El blog de Las Hormigas

¡Saludos formíceos! Desde Caracas, Venezuela, le damos la más cordial de las bienvenidas a este registro de actividades del club de lectura Las Hormigas.

Una historia de amor

Almudena Grandes le dio literatura al periodo más grave y delicado del siglo XX

 

Almudena Grandes, fallecida hoy

 

Tomado de EL PAÍS de España

 

Juan Cruz

27 nov 2021 – 13:02 ACTUALIZADO: 27 nov 2021 – 13:38 GMT-4

 

Ya formaba parte del mundo de la literatura, no era un satélite, era la pura tierra, había tocado la fama que rodea a los libros, formaba parte de los que más firmaban en las ferias, y aquel día de Sant Jordi Almudena Grandes viajaba melancólica en la parte de atrás del coche que la llevaba al aeropuerto, rumbo al avión que la devolvería a la ciudad que era su pueblo, Madrid. En un momento en que su tristeza parecía iluminar su rostro con otra luz, seguramente la luz del amor, echó atrás su cabeza morena, su pelo negro, sus ojos brillantes y en ese momento rodeados de agua como si le lloviera por dentro, y pareció reposar de un susto o de una alegría. Fue entonces cuando dijo, para que lo oyera su compañero de viaje, los dos callados, ella buscando cómo decir esas dos palabras y él sintiendo que algo tenía que decir, era tan raro verla en silencio tanto rato, ella que había hecho del habla del barrio y de la casa el eco de las historias de sus abuelos, de su padre, de la casa y del barrio y del Atlético de Madrid. Entonces dijo: “Estoy enamorada”.

Aquella historia luego fue dulce y sólida, mereció versos y risas, descendencia, amigos nuevos que se reunían con ella, y ya con ellos dos, el amor y ella, los dos amores juntos en una casa en el barrio en el que Larra tiene su calle y ellos, su domicilio. Allí estaba su estudio minuciosamente limpio, sus libros de la historia de España, la guerra y sus consecuencias, sus héroes vencidos, atraídos hacia el triunfo de la letra impresa, personas que fueron ninguneadas por la historia a los que ella salvó de esa quema y los hizo ser de nuevo vivos en un país al que ya nadie ni nada les iba a quitar la desgracia de haber sido perseguidos sin que mediara delito o lucha. Ella les dio el resplandor, los buscó hasta debajo del suelo que había sido pisoteado por la maldad de la metralla y del olvido, y la veías caminar por esos pueblos aterrados, recibiendo en ellos el aplauso por haber rescatado para España lo que fue propio de España, aunque durante años fuera silenciado, enterrado, roto y olvidado.

Ella fue el recuerdo revivido de lo que había sido preterido, perseguido, encarcelado; ella le dio literatura al periodo más grave y delicado del siglo XX, y lo hacía allí, en ese cuarto que parecía una casa republicana, el silencio que hacía ligero sus muebles sobre los que pesaban los libros, los de su enamorado y los suyos, cada uno por su lado con sus bibliotecas, uno con sus versos, que eran muchas veces para ella, y ella, morena, robusta, risueña, a veces rabiosa porque por ahí le sonaban tambores que presagiaban lo mismo que ella ya había contado sobre su país a veces bello y a veces negro o descuidado. De sus pasiones nacieron sus libros, y los escribió ahí, en ese cuarto al que alguna vez se asomaron periodistas, este periodista también, para ver de qué silencio provenía su modo de explicar el sufrimiento y también la vida sobre la que ella escribió como si tocara la piel de la España que no quiso que fuera niebla final, nada.

Escribió historias y cuentos, pero en la casa era también la anfitriona de poetas, editores; con los editores en particular tuvo amores laicos, feraces, y nadie como Toni López, que la precedió tantos años antes en las prematuras despedidas, supo cuánto había de esfuerzo y de generosidad en aquella mujer que devolvía ciento por uno lo que recibía de sus amigos, de los que la escucharon decir que no solo era aquella muchacha que hizo brillar, con un libro erótico, el atrevimiento musical y telúrico de su literatura, sino que iba a ser, como Pérez Galdós en otro tiempo, la cronista, la novelista, la testigo postrera de las hazañas tristes pero nobles de un país desesperado.

Se la vio en ferias y coloquios, se la escuchó en las radios y en las televisiones, se la leyó en este periódico, por ejemplo, fue la visitante más generosa de la escritura ajena, pero por esas casualidades de la vida siempre que la veo y la recuerdo, y ahora mismo también, es aquella chica que, rejuvenecida por el aire de la noticia, esa tarde echó hacia atrás su cabeza en el taxi que la llevaba de Sant Jordi al Prat y dijo, como una adolescente: “Estoy enamorada”. ¶

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Más fotografías de la grande Almudena Grandes.

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Primer amor

Primer amor | Por Cristina Peri Rossi

La insumisa’, libro de Cristina Peri Rossi. (Foto: Federico Anfitt | EFE)

 

Con autorización de Menoscuarto Ediciones, publicamos el siguiente fragmento de La insumisa, la más reciente novela de la poeta, narradora y traductora uruguaya galardonada con el Premio Cervantes 2021.

Tomado de MILENIO

 

Laberinto – Ciudad de México / 19.11.2021 21:13:30

 

La primera vez que me declaré a mi madre, tenía tres años (según los biólogos, los primeros años de nuestra vida son los más inteligentes. El resto es cultura, información, adiestramiento). Yo tenía propósitos serios: pretendía casarme con ella. El matrimonio de mi madre (del cual fui un fruto temprano) había sido un fracaso, y ella estaba triste y angustiada. Los animales domésticos comprenden instintivamente las emociones y los sentimientos de los seres y procuran acompañarlos, consolarlos: yo era un animal doméstico de tres años.

El escaso tiempo que mi padre estaba en casa (aparecer y desaparecer sin aviso era una forma de poder) discutían, se hacían mutuos reproches y por el aire —como una nube negra, de tormenta— planeaba una oscura amenaza. En cambio, mi madre y yo éramos una pareja perfecta. Teníamos los mismos gustos (la música clásica, los cuentos tradicionales, la poesía y la ciencia), compartíamos los juegos, las emociones, las alegrías y los temores. ¿Qué más podría pedirse a una pareja? No éramos, por lo demás, completamente iguales. A los tres años yo tenía un agudo instinto de aventura, del que mi madre carecía (o el matrimonio lo había anulado), y un amor por la fauna y la flora que a mi madre le parecía un poco vulgar. Aun así, me permitió criar un zorro, un malhumorado avestruz y varios conejos.

Pero a diferencia de mis progenitores, mi madre y yo, siempre que surgía un conflicto, sabíamos negociar. Cuando me encapriché con un bebé de elefante, en el zoo, y manifesté que no estaba dispuesta a regresar a casa sin él, mi madre me ofreció, a cambio, un pequeño ternero, que pude criar en el jardín trasero. (Sospecho que mi padre se lo comió. Un día, cuando me desperté, el ternerito ya no estaba pastando en el césped. Mi padre, ese día, hizo asado.) Mi madre escuchó muy atentamente mi proposición. (Siempre me escuchaba muy atentamente, como debe hacerse con los niños.) Creo que se sintió halagada. El desgraciado matrimonio con mi padre la hacía sentirse muy desdichada, y necesitaba ser amada tiernamente, respetada, admirada; comprendió que todos esos sentimientos (más un fuerte deseo de reparación) yo se los ofrecía de manera generosa y desprendida, como una trovadora medieval. Después de haber escuchado atentamente mi proposición, mi madre me dijo que ella también me quería mucho, que era la única alegría de su vida, más bien triste, y que agradecía mi afecto, mi comprensión y todo el amor que yo le proporcionaba. Me parecieron unas palabras muy justas, una adecuada descripción de nuestra relación. Ahora bien —me explicó mi madre—: nuestro matrimonio no podía celebrarse, por el momento, dado que yo todavía era muy pequeña. Era una razón que yo podía comprender. Mi madre era una mujer bellísima (tenía unos enormes ojos “color del tiempo”. La descripción la encontré, años después, en una novela de Pierre Loti), inteligente, culta, aunque frágil y asustada. Yo estaba dispuesta a protegerla (algo que mi padre no había hecho), aunque yo misma estuviera asustada muchas veces: el amor es generoso. También estaba dispuesta a esperar todo el tiempo que hiciera falta para casarnos. Siempre le agradeceré a mi madre que me hubiera dado esa respuesta. No desestimó mi proposición, no me decepcionó, sino que estableció un motivo razonable y justo para posponer nuestra boda. Además, me estimuló a crecer. Desde ese día, intenté comer más (era bastante inapetente), acepté las vitaminas y el horroroso aceite de hígado de bacalao, con la esperanza de acelerar mi crecimiento, y alcanzar, por fin, el tamaño y la edad suficientes como para casarme con ella. Por entonces, los parientes, los vecinos y todos esos adultos tontos y fracasados tenían la fea costumbre de preguntar a los niños qué harían cuando fueran mayores. Yo, con absoluta convicción y seguridad, respondía: “Me casaré con mi madre”. Imaginaba un futuro celestial, lleno de paz y de armonía, de lecturas fabulosas, paseos apasionantes, veladas de ópera (mi madre tenía una maravillosa voz de soprano), ternura, complicidad y felicidad. ¿Qué más podía pedir una pareja? Mientras crecía (más lentamente de lo que yo hubiera deseado), renovaba, cada tanto, la promesa de matrimonio que le había hecho a mi madre. No sabía aún que los trovadores tenían una sola dama (lejana), pero intuía que debía ser así. Un amor eterno, delicado, fiel y cortés.​ ¶

