Victoria de Stefano, la Niké de Caracas, por Ernesto Costante

 

Por estos días, el estupendo portal de Prodavinci publica, en su sección Perspectivas, una cadena de trabajos acerca de Victoria de Stefano, muy importante escritora venezolana de obra numerosa y sutil, sabia como ella. Así la presenta: «Con esta serie Prodavinci festeja las ocho décadas de vida de Victoria de Stefano—y más de cincuenta de escritura creativa–—y se une a la celebración permanente de su universo narrativo: obra singular en el contexto de la literatura venezolana y de amplios alcances en otras regiones de la lengua». De los varios eslabones se reproduce acá el primer capítulo de su más reciente novela, que ha sido publicada nada menos que por Seix Barral: Vamos, venimos.

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La suma de nuestros días y los que restan de los ya concedidos

Cada vez más a menudo, y a la hora propicia de la luz menguada del atardecer, Juan salía a sentarse en el banco adosado a la pared del porche abalconado. Había descubierto que desde esa posición adelantada—metro y medio por encima del nivel de la calle—se le ofrecía una vista considerablemente más amplia que la de los ventanales del piso de arriba, bloqueados por la fronda de los consecutivos árboles: mangos, luminosos flamboyanes, bucares, ceibos, trinitarias de árbol en suntuosa expansión floral (y sin que nada las contuviera en su ascenso) tirando a morado (flores no, brácteas, una variedad de hojas diferentes a las nor- males, tirando a morado tampoco, magenta, especificaba su madre, que tenía un lado puntilloso con respecto a la precisión de los términos, que era un color mestizo producto de la cruza cromática por la cual el azul se encendía de un rojo púrpura vivo, también llamado fucsia por el mórbido tinte rosa violáceo de las inflorescencias de un arbusto oriundo de Américarosa mexicano por el uso frecuente en textiles, vestimentas, collares, ajorcas y otros objetos tradicionales, que le daban ellos).

Como no tardaría en darse cuenta, lo que al principio le pareció un medio efectivo de entretenerse y de paso atemperar la sequedad de su ánimo, al cabo de un tiempo acabó convirtiéndosele en el protocolo de un nostálgico hábito de obediencia. Al llegar a esa hora, como por efecto de un reflejo condicionado, su tictac interno lo empujaba a acantonarse en el banco pintado con varias capas de verde, que, según las variantes de su humor lingüístico, llamaba su apostadero, su trono, su bastión, su podio de vigilancia, su butaca, su asiento de palco, su observatorio de mirar en torno y de cara al proscenio de una calle cada vez más alejada de lo que había sido en su infancia… E inclusive, a contrapelo de su índole contemplativa, designaba como su potro de amasar, rumiar, meditar a fondo las versiones menos halagüeñas de su pasado en función de toda evidencia de su irremediable presente. Ya que de las cosas miradas y remiradas hasta absorber su centro y alrededores, saltaba a los eventos, tan vívidamente vívidos que se cerraban al consuelo de pinchar un cortísimo golpe de tiempo e ir a perderse, sin hincar, solo a rozar sus espinas.

Espoleado por la acuciante y, en cierto sentido, mórbida tendencia a la curiosidad (ya de niño se entretenía en osadas y no del todo inocentes pesquisas detectivescas: motivos, causas, indicios, pistas, en la detallada complejidad de la alineación de conjunto), más que en recrearse con la placidez del variado, aunque pequeño, jardín de matas ornamentales, que a fuerza de lluvias habían pasado, con cada nuevo brote, de arbustos a frondas de maciza sombra, alternando sus aureolas del amarillo al naranja brillante, del violeta de genciana a ciertos híbridos entre el lila y el verde, empleaba las horas en observar a los viandantes, gente, peatones ocasionales, pero muy en particular a la comunidad de los vecinos que, finalizadas sus ocupaciones y exorcizando el peligro de la noche por llegar, aceleraban el paso para regresar a sus casas custodiadas por rottweilers, dóberman y otros bien adiestrados perros guardianes o, corridos los portones eléctricos, dirigían los automóviles rápida y silenciosamente a los garajes con la ilusión de compartir con los suyos.

Además de centrarse en todo lo que estaba a su alrededor, estaba muy dentro de él, aún suspendida en el proceso de la convalecencia, la necesidad de enfrentar cara a cara el hecho incontrastable de que se encontraba ahí, justamente ahí, esa tarde, al igual que ayer, que anteayer, que en el intacto, invariable, perpetuo ayer de antes de ayer, precisamente en ese banco, su banco, en esa casa, su casa, en su calle, su larga calle arbolada, a merced de las fluctuaciones acariciantes de la brisa corriéndole detrás de la nuca y de cierto olor benévolo de las plantas que batía el aire.

Ahí, justamente ahí, de donde al irse lo había hecho en la convicción—completamente errada, como vendría a demostrarse veintitantos años más tarde—de que ni en el más estrafalario de sus pronósticos se encontraría nuevamente ahí, en los viejos predios familiares, ahí, donde ya en camino de hacerse hombre, en la solemne acepción de la palabra hombre, creyéndose ser algo sin ser aún digno de nada, había cortado las últimas amarras buscando evadir el pasado y allegarse en imaginación y fantasía a todo lo que se consideraba reservado: otra vida, otros paisajes, ca- lles, ciudades, continentes, océanos, nuevas navegaciones, nuevos puertos, diferentes advenimientos, en substitución de todo lo que habría de dejar atrás, perdido, inubicable en el bloque suspendido del tiempo, en el abandono definitivo de lo perpetuamente ausente. Otros retos, otras expectaciones, otros afanes, otros emprendimientos.

