El blog de Las Hormigas

¡Saludos formíceos! Desde Caracas, Venezuela, le damos la más cordial de las bienvenidas a este registro de actividades del club de lectura Las Hormigas.

Entrevista a Javier Cercas

Tomado de vozpópuli

Javier Cercas ganó en 2019 el Premio Planeta por ‘Terra Alta’. Ahora Tusquets publica ‘Independencia’, la segunda parte de una saga que el autor ha concebido como una tetralogía.

 

Javier Cercas: “Escribir, como leer, es una forma de vivir de una manera más compleja, más rica y más intensa”

Una conversación con el escritor extremeño sobre el placer de escribir, la literatura como catarsis y la furia que encierra ‘Independencia’, su última novela.

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JUAN LUIS GALLEGO

PUBLICADO 05/04/2021 20:00

Dice que el procés, ese furor independentista que estalló en el otoño de 2017, le ha cambiado la vida. Radicalmente. Ahora es menos ingenuo, menos espontáneo, pero más escritor, aunque un escritor enfadado. En esa Cataluña a la que se mudó cuando tenía cuatro años con su familia desde Extremadura (nació en Ibahernando, Cáceres, en 1962) transcurre Terra Alta, la novela que le valió el premio Planeta en 2019 y con la que presentó al panorama literario español a Melchor Marín, un mosso d’esquadra concienzudo y leal, pero con demasiadas aristas en su personalidad. Independencia, el libro que acaba de lanzar Tusquets –la editorial con la que Cercas compartió ese fenómeno literario llamado Soldados de Salamina en 2001 y a la que vuelve ahora–, es la segunda entrega de lo que promete ser una tetralogía en torno a este personaje.

Esta entrevista no va de la novela, aunque vertebra una conversación que, sin embargo, transcurre por otros derroteros: la literatura por supuesto, pero también la actitud ante la vida, la corrupción, la ingenuidad e, incluso, la parte maldita de cada uno de nosotros.

A tenor de sus últimas declaraciones, pareciera que ha cambiado usted ese sufrimiento que, dicen, es necesario para crear por el cabreo. ¿Es así, cabreado escribe mejor?

Sin la menor duda. La felicidad no es productiva literariamente, en absoluto. En un mundo feliz, no habría… novelas seguro que no; poesía, tal vez, poca y muy mala. El material de los escritores es lo malo, no lo bueno.

¿Y por qué ese cabreo, es una actitud vital o es que realmente le dan razones para ello?

No, no es una actitud vital. Yo soy un tío de muy buen rollo, créeme. Pero han pasado cosas muy malas que a mí me han afectado y que no saco en mi vida diaria porque podría provocar catástrofes, ni en mis artículos, pero sí saco en mis novelas. Para eso sirven las novelas, para sacar toda la furia que llevas dentro, todo el dolor que llevas dentro, la parte maldita la llamaba George Bataille, el mal. Todo eso lo sacas fuera, y entonces puedes comportarte como una persona civilizada (risas).

No deja de llamar la atención un enfado tan personal por razones no personales.

Sí, no es personal, no estoy cabreado con nadie en concreto. Cuando la Historia, con mayúsculas, se te mete en tu casa, te afecta personalmente. Y eso es lo que ha pasado, que la Historia se ha metido en nuestras vidas, y hablo de Cataluña en particular y de lo que ha ocurrido en general. Lo de Cataluña ha sido decisivo para mí, porque me ha afectado muy personalmente, en mi vida cotidiana, en mis amistades, en mi modo de ver el mundo, en todo. Incluso ha cambiado mi pasado, porque el presente altera nuestra visión del pasado. Y eso para mí, aunque es terrible decirlo, ha sido bueno, porque me ha permitido reinventarme como escritor.

¿Qué echa de menos de su yo anterior?

(Reflexiona largamente). El anterior era de una ingenuidad asombrosa, y eso no lo echo de menos… La verdad es que no echo nada de menos del anterior. Es una pregunta muy complicada, porque no sé muy bien cómo era el anterior y cómo es el actual. Sí, había una gran ingenuidad en él; sí, quizás echo de menos esa espontaneidad, ahora soy más desconfiado, más escéptico, y ahora (reflexiona de nuevo varios segundos) todos los riesgos que corro se producen en la literatura. Antes era capaz de correr riesgos también en la vida, y ahora me he vuelto mucho más prudente. Ahora creo que soy más escritor que antes, todo está más enfocado, siempre fue un lugar donde metes tu parte maldita, pero ahora quizás todavía más. Por eso estas novelas son novelas muy furiosas. Melchor Marín no se me parece en nada, pero podría decir, como Flaubert que dijo “Madame Bovary soy yo”, que Melchor Marín soy yo, su dolor, su furia. También tiene cosas muy buenas que ya no creo que sean mías, pero de dónde va a salir él si no de mí.

Hablando de ingenuidad: en Independencia retrata usted una corrupción, o una forma de ejercerla, que empezábamos a creer que ya no existe, o no de forma tan impune. ¿Es una ingenuidad pensar así?

Sí. Bueno, un momento. Lo que esta novela hace es proyectar un ayuntamiento donde hay tanta corrupción como la ha habido en la Generalitat. En el ayuntamiento tradicionalmente ha habido problemas de ese tipo, pero no tan sistemáticos y estructurales. Pero en Cataluña todavía el grado de corrupción es altísimo; en España lo es, pero en Cataluña… Esto no lo digo yo, sino los que conocen el asunto, con alguno de los cuales he hablado para este tema. Sí, eres ingenuo. Yo no utilizo mis novelas para ilustrar mis ideas políticas; lo que tengo que decir del procés o de cualquier otra cosa lo digo en mis artículos; las novelas no son ilustraciones de tus ideas, son otra cosa.

¿Por qué escribe?

Uf, eso es lo más complicado. A lo mejor si supiera por qué escribo dejaría de escribir. Escribo por miles de cosas, porque escribir, como leer, es una forma de vivir más, de una manera más compleja, más rica y más intensa; porque es un placer; más que un placer, una pasión. Y por infinidad de razones más. Ahora también porque me gano la vida con ello. Pero si no me pagasen, que no me oiga mi editor, también lo haría.

Alguna vez ha dicho que no lo considera trabajo porque es lo que le gusta hacer. ¿Tiene una disciplina diaria?

Muy sencilla. Me levanto a las 6 y voy a correr, eso es para mí sagrado, es mi droga total. Y luego me pongo a escribir a las ocho y media más o menos y escribo todo el día. Ah, no, hay otra cosa importante: la siesta. Las personas que trabajamos mucho no podemos permitirnos el lujo de no dormir la siesta. Y luego tomó café descafeinado y coca-cola. No hay más secretos. Pero estoy de acuerdo conmigo mismo: no es un trabajo, es un placer, que a veces cuesta disgustos, te angustia, pero eso forma parte de la pasión, forma parte del atractivo. Trabajar es hacer algo que no te gusta, y yo no he trabajado en mi vida prácticamente.

¿Hay alguna vez debate en su cabeza entre lo que le gustaría escribir y lo que cree que le gustará al lector para tener éxito?

Rotundamente no, yo escribo lo mejor que sé escribir, nada más. Además, yo no sé lo que va a tener éxito, quién lo sabe. Si lo supieran los editores, solo publicarían libros de éxito. Yo escribo el mejor libro que puedo escribir y si al lector le gusta, estoy feliz; y si no, qué le vamos a hacer. El público no existe, existen lectores, uno detrás de otro, y todos distintos. E intento satisfacer al único lector que conozco, que soy yo, intento hacer la novela que me gustaría leer, y ojalá le guste al lector, porque el lector acaba los libros, no hay literatura sin lector.

La mezcla de ficción y realidad es una constante en sus libros.

Es que la ficción pura no existe, la ficción pura es un invento de quienes no saben qué es la ficción. La ficción siempre parte de la realidad; desde que el mundo es mundo, siempre es una mezcla de realidad y ficción, no lo inventé yo en Soldados de Salamina, como hay gente que cree. Y luego eso se hace de muchas maneras, cada uno de la mejor que sepa, todo para persuadir al lector de que lo que está leyendo es auténtico, para que él se lo crea.

¿Teme usted comenzar a ser valorado por lo que dice más que por lo que escribe, como advierte el escritor Milan Kundera?

Kundera dice: “Cuando un escritor expone sus ideas políticas, ya pasa a ser juzgado por ellas y no por lo que escribe”. Y esto es catastrófico, porque yo lo mejor que tengo que decir acerca de todo lo digo en mis novelas. Lo que digo en mis artículos lo puede decir cualquiera, puedes estar de acuerdo conmigo o no, a veces ni yo mismo estoy de acuerdo conmigo. Pero son solo las cosas que tengo que decir como ciudadano, más o menos acertadas. Pero lo que yo de verdad tengo que decir, quien yo de verdad soy, está en mis libros.

¿Por qué lo hace entonces? ¿Por qué interviene en el debate público?

Porque no sé no hacerlo. Porque además de novelista soy ciudadano, una persona normal y corriente que paga sus impuestos, tiene un hijo, una familia, vive en un sitio que se llama España y Cataluña, y cuando tú ves que ocurren determinadas cosas, y encima escribes en el periódico, pues eso sale. ¿Me ha provocado problemas? Muchos. ¿Qué debía haber hecho, callarme? Sí, para mi carrera literaria era mucho mejor callarme, no hay ninguna duda; para mi familia también, sobre todo cuando las cosas se han calentado mucho. ¿Por qué lo he hecho? Podría decirte que porque sentía la responsabilidad de hacerlo, pero la realidad es que no he sabido no hacerlo.

¿Tiene sentido dejar de consumir ciertos productos culturales para ‘castigar’ las ideas o el comportamiento del autor?

¿Dejamos de leer a Aristóteles porque consideraba que la mujeres eran inferiores a los hombres¿ ¿O a Cervantes, que era un imperialista? ¿Y Shakespeare qué? Eso es un delirio, un disparate. Si solo vamos a leer a aquellas personas con las que estamos de acuerdo, vamos a la barbarie absoluta. Justamente, lo mejor que puede hacer la literaria, y el arte en general, es poner en cuestión tus creencias más arraigadas, sacarte de tus casillas.

Se utiliza la palabra ‘blanquear’ para referirse al tratamiento amable de actitudes que debieran merecer reproche unánime. ¿La violencia que ejerce el agente Melchor Marín cuando se toma la justicia por su mano queda blanqueada en este libro?

En la literatura podemos hacer y decir aquello que no hacemos ni decimos en la vida y eso no es blanquear nada. Al final, Melchor comete verdaderas barbaridades, y quiero que el lector se alegre. Volvemos a la parte maldita. Cuando lloramos con El Padrino con su hija muerta en sus brazos, a pesar de que ha matado a un montón de gente, no blanqueamos la mafia. Eso es el gran arte, esa capacidad que tiene de colocarte en lugares incluso moralmente peligrosos. Es lo que hace Shakespeare o Dostoievski, es lo que llamo sacarte de tus casillas, obligarte a cuestionar tus más profundas certezas. La ficción permite sacar esa parte maldita, y eso procura la catarsis, como la llamaba Aristóteles; vemos el horror, la venganza, y eso nos purifica. Por eso la literatura es útil… siempre y cuando no se proponga serlo.

¿Qué lee usted?

De todo. Antes de escritor, soy lector, no creo que haya un escritor valioso que sea una excepción a eso. Y ahora he cometido la temeridad de aceptar ser presidente del premio Goncourt, así que leo novelas publicadas en Francia, en francés, el año pasado. Pero yo leo todo, soy omnívoro.¶

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Cómo hacer universal una historia muy venezolana sin caer en criollismos

Tomado de

 

 

Rafael Osío Cabrices

05 de abril de 2021

“Me valgo de la literatura al hacer periodismo, y uso trucos periodísticos en la ficción”

Daniel Centeno Maldonado posa para un retrato, dentro de la Feria Internacional del libro en Guadalajara, México, miércoles 29 de Noviembre 2017. (Foto: © FIL/Bernardo De Niz)

 

Poli es un mesonero en el aeropuerto de Maiquetía, pero otra pudo ser vida si no hubiese abandonado la banda de rock que se hizo famosa con él, y con las canciones que compuso. Dalio canta boleros en una pollera, pero no deja de pensar en la carrera internacional que dejó atrás, cuando el continente lo conocía como el Ruiseñor de las Américas. Uno es joven, otro viejo, ambos tienen cuentas pendientes con la vida, y se encontrarán para tratar de saldarlas en equipo. El choque de los mundos de ambos es el eje de La vida alegre (Alfaguara, 2020), de Daniel Centeno Maldonado, y contempla vírgenes entrometidas, gallos heroicos, aeromozas pasadas de peso, madres insoportables, hijos zánganos, taguaras atestadas e iglesias con bajo quórum. Pero esto no es Gallegos ni Armas Alfonzo: al recorrer ese universo deliberadamente absurdo e inevitablemente gracioso que se extiende desde el oeste de Caracas al centro de Carúpano, el lector pensará más en John Kennedy Toole, en Tom Sharpe o en el Gran Combo de Puerto Rico cantando “La eliminación de los feos”.