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La escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, premio Cervantes 2021

Tomado de El Universal

Cristina Peri Rossi

 

Madrid, España.- Conocida tanto por sus novelas como por su poesía, la uruguaya Cristina Peri Rossi ganó el Premio Cervantes 2021, el más prestigioso de las letras en castellano, anunció este miércoles en Madrid el ministro de Cultura de España, Miquel Iceta.

«El jurado del premio de literatura en lengua castellana Miguel de Cervantes, correspondiente a 2021, ha decidido conceder este galardón a la escritora Cristina Peri Rossi», dijo el ministro en rueda de prensa al leer el fallo.

En su haber tiene casi una veintena de libros de poesía, una quincena de relatos y varias novelas, siendo las más recientes Todo lo que no te pude decir (2017) y la autobiográfica La insumisa (2020).

Su primer galardón lo recibió en 1968 en su país, y desde entonces ha ganado el Premio Internacional de poesía Rafael Alberti (2000), el Premio Don Quijote de Poesía o el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso (2019), una lista coronada por este Premio Cervantes.

En una entrevista que concedió al diario español El País en 2017, se le preguntó a quién le concedería el Premio Cervantes, a lo que respondió: «a Cristina Peri Rossi, para que siga escribiendo».

«Es conocida, pero sin embargo no me resisto a darles algunos datos», indicó el ministro Iceta antes de proporcionar información sobre la escritora de 79 años, tercera de su país en lograr el Cervantes, tras Juan Carlos Onetti (1980) e Ida Vitale (2018).

‘Obra puente’
Cristina Peri Rossi nació en Montevideo en 1941, publicó su primer libro en 1963 y «obtuvo los premios literarios más importantes de Uruguay», explicó el ministro.

En 1972 tuvo que abandonar su país por motivos políticos y se trasladó a Barcelona, de donde tuvo que huir de nuevo, en este caso a París, por un par de años, perseguida por la dictadura de Francisco Franco (1939-1975).

«Su obra, puente entre Iberoamérica y España, ha de quedar como recordatorio perpetuo del exilio y las tragedias políticas del siglo XX», destacó el jurado en su decisión.

Sexta mujer en recibir este premio, considerado como el Nobel de las Letras en lengua castellana, Peri Rossi tiene también la nacionalidad española, y ha sido profesora de literatura, traductora y periodista, siendo conferenciante habitual de universidades españolas y extranjeras. 

«Enhorabuena a Cristina Peri Rossi», felicitó el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, a la escritora, a quien definió en un tuit como «una mujer comprometida con los temas sociales, que ha mostrado en su extensa obra las grandes preocupaciones y debates de nuestro tiempo».

Peri Rossi «tuvo siempre un compromiso político muy claro, muy rotundo, que aparece asociado indisolublemente a su nombre, pero este premio lo que hace es ratificar que, más allá de su postura militante en la vida, es una poderosa voz en prosa y en poesía», dijo a la AFP la subsecretaria uruguaya de Educación y Cultura, Ana Ribeiro.

«Para un país de tres millones de habitantes, es una distinción gigantesca», agregó sobre el tercer Premio Cervantes para un autor uruguayo.

Une su nombre a Borges, Vargas Llosa, Paz…  
Con el triunfo de Peri Rossi, vuelve la tradicional alternancia anual entre autores españoles y latinoamericanos, que se había roto en años anteriores.

En 2020 y 2019 ganaron dos españoles consecutivos, Francisco Brines y Joan Margarit, y en 2018 y 2017 lo habían hecho dos latinoamericanos, la uruguaya Ida Vitale y el nicaragüense Sergio Ramírez.

Según el reglamento, para fallar el Premio Cervantes 2021 debían haber integrado el jurado los ganadores de los dos años anteriores, pero tanto Joan Margarit como Francisco Brines fallecieron, en febrero y mayo pasados, respectivamente.

El Premio Cervantes, el más prestigioso de las letras en español, está dotado con 125.000 euros (unos 144.00 dólares).

Desde que se empezó a otorgar en 1976, el galardón ha recaído en autores como Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Camilo José Cela, Álvaro Mutis o Eduardo Mendoza.

La entrega del Cervantes se realiza el 23 de abril, día del fallecimiento de Miguel de Cervantes, en la Universidad de Alcalá de Henares, ciudad natal del autor de Don Quijote de la Mancha.

En la ceremonia solemne, Peri Rossi recibirá el galardón de manos de los reyes de España, Felipe VI y Letizia. ¶

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Sobre este mismo tema en vozpopuli

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Cristina Pérez y su novela sobre un gran amor de Shakespeare

Tomado de infobae

 

“No quise escribir un panfleto feminista”

Cristina Pérez

 

“La dama oscura” tiene como protagonista a Aemilia Bassano, la primera mujer que consiguió publicar un libro con su nombre en Inglaterra y que, según algunas investigaciones, habría sido amante del bardo y también coautora de algunas de sus obras. La novela llega este lunes a librerías

 

Por

Hinde Pomeraniec

1 de Noviembre de 2021

 

Muchas veces las cosas importantes, aquellas que pueden cambiar una vida, no se manifiestan de manera espectacular sino con letra pequeña. En este caso, el descubrimiento llegó en una nota al pie, mientras Cristina Pérez, nacida en Tucumán, periodista, escritora, un nombre clave de la televisión y la radio argentinas, amante de la obra de William Shakespeare y también del período histórico en el que vivió y creó el dramaturgo y poeta inglés, leía un estudio de literatura isabelina. Allí, debajo de la imagen de Lord Chamberlain, se consignaba que una mujer llamada Aemilia Bassano había sido la amante de ese hombre, el más poderoso de Inglaterra, pero se sugería también que el suyo podría ser el nombre detrás de la célebre aunque desconocida “dama oscura” de los sonetos de Shakespeare.

“Para mí fue un llamado casi instintivo, de profunda curiosidad. Porque cuando uno habla de Shakespeare, habla también de este hombre que escribió sobre el amor de alguna manera para inventarlo, ¿no? Pero de él, biográficamente, solo sabemos que estuvo casado con una mujer con la que tuvo tres hijos pero de quien estaba alejado. ¿A quién amó? ¿Cuál fue su fuente para escribir sobre el amor de formas tan variadas? Tan variadas y con una intensidad que tiene que ver con la época, en un tiempo donde la gente vivía hasta los 25 años y la vida era urgente. El amor tenía esa intensidad volcánica que también estaba encendida por las restricciones y el control en todos los órdenes de la vida, en una cultura imbuida por la Reforma religiosa”, cuenta Cristina desde su casa a través del zoom, un mediodía de sábado luminoso, a propósito de su nueva novela, La dama oscura, donde reconstruye una versión de la vida de Shakespeare en la que esta mujer, Aemilia, la de la nota al pie, la amante del noble poderoso, tiene un lugar central en la vida del bardo pero también en la producción de su obra monumental.

