El blog de Las Hormigas

¡Saludos formíceos! Desde Caracas, Venezuela, le damos la más cordial de las bienvenidas a este registro de actividades del club de lectura Las Hormigas.

Never

Tomado de El Español – Libros/Literatura

La nueva novela de Ken Follett sobre una III Guerra Mundial: “Es el mejor libro que he escrito”. El autor británico se aleja de la novela histórica y presenta ‘Never’ (Plaza Janés), obra cuya trama concurre principalmente en el desierto del norte de África y que verá la luz el 9 de noviembre de este 2021.

Otra vez con nosotros

 

Si Ken Follett regresaba a sus orígenes el pasado 15 de septiembre con Las tinieblas y el alba, una precuela de Los pilares de la Tierra, el autor sorprende este abril con el anuncio de una nueva novela que dará mucho de qué hablar: Never. Tras la cercanía al género que le empujó al éxito, esta nueva obra le aleja de su zona de confort y del estilo al que nos tiene acostumbrados.

Creo que es el mejor libro que he escrito. Siento no ser modesto”, ha desvelado el escritor en la rueda de prensa convocada por la Foreign Press Association, donde ha dado las claves acerca de su nuevo proyecto. Never se enfoca en los países del norte de África, principalmente en Chad, un enorme país fundamentalmente desértico con grandes reservas petroleras. La protagonista, y según indica el británico su personaje favorito en la historia que construye, se llama Tamara. Nacida en Chicago, se encuentra instalada en la base de la CIA del país norafricano, tratando de evitar un conflicto mundial y lidiando con grupos terroristas de la zona.

Aunque no ha querido revelar demasiado sobre su libro para que cada detalle sea novedoso para el lector, sí ha explicado que en esta crisis estará presente la presidenta de los Estados Unidos, una figura ficticia a la que ha querido dotar de feminidad y autoridad.

No todo se basará en política y guerra. El amor, en lo que concierne al personaje de Tamara, será uno de los puntos de inflexión de la narración. El libro será publicado en Estados Unidos y Reino Unido el 9 de noviembre y en esa misma fecha o poco después en la mayoría de los demás países.

Pese a aventurarse en un nuevo proyecto geopolítico, el escritor tranquiliza a los amantes de sus libros ambientados en el pasado. “Nunca me aburro de escribir novelas históricas. No es el género, es la historia lo que me hace escribir. Si se me ocurriera otra historia del siglo XVIII lo haría”, matiza.

En este sentido, Follett se ha inspirado en el comienzo de la Primera Guerra Mundial. La contienda, que tuvo lugar entre los años 1914 y 1918, fue una derrota de la diplomacia y un conflicto sin precedentes hasta la época. Nadie, ni siquiera los líderes políticos que la iniciaron, pensaron que duraría más de dos semanas.

El autor trae al presente, a esta época de tensión entre las grandes potencias, la posibilidad de que estalle una Tercera Guerra Mundial. “Creíamos que la Guerra Fría estaba superada pero todos los peligros siguen ahí”, declara. “Los grandes países están armados hasta los dientes”, agrega.

Desde que Ken Follett se sumergiera en el campo de la literatura ha vendido más de 176 millones de ejemplares de sus 36 libros en 80 países y 33 idiomas. Su primer best seller fue El ojo de la aguja (1978), una historia de espionaje ambientada en la Segunda Guerra Mundial.

En 1995, la Mystery Writers of America lo incluyó en su lista de las cien mejores novelas de misterio de todos los tiempos. Con Never trata de retomar ese carácter misterioso desde la contemporaneidad, con un tema mucho más cercano para sus lectores y que a la vez impacta por su carácter distópico.

“Sigue una trama de forma muy directa”, apunta Follett y asegura que esta nueva novela será más que un thriller. De hecho, considera que la construcción de la historia, así como la tensión que mantiene, se plasma en cada capítulo y escena que se describe.

“La portada es diferente, el título es diferente, la historia es diferente…” Así ha resumido el británico de 71 años el libro que verá la luz en noviembre de 2021. Washington, el desierto del Sáhara y Pekín se verán conectados en una novela que mantendrá la incertidumbre sobre cómo terminará “hasta la última página”. ¶

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Dos soledades

Tomado de El Espectador

Una conversación entre García Márquez y Vargas Llosa sobre la novela latinoamericana

Gabriel García Márquez publicó “Cien años de soledad” en mayo de 1967. Cuando el escritor colombiano sostuvo la conversación con Vargas Llosa, en septiembre de ese mismo año, ya había vendido varias copias de su libro. / Archivo

 

Cultura 21 abr 2021 – 12:24 p. m.

Por: Agencia EFE, Carmen Naranjo

 

Dos soledades. Un diálogo sobre la novela en América Latina retoma la conversación que tuvieron Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa en la Universidad Nacional de Ingeniería de Lima en 1967. Reflexiones sobre el por qué de la escritura y del rol de los autores y de los lectores en América Latina rememoran el diálogo entre los dos premios Nobel.

En 1967, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa se reunieron para hablar de literatura latinoamericana, una conversación “perdida” entre dos premios Nobel publicada ahora en un libro que, dice el prologuista Juan Gabriel Vásquez, contiene más lecciones que cualquier universidad. Dos soledades. Un diálogo sobre la novela en América Latina recoge dicha conversación, que tuvo lugar en la Universidad Nacional de Ingeniería de Lima entre el 5 y el 7 de septiembre de 1967, y que se ha recuperado tras estar muchos años “fuera del mundo”, solo encontrada en ediciones piratas, según asegura el colombiano Juan Gabriel Vásquez.

El escritor destaca que una de las “maravillas” de este diálogo es “capturar” a sus actores en el momento en el que el fenómeno del boom comienza a tomar forma. Cuando se encontraron en Lima, García Márquez ya había vendido varios ejemplares de Cien años de soledad y Vargas Llosa acababa de ganar el Premio Rómulo Gallegos por La casa verde. En Dos soledades los autores se sientan a hablar de literatura latinoamericana, cuando todavía no se había acuñado el nombre de lo que hoy se conoce como “realismo mágico”. “¿Para qué crees que sirves tú como escritor?”, fue la primera pregunta que le hizo Vargas Llosa a García Márquez. El colombiano le respondió: “Yo tengo la impresión de que empecé a ser escritor cuando me di cuenta de que no servía para nada”, relató para agregar que, en ese momento, el hecho de escribir obedecía “a una vocación apremiante”.

También le pregunta por el incipiente boom de la literatura latinoamericana: “¿A qué se debe este fenómeno? ¿Qué es lo que ha ocurrido?”. “No sé si el fenómeno del boom es en realidad un boom de escritores o un boom de lectores”, considera el autor de Cien años de soledad, quien agrega: “Hemos decidido que lo más importante es seguir nuestra vocación de escritores y que los lectores se han dado cuenta de ello. En el momento que los libros eran realmente buenos, aparecieron los lectores. Eso es formidable. Yo creo, por eso, que es un boom de lectores”. Vargas Llosa explica que antes el lector latinoamericano tenía un prejuicio respecto a cualquier escritor latinoamericano y pensaba que por el hecho de serlo era malo (si no demostraba lo contrario), a la inversa de lo que ocurría con autores europeos. Pero ahora—decía—“ocurre exactamente lo contrario. El público del autor latinoamericano ha crecido enormemente, hay una audiencia realmente asombrosa para los novelistas latinoamericanos, no solo en América Latina sino en Europa y Estados Unidos”.

La conversación muestra las dos formas de entender la literatura, dos formas diferentes de narrar. “Aquí está ese Vargas Llosa: el novelista-crítico, dueño de una conciencia exacerbada de su oficio, siempre con el bisturí en la mano. Al lado, García Márquez hace grandes esfuerzos por defender su imagen de narrador instintivo, casi salvaje, alérgico a la teoría y mal explicador de sí mismo o de sus libros”, dice Vásquez. Aunque, en realidad, no era así. “García Márquez sabía muy bien para qué servía cada uno de los destornilladores de su caja de herramientas. Y conocía muy bien, como todo gran novelista, el arte de leer”, agrega Vásquez. El diálogo es también una puesta en escena de dos maneras opuestas de entender el oficio de novelista. “Cuando García Márquez asegura, por ejemplo, que en la adolescencia ya tenía el primer párrafo de Cien años de soledad idéntico al que aparece en el libro, sabemos que está mintiendo. Pero esa mentira es una extensión de su propia voracidad narrativa, que quiere construir desde ya—y meticulosamente—la leyenda de sí mismo”, puntualiza Vásquez.

La recuperación de esta conversación, que fue editada en su día por la universidad que los albergó, incluye además textos de varios testigos de aquel encuentro, como Luis Rodríguez Pastor, José Miguel Oviedo, Abelardo Oquendo, Abelardo Sánchez León y Ricardo González Vigil. Así, el fallecido editor y crítico literario peruano Abelardo Oquendo, a quien Mario Vargas Llosa dedicó su libro Conversación en la Catedral, rememoraba que este tomó el papel de entrevistador, situando a García Márquez en el centro de atención. Y explicaba cómo el diálogo, que fusionaba vida y literatura, teoría y práctica, imaginación y realidad, se impregnó “de la magia narrativa” de ambos, pues “nadie advertía el paso del tiempo”. ¶

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De Venerable a Beato

Tomado del Blog de Dr. Político

Desde hoy es el Beato José Gregorio

 

A Su Eminencia Baltazar Cardenal Porras, líder del proceso

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Con fecha de hoy [26 de octubre de 2020] se ha procedido, en la Iglesia de Nuestra Señora de La Candelaria, a la exhumación de los restos de José Gregorio Hernández, como paso previo a su definitiva beatificación. El acto fue dirigido por el cardenal Porras en su condición de Administrador Apostólico de la Arquidiócesis de Caracas, e incluyó palabras de su purpurado colega, Jorge Urosa Savino, Arzobispo titular.

