El blog de Las Hormigas

¡Saludos formíceos! Desde Caracas, Venezuela, le damos la más cordial de las bienvenidas a este registro de actividades del club de lectura Las Hormigas.

Novedades literarias que llegan en 2022

Año Nuevo, libros nuevos

 

Tomado de Lecturalia

Novedades literarias que llegan en 2022

 

Yolanda Galiana el 5 de enero de 2022 en Noticias

 

    • La llegada de un nuevo año trae consigo el anuncio de novedades literarias de lo más interesantes.
    • A continuación te presentamos algunos de los libros más esperados del 2022 en los géneros de narrativa, histórica, policíaca y thriller, entre otros.

 

Tras sonar las 12 campanadas —y casi atragantarnos con las uvas, todo sea dicho— arranca un nuevo año lleno de posibilidades, metas y esperanzas puestas en el futuro. Los primeros días de enero los dedicamos a los propósitos: me apunto al gimnasio, voy a dejar de fumar, quedaré más a menudo con mis amigos y, el que más nos gusta a los lectores repetirnos hasta la saciedad: ya no compro más libros, que se me acumulan en la lista de pendientes. Sabemos que detrás de esa frase hay muy buena fe, pero no nos engañemos, vas a terminar 2022 con la estantería a reventar. Teniendo en cuenta las novedades que van a llegar a lo largo del año no podemos culparte absolutamente de nada. A continuación te desvelamos algunas de las obras pendientes de publicación que más expectativas están generando en nuestro panorama literario.

 

Narrativa

El catálogo de narrativa acogerá próximamente —en febrero, sin ir más lejos— las nuevas novelas de Luis Landero y Ana Merino. El primero, que durante su trayectoria ha cosechado premios tan importantes como el Nacional de Narrativa (1990) o el de la Crítica de Narrativa Castellana (1989), nos presenta Una historia ridícula, una novela centrada en el amor contada desde el humor y la ironía. Por otro lado Ana Merino, cuya última obra publicada fue El mapa de los afectos (Premio Nadal 2020), regresa dos años después con Amigo; su título nos adelanta que entre sus páginas se indaga sobre el verdadero significado de la amistad. En el ámbito internacional destacamos las nuevas novelas de dos autoras de renombre: Hanya Yanagihara y Elizabeth Strout. A pesar de su escueta producción literaria, Yanagihara cuenta con una gran reputación gracias a Tan poca vida, una dramática novela que fue alabada por la crítica y cuya dura trama rompió el corazón de todos sus lectores. El revuelo que generó en la escena literaria es lo que ha hecho de Al paraíso uno de los títulos más esperados del 2022. En cuanto a Strout, continúa en Ay, William, que se publicará a finales de enero, la historia que comenzó en Me llamo Lucy Barton.

 

Histórica

En el género histórico podremos disfrutar de nuevo de la pluma de Luis García Jambrina, que publica en breve El manuscrito de niebla, la sexta entrega de la exitosa serie Los manuscritos. Encuadramos también en esta categoría la ficción histórica, que en 2022 acoge a uno de los pesos pesados de la literatura: Isabel Allende. Su próxima novela en ver la luz, Violeta, fue anunciada a mediados de 2021 y desde entonces no ha parado de suscitar ganas de leerla. A través de los ojos de la protagonista recorreremos los hitos históricos del siglo XX, desde los años 20 hasta la actualidad. María Montesinos también viene pisando fuerte este año con el tercer volumen de Un destino propio, Una decisión inevitable. En esta ocasión seguimos los pasos de Victoria, una mujer que vivió un matrimonio infeliz en Londres y que, tras la muerte de su marido, regresa a Madrid para reconectar con los círculos literarios y periodísticos que frecuentaba antes de su partida. Tabea Bach, que inició el año pasado una saga familiar, publica en 2022 su continuación, El esplendor de la Villa de la Seda.

 

Policíaca y thriller

La novela negra y de suspense son géneros que tienen mucho que celebrar en este año recién inaugurado. En el panorama literario nacional se publican La forja de una rebelde de Lorenzo Silva y Noemí Trujillo, segunda parte de la serie protagonizada por la inspectora Mauri, El Libro Negro de las Horas de Eva García Sáenz de Urturi, donde rescata a uno de sus personajes más emblemáticos, Unai alias el Kraken, y El castillo de Barbazul, tercera entrega de la saga que Javier Cercas inició con Terra Alta. Dignos de mención son también El juego de los crímenes perfectos de Reyes Calderón, Las otras niñas de Santiago Díaz Cortés, Planeta de Susana Martín Gijón o Los nombres prestados de Alexis Ravelo. En el ámbito internacional nos reencontramos con John Le Carré, de quien nos despedíamos en 2020; Proyecto Silverview es su primera novela póstuma. Shari Lapena, que no parece cansarse de escribir éxito tras éxito, publica Una familia no tan feliz, con la que promete disparar una vez más nuestras pulsaciones. Por último también vuelve a ser noticia Camilla Läckberg, pero esta vez no lo hace sola, sino de la mano de Henrik Fexeus. Juntos han escrito El mentalista, una novela negra cuyo primer asesinato tiene lugar en un parque de atracciones a las afueras de Estocolmo.

 

Romántica y juvenil

El 2022 promete ser un gran año para los amantes de la novela romántica y la juvenil. Megan Maxwell, una de las autoras más aclamada de la literatura romántica, saca a la luz la séptima entrega de su serie más famosa, Las guerreras Maxwell. Atrévete a retarme es una digna continuación de la saga que sigue ganando adeptos desde hace más de una década. Danielle Steel también aumenta su producción literaria con Sangre azul, una novela protagonizada por una princesa que, huyendo de la Segunda Guerra Mundial, encuentra un amor que cambiará su vida para siempre. Si disfrutas de la literatura juvenil traemos buenas noticias, en especial si eres fan de Jennifer L. Armentrout, ya que a lo largo de este año publicará no uno, sino varios libros entre los que se encuentran Un reino de carne y fuego (Sangre y cenizas 2) y Seducción a la luz de la luna (Los hermanos De Vincent 2). Por otro lado, la autora de la exitosa serie A la caza de Jack el Destripador, finalizada en 2021, inaugura una nueva saga con El reino de los malditos.

 

Fantasía y ciencia ficción

Conocemos ya algunos títulos de fantasía y ciencia ficción que también verán la luz a lo largo del 2022. Entre ellos destacamos la segunda novela de Alix E. Harrow, Las brujas del ayer y del mañana, que se ha convertido en una de las obras de fantasía más esperadas del año. Ambientada en una versión alternativa y mágica de la Nueva Inglaterra del siglo XIX, la historia trata temáticas como la resistencia, la sororidad y el derecho a voto. También se espera con ganas la publicación de Un dios inclemente del autor canadiense Steven Erikson, Desconcierto de Richard Powers —una obra que sirve como llamada de atención sobre el cambio climático—, o El alzamiento de Persépolis, séptimo volumen de la serie de ciencia ficción de James S. A. Corey.

Y hasta aquí llega nuestro recorrido por algunas de las novedades editoriales de 2022 que más expectación están generando. Nos dejamos en el tintero otros títulos de los que tenemos muy poca información, pero que mencionamos para que vayas abriendo boca: La sabiduría de las multitudes de Joe Abercrombie (La era de la locura 3), Las noches de la peste de Orhan Pamuk o Roma soy yo, novela con la que Santiago Posteguillo da comienzo a una nueva serie de corte histórico.¶

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Javier Marías: «Siempre he sido un poco impertinente»

Tomado de El Cultural (El Español) – Letras

Extensa entrevista con el autor de ‘Tomás Nevinson’, mejor novela española de 2021 según los críticos de El Cultural

9 de enero de 2022

 

Circula la leyenda de que Javier Marías es altivo y distante, pero lo cierto es que yo no he percibido nada de eso. Cortés, discreto y con sentido del humor, hemos hablado en un par de ocasiones y he descubierto que compartimos varias pasiones: Tintín, el cine negro, los soldados de plomo, Conrad, Benet, Laurence Sterne. Miembro de la Real Academia de la Lengua Española y nominado varias veces para el Nobel de Literatura, rechazó el Premio Nacional de Narrativa por Los enamoramientos, afirmando que prefería pertenecer al selecto club de los no premiados, que incluye a figuras como Juan Benet, Gil de Biedma, García Hortelano o su propio padre, el filósofo Julián Marías.

Siempre le ha preocupado preservar su independencia y no le ha quitado el sueño desviarse de lo que en nuestros días se considera políticamente correcto. Hemos hablado durante hora y media, recorriendo su trayectoria literaria y abordando algunas cuestiones de actualidad, como el preocupante auge de la estupidez y lo sórdido. Acaba de publicar Tomás Nevinson, una extraordinaria novela que los críticos de El Cultural han escogido como la mejor del año.

Pregunta. Sé que está harto de las entrevistas.

Respuesta. Hace año y medio, decidí no conceder más, pero esta es una ocasión especial.

P. Al comenzar esta conversación se me viene a la cabeza una de las entrevistas que Vargas Llosa le hizo a Borges. El peruano descubrió sorprendido que Borges no tenía ejemplares de sus libros en su biblioteca. ¿Es su caso? Se lo pregunto porque ha declarado que le aburre hablar de sí mismo.

R. Es un tema que me aburre mucho, pero he de decir que sí tengo mis libros en mi biblioteca. Son parte de mi vida y parte de mi historia. Los he colocado discretamente en varias revolving o pequeñas librerías giratorias. Dedicarles un estante entero me parecía feo y abrumador. Para las visitas y para mí mismo.

