El blog de Las Hormigas

¡Saludos formíceos! Desde Caracas, Venezuela, le damos la más cordial de las bienvenidas a este registro de actividades del club de lectura Las Hormigas.

Mensaje de Elif

En estos tiempos de pandemia, la escritora Elif Shafak* ofrece sabias orientaciones para extraer lo positivo de la muy especial oportunidad que el género humano tiene por delante. (El video puede ser visto a pantalla completa pulsando el cuadrado en el extremo inferior derecho de la imagen).

 

 

* Elif Shafak ([eˈlif ʃaˈfak] Estrasburgo, 25 de octubre de 1971) es una escritora de origen turco. Ha publicado 17 libros, 11 de los cuales son novelas. Escribe tanto en turco como en inglés y ha sido traducida a 50 idiomas. Su última novela 10 Minutes 38 Seconds in this Strange World fue finalista del premio Booker Prize. Es la autora más leída en Turquía. Ha enseñado en varias universidades en Turquía, Gran Bretaña y Estados Unidos. Es una defensora de los derechos de las mujeres, del colectivo LGBT, y de la libertad de expresión. Ha participado en varias charlas inspiradoras en TED Global. Sus obras se basan en diversas culturas y tradiciones literarias e intenta unir oriente y occidente reflejando su interés por la historia, la filosofía, el sufismo, la mujer en la sociedad, las minorías y los inmigrantes. En 2010 recibió la distinción francesa Orden de las Artes y las Letras. (Wikipedia en Español).

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Consejos de quien sabía de libros

Virginia Woolf, poco antes de su muerte

 

Virginia Woolf, de nacimiento Adeline Virginia Stephen (Londres, 25 de enero de 1882-Lewes, Sussex, 28 de marzo de 1941), fue una escritora británica, considerada una de las más destacadas figuras del vanguardista modernismo anglosajón del siglo XX y del feminismo internacional. Durante el período de entreguerras, Woolf fue una figura significativa en la sociedad literaria de Londres y miembro del grupo de Bloomsbury. Sus obras más famosas incluyen las novelas La señora Dalloway (1925), Al faro (1927), Orlando: una biografía (1928), Las olas (1931), y su breve ensayo Una habitación propia (1929), con su famosa sentencia «Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción». Fue redescubierta durante la década de 1970, gracias a este ensayo, uno de los textos más citados del movimiento feminista, que expone las dificultades de las mujeres. (…) Durante su vida, sufrió una enfermedad mental hoy conocida como trastorno bipolar. Después de acabar el manuscrito de una última novela (publicada póstumamente), Entre actos, Woolf padeció una depresión parecida a la que había tenido anteriormente. El estallido de la Segunda Guerra Mundial, la destrucción de su casa de Londres durante el Blitz y la fría acogida que tuvo su biografía sobre su amigo Roger Fry empeoraron su condición hasta que se vio incapaz de trabajar. El 28 de marzo de 1941, Woolf se suicidó. Se puso su abrigo, llenó sus bolsillos con piedras y se lanzó al río Ouse cerca de su casa y se ahogó. Su cuerpo no fue encontrado hasta el 18 de abril. Su esposo enterró sus restos incinerados bajo un árbol en Rodmell, Sussex.

Wikipedia en Español

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¿Cómo debe uno leer un libro?

 

Virginia Woolf – 1925

 

En primer lugar, quiero enfatizar los signos de interrogación de mi título. Aunque pudiera contestar a esa pregunta por mi cuenta, la respuesta se aplicaría sólo a mí y no a usted. El único consejo, en verdad, que una persona puede dar a otra acerca de la lectura es que no se deje aconsejar, que siga su propio instinto, que utilice su sentido común, que llegue a sus propias conclusiones. Si estamos de acuerdo en esto, entonces me siento con autoridad para proponer algunas ideas y sugerencias, porque usted no dejará que coarte esa independencia que es la cualidad más importante que puede tener un lector. Después de todo, ¿qué leyes se puede imponer a los libros? La batalla de Waterloo tuvo lugar, por supuesto, un día determinado; pero ¿es Hamlet una obra mejor que Lear? Nadie lo sabe. Cada uno debe resolver esa cuestión por sí mismo. Permitir que unas autoridades, por muy cubiertas de pieles sedosas y muy togadas que estén, entren en nuestras bibliotecas y dejar que nos digan cómo leer, qué leer, qué valor dar a lo que leemos es destruir el espíritu de libertad que se respira en esos santuarios. En cualquier otra parte nos pueden atar leyes y convenciones; ahí no tenemos ninguna.

Pero para disfrutar de la libertad, si el lugar común es perdonable, por supuesto tenemos que contenernos. No debemos derrochar nuestras capacidades inútilmente o por ignorancia, rociando la mitad de la casa para regar un único rosal; debemos adiestrarlas con acierto e intensidad, en este preciso lugar. Ésta, tal vez, sea una de las primeras dificultades a las que nos enfrentamos en una biblioteca. ¿Qué es «este preciso lugar»? Podría parecer que no es nada más que un conglomerado y un batiburrillo de confusión. Poemas y novelas, historias y memorias, diccionarios y libros verdes; libros escritos en todas las lenguas por hombres y mujeres de todos los temperamentos, razas y edades se apretujan en la balda. Y fuera el burro rebuzna, las mujeres cotillean en la fuente, los potros galopan por los campos. ¿Por dónde hemos de empezar? ¿Cómo vamos a poner orden en este concurrido caos y obtener así el más hondo y completo placer de lo que leemos?

Residencia de libros

Resulta bastante sencillo decir que, puesto que los libros se dividen en clases—ficción, biografía, poesía—, debiéramos separarlos y tomar de cada uno solamente lo debido. Sin embargo, pocas personas piden a los libros lo que éstos pueden darnos. La mayoría de las veces llegamos a los libros con la mente confusa y dividida, exigiendo a la ficción que sea verdad, a la poesía que sea falsa, a la biografía que sea aduladora, a la historia que refuerce nuestros propios prejuicios. Si pudiéramos desterrar todas esas ideas preconcebidas cuando leemos, sería un comienzo admirable. No le dictemos al autor; intentemos convertirnos en él. Seamos sus compañeros de trabajo y sus cómplices. Si nos retraemos y mostramos reparos y críticas al principio, nos estamos impidiendo sacar el mayor provecho posible de lo que leemos. Pero si abrimos la mente al máximo, entonces unos signos e indicios de hermosura casi imperceptible, al cabo de las primeras frases, nos llevarán ante la presencia de un ser humano como ningún otro. Debemos imbuirnos de esto, familiarizarnos con esto, y pronto encontraremos que el autor nos está dando, o intentando darnos, algo mucho más concreto. Los treinta capítulos de una novela—si consideramos primero cómo leer una novela—son un intento de construir algo tan estructurado y controlado como un edificio: pero las palabras son más impalpables que los ladrillos; leer es un proceso más largo y complicado que ver. Quizá la forma más rápida de comprender los principios de lo que un novelista está haciendo no es leer, sino escribir; hacer uno mismo el experimento con los peligros y dificultades de las palabras. Evoquemos, pues, algún suceso que nos haya dejado una nítida impresión: cómo a la vuelta de la esquina, quizá, pasamos junto a dos personas que conversaban; un árbol se agitaba; una luz eléctrica brincaba; el tono de la conversación era cómico, pero también trágico; una visión completa, toda una idea, parecía contenida en ese momento.

Pero cuando intentemos reconstruirlo con palabras, encontraremos que se quiebra en mil impresiones contradictorias. Algunas deben ser atenuadas; otras enfatizadas; en ese proceso perderemos, probablemente, todo entendimiento de la emoción en sí. Vayamos entonces de sus páginas borrosas y desparramadas a las primeras páginas de algún gran novelista—Defoe, Jane Austen, Hardy. Ahora seremos más capaces de apreciar su maestría. No es que estemos simplemente en presencia de una persona diferente—Defoe, Jane Austen o Thomas Hardy—, sino que estamos viviendo en un mundo diferente. Aquí, en Robinson Crusoe, andamos con dificultad por un simple camino; una cosa ocurre tras otra; el hecho y el orden del hecho es suficiente. Pero si el aire libre y la aventura lo son todo para Defoe, a su vez no significan nada para Jane Austen. Aquí está el salón, y gente conversando, y no muy lejos los muchos espejos de su conversación revelando sus caracteres. Y si cuando nos hemos acostumbrado al salón y sus reflejos volvemos a Hardy, otra vez nos hacen girar en redondo. Los páramos nos rodean y las estrellas están sobre nuestras cabezas. El otro lado de la mente queda ahora expuesto, el lado oscuro en su eminente soledad, no el lado luminoso que se muestra en compañía. Nuestras relaciones no son con la gente, sino con la naturaleza y el destino. Mas aunque esos mundos sean diferentes, cada uno es consistente consigo mismo. El creador de cada uno observa cuidadosamente las leyes de su propia perspectiva, y por más grande que sea la tensión a la que nos someten, nunca nos confundirán, como hacen tan frecuentemente los escritores menores, introduciendo dos clases diferentes de realidad en el mismo libro. Ir así de un gran novelista a otro—de Jane Austen a Hardy, de Peacock a Trollope, de Scott a Meredith—es ser arrancado de raíz; salir despedido para acá y luego para allá. Leer una novela es un arte difícil y complejo. Debemos estar dotados no sólo de una percepción aguda, sino de una imaginación audaz si vamos a hacer uso de todo lo que el novelista—el gran artista—nos dé.

Pero una mirada a la heterogénea cofradía de la balda nos mostrará que los escritores son muy raras veces «grandes artistas»; es mucho más frecuente que un libro no aspire a ser una obra de arte en absoluto. Estas biografías y autobiografías, por ejemplo, vidas de grandes hombres, de hombres muertos hace mucho tiempo y olvidados, que se codean con las novelas y poemas, ¿vamos a renunciar a leerlas porque no son «arte»? ¿O vamos a leerlas, pero leerlas de otra forma, con un objetivo distinto? ¿Las leeremos en primer lugar para satisfacer esa curiosidad que se apodera en ocasiones de nosotros cuando nos paramos al anochecer frente a una casa con las luces aún encendidas y las persianas sin echar, y cada piso de la casa nos muestra una sección diferente de la vida humana en esencia? Entonces nos consume la curiosidad por la vida de esas personas—los criados cotilleando, los caballeros cenando, la joven vistiéndose para ir a una fiesta, la anciana en la ventana haciendo punto. ¿Quiénes son, qué son, cuáles son sus nombres, sus ocupaciones, sus pensamientos y aventuras?

Una categoría importante

Las biografías y memorias responden a dichas preguntas, iluminan innumerables casas como ésta; nos muestran personas ocupándose de sus tareas cotidianas, trabajando sin descanso, fracasando, triunfando, comiendo, odiando, amando, hasta que mueren. Y algunas veces, mientras miramos, la casa desaparece y la verja de hierro se desvanece y nos encontramos en mar abierto; estamos cazando, navegando, luchando; estamos entre salvajes y soldados; estamos participando en grandes campañas. O si queremos permanecer aquí en Inglaterra, en Londres, aun así la escena cambia; la calle se estrecha; la casa se vuelve pequeña, abarrotada, con vidrieras en forma de diamante y maloliente. Vemos a un poeta, Donne, que ha tenido que salir de esa casa porque las paredes eran tan finas que por ellas se abría camino el llanto de sus hijos. Lo podemos seguir, a través de los senderos que hay en las páginas de los libros, hasta Twickenham; hasta el parque de lady Bedford, un famoso lugar de encuentro para nobles y poetas; y después dirigir nuestros pasos a Wilton, la gran casa al pie de las colinas, y escuchar a Sidney leerle la Arcadia a su hermana; y caminar por las mismísimas marismas y ver las mismísimas garzas que figuran en ese famoso romance; y después viajar de nuevo al norte con esa otra lady Pembroke, Anne Clifford, a sus páramos agrestes, o zambullirnos en la ciudad y controlar nuestro alborozo a la vista de Gabriel Harvey con su traje de terciopelo negro discutiendo sobre poesía con Spenser. Nada es más fascinante que andar a tientas y adentrarnos a trompicones en la oscuridad y el esplendor alternos del Londres isabelino. Pero no nos podemos quedar allí. Los Temple y los Swift, los Harley y los Saint John nos hacen señas; podemos pasar horas y horas desenredando sus disputas y descifrando sus caracteres; y cuando nos cansemos de ellos podemos continuar el recorrido, pasando al lado de una dama de negro que luce diamantes, hasta alcanzar a Samuel Johnson y Goldsmith y Garrick; o cruzar el canal, si nos parece, y encontrarnos con Voltaire, Diderot y madame de Deffand; y así de vuelta a Inglaterra y Twickenham—¡cómo se repiten ciertos lugares y ciertos nombres!—, donde lady Bedford tuvo una vez su parque y Pope vivió posteriormente, a la casa de Walpole en Strawberry Hill. Pero Walpole nos presenta a tal enjambre de nuevos conocidos, hay tantas casas que visitar y timbres que pulsar que tal vez titubeemos un momento, en la puerta de la señorita Berry, por ejemplo, cuando he aquí que llega Thackeray; es el amigo de la mujer que Walpole amaba; de modo que yendo simplemente de amigo en amigo, de jardín en jardín, de casa en casa, hemos pasado de una punta de la literatura inglesa a la otra y despertamos para encontrarnos aquí otra vez en el presente, si es que podemos diferenciar este momento de todos los transcurridos anteriormente. Ésta, pues, es una de las maneras como podemos leer esas vidas y cartas; podemos hacer que iluminen muchas ventanas del pasado; podemos observar a los muertos famosos en sus costumbres habituales e imaginarnos a veces que estamos muy cerca y podemos conocer sus secretos sin ser vistos, y a veces podemos tomar una pieza teatral o un poema que hayan escrito y ver si su lectura es diferente en presencia del autor. Pero esto plantea de nuevo otras preguntas. ¿En qué medida, hemos de preguntarnos, se ve influido un libro por la vida de su autor? ¿Hasta qué punto es prudente dejar que el hombre interprete al escritor? ¿En qué medida vamos a resistir o ceder ante las simpatías y antipatías que el hombre en sí despierta en nosotros, tan sensibles como son las palabras, tan receptivas del carácter del autor? Son preguntas que nos acucian cuando leemos vidas y cartas, y hemos de responderlas por nosotros mismos, pues no puede haber mayor fatalidad que dejarse guiar por las preferencias de otros en un asunto tan personal.

