El blog de Las Hormigas

¡Saludos formíceos! Desde Caracas, Venezuela, le damos la más cordial de las bienvenidas a este registro de actividades del club de lectura Las Hormigas.

Quino y el sentido de la vida

Tomado de Tal Cual

Mafalda y su creador, Joaquín Salvador Lavado Tejón*

Laureano Márquez – 11 de octubre de 2020

 

“La mayoría de los hombres, Kamala, son como las hojas caídas que giran y vuelan en el aire, y acaban por el suelo. Pero hay otros, unos pocos, que son como las estrellas: ellos se mueven en órbitas fijas más allá del alcance del viento; ellos tienen sus leyes y su curso dentro de sí mismos”

Herman Hesse (Siddartha)

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La reciente partida de Quino a la casa matriz del espíritu es una invitación a reflexionar sobre el sentido de la vida. La suya lo tuvo: su gracia nos hizo mejores personas, nos ayudó a pensar un poquito más, a ser más tolerantes y comprensivos, más inconformes y críticos, autocríticos. Hay gente que a su paso por este mundo, hacen de él un lugar mejor para sus compañeros de viaje. Tal fue el propósito de su vida.

En 2014 fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades por el «enorme valor educativo» y «dimensión universal» de su obra y por unos personajes que «trascienden cualquier geografía, edad y condición social». Estas menciones le colocan, merecidamente, en el olimpo de los humoristas, se podría agregar su profunda sensibilidad por los dolores humanos.

Como él mismo señaló una vez: sus viñetas iban de “la relación entre los más débiles y los más poderosos”.

En tiempos del fallido golpe militar en contra de Alfonsín en 1987 pone en boca de Mafalda estas palabras: “¡Sí a la democracia! ¡Sí a la justicia! ¡Sí a la libertad! ¡Sí a la vida!”.

Alguna vez José Ignacio Cabrujas dijo que el humor era una misteriosa y particular forma de amar. El humorista ama profundamente al mundo, a sus semejantes, por tal razón sueña siempre con lo mejor para ellos. Añora una vida mejor para todos, llena de bondad y de virtud, un planeta más limpio, pero también un alma más limpia.

El humor no proclama verdades, al contrario, pone énfasis en cuestionar a los que se creen amos de ellas. Hace que el cerebro saque al pensamiento de las grandes autopistas que recomienda el GPS interno, para llevarlo de paseo por carreteras alternas, algo más largas, sí, pero más emocionantes, en las que se encuentran poblados de insospechada belleza en los que el paisaje de la vida se puede ver de manera diferente para llenarlo a uno de renovado ánimo.

Quino es de la gente que se le queda a uno en el corazón para siempre. Sus temas, como los de la filosofía, o la religión, tocan aspectos centrales del alma humana, preocupaciones sobre nuestro destino que nos acompañan en todo tiempo y lugar. ¶

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* …conocido bajo el seudónimo de Quino (Mendoza, 17 de julio de 1932-Mendoza, 30 de septiembre de 2020) fue un humorista gráfico e historietista argentino. Su obra más conocida es la tira cómica Mafalda, publicada entre 1964 y 1973. (Wikipedia en Español).

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Un monumento de libros

La Torre de las Ideas – Fotografía tomada de Wikipedia

 

El año de 2006 se celebró el Campeonato Mundial de Fútbol en Alemania, y la ocasión fue pretexto para hitos edilicios y escultóricos de los que el más notable fue, sin duda, el Paseo de las Ideas que lleva a la Universidad Humboldt de Berlín. La Torre de las Ideas, que remata una serie de seis, es una escultura imponente de diecisiete libros descomunales en cuyo lomo destaca el nombre de otros tantos autores alemanes: Günter Grass, Hannah Arendt, Heinrich Heine, Martín Lutero, Immanuel Kant, Anna Sefhers, Georg Wilhelm Friedrich Hegel, los Hermanos Grimm, Karl Marx, Heinrich Böll, Friedrich Schiller, Gotthold Ephraim Lessing, Herman Hesse, Theodor Fontane, Thomas (y Heinrich) Mann, Bertolt Brecht* y, en la base, Johann Wolfgang von Goethe. (En alguna edición de la revista Life se publicó, en la década de los cincuenta, un trabajo acerca de los genios más destacados de la humanidad, según cocientes intelectuales atribuidos por un consorcio de expertos en psicología a cada uno de los prodigios de la selección. Simón Bolívar, por cierto, aparecía en la lista con un cociente de más de 170 en la escala de Stanford-Binet—que reputa de genio a quien supere la cota de 145—, pero en la cumbre del grupo se encontraba Goethe en soledad con una atribución de ¡230! No debe extrañar que su nombre esté justamente en la base de la escultura).

La bota italiana perfora el Arco de Triunfo, genial caricatura del venezolano Roberto Weil.

La idea de la Torre de las Ideas—en honor de Johannes Gutenberg, inventor de la imprenta moderna que nos diera los libros—se le ocurrió a la agencia berlinesa de publicidad Scholz & Friends, dentro de la campaña denominada Alemania, Tierra de Ideas, que promovió el desarrollo del Paseo de las Ideas, un boulevard que culmina en la escultura de la fotografía. La campaña acompañó una organización impecable del evento futbolístico mundial, que acumuló una audiencia total de 32 mil millones de televidentes en el planeta. (Éste fue el campeonato que Italia ganara a Francia, en un partido final dirimido por tiros penales en el que Zinedine Zidane, capitán de la selección francesa, fuera expulsado del terreno por tumbar de un cabezazo en el pecho al italiano Marco Materazzi, quien lo había ofendido feamente). LEA

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* Por citar sólo a uno del grupo, fue el dramaturgo Bertolt Brecht quien asentara algo que nos atañe como venezolanos: “Desgraciado el país que necesita héroes”.

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¿Quién es Louise Glück, la ganadora del Nobel de Literatura 2020?

Louise Glück – Foto de archivo AP

 

La poeta y también ensayista de 77 años, es también autora de “The Wild Iris (El iris salvaje)”, que recibió el Premio Pulitzer de poesía en 1993 y el Premio William Carlos Williams de la Poetry Society of America

CULTURA  08/10/2020  07:32  Redacción  Actualizada  08:27

Dan Premio Nobel de Literatura a la poeta estadounidense Louise Glück

 

La poeta estadounidense Louise Elisabeth Glück que fue anunciada esta mañana con el Premio Nobel de Literatura 2020 por “por su inconfundible voz poética que con una belleza austera hace universal la existencia individual”, es una poeta estadounidense en lengua inglesa, que ha sido traducida al español por la editorial Pre-Textos.

Fue la duodécima poeta galardonada con por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos en 2003-2004. Es autora de once libros de poesía, entre los que destacan “Vita Nova”, por el que fue galardonada con el Premio de Poesía de The New Yorker, Meadowlands, y que muchos consideran su mejor obra.

La poeta y también ensayista de 77 años, es también autora de “The Wild Iris (El iris salvaje)”, que recibió el Premio Pulitzer de poesía en 1993 y el Premio William Carlos Williams de la Poetry Society of America, así como de “Ararat” que recibió el Premio Nacional de poesía Rebekah Johnson Bobbit; y “The triumph of Achiles” que recibió, entre otros, el National Book Critics Circle Award.