Una pareja marabina fallecida en Caracas, la formada por Juan Eduardo Bustamante y María Durán de Eduardo, tuvo una amistad especial en confianza e intimidad con el Dr. Hernández, como testimoniara mi esposa, Cecilia Ignacia Sucre Anderson, en su libro: Alicia Eduardo – Una parte de la vida. (Edición de la Fundación Empresas Polar, 2009). Los aludidos eran sus bisabuelos paternos, padres de Alicia Eduardo, la madre de la docena de hermanos Sucre Eduardo.* No debe extrañar, por tanto, las repetidas menciones en su texto del Dr. Hernández, que además de santa persona fue gloria científica de Venezuela.

Acá transcribo los pasajes de Una parte de la vida donde lo nombra:

 

Capítulo III

Juan Pablo no podía dormir. Fue de nuevo al cuarto de las niñas, tres ahora con una nueva pequeña, para asegurarse de que estaban bien. Tocó sus frentes con cuidado de no despertarlas, pero Alicia abrió los ojos cuando su padre puso sus dedos frescos en su cara. Ella sonrió y él la bendijo, cerrando sus párpados con suaves besos. Le preocupaba mucho la salud de sus hijas; iba a sus cuartos varias veces por la noche para comprobar que estuvieran bien. Era una costumbre que lo tranquilizaba, pues estaba seguro de que podría salvar a las niñas de las enfermedades comunes en aquellos días si descubría a tiempo cualquier quebranto. Jadeando un poco por aquel sencillo recorrido, fue al baño de nuevo antes de acostarse a luchar contra el desvelo.

Él mismo no se sentía bien; la indisposición estomacal persistía. Pensó que tendría que pasar por la consulta del doctor José Gregorio Hernández,** su médico de cabecera, pues había aumentado de peso, sus pies estaban inflamados y había tenido palpitaciones en el pecho y mucha debilidad. Pero lo peor era la falta de concentración y el desgano que sentía constantemente. La administración de las casas, su trabajo habitual, le causaba un agotamiento que lo preocupaba. El insomnio lo había estado acosando últimamente y aquella madrugada no parecía ser distinta, más con el calor y la humedad de aquellos últimos días del mes de octubre de 1900.

Después de leer un rato, pasadas las cuatro de la mañana, se quedó semidormido. Sentía su cuerpo en total reposo y hasta roncaba rítmicamente, pero de algún modo su mente estaba despierta y alerta. Sumido en el letargo escuchaba, por más que no quería, cómo aullaban los perros de forma extraña, como si anunciaran algo indefinido e inminente. De pronto escuchó un ruido sordo, un rugido pavoroso que crecía acompañando una violenta sacudida de la tierra. Las cosas que caían al piso haciéndose pedazos terminaron de despertarlo. Se levantó, y tuvo que luchar con la puerta de dos hojas que se había atascado. Con un empujón logró abrirla de par en par y corrió hacia el patio. Volvió a acosarlo el malestar, pero era tan fuerte su miedo por el sobrecogedor terremoto que no lo tomó en cuenta. Escuchó gritos, y pudo ver cómo se desprendía el techo sobre el sitio donde segundos antes descansara y que un amasijo de la intrincada red de caña brava y tejas de arcilla ocupaba ahora su lugar en la cama.

Dio gracias por haber corrido a tiempo, pero se percató con horror de que su familia, su tesoro, podía quedar sepultada bajo kilos de escombros. Tenía que salvarla. A partir de ese momento, corrió varias veces por la rampa que llevaba al patio de arriba, para verse invariablemente devuelto al mismo sitio, pues los espasmódicos movimientos no lo dejaban avanzar. Sentía los alaridos de sus hijas, que paradójicamente lo tranquilizaron. Estaban vivas, pensó agradecido, pero no podía llegar hasta ellas. Sintió un fuerte dolor en el brazo izquierdo, un puño enorme que le retorcía el corazón y lo dejaba sin resuello, justo cuando la tierra se calmaba y dejaba de temblar. El clamor terrestre había cesado, para ser suplantado por la cacofonía de los gritos, las jaculatorias en voz alta y los lamentos que escuchaba venir de todas partes.

Escuchó que María gritaba su nombre y pudo por fin llegar adonde estaba el resto de la familia, a la que tranquilizó lo mejor que pudo. Todos, familia y criadas, estaban bien; María cargaba a la más pequeña, nacida dos años antes. Juan intentó moverse, pero Alicia y María Teresa se abrazaron a cada una de sus piernas y no quisieron zafarse de ellas. Entonces comenzó otro temblor de tierra, que hizo que parte del cielorraso se rajara y cayera más techo con espantoso estruendo. Oyó a la araña del comedor, a la que mientras subía había visto bambolearse, cuando se desplomaba y hacía añicos con ruido de mil cristales rotos.

Un dolor insoportable le atravesó el pecho como una flecha ardiente y, pensando que se moría, se encomendó seguramente a Dios y no supo más de sí.

La insistente voz de María, llamándolo cerca de su oído, lo sacó de la profundidad de su inconsciencia. Respiraba en el ambiente el húmedo polvo del terremoto, pero él estaba vivo. La cara de su amada fue lo primero que vio cuando abrió los ojos a la luz del amanecer, y supo que ella estaba bien y también las niñas, porque estaban a su lado observándolo con ojos asustados y las cabezas llenas de cascote y polvo gris. Cada vez que intentaba moverse o levantarse del suelo, sentía un dolor que lo abatía en el pecho y en el brazo izquierdo, y palpitaciones que le hacían doler hasta los dientes. Cuando pudo hablar pidió que le trajeran algo donde sentarse. Buscaron de inmediato la mecedora del cuarto de María, y las mujeres de la casa, ayudadas por las niñas, cargaron al hombre hasta la silla. La maniobra le causó un breve colapso, del que sólo se recuperó después de que le dieran un trago de ron de una botella que milagrosamente se había salvado del siniestro.

María, reaccionando sabiamente ante la calamidad, mandó a buscar al médico y pidió con autoridad a las criadas que comenzaran a recoger el estropicio. Le rogó a Juan que no hablara, que se estuviera quieto. Le contó que había despertado cuando el crucifijo de la cabecera de su cama cayó sobre ella y, al percatarse del temblor, corrió al cuarto de al lado y tomó a la bebé en sus brazos, pensando en él y en sus otras hijas. Le dijo que lo amaba, le pidió que se estuviera quieto y con suaves arrumacos lo fue tranquilizando, asegurándole que pronto vendría el doctor. Arropándolo con cariño pudo ver, aliviada, que su marido se dormía.

Al fin, cerca del mediodía, entró de sombrero puesto el doctor Hernández. Después de examinar cuidadosamente a Juan Pablo, dictaminó que había tenido un ataque al corazón, y que era mejor trasladarlo hasta una cama con mucha precaución, darle los medicamentos que recetaría y cuidarlo con amor. Les refirió impresionado, mientras compartía con ellos una taza de sopa, que tuvo que atender varios heridos de gravedad afectados por el sismo, y se decía que había algunos muertos y un inmenso desastre. Los habitantes de Caracas se habían echado a la calle, atemorizados por las numerosas réplicas y el latente recuerdo del terremoto que en 1812 había destrozado la ciudad. Hasta el presidente Castro, en paños menores, se había lanzado desde el balcón del segundo piso de la Casa Amarilla, el que daba a la calle entre las esquinas de Principal y Conde, y se había fracturado un pie. Lo habían acostado en plena plaza Bolívar sobre un colchón. Contó que tanto la Bolívar como todas las demás plazas se habían llenado de gente, y en el laguito del Paraíso se había improvisado un rústico campamento, pues muchas personas habían huido de las calles excesivamente edificadas del centro de la ciudad. Algunos matrimonios de apuro se habían celebrado en las barracas, por el temor de una catástrofe inminente. A pesar de que los daños no eran muchos, la gente estaba muy asustada.

Ante la ocurrencia de más repeticiones, Juan se opuso con terquedad a ser trasladado hasta la cama. Aseguró que no se movería pues estaba muy bien en la mecedora, y que prefería permanecer en ella, en el medio del patio. El médico estuvo de acuerdo y recomendó no contradecirlo. Allí se quedó. Esa noche, la familia compartió el techo único del cielo con casi todos los pobladores de Caracas, pues “…los ánimos estaban acobardados. Circulaban predicciones horribles; se temían verdaderas catástrofes. Llegó a decirse que en el Observatorio Cajigal ondeaba una bandera negra, señal de futuros desastres. Pero lo peor eran los sacudimientos que seguían produciéndose… Caracas se puso tétrica. Durante todo un mes no cesó de temblar, ni de día ni de noche. Todo el que pudo hacerlo salió de la ciudad para los campos vecinos. Los que no tenían donde refugiarse se acogían a la estación del ferrocarril, a dormir en los vagones del tren, o en las plazas donde instalaban sus tiendas. Hubo mujeres que dieron a luz en estos sitios públicos. La ciudad quedó desierta. De noche no se veía ni un alma por esas calles. Y cuando temblaba subía un impresionante clamor: ‘misericordia, misericordia’, acompañado del ladrido de los perros”.

Un mes después, cuando una cierta calma había vuelto a la ciudad y ya hacía tiempo que los muertos habían sido enterrados, María intentó convencer otra vez a Juan de pasarse a la cama. Pero de nuevo él se negó rotundamente, y permaneció allí sin despegarse de su asiento para nada. Desde la silla supervisaría después, como sabio maestro de obras, a los albañiles que arreglaron el techo de la casa. Sus amigos, y el mismo doctor Hernández cuando le hacía su examen médico semanal, le contaban los estragos que había producido el terremoto de cuarenta y cinco segundos, con sus doscientas cincuenta réplicas.