La primera novela que publica Daniel Centeno Maldonado —quien hoy enseña cine y literatura en la Universidad de Houston luego de varios años como docente en El Paso, también en Texas— viene después de su tiempo como editor y como autor de dos volúmenes de perfiles y entrevistas, Retratos hablados (2010) y Ogros ejemplares (2015), y de los ensayos Postmodernidad en el cine (1999) y Periodismo a ras del Boom (2007). La vida alegre tuvo que esperar su momento: una anterior agente literaria de Daniel le dijo que le había gustado esa novela pero que no era lo que las editoriales estaban pidiendo. “Aprovechó para preguntarme si no tenía una narconovela, ya que yo entonces todavía vivía en El Paso. Y quizá termine escribiendo una, pero como una crítica a la narconovela”. Pero luego el prestigioso editor mexicano Ramón Córdoba apostó por el libro; su fallecimiento repentino a mediados de 2019 puso al proyecto de lado, luego vino la pandemia, y finalmente salió al mercado en los últimos meses de 2020. Y ahora hay gente como Sergio Ramírez y Rubén Blades recoméndandola por ahí.

 

Cuéntame la historia de esta novela, que escribiste entre Madrid y El Paso. Asumo que lleva años gestándose, ¿cierto?

Una vez me topé, de pura casualidad, con El inquieto anacobero, confesiones de Daniel Santos a Héctor Mujica. Tenía que gustarme ese libro, claro, por mi afición a la cultura popular y porque siempre me gustó mucho Daniel Santos. Y el primer capítulo de mi novela, que entre otras cosas es un homenaje a Mujica, está inspirado en un cuento que echa Santos en ese libro. En efecto la empecé a escribir en Madrid, luego me fui a Venezuela, y durante esos años releía lo que tenía. La terminé en El Paso. Lo que más tardó fue el engavetamiento, la poda, no la escritura. La gaveta fue providencial porque a todo lo que escribo le meto gaveta de años, menos a lo periodístico. Y estuvo muy bien haberlo hecho con este libro porque la primera versión, más larga, no estaba bien lograda.

Estás operando en un registro satírico que no es demasiado común en la narrativa venezolana, pese a que somos o éramos gente con tanto sentido del humor. ¿Cómo decidiste irte por ese camino? ¿Era tu idea desde el principio?

Yo había escrito una novela antes, que no se ha publicado, que escribí en dos años en Madrid. No tenía nada que ver, era una novela realmente muy pagada de sí misma: me inventaba un país, todo era muy grave, muy impostado, el punto de vista del narrador variaba, me apropiaba estilos de otros escritores… esa especie de Ulises resultó un disparate gigantesco. Cuando la exhumé me dio de todo, y una de las cosas que me dio era sentir “yo no soy novelista”, “esto no vale para un carajo”. Cuando leí El inquieto anacobero y vino a mi mente el personaje de Dalio se me ocurrió hacer algo distinto, una novela lineal, omnisciente, con dos personajes principales, y humorístico, fácil de leer, lo que fue más complicado.

Hay gente que me ha dicho que se la leyó en una tarde, como si eso fuera un defecto, y para mí es una maravilla.

Fue escrita pensando en que no podía pintar el Guernica sin aprender primero el figurativo, y el registro satírico fue lo que me ayudó a encontrar mi voz. Esta es una novela clásica, de las que leía uno. El Quijote es la cuna de la literatura y es humorística. Y es humorística La conjura de los necios. Me han dicho lectores internacionales y venezolanos que les ha llamado la atención que, a diferencia de otros libros de la diáspora, este no va en plan de este país se jodió, nos robaron, qué cagada. Yo planteaba otra literatura, en la que suceden otras cosas. El país está de fondo, y está jodido, pero no quería lo de andar victimizándose. Pero ojo, yo respeto mucho lo que hacen esas otras novelas y admiro mucho lo que hizo Rodrigo Blanco en The Night, me parece fenomenal.

Tú tienes mucho tiempo haciendo periodismo cultural, editando periodismo cultural, enseñando periodismo cultural, o al menos trabajando desde esa óptica en lo que vienes haciendo desde hace varios años. ¿Cómo caminaste sobre esa cornisa entre periodismo y ficción, cómo estableciste esa negociación en tu toma de decisiones creativas, ante el teclado, entre lo que haría un periodista y lo que haría un novelista?

Estudié periodismo porque en especial no quería ser médico ni lo que mi papá quería, temiendo por mi futuro monetario. Me fui por el periodismo cultural porque siempre me gustó leer y escribir y algo me decía que, quién sabe, alguna vez sería escritor. Muchos de mis libros son de hecho formas de acercarme a lo que quería hacer, preguntándoselo a los protagonistas, y siempre me interesó esa gente que pasó del periodismo a la literatura, ver que sí se podía hacer.

Siempre quise romper esa vaina de que si no eres periodista no puedes escribir porque tienes que estudiar Letras.

En mi tesis doctoral demostré de hecho que muchos autores del Boom venían del periodismo o lo ejercían de vez en cuando incluso siendo consagrados. Me interesa muchísimo la relación entre periodismo y literatura. Me valgo de la literatura al hacer periodismo, y uso trucos periodísticos en la ficción. Lo hago porque he estudiado a mucha gente que lo hace, como Marcel Schwob, García Márquez, Tomás Eloy Martínez. En Venezuela no era considerado un escritor por el comisariato cultural de allá. Me alegra mucho ahora tener tantos lectores, en Venezuela y fuera, al publicar algo que junta las dos cosas.

¿Has pensado cómo ese trabajo periodístico, tus entrevistas por ejemplo, te prepararon para este proyecto? Me pregunto si uno de los mayores logros de tu novela, reproducir la oralidad venezolana, le debe a tu experiencia como entrevistador.

Sin duda que el periodismo me ayudó. El periodismo te lleva a conocer gente que no conocerías de otra manera. Como además soy de Oriente, y mi familia es muy pintoresca, llamar a mi casa en Puerto La Cruz es como entrar a un sketch de Radio Rochela, y siempre me interesó cómo hablamos. Cuando llegué a Caracas a estudiar los caraqueños me resaltaban mi acento. En esta novela quise siempre defender mi venezolano oriental pero también que me entendiera un español, un mexicano, un argentino. Y de hecho el libro está editado en México.

La vida alegre es una novela que cualquier iberoamericano puede comprender y apreciar, creo, pero también es muy venezolana. ¿Cómo ayudó, o dificultó, escribir una historia tan ligada a los personajes y los lugares en que ocurre, entre Caracas y Carúpano, desde la diáspora? 

La literatura clásica es la mayor referencia porque uno la decodifica desde su parte del mundo. A mí me voló la cabeza Pedro Páramo, por el lenguaje de la época de la guerra cristera, pero lo entendías perfectamente, y más si lo traducías a un campesino venezolano. Lo mismo pasa con García Márquez y hasta cierto punto con Roberto Arlt. Hacer de lo singular, de lo particular, algo universal es posible sin caer en criollismos y sin darle concesiones a la editorial.

Una arepa se llama arepa, no le voy a poner gordita para que los mexicanos entiendan, porque en una novela mexicana dicen que se comió una flauta y si uno no sabe qué es eso pues lo busca.

Tampoco quise pasarme de la raya; hay que buscar ciertas universalidades que se usan en nuestra lengua y en otras partes. Tuve una discusión muy amigable con los editores de Alfaguara, que se portaban de maravilla, y me preguntaban por qué a un Volkswagen lo llamaba “escarabajo” cuando ellos le dicen “vocho”, y les dije que Dalio nunca diría “vocho”, que no es difícil darse cuenta de que eso es un escarabajo. Sé que tengo varios lectores venezolanos pero lo que más me sorprende es que me lean personas de otra cultura. En los clubes de lectura en México ha sido una sorpresa y las palabras de Sergio Ramírez y Ana García Bergua me han dicho que no estaba tan descaminado.

¿Tú crees en la literatura con nacionalidad o te parece una etiqueta sin sentido? Me refiero a si consideras que esto es una novela venezolana, parte de la literatura venezolana, o no. ¿Es algo relevante para ti, algo en lo que piensas?

Lo de las etiquetas es complicado, y en la academia se usan para todo. Esta novela es venezolana porque yo lo soy y porque ocurre en Venezuela, pero el hecho de que se entienda en todas partes probablemente la hace una novela iberoamericana, para no decir universal. Sí es cierto que cuando la escribí lo hice instigado por la nostalgia, como decía Carpentier, pero las maneras de ser de mis personajes no difieren de nada de otras culturas. Los mexicanos lo ven mucho entre ellos, porque nos une a algo a todos, y todos vimos películas mexicanas. El rey del barrio de Tin Tan podría vivir en el ecosistema de La vida alegre, y también los personajes de Maestra Vida de Rubén Blades. En el fondo todos somos morochos.

Dijiste por ahí que esta novela también es un homenaje a tu padre, a lo que te hizo leer, a lo que leía contigo. ¿Es válido pensar que el mundo del rockero Poli, que es mucho el nuestro, sirve para conectar con el mundo de nuestros padres, que en tu novela son Dalio, Honorio, Micaela?

Mucha de la novela es un homenaje a papá, que siempre quiso que yo escribiera, y le producía orgullo que uno de sus hijos le saliera lector, que le parara bola a la biblioteca que nos puso en la casa. Luego apareció ante los lectores que hay mucho ahí de la relación de padre e hijo, que yo no me había dado cuenta. Claro que mi papá no es un pícaro como Dalio, pero hay algo de papá en él. El lector ideal era mi papá, pero ya no la puede disfrutar porque su memoria se llenó.¶

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Si añadiéramos una letra u al título de la novela de Centeno Maldonado tendríamos La viuda alegre (Die lustige Witwe), la más famosa opereta de Franz Lehár, que se estrenara en 1905. Ese mismo año, Manuel de Falla compuso—antes de cumplir 30—su ópera La vida breve. Ésta es su hermosa y vivaz Danza española, interpretada por una orquesta que dirige Jesús López Cobos con el apoyo de castañuelas que hace sonar la virtuosa Lucero Tena. Con razón existe en nuestro idioma la expresión comparativa “tan alegre como unas castañuelas”.

Eso ocurrió en un concierto cuya recaudación de fondos fue destinada a la construcción de un orfanato para 120 niños y niñas en Mozambique. ¡Bravo!

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La vida es un montón de libros

Tomado del diario El Nacional

La paz del anaquel

 

Por Karl Krispin – 28 de marzo de 2021

 

De un candidato a la presidencia de la República se burlaban con que era tan ajeno a la lectura, que un atentado a su integridad hubiese sido tirarle la Enciclopedia Británica al jardín de su casa. En su clásico comentario sobre Colombia, Bolívar definía a la Nueva Granada como una universidad, Quito como un convento y Venezuela como un cuartel. No cabe duda de que arrastramos la peor parte y que, bromas aparte, la situación parece prolongarse indefinida y desesperadamente en el tiempo. Los libros no parecen contar sino con el amor de unos pocos, y en proceso de extinción. Por eso, cada vez que alguien abandona este mundo, sus deudos se apuran en vender todo a su paso y salir velozmente de ellos (en el caso de que existan) y a toda costa. En estos tiempos de incomodidad con el entorno nacional y de migración, se multiplican las ventas y los saldos. Hace unos años, estando en una de esas ventas reparé en el hecho de que me encontraba en la casa de una escritora venezolana, premio nacional de literatura, cuyos libros estaban siendo rematados a precios viles. Adquirí varios títulos que me interesaron, un par de sillas de director, y un mueble-biblioteca de madera que aún conservo. Entre los ejemplares figuraba la primera edición de El falso cuaderno de Narciso Espejo, de Guillermo Meneses, dedicada de puño y letra a la escritora, una de las más extraordinarias, aunque olvidadas novelas venezolanas de todos los tiempos. A mí me encantan esas ventas y sigo adquiriendo libros, pero lo que me molestó de aquella, sólo respecto al tema de los libros, era que se estaba desmembrando la unidad de una biblioteca, que en el caso de un escritor es lo más cercano a la vastedad de su conocimiento y su visión del mundo. Y más que preocuparme por los libros de la escritora, sentí que cada uno de los noveles libros de sus talleristas estaban siendo tratados con total indiferencia porque eran los que menos consideraban quienes llevaban a cabo la comercialización. Tuve oportunidad de revisar algunos: traían agradecidas dedicatorias a la escritora. Entonces, decidí entrar en acción. Realicé varias llamadas a personas relacionadas con la occisa, a quienes sabía que aquello les iba a molestar, y pondrían el grito en el cielo. La venta de los libros terminó suspendiéndose. Ignoro dónde terminaría la biblioteca, y si finalmente se vendió o se donó. Porque las donaciones son muy difíciles, o se suelen rechazar.