También ha escrito “Averno”, “The seven ages” y “The First Four Books”, un libro que reúne su poesía más temprana. Ha recibido la beca Guggenheim.

Louise Glück nació en la ciudad de Nueva York y creció en Long Island. Se licenció en 1961 por la George W. Hewlett High School en la ciudad de Hewlett, Nueva York; y posteriormente asistió al Sarah Lawrence College en Yonkers (Estado de Nueva York), y a la Universidad de Columbia.

Ha residido en Cambridge, Massachusetts, donde da clases en el departamento de lengua inglesa del Williams College en Williamstown, Masachusetts. De forma paralela, imparte clases en la Universidad de Yale.

 

BREAKING NEWS:
The 2020 Nobel Prize in Literature is awarded to the American poet Louise Glück “for her unmistakable poetic voice that with austere beauty makes individual existence universal.”#NobelPrize pic.twitter.com/Wbgz5Gkv8C

— The Nobel Prize (@NobelPrize) October 8, 2020

 

En 2001 la Universidad de Yale le concedió el Bollingen Prize premio de poesía que concede de forma bienal a un poeta destacado por su obra. Que se sumó a otros premios y reconocimientos como el Lannan Literary Award, el Sara Teasdale Memorial Prize y la Medalla al mérito del MIT.

La editorial española Pre-Textos ha publicado varios de sus libros, entre ellos “El Iris salvaje”, “Ararat”, “Las siete edades” y “Averno”.

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(Tomado de El Universal de México)

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En 1999, la escritora publicó «Vita Nova», con el que recibió el primer premio otorgado por los lectores del «New Yorker», además del premio Bollingen. Ahí encontramos «El vestido».

Se me secó el alma.

Como un alma arrojada al fuego,

pero no del todo,

no hasta la aniquilación. Sedienta,

siguió adelante. Crispada,

no por la soledad sino por la desconfianza,

el resultado de la violencia.

//.

El espíritu, invitado a abandonar el cuerpo,

a quedar expuesto un momento,

temblando, como antes

de tu entrega a lo divino;

el espíritu fue seducido, debido a su soledad,

por la promesa de la gracia.

¿Cómo vas a volver a confiar

en el amor de otro ser?

//.

Mi alma se marchitó y se encogió.

El cuerpo se convirtió en un vestido demasiado

grande

para ella.

Y cuando recuperé la esperanza,

era una esperanza completamente distinta.

(Tomado de ABC Cultura)

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El apellido de la galardonada con el Nobel de Literatura 2020 significa “felicidad” en alemán. Pareciera apropiado saludarla con una pieza de la ópera Orfeo y Eurídice—la muy hermosa y apacible Danza de los espíritus benditos—del compositor del barroco alemán, Cristoph Willibald Gluck. Hela aquí a cargo de la Orquesta de Cámara Inglesa, que conduce sabiamente Sir Raymond Leppard:

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Jean-Paul Dubois, el autor que ha ganado el Goncourt y solo escribe un mes al año

 

Dubois rodeado de periodistas al conocerse que ganara el Premio Goncourt en 2019

 

Tomado de El País de España

 

El escritor explica su sistema y defiende una literatura que toma partido por quienes se rebelan ante lo inaceptable y que le permite ser “propietario” de su vida

MARC BASSETS

París – 15 SEP 2020

 

Cada escritor tiene su cocina. Sus manías, sus trucos. La de Jean-Paul Dubois (Toulouse, 1950), último premio Goncourt, es de las más originales. El 1 de marzo se sienta ante el ordenador y escribe la primera frase de una novela. El 31 de marzo, la termina. Entre ambas fechas escribe cada día sin descanso, de diez de la mañana hasta las tres de la madrugada, con una hora en medio para ir en bicicleta. Ocho páginas diarias. Después, entrega el libro al editor. Y hasta otro marzo. “Soy un escritor de un mes al año”, dice Dubois en una entrevista telefónica. “El resto del tiempo reparo cosas, me ocupo de las personas a las que quiero, vivo”.

El resultado más reciente de este método particular es No todos los hombres habitan el mundo de la misma manera, que publica en castellano Alianza de novelas, en traducción de Amaya García Gallego, y en catalán (No tots els homes viuen de la mateixa manera) por Edicions 62 en traducción de Pau Joan Hernàndez. Con esta historia de hombres bondadosos confrontados con situaciones adversas, Dubois ganó en 2019 el premio más prestigioso de las letras francesas. Bernard Pivot, que hasta diciembre presidió la Academia Goncourt, lo comparó con John Irving y William Boyd. Otro escritor, Frédéric Beigbeder, lo describió como “un gran novelista americano que vive en Toulouse”.

“Hago libros porque no puedo hacer películas”, confiesa. “Pero siempre tengo en mente el encuadre, las escenas. Ruedo la película a medida que escribo. Y para rodar necesito una voz, la voz off que cuenta, la del narrador”.

No todos los hombres habitan el mundo de la misma manera, su vigésima segunda novela, es un conjunto escenarios: Toulouse, Dinamarca, Canadá. Y es, sobre todo, una voz, la del narrador, Paul Hansen, hijo de una francesa y un danés que nos habla desde la celda de una prisión quebequesa en la que convive con Patrick Horton, un motorista de los Ángeles del Infierno, y con sus muertos familiares. “Vivimos permanentemente con fantasmas, con personas que siguen habitándonos por medio de la memoria y los recuerdos”, afirma el autor. Estas personas —los muertos, los fantasmas— le acompañan mientras escribe, y al mismo tiempo acompañan a su personaje, un perdedor que solo lo es en apariencia.

“El punto de partida del libro es la vida de un hombre al que conozco, Serge”, dice Dubois. “Es un tipo humanamente formidable. Es lo que se llama un superintendente: alguien que hace de todo en un edificio de Canadá. Y se ocupa de quienes viven ahí. Les ayuda, los cuida, les hace la compra cuando el suelo está helado. Los ha visto envejecer. Su vida me obsesionó. Me fascina su generosidad, su elegancia y su inteligencia”.

El libro cuenta la vida en la celda y la relación entre Paul y Patrick. Y también la biografía de Paul. Su infancia en Toulouse. La marcha a Canadá tras los pasos de su padre, que es pastor protestante, en un pueblo minero. El trabajo como conserje en un edificio de apartamentos en Montreal, el encuentro con Winona, piloto de hidroaviones. Y el momento en que todo se tuerce. O eso parece.

¿Una historia de hombres buenos que van por el mal camino? “No, al contrario. Tanto el padre como el hijo empiezan a ser personas verdaderamente buenas a partir del momento en que se rebelan, en el que no aceptan lo inaceptable”, discrepa Dubois. “Cuando escribo un libro, elijo un campo. Hay que elegir entre quienes tienen el poder y quienes no. La razón por la que hago libros es porque en mi vida elegí no tener nunca patrones ni ejercer ningún poder sobre nadie”.

Dubois siempre soñó con ser dueño de sí mismo y de su tiempo. “Aunque sea para no hacer nada, o para trabajar mucho, pero para mí y con los horarios que yo quiera”, aclara. “Siempre me he acostado a las tres o las cuatro de la mañana y me levanto cuando ya no tengo sueño. Para mí esto es el fundamento de la libertad”.

