El blog de Las Hormigas

¡Saludos formíceos! Desde Caracas, Venezuela, le damos la más cordial de las bienvenidas a este registro de actividades del club de lectura Las Hormigas.

Fuentes de sabiduría literaria

Hoy se cumple exactamente un año de la publicación, en este sitio, de la minuta sobre el análisis formíceo de Aura, de Carlos Fuentes. El gran entrevistador español Joaquín Soler Serrano discutió con Fuentes acerca de su particular novela, y hay un momento preciso en el que el poderoso escritor mexicano revela una comunidad de punto de vista con Diego Velázquez, el que se manifiesta ricamente en su obra cumbre, Las meninas. He aquí el fragmento específico de esa conversación.

 

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Diego Velázquez – Las meninas. (Detalle).

 

Exactamente ese punto de vista, ese sitio privilegiado de la percepción, sirvió a Michel Foucault, el más importante filósofo francés del siglo XX, para componer el primer capítulo de su libro cimero, Las palabras y las cosas (una arqueología de las ciencias humanas). En ese libro, lo español preside tesis centrales del muy francés Foucault; comienza, por ejemplo, admitiendo justo al inicio de su prefacio: “Este libro nació de un texto de Borges”, * y luego inicia otro capítulo entero—Representar, el tercero—por Don Quijote:

Con todas sus vueltas y revueltas, las aventuras de Don Quijote trazan el límite: en ellas terminan los juegos antiguos de la semejanza y de los signos; allí se anudan nuevas relaciones. Don Quijote no es el hombre extravagante, sino más bien el peregrino meticuloso que se detiene en todas las marcas de la similitud. Es el héroe de lo Mismo. Así como de su estrecha provincia, no logra alejarse de la planicie familiar que se extiende en torno a lo Análogo. La recorre indefinidamente, sin traspasar jamás las claras fronteras de la diferencia, ni reunirse con el corazón de la identidad. Ahora bien, él mismo es a semejanza de los signos. Largo grafismo flaco como una letra, acaba de escapar directamente del bostezo de los libros. Todo su ser no es otra cosa que lenguaje, texto, hojas impresas, historia ya transcrita. Está hecho de palabras entrecruzadas; pertenece a la escritura errante por el mundo entre la semejanza de las cosas. Sin embargo, no del todo: pues en su realidad de hidalgo pobre, no puede convertirse en caballero sino escuchando de lejos la epopeya secular que formula la Ley. El libro es menos su existencia que su deber. Ha de consultarlo sin cesar a fin de saber qué hacer y qué decir y qué signos darse a sí mismo y a los otros para demostrar que tiene la misma naturaleza que el texto del que ha surgido. Las novelas de caballería escribieron de una vez por todas la prescripción de su aventura. Y cada episodio, cada decisión, cada hazaña serán signos de que Don Quijote es, en efecto, semejante a todos esos signos que ha calcado.

Foucault nos hace orgullosos de haber nacido en el continente de la lengua de Cervantes, la de Borges, en el de las representaciones de Velázquez.** Expone ya en su primer capítulo:

El pintor sólo dirige la mirada hacia nosotros en la medida en que nos encontramos en el lugar de su objeto. Nosotros, los espectadores, somos una añadidura. Acogidos bajo esta mirada, somos perseguidos por ella, remplazados por aquello que siempre ha estado ahí delante de nosotros: el modelo mismo. Pero, a la inversa, la mirada del pintor, dirigida más allá del cuadro al espacio que tiene enfrente, acepta tantos modelos cuantos espectadores surgen; en este lugar preciso, aunque indiferente, el contemplador y el contemplado se intercambian sin cesar.

Es lo que Fuentes apuntaba, once años después de Las palabras y las cosas, a Soler Serrano, cambiando pintor por escritor y espectadores por lectores.

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Apenas comenzaba el tercer milenio de nuestra era—29 de marzo de 2001—cuando Carlos Fuentes ofreciera útiles recomendaciones a sus colegas en el arte de escribir, desde una mesa redonda organizada por la Cátedra Alfonso Reyes del Instituto Tecnológico de Monterrey. Se trata de la sabiduría destilada por un gran artesano de la escritura, que por fortuna quedó registrada en el video colocado de seguidas.

 

 

He allí la voz de la experiencia educada.¶

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Jorge Luis Borges, El idioma analítico de John Wilkins. Otras inquisiciones (1960).

** Para descargar el CAPÍTULO I 
LAS MENINAS de Las palabras y las cosas)

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Entrevista a la hija de un Nobel

Tomado de El País de España

 

Catherine Camus: “Mi padre no es un santo. Fue un verdadero ser humano”

 

Entrevista con la hija de Albert Camus, de quien se publica en castellano ‘La noche de la verdad’, los artículos completos en el periódico ‘Combat’

 

Catherine Camus, en Barcelona en 2012, durante la gira de presentación de su libro ‘Albert Camus. Solitario y solidario’.MARCEL·LÍ SAÈNZ

 

 

MARC BASSETS

París – 19 ENE 2021 – 19:30 VET

 

Albert Camus nunca había sido tan leído desde su muerte en un accidente de coche cuando tenía 47 años, en 1960. La pandemia de coronavirus ha convertido de nuevo su novela La peste en un superventas y a Camus en uno de los autores que iluminan este mundo enfermo y confuso. La editorial Penguin Random House recupera la obra del Nobel y publica, por primera vez en castellano, todos sus artículos periodísticos en el periódico Combat, reunidos bajo el título La noche de la verdad y en traducción de María Teresa Gallego Urrutia. Catherine Camus (Boulogne-Billancourt, Francia, 75 años), la hija del escritor, habló hace unos días por teléfono con EL PAÍS desde la casa familiar de Lourmarin, el pueblo de la Provenza donde está enterrado su padre.

 

Pregunta. ¿Qué imagen guarda de Albert Camus?

Respuesta. Era divertido y vivo. Solar. Un ser humano de verdad. Nos escuchaba. Nos prestaba atención. Y no solo eso. Nos dejaba vivir.

P. ¿Qué tipo de padre era?

R. Justo y tierno. Pero severo. Había que comportarse bien en la mesa, hablar francés correctamente. Y sobre todo: el respeto a los demás. Y no mentir. Tenía una determinación física contra la mentira. Delante de él, no había escapatoria si uno mentía.

P. ¿Le ha quedado marcado algún momento preciso?

R. Muchos. Un día, con 12 o 13 años, le dije: “Papá, me aburro”. Y me respondió: “Me agobias”. Yo le repliqué: “Pero papá, me aburro”. Él me dijo: “No. Solo los imbéciles se aburren”. Nunca más me aburrí.

 

En la escuela yo decía que mi padre era carpintero, porque escritor parecía que fuese un holgazán

P. ¿Le recuerda escribiendo?

R. Al haber estado muy enfermo, estar sentado o estirando le recordaba al hospital. Siempre estaba en movimiento. Escribía de pie. Pero mi hermano y yo no sabíamos que era célebre.

P. ¿Cómo supo que lo era?

R. Al morir. Entendí que la celebridad era horrible. Niega la humanidad de las personas.

P.¿Qué ocurrió?

R. Mi hermano y yo no existíamos: no era nuestro padre quien había muerto, era Albert Camus. Cuando tres días después regresé al liceo, me decían: “Qué pena, quería que me firmase un ejemplar de La peste”.

P. Usted no sabía que era célebre, pero sí que era escritor.

R. Sí, pero en la escuela yo decía que mi padre era carpintero, porque escritor parecía que fuese un holgazán.

P. Pero había ganado el premio Nobel. Ya era conocido.

R. Sí, pero para mí esto no significaba nada. En casa no teníamos ni radio ni tele. Le pregunté a papá si había un Nobel para los acróbatas, porque yo quería ser acróbata. Piense que, en mi generación, a los niños nos dejaban ser niños. Nos dejaban en paz. Ahora los niños tienen tal cantidad de información que, en ciertos aspectos, los convierte en pequeños viejecitos.

P. ¿Cuándo empezó a leerle?

R. Cuando él vivía, leí Calígula. Le dije: “Es divertido”. Se quedó sorprendido. Después de su muerte, intenté leer La peste, pero resultaba demasiado doloroso. A los 17 años lo leí todo, menos El hombre rebelde, que me parecía demasiado abstracto.

 

A veces, me muero de risa leyéndolo. Él se reía mucho. No era una estatua, ni un pontificador.

P. ¿Cuál es su libro favorito?

R. La caída. Su libro más logrado. De lleno en la vida, con un lado cómico y patético.

P. No es habitual hablar del humor en Camus. Se lo toma por un autor muy serio.

R. Exacto. Pero yo, a veces, me muero de risa leyéndolo. Él se reía mucho. No era una estatua, ni un pontificador. Hacía preguntas, pero nunca daba la respuesta definitiva.

 

España era importante para él. Decía que lo mejor que había en él era la parte de sangre española

P. Pero vio cosas que siguen siendo válidas.

R. Porque escribió para los hombres, como los hombres y a una altura humana. Papá escribía con las tripas, no solo con la cabeza. Por eso los filósofos franceses dicen que no era un filósofo. La filosofía siempre son sistemas, pero como papá escribió: ‘No hay nada verdadero que fuerce a excluir’. El sistema es algo cerrado que excluye todo lo que no entra en él. Desconfiaba de todos los ismos, porque encierran a las personas. Era un hombre libre.

P. Algunos de los mejores artículos de La noche de la verdad hablan de la España franquista.

R. España era importante para él. Decía que lo mejor que había en él era la parte de sangre española [su madre era de origen menorquín]. Y, además, estaba [su amante, la actriz española] María Casares…

P. Hace unos años publicó las cartas de su padre con Casares.

R. Era magnífica. María escribía muy bien.

P.¿Fue difícil para usted autorizar la publicación de estas cartas? Eran íntimas y afectaban a su familia.

R. No. Lo decidí yo. De todas maneras, nos arriesgábamos a que se publicasen de manera no autorizada, como había sucedido con El primer hombre. Así que llamé a [el editor] Antoine Gallimard y publicamos las cartas. Es íntimo, claro, pero es tan bonito.

Albert Camus junto a Catherine en una imagen sin datar.

 

P. Su madre sufrió.

R. No, en realidad no. Mamá quería a María. Nunca escuché en mi familia materna una mala palabra sobre María Casares. La respetaban. Y estoy segura de que mamá estaba convencida de que papá no habría superado todo lo que superó sin María.

P. ¿A qué se refiere?

R. A la enfermedad de mi madre. A la suya: era tuberculoso. Al ostracismo de la intelligentsia parisina. María Casares era la vida misma. Mamá temía la vida. Fue muy importante para mi padre. También pensé [al publicar las cartas] que quizá algún día no se sabría quién fue, y fue una mujer genial.