P. Algunos afirman que es el mejor novelista vivo en lengua española y todo un carácter.

R. No creo ni lo uno ni lo otro. No pienso que sea el mejor escritor vivo. No estoy muy al tanto de lo que se publica hoy en día, pero quiero pensar que hay autores mejores. En cuanto a lo del carácter, yo me considero una persona muy normal.

El libro del año

‘Tomás Nevinson’, continuación de su ya aclamada ‘Berta Isla’, es la mejor novela del año para los críticos de El Cultural. El creador del Reino de Redonda demuestra estar en plena forma.

P. Se han tejido muchas leyendas alrededor de usted.

R. Sé que tengo fama de altivo y arrogante, pero yo no considero que lo sea. Impertinente siempre he sido un poco. Tanto en artículos de opinión como en declaraciones. En cualquier caso, yo no soy el más adecuado para decir lo que soy o dejo de ser. Dado que vivimos en el mundo de las redes sociales, donde prosperan rápidamente los rumores y las falacias, imagino que se habrán inventado nuevas leyendas sobre mí y, probablemente, mucho peores.

P. Siempre que pienso en usted, recuerdo a su padre, Julián Marías. ¿Cree que la posteridad ha sido injusta con él? Recuerdo que compartieron piso durante un tiempo. Dijo que convivían como dos solteros bien avenidos.

R. Fue una convivencia muy agradable. Cada uno tenía su espacio y solíamos coincidir en el almuerzo. En cuanto a la posteridad, ya no existe tal cosa. Es un concepto del pasado. Hoy en día, las cosas van muy deprisa. Todo se olvida con mucha velocidad. Cuando alguien muere, deja de ser leído. Parece que los libros necesitan una presencia que los avale y airee. En el caso de mi padre, la injusticia no empezó en la posteridad, sino en vida. Sufrió la enemistad feroz del régimen franquista, pero después la izquierda comenzó a atacarle por su catolicismo y su liberalismo. Me parece bochornoso que no le concedieran el Premio Nacional de Ensayo.

P. Además de un padre biológico extraordinario, disfrutó de un padre intelectual no menos notable: Juan Benet. También había muchas leyendas alrededor de él. Algunas decían que era intratable.

R. Mi experiencia no es esa. Benet era encantador y tenía un gran sentido del humor. Soltaba sus impertinencias, pero con tanta gracia que casi nadie se molestaba. Volverás a región me causó una profunda impresión. La literatura española se había estancado en un realismo social bienintencionado, pero literariamente pobre. Benet demostró que se podía adoptar un tono más elevado. Su prosa era arriesgada y valiente. Aprendí muchas cosas en su literatura, incluidas cuestiones técnicas. Me llevaba 24 años. Fue un maestro, no un maestrillo. Me enseñó a mirar los cuadros, a oír música. Para aprender de él, era suficiente tener el ojo y el oído abiertos. También fue un maestro en la vida personal. Era una persona con un gran sentido ético. Como ingeniero hidráulico tenía mucha gente bajo su responsabilidad. Siempre fue muy amable y generoso con los trabajadores. Si pasaban por apuros económicos, les ayudaba, pero de forma discreta y sin alardear de ello. Benet solo era antipático con quien pensaba que lo merecía. Yo actúo igual. De niño, cuando un matón se metía conmigo, respondía. No soy un manso, pero jamás he sido agresivo con los amigos o con las personas que no me han hecho nada.

«Benet solo era antipático con quien pensaba que lo merecía. Yo actúo igual. No soy un manso»

P. ¿Cuáles han sido sus grandes modelos literarios? ¿Qué escritores han influido más en su obra? ¿Faulkner, tal vez?

R. Faulkner influyó más en Benet. Yo me interesé más por Conrad o Sterne. Traducirlos fue una gran experiencia. Siempre he dicho que es la mejor manera de leer un libro. Tienes que estudiar hasta el último detalle y volcar el texto a tu lengua de forma aceptable. La traducción es una excelente escuela para un escritor.

P. ¿Me puede citar a otros escritores que le hayan servido de inspiración?

R. Cervantes, Clarín, Valle-Inclán. He aprendido mucho con ellos, aunque la influencia de algunos, como Valle, apenas se aprecie en mi obra.

P. Hay algo flaubertiano en su literatura.

R. Admiro a Flaubert, pero me interesan más Montaigne o Shakespeare.

P. ¿Joyce?

R. No soy muy fan del Ulises. De Joyce me atraen sobre todo los cuentos de Dublineses, que son extraordinarios.

P. ¿Qué me puede decir de Proust?

R. Es una de las cumbres de la novela, pero todavía no lo he leído completo. Siempre he interrumpido la lectura al terminar el tercer volumen. Por falta de tiempo o porque me surgía otra cosa. Eso sí, basta con esos tres primeros libros para darte cuenta del talento de Proust. Es para caer postrado. Por cierto, acabo de leer un libro de Céleste Albaret, que fue su ama de llaves durante los últimos nueve años de su vida. No lo escribió ella, sino el periodista Georges Belmont, que extrajo el material de setenta horas de conversación. Es una obra de extraordinaria delicadeza.

P. Se acaba de reeditar Los dominios del lobo para celebrar los 50 años de su publicación. ¿Cómo juzgaría la novela desde su perspectiva actual?

R. No la he releído. No me releo nunca. La releí en los ochenta y retoqué alguna cosa. Descarté introducir grandes cambios, pues habría sido como hacer trampa. Escribí la novela con 17 años y hoy en día no me avergüenza, lo cual es un gran logro. Es un libro simpático al que le tengo afecto. No tiene mucho que ver con lo que he escrito después. Hay quien dice que es mi mejor libro, pero si fuera así, no diría mucho a mi favor de mí, pues entonces no habría hecho más que empeorar.

P. Todo esto me hace pensar en su método de trabajo. ¿Sigue siendo un escritor con brújula, pero sin mapa? Hay escritores que planifican hasta el último detalle antes de ponerse a escribir.

R. Si yo hiciera eso, me aburriría tanto que no escribiría el libro. Si ya sé todo lo que va a suceder, para qué voy a escribir. Lo que me divierte es descubrir cosas sobre la marcha, tomar decisiones. El verbo inventar proviene del latín y significa hallar o descubrir algo nuevo o no conocido. Yo descubro a la vez que escribo. Y a veces me contradigo. Saber lo que va a pasar me aburre. Prefiero improvisar.

P. En Todas las almas incluye por primera vez una foto.

R. Se ha dicho que imité a Sebald, pero no es cierto. Sebald publicó su primer libro en 1990 y Todas las almas apareció en el 89. Cuando propuse incluir imágenes en mi novela, el editor se resistía, pero yo opinaba que ofrecía un contraste clarificador, pues así el lector podía acceder a la imagen descrita en el texto. Por cierto, siento una gran admiración por Sebald y, de hecho, mantuvimos una breve correspondencia.

P. En Tomás Nevinson, ha incluido la fotografía de un atentado de ETA. ¿Piensa que se está olvidando a las víctimas de la banda terrorista?

«Más vale no saber lo que cada uno piensa de los demás, pues si lo supiéramos nos mataríamos»

R. La sociedad y la política tienen una deuda pendiente con las víctimas de ETA. Ahora parece que las víctimas molestan. Ya no puede hacerse nada por los que murieron, pero los que quedaron huérfanos o mutilados merecen ser recordados y homenajeados. Una de las razones por las que escribí Tomás Nevinson fue porque soy madrileño. Si mi cómputo no falla, ETA mató a 101 personas en Madrid. La violencia fue un goteo constante e ininterrumpido. Yo viví 24 años bajo Franco, pero he convivido con ETA mucho más tiempo. No puedo estar de acuerdo con Odón Elorza cuando dice que hay que dejar en paz a ETA. ¿Cómo vamos a olvidar algo tan reciente y que nos hizo sufrir 40 años? El atentado de Hipercor fue algo tan monstruoso que no se puede olvidar. Es cierto que el franquismo mató más, pero ya es un recuerdo lejano. Hay muchos jóvenes para los que ETA no significa nada y sucede lo mismo con los extranjeros, entre los que tengo muchos lectores. Mi novela puede servir para que descubran lo que sucedió. Además, un texto de ficción causa una impresión más intensa y duradera que una nota de prensa o un ensayo.

P. Su novela puede leerse como una novela de espionaje. Me recuerda a John Le Carré. He leído que se relacionó con agentes del servicio secreto británico.

R. Conocí a gente que había prestado servicio durante la Segunda Guerra Mundial y a otros que trabajaron después como traductores. Se dice que salen muchos espías de Oxford y Cambridge y es cierto. Por una razón muy simple. Los servicios secretos buscan a personas que sepan lenguas, historia y con capacidad de análisis. Los agentes que yo he conocido jamás me revelaron sus misiones, pues –entre otras cosas– están sujetos a la ley de secretos judiciales, pero sí me hablaron del funcionamiento general de los servicios secretos.

P. ¿Qué le parecen John Le Carré y Graham Greene?

R. Greene me carga bastante, sobre todo en sus novelas con un catolicismo explícito. Le Carré me gusta más. Su caso se parece al de Conrad, Stevenson y Melville, considerados durante mucho tiempo simples novelistas de mar o aventuras, pero hoy celebrados como grandes clásicos. Pienso que a Le Carré le sucederá lo mismo.