Desde joven, buscó un oficio que no le ocupase toda la jornada. Fue reportero en el semanario Le Nouvel Observateur, que le permitía escribir a su aire, lejos de la redacción y los agobios del cierre (sus reportajes en Estados Unidos, publicados bajo el título L’Amérique m’inquiète, son verdaderos relatos reales). Pero quería más. Tras ganar el premio Fémina en 2004 por Una vida francesa, pudo dejar el periodismo para dedicarse en exclusiva a la literatura. Solo en marzo, aunque durante los 11 meses restantes acopia, queriéndolo o sin querer, el material que se convertirá en ficción. “Soy el patrón y el obrero, yo lo hago todo”, resume. “Por eso hago libros: para ser el propietario de mi vida. Es mi único orgullo y mi única ambición.”¶

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Simone de Beauvoir: escenas de una mujer que se construyó a sí misma

Simone de Beauvoir. 1908-1986

 

Tomado de La Nación de Argentina

 

En toda mi existencia no he encontrado a nadie tan dotado como yo para la felicidad, nadie tampoco que se lanzara a ella con tanto empeño.

Simone de Beauvoir, La plenitud de la vida

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Cristina Sánchez Muñoz

20 de septiembre de 2020  • 00:00

 

Además de marcar un antes y un después para el lugar de lo femenino en nuestras sociedades, la autora de El segundo sexo fue un emblema de la intelectual que hace de su propia existencia materia del pensamiento

En 1929 Simone comienza una nueva vida. Había aprobado el examen de la agrégation, con veintiún años, el mismo año que Sartre, que había cumplido veintitrés. Ahora que tendría un trabajo, ya podía independizarse de su familia y del mundo en el que había vivido. Aunque su infancia y adolescencia transcurrieron en París, la ciudad adquiría nuevas dimensiones para ella: más que la gran ciudad, era, por encima de todo, la ciudad que le procuró su libertad. Una libertad que hasta ese momento solo había soñado en sus tiempos de estudiante. «De pronto, la tenía», escribió Simone.

En ese mismo año de 1929, la escritora inglesa Virginia Woolf, ante un público de jóvenes universitarias inglesas, había señalado que las mujeres, para ser escritoras, necesitaban «una habitación propia», lo que significaba tener un espacio propio y algo de dinero. Simone lo consiguió en París: un lugar tanto simbólico como físico; su pequeña habitación alquilada y algunos trabajos como profesora le proporcionaban el mínimo sustento para poder disfrutar de la recién alcanzada libertad. Su relato de esos años previos a la Segunda Guerra Mundial desprende optimismo y felicidad. Estaba plenamente entregada, junto con Sartre, a escribir. Ella misma nos lo cuenta:

Nadie osaría arriesgarse en esa aventura si no imaginara ser el dueño absoluto de sí mismo, de sus fines y sus medios. Nuestra audacia era inseparable de las ilusiones que la sostenían, nuestra existencia colmaba tan exactamente nuestros deseos que nos parecía haberla elegido.

Parecía no haber barreras, la escasez de dinero de ambos no constituía un obstáculo para el camino trazado.

Yo quería que mi vida fuese una hermosa historia que se volviera verdadera a medida que me la iba contando. Y mientras me la contaba, le daba empujoncitos para embellecerla

Pan, fiambre, vino, bailes, literatura, filosofía y los encuentros con los amigos eran suficientes en el París de los años treinta del siglo XX para unos jóvenes de veintipocos años. Cuando los amigos de la infancia le preguntaban por ella a su padre, este respondía con disgusto: «Anda de juerga por París». Beauvoir se lanzó, sobre todo, a vivir la realidad intensamente, una realidad que no se dejaba aprehender con facilidad en frases y esquemas. «A mí me importaba ante todo la vida en su presencia inmediata -dijo Beauvoir-, y a Sartre la escritura.»

Simone se empeña tenazmente durante esos años en la elección de un destino: ser escritora. A pesar de haber estudiado filosofía y dar clases de esa materia, ella no se consideraba «una filósofa». Creía que no tenía inventiva y que era incapaz de crear un sistema, unas ideas universales. Por el contrario, su ánimo estaba dirigido, según sus propias palabras, a «comunicar lo que había de original en mi experiencia». Y para ello, tenía que orientarse no a la filosofía, sino a la literatura.

En estos años de crecimiento, lecturas y experimentación, tanto en el terreno intelectual como en el personal, la propia Beauvoir señaló algunos puntos de inflexión. Entre 1929 y 1939, su preocupación principal se centraba en la búsqueda titubeante de su vocación como escritora. Pero esta búsqueda no estaba reñida con la vida. Ni ella ni Sartre serían del tipo de escritores que necesitan la soledad para desarrollar sus obras. Al contrario, estas se nutrían de sus vidas mismas, de unas vidas que acometían como si fuese lo único importante y verdadero en el mundo.

«Yo quería que mi vida fuese una hermosa historia que se volviera verdadera a medida que me la iba contando. Y mientras me la contaba, le daba empujoncitos para embellecerla», escribió Simone. Cabe destacar que todo ello se sustentaba en gran medida en la hostilidad y rechazo de la vida burguesa, que aparece reflejada con fuerza en las tramas de las novelas de Beauvoir: «Éramos hostiles -Sartre y ella- a las instituciones, porque la libertad quedaba alienada, y hostiles a la burguesía de la que emanaban: nos parecía normal que nuestra conducta coincidiera con nuestras convicciones». Sin embargo, al hacer el recuento de esos años, posteriormente, en La plenitud de la vida, también añade desde una perspectiva irónica el siguiente juicio: «Nuestra vida, semejante en ese punto a la de todos los intelectuales pequeño-burgueses, se caracterizaba por su irrealidad. No teníamos un sentido verdadero de la realidad [.] No teníamos hijos, ni familia, ni responsabilidades: éramos elfos».

En una Europa al borde del desastre, Beauvoir y Sartre viajaban como nómadas por distintos países: la España republicana, Italia, Alemania, Londres, Grecia y Francia, donde realizaron sucesivos viajes para practicar senderismo y marchas por las montañas. Eran, según su propia definición, «turistas estudiosos», que llegaban a los lugares sin querer perderse ninguna atracción. Beauvoir, debido a su trabajo como profesora, también pasó por distintas ciudades de Francia: Marsella, Ruán (cerca de El Havre, donde Sartre había encontrado plaza) y, finalmente, París, donde consiguió plaza en un colegio, al igual que Sartre.

Capítulo aparte merece en el recuento de estos años la mención al íntimo círculo de amigos. Casi todos eran compañeros de colegio de Sartre: Paul Nizan, Raymond Aron, Merleau-Ponty. Poco después entrarían también Albert Camus, Colette Aubry, Jean Genet, Picasso o Dora Maar.