P. Camus perteneció a la resistencia contra los nazis. ¿Les hablaba de esa época?

R. Ah, no. Papá nunca hablaba de sí mismo. Un día yo buscaba un lápiz en su despacho y me tropecé con la medalla de la resistencia. Años después supe que, cuando se la dieron, llegó a la redacción de Combat y preguntó: “¿Quién me ha denunciado?”. El caso es que llegué al salón con la medalla y le pregunté: “¿Qué es esto?”. Se puso blanco. Me preguntó: “¿Dónde lo has encontrado? Ponlo donde lo has encontrado”. No me dio ninguna explicación. Papá consideraba que muchas personas murieron y él salió vivo y que no había hecho prácticamente nada.

P. ¿Se hablaba de su Argelia natal en casa? Era la época de la guerra de la independencia.

R. A mí no me hablaba, pero en casa las discusiones sobre Argelia eran un infierno. Un día mi padre llegó y mi tía materna le dijo: “Camus, mientras escribas en L’Express [semanario favorable a la descolonización]’ no te dirigiré la palabra”. Papá se volvió a poner el cinturón en el impermeable y dijo: “No será una gran molestia”. Y se volvió a marchar.

P. ¿Ha regresado a Argelia usted?

R. En 1960, después de la muerte de mi padre. No he vuelto más.

P. ¿Teme que Albert Camus se convierta en un santo?

R. ¡No, no es un santo!

P. ¿No tenía defectos?

R. Sí, como todo el mundo. Fue un verdadero ser humano.

P. ¿Quedan cosas de Camus por publicar?

R. No lo sé. Está la correspondencia con mi madre. Pero es un poco complicado, porque a partir de 1945 salimos mi hermano y yo, y esto no me gusta. Quizá la correspondencia con mamá en 1937 y 1944. Es muy interesante. Ilumina la correspondencia entre María y papá. Y hablan de la guerra, de su obra.

P. ¿Le ha pesado ser la hija de Albert Camus?

R. De adolescente me habría gustado tener una existencia propia. Después, una se acostumbra. Te da humildad, y la humildad ayuda a vivir. Y considero que he tenido suerte de haber tenido un padre como él. No porque fuese célebre. Porque era fan-tás-tico. Un tipo genial.¶

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María Casares, la actriz que subyugó a Camus

En femenino

La actriz gallega María Casares marcó la historia del teatro francés del siglo XX. Ser exiliada no le impidió llegar a lo más alto

María Casares y Albert Camus en una imagen de 1948. (Album / Rue des Archives / Bridgeman Images / René Saint Paul)

 

Eduardo Mesa Leiva

09/01/2021 07:00

 

María Casares no le tenía miedo a nada y apostaba siempre por la vida. Fue una “residente privilegiada” en Francia y “nació” en un teatro parisino cuando contaba veinte años. Estaba hecha de espuma atlántica y tierra gallega. Su mirada felina atravesó guerras y exilios hasta colarse en el imaginario colectivo de millones de franceses, ocupando portadas de revistas y carteleras en teatros y cines.

Vivió su “gran encuentro”, pasional y clandestino, con el existencialista Albert Camus, una relación mecida entre la paciencia y el deseo. Una mujer libre, símbolo de los exiliados republicanos, que solo volvió a España tras la muerte de Franco, para brillar con una obra de Rafael Alberti.

 

“Mi patria es el teatro”

María Casares nació en La Coruña el 21 de noviembre de 1922. Era hija de Santiago Casares Quiroga, político y abogado que llegaría a ser presidente del Consejo de Ministros durante la Segunda República hasta su dimisión en julio de 1936, tras la sublevación militar.

Sus memorias

La carrera política de Casares Quiroga provoca el traslado de toda la familia a Madrid en 1931. Es una experiencia traumática. “Sentí más el exilio de Galicia a Madrid que el de España a Francia”, contará en Residente privilegiada, su libro de memorias. En la capital, la joven recibe una formación de vanguardia, en contacto con las élites de la República. Son años en los que comienza a forjarse su pasión por el teatro.

El inicio de la Guerra Civil convierte a María Casares en una exiliada. “Mi patria es el teatro y mi país de origen, la España refugiada”. Junto a su madre, abandona Madrid con catorce años para instalarse en la capital francesa en noviembre de 1936.

Con la caída de Cataluña en 1939, Santiago Casares Quiroga abandona también España y se reúne con la familia. Su piso en la calle Vaugirard se convertirá en el refugio de la Galicia exiliada. María pone sus energías en tratar de domar la lengua francesa, mientras entra en contacto con la escena teatral parisina. Con un esfuerzo ímprobo consigue entrar en el Real Conservatorio.

“Nací en noviembre de 1942 en el teatro Les Mathurins”. María Casares debuta en la escena parisina con el montaje Deirdre des douleurs. La actuación de la joven actriz no pasa inadvertida para la crítica. El flechazo con los escenarios es inmediato. María no dejará nunca de vivir entre candilejas. “Encuentro que el teatro es vivir por diez o por cien, pero no se puede separar la vida del teatro”, confiesa.

A partir de ahora puede dedicarse a lo que más desea, pero tendrá que hacerlo sin el apoyo familiar. Pierde a su madre en 1945 y a su padre cinco años más tarde, en 1950. Exiliada y sola en la veintena, habrá de inventarse una nueva vida hasta convertirse en la actriz con mayúsculas del teatro francés.

“Hay dos personas en la vida que me educaron profundamente: mi padre y Albert Camus”, aseguraba María Casares. Se conocen en marzo de 1944 en casa del escritor Michel Leiris y, tres meses después, el 6 de junio de 1944, se convierten en amantes. Es la noche del desembarco aliado en Normandía. Él tiene 30 años; ella, 21. Camus ya es un nombre reconocido de las letras francesas. Ha publicado El extranjero y está destinado a convertirse en una de las figuras esenciales de la literatura europea del siglo XX. Casares es una prometedora actriz con todo el futuro por delante.

La relación nacerá y continuará siendo clandestina durante más de quince años. Camus está casado. Su mujer, Francine Faure, reside de manera provisional en Argelia. Cuando regresa a París en septiembre, María rompe con el escritor. Nada sabrán el uno del otro hasta cuatro años después, cuando se cruzan por azar en una calle de París. No volverán a separarse hasta la muerte de Camus en 1960. Durante esos años, María Casares protagoniza varias obras del futuro premio Nobel, como Los justos, El malentendido o Estado de sitio.

“Siento por ti la infinita paciencia del amor, la furiosa impaciencia del deseo”, escribe el autor de La peste. En 2017 salían a la luz las 865 cartas completas que ambos se intercambiaron durante años, recogidas por la hija del escritor, Catherine Camus. “Gracias a los dos, sus cartas hacen que la tierra sea más vasta, el espacio más luminoso, el aire más ligero simplemente porque han existido”, escribe en el prólogo. En las misivas hay amor, pasión, complicidad y erotismo. “Con él supe que no se podía estar sola, además nunca volví a estar sola”, expresa la actriz.

El famoso rostro

En la década de los cincuenta, Casares se consagra como estrella del cine francés. Es un rostro habitual de las carteleras y las revistas de la época. Entre sus grandes papeles destaca el de la princesa en Orfeo, de Jean Cocteau (1950). Memorables son también sus trabajos junto a Gérard Philipe, Jean Vilar o Jean-Louis Barrault. Paralelamente, su carrera se consolida en el teatro. En 1949 entra en la Comédie Française y cinco años más tarde, en el Teatro Nacional Popular, un proyecto teatral concebido como servicio público. Además, es una de las impulsoras del Festival de Aviñón.

La muerte de Camus en enero de 1960 supone un mazazo para Casares. Se abre una década en la que asumirá el desafío de hacer teatro en su lengua materna en Argentina. Para la España exiliada, la actriz es mucho más que un símbolo. Bajo la dirección de Margarita Xirgu (íntima amiga de García Lorca), representa Yerma en Buenos Aires.

 

El regreso amargo

En 1976 regresa a España con la obra El adefesio, de Rafael Alberti. María deslumbra en Madrid y Murcia, pero el montaje no acaba de ganarse el favor del público. Por si fuera poco, en Barcelona, la actriz enferma y se suspende la gira. El esperado regreso ha tenido un final amargo. Volverá a España, pero siempre con obras francesas, y no pisará Madrid ni Galicia.

Un año antes, Casares había adquirido la nacionalidad francesa. En 1978 se casa con el actor alsaciano André Schlesser. Recluida en su finca La Vergne, María repasa su vida y escribe las citadas memorias, Residente privilegiada (título que alude a su estatus en la tarjeta de residencia original emitida por Francia), publicadas en 1980. En ellas rememora la relación que mantuvo con personajes como Camus, Jean-Paul Sartre, Jean Cocteau o Pablo Picasso.

Se suceden los homenajes y condecoraciones. Premio Molière, Nacional de Teatro o la Legión de Honor, en Francia. En España, aunque tardío, el reconocimiento llega con la Medalla al Mérito de Bellas Artes y la Medalla Castelao de Galicia en 1988. En 1996, la actriz aceptó que los premios de teatro en Galicia llevaran su nombre, pero no podrá asistir a la primera edición.

El 22 de noviembre de ese mismo año fallece en su finca de Alloue, donada a la República Francesa para instaurar en ella una escuela de teatro. La “residente privilegiada” cerraba así su última etapa. “Vivir es sentir, sin amarguras, todas las edades, hasta que llega la muerte”.¶

Este artículo se publicó en el número 627 de la revista Historia y Vida.

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Los libros que leeremos en 2021

Altavoz

CULTURA

El escritor Javier Marías preside una ‘rentrée’ muy concurrida

 

PUBLICADO 05/01/2021

ANA CARVAJAL

Llega el 2021 con vacuna, o así lo parece, y novedades que vacunarán a los lectores contra el hartazgo y la irritación que ha dejado la pandemia de la covid-19 a su paso. Las editoriales han dado un paso adelante y sacan pecho con sus nombres más importantes. Alfaguara lo hace, por ejemplo, con Javier Marías y Joyce Carol Oates. Pero muchos otros sellos también echan mano de autores ya sólidos, como lo hará Anagrama con Milena Busquets, que llegará a las librerías el día 4 de febrero, así como Tusquets con Javier Cercas y Seix Barral con Jesús Carrasco.

Un repaso rasante por sellos arroja un panorama heterogéneo y parece tener como gran objetivo la apuesta segura: la industria editorial -ni esa ni ninguna otra- no está para experimentos; es necesario recuperar lo perdido durante la pandemia y para hacerlo ha recurrido a una mezcla entre lo masivo y aquello que, en el renglón más literario, ha dado siempre resultados.

Alfaguara publicará en el primer trimestre del año Gambito de dama, de Walter Trevis, una novela que se convirtió en seguida en un libro de culto para ajedrecistas y conocedores de la gran novela americana y cuya adaptación al formato serie ha conquistado al orbe en tiempo récord. También Delatora, la más reciente novela de la escritora norteamericana Joyce Carol Oates y Quirke en San Sebastián, de Benjamin Black (John Banville), que en esta ocasión lleva a su patólogo Quirke a Donosti.