P. Corazón tan blanco marcó un antes y un después en la estimación de su obra.

R. Es un libro sobre el secreto y su conveniencia. Es la antinovela policiaca. El narrador confiesa: “No he querido saber, pero he sabido”. Normalmente, cuando descubrimos un secreto, la curiosidad nos impulsa a intentar averiguar qué hay detrás, pero renunciar a saber es un gesto de coraje. Mucha gente no comprendió ese punto de vista. Me dijeron que no querer saber es una cobardía, pero yo creo que hay que tener mucho valor para respetar un secreto. Por cierto, más vale no saber lo que cada uno piensa de los demás, pues si lo supiéramos, nos mataríamos.

«En mi literatura hay cosas terribles, pero huyo de lo sórdido y deprimente»

 

Marías y Pérez Reverte flanquean a Vargas Llosa

P. Me llama la atención su amistad con Pérez-Reverte, pues son dos escritores muy diferentes.

R. Yo no sabría hacer las novelas de Arturo, aunque quisiera, sobre todo obras maestras como Un día de cólera. A él le molesta que elogie tanto esa novela, pues ya tiene unos años –como yo– y piensa que lo mejor es lo último que ha escrito. Arturo y yo nacimos el mismo año, tenemos las mismas referencias, leímos los mismos tebeos, vimos las mismas películas. Nos tenemos una simpatía mutua basada en la edad, en la educación que hemos recibido. Estamos de acuerdo en muchas cosas, pero en otras no, lo cual es normal, pues en la amistad nadie sensato pretende coincidir al cien por cien. A mí me gustan mucho Proust y Faulkner. A Arturo probablemente no, pero resulta que a los dos nos apasionan Conrad y Stevenson. Tenemos las suficientes coincidencias y compartimos muchos fervores. Nuestra amistad no tiene más misterio que eso.

P. Ha comentado alguna vez que Tu rostro mañana es su obra más ambiciosa.

R. Es una obra de gran aliento, una novela monumental de 1.600 páginas. Pasé ocho años y medio trabajando en ese libro. No pensé que haría una trilogía. Un libro me llevó a otro hasta completar el ciclo. Tampoco pensé que escribiría una continuación de Berta Isla, pero me intrigaba saber qué sucedería con Tomás Nevinson. Con solo 45 años, ya no esperaba nada de la vida. Se veía a sí mismo como un fantasma.

«El cine y la literatura actuales apuestan en muchas ocasiones por lo fácil y vulgar»

P. En algunas de sus obras, se respira una atmósfera desapacible, que me recuerda a Coetzee. ¿Piensa que la vida es una combinación de ruido y furia, como decía Shakespeare?

R. Coetzee me gusta mucho, pero sus últimos libros sobre Jesús no me interesan demasiado. Creo que es excesivo hablar hoy en día de ruido y furia. La frase procede de Macbeth. El rey Duncan era un rey escocés de la Edad Media. En su tiempo, sí que había ruido y furia. Más allá de ese fragor, la vida está llena de calamidades, tristezas, perplejidades. En mi literatura, hay cosas terribles, pero huyo de lo sórdido y deprimente. No soporto esas series y películas inglesas o estadounidenses ambientadas en barrios y pueblos con escenarios sucios y miserables, como esas cocinas llenas de sartenes sin limpiar. Cuando me topo con ellas, me pregunto si no hay personas normales en esos lugares, individuos que sí limpian las sartenes. La vida es trágica fuera de lo sórdido. En mis novelas, intento evitar lo gratuito. Cada vez que veo una película o leo un libro donde una pareja pierde a su hijo pequeño, pienso que el autor busca la pena del lector de forma ilegítima.

P. Algunos críticos han señalado que todos sus personajes son inteligentes y hablan demasiado bien.

R. Es que estoy harto de la estupidez. Ya no puedo más. A mí me agradan las novelas con personajes inteligentes y con sentido del humor. Yo intento que mis personajes no digan tonterías. El cine y la literatura actuales apuestan en muchas ocasiones por lo fácil y vulgar y no me parece una buena alternativa. Todos mis personajes han salido de mi cabeza. Son un eco de mis inquietudes y convicciones.

P. En un artículo dijo que antes estaba de moda ser inteligente o parecerlo y que ahora es al revés. Muchos exhiben su idiotez sin complejos.

R. Sí, es cierto y no puedo con eso. ¶

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Libros para regalar estos Reyes Magos

 

Tomado de Vozpópuli

Publicado 28/12/2021 07:30 Actualizado 28/12/2021 07:30

Libros y libros y libros…

 

Los libros son uno de los mejores compañeros que uno puede tener a su lado. Fieles, contadores de historias y que aportan una tremenda cultura. También son un gran regalo para esa persona especial a la que quieres cuidar en Navidades y Reyes Magos. Aquí va una selección con algunos muy buenos libros para que triunféis.

 

Nunca (Ken Follet)

Ken Follett regresa al thriller con una vertiginosa novela que imagina lo inimaginable. En China, un alto cargo del gobierno con grandes ambiciones batalla contra los viejos halcones del ala dura del Partido que amenazan con empujar al país a un punto de no retorno. Y en Estados Unidos, la presidenta se enfrenta a una crisis global y al asedio de sus implacables oponentes políticos. Está dispuesta a todo para evitar una guerra innecesaria. ¿Podrá alguien, incluso con las mejores intenciones y las más excepcionales habilidades, detener lo inevitable?

 

 

El Italiano (Arturo Pérez-Reverte)

Pérez-Reverte logra una novela intensa, de emociones sofrenadas y virtudes infrecuentes, incluida la virtud acaso controvertida del reconocimiento del mérito, valor y nobleza de los enemigos. El último libro del escritor cartaginés es un thriller bélico de época, una historia que te agarrará el corazón y no te soltará hasta la última página.

 

 

 

La Catedral del Mar (Ildefonso Falcones)

Siglo XIV. La ciudad de Barcelona se encuentra en su momento de mayor prosperidad; ha crecido hacia la Ribera, el humilde barrio de los pescadores, cuyos habitantes deciden construir, con el dinero de unos y el esfuerzo de otros, el mayor templo mariano jamás conocido: Santa María de la Mar. Una construcción que es paralela a la azarosa historia de Arnau, un siervo de la tierra que huye de los abusos de su señor feudal y se refugia en Barcelona, donde se convierte en ciudadano y, con ello, en hombre libre.

 

 

Michael Jordan: La biografía definitiva (Roland Lazenby)

El talento más excepcional de la historia del baloncesto fue como un cometa que cruza el cielo a toda velocidad, del que solo atisbamos el rastro de su brillo. La fascinante carrera de Michael Jordan dejó a seguidores, medios, entrenadores, compañeros y al propio Jordan intentando comprender qué es lo que había sucedido, incluso años después de su retirada. Roland Lazenby dedicó casi treinta años a cubrir la carrera de Michael Jordan, desde la universidad hasta su consolidación como embajador mundial del baloncesto. Sin embargo, también fue testigo de la transformación de Jordan en un competidor insaciable y, a menudo, despiadado, muy lejos del modelo de perfección que se quiso proyectar durante años. 

 

Inés y la alegría (Almudena Grandes)

Toulouse, verano de 1939. Carmen de Pedro, responsable en Francia de los diezmados comunistas españoles, se cruza con Jesús Monzón, un cargo menor del partido que, sin ella intuirlo, alberga un ambicioso plan. Unos años después, en 1944, Monzón, convertido en su pareja, ha organizado el grupo más disciplinado de la Resistencia contra la ocupación alemana, prepara la plataforma de la Unión Nacional Española y cuenta con un ejército de hombres dispuestos a invadir España. Entre ellos está Galán, que ha combatido en la Agrupación de Guerrilleros Españoles y que cree, como muchos otros en el otoño de 1944, que tras el desembarco aliado y la retirada de los alemanes, es posible establecer un gobierno republicano en Viella.¶

 

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Campanas navideñas

No hay navidad sin campanas

 

Las campanas tañen; a veces doblan, cuando hay importante luto en alguna ciudad o pueblo con campanario; otras tocan a rebato—Convocación de los vecinos de uno o más pueblos, hecha por medio de campana, tambor, almenara u otra señal, con el fin de defenderse cuando sobreviene un peligro. Diccionario de la Lengua Española—, pero las más de las veces expresan y difunden felicidad. Eso último ocurre elocuentemente en época navideña, y en la música encontramos notables ejemplos de la asociación de campanas alegres con este tiempo, aun en la continuada pandemia que ha marcado este año a punto de concluir y el anterior. Aquí se pone tres de ellos.

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Mikola Leontóvich (1877-1921) «fue un compositor, director de coro, y profesor ucraniano de renombre internacional. Escribió en el estilo de nacionalismo musical. Se especializó en música vocal». (Wikipedia en Español). Su composición de mayor fama es Shchedryk, también conocida como Campanas de Ucrania o el Villancico de las campanas (Carol of the bells). Con base en cantos folclóricos ucranianos, fue interpretada por primera vez por un coro de estudiantes de la Universidad de Kiev, la capital de Ucrania, en diciembre de 1916. He aquí una versión de lujo por el gran Coro del Tabernáculo Mormón, acompañado por la Banda de la Reserva de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos.

 

 

Y una canción de Navidad que prácticamente todos conocemos en la infancia es, sin duda, Jingle Bells—Tintineen, campanas—, compuesta por James Lord Pierpont en 1857, quien entonces la llamó One horse open sleigh—trineo abierto de un caballo—, como dice uno de sus versos. Acá está una simpática versión protagonizada por nadie menos que Andrea Bocelli.

