El blog de Las Hormigas

¡Saludos formíceos! Desde Caracas, Venezuela, le damos la más cordial de las bienvenidas a este registro de actividades del club de lectura Las Hormigas.

Discurso antológico

Olga Tokarczuk, Premio Nobel de Literatura en 2018

 

Abajo se reproduce el discurso de Olga Tokarczuk al recibir el Premio Nobel de Literatura, en traducción de WMagazín. Al presentarlo, la publicación explica:

Ternura, responsabilidad, épica, búsqueda y literatura fueron los temas sobre los que la Nobel de Literatura 2018, la polaca Olga Tokarczuk (Sulechów, Polonia, 1962) levantó su discurso de aceptación del premio, el 7 de diciembre de 2019. (…) Olga Tokarczuk recuerda el poder de la escritura para contar, entender y unir la historia del día a día, de su fuerza y capacidad para reunir los fragmentos en que la dejan los seres humanos. La escritora ofreció una lección sobre cómo afrontar la vida y tratar de mejorarla si cada una de las personas e instituciones asumieran la responsabilidad de saber que cada gesto repercute en otras cosas. *

La obra de esta escritora ha estado presente en este blog en dos ocasiones, siendo la más reciente la reproducción de un trabajo publicado el 7 de noviembre del año pasado sobre las mujeres premiadas con el Nobel de Literatura, tomado de la revista Diners. Menos de un mes antes, se reprodujo acá una nota de El País de España con el título “Olga Tokarczuk y Peter Handke ganan el Nobel de Literatura de 2018 y 2019”.

Dejemos la palabra a Olga, esta HORMIGA gigantesca. NS

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El narrador tierno

Por Olga Tokarczuk

Una mirada a la que nada escapa

 

1. La primera fotografía de la cual fui consciente es una foto de mi madre antes de que ella me diera a luz. Desafortunadamente, es una fotografía en blanco y negro, lo que significa que muchos de los detalles se han perdido, convirtiéndose solo en formas grises. La luz es suave y lluviosa, probablemente una luz de primavera, la clase de luz que se filtra a través de una ventana, manteniendo la habitación con un brillo apenas perceptible. Mi madre está sentada al lado de nuestra vieja radio, como esas que tienen un ojo verde y dos diales, uno para regular el volumen y el otro para encontrar una estación radial. Esta radio luego se convirtió en mi gran compañera de la infancia; de ella aprendí sobre la existencia del cosmos. Al girar una perilla de ébano, los delicados sensores de las antenas se movieron y en su alcance cayeron todo tipo de estaciones diferentes: Varsovia, Londres, Luxemburgo y París. A veces, sin embargo, el sonido fallaba, como si entre Praga y Nueva York, o Moscú y Madrid, las antenas de las antenas tropezaran con agujeros negros. Cada vez que sucedía eso me temblaba la espalda. Creía que a través de esta radio diferentes sistemas solares y galaxias me hablaban, crepitaban y chirriaban y me enviaban información importante.

Cuando de niña miraba esa foto estaba segura de que mi madre me había estado buscando al girar el dial de nuestra radio. Como un radar sensible, penetró en los reinos infinitos del cosmos, tratando de averiguar cuándo llegaría y de dónde. Su corte de pelo y su atuendo (un gran cuello de barco) indican cuándo se tomó esta foto, es decir, a principios de los años sesenta. Mirando desde algún lugar fuera del marco, la mujer encorvada ve algo que no está al alcance para una persona que mira la foto después. Cuando era niña, imaginaba que lo que estaba sucediendo era que ella estaba mirando el tiempo. Nada sucede realmente en la imagen: es una fotografía de un estado, no un proceso. La mujer está triste, aparentemente perdida en sus pensamientos.

Cuando más tarde le pregunté acerca de esa tristeza, lo cual hice en numerosas ocasiones, siempre buscando la misma respuesta, mi madre dijo que estaba triste porque yo aún no había nacido, pero ya me extrañaba.

«¿Cómo puedes extrañarme cuando todavía no estoy allí?», le preguntaba.

Sabía que extrañas a alguien que has perdido, que el anhelo es un efecto de pérdida.

«Pero también puede funcionar al revés», respondió. «Extrañar a una persona significa que está allí».

Este breve intercambio, en algún lugar del campo del occidente de Polonia a finales de los años sesenta, un intercambio entre mi madre y yo, su pequeña hija, siempre ha permanecido en mi memoria y me ha dado una fuerza que me ha durado toda mi vida. Porque elevó mi existencia más allá de la materialidad ordinaria del mundo, más allá del azar, más allá de la causa y el efecto y las leyes de la probabilidad. Ella colocó mi existencia fuera del tiempo, en la dulce vecindad de la eternidad. En la mente de mi hijo entendí que había más de lo que había imaginado antes. Y que incluso si dijera: «Estoy perdido», entonces todavía comenzaría con las palabras «Yo soy», el conjunto de palabras más importantes y extrañas del mundo.

Y así, mi madre, una joven que nunca fue religiosa  me dio algo que alguna vez se conoció como un alma, y ​​me proporcionó el narrador más tierno del mundo.

2. El mundo es un tejido que tejemos diariamente en los grandes telares de informaciones, debates, películas, libros, chismes, pequeñas anécdotas. Hoy, el alcance de estos telares es enorme: gracias a Internet, casi todos pueden participar en el proceso asumiendo la responsabilidad o no, con amor u odio, para bien o para mal. Cuando esta historia cambia, también lo hace el mundo. En este sentido, el mundo está hecho de palabras.

Por lo tanto, cómo pensamos sobre el mundo y, quizás aún más importante, cómo lo narramos tiene un significado masivo. Una cosa que sucede y no se dice deja de existir y perece. Este es un hecho bien conocido no solo por los historiadores, sino también (y, quizás, sobre todo) por todos los sectores políticos y tiranos. El que tiene y teje la historia está a cargo de su versión.

Hoy nuestro problema radica, al parecer, en el hecho de que todavía no tenemos narraciones listas no solo para el futuro, sino incluso para un ahora concreto, para las transformaciones ultrarrápidas del mundo de hoy. Nos falta el lenguaje, nos faltan los puntos de vista, las metáforas, los mitos y las nuevas fábulas. Sin embargo, vemos intentos frecuentes de aprovechar narraciones oxidadas y anacrónicas que no pueden encajar en el futuro, sin duda suponiendo que algo viejo es mejor que una nada nueva, o tratando de lidiar de esta manera con las limitaciones de nuestros propios horizontes. En una palabra, carecemos de nuevas formas de contar la historia del mundo.

Vivimos en una realidad de narraciones polifónicas en primera persona, y nos encontramos rodeados por ese ruido polifónico. Lo que quiero decir con primera persona es  la clase de cuento que orbita estrechamente el yo de una especie de cajero que, más o menos directamente, escribe sobre sí mismo y a través de él. Hemos determinado que este tipo de punto de vista individualizado, esta voz del yo, es la más natural, humana y honesta, incluso desde una perspectiva más amplia. Narrar en primera persona es tejer un patrón absolutamente único; es tener un sentido de autonomía como individuo, ser consciente de ti mismo y de tu destino. Sin embargo, también significa construir una oposición entre el yo y el mundo, y esa oposición puede ser alienante a veces.

Creo que la narración en primera persona es muy característica de la óptica contemporánea en la que el individuo desempeña el papel de centro subjetivo del mundo. La civilización occidental se basa, en gran medida, y depende de ese descubrimiento del yo que constituye una de nuestras medidas más importantes. Aquí la persona es el actor principal y su juicio, aunque es uno entre muchos, siempre se toma en serio. Las historias tejidas en primera persona parecen estar entre los mayores descubrimientos de la civilización humana; son leídas con reverencia, con plena confianza. Esta clase de historia, cuando vemos el mundo a través de los ojos de un yo que es diferente a cualquier otro, crea un vínculo especial con el narrador que le pide a su oyente que se coloque en su posición única. Lo que las narraciones en primera persona han hecho para la literatura y, en general, para la civilización humana es reelaborar por completo la historia del mundo, de modo que ya no es un lugar para las acciones de héroes y deidades sobre las que no podemos tener influencia, sino más bien un lugar para personas como nosotros, con historias individuales. Es fácil identificarse con personas que son como nosotros, lo que genera entre el narrador de la historia y su lector u oyente una nueva variedad de comprensión emocional basada en la empatía. Y esto, por su propia naturaleza, reúne y elimina fronteras. Es muy fácil perder el rastro en una novela de las fronteras entre el yo del narrador y el yo del lector.

La «novela absorbente» en realidad cuenta con que esa frontera se difumine: el lector, a través de la empatía, se convierte en narrador por un periodo de tiempo. Así, la literatura se ha convertido en un campo para el intercambio de experiencias, un ágora donde todos pueden contar su propio destino o dar voz a su alter ego. Por lo tanto, es un espacio democrático: cualquiera puede hablar, todos pueden crear una voz que hable por sí misma. Nunca en la historia de la humanidad tantas personas han sido escritoras y narradoras. Solo tenemos que mirar las estadísticas.

Cada vez que voy a ferias de libros veo cuántos de los libros que se publican en el mundo de hoy tienen que ver precisamente con esto: el ser autor. El instinto de expresión puede ser tan fuerte como otros instintos que protegen nuestras vidas y se manifiesta más plenamente en el arte. Queremos que nos noten, queremos sentirnos excepcionales. Hay variedad de narrativas: «Te voy a contar mi historia», o «Te voy a contar la historia de mi familia», o incluso, simplemente, «Te voy a contar dónde he estado». Comprende el género literario más popular de hoy. Este es un fenómeno a gran escala también porque hoy en día tenemos acceso universal a la escritura y muchas personas alcanzan la capacidad de expresarse en palabras e historias. Paradójicamente, sin embargo, esta situación es similar a un coro compuesto solo por solistas, voces compitiendo por llamar la atención, todos viajando por rutas similares, ahogándose unos a otros. Sabemos todo lo que hay que saber sobre ellos, podemos identificarnos con ellos y experimentar sus vidas como si fueran nuestras. Y sin embargo, notablemente a menudo, la experiencia lectora es incompleta y decepcionante ya que resulta que expresar un «yo» autoritario difícilmente garantiza la universalidad. Parece que lo que nos falta es la dimensión de la historia, que es la parábola. Porque el héroe de la parábola es a la vez él mismo, una persona que vive bajo condiciones históricas y geográficas específicas, pero al mismo tiempo va mucho más allá de esas circunstancias concretas.

Cuando un lector sigue la historia de alguien escrita en una novela puede identificarse con el destino del personaje descrito y considerar su situación como si fuera la suya, mientras que en una parábola debe entregar completamente su distinción y convertirse en el Hombre común. En esta operación psicológica exigente la parábola universaliza nuestra experiencia y encuentra un denominador común para destinos muy diferentes. Que hayamos perdido de vista, en gran medida, la parábola es un testimonio de nuestra actual impotencia.

Quizás para no ahogarnos en la multiplicidad de títulos y apellidos comenzamos a dividir la literatura en géneros, que tratamos como las diferentes categorías de deportes, con escritores como sus jugadores especialmente entrenados.

La comercialización general del mercado literario ha llevado a una división en ramas: ahora hay ferias y festivales de este o aquel tipo de literatura, completamente separados, creando una clientela de lectores ansiosos por esconderse en una novela criminal, alguna fantasía o ciencia ficción. Una característica notable de esta situación es que lo que se suponía que ayudaría a los libreros y bibliotecarios a organizar en sus estantes la gran cantidad de libros publicados y a los lectores a orientarse en la inmensidad de la oferta, se convirtió en la creación de categorías abstractas no solo en las obras existentes. Cada vez más el trabajo de los géneros literarios es como una especie de molde de pastel que produce resultados muy similares, su previsibilidad se considera una virtud, su banalidad es un logro. El lector sabe qué esperar y obtiene exactamente lo que quería.