Una biblioteca depende de quien la haya formado y hecho crecer. Basta asomarse a una para descubrir la personalidad de su dueño. Por supuesto, que las más estimables, son las de los escritores, intelectuales y bibliófilos. Ha habido casos insignes como el doctor Pedro Manuel Arcaya, o don Pedro Grases, cuyas bibliotecas continuaron en unidad en sus nuevos destinos. El librero Ignacio Alvarado tiene una idea feliz entre ceja y ceja: un museo del libro que algún día cristalizará. Sucede, a veces, que una institución no cuenta con los recursos necesarios para la limpieza y desinfección de los ejemplares, o para su clasificación. Y me ocurrió con la colección de un bibliófilo y mejor lector, cuyos libros, unos 12 mil, conseguí ubicar en una institución. Al cabo de casi 20 años de la donación, apenas 1.500 se han logrado incorporar a la colección central. Le comenté a la directora de la institución que no se preocupara porque a ese ritmo, los libros se terminarían agregando en unos 75 años. En México, por ejemplo, un país que conoce lo que significa defender su cultura, cada vez que muere una de sus grandes firmas, el Estado preserva su biblioteca junto a sus recuerdos personales. Esa práctica es poco habitual en este cuartel. He visto cómo bibliotecas enteras de personajes prestigiosos (con herederos que no lo son) han terminado en los quioscos de la avenida Fuerzas Armadas, pero los libreros terminan aprendiendo el valor de un libro, no sólo por su contenido sino por el año de edición, el estado de conservación, existencia, y el apetito demoníaco de los coleccionistas. Y aquí entramos en un misterioso y fascinante mundo donde privan las pasiones. El club Dumas, de Arturo Pérez-Reverte, es una novela en la que hay suicidios y asesinatos por hacerse de unos extraños folletos. La casa de subastas Swann entre Londres y Nueva York se especializa en libros raros y primeras ediciones. Las librerías de viejo, que en el primer mundo abundan, equivalen a templos de culto. Sin hablar de la biblia para buscar el posible costo de uno de esos ejemplares que es la ABAA, The Antiquarian Booksellers Association of America. Nada de esto lo conocen quienes desprecian los libros o los rematan al primer postor que les hace el favor de llevárselos.

Pedro Manuel Arcaya, bibliófilo entre bibliófilos

Me han sucedido muchas cosas comprando libros. Textos que no aparecen sino hasta darse una perfecta sincronicidad. Adquirí por puro azar la biografía de Páez escrita por sir Robert Cunninghame Graham. Estaba preguntando por su libro La arcadia perdida y el librero me ofreció la biografía que era la que tenía. Cuando completé la lectura del centauro por el escocés, encontré en otra librería a miles de kilómetros de la primera, la Arcadia, en una edición reciente. Tengo años buscando la primera edición de King Vikram and the Vampire, de Richard Francis Burton. Estoy seguro de que ya se aproxima. En una venta privada quise comprar las obras completas de José María EÇa de Queiros, publicadas por Aguilar con esa magnífica cubierta de cuero que caracteriza la colección. El encargado me dijo que debía llevarme los restantes tomos de la editorial y otros que combinaban entre sí, ya que se vendían en conjunto. Le dije que yo era lector y no decorador. Cuando se busca con denuedo un título, aparece lo que he llamado en algún minicuento el donjuanismo editorial, que equivale al cortejo de una hembra caprichosa, lujuriosa y esquiva. Un día me encuentro en una venta con la primera edición de ¿Por quién doblan las campanas? de Ernest Hemingway (Scribners, 1940) No suelo vender libros, pero con este se me ocurrió algo: le escribí a la librería parisina Shakespeare and Co. para ofrecerlo en venta y poder almorzar con el importe de la operación en un restaurante legendario de la ciudad luz. Mi plan era escribir un goloso artículo de cómo había almorzado en La Tour D´Argent gracias a Papa Hemingway. El libro tenía sus fallas: lucía algunos hongos, un leve desprendimiento del lomo y la antipática empleada de la sección de raros y antiguos, me ofreció algo muy por debajo de mis aspiraciones y, sobre todo, del menú del comedero. Me llevé mi libro y terminó de regalo en casa de unos amigos entrañables. El almuerzo se dio, pero nunca escribí la pieza. En la plaza de los Palos Grandes se organizaban unos gozosos cambalaches donde llevabas 10 libros que cambiabas por otros diez. Entonces buscabas en la biblioteca los inamistosos, con los que nunca te llevaste bien del todo, o de autores que resueltamente te caían mal y los sustituías por otros.  Nunca una biblioteca se completa, y tampoco deja de tener la posibilidad de albergar nuevas adquisiciones. Hoy en día, en medio de la batalla cultural que libramos con los que aspiran a un orbe uniforme, de idéntico vocabulario, en el que nadie se destaque, no faltan los enemigos del libro físico bajo la acusación de que se derriban árboles para su fabricación. No tengo nada contra el libro digital: el problema no es el formato, y la contemporaneidad ha demostrado que conviven armónicamente el impreso y el electrónico. Pero se quiere obligar, porque los nuevos gustos y modas no son democráticos sino autoritarios, -así como nos quieren quitar la carne, las corridas de toro, y crear un mundo gluten free de veganos- a la desaparición del libro físico. En nuestro país cada vez son menos las librerías, las editoriales, los periódicos, las revistas o los libros, aunque aquí se combinan los imperativos de la sociedad actual ayudados por la más grande destrucción económica lograda en un país. Y para la inmensa minoría que vive con devoción por los libros, que no se olvide el consejo de Anatole France: “No presten libros, los únicos que quedan en mi biblioteca son los que me han prestado”.

Primera edición de ¿Por quién doblan las campanas? de Ernest Hemingway, (Scribners, 1940)

Quienes vivimos rodeados de nuestros libros, lo hacemos en una actitud de plácida beatitud. No existe nada en esta vida que pueda ofrecer tanto placer como la lectura de un libro. Y en algunos casos, logran una transformación personal que siempre será individual e intransferible. Eso sí, jamás colectiva. He conocido personas que no atesoran libros, que los leen, y los regalan. Admiro ese desprendimiento del que nunca he sido ni seré capaz. Necesito verlos juntos, en la feliz paz del anaquel, sintiendo la seguridad de su compañía, invocando los momentos que vivimos juntos, y aspirando a que la vida de un hombre pueda también ser recordada por los libros que leyó.¶

 

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Cinco portadas de Vicente Rojo

(Tomado de Letras Libres – Cultura)

 

A lo largo de su carrera, Vicente Rojo hizo más de 900 portadas para distintas editoriales. Esta muy breve selección de algunas de las más emblemáticas da cuenta de la maestría con que el artista resolvió los retos del diseño gráfico.

 

Daniel Bolívar

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Los libros diseñados por Vicente Rojo son tesoros personales preservados tanto en la memoria como en los libreros. Mi biografía lectora ha estado acompañada por decenas de libros diseñados por Rojo, con portadas que se mantienen frescas y actuales debido a su manejo del color, su elección tipográfica y su uso del collage. En estas portadas no se perciben las limitaciones técnicas de la época, sino, al contrario, la maestría con que Rojo resolvía la composición a pesar de los pocos recursos disponibles en la época, como era contar con un máximo de dos colores de impresión.

Durante varias décadas, Vicente Rojo le dio forma material a cientos de textos para convertirlos en libros. A través de la elección cuidadosa de la tipografía, el delineado de la caja de texto, la creación de una imagen para representar las ideas del autor en la portada, su trabajo gráfico funcionó como un puente entre el lector y la obra. Rojo modernizó el aspecto de los libros en México ­–que, en su mayoría era sobrio y aburrido–, integrando vanguardias en el diseño. Fue, además, maestro de toda una generación de diseñadores que trabajaron bajo su supervisión en la legendaria Imprenta Madero, como también de todos los lectores que crecimos hojeando estos libros, revistas y publicaciones culturales.

De las más de novecientas portadas que diseñó en su paso por editoriales como Joaquín Mortiz, el Fondo de Cultura Económica (FCE) y Era, entre otras, las cinco que presento a continuación son solo una invitación a recorrer esta faceta del artista.

 

  1. Introducción a la poesía, César Fernández Moreno, 1962

A finales de los años cincuenta, Vicente Rojo comenzó a diseñar portadas de libros del Fondo de Cultura Económica. Como parte de la Colección Popular –creada en 1959 para alcanzar grandes audiencias a través de tirajes altos en formato bolsillo–, la portada de Introducción a la poesía de César Fernández Moreno (1962) muestra una composición tipográfica a modo de collage con tipos móviles de madera, y aprovecha las formas de las letras en la palabra “poesía”. El uso de distintas tipografías y tamaños de letra, en un aparente desorden, representa la propia aproximación del texto a la práctica poética. El flujo entre la baja y alta cultura que Fernández Moreno aborda se ve representado con los tipos móviles, usados para carteles de lucha libre e incluso exposiciones de arte. Las ilustraciones mecánicas dan, así, una idea de los engranajes de la poesía.

 

  1. La feria, Juan José Arreola, Joaquín Mortiz, 1963

El fundador de la editorial Joaquín Mortiz, Joaquín Diez Canedo, le encomendó a Vicente Rojo muchas de las portadas de este sello a través de los años. La Serie del Volador es una de las colecciones más relevantes de la producción editorial mexicana y en su catálogo se reunieron los nombres que dieron forma a la literatura nacional de la segunda mitad del siglo XX.

La feria, de Juan José Arreola –el primer título de la serie–, es una novela fragmentaria ganadora del premio Xavier Villaurrutia. Además de su portada, Rojo dibujó ochenta pequeñas viñetas –acreditadas en esta edición como “asteriscos de Vicente Rojo”– que acompañan las 288 partes que conforman la novela. La cuarta de forros describe el libro como “desordenado, múltiple y singular, breve y abundante”.

Con este primer título se establecieron algunas de las reglas de diseño que, por años, definieron a la Serie del Volador: la tipografía, el uso de dos colores y los recuadros en portada, lomo y contraportada. Estas reglas, fuera de hacer una serie repetitiva, funcionaron como límites flexibles para estimular la experimentación gráfica, siempre con resultados interesantes y variados.

 

  1. Cien años de soledad, Gabriel García Márquez, Editorial Sudamericana, 1967

Cien años de soledad se publicó por primera vez en la editorial argentina Sudamericana. El encargo de esta portada vino  del propio Gabriel García Márquez, amigo de Vicente Rojo. Ambos vivían en México, por lo que enviaron la portada por correo a la editorial en Buenos Aires.

La fecha de publicación se acercaba y la portada de Rojo no llegaba a su destino, así que Sudamericana encargó a la diseñadora Iris Pagano una portada provisional. En junio de 1967 llegó a las librerías la primera edición con el diseño de Iris. Los ocho mil ejemplares de este tiraje se agotaron en dos semanas.

Para la primera reimpresión se usó la portada de Rojo. Su diseño consiste en una serie de estampillas sobre un fondo blanco. El nombre del autor y de la novela están compuestos con una tipografía que evoca letras de imprenta antigua, y en la palabra “soledad”, Rojo invirtió horizontalmente la letra E (se cuenta, a propósito de este gesto, que un librero ecuatoriano corrigió a mano la posición de esta letra en los ejemplares de su tienda, pensando que era una errata).

El diseño de Rojo se volvió icónico gracias al retrato de García Márquez con un ejemplar de Cien años de soledad sobre su cabeza que hizo la fotógrafa española Isabel Steva Hernández “Colita”.

 

  1. Discos visuales, Octavio Paz, Ediciones Era, 1968

Vicente Rojo creó la colección Alacena de Ediciones Era para experimentar con papeles lujosos y sistemas de impresión, y para diseñar interiores de libros ilustrados con grabados sobrepuestos y coloridas serigrafías. De esta colección destacan los títulos Los pájaros (1961) y Aura (1962). Pero el lado más experimental de Rojo es, a mi parecer, más notorio en los Discos visuales (1968) realizados en colaboración con Octavio Paz, quien le escribió a Rojo desde Nueva Delhi para invitarlo a crear este proyecto con él, ya que conocía su trabajo y creía que era la persona idónea para llevarlo a buen puerto.

No elegí este libro precisamente por su portada; lo que me llama la atención de estos ejercicios de obras-libro es cómo la manipulación del objeto es indispensable para la lectura, ya que vuelve al lector un cómplice del proceso creativo de la obra. Al girar los discos aparecen una serie de textos a través de ventanas que se complementan entre sí y, al girarlos otra vez, surge un nuevo fragmento. Los cuatro objetos circulares realizados por Rojo no son solo el vehículo o contenedor de la poesía, sino que forman parte de la materia del poema. Los poemas se acompañan de colores vivos, figuras geométricas y trazos pictóricos característicos de su obra.

Diez años después, en 1978, Rojo le pediría a los lectores de la revista Artes visuales –en una nota manuscrita– que hicieran su propia portada. Con estos ejercicios conceptuales, el artista demuestra una visión audaz del libro donde las obras están incompletas, y es solo en el momento de la lectura cuando pueden ser completadas.

 

5. Las batallas en el desierto, José Emilio Pacheco, Ediciones Era, 1981

Vicente Rojo, José Azorín y los hermanos Neus, Jordi y Quico Espresate –amigos y colaboradores de Imprenta Madero– fundaron la editorial Era en 1959, después de que Rojo sugiriera aprovechar los tiempos muertos de la imprenta. En Era, Rojo se desempeñó como director artístico y miembro del consejo editorial.

Esta casa publicó Los elementos de la noche (1963), el primer libro de José Emilio Pacheco, quien después diría, bromeando, sobre Rojo: “he escrito casi todos los libros para que él haga las portadas”. En 1980, el escritor publicó Las batallas en el desierto en el suplemento Sábado del diario Unomásuno, acompañado de una serie de ilustraciones de Rojo. Un año después, el libro se publicó en Ediciones Era.