 

Por último, todos conocemos el aguinaldo venezolano La jornada, que reitera en su letra la onomatopeya de campanillas. Fue compuesto en el siglo XIX por autor anónimo y recopilado por el insigne Maestro Vicente Emilio Sojo. De él dijo el gran director rumano Sergiu Celibidache, en artículo escrito en Caracas—Mi amigo Sojo—en diciembre de 1977 para conmemorar el nonagésimo aniversario (póstumo) de su nacimiento:

Sojo no ha sido un regalo caído casualmente desde arriba, una feliz materialización de las fuerzas ciegas de la naturaleza, una óptima fuerza de herencia y azar. Sojo es un sencillo y limpio fenómeno natural, una flor espontánea del campo criollo, una canción de las estrellas del cielo vernáculo, una sinfonía augural de esta tierra generosa, que de vez en cuando logra emanciparse de todas las influencias contradictorias y revela en una forma incontenible, por encima de toda interpretación subjetiva y fuera de toda contemporaneidad, su inconfundible identidad. El maestro Sojo es Venezuela. Ojalá que un buen día Venezuela fuera también el maestro Sojo.

Que tenga Ud., amable visitante, la mejor Navidad posible.

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Fin de mundo

Tomado de Literatura

Fragmento de la novela “Hopper y el fin del mundo” de Fedosy Santaella, publicada por Editorial Milenio (Lleida, España, 2021)

Escritor y maestro de escritura

 

por Fedosy Santaella

 

El final no destruyó. No hubo zombis ni guerras. Tampoco bajó una nave nodriza y liberó cientos de miles de naves más pequeñas que saltaron sobre las ciudades con su muerte de rayos calóricos. Nada de eso fue, nada de lo que imaginamos hasta el hartazgo en libros y películas. Quién sabe si la causa habrá sido el virus definitivo y más letal de todos, tanto que ni cuenta nos dimos. O la furia de los dioses, un chasquido de dedos, el deseo cómodo de Thanos. Sí, al final, los más grandes visionarios de la humanidad fueron los dibujantes de cómics. Stan Lee fue nuestro verdadero Nostradamus, nuestro ínclito Juan de Patmos.

Ocurrió una mañana, muy temprano; por lo menos acá, en este lado del mundo.

Un apocalipsis muy considerado que hizo ceniza a los humanos y nada más. Al inicio, eso sí, arrancó gritos y algunos instantes de terror. Pero luego fue el silencio, un magnífico reposo.

Algunos sobrevivimos. ¿Por qué? No tengo idea.

Creo que tampoco quedaron animales. No he visto perros ni gatos. No hay pájaros en los árboles, menos por el aire. Durante un tiempo estuve yendo a los parques. Me quedaba un buen rato detallando el follaje. También observé con cuidado la tierra. No encontré lagartijas ni arañas ni hormigas. A veces, en las noches, me parece escuchar un ladrido, y en uno que otro amanecer he creído percibir un trino lejano. Pero no sé, no puedo asegurarlo.

Por supuesto, no hay mucho qué hacer. Los mercados están intactos, queda alimento, del poco que había para el momento, pero es suficiente para uno solo, para mí solo. La electricidad no se ha ido, todo sigue funcionado, no sé por cuánto tiempo, pero las cosas siguen funcionando. Claro, la televisión es un negro vacío, la radio un hormigueo metálico. Internet está caído.

Yo me entretengo hablándole a mi público imaginario, escribiendo para mis lectores inexistentes, imaginando una vida pequeña, pero vida al fin y al cabo. No gano nada, tampoco pierdo. El juego me ayuda a hacerme a la idea de que sigue importando, de que la existencia sigue importando.

No sé, quizás los hombres éramos los únicos animales sobre la faz de la tierra capaces de quitarnos la vida por causa de hastío. En ese sentido, la imaginación, el arte y la ficción siempre nos ayudaron a persistir.

Así que imagino, así que juego.

Por las noches me dedico a «trabajar» en lo que siempre quise.

Dirán (esos lectores inexistentes) que soy un creador con pocas ambiciones. Puede ser. Yo más bien me veo como un hombre contemplativo, como alguien que imagina universos estáticos. Digamos que en el fondo soy un artista de la performance pictórica.

De hace unas cuantas noches para acá, me traslado a la cafetería e instauro mi ritual en medio del silencio. Quizás los rituales son una forma de mantener el sentido, de hablar cuando ya no quedan palabras, de existir en un mundo muerto.

Esto hago: enciendo sus luces, paso al interior de la barra, me pongo el uniforme blanco de camarero y empiezo a imaginar que trabajo allí.

Soy un camarero en la noche amarilla de esta cafetería que hace esquina en una calle onírica que alguna vez fue real y alojó niños, colegiales, madres, ancianos, señoras, oficinistas, empleados y dueños de negocios…

La realidad es posible solo cuando es habitada, y allá fuera nada se habita.

Afuera todo es onírico y es cosa.

Pero yo tengo mi ritual.

Me gusta tomar un vaso, abrir el grifo y dejar que sobre él y mis manos caiga el agua. Me gusta el borboteo del líquido. A veces también me ocupo de alguna taza, aunque prefiero la transparencia del vaso, esa transparencia que me muestra el agua moviéndose allá dentro, escapando… todo eso me sumerge.

Sí, simplemente me sumerge. Sin mayores misticismos.

Luego cierro el grifo, tomo una servilleta de tela y me pongo a secar el vaso de rigor. Estoy así, en silencio, un buen rato. No me apresuro, le saco brillo. Después lo pongo sobre un paño en el mostrador, busco otro vaso y vuelvo a empezar.

Voy haciendo una colección de vasos, lustrosos, perfectos.

También me agrada pulir el mostrador. Lo hago ayudado de un paño un poco más grande. Con el pote del aspersor arrojo un fractal de jabón sobre la madera de cerezo y, acto seguido, paso el paño, hago círculos, de afuera hacia el centro. Cuido siempre que todo resulte uniforme, que no queden huellas del trazado espiral. Me gusta, me esmero.

Así es todas las noches, así son mis postrimerías, una ficción que pretende seguir sosteniendo una mínima realidad. Tampoco estoy mal con todo esto. Nunca me gustó mucho la gente. De modo que juego por jugar y estar tranquilo y seguir viviendo, o existiendo, o no sé. Lo que sea.

 

Bradbury va a la clínica

Ámbar y Max están sentados en la sala. El personaje que interpreta Max le dice al personaje que interpreta Ámbar que ha soñado con el fin del mundo. Que todos en su oficina han tenido el mismo sueño. Ámbar le confiesa que ella también.

Se lo toman con calma. Argumentan que no hay nada especial en ello, que es lógico que pase. La humanidad no se ha portado del todo mal, pero tampoco demasiado bien.

Yo los escucho un poco más allá, jugando con mis muñecas. Se supone que deberíamos ser dos las hijas, pero Lisa nunca ha querido integrarse. Solo una vez lo hizo, pero porque ese día quería jugar a ser Lolita. Participó un rato, toda caliente, haciendo poses para los hombres, mostrando las pantaletitas y jugando con sus crinejas. Luego se aburrió y se fue a tener sexo con Oliver.

A mí tampoco me complace este juego, me siento rara con las muñecas.

Me gustaba más cuando hacía de cantante calva, y Ámbar y Max, sentados en cómodos sillones, recreaban aquel magistral diálogo en el que dos extraños empiezan a darse cuenta de que viven en la misma casa y están casados.

Ese era un juego divertido, con todo y que yo, la cantante calva, nunca aparecía.

El asunto es que Max descubrió hace días una antología de cuentos de Bradbury en la biblioteca y leyó ese cuento. Él andaba buscando historias sobre el fin del mundo, tema forzoso, obviamente, en vista de que hemos asumido que realmente el planeta, o más bien el hombre, llegó a su fin.

Le impresionó tanto el cuento que nos propuso realizar una pequeña temporada apocalíptica. A mí me tocó ser una de las hijas. No estamos completos, pero ni modo, yo juego por no dejar, no tengo qué hacer ni a dónde ir.

Ninguno de nosotros tiene a dónde ir.

El único que se largó fue Vicente.

Dijo que quería ver lo que había pasado, que él había soñado todo aquello. Nos dejó una mañana, sin grandes aspavientos. Vicente el profeta, así le decíamos. Es un hombre mayor pero nervudo. Se contaba que había sido escalador, deportista. Que había escalado cumbres importantes.

Tenía algo de religioso, de místico. Lo había escuchado hablar de las fuerzas de la naturaleza, de los espíritus de las montañas. Al parecer, perdió el rumbo en una de las escaladas. Estuvo días deambulando por parajes idénticos en la nieve. Era fuerte, tenía algunos víveres, aun así la muerte casi se lo lleva. Lo atojó, sin embargo, la locura. Tuvo alucinaciones, llegó a ver a los espíritus. Los acompañó, danzó, habló con ellos en lenguas extrañas. Vinieron los lobos y le dieron alimento. Le trajeron aves y liebres. Los lobos y los seres de las montañas fueron sus compañeros en una travesía hacia unas nieves más densas, hacia unas oscuridades iluminadas. Vio maravillas, recibió revelaciones. La visión se le metió en los sueños. Para siempre. Así nos contó él mismo en las cenas, en los atardeceres en el jardín. Estaba condenado a ver. A ver para siempre, eso dijo. Se había convertido en el profeta de los seres de las montañas, de los dioses, de algo más allá de nuestras miradas. Había sido elegido y condenado.

