Nos reunimos en casa de Antonieta, con el ventanal que muestra al Ávila imponente, a disfrutar de los platos ideados y preparados por las Hormigas. Todos llevaban el ingrediente secreto del amor para hacerlos exquisitos, el mismo ingrediente que contiene nuestro multifacético grupo de Whatsapp y nuestra amistad. Nos hemos convertido con el tiempo en cadena de oración de tan comprobada eficiencia que, al activarla, nos sentimos inmediatamente fortalecidas y bendecidas. Facilitamos información para resolver cualquier problema doméstico imaginable, no importa la gravedad. Poseemos la mejor y más deliciosa recopilación de recetas. Somos expertas en dar referencia y consejos sobre los mejores médicos, fisioterapeutas, curanderos y brujos; sobre la mejor vía para conseguir los medicamentos: quién los puede traer, dónde son más baratos o en cuál farmacia están disponibles. La mejor guía de viaje por el mundo—hoteles, restaurantes y sitios interesantes—viene de las Hormigas. También son fuente confiable de los pormenores más sorprendentes de la sociedad y de la política, llegando a convertirse en alerta temprana de las noticias “que rompen el celofán”. Los mejores chistes y los mejores chismes están en nuestro grupo. Es también el mejor apoyo y fortaleza en los momentos difíciles, pero no hay ninguno como él para compartir los nacimientos de los nietos, bautizos, piñatas, graduaciones y días de playa que nos hacen felices a todas.

Antonieta recordó, después de brindar por el encuentro y reconocer nuestra amistad, que antes que nada somos un grupo de lectura. Llevamos leyendo juntas siete años. Gracias a la literatura hemos conocido historias del mundo y compartido aventuras en mil países, aprendido sobre el amor, el odio, la soledad, el terror y la vida misma. Hemos amado y odiado a los mismos personajes y compartido sus andanzas. Lo hemos hecho juntas y aprendido a respetarnos, a querernos y a admirar los distintos puntos de vista que suscita la lectura. La literatura nos ha hecho crecer y, de ñapa, pertenecer a un grupo que ha trascendido en amistad, que se mantiene y se crece a través de la distancia de nuestras queridas hormigas que se fueron del país o de las que viajan con frecuencia y que también leen las novelas y envían sus comentarios calificando su lectura, dándole un número a lo que esa historia dejó en cada una.

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En el caluroso mes de septiembre de 2017, después de que hubieran parado las protestas multitudinarias en Caracas pero cuando la incertidumbre política ha aumentado, leímos Patria (Tusquets, septiembre 2016) del español, poeta, narrador y ensayista Fernando Aramburu, nacido en San Sebastián en 1959, quien ha escrito nueve novelas y cuatro cuentos además de otras muchas cosas. En la red no se encuentra mucho sobre el autor; vive desde hace tiempo en Alemania, en donde dejó la docencia del español para dedicarse de un todo a la literatura. Ha cosechado triunfos suficientes para tomar esa decisión—Premio de la Crítica y Premio Umbral al Libro del Año—al escribir Patria, que se ha convertido en un éxito editorial sin precedentes. El autor y la editorial han puesto en la calle, hasta el 7 de mayo de este año, 252.512 ejemplares en dieciocho ediciones, sin contar a los muchísimos que lo hemos leído en la red.

Esta historia de provincia que ha conquistado el mundo fue altamente calificada por las Hormigas—ocho puntos sobre diez—y la discusión, que comenzó antes del almuerzo y fue angustiosamente interrumpida por la noticia del gran terremoto de México, se extendió durante toda la tarde hasta despedirnos. El libro dio para mucho, no sabíamos casi nada de ETA, más allá de las noticias del terrorismo. “La violencia llama la atención”

Euzkadi Ta Askatsuna, ETA, que en euskera es algo así como: País Vasco y Libertad, representa a la organización terrorista nacionalista vasca que se proclama independentista, socialista y revolucionaria; formada por los abertzale o etarras que desde la época de Franco apoyan la defensa del euskera, el etnicismo (racismo idealizado), el antiespañolismo y la independencia de sus territorios (Euskal Herria), tanto los de España como de Francia. Estuvieron activos desde 1962 hasta 2011, como organización clandestina revolucionaria que utilizó la lucha armada para conseguir la independencia de Euskadi. Se financiaban principalmente (hasta en un 70%) de lo que ellos llamaban “impuesto revolucionario”, con el que extorsionaban cruelmente a sus vecinos más prósperos. De la peor manera lo experimentó Txato, uno de los personajes de Patria, y como él murieron ochocientas veintinueve personas en esos cuarenta y tres años de terrorismo, sin contar los miles de heridos, damnificados y expatriados que significaron esos años de guerra. El libro retrata con muy buena prosa, dura como la historia, lo que es una guerra entre hermanos. Tu vecino más querido se puede convertir en enemigo. El miedo a pensar diferente te puede hacer callar y mirar hacia otro lado ante las injusticias. El silencio o el exilio se transforman en el precio que hay que pagar para sobrevivir.

Se habló mucho sobre el perdón. Pedirlo exige más valentía que disparar un arma o activar una bomba. Teníamos tan recientes nuestros muchachos muertos… ¿cómo perdonar a los que los mataron? ¿Se puede perdonar la impunidad? ¿Cómo sobrellevar el duelo y transformar el dolor en energía positiva que no enferme y corrompa el cuerpo y el alma? Creemos que lo único efectivo es el amor y las ganas de mejorar la vida de los que amamos. Comprender que “al final siempre gana el olvido”, que es un alivio.

A pesar de que a algunas les costó ubicarse en el tiempo y el espacio de la novela o manejar los nombres vascos y palabras en euskera, y que para otras las descripciones se les hicieran demasiado largas, a todas les gustó el libro. Leer sobre este pueblo severo, eminentemente rural y agrícola, cimentado en sus mujeres fuertes y comprometidas con sus hijos—sobre todo con los varones a los que debilitan de tanto mimarlos—, ver la ingenuidad de esa juventud que se convirtió en carne de cañón, en generación perdida, muerta o en la cárcel por la maldita política, víctimas de la gran estafa comunista, nos enfrentó como lectoras a nuestra propia realidad, tan distinta y tan parecida.

Dicen que a Aramburu le costó mucho escribir este libro; fue valiente e imparcial con la historia, que es su propia historia porque es la de su pueblo. Comenzando por el final, 2011, o el comienzo de la inserción de los nacionalistas vascos dentro del sistema, el escritor narra de manera familiar y muy íntima casi cincuenta años de violencia y arma un rompecabezas con la vida de las víctimas y los victimarios. El tema es trascendente para Aramburu porque quiere dejar su legado, su visión como testigo, intervenir para bien.

“Nos esforzamos por darle un sentido, una forma, un orden a la vida, y al final la vida hace con uno lo que le da la gana”. Nuestra propia violencia apartó a nuestros hijos y nietos de nuestras manos. Tal vez por eso esta novela fue importante para el Hormiguero, aunque doloroso y fuerte leerla. Nos renueva la convicción de que en Venezuela no nos podemos dejar arrebatar la alegría y la esperanza de libertad. 

Rosa Elena tiene una historia personal de su vivencia en un pueblo vasco que perfectamente podría ser el de Patria en los años ochenta, los más duros. Sería perfecto que la escribiera.

El próximo libro es El color del silencio de Elia Barceló

NS