los sufrimientos de nuestra propia gente traslucieran:

…como sucedía siempre que un país era golpeado por sus rivales o la naturaleza, los débiles (los ancianos, las viudas y los huérfanos) estaban más desesperados que nunca. Por cada casa que podía alimentar a uno más, había multitudes dispuestas a trabajar un día entero por un cuenco de granos de cebada.

El Hormiguero calificó la novela con 6 puntos y quedamos en leer a Amor Towles, con su novela Un caballero en Moscú, para el mes próximo, otro de esta larga cuarentena del año 2020. NS

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Philip Roth devuelve sus libros

Tomado de El País de España por recomendación de Silvia Castillo

El escritor Philip Roth, delante de una de sus hamburgueserías favoritas en Newark, en diciembre de 1968.THE LIFE IMAGES COLLECTION VIA GETTY IMAGES BOB PETERSON

 

La biblioteca de Newark, donde el escritor echó los dientes como lector, recibió a su muerte un legado de 7.000 volúmenes y dos millones de dólares. Pese a la pandemia, un equipo trabaja en catalogar ese tesoro

PABLO GUIMÓN

Newark – 06 AGO 2020 – 18:30 GMT-4

 

Del fondo de una caja de cartón emerge el álbum de graduación de Philip Roth, atesorado desde 1946, tras su paso por la escuela de Chancellor Avenue, en Newark, Nueva Jersey. Lema: “No pises al desvalido”. Canción: It Might As Well Be Spring, de la comedia musical State Fair, que había logrado el Oscar a la mejor canción original en 1945. Aunque sus compañeras de clase le dejaban mensajes románticos y besos de carmín en las hojas, su interés entonces parecía residir principalmente en el béisbol, su deporte preferido. Escritor favorito: el autor de novelas juveniles de béisbol John Tunis. Héroe: el periodista radiofónico Norman Corwin. Philip Roth quería ser periodista. “Tengo toda la confianza en ti”, le escribió, con ese clásico cariño cargado de exigencia, su padre.

La caja es una de las que están distribuidas por las humildes estanterías metálicas de una recóndita sala, a la que se accede por un laberinto de pasillos llenos de libros, en la planta baja de la biblioteca pública de Newark. El álbum es un cuaderno pequeño, con páginas del tamaño de postales y tapas duras de color azul, metido en un estuche de cartón ya roto. En las primeras hojas, el alumno, a punto de graduarse, rellena un cuestionario con esas pinceladas personales. Las siguientes páginas están llenas de dedicatorias, de sus padres, de sus compañeros.

Una reliquia simpática, que permite saber qué pasaba por la cabeza de un niño de 13 años que se convertiría en uno de los grandes novelistas estadounidenses. Descubrir, por ejemplo, cómo esas novelas juveniles de Tunis contribuyeron al imaginario del autor, hasta el punto de que, en Pastoral americana, su álter ego Nathan Zuckerman recurre a uno de los personajes de Tunis para describir al Sueco, su ídolo de juventud, a través del que Roth muestra el lado oscuro del sueño americano.

La biblioteca pública de Newark (Nueva Jersey).

El pequeño álbum abre una puerta por la que asomarse al mundo del escritor adulto. Comprender un poco más cómo se entrelazan en su obra la realidad y la ficción. Hay pasajes más indelebles en la impúdica El lamento de Portnoy, pero en aquella novela de 1969, que lanzó a Roth al estrellato, Alexander Portnoy cuenta cómo rellenó el cuestionario personal de su álbum de graduación en la escuela primaria. El lema que eligió es el mismo que el que escribiera el propio Roth en el suyo. Pero Portnoy quiere ser abogado, no periodista. Y sus héroes son Thomas Paine y Abraham Lincoln, no Norman Corwin. Tanto se ha debatido sobre qué es ficticio y qué autobiográfico en El lamento de Portnoy que, en Zuckerman desencadenado (1981), el autor se burla de esas especulaciones. A Nathan Zuckerman le asaltan en aquel libro lectores incapaces de creer que las escenas de sexo de Carnovsky, la álter novela de El lamento de Portnoy, fueran solo un producto de su imaginación.