Pero, sobre todo, la ampliación del círculo de amistades, especialmente durante los años de la guerra, trajo consigo para Beauvoir algo relevante, que se reflejaría en sus novelas posteriores: la relación con otras mujeres de su misma edad que, al igual que ella, no llevaban la tradicional vida de esposas y madres. A través de esas relaciones se despertó su interés hacia cuestiones que hasta ese momento había considerado «problemas individuales» y no «problemas colectivos o genéricos». Ahora sabía, como ella misma manifestó, que «no era indiferente ser judío o ario, pero no había descubierto todavía que existiera una condición femenina». Encontró a un gran número de mujeres que, como ella, estaban embarcadas en una experiencia idéntica («habían vivido como seres relativos»), y es entonces cuando comienza a darse cuenta «de las dificultades, de las trampas, de las falsas facilidades, de los obstáculos que la mayoría de las mujeres encuentran en su camino». Sin embargo, no será hasta El segundo sexo, escrito en 1949, cuando Beauvoir se muestre plenamente consciente de esos obstáculos. Hasta entonces vivirá en un mundo aparentemente igualitario, en el que, según expresó, «no me veía como “una mujer”: era yo».¶

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Fragmento del libro Simone de Beauvoir (Shacketon Books), de Cristina Sánchez Muñoz. Indagación en el derrotero de una autora para la cual escritura, reflexión y vida personal fueron inescindibles.

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Un caballero en Moscú

El autor y su estupenda obra

 

Amor es el nombre propio del autor que nos tocó leer este mes. Su primer libro, Rules of Civility, fue un éxito tal que le permitió retirarse de la banca de inversión, en la que trabajaba, a fin de dedicarse a escribir a tiempo completo para suerte de sus lectores. Las Hormigas imaginamos al escritor de Un caballero en Moscú, Amor Towles (Boston, 1964), como todo un caballero, muy parecido al conde Rostov, el personaje central de su novela, cuya vasta cultura y erudición son mostradas con tal elegancia y buen humor que no hiere la sensibilidad de otros. Buen amigo, maravilloso padre adoptivo y fiel amante, es de personalidad romántica, de lenguaje preciso y refinado, muy curioso y dispuesto a la aventura. Lo imaginamos buenmozo, siempre perfumado y pulcro con su persona; algo cínico, altivo y demodé, es siempre respetuoso, humilde y sensible ante las diferentes personalidades y los sentimientos de los demás. Es un sibarita que disfruta y conoce lo más exquisito; ama a las mujeres de su vida, se ama a sí mismo y está enamorado de la vida, por lo que decide ser feliz y lo refleja en quien lo trata. Eso lo convierte en líder, admirado por todos y reconocido hasta por el mismo régimen que lo tiene confinado en una pequeña buhardilla, por el resto de su vida, en el majestuoso Hotel Metropol frente al Teatro Bolshói de Moscú.

Vocalise – Sergéi Rachmaninoff (Conjunto de violines del Teatro Bolshói)

 

Comedor del Hotel Metropol

Teatro Bolshói

 

 

 

 

 

 

 

El personaje es un ejemplo de resiliencia ante la adversidad. Se adapta, con alegría y buen humor, a los contratiempos de ser un noble—nieto de una princesa imperial—que sobrevive, milagrosamente, a la llegada de los bolcheviques a Rusia.

El verdadero caballero se prueba en las dolorosas no en las gloriosas.

Claro que su inteligencia emocional está respaldada por la seguridad económica que le proporcionaba el oro que escondía a buen resguardo en un mueble y por el buen uso que daba de ello.

…ahorrar no es sólo guardar, sino también saber gastar.

Un libro fresco y muy bien escrito, bien documentado y muy divertido, que además nos sirve de espejo en esta época de confinamiento mientras vivimos nuestro propio comunismo. Retrata la Revolución Rusa de una manera sutil, sin por eso dejar de mostrar lo terrible y aplastante que resultara ser. La lectura nos convence de que muchas veces la historia se repite; sólo cambian los escenarios y los tiempos.

Aunque no hayamos aprendido nada más… al menos hemos aprendido a hacer cola… Había una sola cola que lo abarcaba todo y que, con el tiempo, acabaría dándole la vuelta al país entero… En ella se entablaban amistades y nacían romances; se fomentaba la paciencia; se practicaba la cortesía; hasta se obtenía sabiduría.

Tiene un narrador omnisciente erudito de fino humor, conocedor de los buenos vinos, las mejores comidas y la mejor literatura. Los personajes están bien definidos y llenos de humanidad. Aunque es obviamente ficción por la suerte de que el conde no terminara en Siberia, como otros muchos nobles que no huyeron a tiempo del comunismo, la trama es perfectamente creíble. Contiene diálogos maravillosos y está muy bien editado. Las notas al pie, abundantes y bien estructuradas, son un complemento perfecto y divertido de la historia.

Alcanzó una altísima calificación con las Hormigas (8 puntos) y gran entusiasmo al comentarlo en la reunión de Zoom. La nueva realidad nos golpea donde más duele, en nuestras reuniones de Hormiguero. Al principio, igual que cuando nos reunimos en persona, todas hablábamos a la vez y de temas diferentes; el audio era una barahúnda. Hasta algunos nietos participaron, alegrándonos la tarde pero aumentando el caos. Siempre es emocionante reencontrarnos y ahora lo valoramos más, lo que aumenta la excitación. Quedamos en reunirnos pronto para comentar La trenza, de Laetitia Colombani. Seguiría el libro de Magda Szabó, La balada de Iza, y después la muy recomendada última obra de Leonardo Padura, Como polvo en el viento. Ojalá compitan con la maravillosa novela de Amor Towles que tanto placer trajo al Hormiguero.

…nosotros (Rusia) y Estados Unidos lideraremos el mundo lo que queda de este siglo, porque somos las dos únicas naciones que han aprendido a dejar a un lado el pasado en lugar de inclinarse ante él.

NS

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Viene al dedillo, como complemento, este video de Nilita Vientós Gastón sobre el libro de Towles:

 

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Leonardo Padura firma una obra maestra sobre el exilio

Tomado de la web de ABC Cultural LIBROS

 

Leonardo Padura firma una obra maestra sobre el exilio

 

 

El escritor cubano en su última novela se pregunta: ¿cómo hemos llegado a esto? Un gran friso sobre Cuba, lo de dentro y la de fuera

José María Pozuelo Yvancos Actualizado:17/09/2020 00:56h

Desaparecido Guillermo Cabrera Infante, es Leonardo Padura quien esta llevando a la cima la literatura cubana, con una obra en la que el exilio y sus rupturas cobran el mismo protagonismo que socialmente tienen, pues son tantos los que tuvieron que marcharse, por persecución política o por falta de lo más elemental, que escribir sobre Cuba no puede hacerse sin tener esa quiebra que alcanza ya toda la vida de tantos. Hay en esta novela, que considero una obra maestra, lo que le ocurre a la de Vasili Grossman, citado por Padura, para con la Unión Soviética: hay que leerla para conocer lo que es la Cuba de dentro y de fuera, en vasos comunicantes de diferentes destinos vitales cuya narración compone un friso que mira y denuncia la gran pregunta que a lo largo de la novela todos sus protagonistas se vienen haciendo: ¿cómo hemos llegado a esto? Esta pregunta a modo de estribillo la van recitando la docena de personajes cuya vida la novela recorre.

Todos forman una red familiar y de amistad, pues cuando jóvenes esta docena de amigos se unieron en lo que ellos llamaban el Clan. Todos excepto dos, Clara y Bernardo, han abandonado la isla, huyendo por miedo o simplemente por dejar una miseria que la novela huye de convertir en simple denuncia política. Es una novela política, no puede ser de otro modo, pero la política no es la protagonista directa sino la causa de otro protagonismo: el que tienen las vidas rotas que aquella política ha provocado, como una maldición.