Siempre me he opuesto intuitivamente a tales órdenes, ya que conducen a la limitación de la libertad de autor, a una reticencia hacia la experimentación y una transgresión que de hecho es la cualidad esencial de la creación en general. Y excluyen completamente del proceso creativo cualquier excentricidad sin la cual el arte se perdería. Un buen libro no necesita defender su afiliación genérica. La división en géneros es el resultado de la comercialización de la literatura en su conjunto y el efecto de tratarla como un producto a la venta con toda la filosofía de la marca y la focalización y otros inventos similares responde al capitalismo contemporáneo.

Hoy podemos tener la gran satisfacción de ver el surgimiento de una forma completamente nueva de contar la historia del mundo que se muestra en las series de televisión cuya tarea oculta es inducirnos un trance. Por supuesto, este modo de narración ha existido durante mucho tiempo en los mitos y los cuentos homéricos. Heracles, Aquiles u Odiseo son, sin duda, los primeros héroes de las series. Pero nunca antes este modo ha ocupado tanto espacio o ejercido con una influencia tan poderosa en la imaginación colectiva. Las dos primeras décadas del siglo XXI son propiedad indiscutible de las series. Su influencia en los modos de contar la historia del mundo (y, por lo tanto, en nuestra forma de entender esa historia también) es revolucionaria.

En la versión de hoy, la serie no solo ha extendido nuestra participación en la narrativa en la esfera temporal generando sus diversos tempos, ramificaciones y aspectos, sino que también ha introducido sus propias órdenes nuevas. Dado que en muchos casos su tarea es mantener la atención del espectador el mayor tiempo posible, la narrativa de la serie multiplica los hilos entrelazándolos de la manera más improbable, de modo que cuando se pierde, incluso, se remonta a la vieja técnica narrativa una vez comprometida por la ópera clásica, de la Deus ex machina. La creación de nuevos episodios a menudo implica la revisión total y ad-hoc de la psicología de los personajes para que sean adecuados a los eventos en desarrollo de la trama. Un personaje que comienza como gentil y reservado termina siendo vengativo y violento, un personaje secundario se convierte en protagonista, mientras que el personaje principal, al que ya nos hemos apegado, pierde importancia o en realidad desaparece por completo, para nuestra consternación.

La materialización potencial de otra temporada crea la necesidad de finales abiertos en los que no hay forma de que ocurran o resuenen completamente cosas misteriosas llamadas catarsis: catarsis, anteriormente la experiencia de la transformación interna, el cumplimiento y la satisfacción de haber participado en la acción final. Tal complicación, en lugar de conclusión, el aplazamiento constante de la recompensa que es la catarsis, hace que el espectador sea dependiente. La fabula interrumpida creada hace mucho tiempo y bien conocida por las historias de Scherezade, ahora retoranda audazmente en serie, alteran nuestra subjetividad y tiene extraños efectos psicológicos sacándonos de nuestras propias vidas e hipnotizándonos. Al mismo tiempo, la serie se inscribe en el ritmo nuevo, prolongado y desordenado del mundo, en su comunicación caótica, su inestabilidad y fluidez. Esta forma de contar historias es probablemente la que más creativamente busca una nueva fórmula hoy.

En ese sentido hay un trabajo concienzudo en la serie sobre las narrativas del futuro, sobre la estructura de la historia para que se adapte a nuestra nueva realidad. Pero, sobre todo, vivimos en un mundo de demasiados hechos contradictorios y mutuamente excluyentes, todos luchando entre sí con uñas y dientes.

Nuestros antepasados ​​creían que el acceso al conocimiento no solo brindaría a las personas felicidad, bienestar, salud y riqueza, sino que también crearía una sociedad igualitaria y justa. Lo que faltaba en el mundo, en su opinión, era la sabiduría omnipresente que surgiría naturalmente de la información.

John Amos Comenius, el gran pedagogo del siglo XVII, acuñó el término «pansofismo». Con él  se refería a la idea de la omnisciencia potencial, el conocimiento universal que contendría en él toda la cognición posible. Esto también fue, y sobre todo, un sueño de información disponible para todos. ¿El acceso a los hechos sobre el mundo no transformaría a un campesino analfabeto en un individuo reflexivo consciente de sí mismo y del mundo? ¿El conocimiento al alcance de la mano no significará que las personas se volverán sensibles y dirigirán el progreso de sus vidas con ecuanimidad y sabiduría?

Cuando surgió Internet por primera vez parecía que esta noción finalmente se realizaría de manera total. Wikipedia, que admiro y apoyo, podría haberle parecido a Comenius, como muchos filósofos de ideas afines, el cumplimiento del sueño de la humanidad: ahora podemos crear y recibir una enorme cantidad de hechos que se complementan y actualizan sin cesar y que son democráticamente accesibles para casi todos los lugares de la Tierra.

Un sueño cumplido es a menudo decepcionante. Resultó que no somos capaces de soportar esta enorme cantidad de información que, en lugar de unir, generalizar y liberar, ha diferenciado, dividido o encerrado en pequeñas burbujas individuales creando una multitud de historias que son incompatibles entre sí o, incluso, abiertamente hostiles unas hacia otras, y antagónicas.

Además, Internet, completamente y de manera irreflexiva sujeta a los procesos del mercado y dedicada a los monopolistas, controla cantidades gigantescas de datos utilizados no de manera pansófica para un acceso más amplio a la información, sino que, por el contrario, sirve, sobre todo, para programar el comportamiento de los usuarios, como aprendimos después del asunto de Cambridge Analytica. En lugar de escuchar la armonía del mundo, hemos escuchado una cacofonía de sonidos, una estática insoportable en la que tratamos, desesperados, de escuchar una melodía más tranquila, incluso el ritmo más débil. La famosa cita de Shakespeare nunca ha sido más adecuada de lo que es para esta nueva realidad cacofónica: cada vez más, Internet es una historia, contada por un idiota, llena de ruido y furia.

La investigación por parte de politólogos desafortunadamente también contradice las intuiciones de John Amos Comenius, basadas en la convicción de que cuanto más universalmente disponible fuera la información sobre el mundo, más políticos se aprovecharían de la razón y tomarían decisiones importantes. Pero parece que el asunto no es tan simple. La información puede ser abrumadora y su complejidad y ambigüedad dan lugar a todo tipo de mecanismos de defensa, desde la negación hasta la represión, incluso para escapar a los principios simples de simplificación, ideología y pensamiento partidista.

La categoría de noticias falsas, fake news, plantea nuevas preguntas sobre qué es la ficción. Los lectores que han sido engañados, desinformados o engañados repetidamente han comenzado a adquirir lentamente una idiosincrasia neurótica específica. La reacción a tal agotamiento con la ficción podría ser el enorme éxito de la no ficción que, en este gran caos informativo, grita sobre nuestras cabezas: «Te diré la verdad, nada más que la verdad» y «¡Mi historia se basa en hechos !”.

La ficción ha perdido la confianza de los lectores ya que mentir se ha convertido en un arma peligrosa de destrucción masiva, incluso si todavía es una herramienta primitiva. A menudo me hacen esta pregunta incrédula: «¿Es verdad lo que escribiste?». Y cada vez siento que esta pregunta es un presagio del final de la literatura.

Esta pregunta, inocente desde el punto de vista del lector, suena al oído del escritor verdaderamente apocalíptica. ¿Que se supone que debo decir? ¿Cómo voy a explicar el estado ontológico de Hans Castorp, Anna Karenina o Winnie the Pooh?

Considero que este tipo de curiosidad leída es una regresión de la civilización. Es un deterioro importante de nuestra capacidad multidimensional (concreta, histórica, pero también simbólica, mítica) para participar en la cadena de acontecimientos llamados nuestras vidas. La vida es creada por los acontecimientos, pero solo cuando somos capaces de interpretarlos, tratamos de entenderlos y de darles un significado, se transforman en experiencia. Los acontecimientos son hechos, pero la experiencia es algo inexpresablemente diferente. Es la experiencia, y no cualquier evento, lo que constituye el material de nuestras vidas. La experiencia es un hecho que ha sido interpretado y situado en la memoria. También se refiere a una cierta base que tenemos en nuestras mentes, a una estructura profunda de significados sobre la cual podemos desplegar nuestras propias vidas y examinarlas completa y cuidadosamente. Creo que el mito cumple la función de esa estructura. Todo el mundo sabe que los mitos nunca sucedieron realmente, pero siempre están sucediendo. Ahora continúan no solo a través de las aventuras de los héroes antiguos, sino que también se abren paso en las historias ubicuas y más populares de películas, juegos y literatura contemporáneas. Las vidas de los habitantes del Monte Olimpo han sido transferidas a la dinastía, y los actos heroicos de los héroes son atendidos por Lara Croft.

En esta ardiente división entre verdad y falsedad, los cuentos de nuestra experiencia que crea la literatura tienen su propia dimensión.

Nunca me ha entusiasmado particularmente ninguna distinción directa entre ficción y no ficción, a menos que comprendamos que esa distinción es declarativa y discrecional. En un mar de muchas definiciones de ficción, la que más me gusta es también la más antigua, y proviene de Aristóteles. La ficción es siempre un tipo de verdad.

También estoy convencida de la distinción entre historia real y trama hecha por el escritor y ensayista E.M. Forster. Dijo que cuando decimos: «El rey murió y luego la reina murió», es una historia. Pero cuando decimos: «El rey murió, y luego la reina murió de pena», eso es un complot. Toda ficcionalización implica una transición de la pregunta «¿Qué sucedió después?» a un intento de entenderlo basado en nuestra experiencia humana: «¿Por qué sucedió de esa manera?».

La literatura comienza con ese «por qué», incluso si tuviéramos que responder esa pregunta y otra vez con un «No sé» corriente. Por lo tanto, la literatura plantea preguntas que no pueden ser respondidas con la ayuda de Wikipedia, ya que va más allá de la información y los acontecimientos refiriéndose directamente a nuestra experiencia.

Pero es posible que la novela y la literatura en general se estén convirtiendo ante nuestros ojos en algo realmente marginal en comparación con otras formas de narración; que el peso de la imagen y de las nuevas formas de transmisión directa de la experiencia (cine, fotografía, realidad virtual) constituirá una alternativa viable a la lectura tradicional. La lectura es un proceso psicológico y perceptivo bastante complicado. En pocas palabras: primero el contenido más elusivo se conceptualiza y verbaliza transformándose en signos y símbolos, y luego se «decodifica» de nuevo del lenguaje a la experiencia. Eso requiere una cierta competencia intelectual. Y, sobre todo, exige atención y concentración, habilidades cada vez más raras en el mundo extremadamente distraído de hoy.

La humanidad ha recorrido un largo camino en sus formas de comunicar y compartir experiencias personales, desde la oralidad, confiando en la palabra viva y la memoria humana, hasta la Revolución de Gutenberg, cuando las historias comenzaron a ser ampliamente mediadas por la escritura y de esta manera arregladas y codificadas. El mayor logro de este cambio fue que llegamos a identificar el pensamiento con el lenguaje, con la escritura. Hoy enfrentamos una revolución en una escala similar, cuando la experiencia se puede transmitir directamente, sin recurrir a la palabra impresa. Ya no es necesario llevar un diario de viaje cuando simplemente se puede tomar fotos y enviarlas a través de sitios de redes sociales directamente al mundo, de una vez y para todos.

No hay necesidad de escribir cartas, ya que es más fácil llamar. ¿Por qué escribir novelas gordas cuando puedes entrar en una serie de televisión? En lugar de salir a la ciudad con amigos, sería mejor jugar un juego. ¿Alcanzar una autobiografía? No tiene sentido, ya que estoy siguiendo la vida de las celebridades en Instagram y sé todo sobre ellas. Ni siquiera es la imagen la que más se opone hoy al texto, como pensamos en el siglo XX, preocupándonos por la influencia de la televisión y el cine. Es, en cambio, una dimensión diferente del mundo, que actúa directamente sobre nuestros sentidos.

