El blog de Las Hormigas

¡Saludos formíceos! Desde Caracas, Venezuela, le damos la más cordial de las bienvenidas a este registro de actividades del club de lectura Las Hormigas.

El inolvidable olvido

Cartel de promoción de Netflix

 

Hace cuatro años, Las Hormigas discutieron el libro más importante de Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos. Consta en la minuta de la sesión del 8 de febrero de 2017:

En el Hormiguero, la novela fue catalogada como una de las mejores que hemos leído, con una de las más altas calificaciones: 8,5 puntos. Las hormigas la definieron como: “canto al amor”, “libro para reflexionar”, “escrito con sencillez y amor”, “literatura íntima”, “novela que me marcó”, “poema al amor conyugal”, “gratificante y que deja enseñanza”, “crítica silenciosa a la violencia”.

Ahora acabamos de ver en Netflix la fiel película de Fernando Trueba, que preserva el título que llegaría a provocar una polémica, ya resuelta gracias a la obsesiva investigación del novelista huérfano. Se lee en el blog La antigua Biblos (Blog de recomendaciones de libros escritas por lectores empedernidos) la siguiente nota, del 15 de mayo de este año:

Ya somos el olvido que seremos – J. L. Borges

Ya somos el olvido que seremos.

El polvo elemental que nos ignora

y que fue el rojo Adán y que es ahora

todos los hombres, y que no veremos.

Ya somos en la tumba las dos fechas

del principio y el término. La caja,

la obscena corrupción y la mortaja,

los ritos de la muerte, y las endechas.

No soy el insensato que se aferra

al mágico sonido de su nombre.

Pienso, con esperanza, en aquel hombre

que no sabrá que fui sobre la Tierra.

Bajo el indiferente azul del cielo

esta meditación es un consuelo.

Este soneto de Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899-1986) se ha hecho últimamente especialmente conocido gracias a la película colombiana, dirigida por Fernando Trueba y protagonizada por Javier Cámara, que toma el título de su primer verso (El olvido que seremos, 2020).

La cinta, altamente recomendable, está basada en el maravilloso libro de Héctor Abad Faciolince del mismo título, que cuenta la historia y personalidad de su padre, Héctor Abad Gómez, médico, especialista en salud pública y defensor de los derechos humanos, asesinado en Medellín en el verano de 1987. Lo mataron a balazos, en la calle y a plena luz del día y en el bolsillo de su chaqeta, encontraron este poema y el nombre del poeta argentino.

Héctor Abad Faciolince publicó su novela 20 años más tarde y en ella decía que el poema era de Borges. Llegaron los expertos y dijeron que no era de él, que era un apócrifo, ya que no figuraba en ninguna de sus publicaciones, Héctor inició una larga y complicada pesquisa, que le llevó varios años y se cuenta en este artículo. Finalmente, y a pesar de la opinión en contra de María Kodama, la viuda de Borges y depositaria de sus derechos de autor, parece demostrado que el soneto no es apócrifo y junto a otros cuatro, todos sin título, fue dictado por el genial argentino al final de su vida.

Fue uno de sus últimos poemas, publicado en la revista colombiana Semana, de donde lo tomó el doctor Héctor Abad Gómez para leerlo en una emisora de radio. Y como dice su hijo, resulta un desenlace bonito saber que cuando lo mataron en la calle Argentina de Medellín, su pecho estaba protegido solo por un papel y un bello soneto, que le sirvió de epitafio, y que su muerte sirvió al menos para recuperar del olvido un poema de Borges sobre el olvido que seremos.

Una completa relación de las pesquisas del novelista colombiano, emprendidas cuando se puso en duda que el gran escritor fuese el autor del poema, puede encontrarse en Letras Libres. Allí, Abad Faciolince deja amplia constancia de sus investigaciones, que confirmaron la autoría de Borges para su tranquilidad. Tal vez, al poeta que escribió Las uñas la polémica acerca de la autoría no le hubiese importado en absoluto. En fin de cuentas, alguna vez escribió, en un ensayo sobre Kafka, “Cada escritor crea a sus propios precursores”. LEA

 

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El fuego a salvo

Guillermo Arriaga ¿en una cárcel?

 

La maravillosa y perturbadora Flannery O’Connor escribió: “Quien solo lee libros edificantes está siguiendo un camino seguro, pero un camino sin esperanza porque le falta coraje. Si alguna vez, por azar, leyera una buena novela sabría bien que le está sucediendo algo. Sentir cierta incomodidad es parte de la experiencia de leer un libro. Hay mucha mas pedagogía en la inquietud que en el alivio”.

Irene VallejoEl infinito en un junco*

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Teníamos tiempo sin vernos, unas más que otras; o por la pandemia, o porque muchas de nuestras hormigas voladoras habían estado de viaje. ¡Son tan preciados esos ratos! Una energía saltarina nos acompañaba: hay risas, conversaciones cruzadas, rubor en las caras. Puede ser también por el vino, o por el calor de la tarde de primeros de septiembre, o por el reflejo del último sol en la piscina y el verdor del jardín. Las amigas se ponen al día y cuesta llegar a la discusión del libro que algunas habíamos leído hacía ya siete meses. Pero no; no lo habíamos olvidado.

 

El grupete

 

“Es asqueroso, repugnante”, son las primeras palabras de mis apuntes. Salvar el fuego, de Guillermo Arriaga Jordán (Ciudad de México, 13 de marzo de 1958), es un libro polémico: rompe esquemas y eso duele. Mueve emociones con sus pasiones—amor, alegría, tristeza, rabia y miedo—pero también produce un asco profundo, hasta la náusea. A pesar de eso, una sigue leyendo; tiene algo adictivo. Aunque es verdad que no es un libro para todo gusto; no sólo por el lenguaje sino porque es una historia de muchas capas que nos lleva montadas en un subibaja de vértigo, hacia lo más oscuro y desconocido, hasta lo impensable. Además, su tono soez y grotesco nos habla directamente, con el uso de la primera persona, y nos involucra en las vidas de los personajes, en sus terribles intimidades, en su desastrosa historia familiar y en los distintos ambientes y lenguajes de la violenta Ciudad de México de la novela.

Marina, la protagonista femenina, se enfrenta a dos mundos: su propia burbuja, ordenada y aparentemente satisfactoria para todos, pero tan aburrida, pulcra y predecible que ella, como artista, se sabe estancada; el otro, un submundo que nunca imaginó conocer: lleno de violencia, corrupción, extorsión y venganza. Pero es además un despertar estético que transforma su arte, un placer sexual y un enamoramiento que nunca había vivido, que despierta en ella una curiosidad insaciable y una adicción por vivirla que la lleva hasta exponer la vida, perder a su familia y ser juzgada por su entorno,  vivir perseguida… huyendo tras un condenado a cincuenta años de prisión.

Algunas Hormigas consideraron eso como muy improbable, pero otras han conocido casos verdaderos de ésos impensables.

La inserción de los textos del taller literario en la novela, que nos muestran el alma de esos seres atormentados, acompaña la trama principal. En cambio, los del hermano de José Cuauhtémoc (el otro personaje central)—quien también era un asesino pero empresarial—hacen avanzar la trama al explicar los terribles pormenores de su disfuncional familia y los detalles del asesinato de su padre.

Las nuevas técnicas literarias que no agradan a todas en el grupo—llega a usar hasta siete sinónimos para una palabra—, su ritmo acelerado y los excesos descriptivos, algunas veces innecesarios, son como un guión de película que deja poco a la imaginación del lector. El relato parece ir a más velocidad que la vida real.

El uso del lenguaje, aunque se adapta perfectamente a los distintos ambientes y los diferentes personajes, es impredecible pero no entorpece la lectura. Lo que sí causó rechazo fueron los detalles pornográficos y escatológicos que a lo mejor son comerciales, despiertan el morbo del público y aumentan las ventas, pero además de muy desagradables resultan, para muchas, innecesarios.

Este drama shakesperiano nos dio una tarde intensa de discusión. Las votaciones fueron desde los cuatro puntos hasta los nueve. Terminó calificado con siete (7,3) sobre diez. La misma Hormiga que dijo aquellas primeras palabras, “es asqueroso, repugnante”, me comentó al final de la discusión: “Después de oírlas, como que me gusta más el libro”.

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El obsequio

 

Mirenchu se lució esa tarde; es la anfitriona perfecta. Además de los mil detalles de la mesa, de la casa y de su bondad innata, nos deslumbró con un nuevo look de pelo corto y su total recuperación.

Los sabores de esa tarde fueron perfectos. Una torta de chocolate del otro mundo, acompañada de la insuperable torta de naranja de Rosa Elena, coronaron la merienda. Pero al poco rato, aunque no queríamos, tuvimos que salir corriendo. Caracas es una de las ciudades más peligrosas del mundo, como Ciudad de México, y la remembranza de la lectura de Salvar el fuego nos alteraba. Cuando llegué a casa esa noche fue cuando me di cuenta de que no venía sola, que no tenía porqué temer: dentro de la bolsita de dulces que nos dio Miren como regalo de despedida, venía una estampita de la Virgen de Coromoto, con una oración que le pide que proteja a las familias venezolanas y las haga buenas y merecedoras del amor de Dios. Estábamos protegidas.¶

NS

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* Epígrafe suministrado por Graciela Sucre Guruceaga.

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Complemento en este blog: El Premio Alfaguara 2020

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(Debimos escoger entre dos novelas para leer el próximo mes. Interesadas por el tema Talibán—que está en el tapete—y en posesión de nuestro oficio de lectoras, preferimos El librero de Kabul, de Åsne Seierstad, antes que la novela de Khaled Hosseini: Y las montañas hablaron ).