Y quien lee puede ser escritor

Pero también podemos leer dichos libros con otro objetivo, no para arrojar luz sobre la literatura, no para familiarizarnos con gente famosa, sino para refrescar y ejercitar nuestras propias capacidades creativas. ¿No hay una ventana abierta a la derecha de la estantería? ¡Qué delicioso parar de leer y mirar fuera! ¡Qué estimulante es la escena, ajena a sí misma, en su irrelevancia, su movimiento perpetuo, los potros galopando por el campo, la mujer llenando su cubo en el pozo, el burro cabeceando y emitiendo su larga y acre queja! La mayor parte de cualquier biblioteca no es más que el registro de semejantes momentos efímeros en las vidas de hombres, mujeres y burros. Toda literatura, cuando envejece, tiene su pila de desperdicios, su registro de momentos desvanecidos y vidas olvidadas contadas con acentos débiles y entrecortados que han perecido. Pero si nos abandonamos al placer de leer desperdicios quedaremos sorprendidos, es más, sobrecogidos por las reliquias de vida humana que se han desechado para que se pudran. Puede que sea una carta, pero ¡qué visión proporciona! Puede que sean unas pocas frases, pero ¡qué perspectivas evocan! En ocasiones una historia entera vendrá acompañada de un humor, un patetismo y una plenitud tan hermosos que parecerá la obra de un gran novelista, pero es sólo un viejo actor, Tate Wilkinson, rememorando la extraña historia del capitán Jones; es sólo un joven subalterno, a las órdenes de Arthur Wellesley, que se enamora de una guapa muchacha en Lisboa; es sólo Maria Allen, que deja caer su costura en el salón vacío y dice en un susurro cómo desearía haber seguido el buen consejo del doctor Burney y no haberse fugado con su Rishy. Nada de esto tiene valor alguno; es sumamente prescindible; aun así, cuán absorbente es revolver de vez en cuando las pilas de desperdicios y encontrar anillos y tijeras y narices rotas enterradas en el pasado inmenso y tratar de recomponerlas mientras el potro galopa por el campo, la mujer llena su cubo en el pozo y el burro rebuzna.

Pero, a la larga, nos cansamos de leer desperdicios. Nos cansamos de revolver en busca de lo necesario para completar la verdad a medias que es todo lo que los Wilkinson, los Bunbury y las Maria Allen son capaces de ofrecernos. No tenían la capacidad del artista de dominar y de eliminar; no podían decir toda la verdad, ni siquiera sobre sus propias vidas; han desfigurado la historia, tan escultural como podría haber quedado. Todo lo que nos pueden ofrecer son datos, y los datos son una forma de ficción muy inferior. Así crece en nosotros el deseo de haber acabado con las medias verdades y las aproximaciones; de cesar de escudriñar los pequeños matices del carácter humano, de disfrutar de la mayor abstracción, de la verdad más pura de la ficción. Así creamos la atmósfera, intensa y generalizada, ajena al detalle, pero acentuada por algún ritmo recurrente y regular, cuya expresión natural es la poesía; y ése es el momento de leer poesía, cuando somos casi capaces de escribirla.

Viento del oeste, ¿cuándo soplarás?
Caiga, si quiere, la llovizna.
¡Cristo, si mi amor estuviera en mis brazos
y yo en mi lecho otra vez! 1

Definición andaluza de poesía

El impacto de la poesía es tan duro y directo que por un momento no se siente más que el poema mismo. ¡Qué profundas honduras visitamos entonces, qué repentina y completa es nuestra inmersión! No hay nada a lo que agarrarse aquí; nada que nos sostenga en nuestro vuelo. La ilusión de la ficción es gradual; sus efectos están preparados; pero ¿quiénes, de cuantos leen estos cuatro versos, se paran a preguntarse quién los escribió, o evocan la casa de Donne o al secretario de Sidney?; ¿o quién los enreda en la maraña del pasado y en la sucesión de generaciones? El poeta es siempre nuestro coetáneo. Nuestro ser, de momento, está concentrado y constreñido, como en una violenta sacudida de emoción personal. Posteriormente, es verdad, esta sensación comienza a propagarse por nuestra mente en círculos que se ensanchan; llegamos a unas sensaciones más remotas; estas empiezan a sonar y a hacer observaciones y somos conscientes de ecos y reflejos. La intensidad de la poesía cubre un inmenso abanico de sentimientos. Sólo tenemos que comparar la fuerza e inmediatez de

Caeré como un árbol y hallaré mi tumba,
únicamente recordando mi pesar, 2

con la modulación ondulante de

Cuenta los minutos el caer de las arenas,
como las de un reloj; la yunta del tiempo
nos consume hasta la tumba, y la observamos;
un tiempo de placer, pasado el jolgorio, vuelve a casa
por fin, y acaba con tristeza; pero la vida,
cansada de tanta animación, cuenta cada grano,
gimiendo y suspirando, hasta que cae el último,
para así concluir la calamidad con el reposo, 3

o coloquemos la calma meditativa de

…en el joven o el anciano
Nuestro sino, el hogar y corazón de nuestro ser,
está en el infinito, y sólo en él;
en la esperanza está, la que no muere,
en el esfuerzo, expectación y anhelo,
y en algo siempre por acontecer. 4

junto a la completa e inagotable belleza de

La mudante luna subía por el cielo,
y en ningún lugar permanecía:
suavemente subía,
con una estrella o dos a su lado. 5

o la espléndida fantasía de

Y el que el bosque frecuenta
no detendrá sus pasos despreocupados
cuando, bien lejos en un claro
del incendio del gran mundo,
una tierna llama que salta
se le antoje, a su criterio,
azafrán a la sombra. 6

para adquirir conciencia del variado arte del poeta; su capacidad para hacernos a la vez actores y espectadores; su capacidad de enfundarse en la mano a los personajes como si de un guante se tratase, y de ser Falstaff o Lear; su capacidad de condensar, de ensanchar, de enunciar de una vez y para siempre.

Regresar y comparar

«Sólo tenemos que comparar»; con esas palabras se descubre el pastel, y queda admitida la verdadera complejidad de la lectura. El primer proceso, el de recibir impresiones con el máximo entendimiento, es sólo la mitad del proceso de leer; otro debe completarlo si queremos obtener el mayor placer de un libro. Debemos juzgar estas impresiones múltiples; debemos hacer de estas formas efímeras una que sea recia y duradera. Pero no de inmediato. Esperemos a que el polvo de la lectura se asiente; a que el conflicto y los interrogantes amainen; paseemos, conversemos, arranquemos los pétalos marchitos de una rosa o quedémonos dormidos. Entonces, de repente, sin que lo queramos, porque es así como la naturaleza efectúa estas transiciones, el libro volverá, pero de modo diferente. Irá flotando por el aire hasta la mente como un todo. Y el libro como un todo es diferente del libro recibido comúnmente en frases separadas. Los detalles ahora encajan en su sitio. Vemos la forma de principio a fin; es un cobertizo, una pocilga o una catedral. Ahora, pues, podemos comparar un libro con otro, igual que comparamos un edificio con otro. Pero el hecho de compararlos significa que nuestra actitud ha cambiado; ya no somos los amigos del escritor, sino sus jueces; y lo mismo que no podemos ser demasiado compasivos como amigos, tampoco podemos como jueces ser demasiado severos. ¿No son acaso criminales unos libros que han dilapidado nuestro tiempo y nuestras simpatías?; ¿no son los más insidiosos enemigos de la sociedad, corruptores, ultrajadores, los escritores de libros falsos, libros impostores, libros que llenan el aire de decadencia y enfermedad? Seamos, pues, severos en nuestros juicios; comparemos cada libro con el más grande de su especie. Ahí están suspendidas en la mente las formas de los libros que hemos leído, solidificadas por los juicios que hemos vertido sobre ellos: Robinson Crusoe, Emma, El regreso del nativo. Comparemos esas novelas con éstas—incluso la última y menor de las novelas tiene derecho a ser juzgada con las mejores. E igual con la poesía—cuando la intoxicación del ritmo haya pasado y el esplendor de las palabras se haya desvanecido, una forma visionaria volverá a nosotros, y hemos de compararla con Lear, con Fedra, con El preludio; o si no con éstos, con cualquiera que sea el mejor o nos parezca lo mejor de su clase. Y podemos estar seguros de que lo novedoso de la nueva poesía y la ficción es su cualidad más superficial, y que sólo tenemos que alterar ligeramente, no remodelarlos, los patrones por los que hemos juzgado las antiguas.

Sería una insensatez, por tanto, pretender que la segunda parte de la lectura, juzgar, comparar, sea tan sencilla como la primera—abrir la mente de par en par al rápido cúmulo de innúmeras impresiones. Continuar leyendo sin el libro delante, enfrentar sus siluetas ensombrecidas una contra otra, haber leído mucho y con bastante criterio para hacer que esas comparaciones vivan y sean iluminadoras. Eso es difícil; aún más difícil es ir más lejos y decir: «No sólo es el libro de tal clase, sino que es de tal valor; aquí falla; aquí funciona; esto es malo; esto es bueno». Desempeñar esta parte del cometido de un lector necesita tanta imaginación, perspicacia y conocimiento que es difícil concebir que haya una sola mente lo bastante dotada para ellos; es imposible, aun para la persona más segura de sí misma, encontrar algo más que las semillas de esas capacidades en su interior. ¿No sería más sensato, entonces, renunciar a esta parte de la lectura y permitir a los críticos, las autoridades cubiertas de pieles y vestidas con togas de la biblioteca, que decidan por nosotros la cuestión del valor absoluto del libro? ¡Pero qué imposibilidad! Podemos acentuar el valor de la empatía; podemos tratar de hundir nuestra propia identidad cuando leemos. Pero sabemos que no podemos compenetrarnos por completo o sumergirnos por completo; hay siempre un diablo en nosotros que susurra, «Odio, amo», y no podemos hacerlo callar. En verdad, es precisamente porque odiamos y amamos por lo que nuestra relación con los poetas y novelistas es tan íntima que encontramos intolerable la presencia de otra persona. Y aunque los resultados sean odiosos y nuestros juicios erróneos, aun así nuestro gusto, el nervio de la sensibilidad que nos atraviesa con sus descargas, es nuestra fuente de luz principal; aprendemos mediante los sentimientos; no podemos suprimir nuestra propia idiosincrasia sin empobrecerlos. Pero a medida que el tiempo avance quizá podamos educar nuestro gusto; quizá podamos hacer que se someta a cierto control. Cuando nos hayamos alimentado ávida y profusamente de libros de todas clases—poesía, ficción, historia, biografía—y hayamos parado de leer y considerado durante una buena temporada la variedad, la incongruencia del mundo vivo, encontraremos que está cambiando un poco; ya no es tan ávido, es más reflexivo. Empezará a ofrecernos juicios no sólo sobre libros particulares, sino que nos dirá que hay una cualidad común a ciertos libros. Escucha, dirá, ¿cómo llamaremos a esto? Y nos leerá quizá Lear y después quizá Agamenón para extraer esa cualidad común. Así, con nuestro gusto para guiarnos, nos aventuraremos más allá del libro en particular en busca de cualidades que agrupen los libros; les pondremos nombre y conformaremos una regla que ordene nuestras percepciones. Esa discriminación nos dará un placer mayor y más singular. Pero como una regla sólo vive cuando la infringe perpetuamente el contacto con los libros mismos—nada es más fácil ni entorpecedor que hacer reglas que existan sin contacto con la realidad, en un vacío—, ahora por fin, para darnos firmeza en este difícil intento puede que convenga acudir a los rarísimos escritores que son capaces de iluminarnos sobre la literatura como arte. Coleridge y Dryden y Johnson, en su crítica ponderada, los poetas y novelistas en sus dichos irreflexivos, con frecuencia sorprende su relevancia; iluminan y solidifican las vagas ideas que caían en las brumosas profundidades de nuestras mentes. Pero sólo son capaces de ayudarnos si acudimos a ellos cargados de preguntas y sugerencias ganadas honradamente en el transcurso de nuestra propia lectura. No pueden hacer nada por nosotros si nos volvemos gregarios bajo su autoridad y nos postramos como ovejas a la sombra de un seto. Únicamente podemos comprender su resolución cuando entra en conflicto con la nuestra y la vence.

Leer y criticar

Si esto es así, si leer un libro como debería leerse requiere las cualidades más excepcionales de imaginación, perspicacia y juicio, quizá podamos llegar a la conclusión de que la literatura es un arte muy complejo y que es improbable que seamos capaces, ni siquiera tras toda una vida de lectura, de contribuir con algo valioso a su crítica. Debemos seguir siendo lectores; no nos investiremos con la gloria que pertenece a esos raros seres que son también críticos. Pero aun así tenemos nuestras responsabilidades como lectores e incluso nuestra importancia. Los parámetros que establecemos y los juicios que expresamos se escabullen sigilosamente por el aire y pasan a formar parte de la atmósfera que respiran los escritores cuando trabajan. Se crea un influjo que les afecta aunque no encuentre nunca el camino de la imprenta. Y ese influjo, si estuviera bien instruido, fuera enérgico e individual y sincero, podría ser de gran valor ahora que la crítica está necesariamente en desuso; cuando se pasa revista a los libros como si fueran una procesión de animales en una galería de tiro, y el crítico dispone solamente de un segundo para cargar, apuntar y tirar, con razón se le puede perdonar si confunde conejos con tigres, águilas con aves de corral, o si yerra por completo y desperdicia su tiro con alguna pacífica vaca que pace en un prado apartado. Si detrás del errático fuego de la prensa el autor sintiera que hay otra clase de crítica, la opinión de la gente que lee por amor a la lectura, lenta y no profesionalmente, y juzgando con una gran comprensión, y sin embargo con gran severidad, ¿no podría esto mejorar la calidad de su obra? Y si gracias a nosotros los libros pudieran llegar a ser más robustos, más ricos y más variados, ése sería un fin digno de alcanzar.

Aun así, ¿quién lee para conseguir un fin, por más deseable que sea? ¿No hay algunas actividades que practicamos porque son buenas en sí mismas, y algunos placeres que son inapelables? ¿Y no se encuentra éste entre ellos? Algunas veces he soñado, al menos, que cuando llegue el día del Juicio Final y los grandes conquistadores y juristas y hombres de Estado vayan a recibir su recompensa—sus coronas, sus laureles, sus nombres esculpidos indeleblemente en mármol imperecedero—, el Todopoderoso se dirigirá a Pedro y le dirá, no sin cierta envidia cuando nos vea llegar con nuestros libros bajo el brazo: «Mira, éstos no necesitan recompensa. No tenemos aquí nada que darles. Han amado la lectura». ¶

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1 Romance inglés anónimo, siglo XVI.