También encontrarán los lectores Miss Marte, de Manuel Jabois, y Volver la vista atrás, de Juan Gabriel Vásquez. Sin embargo, la más pesada de sus apuestas literarias, sin duda, es el regreso de Javier Marías.  El próximo 11 de marzo llegará a las librerías Tomás Nevinson, una especie de reverso de Berta Isla. Ambientada en la España de 1997, Tomás Nevinson explora el envés del “No matarás” y plantea una profunda reflexión sobre los límites de lo que se puede hacer y no hacer, con episodios históricos del terrorismo del IRA y de ETA como trasfondo.

Un año para leer

Lumen comienza el año, en enero, con Caliente: el ensayo de la escritora Luna Miguel sobre el placer femenino. En febrero publica La furia del silencio, de Carlos Dávalos y El tercer país, la segunda novela de Karina Sainz Borgo, cuyo debut literario, La hija de la española, se publico en 28 países. También en Marzo, el sello dirigido por María Fasce publicará La vida juega conmigo, la nueva novela de David Grossman (Lumen), el gran autor israelí ganador del Man Booker Prize y firme candidato al Premio Nobel. También se publica Notas para unas memorias que nunca escribiré, con reflexiones íntimas que el inigualable Juan Marsé recogió en sus notas y diarios.

El grupo Planeta reparte sus apuestas literarias entre Seix Barral, que publica lo más reciente de Jesús Carrasco: Llévame a casa, una novela familiar del autor que captó la atención de lectores dentro y fuera de España con Intemperie, y Tusquets, que en marzo publica Independencia, de Javier Cercas: una nueva investigación del agente de los Mossos d’Esquadra Melchor Marín, quien esta vez deberá enfrentarse a un caso de chantaje que afecta a la mismísima alcaldesa de Barcelona. En febrero, Tusquets publicará lo nuevo de Luis Landero, El huerto Emerson, y en abril La anomalía, de Hervé Le Tellier,recién galardonada con el prestigioso premio Goncourt 2020.

Febrero trae un regalo para los lectores con la publicación que hará Anagrama de Gema, la esperadísima novela de la escritora de Milena Busquets tras el éxito de lectores y crítica de Todo esto pasará (Anagrama), que llegará a las librerías el día cuatro de ese mes. También ese día, el sello Debate publica El penúltimo negroni, una antología de los textos del periodista David Gistau, fallecido el año pasado. Se trata de un libro indispensable que mezcla el mejor periodismo con una literatura luminosa, libérrima y perfecta.

Anagrama publica ‘Gema’, la esperadísima novela de la escritora de Milena Busquets tras el éxito de ‘Todo esto pasará’

El sello Blackie Books publica Historia y desventuras de una pequeña criada llamada Little, de Edward Carey, una novela histórica que ha atrapado el interés de los lectores y que sigue la vida de Little, que pasó de ser una pequeña sirvienta a la mayor artista de la cera de todos los tiempos, pasando por amiga de la realeza y pieza clave en la Revolución Francesa. “Irónica, macabra e inolvidable: la historia de una huérfana en el París revolucionario, amiga de la realeza y de los radicales”, aseguran sus editores. También incluyen en su catálogo El libro de Ana María Matute, editado por Jorge de Cascante, una antología de los mejores textos de la editora catalana.

En el apartado No Ficción y ensayo, y también publicado por Debate, destaca La casa del ahorcado. Cómo el tabú asfixia la democracia occidental, un ensayo de Juan Soto Ivars sobre el tabú y su relación con las nuevas formas de censura contemporáneas. Taurus publica El leopardo de las nieves, premio Renaudot 2019, y en cuyas páginas Sylvain Tesson cuenta el seguimiento que hizo del fotógrafo Vincent Munier con el fin de observar los últimos ejemplares de este maravilloso animal, que se oculta en las fronteras del Tíbet. En marzo, Libros del Asteroide publicará el nuevo libro de Jorge Bustos.¶

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Florecimiento

 

Bloom: un estimulante cortometraje de animación sobre la depresión y lo que se necesita para recuperar la luz del ser

 

Cómo los cálidos rayos de la esperanza y la curación penetran en la oscura cámara interior de una soledad plomiza, a través de las inesperadas grietas de la bondad

 

“A veces, uno tiene que soportar un período de depresión simplemente por lo que pueda contener de iluminación, si uno puede vivirlo atento a lo que expone o exige”, escribió la poeta May Sarton, mientras contemplaba una cura para su desesperación en medio de una temporada oscura del espíritu. Pero ¿qué se necesita para encaramarse tan precariamente sobre esa suposición en busca de luz? Cuando estamos en ese lugar oscuro y vacío, ese lugar de soledad y aislamiento plomizos, cuando “la llovizna gris del horror inducida por la depresión adquiere la calidad de dolor físico”, como escribiera William Styron en su relato clásico de la enfermedad—una enfermedad que no discrimina, que atacó a Keats y a Nietzsche y afectó a Hansberry—, ¿qué se necesita para atravesar el horror y el vacío hacia el otro lado, para mirar atrás y jadear con incredulidad, como la poeta Jane Kenyon: “Lo que me hirió tanto… hasta este momento”?

Durante una reciente temporada oscura del espíritu que viví, una querida amiga me animó con la historia más maravillosa, esperanzadora y rehumanizadora. Algunos años antes, cuando un colega suyo, otro físico, estaba pasando por una temporada así, ella le dio un bulbo de amarilis en una pequeña maceta. El efecto que tuvo en él fue inesperado y profundo, como siempre lo es el efecto de las bondades no calculadas—profundo y de gran alcance—, del mismo modo con el que un guijarro de amabilidad produce en el agua círculos resplandecientes cada vez más amplios. A medida que la luz regresaba lentamente a su vida, él decidió dar una clase sobre la física de la animación. Y así es como una de sus alumnas, Emily Johnstone, llegó a hacer Bloom, un conmovedor cortometraje de animación, que extrae de un pequeño gesto personal una metáfora universal de cómo sobrevivimos a nuestras más densas tinieblas privadas, en consonancia con la insistencia de Neil Gaiman en que “a veces solo se necesita un extraño, en un lugar oscuro … para calentarnos en la estación más fría”.

 

María Popova

Editora de brainpickings

 

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La muerte siempre gana

 

El siguiente texto fue compuesto por la autora el 29 de diciembre de 2009, hace once años exactos.

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Carmen estaba nerviosa; era tarde y no llegaría a tiempo para ver pasar la procesión del Nazareno de San Pablo. Viéndose de reojo en el espejo, enderezaba las venas de sus últimas medias de seda negra con cuidado infinito, para no romperlas. Mientras, ensimismada, pensaba que la Cuaresma era el tiempo preciso para perdonar y hacerse perdonar. Pero ella estaba envenenada de furia y no podía perdonarse ni siquiera a sí misma por la rabia que sentía. Guzmán la había estado engañando con una cabaretera y no había tenido el valor de confesárselo, sino que había dejado que toda la ciudad lo comentara a sus espaldas.

Ese instante de crispación causó que enredase una de sus uñas en la fina media que cubría su pierna derecha, la que se rompió. Y mientras la delgada carrera bajaba lentamente por su pierna, lágrimas inmensas corrían indetenibles por sus ojos.

Llegó tarde a la esquina donde Marifina la estaba esperando. Estaba ofuscada por la carrera en altos tacones y el dolor de alma que traía. El Nazareno en persona la salvó de contestar las preguntas que veía en los ojos de su cuñada y amiga, ya que en ese momento su imagen bendita se hizo visible en la calle entrando en todo su esplendor, y los cánticos y oraciones impidieron cualquier oportunidad de conversación.

Carmencita sintió una emoción muy grande al ver a Jesús ensangrentado, rodeado de espléndidas orquídeas moradas, y una fe que era palpable en el ambiente de ese caluroso Miércoles Santo.

Los fieles cantaban en tono emocionado “Perdona a tu pueblo Señor”, caminando al paso pausado de la parihuela del Nazareno. Se veía muchos niños vestidos con túnicas moradas, caminando descalzos o en los brazos de sus padres. Mantenían los ojos, muy abiertos y brillantes, fijos en el Cristo que, vestido como ellos, expresaba un dolor inmenso doblado por el peso de la cruz y coronado de espinas.

Apretujada por la multitud, y bañada de un sudor que pegaba el delgado vestido a su cuerpo, Carmen sentía que ya no podía más. En ese momento apareció tras su hijo la Madre Dolorosa, con su rostro desfigurado por el sufrimiento. Entonces Carmencita comenzó a llorar de nuevo, por ella y por todas las mujeres que como ella guardaban dolores inconsolables en sus corazones. A medida que la Virgen se acercaba a la esquina donde se encontraban, el padecimiento de Carmen crecía y su llanto aumentaba, hasta que los sollozos se hicieron desgarradores e incontrolables.

La vieja y podada ceiba

Marifina, alarmada, la tomó decididamente del brazo encaminándose hacia la iglesia de San Francisco. Se abrieron paso entre nazarenos de todas las edades, sorteando personas que avanzaban de rodillas y otras muchas que cargaban cruces de diferentes tamaños. Cruzaron la calle estrujadas por la multitud, que seguía el paso de la procesión portando velas encendidas y flores moradas en las manos. De pronto, se vieron interrumpidas en su camino por un grupo de muchachos fuertes y jóvenes, que solo traían un taparrabos blanco cubriendo su desnudez. Las dos amigas quedaron aterradas al ver cómo los penitentes, mientras escoltaban la imagen del joven San Juan, azotaban sus espaldas sin tregua, tiñendo de sangre la breve tela blanca que los cubría. Llegaron al fin frente a la iglesia y lograron ubicarse bajo las ramas de la antigua y gran Ceiba de San Francisco. La brisa del Este despeinó sus cabellos y alivió el sofoco que traían. Desde el promontorio donde se encontraban lograron ver cómo el esplendoroso Ávila, rodeado por una tenue calina y alumbrado con la rosada luz del atardecer, iba tomando el color de la sangre, que esa tarde parecía ser la protagonista principal.

