Borges, nombre del infinito

En los textos de Jorge Luis Borges hay, como en más de una historia suya, diversos planos para la admiración y el disfrute. El primero de ellos, disponible para la degustación primera, es el de su castellano. Borges es preciso y económico en el uso del lenguaje; sus metáforas son poderosas y a la vez tranquilas, y con la mera conjunción de adjetivo y sustantivo ha producido parejas significantes de una calidad inigualable: oblicuo alfil, numeroso lecho, tenue armamento, vastas enciclopedias, avenidas urgentes, divinidad desdeñosa, atareado rumor, sacrificio condigno, causa recóndita, varios porvenires…

Luego, ya en oraciones enteras, Borges produjo sentencias que, recogidas ellas solas, formarían una memorable colección de epigramas:

…el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones; …poblar de algún modo el tiempo; ¡Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir!; Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; …todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora; …los atributos de impeccabilitas y de humanitas no son compatibles; Pensar, analizar, inventar… son la normal respiración de la inteligencia; La lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado.

Y siempre es elegante; en sus construcciones, con frecuencia aparece la duda, la reserva. Inmediatamente después de la primera palabra en La intrusa, el cuento que destronaría a El Sur como su favorito, aparece un primer paréntesis:

Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo…. En El Sur ya había dicho: Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.

En El jardín de senderos que se bifurcan, pone:

Yo oía con decente veneración esas viejas ficciones, acaso menos admirables que el hecho de que las hubiera ideado mi sangre…

En el breve prólogo a Artificios, la segunda parte de Ficciones, advierte:

Aunque de ejecución menos torpe, las piezas de este libro no difieren de las que forman el anterior. Dos, acaso, permiten una mención detenida…

Pendiente del azar y sus estragos,“acaso” era una de sus palabras favoritas. Fue él quien dijera: “La duda es uno de los nombres de la inteligencia”.

También, como hemos visto, emplea frecuentemente el circunloquio negativo:

El ejercicio de ese cargo no me fue grato; …exhibían credenciales no siempre falsas; Más de tres veces no lo vi…; Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia…

…cuando ha podido decir, como todo el mundo: Todo el mundo sabe que el Sur…

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Todavía en el análisis de los fragmentos de su texto, Borges exige cuidado y atención a lo que, en apariencia sólo, son observaciones pasajeras. Vimos dos ejemplos de esto: en El jardín aparece que el narrador recuerda que su antepasado, Ts’ui Pen, quiso componer “una novela que fuera todavía más populosa que el Hung Lu Meng”, y resulta que esta obra existe y, según supimos por Ana María, ha vendido más de cien millones de ejemplares. Y es que la novela real, no la imaginada del imaginario antepasado de quien cuenta, tiene alrededor de cuarenta protagonistas y cerca de quinientos personajes adicionales; era, ciertamente, populosa. En El Sur, lo que parece una referencia en passant ha sido escogida con toda la intención: “Algo en su pobre arquitectura le recordó un grabado en acero, acaso de una vieja edición de Pablo y Virginia”. Bueno, no se trata de una alusión insignificante a cualquier libro con ilustraciones; Pablo y Virginia es una novela de Bernardin que abunda, con benevolencia de los protagonistas, sobre las diferencias de clase social, y es el odio social lo que impele las bolitas de miga de pan que se estrellan en el rostro de Dahlman y lo fuerzan al duelo que, acaso, lo matará. Ni el uno ni el otro dato son condición para satisfacerse con ambas narraciones, pero señalan que Borges es rico y entreverado.

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Por supuesto, sus temas, de los que hablamos poquísimo; tan sólo dijimos que su género fue llamado metafísica-ficción. Era un filósofo diletante—(Del it. dilettante, que se deleita). 1. adj. Conocedor o aficionado a las artes, especialmente a la música. 2. adj. Que cultiva algún campo del saber, o se interesa por él, como aficionado y no como profesional—que mastica y digiere bocados de filosofía con boca de literato. El infinito, por supuesto; los dobles, los espejos, el uno y el otro, los sueños, el lenguaje y su estructura, lo esotérico y arcano, la muerte violenta, los héroes nórdicos, los libros prodigiosos, la infamia, los asesinos, la alquimia, no Dios tanto como los dioses. Cada asunto tratado por él demuestra que lo ha pensado a fondo, que además de escritor es pensador. Nadie antes que él los había comentado con tanta soltura y propiedad.

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Las claves biográficas. A Richard Burgin admitió en Cambridge (Massachussetts) que en cuanto leyó dos capítulos del Quijote, siendo todavía un niño, deseó aprender el español antiguo, como décadas más tarde aseguró que Pierre Menard se propuso, y creó este personaje el mismo año cuando su padre moría, y él es Menard y su padre Cervantes. El padre tuvo para él una influencia decisiva; en tierna edad de Borges ya lo introducía en problemas filosóficos, su biblioteca de más de mil libros en inglés fijó su interés en esa cultura y lo hizo bilingüe desde muy temprano, y le dio claves específicas para pensar acerca de la memoria humana.