2 Beaumont y Fletcher, The Maids Tragedy (1610), IV. 1.

3 John Ford, The Lover‘s Melancholy (1629), IV. III. 57-64.

4 William Wordsworth, El preludio, libro VI, versos 603-608 (trad. de Bel Atreides, Barcelona, DVD ediciones, 2003).

5 Samuel Taylor Coleridge, La balada del viejo marinero (Barcelona, Círculo de Lectores, 2002), versos 225-228.

6 Ebenezer Jones (1820-1860), «When the World is Burning», versos 23-27.

© Virginia Woolf: How Should One Read a Book? (¿Cómo debería leerse un libro?). Publicado en Yale Review, octubre de 1926. Traducción de Daniel Nisa Cáceres.

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La amiga de Neruda y Borges que inspiró a Rulfo

María Luisa Bombal, una verdadera bomba de tiempo

 

Página 12 (Argentina) trajo, en su sección Radar Libros, el interesante texto que se reproduce a continuación con mínimos ajustes. Trata de María Luisa Bombal, una escritora bisagra de la literatura hispanoamericana, precursora del realismo mágico.

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La escritora de dos novelas perfectas y un suicidio y el homicidio de su amante fallidos

Su obra breve e intensa, escrita casi toda en Buenos Aires, fue decisiva en la literatura chilena, pero también tuvo fuerte influencia en autores como Juan Rulfo, quien la reconoce como inspiradora de Pedro Páramo y Gabriel García Márquez. María Luisa Bombal tuvo una vida signada por amores tormentosos y vínculos amistosos y literarios con Pablo Neruda, Jorge Luis Borges y Victoria Ocampo. 

Por Mercedes Halfon

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Autora de una obra mínima y perfecta, María Luisa Bombal es una de las las voces más importantes de la literatura chilena. Una voz secreta pero que llegó a los oídos correctos y dejó su influjo en las sombras, allí donde crecen las plantas más suaves y extrañas: allí nacieron y quedaron sus palabras, condensadas en dos novelas y un puñado de cuentos publicados entre Argentina, Chile y Estados Unidos, donde esta mujer hermosa y extravagante vivió. Una poeta de la prosa, dueña de una escritura precisa y enigmática, que hechiza desde la primera línea. Interlocutora privilegiada y amiga de Pablo Neruda y Jorge Luis Borges, su vida es también parte de esa obra. Impetuosa y cosmopolita, pero atada a las convenciones que una mujer de la alta burguesía podía permitirse en las primeras décadas del siglo XX. Atravesada por el rayo violento del amor, su sufrimiento quedó de algún modo tallado en sus dos novelas La última niebla y La amortajada, a veces adelantándose a los hechos, otras apropiándose de ellos para llevarlos aún más alto en la fantasía. No es posible leer a ninguna de las protagonistas de sus relatos y no pensar en ella, María Luisa Bombal, que fue capaz de mucho, ir con su cuerpo hacia lo prohibido y salir, si bien no ilesa, por lo menos viva.

Es esta la historia que cuenta María Luisa Bombal, el teatro de los muertos, que acaba de salir por Ediciones Universidad Diego Portales de Chile. Escrito por Diego Zúñiga, joven narrador chileno que traza en este perfil un fino entramado que recorre los días de la narradora, apropiándose de sus motivos para unir los hilos sueltos de una vida misteriosa y triste, a la vez que poner en su lugar a una obra que merece ser revalorizada con urgencia. Un libro compacto y escrito con delicadeza que a la vez que narra y reflexiona, invita a leer a su protagonista de un modo nuevo, receptivo a sus contradicciones y cercano a las generaciones más jóvenes de las que el autor forma parte.

 

LOS AÑOS LOCOS

Bombal nació en Viña del Mar en 1910 y vivió en esa ciudad hasta que la muerte prematura de su padre—cuando ella tenía nueve años—hizo que su madre decidiera mudarse primero a la casa de un abuelo y luego, en 1923, a París. Su formación como lectora y como escritora va a tener lugar en esa ciudad. París era una fiesta y María Luisa lo capturó en seguida. Estudia en un colegio católico, toma clases de violín, se convierte en una lectora ejemplar y comienza a escribir poemas.

En las entrevistas que le hicieron siempre contó que su primer contacto con la literatura había sido a través de los cuentos que le leía su madre, de ascendencia del norte de Europa: cuentos fantásticos de los Hermanos Grimm y Hans Christian Andersen leídos en idioma original. Pero en París descubriría a los clásicos franceses del siglo XIX—Balzac, Flaubert, Sthendal—y conocería gente que sería clave en su futuro, como al escritor argentino Ricardo Güiraldes, que le dice que debe dedicarse a escribir. Y no sólo a él. En una escuela de teatro experimental fue compañera de Antonin Artaud. Eran los locos años veinte. Por eso, como escribe Diego Zúñiga: “Su literatura será heredera de las vanguardias históricas, una bomba que explotará en medio de aquellos retratos naturalistas a los que estaba acostumbrada la literatura latinoamericana y chilena”.

La atrae la escena

En 1931 vuelve a Chile obligada por su escandalizada madre, quien ya había retornado al país y se enteró de sus escarceos con las artes escénicas. Y es en Valparaíso, donde la deja el barco con el que cruzó el Atlántico, donde conoce a su gran amor, Eulogio Sánchez. En ese tiempo, a la vez que verse a escondidas con Eulogio y sufrir por su situación complicada—casado, pero separado de hecho—se vincula con otros escritores chilenos. Su familia se traslada a Santiago donde conoce a Pablo Neruda y a Marta Brunet a quienes ve en diversas tertulias. Conversan sobre sus lecturas parisinas de Verlaine, Mallarmé y Baudelaire, muy valoradas por los locales. Es conocida la elogiosa y sesgadamente machista opinión de Neruda sobre Bombal: “Es la única mujer con la cual se puede hablar seriamente de literatura.”

Entonces ocurre una escena fatídica. Eulogio comienza a alejarla, pero tratando de no ofenderla, la invita a cenar junto con una de sus hermanas a su casa. En medio de la comida María Luisa se levanta, va hasta uno de los cuartos, toma un arma y se dispara. El tiro le da en un hombro. Luego de esa noche, Eulogio desaparece. Ella está desesperada, siente que no tiene nada que hacer en Chile. Pablo Neruda y su mujer la invitan a Buenos Aires, donde el gran poeta fue nombrado cónsul. Se traslada a Buenos Aires y se instala en la casa de sus amigos, donde va a intentar reiniciar su vida, lejos de aquel amor trágico que la estaba volviendo loca. Le saldrá a medias.

 

DIARIO ARGENTINO

Pero en Buenos Aires comienza una nueva historia. “Aquí empieza, en estricto rigor rigor, la vida literaria de María Luisa Bombal: los años definitivos, casi siete años en lo que escribió toda su obra, cada palabra por la que hoy sigue siendo recordada y leída por generaciones de adolescentes que en la escuela les toca descubrir esos sueños y pesadillas que dejó registradas en La última niebla, La amortajada y ese cuento perfecto que es El árbol”, anota Zúñiga.

En la mesa de la cocina de Neruda escribe La última niebla. Un relato fascinante sobre una mujer que en un fundo alejado de la ciudad, en las horas largas que le deja su matrimonio letárgico, fantasea con un hombre al que vio una sola vez. La naturaleza la absorbe y en medio de pantanos y árboles tenebrosos evoca una y otra vez escenas que no volverá a vivir. Es un texto onírico, de un deslumbrante trabajo con el lenguaje y a la vez un retrato perfecto de la sensibilidad de una mujer aislada, sin un entorno social claro, metida hacia adentro y que solo escapa en sueños. En esta novela, según los estudiosos, está descrito el primer orgasmo narrado por una mujer en la literatura chilena. Nada menos.

El libro sale de imprenta en 1935 y es muy bien recibido por la crítica porteña. Algunos ejemplares cruzan la cordillera, circulan de mano en mano entre sus amigos y un puñado de críticos celebran el debut de la novelista. No solo los chilenos, sino también los argentinos que había empezado a frecuentar, Oliverio Girondo y Norah Lange, a quienes había encandilado con su conversación brillante y aguda. Aquí conocerá al que será su primer marido, el pintor Jorge Largo, con quién tendrá un matrimonio breve y fallido.

Buenos amigos

Y es también en la casa de Lange y Girondo donde conoce a José Bianco y Jorge Luis Borges, con los que será muy cercana en esos años porteños. Su amistad con Borges fue estrecha, se leían, paseaban, iban al cine, a escuchar tango. Esta amistad le permitió acercarse al grupo Sur, empezar a colaborar con algunos textos de crítica para la revista. Victoria Ocampo la va a recibir en su editorial, donde publica su segundo libro: La amortajada.

En una de sus tantas caminatas con el escritor le cuenta el argumento de un relato. Una mujer que ya muerta, en el ataúd donde la rodean sus familiares y amigos, hace un racconto de su vida. Un relato fantástico de una atmósfera oscura donde las voces de los deudos y de la propia amortajada se confunden. Borges duda de esa mezcla de registros, lo realista y lo surreal. Sin embargo Bombal decide escribirlo. Corrige, avanza, llega a una versión que empieza a circular entre sus amigos hasta que Victoria decide publicarla. Así comienza La amortajada: “Y luego que hubo anochecido, se le entreabrieron los ojos. Oh, un poco, muy poco. Era como si quisiera mirar escondida detrás de sus largas pestañas. A la llama de los altos cirios, cuantos la velaban se inclinaron, entonces, para observar la limpieza y la transparencia de aquella franja de pupila que la muerte no había logrado empañar. Respetuosamente maravillados se inclinaban, sin saber que Ella los veía. Porque ella veía, sentía.”

La novela se publica en 1938. En una elogiosa reseña que publica en Sur, Borges recordará la conversación que habían tenido tiempo atrás y sus equivocadas sospechas. Y cierra diciendo una frase que se repetirá siempre en los textos sobre Bombal: “Libro de triste magia, deliberadamente surannée,* libro de oculta organización eficaz, libro que no olvidará nuestra América.”

Las críticas y el entusiasmo que desata son unánimes. La amortajada es aun más complejo y extraño que el anterior. La precisión con que describe el limbo de una mujer entre la vida y la muerte no tenían precedentes. Sus desamores parecen tomados de materiales autobiográficos, pero introducidos con una maestría que sorprende. Bombal tiene 27 años y su lugar en la literatura está asegurado para siempre.

 

PUERTA CERRADA

María Luisa sigue en Buenos Aires, y sigue en vena. Termina cinco cuentos; uno de ellos es el célebre El árbol, que se publicará en la revista Sur. Escribe reseñas, entre ellas una sobre Puerta cerrada de Luis Saslavsky que le valdrá la amistad con el director. Y luego, la escritura de un guión de cine para él: La casa del recuerdo que se estrena en 1940 y es un éxito. Se le abren las puertas del cine y algunos años después, en Estados Unidos, volverá a él. Pero ahora, con estos textos se clausuran sus años argentinos. Con lo que se pondrá punto final también prácticamente a toda su obra. Sobrevendrá un silencio literario, plagado de tristezas y tragedia.

En 1940 vuelve a Chile. Está en medio de un—nuevo—desengaño amoroso y al mismo tiempo de la escritura de María Griselda, el que va a ser su último cuento. Sus amigos temen por su salud mental, con razón. En ese momento se entera de que su gran amor Eulogio Sánchez volvió al país.

Apuntando al amante

Hay una escena de la vida de María Luisa Bombal alrededor de la que todo lo demás gira en círculos. Es la historia que siempre se cuenta, cuando se habla de su trágica vida. Y ocurre en esos días. El 26 de enero de 1941 la escritora despierta en el Hotel Crillón, en pleno centro de Santiago. Almuerza con su madre, vuelve al hotel y toma unas copas. Intenta escribirle una carta a Eulogio pero no lo logra. Sale del hotel y lo ve. Eulogio, lo llama, él se da vuelta. Y ella le dispara una, dos, tres, cuatro veces. Él se desploma en el suelo. Alguien lo mete en un taxi. La llevan a la comisaría y luego a un correccional de mujeres. Ella está en shock. Perdió el habla y cree que mató a su primer amor.

Muchas veces le preguntaron a la escritora por ese episodio, el intento de homicidio de su amante, pero ella nunca quiso hablar realmente. Dio algunas respuestas vagas hasta luego guardar un silencio definitivo. Fue absuelta, luego de penosos exámenes psíquicos y vericuetos judiciales. Él sobrevivió al ataque. Nunca más volvieron a verse. Al año siguiente María Luisa viaja a Estados Unidos donde residirá por los siguientes 30 años.

 

VIAJES DE PELÍCULA

Desde el otro lado del teléfono Zúñiga reflexiona sobre los años argentinos y los que vinieron después: “Los años que vive en Buenos Aires son fundamentales en términos creativos: un par de años epifánicos. Todo eso me hizo pensar mucho en el prólogo que escribe Eliot a los ensayos de Pound, donde cuenta lo importante que fue Pound para toda una literatura con sus intervenciones críticas, y que en el fondo dice que Pound lo que buscaba era armar un campo literario muy estimulante pues eso indudablemente iba a impactar en su propia escritura. Y así fue. Y creo que algo de eso le pasó a Bombal. No me parece gratuito que la mayor parte de su obra haya sido escrita en ese momento, con esos diálogos que deben haber nutrido su propia escritura, sus lectura, su imaginación. Después de Buenos Aires viene a Chile y sólo tragedias, y más tarde se va a Estados Unidos y nada, pareciera que allí no pasó nada realmente tan estimulante en términos culturales como para que ella volviera a escribir.”

En Washington trabaja para la embajada chilena. Luego se muda a Nueva York, donde colabora con la agencia de publicidad Sterling. Se dedica a la lectura y a la bebida, un hábito que la va acompañar—y empujar también, si se quiere—hasta la muerte. Zúñiga escribe: “Si tuviéramos que resumir en dos palabras lo que serán los 30 años de Bombal en Estados Unidos habría que decir: Hollywood y matrimonio”. En 1946 le compran texto, House of Mist, para realizar una película, y aunque cobra una cifra exorbitante, el filme nunca se realiza. Allí también conoce y se casa con el conde francés Raphael ‘Fal’ Saint-Phalle y Chabannes. Y con él tiene a su única hija, Brigitte.