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Rodrigo Blanco Calderón

Tomado de

 

ENTREVISTA

Rodrigo Blanco Calderón: “La literatura es la recuperación de lo irrecuperable a través de las palabras”

POR Karen Lentini

TEMAS PD

05/09/2021

Rodrigo Blanco Calderón retratado por Vasco Szinetar

 

En Simpatía (Barcelona, Alfaguara, 2021), su segunda novela hasta ahora publicada, Rodrigo Blanco Calderón nos presenta una historia sobre la orfandad, el amor a los animales y los reveses de la sangre. En esta obra se narra una realidad cruel en la que la supervivencia parece el único camino, donde las víctimas hacen de los animales otras víctimas frágiles e inocentes, y en la que por encima de la imperante necesidad, de la sevicia o la inconsciencia muchos aún son capaces de elegir el lado bueno de lo humano.

«El drama nace de esa lucha agónica entre la esperanza y la desesperanza, en la que la fe desempeña un papel, me imagino, esencial», afirma Mircea Cărtărescu. ¿A cuál de estos impulsos responde su necesidad de expresión en Simpatía?

En Simpatía hay una tensión constante entre el entorno hostil en el que viven los personajes y sus circunstancias particulares. Al enfocarme en los personajes que tratan de construir un refugio para perros en una ciudad desarticulada y en desbandada como la Caracas que allí represento, quizás sin darme cuenta estaba tratando de buscar un oasis de solidaridad en medio del desastre. Este rasgo algunos lectores lo han encontrado como algo luminoso en mi novela. Para otros lectores, en cambio, solo acentúa la irremediable soledad de tipos como Ulises Kan, el general Ayala o el propio Bolívar.

¿Por qué incluir a Nevado y a Bolívar en esta historia?

La casa donde sucede la mayor parte de la acción en Simpatía tiene rasgos que tomé de la casa de la familia de mi suegro. Ahí hay una vieja y amplia biblioteca, cuyas paredes están cubiertas por numerosos retratos de Bolívar en distintas épocas. Supongo que al utilizar ese espacio en la ficción le di entrada a Bolívar también en la novela. Y puesto que se trataba de una historia de perros, me interesó darle cabida a Nevado, el famoso perro que tuvo el Libertador.

Por lo general, son los personajes principales los que toman el pulso de las novelas. En esta son los secundarios. ¿Explíquenos cómo construyó a Paul?

Al principio, solo tenía a Ulises y a su esposa Paulina. Por alguna razón que no sé explicar desde las primeras líneas el narrador dice que Paulina tiene un hermano gemelo, Paul. Fue como dejar un cabo suelto que se fue cargando de energía a medida que avanzaba la novela. Y al final, este personaje –que aparece muy poco– tiene un rol decisivo. A veces en la vida sucede así: personajes secundarios con respecto a “la trama”, la trama de nuestras vidas, deciden los giros cruciales de la historia.

Ese fondo doliente y nostálgico presente en The Night, Los terneros y en Simpatía ¿se diluirá en sus obras futuras?

La literatura que más me interesa leer y escribir es la trágica, en cualquier sentido que se le quiera dar a esta palabra. No me parece, por otra parte, una excepción, pues eso es la literatura: la recuperación de lo irrecuperable a través de las palabras. Quizás esta idea de la literatura la tengo tan incorporada que no tengo conciencia de ello hasta que me lo preguntan. Nunca he estado demasiado consciente de ese fondo, por lo que me imagino que, como todo lo inconsciente, persistirá.

Ha afirmado que le hubiese gustado ser un escritor divertido. Thomas Nashe, autor satírico inglés, decía, por ejemplo, que la poesía es el tuétano del ingenio. Entonces la novela es…

¿La grasa?

¿Existe algún autor que le haya rememorado algún miedo oculto o le haya hecho presente una debilidad para escribir?

Creo que los autores que me han marcado comparten –todos– un mismo miedo, que es también el mío: el miedo a no poder escribir. Esa debilidad la han transformado en motivo de escritura y eso me ha inspirado, por decirlo así.

Adentrándonos en su experiencia como profesor, ¿ha encontrado algo en el entorno académico que le haya servido como escritor?

Sí, y en varios niveles. La experiencia universitaria y académica me ha dado temas, ambientes y personajes que están muy presentes en mis cuentos y novelas. También, desde el punto de vista de la lectura y la escritura, el haber sido estudiante y profesor universitario me brindó una estructura mental, pues tanto lo vivido como lo leído pueden ser reconstruidos como si fuera una investigación. Esta investigación puede ser policial, mística, familiar, psicológica. Es un modo de nombrar la búsqueda de la verdad.

Me gustaría que definiese su relación con los animales; ¿cree, además, que el amor por ellos es inculcado al igual que el amor por la literatura?

Creo que el amor, en general, es algo inculcado. Si has sido educado con amor hacia las personas, los animales y la literatura es muy probable que seas una persona amorosa con los demás, con los animales y con la literatura. Esto, por supuesto, no siempre se cumple. Si no, no habría tanto dolor en el mundo. No obstante, tengo la impresión de que los actos de bondad superan por mucho a los de maldad. Lo cual genera un efecto extraño pero lógico a su manera: que en la medida en que somos menos malos aumenta nuestra conciencia del dolor y de las injusticias. Y por eso a veces tenemos la impresión de vivir en la más cruel de las épocas, cuando puede que sea justamente lo contrario.¶

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Las escritoras “excéntricas”

Tomado de EL PAÍS

Las escritoras “excéntricas” que triunfan fuera de Madrid y Barcelona

Andrea Abreu, Irene Vallejo, Sara Mesa, María Sánchez o Ana Iris Simón han conquistado las listas de ventas y reivindican la potencia literaria de la periferia

 

La escritora Andrea Abreu, en La Laguna (Tenerife), el pasado 8 de mayo. RAFA AVERO

 

ANDREA AGUILAR

Madrid, 19 de agosto de 2021

 

Sus libros abarcan ensayo y novela, sus voces recorren la geografía española y la amplitud de sus temas e intereses deja claro que no se trata ni de un grupo literario concreto ni de una tendencia pasajera. Todas viven fuera de Madrid y Barcelona. Se han ganado el respeto de la crítica y el público, y su presencia destacada en la lista de libros más vendidos en los últimos tiempos demuestra que el éxito literario en España ya no se escribe necesariamente desde esas dos ciudades, hasta ahora consideradas indispensables epicentros culturales para escritores.

Sara Mesa vive en un pueblo de Sevilla, a unos 15 minutos en coche de la ciudad. Jamás pensó en trasladarse, aunque a medida que sus novelas iban ganando lectores y reconocimiento no faltaba quien le preguntaba: “¿Ya te has mudado aquí?”. Y aquí iba por Madrid o Barcelona “como si fuera una consecuencia lógica”, cuenta en conversación telefónica la escritora, que nació en Madrid hace 45 años, aunque de niña se trasladó a Andalucía.

Es obvio que siempre se ha podido escribir desde cualquier sitio, pero resultaba más complicado pensar que una obra tendría eco y encontraría a un público si no se estaba cerca del meollo. Mesa empezó a los 30 y ha ido poco a poco. “Hoy no pesa tanto el elemento geográfico para publicar o tener éxito, es algo más líquido, aunque la geografía sin duda es importante para configurar la narrativa de cada uno”, sostiene. La protagonista de su última novela, Un amor (Anagrama), se instala en un pueblo sevillano. ¿Sigue ese personaje la ruta que muchos han emprendido fuera de los centros y las ciudades? “Ella huye y va al sitio más barato”, explica escueta.

Irene Vallejo en un parque de Zaragoza CARLOS GIL-ROIG

 

Sobre el auge de autoras en el panorama literario actual en España, Mesa destaca que esas voces “reivindican las diferencias”, y que en cualquier caso el cambio es “a nivel de visibilidad” porque escritoras ya había muchas. “Esto no es una moda, sino una cuestión de ajuste histórico”, zanja. Añade que al fin una de las ventajas de asentarse fuera es mantener distancias con sus colegas. “Tengo amigos escritores, pero creo que es bueno no hacer vida de escritor. Mucha gente con la que me cruzo a diario no sabe que publico libros y esa distancia para mí es buena. Si estás todo el día con autores acabas con una visión alterada de la realidad”, sostiene.

Los tres años que vivió en Madrid acabaron por convencer a Andrea Abreu (Tenerife, 26 años) de que esa ciudad no la acercaba a la actividad cultural y la llenaba de estrés, preocupada como estaba por poder pagar el alquiler, mientras trabajaba de empleada en una tienda de lencería: había renunciado a trabajar como periodista de becaria y trataba de terminar su primera novela. Acabó Panza de burro (Barrett), volvió a Tenerife y se ha convertido en uno de los grandes fenómenos editoriales recientes con 30.000 ejemplares vendidos.

Canarias, dice Abreu, es el lugar que más le gusta y el que a esta “niña del monte” le hace sentir “arraigada” y eso, admite, “va en contra de la Andrea de 19 años”. Porque ella creció pensando que era imposible alcanzar algo en el terreno de la cultura en Tenerife, “la periferia de la periferia, el noroeste de África”. Esa idea la empujó a irse fuera, a Madrid y a Italia. “Pensaba que quedarme en Canarias sería un fracaso vital”, explica. “Lo cierto es que creativamente las islas son muy ricas en literatura y sobre todo en música. Hay otras fuentes de inspiración, otras dinámicas y otros ámbitos de la cultura africana, latinoamericana y europea, pero aquí las industrias de cine y editoriales son prácticamente nulas. Si mi libro se hubiera publicado en Canarias no habría tenido este éxito, porque si se produce desde dentro parece que no tiene el mismo valor. Hay un complejo histórico desde la canariedad”.

