El 22 de mayo de este mismo año 2018 muere en Manhattan Philip Roth, escritor judeo-americano, a los 85 años de edad. Con él muere también su alter ego literario, Nathan Zuckerman, quien compartió su vida desde la década de los setenta. Finaliza también la producción de uno de los escritores más prolíferos, premiados y destacados de los Estados Unidos.

La novela que leímos en el Hormiguero forma parte de su trilogía: Pastoral americana (1997), Me casé con un comunista (1998) y La mancha humana (2000). Publicada para cerrar el siglo veinte, esta novela narra el secreto y la vida de un profesor universitario que pasa, de ser exitoso, a convertirse en un paria dentro de la sociedad que antes lo admiraba y sólo por pronunciar unas palabras que fueron mal interpretadas.

Para nuestras experimentadas Hormigas no fue un libro fácil de leer; tan es así que de las trece presentes cinco no lo terminaron. Se comprueba que los libros deprimentes, que reflejan la rudeza de la vida y las aristas más sombrías del ser humano nos repelen, sobre todo ante la encrucijada de desesperanza de nuestra propia historia.

Es una novela que no nos saca ni una sonrisa; todos los personajes son hostigados por sus propios oscuros secretos y perseguidos por ellos. No vale currículum, ni posición, ni dinero, ni apostura física para que puedan ser felices. Nos muestra que el bullying está presente en toda la sociedad y causa estragos también en los adultos. Muestra algunas de las consecuencias del racismo extremo de finales de siglo en el norte y lo pacatos que pueden llegar a ser los estadounidenses, sobre todo en las pequeñas comunidades. Ni sus maravillosas y muy detalladas descripciones, ni sus brillantes diálogos, lograron mitigar el desagrado que nos produce leer sobre la mentira, la envidia, el escarnio público. Ese desprecio por la familia, por el matrimonio, por las costumbres religiosas, hasta por la propia raza. Ni tampoco sobre la ambición despiadada y la soledad que eso conlleva. No faltan en la historia vestigios de amor: maternal, filial, conyugal, erótico. Todos ellos, sin embargo, están teñidos de miedo, de complejos, de incomprensión.

Esto, según los expertos, retrata a la sociedad norteamericana, pero no podemos olvidar que representa sólo una parte de la realidad, hay otras que la instantánea no capta.

Clasificarlo resultó un desafío, sobre todo para las que no lo terminaron y escucharon que lo mejor del libro era su cierre—sabemos ya lo difícil que es terminar una narración y más una de esta envergadura y con tantos sentimientos humanos expuestos pero Roth lo logra magistralmente y certifica su calidad con ello—, algunas de ellas no quisieron clasificar lo no finalizado; otras sí y promedió 6.4 puntos.

Gran parte de la merienda transcurrió en la mesa de centro de la casa de Graciela,—quien se ha convertido en la anfitriona más frecuente del grupo—y los comentarios nos tomaron toda la tarde: sobre las circunstancias políticas de la época del libro, después del estrepitoso fracaso de la guerra de Vietnam, sobre las personalidades de cada uno de los personajes a quienes, gracias a la magia de Roth, conocíamos profundamente, y sobre la fuerza de la mentira, del secreto obscuro que cada ser humano tiene como una mancha y mueve secretamente el hilo narrativo de la historia. La merienda fue cuantiosa, porque con la excusa de la crisis muchas colaboraron con sus especialidades y resultó deliciosa y muy abundante. Al final, buscando recuperarnos un poco de la dureza de La mancha humana, escogimos como próximo libro El dios de las pequeñas cosas (The God of Small Things, 1997) de la escritora india Arundhati Roy. Estoy segura de que lo van a disfrutar.

NS