3. No quiero esbozar una visión general de la crisis al contar historias sobre el mundo. Pero a menudo me preocupa la sensación de que falta algo en el mundo que al experimentarlo a través de pantallas de vidrio y aplicaciones, de alguna manera se vuelve irreal, distante, bidimensional y extrañamente indescriptible, a pesar de encontrar cualquier información asombrosamente fácil. En estos días, las palabras preocupantes «alguien», «algo», «en algún lugar», «en algún momento» pueden parecer más arriesgadas sobre ideas muy específicas y definidas pronunciadas con total certeza, como «la tierra es plana», «las vacunas matan», «el cambio climático no tiene sentido» o «la democracia no está amenazada en ninguna parte del mundo». «En algún lugar» algunas personas se están ahogando al intentar cruzar el mar. «En algún lugar», por «algún» tiempo «Algún tipo de» guerra ha estado ocurriendo. En la avalancha de información, los mensajes individuales pierden sus contornos, se disipan en nuestra memoria, se vuelven irreales y se desvanecen.

La avalancha de estupidez, crueldad, discursos de odio e imágenes de violencia se contrarrestan desesperadamente con todo tipo de «buenas noticias», pero no ha sido así. La capacidad de controlar la dolorosa impresión, que encuentro difícil de expresar, de que hay algo mal en el mundo. Hoy en día, este sentimiento, una vez exclusivo de los poetas neuróticos, es como una epidemia de falta de definición, una forma de ansiedad que emana de todas las direcciones.

La literatura es una de las pocas esferas que intentan mantenernos cerca de los hechos concretos del mundo, su propia naturaleza siempre es psicológica, porque se enfoca en el razonamiento interno y los motivos de los personajes revelan su experiencia inaccesible a otra persona o, simplemente, provoca al lector a una interpretación psicológica de su conducta. Solo la literatura es capaz de permitirnos profundizar en la vida de otro ser, comprender sus razones, compartir sus emociones y experimentar su destino.

Una historia siempre da vueltas en torno al significado. Incluso si no lo expresa directamente, incluso cuando se niega deliberadamente a buscar significado, y se enfoca en la forma, en el experimento, cuando presenta una rebelión formal, buscando nuevos medios de expresión. Mientras leemos incluso la historia escrita de manera más conductista y moderada no podemos evitar hacer las preguntas: «¿Por qué está sucediendo esto?», «¿Qué significa?», «¿Cuál es el punto?», «¿A dónde lleva esto?». Es muy probable que nuestras mentes hayan evolucionado hacia la historia como un proceso de dar sentido a millones de estímulos que nos rodean, y que incluso cuando estamos dormidos continúan ideando implacablemente sus narraciones. Entonces, la historia es una forma de organizar una cantidad infinita de información dentro del tiempo, estableciendo su relación con el pasado, el presente y el futuro, revelando su recurrencia y organizándolo en categorías de causa y efecto. Tanto la mente como las emociones participan en este esfuerzo.

No es de extrañar que uno de los primeros descubrimientos realizados por las historias fue el Destino, además de aparecerse siempre a las personas como algo aterrador e inhumano, de hecho introdujo el orden y la inmutabilidad en la realidad cotidiana.

4. Señoras y señores: unos años más tarde, la mujer de la fotografía, mi madre, que me extrañaba aunque todavía no había nacido, me estaba leyendo cuentos de hadas.

En uno de ellos, de Hans Christian Andersen, una tetera que había arrojado al basurero se quejó de lo cruel que había sido tratada por la gente, porque la desecharon tan pronto se rompió su asa. Pero si no fueran perfeccionistas, tan exigentes, podría haber sido útil para ellos. Otros objetos rotos recogieron su melodía y contaron historias verdaderamente épicas de sus pequeñas y modestas vidas como objetos.

Cuando era niña, escuchaba estos cuentos de hadas con las mejillas sonrojadas y lágrimas en los ojos. Creía profundamente que los objetos tenían sus propios problemas y emociones, así como una especie de vida social comparable a la humana. Los platos de la cómoda podían hablar entre sí, y las cucharas, cuchillos y tenedores en el cajón formaban una especie de familia. Del mismo modo, los animales eran criaturas misteriosas, sabias y conscientes de sí mismas con quienes siempre habíamos estado conectados por un vínculo espiritual y una similitud profundamente arraigada. Los ríos, los bosques y las carreteras también tuvieron su existencia: seres vivos que mapearon nuestro espacio y crearon un sentido de pertenencia, un enigmático Raumgeist. El paisaje que nos rodeaba también estaba vivo, al igual que el Sol y la Luna, y todos los cuerpos celestes, todo el mundo visible e invisible.

¿Cuándo comencé a tener dudas? Estoy tratando de encontrar el momento en mi vida cuando con solo pulsar un interruptor todo se volvió diferente, menos matizado, más simple. El susurro del mundo quedó en silencio, para ser reemplazado por el estruendo de la ciudad, el murmullo de las computadoras, el trueno de los aviones que sobrevolaban el cielo y el ruido blanco y agotador de los océanos de información.

En algún momento de nuestras vidas comenzamos a ver el mundo en pedazos, todo por separado, en pequeños trozos que son galaxias separadas entre sí, y la realidad en la que vivimos lo sigue afirmando: los médicos nos tratan por especialidades, nuestro almuerzo no tiene nada que ver con una enorme granja de ganado, o mi nuevo top con una fábrica en mal estado en algún lugar de Asia. Todo está separado de todo lo demás, todo vive aparte, sin ninguna conexión.

Para que todo esto nos resulte más fácil se nos dan números, etiquetas de nombre, tarjetas, identidades plásticas crudas que intentan reducirnos a usar una pequeña parte del todo, de lo que ya hemos dejado de percibir.

El mundo se está muriendo y no lo notamos. No vemos que el mundo se está convirtiendo en una colección de cosas e incidentes, una extensión sin vida en la que nos movemos perdidos y solitarios, arrojados aquí y allá por las decisiones de otra persona, limitados por un destino incomprensible, una sensación de ser el juguete de Las principales fuerzas de la historia o el azar. Nuestra espiritualidad se está desvaneciendo o se está volviendo superficial y ritualista. O bien, nos estamos convirtiendo en seguidores de fuerzas simples: físicas, sociales y económicas que nos mueven como si fuéramos zombies. Y en un mundo así somos realmente zombies.

Es por eso que anhelo ese otro mundo, el mundo de la tetera.

5. Toda mi vida he estado fascinada por los sistemas de conexiones e influencias mutuas que generalmente desconocemos, pero que descubrimos por casualidad, como sorprendentes coincidencias o convergencias del destino, todos esos puentes, tuercas, pernos, juntas soldadas y conectores que seguí en vuelos. Me fascina asociar hechos y buscar orden. En la base, como estoy convencida, la mente del escritor es una mente sintética que recoge obstinadamente todas las pequeñas piezas en un intento de unirlas nuevamente para crear un todo universal.

¿Cómo vamos a escribir, cómo vamos a estructurar nuestra historia para que sea capaz de elevar esta gran forma de constelación del mundo?

Naturalmente, me doy cuenta de que es imposible volver al tipo de historia sobre el mundo que conocemos por mitos, fábulas y leyendas, que, comunicada oralmente, mantuvo el mundo. Hoy en día la historia debería ser mucho más multidimensional y complicada; después de todo, realmente sabemos mucho más, somos conscientes de las increíbles conexiones entre cosas que parecen estar muy separadas.

Echemos un vistazo de cerca a un momento particular en la historia del mundo.

Es el 3 de agosto de 1492 , el día en que una pequeña carabela llamada Santa María zarpará de un muelle en el puerto de Palos en España. El barco está al mando de Cristóbal Colón. El sol brilla, hay marineros yendo y viniendo por el muelle, y hay estibadores cargando las últimas cajas de provisiones a bordo. Hace calor, pero una ligera brisa del oeste refresca a las familias que se han despedido. Las gaviotas se pavonean de arriba abajo por la rampa de carga observando de cerca las actividades humanas.

El momento que ahora podemos ver a través del tiempo llevó a la muerte de 56 millones de los casi 60 millones de nativos americanos. En ese momento, representaban aproximadamente el 10 por ciento de la población total del mundo. Sin darse cuenta, los europeos les trajeron algunos regalos letales: enfermedades y bacterias a las que los habitantes indígenas de América no tenían resistencia. Además de eso vino la despiadada opresión y el asesinato. El exterminio continuó durante años y cambió la naturaleza de la tierra. Donde los fríjoles, el maíz, las papas y los tomates habían crecido en campos cultivados que se regaron de una manera sofisticada, la vegetación silvestre regresó. En solo unos años, casi 150 millones de acres de tierra cultivable se convirtieron en jungla.

A medida que se regeneraba, la vegetación consumía grandes cantidades de dióxido de carbono, lo que debilitaba el efecto invernadero y, a su vez, redujo la temperatura global de la Tierra.

Una de las muchas hipótesis científicas para explicar el inicio de la edad de hielo menor que a finales del siglo XVI trajo un enfriamiento a largo plazo del clima en Europa.

La edad de hielo menor cambió la economía de Europa. Durante las décadas que siguieron, los largos inviernos congelados, los veranos frescos y las intensas precipitaciones redujeron el rendimiento de las formas tradicionales de agricultura. En Europa occidental, las pequeñas granjas familiares que producen alimentos para sus propias necesidades resultaron ineficientes. Se produjeron olas de hambruna y la necesidad de especializar la producción. Inglaterra y Holanda fueron la más afectadas por el clima más frío. Como sus economías ya no podían depender de la agricultura comenzaron a desarrollar el comercio y la industria. La amenaza de tormentas llevó a los holandeses a secar los pólderes y convertir las zonas pantanosas y las zonas marinas poco profundas en tierra. El cambio hacia el sur del rango donde se produce el bacalao, aunque catastrófico para Escandinavia, resultó ventajoso para Inglaterra y Holanda: permitió que estos países comenzaran a convertirse en potencias navales y comerciales. El enfriamiento significativo se sintió particularmente agudo en los países escandinavos. El contacto con Groenlandia e Islandia se interrumpió, los inviernos severos redujeron las cosechas y se iniciaron años de hambruna y escasez. Así que Suecia volvió su mirada codiciosa hacia el sur, embarcándose en una guerra contra Polonia (especialmente cuando el Mar Báltico se había congelado, lo que facilitaba marchar un ejército a través de él) e involucrarse en la Guerra de los Treinta Años en Europa.

Los esfuerzos de los científicos, tratando de establecer una mejor comprensión de nuestra realidad, demuestran que es un sistema de influencias mutuamente coherente y densamente conectado. Esto ya no es solo el famoso «efecto mariposa», que como sabemos implica la forma en que los cambios mínimos al comienzo de un proceso pueden conducir en el futuro a resultados tremendos e impredecibles, pero aquí tenemos un número infinito de mariposas y sus alas, en constante movimiento, una poderosa ola de vida que viaja a través del tiempo.

En mi opinión, el descubrimiento del «efecto mariposa» marca el final de la era de la fe inquebrantable en nuestra propia capacidad de ser efectivos, nuestra capacidad de controlar, y de la misma manera nuestro sentido de supremacía en el mundo. Esto no le quita a la humanidad nuestro poder para ser constructor, conquistador e inventor, pero ilustra que la realidad es más complicada de lo que la humanidad podría haber imaginado. Y que no somos más que una pequeña parte de estos procesos.

Tenemos cada vez más pruebas de la existencia de algunas dependencias espectaculares, a veces muy sorprendentes a escala mundial.