Ana Iris Simón, en su casa de Aranjuez. INMA FLORES / EL PAIS

 

Abreu no tiene dudas de que se ha roto “con la idea de que el mundo empezaba y acababa en Madrid y Barcelona”. Hoy, dice, ya no está muy claro dónde está el centro. Y desde esa multiplicidad la escritora, incluida en la última lista de la revista Granta de escritores relevantes en español menores de 35, reivindica “la diversidad del uso del español, la creación desde espacios geográficos y lingüísticos diversos”. Fue precisamente la ausencia literaria de ese particular uso del idioma lo que Sabina Urraca, la editora del libro de Abreu, echaba en falta. “Era como si la gente no viera que su oralidad era importante, porque desde las capitales la literatura reflejaba un habla desde lugares neutros con voces neutras”, apunta Urraca al teléfono. A ella la idea de la literatura deslocalizada le hace pensar en “un tonel de vino abierto que anima a coger unos vasos y llenarlos”. Y concluye: “La periferia ha ganado encanto”.

Veterinaria a tiempo completo, María Sánchez (Córdoba, 32 años) dice que, con su libro Tierra de mujeres (Seix Barral) y los poemas recogidos en Cuaderno de campo (La Bella Varsovia), ha tratado de llevar “los márgenes al centro, porque siempre se escribía desde los mismos lugares”. Reivindica la voz de las autoras que hoy ponen en cuestión quién ha escrito hasta ahora, por ejemplo, sobre el medio rural. “Estamos repasando esas ausencias. Estamos sedientas de leer a más mujeres”, afirma al teléfono, sentada bajo un ciruelo, y añade que le gusta vivir alejada de la inmediatez de las grandes ciudades.

La autora de Feria (Círculo de Tiza), Ana Iris Simón, de vuelta en Aranjuez, el lugar donde creció, apunta que durante décadas había una buena oferta de productos culturales hechos por y para Madrid. Ella leía las novelas urbanas de Ray Loriga y ahora los adolescentes leen libros como Panza de burro, lo que la lleva a pensar que hoy “se apuesta por la identificación más que por lecturas aspiracionales; hay un cambio de sensibilidad social”. El giro arranca, según Simón, con Sergio del Molino: “Llega un boom que alcanza a la industria y a las editoriales, que van sacando muchos libros que llegan de las ciudades de la periferia y de las provincias”, explica. “Es una corriente y un debate sobre dónde elegimos y dónde podemos vivir, porque el regreso a veces se ha romantizado y no se trata solo de modernos plantando tomates, sino de jóvenes que se ven obligados a volver a su pueblo”.

La escritora Sara Mesa, retratada en Barcelona.MASSIMILIANO MINOCRI / EL PAÍS

 

En todo este proceso internet ha jugado un papel esencial facilitando lo que la agente Marina Penalva, de Casanovas Lynch —agencia literaria que representa a Ana Iris Simón, Abreu e Irene Vallejo— califica de “intercambio más horizontal que ya no necesita pasar por Madrid o Barcelona, y que también ocurre entre España y Latinoamérica”. El circuito, constata Penalva, ha cambiado, y hay más facilidad para acceder a los libros y a los agentes comerciales desde fuera de las dos grandes ciudades.

Otra prueba irrefutable de que las cosas están cambiando es que el camino literario que se forjan nuevos escritores latinoamericanos radicados en España comienza a desviarse de la ruta que marcaba Madrid y Barcelona como únicos destinos. La venezolana de 28 años Gabriela Consuegra llegó a A Coruña saturada de Caracas, dice, donde no podía “pensar a gusto”. Una hermana que ya estaba en Galicia y unas cartas que encontró de Julio Cortázar sobre la ciudad norteña acabaron por escorar su decisión.

“Aquí pasé el duelo y esta ciudad se acoplaba al ritmo que llevaba por dentro”, explica la autora de un sentido libro sobre la enfermedad y pérdida de su padre, Ha pasado un minuto y queda una vida (Temas de hoy). Pasó por Buenos Aires antes de asentarse definitivamente en Galicia de nuevo y fue ahí donde logró escribir y empezó a mover el manuscrito. “La literatura como tal, más allá del periodismo, la encuentro en A Coruña. Tardé poco en encontrar un hueco y la editora con la que he trabajado se puso muy contenta cuando supo que no estaba ni en Madrid ni en Barcelona”, cuenta. Consuegra habla de una apertura de miras y de una generación, la suya, que ella cree que está más dispuesta a hacer lo que quiere desde donde esté. “Con internet, ¿quién puede ubicar el centro?”, pregunta. Y menciona las redes locales y las librerías, y otros autores, como Manuel Rivas, que fueron transformando el panorama. “Hay un cambio en las ciudades de provincias”.

Irene Vallejo, radicada en Zaragoza, condujo muchos kilómetros por Aragón visitando clubes de lectura y bibliotecas rurales antes de reventar las listas de ventas con El infinito en un junco (Siruela). Recuerda perfectamente las tortillas y las croquetas con las que la agasajaban y cómo iba con el maletero lleno de libros y regresaba con cebollas y longaniza. “Estuve una década así y el salto al escaparate nacional me parecía muy difícil”, explica.

DVD 935 Cordoba 07/02/2019. María Sánchez Poetisa, y veterinaria. foto. Alejandro Ruesga

 

Vallejo (Zaragoza, 42 años) se refiere a la “mirada excéntrica” de las escritoras radicadas fuera de Madrid y Barcelona y cómo eso permite “estar en contacto con otras realidades y mantener los pies en el suelo”. Habla de las redes periféricas que con gran esfuerzo se han construido en la España democrática, de la expansión de la red de bibliotecas en zonas rurales —“en todo esto siento que hay una herencia de las misiones pedagógicas de la República”—, y de cómo la tecnología y las comunicaciones han facilitado las cosas. Desde Buñuel hasta Sender, la autora recuerda que la cultura aragonesa emigraba, pero hubo un giro en las últimas décadas “con círculos que se quedaban aquí y en eso Félix Romeo fue muy importante”.

Vallejo necesita la proximidad de su familia, tener una red de la que no puede prescindir. El cuidado de su padre y luego de su hijo la ataron. “Es una situación que muchas vivimos como mujeres y fue una decisión libre, pero considero que hay que hablar de ello, acabar con la ley del silencio”, asegura. “Los afectos, las personas, los cuidados: eso tiene que ser compatible”. Su éxito, dice, no es solo un logro individual: “Para que mi compleja situación personal no hundiese mi carrera ha habido un esfuerzo colectivo. Ser paciente y ser terca me han ayudado mucho”.¶

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Sexo entre neandertales y ‘sapiens’

Tomado de

 

La literatura se adelantó a la ciencia

El actor Ron Perlman y el director Jean-Jacques Annaud durante el rodaje de ‘En busca del fuego’ en 1980. En vídeo, tráiler de ‘En busca del fuego’. FOTO: ERNST HAAS (GETTY IMAGES) / VÍDEO: FOX

 

Guillermo Altares

29 jul 2021

 

El director Jean-Jacques Annaud es un obseso de la precisión histórica en sus películas. Durante el rodaje de El nombre de la rosa, la adaptación de la novela de Umberto Eco, tuvo unos cuantos días a los principales medievalistas europeos, entre ellos a Jacques le Gof y Michel Pastoureau, investigando si los monjes comían o no con la capucha puesta. Era un detalle pequeño, pero caro: si se descubrían la cabeza para comer, había que hacerles las tonsuras a los extras y cobrarían mucho más. También hizo que se pintasen de negro los cerdos que aparecen en segundo plano en el patio de la abadía cuando Pastoureau le explicó que en la Edad Media los cochinos no eran rosas, sino negros o con manchas.

Para la adaptación de En busca del fuego, la gran novela prehistórica del belga J.-H. Rosny Aîné, seudónimo de Joseph Henri Honoré Boex, publicada por primera vez en 1911, no reparó en gastos: contrató al etólogo Desmond Morris, entonces una autoridad mundial como autor de El mono desnudo, para que imaginase los movimientos y lenguaje corporal de los hombres prehistóricos y al novelista y erudito Anthony Burgess (el autor de La naranja mecánica o Poderes terrenales) para inventarse las lenguas que hablan (más bien gruñen) las diferentes especies humanas que aparecen en la serie. La leyenda de Hollywood dice que cuando a William Faulkner le encargaron el guion de Tierra de faraones, lo primero que hizo fue llamar a Howard Hawks para preguntarle “cómo diablos hablaban los faraones”. Annaud metió en nómina a Morris y Burgess para tratar de responder a esa pregunta aplicada a la prehistoria. Sin embargo, no fue suficiente.

Aunque reconocieron que recreaba la prehistoria con solvencia y credibilidad (es imposible saber cómo fue, pero por lo menos podría haber sido como la reconstruyó Annaud), la mayoría de los especialistas criticaron el rigor científico del filme por un detalle crucial: dos especies humanas diferentes, una más primitiva y otra más avanzada, se supone que un neandertal y un sapiens, mantenían relaciones sexuales. Cuando se estrenó la película, en 1981, un encuentro de ese tipo parecía imposible. Sin embargo, el pasado remoto cambia constantemente y con él la percepción que la humanidad tiene de sí misma. Lo que a finales del siglo XX parecía un disparate, a principios del siglo XXI se convirtió en una realidad.

 

Fotograma de la película ‘En busca del fuego’ (1981), que muestra a una ‘sapiens’ y un neandertal.

 

Un equipo del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig (Alemania), dirigido por el biólogo sueco Svante Pääbo, logró secuenciar el ADN neandertal en 2011 y ofreció un descubrimiento que transformó la prehistoria: se produjeron hibridaciones entre neandertales y sapiens hace 70.000 años y el resultado de esos encuentros sexuales es que los humanos no africanos tenemos entre un 2% y un 4%. Desde entonces, la cosa no ha parado de complicarse y la convivencia de diferentes especies humanas que describía En busca del fuego se ha confirmado.