Si sobrevivió a aquello, seguro lo hará en este fin de mundo confortable. Por los momentos confortable. Porque allá afuera, así lo hemos sabido, hay de todo para estarse a gusto. Así que Vicente estará bien. Si quedan otros afueras, los reunirá, será su profeta. Les hablará de los lobos, de las montañas, de los seres de las montañas, de su visión.

Los demás seguimos acá. No se trata del hábito del encierro, simplemente ya nadie tiene un lugar en el mundo, o digamos más bien que el mundo dejó de ser un lugar, y da igual donde estemos.

El vigilante dice que nosotros somos los únicos sobrevivientes, y que por eso prefiere venir y seguir haciendo su trabajo. También nos trae comida. Antes nos la daban los enfermeros, pero ellos no han vuelto. El vigilante asegura que murieron. Lástima, Julio era un muchacho lindo, y se veía fantástico en su traje de enfermero. Creo que yo le había empezado a gustar. Pero Julio ya no está, y el vigilante es quien agencia la comida. Nos obsequia con helados, galletas, aceitunas, pasteles, jamones, quesos, panes, exquisiteces que nunca nos dieron. Como no se ha ido la electricidad, nos dice, se conserva mucho alimento en las calles. Es un muchacho de baja estatura, relleno; se nota que le gusta comer. Lo hace con nosotros, engulle parte de lo que trae. En esos momentos se ve feliz, más feliz que cuando el mundo era mundo.

Así que ninguno de nosotros ha salido. Las puertas están abiertas, el vigilante ni siquiera se ocupa de cerrarlas. Queremos seguir jugando a la locura. Acá nos sentimos seguros y, ya lo he dicho, no tiene la más mínima importancia dónde estemos. El mundo perdió todos sus centros.

También fue el vigilante quien nos señaló que ahora podíamos dejar de estar locos. Que nunca lo estuvimos. Que esas fueron argucias de nuestros padres y de nuestras parejas para deshacerse de nosotros.

Oliver le respondió que la locura siempre es locura, lo que cambia es el punto de vista. Allí es donde radica la imposición social. La sociedad, los poderes (así habla Oliver, con estas palabras altisonantes) nos imponen una etiqueta de las tantas etiquetas de la locura; nosotros podemos cambiarla y ser el loco que se nos antoje. Acotó que él, por ejemplo, estaba cambiando su estado espiritual a loco sabio. Al hablar de esa manera me pareció un hombre verdaderamente muy sabio.

Cuando Oliver terminó, el vigilante se encogió de hombros y dijo que le daba igual, y siguió comiendo; siempre está comiendo. Max y Ámbar bostezaron y Armando se ocupó más a fondo en los retoques de uno de sus magníficos dibujos de árboles hechos con lápices. Lisa, en cambio, se subió a una de las mesas del comedor y proclamó que ahora sería una monja mística. Durante mucho tiempo había sido, según sus propias palabras, una puta sagrada y ya estaba más que harta. Yo me alegro mucho por Lisa, por su cambio, porque ciertamente ha tenido sexo con todos. Con varios a la vez incluso. No sé si con el vigilante, creo que con él también.

Max, de nuevo con un bostezo, me confió en voz baja que él y Ámbar seguirían siendo los locos que eran, y que además continuarían jugando a interpretar aquel diálogo de Bradbury. Todavía quedaba una larga temporada artística, agregó.

Yo, por mi parte, no sé qué tipo de loca quiero ser, o si en realidad necesito cambiar de locura. Ahora me siento estacionaria. Desde mi encierro siento que mi cuerpo se detuvo. Mi cuerpo, sí, que siempre me ha llevado y me ha movido a los espacios, las pistas, a las luces, a la noche, a las vibraciones de esa música que no escuchaba sino que sentía.

Yo soy bailarina, una bailarina que danzaba en lo oscuro. Nunca pude estarme en la soledad, pero tampoco en el mundo. Mi cabeza era un desastre y mi cuerpo huía de mí. Me llevaba a sitios, me perdía en las madrugadas y me atrapaba en el baile. Se perdía mi cuerpo de mi cabeza, y yo, en venganza, le hacía daño a mi cuerpo y lo llenaba de bebidas, drogas, sexo violento, maltrato físico, sucia desnudez, cansancio, cansancio, cansancio.

Así fui, así me mantuve de pie durante mucho tiempo, y mientras no pensé, mientras estuve vacía y alejada, todo fue perfecto. En el fondo aquello terminó siendo un pacto entre mi cuerpo y mi cabeza. Nos hacíamos un daño que podría llamar rico.

Porque siempre el placer estaba allí.

Porque siempre el placer era la fuente de nuestro dolor.

Yo quise perderme en mí misma bailando, morir bailando. Pero mi familia me atajó antes de las consumaciones. ¿Qué puedo decir de ellos? Me amaban, me temían y no me querían cerca. O más bien, de mí querían una ilusión, una persona que nunca fui. Lo lamento, los defraudé, los herí. Pero ellos también a mí.

Acá me embotaron, me anularon con drogas (vaya ironía), me arrumaron, como una cosa, como un traste viejo, como un juguete roto, y yo, quizás para no terminarme de hundir en ese universo estacionario, volví a ser como una niña, una niña que se entretiene con muñecas mientras Max y Ámbar juegan a fregar los platos en la última noche del mundo. La niñez es un escudo, frágil pero lo es. No conozco otra forma de protección que esa fragilidad. Porque eso soy: una niña quebradiza que protege a una mujer rota, conservada a duras penas en el interior de la membrana que son estas cuatro paredes y en el aluvión de drogas que me esquinaban (he dejado de tomarlas desde que ya no hay doctores ni molestos enfermeros).

Esto soy: un fracaso anticipado. Frágil, delgada, metida en mí.

Yo, la mujer que ya no baila.¶

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Navidad formícea

 

En algún momento de nuestra infancia escuchamos Noche de Paz—Stille Nacht, heilige Nacht—, el villancico más difundido en el mundo, al punto que hace diez años la UNESCO lo declaró parte del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Lo debemos al músico austriaco Franz Xaver Gruber, quien lo compusiera en 1818 con letra aportada por su compatriota, el sacerdote Joseph Mohr.

Dos de las innumerables versiones de la tierna melodía se pone acá, comenzando por la rendición en español del incomparable cantor Andrea Bocelli:

La segunda rendición es aportada por Anna y Arkadiusz Szafraniec, la pareja polaca que forma el Glass Duo¿Su instrumento? El «arpa de vidrio», un gran conjunto de copas de agua que hacen sonar con el roce de sus dedos. (En el siglo XVIII se lo llamó «órgano angélico», tanta es la dulzura de su sonido).

………

Por supuesto, nuestro país ha producido mucha música navideña, agrupada en dos categorías principales: aguinaldos y gaitas. Es aguinaldo de gran factura Niño lindo, de autor desconocido. Acá lo escuchamos, como demostración de su excepcional calidad musical, por las voces a cappella de Add 9 ¡un grupo berlinés!

Y son las voces de nuestro magnífico Quinteto Contrapunto quienes nos regalan el divertido Aguinaldo de El Callao:

Para cerrar esta entrada, un breve y tierno corto animado de Disney. ¿Quién más?

Con los mejores deseos de este blog por una Feliz Navidad a cada una de Las Hormigas y sus familiares. ¶

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La voz de mi madre

 El villancico que cantaba la madre de Almudena

 

ESCALERA INTERIOR

(19 de noviembre de 2018)

Almudena Grandes

 

LA VOZ DE MI MADRE

Todos los años, a finales de noviembre, los viejos versos de un villancico rural y andaluz se apoderan de mí como una agridulce maldición

 

ANTES DE que termine noviembre, empieza la Navidad. Las calles se llenan de luces, las tiendas de ofertas y los escaparates de tentaciones. Algunas personas, rebosantes de espíritu navideño, empiezan a decorar sus casas. Otras, cargadas de razón, se resisten a la edulcorada orgía que se nos viene encima. Yo no hago ni una cosa ni la otra. A finales de noviembre, ya necesito toda mi energía para resistir el recuerdo de la voz de mi madre.

Ella no tenía una voz fabulosa, pero entonaba bien y, sobre todo, cantaba mucho. Mientras hacía la comida, en los viajes en coche, en las tardes perezosas del verano le gustaba cantar. Recuerdo sus canciones favoritas, muchas coplas populares, rancheras mexicanas y otras melodías más raras, que no he vuelto a oír desde que dejé de escuchar su voz. Ella me enseñó que en el Barranco del Lobo hay una fuente que mana sangre de los españoles que murieron por la patria, y que ya estamos llegando a Pénjamo, ya brillan allá sus cúpulas, de corralejo, parece un espejo mi lindo Pénjamo, y hasta el himno del Metropolitano, rey de la furia española, club altivo y generoso, eres de España aureola y del fútbol el coloso, pero a lo largo de mi vida he podido seguir cantando todas esas canciones sin que la memoria de su voz ahogue la mía. Hasta que empiezan a sonar los villancicos.