Estamos todos ―personas, plantas, animales y objetos― inmersos en un solo espacio que se rige por las leyes de la física. Este espacio común tiene su forma, y ​​dentro de él las leyes de la física esculpen un número infinito de formas que están incesantemente vinculadas entre sí. Nuestro sistema cardiovascular es como el sistema de una cuenca fluvial, la estructura de una hoja es como un sistema de transporte humano, el movimiento de las galaxias es como el torbellino de agua que fluye por nuestros lavabos. Las sociedades se desarrollan de manera similar a las colonias de bacterias. La escala micro y macro muestra un sistema interminable de similitudes. Nuestro discurso, pensamiento y creatividad no son algo abstracto, alejado del mundo, sino una continuación en otro nivel de sus interminables procesos de transformación.

6. Me sigo preguntando si en estos días es posible encontrar las bases de una nueva historia que sea universal, integral, inclusiva, arraigada en la naturaleza, llena de contextos y al mismo tiempo comprensible.

¿Podría haber una historia que vaya más allá de lo poco comunicativo de uno mismo, revelando un mayor rango de realidad y mostrando las conexiones mutuas? ¿Sería capaz de mantener su distancia del punto central bien pisado, obvio y poco original de las opiniones comúnmente compartidas, y lograr mirar las cosas de manera periférica, lejos del centro?

También sueño con un nuevo tipo de narrador: una «Cuarta persona», que no es simplemente una construcción gramatical, por supuesto, sino que logra abarcar la perspectiva de cada uno de los personajes, además de tener la capacidad de Paso más allá del horizonte de cada uno de ellos, que ve más y tiene una visión más amplia, y que puede ignorar el tiempo. Oh sí, creo que la existencia de este narrador es posible. ¿Alguna vez te has preguntado quién es el maravilloso narrador de historias en la Biblia que grita en voz alta: «En el principio era la palabra»? ¿Quién es el narrador que describe la creación del mundo, su primer día, cuando el caos se separó del orden, quien sigue la serie sobre el origen del universo, quien conoce los pensamientos de Dios, es consciente de sus dudas y con un mano firme establece en papel la increíble frase: «¿Y Dios vio que era bueno»? ¿Quién es, quién sabe lo que Dios pensó?

Dejando de lado todas las dudas teológicas, podemos considerar esta figura de un narrador misterioso y tierno como milagrosa y significativa. Este es un punto de vista, una perspectiva desde donde se puede ver todo. Ver todo significa reconocer el hecho último de que todas las cosas que existen están mutuamente conectadas en un solo todo, incluso si las conexiones entre ellos aún no nos son conocidas. Verlo todo también significa un tipo de responsabilidad completamente diferente para el mundo, porque resulta obvio que cada gesto «aquí» está conectado a un gesto «allá», que una decisión tomada en una parte del mundo tendrá un efecto en otra parte de eso, y esa diferenciación entre «lo mío» y «lo tuyo» comienza a ser discutible.

Por lo tanto, podría ser mejor contar historias honestamente de una manera que active un sentido del todo en la mente del lector, que active la capacidad del lector para unir fragmentos en un solo diseño y descubrir constelaciones enteras en pequeñas partículas de eventos. Para contar una historia que deja en claro que todo el mundo y todos están inmersos en una noción común, que producimos minuciosamente en nuestras mentes con cada giro del planeta.

La literatura tiene el poder de hacer esto. Deberíamos eliminar las categorías simplistas de literatura de alto y bajo nivel, popular y de nicho, y tomar la división en géneros muy a la ligera. Deberíamos abandonar la definición de «literatura nacional», sabiendo al igual que nosotros que el universo de la literatura es una sola cosa, como la idea de unus mundus, una realidad psicológica común en la que nuestra experiencia humana está unida. El autor y el lector realizan roles equivalentes, el primero a fuerza de crear, el segundo haciendo una interpretación constante.

Tal vez deberíamos confiar en los fragmentos ya que son fragmentos que crean constelaciones capaces de describir más, y de una manera más compleja, múltiples -dimensional. Nuestras historias podrían referirse entre sí de una manera infinita, y sus personajes centrales podrían entablar relaciones entre sí.

Creo que tenemos una redefinición por delante de lo que entendemos hoy en día por el concepto de realismo, y una búsqueda de uno nuevo que nos permita ir más allá de los límites de nuestro ego y penetrar en la pantalla de vidrio a través de la cual vemos el mundo. Porque en estos días la necesidad de la realidad es atendida por los medios de comunicación, los sitios de redes sociales y las relaciones indirectas en Internet. Quizás lo que inevitablemente nos espera es una especie de neo-surrealismo, algunos puntos de vista reorganizados que no temerán enfrentarse a una paradoja e irán contra la corriente cuando se trata del simple orden de causa y -efecto. De hecho, nuestra realidad ya se ha vuelto surrealista. También estoy segura de que muchas historias requieren una reescritura en nuestros nuevos contextos intelectuales, inspirándose en nuevas teorías científicas. Pero me parece igualmente importante hacer referencia constante al mito y a todo el imaginario humano. Volver a las estructuras compactas de la mitología podría traer una sensación de estabilidad ante la falta de especificidad en la que están viviendo hoy en día. Creo que los mitos son el material de construcción para nuestra psique y no podemos ignorarlos (a lo sumo, podríamos desconocer su influencia).

Sin duda, pronto aparecerá un genio capaz de construir una narrativa completamente diferente e inimaginable en la actualidad, y todo lo esencial se acomodará. Este método de narración seguramente nos cambiará; dejaremos caer nuestras viejas y restrictivas perspectivas y nos abriremos a las nuevas que, de hecho, siempre han existido en algún lugar aquí, pero hemos estado ciegos ante ellas.

En el Doctor Faustus, Thomas Mann escribió sobre un compositor que ideó una nueva forma de música absoluta capaz de cambiar el pensamiento humano. Pero Mann no describió de qué dependería esta música, simplemente creó la idea imaginaria de cómo podría sonar. Quizás en eso se basa el papel de un artista: dar un anticipo de algo que podría existir y, por lo tanto, hacer que se vuelva imaginable. Y ser imaginado es la primera etapa de la existencia.

7. Escribo ficción, pero nunca es pura fabricación. Cuando escribo tengo que sentir todo dentro de mí. Tengo que dejar que todos los seres vivos y los objetos que aparecen en el libro me atraviesen, todo lo que es humano y más allá del ser humano, todo lo que está vivo y no está dotado de vida. Tengo que mirar de cerca cada cosa y persona, con la mayor solemnidad, y personificarlos dentro de mí, personalizarlos.

Para eso me sirve la ternura, porque la ternura es el arte de personificar, de compartir sentimientos, y, por lo tanto, descubriendo similitudes. Crear historias significa dar vida constantemente a las cosas, dar existencia a todas las pequeñas partes del mundo que están representadas por las experiencias humanas, las situaciones que las personas han sufrido y sus recuerdos. La ternura personaliza todo con lo que se relaciona, lo que hace posible darle una voz, darle el espacio y el tiempo para que exista y se exprese. Es gracias a la ternura que la tetera comienza a hablar.

La ternura es la forma más modesta de amor. Es el tipo de amor que no aparece en las Escrituras o en los evangelios, nadie lo jura, nadie lo cita. No tiene emblemas o símbolos especiales, ni conduce a la delincuencia ni a la envidia inmediata.

Aparece donde miramos de cerca y con cuidado a otro ser, a algo que no es nuestro «yo».

La ternura es espontánea y desinteresada; va mucho más allá del sentimiento de empatía. En cambio, es el compartir consciente, aunque quizás un poco melancólico, del destino común. La ternura es una profunda preocupación emocional por otro ser, su fragilidad, su naturaleza única y su falta de inmunidad al sufrimiento y los efectos del tiempo. La ternura percibe los lazos que nos conectan, las similitudes y la similitud entre nosotros. Es una forma de mirar que muestra al mundo como vivo, interconectado, cooperando y codependiente de sí mismo.

La literatura se basa en la ternura hacia cualquier ser que no sea nosotros. Es el mecanismo psicológico básico de la novela. Gracias a esta herramienta milagrosa, el medio más sofisticado de comunicación humana, nuestra experiencia puede viajar a través del tiempo llegando a aquellos que aún no han nacido, pero que algún día recurrirán a lo que hemos escrito, las historias que contamos sobre nosotros mismos y nuestro mundo.

No tengo idea de cómo será su vida, ni quiénes serán. A menudo pienso en ellos con un sentimiento de culpa y vergüenza.

La emergencia climática y la crisis política en la que ahora estamos tratando de encontrar nuestro camino, y que estamos ansiosos por oponernos al salvar al mundo, no han salido de la nada. A menudo olvidamos que no son solo el resultado de un giro del destino o del destino, sino de algunos movimientos y decisiones muy específicos, económicos, sociales y que tienen que ver con la perspectiva mundial (incluidos los religiosos). La avaricia, la falta de respeto a la naturaleza, el egoísmo, la falta de imaginación, la rivalidad interminable y la falta de responsabilidad han reducido el mundo al estado de un objeto que se puede cortar en pedazos, agotar y destruir.

Por eso creo que debo contar historias como si el mundo fuera una entidad viva y única, formándose constantemente ante nuestros ojos, y como si fuéramos una parte pequeña y al mismo tiempo poderosa de él. ¶

© THE NOBEL FOUNDATION 2019 – Traducción del inglés de WMagazín.

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  • Nota de este blog: Si tiramos una piedra, un guijarro, un «canto», en un estanque, produciremos una serie de ondas concéntricas en su superficie que, extendiéndose, irán afectando los diferentes obstáculos que encuentren a su paso: una hierba que flota, un barquito de papel, la boya del sedal de un pescador… (…) Otros movimientos invisibles se propagan hacia la profundidad, en todas direcciones, mientras el canto o guijarro continúa descendiendo, apartando algas, asustando peces, siempre causando nuevas agitaciones moleculares. (…) De forma no muy diferente, una palabra dicha impensadamente, lanzada en la mente de quien nos escucha, produce ondas de superficie y de profundidad, provoca una serie infinita de reacciones en cadena, involucrando en su caída sonidos e imágenes, analogías y recuerdos, significados y sueños, en un movimiento que afecta a la experiencia y a la memoria, a la fantasía y al inconsciente, y que se complica por el hecho de que la misma mente no asiste impasible a la representación. Por lo contrario, interviene continuamente para aceptar o rechazar, emparejar o censurar, construir o destruir. (Gianni Rodari – Gramática de la fantasía: El canto en el estanque).

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El hábito de leer

 

La mujer lee más que el hombre (Isaac Israels: Muchacha leyendo en un sofá – 1920)

 

Alicia disfrutaba de los niños, pero su afición por la lectura absorbía su interés. En aquella época de escasez, casi no se conseguía libros y además eran muy pocos los que le permitían leer. Se aprendió de memoria los diccionarios de francés, español y alemán, y releyó muchas veces los pocos libros que tenía. Logró hacer trueque de algunos con las vecinas, sin la supervisión de su hermana y de Pedro. Estos libros prohibidos, novelas románticas y de aventuras, los devoraba escondida en las noches cuando todos dormían, y fueron su mayor distracción en los años de guerra.* (…) Pero hasta leer de noche estaba prohibido; la escasez de los insumos era terrible y Pedro no permitía que se gastaran velas innecesariamente. Alicia, para leer escondida, armaba una especie de carpa con los cobertores de la cama, y con los cabitos de vela que recolectaba se metía entre las sábanas y leía y releía viejos libros hasta el amanecer. Margot se aterrorizaba, pues creía que Pedro la podía descubrir o, lo que era peor, podía provocar un incendio y morir quemada.