Esta novela fue escrita cuando la prehistoria era una ciencia emergente que provocaba una mezcla de fascinación, rechazo y desconfianza: la idea de que los hombres blancos eran descendientes de una especie nacida en África no siempre cuadraba con el colonialismo y el racismo institucional que impregnaba la vida de las sociedades occidentales, que apenas hacía dos generaciones que habían abandonado la esclavitud. Si hay una ciencia que muestra sin la más mínima duda –qué tristeza que sea necesario demostrarlo– que todos los humanos somos iguales esa es sin duda el estudio del pasado remoto. El descubrimiento del equipo de Pääbo confirmaba que todas las sociedades humanas, desde hace miles de años, habían sido multiculturales, incluso multiespecies. Desde este mismo mes de julio, sabemos que hubo un momento en el que por lo menos ocho especies humanas cohabitaban en la tierra y que la soledad de los Homo sapiens, desde hace unos 40.000 años, es la excepción.

Si ha habido un tema que ha interesado a la literatura prehistórica, es precisamente ese, el del encuentro de diferentes especies que comparten el mismo espacio, sobre todo entre neandertales y humanos. El premio Nobel de Literatura británico William Golding, autor de El señor de las moscas, publicó en 1955, en plena Guerra Fría, la novela Los herederos (Minotauro) en la que relataba cómo un clan neandertal se enfrentaba al cercano final de su especie. En uno de los momentos más emocionantes de un libro extraño y evocador, un anciano de la tribu le confiesa a uno de los jóvenes: “Hay otra gente en el mundo”. La tribu neandertal se da cuenta de que todo ha cambiado cuando regresan en su nomadismo a los pastos ancestrales de su clan porque otras personas rondan aquel territorio. Los Homo sapiens son descritos como seres crueles, que destruyen el mundo a su paso, una de las marcas de la obra de Golding.

Panel con pinturas rupestres de la cueva de Lascaux, en Francia.Heritage Images / Heritage Images/Getty Images

 

La danza del tigre (Plot), del paleontólogo sueco Björn Kurtén, es a menudo citada por expertos en la prehistoria como la mejor novela sobre el pasado remoto de la humanidad. “La danza del tigre se desarrolla en el momento de la desaparición de los neandertales”, escribe Juan Luis Arsuaga en el prólogo de la edición española. “En todos y cada uno de los lugares donde ocurrió, alguien pensó: ‘Soy el último de mi raza. Es tiempo de morir”, agrega el codirector de Atapuerca y autor junto a Juan José Millás de uno de los éxitos prehistóricos del año, La vida contada por un sapiens a un neandertal (Alfaguara).

La saga de El clan del oso cavernario (EmBolsillo), de Jean M. Auel, el best-seller sobre la prehistoria por antonomasia, arranca con la historia de una niña sapiens que se queda huérfana y es adoptada por un clan neandertal. Y El último neandertal (Maeva), de Claire Cameron, relata la conexión entre una neandertal y la científica que investiga el yacimiento en el que reposa 40.000 años después, como si la relación entre las especies superase el tiempo y el espacio.

En casi todos estos libros, la prehistoria es utilizada como marco para novelas de aventuras clásicas, aunque también como una reflexión sobre el poder destructor de los humanos a lo largo de los tiempos y sus implicaciones sobre el presente. Pero, por encima de todo, estos libros contienen muchas lecciones de humildad, la más importante de ellas es que estar solos es una excepción: si los primeros Homo sapiens surgieron hace unos 200.000 años (aunque otros científicos hablan de 300.000) por lo menos hasta hace 40.000 años compartimos el planeta con otras especies humanas. Por qué ellos desaparecieron y nosotros seguimos aquí se mantiene como un misterio que nos interroga sobre nuestra fragilidad mucho más ahora que sabemos que somos los últimos, que ya no hay otra gente en el mundo.¶

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El grandioso enigma de Esdras Parra

Tomado de

 

Con el título de Lo que trae el relámpago, Fundación La Poeteca publica dos libros inéditos de la narradora, poeta y periodista cultural venezolana fallecida en 2004. Momento para redescubrir su obra y entender—por fin—su verdadera historia

 

Rafael Osío Cabrices

13 de agosto de 2021

Esdras Parra, retratada en Caracas por Vasco Szinetar, es una voz única en la literatura venezolana de la segunda mitad del siglo XX

 

Hace unos ochenta años, en Tovar, en el norte cálido del estado venezolano de Mérida, un infante esperaba a que su madre se ausentara para vestirse con su ropa, maquillarse y mirarse al espejo. Se llamaba Esdras, como el escriba hebreo, como el poeta Pound, y tenía una larga batalla por delante, que libraría sobre todo por dentro y en su propio cuerpo.

El 18 de noviembre de 2004, mientras los medios se reventaban hablando de la bomba que mató al fiscal favorito de Chávez, sucumbió ante un cáncer de garganta, en una clínica de Sabana Grande, la escritora Esdras Parra. Había leído y dibujado mucho, había escrito muchas cosas, pero fue poco lo que alcanzó a publicar. Con su amigo José Napoleón Oropeza dejó más de 300 dibujos y dos poemarios inéditos: Cada noche su camino, escrito entre 1996 y 1997, y El extremado amor, que había empezado en Londres a finales de los setenta. Hoy, con el apoyo de la ONG Unión Afirmativa, esos dos libros son publicados por la Fundación La Poeteca en su Colección Memorial, donde también aparecieron Los daños colaterales de Harry Almela y Gramática del alucinado de Hesnor Rivera. 

Cada noche su camino (1996-1997) es la meditación de una voz que siente cerca el final de su vida y recorre un paisaje simbólico de una tierra barrida por el viento. Parece haber hecho las cuentas y las paces, ha dado un lugar al sufrimiento y a la memoria, y se encuentra en este punto del camino con las manos ocupadas por solo las cosas esenciales. “En mi largo camino a ciegas / sólo encontré estas piedras que venían del mar”, dice el primer verso. Y más adelante:

nunca pensé en la polvareda antes de morir

en el cielo fluctuante

ni en el verano, en cuyo seno late el corazón de la ortiga.

Ese día se ha reducido a escombros

el tiempo se pone de pie.

El extremado amor (2002-2003) es un diálogo con alguien que no está ahí, enfrente, sino dentro, una discusión sobre el pasado que no está hecha de reclamos ni de historias, sino de preguntas que no parecen esperar respuesta:

Si alguien me pregunta cómo despertar a la esperanza

cómo hallar la hierba sin dar un paso atrás

cómo silenciar tanto recuerdo y no enrojecer ante la

magnificencia de las constelaciones, yo respondería

que aún no sentimos el dolor de este reino perdido

Son libros que hablan de la derrota, pero son un logro. Y que hablan de la tristeza, pero no son tristes. 

Entre los epílogos, así en plural, de esta edición, está el testimonio que le dio Parra a Petruvska Simme para su libro Por qué escriben los escritores, y un texto de José Napoleón Oropeza. Como su albacea literario, Oropeza escogió el título de esta edición, Lo que trae el relámpago, pensando en un título que Esdras hubiera aprobado. También está una entrevista que le hizo José Pulido en 2001, donde uno aprende que Esdras había estado publicando narrativa desde joven y escribiendo poesía desde los veinte años. Ese suelo secreto, su libro más celebrado, se publicó primero en 1987, luego ganó la segunda edición de la Bienal de Literatura Mariano Picón Salas, y lo publicó Monte Ávila en 1995. “Solitaria ante la página en blanco”, escribió ese maestro de la entrevista que es Pulido, “y multitudinaria al mirar por la ventana, como todas las personas que se asoman para ver si escampó”.

 

Un mundo muy propio

Cuando Esdras Parra llevaba sus artículos a la antigua sede de El Nacional en el centro de Caracas, a finales de los noventa y principios de los 2000, había un aura de misterio, de desacomodo incluso, alrededor de ella. Menuda y trigueña, vestida como cualquier mujer de su edad y de cabello plateado, no parecía querer llamar la atención de ninguna manera, pero venía alguien y susurraba “esa es Esdras Parra”. 

Lo que cuentan quienes la trataron más es que usaba una cortesía elaborada, como de otra época, con las mujeres. Te sacaba la silla. Te besaba las manos. Lo que te contaban los que no necesariamente la habían tratado mucho es que un día, muchos años atrás, Esdras Parra pasó unos años en Londres.

“Cuando se fue era un hombre, y cuando volvió era una mujer”. Detrás de la frase sentías al prejuicio respirar como un espía detrás de una puerta entreabierta.

Ese nombre que podía ser de cualquier género, y que de hecho ella no trató de cambiar luego de su transición, era algo familiar para quienes habíamos mirado de lejos a lo que entonces llamábamos “el estamento cultural” leyendo la Revista Nacional de Cultura, Imagen o Papel Literario. Escribió mucha crítica literaria y cinematográfica y fue una artista prolífica, pero lo que más se veía era su labor con la obra de los demás, como lectora profesional en Monte Ávila Editores y como editora en Imagen

“Recuerdo de ella su intensidad en cuanto al trabajo”, cuenta Maribel Espinoza, quien trabajó mucho con ella como correctora en Imagen cuando Esdras era jefa de redacción de la revista. “Estaba disponible siempre para lo que se estaba haciendo, era particularmente dedicada. Me llamaba la atención su seguimiento al detalle”. A veces Espinoza debía acudir con las pruebas de la edición al apartamento de Parra, en la primera avenida de Los Palos Grandes. Vivía sola, entre libros. “Tenía su mundo muy propio. Me parecía que Esdras Parra era una persona con muchísimo valor”, dice Espinoza. Un valor que Esdras sintió reconocido cuando recibió el premio de la bienal de literatura Mariano Picón Salas, en Mérida. 

Esdras Parra nunca fue una autora best seller  —casi ningún poeta lo es— pero se tomó muy en serio su trabajo como creadora y como editora. Sin embargo, con el tiempo la discreta atención que podía recibir su obra fue desplazada más y más por la que había hacia su historia personal. Mientras su transexualidad se trataba en los pasillos de los medios y las instituciones culturales, lo que se decía sobre aquel viaje a Londres se convirtió en el tema de varias otras historias, escritas tras la muerte de su protagonista.