“Cuando uno se pregunta cómo podemos acercarnos a Shakespeare como el hombre que amó, llegamos a sus sonetos, que se consideran dentro del registro biográfico. Pero lo que pasa es que estos sonetos no se publican por su voluntad sino que todo indica que se los robaron para perjudicarlo no a él sino a alguien más poderoso, que podría ser uno de sus mecenas y revelaban lo que hoy sería equivalente a revelar un video con relaciones íntimas, con relaciones totalmente prohibidas, un triángulo amoroso y la bisexualidad de Shakespeare o al menos su relación homoerótica con otro hombre pero también una relación de intenso amor con una mujer. Allí -sin pensar que va a ser leído- descarga sus pasiones, también las más oscuras, como los celos”, sigue la autora de La dama oscura, quien cuenta su sorpresa al descubrir que esta amante de Shakespeare fue además la primera mujer que publicó un libro en la literatura inglesa en 1611, en tiempos en que las mujeres no solo vivían sometidas a las decisiones de los hombres sino que la mayoría no sabía leer y escribir. Por las condiciones excepcionales en las que se había criado, la cultura de Aemilia podía ser semejante a la de la propia reina, aún sin pertenecer ella a la nobleza.

“La relación entre ellos era imposible, el divorcio era un trámite casi prohibido”, explica Pérez la situación dramática de los amantes, que está muy desarrollada en su libro. “Me había propuesto llegar al amor que inventó el amor y llegué a una mujer que fue capaz de transitar una vida siendo ella misma a pesar de situaciones dramáticas y anticipándose a nuestra época con una obra que consideran los críticos como protofeminista.”

Basada en datos históricos pero construida como ficción, la historia principal que narra la novela de Pérez se desarrolla en el marco de las intrigas de la corte isabelina, un tiempo que albergaba el asombro por los descubrimientos del Renacimiento inglés, el surgimiento del teatro en una época de divisiones religiosas y plagas y la monarquía absoluta como sistema de gobierno, en ese entonces a cargo de Isabel I. Aemilia Bassano, hija de una familia de músicos de origen judío italiano -de ahí el color de su cabello y de su piel, algo más oscura que la del resto de las mujeres del lugar-, llegada a la corte escapando de la Inquisición, es la amante de Henry Carey, Barón Hunsdon de Hunsdon y Lord Chamberlain, es decir, miembro oficial de la Casa Real, 43 años mayor que ella. Aunque no es noble, como cortesana su vida transcurre en el corazón de la nobleza. Dueña de una cultura extraordinaria para su tiempo, sobre todo en una mujer, Aemilia busca darse libertades en un mundo que no contempla la libertad por fuera de las restricciones religiosas y sociales, mucho menos en el caso de las mujeres.

En paralelo a su búsqueda de crecimiento personal, hay un joven actor, un artista deslumbrante llegado a Londres desde el campo. Su nombre, William Shakespeare. Algunos estudiosos señalan que hubo entre ellos una relación amorosa y que ese vínculo sería algo así como “el amor que inventó el amor”. Según estos expertos, Aemilia Bassano habría sido coautora de algunas de las obras de Shakespeare, fundamentalmente aquellas que transcurren en Italia, como Romeo y Julieta, por ejemplo.

Shakespeare no había tenido estudios superiores ni era sumamente ilustrado y tampoco había viajado. Así como era un gran conocedor de la lengua y los intereses populares, pudo ver de primera mano el discurso de la nobleza cuando ya había escrito gran parte de su obra y lo que sabía del mundo era a través del relato de los otros. La relación íntima entre Bassano y Shakespeare explicaría muchas dudas surgidas a lo largo de los siglos de la lectura de los textos del dramaturgo: no solo las abundantes fuentes de cultura italiana -aunque conocido en idioma original por algunos autores como Chaucer, el Dante tuvo su primera traducción al inglés recién en el siglo XVIII- sino también lo relacionado con la música –Shakespeare no tenía estudios ni práctica musical y, sin embargo, en sus obras hay al menos 300 términos musicales y referencias a 26 instrumentos- así como también algunas expresiones, diálogos y conceptos vinculados a la cultura judía. Cuenta Cristina que la familia de Aemilia había llegado a Inglaterra trayendo en su equipaje las llamadas novelas italianas, lo que podría explicar el conocimiento de Shakespeare de estos temas (tanto como la posible coautoría de sus obras).

“Siempre siento algo italiano, algo judío en Shakespeare. Quizás los ingleses lo admiran por eso, porque es muy diferente de ellos”, le dijo Jorge Luis Borges a The Paris Review en 1966, según recordó hace unos años Elizabeth Winkler en un artículo sobre Bassano, en The Atlantic. Y fue por Borges, justamente, que Cristina Pérez llegó a Shakespeare, a la lengua inglesa, a los cursos sobre su obra y a la posibilidad de leerlo también en el inglés isabelino, algo que consiguió gracias a la insistencia de un profesor en Boston, quien le sugirió una suerte del técnica de la inmersión: leer los textos en voz alta una, dos veces, no dejarse vencer hasta conseguir maravillarse con las palabras que, de pronto, comienzan a tener sentido.

-¿Qué quisiste contar en La dama oscura?

-Todo comenzó cuando quise ir en búsqueda de la identidad de la mujer que Shakespeare amó en secreto y cuyo registro, críptico, dejó en sus sonetos. Y siguiendo una de las hipótesis más sólidas -que avalan más de diez expertos- llegué a la fascinante vida de Aemilia Bassano Lanyer, una mujer adelantada a su tiempo que fue la primera mujer que consiguió ser publicada como autora profesional en la literatura inglesa. Hay que tener en cuenta que esto ocurrió en 1611, un tiempo en el que más del 90 % de las mujeres no sabía leer ni escribir. En su libro, un poemario que se llama Salve Deus, Rex iudaeorum, Aemilia reclama que las mujeres sean valoradas en su virtud y mérito. Las limitaciones eran para todas: desde la reina hasta la última plebeya padecían duras restricciones en cuando a las decisiones sobre su vida, su desarrollo educativo, y tenían un estatus jurídico de dependencia del hombre. Aemilia padeció tragedias personales, mandatos crueles, y una intemperie por momentos total. Sin embargo, eso no le impidió sostenerse en su talento y sus artes: la música y las letras, a pesar de las adversidades.

Como gran conocedora de la obra de Shakespeare y también de quienes trabajan sobre la hipótesis de que no toda la obra que se le atribuye fue escrita por él, Cristina sostiene que efectivamente en esos tiempos había muchos textos escritos entre varios autores pero que las versiones que suponen que el verdadero autor de esa obra fue un noble, no tienen sustento. Lo explica así:

“Shakespeare no escribía para ser publicado en los libros sino para la escena, escribía en el barro de la escena. Hay en su obra un gran conocimiento de la naturaleza y de la vida popular que ni por asomo podría haber conocido un noble, sobre todo el registro de la jerga popular. Con respecto a su vínculo con el poder, y a la pregunta acerca de cómo entraba Shakespeare a las mentes del poder, no olvidemos que el teatro cumplía un fin para la corona y los nobles habían conseguido unos permisos especiales para las compañías teatrales para que pudieran entrar mientras presentaran la licencia de los nobles que los patrocinaban. Esto les daba cercanía permanente. Y Shakespeare era una esponja que absorbía todo y además tenía información por la gente con la que trataba y que volcaba de una manera específica”.

En su novela, asegura Pérez, “está el amor, están las traiciones, hay un espejo con la reina que es muy interesante porque ella también es una mujer de avanzada, que pese a las presiones para que se casara, para que tuviera hijos, no lo hizo nunca y sin embargo gobernó y sentó las bases del imperio británico y una joven que, pese a las cosas terribles que le pasan en su vida, se desarrolla intelectualmente y crece y transita un gran amor que, tal vez, puede ser la base del amor romántico que hoy conocemos”.

-Entrás todos los días y desde hace muchos años a la casa de la gente desde la tele y también desde la radio y los artículos que escribís. Sos autora de un libro de cuentos, (Cuentos inesperados, de 2013) y esta es tu segunda novela (la primera fue El jardín de los delatores, de 2025). ¿Por qué escribir? ¿Qué hay de diferente en lo que tenés para contar?

