León Trotsky, Diego Rivera y André Breton en México

 

Para mí, que soy una lectora voraz de ficción, la perfeccionada novela del cubano Leonardo Padura (La Habana, 1955)—El hombre que amaba los perros (Maxi Tusquets Editores, 2009)—, exacerbó mi hambre. Desde el inicio me subyugó el título porque yo también los amo, pero la agudeza narrativa de Padura me llevó mucho más allá; me convertí en una autómata que, de jueves en la noche a domingo en la tarde, no pudo hacer otra cosa que leer y pensar en la novela. Deseaba entender la fe de los fuertes y bien delineados personajes de la novela en el estalinismo. Quería comprender el motivo del odio que los llevaría irremediablemente por los caminos de la historia hasta el vil asesinato de León Trotsky.

Para poder comenzar a leer el libro de Padura, interrumpí otra novela: Todo lo que tengo lo llevo conmigo, de Herta Müller (Siruela, Nuevos Tiempos). He de reconocer que el libro abandonado, a pesar de estar magníficamente escrito por la alemana ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2009, trata un tema terrible, muy desagradable, poco apto para épocas electorales. Me causó mucha desazón la historia de hambre, miedo y privaciones inimaginables que se desarrolla en un campo de trabajo de los creados en Rusia por Stalin y sus camaradas. En el libro de Padura leí luego que “…según proclamaban en Moscú y alegremente repetía Gorki, el sistema penal soviético luchaba a treinta grados bajo cero por transformar a lumpens y enemigos de la Revolución en hombres socialmente útiles”. (Pág. 189). Sobre estos campos opina Trotsky en la novela, con pleno conocimiento de causa, cuando se entera de que uno de sus hijos está confinado en uno de ellos: “¿Aún debo alentar la esperanza de que sobreviva en un campo de prisioneros en el Ártico, casi sin alimentos, con jornadas de trabajo que los más curtidos sólo pueden resistir durante tres meses antes de postrarse como cadáveres vivientes?” Haré el esfuerzo de terminar la novela de Müller y saber qué quedó del joven personaje central, después de que intentaron convertirlo en un “hombre nuevo”.

Leonardo Padura me hizo conocer una parte de la historia del Siglo XX, de la que muy poco sabía. Me enseñó muchos de los secretos del estalinismo y sus vínculos con la República Española, con detalles de la guerra fratricida que destrozó a España. También me mostró el quebrantamiento de la sociedad cubana bajo el yugo del comunismo y la infiltración de la ideología en México. En época de continuas llamadas a la “reconciliación nacional” en Venezuela, pienso que debo tratar de entender el sentir socialista para así, tal vez, poder considerar la aproximación. El libro de Padura me abrió las perspectivas de tres personajes socialistas revolucionarios, de cómo fueron criados y educados, y de cuáles eran sus ideales. Uno de ellos, convertido por momentos en voz narradora, es un cubano contemporáneo conmigo que vive el escenario del comunismo en Cuba, mientras yo vivía en Venezuela el final de una dictadura, los primeros pasos de nuestra democracia y, ahora como él, el socialismo. Debo confesar que me siento asustada. El autor comprueba que en esos gobiernos de Rusia y Cuba han sido la mentira y el terror las armas principales de persuasión de la ideología. La narración de la intimidación, la violencia psicológica, moral y hasta física llegan a revolverle el estómago al lector. “La unión Soviética legaría al futuro su fracaso y el miedo de muchas generaciones a la búsqueda de un sueño de igualdad que, en la vida real, se había convertido en la pesadilla de la mayoría”. (Pág 257). Sobre todo, de los más pobres.

Ahora que en Venezuela nos enfrentamos de nuevo a seis años más de socialismo, después de unas votaciones multitudinarias que ganó el comandante con un cincuenta y cinco por ciento de los votos, no pude más que sentir que algunas afirmaciones de la novela se adaptaban perfectamente a nuestra realidad. Cuando se refiere a unas elecciones ganadas por Stalin en la Unión Soviética, dice: “La votación contra Stalin, a la que se sumaron muchos delegados, finalmente no pudo imponerse a la mayoría aterrorizada por el fantasma del cambio, la pérdida de privilegios y las posibles revanchas…” (Pág. 192.) La similitud es obvia. Pero lo peor es que la ideología que están inculcando en nuestros niños y jóvenes desde hace catorce años está basada en la intimidación, ya que los socialistas piensan que “…sin miedo no se puede gobernar ni empujar a un país hacia el futuro”. (Pág. 288). Nuestros incautos jóvenes están creciendo con la idea de que estamos en un “…mundo despiadado, férreamente dividido entre revolucionarios y fascistas, entre explotados y explotadores…” (Pág. 389), por la fuerza del control de los medios de comunicación y la propaganda millonaria del Estado “·…la más burda de las mentiras, dicha una y otra vez sin que nadie la refute, termina por convertirse en una verdad”. (Pág. 259).

He preguntado a varias personas qué es para ellos lo peor del gobierno de Chávez. La respuesta más común es el aumento de la inseguridad personal. También son quejas frecuentes la ineficiencia del Estado ligada a las expropiaciones masivas de empresas contribuyentes, el destrozo de vías y medios de comunicación, el bajísimo nivel de exigencia instructiva y la ausencia de meritocracia. Algunos hasta critican su estética, su arte, su cultura. Tanto así que podríamos escuchar esta conversación en cualquier momento y lugar: “Ésa es la palabra: horrible. La belleza y el socialismo parece que juegan en equipos contrarios. Pero a todo se acostumbra uno…” (Pág. 724).