 

Una mentira en Londres

La transición sexual de Esdras Parra ha sido punto de partida o al menos una anécdota relacionada con algún personaje en un monólogo de Javier Vidal, una pieza de teatro de Edgar Moreno Uribe y una novela de Francisco Rivera. El argentino Pablo Ramos ha contado que estaba escribiendo una novela, al parecer inédita, sobre Parra. Pero el caso más conocido es Al pie del Támesis, la pieza teatral de Mario Vargas Llosa que se estrenó en Lima en 2008. En ella, dos amigos de adolescencia —personajes vinculados al mundo de su libro Los cachorros— se reencuentran al cabo de muchos años en Londres; habían sido dos muchachos en el barrio de Miraflores y ahora eran un hombre y una mujer. 

Tratándose de Vargas Llosa hubo mucha atención al estreno. La prensa decía que esa pieza le había llevado cinco años de reescritura. Pocos meses después, el GA80 montó Al pie del Támesis en Caracas para celebrar sus 25 años. Fue todo un acontecimiento ese montaje dirigido por Héctor Manrique y protagonizado por Carlota Sosa e Iván Tamayo, porque Vargas Llosa pasó por la ciudad para ir a verlo en el Trasnocho. Entonces se habló de lo complacido que había salido Vargas Llosa de la sala, de la mutua hostilidad entre el escritor y el hombre que entonces gobernaba Venezuela y de Esdras Parra. Y muchos se habrán enterado de quién era ella, pero por intermedio de la historia que había dado a Vargas Llosa la idea de la trama.

Esta historia se la había contado nada menos que el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, y decía así: una vez sonó el timbre de su casa en Londres y era Esdras Parra ya como mujer. Una sorpresa para Cabrera Infante, quien la había conocido antes como hombre y no sabía de su transición. Lo que el autor de Tres tristes tigres contaba también es que Esdras transicionó para conquistar a una mujer lesbiana de la que se había enamorado, y que no había servido de nada todo el proceso, porque al final esa mujer no quería a Esdras, independientemente del género que Esdras expresara.

El problema es que lo que contaba Cabrera Infante, que no solo llegó a Vargas Llosa sino a mucha otra gente en Venezuela, era mentira.

 

El vestido amarillo

“Yo no sé por qué Guillermo decía eso. Nunca llegué a reclamárselo, porque cuando volví a Londres ya él estaba muerto”. Esto lo dice —con la voz exasperada de quien lleva años luchando contra un infundio— José Napoleón Oropeza, quien no solo conoció al célebre escritor cubano, sino que vivió de cerca el proceso de transición de Esdras. “Cabrera Infante nunca quiso hablar con Esdras después de su transición. Ni ella lo buscó a él”. 

Parra y Oropeza eran amigos desde mediados de los setenta. Parra había llegado muy joven desde Mérida —había nacido en Santa Cruz de Mora y crecido en Tovar— para estudiar Filosofía en la UCV, donde pronto hizo una amistad que duraría hasta la muerte con los poetas Alfredo Silva Estrada e Ida Gramcko. Luego conoció a Oropeza en Monte Ávila Editores, cuando ella leyó la novela con la que Oropeza había ganado el premio Guillermo Meneses. En 1978 Parra le informó a Oropeza que se iría a Londres. “Entonces le leí el tarot, poco antes de irse”, cuenta Oropeza por teléfono desde Valencia. “Vi en las cartas que en Londres ella viviría un cambio muy grande. Yo lo que sentía es que Esdras era homosexual y me imaginé que era eso lo que iba a terminar de asumir allá”. Justo antes del viaje Esdras le envió una carta a Oropeza en la que le advertía, “para que no te sientas turbado”, que cuando volvieran a verse en la capital británica lo recibiría como una mujer.

Porque en efecto Oropeza partió a Londres semanas después, para cursar su doctorado en el King’s College, y Esdras estaba esperándolo en el aeropuerto de Heathrow, con un vestido amarillo con flores grises que terminaría siendo como un símbolo de Esdras después de su muerte. “Cuando vine a Venezuela para pasar Navidad con mi familia en diciembre del 79”, cuenta José Napoleón, “Esdras me dio ese vestido para que se lo llevara a mi mamá como regalo. Ella no lo había usado más desde aquel día en que me recibió en Heathrow. En 2007, cuando murió mi mamá y mis hermanas la debían vestir para el velorio, escogieron ese vestido, que mi mamá había usado también solo una vez, un Día de la Madre. Con ese vestido de Esdras la enterramos”.

Cuando llegó el momento de la intervención quirúrgica de reasignación de sexo de Esdras en Londres, ahí estaba Jose Napoleón con su amiga en el hospital de Hammersmith. Cuando en los meses y años siguientes Esdras sufrió los ataques depresivos, ahí estaba José Napoleón para ella, junto con su familia. Esa amistad fue uno de los soportes de Esdras cuando regresó a Caracas en 1982, sin trabajo y ante el desconcierto o la maledicencia de los demás. Continuó durante los años siguientes, en Caracas o en Valencia, en casa de Oropeza o en el Ateneo, que este presidió por varios años y donde Esdras dio varios talleres. 

En 2004, cuando el cáncer avanzaba, Esdras le pasó a su amigo los dibujos y los libros, para que los revisara como quisiera y los hiciera públicos cuando pudiera. Oropeza pudo verla en su cama de hospital, en sus últimos días. La batalla de Esdras para que los demás la vieran tal cual era continuaría por varios años tras su muerte: nadie quería publicar estos libros, hasta que llegó La Poeteca.

 

El hacha de seda

Esdras Parra escribía a máquina, en una Remington o una Olivetti que se trajo de Londres, y Oropeza pasó a computadora varios de sus libros. Durante más de tres décadas intercambiaron lecturas y manuscritos, y cada uno ayudaba al otro a editar cuidadosamente su trabajo, usando lo que Esdras llamaba “el hacha de seda”. 

En la tercera parte (aún por publicar) de su libro sobre poesía venezolana, Oropeza dedica todo un capítulo a su amiga. “Su obra es única. No solo en su forma; su punto de vista es original y está en toda su poesía: la indefinición sexual, la escisión de su ser, tratado con una riqueza verbal que sugiere varias interpretaciones. Ella logró hablar de ese tema con gran maestría, como una corriente interna que transcurre como detrás de una gasa. Ahí está la soledad y el silencio de alguien que asumió una lucha existencial para mirarse al espejo y encontrar su ser andrógino”. 

Pero su narrativa también contiene las claves de quién era Esdras Parra, y desde finales de los sesenta. “Hay un cuento en su libro Juego limpio donde está todo el drama, vertido de manera inconsciente: es ‘Por el norte el mar de las Antillas’ y ganó en los setenta el concurso de cuentos de LUZ. Es un cuento hermosísimo donde se asoma el drama de su soledad, su batalla cotidiana con la gente, incluso con los amigos, que eran muy pocos”. 

Dos de las muchas páginas de diario personal que escribió Esdras Parra. Pero lo demás lo tipeaba a máquina, nunca en computadora

Foto: Herederos de Esdras Parra / Fundación La Poeteca

Jamie Berrout tradujo ese relato al inglés, así como parte de su poesía. Y Esdras Parra sigue leyéndose. “Si te interesaba lo medio raro y underground, llegabas a Esdras”, cuenta el poeta Isadoro Saturno, por ejemplo. “Yo vi un libro de Esdras por primera vez en las manos de Domingo Michelli, que era un lector de esos que se metían debajo de las piedras. En ese momento no nos interesamos mucho, en parte porque no sabíamos que Esdras era trans. Mucho después me encargaron que buscara a alguien con quien me identificara en la poesía y yo quería a alguien LGBTQ. Nuestra literatura queer no está expresada de esa forma y eso dificultó que yo diera con alguien que realmente me gustara. Llamé a Violeta Rojo y ella fue la que me dijo que Esdras había sido una mujer trans”. 

Tal vez Esdras hubiera podido definirse hoy como una persona no binaria, admite Isadoro, pero lo cierto es que ella no está para definirse según las categorías que hoy están disponibles. “Uno de sus poemas —el tercero en esta selección— es epígrafe de uno de mis libros (inédito), porque me parece casi un himno a la transición: ‘La piedra que nace de sí misma’ es un verso que me ha acompañado en mi propio proceso”. 

Tal vez ahora Esdras Parra tendrá lectores más capaces de entender su obra y su vida. Ya no hay murmullos a su paso y hay más apertura hacia otros modos de vivir y de amar que en los tiempos que a ella le tocaron.

En estos dos libros de poemas ella dejó, sobre todo, preguntas, y ese aire interrogativo, el de alguien reacio a querer decirte lo que debes pensar, está también en su muy poética narrativa, como se siente en el sofisticado relato “Al norte el mar de las Antillas”. Como le dijo a Petruvska Simme en Por qué escriben los escritores: “Un escritor es, propiamente hablando, alguien que escribe libros, los publica y se preocupa por el efecto que puedan tener entre los lectores. Es un fenómeno bastante complejo, y la mayoría de los escritores, a la hora de sentarse a escribir, jamás se preguntan por qué lo hacen. Para mí la escritura de poemas o cuentos, la literatura, como el arte en general, es un enigma, un grandioso enigma, que creo cae dentro del misterio que es el ser humano”.¶

LGBT EN VENEZUELA LITERATURA VENEZOLANA

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Tres nuevos libros

Tomado de 

 

Ya se consiguen los flamantes libros de Manuela Martínez, Santiago Craig y Lucía C. Gris

 

Los espectros de las nuevas escrituras

Una novela, un tomo de cuentos y un poemario que revuelven en las ausencias amadas, los huecos cercanos y los fantasmas amigos.

 

Por Brian Majlin

 

¿Cómo se le habla a lo que no está? O cómo hablar desde lo que no está pero define, da identidad, provoca un modo de ser y estar. O cómo aquello que no es parte del presente puede ser punto de partida para hablar de la identidad y el sentir de una persona o un pueblo. La literatura nos brinda, en su multiplicidad de géneros y opciones, un modo de habitar lo extraño, lo incómodo, los duelos y también lo que no comprendemos.