-La literatura es mi felicidad. Mi casa es básicamente un lugar donde primero miro dónde voy a poner la biblioteca y recién ahí empiezo a hacer mi casa. Escribir para mí es inevitable, empecé a escribir desde muy niña todo tipo de producciones pero me costó llegar a la adultez y transcurrir el estudio de la literatura inglesa para soltarme. En esta novela, yo no quería escribir un panfleto feminista, quería tener la verdad de la vida de esta mujer, con sus claroscuros. Tampoco quería escribir una novela cursi y emprendí el desafío de comprender personajes que, en ese contexto tan opresivo, tuvieron un triángulo amoroso que incluye la bisexualidad e infidelidades varias.

-¿Qué clase de lectores imaginás para tu novela?

-Cuando leo, trato de abrir el corazón y recibir ese mundo que se me ofrece intacto. Y sé que un libro puede transformarme, curarme, darme felicidad. Y pienso en un lector que también abra su corazón al leer y disfrute con la felicidad de las palabras. Y le pediría que si la historia no le ofrece la fascinación de este gozo, la deje, con lo cual ese es mi contrato. Me gusta intentar ofrecer verdad; quiero llegar a los personajes desde la empatía, llegar a la verdad del otro para poder pintarlo como en una pintura, que si uno pinta bien un rostro, quienes lo ven lo van a reconocer. Ese despojarse del autor para llegar a la verdad de un personaje para mí es un trabajo de amor y de encontrar las palabras, que son también una forma del amor.

-Por último, Cristina, ¿qué pensás que tiene para decirnos hoy un personaje como el de la protagonista de tu novela?

-Aemilia Bassano es una mujer que, habiendo sufrido situaciones durísimas como tener que aceptar ser la amante de un noble para asegurar la licencia para su familia en la corte, haber pasado por uno o más abortos por situaciones de violencia sexual; haber tenido que aceptar un matrimonio con un joven de la corte (N. de la R.: Alfonso Lanier o Lanyer) que le fue impuesto para cubrir un embarazo; por haber sido prácticamente la madre sola que lleva adelante la vida de su hijo, por haber perdido luego una criatura, por haber escrito ese primer libro expresando lo que pensaba y no solo temas religiosos y haberlo firmado con el riesgo que implicaba, por haber fundado una escuela en aquella época, muestra que aún en medio de las cadenas más pesadas, una mujer con determinación puede ser quien quiere ser. En ese momento estaba en juego la vida, el sustento, el no poder amar libremente porque para vivir este gran amor -o cualquier otro- una mujer tenía que salirse de los márgenes de maneras críticas. Una mujer noble, por ejemplo, podía ver arreglado su matrimonio cuando tenía 7 años y concretado a los 12 con alguien 30 años mayor, a quien nunca había visto. La vida era muy difícil, ni hablar para una mujer que tuviera un desarrollo intelectual y no estuviera contenida por los blasones de una estirpe de nobleza, como le pasaba a Emilia. Y ése es entonces el mensaje que resuena hoy: que podemos ser quienes somos y tenemos derecho a serlo y que tenemos que cultivar la determinación mirando menos en los obstáculos y convertirlos en anécdota. Porque ese poder también lo tenemos las mujeres. Yo siempre digo que ser víctimas es una tragedia pero nunca puede ser una elección y como mujer me paro ahí. Yo no me recuesto para hablar del poder de las mujeres en la victimización sino en el poder, a pesar de todo lo que nos rodea y nos ha rodeado y creo que ahí y está nuestra fuerza. Una mujer no tiene que salir a pedir permiso ni licencia para ser y la gran lección de Aemilia es que uno a veces tiene que ser uno en un entorno de incomprensión y que le tenemos que dar menos importancia a la comprensión de los otros.¶

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Para descargar fragmentos de la novela: Extractos

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Nota de la redacción de este blog

Que Shakespeare no tuviera estudios o práctica musical no significa que sus numerosas referencias a instrumentos indiquen que las añadiera otra persona; específicamente, la hipotética Aemilia Bassano. Shakespeare valoraba el arte musical, al punto de que nos dejó este pensamiento: «El hombre que no tenga música en sí mismo, ni se conmueva con el acorde de dulces sonidos, es apto para traiciones, estratagemas y botines». En todo caso, fue el esposo de Anne Hathaway (sí, la homónima de la bella y eficaz actriz de nuestros días) con quien procreara tres veces.

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Tres tercios de un seudónimo

Para los cristianos Dios es una Trinidad. Otra no tan santa se presentó en El Hormiguero (Antena 3); se trataba de la conversación que sostuvieron con Pablo Motos los tres escritores que colaboran a seis manos para crear novelas, de las que la última ganara el Premio Planeta 2021, como se registrara acá el pasado 16 de octubre. (Un premio que mola). El trío ha adoptado el nombre colectivo de Carmen Mola. Abajo, un video de esa divertida comparecencia. (Para verlo a pantalla completa hay que presionar sobre el símbolo al extremo derecho de la barra inferior). ¶

 

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Sorpresa en Francia

Tomado de Clarín

Un escritor senegalés se quedó con el Premio Goncourt por una novela que transcurre en Argentina

 

Mohamed Mbougar Sarr, de 31 años y autor de “La plus secrète mémoire des hommes”, es el primer subsahariano en ganar el prestigioso galardón. Amélie Nothomb obtuvo el Renaudot.

 

El escritor franco-senegalés Mohamed Mbougar Sarr en la ventana del restaurante Drouant. Atrás, en las sombras, Philippe Claudel. Foto EFE/EPA/IAN LANGSDON

 

El joven escritor senegalés Mohamed Mbougar Sarr, de 31 años, desconocido para el gran público, ganó este miércoles el prestigioso premio literario francés Goncourt por su novela La plus secrète mémoire des hommes (El recuerdo más secreto de los hombres).

Mohamed Mbougar Sarr se convierte así en el primer escritor del África subsahariana que recibe este galardón, el más preciado de los premios literarios franceses, baja en diez años el promedio de edad de los ganadores y pone en el foco a una pequeña editorial independiente.

El libro fue publicado en agosto con una tirada prudente de 5.000 ejemplares por la editorial francesa Philippe Rey y la senegalesa Jimsaan, pero unos dos meses después de su salida ha vendido ya 30.000 ejemplares y tiene una larga lista de solicitudes de traducción e incluso de adaptaciones al cine.

El escritor era el gran favorito y se impuso claramente con seis de los diez votos de los jurados, en la primera ronda de votaciones. «Siento una gran alegría. Simplemente. Aún me faltan las palabras», dijo.

La juventud del escritor contrasta con la serenidad con la que ha defendido su libro, la misma calma con la que llegó este miércoles al restaurante Drouot, donde el jurado de escritores e intelectuales anuncia el nombre del ganador desde hace más de cien años, a excepción del último, que se entregó de forma virtual por la pandemia.

 

​Un premio simbólico

«Con este joven autor, volvemos a las bases fundamentales del Goncourt. 31 años, algunos libros ante sí. Esperemos que el Goncourt no le corte el deseo de continuar», dijo el secretario de la academia Goncourt, el escritor Philippe Claudel.

Incrédulo y feliz

Mbougar Sarr es uno de los escritores más jóvenes en recibir este premio, cuyos ganadores tienen una media de edad de 41,8 años. En 2016, Leila Slimani fue premiada con 35 años y antes de ella, en 2004, Laurent Gaudé tenía 32 cuando venció con «Le Soleil des Scorta».

Creado en 1903, en sus primeras ediciones el Goncourt tenía por costumbre fallar a favor de menores de 30 años pero, en la segunda mitad del siglo XX, el escritor más joven fue Patrick Frainville, en 1976, con 29 años.

El senegalés recupera en esta novela la figura del escritor maliense Yambo Oulologuem, conocido como el Rimbaud negro, un autor maldito sobre el que dibuja una historia política y de amor, comprometida contra el colonialismo y las grandes tragedias del siglo XX.

El argumento se desarrolla entre Senegal, Francia y Argentina, y arranca de hecho con un pasaje de Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, a quien Mbougar Sarr ha evocado en varias entrevistas como su maestro.

El ganador del Goncourt recibe un cheque simbólico de 10 euros (13 dólares), pero el premio le garantiza la publicación y venta de centenares de miles de ejemplares.

El ganador del año pasado, L’Anomalie (La anomalía), de Hervé Le Tellier, vendió más de un millón de ejemplares, algo nunca visto desde L’Amant (El amante), de Marguerite Duras.