Por fortuna, su favorito no es hoy muy popular. Nunca lo he oído en las recopilaciones navideñas que atruenan en grandes almacenes y centros comerciales, y aunque es andaluz, como mi bisabuela Isabel, tampoco ha generado, que yo sepa, versiones aflamencadas. Sin embargo, supongo que si lo oyera en una voz ajena no me impresionaría tanto. Tal vez no me impresionaría en absoluto, porque lo que me duele de verdad es cantarlo. En el instante en que empiezo, madre, en la puerta hay un niño, más hermoso que el sol bello, y dice que tiene frío porque viene medio en cueros, ya sé que no voy a llegar entera al estribillo. No sé por qué me pasa, ni por qué sólo me pasa a mí, pero sé que mi madre sobrevive en esa canción, en esa letra, en esa música, con mucha más intensidad, más contundencia, que en cualquier otra imagen, recuerdo, objeto o palabra suya. No hay nada en este mundo que tenga el mismo poder de devolvérmela intacta, viva siempre, a pesar de su muerte y de mis lágrimas.

La voz humana es el instrumento musical más extraordinario que existe, porque conecta directamente con el corazón de quien la escucha, de quien la recuerda. En la voz de mi madre, que no oigo desde hace más de 30 años y sin embargo suena en mis oídos casi todos los días, quepo yo a lo largo de todos los años que he vivido, las arrugas que ella nunca vio en mi cara, las canas que me tiño, y mis hijos, a quienes nunca conoció, esos mismos que cantan cada año su villancico y apuestan entre ellos a ver quién me hace llorar primero. Ni siquiera sus fotografías, esas viejas imágenes que no creo haber visto nunca cuando alguien me las envía, me devuelven su rostro, su cuerpo, su sonrisa, con tanta nitidez, porque en su voz estamos las dos, porque en sus fotos está ella sola. Por eso sus canciones, las que más le gustaban, no suenan igual en otras voces. Por eso mi voz, mucho más fea y menos entonada que la suya, es capaz de resucitarla hasta cuando no quiero. Y aunque no quiera, todos los años, a finales de noviembre, mientras la Navidad se cierne sobre mi cabeza como un destino inexorable, los viejos versos de un villancico rural y andaluz se apoderan de mí como una agridulce maldición. Ni siquiera sé si preferiría no recordarlos, porque si un año de estos el niño dejara de entrar, y de sentarse, si la patrona no volviera a preguntarle de qué tierra y de qué patria, yo ya no sería yo. Sería otra mujer, no sé si mejor o peor, pero, sin duda, otra distinta.

No me gustan las listas. Nunca participo en las encuestas que pretenden definir los 10 mejores libros del siglo XX, las mejores canciones de mi generación, los acontecimientos que nos han marcado en la última década. No concibo una tarea más estéril. Pero si tuviera que escoger una melodía, una letra, una canción entre todas las que han existido, sí sé quién la cantaría.

Benita Hernández Alonso, mi madre. ¶

………

Madre, en la puerta hay un Niño / Más hermoso que el sol bello / Parece que tiene frío / Porque viene medio en cueros
Pues dile que entre / Se calentará / Porque en esta tierra / Ya no hay caridad (bis)
Entró el Niño y se sentó / Mientras que se calentaba / Le pregunta la patrona / De qué tierra y de qué patria
Mi padre es del Cielo / Mi madre también / Yo bajé a la tierra / Para padecer (bis)
Hazle la cama a este Niño / En la alcoba y con primor / No me la haga usted señora / Que mi cama es un rincón
Mi cama es el suelo / Desde que nací / Y hasta que me muera / Ha de ser así (bis)

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Dos historias afganas

La escritora y su libro

 

El último día de noviembre de este difícil año 2021, nos reunimos once Hormigas en el amplio salón de fiestas de Carolina. Había pasado mucho tiempo sin vernos y sin poder compartir ese rato perfecto de unión que nos brindan las novelas que leemos. Lo primero que hicimos fue dar gracias por lo mucho recibido y recordar a los que se fueron con una oración.

Era una cita tempranera, un brunch que resultó delicioso con las exquisiteces que prepararon las Hormigas del sur. Pero eso tendría que esperar la discusión de dos libros: primeramente, El librero de Kabul de Åsne Seierstad (Oslo, Noruega; 10 de febrero de 1970); luego, Y las montañas hablaron de Khaled Hosseini—pronunciado Jáled—(Kabul, Afganistán, 4 de marzo de 1965). Esto nos iba a tomar un buen tiempo de inmersión en Afganistán y su dolorosa historia antes de poder disfrutar del obsequio.

Son dos libros totalmente distintos. Åsne Seierstad, experimentada periodista y corresponsal de guerra, es recibida por la familia de un librero de Kabul y, con su consentimiento y permiso, cuenta la vida de ese personaje y los detalles íntimos y costumbres propias de su familia y su entorno. Más tarde, la periodista noruega ha tenido que enfrentar varias demandas judiciales de otros miembros de la familia, molestos por la publicación de esas intimidades. Hay que reconocer su valentía como mujer occidental, trabajando sola en Afganistán.

Es un libro que se basa en datos duros, en una realidad que muestra lo que las sucesivas invasiones, rusa y norteamericana, significaron para ellos como pueblo y como familia.

Los norteamericanos juegan a lo seguro y colaboran con ambos bandos en el conflicto… Ambos grupos reciben dinero de Estados Unidos, ambos hacen incursiones acompañando a las fuerzas extranjeras, ambos reciben armas, equipos de comunicación y de información. Ambos bandos sirven a los norteamericanos, pero en ambos grupos se encuentran antiguos partisanos talibanes.

—¿Sabes cuál es nuestro problema? Que sabemos todo sobre cómo usar nuestras armas, pero no sabemos llamar por teléfono.

También da dolorosos detalles de las dos veces que los talibanes tomaron el poder y lo que significó para esa familia y los habitantes de Afganistán, especialmente para las mujeres, que pedían en sus oraciones “renacer en piedra” antes que volver a ser mujeres. Al llegar ellos, en septiembre de 1996, difundieron dieciséis decretos para normar la nueva era talibán:

1. Prohibición del impudor femenino.

2. Prohibida la música.

3. Prohibida la rasura.

4. Obligación de la plegaria.

5. Prohibición de la posesión de palomas y las riñas de pájaros.

6. Eliminación de la droga y de su consumidor.

7. Prohibido el juego de cometas.

8. Prohibida la idolatría.

9. Prohibidos los juegos de azar.

10. Prohibidos los peinados británicos o norteamericanos.

11. Prohibido el cobro de intereses por préstamo, comisiones de cambio y de impuesto a las transacciones.

12. Prohibido lavar la ropa en ríos que atraviesan ciudades.

13. Prohibición de la música y el baile en las bodas.

14. Prohibido tocar tambor.

15. Prohibido que los sastres confeccionen ropa femenina y tomen medida a las mujeres.

16. Prohibida la brujería.

Prohibieron cualquier tipo de música, así como las fotografías, esculturas y pinturas que representaran personas. Opinaban sobre el largo de las barbas y el cabello. Las mujeres sin burka o solas, sin compañía de un hombre, no podían salir. Y si estas mujeres eran descubiertas en la calle, las castigaban a ella y al marido. Prohibieron los zapatos con tacones altos, porque el taconeo amenazaba con distraer a los hombres. Fueron ellas, que ya culturalmente eran menospreciadas, a quienes tocó la peor parte:

“Mujeres, no debéis salir de vuestras casas. Si lo hacéis, no debéis ser como las mujeres que antes de la llegada del Islam al país solían salir con ropa a la moda y abundantemente maquilladas para exponerse a la vista de cualquier hombre».

El Islam es la religión salvadora que ha establecido la dignidad específica de la mujer: las mujeres no pueden permitirse atraer la atención de hombres inicuos que les dirijan miradas depravadas. Las mujeres son las responsables de educar y unir a su familia, y son también las responsables de las comidas y de cuidar de la ropa del hogar. Cuando las mujeres tienen que salir de sus casas, deben ponerse el velo según establece la sharia. Si las mujeres salen vestidas con ropa moderna, adornada, ajustada o indulgente para exponerse a la vista de todos, serán condenadas por la sharia islámica y nunca podrán ir al cielo. Serán amenazadas, investigadas y severamente castigadas por la policía religiosa, al igual que los hombres de su familia. La policía religiosa está obligada a luchar contra estos problemas sociales y continuará sus esfuerzos hasta acabar con el mal.

Alahu akbar («Alá es grande»).

Aunque sorprende luego encontrar que, entre ellos, los muy machos talibanes, es muy común la homosexualidad.

En algunas partes de Afganistán, sobre todo en las regiones del sudeste, la homosexualidad es corriente y está tácitamente aceptada. Muchos comandantes tienen varios amantes jóvenes, y se ve a menudo a hombres mayores que caminan con todo un grupo de “muchachos”. Los chicos se adornan muchas veces con flores en el pelo, detrás de una oreja o en el ojal. Se suele explicar esta homosexualidad extendida por la observación rigurosa de la purda en estas partes del país. Con frecuencia se ven grupos de chicos dando saltitos y contoneándose, que llevan los ojos pintados con khol negro y realizan movimientos parecidos a los de los travestis occidentales. Miran mucho, coquetean, menean las caderas y los hombros.

Los comandantes no viven solamente su homosexualidad; la mayoría de ellos tiene mujer y mucha prole en su hogar. Pero rara vez están en casa con su familia, pues la verdadera vida se vive entre hombres. Con cierta frecuencia se producen dramas pasionales entre los jóvenes amantes y no son pocos los combates con derramamiento de sangre debidos a los celos entre dos comandantes por algún joven amante. En una ocasión, dos jefes militares libraron una batalla con dos tanques de combate en medio del bazar, todo por un joven amante que compartían. La batalla ocasionó decenas de muertos.