Rojo tomó como inspiración los barridos de color de carteles populares que veía en la Ciudad de México, y aplicó ese recurso en diversos impresos. En esta portada se ve un ensamble fotográfico que incluye un retrato en alto contraste de Rita Hayworth, sentada en un tambor. Las batallas en el desierto aún se publica  con una portada muy similar.

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Vicente Rojo fue un personaje clave de la cultura visual en México desde la segunda mitad del siglo XX. Por más de sesenta años, su trabajo atravesó por cambios tecnológicos, comenzando con tipos móviles, linotipos y rotograbado, para después pasar a la fotocomposición y a la impresión offset. Rojo creó un lenguaje propio, potente y reconocible, integrando la tipografía y el color en composiciones memorables; y usando recortes de papel rasgado y grabados antiguos que coloreaba, intervenía y resignificaba. A mediados de la década de los ochenta, Rojo disminuyó su labor de diseño, para concentrarse en la pintura y la escultura.

Respecto a su obra, decía José Emilio Pacheco: “cada una de sus obras es un objeto de belleza y una fuente de placer que niega por un instante la fealdad sin límites que nos rodea por todas partes en la capital más horrible del mundo”.

Adiós, Vicente, y gracias por tanto.¶

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“Hay que pensar cómo dirigir nuestras sociedades”

Ishiguro, el autor onírico.

 

El escritor británico de origen japonés volvió a indagar cómo es vivir en un mundo donde muchas personas son reemplazadas por otras personas o por máquinas. “¿Cómo va a sobrevivir la gente cuando este sistema ya no funcione?”, plantea Ishiguro.

Tomado de Página 12

 

El Premio Nobel de Literatura presentó su novela “Klara y el Sol”

 

Por Silvina Friera

¿Qué significa ser humano hoy? ¿Somos únicos o reemplazables? ¿Las sociedades tecnológicamente avanzadas son menos empáticas y crean más desigualdades? ¿Cómo impactará la inteligencia artificial en la vida cotidiana? Kazuo Ishiguro, el escritor británico de origen japonés, mete el dedo en las llagas que suscitan los grandes interrogantes de la humanidad en su nueva novela, Klara y el Sol (Anagrama), la primera que publica después de haber ganado el Premio Nobel de Literatura en 2017, que llegará a las librerías del país en abril. Una vez más sorprende a sus lectores y se desmarca de su zona de confort con una historia de ciencia ficción narrada desde el punto de vista de una inteligencia artificial, especializada en el cuidado de niños, que es curiosa, observadora y aprende rápido. “La inteligencia artificial eliminará muchos empleos, incluso de la élite intelectual y académica. Hay que pensar cómo dirigir nuestras sociedades. ¿Cómo va a sobrevivir la gente cuando este sistema ya no funcione? Más que el temor de si los robots serán los amos del mundo, me preocupa el desempleo masivo que está sucediendo ahora”, dijo Ishiguro en una conferencia de prensa por Zoom con periodistas de España y Latinoamérica.

Klara, la inteligencia artificial, es elegida por Josie, una adolescente que padece una enfermedad imprecisa. La obsolescencia avanza sobre clases enteras de trabajadores sustituidas por máquinas, que no están exentas de ser relevadas por otras máquinas, como le sucede a la propia Klara, al comienzo de la novela, cuando llega un modelo perfeccionado y ella es relegada al fondo de la tienda. Ishiguro es un escritor agudo a la hora de captar vibraciones que no suelen estar en el centro de las percepciones. Hay una escena en la que una mujer, delante de un teatro, se queja de la presencia de Klara, y condensa el sentimiento de pérdida y desplazamiento de su lugar en la sociedad: “Primero nos quitan el trabajo, ¿y ahora nos quitan el sitio en el teatro?”. Los marginados por la obsolescencia no son un tema novedoso en la narrativa de Ishiguro, un escritor interesado en indagar cómo es vivir en un mundo donde muchas personas son reemplazadas por otras personas o por máquinas. Un residuo de esta cuestión aparece en Lo que queda del día (1989)—novela ganadora del Booker llevada al cine por James Ivory con memorables interpretaciones de Anthony Hopkins, en el papel del mayordomo Stevens y Emma Thompson como la señorita Kenton—, cuando el mayordomo descubre que ha desperdiciado su vida al servicio de un simpatizante nazi.

 

Máquinas programadas

Desde el living de su casa en Londres, con un piano de fondo y su biblioteca como paisaje escenográfico, Ishiguro reconoció que haber llegado a la tercera edad (tiene 66 años) lo volvió “más” optimista sobre la naturaleza humana, pero menos optimista sobre los sistemas políticos y cómo se organizan las sociedades. “Unos años después de la Segunda Guerra Mundial todo avanzaba en la dirección correcta, pero yo era consciente de que en la generación de mis padres habían sucedido las cosas más espantosas. Al final de la guerra fría, en 1989, pensé que este sistema liberal democrático era el único válido y que todo el mundo lo asumiría. Ahora no tengo la misma confianza; el mundo ha cambiado. Hoy es posible que sociedades autoritarias tengan herramientas que hagan difícil a las democracias competir con ellas, porque los autoritarismos pueden tomar decisiones económicas centralizadas y aplicarlas en todos los ciudadanos. La dicotomía “izquierda y derecha” no está funcionando. Hay que plantear nuevas ideas que tengan humanidad y humanismo en su corazón. Las viejas ideas ya no son suficientes”, planteó Ishiguro, quien recibió el Premio Nobel de Literatura porque “ha puesto al descubierto el abismo que hay detrás de nuestro ilusorio sentido de conexión con el mundo”.

“Los smartphones saben más de nosotros que la persona que duerme a nuestro lado -afirmó el escritor durante la conferencia de prensa, que se extendió por casi dos horas-. Ese es uno de los temas de la novela: la invasión de los big data en nuestra vida cotidiana, ¿tendrá un impacto en la idea milenaria de que tenemos un alma que nos hace especiales? ¿Qué significa que un ser humano ame a otro? ¿Somos únicos o reemplazables? Mi interés real son los seres humanos, a los que observo a través de los ojos de esta máquina. Lo importante es lo que ella observa en nosotros. Y su determinación en hacer lo mejor para la niña de la que se ocupa, que la hace parecerse bastante a una madre humana. Los padres son como máquinas programadas para cuidar a sus hijos”. Su última novela está dedicada a su madre Shizuko, que murió en 2019 a los 92 años. “Mi madre estaba programada para cuidar a sus hijos como un Terminator de segunda generación”, recordó el escritor y precisó que muchas de las cosas que le ocurren a Klara al final de la novela, cuando deja de ser necesaria, tienen que ver con la experiencia de su madre, que acabó sus días en una residencia, apartada de todo, pero con la convicción de que había hecho un buen trabajo, que había cumplido con su misión. “Mi madre era como Klara, nunca perdió esa inocencia infantil sobre lo bueno que hay en el mundo”, agregó.

Klara y el Sol es la octava novela de Ishiguro, que nació en Nagasaki en 1954 y vive en Inglaterra desde los seis años. Su narrativa podría ser interpretada como variaciones acerca de un mismo tópico: el acto de hacer, deshacer o rehacer la memoria. El nudo gordiano de su narrativa se construye a partir de la tensa relación entre memoria y olvido. Sus dos primeras novelas transcurren en Japón: Pálida luz en las colinas (1982) y Un artista del mundo flotante (1986). Después llegarían la consagratoria Lo que queda del día (1989)—originalmente traducida como Los restos del día—, Los inconsolables (1995), un pianista amnésico que se desplaza por un mundo donde el tiempo, el espacio y la memoria parecen alterados; Cuando fuimos huérfanos (2000), Nunca me abandones (2005) y El gigante enterrado (2015). Boyd Tonkin, crítico de The Independent, plantea que Ishiguro ha ido creando un universo literario propio, “un territorio que podríamos llamar Ishiguria, un escenario desasosegante, hecho de recuerdos y amenazas, sueños y desarraigo, tan inconfundible a su manera como la Greenland de Graham Greene”.

La elección del punto de vista es fundamental en la arquitectura narrativa de Ishiguro. “Antes de sentarme a escribir una novela hago un ‘casting’ de diversos personajes que podrían ser el protagonista principal, porque en mis libros todo depende de esa decisión. El universo de la historia girará en torno a la manera de ver el mundo de ese personaje. Lo que más me interesa son las limitaciones de la visión de ese narrador, lo que no puede ver. Y ahí Klara funciona muy bien, porque, al ser una máquina, tiene una visión muy restringida y llega a la historia sin recuerdos ni prejuicios”, explicó el escritor.

Cómo se recuerda el pasado es la médula ósea de los debates que atraviesan a las sociedades. Ishiguro mencionó una película argentina, El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella. “Si te obsesionas mucho con el pasado te puede consumir, te puede detener, te puede impedir seguir adelante—opinó el escritor—. La película tiene que ver con ese período tan difícil de la historia argentina, y tiene un paralelismo con la historia de un hombre cuya novia es asesinada y él busca venganza. Y al final esa venganza le destruye la vida, lo consume. Ese tipo de historias me fascinan”.

 

La tristeza del mundo

Quizá las ficciones que se leen de un tiempo a esta parte están afectadas por la pandemia, como si se buscara resonancias, paralelismos o coincidencias. Ishiguro confirmó que terminó de escribir Klara y el Sol antes de que la Covid-19 trastocara el mundo. “Hay millones de personas en estado de shock y duelo porque han perdido a un ser querido. Vivimos un nivel de fallecimientos que solo encuentras en las guerras. En el Reino Unido ya hemos duplicado la cifra de muertes de civiles de la Segunda Guerra Mundial. En Estados Unidos ya han muerto más personas que en las dos guerras mundiales y la de Vietnam juntas—comparó—. El tema que tenemos que abordar es qué tipo de impacto emocional tendrá todo esto en nuestra sociedad. Si todo lo que nos preocupa de la pandemia es que ha cambiado nuestra vida laboral, temo que habrá repercusiones que tendrán que ver con el estrés, con la rabia, con el dolor. Cuando en el pasado hemos tenido este nivel de muertes, a menudo hubo un impacto psicológico tremebundo”.

Ishiguro admitió que hay vínculos con su novela Nunca me abandones, distopía de un mundo casi inhumano, y Klara y el Sol. “Al final, me di cuenta de que Klara… es como mi respuesta a aquella otra novela mía, que releí hace seis años y pensé: ‘Qué libro tan triste, el autor debería animarse un poco’. Al hacerme mayor, me he convertido en alguien un poco más optimista respecto a la naturaleza humana. Quería explorar un territorio parecido, pero manteniendo la esperanza”, comparó el Premio Nobel de Literatura. Aunque su última novela pertenece al género de la ciencia ficción, a la manera ishiguriana, la historia procede de los cuentos georgianos, de una idea que tuvo de hacer un libro ilustrado para niños pequeños. “Los adultos protegemos mucho a los niños de las dificultades de la realidad y queremos darles una interpretación amable del mundo. Pero siempre se puede ver la tristeza que les espera; es como si los adultos dijéramos que el mundo es fantástico, pero en algún lugar del bosque está la oscuridad”.

El escritor, con un entusiasmo amortiguado por la cortesía británica, reflexionó sobre las distintas interpretaciones que surgen a partir de la lectura de la novela. “No es inevitable convertirnos en una sociedad tecnológicamente más avanzada y a la vez menos empática. Pero en la práctica se da esa tendencia—aseguró Ishiguro—. El modelo de negocios de las grandes tecnológicas no favorece al bienestar de los seres humanos; tenemos que encontrar una manera de controlar a las tecnológicas porque nuestra sociedad crea muchas desigualdades. La mayoría de los beneficios van a empresas como Facebook que observan nuestro comportamiento y crean datos. Hay un desajuste entre el interés de la sociedad y el interés de estas empresas, y necesitamos que se alineen, porque si no vamos a sufrir los perjuicios. Hay un potencial enorme para hacer el bien en el ámbito de la salud, pero como sociedad necesitamos reorganizarnos para evitar los peligros”.

 

Sirvientes del poder

El escritor británico alertó sobre los peligros de la manipulación genética y se refirió a la tecnología CRISPR, una especie de tijeras genéticas que edita y corrige, en una célula, el ADN asociado a una enfermedad. “Hay una creencia de que muy pronto se va a controlar este editor genético y ahí se abre la puerta a muchos temores. Al igual que la cirugía estética empezó para reconstruir el cuerpo de los desfigurados por accidentes o en las guerras, y hoy es para la gente que quiere mantener un aspecto joven, no sé cómo vamos a evitar la aparición de bebés mejorados, ya sea intelectualmente, desde un punto de vista atlético o que no se enfermen. La posibilidad de una meritocracia salvaje puede ser muy peligrosa. La edición genética ya está aquí; el primer caso fue hace dos o tres años: un chino editó genéticamente y luego lo encarcelaron. Estamos en el umbral de lo que fue la revolución industrial, puede haber muchas ventajas, pero tenemos que evitar los peligros”, sugirió Ishiguro.