En esos tiempos la poeta Gabriela Mistral es nombrada cónsul chilena en Nueva York. Ya se conocían y carteaban pero es aquí que traban una amistad fuerte. No son muchos más los amigos que tiene ahí. La vida familiar, lo doméstico, la abruman y sobrepasan. Brigitte y Fal, siente, están cada vez más lejos. Y el derrumbe emocional es inminente.

Durante la década del sesenta viaja algunas veces a Chile, no quiere que la olviden. El 1967 la postulan, por primera vez, al Premio Nacional de Literatura, pero para variar, se lo dan a un hombre. Vuelve a Estados Unidos, pero su relación con su hija Brigitte es distante, ella estudia Matemática en la Universidad de Cornell, y casi no se comunica con su madre. En 1969 Fal enferma gravemente y muere. María Luisa está sola en Estados Unidos, deprimida, muy aferrada a la bebida y decide volver. En 1973 regresa definitivamente a Santiago, pocas semanas antes del golpe de Augusto Pinochet. Una dictadura sobre la que va a tener algunos comentarios favorables. No va a volver a salir de Chile, ni va a escribir una línea más hasta su muerte en 1980.

 

LAS CALLES DE COMALA

Se le negó el Premio Nacional de Literatura

Durante todo ese tiempo las lecturas sobre la obra de María Luisa se suceden y multiplican. Diego Zúñiga cuenta, sobre su proceso de escritura del libro: “No sé si en la investigación descubrí muchas cosas más de las que algún experto en Bombal ya sabía. Los descubrimientos vinieron en otro plano, en el sentido de la lectura de sus libros: había días en que me fascinaban y había días en que no los entendía, pero al final, en medio de todas esas contradicciones, creo que se impuso una relación con su obra que me parece muy estimulante.” Y agrega, sobre las diversas lecturas con las que se fue encontrando: “Hay que decir que Bombal tiene un lugar importante en el canon, que fue leída de manera muy entusiasta por los críticos literarios más significativos del siglo XX en Chile, digo, tuvo ese reconocimiento aunque nunca le entregaron el Premio Nacional de Literatura, y sí, ahí por supuesto que se deja ver el machismo de la escena chilena. Digo, Bombal es una excepción, es la rara también, la que publicó sólo un par de libros breves y la que intentó asesinar a su amante, en ese relato por supuesto que hay una mirada machista que, me parece, espero, se está cuestionando hoy. La academia siempre ha estudiado mucho a Bombal, sobre todo al principio desde una mirada feminista como la de Lucía Guerra y ahora creo que se la ha empezado a leer desde otros lugares, lo que me parece destacable, pues su obra creo que está llena de pliegues, de contradicciones y de vínculos estéticos con otros proyectos literarios, como es el caso con Rulfo o con Armonía Sommers, por ejemplo.”

Fue el argentino José Bianco el primero que vinculó la literatura de Bombal con la obra de Juan Rulfo, ese otro escritor de obra breve y perfecta. En un texto que escribió para un homenaje a Bombal, cuatro años después de la muerte de la escritora. No va a ser el último que lo haga. Incluso el mismo Rulfo dice que La amortajada lo impresionó mucho en su juventud, y que fue una influencia clave en la escritura de ese prodigio fantasmal que es Pedro Páramo. Se conocieron en México, en 1940 y reencontraron en Chile, en 1972. “Ahí recordamos cómo nos habíamos conocido, y le agradecí su apreciación de mi obra. Le dije que sus páginas habían inspirado varias calles de Comala y dijo sentirse honrada”, recordó Rulfo.

Mágica y realista

Zúñiga deja en boca de Gabriel García Márquez una definición definitiva. Fue él quien dijo “No leí la obra de Bombal sino mucho después. La encontré buscando las propias lecturas e influencias de Rulfo. Ella es la adelantada de lo que se ha dado en llamar realismo mágico.” Pero no queda ahí. En la última sección del libro Zúñiga da lugar a una serie de voces de críticas y escritoras jóvenes chilenas que asumen la herencia fundamental de Bombal en sus escrituras a la vez que amplían la mirada sobre su trabajo. Muestran que la rareza de su obra—lo sentimental, lo onírico, lo melodramático, lo vanguardista, lo macabro—permanece de algún modo inalterable, no agota las posibilidades de lectura.

El libro de Zúñiga se inicia con la escena final. Y es la de la escritora amortajada, como la protagonista de su novela más célebre. Sus amigos y colegas rodeándola en esa última ceremonia. Y termina con la mención a un misterioso baúl que tendría material inédito, pero que quedó perdido en el limbo de la herencia entre un sobrino y su hija Brigitte. ¿Será que alguna vez se abra su candado y aparezca, como una voz de entre los muertos, nuevamente, la de María Luisa Bombal? ¶

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Reflexiones formíceas de la hora

La redacción de este blog reúne acá cuatro textos de compañeras con oportunas reflexiones, suscitadas por las anómalas condiciones impuestas por la inesperada Covid 19, que en el momento de esta publicación —20 de mayo—registra mundialmente 4.968.689 casos de infección y 326.515 fallecimientos por su causa. Cualquier otra Hormiga puede remitir sus pensamientos para añadirlos a estas notas.

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Mi amigo el Tiempo

 

Hace 21 años, en una operación que resultó después en tres y con terapia dos veces y 28 días hospitalizada escribí:

Cuando uno está en la vida cotidiana, el tiempo se esfuma y te exige correr, te angustias, no alcanza y siempre queremos más.

Artus Wollfort: Chronos, el dios del tiempo

Pero el tiempo es sereno, tranquilo, y está ahí esperando que lo disfrutes, te organices y que no exijas mucho de él. Sí, el tiempo que tan lentamente fluye se ha vuelto tirano de nuestros días, pues buscamos una eficiencia equivocada de su valor. Nuestra relación es de exprimir el día uniendo semanas y meses en maratónica sucesión.

Aquí, Tiempo que no pasas, que me regalas con lo más maravilloso de tus virtudes—reposo, tranquilidad y observación—, te rechazo pues me empalagas“.

Y como el mundo da vueltas el Tiempo me ha dado otro guiño.

Ahora es el planeta entero el que está enfermo y yo, tratando de hacer pases con el tiempo arreglando unas gavetas, me encontré ese escrito que me ha hecho pensar.

Las personas se han visto de repente con “todo el tiempo del mundo” y gracias a las redes hemos visto tantas reacciones: unas simpáticas, grabando chistes de cómo compartir con la pareja, con los hijos extenuados que no saben qué hacer con ellos. Otras más desesperadas: ¡Auxilio! ¡Quiero salir, quiero ir a un restaurant, quiero ir a la playa! Quiero, quiero… Quiero mi vida, quiero mi tiempo.

A la gente le da miedo el coronavirus, tan letal y contagioso. Pero también tiene miedo de tener tanto tiempo para llenarlo, y pesan esas horas eternas.

El mundo está paralizado, como nunca lo habríamos pensado. La humanidad entera se ha visto encerrada semanas que se volvieron meses. Volver a la normalidad nos costará.

El tiempo empezará a correr, primero lentamente y después se acelerará. Está en nosotros disfrutarlo más. Como dice el Eclesiastés 3: 1 -15 hay tiempo para todo y de nada vale afanarse.

Mientras yo, ya sea por mi condición, estoy tranquila; las redes me distraen, veo Netflix, leo. Aunque a veces también mi amigo el Tiempo me empalaga.

 

Carolina Baquero – En tiempo del coronavirus, semana 10 de cuarentena

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La distancia social como refugio y a la vez como forma de evasión

 

Epidemia

Contagio…

Cuarentena…

Aislamiento social…

Angustia…

Demasiada información…

Y el lema: “Quédate en casa”…

Conducta evasiva

Nos metemos en la casa en la que nunca teníamos tiempo para estar.

Descubrimos ahí el silencio y también el ruido familiar. Descubrimos el tiempo para casi todo y el no apuro para nada.

Nos imponemos nuestro propio ritmo y nos afloran habilidades insospechadas.

Nos intoxicamos de noticias y nos acostumbramos como se acostumbra a todo el ser humano.

Y nos gustó el aislamiento, y pasado el tiempo no vamos a querer salir, volver a la vida anterior.

Nos sentimos seguros aislados porque afuera está el miedo al contagio, esta el caos.

Nos aislamos y nos evadimos.

La distancia social… la evasión…

 

Graciela Behrens – mayo 2020

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Reflexiones de la pandemia

 

De unos años para acá, he descubierto con agradecimiento que escribir lo que se siente es sanador, es excelente catarsis, eleva la autoestima. Se me ha hecho fácil, porque situaciones puntuales de la vida me han ido presentando la oportunidad de hacerlo.

En estos momentos me encuentro en un dilema diferente. Me ha costado como nunca, me he sentido, si se quiere, paralizada.  Meditando mucho en estas largas y angustiantes horas de cuarentena, conseguí la palabra que buscaba: MIEDO.

Pienso que me costó tanto aceptarlo porque el “miedo conocido” ya se ha instalado entre nosotros desde hace más de veinte años. Es un miedo puntual, endógeno, que ha atrapado a los venezolanos y nos ha hecho ir acostumbrándonos a un deterioro absoluto de nuestra calidad de vida con todo lo que eso implica.

Este miedo es diferente; es aterrador, se acerca al pánico, porque es “global”, miedo a lo desconocido, a lo imponderable, a lo que no solemos ver sino en las películas de ficción.

Pero lo peor de todo es que nos ha hecho aceptar, de golpe y porrazo, una fuerte realidad: que la palabra “global”, implica concientizar que nuestros hijos, nuestros nietos, nuestras familias y amigos, forman parte de ese mundo amenazado.

Un miedo muy difícil de controlar y ahora entiendo por qué es paralizante.

-Nos ha hecho sacar fuerzas para aparentar estar tranquilos y ecuánimes ante nuestros hijos, reinventarnos para darles consejos, aun teniendo la certeza de que ellos están mucho más solos que nosotros.

-Impotencia y pánico ante la dificultad de manejar la situación de aislamiento, especialmente cuando tenemos nuestros ancianos confinados en manos de “ángeles de la guarda” que los cuidan por nosotros.

-Luchar como nunca antes por mantener y conservar esa “salud mental”, tan frágil para los que tenemos años viviendo esta dictadura, la separación de las familias, el desabastecimiento al principio y ahora la carestía de los insumos, el horror de los hospitales, la migración de tantísima gente buscando sobrevivir.

Vivir en primera plana la situación de las personas que nos trabajan, oír a los niños de nuestra catequesis su visión de sufrimiento… y un largo etcétera.

-Creíamos que lo habíamos visto todo… acostumbrados a ver, en los noticieros internacionales, que nuestro país está en la primera plana de las noticias trágicas e incomprensibles para el mundo.

Mente positiva

Pero esto es diferente. Nos ha obligado a ser aun mucho más creyentes de lo que éramos, aferrarnos a nuestra FE para sentir ese ánimo y esa fortaleza que no podemos perder.

Nos ha permitido reflexionar y cambiar las perspectivas para ver lo que verdaderamente tiene sentido en la vida.

Por esa razón he decidido aferrarme al bien más preciado que todos tenemos: son nuestras vivencias, nuestros afectos, lo bello y positivo que tenemos, ponerlo todo en palabras, para así combatir ese miedo paralizante y convertirlo en fuerza de vida para no decaer y seguir adelante.

 

Rosa Elena Larrazábal – marzo 2020

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Elucubraciones de cuarentena

 

Siempre he estado segura de la existencia de vida extraterrestre. No puedo creer que en la inmensidad del universo seamos sólo nosotros los únicos seres pensantes que lo habitemos. En muchas de esas galaxias lejanas debe haber una, dos o más estrellas que iluminen planetas donde la vida haya florecido. Otras especies, otro tipo de inteligencia…

Vecindad extraterrestre

Al conocer, a medida que crecía, de la violencia fratricida que es la historia de la humanidad y buscando—tonta de mí—alguna solución para que todos los hombres de la tierra dejaran los pleitos y se consideraran unidad, pensé que cuando nuestros vecinos extraterrestres se hicieran presentes, ese milagro pudiera ocurrir.

Ya no importaría para nada de qué color es la piel, si eres rico o pobre, o qué religión practicas. Porque así es como son los grupos sociales; forman unidad ante otros, diferentes, o más grandes, o desconocidos, o muy agresivos. Por fin nos sentiríamos, los terrestres, como verdaderos hermanos ante ellos.

El año 2020 se ha comportado realmente muy amenazador. La tarde del 7 de marzo, reunidos en familia para apagarle las tres velitas a mi nieto menor, mi hijo me dijo que comprara comida y medicinas como para dos meses, que lo del coronavirus era muy serio y nos iba a tocar encerrarnos por un tiempo. Pensé que exageraba, pero comencé, otra vez, a sobreabastecerme, como en años anteriores de desabastecimiento revolucionario. Hoy, diez semanas después, veo que no podíamos ni imaginar la magnitud de lo que se avecinaba. Tampoco lo que nuestra pobre gente venezolana iba a sufrir. Los que quedábamos aquí, sin los más mínimos servicios básicos funcionando, y muchos de los que se habían ido, y ahora, sin trabajo ni dónde vivir, intentan regresar por cualquier medio, aunque sea caminando.

El puto virus, como le dicen los españoles, ha sido la noticia constante en todos los medios de todas partes del mundo. Ha transformado a todos los mayores de sesenta años en ancianos “desechables”, y eso que estábamos en el siglo de “la juventud prolongada”. Ha enfermado a millones y ha matado a miles de personas.

Una de esas tardes rosadas y calurosas de principio de cuarentena, viendo a lo lejos la Silla de Caracas, borrosa por la calina que viene desde el Sahara y las quemas del verano, pensando en que algo bueno nos tiene que dejar esta experiencia apocalíptica, comprendí que el virus es también un buen motivo para unir a la humanidad, un enemigo común, algo que no podemos vencer si no estamos unidos, pues ataca por igual a blancos que a los de color, a católicos y mahometanos, a los heterosexuales y a cualquier otra modalidad de preferencia sexual… Nadie es inmune y cualquiera te lo puede contagiar, aun sin saberlo.

Pero, por desgracia, a medida que ha pasado el tiempo veo que no es así: hay rivalidades científicas por la posesión de la vacuna, los gringos culpan a los chinos de habernos infectado, los socialistas a los gringos por consumismo imperialista, los comunistas a los capitalistas y viceversa, y así, indefinidamente, surgen antagonismos absurdos y continúan las hambrunas y las guerras, y los derechos humanos son violados más que antes de la pandemia.