Alicia Eduardo – Una parte de la vida

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La costumbre de leer es tan vieja como los libros, naturalmente, pero hay sociedades y grupos sociales que leen más que otros. He aquí una tabla comparativa del tiempo semanal que se dedica a la lectura en distintos países:

Tiempo dedicado a la lectura por países, en horas semanales por persona (2016)

 

En Venezuela se lee más que en Argentina, España, Alemania y Estados Unidos. (También leemos más que los australianos, canadienses, italianos, mexicanos, ingleses, brasileños y japoneses). Un total de seis horas y veinticuatro minutos semanales dedica, en promedio, cada venezolano a la lectura.

Pero ¿quiénes leen más? ¿Los varones o nosotras, las hormiguitas de la lectura? Al menos en la Madre Patria, país al que superamos, las mujeres leemos más, según artículo de ayer—Las mujeres aumentan la brecha de lectura con los hombres—en El País de España:

Las mujeres leen más que los hombres en España y la brecha va en ascenso. Según el último Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE), presentado este viernes, esa diferencia ha aumentado un punto porcentual respecto al estudio anterior, que recogía los datos de 2018. En concreto, el 68,3% de mujeres lee libros en su tiempo libre frente al 56% de los hombres. De acuerdo con esa realidad, el perfil más típico del lector de libros en España es una mujer mayor de 55 años, con estudios universitarios y que vive en un área urbana. El 83% de ellas lee libros al menos una vez por semana, de acuerdo con los datos de esta muestra elaborada con información de 5.000 individuos por la empresa Conecta Research & Consulting para la FGEE, en la que colabora el Ministerio de Cultura y Deporte.

Las Hormigas no estamos solas. Como sabemos, hay hormigueros en todo el mundo. ¶

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La Primera Guerra Mundial, que Alicia Eduardo vivió en Francia.

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Un recio escritor

 

La obra más reciente (2019) de Mario Vargas Llosa

 

recio, cia De or. inc. 1. adj. Fuerte, robusto, vigoroso. Era un hombre recio en extremo. 2. adj. Grueso, gordo. Esta casa tiene unas paredes muy recias. 3. adj. Áspero, duro de genio. 4. adj. Duro, difícil de soportar. 5. adj. Dicho de una tierra: Gruesa, sustanciosa, de mucha miga. 6. adj. Dicho del tiempo: Riguroso, rígido. 7. adj. Intenso, violento. Soplaba un viento recio y frío.

Diccionario de la Lengua Española

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Son estos tiempos recios—diría Santa Teresa de Jesús—y son menester amigos fuertes de Dios para sustentar a los flacos.

 

Indudablemente nos han tocado tiempos recios. Este 11 de febrero de 2020 estaban desplegados en La Carlota radares y baterías antiaéreas. Se esperaba el regreso de Juan Guaidó a Venezuela, despues de una gira internacional por varios países amigos. El régimen mostraba sus colmillos.

Eso no paró a las Hormigas que, cargadas de cosas ricas para comer, llegaron puntuales y alborotadas a la casa de María Elvira. La tarde límpida de principios de año, y la brisa fresca que entraba desde el jardin atravesando el corredor, parecieron exaltar más que calmar los ánimos, tanto así que en vez de hormiguero parecíamos gallinero.

En el libro a discutir, Tiempos recios del maestro Mario Vargas Llosa, él nos cuenta, con su brillante arte de narrar, una parte de la historia de Guatemala que para las Hormigas era desconocida. Nos lleva a esos tiempos en que en Latinoamérica mandaban hombres crueles: dictadores afianzados y apoyados, en muchos casos, por los Estados Unidos, como Somoza de Nicaragua y Trujillo de la República Dominicana. En Venezuela, Marcos Pérez Jiménez; en Haití, Papa Doc Duvalier; en Cuba, Fulgencio Batista; en Colombia, Gustavo Rojas Pinilla y, en Perú, Manuel Odría.

Basándose en una exhaustiva documentación histórica, Vargas Llosa nos hace conocer cómo se puede cambiar la manera de percibir la realidad.

…el siglo XX sería el advenimiento de la publicidad como herramienta primordial del poder y de la manipulación de la opinión pública en las sociedades tanto democráticas como autoritarias.

En los tiempos en que en los Estados Unidos proliferaba el macartismo, las persecuciones y el terror al comunismo, los más importantes medios de comunicación “señalaban el peligro creciente que significaba para el mundo libre la influencia que la Unión Soviética iba adquiriendo en el país (Guatemala) a través de gobiernos que, aunque de fachada querían aparentar un carácter democrático, estaban en verdad infiltrados por comunistas”. Sugerían que querían convertirla en un satélite soviético y así influenciar a toda América Latina.

La verdad que revela esta historia es que toda la información fue prefabricada para preservar las tierras, los bajos sueldos y las malas condiciones laborales de los trabajadores indígenas y las bondades impositivas de las que había disfrutado hasta ese momento la United Fruit en ese país. Ese cambio de percepción influyó de tal manera en la opinión pública que el gobierno del Norte se involucró en un golpe de estado para derrotar al Presidente de la pequeña nación, quien, queriendo modernizar y democratizar a Guatemala y hacerla parecida a Estados Unidos, proponía cambios estructurales en el país, comenzando por la reforma agraria. Si eso se lograba, “la United Fruit tendría que enfrentarse a sindicatos, a la competencia internacional, pagar impuestos, garantizar seguro médico y jubilación a los trabajadores y a sus familias…”

No es la primera vez que se descubre que las mentiras, o la manipulación de información, provocan una intervención armada del imperio de Norte en algún país extranjero, causando muerte y destrucción. Es probable que el resultado de esa intervención acelerara o indujera el nacimiento de las guerrillas de izquierda en Latinoamérica que han diezmado la población y retrasado el progreso por tantos años.

…ya ves en qué terminó todo eso. En más matanzas y exílios. Estados Unidos echó por tierra esas ilusiones—de democracia—y ahora hemos vuelto a lo de siempre: dictadura tras dictadura… Lo único seguro es que Estados Unidos seguirá decidiendo todo por nosotros. Pero tal vez la alternativa sería peor… que Moscú, en vez de Washington organizara nuestra vida.

En estos días, cuando ha estado planteada la intervención de los Estados Unidos en Venezuela, el libro nos dejó un sabor amargo y más temor del que ya sentíamos.

“…tiene que haber muertos civiles, tiene que cundir el pánico entre la población civil”.

Corre paralela a esa historia la de Marta Borrero Parra: una adolescente de inteligencia destacada y reconocida belleza; tanta, que la llamaban Miss Guatemala, y que por circunstancias de la vida se vio implicada con hombres influyentes y con decisiones de poder en esos tiempos inciertos. Decidida a sobrevivir, no dudó en involucrarse y develar secretos a las agencias de inteligencia gringas que fueron, con seguridad, los que lograron salvarle la vida.

A pesar de que fue calificada por el Hormiguero con 6 puntos, la novela del maestro Vargas Llosa es pesada, difícil de leer. Influye, con seguridad, la cantidad de nombres y apellidos de personajes históricos importantes, cada uno con el sobrenombre por el que se le conocía, además de los saltos temporales que, en muchos casos, confunden al lector y hace enredada la trama. La lectura tiene sabor a reportaje de prensa o guión de documental audiovisual; se aleja de la literatura a la que el maestro nos tiene acostumbrados pero, una vez más, nos admira la investigación que hay detrás del texto y las técnicas literarias del autor.

Quedamos en leer para el próximo mes Tierra alta, de Javier Cercas, en asistir a una charla audiovisual sobre creatividad, impartida por nuestra admirada Menena Cottin y, además, en ver la película coreana ganadora del premio Oscar del año 2020, Parásitos, para asistir a un cineforo en casa de Rosa Elena.

Fue una tarde compleja; las noticias del ejército en la calle, la violencia en el aeropuerto de Maiquetía y la incertidumbre que se ha hecho cotidiana, nos tenían inquietas. El tema del libro, que dio para mucho que discutir, también nos incomodaba; pero el solo hecho de estar juntas, reunidas dentro de nuestra maravillosa burbuja de amistad, logró que fuera, como siempre, un momento de relajación y alegría. Además, los detalles primorosos de la anfitriona y la exquisita merienda nos alejaron de la dura realidad de estos tiempos recios que estamos viviendo.

NS

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Acá está el video de una presentación de Vargas Llosa y su libro en Casa de América (Madrid), introducida y moderada por Pilar Reyes, Directora de la División Literaria de Penguin-Random House. Luego de una introducción por el escritor, quedó registrada una nutrida secuela de preguntas a Vargas Llosa y sus respuestas.

Karina Sainz Borgo, enviada de la revista Vozpópuli en la que escribe profusamente y, por supuesto, autora venezolana de La hija de la española, hizo una pregunta a Vargas Llosa que suscitó una respuesta de casi diez minutos, la que eludió por completo lo que se le había preguntado. (¿Incomodidad? ¿Olvido senil?) He aquí el audio de esa interacción, entresacado del video precedente:

 

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Mientras llega la minuta

 

Una entre ellas

 

Para alentar a un joven interesado en la poesía, desempolvé un texto mío de 1976, el año en que conocí a mi esposa. Su poderosa belleza ha debido hacer que pensara en algo polarmente opuesto y registrase por escrito, el 27 de diciembre de ese año, un texto al que llamé Borgiana, pues de algún modo imitaba el estilo de Jorge Luis Borges. (Tal vez por el empleo de uno de sus adjetivos favoritos: tenue, o el contraste contradictorio de “accidente imprescindible”). En el original, era un trozo de prosa. Acá lo transcribo descompuesto en líneas versificadas:

 

Bastantes años hace que en mi cuarto

recostado sobre el lecho y fijos los ojos

en algún punto de la habitación, ese punto me decía algo.

Me gritaba que tenía una forma especial y única,

lo que le daba derecho a ser visto,

a ser amado por al menos una mirada

y registrado al menos por una memoria.

 

Me he cruzado muchas veces con los mismos reclamos.

Reflejos en la cóncava pared de una copa,

minúsculos granos de ceniza

que adoptan una presuntuosa disposición,

una hoja disimulada entre muchas que la esconden…

 

Dejo de lado las cosas obvias, las que todo el mundo ve,

aquellas de las que todos hablan y dicen que son bellas.

Las que me han llamado con urgencia,

rogándome que las preserve en mi memoria,

no son de las que pueblan poemas y canciones:

alguna llave huérfana que ignora su puerta,

una piel que nunca visitará la tersura,

una sombra aun menos hermosa que su dueño,

el cuadro de un pintor sin talento, una media rota,

una ventana siempre clausurada.

 

Todas ellas, y muchas más que no he visto,

componen nuestro universo

junto con las que siempre son cantadas.

Tengo la tenue esperanza de que las que yo no haya notado

puedan exigir alguna vez los ojos de un viajero.

 

Y de no ocurrir ese accidente imprescindible,

guardo un último deseo:

que mi rostro refleje para otro esos recuerdos

antes de que mi tránsito termine.

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Perdonen la intrusión en este Blog de Las Hormigas. LEA

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Ber para creer

El diario El Nacional publicó ayer en su web un video en el que Krina Ber* explica aspectos de su más reciente libro: Ficciones asesinas. La obra le valió, como explica el periódico, el Premio Anual Transgenérico en su XIX edición.