(…)

Se deterioraba rápidamente frente a los ojos de María. Tenía los pies y el abdomen inflamados, aunque casi no comía por las constantes náuseas y vómitos. Le costaba mucho respirar y se le notaban visiblemente inflamadas las venas del cuello. Cada vez se sentía más indispuesto. Por su insomnio y su gravedad llenaron de paja la calle del frente, “para mitigar el ruido que hacían las llantas de hierro de los coches sobre el empedrado”. Juan desesperaba al considerar, en las noches interminables, que la tierra con sus sacudidas había alterado su vida, convirtiéndolo en un lisiado fundido a una mecedora, y que de nada le valdrían los buenos negocios, ni las haciendas, ni las casas que había comprado para devolverle la salud. Pronto iba a morir; estaba convencido de ello. Entendió que tendría que ponerse en paz con Dios y arreglar sus cosas. Comenzaron los preparativos para la administración de los bienes que María y las niñas habían de heredar. Quedaron de acuerdo en otorgarle a Francisco Mayz, amigo y administrador confiable, el manejo del patrimonio conyugal mediante un poder registrado en 1901. El 7 de julio de ese año, pasada la media noche, Juan Pablo Eduardo Bustamante, acosado por sus mortificaciones y con el corazón destrozado, murió sentado en su mecedora.

(…)

Para 1906, con el país pacificado bajo la férrea mano de Gómez, la salud de María comenzó a quebrantarse. Fue a ver a José Gregorio Hernández aquejada de fatiga, fiebre leve y sudoración excesiva, la que se presentaba sobre todo por las noches y que en un principio atribuía a su edad. Había perdido peso y sentía una opresión en el pecho, que había ido aumentado con el tiempo desde la muerte de Juan. El doctor Hernández se mostró muy preocupado por el terrible diagnóstico que tuvo que darle a María: tenía tuberculosis. Le pidió que guardara cama y no tosiera sobre las niñas para no contagiarlas, y prometió ir a verla con frecuencia a revisar la salud de ella y de las muchachas, cada vez que lo necesitaran. Cuando le hizo la primera visita en la casa, le pidió a las criadas que estuvieran pendientes de los medicamentos, mantuvieran la habitación de María ventilada, iluminada y limpia, se lavaran las manos antes y después de cada comida con agua y jabón, le pusieran una gotita de lejía al agua de enjuague de los utensilios de la enferma, y recogieran las expectoraciones en una bolsa de papel para ser quemadas en el patio. De inmediato José Gregorio comenzó una terapia con el aceite de chalmoogra*** que hasta ese entonces se usaba para tratar los enfermos de lepra, pero era el medicamento que el sabio médico venía utilizando con mayor éxito en el tratamiento de la mortal enfermedad. Cada cierto tiempo le ponía una dolorosa inyección del aceite a María, quien al principio, y con los cuidados del buen doctor, comenzó a mejorar.

(…)

La salud de María Durán había empeorado en el último año, y auxiliada por Francisco Mayz puso en orden sus cosas, disponiendo con tiempo y serenidad de lo que, gracias al arduo trabajo de Juan, les dejaría a sus hijas. Para ella era una gran mortificación pensar que tuviera que abandonarlas, pero los días pasaron y la tos era constante y los pañuelos se manchaban con sangre cuando tenía los accesos. Sufría de disnea y tenía un fuerte dolor en la punta de un costado. Muchas veces tenía fiebre muy alta, que la hacía sudar copiosamente y sentirse agotada. Un día, cuando José Gregorio Hernández llegó a la casa de improviso, se encontró a la pequeña Margot acostada en la cama de su madre, abrazada a ella. El médico regañó a María por poner a la niña en peligro de contagio. Ni el consuelo del contacto con sus hijas le estaba permitido.

(…)

En vista del agravamiento de su salud, puso por escrito su última voluntad. Le pidió a Mayz que continuara ocupándose del patrimonio después de que ella muriese. Juntos elaboraron una lista de las personas idóneas para formar un consejo de tutela que se ocupara de sus niñas cuando ella faltara. Fue un proceso doloroso y complicado que la entristeció mucho, pero consiguió dejar organizado el cuidado de sus hijas en manos de su amiga Carlota Cuello de Fleury, esposa del también amigo de Juan, Carlos Fleury. La pareja le juró a María cuidarlas con dedicación.

María Durán amplió el consejo de tutela, que en principio estaba formado por Carlos Fleury y Francisco Javier Mayz, con la incorporación de cinco personas más de su total confianza, incluyendo a su médico y amigo de tantos años, José Gregorio Hernández.

(…)

Francisco J. Mayz, cumpliendo con lo que María tenía dispuesto, compró el 9 de enero de 1908 en 16.000 bolívares una casa en la calle Sur 10 de la parroquia San Juan, entre las esquinas de Quebrada y Pescador. Esta compra se realizó justamente el día antes de la muerte de María, quien venía sufriendo de intensos dolores de cabeza y seguía con fiebre muy alta. No retenía alimentos a causa de los constantes vómitos, y después de sufrir varias convulsiones murió el 10 de enero de 1908, antes de cumplir los cincuenta y dos años de edad.****

(…)

Siete días después estaban en el juzgado los señores Francisco (Pancho) Larrazábal Fagúndez, José Gregorio Hernández, Charles Röhl y Otto Römer, quienes habían sido llamados por el juez para ser informados de su designación como miembros del consejo de tutela. El 20 de enero, el doctor José Gregorio Hernández presentó sus excusas ante el juez y declinó participar en el consejo “debido a sus múltiples ocupaciones”. Entonces fue llamado en su lugar Pedro Larrazábal, el adorado profesor de María Teresa y hermano de Pancho, para formar parte del consejo tutelar, quien aceptó de inmediato la responsabilidad.

 

Capítulo V

Josefina y Graziella***** vieron con sus propios ojos el tamaño del mundo, y le tocaron a cuatro manos los valses criollos en el pabellón de Venezuela. En el Grand Hotel de París tocaron para la corte del ex presidente Guzmán, como tantas veces lo hicieran para muy pocos oídos afortunados en tardes caraqueñas. Compartieron con Arturo Michelena cuando presenciaron la inauguración de la Torre Eiffel, y admiraron la obra que él pintara para esa Exposición Universal. La pintura, un teatral cuadro de Carlota Corday camino al cadalso, que recrea la atmósfera del instante retratado con impactante realismo, obtuvo medalla de oro. Naturalmente, esto fue considerado en Venezuela un triunfo, que fue celebrado de manera estruendosa. Otro pintor venezolano, Emilio Boggio, ganó medalla de bronce.

La pintura de Michelena

Los venezolanos que estaban en París se alegraron también con la medalla de oro que otorgaron a Vicente Marcano en química agronómica, por su muestra de diversos tipos de guano de aves de nuestras cuevas. El mismo Marcano montó en el pabellón de Venezuela, cuya fachada era copia exacta de la catedral de Caracas y estaba situado al lado del templo inca del Ecuador, un mapa geológico del país con muestras de minerales nativos que fue muy elogiado. En la espaciosa sala se exponía además “…muestra de café, y pilones de su panela dulce, y libros de versos y de ingeniería, y zapatos ligeros y finos”. Los visitantes del pabellón venezolano también pudieron descubrir algunos de nuestros típicos productos alimenticios, como lairén, apio, ocumo, ñame, batata, mamón y yuca, y asimismo muestras de más de veinte aguas termominerales, tejidos, cestería y artesanía indígena.

La medalla de oro al mejor violín expuesto también estuvo relacionada con Venezuela. El instrumento****** fue comprado por José Gregorio Hernández, quien se encontraba en la ciudad estudiando en el laboratorio de histología de Mathias Duval, mientras conseguía el instrumental necesario para el Laboratorio de Fisiología Experimental del Hospital Vargas de Caracas. El médico tocaba ese violín esporádicamente, y terminó regalándolo a un sobrino al abandonar todas sus posesiones para ingresar a la Cartuja de Lucca.

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La docena de los Sucre-Eduardo y sus padres tuvieron como rasgo distintivo el fervor religioso. En el prólogo al libro de mi esposa que tuve el honor de escribir, dejé esta constancia:

Y es que para hablar con propiedad de los Sucre Eduardo se requeriría oficio de antropólogo, puesto que hay una cultura Sucre Eduardo. Seguramente es su primer rasgo distintivo la religiosidad. Don Andrés y Doña Alicia fueron católicos fervientes, y decir Sucre Eduardo es decir Loyola, y no sólo por el deporte. En recuerdo del cura Gustavo también Hernando habría considerado el sacerdocio como vocación, tal como le confiara en una carta, y son las innumerables misas en familia, en fechas especiales del santoral o en recuerdo de los muertos, ocasión a la vez de recogimiento y regocijo, y no pocas terminan en condumio copioso, recientemente en areperas.

Antes dije del “cura Sucre”:

Al padre Gustavo Sucre S.J., verdadera columna vertebral de la Universidad Católica Andrés Bello, su Decano de la Facultad de Economía y su Secretario por muchos años. La universidad quiso premiarle con un especialísimo Doctorado Honoris Causa en Derecho, pues como cuenta el jurista José Luís Aguilar Gorrondona, quería ser abogado y sacrificó su interés al de la universidad, que tenía demasiados hombres de leyes cuando carecía de quienes supieran ciencia económica. No hay misas que den más paz y más sucintas que las que oficia, en cuyos escuetos y pertinentes sermones nunca falta una balsámica nota de humor.

** “Sabio y santo que murió tiempo después en la esquina de Amadores, al bajarse del tranvía de La Pastora que llegaba hasta la esquina de Tajamar. Iba este tranvía pegado a la acera norte, vereda del Guanábano, y José Gregorio se bajó del lado sur de la calle y un carro lo atropelló”. Nota de Andrés Sucre Eduardo.