Sigo, entonces, pidiendo fervientemente por la confirmación de la vida extraterrestre; quisiera poder verla. Ruego que sea pronto porque ya soy de las “desechables” y no quisiera morir sin saber, con seguridad, que están ahí.

Por cierto, en estos días, entre la avalancha de información sobre el Covit 19, nada menos que el Pentágono mostró videos de OVNIs que tenía escondidos en sus archivos. Se ha reportado muchos avistamientos después de esa noticia. Aunque no todos resultaran creíbles, siento que se acercan; nos vamos a comunicar muy pronto. Será entonces cuando todos los habitantes de esta bolita azul nos sentiremos unidos y seremos familia.

 

Nacha Sucre  – mayo 2020

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Cómo vivir con nuestra fragilidad humana

 

Traducido de brainpickings, el estupendo blog de Maria Popova.

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Ser un buen ser humano es tener una especie de apertura al mundo, la capacidad de confiar en cosas inciertas que están más allá de tu propio control.

Martha Nussbaum

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En 1988, Bill Moyers produjo una serie de conversaciones—inteligentes, inspiradoras y provocativas—con un conjunto diverso de íconos culturales, que van desde Isaac Asimov hasta Noam Chomsky y Chinua Achebe. Era diferente a cualquier discurso público que agraciara antes las ondas de televisión. Al año siguiente, las entrevistas fueron transcritas y recopiladas en el magnífico tomo Bill Moyers: Un mundo de ideas. Pero, a pesar de esa brillantez, una conversación de la serie destaca por su profundidad, dimensión, intensidad y atemporalidad: con la filósofa Martha Nussbaum, una de las mentes más notables y luminosas de nuestro tiempo, que se sentó a hablar con Moyers poco después de la publicación de su libro enormemente estimulante, La fragilidad de la bondad: suerte y ética en la tragedia y filosofía griegas.

Moyers comienza enmarcando el enfoque singular de Nussbaum a la filosofía y, por extensión, al arte de vivir:

MOYERS: La percepción común de un filósofo es la de un pensador de pensamientos abstractos. Pero las historias y los mitos parecen ser importantes para usted como filósofo.

NUSSBAUM: Muy importante, porque creo que el lenguaje de la filosofía tiene que regresar, de las alturas abstractas en las que tan a menudo vive, a la riqueza del discurso cotidiano y la humanidad. Tiene que escuchar las formas en que las personas hablan de sí mismas y lo que les importa. Una muy buena manera de hacer esto es escuchar historias.

Reflexionando sobre la sabiduría atemporal de los mitos y tragedias griegas, particularmente la Hécuba de Eurípides, Nussbaum considera la esencia de la buena personalidad, que requiere aceptar la inseguridad básica de la existencia y abrazar la incertidumbre. Ella le dice a Moyers:

La condición de ser bueno es que siempre debe ser posible que seas moralmente destruido por algo que no podrías evitar. Ser un buen ser humano es tener una especie de apertura al mundo, la capacidad de confiar en cosas inciertas que están más allá de tu propio control, que pueden llevarte a quebrarte en circunstancias muy extremas de las que no tienes la culpa. Eso dice algo muy importante sobre la condición humana de la vida ética: que se basa en la confianza en lo incierto y en la voluntad de exponerse; se basa en ser más como una planta que como una joya, algo bastante frágil, pero cuya muy particular belleza es inseparable de su fragilidad.

La paradoja de la condición humana, nos recuerda Nussbaum, es que si bien nuestra capacidad de vulnerabilidad y, por extensión, nuestra capacidad de confiar en los demás, puede ser lo que permite que ocurra la tragedia; la mayor tragedia de todas es el intento de protegerte contra el dolor al petrificar esa suavidad esencial del alma, porque eso niega nuestra humanidad básica:

Ser humano significa aceptar las promesas de otras personas y confiar en que otras personas serán buenas para ti. Cuando eso es demasiado para soportarlo, siempre es posible retirarse al pensamiento: “Viviré para mi propia comodidad, para mi propia venganza, para mi propia ira, y ya no seré miembro de la sociedad”. Eso significa realmente “ya no seré un ser humano”.

Hoy ves a personas haciendo eso donde sienten que la sociedad las ha decepcionado y no pueden pedirle nada, y no pueden poner sus esperanzas en nada fuera de sí mismos. En realidad, las ves retirarse a una vida en la que piensan sólo en su propia satisfacción, y tal vez en la satisfacción de su venganza contra la sociedad. Pero la vida que ya no confía en otro ser humano y que ya no forma vínculos con la comunidad política ya no es una vida humana.

Sin embargo, las cosas se vuelven significativamente más complicadas cuando nos encontramos en un vínculo que parece requerir una tragedia, al pedirnos que tomemos decisiones imposibles entre varias cosas que apreciamos. Nussbaum ilustra esto señalando el Agamenón de Esquilo, donde el protagónico rey tiene que elegir entre salvar a su ejército o salvar a su hija. La misma tragedia se desarrolla a menor escala en dilemas cotidianos, como hacer malabares en tu carrera o ser un buen padre. La mayoría de las veces, como dice Nussbaum, ambos “se enriquecen mutuamente y mejoran la vida de cada uno de ellos”. Pero, a veces, las circunstancias prácticas plantean desafíos tan insuperables como una reunión importante y el juego escolar de tu hijo al mismo tiempo: una de estas dos prioridades inevitablemente sufre, no porque seas un mal padre o un mal líder, sino porque simplemente la vida sucede de ese modo. Ahí radica la situación humana: cuanto más aspiramos a vivir bien, de acuerdo con nuestros compromisos y prioridades, más acogemos con beneplácito esas decisiones trágicas. Y, sin embargo, la solución no es dejar de aspirar. Nussbaum le dice a Moyers:

La tragedia ocurre cuando sólo intentas vivir bien, porque para una persona despreocupada que no tiene compromisos profundos con los demás el conflicto de Agamenón no es una tragedia…

Ciertamente, la lección no es tratar de maximizar el conflicto o idealizar la lucha y el sufrimiento, sino más bien que debes preocuparte por las cosas de una manera que haga posible que te ocurra una tragedia. Si mantienes tus compromisos a la ligera, de tal manera que siempre puedas deshacerte de uno u otro de ellos si entran en conflicto, entonces no te hará daño que las cosas salgan mal. Pero uno quiere que las personas vivan sus vidas con profunda seriedad de compromiso, no ajustando sus deseos a la forma en que el mundo realmente funciona, sino más bien tratando de arrebatar al mundo la buena vida que desean. Y a veces eso los lleva a la tragedia.

Quizás Alan Watts tuvo razón cuando aconsejaba no luchar contra las contradicciones del mundo, sino concebir el universo como “un sistema armonioso de conflictos contenidos”.

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Carta a Jorge Luis Borges (3/8)

Jorge Luis Borges (1899-1986)

 

En Papel Literario de El Nacional

 

 

La literatura o el arte de imaginar

 

León Sarcos – (15 de mayo de 2020)

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Entre el instante de imaginar la escena y el otro lejano instante de representarla había transcurrido en su memoria una de las depuradas vidas del Borges feliz:

A trescientos o cuatrocientos metros de la Pirámide me incliné, tomé un puñado de arena, lo dejé caer silenciosamente un poco más lejos, y dije en voz baja: estoy modificando el Sahara. El hecho era mínimo, pero las no ingeniosas palabras eran exactas y pensé que había sido necesaria toda mi vida para que yo pudiera decirlas.

William Faulkner

A Faulkner le preguntaron en una ocasión cuáles eran las dotes más importantes de un escritor y él respondió: experiencia, observación e imaginación. Ud., comentaría sobre esa respuesta: Creo que lo principal es la imaginación… No estoy seguro que se necesiten esas tres cosas de las que habla Faulkner. Además de la imaginación, supongo que es imprescindible alguna destreza técnica, pero esa se obtiene en el ejercicio de la imaginación y en el de un arte cualquiera. Ocurre que, si una persona no tiene oído, por ejemplo, no puede escribir versos, y no sé si pueda escribir prosa (yo diría que no). Desde luego la imaginación es el atributo más importante de un escritor.

Compartido su juicio, siento a la literatura: el arte de imaginar expresado mediante el lenguaje para agregar innovaciones, nuevos sueños y belleza a la realidad y a la ficción. Un arte que viene sedimentado de las distintas vidas y de las diversas visiones culturales de aprender y aprenderse, de leer y de leerse, de soñar y de soñarse, sin más mediaciones que las puras percepciones y los sentires de toda la íntima estética desnudez del alma.

Esas que también describe Ud., en La Muralla y los libros: La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares quieren decirnos algo, o algo dijeron que no debimos perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es quizá, el hecho estético. Arrancarle esa revelación a la realidad o a la ficción, mediante el acto de imaginar, percibo, es la gran aventura del hombre de letras.

Carlos Fuentes

El mejicano Carlos Fuentes nos dejó una expresión muy lúcida además de hermosa acerca de esto: El escritor y el artista no saben: imaginan. Su aventura consiste en decir lo que ignoran. La imaginación es el nombre del conocimiento en literatura y en arte. Quien solo acumula datos veristas, jamás podrá mostrarnos, como Cervantes o como Kafka —o ahora Ud.—, la realidad no visible y sin embargo tan real como el árbol, la máquina o el cuerpo.

Debo confesarle que desde muy niño, fui cautivado por la riqueza creativa de los cuentos de Walt Disney, y el deleite que provoca el revivir mentalmente esas historias. Sin duda, ayudan a ver y a sentir más allá de la condición social, económica o religiosa de cada quien, y estimulan a partir de ellas a elaborar las propias.

Luego de la fascinación que había ganado por los cuentos, a través de la televisión —donde los sábados, muy temprano, esperaba ansioso que se abriera a la pantalla uno de los tantos mágicos mundos: el de la fantasía, el de la aventura, el del lejano oeste, insinuados en llamativos diseños iconográficos— y de las muchas lecturas de relatos fantásticos durante mis primeros años; en la adolescencia, cuando pretendía acercarme con más profundidad al entretenido y prolífico oficio de imaginar y a su profundidades, un equívoco, al seleccionar La Imaginación, de Jean Paul Sartre, como lectura, me llevaría a rechazar la naturaleza tautológica de la filosofía, que por reiterativa me aburre, y llegar a la conclusión de que las repeticiones en el caso de la literatura solo son pertinentes si son deliberadamente bellas.

Siento que en la historia del ser humano, la imaginación ha tenido un rol motor, como instrumento para inventar y crecer, para luchar y vencer, para jugar y ganar, para innovar y soñar, para vivir y sobrevivir, para encarnar y reencarnar. Esa imaginación tendrá niveles —más grandes o más pequeños, más ricos o más pobres, más brillantes o más opacos, más limitados o infinitos— que dependerán de la capacidad humana y de las posibilidades y potencialidades reales de cada uno para aprender y aprenderse, de la calidad en la vocación y la libertad para leer y leerse, y de la sabia voluntad onírica para soñar y soñarse.

Dama iluminada de toda la armadura del espíritu. Guerrera andrógina que desafía y vence a los íntimos forasteros enamorados en exóticos juegos de la mente. Tú que disimulas los avatares en los que se deleitan los sentidos. Selva, virgen inhóspita, de sangrado sol y exótica luna. Bravo impetuoso, ensortijado mar, de místico crepúsculo y sugestiva noche. Paraíso de los dioses, donde los poetas entre la vigilia y el sueño moran y suelen cazar imposibles. Imaginación: luz divina y perpetua de toda la creación humana.

Julio Cortázar

Julio Cortázar, de su género preferido, el cuento, del cual comentaré a continuación, nos dirá: solo con imágenes se puede trasmitir esa alquimia secreta que explica la profunda resonancia que un gran cuento tiene entre nosotros y que explica también por qué hay muchos cuentos verdaderamente grandes.

Para mí lo primordial es la imaginación —escribió también Rulfo—. Dentro de estos tres puntos de apoyo, está la imaginación circulando: la imaginación es infinita, no tiene límites, y hay que romper donde se cierra el círculo; hay una puerta, puede haber una puerta de escape, y por esa puerta hay que desembocar, y hay que irse. Así aparece otra cosa que se llama intuición: la intuición lo lleva a uno a adivinar algo que no ha ocurrido, pero que está sucediendo en la escritura. Concretando. Cuando esto se consigue, entonces se logra la historia que uno quiere dar a conocer. Creo que eso es, en principio, la base de todo cuento, de toda historia que se quiera contar.

Hoy percibo que esta verdad acerca de la imaginación y el oído musical -según Ud-. A mi parecer no son suficiente por sí solo para llegar a escribir bien y de manera trascendente. Es imprescindible también la confianza en sí mismo, y, especialmente, el coraje para atreverse a saltar con propuestas originales. He conocido muchos aspirantes con refinado talento, vocación e imaginación extraviarse en la nada por falta de coraje para exponerse.

 

Cuento de cuentos 

En la explicación acerca de los inicios de la historia de la humanidad, sugiero, están la trama, los personajes y el desarrollo —para nosotros, el occidente cristiano— del primer cuento que se escribió sobre los orígenes, solo que este es el más antiguo y el más largo, narrado en infinidad de versículos, que primero fueron orales y después serían volcados en un libro sagrado. Tuvo un comienzo, como Las mil y una noches, pero en este caso no se sabe cuándo tendrá fin. Tiene versiones originales en cada una de las distintas culturas, con sus profetas, sus tradiciones, sus espacios y sus tiempos, sus enigmas y sus misterios, sus puntos nodales y sus desenlaces, difíciles de predecir en autores divinos. De ahí que algunos críticos consideren al cuento el género literario más antiguo de la historia de la humanidad.

Algunos estudiosos ubican el origen del cuento en sus formas breves en los inicios de la literatura hace 4.000 años (con textos sumerios y egipcios), como relatos intercalados que luego se van perfilando en la literatura griega (Heródoto y Luciano), como digresiones imaginarias con una unidad de sentido relativamente autónomo. Antecedentes históricos más recientes que los anteriores vienen a constituirlos según especialistas en historia de la literatura occidental: Los Fablinaux franceses de la Edad Media, (breves relatos profanos de versos, de los siglos XII-XIV) los cien cuentos de El Decamerón, de Giovanni Boccaccio, en el siglo XIV y los 24 Cuentos de Canterbury del Inglés Geoffrey Chaucer, de finales del siglo XIV.