Un poco de realidad, pues, y un poco de ficción. En este viejo álbum escolar hay algunas respuestas. Como en muchos de los libros guardados en estas cajas. Aquí, esperando ubicación más noble, están las lecturas del escritor. Sus gustos, sus subrayados, sus anotaciones, sus pensamientos. En la misma biblioteca en la que Neil Klugman, protagonista de Goodbye, Columbus (1959), pasa el verano trabajando mientras sueña despierto con la rica y atractiva Brenda Patimkin.

Rosemary Steinbaum, miembro del consejo de la biblioteca.PASCAL PERICH

Las cajas revelan que, de la literatura hispana, Roth leyó a Cervantes, Lorca, García Márquez, Vargas Llosa, Borges, Paz y Fuentes, pero también a los más jóvenes Juan Gabriel Vásquez y Junot Diaz. Y una nota en las páginas de un ensayo del profesor Sean Wilentz sugiere que leer sobre la historia de la democracia estadounidense le daba un hambre también muy estadounidense: “Hamburguesa con queso simple. Patatas fritas. Batido de caramelo”, escribe Roth.

“Hay libros que leía por placer y libros relacionados con los temas que escribía. Es como espiar su proceso creativo. En cuanto a sus gustos, destacan los clásicos, la literatura rusa y francesa. Dostoievski, los libros de Colette, todos estaban profusamente anotados y subrayados. Era muy sistemático. A veces, tras la portada, había números de página y notas adicionales sobre esas páginas. Pero también hay trozos de servilletas, listas de la compra, postales”, explica la bibliotecaria Nadine Sergejeff, que lleva meses metida entre esas cajas y ha catalogado ya los primeros 1.400 de los 7.000 libros regalados por un autor que se refirió a esta biblioteca como su segundo hogar.

La noticia sobre la donación de Roth saltó a los titulares en dos tiempos. Poco antes de su muerte, el 22 de mayo de 2018, la biblioteca pública de Newark anunció que el novelista había decidido legar a la institución su colección personal de libros, repartida entre su apartamento de Nueva York y su casa de campo de Connecticut. Tantos títulos elegidos, leídos y anotados por uno de los escritores más importantes del mundo constituyen un regalo espectacular para una biblioteca pública de una ciudad mediana como Newark. Pero también, para una institución ahogada de financiación pública después de lo que Ingrid Betancourt, directora de colecciones especiales, define como “una década devastadora que siguió a la crisis financiera de 2008”, el regalo supone una buena carga de responsabilidad. Sobre todo cuando el finado incluye la disposición de que la colección deberá estar expuesta y abierta al público, en un lugar específico diseñado a tal efecto, en un plazo de tres años.

Quinta parte del patrimonio

Entonces vino la segunda parte, servida en exclusiva por The Wall Street Journal en octubre de 2019. El novelista, dos veces divorciado y sin hijos, había organizado discretamente legar a la biblioteca al menos dos millones de dólares, de los 10 que conformaban su patrimonio. Con la cantidad se crearía un fondo cuyos réditos anuales se destinarían a la adquisición de libros. Además, dejaba otra cantidad que la institución podría utilizar para otros propósitos, incluida la reforma de la sala de grandes ventanales que él mismo eligió en vida, sobre el atrio del edificio principal de finales del siglo XIX.

Thomas Alrutz, miembro del consejo de la biblioteca pública de Newark.PASCAL PERICH

Esa sala ahora está siendo transformada en la flamante Biblioteca Personal de Philip Roth. La pandemia del coronavirus —de la que Nueva Jersey fue en los primeros meses uno de los epicentros en EE UU— ha interrumpido la actividad presencial en la biblioteca, pero ha permitido avanzar en “una parte del trabajo que era más fácil de hacer con la biblioteca cerrada al público”, explica Betancourt. De modo que el plan es abrir las puertas de la colección de Roth en mayo del año que viene.