Carmen, distraída, recordó cuando viera la montaña por primera vez. Fue el mismo día cuando conoció a Guzmán, y divisó el inmenso cerro reflejado en sus maravillosos ojos negros. Desde ese momento, ellos despertaron desconocidos sentimientos y turbadoras sensaciones cuando se fijaban en ella. Esto sucedió el mismo día cuando llegara de Ciudad Bolívar a temperar unos días en Caracas, y a ser examinada por un famoso especialista que, le aseguraban, podría curar una severa afección de la piel que no habían podido sanar los médicos del sur. Le sorprendió ver la belleza de la gran ciudad acostada a los pies de la imponente y verde cordillera. Respiró agradada su aire fresco y límpido, que permitía distinguir el cielo más azul y profundo que sus ojos vieran hasta ahora. Le gustó su pulcritud, juzgando que, con razón, era considerada una de las ciudades más limpias del mundo. Pero sobre todo le gustó su atractiva gente, que a pesar de la Guerra Mundial, vestía a la última moda de Europa y se distinguía por su gentileza y simpatía innata, haciéndola sentir en su propia casa desde el día en que llegó. Sintió que a medida que respiraba el fresco de la ciudad se enamoraba de ella y también de Guzmán, que la deslumbraba con sus galanteos y sus ojazos negros, como paraparas, prendidos en ella.

Ya habían llegado frente a la iglesia todas las santas imágenes, y Marifina la sacudió haciéndola volver a la realidad. El Nazareno se encontraba en el atrio frente a la iglesia. La luz de las velas brillaba más intensamente a medida que se cerraba la oscuridad, y un grandioso creciente de luna asomaba por detrás del pico Naiguatá completando el espectáculo.

La Virgen de los Dolores

La imagen de la Dolorosa se acercó paso a paso al Nazareno y, con una reverencia, se dobló ante su hijo con el movimiento acompasado de quienes la cargaban. Luego fue Juan, el más joven de los discípulos, que iluminado por la luna y las candelas de los fieles, hizo una genuflexión ante Jesús cargado por los más jóvenes. Por último, la Verónica sintió pena del Cristo, y al hacer su respectiva reverencia desplegó una inmensa bandera blanca con la imagen de la cara de Jesús, grabada en rojo sangre.

Conmovida por la espiritualidad del momento, Carmencita perdonó de corazón a la bandida que buscaba a su marido, al reconocer que Jesús nos había perdonado a todos nosotros de su propia muerte en la cruz. Pudo entender que la infeliz mujer hubiese quedado prendada de Guzmán, de aquel hombre de su hombre que, siempre vestido de blanco, perfumado y bien plantado, sabía enamorar a las mujeres con sus ojos cautivadores. Pensó que la disipada hembra, a quien seguramente la mala vida habría golpeado desde niña, era una pobre solitaria de la noche que buscaba compañía en el amor de hombres ajenos. Y era seguro también que Guzmán había utilizado ampliamente las armas de seducción que ella bien conocía.

Cuando las iluminadas imágenes de La Dolorosa, Juan y Verónica rodearon al Nazareno repitiendo varias veces las profundas reverencias, Carmen, perturbada, comprendió que también tenía el deber de perdonar a Guzmán, y esto le causaba un dolor insoportable por el amor que le tenía.

¿Y si ella pudiese morir para mostrarle la dimensión de su amor?

Era una locura y un pecado imperdonable quitarse la vida. Los suicidas no tenían derecho al último responso del sacerdote. Ni siquiera a que sus cuerpos descansaran en tierra santa. Jesús había muerto, pero si no fuera por el milagro de la Resurrección, no hubiésemos estado seguros de que era Dios. Y ella no era Dios; ella no podía resucitar. Pero ¡cómo le gustaría! Le encantaría que él la encontrase muerta para que recibiera su lección, y que cuando ella finalmente resucitara, encontrara un sincero arrepentimiento en sus ojos oscuros, y nunca más le fuera infiel.

………

 

La luna estaba muy alta en el cielo cuando Carmencita caminó sola por las calles, cruzando la esquina que separaba la casa de Marifina de la suya. Al llegar, sintió un silencio como de sepulcro y mientras atravesaba el zaguán, a pesar del calor se estremeció como si una corriente helada le bajara por la espalda. La recibió la nana que cuidaba a los niños. Le dijo que los muchachos estaban dormidos, y que el señor había mandado a decir que no vendría a comer.

Furiosa por la reiterada ausencia y agotada por las emociones de la tarde, se sumergió en la bañera llena de agua tibia y comenzó a pensar en cómo darle una lección al traidor. Recordó el día en que se casó con su hombre, dejando atrás la familia, su tierra natal y la desagradable enfermedad de la piel que el famoso médico había curado sin demora. Rememoró cómo, despojada delicadamente de su vestido de novia, de suave raso blanco con bordados hechos a mano, se había entregado a él en cuerpo y alma. Y, al ver allí y ahora su cuerpo aún joven, abandonado por su marido y sumergido en el agua jabonosa, lloró de nuevo sin poder evitarlo.

Se sentó sola a cenar, como muchas veces lo había hecho últimamente. Al servirse salsa de tomate sobre el plato de pasta una gota cayó al blanco mantel, haciéndole recordar, desagradada, las manchas de sangre en los taparrabos de los azotados muchachos de esa tarde. Una idea cruzó por su mente. ¿Y si le hiciera creer a Guzmán que se había suicidado? Si usara la salsa de tomate sobre un vestido blanco ¿no la vería como sangre y creería que estaba herida de muerte? Esa era la única forma en que sus creencias le permitían morir por amor. Y lo mejor era que luego podría resucitar para ver el anhelado arrepentimiento. Podría darle la lección que el infiel se merecía sin tener que morir en pecado.

El disfraz

Comió vorazmente su cena animada por la idea de su venganza, y no más terminó comenzó los frenéticos preparativos del engaño. Por un rato, buscó en el escaparate sin encontrar un traje que le pareciera apropiado. Súbitamente recordó que aún guardaba en el baúl su precioso vestido de novia, y comprendió que era el indicado para el drama del momento. Se lo puso sin problemas, sorprendida de que aún le sirviera después de haberle dado dos niños a aquel ingrato. Buscó la salsa de tomate en la cocina y tomó el cuchillo más grande y más afilado que vio. Cruzando el patio de arriba a oscuras y con aquel largo vestido, sintió que ya había entrado al mundo de los espantos. Tropezó con el machete  que el desordenado de Guzmán había olvidado en un rincón después de afilarlo. Y pensó, riendo nerviosamente, que tendría mejor efecto este objeto gigante y filoso que el pequeño cuchillo de cocina que traía.

Sentada en su peinadora se maquilló con cuidado para verse muy pálida, y arreglando la escena como un experto escenógrafo, se tendió en la cama con el blanco vestido manchado de rojo y con el machete, empatucado de salsa, agarrado en su mano derecha y recostado a su lado en el centro de la cama.

Se quedó muy quieta, posando en la que le parecía era la apropiada posición de una muerta, y esperando que Guzmán volviera. Sin darse cuenta de que se estaba quedando dormida, participó en sueños de una tétrica procesión donde todos los fieles mostraban horrendas heridas y ella marchaba entre ellos, vestida de novia y con el pecho bañado de sangre, adorando a una macabra imagen de la muerte.

Después de media noche, Guzmán entró sigiloso a la casa. No quería despertar a Carmencita y que se diera cuenta de lo tarde que regresaba, y mucho menos de lo bebido que venía. Había estado realmente muy buena la parranda con los amigos y con aquella mujer despampanante que lo traía loco. Con cuidado de no hacer ruido se quitó los zapatos, y apagando las luces que ella le había dejado encendidas, se encaminó a oscuras, silencioso y titubeante, a su cuarto. Abrió la puerta y vio, al resplandor de la luna que entraba por la ventana, el cuerpo ensangrentado de su mujer vestida de novia. No se movía y estaba muy pálida. Comprendió aterrado lo que había sucedido. Realmente arrepentido, se supo culpable de aquella tragedia. Su traición la había matado. Su lujuria había apartado para siempre a sus hijos de su madre. No obtendría nunca el perdón de Dios por su traición. Había cambiado la paz de su hogar por los brazos perfumados de una perdida, a la que en el fondo no amaba. Había matado al amor de su vida.

Temblando, se acercó a la cama y vio el machete, culpándose también de haberlo dejado olvidado y fuera de su sitio, haciéndolo partícipe del cruel homicidio. Entonces, se llevó las manos a la cabeza desesperado sintiéndose uxoricida, un ser vil y despreciable.

Muy despacito, como si temiera despertarla, se acostó al lado de su amada llorando desconsolado. Vio su pelo de bronce desparramado sobre la almohada y lo tocó levemente sintiendo su suavidad. Inspiró buscando descubrir su perfume en el aire, y se sitió sorprendido por el extraño olor a tomate que despedía. Buscó entonces su boca, para darle el último beso. Y entonces, como en el cuento de Blanca Nieves, al contacto de las bocas Carmencita comenzó lentamente a moverse, sin recordar que debía hacerse la muerta. Abrió soñolienta los ojos, y apartándole con brusquedad le dijo que sabía a alcohol y que no quería que la tocara.

Guzmán sintió un alivio inmediato al comprender que su amada aún vivía. La llamó esperanzado por su nombre y quiso taponar la cruel herida con sus propias manos para evitar que terminara de desangrarse. Ése fue el momento: al notar sus manos llenas de salsa, comprendió en un instante la cruel bufonada.

Enfurecido por el engaño, pero también aliviado de saberla sana, la sacudió fuertemente por los hombros, gritándole indignado que estaba loca y que iba a lograr que él también perdiera la razón. La llenó de trompadas y besos. Nunca la había golpeado hasta ahora, pero esta vez ella se merecía una buena paliza por la espantosa burla de su propia muerte. Carmen, despertada tan bruscamente, no entendía al principio lo que estaba sucediendo. Pero luego recordó, entre besos y golpes, su engaño. Ya despabilada completamente, se enfrentó a su marido y, defendiéndose como pudo de la andanada, le echó en cara su abandono, la falta de respeto a su matrimonio, pero sobre todo que se hubiera burlado de ella haciéndola el hazmerreír de la ciudad. Le dijo que toda esa locura había sido planeada por amor, y le gritó que sí, que esta vez había sido sólo un engaño pero que si sabía que de nuevo buscaba a esa perdida la encontraría muerta, bañada en sangre de verdad y no en salsa de tomate, aunque su alma se perdiera.

Al verla resucitada, toda manchada y enfurecida por los celos. Guzmán, aliviado, reía y lloraba a la vez. Pidió perdón de corazón por la traición que la había hecho desvariar y poco a poco, al irse calmando los ánimos, y al verla furiosa quitarse el sucio vestido, se fue acercando a ella cariñosamente. Terminaron la noche abrazados en una orgía de pasión, arrepentimiento, perdón y algunas risas entre las sábanas manchadas de salsa.

………

 

Varios meses habían pasado. El fruto de la noche del Miércoles Santo abultaba la cintura de Carmen, haciéndola florecer con un nuevo embarazo. Guzmán había cumplido su palabra, nunca más faltó a la hora de la cena y la vida se hizo plácida y normal en la familia. Ella estaba convencida de que su simulada muerte por amor le estaba pagando doble, con la vuelta de la pasión de su marido y con la felicidad de su fruto pataleándole las entrañas.