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La imaginación de Borges es un animal desatado pero preciso, y el humor es su compañero. Leemos en La biblioteca de Babel:

Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico.

¿Cómo podría un pueblo báltico formar un dialecto de una lengua amazónica?

O el método que atribuyó a su holgazanería: en lugar de acometer un tratado, inventar a un tratadista y comentarlo. A fines de los sesenta ya se había cansado del procedimiento, aunque no de lo asombroso. Por eso escribió La intrusa.

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Su poesía no es sólo la de sus exactos y elegantes sonetos; su prosa toda es poesía. Pero sus poemas son muy buenos, algo clásicos en forma aunque libres en la métrica de los versos. Tal vez descubre más sus amores en la versificación:

¿En qué hondonada esconderé mi alma/ que como un sol /para que no vea tu ausencia/ terrible, sin ocaso,/ brilla definitiva y despiadada?

La escala de Borges, a pesar de las enormes vastedades que comentó, es la de un joyero o artesano de lentes como Spinoza—“No lo turba la fama, ese reflejo/ De sueños en el sueño de otro espejo,/ Ni el temeroso amor de las doncellas./ Libre de la metáfora y del mito/ Labra un arduo cristal: el infinito/ Mapa de Aquel que es todas Sus estrellas”—; es la escala del joyero que fue Federico Chopin, incapaz de obras de larga duración. Mucho menos lo turbaría la urgencia de escribir una larga novela; su Historia de la eternidad ocupa, impresa, sesenta y ocho páginas. Como sus piezas son de pequeña extensión, es posible leerlo con la calma y atención que permiten entenderlo sin problemas.

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Su posición política fue conservadora y antiperonista. Del peronismo dijo que no era ni bueno ni malo, sino incorregible. Recibió una afrenta cruel del primer gobierno de Perón, a quien llamó farsante, y su madre y su hermana sufrieron cárcel peronista; la primera domiciliar, la segunda real por un año entero. En el prólogo a La moneda de hierro, dejó esta constancia:

Me sé del todo indigno de opinar en materia política, pero tal vez me sea perdonado añadir que descreo de la democracia, ese curioso abuso de la estadística.

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Los científicos más profundos conocieron y aprendieron de sus historias. La ciencia más moderna es la de la complejidad, de lo caótico. Es uno de los centros de investigación más afamados del campo el Instituto de Santa Fe, en Nuevo México. Por un buen número de años fue su Director Murray Gell-Mann, Premio Nobel de Física en 1969, arquitecto del Modelo Estándar de la Física Cuántica, construido sobre su Teoría de los quarks. En 1994, El Quark y el Jaguar: Aventuras en lo simple y lo complejo, un libro de Gell-Mann ubicable como obra de “ontología física”, resonaba con La escritura del Dios, narración en la que es un jaguar protagonista. Pero el título fue escogido por Gell-Mann como referencia a otro texto: un poema de Arthur Sze con este verso: “El mundo del quark tiene todo que ver con un jaguar que da vueltas en la noche”. Sze, obviamente, leyó a Borges. Gell- Mann, no obstante, es también lector de Borges; en una conversación de 1998 con Jeffrey Mishlove lo recuerda, muy à propos:

Si vemos la forma como el universo se comporta, la mecánica cuántica nos ofrece la indeterminación fundamental, inevitable, así que se puede asignar probabilidades a historias alternas del universo. En ocasiones estas probabilidades se acercan mucho a la certidumbre, pero en realidad no son nunca certezas. Y, a menudo, las probabilidades están bastante distribuidas. El resultado es que las posibles historias alternas del universo forman una especie de árbol que se ramifica. Jorge Luis Borges, en uno de sus cuentos maravillosamente imaginativos, creó a alguien que construyera un modelo de las historias alternas ramificadas del universo bajo la forma de un jardín de senderos que se bifurcan.

Borges mismo fue un invento borgiano; fue inverosímil. De vida sencilla y asequible, a pesar de su erudición especializada no fue pedante. Todo el mundo podía alcanzarle para conversar.

Borges es, sencillamente, uno de los nombres del infinito. LEA

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APÉNDICE

Epílogo a la edición de Emecé de sus obras completas escrito, por supuesto, por él mismo.