 

Sin ejemplares del libro

Tras conocerse el fallo, los expertos advertían sobre las dificultades que podría encontrar una pequeña editorial como Philippe Rey para reintroducir una tirada suficiente en plena crisis de abastecimiento de papel y cuando las imprentas tardan incluso semanas en poder reimprimir.

Frente a las pilas de libros que grandes editoriales como Gallimard, Grasset o Flammarion ponen a disposición de las librerías el día de la entrega del Goncourt, este martes destacaba la ausencia de la novela La plus secrète mémoire des hommes en las estanterías de varios céntricos puntos de venta.

Entre ellos, la Librería IÇI, una de las más grandes del barrio central de Ópera, que a la una de la tarde tan solo disponía de un ejemplar de la obra del flamante Goncourt, o la francohispana Librería Cariño, en el popular barrio de Belleville, que lleva varios días a la espera de un reabastecimiento.

Estos problemas son de momento pasajeros, pues la entrega de un Goncourt puede cambiar la vida de una editorial y darle un impulso económico y de publicidad considerable.

 

El Renaudot, para Amélie Nothomb

En paralelo al Goncourt se entregó además el premio Renaudot, que fue para la mediática escritora belga Amélie Nothomb por Premier sang  (Sangre primera).¶

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El Nobel: ni más ni menos

Tomado de EL PAÍS SEMANAL

PALOS DE CIEGO – JAVIER CERCAS

El más maravilloso premio es cuando el lector encuentra placer en un libro y lo usa para vivir de una manera más rica

Javier Cercas sostiene un ejemplar de su libro Independencia

 

Poco antes de la concesión del Nobel de Literatura 2021 a Abdulrazak Gurnah, un periodista brasileño me informó de que en su país hay gente muy enfadada con la Academia Sueca porque nunca ha premiado a ningún compatriota, y me preguntó si no pensaba que algún escritor brasileño merecía el Nobel. Mi respuesta fue más o menos la siguiente: tal vez concedemos demasiada importancia al Nobel, y estoy seguro de que Guimarães Rosa no tenía ninguna necesidad de que le dieran ese premio para ser uno de los mayores novelistas del siglo XX.

Todavía no he cambiado de opinión. El Nobel es un premio magnífico, sin duda el más prestigioso del mundo. Añado a esta obviedad una segunda: la literatura no es atletismo; no hay forma humana de precisar sin posibilidad de error si un escritor es mejor que otro, como sí la hay de precisar si un atleta corre o salta más que otro. El único jurado literario infalible es el tiempo, que da unas sorpresas tremendas. Dante, Shakespeare y Cervantes, sin ir más lejos, no eran escritores muy importantes en su época, y dudo mucho que los académicos suecos se hubiesen animado a premiarlos (de haberlo hecho, como mínimo se hubiera organizado un escándalo parecido al que se organizó cuando el galardón recayó en Bob Dylan): Dante ni siquiera escribió su obra capital en la lengua de prestigio en su época —el latín—, los dramas de Shakespeare apenas se consideraban literatura —no pasaban de ser entretenimiento— y Cervantes fue un escritor irrelevante hasta que arruinó su ya maltrecha reputación cometiendo el error más letal que puede cometer quien aspira a conquistar la estima de la sociedad literaria: escribir un best seller —el Quijote—. Esto, sobra decirlo, no significa que el Nobel se equivoque siempre: sus aciertos están a la vista. Es verdad que Alfred Nobel dejó dicho que su galardón debía concederse a escritores cuyas obras estuvieran escritas “en una dirección ideal”, cosa que no se sabe muy bien lo que significa (nada bueno, me temo). En todo caso, esa alarmante declaración de intenciones explica que penda sobre el Nobel la sospecha eterna de ser un premio subordinado a razones extraliterarias, de carácter humanitario —no por nada Nobel inventó la dinamita—, y que algunos hayan maliciado que el galardón de este año se ha concedido, como escribe Xavi Ayén, “por la condición de negro, emigrante y africano de Gurnah, como un tributo a la corrección política”. Lo cual explica a su vez que, interrogado sobre la posibilidad de que le vayan a conceder el Nobel a él, César Aira contestara: “No me lo darán porque para ello necesitan una justificación no literaria, nunca se limitan a decir ‘porque este tipo hace buenos libros”. La respuesta es extraña, sobre todo viniendo de un hombre tan inteligente como Aira: quiero decir que es extraño que al escritor argentino no se le haya ocurrido la posibilidad de que, simplemente, la Academia Sueca no considere sus libros lo bastante buenos como para distinguirlos con el Nobel… En fin, yo estoy contra los que dan demasiada importancia al Nobel, pero también contra los que intentan desmerecerlo. Aunque contra los que estoy sobre todo es contra los que lo rechazan, como hizo Jean-Paul Sartre, con gran aplauso de sus palmeros de entonces y de los papanatas de siempre; a mí me parece que hay que aceptar los premios con humildad y alegría, salvo si los concede el Ku Klux Klan, entre otras razones porque quien rechaza un premio es porque quiere dos: el que ya le han dado y el que le dan los medios y los papanatas por rechazarlo.

Dicho lo anterior, no me resigno a callar una tercera obviedad, la última: el Nobel es maravilloso, pero el más maravilloso de todos los premios —y desde luego el único que cuenta— es el que el escritor se concede a sí mismo cuando halla la palabra que buscaba, cuando escribe una frase o un párrafo o una página aceptable, cuando el lector —que es el verdadero protagonista de la literatura— encuentra placer en un libro suyo y lo usa para vivir más, de una manera más rica, más compleja y más intensa. Para eso está la literatura, y no hay premio en el mundo capaz de sustituir a ese.¶

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Las uñas de Borges

Tomado de

Prodavinci2017_Logo_Big

Perspectivas Literatura

 

Jorge Luis Borges Acevedo en su biblioteca

 

Fedosy Santaella

 

En «Las uñas», texto que pertenece a El hacedor, Borges habla de los dedos de sus pies, a los que «no les interesa otra cosa que emitir uñas: láminas córneas, semitransparentes y elásticas» (Jorge Luis Borges, Obras completas 1923-1972, Buenos Aires, Emecé, 1974, p. 785). «Guardados» en La Recoleta, sus pies «continuarán su terco trabajo, hasta que los modere la corrupción». Sí, las uñas (y la barba de su cara) seguirán creciendo en su muerte. Así lo sentencia el poeta, a modo de mínima profecía. Quién sabe si pensó en cortárselas antes de morir. Cortárselas para entregárselas a Naglfar, la nave de la mitología nórdica hecha enteramente de las uñas de los muertos.(i)

Borges debió conocer las profecías nórdicas de las Eddas y no es extraño que escribiera sobre las uñas, si consideramos su profundo conocimiento de la mitología escandinava. Posiblemente sabía que en el Völuspá de la Edda póetica, la völva o vidente le anuncia a Odín que, llegado el tiempo aciago del Ragnarök, Naglfar navegará las aguas rumbo hacia Vígríðr, el campo de batalla donde morirán los dioses.

En El hacedor hay un texto titulado, precisamente, «Ragnarök». Allí los dioses, harapientos y vencidos, aparecen en un sueño sobre la tarima del Aula Magna de la Universidad de Buenos Aires, donde son baleados por Borges y la multitud.

Así visto, la muerte y el sueño se relacionan estrechamente, y el fin del mundo de igual manera. El hacedor, este libro maravilloso que mezcla géneros, y uno de los más personales de Borges, cierra con un poema, «Arte poética», que en la segunda estrofa, se lee así:

Sentir que la vigilia es otro sueño

que sueña no soñar y que la muerte

que teme nuestra carne es esa muerte

de cada noche, que se llama sueño.

Otro poema, «Ein Traum», publicado en La moneda de hierro (1976), también refiere a la muerte y al fin del mundo como pertenecientes al territorio onírico. El poema, por cierto, según testimonio de la señora María Kodama, le fue dictado a Borges en sueños:

Una mañana nos despertamos en Estados Unidos y él me dijo que iba a dictarme un poema, al que le puso un título en alemán, «Ein Traum», que quiere decir un sueño. Es un poema muy breve donde el protagonista es Kafka. Borges siempre corregía, vivía corrigiendo. Ese poema me llamó la atención porque al cabo de dos reediciones no lo había corregido. Entonces yo le pregunté: «Pero Borges, qué extraño. Corriges todo y eso no». Y él me dijo: «Ah, no puedo, porque ese poema no es mío, ese poema me lo dictó Kafka en un sueño. No es mío, es de Kafka, entonces yo no lo puedo tocar». Y es el único poema en toda su obra que jamás fue corregido.