Matices psicológicos

Hay otra gran pregunta que tiene mucho que ver con la poética de Padura: solo se puede ser cubano aunque te vayas muy lejos, aunque cambies y tengas hijos en otro lugar, todo cuanto acontezca fuera de Cuba es una pérdida. Por tal razón, esta es la novela del exilio vivido como sentimiento y como dolor. Literariamente funciona como un gran mecanismo narrativo que partiendo del final, a modo de quête, va hacia el origen. Persigue la suerte que ha ido teniendo cada uno de los amigos que se reunían en el caserón de Fontanar. Casi todos pertenecen a la clase ilustrada y universitaria, si bien su precariedad es creciente y llega a ser escandalosa. La trama social y familiar se va enriqueciendo por un hecho trágico que desencadena la misteriosa huida de Elisa de la isla y su cambio de identidad. Padura ha sabido mantener la atención del lector pues únicamente al final sabremos cómo se produjeron unos hechos que ha dado con cada uno de ellos en un sitio distinto.

Desde un rancho en la costa noroeste de Estados Unidos, hasta Miami, Barcelona, Madrid, todos lugares donde van a parar las vidas de quienes ni pueden ni quieren olvidar. Porque esa es la gran condición de la novela: el olvido no es posible, su historia les une, y hace que el lector participe de ella con apasionado entusiasmo, porque Padura escribe como los grandes, es un grande, nada maniqueo además, ofreciendo las contradicciones de las vidas en tonos que no dirimen su posición en blanco y negro, sino ese gris que se parece al polvo del viento que les ha hecho envejecer fuera de la isla. Hay diálogos entre los personajes amigos y entre padres e hijos con tal cantidad de matices psicológicos y motivaciones de conductas que solamente un gran escritor puede imaginar. Novela grande que seguramente quedará como la definitiva novela del exilio cubano.¶

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Buenas y malas palabras

 

La firma del filólogo

 

Non ha mala palabra, si non es a mal tenida; verás que bien es dicha, si bien fuese entendida.

Arcipreste de HitaLibro de buen amor

(Epígrafe en la portada de la primera edición de Buenas y malas palabras)

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Nacido en Polonia, a los seis años llegó a Argentina con su familia, donde creció y realizó todos sus estudios. Se formó con Amado Alonso en el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires, y tuvo entre otros maestros a Pedro Henríquez Ureña; Alonso le mandó preparar el primer tomo de lo que sería la Biblioteca de Dialectología Hispanoamericana y le inculcó los métodos de trabajo de la Estilística idealista; estudió luego en la Universidad de Berlín (1931-1933); en Madrid trabajó en el Centro de Estudios Históricos con Ramón Menéndez Pidal entre 1933 y 1936; en 1946 se afincó en Venezuela contratado por Mariano Picón-Salas para el Instituto Pedagógico Nacional como profesor de castellano y latín y fundó en 1947 la Cátedra de Filología de la Universidad Central. Se nacionalizó venezolano en 1950 y dirigió el Instituto de Filología Andrés Bello de la Universidad Central de Venezuela; investigando sobre todo sobre el Español de América en su modalidad venezolana, elaborando un gran fichero lexicográfico de venezolanismos. Colaboró en el «Papel Literario» del diario El Nacional y fue redactor de la revista Tierra Firme. (Ángel Rosenblat – Wikipedia en Español).

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Es motivo de orgullo para los venezolanos que un natural de Wegrow, Polonia, formado en Buenos Aires y Berlín y colaborador del enorme filólogo Ramón Menéndez Pidal, escogiera a nuestro país como patria, donde murió en 1984. Los siguientes fragmentos pertenecen a sus Palabras preliminares en Buenas y Malas Palabras:

 

Si una expresión es del habla popular o familiar, tiene su legitimidad en sí misma. La manera de hablar del pueblo venezolano, o del colombiano, argentino, castellano o andaluz, debe inspirar siempre el mayor respeto. La voz del pueblo es casi siempre la voz de Dios. Pero con el habla culta, la del libro, del periódico o de la conferencia, la actitud debe ser distinta. La lengua se afina desde la escuela hasta la universidad, desde la carta hasta el libro o el periódico, desde la conversación hasta la conferencia, y el filólogo no puede de ningún modo permanecer indiferente ante el uso del lenguaje o la educación del lenguaje. La lengua popular y familiar debe tener color local, debe ser espontánea y vivaz. En cambio, la lengua culta obedece a normas generales de unidad hispánica. Mientras que la variedad y la diferenciación es el sino forzoso del habla popular y familiar, la unidad es el ideal de la lengua culta, y corresponde a la comunicación cultural y a la educación acercarnos constantemente a ese ideal. El habla culta tiene, además del peligro de la incorrección, el de caer en la afectación y la pedantería. Y contra todos esos peligros sí cabe extremar el rigor.

Ángel Rosenblat

Con todo, no hay divorcio absoluto entre habla popular o familiar y habla culta, y el criterio normativo no es siempre tan claro y elemental. El habla popular penetra a veces en la lengua culta y viceversa. ¿Habrá que condenar—como hacen algunos puristas recalcitrantes—una palabra tan expresiva como íngrimo,* que encontramos en la alta prosa de Mariano Picón Salas o en el noble verso de Ida Gramcko? Creo que son los escritores y poetas los amos de la lengua y que el íngrimo nuestro tiene tanta dignidad como el lígrimo, salmantino del verso de Miguel de Unamuno.

(…)

 

El criterio de corrección es más complejo de lo que suponen algunas personas. Hay quienes se mueven con mucho aplomo apoyados en dos muletas: el Diccionario y la Gramática de la Real Academia. Cuando no encuentran una palabra en el Diccionario le arrojan en seguida el anatema: «¡No existe!». Y si algo no está enteramente de acuerdo con la Gramática, se exasperan: «¡Es un disparate!» Ser filólogo de esa manera no parece profesión difícil.

Una de las ediciones

Pero sí un tanto expuesta al ridículo. Porque al año siguiente sale una nueva edición del Diccionario o de la Gramática y acoge la expresión antes condenada, que entonces empieza a «existir» (no es la inclusión en el Diccionario lo que le da existencia, sino su existencia lo que le gana un lugar en el Diccionario), o convierte el «disparate» en norma sagrada. He estudiado con todo interés la historia de la Academia desde 1711, y la he seguido a través de una serie de vacilaciones, fluctuaciones, avances y retrocesos. Es institución humana, y la Real Academia Española ha sido siempre mucho más liberal y progresiva que la Academia Francesa. A través de una labor muy útil y vasta, ha procurado estar a tono con la lengua culta y seguir sus pasos. No le toca ser paladín de vanguardismo, sino desempeñar una honorable función conservadora.

Hay una forma útil de purismo y hay una forma negativa, esterilizante. Si una expresión «no existe», es claro que no se puede estudiar. El purista que así procede hunde la cabeza en la arena y se niega a ver y oír. Elimina así automáticamente una parte importante del lenguaje y le niega todo interés humano. Para nosotros, por el contrario, todo lo humano tiene interés, y nada humano, en materia de lenguaje, nos es ajeno. ¶

………

* Hace bastante tiempo que el hermoso adjetivo íngrimo—que se escucha redundantemente en la expresión “íngrimo y solo”—fuera reconocido en el Diccionario de la Lengua Española, que define hoy: íngrimo, ma Del port. íngreme ‘escarpado’. 1. adj. Am. Cen., Col., Ec., R. Dom. y Ven. Solitario, abandonado, sin compañía.