Arturo Molina García, autorizado crítico español citado por Mempo Giardinelli, afirma que antes del siglo XIX, el cuento se manejaba sin que se tuviera una clara valoración de su importancia como género literario con personalidad propia. Estaba considerado un género menor o subgénero y los críticos y la mayoría de los escritores no se habían percatado de las potencialidades de su belleza, emoción y humanidad. Había cuentistas —dice Molina— individualmente considerados, con estilo propio, pero fueron muy pocos; eran aislados los casos que sorprendían con sus destellos.

Edgar Allan Poe

Tendría que llegar Edgar Allan Poe en 1842 —que ya se había adelantado a escribir el primer cuento policial el año anterior, con la aparición de Los crímenes de la calle Morgue— para que el cuento lograra, en opinión de Guillermo Samperio, el estatuto de obra estética, autónoma y válida como género, respaldado para ello en su ensayo: The Philosophy of Composition y cuyo eje temático central es la unidad de efecto, que toma como referencias narraciones de la Antigüedad, la Edad Media y el Renacimiento, que de cierta manera se acercan a la idea actual del cuento. En esto coinciden la mayoría de los estudiosos de este género.

No hay acuerdo entre escritores y críticos a la hora de definir qué es un cuento. Existen tantas versiones como cuentistas y lectores que han incursionado en el género. Cada autor lo define a su medida, como si fuera el espejo de Narciso. Si piden auxilio a la Real Academia Española, la incertidumbre de los principiantes continuará en aumento, con el agravante de que ahora la mayoría de las acepciones tiene connotaciones negativas derivadas del sustantivo cuento. Sin embargo, obligados estamos a transitar esta revisión de rutina, imprescindible para seguir adelante. En consideración de los lectores, pido disculpas por lo necio que pueda resultar para un etimólogo como Ud. volver a la descripción de palabras cuyo origen de seguro pertenecen a su olvido.

Su etimología proviene del latín Computum, y este de Computare, un verbo de las matemáticas que en su evolución fonética se va a reducir a contar y que inicialmente significaba calcular.  Luego la palabra contar amplio su círculo semántico hasta alcanzar el significado de hacer una relación noticiosa y ya no solo matemática, especializando dos derivaciones: cuenta para los números y cuento para el relato.

Según la Real Academia, la palabra cuento sugiere ocho entradas semánticas y 29 expresiones en la que este sustantivo se expresa con significados específicos, muchos de ellos peyorativos, tales como cuento chino, el cuento de nunca acabarecharle a algo mucho cuento. Aparte de la característica de brevedad, cuento nos enlaza con relación, narración, relato, noticia, casi siempre con un agregado que desacredita la palabra, de falsedad, embuste, invención, ficción, engaño, chisme, enredo, quimera.

Cortázar, uno de los maestros del género, ha dicho: Nadie puede pretender que los cuentos solo deban escribirse luego de conocer sus leyes. En primer lugar, no hay tales leyes; a lo sumo cabe hablar de puntos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a un género tan poco encasillable.

Mempo Giardinelli

Aunque no del todo satisfecho con el criterio de difícil de definir, es quizás la opinión del argentino Giardinelli la que mejor compacta las distintas consideraciones que se hacen sobre las dificultades para conceptualizar la palabra cuento: Suelo sostener que el cuento es un género indefinible, porque si se le define se le encorseta, se lo endurece. Prefiero pensar el cuento como un camino que se hace sin cesar, una acción perpetua de los seres humanos. No en vano, toda la historia de la humanidad es un largo e interminable cuento, primero oral y después escrito.

Al hacer indefinible el género, prolifera la ingeniería de cada quien para su elaboración. Y a pesar de que hay afinidades en elementos y artificios utilizados, también hay muchas particularidades y énfasis distintos en algunas partes del proceso de creación. Es larga la lista de escritores dedicados al género que han formulado modelos teóricos diferentes para darles un perfil propio a sus relatos; los más destacados: Edgar Allan Poe, Samuel Coleridge, Nathaniel Hawthorne, Julio Cortázar, Horacio Quiroga, Juan Rulfo, Juan Armando Epple y muchos otros.

Lo que no deja lugar a dudas es que todas las teorías y artes poéticas sobre el cuento están relacionadas de alguna forma con el enfoque del padre de la teoría del cuento, el escritor estadounidense Edgar Allan Poe. En su modelo teórico desarrollado en la Filosofía de la Composición, el primero de los elementos en su arte narrativa del cuento lo constituye la unidad de efecto o impresión.

El investigador Guillermo Tedio, en un notable ensayo titulado El cuento, un exigente género literario, me ha servido de soporte para descifrar este modelo: Poe aconseja a los escritores que prefieren el género la invención o búsqueda de un desenlace o efecto único y singular sobre el que de seguida se inventaran los incidentes (el tema, los personajes, la trama, el conflicto) mezclándolos de manera óptima para conseguir el efecto deseado. En oposición al método de Poe, Coleridge sugiere que no es necesario establecer un plan de antemano, sino por el contrario dejar todo al azar de las similitudes y las asociaciones.

Para Poe hay que elegir un tema (aquí está presente la idea de Hawthorne, con quien de alguna manera Ud. simpatiza en su método) y luego un vigoroso efecto. Luego vendrá la selección de los incidentes y acontecimientos y el tono que más se ajuste a la búsqueda del propósito. La otra distinción especial del cuento de Poe está ligada al objetivo de la verdad que se propone, y no la filosófica, sino la verdad de la intención ofrecida en la intriga y en la trama de la historia que se cuenta. Poe con ello nos está diciendo que el escritor únicamente debe empezar su relato una vez que ya conoce el desenlace.

Borges elogioso

En su caso, dice Ud., en su Elogio de la sombra no ser poseedor de una estética, creo que de ningún modelo teórico, menos aún de un método. Sí enumera, con su ostentosa humildad, algunas astucias que el tiempo le ha enseñado: eludir los sinónimos, que tienen la desventaja de sugerir diferencias imaginarias; eludir hispanismos, argentinismos, arcaísmos, y neologismos; preferir las palabras habituales a las palabras asombrosas; intercalar en un relato rasgos circunstanciales, exigidos ahora por el lector; simular pequeñas incertidumbres, ya que si la realidad es precisa la memoria no lo es;  narrar los hechos (esto lo aprendí de Kipling y en las sagas de Islandia) como si no los entendiera del todo; recordar que las normas anteriores no son obligaciones y que el tiempo se encargará de abolirlas. Tales astucias o hábitos no configuran ciertamente una estética. Por lo demás descreo de las estéticas. En general no pasan de ser abstracciones inútiles; varían para cada escritor y aun para cada texto y no pueden ser otra cosa que estímulos o instrumentos ocasionales.

Sin embargo, en algún momento en que diferenciaba el cuento de la novela, Ud. sugirió, en su liberal heterodoxia, algunos pasos o fórmulas muy sencillas para escritores que desearán escribir un buen cuento: El cuento debe ser escrito de un modo que el lector espere algo continuamente, que haya una expectativa y se resuelva luego de un modo que pueda ser asombroso o, en todo caso, que pueda parecer extraño y no un capricho de autor, sino algo inevitable. Si puede ser asombroso e inevitable, mejor.

Creo que el cuento es una historia narrada en forma breve que logra captar de entrada la atención del lector, que lo mantiene en expectativa continúa hasta llegar a un punto nodal o desenlace que provoca perplejidad y que debe resolverse de una manera inesperada.

El otro autor de El Quijote

En el caso de sus cuentos, la mezcla de estas variables se produce indistintamente. El punto nodal puede estar en el título, como es el caso de Pierre Menard, autor de El Quijote. Esas cinco palabras, siento, son más importantes que el resto del texto. El nombre es musical y, en mi opinión, de más impacto para cualquier lector que el mediocre currículo largo y tedioso, y de mucho más pegada por su sonoridad que un nombre asociado al español o al inglés. La sola palabra autor provoca la perplejidad y se constituye en el tema que va a eclipsar al resto del contenido. El desenlace, el hecho de que cualquier lector también puede ser autor de El Quijote, resulta inesperado y a la vez asombroso.

De inverso modo, en Las Ruinas Circulares el título parece insustancial, pero la entrada luce maravillosa: Nadie lo vio desembarcar en la noche unánime… Logra captar la atención inmediata; el nudo estará ubicado más adelante, cuando el autor se proponga: soñar un hombreQuería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad.

Los dos momentos estelares del cuento como género literario serán obra de los aportes, como ya he comentado, de Edgar Allan Poe, con la Filosofía de la Composición, que ayudó a consolidar el cuento como género moderno y autónomo a mediados del siglo XIX, y sin lugar a dudas, un siglo después, en la segunda mitad del XX, las Ficciones contenidas en sus obras completas abrirán un horizonte inagotable a la narrativa. Ayudarán a posicionar el cuento como género alternativo y competitivo de la novela, que hasta entonces no lo era. Le dará un impulso vital a su lectura en correspondencia con la brevedad exigida por las nuevas tecnologías de la comunicación. Especialmente redimensionará el género más popular de la literatura hacia escalas culturales superiores, más complejas y ricas en conjeturas.

Sobre la estética en la poesía, Ud. lo ha dicho. El hecho estético es algo tan evidente, tan indefinible, como el amor, el sabor de la fruta, o el agua. Sentimos la poesía como sentimos la cercanía de una mujer, o como sentimos una montaña o una bahía. Mi oficio en las próximas correspondencias será servir de amanuense, para intentar en una selección de pasajes de FiccionesArtificios y El Aleph, poner de relieve revelaciones estéticas que, aspiro, los lectores disfruten al releer y volver a sentir.¶

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Carta a mi padre, Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez y su hijo Rodrigo

 

Lo que sigue fue publicado por The New York Times en español.

 

Por Rodrigo García

  • 6 de mayo de 2020

Gabo, el 17 de abril fue el sexto aniversario de tu muerte, y en gran medida el mundo ha seguido como siempre, con el ser humano comportándose con crueldad creativa y asombrosa, con generosidad y sacrificio sublimes y con todo lo que hay en medio.

Una cosa es nueva: una pandemia. Se originó, hasta donde sabemos, en un mercado, donde un virus brincó de un animal a una persona. Un pequeño paso para un virus, pero un gran salto para su especie. Es una criatura que evolucionó durante un tiempo incalculable a través de la selección natural hasta llegar a ser el pequeño monstruo voraz que es actualmente. Pero es muy injusto referirse a él en tales términos, y lamento si mis palabras lo han ofendido. En realidad, él no tiene nada particular en contra nuestra. Se aprovecha porque puede. Esa actitud sin duda nos es familiar. No se trata de nada personal.

No paso un solo día sin cruzarme con una referencia a tu novela El amor en los tiempos del cólera o a una variante de su título o a la peste del insomnio en Cien años de soledad. Es imposible no especular sobre qué te habría parecido todo esto. Siempre te fascinaron las plagas, reales o literarias, así como las cosas y las personas que retornan.

Todavía no habías nacido cuando la pandemia de la gripe española azotó el planeta, pero creciste en una casa donde reinaban las historias y donde una plaga, así como los fantasmas y los remordimientos, debieron servir de buen material literario. Decías que la gente hablaba de acontecimientos que sucedieron en los días del cometa, probablemente refiriéndose al paso del cometa Halley a principios del siglo XX. Recuerdo lo emocionado que estabas de ver al cometa con tus propios ojos cuando regresó hacia el final del milenio. Te cautivó, como si fuera un reloj misterioso marcando silencioso la hora una vez cada 76 años, en un ciclo que se aproxima al tiempo asignado al ser humano. ¿Será una coincidencia? Probablemente solo sea otra pista falsa. Eras ateo, pero también pensabas que era inconcebible que no hubiera un plan maestro del universo, ¿recuerdas? Que no hubiera quién contara el cuento. Es posible que, en ese sentido, tu punto de vista sea ahora más claro que el mío.

Ha vuelto una pandemia. A pesar de los grandes avances de la ciencia y el tan celebrado ingenio de nuestra especie, nuestra mejor defensa hasta ahora es simplemente quedarnos en casa, escondidos en nuestras cuevas para que el depredador no nos encuentre. Para los que al menos tengan un poco de humildad, es un momento de reflexión. Para los demás, es solo una cosa más que aniquilar.

Dos de los países que más querías, España e Italia, se encuentran entre los más afectados. Algunos de tus amigos más antiguos y queridos en Barcelona, ​​Madrid y Milán están sobrellevando la pandemia lo mejor que pueden en los mismos pisos que tú y Mercedes visitaron innumerables veces durante décadas. He escuchado a varias personas de esa generación decir que están decididas a sobrevivir, aunque sea solo por evitar caer victimas de una maldita gripe después de décadas de sobrevivir a cánceres, tiranos, trabajos, matrimonios y responsabilidades.

La muerte no es lo único que nos aterroriza, sino las circunstancias. Una salida final sin despedidas, atendidos por extraños disfrazados de extraterrestres, máquinas pitando despiadadamente, rodeados de otras personas en situaciones similares, pero lejos de nuestra gente. Es lo que tú más temías, la soledad.

A menudo decías que Diario del año de la peste de Daniel Defoe fue una de tus mayores influencias, pero hasta ayer yo había olvidado que incluso tu historia favorita, Edipo rey, giraba alrededor de los esfuerzos de un rey por acabar con una plaga. Yo recordaba sobre todo la trágica ironía del destino del rey, pero fue la peste lo que desató las fuerzas que precipitaron su caída. Tú dijiste una vez que lo que nos atormenta de las epidemias es que son un recordatorio del destino personal. A pesar de las precauciones, la atención médica, la edad o la riqueza, cualquiera puede sacar el número perdedor. Destino y muerte: temas muy queridos de muchos escritores.

Creo que si estuvieras aquí ahora, estarías fascinado por el hombre. El término “hombre” no suele usarse como antes, pero haré una excepción, no como un guiño al patriarcado que detestabas, sino porque resonará en los oídos del joven y escritor aspirante que fuiste, con más sensibilidad e ideas de las que sabías expresar, y con una fuerte convicción de que la suerte está echada, incluso para una criatura a imagen de Dios y condenada al libre albedrío. Te compadecerías de nuestra fragilidad; te maravillarías de nuestra interconexión, te entristecería el sufrimiento, te enfurecería la insensibilidad de algunos líderes y te conmovería el heroísmo de las personas en los frentes de batalla. Y estarías ansioso por saber cómo los amantes desafían cada obstáculo, incluido el riesgo de muerte, para estar juntos. Por encima de todo, estarías tan embelesado con los seres humanos como siempre.