El enigmático poema fue dictado y también protagonizado por Kafka. Veamos:

Lo sabían los tres.

Ella era la compañera de Kafka.

Kafka la había soñado.

Lo sabían los tres.

Él era el amigo de Kafka.

Kafka lo había soñado.

Lo sabían los tres.

La mujer le dijo al amigo:

Quiero que esta noche me quieras.

Lo sabían los tres.

El hombre le contestó: Si pecamos,

Kafka dejará de soñarnos.

Uno lo supo.

No había nadie más en la tierra.

Kafka dijo:

Ahora que se fueron los dos he quedado solo.

Dejaré de soñarme.

«No había nadie más en la tierra»; mire qué significativo este verso. El mundo se extingue cuando se acaba el amor, cuando llega la traición, cuando el que sueña deja de soñar a los otros. Soñar ya no vale la pena. Despertar ya ha sido, la traición descubierta es el despertar, de modo que lo que debe ocurrir ya no es la vigilia, sino el dejarse de soñar a sí mismo. Dejarse de soñar, irse, ¿a dónde? Tiene usted dos opciones: al otro sueño que es la realidad, o al otro sueño que es la muerte.

Nótese: el Ragnarök de Borges acontece en lo onírico, y el desvanecimiento de la Tierra de «Ein Traum» ocurre en el mismo ámbito. Con todo, la vigilia también es sueño. La diferencia: la vigilia sueña que no es sueño, que es realidad y verdad. ¿Qué es si no la profecía predictiva? Un sueño del futuro que no quiere ser sueño, un sueño de futuro que juega a ser futura realidad, verdad anticipada.

Podemos decir entonces que Borges jugó a hacer una pequeña profecía de su muerte. Quizás pensaba en las revelaciones escandinavas cuando lo hizo. La barroca (y en cierto modo kitsch) tumba que lo cobija en el cementerio de Plainpalais en Ginebra, puede dar fe de su pasión por los poemas éddicos.

Por un lado de la lápida—reminiscencia a lo Disney de una estela rúnica—, puede verse una nave vikinga con vela desplegada; por el otro, siete guerreros blandiendo espadas. La inscripción que acompaña a los guerreros está en inglés antiguo y dice: «And ne forthedon na». «Y que no temieran», es la traducción. Se trata de una frase que se encuentra en el poema anglosajón conocido como «La batalla de Maldon». El poema, del que se ha perdido el principio y el final, relata la llegada de una flota vikinga a Essex y su desembarco en el islote de Northey, en medio del Blackwater. Entre el islote y tierra firme había apenas un istmo que fue bloqueado justo antes de la llegada del enemigo por el ealdorman Byrhtnoth y sus hombres. Ante el inminente enfrentamiento, Byrhtnoth comenzó a arengar a sus guerreros. Sobre su caballo, les hablaba de cómo debían apostarse (eran jóvenes y campesinos la mayoría), y los exhortaba a que se mantuvieran prestos con los escudos, «con sus puños firmes y que no temieran». No obstante, la batalla se inclinó hacia los nórdicos, quienes finalmente atravesaron el istmo. Torpe pero heroico, Byrhtnoth murió en el campo.

Tumba de Jorge Luis Borges en el Cimetière des Rois en Ginebra, Suiza. Fotografía de Wikimedia Commons.

 

¿Por qué Borges elige este poema para su tumba? ¿O por qué lo hace Kodama, viuda omnipresente? Quizás, especulo, porque enfrenta –une– a los anglosajones y a los vikingos. Borges había sido enfático admirador de ambas lenguas y literaturas. De hecho, el reverso de los guerreros lo ocupa el grabado de una nave vikinga con las velas desplegadas. La frase que acompaña la imagen, «Hann tekr sverthit Gram ok leggr i methal theira bert», está en nórdico antiguo. Nos hallamos ante un verso de la saga islandesa Volsunga, y su traducción es la siguiente: «Tomó la espada Gram y la colocó entre ellos desenvainada».

Las palabras hacen referencia a la trágica historia de Sigurd y Brynhild. Sigurd, hijo de Sigmund, nieto de Volsung, de regreso de matar al dragón Fafnir, se encuentra con un castillo rodeado de fuego. Allí descubre a una doncella que duerme dentro de su armadura. Ella despierta, dice llamarse Brynhild y cuenta su desdicha. Dos reyes se encontraban en lucha, Helm Gunnar y Agnar. Helm Gunnar era el mayor y el más grande guerrero, Odín lo favorecía. Pero ella hirió a Helm Gunnar y le dio la victoria a Agnar. Enfurecido, Odín la punzó con la espina del sueño, y en aquel estado había permanecido hasta el encuentro con Sigurd. Él, de súbito enamorado, promete esponsales. Luego se marcha y llega al reino de Heimir, quien se ha casado con Bekkhild, hermana de Brynhild. Cierta tarde de cacería, Sigurd ve en la ventana de una torre a una bella doncella y pregunta por ella. Le responden que es Brynhild, una dama guerrera que se ha ido a vivir allí recientemente. El héroe la visita y de nuevo descubren su amor, pero ella profetiza que jamás vivirán juntos y que él contraerá nupcias con Gudrun, hija del poderoso rey Gjuki.

Al cabo de un tiempo, Sigurd arriba al mismísimo reino de Gjuki. Grimhild, la mujer del soberano, ve en el famoso héroe al futuro marido de su hija y le brinda una cerveza que le hace olvidar cualquier otro amor. Sigurd, en efecto, contrae esponsales con Gudrun. La reina decide que también debe casar a Gunnar, su primer hijo; así que lo envía junto con Sigurd donde el rey Budli, padre de Brynhild, a cuyo reino ella ha vuelto. Al llegar, se enteran de que la princesa guerrera se ha encerrado en una fortaleza rodeada de llamas. Sigurd toma el anillo de su cuñado y también su forma física y, montado sobre su caballo, atraviesa las llamas. Brynhild, al ver que el valiente extraño (recordemos que tiene la forma de Gunnar) ha superado tan grande obstáculo, lo recibe gratamente. Pasan juntos tres noches, compartiendo la misma cama. No obstante, en cada ocasión, Sigurd, fiel a su cuñado y a su esposa, interpone la fabulosa espada Gram entre él y Brynhild. Al cabo, Gunnar desposa a Brynhild.

Cierto día, Gudrun y Brynhild comienzan a discutir sobre la valentía de sus maridos. Brynhild no cesa de elogiar a Gunnar, el osado que atravesó el fuego. Gudrun, exasperada, se atreve a soltar la verdad: quien en realidad cabalgó a través del muro de llamas fue su marido Sigurd. Al sentirse traicionada, Brynhild cae en un arrebato de ira y le exige a Gunnar que repare con la muerte de Sigurd lo que ella considera una afrenta. Gunnar, astuto y cobarde, le da de comer a Guttorm, su hermano menor, un guisado de serpiente y piel de lobo. Colmado de feracidad, Guttorm entra en la habitación donde duerme Sigurd y lo atraviesa con una espada. Brynhild, al escuchar los llantos de Gudrun, comienza a reír a carcajadas, pero pronto desespera y, enamorada de quien acaba de morir, se clava ella misma una espada. En los funerales, los cadáveres de Sigurd y Brynhild son quemados en la misma pira.