“(Stanley) Kubrick fue un modelo para mí, se reinventaba a sí mismo en cada película”, dijo el escritor británico y señaló también que las películas de Yasujiro Ozu fueron fundamentales en su educación sentimental cuando era un niño. “Bob Dylan cambiaba de estilo y eso era recibido con hostilidad por parte de sus seguidores. Yo pensaba que era una heroicidad cuando Dylan pasaba de ser un músico folk a lo eléctrico. Cada libro pretendo que refleje el que soy en ese momento, pretendo escribir algo que cada vez sea distinto”, advirtió Ishiguro y contó que sigue a las generaciones más jóvenes para ver cómo perciben este mundo que está cambiando tanto. Su hija, Noami Ishiguro, a los 29 años, está por publicar su segunda novela, Common Ground. “Quizá las ideas que hemos tenido en los últimos treinta años de lo que son los géneros, la idea de que hay una literatura seria y luego otros géneros (thriller, ciencia ficción, la categoría que sea), se tendrá que romper, fusionar o reorganizar. Los jóvenes escritores no ven las cosas clasificadas por género, no distinguen la alta literatura de la literatura popular. La literatura debe mostrarse abierta de cara al futuro. Hay una fusión entre la literatura, la televisión, el cine, los cómics. A menudo una historia se escribe en un formato y se adapta para el otro, fluye y forma parte del imaginario popular”.

Desde un punto de vista político, Ishiguro asumió que se definiría de izquierda—“siempre he creído en algún tipo de revolución”—, pero aclaró que sus libros no hablan de las clases trabajadoras. “El mayordomo de Lo que queda del día es una metáfora de todos nosotros. La mayoría de nosotros trabajamos para alguien más, pero no sabemos cómo nuestra contribución va a ser usada. Las decisiones se toman desde arriba y si hemos contribuido a algo bueno o malo se nos escapa de las manos. Se podría decir que Kathy, el clon de Nunca me abandones, es una víctima dentro de un sistema cruel. Pero lo mismo podríamos decir de nosotros mismos. Todos estamos ante la situación dramática de nuestra propia mortalidad. Tenemos que transformar eso en algo que sea positivo, a pesar de este marco cruel en el que vivimos”.

¿Qué impacto tuvo para el escritor ganar el Premio Nobel de Literatura? Cuando viajó a recibir el premio, en diciembre de 2017, ya tenía la tercera parte de Klara y el Sol escrita. “Al volver de Estocolmo esperaba que todos mis problemas de escritura habrían desaparecido—confesó Ishiguro—. Pero era como si el Nobel me lo hubieran dado en otro planeta y al volver a casa todo estuviera en el mismo sitio que antes”.¶

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Kazuo Ishiguro: “Soy un escritor exhausto de una generación intelectualmente exhausta”

Kazuo Ishiguro. Foto: Lorna Ishiguro

 

Tomado de El Cultural

 

¿Qué significa ser humano hoy en día? Sobre esta pregunta versa la primera novela del escritor tras ganar el Nobel, ‘Klara y el Sol’ (Anagrama), una historia emparentada con gran parte de su obra y que nació como un cuento infantil, en la que se plantea cómo la Inteligencia Artificial, la edición genética o el Big Data han cambiado nuestra percepción como especie.

 

LISA  ALLARDICE 8 marzo, 2021

 

Para la familia Ishiguro, el 5 de octubre de 2017 fue un gran día. Después de semanas de discusiones, la esposa del escritor, Lorna, finalmente decidió cambiar de color de pelo. Estaba sentada en un salón de belleza de Hampstead, no lejos de Golders Green en Londres, donde han vivido durante muchos años, cuando de pronto su teléfono comenzó a vibrar. “Lo siento, voy a dejarlo para otro día”, le dijo al peluquero. “Mi marido acaba de ganar el Premio Nobel de Literatura y puede que tenga que ayudarlo”.

Mientras, en casa, Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954) estaba desayunando cuando llamó su agente. “Es lo opuesto al Premio Booker, donde hay una lista larga y luego una corta, lo que te permite escuchar el trueno retumbante que viene hacia ti, a menudo sin golpear. Con el Nobel es un relámpago inesperado, ¡zas!” Al cabo de media hora había una cola de periodistas frente a la puerta principal. Llamó a su madre, Shizuko. “Le dije: ‘He ganado el Nobel, shon’ (madre en japonés). Curiosamente, no pareció muy sorprendida”, recuerda. “Me dijo: Ya pensaba que lo ganarías tarde o temprano”. Murió, a los 92 años, hace dos. Su última novela, Klara y el Sol (Anagrama), la primera desde que ganó el Nobel y que trata en parte sobre la devoción materna, está dedicada a ella. “Mi madre tuvo mucho que ver con que me convirtiera en escritor”, dice.

Mantenemos la charla por Zoom. Ishiguro está escondido en el dormitorio de invitados, ya que su propio estudio es pequeño, dice, y apenas caben dos escritorios: uno para su ordenador, otro con espacio para escribir. Nadie entra allí. De manera alentadora, compara el proceso de la entrevista con un interrogatorio, tomando la idea prestada de una escena de El topo de John Le Carré que explica “cómo los agentes están entrenados para resistir la tortura al tener varias capas de historias plausibles”. Sin embargo, se somete al interrogatorio con buen humor. De hecho, habló durante varias horas con la rigurosa consideración que cabría esperar de su ficción.“De fondo, mi novela plantea esa eterna pregunta sobre el alma humana que siempre suena muy pomposa: ¿realmente tenemos una o no?”

Atendiendo a los criterios del Premio Nobel, ganarlo a los 62 años convirtió al escritor en una suerte de tramposo. En realidad, la precocidad es parte del mito de Ishiguro: a los 27 años era el más joven en la lista inaugural de los mejores jóvenes novelistas británicos de Granta en 1983 (junto a Martin Amis, Ian McEwan o Julian Barnes), apareciendo de nuevo en la década siguiente. Mientras tanto, conquistó el Premio Booker por Los restos del día, adaptada al cine en 1993. De hecho, su afirmación de que la mayoría de las grandes novelas fueron escritas por autores de entre 20 y 30 años se ha convertido en parte de una leyenda literaria. “Es Martin Amis quien va repitiendo esto, no yo”, dice Ishiguro, riendo. “Se obsesionó con la idea”. Pero aún así sostiene que los 30 son los años cruciales para la escritura de novelas: “Necesitas algo de ese poder cerebral”. (Lo cual es una suerte para su hija Naomi, quien a los 28 años publica ahora su primera novela, Common Ground, para deleite de su padre).

Siempre que alguien planteaba la cuestión del Nobel, su respuesta inmutable solía ser: “Los escritores ganaron sus Nobel a los 60 por el trabajo que hicieron a los 30. Ahora seguro que piensan lo mismo de mí”, observa secamente. A los 66, Ishiguro sigue siendo el creador supremo de mundos encerrados en sí mismos cuyos personajes están sometidos también a alguna forma de encierro. Su meticulosa atención a los detalles cotidianos y su estilo casi ostentosamente plano se contraponen a las fantásticas tramas y la intensidad emocional reprimida. Y Klara y el Sol no es una excepción.

 

Entre la fantasía y lo posible

Ambientada en un lugar indeterminado de Estados Unidos, en un futuro indefinido, trata, aparentemente al menos, de la relación entre una “amiga” artificial, Klara, y su dueña/encargada adolescente, Josie. Los robots se han vuelto tan comunes como las aspiradoras, la edición genética es la norma y los avances biotecnológicos están cerca de recrear seres humanos únicos. “Esto no es una especie de fantasía extraña”, dice el escritor, “simplemente no nos hemos despertado todavía a lo que ya es posible hoy”. El ‘Amazon recomienda’, sostiene Ishiguro, es sólo el comienzo. “En la era del Big Data, es posible que comencemos a ser capaces de reconstruir el carácter de alguien para que, después de su muerte, podamos seguir averiguando qué pediría por internet, a qué concierto le gustaría ir, y lo que habría dicho en la mesa del desayuno si hubiera leído los últimos titulares”, continúa.

Deliberadamente, el escritor confiesa no haber leído ni la reciente novela de Ian McEwan, Máquinas como yo, ni Frankissstein, de Jeanette Winterson, que también abordan la Inteligencia Artificial, pero desde ángulos diferentes. Klara es una especie de padre robótico, “tan radical como Terminator en su determinación de cuidar de Josie”, pero también es una posible niña sustituta: cuando Josie enferma, Klara está programada para ocupar su lugar. “¿Qué sucede con cosas como el amor en una época en la que están cambiando rápidamente nuestras opiniones sobre el individuo humano y su singularidad?”, se plantea Ishiguro. “De fondo está en el aire esa eterna pregunta, que siempre suena muy pomposa, sobre el alma humana: ¿realmente tenemos una o no?”.

“Muchos grandes novelistas están a la defensiva con ser repetitivos, pero creo que está justificado. Sigues haciendo lo mismo hasta acercarte a lo que quieres decir”

En este sentido, el libro revisa muchas de las ideas que ya exploraba en Nunca me abandones, su novela de 2005 sobre tres clones adolescentes cuyos órganos serán paulatinamente extraídos, lo que les conducirá a una muerte segura antes de los 30. “Esa historia sólo era una ligera exageración de la condición humana: todos tenemos que enfermar y morir en algún momento”, aduce ahora. Ambas novelas plantean la posibilidad de que la muerte pueda ser aplazada o vencida por el amor verdadero, que debe ser probado de alguna manera. Una trama de cuento de hadas que también se hace explícita en el desafío del barquero a Axl y Beatrice en su anterior novela, El gigante enterrado (2016). Esta esperanza, incluso para aquellos que no creen en la otra vida, “es una de las cosas que nos hace humanos. Quizá sean sólo un montón de tonterías sentimentales, pero es un instinto muy poderoso en los seres humanos”, reflexiona.

Ishiguro no se disculpa por esta repetición, citando la “continuidad” de los grandes directores de cine (es un cinéfilo empedernido), y le gusta afirmar que cada uno de sus primeros tres libros fue esencialmente una reescritura de su predecesor. “Muchos grandes novelistas están un poco a la defensiva acerca de ser repetitivos –apunta irónico– pero creo que está perfectamente justificado: sigues haciendo lo mismo hasta que cada libro se acerca cada vez más a lo que quieres decir”. Y se sale con la suya, reconoce, al cambiar de ubicación o género: “La gente es tan literal que cree que me estoy moviendo”. Para él, el género es como viajar, y es cierto que ha disfrutado viajando: Cuando fuimos huérfanos (novela policíaca), Los restos del día (drama de época), Los inconsolables (fábula kafkiana), Nunca me abandones (ciencia ficción distópica) y El gigante enterrado (fantasía tolkieniana). Ahora, como sugiere el título, Klara y el Sol, visita lo que él llama “el país de los cuentos para niños”. Pero cuidado, todavía estamos inmersos en territorio Ishiguro.

 

Asustando a niños y adultos

Basada en un cuento que inventó para su hija cuando era pequeña, la novela estaba pensada para ser su primera incursión en el mercado infantil. “Tenía esta dulce historia y pensé que encajaría en uno de esos hermosos libros ilustrados. Lo hablé con Naomi y ella me miró como si estuviera loco y me dijo: No puedes contarles a los niños pequeños una historia como esa, los traumatizarías”. Así que decidió escribirla para adultos. Y es que, según reconoce el escritor, siempre se sorprende un poco por las respuestas de la gente a su trabajo. “Me quedé bastante desconcertado por la tristeza que la gente encontraba a Nunca me abandones”. Incluso, cuenta, recibió una postal del dramaturgo Harold Pinter en la que estaba escrito: “¡Lo encontré terriblemente aterrador! Harold”, subrayado en rojo. “¡Se supone que ese es mi libro más alegre!”, protesta Ishiguro.

Su esposa siempre ha sido su primera lectora. Y a menudo, como en el caso de Klara…, ha tenido “una influencia inmensa y desalentadora cuando yo ya pensaba que había terminado”. Ahora también tiene a Naomi como editora porque “una vez que un escritor llega a mi posición los editores se muestran reacios a tocar tu trabajo, preocupados de que te marches a otra editorial. Así que estoy muy agradecido de tener en casa a las editoras más estrictas”. Además, reconoce que ganar premios —que a su entender ha obtenido en un número “absurdo”— “ocurre en un mundo paralelo al de la escritura”. Incluso el Nobel: “Cuando estoy sentado en mi estudio tratando de averiguar cómo escribir algo, mi trabajo no tiene nada que ver con eso. Tengo mi propia percepción de cuándo he tenido éxito y de cuándo he fracasado, y no siempre coincide con los galardones”.

“Ganar premios ocurre en un mundo paralelo a la escritura. Tengo mi propia percepción de cuando he tenido éxito y cuando he fracasado que no coincide con los galardones”

Cada novela le lleva alrededor de cinco años: una larga acumulación de investigación y pensamiento, seguida de un primer borrador rápido, un proceso que compara con una pelea de espadas samuráis: “Se miran el uno al otro en silencio durante años, generalmente bajo un viento que sopla fuerte y un cielo que amenaza lluvia. Están pensando todo el tiempo, y luego, en una fracción de segundo, sucede. Las espadas están desenvainadas: ¡Wham! ¡Wham! ¡Wham! Y uno de ellos cae”, explica, empuñando una espada imaginaria en la pantalla. “La clave es tener la mente absolutamente centrada, en el punto exacto, y cuando desenvainas la espada, simplemente haces un corte perfecto”. Ishiguro cuenta que cuando era niño y llegó al Reino Unido, estaba desconcertado por las películas de capa y espada de Errol Flynn en las que las peleas consistían en actores que hacían “ching, ching, ching, ching, durante 20 minutos mientras hablaban entre ellos”, dice. “Quizá hay una forma de escribir ficción como esa, en la que se resuelve en el acto, pero yo tiendo hacia un enfoque donde todo sucede internamente”.