Él acudía cada día, como siempre, a su negocio, que había prosperado con el tiempo por la fiebre que los caraqueños ponían en el juego de caballos. Cada jueves, sábados y domingos se jugaban las carreras. Su establecimiento pagaba los cuadros y las mutuales ganadoras con puntualidad reconocida por la comunidad. Ya Guzmán había aprendido a distinguir, sin duda, las trampas que algunos pícaros intentaban con falsos formularios después de algunos pagos a papeles trucados que luego no le reconocieron, y que tuvo que sacar de su propio bolsillo. Aprendió a distinguir perfectamente los que no eran legales de aquellos que podía pagar sin problema.

Bueno para sacar sangre

Un día de bochornoso calor entró un hombre todo sudado en el negocio, cobrando una mutual. Venía a que le pagaran la suma no despreciable de siete bolívares que decía haber ganado, y se veía muy excitado por ello. No más ver el papel de la mutual, el señor Guzmán comprendió que era falsa. Amablemente, pero con firmeza, le advirtió que no podía pagarla. El hombre, sorpresivamente enfurecido, sacó un puñal de entre sus ropas y lo cosió a puñaladas sin que ninguno de los presentes tuviera la más mínima oportunidad de intervenir. Guzmán quedó moribundo en el suelo, llamando a su mujer, mientras el asesino se marchaba enloquecido por su acto, en medio del torrencial aguacero que se había desatado.

………

 

Carmen estaba en casa de Marifina. Venían juntas del mercado y se habían quedado conversando un rato. Estaban sentadas en la cocina, compartiendo comentarios y tomándose un delicioso vaso de horchata, cuando de pronto comenzó a llover con la intensidad típica del trópico. Su amiga le estaba contado, en detalle, cómo había sido su visita del fin de semana a la casa de sus excéntricas tías. Entre risas le decía que había encontrado a su tía María Carmen poniendo en el suelo, frente a la puerta de su cuarto, unos cartones con gruesas flechas negras pintadas en ellos. Extrañada, ella le había preguntado: “Tía ¿para qué son esas flechas?” Y ella, muy seriamente, le había contestado: “Son para que las cucarachas sigan de largo y no entren en mi cuarto”. Las risas estaban a punto de hacerles perder el control de sus esfínteres cuando tocaron la puerta principal con golpes atronadores. Buscaban a Carmen; era urgente que fuera al negocio de Guzmán, pues había sucedido una contrariedad.

Pasar de la risa incontenible a esa gran angustia fue terrible para el alma de Carmen. Desquiciada, sin tomar ni siquiera el paraguas que le daba su cuñada, corrió muy angustiada por las calles, con la lluvia golpeándole la cara y empapándola. Varias veces dirigió la vista al Ávila buscando su norte, pero un manto de nubes oscuras tapaba la cordillera como un mal presagio. Al llegar jadeante y mojada al local, la policía no quería dejarla pasar notando su evidente embarazo. Ante la insistencia y desesperación de la joven, y asegurándose de que era la esposa del herido, finalmente lo permitieron.

La segunda víctima

La recibieron los ojos amados, abiertos y perdidos de todo contacto humano. El traje de Guzmán, impecablemente blanco como siempre, estaba teñido de rojo, recordándole aquél vestido de novia de su macabra broma. Pero esta vez la mancha no era de salsa, sino de la propia sangre de su marido, que salpicada por todos lados enrojecía el lugar. La pobre Carmencita se arrodilló a su lado besándolo y sacudiéndolo, como recordaba que él mismo había hecho para despertarla cuando el episodio del falso suicidio. Al ver que no reaccionaba, lo abrazó con firmeza gritando su nombre y, sacando fuerzas de su dolor, hizo un último intento para levantarlo del suelo pidiéndole que, por favor, se pusiera de pie. Sintió entonces dentro de sus entrañas un desconocido desgarramiento. Fue traspasada por un gran dolor.

Carmen comprendió entonces claramente que la muerte le había tendido una trampa. Por despecho, un día se había jugado con ella, olvidando en su delirio que la muerte siempre gana. Y ahora comprobaba con profundo pesar que la desdichada cobraba doblemente su deuda de juego, al ver horrorizada cómo la sangre de Guzmán y la de su hijo no nato se unían gradualmente, y para siempre, en el mismo charco de muerte.¶

Nacha Sucre

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El nombre de Jesús

 

José estaba preocupado por Jesús. Nunca pensó escuchar las palabras que salieron de los labios de su nieto esa mañana fría de la víspera de Navidad, cuando le dijo lleno de cólera: “Abuelo, te he dicho que no me digas Jesús. Dime Chucho como todo el mundo, que ese nombre no me gusta”.

En verdad, no entendía al muchacho. Desde que había entrado en la universidad estaba cada día más alejado de las prácticas religiosas que eran, para estas fechas, parte de la tradición de la familia y que habían sido motivo de alegría y emoción cuando era sólo un niño. Le había dado el mayor disgusto cuando añadió: “No pienses tampoco, ni por un momento, que esta noche voy a perder mi valioso tiempo en la misa de aguinaldos. Me voy de fiesta con mis amigos, que es lo que realmente me apetece”.

………

 

Mientras José arreglaba la vieja lancha de pesca para salir al mar, sentía un gran peso en su corazón: la tristeza de ver alejado de Jesucristo a su nieto más querido, a quien él mismo le puso su nombre, el del mismísimo Hijo de Dios. Debían ser las nuevas compañías, porque nunca tuvo mal ejemplo de su familia. Terminó de cargar la cava con hielo y, pensando en los peces que traería, prendió el motor. Éste tosió un poco al principio, pero luego ronroneó con su ruido característico. El hombre sonrió al pensar que la lancha, y especialmente el motor, se parecían cada vez más a él por lo viejos y maltratados, pero que con mimos y buenos cuidados siempre terminaban arrancando y cumpliendo su función.

La fresca brisa de la mañana y el buen aspecto del tiempo le dieron nuevos ánimos, y calándose bien su negra gorra de marinero se hizo a la mar con rumbo norte. Como ese día, eran muchas las veces cuando el olor característico del océano y la visión de su inmensidad calmaban su estado de ánimo, y hacían de él un viejo alegre y lleno de vida a pesar de sus ochenta años.

………

 

Chucho se revolvió en su cama, todavía disgustado por la discusión con su abuelo, a quien consiguió desayunando lleno de vitalidad a las seis de la mañana, cuando él se levantaba a pesar del sueño para ir al baño.

El viejo, a quien quería inmensamente, no acababa de entender el desagrado que sentía con ese nombre que él mismo le había puesto. Era pasado de moda, y tenía tanto significado místico que le daba náuseas. Prefería el apodo que desde pequeño le habían puesto en el colegio y que no chocaba con sus nuevos y modernos amigos, que eran de variadas nacionalidades y otras muchas religiones.

El tema de Dios no estaba de moda. Era un tema del que no se hablaba en la universidad, y al ver a su abuelo y al resto de su gente tan entusiasmados con la Navidad y la casa llena con las imágenes del nacimiento, evitaba invitar a sus amigos, pues le daba vergüenza que descubrieran la exagerada religiosidad de su familia. Definitivamente, no entendía al viejo ni las largas horas de trabajo que invertía en aquella tradición.

El teléfono celular sonó con su peculiar tono y, con la invitación a jugar fútbol que recibiera, todas las divagaciones de Chucho y su mal humor pasaron a otro plano.

………

 

José se zambulló en el mar después de comprobar que el tanque de oxígeno funcionaba a la perfección. La paz de las profundidades lo invadió lentamente con su gran silencio. Admirado una vez más del gran poder de Dios, rezó: por la paz, por la fe de Jesús, por los niños del mundo, por su salud y la de su familia. Y, finalmente, por una buena pesca.

………

 

Cuando Chucho llegó esa tarde a su casa, muerto de hambre y satisfecho de haber jugado un buen partido, lo primero que hizo fue preguntar por José. Pero éste no había llegado aún. Después de bañarse y de almorzar en abundancia, apagó el celular y trató de dormir. Pero no lo logró. El recuerdo del disgusto de esa mañana lo había estado molestando todo el día.

No entendía el trabajo que todos los años se tomaba José para realizar el pesebre, que ocupaba media sala de la minúscula casita que compartían. No comprendía por qué pasaba largas horas recolectando en la playa piedras de colores translúcidos y palos de extrañas formas devueltos por el mar, para montar un nuevo nacimiento con las mismas bellas figuras que su bisabuela había traído de España.

Todos los años agregaba alguna escena diferente a lo que él llamaba su obra de arte, que para Chucho no era sino un estorbo. Sin embargo, nunca faltaba un desierto hecho de las arenas más finas y doradas sacadas de la playa, en el que ancianos dromedarios de mentira, guiados por reyes con largas túnicas, llevaban su carga al Niño Jesús.

Ponía también un bosque de pequeñas plantas recién nacidas, donde ovejitas de algodón, revueltas con vacas y absurdos búhos del mismo tamaño, se sorprendían al descubrir la aparición de un ángel manco del brazo derecho, que anunciaba desde hacía muchos años la llegada del Salvador.

Había un río que corría por su cauce gracias a las manos milagrosas de su abuelo. Cada año debía arreglar la bomba con paciencia, ya que invariablemente terminaba en enero sin funcionar, después de ser encendida todas las tardes de diciembre, cuando el sol se ocultaba detrás del mar. El ruidoso río desembocaba en un pequeño lago hecho de espejos, en el que flotaban ridículos patitos de plástico de desproporcionado tamaño, al lado de pequeñísimas garzas de pasta y patas de alambre. Era una hermosa tontería, reconoció Chucho, sonriendo más tranquilo. Al fin se adormeció.

………

 

A esa misma hora, José terminaba de colocar en el hielo la pesca ya limpia. Había conseguido un par de pargos gordos que harían un delicioso almuerzo para el día de Navidad. Poniéndose un suéter y la invariable gorra, se dispuso a encender el viejo motor. No le gustaban unas nubes que venían del sureste; presagiaban mal tiempo. Se le había hecho tarde para ayudar en la cena de Navidad y recordó que en su coche tenía el vino y otras cosas importantes.

Pero el motor no encendió. Por más que buscó la falla, con su mente de mecánico experto y sus manos de callos precisos, no pudo encenderlo. Buscó las bengalas de emergencia y las puso a la mano. En el Hemisferio Norte oscurece muy temprano en esta época, y decidió seguir intentando con el motor mientras tuviera luz. Rezó en silencio y trabajó con rapidez, pues definitivamente se acercaba una tormenta.