Esta historia de amor y muerte hizo sin duda las delicias de Borges, tanto que, inspirada en ella, escribió un relato. «Hann tekr sverthit Gram ok leggr i methal theira bert» es la frase que usó el autor como epígrafe de «Ulrica», segunda narración de El libro de arena. No por casualidad, en la tumba, debajo de la inscripción del Volsunga, se encuentra también la frase: «De Ulrica a Javier Otárola». ¿Qué enigma es este? Pues ninguno muy complejo. Quien haya leído el relato en cuestión sabrá que trata sobre el encuentro amoroso en la ciudad fortaleza de York de una joven noruega de nombre Ulrica con un ya maduro profesor colombiano de nombre Javier Otárola. La crónica abarca, como dice el narrador «una noche y una mañana» (El libro de arena, Buenos Aires, Editorial Alianza, 1998, p. 9). Durante la noche se conocen, en la mañana salen a caminar luego del desayuno. Son turistas, y eso hacen los turistas. Ella es una noruega alta, ligera, de ojos grises y con un aire de tranquilo misterio, tal como la describe Otárola. Por el camino hablan de los noruegos y de Inglaterra. Ella dice «Inglaterra fue nuestra y la perdimos, si alguien puede tener algo o algo puede perderse».

¿Me he alejado de las uñas? No, pues no nos hemos alejado de la muerte ni de la profecía, tampoco del sueño.

En cierto momento Ulrica le promete que al llegar a la posada ella será suya. Otárola comenta que todo aquello es como un sueño. Ulrica anuncia que pronto oirán un pájaro cantar y, en efecto, se escucha al pájaro. Otárola dirá que en esas tierras piensan que quien «está por morir prevé el futuro.» Ulrica responde: «Y yo estoy por morir». Nada más dicen. Luego ella le pide que repita su nombre y acota que prefiere llamarlo Sigurd. Otárola replica que la llamará entonces Brynhild. Hablan de la saga, menosprecian al texto de Los nibelungos, que dañó la bella saga islandesa, y a poco él observa que ella camina como si quisiera que entre ellos dos hubiera una espada en el lecho.

Así, como vemos, en «Ulrica» está el sueño del amor, el mismo del poema de Kafka, y la muerte, que es como un sueño. Y el futuro, la profecía, otra forma del sueño.

Brynhild preconiza la tragedia de su amor, Ulrica predice el canto de un pájaro, Borges adelanta que sus uñas y su barba seguirán creciendo, y que será enterrado en La Recoleta. Con el sitio se equivocó. Con las uñas, pues dicen que en realidad no crecen después de la muerte, sino que la piel se encoge por deshidratación. Las explicaciones científicas a veces entorpecen el ensueño de la poesía.

Con todo, Borges no dejó de escribir sobre las uñas. No una, sino dos veces, porque en La cifra, entre esos «Diecisiete haiku» que escribió, el número 10, dice así:

El hombre ha muerto.

La barba no lo sabe.

Crecen las uñas.

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[Este texto forma parte de Gabinete del ocio (Caracas, Abediciones, 2019)]

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(i) En La rama dorada, Frazer nos describe los objetos tabuados. La cabeza del hombre, dice el autor, es particularmente sagrada. Hay pueblos que le atribuyen –o le atribuían– la existencia en ella de un espíritu –un ente– muy sensible al daño o al irrespeto. De modo que quien tocaba la cabeza cometía un gravísimo error. El corte de pelo, por lo tanto, era una operación delicada que debía ser hecha por personas especiales. El peligro estaba allí siempre. Por un lado, el espíritu podía enojarse; por otro, el cabello cortado, por conexión simpatética, participaba de la esencia de la persona, y del espíritu incluso, y esto era más que delicado, pues los mechones de pelos o los recortes de las uñas, si caían en malas manos, podían ser utilizados para embrujar a la persona. También por conexión simpatética, el acto de cortar cualquier otro «accidente» del cuerpo (por decirlo en términos filosóficos) traía gran dificultad o peligro. De allí que se extendiera la idea hacia las uñas. Luego, imaginar una nave que guardara en tierras ultraterrenas los cortes de uñas de los muertos, no resulta, disculpen el término, descabellado.

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Las uñas – Jorge Luis Borges

Dóciles medias los halagan de día y zapatos de cuero claveteados los fortifican, pero los dedos de mi pie no quieren saberlo. No les interesa otra cosa que emitir uñas: láminas córneas, semitransparentes y elásticas, para defenderse, ¿de quién? Brutos y desconfiados como ellos solos, no dejan un segundo de preparar ese tenue armamento. Rehúsan el universo y el éxtasis para seguir elaborando sin fin unas vanas puntas, que cercenan y vuelven a cercenar los bruscos tijeretazos de Solingen. A los noventa días crepusculares de encierro prenatal establecieron esa única industria. Cuando yo esté guardado en la Recoleta, en una casa de color ceniciento provista de flores secas y de talismanes, continuarán su terco trabajo, hasta que los modere la corrupción. Ellos, y la barba en mi cara. 
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Música funeral de Sigfrido (Sigurd). Inmolación de Brunilda (Brynhild)

 

George Szell, Orquesta de Cleveland

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Una historia de pueblos ahogados y mujeres ahorcadas

Tomado de

 

Monserrat Iglesias

 

26 OCTUBRE 2021

Con firma de mujer

Sonia Fides

 

Un libro duro sobre la España rural, abandonada. Sobre el pasado y la memoria. Sobre el precio del progreso. Sobre las mujeres a las que nunca dejaron desarrollar su vida propia. ‘La marca del agua’, de Montserrat Iglesias. Una arriesgada novela tan llena de vida como de muerte. Así presenta el libro la editorial: “19 de abril de 1950. El agua ya ha alcanzado la piedra que sirve de testigo: en menos de diez días Hontanar desaparecerá para siempre inundado por el pantano. Todos están celebrando la inauguración del pueblo nuevo, solo quedan allí los hermanos Cristóbal. Pero un suceso terrible les obliga a emprender precipitadamente el viaje: Marcos descubre a su hermana Sara colgada de un machón de la cuadra. Envuelta en la colcha que bordó durante años para un ajuar que ya nunca será utilizado y oculta entre sacos de patatas, Sara recorre ese camino en el carro de su hermano. Después de todo, siempre quiso irse del pueblo”. Un grito seco y muy bien escrito con ecos de otros tiempos y de grandes como Lorca, Delibes y Carmen Laforet.

Economía, economía, economía. Es la palabra que llena una y otra vez mi memoria cuando recuerdo la vida que La marca del agua tiene ya en ella. Y es que Montserrat Iglesias (Madrid, 1976) ejecuta desde lo mínimo una historia de una fuerza estética y emocional bárbara. Bárbara por como comienza y aún más bárbara por como termina. La marca del agua, pese a su título, es un grito seco con ecos de otros tiempos, con guerras que nadie gana aunque los vencedores alardeen de ello en un sinfín de  documentales que se deslizan sobre una música machacona y que fueron  rodados en blanco y negro hasta acceder a un color que remarcaba aún más su patetismo. Con secretos que se llenan de polvo sobre los caminos y sobre la lengua de aquellos que sobreviven.

La insistencia estética de la autora madrileña es un regalo para quien camina por su historia. Pocas autoras, y pocas autoras en su primera novela, son capaces de ir arrancándole al dolor lo que sirve para avanzar. Ella no incide para hacerlo en un largo grito, sino en una salmodia de voz lenta y voluntariosa que ajusta cuentas con la propia conciencia. Montserrat Iglesias Berzal conoce la naturaleza de cada imagen, conoce el juego de luces que hace falta para conseguir que el pasado habitado haga erguirse al presente de sus valiosos protagonistas.

Con ecos de Lorca, de Delibes o de la mismísima Carmen Laforet, el lector se adentra en una batalla dialéctica contra ese silencio de los muertos inesperados con el que nadie nunca debería encontrarse. El ritmo lento de la memoria de Marcos Valle, su carismático y sufrido protagonista, invade el porvenir de quien lee hasta abocarlo a una complicidad extrema. No es fácil recordar, mientras tu hermana muerta desoye tus plegarias; no es fácil pensar cuando los buitres vuelan en el cielo con paso firme, dibujando estribillos de una inmensa belleza. A veces el lenguaje de la muertos no está bajo la tierra, y de eso habla esta novela que palpa las entrañas del lector como palpa la víctima de un derrumbe el espacio que aún no ha destrozado la totalidad de su carne.

La marca del agua es una novela arriesgada, porque no todos los lectores serán capaces de mantener el tipo frente a este hermoso y durísimo monólogo. Frente a esta diatriba en la que las palabras son engullidas por el paisaje sin que tengan posibilidad alguna de retorno:

“Sara se amortajó para subir por la escalera de mano como si se encaramase a una buitrera y atar la cuerda al madero del techo; se amortajó para ajustarse el nudo y saltar sin miedo”.

