La redacción de este blog reúne acá cuatro textos de compañeras con oportunas reflexiones, suscitadas por las anómalas condiciones impuestas por la inesperada Covid 19, que en el momento de esta publicación —20 de mayo—registra mundialmente 4.968.689 casos de infección y 326.515 fallecimientos por su causa. Cualquier otra Hormiga puede remitir sus pensamientos para añadirlos a estas notas.

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Mi amigo el Tiempo

 

Hace 21 años, en una operación que resultó después en tres y con terapia dos veces y 28 días hospitalizada escribí:

Cuando uno está en la vida cotidiana, el tiempo se esfuma y te exige correr, te angustias, no alcanza y siempre queremos más.

Artus Wollfort: Chronos, el dios del tiempo

Pero el tiempo es sereno, tranquilo, y está ahí esperando que lo disfrutes, te organices y que no exijas mucho de él. Sí, el tiempo que tan lentamente fluye se ha vuelto tirano de nuestros días, pues buscamos una eficiencia equivocada de su valor. Nuestra relación es de exprimir el día uniendo semanas y meses en maratónica sucesión.

Aquí, Tiempo que no pasas, que me regalas con lo más maravilloso de tus virtudes—reposo, tranquilidad y observación—, te rechazo pues me empalagas“.

Y como el mundo da vueltas el Tiempo me ha dado otro guiño.

Ahora es el planeta entero el que está enfermo y yo, tratando de hacer pases con el tiempo arreglando unas gavetas, me encontré ese escrito que me ha hecho pensar.

Las personas se han visto de repente con “todo el tiempo del mundo” y gracias a las redes hemos visto tantas reacciones: unas simpáticas, grabando chistes de cómo compartir con la pareja, con los hijos extenuados que no saben qué hacer con ellos. Otras más desesperadas: ¡Auxilio! ¡Quiero salir, quiero ir a un restaurant, quiero ir a la playa! Quiero, quiero… Quiero mi vida, quiero mi tiempo.

A la gente le da miedo el coronavirus, tan letal y contagioso. Pero también tiene miedo de tener tanto tiempo para llenarlo, y pesan esas horas eternas.

El mundo está paralizado, como nunca lo habríamos pensado. La humanidad entera se ha visto encerrada semanas que se volvieron meses. Volver a la normalidad nos costará.

El tiempo empezará a correr, primero lentamente y después se acelerará. Está en nosotros disfrutarlo más. Como dice el Eclesiastés 3: 1 -15 hay tiempo para todo y de nada vale afanarse.

Mientras yo, ya sea por mi condición, estoy tranquila; las redes me distraen, veo Netflix, leo. Aunque a veces también mi amigo el Tiempo me empalaga.

 

Carolina Baquero – En tiempo del coronavirus, semana 10 de cuarentena

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La distancia social como refugio y a la vez como forma de evasión

 

Epidemia

Contagio…

Cuarentena…

Aislamiento social…

Angustia…

Demasiada información…

Y el lema: “Quédate en casa”…

Conducta evasiva

Nos metemos en la casa en la que nunca teníamos tiempo para estar.

Descubrimos ahí el silencio y también el ruido familiar. Descubrimos el tiempo para casi todo y el no apuro para nada.

Nos imponemos nuestro propio ritmo y nos afloran habilidades insospechadas.

Nos intoxicamos de noticias y nos acostumbramos como se acostumbra a todo el ser humano.

Y nos gustó el aislamiento, y pasado el tiempo no vamos a querer salir, volver a la vida anterior.

Nos sentimos seguros aislados porque afuera está el miedo al contagio, esta el caos.

Nos aislamos y nos evadimos.

La distancia social… la evasión…

 

Graciela Behrens – mayo 2020

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Reflexiones de la pandemia

 

De unos años para acá, he descubierto con agradecimiento que escribir lo que se siente es sanador, es excelente catarsis, eleva la autoestima. Se me ha hecho fácil, porque situaciones puntuales de la vida me han ido presentando la oportunidad de hacerlo.

En estos momentos me encuentro en un dilema diferente. Me ha costado como nunca, me he sentido, si se quiere, paralizada.  Meditando mucho en estas largas y angustiantes horas de cuarentena, conseguí la palabra que buscaba: MIEDO.

Pienso que me costó tanto aceptarlo porque el «miedo conocido» ya se ha instalado entre nosotros desde hace más de veinte años. Es un miedo puntual, endógeno, que ha atrapado a los venezolanos y nos ha hecho ir acostumbrándonos a un deterioro absoluto de nuestra calidad de vida con todo lo que eso implica.

Este miedo es diferente; es aterrador, se acerca al pánico, porque es «global», miedo a lo desconocido, a lo imponderable, a lo que no solemos ver sino en las películas de ficción.

Pero lo peor de todo es que nos ha hecho aceptar, de golpe y porrazo, una fuerte realidad: que la palabra «global», implica concientizar que nuestros hijos, nuestros nietos, nuestras familias y amigos, forman parte de ese mundo amenazado.

Un miedo muy difícil de controlar y ahora entiendo por qué es paralizante.

-Nos ha hecho sacar fuerzas para aparentar estar tranquilos y ecuánimes ante nuestros hijos, reinventarnos para darles consejos, aun teniendo la certeza de que ellos están mucho más solos que nosotros.