Al ver que no lograba repararlo, buscó en el maletín el viejo celular y, encendiéndolo, recordó cómo Jesús le había pedido muchas veces que cambiara el teléfono por otro más moderno y versátil, pero él estaba acostumbrado a su aparato, que gracias a Dios funcionaba todavía. Probó primero con la casa. Sonaba ocupado. Era lógico, pues en estos días de fiesta eran muchas las llamadas de salutación que se recibían. Llamó entonces al número celular de Jesús, pero sólo respondió una grabación. Frustrado, pensó que esos benditos aparatos modernos no servían nunca cuando uno los necesitaba de verdad. Decidió dejar un breve mensaje explicándole al muchacho que tenía problemas con el motor, y no pudo dejar de sonreír al recordar cuán confiables eran aquellos antiguos y negros teléfonos de disco, que cuando uno marcaba el cero tenía que esperar que se devolviera lentamente antes de marcar el próximo número.

En muy poco tiempo, el mar se encrespó. La oscuridad era casi total por las nubes de la tormenta que finalmente se había desatado. Sintió mucho frío y optó por ponerse su traje de inmersión que, aunque estaba húmedo, lo protegería mejor de la intemperie. Así continuó luchando por encender el motor, a pesar de la lluvia que lo golpeaba con furia. Altas olas barrieron la cubierta, y desde ese momento lo único que José pudo hacer fue tratar de achicar el bote lo más rápidamente posible, viendo con angustia que era más el agua que entraba que la que él podía sacar.

Al acercarse la noche, fue más difícil mantener la pequeña embarcación a flote en medio de la tormenta y la soledad del mar. Tomó el teléfono para llamar de nuevo y comprobó horrorizado que se había mojado y no funcionaba. El bote se hundía. Por más que luchó no pudo salvarlo. Trató entonces de mantenerse sobre el agua, asido a lo que pudiera flotar. Pero los restos del bote lo aporreaban al ritmo de las olas y, maltrecho por los golpes, decidió alejarse de allí y comenzar a nadar hacia la costa lejana, rezándole al Niño Jesús para que lo ayudara a alcanzarla.

………

Chucho despertó de su siesta. Como siempre, encendió el celular para ver la hora. Eran las siete de la noche y en la casa se sentía el delicioso aroma del pavo de Navidad que venía del horno. Sintió la señal de la llamada perdida y mientras se desperezaba escuchó el mensaje de José. A gritos preguntó si el abuelo ya había llegado a la casa. Cuando le contestaron que no, y viendo la tormenta en el cielo, comenzó a temblar de miedo y de angustia por él.

Trató muchas veces de contestar la llamada, pero resultó imposible. Pensó en el deteriorado celular que tantas veces le pidió al viejo que cambiara y maldijo su terquedad. Se comunicó con la guardia costera y notificó la emergencia. Allí le contestaron que saldría un helicóptero a buscar a su abuelo en lo que las condiciones del tiempo lo permitieran.

El muchacho, muy angustiado, pensó que él no esperaría. Llamó a un amigo que tenía una lancha rápida que otras veces le había prestado y le explicó la urgencia que tenía, logrando que se la ofreciera de inmediato. En muy poco tiempo estaba encendiendo los grandes motores y haciéndose a la mar, con los relámpagos alumbrando el panorama. Sabía donde acostumbraba a pescar José, pues de niño siempre lo acompañaba en sus excursiones. Hacia allá se dirigió con la lluvia y el mar azotándole la cara, dudando de poderlo encontrar en aquella inmensidad embravecida.

Recordó claramente otras noches de Navidad cuando su abuelo, con su entusiasmo contagioso, era el centro de la fiesta, y toda la familia compartía el momento con una particular alegría que parecía conectada a las luces brillantes del precioso nacimiento. Aquella noche la oscuridad era total. Sólo el faro de la lancha hacía un pequeño círculo luminoso en el mar, que las gotas de lluvia golpeaban incesantemente. Por mucho que se esforzaba, no lograba ver al abuelo ni ninguna otra cosa que no fueran las negras olas del mar coronadas de espuma.

Sabía que José era un gran nadador, y que si el viejo bote había zozobrado, no se dejaría vencer y nadaría hacia la costa. Pero el paso del tiempo y la furia de la tormenta hicieron fallar sus esperanzas, y en sus ojos se unieron gotas de lluvia, de mar y de llanto.

Sintiéndose culpable, egoísta y desconsiderado por la discusión de la mañana, se puso a pensar en qué haría el abuelo si se encontrara en su situación. Recordó claramente la oración del Ángel de la Guarda que tantas noches dijeron juntos. Con una gran angustia oró por primera vez en mucho tiempo. Pidió  con desesperación al Niño Jesús que lo perdonara y le permitiera pedirle también perdón a su abuelo por la grosería con que lo había tratado.

………

A pesar de su experiencia de nadador, José sentía cómo la fuerza de sus músculos estaba llegando a su límite. Había tragado mucha agua y pensó que esta vez quizás no lo lograría. Su larga vida de ochenta años comenzó a pasar como una película por su mente, y el frío del océano a metérsele en los huesos. Luchando contra el cansancio, rezó en voz alta la oración del Ángel de la Guarda y pidió perdón por todos sus pecados. Encomendándose al Niño Jesús, sacó fuerzas de donde ya casi no existían y siguió nadando, con un ritmo regular pero cada vez más débil.

La lluvia amainó de repente, y José pudo ver algo que flotaba a la deriva. Con un último esfuerzo se dirigió hacia allá. Era un grupo de boyas blancas que, atadas por una cuerda, subían y bajaban al ritmo de las olas. Seguramente se habían desprendido de la playa con la tormenta. Las siguió con tenacidad, pues presentía que eran el milagro esperado, su particular tabla de salvación. Cuando las alcanzó, ya sin aliento, dio gracias lleno de alivio, pues podría descansar un rato a flote, para luego seguir nadando con ellas hacia la orilla. Con el nombre de Jesús en la boca, y agradecido por su suerte, pudo recuperarse progresivamente. La lluvia se había ido y el mar estaba más calmado. Se amarró con la cuerda a las boyas y hasta logró dormitar un poco a pesar del agua helada, mecido por el movimiento rítmico del mar.

………

Después de haber rezado, Chucho sintió una nueva esperanza y se dijo que el Niño Jesús no iba a permitir que José muriera esa Nochebuena. Era la misma noche en la que por tantos años había visto llegar la imagen del Niño Dios al pesebre de su casa, a quien su abuelo cargaba cantando aguinaldos antiguos. Al Niño le esperaban siempre las imágenes de la Virgen y San José en una pose de eterna adoración, como esperaba su propia familia esta noche de zozobra que él volviera con José. Estuvo seguro de que el niño Dios lo ayudaría a encontrar con vida a aquel hombre que tanto lo había honrado. En ese momento, creyó ver algo que flotaba a lo lejos en la superficie del océano. Podría ser un despojo en el mar, pero hacia allá se dirigió con una ráfaga de esperanza en el corazón y el foco del faro rompiendo la oscuridad.

………

José despertó de su modorra sobresaltado y vio un brillo entre las olas. Pensó que era un aviso para que se pusiera en movimiento. Ese destello de esperanza logró despertarlo de un todo e infundirle algo de las fuerzas perdidas. Con su adolorido cuerpo atado a las blancas boyas, comenzó a patalear con determinación hacia aquella incierta luz salvadora. Seguiría luchando hasta el final, pues estaba seguro de poder lograrlo con la ayuda de Dios.

………

Chucho habló de nuevo con el Niño Jesús con la misma confianza conque recordaba haberle hablado en su infancia: “Te prometo no mortificar más a mi abuelo. Te prometo no olvidarme más de ti. Hasta te prometo ayudarlo cada año a hacer el nacimiento, pero devuélveme a mi abuelo. Dame una nueva oportunidad de verlo y quererlo como él se merece. Concédeme la gracia de tenerlo un tiempo más conmigo y compartir con él su amor por ti”.

Las oraciones, entrecortadas de llanto, estaban todavía en la boca del muchacho cuando divisó, esta vez claramente, el blanco contraste en el mar. Se secó los ojos, enfocó bien la luz y dirigió la veloz lancha hacia la precaria ilusión con todo el poder de los motores.

………

El viejo José estaba seguro ahora. Sí; era una lancha rápida la que se acercaba a él y lo enfocaba con lo que, en la emoción del momento, entendió como la luz de Dios. Cuando escuchó los gritos supo que era Jesús; era su nieto querido que venía a buscarlo. Lloró de alegría y ya no nadó más. Estaba salvado.

“¡Gracias Dios mío; gracias Niño Jesús!”, decían el viejo y el muchacho cuando, realizado el milagro de su encuentro en medio del mar, se juntaron en un abrazo apretado con la fuerza del amor.

………

Esa noche fue inmensa la alegría en la familia. El mejor regalo de Navidad, la vida de José, llegó de la mano de Chucho. El muchacho se sentía avergonzado, pues todos lo trataban como un héroe cuando él sabía que el milagro no era suyo.

Esa noche todos cantaron juntos los aguinaldos, y después el abuelo colocó al niño sagrado en su humilde pesebre. Más tarde, cuando compartían alegremente la cena, el abuelo le dijo: “Chucho, dame un trozo más de ese delicioso pavo”. Y el muchacho contestó muy serio: “Abuelo, te pido, por favor, que desde hoy y para siempre… me llames Jesús”.

Los aplausos estallaron en la mesa. La alegría de José fue inmensa, y abrazando al muchacho con lágrimas incontenibles y riendo a la vez, dio gracias de nuevo al pequeño Niño Dios, que con su fuerza infinita les permitió la gracia de celebrar, otra vez juntos en familia, el eterno milagro de la Navidad.¶

………

Quiero regalar este cuento de Navidad a mis familiares y amigos. Está basado en hechos reales y, como muchas veces sucede, la realidad supera la ficción, sobre todo cuando se trata del milagro del amor.

Feliz Navidad y un 2006 lleno de prosperidad.

Nacha Sucre – Diciembre 2005

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Una veinteañera

En Buenos Aires: la librería “más linda del mundo” cumple 20 años

 

Fotografía cortesía de Grupo Ilhsa SA

Tomado de PRODAVINCI

por Alessandra Hernández V.

En diciembre de 2000 el teatro reabrió sus puertas como librería El Ateneo.

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07/12/2020

 

Diciembre del año 2000. Para algunos, el tercer milenio ya había comenzado, para otros estaba por llegar. Entretanto, continuaba la diatriba respecto al inicio del siglo 21. En Buenos Aires, otro acontecimiento captaba la atención de propios y extraños: la inauguración de la librería El Ateneo Grand Splendid en la avenida Santa Fe 1860, entre Callao y Riobamba, en Barrio Norte, Recoleta.

El edificio Grand Splendid fue construido para funcionar como teatro, a principios de 1900. Atraído por su majestuosidad, Max Glücksmann, inmigrante austríaco reconocido por sus aportes a la industria del cine y de la música, lo adquiere en 1919.