Pero para mí lo más terrible es la manía de masificación de los socialistas. Descripciones como ésta me erizan: “Una persona y un nombre no son nada… Mira, … el hombre es relegable, sustituible. El individuo no es una unidad irrepetible, sino un concepto que se suma y forma la masa que sí es real. Pero el hombre en cuanto individuo no es sagrado y, por tanto, es prescindible. Por eso hemos arremetido contra todas las religiones, especialmente el cristianismo, que dice esa tontería de que el hombre está hecho a semejanza de Dios… importa el sueño, no el hombre, y menos aún el nombre”. (Pág. 374). Me parece escuchar a un Chávez vociferante gritarle a sus seguidores que lo que importa es la salvación de mundo y la paz intergaláctica. O, que no importa si se va la luz, si no hay agua, si explotan las refinerías, si hay hambre y desempleo. Que lo que importa es Chávez. Lo que está en juego no es si no te han dado una casa, sino el puesto del Presidente… Por eso pienso igual que el autor cuando escribe: “Aquel manejo turbio de los ideales, la manipulación y ocultamiento de las verdades, el crimen como política de un Estado, la cínica construcción de una gran mentira me provocaban indignación y más…” (Pág. 414).

Y se tienen que cuidar los más cercanos colaboradores del líder, porque la historia cuenta cómo siempre son ellos, irremediablemente, destruidos: “En esa época entendí que la crueldad de Stalin no solo obedecía a la necesidad política o al deseo de poder: también se debía a su odio a los hombres, peor todavía, a su odio a la memoria de los hombres que lo habían ayudado a crear sus mentiras, a putear y reescribir la historia. Pero la verdad, no sé quién estaba más enfermo, si Stalin o la sociedad que le permitió crecer…” (Pág. 687).

El personaje de Trotsky impacta a través del realismo de su retrato. El atormentado inventor de la “revolución permanente” padece de la maldición de la obsesión política. Eso que lo hace levantarse a escribir y luchar sin descanso cada vez que él o su propia familia caen en desgracia, sin cejar en el esfuerzo al extremo de que en un momento dado discurre: “La trampa más insidiosa, se decía, había sido convertir la política en pasión perentoria, como él había hecho, y haber permitido que las exigencias de ésta lo cegaran hasta el punto de llevarlo a situarse por encima de los valores y condiciones más humanos”. (Pág.587). Recorremos, en las páginas del libro, los más íntimos y sinceros pensamientos del brutal personaje: “Pero si, como decían algunos, vencidos por las evidencias, la clase obrera había mostrado con la experiencia rusa su incapacidad para gobernarse a sí misma, entonces habría que admitir que la concepción marxista de la sociedad y del socialismo estaba errada. Y aquella posibilidad lo colocaba frente al meollo terrible de la cuestión: ¿era el marxismo apenas una «ideología» más, una forma de falsa conciencia que llevaba a las clases oprimidas y a sus partidos a creer que luchaban por sus propios fines cuando en realidad estaban beneficiando los intereses de una nueva clase gobernante?” (Pág.519).

Tres hombres que amaban los perros son los personajes centrales de la novela, y todos están acompañados por mujeres fuertes y comprometidas. Ramón Mercader, español, catalán rojo, que es escogido y preparado por Stalin para ser el asesino de su archienemigo, tiene en su madre a una mujer resentida y llena de odio que lo lleva a ser el monstruo que fue. Trotsky, el cerebro político de la ideología comunista, mantiene a su esposa como compañera de lucha y amor a pesar de sus sonados devaneos con Frida Kahlo. E Iván, el cubano contemporáneo que destrozado por la dolorosísima muerte de Ana, su compañera, se encuentra sumergido en la más difícil decisión de su vida con la historia de sangre, intrigas y miedo que cae en sus manos. Todos están perfectamente delineados, son perfectamente creíbles y dolorosamente humanos. Para mí, de estos hombres abrumados, lo único envidiable que tienen es la obediencia ciega de sus perros, el respeto absoluto de sus órdenes.

Para poder comprender mejor esta documentada novela es imprescindible leer, aunque sea, un resumen de la Historia del siglo XX (2), y ver cómo dos guerras mundiales y el extremismo soviético mantuvieron a la humanidad en vilo, destruyeron la bonanza económica, cambiaron la faz de las fronteras y mataron a más de setenta millones de personas. Por ello no puedo más que coincidir con el pensamiento de Iván, cuando concluye: “…había aprendido que la verdadera grandeza humana está en la práctica de la bondad sin condiciones, en la capacidad de dar a los que nada tienen, pero no lo que nos sobra sino una parte de lo poco que tenemos. Dar hasta que duela, y no hacer política ni pretender preeminencias con ese acto, y mucho menos practicar la engañosa filosofía de obligar a los demás a que acepten nuestros conceptos del bien y de la verdad porque (creemos) son los únicos posibles y porque, además, deben estar agradecidos por lo que les dimos, aún cuando ellos no lo pidieran. Y aunque sabía que mi cosmogonía resultaba del todo impracticable (…), me satisfacía pensar que tal vez algún día el ser humano podía cultivar esta filosofía, que me parecía tan elemental, sin sufrir los dolores de un parto ni los traumas de la obligatoriedad: por pura y libre elección, por necesidad ética de ser solidarios y democráticos. Pajas mentales mías…”

NS