Como recordó en su emotivo discurso del Nobel, la madre de Ishiguro también era una narradora talentosa. Contaba historias de la guerra (resultó herida en el bombardeo de Nagasaki) y representaba escenas de Shakespeare a la hora de la cena. El escritor todavía guarda un ajado ejemplar de Crimen y castigo de Dostoyevski que le regaló cuando tenía 16 años. “Como yo era un hippie en potencia, me lo dio y me dijo algo así como: ‘Deberías leerlo, te sentirás como si estuvieras saliendo de tu mente’. Así que lo leí y quedé completamente fascinado desde el principio”. Hoy en día Dostoyevski sigue siendo una de sus mayores influencias, pero su madre también le presentó a muchos otros clásicos: “Ella fue muy importante para persuadir a un niño que no estaba interesado en leer y que sólo quería escuchar música todo el tiempo de que podría haber algo para él en algunos de esos grandes libros”.

La familia del autor se mudó de Japón a Guildford en 1959 cuando Ishiguro tenía cinco años. Su padre, Shizu, un oceanógrafo de renombre, tenía un contrato de investigación de dos años con el gobierno británico. Ishiguro describe a su padre como una extraña mezcla de brillantez científica e ignorancia infantil sobre otras cosas de la vida, un material que utilizó para crear el personaje de Klara. También recuerda el escritor que sus padres le compraron su primera máquina de escribir portátil cuando tenía 16 años, aunque él tenía “sólidos planes de convertirme en una estrella de rock a los 20”. En particular, quería ser cantautor, como su gran héroe Bob Dylan, y llegó a escribir más de 100 canciones en su dormitorio.

Hoy todavía escribe letras, colaborando con la cantante de jazz estadounidense Stacey Kent, y posee nada menos que nueve guitarras. A tenor de esta admiración es comprensible que en medio del escándalo generado cuando Dylan recibió el Nobel de Literatura el año anterior a él, Ishiguro estuviera encantado. “Indiscutiblemente fue un premio muy merecido. Creo que personas como Dylan, Leonard Cohen o Joni Mitchell son, en cierto sentido, artistas literarios además de musicales, y es bueno que el Nobel reconozca este aspecto”. En su discurso del Nobel Ishiguro concluía precisamente con un llamamiento a esa ruptura de las fronteras artísticas, junto a la esperanza de alcanzar una mayor diversidad literaria en general.

 

Culpas generacionales

“No basta con prestar atención a la cuestión de la etnicidad”, aclara ahora. De su propio estatus como “un ejemplo de la Gran Bretaña literariamente multicultural”, como lo presentaron en una entrevista en los informativos en 2016, siempre se esfuerza por enfatizar que se siente “un poco al margen de la conversación sobre la experiencia del colonialismo británico tal y como lo describen las novelas de Salman Rushdie o V. S. Naipaul. Resulta que soy alguien de apariencia un poco diferente, así que me agrupan con estos otros escritores, pero no es una categorización muy profunda”, ironiza. “No se basan en términos literarios, me han puesto ahí por mi pinta, no por mis libros”. En ese sentido, sostiene que le gustaría ver más diversidad literaria no solo en términos de etnia, sino también de clase. Como señala, “es inusual entre mis contemporáneos literarios, por ejemplo, el haber asistido a una escuela pública o a una de las universidades modernas creadas en las últimas décadas”.

“Como soy alguien de apariencia un poco diferente me agrupan con escritores como Rushdie o Naipaul, pero me siento al margen. me han puesto ahí por mi pinta, no por mis libros”

A pesar de estas opiniones, Ishiguro, siempre maestro en ofrecer un cortés “no” a las peticiones periodísticas, es cauteloso a la hora de caer presa del “síndrome Nobel” de pontificar sobre el mundo. Se describe a sí mismo como “un escritor exhausto, de una generación intelectualmente exhausta”. Según explica, su hija los acusa a él y a sus compañeros de mentalidad liberal, de complacencia con la emergencia climática. “Me declaro culpable” asume. “Siempre le digo que la gente de mi edad pasa tanto tiempo preocupándose por la situación de posguerra, por la batalla entre comunismo y capitalismo, totalitarismo, racismo y feminismo, que estamos demasiado cansados para asumir esta otra lucha”. Quizá por eso Klara y el Sol es su primera novela que aborda esta crisis, pero admite que el marco infantil de la historia le permitió evitar involucrarse profundamente.

No obstante, por primera vez, está comenzando a temer por el futuro, no solo por las consecuencias del cambio climático, también por otras cuestiones planteadas en esta novela: la Inteligencia Artificial, la edición genética o el Big Data y sus implicaciones para la igualdad y la democracia. “La naturaleza del capitalismo mismo está cambiando su modelo”, sostiene, “y me preocupa que ya no tengamos el control de todas estas cosas”. Sin embargo, espera que Klara y el Sol se lea como “una novela alegre y optimista”. Como siempre con Ishiguro, es posible encontrar algún consuelo, ya que, como dice, “al plantear un mundo muy difícil puedes también mostrar el brillo, mostrar el sol”.¶

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Tomás Nevinson

Tomado de BABELIA

PREPUBLICACIÓN

Javier Marías, en el despacho de su casa. GORKA LEJARCEGI ZUBIZARRETA

 

Lea las primeras páginas de ‘Tomás Nevinson’, de Javier Marías

Adelanto del primer capítulo de lo nuevo del autor de ‘Corazón tan blanco’, que llega a las librerías el 11 de marzo

JAVIER MARÍAS

06 MAR 2021 – 03:26 VET

Javier Marías regresa a la novela con ‘Tomás Nevinson’. Y lo hace con una historia sobre los límites del bien y el mal que nace de su novela anterior, Berta Isla. La nueva obra del escritor madrileño ve la luz, de la mano de Alfaguara, el 11 de marzo, de manera simultánea en España, Latinoamérica y Estados Unidos. A continuación publicamos las primeras páginas del libro.

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Yo fui educado a la antigua, y nunca creí que me fue­ran a ordenar un día que matara a una mujer. A las muje­res no se las toca, no se les pega, no se les hace daño físico y el verbal se les evita al máximo, a esto último ellas no corresponden. Es más, se las protege y respeta y se les cede el paso, se las escuda y ayuda si llevan un niño en su vientre o en brazos o en un cochecito, les ofrece uno su asiento en el autobús y en el metro, incluso se las resguar­da al andar por la calle alejándolas del tráfico o de lo que se arrojaba desde los balcones en otros tiempos, y si un barco zozobra y amenaza con irse a pique, los botes son para ellas y para sus vástagos pequeños (que les pertene­cen más que a los hombres), al menos las primeras plazas. Cuando se va a fusilar en masa, a veces se les perdona la vida y se las aparta; se las deja sin maridos, sin padres, sin hermanos y aun sin hijos adolescentes ni por supuesto adultos, pero a ellas se les permite seguir viviendo enlo­quecidas de dolor como a espectros sufrientes, que sin embargo cumplen años y envejecen, encadenados al re­cuerdo de la pérdida de su mundo. Se convierten en de­positarias de la memoria por fuerza, son las únicas que quedan cuando parece que no queda nadie, y las úni­cas que cuentan lo habido.

Bueno, todo esto me enseñaron de niño y todo esto era antes, y no siempre ni a rajatabla. Era antes y en la teoría, no en la práctica. Al fin y al cabo, en 1793 se gui­llotinó a una Reina de Francia, y con anterioridad se quemó a incontables acusadas de brujería y a la soldado Juana de Arco, por no poner más que un par de ejem­plos que todos conocen.

Sí, claro que siempre se ha matado a mujeres, pero era algo a contracorriente y que en muchas ocasiones daba re­paro, no es seguro si a Ana Bolena se le concedió el privile­gio de sucumbir a una espada y no a una tosca y chapucera hacha, ni tampoco en la hoguera, por ser mujer o por ser Reina, por ser joven o por ser hermosa, hermosa para la época y según los relatos, y los relatos jamás son fiables, ni siquiera los de testigos directos, que ven u oyen turbiamen­te y se equivocan o mienten. En los grabados de su ejecu­ción aparece de rodillas como si estuviera rezando, con el tronco erguido y la cabeza alta; de habérsele aplicado el hacha tendría que haber apoyado el mentón o la mejilla en el tajo y haber adoptado una postura más vejatoria y más incómoda, haberse tirado por los suelos, como quien dice, y haber ofrecido una visión más prominente de sus po­saderas a quienes desde su ángulo se las encontraran de frente. Curioso que se tuviera en cuenta la comodidad o compostura de su último instante en el mundo, y aun el garbo y el decoro, qué más daría todo eso para quien ya era inminente cadáver y estaba a punto de desaparecer de la tierra bajo la tierra, en dos pedazos. También se ve, en esas representaciones, al ‘espada’ de Calais, así llamado en los textos para diferenciarlo de un vulgar verdugo —traído ex profeso por su gran destreza y quizá a petición de la propia Reina—, siempre a su espalda y oculto a su vista, nunca delante, como si se hubiese acordado o decidido que la mujer se ahorrara ver venir el golpe, la trayectoria del arma pesa­da que sin embargo avanza veloz e imparable, como un silbido una vez que se emite o como una ráfaga de viento fuerte (en un par de imágenes ella lleva los ojos vendados, pero no en la mayoría); que ignorara el momento preciso en que su cabeza quedaría cortada de un solo mandoble limpio, y caída en la tarima boca arriba o boca abajo o de lado, de pie o de coronilla, quién sabía, desde luego ella no lo sabría jamás; que el movimiento la pillara por sorpresa, si es que puede haber sorpresa cuando uno sabe a lo que ha venido y por qué está de rodillas y sin manto a las ocho de la mañana de un día inglés de aún frío mayo. Está de rodi­llas, justamente, para facilitarle la tarea al verdugo y no poner su habilidad en entredicho: había hecho el favor de cruzar el Canal y de prestarse, y a lo mejor no era muy alto. Al parecer, Ana Bolena había insistido en que con una es­pada bastaba, ya que su cuello era fino. Debió de rodeárse­lo con las manos más de una vez, a modo de prueba.

Se le tuvo mayor miramiento, en todo caso, que a María Antonieta dos siglos y medio más tarde, a la que cuentan que se le dio peor trato en su octubre que a su marido Luis XVI en su enero, él la había precedido en la guillotina unos nueve meses. Que fuera mujer no contó para los revolucionarios, o quizá es que la consideración del sexo les pareció antirrevolucionaria en sí misma. Un teniente llamado De Busne, que le mostró cierto respeto durante la custodia previa, fue arrestado y relevado en seguida por otro guardián más desabrido. Al Rey sólo le ataron las manos a la espalda cuando llegó al pie del pa­tíbulo; el recorrido hasta allí lo hizo en un coche cubier­to, cerrado, el del alcalde de París según creo; y pudo elegir al sacerdote que lo asistió (uno no jurado, es decir, que no había jurado lealtad a la Constitución y al nuevo orden que cambiaba a diario y lo condenaba). A su viuda austriaca, por el contrario, le ataron las manos ya antes del paseíllo, que hubo de efectuar en carreta, más vulne­rable y expuesta al odio desatado en las caras y a los im­properios del gentío; y sólo le ofrecieron los servicios de un sacerdote jurado, que ella declinó educadamente. Dicen las crónicas que la educación que le faltó durante su reinado la dispensó en los últimos instantes: subió los peldaños con tanta agilidad que tropezó y le pisó un pie al verdugo, con el que se disculpó de inmediato como si tuviera esa costumbre (‘Excusez-moi, Monsieur’, le dijo).

Tiene la guillotina sus preámbulos de oprobio obliga­do: los condenados no sólo llevaban las manos atadas atrás, sino que una vez arriba se les ceñían los brazos al torso con una cuerda tirante, premonición del amortaja­miento; al quedar rígidos y torpes, casi inmovilizados y sin poderse valer por sí mismos, dos auxiliares debían al­zarlos como a un paquete (o como se hacía más tarde con los enanos a los que se disparaba desde un cañón en los circos) y deslizarlos o empujarlos boca abajo, completa­mente horizontales, tumbados, hasta que su cuello enca­jaba en el hueco asignado. En eso María Antonieta sí se igualó a su marido: los dos se vieron así cosificados en el momento postrero, manejados como bultos o balas de lana o como torpedos de un submarino arcaico, como fardos cuya cabeza asomaba antes de salir rodando de ma­nera imprevisible, sin dirección ni sentido hasta que la detuviera alguien agarrándola del pelo, a la vista de la mu­chedumbre. A ninguno le pasó, en todo caso, lo que a San Dionisio según un cardenal francés maravillado de que, tras su martirio y decapitación durante las persecuciones del Emperador Valeriano, hubiera caminado con su cabe­za cortada bajo el brazo desde Montmartre hasta el lugar de su enterramiento (aligerando consideradamente la labor de los porteadores), donde se erigió luego la abadía o igle­sia de su nombre: una distancia de nueve kilómetros. El portento dejaba al cardenal sin habla, aseguraba, pero en realidad enardecía su verbo, de modo que una ingeniosa dama que lo escuchaba lo interrumpió, rebajando con una sola frase la hazaña: ‘¡Ah, señor! —le dijo—. En esa situación, sólo el primer paso cuesta.’