De estilo ecléctico, el Gran Splendid se convirtió desde sus inicios en insignia de la cultura porteña, no solo por su valor arquitectónico sino por marcar pauta en el cine, la radiofonía y la grabación musical. En el Splendid Theater, como lo bautizó Glücksmann, se escucharon las primeras audiciones de Radio Splendid, una de las primeras emisoras del país. Luego, el visionario austríaco volvería a marcar pauta al crear el sello discográfico El Nacional Odeón con el que promovió el tango y, por ende, a intérpretes como Carlos Gardel.

En 1926 el recinto vuelve a marcar pauta con el estreno de Juan sin ropa, clásico del cine mudo argentino. Tres años más tarde, se exhibió La divina dama, primera película sonora estrenada en la ciudad. 1964 marcó el retorno del concepto teatral cuando el empresario Clemente Lococo adquiere el local y lo convierte en uno de los teatros de más renombre. Sin embargo, el séptimo arte regresa en la década de los 70 hasta febrero del año 2000, cuando los espectadores acuden para ver la última película proyectada: Belleza americana, del director británico Sam Mendes.

Rosa Montero, 2016. Fotografía cortesía de Grupo Ilhsa SA

Es entonces cuando el Grupo Ilhsa, propietario de El Ateneo (librería y sello editorial), Yenny (una de las cadenas comerciales de librerías más grande de Argentina), del sitio web Tematika y de la revista literaria Quid, invierte US$ 3.000.000 en remozar el teatro para que pudiera lucir como tal como hoy.

En sus dos mil metros cuadrados, El Ateneo Grand Splendid ha recibido a destacados escritores, artistas, turistas, bibliófilos, público en general. Estar en Buenos Aires y no visitar esta joya artística es como irse de Roma sin conocer el Coliseo o viajar a París sin ver la torre Eiffel.

Antes de la pandemia se llevaban a cabo unos doscientos eventos al año: presentaciones de libros, conciertos, firmas de discos, conversatorios, además de exhibiciones de artes plásticas y fotografía. Ernesto Sábato, Paul Auster, Mario Benedetti, Quino, Rosa Montero, Mario Vargas Llosa, Fito Páez, Gustavo Santaolalla, Isabel Allende, Emma Shapplin, Augusto Pérez Reverte, John Katzenbach, Les Luthiers, Chayanne, Ricardo Montaner, Florencia Bonelli, Eduardo Sacheri, Anthony Browne, Benjamín Lacombe, Soda Stereo son algunas de las figuras que escogieron El Ateneo para mostrar su talento o simplemente para corroborar si es tan hermosa como dicen.

Soda Stereo, 2017. Fotografía cortesía de Grupo Ilhsa SA

 

En noviembre de 2018, el presidente francés Emmanuel Macron pidió que su primera actividad en la agenda del G20 fuera desayunar en la librería. Además de comprar varios libros de escritores argentinos y uno de la fotógrafa Sara Facio, elogió la original propuesta de ubicar el café justo en el escenario, con el telón abierto. Selfies mediante, Macron validó entre suspiros y sonrisas que Buenos Aires posee un tesoro más que París.

No en balde, la revista estadounidense National Geographic la consideró en 2019 como la librería “más linda del mundo”. Y aunque este año no han desfilado las más de 3.000 personas que entraban a diario a sus espacios, ha mantenido sus puertas abiertas con horarios restringidos y un tiempo máximo de quince minutos… o un poco más si los guardias te ignoran. Se mantiene vigente la norma de no fotografiar los libros, tampoco puede tomarse notas de éstos.

El breve tiempo de permanencia ya no permite sentarse en alguno de los palcos originales a leer el ejemplar predilecto o recorrer con deleite sus cuatro plantas hasta toparse con una serendipia entre los más de noventa mil títulos y doscientos mil libros que reposan en las estanterías. Desde la Biblia de Gutenberg —en una edición de Taschen lujosa, onerosa y pesada—, hasta el breve Che Boludo, guía de bolsillo en inglés para que los angloparlantes entiendan los modismos argentinos, es posible encontrar de todo… o casi.

Isabel Allende, 2009. Fotografía cortesía de Grupo Ilhsa SA

 

Literatura Latinoamericana tiene las firmas más reconocidas. “De Venezuela casi no entra nada”, dice una de las solícitas vendedoras al inquirir cualquier autor o autora de esa nacionalidad. “Pará, aquí hay uno… ¡ah!, pero es argentino: Gabriel Payares”. Luego rectifica y admite que es venezolano, el libro entre manos es Lo irreparable (Corregidor), el tercer compendio de cuentos del autor.

En el lado opuesto a literatura latina está la sección de comunicación y periodismo; hay un estante estelar, para periodismo de investigación y una sección aparte con el rótulo “Dictadura militar argentina”. Jorge Luis Borges escribió que ordenar bibliotecas es ejercer de un modo silencioso y modesto el arte de la crítica. Ordenar librerías también.

La sala Ateneo Junior, en el subsuelo, en estos días no ostenta la riqueza de familias leyendo al unísono Mary Poppins, El libro de la Selva o un cuento de Paw Patrol. No hay melómanos hurgando vinilos ni cinéfilos que con esperanza buscan, en los dvd, propuestas distintas a la de Netflix. Pero siguen concurriendo estudiantes, book lovers y curiosos.

Para este aniversario no habrá brindis presencial, nada de aglomeraciones o convocatorias masivas. Hay que cumplir con el distanciamiento social. Las charlas seguirán siendo, por Facebook e Instagram, en homenaje a Stephen King. Autores y autoras nacionales e internacionales seguirán saludando a la cumpleañera con videos caseros, breves. Quien haya subido a las redes su mejor foto en el establecimiento, tendrá su merecido premio. ¿Se enteraría Macron de este concurso? La celebración comenzó hace días y continuará hasta despedir el año.

John Katzenbach, 2010. Fotografía cortesía de Grupo Ilhsa SA

 

Es diciembre de 2021. El Ateneo Grand Splendid cumple dos décadas bajo la cúpula diseñada por Nazareno Orlandi. La pintura alegórica a la paz, creada por el muralista italiano para celebrar el fin de la Primera Guerra Mundial, representa distintas culturas y tiempos históricos, convoca al diálogo y a la conciliación. Asimismo, se aprecia una figura femenina que bien pudiera ser Atenea, aguerrida diosa griega de la inteligencia, la sabiduría, la civilización, las artes. Orlandi incluyó en su creación una máquina de proyección con una cinta cinematográfica extendida, palomas con ramas de olivo, querubines y símbolos de abundancia como el trigo, la vid, sus frutos. Su obra devino en sortilegio, pues quienes la aprecian se rinden ante tanta perfección.

Tal vez son las feromonas que emanan los libros, el amparo de la prodigiosa Atenea, el solaz que sienten alma, mente y corazón apenas cruzan la vitrina de la entrada o es eso que expresó el británico George Holbrook Jackson: “Amor a los libros, lo vuelvo a decir, dura toda la vida, nunca desfallece ni falla, sino que como la belleza misma, siempre es un placer”. ¡Que los cumplas feliz!¶

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Como polvo en el viento

El autor y el libro

 

Después de declarada la pandemia de Covid-19 en el mundo, muchas cosas han cambiado, entre ellas la frecuencia de las reuniones del Hormiguero en Caracas. Las Hormigas, a pesar de haber desarrollado una buena caparazón después de dos décadas de chaparrones y de mantener activo, contra viento y marea, el mejor grupo de WhatsApp del mundo, hemos sufrido la desdicha de no podernos ver ni abrazarnos y sentir la energía poderosa de estar juntas. Ya algunas se habían ido del país y otras se quedaron atrapadas afuera por “el bicho”; por eso, el martes 1º de diciembre en el salón de Carolina, cuando por fin nos reunimos, Carola pidió comenzar con una oración de gracias: por estar juntas y por estar vivas, por seguir leyendo con placer—las más de las veces—y con mucho compromiso las novelas que nos proponemos. Somos bendecidas de muchas maneras y una, importante, es nuestro grupo de lectura. ¡Gracias a Dios por ello! Claro que también pedimos por nuestra salud, la de las familias y por la del mundo en este año de peste.

No se nos olvidó nuestra adorada Venezuela, que tanto sufre y vimos reflejada en la novela que nos tocó discutir: Como polvo en el viento, el más cubano de los libros de Leonardo Padura (La Habana, Cuba 1955). A pesar de sus 672 páginas en el iPad, y con ese tema que por ser espejo de nuestro vivir es tan irritante para las Hormigas, alcanzó 6 puntos en la votación.

Copio de Elizabeth:

…es un libro con varias aristas. Maneja la situación política, social y económica de Cuba, la inmigración, las relaciones humanas y el valor de la amistad, además de ser una novela de suspenso. (…) …lo que más me gustó fue el manejo de las relaciones entre los humanos con sus motivaciones, aciertos y errores. El concepto profundo e invalorable de la amistad que mantiene a los seres humanos unidos aunque estén separados, ayudándose y preocupados por el bienestar de unos y de otros a pesar de ser tan diferentes. (…) Me afectó saber que la vida cotidiana de Venezuela se volvió exactamente igual a la del día a día cubana, lo que nunca pensamos que nos pasaría. (…) Después de haber leído del autor El hombre que amaba los perros y Herejes, me parece que éste no está a la misma altura; en mi opinión le faltó armonía. No es consistente. Hay diálogos maravillosos y otros muy flojos.

Padura, hijo de padre masón y madre católica, es un cubano atípico a pesar de haber jugado béisbol en la infancia y, como todos, haber soñado con llegar a las grandes ligas. Puede, como casi ninguno, viajar por el mundo y seguir viviendo en Cuba, en el mismo barrio y en la misma casa donde nació. Tiene el don de la observación y el de contador de historias desde que siendo un niño leyó la del Conde de Montecristo. Es el escritor vivo más importante de Cuba, que ha aceptado la era digital como la superación de la edad moderna y piensa que es un vehículo para construir cultura. Ha alcanzado fama internacional y muchos premios. Él se nutre de las historias de su tierra, esa isla maltratada por tantas desgracias que es una mina de situaciones inverosímiles que parecen sacadas del Realismo Mágico. Y dice: “Sin Cuba no soy nadie”.

Los personajes que forman el clan de la novela son amigos de la universidad, todos diferentes entre sí a pesar de ser contemporáneos, y aunque estos “hijos de la revolución” son educados y relativamente privilegiados y algunos provienen de familias de abolengo anterior o acomodadas en el sistema, tienen en común el agobio que causa el peso de la bota militar comunista sobre el cuello. Distraen el tormento como pueden o pasan por encima de él, y por ello es tan citado el libro de Milan Kundera, La insoportable levedad del ser, que leyeron y releyeron esos amigos en los ochenta tardíos cuando se desarrolla parte de la novela. La mayoría huye como bien puede de Cuba al terminarse la ayuda de Rusia y Checoslovaquia, hecho que está muy bien destacado. La que no está nombrada, ni sugerida siquiera una vez, a pesar de que la historia se extiende hasta bastante más allá del año 2000, es la ayuda constante y abultada que Venezuela le ha prestado a la isla en detrimento de su propia población.