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Federico Vegas: “Todo es ficción”

 

Federico Vegas / Vasco Szinetar©

 

Narrador y ensayista, Federico Vegas ha publicado en España su más reciente novela: Los años sin juicio (Editorial Kalathos, 2020)

Papel Literario de El Nacional

Agosto 23, 2020

Por NELSON RIVERA

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—Hábleme, por favor, de su cuarentena. ¿Cómo la ha sobrellevado hasta ahora? ¿Ha cambiado sus hábitos? ¿Ha experimentado nuevas sensaciones o pensamientos? 

—Al principio de la cuarentena recordé el cuento del tipo al que preguntan:

—¿Te gusta Plácido Domingo?

La respuesta no se hace esperar:

—Lo prefiero al jodido lunes.

Nuestra cuarentena lucía como una mezcla de plácidos lunes y jodidos domingos. Los lunes me preguntaba: “¿Para qué trabajar si no hay donde ni para qué?”. Y los domingos: “¿Para qué descansar si no hago otra cosa?”. El resto de la semana la preocupación era aún más errática: “¿Qué día es hoy?”.

El inicio de este embrujo a lo Bella Durmiente nos agarró pasando por Nueva York vía Santo Domingo. Lo que debía ser una rasante semana se convirtió en más de cuatro meses (si es que algún día logramos salir de Manhattan). La ciudad que nunca duerme se transformó en la que nunca despertaba. La ciudad que está llena de historias se convirtió en una geografía de picos y acantilados, grutas y angostos valles por donde caminábamos como unos enmascarados que no encuentran donde robar. Entonces me dio la fiebre de hacer videos y entré en un estado de furor creativo. Ha sido mi arma contra el virus y la depresión.

Paul Eluard

En medio de esos andantes esfuerzos por ubicarnos, por dejar de ser turistas accidentales y convertirnos en exploradores acuciosos, recordé una incitante frase de Paul Éluard: “Hay otros mundos, pero están en este. Hay otras vidas, pero están en ti”. El hecho de estar donde no se suponía que estuviéramos me hizo revisar la relación entre “estar” y “ser”. Asumí que soy donde estoy y seré donde quiera que esté.

La otra cita que quisiera compartir, porque la he tenido muy presente, es de Emerson: “El ojo es el primer círculo y el horizonte que forma nuestra mirada es el segundo. A través de la naturaleza esta figura primaria se va repitiendo sin cesar”.

Emerson explica su visión utilizando una inquietante frase de San Agustín: “La naturaleza de Dios es como un círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”. Gracias a esta imagen y el mareo que produce, comencé a comprender que alrededor y en el interior de todo círculo puede emerger otro círculo, que todo final es un comienzo, toda eternidad un instante, cada fracaso una oportunidad, cada encierro una liberación.

Tenemos la tendencia a considerar, por necesidad o vanidad, a algunos de los círculos que nos contienen como sólidos y permanentes, a veces incluso los santificamos con la pretensión de hacerlos inmutables. Sumidos en este afán terminamos eligiendo entre el aro de nuestro cuerpo, de la pareja, del hogar, del trabajo, de la ciudad, del país, del continente, del mundo, la dimensión que más nos convenga y la convertimos en nuestra principal referencia y refugio. “Me va mal con mi pareja pero adoro mi ciudad”, o “mi familia está loca, pero yo estoy cuerdo”, “Venezuela es un horror pero Barcelona me comprende”. A los venezolanos se nos ha enrarecido el terruño y la patria. Solo nos queda un mundo que ahora no parece muy confiable.

Esta detención en un tiempo y un espacio donde nada parece seguro y permanente me ha sumergido en una visión más completa, menos compartimentada, más interdependiente. Digamos, para volver a Emerson, que estoy intentando integrar el punto de partida de mi mirada a los horizontes que soy capaz de vislumbrar hasta concebir esa totalidad como algo indisoluble y continuo.

—La pandemia parece haber desatado una especie de auge reflexivo sobre el devenir del mundo. Incluso se propone como un mandato: hay que repensar nuestro modo de vivir. ¿Cómo se siente usted ante estas cuestiones? ¿Tiene preocupaciones con respecto a los desafíos que tendrán que enfrentar sus hijos y nietos en los próximos años y décadas?

—La vida se parece a las películas en una relación de un año por minuto. No me refiero a los 298 minutos de Lo que el viento se llevó, sino a los 96 de Night in the city de Jules Dassin (la recomiendo). Según esta fantasía, me quedan unos 26 minutos de película. A estas alturas de la función, uno presiente que se aproxima un final y trata de adivinar cuál será. En nuestro caso, esta noción de un drama con una posible conclusión empieza a enrarecerse y ponemos en duda hasta el sentido de los 70 minutos que ya hemos visto y vivido.

No quiero ser apocalíptico, pero hay una sensación, tan pequeña y absurda como se quiera, de que el hombre puede acabar con su planeta. Esta pandemia es una crisis profunda que nos asoma a una crisis aún más profunda. ¿Acaso podemos hablar de “cuando volvamos a la normalidad”? ¿Cuál normalidad? La palabra “normal” se ha tornado tan siniestra.

Me preguntas: “¿Hay que repensar nuestro modo de vivir?”, y el problema es que hemos dejado de pensar. Queremos acciones tan concretas como mágicas; mientras menos individuales y más colectivas, pues mejor. Creemos que “pensar” es un difuso acto espiritual y resulta que quizás sea una reacción física, ciertamente lenta y dubitativa, pero no por esto un derecho exclusivo del hombre. El planeta está pensando por nosotros. Espero que no sea en nuestra contra.

¿Me preocupan los desafíos que deberán enfrentar mis hijos y nietos? Sí me preocupan, pero más me angustia que carezcan de desafíos, o que no logren articularlos, o que ya no tenga sentido enfrentarlos.

—Se le reconoce como a un autor que produce sus novelas sobre la base de un riguroso trabajo de investigación. En el caso de Los años sin juicio, ¿en qué consistió su investigación?

—La investigación puede ser una gran trampa para quien pretende escribir una novela. Las novelas exigen introspección para pulir el espejo donde se van a reflejar los hechos. Ese espejo es el propio novelista. La investigación puede volcarnos hacia fuera y así, orgullosos y doctos, nos vamos separando de nuestra propia alma, la única fuente genuina para alimentar el espíritu de los protagonistas.

Voy a contarte sobre un proceso que transita por esta pregunta y las dos siguientes.

Yo era muy inocente cuando empecé a escribir Falke. La primera clave fue una carta donde Rafael Vegas, el héroe y la víctima de una posible novela, hace un intento de escribir su propia historia. Son unas once páginas que terminan en una línea: “No puedo. Esto me resulta demasiado doloroso”. Leí y releí estas once páginas como si fuera a actuar en una obra de teatro. Las recité en voz alta para que el espíritu de Rafael corriera por mi sangre como un sarampión. A partir de ese punto, investigué los documentos históricos e intenté volver a esos lugares y a esos años. El método funcionó. Me convertí en un postrafaelita.