También da cuenta del rechazo de muchos afganos a la cultura de la violencia talibán y el dolor que les causa que el mundo los vea, a todos ellos, como asesinos.

“Intentaron destruir nuestra cultura. Intentaron hacer añicos nuestras tradiciones. ¡Intentaron quitarnos el Islam!—grita Karzai a la muchedumbre—. Los talibanes trataron de ensuciar el Islam, arrastrarnos a todos por los suelos, enemistarnos con el mundo entero. Pero nosotros sabemos lo que es el Islam, ¡Islam es la paz!”

“¡Cambiemos las armas por ordenadores!—exclama, y añade que los afganos tienen que dejar de hacer distinciones entre diferentes grupos étnicos—. Mirad a América, allí viven todos en un solo país, todos son americanos. ¡Allí no tienen estos problemas!”

“El último ulema invita al combate contra el terrorismo. Hoy día, en Afganistán, la lucha contra el terrorismo es una lucha contra todo lo que uno no quiere…”

—El Islam es la única religión que en sus textos sagrados manda luchar contra el terrorismo. El terrorismo ha mostrado su cara en Afganistán y es nuestro deber luchar contra él. Esto no está escrito en ningún otro libro sagrado. Alá dijo a Mahoma: «No reces en una mezquita erigida por terroristas». Los verdaderos musulmanes no son terroristas, porque el Islam es la más tolerante de todas las religiones. Cuando Hitler exterminaba a los judíos en Europa, ellos estaban a salvo en la tierra islámica. ¡Los terroristas son falsos musulmanes!

«… reza por que alguna vez se sienta orgulloso de ser afgano, de sí mismo y de su país, y para que un día Afganistán sea un país respetado en el mundo…»

Este relato, especie de desordenada saga familiar, usa la voz de un narrador omnisciente, un poco frío, sin una pizca de humor. Intervienen innumerables personajes, con nombres complicados (para nosotras), que sólo podemos observar desde fuera y se nos confunden; nunca logramos conocerlos íntimamente. Los diálogos no parecen naturales, no convencen, no aportan a la trama ni muestran emoción.

Fue tema de discusión la posición de la mujer, tan maltratada, y terminaron involucradas la pobreza en Afganistán con treinta y tres millones de habitantes y sin salida al mar, la falta de educación, su posición geográfica, paso obligado de traficantes, con su clima desértico, su pobre infraestructura destruida por las invasiones y las infinitas guerras intestinas que retrasaron el desarrollo del país, especialmente fuera de Kabul, la gran ciudad tan cercana a Pakistán en lenguaje y en cultura. Es ésa su cultura: la esclavitud de las mujeres, la organización tribal con un jefe máximo con poder total, casi un dios. Y es principalmente su interpretación de Dios lo que más sorprende, pues Él regula hasta las acciones más cotidianas.

Somos diferentes en Oriente y Occidente; usamos diferentes códigos, vemos el mundo desde diferentes perspectivas. Si para ellos la ley viene de Dios ¿cómo va a tener voz el pueblo? La democracia es imposible; cuestionar la ley es ir en contra del mismo Dios. Tenemos miradas disímiles, pero hay que aprender a ver sin juzgar. Saber que no son mejores ni peores, tan solo son diferentes.

Las Hormigas lo calificaron como una interesante crónica costumbrista, un buen trabajo de investigación, pero es un libro plano; no mueve emociones, no pasa nada. Obtuvo, sobre diez, algo más de cuatro puntos (4,6) de calificación.

………

La belleza es un inmenso e inmerecido regalo que se reparte al azar, sin ton ni son.

El segundo libro es una novela hecha de muchas pequeñas historias: Y las montañas hablaron (inglés: And the Mountains Echoed) de Khaled Hosseini, traducida por Ediciones Salamandra. Apela a todos los trucos literarios con buena técnica y un buen uso del lenguaje poético. El propio título se deriva de un verso—«Y todas las colinas hicieron eco»—de La canción de la enfermera del poeta inglés William Blake (1757-1827).

«Una historia es como un tren en movimiento: no importa dónde lo abordes, tarde o temprano llegará a su destino».

Comienza la novela en una aldea, muy cerca de las montañas—por eso el título—, y no más empezar a leer, emprendemos un viaje mágico hacia el destino de sus personajes. Está llena de historias dentro de historias; dos hermanos separados por la miseria son el hilo conductor, pero se difuminan como personajes y aparecen muchos otros, algunos bien delineados y otros no tanto. Son muchos y confunden.

“—Hay una clase de uva en particular… Dicen que crece sólo en Shadbagh. Es muy delicada, muy frágil. Si uno intenta cultivarla en otro sitio, aunque sea en la aldea de al lado, se marchita y muere. Se echa a perder. La gente de Shadbagh dice que muere de tristeza, pero no es verdad, por supuesto…”

Es una historia de amores contrariados e imposibles pero duraderos, con muchos saltos en el tiempo carentes de profundidad. Está enfocada en sus personajes, que se sienten reales o posibles.

Desde entonces he conocido a unos cuantos hombres como él, mal que me pese. Y lo que he aprendido de ellos es que, en cuanto hurgas un poco, compruebas que todos son iguales, a grandes rasgos. Unos más refinados que otros, por descontado, y los hay que poseen algún encanto o que incluso lo derrochan, lo que puede llamar a engaño. Pero en el fondo no son más que niños desdichados que se debaten en su propia ira. Se sienten víctimas de una injusticia. Creen que nadie valora sus méritos, que nadie los ha querido lo bastante. Por supuesto, esperan que tú sí los quieras.

Los diálogos son pertinentes, hacen avanzar la historia. La casa de Kabul sobrevive a todos y está siempre en el centro de la historia.

Es una carta, con ese lenguaje tan íntimo, la que explica y aclara el conflicto personal de cada protagonista. La guerra está ahí, presente, y aunque tiene consecuencias no interfiere con la trama.

¿Qué puedo decirle, señor Markos, de los años que siguieron? Conoce usted de sobra la historia reciente de este desdichado país. No hace falta que reviva para usted aquellos tiempos funestos. La sola idea me resulta abrumadora, y además el sufrimiento de nuestras gentes ha quedado ya bastante documentado por plumas mucho más sabias y elocuentes que la mía.

Lo resumiré en una sola palabra: guerra. Mejor dicho, guerras. No una ni dos, sino muchas guerras, grandes y pequeñas, justas e injustas, guerras protagonizadas por supuestos héroes y villanos cuyos roles eran intercambiables, y en las que cada nuevo héroe venía a confirmar que más vale malo conocido que bueno por conocer. Los nombres iban cambiando, al igual que los rostros, y a todos maldigo por siempre jamás por los bombardeos, los misiles, las minas terrestres, los francotiradores, las contiendas mezquinas, las matanzas, las violaciones y los saqueos. Pero basta ya. La tarea es tan ingrata como inabarcable. Ya me tocó vivir aquellos tiempos, y no tengo intención de revivirlos en estas páginas más allá de lo estrictamente necesario.

La autoridad talibana ni se nombra, pues aparta a los afganos de su propia idiosincrasia. Exalta más bien la bonhomía de la gente, el respeto y buen juicio de los habitantes. Es una historia de amor al país, a la familia; de fidelidad de la diáspora con su gente.

            —Todo me traerá recuerdos de ti.

El tono tierno y casi asustado de esas palabras me hizo comprender que mi padre era una persona herida, que su amor por mí era tan auténtico, tan vasto y permanente como el cielo, y que siempre pesaría sobre mis hombros. Era la clase de amor que, tarde o temprano, te acorrala y te obliga a tomar una decisión: la de liberarte o la de quedarte y soportar su rigor, aunque te oprima hasta el punto de reducirte a alguien más pequeño de cómo eres en realidad.

Es un libro escrito en inglés, con un hermoso lenguaje lleno de poesía que nos muestra costumbres de un pueblo lejano y diferente donde se desarrollan, como en el resto del mundo, historias humanas desgarradoras. La traducción de Patricia Antón y Rita da Costa merece un elogio sincero; es impecable. El Hormiguero disfrutó la novela pero la olvidó, porque es confusa, con demasiadas historias y personajes, otra vez con nombres extraños. Fue calificada con cinco coma seis (5,6) sobre diez.

Tardamos en concluir la discusión; son demasiado dos libros por sesión. Ya con hambre, nos preguntamos qué íbamos a leer. Es complicado ponerse de acuerdo: ¿clásicos o nuevos escritores? Esta vez optamos por algo de Almudena Grandes, que había muerto el día antes de nuestra reunión. En principio era La madre de Frankenstein pero, al saber que se trata de una mujer internada en un manicomio por asesina, cambiamos a Corazón helado con sus casi mil páginas. Total, tenemos tiempo. Fue nuestra última y deliciosa sesión del año, están las fiestas navideñas por delante; algunas Hormigas voladoras van a visitar a sus hijos lejanos, otras nos quedamos aquí, a disfrutar los días más bellos y frescos del año. De todas formas seguimos unidas por el chat y por esta fuerte amistad que ha surgido entre nosotras y la literatura.

De despedida nos llevamos de regalo un nuevo libro de Menena Cottin, El final de la película, que leeremos cuando ella esté en Caracas y podamos compartir la discusión con ella.