*** También chaulmoogra, Ginocarda odorata. En sesión de la Academia de Medicina en 1918, Hernández presenta una nota provisional al respecto, la cual finaliza así: “Aunque esta es una comunicación preliminar, pues no hemos tenido el tiempo suficiente para un estudio definido, podemos sin embargo deducir de nuestro trabajo las conclusiones siguientes: el aceite de chaulmoogra ciertamente mata al bacilo de Koch, los enfermos tratados mejoran su estado general después de la inyección… las inyecciones de uno o dos c.c. separados por largos intervalos es lo mejor…”

**** Una certificación que se refiere al acta de defunción de María Durán, firmada por su médico de cabecera, el Siervo de Dios doctor José Gregorio Hernández, la guarda Gustavo Larrazábal Eduardo.

***** Josefina Sucre de Sucre (bisabuela de mi esposa) y Graziella Calcaño Sánchez (tía bisabuela del suscrito) fueron grandes amigas que coincidieron, como estupendas pianistas que eran, en la Exposición Internacional de París de 1889 que celebraba el centenario de la revolución que daría origen a la República Francesa.

****** Elaborado por C. Jean Baptiste Collin-Mezin, quien está catalogado como uno de los mejores luthiers franceses; sus diseños siguen la tradición de los famosos luthiers italianos—Stradivarius, Guarneri y Amati—, aunque él desarrolló su propio barniz único; sus violines son elaborados artesanalmente, trabajando muy finamente cada detalle. Reporte Católico Laico.

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Nuestro insólito Rafael Sylva dedicó uno de sus magníficos programas al deceso de José Gregorio Hernández. Helo aquí, tomado de YouTube:

 

Lino Sutil, citado en la transmisión, era el seudónimo de su padre homónimo, quien era poeta y escribía para El Universal.

LEA

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Lluvia fina

El Hormiguero en Zoom

 

Todas las familias felices se parecen, pero las familias desgraciadas lo son a su manera.

León Tolstói

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Lluvia fina

El jueves 22 de abril de 2021, Carmen Tahio, la novia del año, a pesar de todo lo que tenía que hacer para su matrimonio del sábado a las ocho de la mañana, organizó y condujo el Zoom de las Hormigas. Como es natural, casi toda la primera etapa fue para vernos después de tanto tiempo, medio ponernos al día y por sobre todas las cosas hablar del matrimonio: el vestido, cuáles zapatos usar despues de una torcedura y las peripecias para casarse en la Nunciatura y sacar los papeles necesarios en Venezuela y en plena pandemia. Sorprendentemente, la reunión fluyó mejor que nunca, se respetó los turnos para hablar y hubo pocos de esos problemas técnicos que otras veces nos habían torturado.

La novela que tocaba—Lluvia fina (Tusquets 2017)—resultó ser un aguacerito blanco para algunas Hormigas, pero para la mayoría fue un chaparrón de desagrados. Es dificil entender qué llevo a Luis Landero Durán (Alburquerque, Badajoz, España, 25 de marzo de 1948) a escribir una novela sobre los siempre dolorosos y angustiosos problemas familiares; ésos que, junto con los secretitos que toda familia tiene, causan divisiones que a veces duran la vida entera y mortifican a todos.

Su prosa es excelente pero no hace innovaciones; no hay nada nuevo en su técnica. Hay un narrador omnisciente y muchos diálogos—buena parte de la trama se desarrolla en conversaciones por teléfono—que son técnicamente excelentes, pero los dimes y diretes de las conversaciones son muy fastidiosos.

Los traumatizados personajes son todos infelices, incapaces de adaptarse y escapar del pasado para hacer futuro. Como siempre, la culpable de todos los traumas es la madre quien, tratando de hacer que fueran felices e interviniendo con toda la fuerza de su ignorancia y su poder, le desgracia la vida a los hijos. Tal vez influyó en su equivocación su propia historia personal, como sobreviviente de una guerra fratricida en España que los enloqueció, destruyó a las familias y las condenó a la miseria.

En el texto no hay rastro de alegría; es un remover de viejos rencores basándose en la interpretación de los recuerdos de cada quien—en este caso todas paranoides—, los que con el tiempo se vuelven personales espejismos borrosos.

Tiene un supuesto final abierto que es un claro suicidio, el que para algunas es perfecto; para otras, en cambio, es una abrupta y absurda manera de cerrar la historia pero, eso sí, acorde con el tono de total desesperanza de la novela.

Lluvia fina fue calificada por las once Hormigas que la leyeron con cinco coma ocho puntos (5,8 ptos). Tal vez, como lectoras, pudimos aprender a no parecernos a sus personajes, de ponernos siempre en el lugar de los demás y tratar de interpretar sus conductas, de dejar pasar por alto “ciertas cosas” para resguardar la paz familiar. Como dice el sabio dicho popular, “A lo pasado, pisado”.

Algunas ya leyeron y otras están avanzadas en la próxima novela del Hormiguero: Aquitania, de Eva García Sáenz de Urturi, que comentaremos por Zoom muy pronto.

NS

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Compatriota destacada

Tomado de El Universal

Importante triunfo de esta venezolana

 

Periodista venezolana Karina Sainz Borgo gana el prestigioso O. Henry Prize de EEUU

El premio O. Henry es el mayor y uno de los más antiguos galardones de ficción corta de Estados Unidos y se otorga desde el año 1919. Además, la de 2021 es la primera edición que incluye literatura extranjera

  • Diario El Universal

24/04/2021 05:03 pm

España.- La periodista venezolana Karina Sainz Borgo (Caracas, 1982), que ya cosecha varios premios gracias a sus obras, ha sido de nuevo galardonada, esta vez con el O. Henry Prize a los mejores relatos cortos de 2021. Sainz Borgo recibe este reconocimiento gracias a “Tijeras” (“Scissors”, en inglés) (Granta).

El premio O. Henry es el mayor y más antiguo galardón de ficción corta de Estados Unidos y se otorga desde el año 1919. Además, las historias de los ganadores se publican anualmente por Anchor Books, explica Vozpópuli.

“Estoy supercontenta, es uno de los premios más antiguos de relato de corto de cuento de Estados Unidos y tiene una nómina larguísima de premiados”, señala la autora. Entre ellos, para Sainz Borgo destaca el trabajo de Joyce Carol Oates, una de las escritoras que más admira.

Además, tal y como anuncia el galardón, la de este año se trata de la primera edición en la que incluyen literatura extranjera. Por ello, la escritora y periodista está “eufórica”. “Es un espaldarazo y es tremendo”, asegura. “Inaugurar el capítulo de traducción me hace muy feliz”, asegura. La traducción de “Tijeras” ha corrido a cargo de Elizabeth Bryer.

La historia de “Tijeras” es la génesis de su último libro, “El tercer país” (Lumen, 2021), es la historia de unas mujeres que van a vender su cabello a la frontera. “Se llama ‘Tijeras’ a una historia de migrantes, unas hijas y una mujer muy mayor que no tienen dinero y, para sobrevivir, tienen que vender su cabello”, explica la autora.

Sainz Borgo explica que empezó a crear este cuento al “escribir en una serie de viajes” que realizó por América Latina.

Premio O. Henry

El galardón recibe el nombre de William Sydney Porter, más conocido por su pseudónimo, O. Henry, escritor americano de ficción corta y conocido, entre otras, por su historia de “The Gift of the Magi”.

Este premio tiene el objetivo, según la organización, de fortalecer el arte de la ficción corta, así como “estimular a los jóvenes escritores”.

El anuncio se hizo público este miércoles, en el que se informó que un total de 20 “estrellas brillantes” han sido galardonadas, entre las que se encuentra la periodista cultural Sainz Borgo.

Además de ella, también serán premiados otros escritores como Daphne Palasi Andreades, por “Brown Girls” (Kenyon Review); David Means, por “Two Nurses, Smoking” (The New Yorker); Sindya Bhanoo, por “Sindya Bhanoo” (Granta); o Crystal Wilkinson, por “Endangered Species: Case 47401” (Story), entre otros.

Congratulations to all the winners of the O. Henry Prize, but especially to @karinasainz, @ebryer, @sindyabhanoo, Caroline Albertine Minor, Caroline Waight and @JiananQian! Of the 20 stories selected, 4 are published by Granta. https://t.co/C7UWgYNWYS

— Granta (@GrantaMag) April 21, 2021

 

“Time” la elige como una de las mejores

Este no es el único reconocimiento que ha recibido la periodista venezolana. El pasado mes de julio, se hizo con el Gran Premio de la Heroína Madame Figaro por su novela “La hija de la española” (2019). Además, en 2019 la revista “Time” eligió esta obra entre los 100 mejores libros del año.¶

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Esta es la verdadera historia detrás del Día del Libro

Un club de lectura que se precie no podía dejar pasar este fecha sin registrarla, y éste toma el texto que sigue de CNN en Español.

William y Miguel

 

LITERATURA

Esta es la verdadera historia detrás del Día del Libro

 

Por CNN Español

04:47 ET(08:47 GMT) 23 Abril, 2021

 

Cada 23 de abril se celebra el Día Internacional del Libro, pero ¿por qué fue elegido este día en especial?

La Unesco lo explica en su página web: el 23 de abril es «un día simbólico» para la literatura mundial «ya que ese día en 1616 fallecieron Cervantes, Shakespeare e Inca Garcilaso de la Vega».

Además, «la fecha también coincide con el nacimiento o la muerte de otros autores prominentes como Maurice Druon, Haldor K. Laxness, Vladimir Nabokov, Josep Pla y Manuel Mejía Vallejo», explica la entidad de la ONU.

Por eso, en 1995, la Conferencia General de la Unesco, que se celebra en París, decidió «rendir un homenaje universal a los libros y autores en esta fecha, alentando a todos, y en particular a los jóvenes, a descubrir el placer de la lectura».