Investigar equivale a seguir la pista de un animal, de un ser. Vestigium es la huella que deja una pisada. Cuando investigamos seguimos los pasos. El novelista debe quitarse los zapatos y sentir esa huella en sus propias plantas. Con Falke he debido asimilar para siempre un método que me dio tanto combustible y placer, pero no lo concienticé, y con Sumario cometí un grave error. Inventé un personaje, el secretario del juzgado que maneja el expediente del asesinato de Carlos Delgado, y lo utilicé como centro, como eje, como el alma donde iba a reflejarme. Y resulta que tenía en mis manos las huellas de dos tesoros psicológicos y literarios, Carlos Delgado y Rafael Urbina, la víctima y el victimario. Hubiera sido genial jugar con ese par de espejos; ser un día Urbina y al día siguiente Carlos Delgado. El libro que escribí, cundido por ese afán de investigar, podría haber servido de base para el texto que ahora sufro por no haber escrito.

Con Los Incurables mi despiste fue aún mayor. Realicé una especie de “exvestigación”. En vez de adentrarme en la senda de Reverón utilicé a un investigador que estudia a un psiquiatra que estudia a Reverón. Fue un ejercicio de alejamiento. Con esta fórmula se fue almacenando la información hasta aplastar la novela y paralizarla. Llegué al colmo de usar “footnotes”, notas a pie de páginas que crearon un pesado reguero de huellas.

Creo que las fronteras entre realidad y ficción no son importantes, al punto que lo ideal es que resulten imperceptibles. Lo importante son las fronteras, o la ausencia de ellas, entre el alma del novelista y las de sus personajes. Todo es ficción. La distancia entre los hechos y unos signos llamados letras que pretenden definirlos es tan inmensa que solo podemos aparentar, modelar, simular, fingir. La única realidad posible es aceptar esta imposibilidad y disfrutarla.

En Los años sin juicio se da una relación muy particular. La novela nace en mi primera visita a Herman Sifontes en un lúgubre edificio clavado en San Agustín del Sur. A las nueve de la mañana entregué mi cédula en la puerta y me bajaron a un sótano.

Me siento a conversar con Herman en una celda donde solo hay una cama y una silla. A la hora le digo que tengo que irme y me advierte:

—Tienes que esperar hasta el mediodía, que es cuando dejan salir a las visitas.

La silla, de un plástico azul algo fosforescente, de pronto, explota. No se partió, más bien se esfumó bajo los efectos de un rayo cósmico. Peso 80 kilos, luego tiene que haber sido por mi nivel de tensión.

Herman no lamenta la desaparición de su único mueble. Me ayuda a incorporarme y me dice consolándome:

—No te preocupes, solo faltan dos horas para que te vayas.

A él le faltaban tres años. Nunca hubo sentencia ni veredicto. Un buen día le dijeron que ya podía irse. Lo culpaban de haber manipulado el precio del dólar y ya la tasa de cambio era tan escandalosa e inconcebible que había dejado de ser un tema.

Ese día supe que debía enfrentar mi absoluta imposibilidad de estar preso escribiendo una novela a través del calvario de Herman. Mi alma tenía donde reflejarse. El reto y la dificultad es que se trata de un alma articulada, valiente, vigente, presente, intensa y muy querida. Quizás haya habido un exceso de reflejos. Muchas veces sentí que escribía una biografía y apenas me asomaba entre sus líneas. Lo importante es que el proceso de nuestro intercambio nos hizo bien a los dos.

En la novela la silla es verde. Ahora me pregunto si era verde o azul. Quizás los colores cambian en la memoria como en los álbumes viejos.

—Una corriente muy bien lograda en su novela es la de la complejidad carcelaria. ¿En qué medida la cárcel de Los años sin juicio metaforiza la crisis venezolana?

—Creo que el gran fallo de la novela es que mi visión carcelaria se queda corta.

Recuerdo un chiste que jugaba con la palabra “metáfora” entendiéndola como “mitad afuera”. La novela refleja la mitad menos terrible. Estamos en el 2010. Falta la tortura y el hambre que ahora son la norma. El video del diputado Juan Requesens, en interiores lleno de excrementos, enflaquecido y girando como un zombi ante la cámara por orden de un fiscal, nos asoma a otro círculo del infierno. Los más altos dignatarios hicieron el mismo indigno comentario describiendo las imágenes filmadas por sus esbirros: “¡Se ve que el hombre está asustado!”.

Pero, ¿cómo medir la escala del horror? En la novela, un amigo del protagonista le pide que no publique sus memorias pues no van a caer bien: “Pueden acusarte de frivolizar la realidad. Hay una distancia muy grande entre lo que viviste y las tumbas donde martirizan a tantos jóvenes”.

Esta sugerencia le pega muy duro a quien ha narrado una experiencia de vida en la que ha perdido su matrimonio y su empresa, y comenta desolado:

No puedo decir que lamento el que sea infinita la distancia entre lo que vivimos nosotros y lo que ahora mismo está sucediendo, pero también era insalvable la distancia que había entre mi amigo, cuando entraba en el ascensor que lo llevaría a su casa, mientras yo me adentraba en el pasillo que me llevaría de vuelta a mi celda. Alguna vez cruzamos miradas justo antes de traspasar esos dos umbrales. Esa es la diferencia a la que he dedicado estas páginas.

—En algún momento, el narrador caracteriza cuatro visiones del mundo —realista, optimista, escéptica y pesimista medular—. ¿Es usted un pesimista medular? Las cuatro novelas que he referido aquí —FalkeSumarioLos incurables Los años sin juicio—, ¿acaso hablan de un horizonte del mundo, sino pesimista, al menos cargado de sombras y dificultades casi irresolubles? ¿Hay en su fondo un estado de ánimo, una sentimentalidad común que las recorre de comienzo a fin?

—A mi padre le encantaba el cuento de dos hermanitos, uno optimista y el otro pesimista, ambos en exceso. Una navidad los padres deciden remediar esos extremos y le regalan al pesimista una bicicleta y al optimista unos cagajones. El 25 en la mañana llega el pesimista muy triste al cuarto de los padres y comenta:

—El niño Jesús me trajo una bicicleta. Seguro que termino cayéndome y me parto un brazo y me pasaré la vacación enyesado.

Mientras lo consuelan, se oyen los gritos de alegría del optimista:

—¡El niño Jesús me trajo un pony! ¡Ya encontré la mierda!

Quizás esa sea la labor de un escritor, dar pistas que nos asomen a los extremos y los espectros, a las posibilidades y las limitaciones, a las dos y dos mil caras de la vida y el vivir.¶

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Una carretada de libros

La venta ambulante de libros

 

“No es una cosa exclusiva para las élites”: El colombiano que cambió una carreta de agua para vender por ‘otra’ llena de libros

 

Su proyecto ‘La carreta cultural’, ha recorrido las ferias del libro de Buenos Aires, Caracas, Guadalajara, Panamá y Madrid.

 

Texto de Nathali Gómez

Fotos de Tico Angulo

Publicado: 27 ago 2020 13:26 GMT por Russia Today actualidad

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Como si fuera una historia sacada de las páginas que día a día narra para quienes lo quieran escuchar, el colombiano Martín Roberto Murillo cambió la carreta donde vendía agua, refrescos y cervezas por las calles del centro histórico de Cartagena por una llena de libros.

Del otro lado de la línea telefónica, en una conversación con RT, comienza a hablar de ‘Mendel, el de los libros’, del escritor austriaco Stefan Zweig. Mientras cuenta cómo se desarrolla el relato, sus palabras dibujan los personajes y sus acciones de una manera tan atrayente que de inmediato surge la curiosidad por conocer más.