Con la premisa de que “la ausencia es presencia” –frase que aparece en una parte de uno de estos tres libros que hoy traemos–, dos escritoras y un escritor dejan entre sus letras muchas pistas para indagar en las fisuras que puede tener una historia. En las narrativas que construimos con la voz, la presencia -y sobre todo la ausencia- de otres.

 

El último hombre perfecto, de Manuela Martínez (Ediciones B)

Mientras intenta mantener un vínculo bastante conflictivo con su papá biológico, M se convierte en la hija de Luis hijastra no se menciona y es una palabra que debería desterrase del diccionario–, pero M, que escribe todo el libro hablándole, contándole a Luis, lo escribe cuando este papá ya no está.

Y lo hace porque tiene demasiado dolor y porque la ausencia no es siempre igual. Mientras le pide a su papá biológico más presencia, parece no saber qué hacer con tanta presencia de Luis. Ese fantasma, ese hombre perfecto que aparece en los gustos musicales adquiridos, en las lecturas, en los modos de recordar incluso.

En esta novela, Martínez construye un mundo pequeño, íntimo, y por eso universal: cómo cruzar el umbral del dolor y qué hacer cuando se conoce una verdad que hace más humanos a los ídolos, menos ilusas las ilusiones y todo eso. La ausencia de Luis dispara la historia, las palabras, los gestos, incluso más que la presencia del padre biológico. No siempre se sabe cuál es el hilo que motoriza la historia, la existencia, pero acá sí: el amor, la orfandad ante la desilusión y, al final, otra vez el amor.

 

Animales, de Santiago Craig (Factotum)

Prolífico, Craig. Prolífico y bendecido por la capacidad de contar cuentos, de inventar anécdotas, pueblos, mundos. Si en su última novela (Castillos) había jugado con lo extraño en la cotidianeidad cuando una pareja quedaba “atrapada” en un pueblo de la costa uruguaya, en estos cuentos extrañados Craig apela a lo cotidiano para contar cosas extrañas. No siempre raras, no siempre fantasiosas, no siempre misteriosas, pero siempre encantadoras.

Tiene el don del hechizo: en tiempos donde el periodismo, la realidad artificial, los videojuegos y todas las ramas del entretenimiento piensan en experiencias inmersivas, Animales traza un hilo invisible y conductor con historias que tienen animales en diferentes lugares físicos, literarios, de relevancia–, y nos lleva a una inmersión total. Es como sentarse en un fogón a que te lean un cuento.

La ausencia no es tal, en este caso, pero está la aparición de animales que en realidad son presencias fantasmales, que no son el foco de la historia –aunque en algunas parezca que sí– y que sirven de excusa para hablar del ser humano y de todo lo que lo hace tal: los sentimientos, las bestias internas, los amores y temores, las miserias y grandezas de la búsqueda de la identidad y del sentido. Si un mito sirve para darle identidad y alegría a un pueblo, es entonces capaz de crear verdad. Lo dice Craig en un cuento de Animales.

 

El amor es un recuerdo de otros, de Lucía C. Gris (Peces de Ciudad)

Cuando la ausencia es tan presente puede ser incluso protagonista. En este caso, ni siquiera hace falta darle nombre propio a la ausencia, basta con que exista, con saber que alguna vez hubo presencia o eso que se llama amor. Y a partir de ahí, desamor. Porque la única forma de saber que algunas existen –o existieron– es pensar en su contorno: poder palpar la ausencia o verla desde fuera, sus bordes, sus filos.

Con todo ese dolor y esa certeza, Lucía Gris urde un plan: hacer poesía, es decir jugar con palabras, para decir que el dolor también puede ser amor o que lo que se ha ido algo ha dejado. Como el agua, que cuando se va deja algo, aunque no siempre sea limpio, aunque incluso deje mugre.

La poesía de Gris tiene además una capacidad: darle un poco de calma –a medida que se avanza en la lectura– a eso que al principio parece ardor y dolor. El sosiego llega con el tiempo y la certeza de que fue amor tal vez. De que ese dolor también es una experiencia colectiva. La humanidad está compuesta por personas que hace miles de miles de años han amado, dolido, extrañado y vuelto a amar. No duele menos, pero nos deja mucho menos solos. Como la poesía. ¶

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Haruki Murakami: “El trabajo de un novelista es soñar despierto”

Entrevista tomada de EL PAÍS

Foto NATHAN BAJAR

01 FEB 2019 – 04:50 GMT-4

 

Escritor superventas y favorito en las quinielas del Nobel, a sus 69 años el japonés Haruki Murakami calcula que su literatura le permitirá seguir persiguiendo “vidas distintas” durante una década más. Reacio a las entrevistas, recibe en exclusiva a El País Semanal en Ecuador para hablar del poder de la imaginación, los miedos, los maratones, el matrimonio y las ganas de probar cosas nuevas. Desde agosto conduce en Tokio un programa radiofónico en el que cultiva otra de sus pasiones: la música.

 

“TODOS VIVIMOS en una especie de jaula. Puede ser de oro y hermosa, pero es la jaula que supone ser solo uno mismo”, dirá él, que vende libros por millones y cuyo nombre suena infaltablemente como candidato al Nobel desde hace una década. Haruki Murakami, autor de novelas como Tokio bluesBaila, baila, baila y 1Q84, y el escritor japonés que ha sido traducido a 50 idiomas, hizo de la literatura un salvoconducto para burlar ese encierro. Y de no conceder entrevistas, parte de su leyenda.

¿Murakami, el que corre un maratón por año desde hace 37, escribe improvisando como un jazzman y tiene una colección de 10.000 vinilos? ¿El que tachona sus historias de personajes sin nombre, canciones, túneles, gatos, soledades, espectros, sueños, crueldades y vuelve al amor y al desamor —una y otra vez— como si en verdad pudiéramos entenderlos?

Ese mismo Murakami (Kioto, 1949), fanático de los Beatles y casado a lo Lennon desde hace 47 años con una mujer llamada Yoko, acaba de entrar al salón del cuarto piso del hotel que ocupa hoy el solar de la primera casa construida en el casco colonial de Quito, fundada por Francisco Pizarro en el siglo XVI. El narrador que imagina novelas por entregas con libros iniciales de 600 páginas y tiene a los lectores colgados como yonquis esperando las siguientes 400 visita por primera vez ­Sudamérica a raíz de los festejos de un siglo de relaciones entre Ecuador y Japón. “La altitud hace peligroso correr aquí, pero visité Galápagos, que es muy hermoso. Hablé también en un teatro donde unas 2.000 personas me hicieron sentir como Bruce Springsteen”, bromea.

Lleva una barba entrecana de varios días y calza deportivas negras con cordones color naranja rabioso que hacen temer que se dará a la carrera si las preguntas lo incomodan. Confirma en la charla algo leído: tiempo atrás compró en Hawái la casa donde se filmó Perdidos. “Fue casualidad, no conocía la serie; cuando la vi me gustó, pero eran otros los que decían: ‘¡Esa es tu casa!’. Yo no fui capaz de reconocerla”.

Cortés, al hablar en inglés cultiva un tic: antes de responder estira los silencios como si los catara y desvía la vista hacia la derecha buscando palabras que lo expliquen en ese idioma ajeno. Su decimocuarta novela es la excusa de este encuentro: La muerte del comendador refiere a una escena de la ópera Don Giovanni, de Mozart, y a una pintura que encuentra el protagonista, un retratista en plena crisis existencial. Se publica en dos volúmenes (Tusquets lanzó el segundo el 15 de enero) y solo en Japón ha vendido 1.800.000 ejemplares.

Eso alcanza y sobra para imaginar a toda la ciudad de Barcelona (bebés incluidos) leyendo al mismo tiempo al hombre que ahora sonríe, mientras recuerda su visita a Santiago de Compostela en 2009. “Los alumnos de un instituto [el IES Rosalía de Castro] eligieron Kafka en la orilla como libro del año y viajé a recibir el premio. Siempre lo recuerdo: eran chicos muy inteligentes. Me gustó Galicia; los mariscos y el vino son estupendos”.

La muerte del comendador empieza con un sueño inquietante: un artista debe pintar el retrato de un hombre sin rostro. ¿Llegó así la idea del libro? No, agregué ese prólogo. Lo primero que apareció fue el paisaje. Una casa cerca del mar, en lo alto de una montaña y en el límite: hacia delante se ve despejado, y hacia atrás, siempre nubarrones. Escribí esos párrafos iniciales y me pregunté qué pasaría porque no tenía idea. El protagonista cuenta la historia de su esposa, de quien se separa cuando le dice que no puede seguir viviendo con él. Recorre Japón en coche, solo, aturdido, sin entender qué sucede, hasta que varios meses después un amigo le presta esa casa.

Muchas de sus ficciones presentan protagonistas en crisis que atraviesan la treintena. ¿Qué significado tiene esa década para usted? En Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, una novela larga de los noventa, narré la vida de un treintañero cuya cotidianidad cambia cuando desaparecen primero su gato y luego su mujer. Empecé en tercera persona, pero volví a la primera porque sentía que lo que quería contar requería mayor intimidad. No sé por qué elijo esos protagonistas. Tal vez sea ese sesgo personal, esa búsqueda de sentido en medio de la vacilación, lo que me interesa. Es como si a esa edad nos diéramos cuenta de que esa vida es la nuestra. Ese proceso de apropiación me intriga. Uno no es tan joven ya, pero tampoco viejo. Es libre y vulnerable a la vez.

Este personaje, sin embargo, no se siente tan libre, ¿no? Su crisis es radical: pinta retratos, vive de eso, pero no sabe cuál es su obra. Lucha para entender lo que quiere expresar; es una búsqueda definitoria. La novela cuenta también eso: su descubrimiento como artista, su estado mental como creador.

“Yo no sueño. O no recuerdo los sueños, pero mi literatura está llena de ellos; los imagino. Un amigo psiquiatra me decía: ‘Escribes, no tienes que soñar”.