-Impotencia y pánico ante la dificultad de manejar la situación de aislamiento, especialmente cuando tenemos nuestros ancianos confinados en manos de «ángeles de la guarda» que los cuidan por nosotros.

-Luchar como nunca antes por mantener y conservar esa «salud mental», tan frágil para los que tenemos años viviendo esta dictadura, la separación de las familias, el desabastecimiento al principio y ahora la carestía de los insumos, el horror de los hospitales, la migración de tantísima gente buscando sobrevivir.

Vivir en primera plana la situación de las personas que nos trabajan, oír a los niños de nuestra catequesis su visión de sufrimiento… y un largo etcétera.

-Creíamos que lo habíamos visto todo… acostumbrados a ver, en los noticieros internacionales, que nuestro país está en la primera plana de las noticias trágicas e incomprensibles para el mundo.

Mente positiva

Pero esto es diferente. Nos ha obligado a ser aun mucho más creyentes de lo que éramos, aferrarnos a nuestra FE para sentir ese ánimo y esa fortaleza que no podemos perder.

Nos ha permitido reflexionar y cambiar las perspectivas para ver lo que verdaderamente tiene sentido en la vida.

Por esa razón he decidido aferrarme al bien más preciado que todos tenemos: son nuestras vivencias, nuestros afectos, lo bello y positivo que tenemos, ponerlo todo en palabras, para así combatir ese miedo paralizante y convertirlo en fuerza de vida para no decaer y seguir adelante.

 

Rosa Elena Larrazábal – marzo 2020

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Elucubraciones de cuarentena

 

Siempre he estado segura de la existencia de vida extraterrestre. No puedo creer que en la inmensidad del universo seamos sólo nosotros los únicos seres pensantes que lo habitemos. En muchas de esas galaxias lejanas debe haber una, dos o más estrellas que iluminen planetas donde la vida haya florecido. Otras especies, otro tipo de inteligencia…

Vecindad extraterrestre

Al conocer, a medida que crecía, de la violencia fratricida que es la historia de la humanidad y buscando—tonta de mí—alguna solución para que todos los hombres de la tierra dejaran los pleitos y se consideraran unidad, pensé que cuando nuestros vecinos extraterrestres se hicieran presentes, ese milagro pudiera ocurrir.

Ya no importaría para nada de qué color es la piel, si eres rico o pobre, o qué religión practicas. Porque así es como son los grupos sociales; forman unidad ante otros, diferentes, o más grandes, o desconocidos, o muy agresivos. Por fin nos sentiríamos, los terrestres, como verdaderos hermanos ante ellos.

El año 2020 se ha comportado realmente muy amenazador. La tarde del 7 de marzo, reunidos en familia para apagarle las tres velitas a mi nieto menor, mi hijo me dijo que comprara comida y medicinas como para dos meses, que lo del coronavirus era muy serio y nos iba a tocar encerrarnos por un tiempo. Pensé que exageraba, pero comencé, otra vez, a sobreabastecerme, como en años anteriores de desabastecimiento revolucionario. Hoy, diez semanas después, veo que no podíamos ni imaginar la magnitud de lo que se avecinaba. Tampoco lo que nuestra pobre gente venezolana iba a sufrir. Los que quedábamos aquí, sin los más mínimos servicios básicos funcionando, y muchos de los que se habían ido, y ahora, sin trabajo ni dónde vivir, intentan regresar por cualquier medio, aunque sea caminando.

El puto virus, como le dicen los españoles, ha sido la noticia constante en todos los medios de todas partes del mundo. Ha transformado a todos los mayores de sesenta años en ancianos “desechables”, y eso que estábamos en el siglo de “la juventud prolongada”. Ha enfermado a millones y ha matado a miles de personas.

Una de esas tardes rosadas y calurosas de principio de cuarentena, viendo a lo lejos la Silla de Caracas, borrosa por la calina que viene desde el Sahara y las quemas del verano, pensando en que algo bueno nos tiene que dejar esta experiencia apocalíptica, comprendí que el virus es también un buen motivo para unir a la humanidad, un enemigo común, algo que no podemos vencer si no estamos unidos, pues ataca por igual a blancos que a los de color, a católicos y mahometanos, a los heterosexuales y a cualquier otra modalidad de preferencia sexual… Nadie es inmune y cualquiera te lo puede contagiar, aun sin saberlo.

Pero, por desgracia, a medida que ha pasado el tiempo veo que no es así: hay rivalidades científicas por la posesión de la vacuna, los gringos culpan a los chinos de habernos infectado, los socialistas a los gringos por consumismo imperialista, los comunistas a los capitalistas y viceversa, y así, indefinidamente, surgen antagonismos absurdos y continúan las hambrunas y las guerras, y los derechos humanos son violados más que antes de la pandemia.

Sigo, entonces, pidiendo fervientemente por la confirmación de la vida extraterrestre; quisiera poder verla. Ruego que sea pronto porque ya soy de las “desechables” y no quisiera morir sin saber, con seguridad, que están ahí.

Por cierto, en estos días, entre la avalancha de información sobre el Covit 19, nada menos que el Pentágono mostró videos de OVNIs que tenía escondidos en sus archivos. Se ha reportado muchos avistamientos después de esa noticia. Aunque no todos resultaran creíbles, siento que se acercan; nos vamos a comunicar muy pronto. Será entonces cuando todos los habitantes de esta bolita azul nos sentiremos unidos y seremos familia.

 

Nacha Sucre  – mayo 2020

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