En un libro tienes que buscar la ventanita, el hilo, ese párrafo que te puede contar algo”, dice Murillo, quien el 23 de mayo de 2007 dio el paso definitivo para dejar de ser vendedor de bebidas y empezar a promover la lectura a través de su proyecto ‘La carreta literaria’, para “ser un hombre más útil a la sociedad”.

 

‘El viejo y el mar’

Cuando habla de sí, se compara con Santiago, el pescador protagonista de ‘El viejo y el mar’, su libro preferido, escrito por Ernest Hemingway.

“Santiago es un hombre que me identifica: pobre, que parece sin aspiraciones, pero que pesca, que lucha con la adversidad y que tiene los ojos invictos. En la primera página te dice todo: ‘La vela estaba remendada con sacos de harina y, arrollada, parecía una bandera en permanente derrota‘”.

Martín nació hace 52 años en el barrio César Conto de la ciudad de Quibdó, en el Chocó, uno de los departamentos colombianos que acumula más récords negativos: pobreza monetaria, victimización en el conflicto armado de ese país y recepción de desplazados que huyen de la violencia en sus territorios.

Este colombiano, que estudió hasta 5° grado de educación primaria, recuerda leer desde pequeño, pero “no con ese fervor” actual. De joven, cuando vendía bebidas, se informaba sobre temas deportivos y soñaba con ser analista de la NBA. Sin embargo, en 2003, conoció a alguien que lo ayudaría a que su vida tomara otra dirección.

 

Por una botella de agua

Antes y ahora

Martín era reconocido en las calles de Cartagena, uno de los principales destinos turísticos de Colombia donde paralelamente hay un importante índice de pobreza y desigualdad, como el vendedor ambulante que siempre estaba leyendo.

A su carreta se había acercado Jaime Abello, director de la Fundación Gabo, que en ese entonces se llamaba Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), a quien conoció a finales de 2002 al venderle una botella de agua.

En mayo de 2003, tras idas y venidas de Abello, se reencontró con él y tuvieron una reunión en la antigua FNPI, que sería definitiva para darle un vuelco a su vida. “A partir de ahí quedé prendido de que había que leer. Era vendedor ambulante y todas mis ganancias las utilizaba en comprar libros”.

Tengo una serie de patrocinadores, de marcas en la carreta, y eso me permite desarrollar mi proyecto.

Así, hace 17 años comenzó a trabajar con la fundación, donde conoció a “los mejores maestros del periodismo en español y portugués” y fue invitado a los talleres que reunían a reconocidos periodistas, como Carlos Monsiváis y Alma Guillermoprieto (México), Miguel Ángel Bastenier (España) y Jon Lee Anderson (EE.UU.), entre otros.

 

El camino hacia la carreta

Vivió 12 años y medio en un hotel de la calle La Media Luna, “que era un lugar con cierto peligro, de prostitución, de drogadicción. Era una calle oscura”. “Sabían que era una persona trabajadora. Me había ganado el espacio en la ciudad“, afirma.

En 2007, asistió al Congreso de la Lengua Española donde se homenajeó al Nobel colombiano Gabriel García Márquez por el 40 aniversario de su obra más conocida, ‘Cien años de Soledad’. A partir de esta actividad, se dio cuenta que quería cambiar de vida y ahí surgió una propuesta que lo acercó definitivamente a la promoción de la lectura.

Martín le planteó su proyecto de usar una carreta llena de libros para llegar con ella a plazas y centros educativos al empresario Raimundo Angulo, presidente del Concurso Nacional de Belleza. Él se interesó y lo apoyó.

Se decidió por continuar usando una carreta porque “es el medio de transporte más antiguo que tiene la humanidad, que ha servido no solo para transportar cosas”.

Un momento de reposo

Al preguntarle cómo hacer para sostener un programa sin fines de lucro, explica que trató de imitar a la Fórmula 1. “Tengo una serie de patrocinadores, de marcas en la carreta, y eso me permite desarrollar mi proyecto”.

 

Reinvención en tiempos de pandemia

Originalmente, la carreta literaria iba de lunes a viernes a las instituciones educativas y los fines de semanas Martín la llevaba a distintos municipios del departamento de Bolívar, que dice conocer mejor que un político. Sin embargo, la crisis por el coronavirus y la cuarentena hicieron que se replanteara su forma de promover la lectura en estos meses donde la máxima es no salir de casa.

Martín llega a los niños

“Antes de la pandemia íbamos a los Centros de Desarrollo Infantil (CDI), a las escuelas básicas primarias, secundarias, a las universidades a hacer talleres de promoción de lectura por placer”

Si bien la dinámica ahora es diferente, no ha parado ni un día. “Me toca grabar por WhatsApp cuentos para mandárselos a las profesoras para que ellas les reenvíen a los niños los audios”.

El libro es un amigo que no te va a fallar. No hay libros malos, hay lectores apáticos.

Además, en su canal de YouTube, ‘La carreta literaria’ tiene más de cien videos grabados en estos últimos meses con relatos infantiles y comentarios de obras de escritores mundiales.

“Todos los días tengo trabajo. Esto vino para quedarse. No puedo ponerme a pensar, a mis 52 años, que hay que esperar. Tengo unos patrocinadores y también tengo que entretenerme con lo que me gusta, si tengo unas redes sociales, la página y el canal de Youtube, tengo que aprovechar esas herramientas”, afirma.

 

Un juglar de libros

Los libros y el mar

Martín se define como un juglar que lleva lectura y que narra por los distintos pueblos caribeños de Bolívar, tal como en otros tiempos lo hicieron los maestros creadores del vallenato en esas tierras.

Cuando habla de su labor, dice que no es un crítico literario, “es promotor del acto de leer: poesía, narrativa, cuento, crónica e incluso libros de superación personal. El libro es un amigo que no te va a fallar. No hay libros malos, hay lectores apáticos”.

Este colombiano, que ha llevado su carreta a las ferias del libro de Buenos Aires, Caracas, Guadalajara, Panamá y Madrid, es enfático al hablar sobre el placer de la lectura, aún en tiempos difíciles. “En esta pandemia me he leído no menos de quince libros y son poquitos”.

 

¿Qué es un promotor cultural?

Al preguntarle sobre las formas de espantar a alguien, afirma que si de entrada se recomienda un texto voluminoso, es posible que esto ocurra.

“Promocionar la lectura para nuevos lectores es como las medicinas. Cuando vas al médico, no te dice: ‘mañana te tomas el frasco entero’, no, ‘tómese dos hoy, dos mañana’. Así lees tres paginitas, de pronto te enganchas, lees cuatro, y así vas poco a poco”.

“Cada día consolido más mi proyecto, y puedo recomendar libros, no para tirármelas de que soy un intelectual y que soy el que más conozco, sino que todos los días se aprende, el libro no es una cosa exclusiva para ciertas élites”.

Aunque Martín es quien empuja en su carreta unos doscientos volúmenes entre literatura infantil, juvenil, diccionarios, crónicas, novelas, poesía y una colección de cuentos escrita por estudiantes, otros escritores mundialmente reconocidos como Mario Vargas Llosa y Salman Rushdie le han pedido llevarla cuando lo han conocido. ¶

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