¿Qué colores usaría para pintar su propio retrato? ¿Colores? Cuando escribo pienso en música, no veo ningún color. Quizá sea una forma de poder usarlos todos. Me pasa algo similar con los sueños. Yo no sueño. O no los recuerdo, pero mi literatura está llena de ellos; los imagino. Un amigo mío, psiquiatra, solía decirme: “Escribes, no tienes que soñar”.

¿Se ha psicoanalizado alguna vez? No, el psicoanálisis no me interesa, pero sí debería haberle preguntado por qué no creía necesario que yo soñara. Lo lamento; murió hace algunos años.

¿Extraña algo de su vida anterior a la literatura, la época en que su mujer y usted regentaban un club de jazz? Extraño el mundillo, los músicos. Pero desde agosto conduzco un programa de radio en Tokio. Soy pinchadiscos y recuperé lo más divertido de aquel tiempo. Elijo la música —rock, pop, jazz— y hablo sobre ella y sobre literatura. Tenía mis dudas, pero Yoko me alentó: “Puedes hacerlo. Serías un buen DJ”, me dijo. Y estoy disfrutándolo. El sentimiento es de puro placer.

Publicó su primera novela en 1979 y cambió su rutina: dejó de trasnochar, comenzó a correr diariamente… ¿Le gustaría que sus lectores lo leyeran también con todo el cuerpo? [Se ríe] No, escribir novelas largas como las mías requiere un esfuerzo sostenido y metódico. No es un trabajo liviano; escribo con la sensación física de darlo todo; administro mi energía como el aire en los maratones e intento ofrecer siempre algo nuevo. Solo espero que el lector disfrute del libro. Esa es su parte.

Lo preguntaba por el modo en que sus relatos convocan todos los sentidos. Hay música, sexo, comida… Me gustan las cosas físicas. Si escribo sobre alguien que bebe una cerveza, espero que los lectores quieran una. Busco imprimirle a mi literatura esa dimensión porque confío en la reacción corporal como algo ­auténtico, inmanejable, y si aparece, creo que la historia está funcionando. Si alguien en el libro enferma, me gustaría que el lector viviera sus síntomas. Ese es el propósito del relato.

Escribir sobre la soledad, la violencia, la locura, ¿qué es lo más desafiante? Lograr que los lectores rían. No sonreír; hablo de reír a carcajadas. Muchos japoneses leen mis libros de pie en el metro o en el tren, cuando van al trabajo; la gente alrededor los mira, puede resultar hasta vergonzoso para ellos. Pero yo siento que logré lo que buscaba.

¿Por qué es tan importante para usted? Reír y llorar son las emociones más transparentes. Pero hacer llorar es más sencillo. Cuando ríes es porque tu atención se ha relajado; estás allí, hay entre lo que el libro cuenta y lo que sientes un punto de encuentro, una humanidad corpórea. Me gusta llegar a ese espacio común. Soy escritor y, por supuesto, tengo opiniones e ideas que expresar, pero sin ese nivel físico esencial, risa y llanto, creo que sería muy difícil transmitir lo que quiero contar.

Haruki Murakami, retratado a finales del año pasado en Nueva York. NATHAN BAJAR

 

Menshiki, el millonario solitario que homenajea a Gatsby en esta novela, no piensa en la paternidad hasta que sabe que Marie puede ser su hija. ¿Cómo fue su vivencia de ese tema? ¿Perdone?

Usted no tiene hijos… No.

¿Se arrepiente? [Se toma 30 segundos antes de contestar]. No, no me arrepiento mucho de eso. Pero cuando escribí la novela pensaba en la posibilidad de haber tenido un hijo. Quise imaginar qué hubiera pasado si, como le sucede al personaje, mi última novia hubiera tenido una niña y yo no hubiera sabido nada durante años. Hay una posibilidad muy remota, pero existe. Escribir novelas es perseguir posibilidades. Elegiste algo cuando tenías, digamos, 31 años y te trajo hasta aquí. Es lo que eres. Pero si hubieras tomado otra vía, tendrías una distinta. Tirar de esa probabilidad es el juego de la ficción. Veo mi literatura como la persecución de esas vidas diferentes. Todos vivimos en una especie de jaula, la que supone ser solo uno mismo. Como escritor de ficción, puedes salir y ser diferente. Eso es lo que estoy haciendo la mayoría de las veces.

¿Escapar? Vivir mis yos alternativos. ¿Soy yo mi protagonista o ese otro personaje, Menshiki? Podría haber sido yo; uso cosas mías para componerlo, pero es apenas una posibilidad de mí. El trabajo de un novelista es soñar despierto. Es maravilloso; lo disfruto hace 40 años y creo que voy a poder hacerlo otra década. Cuando no escribo relatos, escribo ensayos o hago traducciones. De alguna forma, escribo todos los días. Si no escribo, no es un buen día.

¿Tiene un sentido especial para usted cumplir 70 años? No siento nada especial, pero tampoco me arrepiento. Cometí errores, como todos, pero lo que pasó, pasó. La inocencia es inevitable; en eso soy una especie de fatalista. Me ha preguntado si lamento no haber tenido hijos. Simplemente sucedió. No puedo hacer nada. Acepto lo que sucede. Quizás en esto sea diferente de otras personas. Vivo y escribo mis novelas desde esa aceptación. Es importante para mí.

¿Acepta también sus miedos? ¿A qué le teme? Me estoy haciendo viejo. No sé cómo es ni qué se siente porque es mi primera experiencia [se ríe]. Pero tengo curiosidad y es más fuerte que el miedo. Me gustaría ver qué me va a pasar. He corrido maratones durante 36 o 37 años. Pero como estoy envejeciendo, empeoro; soy más lento cada vez. No importa. Quiero saber durante cuánto tiempo más podré correr y disfrutarlo. Muchos amigos lo dejaron porque les deprime. A mí no. Es la vida y quiero saber cómo sigue, qué va a pasar conmigo. Me entusiasma.

Algunas ficciones suyas se han llevado al cine. ¿Qué piensa cuando otros le cuentan historias que usted imaginó? Ya no son mías y me hacen sentir incómodo. Me gusta el cine, pero trato de mantenerme al margen de lo que se hace a partir de mis relatos.

Sobre la más reciente, Burning, de Lee Chang-dong, se ha dicho que transmite cierta “rabia millennial”. ¿Lo comparte? No vi la película. Cuando escribí el cuento, Quemar graneros, lo que surgió en mi cabeza fue el título. Imaginé qué clase de historia podía escribir para ese título que me perseguía, y apareció un joven con coche importado que cada dos meses quema un granero ajeno y se lo cuenta a un escritor mientras fuman un porro. Inventé una historia capaz de llenar esa imagen. No me propuse interpretar rabia ni violencia. Para mí fueron solo palabras. Siempre es así.

Ese cuento integra El elefante desaparece, un libro pródigo en desconciertos. ¿Lo raro fascina? La vida es misteriosa y quizá ciertas cosas que cuento resulten extrañas para otros, pero son naturales para mí. Que un espíritu tome la forma de la figura de un cuadro o que haya personajes cuyas sombras se desdoblen son ideas habituales en mi vida, metafóricamente hablando. Como narrador pienso a nivel del relato; todo puede pasar. Los niños lo viven con más sencillez. Cuando eres niño y en un libro alguien atraviesa la pared, es natural. Los adultos dicen: “Es extraño”. Soy casi un viejo, pero todavía creo que puedes atravesar la pared y espero que el lector también lo crea.

“No me interesan los vínculos familiares, pero sí explorar todo lo que pasa entre un hombre y una mujer. Es una relación especial, quizá la más importante”.

Vuelve al amor y al matrimonio en sus historias. ¿Qué los hace inextinguibles? No me interesan los vínculos familiares, pero sí explorar todo lo que pasa entre un hombre y una mujer. Es una relación especial; quizá la más importante. No puedes elegir a tus padres o a tus hijos, pero puedes elegir a tu pareja y tienes que ser responsable con la elección. Llevo casado 47 años con Yoko; es además la primera lectora de mis libros. ¿Por qué la elegí? No lo sé. Pienso en ello a menudo y no tengo una respuesta todavía.

La cultura estadounidense fue decisiva para su generación. ¿Qué opina del proyecto que lidera Trump? Fui adolescente en los sesenta. La cultura estadounidense era excitante, salvaje: en esa década pasó de todo; jazz, rock, literatura, pop. Absorbí eso y le estoy agradecido. Pero la cultura de Estados Unidos ya no es tan estimulante. Me interesa la política, pero escribo ficción. No hago declaraciones de otro tipo.

¿Le sorprende su éxito global? ¡Me gustaría que me lo explicaran! Sucedió en los últimos 20 años. Gratifica, pero es algo que pasó en los demás. Yo sigo igual: escribo por la mañana, cuatro o cinco horas, la misma cantidad de páginas, y cuando me levanto de la silla, solo quiero saber adónde me llevará la historia. Por eso vuelvo al día siguiente.

 

Haruki Murakami. NATHAN BAJAR

 

Un amigo japonés dice que en su país lo consideran una “leyenda viva”. ¿Cómo se siente eso? [Se ríe] Bueno, no soy tan viejo. Cuando me convertí en escritor, durante décadas no hice nada más. No suelo aparecer en público; no doy entrevistas ni salgo en la televisión o en la radio. Solo escribo. Dejé mi país durante muchos años; viví en Estados Unidos y Europa. La gente casi no me conoce en Japón. A los 69 años sentí que era una buena edad para empezar algo nuevo y decidí ser pinchadiscos. Supongo que todo eso debe resultar curioso. Enigmático, incluso. Pero legendario me parece demasiado.