“Escucha, Noble, vamos al otro pueblo, como todos los días. Pero no por la carretera, sino por los cortados y el monte, que es un camino más bonito. Ya sé que es más difícil, pero no viajamos cargados. Solo con el ama buena. No te preocupes más por ellas, que ya está bien. Lo que viste no fue nada, era su manera de descansar”.

La sencillez del pulso narrativo de Iglesias  es incontestable, como lo es también el cuidado estético que reutiliza una y otra vez para sostener la progresión argumental de los vivos, y de manera específica la de los muertos. Quizás el hallazgo más relevante de toda la novela. Aunque también debo señalar como un hallazgo para celebrar cómo la narradora es capaz de rodear al lector con los brazos de esa cadencia lenta con que solo saben narrar los supervivientes.

La marca del agua es una novela sin grandes vicios y sin grandes virtudes y, sin embargo, su equilibrio entre ambos términos la convierte en una novela única, y a su autora en una narradora de un talento irrevocable. El cuerpo de su historia  pesa de ese modo en que pesa la lluvia cuando el destino del paseante está muy lejos. Montserrat Iglesias Berzal construye una atmósfera de una justicia estética descomunal. Hay que ser muy valiente para construir una novela tan estricta, tan áspera, tan incendiaria, tan llena de vida y tan llena de muerte. Hay que saber desoír el avinagrado aliento de la moral para echar a rodar ese carro en el que viajan sus dos protagonistas. Hay que ser muy valiente para envolver a una mujer vencida en la colcha que debía abrigar un futuro de sangre hirviendo y conseguir que no nos resulte un gesto rancio y maniqueo.

Y es por esa valentía, y por muchas cosas más que no desvelaré, por lo que os recomiendo que leáis esta brillante novela en la que se muestra con rotundidad que la coralidad homicida en la que están incluidos padres, madres, hermanos, parientes y enamorados fue en este país, para demasiadas mujeres y  durante demasiado tiempo, la única moneda de cambio.¶

‘La marca del agua’. Montserrat Iglesias. Lumen. 263 páginas.

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Un premio que mola

Felipe VI con los ganadores del Premio Planeta 2021, una trinidad no tan santa

 

molar Del caló molar. 1. intr. coloq. Gustar, resultar agradable o estupendo.

Diccionario de la Lengua Española

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Tomado de El Periódico (España)

 

La misteriosa Carmen Mola gana el Planeta, y resulta que eran tres hombres
  • El galardón revela que tras el exitoso seudónimo se encuentran los guionistas Antonio Mercero, Jorge Díaz y Agustín Martínez, ganadores con ‘La bestia’
  • Paloma Sánchez-Garnica queda finalista con la novela de espías ‘Últimos días en Berlín’

 

Hacía muchos años que un Premio Planeta no resultaba tan sorprendente como el que se ha entregado este viernes por la noche en el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC). Para empezar, está el gigantesco órdago anunciado el jueves que hacía crecer hasta un millón de euros la dotación de un premio ambicioso pero congelado durante las dos últimas décadas. Más que el Nobel de Literatura. Pero no acaban ahí las novedades, que vienen una tras otra. Bajo el pliego firmado con el seudónimo de Sergio López se escondía a su vez, en un bonito juego de espejos, el nombre de Carmen Mola. Algo que requiere explicación. Carmen Mola es un seudónimo del que siempre se ha dicho que escondía a una escritora madrileña, profesora de instituto. Bajo ese nombre ha tenido grandes éxitos comerciales como ‘La novia gitana’, ‘La red púrpura’ y ‘La Nena’ en Alfaguara, la editorial que la descubrió. A semejanza de Elena Ferrante, pero con esplendorosa exhibición de sangre a borbotones, “no apta para estómagos sensibles”, como la han publicitado, Mola se ha mantenido escondida hasta la fecha. Pero un millón de euros bien vale una salida del armario de lo incógnito.

Y así continúan las sorpresas: Carmen Mola no es Carmen Mola—una sospecha que durante años circuló en los mentideros—. No se trata de una mujer. ¿Un hombre, por lo tanto? Sí, pero tampoco. Lo de Mola es más bien el misterio de la Santísima Trinidad, porque novelas escritas a cuatro manos ha habido y bastante buenas: es el caso de Boileau-Narcejac, autores de la novela que Alfred Hitchcock convirtió en ‘Vértigo’. Pero tres autores como es el caso ya es algo más complicado si se exceptúa ese colectivo italiano que primero fue Luther Blissett y más tarde Wu Ming.

Tras Carmen Mola se encuentran tres guionistas de televisión: Antonio Mercero -hijo del famoso realizador de ‘La cabina’, ‘Verano azul’ y ‘Farmacia de guardia’-, Jorge Díaz y Agustín Martínez. Juntos han colaborado en diversas series como ‘Hospital central’ y ‘Víctor Ros’. Además Mercero es un prolífico autor de novelas policiacas que ha firmado con su nombre títulos como ‘La cuarta muerte’ (2012) y ‘La vida desatenta’ (2014). En 2017 comenzó la serie protagonizada por la policía transexual Sofía Luna con ‘El final del hombre’, a la que siguió ‘El caso de las japonesas muertas’ (2018). Los Reyes, para quienes José Crehueras ha pedido un encendido aplauso al que respondió toda la sala, han dado el premio al trío de autores, que tendrán que repartirse el millón entre los tres.

Jorge Díaz rememoró cómo hace cuatro años los tres amigos tuvieron la idea loca de unir fuerzas para abordar unos ‘thrillers’ híbridos. Creo que nos ha quedado muy bien. Para Martínez es un alegrón el estar aquí. «Nunca pensamos que podríamos terminar en un sitio como este, recogiendo este premio. «La novela cuenta la historia de Lucía, una adolescente huérfana, que busca a su hermana pequeña en una historia de conspiraciones en un Madrid del siglo XIX».

La novela ganadora, ‘La bestia’, promete tantos chorros de hemoglobina como las anteriores. Situada en el Madrid de 1834, asediado por el cólera, en el que un asesino en serie se dedica a matar a niñas de las clases más humildes. Los encargados de descubrir al criminal son un periodista, un policía y la adolescente Lucía.

Además el Planeta vendrá acompañado de un ‘bonus track’, la adaptación de la primera novela de Carmen Mola a serie televisiva. ‘La novia gitana’ será dirigida por Paco Cabezas, con años de experiencia en series internacionales como ‘Penny dreadful’ o ‘Fear the walking dead’. 

Otra sorpresa, en la línea de lo que supuso la captación de Javier Cercas y Manuel Vilas en el año 2019, es el trasvase de la—hasta el momento—autora de Alfaguara al grupo Planeta y tiene que ver con ese pulso que ha mantenido en los últimos años con Penguin Random House. Hay que decir que la editora que descubrió a Carmen Mola, María Fasce, siempre se ha negado a revelar la identidad de la ‘autora’, ni siquiera en las últimas horas cuando el seudónimo sonaba con fuerza como ganador. Elegancia siempre. Con todo, el sello anuncia una nueva entrega de la investigadora Elena Blanco para la próxima primavera. Habrá que ver dónde aparece.

 

Regreso de los Reyes

La finalista es la autora de la casa Paloma Sánchez-Garnica, quien ha ganado el premio Fernando Lara de novela y ha tenido una excelente recepción—16 ediciones—con su última novela, ‘La sospecha de Sofía’, una historia de espionaje. ‘Últimos días en Berlín’, la novela finalista, se inscribe en ese género a través de la historia de un joven que no renuncia al sueño de reencontrarse con su madre y su hermano menor, a los que se vio obligado a abandonar huyendo de la Unión Soviética en los años del régimen leninista.

Tanta emoción y tanto desvelamiento han empañado en parte otro de los aspectos importantes de la noche. El político. La presencia de los Reyes, tras cinco años de ausencia, y lo que parece más significativo en tiempos de diálogo Madrid-Barcelona, la ‘consellera’ de Cultura, Natàlia Garriga, tras las sonadas ausencias de Àngels Ponsa, Mariàngela Vilallonga y Laura Borràs en pleno fragor del procés. Junto a ellos, el ministro de Cultura, el catalán Miquel Iceta; la ministra de Educación, Pilar Alegría, y la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau.¶

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