 

Suena interesante pero, bueno, yo no soy Hormiga que pueda juzgar. LEA

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* Escritora polaco-venezolana (Polonia, 1948). Es arquitecto de la École Polytechnique Fédérale de Lausanne (EPFL), de Lausanne (Suiza), revalidada por la Universidad Central de Venezuela (UCV). Creció en Israel, estudió en Suiza y se casó en Portugal antes de radicarse, en 1975, en Caracas, donde fundó junto con su esposo una compañía de arquitectura especializada en estructuras espaciales y diseño industrial. Comenzó a escribir en español en el año 2000, en el taller de narrativa de la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab), dirigido por el escritor venezolano Eduardo Liendo. También tomó talleres en el Instituto de Creatividad y Comunicación (Icrea) y en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg), con Eloi Yagüe, en 2003. Obtiene una maestría en literatura comparada en la UCV en 2007. Ganadora de una mención especial del 56º Concurso de Cuentos del diario El Nacional (2001); finalista del III Concurso Nacional de Cuentos de la Sociedad de Autores y Compositores de Venezuela (Sacven) (2002); Premio Monte Ávila Editores para Obras de Autores Inéditos, mención narrativa, por su libro Cuentos con agujeros, publicado por esa casa editorial en 2004, y ganadora de la XI Bienal Literaria “Daniel Mendoza” del Ateneo de Calabozo, mención narrativa (2005). Su cuento “Experta en extravíos” fue incluido en la antología De la urbe para el orbe, nueva narrativa urbana (Alfadil, 2006). Su relato “Amor” ganó el Concurso Anual de Cuentos de El Nacional en 2007. (Letralia).

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La Hormiga emisaria

 

En el mero centro

 

Adivinen quién está en Cartagena de Indias como embajadora del Hormiguero ante el Hay Festival: ¡Graciela Sucre de Behrens!

Y ¿quién es la dama al extremo izquierdo de la fotografía? ¡Margaret Atwood! Leímos y comentamos en casa de Mirenchu, el 8 de febrero de 2018, su famoso libro El cuento de la criada, que sirviera de base a la exitosa serie de televisión que se alzó con un Premio Emmy y un Globo de Oro.

En Rotten Tomatoes, la primera temporada tiene una calificación de aprobación del 95% sobre la base de 106 críticas, con una calificación promedio de 8.7/10. El consenso crítico del sitio dice, “Emocionante y vívido, The Handmaid’s Tale es una adaptación infinitamente absorbente de la novela distópica de Margaret Atwood, que está anclada en una magnífica interpretación central de Elisabeth Moss”. En Metacritic, tiene un puntaje promedio ponderado de 92 de 100 basado en 40 críticas, lo que indica “aclamación universal”. (Wikipedia en Español).

¿Quién, finalmente, está atravesada entre Margaret y Graciela? Menena Rodríguez de Cottin.

Pareja prestigiosa del Hay Festival

(Acá sin atravesamiento)

¡Qué lujo! ¡Qué envidia!

La Gerencia

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Aura*

Fue un almuerzo en casa de Rose nuestra última reunión del año 2019. A pesar de lo complicado de la fecha, fuimos doce las Hormigas que participamos más nuestra querida Nury, que cada día está más cercana.

Como siempre, nos deleitamos con el obsequio: esta vez unos bollitos de hayaca, un tartar de atún recién salido del mar y un dip de berenjena abrieron el apetito para el manicote, que como siempre estaba delicioso, y los postres que deslumbraron. Eso, además de la dicha de reunirnos en esos días de Navidad, cuando hasta el aire que se respira parece más ligero y festivo, la convirtieron en una reunión especial. Aún más, el libro que discutiríamos era Aura, de Carlos Fuentes, que nos había sumergido en un mundo de ensueños.

Habíamos cambiado a Vargas Llosa, que parecía largo y complicado para las fechas festivas, por ese cuento largo o novela corta del mejicano nacido panameño, publicada en 1962. Era ésa la época en que las estrictas prohibiciones de Francisco Franco en España empujaban el renacer de un sutil destape en América Latina, que propiciaba la revolución sexual y la apertura que se notó en muchos ámbitos, como en la literatura; época del despertar del realismo mágico que atrae las miradas del mundo hacia los escritores latinoamericanos. Sin embargo, cuando Aura fue publicada, la pacata crítica mejicana se mostró dura e implacable con Fuentes, pero no tardó en darse cuenta de que esa evolución de la literatura no podría ser detenida y entonces alabó la obra.

Las Hormigas quedamos impactadas por la profundidad del texto y atrapadas en el laberinto de símbolos hermosamente descritos por el autor. Lo que más impresiona es su narrador, que cuenta la historia utilizando la segunda persona del singular en tiempo presente. Esto hace que, a veces, parezca un testigo omnisciente y, otras, convierte al mismo lector en partícipe de la trama, utilizando todos nuestros sentidos para involucrarnos. La sensación de oscuridad perenne, el olor a moho combinado con el de las hierbas que crecen en el patio, el sonido de la campana que llama siempre a la misma hora a comer el mismo menú repetido hasta el hartazgo, el tacto de los vestidos que se quiebran como obleas y el perenne sentido del tiempo que aparece trastocado y escapa a la convención que de él tenemos los humanos. Todo se repite incansablemente; da la sensación de girar sobre el mismo tiempo. ¿O es tal vez que el personaje está hipnotizado o drogado, lo que estrecha su voluntad y no le permite ver ni enfrentarse a la realidad?

Es un libro en el que hay que buscar no lo que está sino lo que no está. Hay momentos en los que el lector se siente burlado pero no puede abandonar la lectura; necesita descubrir si lo que sucede es santería, brujería o que al final todo era un sueño. Trata de buscar significados: el Cristo negro, el sacrificio del macho cabrío, la masacre de los gatos, pero lo hace dudar la repetición de los rituales o el eterno verde esperanza de los trajes. El lector, atrapado en el mismo laberinto que Felipe, no sabe si el personaje está dormido o soñando despierto, enfrentando una realidad inexplicable en la que interpreta a un ser divino al que le lavan los pies. La vida se percibe circular; transcurre entre lo real, lo intangible, lo irreal y lo onírico; en ella los vivos dan vida a los muertos y los hacen fecundos, y los muertos aman sexualmente a los vivos. Todo transcurre en un ambiente mágico con manto de misterio, detallado hasta lo barroco, en el que es idéntico el antes que el ahora, con un dejo de añoranza de la juventud perdida, del amor antiguo que se presenta en los sueños, en ese oscuro y mágico ambiente que permite que el pasado sea presente y se manifieste con toda la fuerza del amor y la pasión correspondida. Es una historia de amor sin fin donde nada es real, excepto el mismo amor que mueve la trama y une al pasado con el presente y para siempre al amante con su Aura.

La historia de Carlos Fuentes nos sumerge en un suspenso que parece desarrollarse en otra dimensión. Se le ha comparado con Alicia en el País de las Maravillas o con la obra de Edgar Alan Poe.

Aura nos embrujó; obtuvo 8,5 de puntuación. Muchas quieren volverlo a leer, después de que la discusión les mostrara facetas de las que no se habían percatado, y volver a sumergirse en el muy particular culto a los muertos que practican los mejicanos.

Su belleza y su misterio nos hechizaron y será difícil olvidarla. Será difícil olvidar también el año 2019, en el que nuestras esperanzas de libertad estuvieron montadas en un sube y baja de ansiedad. En el nacimiento de la década de los veinte también renace nuestra esperanza; está vestida de verde como Aura y se hizo joven y hermosa para recibir aquello que tenía perdido y que se parece tanto a la felicidad. NS

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* aura1 Del lat. aura, y este del gr. αὔρα aúra, der. de ἄειν áein ‘soplar’. 1. f. Viento suave y apacible. U. m. en leng. poét. 2. f. Hálito, aliento, soplo. 3. f. Favor, aplauso, aceptación general. 4. f. Parapsicol. Halo que algunos dicen percibir alrededor de determinados cuerpos y del que dan diversas interpretaciones. aura epiléptica, o aura histérica 1. f. Med. Sensación o fenómeno de orden cutáneo, psíquico, motor, etc., que anuncia o precede a una crisis de epilepsia o de alguna otra enfermedad. aura2 De or. amer. 1. f. Ave rapaz diurna americana, que se alimenta de carroña, de 70 cm de longitud y hasta 180 cm de envergadura, con cabeza de color rojizo desprovista de plumas y plumaje negro con la parte ventral de las alas de color gris plateado.

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Añadido a última hora: Carlos Fuentes nos lee un extenso fragmento de Aura.

Carlos Fuentes murió el 15 de mayo de 2012, el mismo año de la realización del video. Madrid y Ciudad de México publicaron el mismo día de su muerte su último artículo. (Viva el socialismo. Pero…) En él preguntaba: “¿Cómo responderá François Hollande a este nuevo desafío, el de una sociedad que al cabo no se reconoce en ninguna de las tribus políticas tradicionales: izquierda, centro o derecha?”

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Menena Cottin, amiga de las Hormigas

 

Lo que sigue, con mínimas correcciones, es entrevista que Dulce María Ramos hace a Carmen Elena (Menena) Rodríguez Sanabria de Cottin, publicada por el diario El Universal en esta fecha. (Menena acompañó a las Hormigas el 18 de abril de 2012, como invitada de honor a la discusión de su libro: La Nube).

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DULCE MARÍA RAMOS

19/01/2020 01:00 am

“Menena aborda en su abanico temático conceptos esenciales, como la amistad, la emoción, la familia, el yo, encontrar un lugar en el mundo y el flujo de la imaginación. Si algún adjetivo puede asociarse al conjunto de su obra es el de ‘refinado’, en su doble acepción de meticuloso y exquisito. Alcanzar el impacto de un lenguaje construido con base en elementos puros y la búsqueda de lo esencial, implica tiempo para dejar reposar las ideas, tino para limpiarlas, quitar lo que sobra. Así como un conocimiento profundo del lenguaje visual, aunque muchas de estas soluciones puedan asumirse como instintivas”. (Fanuel Hanán Díaz, crítico e investigador literario, sobre la obra de Menena Cottin).

 

Cottin es autora, ilustradora y diseñadora de más de treinta libros conceptuales ilustrados de muy variados temas que han dado origen a la exposición Buscando la esencia, que luego de presentarse en Caracas (2016) y en Miami (2018 y 2019), llega a Cartagena en el marco del Hay Festival. La muestra es un recorrido interactivo por dieciocho de sus libros conceptuales llevados a formatos tridimensionales que ofrecen a cualquier visitante una experiencia de lectura y acercamiento al libro de forma diferente.

La idea de esta exposición surgió hace años gracias a Rita Salvestrini y John Lange, quienes le propusieron a Cottin exponer sus libros: “Fue algo que nunca imaginé. Algunos dicen que son libros para niños, pero para mí no tienen edad porque son libros conceptuales que hablan de emociones e ideas. La exposición es una experiencia lúdica, divertida e interesante”, asegura la autora.

La iniciativa de realizar esta exposición en el Hay Festival fue gracias a Sergio Dahbar, uno de sus editores. Si bien el proceso de montaje y los trámites aduaneros son complejos y engorrosos, Cottin estará desde la próxima semana en Cartagena para la instalación; con ella viajarán Pedro Quintero, Christian Oporto y Esperanza Villarino. La inauguración será el jueves 30 de enero en la sala de exposición del Centro de Formación para la Cooperación Española.

—Se puede considerar a El libro negro de los colores, traducido a diecinueve idiomas y ganador de múltiples premios, como su obra más importante.
—Cuando lo escribí ni siquiera imaginé que pudiera ser un libro, era un texto muy personal y reflexivo. En su momento lo escribí porque soy una persona muy visual y siempre me dio curiosidad la vida de las personas que nacen sin poder ver. En el proceso de escritura de un libro pienso en las cosas complejas, pero luego me voy a la esencia. También entiendo, a estas alturas de mi vida, que la mente infantil es mucho más clara que la nuestra; el hecho de tener poca información hace que los niños comprendan las cosas en su esencia sin tanta complicación. En El libro negro de los colores me imaginé que era un niño llamado Tomás que había nacido ciego y que entendía cuando sus amigos, que sí veían, le hablaban de un color, así que fui buscando paralelos distintos a los visuales que tuvieran que ver más con las sensaciones.