¿Sabe que aparece cada año en las loterías del Nobel? La Academia no publica finalistas. Son especulaciones de los editores y no me interesan. Pero me alegraron los premios a Dylan e Ishiguro porque valoro sus obras. Escribir es como el aire para mí. Disfruto del puro placer y la alegría de escribir; ese es el propósito de mi vida. Soy feliz con eso. Lo demás no es tan importante. ¶

Los espectros de las nuevas escrituras

Tomado de Página 12 para el cumpleaños de una hormiga

 

Una novela, un tomo de cuentos y un poemario que revuelven en las ausencias amadas, los huecos cercanos y los fantasmas amigos.

 

 

Estos tres libros rondan en la idea de que nadie puede habitar ningún espacio en soledad. Ni siquiera los espacios internos. Imagen: Juan Pablo Cambariere

 

¿Cómo se le habla a lo que no está? O cómo hablar desde lo que no está pero define, da identidad, provoca un modo de ser y estar. O cómo aquello que no es parte del presente puede ser punto de partida para hablar de la identidad y el sentir de una persona o un pueblo. La literatura nos brinda, en su multiplicidad de géneros y opciones, un modo de habitar lo extraño, lo incómodo, los duelos y también lo que no comprendemos.

Con la premisa de que “la ausencia es presencia” –frase que aparece en una parte de uno de estos tres libros que hoy traemos–, dos escritoras y un escritor dejan entre sus letras muchas pistas para indagar en las fisuras que puede tener una historia. En las narrativas que construimos con la voz, la presencia -y sobre todo la ausencia- de otres.

 

El último hombre perfecto, de Manuela Martínez (Ediciones B)

Mientras intenta mantener un vínculo bastante conflictivo con su papá biológico, M se convierte en la hija de Luis hijastra no se menciona y es una palabra que debería desterrase del diccionario–, pero M, que escribe todo el libro hablándole, contándole a Luis, lo escribe cuando este papá ya no está.

Y lo hace porque tiene demasiado dolor y porque la ausencia no es siempre igual. Mientras le pide a su papá biológico más presencia, parece no saber qué hacer con tanta presencia de Luis. Ese fantasma, ese hombre perfecto que aparece en los gustos musicales adquiridos, en las lecturas, en los modos de recordar incluso.

En esta novela, Martínez construye un mundo pequeño, íntimo, y por eso universal: cómo cruzar el umbral del dolor y qué hacer cuando se conoce una verdad que hace más humanos a los ídolos, menos ilusas las ilusiones y todo eso. La ausencia de Luis dispara la historia, las palabras, los gestos, incluso más que la presencia del padre biológico. No siempre se sabe cuál es el hilo que motoriza la historia, la existencia, pero acá sí: el amor, la orfandad ante la desilusión y, al final, otra vez el amor.

 

Animales, de Santiago Craig (Factotum)

Prolífico, Craig. Prolífico y bendecido por la capacidad de contar cuentos, de inventar anécdotas, pueblos, mundos. Si en su última novela (Castillos) había jugado con lo extraño en la cotidianeidad cuando una pareja quedaba “atrapada” en un pueblo de la costa uruguaya, en estos cuentos extrañados Craig apela a lo cotidiano para contar cosas extrañas. No siempre raras, no siempre fantasiosas, no siempre misteriosas, pero siempre encantadoras.

Tiene el don del hechizo: en tiempos donde el periodismo, la realidad artificial, los videojuegos y todas las ramas del entretenimiento piensan en experiencias inmersivas, Animales traza un hilo invisible y conductor con historias que tienen animales en diferentes lugares físicos, literarios, de relevancia–, y nos lleva a una inmersión total. Es como sentarse en un fogón a que te lean un cuento.

La ausencia no es tal, en este caso, pero está la aparición de animales que en realidad son presencias fantasmales, que no son el foco de la historia –aunque en algunas parezca que sí– y que sirven de excusa para hablar del ser humano y de todo lo que lo hace tal: los sentimientos, las bestias internas, los amores y temores, las miserias y grandezas de la búsqueda de la identidad y del sentido. Si un mito sirve para darle identidad y alegría a un pueblo, es entonces capaz de crear verdad. Lo dice Craig en un cuento de Animales.

 

El amor es un recuerdo de otros, de Lucía C. Gris (Peces de Ciudad)

Cuando la ausencia es tan presente puede ser incluso protagonista. En este caso, ni siquiera hace falta darle nombre propio a la ausencia, basta con que exista, con saber que alguna vez hubo presencia o eso que se llama amor. Y a partir de ahí, desamor. Porque la única forma de saber que algunas existen –o existieron– es pensar en su contorno: poder palpar la ausencia o verla desde fuera, sus bordes, sus filos.

Con todo ese dolor y esa certeza, Lucía Gris urde un plan: hacer poesía, es decir jugar con palabras, para decir que el dolor también puede ser amor o que lo que se ha ido algo ha dejado. Como el agua, que cuando se va deja algo, aunque no siempre sea limpio, aunque incluso deje mugre.

La poesía de Gris tiene además una capacidad: darle un poco de calma –a medida que se avanza en la lectura– a eso que al principio parece ardor y dolor. El sosiego llega con el tiempo y la certeza de que fue amor tal vez. De que ese dolor también es una experiencia colectiva. La humanidad está compuesta por personas que hace miles de miles de años han amado, dolido, extrañado y vuelto a amar. No duele menos, pero nos deja mucho menos solos. Como la poesía

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De Kazuo Ishiguro a Paulina Flores

Tomado de LA TERCERA

 

Los mejores libros de lo que va del 2021

 

Kazuo Ishiguro, Zadie Smith y Paulina Flores

 

Novelas, memorias, libros de cuentos son parte de una selección -que como toda recopilación es discutible- de los libros que han dado que hablar durante el primer semestre de este año. Ponemos el foco no solo en escritores y escritoras del extranjero, como Emmanuel Carrère o Zadie Smith, también en plumas nacionales como Pablo Toro o Constanza Gutiérrez.

 

Klara y el sol, de Kazuo Ishiguro

Es su primera novela post Premio Nobel y ha sido unánimemente aclamada a nivel mundial. Klara y el sol es la octava novela de Ishiguro, donde toca el tema de la inteligencia artificial desde una mirada bastante ingeniosa. La narradora es Klara, una “amiga artificial” (AA) que observa el mundo que la rodea con una mezcla de inteligencia e ingenuidad, todo desde su sensibilidad androide. Cuando una familia la elige para vivir con ellos, debe ajustar su forma de pensar, y por debajo, hay una capa donde se tratan todas las interrogantes de lo que significa amar.

 

Nadie está hablando de esto, de Patricia Lockwood

“Un libro que se lee como un poema en prosa, a la vez sublime, profano, íntimo, filosófico, ingenioso y, finalmente, profundamente conmovedor”, así describe el New York Times la primera novela de la poeta y ensayista estadounidense Patricia Lockwood. Un libro que pone el acento en -como diría Nicanor Parra- los vicios del mundo moderno. De hecho, hace la pregunta “¿hay vida después de Internet?”. En esta novela, narra la historia de una mujer que se ha hecho conocida por sus publicaciones en las redes sociales y se siente cada vez más abrumada. De alguna manera, cuando la vida real se estrella contra su mundo, surgen preguntas sobre el amor y la conexión humana. “Estaba tratando de escribir una atmósfera -dice Lockwood en entrevista con el NYT-. Estaba tratando de escribir algo que está en el interior de tu cabeza que está casi antes del lenguaje, que es pre-lenguaje, que es solo instinto y es conciencia de lo que la manada está haciendo a tu alrededor”. Por ahora, aún no hay edición en español.

 

Yoga, de Emmanuel Carrère

La undécima novela del escritor francés no deja a nadie indiferente debido a sus confesiones crudas. En rigor, pasa de un primer estadio, donde alaba la práctica del yoga al punto que casi dan ganas de seguirlo, a de pronto verlo sumido en una oscura y profunda depresión que lo obligó a estar internado y con electroshocks. Todo narrado sin ningún tapujo

 

Sobre el duelo, de Chimamanda Ngozi Adichie

Lo último de la escritora nigeriana es este aclamado volumen, mezcla de crónica y ensayo. En este libro, narra la muerte de su padre durante la pandemia y la imposibilidad de viajar desde Estados Unidos -donde reside- a Nigeria, para participar en los ritos de la despedida y encontrar consuelo en sus seres queridos. Una reflexión sobre los difíciles tiempos que vive el mundo desde una óptica más cotidiana y empática, pues toca un tema que es universal aunque todas las personas lo vivan a su manera

 

Isla decepción, de Paulina Flores

Es la primera novela de la autora nacida en Santiago, luego de su celebrado volumen de relatos Qué vergüenza (2015). En ella, narra las peripecias de un joven surcoreano, Lee, rescatado por pescadores en el estrecho de Magallanes y llevado hasta Punta Arenas tras huir de los maltratos y la precariedad laboral que sufre a bordo de un barco-factoría. Basada en hechos reales, a lo largo de la novela se descubrirá que el joven Lee quizás no es quién dice ser, y Marcela, quien pasa la mayor cantidad de tiempo con él, quizás tampoco

 

Aftershocks, de Nadia Owusu

En este libro, la estadounidense Nadia Owusu publica unas memorias, donde narra una vida casi de película y que la ha llevado por lugares de todo el mundo, como Tanzania, Inglaterra, Italia, Etiopía y Uganda, siguiendo a su padre, un funcionario de Naciones Unidas, y quien es su única familia, puesto que fue abandonada por su madre a los 2 años. Pero su padre fallece y eso la llena de dudas e incertidumbre, y la hará preguntarse qué es lo que queda de ella. The New York Times lo llama “una memoria hermosa e inquietante”. Aún no hay edición en español.

 

Tomás Nevinson, de Javier Marías

En esta novela, el escritor español Javier Marías, nos muestra a un atribulado Tomás Nevinson. Un espía que debe volver a la actividad para dar muerte a una mujer, situación que le causa un conflicto. “Es una novela de personajes, de reflexiones, pero también hay consideraciones sobre el terrorismo”, ha dicho su autor.¶

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