Ojalá la Navidad nos traiga buenas noticias; la disminución de la pandemia en el mundo es nuestro principal ruego, y después la recuperación de Venezuela antes de caer en los niveles de violencia de países como Afganistán. Que el Niño Jesús bendiga al Hormiguero y a sus familias y nos traiga un año 2022 de salud y múltiples alegrías. NS

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Una historia de amor

Almudena Grandes le dio literatura al periodo más grave y delicado del siglo XX

 

Almudena Grandes, fallecida hoy

 

Tomado de EL PAÍS de España

 

Juan Cruz

27 nov 2021 – 13:02 ACTUALIZADO: 27 nov 2021 – 13:38 GMT-4

 

Ya formaba parte del mundo de la literatura, no era un satélite, era la pura tierra, había tocado la fama que rodea a los libros, formaba parte de los que más firmaban en las ferias, y aquel día de Sant Jordi Almudena Grandes viajaba melancólica en la parte de atrás del coche que la llevaba al aeropuerto, rumbo al avión que la devolvería a la ciudad que era su pueblo, Madrid. En un momento en que su tristeza parecía iluminar su rostro con otra luz, seguramente la luz del amor, echó atrás su cabeza morena, su pelo negro, sus ojos brillantes y en ese momento rodeados de agua como si le lloviera por dentro, y pareció reposar de un susto o de una alegría. Fue entonces cuando dijo, para que lo oyera su compañero de viaje, los dos callados, ella buscando cómo decir esas dos palabras y él sintiendo que algo tenía que decir, era tan raro verla en silencio tanto rato, ella que había hecho del habla del barrio y de la casa el eco de las historias de sus abuelos, de su padre, de la casa y del barrio y del Atlético de Madrid. Entonces dijo: “Estoy enamorada”.

Aquella historia luego fue dulce y sólida, mereció versos y risas, descendencia, amigos nuevos que se reunían con ella, y ya con ellos dos, el amor y ella, los dos amores juntos en una casa en el barrio en el que Larra tiene su calle y ellos, su domicilio. Allí estaba su estudio minuciosamente limpio, sus libros de la historia de España, la guerra y sus consecuencias, sus héroes vencidos, atraídos hacia el triunfo de la letra impresa, personas que fueron ninguneadas por la historia a los que ella salvó de esa quema y los hizo ser de nuevo vivos en un país al que ya nadie ni nada les iba a quitar la desgracia de haber sido perseguidos sin que mediara delito o lucha. Ella les dio el resplandor, los buscó hasta debajo del suelo que había sido pisoteado por la maldad de la metralla y del olvido, y la veías caminar por esos pueblos aterrados, recibiendo en ellos el aplauso por haber rescatado para España lo que fue propio de España, aunque durante años fuera silenciado, enterrado, roto y olvidado.

Ella fue el recuerdo revivido de lo que había sido preterido, perseguido, encarcelado; ella le dio literatura al periodo más grave y delicado del siglo XX, y lo hacía allí, en ese cuarto que parecía una casa republicana, el silencio que hacía ligero sus muebles sobre los que pesaban los libros, los de su enamorado y los suyos, cada uno por su lado con sus bibliotecas, uno con sus versos, que eran muchas veces para ella, y ella, morena, robusta, risueña, a veces rabiosa porque por ahí le sonaban tambores que presagiaban lo mismo que ella ya había contado sobre su país a veces bello y a veces negro o descuidado. De sus pasiones nacieron sus libros, y los escribió ahí, en ese cuarto al que alguna vez se asomaron periodistas, este periodista también, para ver de qué silencio provenía su modo de explicar el sufrimiento y también la vida sobre la que ella escribió como si tocara la piel de la España que no quiso que fuera niebla final, nada.

Escribió historias y cuentos, pero en la casa era también la anfitriona de poetas, editores; con los editores en particular tuvo amores laicos, feraces, y nadie como Toni López, que la precedió tantos años antes en las prematuras despedidas, supo cuánto había de esfuerzo y de generosidad en aquella mujer que devolvía ciento por uno lo que recibía de sus amigos, de los que la escucharon decir que no solo era aquella muchacha que hizo brillar, con un libro erótico, el atrevimiento musical y telúrico de su literatura, sino que iba a ser, como Pérez Galdós en otro tiempo, la cronista, la novelista, la testigo postrera de las hazañas tristes pero nobles de un país desesperado.

Se la vio en ferias y coloquios, se la escuchó en las radios y en las televisiones, se la leyó en este periódico, por ejemplo, fue la visitante más generosa de la escritura ajena, pero por esas casualidades de la vida siempre que la veo y la recuerdo, y ahora mismo también, es aquella chica que, rejuvenecida por el aire de la noticia, esa tarde echó hacia atrás su cabeza en el taxi que la llevaba de Sant Jordi al Prat y dijo, como una adolescente: “Estoy enamorada”. ¶

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Más fotografías de la grande Almudena Grandes.

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Primer amor

Primer amor | Por Cristina Peri Rossi

La insumisa’, libro de Cristina Peri Rossi. (Foto: Federico Anfitt | EFE)

 

Con autorización de Menoscuarto Ediciones, publicamos el siguiente fragmento de La insumisa, la más reciente novela de la poeta, narradora y traductora uruguaya galardonada con el Premio Cervantes 2021.

Tomado de MILENIO

 

Laberinto – Ciudad de México / 19.11.2021 21:13:30

 

La primera vez que me declaré a mi madre, tenía tres años (según los biólogos, los primeros años de nuestra vida son los más inteligentes. El resto es cultura, información, adiestramiento). Yo tenía propósitos serios: pretendía casarme con ella. El matrimonio de mi madre (del cual fui un fruto temprano) había sido un fracaso, y ella estaba triste y angustiada. Los animales domésticos comprenden instintivamente las emociones y los sentimientos de los seres y procuran acompañarlos, consolarlos: yo era un animal doméstico de tres años.

El escaso tiempo que mi padre estaba en casa (aparecer y desaparecer sin aviso era una forma de poder) discutían, se hacían mutuos reproches y por el aire —como una nube negra, de tormenta— planeaba una oscura amenaza. En cambio, mi madre y yo éramos una pareja perfecta. Teníamos los mismos gustos (la música clásica, los cuentos tradicionales, la poesía y la ciencia), compartíamos los juegos, las emociones, las alegrías y los temores. ¿Qué más podría pedirse a una pareja? No éramos, por lo demás, completamente iguales. A los tres años yo tenía un agudo instinto de aventura, del que mi madre carecía (o el matrimonio lo había anulado), y un amor por la fauna y la flora que a mi madre le parecía un poco vulgar. Aun así, me permitió criar un zorro, un malhumorado avestruz y varios conejos.

Pero a diferencia de mis progenitores, mi madre y yo, siempre que surgía un conflicto, sabíamos negociar. Cuando me encapriché con un bebé de elefante, en el zoo, y manifesté que no estaba dispuesta a regresar a casa sin él, mi madre me ofreció, a cambio, un pequeño ternero, que pude criar en el jardín trasero. (Sospecho que mi padre se lo comió. Un día, cuando me desperté, el ternerito ya no estaba pastando en el césped. Mi padre, ese día, hizo asado.) Mi madre escuchó muy atentamente mi proposición. (Siempre me escuchaba muy atentamente, como debe hacerse con los niños.) Creo que se sintió halagada. El desgraciado matrimonio con mi padre la hacía sentirse muy desdichada, y necesitaba ser amada tiernamente, respetada, admirada; comprendió que todos esos sentimientos (más un fuerte deseo de reparación) yo se los ofrecía de manera generosa y desprendida, como una trovadora medieval. Después de haber escuchado atentamente mi proposición, mi madre me dijo que ella también me quería mucho, que era la única alegría de su vida, más bien triste, y que agradecía mi afecto, mi comprensión y todo el amor que yo le proporcionaba. Me parecieron unas palabras muy justas, una adecuada descripción de nuestra relación. Ahora bien —me explicó mi madre—: nuestro matrimonio no podía celebrarse, por el momento, dado que yo todavía era muy pequeña. Era una razón que yo podía comprender. Mi madre era una mujer bellísima (tenía unos enormes ojos “color del tiempo”. La descripción la encontré, años después, en una novela de Pierre Loti), inteligente, culta, aunque frágil y asustada. Yo estaba dispuesta a protegerla (algo que mi padre no había hecho), aunque yo misma estuviera asustada muchas veces: el amor es generoso. También estaba dispuesta a esperar todo el tiempo que hiciera falta para casarnos. Siempre le agradeceré a mi madre que me hubiera dado esa respuesta. No desestimó mi proposición, no me decepcionó, sino que estableció un motivo razonable y justo para posponer nuestra boda. Además, me estimuló a crecer. Desde ese día, intenté comer más (era bastante inapetente), acepté las vitaminas y el horroroso aceite de hígado de bacalao, con la esperanza de acelerar mi crecimiento, y alcanzar, por fin, el tamaño y la edad suficientes como para casarme con ella. Por entonces, los parientes, los vecinos y todos esos adultos tontos y fracasados tenían la fea costumbre de preguntar a los niños qué harían cuando fueran mayores. Yo, con absoluta convicción y seguridad, respondía: “Me casaré con mi madre”. Imaginaba un futuro celestial, lleno de paz y de armonía, de lecturas fabulosas, paseos apasionantes, veladas de ópera (mi madre tenía una maravillosa voz de soprano), ternura, complicidad y felicidad. ¿Qué más podía pedir una pareja? Mientras crecía (más lentamente de lo que yo hubiera deseado), renovaba, cada tanto, la promesa de matrimonio que le había hecho a mi madre. No sabía aún que los trovadores tenían una sola dama (lejana), pero intuía que debía ser así. Un amor eterno, delicado, fiel y cortés.​ ¶

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