El Día del Libro tiene como objetivo «valorar las irremplazables contribuciones de aquellos quienes han impulsado el progreso social y cultural de la humanidad», dice la Unesco.

 

¿Murieron el mismo día Cervantes y Shakespeare?

Pero, un momento.

¿De verdad Cervantes y Shakespeare murieron el mismo día del mismo año? Siempre se ha dicho eso, pero podría no ser cierto del todo. ¿El motivo? Ciertas costumbres y los calendarios usados por España y Gran Bretaña en aquella época.

Miguel de Cervantes Saavedra no murió el 23 de abril, sino que lo enterraron ese día. En realidad, murió el día antes, el 22 de abril de 1616.

Así lo indica el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte de España en la web conmemorativa del 400 aniversario de la muerte del escritor.

En aquellos tiempos, la costumbre era enterrar al finado al día siguiente de su fallecimiento —algo que continúa hoy en día— y anotar en la partida de defunción la fecha del enterramiento, no de la muerte, tal y como recuerda la agencia EFE.

Es por eso que su muerte pasó a la historia como el día 23 de abril, cuando realmente ocurrió el 22.

¿Y William Shakespeare? En este caso, las referencias de que murió el 23 de abril de 1616 son inequívocas, así lo dice la Enciclopedia Británica, por ejemplo.

Sin embargo, cuando se menciona la fecha se olvida un dato importante: el calendario que regía a Reino Unido en aquella época.

Hasta 1582 todo el mundo occidental se regía por el calendario juliano, impuesto por el emperador romano Julio César. Ese año el papa Gregorio XII creó el suyo propio: el gregoriano, que fue rápidamente implantado en países católicos como España, Francia y Portugal, según relata Aciprensa.com.

Reino Unido no implantó el calendario gregoriano hasta el año 1752, según esta misma página web. Es decir, en 1616, cuando murieron los dos escritores, ambos países se regían por calendarios que diferían en 10 días y, el 23 de abril de Reino Unido era, en España (y la gran parte del mundo occidental), el 3 de mayo de 1616.

Así lo confirmó a CNN en Español también Carlos Mayoral, filólogo español y autor del libro «Empiezo a creer que es mentira», quien describe como «mito, postureo y marketing» el hacer coincidir las dos defunciones.

 

Día del Libro 2021

Cada año, la Unesco y la Unión Internacional de Editores, la Federación Internacional de Libreros y la Federación Internacional de Asociaciones e Instituciones Bibliotecarias seleccionan una capital mundial del libro.

El mandato de la capital del libro empieza cada 23 de abril. Este año, la ciudad designada es Tiflis, Georgia.

Según dice la página de la Unesco, «el programa propuesto por Tiflis, cuyo lema es ‘Ok, ¿entonces tu próximo libro es…?’ se centra en el uso de tecnologías modernas como herramientas poderosas para promover la lectura entre los jóvenes».

Las ciudades designadas Capital Mundial del Libro se comprometen a promover el libro y la lectura y a organizar actividades a lo largo del año.

Entre las anteriores están:

  • Madrid, España (2001)
  • Alejandría, Egipto (2002)
  • Nueva Delhi, India (2003)
  • Amberes, Bélgica (2004)
  • Montreal, Canadá (2005)
  • Turín, Italia (2006)
  • Bogotá, Colombia (2007)
  • Ámsterdam, Países Bajos (2008)
  • Beirut, Líbano (2009)
  • Liubliana, Eslovenia (2010)
  • Buenos Aires, Argentina (2011)
  • Erevan, Armenia (2012)
  • Bangkok, Tailandia (2013)
  • Port Harcourt, Nigeria (2014)
  • Incheon, Corea del Sur (2015)
  • Breslavia, Polonia (2016)
  • Conakry, Guinea (2017)
  • Atenas, Grecia (2018)
  • Sharjah, Emiratos Árabes Unidos (2019)
  • Kuala Lumpur, Malasia (2020)

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Esta noticia ha sido actualizada.

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Comentarios personales sobre lecturas

 

Mujeres del alma mía

Siempre es agradable leer a Isabel Allende (Lima, Perú; 2 de agosto de 1942). Cuenta las historias desde un punto de vista femenino y divertido que atrapa. No todos sus libros son buenos, pero se ha mantenido escribiendo y aprendiendo sin parar para deleite de sus lectores. Me gusta leer ficción casi exclusivamente, pero reconozco que disfruté leyendo Mujeres del alma mía (Plaza & Janés), escrito ya en tiempo de pandemia.

Sus reflexiones y la breve historia de su propia relación con el feminismo, la perenne violación de derechos humanos de las mujeres, en todas las culturas y en todos los tiempos, están bien documentadas. Las historias personales que intercala, con una voz y una cadencia que nos suena familiar—la siento más venezolana que chilena—, distraen el tono de discurso del texto. Es un libro corto y fácil de leer; nos recuerda las terribles injusticias que sufren las mujeres en el mundo, en donde por ahora mandan los hombres y la historia la han escrito ellos.

Al final, reflexiona acertadamente sobre la pandemia, ésa que ya lleva más de un año y que ha sacado lo mejor y lo peor de los seres humanos. En estos tiempos, como en las guerras, las hambrunas, los desastres naturales y otros cataclismos, las mujeres y los niños son los más vulnerables.

Hace un llamado a que nos unamos y a que juntas trabajemos por la igualdad de género que tanto ha costado. Su punto de vista liberal, inclusivo y moderno es refrescante, y el poco pudor con el que cuenta detalles de su vida personal es muy divertido y le presta al texto sabor de novela.

 

Mujeres que matan

Rafael Arráiz Lucca (Caracas, Venezuela, 3 de enero de 1959) se adentra en el mundo casi exclusivamente femenino de los clubes de lectura con una novela triste pero satisfactoria. Es triste porque refleja la destrucción y el deterioro de la vida de una ciudad, en un país innombrado que es gobernado por la bota militar donde la tortura es común, y las muertes, las agresiones y las injusticias no tienen a quién reclamarse. Los jóvenes que pudieron emigraron buscando nuevas oportunidades; sólo quedan los mayores que tratan de mantener una vida lo más digna posible en el caos generado. Es también satisfactoria, porque trasmite la posibilidad de venganza; la ficción nos da el placer de cobrar con creces el daño que se hace. Es extraño sentirse feliz con la violencia, ver a los torturadores torturados y cobrar con la vida de los asesinos las de los seres amados.

A pesar de que es una historia de mujeres, los personajes femeninos están algo desdibujados; es el personaje masculino el que se muestra más claramente. Las motivaciones femeninas sí están claras y son las que mueven la trama. (Es un libro de auto ayuda, de ésos que las Hormigas han rechazado leer; es eso lo que detona la acción. Creo, por tanto, que es mejor que sigamos sólo con ficción para evitar encontronazos inconvenientes).

La historia comienza con un suicidio que parece venir precedido por otros, todos de mujeres sin destino de ese mundo sin futuro. A pesar de la tragedia que relata, Mujeres que matan pudiera dejar para algunos un buen sabor en la boca: el sabor de la venganza, ésa que se sirve fría y que tanta gente ha soñado despierta durante más de veinte años. NS

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Entrevista a Javier Cercas

Tomado de vozpópuli

Javier Cercas ganó en 2019 el Premio Planeta por ‘Terra Alta’. Ahora Tusquets publica ‘Independencia’, la segunda parte de una saga que el autor ha concebido como una tetralogía.

 

Javier Cercas: “Escribir, como leer, es una forma de vivir de una manera más compleja, más rica y más intensa”

Una conversación con el escritor extremeño sobre el placer de escribir, la literatura como catarsis y la furia que encierra ‘Independencia’, su última novela.

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JUAN LUIS GALLEGO

PUBLICADO 05/04/2021 20:00

Dice que el procés, ese furor independentista que estalló en el otoño de 2017, le ha cambiado la vida. Radicalmente. Ahora es menos ingenuo, menos espontáneo, pero más escritor, aunque un escritor enfadado. En esa Cataluña a la que se mudó cuando tenía cuatro años con su familia desde Extremadura (nació en Ibahernando, Cáceres, en 1962) transcurre Terra Alta, la novela que le valió el premio Planeta en 2019 y con la que presentó al panorama literario español a Melchor Marín, un mosso d’esquadra concienzudo y leal, pero con demasiadas aristas en su personalidad. Independencia, el libro que acaba de lanzar Tusquets –la editorial con la que Cercas compartió ese fenómeno literario llamado Soldados de Salamina en 2001 y a la que vuelve ahora–, es la segunda entrega de lo que promete ser una tetralogía en torno a este personaje.

Esta entrevista no va de la novela, aunque vertebra una conversación que, sin embargo, transcurre por otros derroteros: la literatura por supuesto, pero también la actitud ante la vida, la corrupción, la ingenuidad e, incluso, la parte maldita de cada uno de nosotros.

A tenor de sus últimas declaraciones, pareciera que ha cambiado usted ese sufrimiento que, dicen, es necesario para crear por el cabreo. ¿Es así, cabreado escribe mejor?

Sin la menor duda. La felicidad no es productiva literariamente, en absoluto. En un mundo feliz, no habría… novelas seguro que no; poesía, tal vez, poca y muy mala. El material de los escritores es lo malo, no lo bueno.

¿Y por qué ese cabreo, es una actitud vital o es que realmente le dan razones para ello?

No, no es una actitud vital. Yo soy un tío de muy buen rollo, créeme. Pero han pasado cosas muy malas que a mí me han afectado y que no saco en mi vida diaria porque podría provocar catástrofes, ni en mis artículos, pero sí saco en mis novelas. Para eso sirven las novelas, para sacar toda la furia que llevas dentro, todo el dolor que llevas dentro, la parte maldita la llamaba George Bataille, el mal. Todo eso lo sacas fuera, y entonces puedes comportarte como una persona civilizada (risas).