“Es un libro que ha tocado muchísimas vidas, que ha sensibilizado a mucha gente. Permanentemente recibo comentarios y además este libro dio origen a Cierra los ojos que vamos a ver, que es una historia real de una amistad que se formó cuando por primera vez hablé con una persona ciega, Lucero Márquez, a quien conocí cuando me pidió que le firmara el libro y luego seguimos en contacto por correo electrónico. En la exposición, El libro negro de los colores tiene un sitio de honor, está expuesto en una pared negra con texto y lenguaje en Braille; detrás de esa pared hay un túnel sensorial donde el visitante puede experimentar por unos momentos lo que significa vivir sin poder ver”, prosigue Cottin.

—¿Cómo han reaccionado las personas ante esta experiencia?
—Algunos salen emocionados, otros salen conmovidos. El libro cumple su misión, ya que estuvo pensado siempre para ponerte a pensar, para que te cuestiones y para que continúes la lectura en tu mente.

—Usted siempre estuvo vinculada al diseño gráfico y la ilustración, ¿en qué momento surgió la escritura?
—Surgió muchos años después. Recuerdo que cuando mi hijo mayor terminó el colegio y se fue a estudiar al extranjero, le escribía mucho por correo electrónico; antes escribía cartas. Luego tomé talleres de escritura creativa, así que escribía y guardaba.

—Y su pasión por la gráfica, ¿empezó en la infancia?
—Siempre fue muy claro en mí el interés por el arte gráfico. Mi tío fue el arquitecto Tomás José Sanabria; era hermano de mi mamá y fue muy cercano; tuvo mucha influencia en todos mis gustos y actividades: recuerdo que me regalaba blocks gigantescos para dibujar, me ensañaba origami. Además viví en casas diseñadas por mi tío y para mí el espacio arquitectónico y la luz fueron muy importantes. Mi mamá dibuja, a mi padre le gustaba la música; en fin, siempre conviví en una familia y en un ambiente donde la estética era fundamental, así que el arte era mi camino.

—Creció en una Venezuela y en un ambiente cultural muy distinto al que vivimos hoy.
—Es así. Con mucha tristeza se han perdido espacios importantísimos como los museos y la actividad cultural en sí; no es posible que se usen los espacios culturales para política. Sin embargo, los valores, los talentos siguen y es sorprendente lo que aún se hace en el país a pesar de las dificultades. Yo no sé cómo se logra hacer cultura en Venezuela, pero hay un empuje, una energía, una cantidad de personas valiosas que siguen luchando. Si bien mucho de nuestro talento se ha ido, siguen siendo Venezuela en el exterior y reproducen su talento donde quiera que van.

—¿Qué ha significado en su vida el diseño?
—Un placer. Desde niña recuerdo la sensación de tomar un lápiz y dibujar. Soy afortunada de hacer lo que me apasiona y además compartirlo. Claro, este camino tuvo muchas rutas: trabajé en todas las áreas del diseño, fueron cambiando los tiempos y poco a poco me fui mudando al mundo editorial, a inventar mis propios libros; esto coincidió después que mis hijos crecieron y se casaron. No sólo tengo estos libros, tengo una colección de libros que son para mis nietos y que forman parte de un proyecto personal llamado Ediciones Familiares. Ya mis nietos mayores, los morochos, tienen diecisiete años y desde su primer cumpleaños les regalé un libro especial para ellos y así ha sido con mis cinco nietos. Estoy permanentemente haciendo libros. He vivido ser mamá y ahora con mis nietos vuelvo a vivir y recordar mi niñez.

—¿Cómo se han sentido sus nietos ante su trabajo y sus libros?
—Todos tienen su colección; de hecho, mis nietos van a acompañarme en la exposición en Cartagena, ellos son parte de esta historia. Por fortuna son grandes lectores, nacieron entre libros y siguen viviendo entre libros.

—Y finalmente, ¿cómo es la ventana por donde mira Menena Cottin?
—Es una ventana optimista, alegre, con colores, formas y no sólo miro con los ojos, miro con todos mis sentidos. Eso es algo que me ha enseñado este camino: ver más allá de lo que está frente a ti, de lo que es evidente. Yo busco sorprenderme de las cosas que tengo alrededor, descubrir permanentemente algo nuevo. Eso es lo que emociona de vivir.

@DulceMRamosR

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Sobre Casas muertas

Este texto ha sido tomado de la estupenda web de Prodavinci.

 

Casas muertas de Miguel Otero Silva

Ana Teresa Torres

18/01/2020

En 2020 se cumplen sesenta y cinco años de la publicación de Casas muertas, de Miguel Otero Silva. Para recordarlo, iniciamos esta serie dedicada a valorar la novela con el trabajo de Ana Teresa Torres aparecido originalmente en el volumen compilado por Rafael Arráiz Lucca: Miguel Otero Silva: una visión plural (Caracas, Universidad Metropolitana / Libros El Nacional, 2009). (pp. 83-89).

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«Para la preparación de Casas muertas me fui a Ortiz, que para entonces estaba al borde del derrumbe total, busqué a los sobrevivientes de la época terrible, que eran muy escasos, y ellos me contaron cómo eran en esa época los árboles y los pájaros, qué se comía, cómo se vestían, qué canciones cantaban, y yo comencé a llenar cuadernos con sus confidencias. Entre esos interrogados estuvo una vieja maestra de escuela que me suministró los datos más valiosos, me refirió las mejores anécdotas y que aparece luego en la novela bajo el nombre de «la señorita Berenice». [1]

Para prepararme yo a escribir estas páginas repasé algunos textos sobre la obra de Miguel Otero Silva. Los deseché por completo. No porque niegue el valor de la crítica, de la cual soy alumna respetuosa, sino porque comprendí que lejos de aproximarme al libro me extrañaban de él. Voy a leer esta novela—me dije—como si nada supiera de Otero Silva, como si nunca hubiese conocido a Miguel, como si ni siquiera me acordase de que nació en Venezuela en 1908. Voy a leerlo sin memoria ni deseo. Por supuesto, eso no es posible, pero al menos logré despojarme de las categorías (si la novela será criollista o costumbrista, si pertenecerá o no a la literatura de la violencia, si resuelve algún problema venezolano) y de todos los prejuicios a favor o en contra que rodean a Casas muertas. Me quedé solamente con Cercanía de Miguel Otero Silva de Efraín Subero (1978), valiosísima obra referencial, y así pude disfrutar a solas una novela deslumbrante. Cerré el libro con esa excepcional sensación que nos deja saber que hemos atesorado una pequeña joya literaria. Es probable que otras novelas de Otero Silva, por su mayor envergadura, hayan dejado atrás esta historia sencilla y conmovedora, publicada en 1955 por la Editorial Losada de Buenos Aires, reeditada después múltiples veces, dentro y fuera de Venezuela, y traducida al francés, italiano, búlgaro, ruso, sueco, checo, estonio, polaco y portugués, pero fue para el autor una obra fundamental, como veremos a continuación, y lo es también para nosotros.

Cuando Efraín Subero le preguntó, en una entrevista para Papel Literario de El Nacional, en diciembre de 1966: «¿Cuál ha sido el momento decisivo de su vida literaria?», contestó así:

«Después de pensarlo bien le responderé que cuando me puse a escribir Casas muertas. Llevaba quince años enfrascado en el periodismo, fundando diarios y semanarios, ya a punto de ser catalogado en los breviarios de literatura como poeta de un solo libro (Agua y cauce) y como novelista de una sola novela (Fiebre), cuando decidí retornar a un oficio que antes había tanteado. Perdido en el hábito de escritor, cada párrafo de Casas muertas me costó penoso trabajo e innumerables tachaduras y enmiendas. Cuando terminé el libro, no sabía si publicarlo o echarlo a la candela, y si decidí lo primero fue gracias al entusiasmo generoso que desplegó José Rafael Pocaterra cuando leyó los originales». [2]

Le debemos, entonces, a Pocaterra que se evitara ese incendio. Que la novela atravesó por un largo proceso de maduración, no queda ninguna duda; que, como indica la cita inicial, el autor sabía emplear muy bien su sabiduría periodística, tampoco. Pero ninguna de las dos virtudes, la del corrector o la del periodista de investigación, pueden dar cuenta del efecto estético de la narración. Si me olvido de que la novela habla de la Venezuela gomecista –y lo mejor para leerla es dejarlo a un lado de momento–, se alza con el impacto de un drama lorquiano: la sencilla vida de un pueblo cuyas mujeres usan mantilla, sus curas son capaces de disparar si hace falta, su viejo filósofo masón, el amor que rompe la monotonía en la vida de una joven, la muerte acechando desde la primera línea. Pero, vayamos por capítulos.

 

Un entierro

Pero había muerto Sebastián, cuya presencia fue un brioso pregón de vida en aquella aldea de muertos, y todos comprendían que su caída significaba la rendición plenaria del pueblo entero.

Descrito en clave de tragedia, en una entrada imponente en la que nos parece ser parte de la comitiva que sigue el entierro de Sebastián Acosta, nos encontramos con personajes luminosos y rotundos. En el primer capítulo, que comienza por el final, en un desarrollo cinematográfico de la narración, conocemos a la protagonista, Carmen Rosa Villena, a su madre doña Carmelita, a su sirviente Olegario, y al padre Pernía. Cada uno de ellos hace su aparición como si fueran personajes de teatro, cada uno de ellos con su dignidad e importancia, de acuerdo con su posición en la trama, pero cada uno, también, pulido e impecable. Sabemos que un entierro no es raro en Ortiz, la gente está acostumbrada a recorrer ese camino a pie al cementerio porque se los lleva «la económica» (la fiebre que duraba cuatro días, y evitaba gastar en médicos y medicinas, que, por otra parte, no había), pero su descripción lo hace único. Ha muerto el héroe y su muerte no deja esperanza.

 

La rosa de los Llanos

Nunca, en ningún sitio, se vivió del pasado como en aquel pueblo del llano.

A Ortiz se la llamaba «la rosa de los Llanos». Las invocaciones del pueblo en sus tiempos de esplendor tienen una resonancia mítica, precisamente porque toda la intensidad está dispuesta en su vida interior, celebrada como un mundo propio. No nos aturden otras referencias acerca de sus circunstancias ni del país al que pertenece. Es una aldea con existencia intemporal, como Macondo o Comala o Santa María. Ni el autor conoció aquella edad dorada, ni nosotros tampoco, pero es precisamente esa restauración maravillosa de una historia, en sus edificaciones, sus fiestas, su música, lo que nos permite sentir la nostalgia de sus habitantes, que quizá tampoco conocieron ese tiempo, pero lo sueñan, y soñarlo les hace ser, por un lado, más tristes, pero, por otro, más felices. Ortiz existe en el mapa; de haber sido «la rosa» no podemos dar fe, pero su imagen utópica, de un tiempo irreconocible, mueve la vida y la muerte de los sobrevivientes, aferrados a sus ruinas, en memoria de la gloria perdida. Mejor metáfora del país, no se encuentra fácilmente.

En este segundo capítulo conocemos a Hermelinda, la sirvienta de la casa parroquial; a la señorita Berenice, la maestra; al señor Cartaya, anticlerical y amigo del cura; a Epifanio, el dueño de la bodega; y a Casimiro Villena, el padre de Carmen Rosa, antiguo hacendado, que quedó inútil después de la peste española, y dejó a su viuda y a sus hijas un almacén: «La espuela de plata», en la que se vende de todo, y ostenta un cartel que dice: detal de licores.

 

La iglesia y el río

Ciertamente, la iglesia y el río eran ya los dos únicos sitios de solaz, de aturdimiento, que le restaban al pueblo.