Sólo el primer paso cuesta. Quizá se podría decir eso de todo, o de la mayoría de los esfuerzos y de lo que se hace con desagrado o repugnancia o reservas, es muy poco lo que se acomete sin ninguna reserva, casi siempre hay algo que nos induce a no actuar y a no dar ese paso, a no salir de casa y no movernos, a no dirigir­nos a nadie y a evitar que otros nos hablen, nos miren, nos digan. A veces pienso que nuestras enteras vidas —in­cluso las de las almas ambiciosas e inquietas y las impa­cientes y voraces, deseosas de intervenir en el mundo y aun de gobernarlo— no son sino el largo y aplazado anhe­lo de volver a ser indetectables como cuando no había­mos nacido, invisibles, sin desprender calor, inaudibles; de callar y estarnos quietos, de desandar lo recorrido y deshacer lo ya hecho que nunca puede deshacerse, a lo sumo olvidarse si hay suerte y si nadie lo cuenta; de borrar todas las huellas que atestigüen nuestra existen­cia pasada y por desgracia aún presente y futura durante un tiempo. Y sin embargo no somos capaces de inten­tar dar cumplimiento a ese anhelo que ni siquiera nos reconocemos, o lo son tan sólo los espíritus muy va­lientes y fuertes, casi inhumanos: los que se suicidan, los que se retiran y aguardan, los que desaparecen sin despedirse, los que se ocultan de veras, es decir, los que de veras procuran que jamás se los encuentre; los anacoretas y ermitaños remotos, los suplantadores que se sacuden su identidad (‘Ya no soy mi antiguo yo’) y adquieren otra a la que sin vacilaciones se atienen (‘Idiota, no creas que me conoces’). Los desertores, los desterrados, los usur­padores y los desmemoriados, los que en verdad no re­cuerdan quiénes fueron y se convencen de ser quienes no eran cuando eran niños o incluso jóvenes, ni aún menos en su nacimiento. Los que no regresan.¶

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Hace 58 años se publicaba Rayuela, el inolvidable libro de Julio Cortázar

Tomado de La Capital, Argentina

Genio de la narrativa latinoamericana

 

No hay nada que yo haya escrito que no hubiera escrito antes Jorge Luis Borges

Julio Cortázar – citado en Para leer a Borges (16 de enero de 2013)

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Entre 1950 y 1956, el argentino transitaba sus primeros años de París. A través de diferentes cartas, describió el proceso de escritura del texto que sería pieza clave del boom latinoamericano

Jueves 18 de Febrero de 2021

 

Hace casi sesenta años, una novela anti-novela revolucionaba el mundo editorial al cuestionar todo, desde el lenguaje hasta las leyes de género y la manera de producir literatura. Rayuela, de Julio Cortázar, fue pieza fundamental del “boom latinoamericano”, ese fenómeno literario relacionado con autores como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes.

Hay teóricos que señalan que el llamado “boom” se inició justamente en 1963, con esta obra de Cortázar que fue traducida, entre otros idiomas, al inglés, italiano, sueco, polaco, portugués, francés, alemán, holandés, rumano y noruego.

Cierto es que Rayuela marcó un hito por la originalidad de su formato y por la riqueza de estilo que en algunos pasajes se vuelve surrealista, algo que en el momento de su escritura era vanguardia en obras literarias

Julio Cortázar era flaco y alto, medía cerca de dos metros. Y tenía cara de niño. Carlos Fuentes contó alguna vez en Madrid en un ciclo de la cátedra Cortázar, de la Universidad mexicana de Guadalajara que cuando ambos eran muy jóvenes fue a visitar por primera vez a Julio, y le preguntó al muchacho que salió a abrirle: “Muchacho, ¿está tu padre?”.

Cuando escribió Rayuela, entre 1950 y 1956, transitaba sus primeros años de París, donde él mismo ha contado que fue pobre pero feliz. Era el autor asombrado de cartas que explican cómo se gestó esa novela.

“Terminé una larga novela que se llama Los Premios, y que espero leerán ustedes un día – le escribió Julio Cortázar en una carta a su amigo, el escritor y lingüista Jean Bernabé, a mediados de diciembre de 1958-, quiero escribir otra, más ambiciosa, que será, me temo, bastante ilegible; quiero decir que no será lo que suele entenderse por una novela, sino una especie de resumen de muchos deseos, de muchas nociones, de muchas esperanzas y también, por qué no, de muchos fracasos”.

“La verdad, la triste o hermosa verdad es que cada vez me gustan menos las novelas, el arte novelesco, tal como se lo practica en estos tiempos. Lo que estoy escribiendo ahora será (si lo termino alguna vez) algo así como una antinovela, la tentativa de romper los moldes en que se petrifica ese género”; explicaba al mismo Bernabé, en otra carta, seis meses después.

Eduardo Jonquières, pintor, era gran amigo de Cortázar y se quedó en Buenos Aires cuando Julio se fue a vivir a París. Esas cartas son “la crónica casi semanal de la instalación de Cortázar en Europa”; ahí están “el humor, esa felicidad de la prosa, esa capacidad de observación y esa cultura que define al mejor Cortázar”. Escribe a los Jonquières “sobre su penuria económica”, pero esa no era una obsesión, ni una interrupción de la búsqueda de una belleza (música, pintura) que lo emborrachó.

Carles Álvarez Garriga, amigo del escritor, dice que a Cortázar “sólo le hacía falta lo imprescindible para vivir: una mesa, una silla donde leer, y sobre todo tiempo para pasear, ir a museos, escuchar música…”. Y así sería siempre. Aurora Bernárdez, primera mujer de Cortázar, le contó en la Casa de América a Julio Ortega (y al público) que era un solitario que se quedaba en casa mientras ella callejeaba por París; e incluso cuando él mismo hacía esas excursiones, al volver Julio le decía: “Contame algunas cositas…”. De esas “cositas” se fue haciendo Rayuela.

A sus amigos de Buenos Aires, los Jonquières, les decía lo que iba pasando, pero Aurora tuvo que leer la novela (y fue la primera en leerla) para saber qué había pasado en esos cinco años por la cabeza de muchacho Cortázar.

Ya en agosto de 1960, en una nota dirigida al editor Paco Porrúa, Cortázar le aclaraba: “Ignoro cómo y cuándo lo terminaré, hay cerca de cuatrocientas páginas que abarcan pedazos del fin, del principio y del medio del libro, pero quizás desaparezcan frente a la presión de otras cuatrocientas o seiscientas que tendré que escribir entre este año y el que viene. El resultado será una especie de almanaque, no encuentro mejor palabra (a menos que “baúl de turco”). Una narración hecha desde múltiples ángulos, con un lenguaje a veces tan brutal que a mí mismo me rechaza la relectura y dudo que me atreva a mostrarlo a alguien; y otras veces tan puro, tan poco literario.. Qué sé yo lo que va a salir”.

Pero poco más de un año después, con “Rayuela” finalizada, el tono de Cortázar era otro: “Casi he terminado. Como una especie de libro infinito (en el sentido de que uno puede seguir y seguir añadiendo partes nuevas hasta morir) pienso que es mejor separarme brutalmente de él. Lo leeré una vez y enviaré el condenado artefacto al editor. Si te interesa saber qué pienso de este libro, te diré con mi habitual modestia que será una bomba atómica en el escenario de la literatura latinoamericana”; aseguró en una carta al poeta norteamericano Paul Blackburn; fechada el 15 de mayo de 1962.

“¿Querés una anécdota?” –le preguntó Cortázar a Manuel Antin, en una nota que le escribió en agosto del 64, cuando ya el “Boom” era una realidad en todo el continente– “Rayuela no se iba a llamar así. Se iba a llamar “Mandala”. Hasta casi terminado el libro, para mí se seguía llamando así. De golpe comprendí que no hay derecho a exigirle a los lectores que conozcan el esoterismo búdico o tibetano. Y a la vez me di cuenta de que “Rayuela”, título modesto y que cualquiera entiende en Argentina, era lo mismo; porque una rayuela es un mandala desacralizado. No me arrepiento del cambio”.¶

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El Premio Alfaguara 2020

Cuánto rencor acumulado entre los muros del reclusorio, Una central eléctrica del rencor.

 

Salvar el fuego es un libro diferente a lo que hasta ahora hemos leído en el Hormiguero. Llegó a mí como el elegido para el mes de febrero de nuestro club de lectura y, tal como había imaginado al leer las difíciles primeras páginas de la historia, en el grupo lo dejaron, lo cambiaron por algo más light.

 

Matar a alguien no deja indiferente a nadie. A nadie. No se mata a sangre fría, como piensan los que no han matado. Se mata a sangre caliente. Un avispero recorre las venas de quien asesina.

Yo no pude dejarlo. Ya había luchado y avanzado, por el lenguaje soez y las escenas más sórdidas que pueden ocurrir en una cárcel latinoamericana en nuestro complicado siglo XXI, y estaba atrapada.

…Los presos resisten. Luchas cuerpo a cuerpo. Sólo se ven sombras… Pasillos atascados de cuerpos. Olor a sangre. Olor a vidas que se fueron. Pasos. Ráfagas de metralleta. Aullidos de dolor. Pedidos de clemencia… Son cientos marchando en el corazón de las tinieblas.

Recuerdo que en un curso de escritura de cuentos, la profesora insistía en apelar al morbo del lector. Guillermo Arriaga Jordán (Ciudad de México, 13 de marzo de 1958) los llama y utiliza a todos los tipos de morbo. Rebusca y encuentra cómo mostrar la peor cara de la realidad carcelaria, de la familia disfuncional, del sexo, de las adicciones, de un país en guerra entre los narcos y los corruptos, del racismo y el odio al indígena, del hambre y la pobreza extrema, de los matrimonios congelados, de los negocios turbios y el dinero mal habido; en fin, muestra lo peor de esa vida.

… ¿Por qué él y no yo? Imagino tu respuesta <<él era rubio y tú prieto>>. Considerabas que en nuestro país se desplegaba un racismo por <<goteo>>. Las telenovelas solo elegían protagonistas <<güeritos>>. Los comerciales… sólo presentaban blancos. Nosotros, los morenos de pelos lacios y de facciones toscas, no cuadrábamos en los cánones de belleza, del estatus y del poder. La blancura como única vía de acceso a las esferas políticas y sociales más altas.

Complica más aún el avance en la lectura de la novela el lenguaje, los idiomas. Aquí agradezco la exposición intensiva al cine mexicano de mi infancia, que me dio una buena base para avanzar en la lectura del calé mexicano—lunfardo ixatapaleño, lo llama el autor—que él intercala con frecuencia en el texto. Con el resto de extrañas palabras utilicé el diccionario y no siempre las encontré. Ese lenguaje con groserías, que choca como patada en el estómago, puede estar en un mismo párrafo con palabras en inglés o en perfecto castellano, o con palabras inglesas escritas como suenan en castellano: beibi. No es fácil.

La única voz femenina es clara y convincente. Sus sentimientos y certezas se trastocan cuando se enamora y se interna en un mundo desconocido y aterrador. Es un personaje casi real, como los otros, aunque yo, como mujer, eché en falta eso que todas, todas las mujeres tenemos: una amiga, una hermana, una madre, una mujer que interprete al mundo como nosotras y sea nuestra confidente. Al menos una; en la mayoría de los casos son varias.

Sonaba todo tan irreal. En cada escuela para burguesitas debían impartir las materias de Calle I, Calle II, Calle III y así desde la primaria hasta la universidad

Uno da por sentada la vida y de pronto llega un relámpago que detona una a una nuestras certezas… aprecié el presente. Lleno de agitación y sobresaltos, al menos vital, furioso. Mi educación desde niña estuvo enfocada al futuro, siempre al futuro. La energía derrochada en persecución de un intangible. Porque, al fin y al cabo, creer en el futuro es un acto de fe, una apuesta. Y si de apuestas se trataba prefería apostar al presente con el hombre que amaba… Había ido contra la naturaleza materna y encima contra el sentido moral y ético que con tanto afán me habían procurado monjas, familia, padres y amistades.

Todos los amigos de Marina son hombres y, aunque algunos son gays, no es lo mismo.

En estos tiempos ser homosexual carecía de cualquier rasgo transgresor. Es más, el capitalismo se había apoderado del discurso gay y lo había comercializado. Resorts gay friendli, ciudades gay friendli, antros gay, wedding planners para bodas gay…

Guillermo Arriaga narra la misma historia desde distintos puntos de vista, técnica que en lo personal me gusta; retrata con claridad la psicología de cada personaje y son muchos. La puntuación, en especial en los diálogos, no es la normal pero se entiende perfectamente quién habla. Es moderno en su técnica literaria de introducir diferentes tipos de texto; lo innovador en esta novela, es que todos son escritos en primera persona. Hay múltiples narradores, son muchas las voces que narran y todas son fácilmente distinguibles. Es un libro en el que hasta los muertos tienen derecho de palabra.