No deja de llamar la atención un enfado tan personal por razones no personales.

Sí, no es personal, no estoy cabreado con nadie en concreto. Cuando la Historia, con mayúsculas, se te mete en tu casa, te afecta personalmente. Y eso es lo que ha pasado, que la Historia se ha metido en nuestras vidas, y hablo de Cataluña en particular y de lo que ha ocurrido en general. Lo de Cataluña ha sido decisivo para mí, porque me ha afectado muy personalmente, en mi vida cotidiana, en mis amistades, en mi modo de ver el mundo, en todo. Incluso ha cambiado mi pasado, porque el presente altera nuestra visión del pasado. Y eso para mí, aunque es terrible decirlo, ha sido bueno, porque me ha permitido reinventarme como escritor.

¿Qué echa de menos de su yo anterior?

(Reflexiona largamente). El anterior era de una ingenuidad asombrosa, y eso no lo echo de menos… La verdad es que no echo nada de menos del anterior. Es una pregunta muy complicada, porque no sé muy bien cómo era el anterior y cómo es el actual. Sí, había una gran ingenuidad en él; sí, quizás echo de menos esa espontaneidad, ahora soy más desconfiado, más escéptico, y ahora (reflexiona de nuevo varios segundos) todos los riesgos que corro se producen en la literatura. Antes era capaz de correr riesgos también en la vida, y ahora me he vuelto mucho más prudente. Ahora creo que soy más escritor que antes, todo está más enfocado, siempre fue un lugar donde metes tu parte maldita, pero ahora quizás todavía más. Por eso estas novelas son novelas muy furiosas. Melchor Marín no se me parece en nada, pero podría decir, como Flaubert que dijo “Madame Bovary soy yo”, que Melchor Marín soy yo, su dolor, su furia. También tiene cosas muy buenas que ya no creo que sean mías, pero de dónde va a salir él si no de mí.

Hablando de ingenuidad: en Independencia retrata usted una corrupción, o una forma de ejercerla, que empezábamos a creer que ya no existe, o no de forma tan impune. ¿Es una ingenuidad pensar así?

Sí. Bueno, un momento. Lo que esta novela hace es proyectar un ayuntamiento donde hay tanta corrupción como la ha habido en la Generalitat. En el ayuntamiento tradicionalmente ha habido problemas de ese tipo, pero no tan sistemáticos y estructurales. Pero en Cataluña todavía el grado de corrupción es altísimo; en España lo es, pero en Cataluña… Esto no lo digo yo, sino los que conocen el asunto, con alguno de los cuales he hablado para este tema. Sí, eres ingenuo. Yo no utilizo mis novelas para ilustrar mis ideas políticas; lo que tengo que decir del procés o de cualquier otra cosa lo digo en mis artículos; las novelas no son ilustraciones de tus ideas, son otra cosa.

¿Por qué escribe?

Uf, eso es lo más complicado. A lo mejor si supiera por qué escribo dejaría de escribir. Escribo por miles de cosas, porque escribir, como leer, es una forma de vivir más, de una manera más compleja, más rica y más intensa; porque es un placer; más que un placer, una pasión. Y por infinidad de razones más. Ahora también porque me gano la vida con ello. Pero si no me pagasen, que no me oiga mi editor, también lo haría.

Alguna vez ha dicho que no lo considera trabajo porque es lo que le gusta hacer. ¿Tiene una disciplina diaria?

Muy sencilla. Me levanto a las 6 y voy a correr, eso es para mí sagrado, es mi droga total. Y luego me pongo a escribir a las ocho y media más o menos y escribo todo el día. Ah, no, hay otra cosa importante: la siesta. Las personas que trabajamos mucho no podemos permitirnos el lujo de no dormir la siesta. Y luego tomó café descafeinado y coca-cola. No hay más secretos. Pero estoy de acuerdo conmigo mismo: no es un trabajo, es un placer, que a veces cuesta disgustos, te angustia, pero eso forma parte de la pasión, forma parte del atractivo. Trabajar es hacer algo que no te gusta, y yo no he trabajado en mi vida prácticamente.

¿Hay alguna vez debate en su cabeza entre lo que le gustaría escribir y lo que cree que le gustará al lector para tener éxito?

Rotundamente no, yo escribo lo mejor que sé escribir, nada más. Además, yo no sé lo que va a tener éxito, quién lo sabe. Si lo supieran los editores, solo publicarían libros de éxito. Yo escribo el mejor libro que puedo escribir y si al lector le gusta, estoy feliz; y si no, qué le vamos a hacer. El público no existe, existen lectores, uno detrás de otro, y todos distintos. E intento satisfacer al único lector que conozco, que soy yo, intento hacer la novela que me gustaría leer, y ojalá le guste al lector, porque el lector acaba los libros, no hay literatura sin lector.

La mezcla de ficción y realidad es una constante en sus libros.

Es que la ficción pura no existe, la ficción pura es un invento de quienes no saben qué es la ficción. La ficción siempre parte de la realidad; desde que el mundo es mundo, siempre es una mezcla de realidad y ficción, no lo inventé yo en Soldados de Salamina, como hay gente que cree. Y luego eso se hace de muchas maneras, cada uno de la mejor que sepa, todo para persuadir al lector de que lo que está leyendo es auténtico, para que él se lo crea.

¿Teme usted comenzar a ser valorado por lo que dice más que por lo que escribe, como advierte el escritor Milan Kundera?

Kundera dice: “Cuando un escritor expone sus ideas políticas, ya pasa a ser juzgado por ellas y no por lo que escribe”. Y esto es catastrófico, porque yo lo mejor que tengo que decir acerca de todo lo digo en mis novelas. Lo que digo en mis artículos lo puede decir cualquiera, puedes estar de acuerdo conmigo o no, a veces ni yo mismo estoy de acuerdo conmigo. Pero son solo las cosas que tengo que decir como ciudadano, más o menos acertadas. Pero lo que yo de verdad tengo que decir, quien yo de verdad soy, está en mis libros.

¿Por qué lo hace entonces? ¿Por qué interviene en el debate público?

Porque no sé no hacerlo. Porque además de novelista soy ciudadano, una persona normal y corriente que paga sus impuestos, tiene un hijo, una familia, vive en un sitio que se llama España y Cataluña, y cuando tú ves que ocurren determinadas cosas, y encima escribes en el periódico, pues eso sale. ¿Me ha provocado problemas? Muchos. ¿Qué debía haber hecho, callarme? Sí, para mi carrera literaria era mucho mejor callarme, no hay ninguna duda; para mi familia también, sobre todo cuando las cosas se han calentado mucho. ¿Por qué lo he hecho? Podría decirte que porque sentía la responsabilidad de hacerlo, pero la realidad es que no he sabido no hacerlo.

¿Tiene sentido dejar de consumir ciertos productos culturales para ‘castigar’ las ideas o el comportamiento del autor?

¿Dejamos de leer a Aristóteles porque consideraba que la mujeres eran inferiores a los hombres¿ ¿O a Cervantes, que era un imperialista? ¿Y Shakespeare qué? Eso es un delirio, un disparate. Si solo vamos a leer a aquellas personas con las que estamos de acuerdo, vamos a la barbarie absoluta. Justamente, lo mejor que puede hacer la literaria, y el arte en general, es poner en cuestión tus creencias más arraigadas, sacarte de tus casillas.

Se utiliza la palabra ‘blanquear’ para referirse al tratamiento amable de actitudes que debieran merecer reproche unánime. ¿La violencia que ejerce el agente Melchor Marín cuando se toma la justicia por su mano queda blanqueada en este libro?

En la literatura podemos hacer y decir aquello que no hacemos ni decimos en la vida y eso no es blanquear nada. Al final, Melchor comete verdaderas barbaridades, y quiero que el lector se alegre. Volvemos a la parte maldita. Cuando lloramos con El Padrino con su hija muerta en sus brazos, a pesar de que ha matado a un montón de gente, no blanqueamos la mafia. Eso es el gran arte, esa capacidad que tiene de colocarte en lugares incluso moralmente peligrosos. Es lo que hace Shakespeare o Dostoievski, es lo que llamo sacarte de tus casillas, obligarte a cuestionar tus más profundas certezas. La ficción permite sacar esa parte maldita, y eso procura la catarsis, como la llamaba Aristóteles; vemos el horror, la venganza, y eso nos purifica. Por eso la literatura es útil… siempre y cuando no se proponga serlo.

¿Qué lee usted?

De todo. Antes de escritor, soy lector, no creo que haya un escritor valioso que sea una excepción a eso. Y ahora he cometido la temeridad de aceptar ser presidente del premio Goncourt, así que leo novelas publicadas en Francia, en francés, el año pasado. Pero yo leo todo, soy omnívoro.¶

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Cómo hacer universal una historia muy venezolana sin caer en criollismos

Tomado de

 

 

Rafael Osío Cabrices

05 de abril de 2021

“Me valgo de la literatura al hacer periodismo, y uso trucos periodísticos en la ficción”

Daniel Centeno Maldonado posa para un retrato, dentro de la Feria Internacional del libro en Guadalajara, México, miércoles 29 de Noviembre 2017. (Foto: © FIL/Bernardo De Niz)

 

Poli es un mesonero en el aeropuerto de Maiquetía, pero otra pudo ser vida si no hubiese abandonado la banda de rock que se hizo famosa con él, y con las canciones que compuso. Dalio canta boleros en una pollera, pero no deja de pensar en la carrera internacional que dejó atrás, cuando el continente lo conocía como el Ruiseñor de las Américas. Uno es joven, otro viejo, ambos tienen cuentas pendientes con la vida, y se encontrarán para tratar de saldarlas en equipo. El choque de los mundos de ambos es el eje de La vida alegre (Alfaguara, 2020), de Daniel Centeno Maldonado, y contempla vírgenes entrometidas, gallos heroicos, aeromozas pasadas de peso, madres insoportables, hijos zánganos, taguaras atestadas e iglesias con bajo quórum. Pero esto no es Gallegos ni Armas Alfonzo: al recorrer ese universo deliberadamente absurdo e inevitablemente gracioso que se extiende desde el oeste de Caracas al centro de Carúpano, el lector pensará más en John Kennedy Toole, en Tom Sharpe o en el Gran Combo de Puerto Rico cantando “La eliminación de los feos”.