Marisabel vio reflejada en el grupo de amigos a la mitología griega, y cada personaje representa un arquetipo particular con algunas de sus características psicopáticas. Al desmembrarse el grupo, la soledad—que es como una flor carnívora—y la desesperanza son lo que queda con el recuerdo de la juventud.

Graciela sospechó de una “escritora en negro”, por lo bien desarrollada que está la psicología femenina en el texto y su sensibilidad ante algunos detalles que sólo tienen las mujeres. La investigación detrás de la historia está bien realizada, y hay clarividencia en el carácter autobiográfico de muchas situaciones y personajes.

Es un libro difícil de leer a pesar del escritor, arquitecto de la narrativa que tan bien conoce su trabajo y maneja con precisión el cambio del tiempo de pasado a presente, que detalla las emociones y logra describirlas así como lo que cabe en un instante. A pesar de eso el libro es largo, pesado y tedioso, basado en el desarraigo de los que se fueron, pero también en el de los que se quedaron y vieron despedazarse sus predios. Los cubanos, como los venezolanos, estamos dejando nuestras cenizas en diferentes latitudes, pues ahora somos, así como dice la canción, Como polvo en el viento. En casi todos los países del mundo hay, al menos, un venezolano huyendo de la catástrofe. Vayan para ellos, desde Caracas y de parte de Las Hormigas, los mejores deseos de paz, salud y prosperidad en estas tristes navidades, y que el Niño Jesús nos bendiga a todos y nos traiga un 2021 feliz.
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El próximo libro es el de Sándor Marai, El último encuentro. NS

PD: Releí en estos días El amor en los tiempos del cólera, del maestro Gabriel García Márquez. ¡Cómo cambian los libros cuando pasa el tiempo! Éste en particular, cuyos personajes centrales son dos viejos, me resultó totalmente nuevo y sabio con los años. Se los recomiendo.¶

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Olga Tokarczuk: “Con la pandemia, ésta puede ser una época interesante”

La Premio Nobel polaca nos da la pala y nos insta a excavar. El cuestionamiento de la fe, los avatares de la historia de su país y la imposible inmutabilidad brillan como piedras preciosas en su última obra

10 AGO 2020 – 16:16 CEST

BERNA GONZÁLEZ HARBOUR Subdirectora de EL PAÍS

 

La escritora Olga Tokarczuk, en Varsovia en 2018. ADAM STEPIEN / REUTERS

Crear un lugar propio y generar en torno a él una mitología válida para explicar la vida o para esbozar los límites de nuestra incapacidad de comprenderla es una meta a la altura de pocos autores. García Márquez lo hizo en Macondo, Cervantes en un lugar de La Mancha o Lewis Carroll en el país de las maravillas. Pero hay otro sitio llamando a la puerta: Antaño, “un lugar situado en el centro del universo”, la creación probablemente más fantasiosa, imaginativa y desbordante de Olga Tokarczuk, (Sulechow, Polonia, 1962), premiada en 2019 con el Nobel de Literatura de 2018, año en el que la Academia sueca lo aplazó.

Un lugar llamado Antaño (Anagrama) es el título recientemente publicado en España de esta Nobel, de quien apenas conocíamos Sobre los huesos de los muertos (Siruela) y Los errantes (Anagrama). La pandemia frustró su promoción en España y todos los planes que tenía en marcha, pero Tokarczuk ha encontrado en esta peste del siglo XXI, de un mundo que se creía seguro y no lo es, una buena excusa para frenar y además reflexionar. “Fue un alivio renunciar a mis viajes, estaba cansada y hacía mucho tiempo que no vivía en mi propia casa”, cuenta a EL PAÍS por correo electrónico. El confinamiento coincidió además con la enfermedad de su perro y agradece haberle podido cuidar. “Creo que la pandemia es ante todo una lección de humildad. Es un concepto antiguo y un tanto olvidado. El hombre olvidó la humildad ante la naturaleza, ante fuerzas superiores a él. Espoleado por una inusitada arrogancia, destruyó muchas cosas a su alrededor: a los seres vivos, el medioambiente, el paisaje. Cambió el clima. Y ahora prepara su despliegue en el cosmos”, reflexiona.

Los que se han acercado a su obra saben que Tokarczuk, nacida bajo el comunismo en Polonia y adulta bajo el capitalismo y la democracia, navega a la vez en la introspección y en el amor a una naturaleza que la conecta fuertemente con el mundo. Su obra es un dique contra la frivolidad, la destrucción, la violencia. “La pandemia nos enseña que seguimos siendo una especie más sobre la tierra, dependiente de una intrincada red de relaciones, que tenemos un cuerpo frágil y mortal y que nuestras posibilidades son limitadas. Tengo la impresión de que vuelve la máxima Memento mori, tan popular en la formación cultural del Barroco europeo, cuando el ser humano se vio obligado a enfrentarse a epidemias, guerras y fuerzas crueles, inconcebibles. Es la vuelta a una visión del mundo como misterio, a una búsqueda del significado de la existencia humana en la tierra, a indagar sobre la naturaleza del hombre y la presencia del mal. Esta puede ser una época interesante”.

Y es en esa búsqueda perpetua que propone en la que encaña Un lugar llamado Antaño, la explosión más luminosa que puede realizarse de personajes, conflictos, relaciones, vidas y muertes. Tokarczuk eleva las vidas de locos, pueblerinos, molineros, párrocos, fieles católicos, soldados, invasores nazis o soviéticos, gentes cargadas de miserias, límites y estrechas ambiciones a una categoría majestuosa. De bisutería humana —la que componemos todos— logra joyas. Su foco se va posando en unos y otros, iluminando a humanos, animales y vegetales en una fusión que es común y alentadora en su obra. Ella está en todo.

Antaño es un pueblo cualquiera de Polonia, claro. Una Polonia católica y rural donde la búsqueda de una forma de vida aceptable está siempre truncada por los avatares que deciden otros: la I Guerra Mundial y el servicio al zar ruso, la invasión nazi y luego la soviética en la II Guerra Mundial; el régimen comunista y la corrupción intrínseca que alimentó entre los más trepas y serviles. Bosques, huertos, vacas sufren también los vaivenes de una historia que solo tiene que ver con voluntades ajenas.

“Antaño es un lugar alegórico y metafórico. En ese sentido, nunca ha existido y a la vez siempre existe”, cuenta Tokarczuk. “En Antaño, el tiempo es el orden básico, la estructura: si bien no es común para todos, en cierto sentido todos lo poseen. El tiempo de cada personaje es una especie de burbuja individual, una escena psicofísica en la que los personajes interpretan sus vidas. Estos tiempos interactúan mutuamente, llegando a veces a interferir entre sí”. La autora escribió este libro hace 25 años, “cuando aún veía el mundo como Leibniz, es decir, repleto de mónadas independientes. Hoy en día lo concibo un poco diferente: como una red de influencias mutuas”. En Antaño, son otros quienes deciden y los habitantes y el hábitat de Antaño sufren. Una poderosa metáfora vigente.

Pero no es solo eso. Detrás de todo acontecer se va hilando un cuestionamiento de Dios y de la creencia ciega en su poder. Ese que está en todas partes y que cuando lo intentas encontrar no está. Ese que nos creó y quedó tan orgulloso que no pensó en las consecuencias. Ese que no nos hizo el favor de la inmutabilidad, sino que nos permitió mutar para nuestra desgracia. Ese que va él mismo mutando. Reflexiones salpicadas por todo el libro de la mano de uno de los protagonistas, el hidrocefálico Izydor, que siendo un diferente, un discapacitado, crece en la novela como el único capaz de la genialidad en el pensamiento. No entiende Izydor por qué murió su madre en la guerra, por qué murió su padre, por qué se fue Ruta, su alma gemela, su amor, maltratada y esclavizada por un marido al que eligió para poder llevar zapatos de tacón.

¿Porque acaso no es todo eso incomprensible? ¿Acaso se puede sobrellevar tanto sin borracheras de vodka, sin revanchas? ¿Acaso alguien creía que por estar escondido en el centro del universo, ese centro que es el pueblo de cada cual, alguien se iba a librar de la muerte injusta, la invasión, la dictadura, el marido borracho, la violación o la rebelión de la naturaleza?

Son grandes las reflexiones posibles tras leer Un lugar llamado Antaño, como lo son las de Sobre los huesos de los muertos, una rica y singular novela negra donde una vieja animalista ejerce un protagonismo nada empático, pero resolutivo y brillante. Imposible sintonizar con ella salvo por los lazos del humor y la perplejidad. Que son enormes. Trabajo fino.

Hay autores fáciles que nos dan todo mascado. Los hay más difíciles, más desafiantes, que nos hacen trabajar. Tokarczuk nos entrega la pala y nos dice: excava. Busca esas joyas, las lecciones del conservadurismo y la adaptación, de la naturaleza, de la mutabilidad, de la fe y de la pérdida de fe. Coge toda esa bisutería y descubre que te he preparado piedras preciosas porque no hablo de Antaño, ni de Polonia, sino de tu pueblo y de ti. Enorme literatura que nos lleva a preguntarle por su motor.

—¿Por qué escribe?

“En el umbral de la vida adulta”, relata, “escribir me procuró una sensación de libertad y autoestima. Fue un gran consuelo, pues no tenía que realizarme en un rol impuesto por los demás. Encontré un espacio propio, misterioso y particular”. Escribía tanto en esos años que agradece que muchos de sus primeros textos no vieran la luz. “Ahora es mi profesión. Tengo la suerte de que, en mi caso, mi trabajo es también mi hobby. Creo que no sabría hacer ninguna otra cosa”.

En ocasiones, dice, “quisiera creer que la literatura, la escritura es un proceso que recrea el mundo”. Pero son pocos quienes se interesan por los libros y tan solo un reducido número de personas lee. “Unas palabras pronunciadas o firmadas por algún escritor son mucho menos relevantes que las decisiones de los economistas y políticos, los importantes descubrimientos científicos o los nuevos medicamentos. Son estos los que cambian el mundo. La literatura es un campo un tanto elitista en la actualidad. Implica a los países avanzados, con una infraestructura editorial desarrollada, donde opera un mercado, existe una red de librerías y periódicos. Somos unos privilegiados, tanto los escritores como los lectores. Ni en las recónditas estepas de Asia ni en los barrios bajos de las grandes ciudades africanas o americanas se lee literatura ya”.

La suya, confiesa, está de mudanza. Tokarczuk acaba de volver a vivir a su antigua casa, donde se gestaron sus primeros libros. “Me pregunto qué inspiraciones encontraré aquí, nuevas o añejas”. Estaremos atentos.¶

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Traducción de las respuestas de Amelia Serraller Calvo.

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