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A riesgo de cometer un anacronismo, delito no previsto por el código penal, pero condenado por el cálculo de probabilidades y por el uso, transcribiremos una nota de la Enciclopedia Sudamericana, que se publicará en Santiago de Chile, el año 2074. Hemos omitido algún párrafo que puede resultar ofensivo y hemos anticuado la ortografía, que no se ajusta siempre a las exigencias del moderno lector. Reza así el texto:

BORGES, JOSÉ FRANCISCO ISIDORO LUIS: Autor y autodidacta, nacido en la ciudad de Buenos Aires, a la sazón capital de la Argentina, en 1899. La fecha de su muerte se ignora, ya que los periódicos, género literario de la época, desaparecieron durante los magnos conflictos que los historiadores locales ahora compendian. Su padre era profesor de psicología. Fue hermano de Norah Borges (q. v.). Sus preferencias fueron la literatura, la filosofía y la ética. Prueba de lo primero es lo que nos ha llegado de su labor, que sin embargo deja entrever ciertas incurables limitaciones. Por ejemplo, no acabó nunca de gustar de las letras hispánicas, pese al hábito de Quevedo. Fue partidario de la tesis de su amigo Luis Rosales, que argüía que el autor de los inexplicables Trabajos de Persiles y Segismunda no pudo haber escrito el Quijote. Esta novela, por lo demás, fue una de las pocas que merecieron la indulgencia de Borges; otras fueron las de Voltaire, las de Stevenson, las de Conrad y las de Eça de Queiroz. Se complacía en los cuentos, rasgo que nos recuerda el fallo de Poe, There is no such thing as a long poem, que confirman el uso de la poesía de ciertas naciones orientales. En lo que se refiere a la metafísica, bástenos recordar cierta Clave de Baruch Spinoza, 1975. Dictó cátedras en las universidades de Buenos Aires, de Texas y de Harvard, sin otro título oficial que un vago bachillerato ginebrino que la crítica sigue pesquisando. Fue doctor honoris causa de Cuyo y de Oxford. Una tradición repite que en los exámenes no formuló jamás una pregunta y que invitaba a los alumnos a elegir y considerar un aspecto cualquiera del tema. No exigía fechas, alegando que él mismo las ignoraba. Abominaba de la bibliografía, que aleja de las fuentes al estudiante.

Le agradaba pertenecer a la burguesía, atestiguada por su nombre. La plebe y la aristocracia, devotas del dinero, del juego, de los deportes, del nacionalismo, del éxito y de la publicidad, le parecían casi idénticas. Hacia 1960 se afilió al Partido Conservador, porque (decía) “es indudablemente el único que no puede suscitar fanatismos”.

El renombre de que Borges gozó durante su vida, documentado por un cúmulo de monografías y de polémicas, no deja de asombrarnos ahora. Nos consta que el primer asombrado fue él y que siempre temió que lo declararan un impostor o un chapucero o una singular mezcla de ambos. Indagaremos las razones de ese renombre, que hoy nos resulta misterioso.

No hay que olvidar, en primer término, que los años de Borges correspondieron a una declinación del país. Era de estirpe militar y sintió la nostalgia del destino épico de sus mayores. Pensaba que el valor es una de las pocas virtudes de que son capaces los hombres, pero su culto lo llevó, como a tantos otros, a la veneración atolondrada de los hombres del hampa. Así, el más leído de sus cuentos fue Hombre de la esquina rosada, cuyo narrador es un asesino. Compuso letras de milonga, que conmemoran a homicidas congéneres. Sus estrofas de corte popular, que son un eco de Acasubi, exhuman la memoria de cuchilleros muy razonablemente olvidados. Redactó una piadosa biografía de cierto poeta menor, cuya única proeza fue descubrir las posibilidades retóricas del conventillo. Los saineteros ya habían armado un mundo que era esencialmente el de Borges, pero la gente culta no podía gozar de sus espectáculos con la conciencia tranquila. Es perdonable que aplaudieran a quien les autorizaba ese gusto. Su secreto y acaso inconsciente afán fue tramar la mitología de un Buenos Aires que jamás existió. Así, a lo largo de los años, contribuyó sin saberlo y sin sospecharlo a esa exaltación de la barbarie que culminó en el culto del gaucho, de Artigas y de Rosas.

Pasemos al anverso. Pese a Las fuerzas extrañas (1906) de Lugones, la prosa narrativa argentina no rebasaba, por lo común, el alegato, la sátira y la crónica de costumbres; Borges, bajo la tutela de sus lecturas septentrionales, la elevó a lo fantástico. Groussac y Reyes le enseñaron a simplificar el vocabulario, entorpecido entonces de curiosas fealdades: acomplejado, agresividad, alienación, búsqueda, concientizar, conducción, coyuntural, generacional, grupal, negociado, promocionarse, recepcionar, sentirse motivado, sentirse realizado, situacionismo, verticalidad, vivenciar… Las academias, que hubieran podido desaconsejar el empleo de tales adefesios, no se animaron. Quienes condescendían a esa jerga exaltaban públicamente el estilo de Borges.

¿Sintió Borges alguna vez la discordia íntima de su suerte? Sospechamos que sí. Descreyó del libre albedrío y le complacía repetir esta sentencia de Carlyle: ‘La historia universal es un texto que estamos obligados a leer y a escribir incesantemente y en el cual también nos escriben’.

Puede consultarse su Obra Completa, Emecé Editores, Buenos Aires, 1974, que sigue con suficiente rigor el orden cronológico.

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luis enrique ALCALÁ

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