Hace unas semanas, durante los primeros días que estuvimos recluidos en casa, mi cabeza se esforzaba por comprender lo que podía significar todo esto, o al menos lo que podría salir de ello. Fracasé. La niebla era demasiado espesa. Ahora que las cosas se han vuelto más cotidianas —como lo hacen con el paso del tiempo, incluso en las guerras más aterradoras— aún no logro explicármelo de manera satisfactoria.

Muchos están seguros de que la vida ya nunca será la misma. Es probable que algunos hagamos grandes cambios, y otros hagamos pequeños cambios, pero sospecho que la mayoría volverá al baile. ¿No sería un buen punto argumentar que la pandemia es una prueba más de que la vida se desvanece de la manera más inesperada y que debemos vivir en grande, y vivir en el aquí y el ahora? Uno de tus propios nietos ha expresado esa opinión.

Las restricciones al movimiento comienzan a relajarse en algunos lugares, y poco a poco el mundo intentará aventurarse hacia la normalidad. El solo hecho de soñar con la libertad inminente hace que muchos empiecen a olvidar las promesas a los dioses que hicieron tan recientemente. Se va debilitando el impulso por procesar el impacto de la pandemia en nuestro ser más profundo, y en toda la tribu. Incluso muchos que anhelamos entender lo que sucedió nos sentiremos tentados a interpretarlo a nuestro gusto. Ya las compras amenazan con regresar en grande como nuestro narcótico favorito.

Todavía sigo en la niebla. Parece que de momento tendré que esperar a que los grandes maestros, presentes y futuros, metabolicen esta experiencia compartida. Espero ese día con impaciencia. Una canción, un poema, una película o una novela me indicarán, finalmente, el rumbo por el que están enterrados mis ideas y sentimientos sobre toda esta situación. Cuando llegue ahí, seguramente tendré que cavar un poco más yo mismo.

Mientras tanto, el planeta sigue girando y la vida sigue siendo misteriosa, poderosa y sorprendente. O, como solías decir tú con menos adjetivos y más poesía, nadie le enseña nada a la vida.

Rodrigo.

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Rodrigo García (@rodgarcia59) es director. Pronto se estrenará su filme Four Good Days, con Glenn Close y Mila Kunis.

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Vuelta a la patria

 

 

 

Pocos versos tan eficaces como los del poeta caraqueño, muerto en La Guaira, Juan Antonio Pérez Bonalde (1846-1892) en Vuelta a la patria, su inmortal poema. Es un himno a la madre que no acompañó en su agonía, pues andaba en destierro de esperanzas que nunca pudo concretar. Su amor por ella le impele a ir, del puerto al que llegara—¡Tierra! Grita en la proa el navegante/ y confusa y distante/ una línea indecisa/ entre brumas y ondas se divisa—, sin perder tiempo al cementerio para hablarle.

En el Día de la Madre, se reproduce acá sus estrofas más elocuentes, pensando en las madres venezolanas y en los hijos que se les han ido.

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Madre, aquí estoy; de mi destierro vengo

a darte con el alma el mudo abrazo

que no te pude dar en tu agonía;

a desahogar en tu glacial regazo

la pena aguda que en el pecho tengo

y a darte cuenta de la ausencia mía.

Madre, aquí estoy; en alas del destino

me alejé de tu lado una mañana

en pos de la fortuna

que para ti soñé desde la cuna;

mas, ¡oh suerte inhumana!

Hoy vuelvo, fatigado peregrino,

y sólo traigo que ofrecerte pueda

esta flor amarilla del camino

y este resto de llanto que me queda.

Bien recuerdo aquel día,

que el tiempo en mi memoria no ha borrado;

era de Marzo una mañana fría

y cerraba los cielos el nublado.

Tú en el lecho aún estabas,

triste y enferma y sumergida en duelo,

que con alma de madre contemplabas

el hondo desconsuelo

de verme separar de tu regazo.

Llegó la hora despiadada y fiera,

y con el pecho herido

por dolor hasta entonces no sentido,

fui a darte, madre, mi postrer abrazo

y a recibir tu bendición postrera.

¡Quién entonces pensara

que aquella voz angelical en mi oído

nunca más resonara!

Tú, dulce madre, tú, cuando infelice,

dijiste al estrecharme contra el pecho:

“Tengo un presentimiento que me dice

que no he de verte más bajo este techo”.

Con supremo esfuerzo desligueme

de los amantes lazos

que me formaban en redor tus brazos,

y fuera me lancé como quien teme

morir de sentimiento…

¡Oh terrible momento!

Yo fuerte me juzgaba,

mas, cuando fuera me encontré y aislado,

el vértigo sentí de pajarillo

que en la jaula criado,

se ve de pronto en la extensión perdido

de las etéreas salas,

sin saber dónde encontrará otro nido

ni a dónde, torpes, dirigir sus alas.

Desató el sollozar el nudo estrecho

que ahogaba el corazón en su quebranto,

y se deshizo en llanto

la tempestad que me agitaba el pecho.

Después, la nave me llevó a los mares,

y llegamos al fin, un triste día

a una tierra muy lejos de la mía,

donde en vez de perfumes y cantares,

en vez de cielo azul y verdes palmas,

hallé nieblas y ábregos, y un frío

que helaba los espacios y las almas.

Mucho, madre, sufrí con pecho fuerte,

mas suavizaba el sufrimiento impío

la esperanza de verte

un tiempo no lejano al lado mío.

¡Ay del mortal que ciego

confía su ventura a la esperanza!…

La ley universal cumplióse luego,

y vi en el alma presta,

la mía disiparse

cual mira en lontananza

torcer el rumbo en dirección opuesta

el náufrago al bajel que vio acercarse.

Bien recuerdo aquel día

que el tiempo en mi memoria no ha borrado

era de Marzo otra mañana fría

y los cielos cerraban otro nublado.

Triste, enfermo y sin calma,

en ti pensaba yo cuando me dieron

la noticia fatal que hirió mi alma,

lo que sentí decirlo no sabría…

sólo sé que mis lágrimas corrieron

como corren ahora, madre mía.

Después al mundo me lancé, agitado,

y atravesé océanos y torrentes,

y recorrí cien pueblos diferentes;

tenue vapor del huracán llevado,

alga sin rumbo que la mar flagela,

viento que pasa, pájaro que vuela.

Mucho, madre. He adquirido

mucha experiencia y muchos desengaños,

y también he perdido

toda la fe de is primeros años.

¡Feliz quien como tú ya en esta vida

no tiene que luchar contra la suerte

y puede reposar en la seguida,

inalterable calma de la muerte;

sin ver ni padecer el mal eterno

que nos hiere doquier con saña cruda,

ni llevar en el pecho el frío interno

de la indomable duda!.

¡Feliz quien como tú, con altiveza

reclinó para siempre la cabeza

sobre los lauros del deber cumplido,

cual la reclina, por la muerte herido,

tras el combate rudo

risueño, el gladiador sobre su escudo!.

Esa, madre, es tu gloria

y la alta recompensa de tu historia,

que el premio solo del deber sagrado

que impone el cristianismo

está en el hecho mismo

de haberlo practicado.

Madre, voy a partir: mas parto en calma

y sin decirte adiós, que eternamente

me habrás de acompañar en esta vida;

tú has muerto para el mundo indiferente,

mas nunca morirás, madre del alma,

para el hijo infeliz que no te olvida. ¶

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El infinito en cola

Irene Vallejo, apreciada autora de El infinito en un junco

 

La sección de Cultura del diario español ABC publicó, el 25 del pasado mes de abril, un artículo acerca de Irene Vallejo reproducido en esta entrada. Dos días más tarde, nuestra conocida compatriota Karina Sainz Borgo reportaba en Vozpópuli que, requerida de una definición de “libro”, la “docente, divulgadora, periodista, novelista y ensayista” había dicho que los libros eran la cordura:

Los libros, asegura [Vallejo], serán cordura, “porque si no nos hemos vuelto locos es por los libros”. Sobre esa idea hay más: “Si sólo estuviésemos recibiendo las noticias del exterior, encerrados en el pequeño espacio de las habitaciones, sería insoportable y nos volveríamos locos. Los libros son cordura, la necesaria posibilidad de escapar, y no lo digo como evasión o un dar la espalda, sino un salir de la espiral de la obsesión y tener pensamientos que nos ayuden a domesticar la angustia”.

He aquí el texto de ABC:

 

Irene Vallejo, una Scheherezade moderna en tiempos de pandemia

 

Inés Martín Rodrigo

 

Corría el año 1934. Las estadísticas oficiales, esas cifras que sólo miramos cuando nos conviene, reflejaban que en Kentucky (Estados Unidos) contaban únicamente con un libro por persona. Y eso con suerte. La realidad era tan escarpada como la geografía del montañoso territorio del este de aquel estado, donde era impensable, por imposible, montar un sistema de bibliotecas móviles como el que ya se estaba desarrollando, con éxito, en otras zonas del país a iniciativa de la Work Progress Administration (WPA), que puso en marcha el presidente Roosevelt para combatir la crisis y, de paso, el analfabetismo mediante la cultura. La única alternativa era que alguien se animara a tomar las riendas, literalmente.

Una de las bibliotecarias que, a lomos de un caballo, llevó libros a las zonas más aisladas de la cordillera de los Apalaches en la década de 1930
Una de las bibliotecarias que, a lomos de un caballo, llevó libros a las zonas más aisladas de la cordillera de los Apalaches en la década de 1930ABC

 

Y ese alguien fueron cerca de mil bibliotecarias que, reconvertidas en amazonas, llevaron libros a cuestas a las zonas más aisladas de la cordillera de los Apalaches hasta 1943. Esta historia asombrosa, de solidaridad y valentía, no pasó a la Historia, o no al menos a la que recogen los libros de la materia, pero Irene Vallejo (Zaragoza, 1979) la rescata, junto con muchas otras, en «El infinito en un junco» (Siruela), un ensayo que, en realidad, es una carta de amor a los libros y que se ha convertido en el inesperado éxito de la temporada en España, con diez ediciones y su traducción a veintidós idiomas.

Un fenómeno que, en plena cuarentena, se ha consolidado todavía más, pues son muchos los lectores que buscan refugio en las palabras de Vallejo, una Scheherezade moderna en tiempos de pandemia. En Twitter, cada día desde que empezó el Estado de Alarma en España debido al coronavirus, Vallejo (@irenevalmore) recibe mensajes de agracedimiento de cuantos lectores se cruzan con su libro, y ella misma, en sus tuits, sigue apelando a la lectura como bálsamo y vía de escape en estos días. «Cipriano, apenas un adolescente, contempla los días más duros de la epidemia de peste en Valladolid. Se desplaza por las calles repartiendo bolsas de comida entre los menesterosos. Así lo cuenta Delibes en “El hereje”. El mundo de los adolescentes está en construcción. Leamos», escribía la autora en la mencionada red social hace unos días.

«Irene tiene el grandísimo don de contarte cosas eruditas de una forma muy amable, y no se pone en una superioridad intelectual con respecto a ti. Siendo un libro erudito, es popular, y eso es muy difícil. Muchas veces, te irrita que te den lecciones todo el rato, que es algo que pasa muchas veces con los ensayos. Irene acompaña al lector, y ese es el éxito de este libro», explica Ofelia Grande, editora de Siruela. Su publicación fue, además, «un acto de generosidad de otro editor», Contraseña, un pequeño sello de Zaragoza de cuyo catálogo formaba parte Vallejo.

«Son amigos suyos y le publicaban sus libros. Llegó con el manuscrito, de 600 o 700 páginas… Alfonso, el editor de Contraseña, es amigo de Julio, uno de los editores de Siruela, y le dijo que tenían esa preciosidad de libro que no podían publicar por motivos diversos. Nos lo leímos el fin de semana. Les estamos eternamente agradecidos. Son gente que es buena de verdad», rememora Grande, emocionada. «Ver cómo de una editorial pequeña o mediana pueden salir estos fenómenos de venta reconforta mucho, porque siempre vives con la sensación de a ver cuándo se acaban las buenas rachas», remata la editora.

Lo curioso es que en la escritura de «El infinito en un junco», en su materialización, también tuvo mucho que ver el tino bondadoso de otro escritor, en este caso veterano, como explica la propia autora. «Siempre hay varios ríos que confluyen y desembocan en la idea final. El momento esencial es una conversación con Rafael Argullol. Yo le hablé de investigaciones que había hecho mientras estaba en la universidad, y él fue el primero en darse cuenta de que ahí había un libro». Nadie había reparado en ellos, en los «salvadores de los libros» y había llegado el momento de contar su «historia anónima».

«Los libros han sido—argumenta Vallejo—, hasta la invención de la imprenta, muy frágiles, y que sobrevivieran exigía un esfuerzo constante. Hay una cadena invisible de gente que trabajó para salvarlos, desde los copistas, los escribas, los monjes y monjas, los viajeros, los inventores que los perfeccionaron prolongando la esperanza de vida de las palabras, los lectores apasionados, gente que los escondió en momentos de censura y persecución para que pudieran sobrevivir…». El ensayo es, por tanto, un homenaje a todos ellos, a «esos salvadores de libros que conectan ahora con los editores, con los traductores, con los libreros, con los bibliotecarios, con ese mundo al que todavía pertenecemos». Un mundo que hoy vuelve a correr peligro y debe ser reivindicado.¶

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* “Formada en un hogar en el que los libros lo eran todo, Irene Vallejo estudió Filología Clásica. Se doctoró con una tesis sobre el canon literario grecolatino por dos universidades, la de Zaragoza y l’Università degli Studi di Firenze”. (KSB).

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La Caperucita Negra

Había una vez, hace mucho tiempo, una niñita negra negrita. Lo único blanco que tenía eran los dientes y el blanco de los ojos.

Ella vivía con su papá y con su mamá, que eran negros negritos y sólo tenían blancos, como su niña, el blanco de los ojos y los dientes. Su papá era médico y atendía a las perso­nas que, como ellos, vivían en un pequeño pueblo de Venezuela al sur del país, calu­roso pero hermoso y muy cerca del gran río y de la selva. Su mamá se ocupaba de la casa, cocinaba deliciosas comidas y cosía con una vieja máquina, que era tan negra como ella.