Deberían fusilar en retroactivo al hombre que inventó la cárcel. Eso de expulsarlo a uno de la vida es lo más cruel del mundo… Y uno puede salir de la cárcel, pero la cárcel no sale nunca de dentro de uno… y aunque estés ahí sólo un par de semanas, ahí va la cárcel contigo para todos lados… La cárcel no sale de uno jamás. La condena es para siempre… No hay nada, créeme, que supere la libertad, Nada, lo que se dice nada.

Como en muchas de las historias mexicanas el primer protagonista es el amor, uno impensable pero no imposible. Rodeado y presionado por todas las fuerzas modernas del bien y del mal, y que, contra todo pronóstico, se mantiene. Es un amor creativo entre la literatura de él y la danza de ella. El arte es su escape al dolor del amor y mejora, engrandece y prospera mientras más sufren.

Escribir para rebelarse. Escribir para reafirmarse. Escribir para no enloquecer. Escribir para apuñar. Para apuntalar. Para apurar. Escribir para no morir tanto. Escribir para aullar. Para ladrar, para tirar tarascadas, para gruñir. Escribir para provocar heridas. Escribir para sanar. Escribir para expulsar, para depurar. Escribir como antiséptico, como antibiótico, como antígeno. Escribir como veneno, como ponzoña, como toxina. Escribir para acercarse. Escribir para alejarse. Escribir para descubrir. Escribir para perderse. Escribir para encontrarse. Escribir para luchar. Escribir para rendirse. Escribir para vencer. Escribir para sumergirse. Escribir para salir a flote. Escribir para no naufragar. Escribir para el naufragio. Escribir para el náufrago. Escribir, escribir, escribir…<<Una frase, una sola que te cambie la vida>>… de esas cuyo punch le saque el aire al lector y lo obligue a detenerse a mitad de página para inhalar hondo… Frases que nadie cita pero que todos recuerdan…

Hay una belleza escondida en ese amor desesperado que ni la sordidez del ambiente, ni la infidelidad traicionera, pueden tapar.

Son toneladas lo que pierde un hombre cuando pierde a una mujer… En una morra un bato haya la calma, el arrebato, la pasión, el sosiego, la aventura, la estabilidad, la locura, la cordura, la vida y a veces haya el amor y con el amor el sentido y con el sentido el propósito y con el propósito el bato se topa de nuevo con la mujer… y ellas no tienen ni la foking idea de cuánto pesan en la vida de ellos, ni cuán cabrón es el deseo de sumergirse en el mundo cálido y suave y dulce que es el cuerpo y corazón de una morra… son como peceras, como albercas, como mares, como ríos, como océanos y hasta como charcos.

Bato: hombre tonto, torpe o de modales poco refinados. Morra (México): Chica, chavala, joven, niña.

Siempre encuentro en mis lecturas de ficción algo que me trae a la grave situación política de mi país. Siempre duele, siempre da miedo.

La turba sedienta calla. Han deseado por años este momento y ahora temen perder a su enemigo. Se extraviarán sin la fuerza oscura proveniente de ese otro. Descubrirán entre sí a nuevos adversarios. Algo hay de repugnante en ellos, un hálito monstruoso ocultado por años bajo el manto del enemigo común. No tardará en aparecer de entre sus filas el heredero de la destrucción.

El texto se dirige directamente al lector; parece que le hablara de frente, nos hace partícipe de la traición y el delito al desear que los amantes puedan verse y volverse a encontrar. Nos hace pensar en la novela cuando no estamos leyendo, y deseamos continuar—a través de las ochocientas ochenta y ocho páginas en mi iPad—, para saber qué va a pasar. Y la verdad es que sorprende el desenlace; tiene un buen cierre. Creo que es la experiencia del autor como guionista de cine la que le imprime ese ritmo frenético a la historia.

A pesar de lo duro del tema, y el profundo desagrado que me causó el transitar por este submundo sórdido, le daría ocho puntos de diez a la novela. Por moderna, por buenas técnicas literarias, por mantener la atención en una historia cruda y desagradable, por mostrarme un mundo desconocido.

Deseaba contarle que entre custodios y convictos había chanza de convertirse en carnales y que reos habían hecho compadres a sus torturadores. Pasados los encontronazos, quedaba el sedimento de lo humano, como quedan pepitas de oro en las arenas de los ríos revueltos. Ahí en el cieno, también habitaban la lealtad y el perdón.

Ocho, reitero. NS

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La primera novelista venezolana

PRODAVINCI – 13/02/2021

 

Diego Rojas Ajmad

 

La novela venezolana tuvo en el siglo XIX una fascinante y profusa historia. De ella se suele recordar con insistencia los títulos Los mártires (Fermín Toro —1842), Zárate (Eduardo Blanco —1882), Débora (Tomás Michelena —1884), Peonía (Manuel Vicente Romero García —1890), Todo un pueblo (Miguel Eduardo Pardo —1899), El sargento Felipe (Gonzalo Picón Febres —1899), quizás dos o tres más. Sin embargo, cuánta obra desperdigada y sin estudiar, cuántas novelas venezolanas del XIX de las cuales nada oímos y que no han tenido la suerte de la reedición y, por ende, el interés de los lectores.

En realidad, la novela venezolana en el ochocientos tuvo una vida mayor, mucho más fecunda y plena. Prueba de ello la encontramos en la Bibliografía integral de la novela venezolana (1842-1994), publicada por el Instituto de Investigaciones Literarias de la Universidad Central de Venezuela en 1994, donde se registran alrededor de setenta y siete novelas hechas en nuestro país durante el siglo XIX; eso sin contar el enorme conjunto de obras que fueron difundidas por entregas a través de las publicaciones periódicas de la época y que se mantienen allí, aguardando por investigadores que se decidan a rescatarlas del olvido.

Así, la novela venezolana del XIX es un territorio aún por descubrir. Un amorfo conjunto de autores y títulos a medio construir que, hasta tanto no se continúe sistematizando y se difunda, seguirá generando más dudas y olvidos que certezas.

Esta incertidumbre explica, en parte, la variedad de respuestas dadas a la pregunta por saber quién fue la primera novelista venezolana:

Entre las que serán las primeras novelistas venezolanas Osvaldo Larrazábal (1980) registra a Trinidad Benítez López, autora de La promesa (1900); Rosina Pérez escribe Historia de una familia (1885) y Guaicaipuro (1886); María Navarrete publica en Maracaibo ¿Castigo o redención? (1894). La caraqueña Lina López de Aramburu escribe con el seudónimo Zulima tres novelas: El medallón (1885), Un crimen misterioso (1889) y Blanca; o consecuencias de la vanidad (1896). (Ana Teresa Torres, «La genealogía femenina de la literatura venezolana. Una historia incompleta», en Boletín de la Academia Venezolana de la Lengua, N° 201, Caracas, enero-diciembre, 2008, pp. 165-178)

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Una voz más fuerte salió entre ellas y recorrió el camino de la poesía a la narrativa: Virginia Gil de Hermoso, nuestra primera novelista en estricto sentido cronológico. (Carmen Mannarino, «Confesión y creación en la novela escrita por mujeres», en Varios, Conceptos para una interpretación formativa del proceso literario de Venezuela, Caracas, Pequiven 1988)

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El primer libro literario publicado entre nosotros por una mujer es el de Zulima, Lina López de Aramburu, su pieza María o el despotismo (1885, 62 p.). Ese mismo año apareció también la primera novela concebida por una mujer, El medallón (1885, 164 p.), obra de la misma Zulima, madre pues de nuestra novela femenina. (Roberto Lovera De-Sola, «Escritoras venezolanas del siglo XIX: preámbulo para una lectura», en Anales, Caracas, Universidad Metropolitana, N° 13 (1), 2013, pp. 91-113)

¿Quién fue en realidad la primera novelista venezolana? ¿Será posible saberlo en el marasmo de datos y de documentos? La Bibliografía integral… nos dice que de las setenta y siete novelas registradas solo nueve tienen autoría de mujer:

–Lina López de Aramburu (seudónimo: Zulima): El medallón (1885), Un crimen misterioso (1889), Blanca o consecuencia de la vanidad (1896).

–Rosina Pérez: Historia de una familia (1885), Guaicaipuro (1886).

–Ignacia Pachano de Fombona (seudónimo: Blanca) y Margarita Agostini de Pimentel (seudónimo: Margot): Para el cielo (1893). [En Tríptico venezolano (Caracas, Fundación de Promoción Cultural de Venezuela, 1985, p. 50), Domingo Miliani menciona otra novela creada por esta pareja de escritoras: En la playa, de 1894].

–María Chiquinquirá Navarrete: ¿Castigo o redención? (1894).

–Concepción Acevedo de Tailhardat: María (1897).

–Trinidad Benítez López: La promesa (1900).

Ordenadas aquí cronológicamente, estas nueve novelas venezolanas del siglo XIX que recoge la Bibliografía integral… fueron escritas por siete mujeres. Sin embargo, la lista de autoras y títulos no es definitiva, ya que hay quienes afirman que en el caso de Rosina Pérez se esconde un misterio no resuelto aún del todo. Algunos investigadores señalan que “Rosina Pérez” es en realidad un seudónimo empleado por el médico, político y escritor Antonio Parejo. Dilucidar este asunto, desde el análisis estilístico y la crítica textual, además de reeditar las obras de Pérez-Parejo, sería un buen tema de estudio.

Insisto en que no es una lista definitiva. Muchas otras novelas escritas por mujeres fueron publicadas por entregas en diversas publicaciones periódicas, o tuvieron bajos tirajes, lo que hizo que esas ediciones no lograran llegar hasta nuestros días debido a guerras, desastres naturales, a falta de archivos, a desidia. Quizás ese haya sido el fatal destino de las obras.

De ese grupo de autoras invisibles y obras perdidas debo destacar el nombre de Elisa González de Alegría, pues a ella podríamos considerarla como nuestra primera novelista.

Son escasísimos los datos biográficos que existen sobre Elisa González de Alegría y apenas encontramos una referencia que la sitúa como habitante de Ciudad Bolívar, en la Guayana de la segunda mitad del siglo XIX. En el Primer libro venezolano de literatura, ciencias y bellas artes, de 1895, que sirve como antología o vitrina de la cultura venezolana de ese entonces, se hace mención de nuestra autora con la siguiente frase: «Elisa González de Alegría, novelista». Nada más.

No será sino en el trabajo del guayanés José Manuel Agosto Méndez, publicado en 1936 y titulado Letras vernáculas, una de las pocas historias de la literatura del estado Bolívar, donde logramos encontrar más información de la autora. Se le dedican dos cortos párrafos que bien vale la pena transcribir en su totalidad:

Elisa González de Alegría, honorable culta dama que firmaba sus trabajos con el pseudónimo de Isael, manejó poco la lira, siendo su principal orientación hacia la prosa, dedicándose a la novela, género este en el cual escribió dos ensayos, bien recibidos por el público, uno con el título de Alicia o la amiga de los pobres, y el otro El ángel del hogar o la Condesa de Souring. La continuación de esta obra cuyo título era El amor y el deber, no sabemos si la publicó la autora.

Estos dos trabajos inspirados en las novelas de Pérez Escrich y en las de capa y espada de Fernández y González, que para la época en que vivió nuestra coterránea, eran los escritores españoles más en moda, fueron publicados en esta ciudad en el año de 1883. (José Manuel Agosto Méndez, «Letras vernáculas», en Obras completas, Tomo II, Ciudad Bolívar, Colegio de Médicos del Estado Bolívar, 2002, pp. 123-124)

Estos datos que nos ofrece Agosto Méndez, mientras no aparezca nueva información que nos haga pensar lo contrario, nos resuelve el enigma y nos descubre a una autora residenciada en el estado Bolívar, en la segunda mitad del siglo XIX, como la primera novelista de Venezuela. Ya Mirla Alcibíades, conocedora de los archivos venezolanos como ninguna, había dado con el nombre de Elisa González y en el 2011 había anunciado el hallazgo:

En la actualidad estoy por concluir una investigación a la que creo titularé finalmente “Las periodistas venezolanas de la modernización (1872-1910)”. Allí establezco relaciones entre la serie hemerográfica, la novelística, poética, ensayística, etc. y ofrezco como novedad para la lectoría venezolana el hallazgo referido a Elisa González de Alegría, autora de Alicia o La amiga de los pobres que tampoco se encuentra en nuestros archivos y bibliotecas. Esa pieza apareció en 1883. [Mirla Alcibíades, «La Baronesa de Wilson en Venezuela: 1881-1882», en Sara Beatriz Guardia (editora y compiladora),  Viajeras entre dos mundos, Perú, Centro de Estudios: La mujer en América Latina, 2011, p. 254.]

De ser cierta la fecha de publicación que menciona Agosto Méndez, y que ratifica Mirla Alcibíades, sería entonces Elisa González de Alegría la primera novelista venezolana, con dos novelas que anteceden a El medallón, primera novela de Zulima que, aunque escrita en 1883, en realidad fue publicada en 1885 por la Imprenta Nacional.

Sin embargo, nada de esto podremos afirmar con certeza hasta no encontrar esas obras, perdidas en alguna biblioteca personal o pública del país o del extranjero, aguardando la hora en que algún afortunado se tope con esos valiosos libros y puedan así recobrar vida en las manos de los maravillados lectores.¶

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