La primera novela que publica Daniel Centeno Maldonado —quien hoy enseña cine y literatura en la Universidad de Houston luego de varios años como docente en El Paso, también en Texas— viene después de su tiempo como editor y como autor de dos volúmenes de perfiles y entrevistas, Retratos hablados (2010) y Ogros ejemplares (2015), y de los ensayos Postmodernidad en el cine (1999) y Periodismo a ras del Boom (2007). La vida alegre tuvo que esperar su momento: una anterior agente literaria de Daniel le dijo que le había gustado esa novela pero que no era lo que las editoriales estaban pidiendo. “Aprovechó para preguntarme si no tenía una narconovela, ya que yo entonces todavía vivía en El Paso. Y quizá termine escribiendo una, pero como una crítica a la narconovela”. Pero luego el prestigioso editor mexicano Ramón Córdoba apostó por el libro; su fallecimiento repentino a mediados de 2019 puso al proyecto de lado, luego vino la pandemia, y finalmente salió al mercado en los últimos meses de 2020. Y ahora hay gente como Sergio Ramírez y Rubén Blades recoméndandola por ahí.

 

Cuéntame la historia de esta novela, que escribiste entre Madrid y El Paso. Asumo que lleva años gestándose, ¿cierto?

Una vez me topé, de pura casualidad, con El inquieto anacobero, confesiones de Daniel Santos a Héctor Mujica. Tenía que gustarme ese libro, claro, por mi afición a la cultura popular y porque siempre me gustó mucho Daniel Santos. Y el primer capítulo de mi novela, que entre otras cosas es un homenaje a Mujica, está inspirado en un cuento que echa Santos en ese libro. En efecto la empecé a escribir en Madrid, luego me fui a Venezuela, y durante esos años releía lo que tenía. La terminé en El Paso. Lo que más tardó fue el engavetamiento, la poda, no la escritura. La gaveta fue providencial porque a todo lo que escribo le meto gaveta de años, menos a lo periodístico. Y estuvo muy bien haberlo hecho con este libro porque la primera versión, más larga, no estaba bien lograda.

Estás operando en un registro satírico que no es demasiado común en la narrativa venezolana, pese a que somos o éramos gente con tanto sentido del humor. ¿Cómo decidiste irte por ese camino? ¿Era tu idea desde el principio?

Yo había escrito una novela antes, que no se ha publicado, que escribí en dos años en Madrid. No tenía nada que ver, era una novela realmente muy pagada de sí misma: me inventaba un país, todo era muy grave, muy impostado, el punto de vista del narrador variaba, me apropiaba estilos de otros escritores… esa especie de Ulises resultó un disparate gigantesco. Cuando la exhumé me dio de todo, y una de las cosas que me dio era sentir “yo no soy novelista”, “esto no vale para un carajo”. Cuando leí El inquieto anacobero y vino a mi mente el personaje de Dalio se me ocurrió hacer algo distinto, una novela lineal, omnisciente, con dos personajes principales, y humorístico, fácil de leer, lo que fue más complicado.

Hay gente que me ha dicho que se la leyó en una tarde, como si eso fuera un defecto, y para mí es una maravilla.

Fue escrita pensando en que no podía pintar el Guernica sin aprender primero el figurativo, y el registro satírico fue lo que me ayudó a encontrar mi voz. Esta es una novela clásica, de las que leía uno. El Quijote es la cuna de la literatura y es humorística. Y es humorística La conjura de los necios. Me han dicho lectores internacionales y venezolanos que les ha llamado la atención que, a diferencia de otros libros de la diáspora, este no va en plan de este país se jodió, nos robaron, qué cagada. Yo planteaba otra literatura, en la que suceden otras cosas. El país está de fondo, y está jodido, pero no quería lo de andar victimizándose. Pero ojo, yo respeto mucho lo que hacen esas otras novelas y admiro mucho lo que hizo Rodrigo Blanco en The Night, me parece fenomenal.

Tú tienes mucho tiempo haciendo periodismo cultural, editando periodismo cultural, enseñando periodismo cultural, o al menos trabajando desde esa óptica en lo que vienes haciendo desde hace varios años. ¿Cómo caminaste sobre esa cornisa entre periodismo y ficción, cómo estableciste esa negociación en tu toma de decisiones creativas, ante el teclado, entre lo que haría un periodista y lo que haría un novelista?

Estudié periodismo porque en especial no quería ser médico ni lo que mi papá quería, temiendo por mi futuro monetario. Me fui por el periodismo cultural porque siempre me gustó leer y escribir y algo me decía que, quién sabe, alguna vez sería escritor. Muchos de mis libros son de hecho formas de acercarme a lo que quería hacer, preguntándoselo a los protagonistas, y siempre me interesó esa gente que pasó del periodismo a la literatura, ver que sí se podía hacer.

Siempre quise romper esa vaina de que si no eres periodista no puedes escribir porque tienes que estudiar Letras.

En mi tesis doctoral demostré de hecho que muchos autores del Boom venían del periodismo o lo ejercían de vez en cuando incluso siendo consagrados. Me interesa muchísimo la relación entre periodismo y literatura. Me valgo de la literatura al hacer periodismo, y uso trucos periodísticos en la ficción. Lo hago porque he estudiado a mucha gente que lo hace, como Marcel Schwob, García Márquez, Tomás Eloy Martínez. En Venezuela no era considerado un escritor por el comisariato cultural de allá. Me alegra mucho ahora tener tantos lectores, en Venezuela y fuera, al publicar algo que junta las dos cosas.

¿Has pensado cómo ese trabajo periodístico, tus entrevistas por ejemplo, te prepararon para este proyecto? Me pregunto si uno de los mayores logros de tu novela, reproducir la oralidad venezolana, le debe a tu experiencia como entrevistador.

Sin duda que el periodismo me ayudó. El periodismo te lleva a conocer gente que no conocerías de otra manera. Como además soy de Oriente, y mi familia es muy pintoresca, llamar a mi casa en Puerto La Cruz es como entrar a un sketch de Radio Rochela, y siempre me interesó cómo hablamos. Cuando llegué a Caracas a estudiar los caraqueños me resaltaban mi acento. En esta novela quise siempre defender mi venezolano oriental pero también que me entendiera un español, un mexicano, un argentino. Y de hecho el libro está editado en México.

La vida alegre es una novela que cualquier iberoamericano puede comprender y apreciar, creo, pero también es muy venezolana. ¿Cómo ayudó, o dificultó, escribir una historia tan ligada a los personajes y los lugares en que ocurre, entre Caracas y Carúpano, desde la diáspora? 

La literatura clásica es la mayor referencia porque uno la decodifica desde su parte del mundo. A mí me voló la cabeza Pedro Páramo, por el lenguaje de la época de la guerra cristera, pero lo entendías perfectamente, y más si lo traducías a un campesino venezolano. Lo mismo pasa con García Márquez y hasta cierto punto con Roberto Arlt. Hacer de lo singular, de lo particular, algo universal es posible sin caer en criollismos y sin darle concesiones a la editorial.

Una arepa se llama arepa, no le voy a poner gordita para que los mexicanos entiendan, porque en una novela mexicana dicen que se comió una flauta y si uno no sabe qué es eso pues lo busca.

Tampoco quise pasarme de la raya; hay que buscar ciertas universalidades que se usan en nuestra lengua y en otras partes. Tuve una discusión muy amigable con los editores de Alfaguara, que se portaban de maravilla, y me preguntaban por qué a un Volkswagen lo llamaba “escarabajo” cuando ellos le dicen “vocho”, y les dije que Dalio nunca diría “vocho”, que no es difícil darse cuenta de que eso es un escarabajo. Sé que tengo varios lectores venezolanos pero lo que más me sorprende es que me lean personas de otra cultura. En los clubes de lectura en México ha sido una sorpresa y las palabras de Sergio Ramírez y Ana García Bergua me han dicho que no estaba tan descaminado.

¿Tú crees en la literatura con nacionalidad o te parece una etiqueta sin sentido? Me refiero a si consideras que esto es una novela venezolana, parte de la literatura venezolana, o no. ¿Es algo relevante para ti, algo en lo que piensas?

Lo de las etiquetas es complicado, y en la academia se usan para todo. Esta novela es venezolana porque yo lo soy y porque ocurre en Venezuela, pero el hecho de que se entienda en todas partes probablemente la hace una novela iberoamericana, para no decir universal. Sí es cierto que cuando la escribí lo hice instigado por la nostalgia, como decía Carpentier, pero las maneras de ser de mis personajes no difieren de nada de otras culturas. Los mexicanos lo ven mucho entre ellos, porque nos une a algo a todos, y todos vimos películas mexicanas. El rey del barrio de Tin Tan podría vivir en el ecosistema de La vida alegre, y también los personajes de Maestra Vida de Rubén Blades. En el fondo todos somos morochos.

Dijiste por ahí que esta novela también es un homenaje a tu padre, a lo que te hizo leer, a lo que leía contigo. ¿Es válido pensar que el mundo del rockero Poli, que es mucho el nuestro, sirve para conectar con el mundo de nuestros padres, que en tu novela son Dalio, Honorio, Micaela?