No es difícil imaginar el hastío de Carmen Rosa, cuando su hermana Marta se casa, y ella queda sola con su madre y Olegario, yendo a la iglesia, a veces al río, como únicas distracciones, y ayudando a vender en el almacén. Ya presentados los principales personajes, y el estado de ánimo de esta joven, el novelista nos ha preparado para el acontecimiento capital de su existencia. Esta planificación de los capítulos en secuencias coherentes que se van desplegando siempre con la información de algo que no sabíamos en el capítulo anterior, y que cierra cada uno como si fuese un cuento autónomo, sería un excelente ejemplo para cualquier narrador.

 

Parapara de Ortiz

Un día de Santa Rosa apareció Sebastián.

Así comienza nítidamente el capítulo quinto. Toda la información está en esa frase. Santa Rosa es la fiesta patronal que el pueblo no deja de celebrar, a pesar de su mengua. Y Parapara de Ortiz es como nombran a Parapara, por considerarla población tributaria, pero Sebastián deja bien claro que él es de «Parapara de Parapara», y ese talante nos indica claramente que Carmen Rosa, en medio de la procesión, los cohetes y la pelea de gallos, tiene ya un motivo para salir del hastío de la iglesia y el río.

 

Pecado mortal

La presencia de Sebastián fue para Carmen Rosa el punto de partida de una extraña transformación en su manera de ver las cosas, de ver a otros seres, de verse a sí misma.

Hubiésemos pensado que, en su aburrimiento y soledad, una de las pocas jóvenes solteras del pueblo, y con algo más de educación que el resto (logró pasar a quinto grado sin poder estudiarlo porque en Ortiz no había quinto grado), nos prefiguraba una pequeña Bovary criolla, pero el autor nos previene. Lo que cambia en ella, al conocer a Sebastián, es que ella se transforma, que ella logra ver más allá del horizonte infinito del llano. Quien quiera ver un romanticismo tardío entre Sebastián Acosta y Carmen Rosa Villena, es libre de hacerlo, pero todo indica lo contrario. Carmen Rosa es –y aquí sí me acuerdo de que es venezolana– esa mujer que se seca las lágrimas, hace las maletas, y se pregunta por dónde sigue la vida cuando todo parece haberse perdido. Carmen Rosa, hundida en un pueblo en estado de derrumbe, es una mujer moderna, que sin tener una alta educación, intuye el destino de su país, y renuncia a quedarse en el pasado. Y esa transformación nos prepara para el sorprendente final. El novelista quiere tanto a su protagonista que no la deja morir ni de pasión ni de paludismo.

 

Este es el camino de Palenque

Tan sólo vislumbraron el destino que les aguardaba cuando el autobús abandonó la carretera que iba en busca del mar y torció bruscamente hacia los llanos.

Todo hace suponer que este capítulo en la mitad del libro, que parte la vida secreta y aislada del pueblo, también partirá la novela. Sebastián se irá detrás de los que luchan contra Juan Vicente Gómez, y esa era la causa de su muerte que supimos en el primer capítulo. Un héroe de la dictadura. En verdad, ese era el deseo del protagonista pero no tiene lugar. Lo interesante de esa lectura del país que aquí se propone es que la narración se centra en una insignificante y minúscula población, a la que llegan lejanos ecos de que el poder está en otra parte, en un lugar que casi no tuviera que ver con ellos, del que poco o nada saben, pero los atraviesa el camión que transporta a los jóvenes estudiantes a un presidio o campo de concentración llamado Palenque. Esta visión de la historia, que un día cualquiera se anuncia como un camión que atraviesa los parajes desasistidos, es también una metáfora iluminadora del país.

 

El compadre Feliciano

Cuando dijo «hay que hacer algo» en el patio de las Villena, no lo dijo por decir, sino porque lo escuchaba como mandato imperioso de su condición humana.

Feliciano es el amigo de Sebastián, que sí se une a la lucha. Mientras tanto, todos estos acontecimientos preparan en el pueblo una suerte de movimiento. Los conspiradores son Sebastián, la señorita Berenice (que inesperadamente era dueña de una pistola) y el señor Cartaya. Inicialmente mantienen fuera de sus planes a Carmen Rosa y a la señora Carmelita. Es la ingenuidad de estos héroes imposibles lo que presta mayor drama al episodio. No estamos en presencia de grandes gestos heroicos, ni de complejas intrigas políticas, sino de pequeños seres, que en la soledad de un pueblo en estado de desaparición, han escuchado hablar de que hay gente que se está alzando contra el dictador. Lo han escuchado de la misma manera lejana y maravillada con la que han escuchado hablar de todo lo que no conocen: Caracas y el mar.

 

Petra Socorro

En la acera de enfrente, con las uñas clavadas en los barrotes de madera de una ventana trunca, Petra Socorro, que ya no era la putica de El Sombrero sino la mujer de Pericote, lloraba desgarradoramente, como un animal golpeado.

Pericote, un vecino de Ortiz, será víctima del coronel Cubillos, representante en el pueblo del orden y la dictadura. La historia, un tanto secundaria, nos presenta a dos personajes, Petra y Cubillos, que contribuyen con su narración particular a hacernos entender la atmósfera de represión y temor. Pericote muere –ya lo habrá adivinado el lector– porque el coronel Cubillos quiere a esa mujer para él.

Por cierto, que los personajes femeninos son dignos de resaltar. Ni doña Carmelita es una víctima aplastada por las circunstancias, sino una mujer capaz de luchar; ni Petra, que abandonó la prostitución cuando conoció a Pericote, se deja acoquinar por Cubillos; ni la maestra Berenice es sólo una mujer encargada de enseñar a leer y a escribir a los pocos niños que quedan en el pueblo.

 

Entrada y salida de aguas

No siempre llovía igual, pero siempre llovía.

Este capítulo no tiene la función de avanzar la historia. Es una suerte de descanso del narrador que ofrece en él unas de las mejores páginas de todo el libro. Nos hace pensar que en la lluvia que cae sobre Ortiz, en su desolación, Otero Silva se adelantaba a García Márquez y a Rulfo.

 

Hematuria

O se aclara la orina o se tranca la orina. Y si se tranca la orina te quedaste sin novio.

Para la escritura de este capítulo debe haber servido la siguiente información que nos da el autor:

«Posteriormente recibí algunas clases o lecciones de Patología Tropical, auxiliado en el trance por nuestros eminentes científicos Enrique Tejera, Juan Francisco Torrealba y Félix Pifano». [3]

Aquí se muestra en firme el talante del novelista que sabe que para ficcionar es necesario, primero, saber del asunto.

La fantasía de Sebastián era ser un héroe («su fantasía era hazañosa y justiciera»), pero el autor no se lo permitió. No es fácil oponerse a la voluntad de un protagonista, pero Otero Silva le tuerce el destino y lo hace morir en la cama, como todo el mundo, como casi todo Ortiz. Es el paludismo, que debió ser el más temible peligro de aquella Venezuela. Crea así un imaginario de la patria: no sólo está enferma de dictadura, es un país amenazado por un mosquito.

 

Casas muertas

Y cuando se acaba un pueblo, Olegario, ¿no nace otro distinto, en otra parte?

Volvemos a la escena inicial, al entierro de Sebastián, a los pésames que recibe la novia, a la tristeza de una casa vacía. Pero, cuando creíamos que allí enterraría su juventud, como una Doña Rosita la soltera, el novelista nos da vuelta a la historia. Ahora es cuando empieza su vida. Y nos vamos de Ortiz para acompañarla en su aventura petrolera, porque Carmen Rosa monta a su mamá, a Olegario, y los tereques de «La espuela de plata» en un camión (si así puede llamarse) que conduce un trinitario. Del mismo modo en que pasaron los presos de Palenque, Carmen Rosa ha visto pasar gentes que emigran hacia Oriente y ella será la heroína que inicia el éxodo, porque se niega a morir en su pueblo, y prefiere comenzar de nuevo en otro, que todavía no existe, y se llamará El Tigre.

Así que quien quiera seguir sabiendo de ellos no tiene sino que comenzar a leer Oficina Nº 1 y en el primer capítulo se los encontrará.

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Referencias

[1] Subero, Efraín. «Entrevista de Miguel Otero Silva». En Cercanía de Miguel Otero Silva. Caracas, Oficina Central de Información, 1978. (p. 46).

[2] Subero, obra citada, p. 44.

[3] Subero, obra citada, p. 64.

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Del libro como aeroplano

Del extinto blog de Nacha Sucre, se toma esta reseña suya de marzo de 2012 acerca de un entrañable trabajo de animación que mereció catorce galardones, incluyendo el Premio Oscar al Mejor Corto Animado de 2011.

El mejor corto animado para fomentar la lectura

 

Lessmore (Menosmás) no puede ser ni menos ni más cautivador. Tal como dice el propio sitio web de la ya famosa historia animada, el corto evoca al huracán Katrina (fue realizado enteramente en Luisiana), la imagen de Buster Keaton y el maravilloso cuento de L. Frank Baum, El Mago de Oz, pues en éste Dorothy (Judy Garland) es transportada al mágico reino por un tornado en Kansas que la lleva por los aires. La música que se repite es la familiar canción infantil Pop goes the weasel (Pop, hace la comadreja). Nos transporta, ella sola, a la infancia:

El libro que inspira la película

William Joyce ha escrito una hermosa historia que merecía ser visualizada, y sus ilustraciones, potenciadas por el trabajo de Oldenburg, han florecido en un generoso regalo para los ojos, la puerta de entrada del alma. Ahora se prepara la salida de un e-book interactivo especialmente diseñado para el iPad de Apple. Permitirá emular las acciones de Morris Lessmore, escuchar música original, jugar juegos, tambalearse en un ventarrón, aprender el piano y hasta “perderse en un libro” al viajar por un territorio mágico hecho de palabras, animado tan ricamente como la película. Creo que voy, por fin, a comprarme un iPad sólo por eso.

El hada de los libros

Morris es, naturalmente, un amante de los libros y, cuando creía haberlos perdido, tiene la fortuna de ser conducido a una casa fantástica que es una biblioteca de libros que vuelan. En ella baila, en ella cura a un viejo ejemplar enfermo y descuadernado, en ella escribe en su cuaderno de notas la llenura que vive gracias a los libros. Al cabo de una vida dedicada a ellos, ya viejo, se despide de sus queridos amigos y éstos lo envuelven en un corro de danza que lo rejuvenece antes de desaparecer. Un romance esperado con el Hada de los Libros no se consuma pero, después de su partida, viene a la casa una niña para repetir la historia que encontrará en retratos sobre una pared.

En su diario—escrito en el único libro que le quedó después del huracán, sus letras perdidas—, Morris admite, tras comenzar a leer en el viejo libro que restablece con operación a corazón abierto: “Mis investigaciones ulteriores han convertido muchas de mis viejas opiniones en… [ilegible] Los muchos y variados puntos de vista no me confunden, sino que me enriquecen. Río. Lloro. Pocas veces entiendo…” Luego, después de más lecturas y a punto de convertirse en bibliotecario que ilumina las vidas de los visitantes a quienes ofrece libros, asienta: “Si la vida se disfruta, ¿tiene que tener sentido?” Todos hemos experimentado, en los libros, cosas parecidas; Morris ha hablado por nosotros.

Portada de la versión impresa

No podía faltar una edición impresa de la historia, profusamente ilustrada; Joyce escribe y dibuja. Ya Amazon, Barnes & Noble, etcétera, aceptan pedidos. La aclamación universal del bellísimo corto animado nos permite esperar una pronta edición castellana.

Una cosa añoraremos: el libro vivo de Humpty Dumpty, que señala, instruye, celebra, regaña, reacciona, buscando él mismo en sus páginas lo que necesita comunicar al librero Lessmore. Los libros viven, se transforman en diálogo íntimo con cada lector; son uno distinto para cada uno de nosotros: nos cambian y nosotros los cambiamos a ellos, nos hacen vivir, nosotros les damos la vida. “La vida sin los libros—hubiera podido decir Federico Nietzsche—, sería una equivocación”. NS

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