A Thomas Alrutz, consejero y exdirector de la biblioteca, le gusta verlo como “la devolución de un préstamo de libros tras su muerte”. “Philip creció en una familia sin un solo libro”, explica Alrutz. “Y desde muy niño se metió en la biblioteca, primero en la sede de su barrio en Weequahic. Devoraba libros y todos eran de la biblioteca. Cuando se hizo mayor empezó a venir a la sede principal, y a explorar más autores. Después, ya siendo un novelista, hablaba a menudo por teléfono con nuestro experto en historia de Newark y de Nueva Jersey, para resolver dudas mientras escribía sus libros. Esta biblioteca es el sitio donde creció y aprendió. Por eso es bonito que sus libros vuelvan”.

Ese regreso se empezó a fraguar hace 12 años, cuando la biblioteca pública de Newark realizó una exposición titulada Philip Roth: una vida en fotos. Rosemary Steinbaum, del consejo de la biblioteca, fue la encargada de revisar con Roth su vida en fotografías. “Pasé dos días en su apartamento de Nueva York”, recuerda. “Nos sentábamos en el salón y empezaba a sacar fotos. Era muy organizado. Hablaba de las fotos y yo tomaba notas frenéticamente. Con ellas redacté unos textos para la exposición, y se los di para que los reescribiera en su propia voz”.

Steinbaum había conocido a Roth años antes, en un autobús. A una amiga se le ocurrió hacer tours sobre el Newark de Philip Roth, y contactó con Steinbaum porque era experta en el autor. “Yo escogía pasajes de sus novelas que se correspondían a las paradas del autobús”, explica. “Un día, a Philip se le ocurrió apuntarse a un tour, se metió en el autobús y se sentó en el banco de atrás. Los viajeros no se lo creían. Era la reunión del 50º aniversario de un grupo del instituto de Weequahic”. Sí, como la reunión a la que acude Zuckerman en Pastoral americana.

Cuando hace ocho años los abogados de Roth llamaron a la biblioteca para preguntar si aceptarían el legado del escritor, Steinbaum comprendió el “trabajo colosal” que tenían por delante. “Pero era una oportunidad increíble para la biblioteca, y también para Newark”, señala.

“Queremos que sea un imán para académicos interesados en la obra de Roth, pero también para lectores y curiosos”, explica Betancourt. “Habrá dos espacios. Una zona abierta con exposiciones y otra parte privada para estudios. No queremos que sea solo un archivo, sino un foro de debate sobre Roth, sobre la literatura americana en sentido amplio, y también sobre Newark”.

La biblioteca. El instituto de Weequahic. Su casa familiar en el 81 de la avenida Summit, que recreó, mezclando de nuevo autobiografía y ficción, en La conjura contra América (2004) —convertida ahora en una miniserie de HBO—. El autor exprimió la vida cotidiana de esos barrios humildes de Newark. “La comunidad judía se fue del barrio tras las revueltas de 1967, que Roth recoge en Pastoral americana”, explica Alrutz. “Ha cambiado mucho, pero él mantuvo siempre cierto vínculo, además de una nostalgia por ese vecindario inmigrante donde creció. De alguna manera, como demuestran sus libros, nunca se fue del todo”.

Nieto de inmigrantes que huyeron de los pogromos de Europa del Este, Roth situó el grueso de su ficción en esas calles de Nueva Jersey en las que no volvió a vivir desde que en su segundo año de universidad fue transferido a Pensilvania. Y, al contrario que Faulkner, no camufló ese escenario infantil tras un ficticio condado como Yoknapatawpha. “La pasión por la especificidad, por la materialidad hipnótica del mundo en el que uno vive está en el corazón de la tarea que cada novelista americano se ha impuesto desde Herman Melville y su ballena y Mark Twain y su río: descubrir la más impresionante y evocadora representación verbal de cada una de las cosas americanas”, dijo Roth en la celebración de su 80º cumpleaños, en Newark, en 2013.

Las personas. Los lugares a los que pertenecen. Hay más respuestas en estas cajas que guardan sus libros. Trópico de Cáncer, de Henry Miller, edición de 1961. Página 11, subrayado en negro: “Es el triunfo del individuo sobre el arte”. Página 254, marcado en rojo y repetido con bolígrafo sobre una nota: “Pertenezco a la tierra”.¶

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