Mucha de la novela es un homenaje a papá, que siempre quiso que yo escribiera, y le producía orgullo que uno de sus hijos le saliera lector, que le parara bola a la biblioteca que nos puso en la casa. Luego apareció ante los lectores que hay mucho ahí de la relación de padre e hijo, que yo no me había dado cuenta. Claro que mi papá no es un pícaro como Dalio, pero hay algo de papá en él. El lector ideal era mi papá, pero ya no la puede disfrutar porque su memoria se llenó.¶

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Si añadiéramos una letra u al título de la novela de Centeno Maldonado tendríamos La viuda alegre (Die lustige Witwe), la más famosa opereta de Franz Lehár, que se estrenara en 1905. Ese mismo año, Manuel de Falla compuso—antes de cumplir 30—su ópera La vida breve. Ésta es su hermosa y vivaz Danza española, interpretada por una orquesta que dirige Jesús López Cobos con el apoyo de castañuelas que hace sonar la virtuosa Lucero Tena. Con razón existe en nuestro idioma la expresión comparativa “tan alegre como unas castañuelas”.

Eso ocurrió en un concierto cuya recaudación de fondos fue destinada a la construcción de un orfanato para 120 niños y niñas en Mozambique. ¡Bravo!

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La vida es un montón de libros

Tomado del diario El Nacional

La paz del anaquel

 

Por Karl Krispin – 28 de marzo de 2021

 

De un candidato a la presidencia de la República se burlaban con que era tan ajeno a la lectura, que un atentado a su integridad hubiese sido tirarle la Enciclopedia Británica al jardín de su casa. En su clásico comentario sobre Colombia, Bolívar definía a la Nueva Granada como una universidad, Quito como un convento y Venezuela como un cuartel. No cabe duda de que arrastramos la peor parte y que, bromas aparte, la situación parece prolongarse indefinida y desesperadamente en el tiempo. Los libros no parecen contar sino con el amor de unos pocos, y en proceso de extinción. Por eso, cada vez que alguien abandona este mundo, sus deudos se apuran en vender todo a su paso y salir velozmente de ellos (en el caso de que existan) y a toda costa. En estos tiempos de incomodidad con el entorno nacional y de migración, se multiplican las ventas y los saldos. Hace unos años, estando en una de esas ventas reparé en el hecho de que me encontraba en la casa de una escritora venezolana, premio nacional de literatura, cuyos libros estaban siendo rematados a precios viles. Adquirí varios títulos que me interesaron, un par de sillas de director, y un mueble-biblioteca de madera que aún conservo. Entre los ejemplares figuraba la primera edición de El falso cuaderno de Narciso Espejo, de Guillermo Meneses, dedicada de puño y letra a la escritora, una de las más extraordinarias, aunque olvidadas novelas venezolanas de todos los tiempos. A mí me encantan esas ventas y sigo adquiriendo libros, pero lo que me molestó de aquella, sólo respecto al tema de los libros, era que se estaba desmembrando la unidad de una biblioteca, que en el caso de un escritor es lo más cercano a la vastedad de su conocimiento y su visión del mundo. Y más que preocuparme por los libros de la escritora, sentí que cada uno de los noveles libros de sus talleristas estaban siendo tratados con total indiferencia porque eran los que menos consideraban quienes llevaban a cabo la comercialización. Tuve oportunidad de revisar algunos: traían agradecidas dedicatorias a la escritora. Entonces, decidí entrar en acción. Realicé varias llamadas a personas relacionadas con la occisa, a quienes sabía que aquello les iba a molestar, y pondrían el grito en el cielo. La venta de los libros terminó suspendiéndose. Ignoro dónde terminaría la biblioteca, y si finalmente se vendió o se donó. Porque las donaciones son muy difíciles, o se suelen rechazar.

Una biblioteca depende de quien la haya formado y hecho crecer. Basta asomarse a una para descubrir la personalidad de su dueño. Por supuesto, que las más estimables, son las de los escritores, intelectuales y bibliófilos. Ha habido casos insignes como el doctor Pedro Manuel Arcaya, o don Pedro Grases, cuyas bibliotecas continuaron en unidad en sus nuevos destinos. El librero Ignacio Alvarado tiene una idea feliz entre ceja y ceja: un museo del libro que algún día cristalizará. Sucede, a veces, que una institución no cuenta con los recursos necesarios para la limpieza y desinfección de los ejemplares, o para su clasificación. Y me ocurrió con la colección de un bibliófilo y mejor lector, cuyos libros, unos 12 mil, conseguí ubicar en una institución. Al cabo de casi 20 años de la donación, apenas 1.500 se han logrado incorporar a la colección central. Le comenté a la directora de la institución que no se preocupara porque a ese ritmo, los libros se terminarían agregando en unos 75 años. En México, por ejemplo, un país que conoce lo que significa defender su cultura, cada vez que muere una de sus grandes firmas, el Estado preserva su biblioteca junto a sus recuerdos personales. Esa práctica es poco habitual en este cuartel. He visto cómo bibliotecas enteras de personajes prestigiosos (con herederos que no lo son) han terminado en los quioscos de la avenida Fuerzas Armadas, pero los libreros terminan aprendiendo el valor de un libro, no sólo por su contenido sino por el año de edición, el estado de conservación, existencia, y el apetito demoníaco de los coleccionistas. Y aquí entramos en un misterioso y fascinante mundo donde privan las pasiones. El club Dumas, de Arturo Pérez-Reverte, es una novela en la que hay suicidios y asesinatos por hacerse de unos extraños folletos. La casa de subastas Swann entre Londres y Nueva York se especializa en libros raros y primeras ediciones. Las librerías de viejo, que en el primer mundo abundan, equivalen a templos de culto. Sin hablar de la biblia para buscar el posible costo de uno de esos ejemplares que es la ABAA, The Antiquarian Booksellers Association of America. Nada de esto lo conocen quienes desprecian los libros o los rematan al primer postor que les hace el favor de llevárselos.

Pedro Manuel Arcaya, bibliófilo entre bibliófilos

Me han sucedido muchas cosas comprando libros. Textos que no aparecen sino hasta darse una perfecta sincronicidad. Adquirí por puro azar la biografía de Páez escrita por sir Robert Cunninghame Graham. Estaba preguntando por su libro La arcadia perdida y el librero me ofreció la biografía que era la que tenía. Cuando completé la lectura del centauro por el escocés, encontré en otra librería a miles de kilómetros de la primera, la Arcadia, en una edición reciente. Tengo años buscando la primera edición de King Vikram and the Vampire, de Richard Francis Burton. Estoy seguro de que ya se aproxima. En una venta privada quise comprar las obras completas de José María EÇa de Queiros, publicadas por Aguilar con esa magnífica cubierta de cuero que caracteriza la colección. El encargado me dijo que debía llevarme los restantes tomos de la editorial y otros que combinaban entre sí, ya que se vendían en conjunto. Le dije que yo era lector y no decorador. Cuando se busca con denuedo un título, aparece lo que he llamado en algún minicuento el donjuanismo editorial, que equivale al cortejo de una hembra caprichosa, lujuriosa y esquiva. Un día me encuentro en una venta con la primera edición de ¿Por quién doblan las campanas? de Ernest Hemingway (Scribners, 1940) No suelo vender libros, pero con este se me ocurrió algo: le escribí a la librería parisina Shakespeare and Co. para ofrecerlo en venta y poder almorzar con el importe de la operación en un restaurante legendario de la ciudad luz. Mi plan era escribir un goloso artículo de cómo había almorzado en La Tour D´Argent gracias a Papa Hemingway. El libro tenía sus fallas: lucía algunos hongos, un leve desprendimiento del lomo y la antipática empleada de la sección de raros y antiguos, me ofreció algo muy por debajo de mis aspiraciones y, sobre todo, del menú del comedero. Me llevé mi libro y terminó de regalo en casa de unos amigos entrañables. El almuerzo se dio, pero nunca escribí la pieza. En la plaza de los Palos Grandes se organizaban unos gozosos cambalaches donde llevabas 10 libros que cambiabas por otros diez. Entonces buscabas en la biblioteca los inamistosos, con los que nunca te llevaste bien del todo, o de autores que resueltamente te caían mal y los sustituías por otros.  Nunca una biblioteca se completa, y tampoco deja de tener la posibilidad de albergar nuevas adquisiciones. Hoy en día, en medio de la batalla cultural que libramos con los que aspiran a un orbe uniforme, de idéntico vocabulario, en el que nadie se destaque, no faltan los enemigos del libro físico bajo la acusación de que se derriban árboles para su fabricación. No tengo nada contra el libro digital: el problema no es el formato, y la contemporaneidad ha demostrado que conviven armónicamente el impreso y el electrónico. Pero se quiere obligar, porque los nuevos gustos y modas no son democráticos sino autoritarios, -así como nos quieren quitar la carne, las corridas de toro, y crear un mundo gluten free de veganos- a la desaparición del libro físico. En nuestro país cada vez son menos las librerías, las editoriales, los periódicos, las revistas o los libros, aunque aquí se combinan los imperativos de la sociedad actual ayudados por la más grande destrucción económica lograda en un país. Y para la inmensa minoría que vive con devoción por los libros, que no se olvide el consejo de Anatole France: “No presten libros, los únicos que quedan en mi biblioteca son los que me han prestado”.

Primera edición de ¿Por quién doblan las campanas? de Ernest Hemingway, (Scribners, 1940)

Quienes vivimos rodeados de nuestros libros, lo hacemos en una actitud de plácida beatitud. No existe nada en esta vida que pueda ofrecer tanto placer como la lectura de un libro. Y en algunos casos, logran una transformación personal que siempre será individual e intransferible. Eso sí, jamás colectiva. He conocido personas que no atesoran libros, que los leen, y los regalan. Admiro ese desprendimiento del que nunca he sido ni seré capaz. Necesito verlos juntos, en la feliz paz del anaquel, sintiendo la seguridad de su compañía, invocando los momentos que vivimos juntos, y aspirando a que la vida de un hombre pueda también ser recordada por los libros que leyó.¶

 

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