Todos los días, la niña caminaba por el borde de la selva para ir a la escuela, como se lo había indicado su mamá. Mu­chas veces se sentía sola y llegaba mo­jada, pues por allí llueve mucho en todas las épocas del año. En la tarde les contaba cómo había estado su día a su mamá y a su papá y les pedía un hermanito para poder compartir sus tristezas y alegrías. Así pasaban los días y siempre, an­tes de que la niña saliera, sus padres le decían: “Recuerda no salirte del camino y caminar directamente de la casa a la escuela y de la escuela a la casa. La selva es peligrosa”.

El día de su cumpleaños, al despertar, se encontró con una gran sorpresa. Su papá tenía, en una caja, un precioso perrito, un cachorro peludito y totalmente blanco. Lo único negro que tenía eran la nariz y unos brillantes ojitos que parecían estar riéndose todo el tiempo. Su mamá también le tenía una sorpresa. Le había cosido una caperuza toda negra negrita, que era perfecta para ir a la escuela sin mojarse. La niña estaba feliz con sus regalos y de inmediato dijo: “El perro se llamará Blanquito y estará siempre conmigo”. Muy contentos, al ver su alegría, sus padres le dijeron: “Y desde este día te llamaremos Caperucita Negra”.

A partir de ese momento, Caperucita Negra iba cantando por el camino, cubierta con su caperuza y con Blanquito, su adorado perrito, enredándose entre sus cortas piernas hasta la escuela. Allí lo amarraba con un cordel y Blanquito la es­peraba para volver a la casa. Por el camino ella cantaba todas las nuevas canciones que había aprendido ese día. Su maestra le decía: “Adiós, Caperucita Negra” y todos los niños se reían, pero a ella eso no le importaba, pues ahora nunca llegaba mojada a su casa.

Caperucita Negra estaba muy contenta de no estar sola, y ya no pensaba en tener un hermanito. Sólo le preocupaba que el pe­rrito no era muy obediente y, si veía algún animal, cualquiera fuera su tamaño, corría tras él ladrando con todas sus fuerzas. Entonces Caperucita Negra lo llamaba: “Blanquito, Blanquito, vuelve”. Cuando por fin regre­saba ella lo regañaba diciendo: “Qué feo eres cuando no haces caso. Debes obedecerme siempre y nunca alejarte de mi lado.”

Un día, al llegar a su casa, encontró muy preocupado a su papá y le preguntó qué le pasaba. Él respondió: “Dicen en el pueblo que hay un tigre cerca. Lo han oído roncar fuertemente. Debe ser grande, pues se ha comido a algunos animales de los corrales. Tienes que prometerme que te cuidarás más que nunca y no te alejarás del ca­mino”. “Sí papi, no te preocupes, pues yo soy obediente”, contestó Caperucita Negra.

Al día siguiente se levantó temprano, como todos los días, desayunó su arepita con queso blanco y una gran taza de leche, se lavó su negra carita, cepilló sus blancos dientes y, llamando a Blan­quito, salió cantando por el camino, como todos los días.

Al principio todo marchaba perfecta­mente. El sol brillaba con todo su esplen­dor y no llovía, las flores parecían pinta­das con todos los colores de la acuarela de la maestra y millones de mariposas amarillas revoloteaban sobre ellas. Al verlas, Blanquito corrió tratando de atra­parlas, ladrando sin cesar. Caperucita Ne­gra sólo veía su blanca cola entre las flo­res. Entonces comenzó a llamarlo: “Blan­quito, Blanquito, vuelve aquí”. El perrito asomó sus negros ojos entre las flores y, dando algunos saltos, volvió alegremente con su compañera. Ella le dijo: “!Qué feo! No puedes alejarte, pues hay un tigre cerca” y, apurando el paso, continuó su camino.

Repentinamente, cruzó frente a ellos un conejo. Daba saltos y saltos con sus grandes patas traseras. Sus rosadas orejas, bien levantadas, parecían burlarse de los furiosos ladridos de Blanquito. A pesar del esfuerzo de Caperucita Negra por retenerlo, el perro corrió tras él. Pero el conejo saltaba más y más rápidamente alejándose del camino, y Blanquito se ale­jaba persiguiéndolo.

Caperucita Negra comenzó a llamarlo muy preocupada, pero el perro no volvía. Por más que gritaba “Blanquito, vuelve; Blan­quito” el perro no quería hacerle caso. Entonces, el conejo desapareció de pronto en un pequeño agujero y dándose cuenta de que lo había perdido, Blanquito regresó.

Caperucita Negra lo regañó diciendo: “Voy a tener que castigarte si sigues sin hacerme caso. Voy a tener que llevarte amarrado a la escuela y te aseguro que eso no te va a gustar”.

La niña estaba un poco molesta con el animal y éste, metiendo el rabo entre las piernas, siguió caminando muy calladito.

Más adelante, el camino llegaba cerca de los grandes árboles, y la sombra fresca y húmeda alegró de nuevo a Cape­rucita Negra, quien entonó una canción. Desde las copas de los árboles que casi tocaban al cielo, los pajaritos comenzaron a cantar con ella. Parecía que con sus tri­nos contestaban los cantos de la niña. Una pareja de cristofués de brillantes tonos amarillos y negros pasó rozándole la cape­ruza cantando “Cristofué, cristofué”. Esto bastó para que Blanquito se pusiera fu­rioso y comenzara a corretear a los paja­ritos que volaban de un árbol a otro, como si estuvieran sorprendidos de los ladridos del animal. Entonces, Caperucita Negra lo llamó: “Blanquito, Blanquito”. La voz alterada de la niña asustó a los cristofués que volaron cada vez más lejos. Por más que Caperucita Negra lo llamaba, Blanquito no quiso regresar y, corriendo detrás de ellos, se adentró en la selva.

Como los perdió de vista, la niña fue tras ellos llamando “Blanquito, Blanquito, vuelve aquí”.

Sin dejar nunca de llamarlo, caminó por el suave suelo cubierto de hojas por un buen rato. De pronto, le pareció oír los cantos de “cristofué, cristo­fué” y los ladridos de su querido perro. Siguiéndolos, continuó adentrándose en la espesa selva.

Caminó y caminó durante un buen rato lla­mando, “Blanquito, Blanquito” hasta que no pudo más. Cansada, se sentó en la raíz de un árbol tan alto que, por más que lo intentó, no pudo ver el azul del cielo a través del follaje.

Quedándose tranquilita se dio cuenta del gran silencio que la envolvía y entonces sintió miedo: miedo de haberse perdido, miedo del tigre anunciado, miedo de su soledad.

Comenzó a llorar suavemente y a pensar en lo bravos y tristes que se pondrían sus padres, al ver que no regresaba a la casa a la hora del almuerzo. Pensó en las delicio­sas caraotas negras que su mamá tendría servidas para ella en su puesto de la mesa, en su vaso de chicha fresquita. Sintió mu­cha hambre y mucha sed. Esto la entris­teció más aún y la hizo llorar más todavía.

Sintió a lo lejos un canto, “cristofué, cris­tofué” y, cerrándose bien la caperuza para protegerse de la humedad, caminó hacia el llamado de los pájaros. Escuchó el sonido cantarino de un riachuelo y un poco más adelante el ruido ronco del gran río. Esto la alegró, pues pensó que al seguir por sus riberas no tardaría en llegar al pueblo. Caminó con más entusiasmo por un rato, y cuando al fin vio a lo lejos el gran río, se quedó paralizada de terror.

En la orilla, bebiendo agua con cuidado de no mojar sus patas, estaba el más hermoso tigre que hubiera visto jamás. Era enorme. Su pelambre brillaba con los rayos de sol que se filtraban por los árboles, y tenía tantas pintas sobre su cuerpo que no se podían contar. Relamía sus grandes colmillos con deleite, y Cape­rucita Negra tuvo la horrible certeza de que acababa de comer.

La idea de que su adorado Blanquito hubiera sido devorado por el hermoso ti­gre hizo que se le llenaran de nuevo los ojos de lágrimas. Un inmenso vacío se apoderó de Caperucita Negra.

Casi no sintió miedo, pues la rabia de haber perdido su perrito entre los colmi­llos del tigre se lo impedía. De todas for­mas, tuvo mucho cuidado de no hacer ruido. Cuando vio que el tigre se quedaba dormido, pasó corriendo por el pueblo como una exhalación y de allí hacia su casa, en donde la esperaban muy preocupados su papá y su mamá. Al verla llegar tan agi­tada, bañada en lágrimas, se asustaron mucho, pero se asustaron mucho más cuando Caperucita Negra, abrazada a ellos, les contó lo que había pasado. En­tonces su papá la tranquilizó: “No te pre­ocupes, que yo arreglo esto”. Y buscando su maletín de médico dentro de la casa le dijo: “Ahora llévame donde está ese tigre malvado que se comió a Blanquito”. Sin perder tiempo siguieron la ribera del río para llegar al sitio.

“Debemos apresurarnos”, dijo el papá, después de recorrer un buen tramo de camino. Caperucita Negra vio cómo, a pe­sar de ser tan negro, su adorado papá había palidecido.

Lentamente se acercaron al tigre. El papá le ordenó en voz baja: “Escóndete detrás de estos helechos y no hagas ruido”.

El doctor se acercó al tigre con pasos lentos y cuidadosos para no despertarlo. Pero cuando sólo le faltaban unos pocos metros, el gran animal se despertó, se desperezó y gruñó. Dominando el miedo que sentía, el doctor le dijo con voz tem­blorosa: “Buenos días, Tío Tigre. ¿Cómo es­tás hoy?” El tigre estaba muy sorprendido de que este hombre no tuviera miedo de hablarle, y de mal humor contestó: “Muy bien, gracias”. El doctor tuvo que echarse hacia atrás, pues el aliento del tigre era tan nauseabundo que le causaba asco. “No creo que estés tan bien, pues tienes un aliento terrible y estás muy ronco”. “Roarrrr”, gruñó el tigre. “Claro que estoy bien. ¿Quién eres tú para venir a moles­tarme diciendo que estoy enfermo?”

“Soy el médico del pueblo, y te aseguro que te ves muy enfermo. Apuesto a que tienes la garganta irritada y enrojecida. Si puedo verla por dentro, te podré recetar los remedios necesarios para que se te quite el mal aliento y ya no ronques todo el tiempo”, dijo el valiente doctor.

El tigre se quedó pensando, Tal vez sí se­ría muy bueno quitar ese olor que muchas veces lo descubría y le impedía cazar y comer todo lo que quería. Y sería bueno también si este negro doctor le curaba de andar roncando todo el tiempo y espantando deliciosas comidas. Entonces pre­guntó: “Bueno, señor doctor, ¿qué tengo que hacer para que usted me cure?”

“Sólo abrir la boca tan grande como puedas y hasta que yo te lo diga”.

“¿Sólo eso?” dijo el tigre. “Es realmente muy fácil”. Y con un gran rugido abrió una boca enorme, tan grande que el médico no lo podía creer.

Rápidamente, el doctor buscó en su male­tín y sacó unos guantes de cuero muy largos que casi le llegaban a los hombros.

Entonces le dijo: “¿Es eso todo lo que puedes abrirla?”

El gran tigre respondió: “No, puedo abrirla mucho más”. El animal abrió la boca tanto que casi se le desprende la mandíbula. Venciendo la repugnancia que le causaba el olor del tigre, y temblando de miedo, el médico ordenó: “Tienes que decir aaaaah”. Entonces, haciendo un úl­timo esfuerzo, el tigre abrió aún más su enorme boca y, enseñando cada uno de sus filosos colmillos, rugió: “AAAAAH”.

Fue un rugido tan fuerte que los pájaros huyeron despavoridos de las ramas de los árboles y los animalitos se escondieron en sus madrigueras. A Caperucita Negra le pareció que temblaba la tierra y tuvo mu­cho miedo por su papá.

El médico aprovechó la oportunidad para hundir sus brazos dentro del horrible y fétido agujero. Moviéndolos repetida­mente, logró sentir en el estómago del ti­gre a Blanquito que se movía y pataleaba. Rápidamente tomó por una pata al perro y lo sacó del fondo de las entrañas del ti­gre. Blanquito emergió pegajoso y to­siendo, pero parecía estar bien. El doctor gritó: “Corre, Blanquito, corre” y éste co­rrió a los brazos de Caperucita Negra. Se esforzó entonces nuevamente y con un movimiento de sus manos agarró desde adentro la punta de la cola del tigre. Ti­rando con todas sus fuerzas lo volteó completamente al revés sacándolo por su propia boca. El tigre quedó como una vieja media volteada, tirado a la orilla del río.

Caperucita Negra no lo podía creer. Su perrito estaba muy sucio y asustado, pero no tenía ni un rasguño.

Temblando, Blanquito se apretó en los brazos de Caperucita y ella en los brazos de su padre. Los tres, abrazados, rieron muy emocionados por un buen rato.

Se fueron luego hacia el pueblo arras­trando el cuerpo del tigre y allí la mamá de Caperucita Negra, y el resto de la gente, los aplaudieron al verlos llegar. Trata­ron al doctor como héroe al saber de su aventura y todos juntos gritaron “¡Viva, viva!”, con gran emoción.

Por la noche, antes de acostarse a dormir y después de haber dado un buen baño y un buen regaño al perro desobediente, la familia conversó mucho sobre lo ocurrido. Caperucita Negra prometió nunca más volver a desobedecer las órdenes de sus padres, pues comprendió que cuando ellos prohibían algo no era por molestarla, sino siempre para protegerla y cuidarla.

En las oraciones de esa noche Caperucita le dio gracias a Dios por tener un papá tan inteligente y valiente y una mamá tan buena, y por la suerte de haber recuperado a su adorado perro. A Blanquito no le había pasado sino el susto, pues el tigre tenía tanta hambre que ni siquiera lo mas­ticó.

Y colorín colorado, este cuento se ha terminado.

Nacha Sucre

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Este cuento me lo contaba mi papá—que era médico—cuando yo estaba pequeña, hace mu­cho tiempo. A mí me encantaba, y le hacía repetirlo cada vez que podía. Lo he narrado como lo recuerdo, y es seguro que está aliñado con mi imagina­ción, pues después de que mi padre terminaba yo me que­daba en mi cama rememorando el cuento y muchas veces soñando con sus personajes.

Quiero que otros lo conozcan y que muchos niños como la que yo fui, sepan de lo que es capaz un padre por amor a sus hijos.

Ahora que soy adulta, he pensado que el cuento tiene una enseñanza ulterior: que a cualquier problema se le puede “dar la vuelta” siempre y cuando se disponga de conoci­mientos y destrezas suficientes. Si no, siempre se puede pedir ayuda. NS (2009)

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Ilustraciones de Margarita Martínez (2010)

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