Si dos o tres años atrás alguna mente profética le hubiese predicho que se hallaría, como San Antonio Abad, repetidamente tentado por los incansables demonios de la soledad y el silencio en su cueva sepulcral en Egipto, cerca del mar Rojo, que no es mar ni es rojo, pero que al atardecer sí refleja las altas montañas rojizas y desérticas de Jordania. O como San Pablo el Simple, entre los primeros padres del desierto engendrador de monstruos, o como Simón de Antioquia, silente, inmóvil como una estatua, haciendo cuerpo con su santo cuerpo penitente sobre la eternidad de una pilastra de quince, dieciocho, veinte metros de altitud, según otros testimonios, a fin de en el rigor del exilio autoimpuesto, bajo el sol de Alepo sobre su cabeza, ganarse el cielo, o, para no andar tan atrás en los tiempos de la cristiandad, que se encontraría, entre otros magnos improbables, magnos a la par que felices, como su amigo Alfred Fleming, descendiente de un oficial de la Legión Británica, a quien lo unían muchos lazos, en la pampa argentina armado de su escopeta en persecución de los antílopes negros de firme y elegante cuello y cuerno alargado, o, con unos cuantos alborozados veraneantes a bordo de un yate de lujo de cincuenta metros de eslora y dos de calado, costeando alguna isla de las Antillas Menores, no lo habría creído más imposible que su estar ahí donde estaba asentado. Devuelto a sus exactos límites, a su unidad de lugar, a prudente lejanía de los ascetas de la Tebaida, de los antílopes de la pampa argentina, de las islas, islotes y otros pequeños enclaves marinos y sus luminosos meridianos.

Cómo había ocurrido eso de hallarse material y tangiblemente en ese y no en cualquier otro domicilio era algo que lo rebasaba, por sabidos y archisabidos que tuviera los acontecimientos—sin descartar el que pudiesen ir a peor—que lo habían sacado de su carril para, a su modo alevoso y sarcástico, traerlo de vuelta al punto de partida, ahí, al territorio donde había crecido y del cual, aupando ensueños y quimeras, había alzado vuelo como si se dijera a otra galaxia.

Los hechos se habían gradual y progresivamente estratificado en su conciencia. Primero esto, después aquello, de principio a fin y de nuevo al comienzo superponiéndose, confundiéndose, anubarrándose, de día, de noche. De ahí que no estuviera en capacidad de ponderar, aquilatar, discernir, aseverar si ese hilvanarse de aconteceres obedecía a los enredos del promiscuo albur, a la demencia, a la vanidad, a la alquimia con que las pasiones distorsionaban todo o a los procederes indicativos de una inescrutable fatalidad superior.

A veces, echando una mirada retrospectiva, se inclinaba, antes que por los fallos de la accidentalidad, por un estatuto más puntual en el aquí y ahora de la consecución de sus fines. En ciertos momentos, apelando a una posición más ecléctica que la férrea ley de causas y efectos, tendía a pensar que no había casualidad sin necesidad, que lo casual y lo inevitable no se oponían, que más bien obraban uno en interés del otro, propiciándose, solidarizándose con cada oportuna intervención, ajustando el ritmo y elegancia de sus pasos como si se tratara de una supermáquina de apremiar y contrastar, por armonía y contrapunto, las entradas y salidas de algunos de esos bailes de salón en los que, con arreglo a un fatigoso repertorio de movimientos, los bailarines, dándose la alternativa a intervalos preestablecidos, desplegaban sus evoluciones a fin de empoderarse de todo el perímetro de traslación del salón.

En cualquier caso, fuese el fallo obra del albur o de la necesidad, ¿dónde quedaba la trágica y desentonada libertad? Si no éramos más que seres abandonados al arrastre de la realidad, al andar a tientas entre los reveses de nuestros mal cumplidos terrenales deseos, deseos grandes que eran quimeras, quimeras que se iban degradando, que por fatiga y cansancio, finiquitado el bailoteo, iban a dar de bruces al piso. ¿La voluntad es libre? Es libre, libre y responsable… pero qué podemos nosotros, qué puede nuestra humana simpleza contra los órdenes jerárquicos que condicionan la complejidad en pensamiento y acción del mundo. ¡Qué purgatorio! ¿Alguna vez acabará todo este atronador permanecer en la ambigüedad y la ignorancia, asediados, mareados de tantos temerarios, confusos, agotadores traqueteos de preguntas? ¿Cuál sería el motivo de ese enzarzarse y revirarse entre patas de arañas e insectos depredadores suspendidos de los hilos segregados por su propia saliva? ¿Por qué esa imposibilidad de cerrarles preventivamente la boca?

Poner la vida en limpio, salir de conjeturas e hipótesis acerca de lo que somos era lo que él y todos deseaban.  Pero para eso habría que poder colocarse a distancia clínica de las perturbaciones del episódico, fragmentado, caótico, esquivo, oscuro, cambiante y, por caótico, esquivo, oscuro y cambiante, desconocido yo, como si se tratara de acometer el graficado sincrónico y unitario del mapa trabado del relieve terrestre en un solo plano largo, a fin de mostrarlo signo a signo, hoja a hoja, sin elipsis ni omisiones, y ya impuestos de él, volver la última página y dar por cabalmente restituido el texto conciso y completo, libre de enmienda y, a título de verdad pura y segura, hasta en la letra chiquita. ¿Ser transparente para sí mismo, más allá y más arriba de la sugestión de los sentidos y de las presuntas y caducas experiencias? ¿Querer, poder saber más de lo sabido, sin incertidumbres ni cabos sueltos, como primer requisito para que la verdad escueta y simple venga entera a nosotros? Como un hágase la luz, y la luz de un alma capaz de elevarse a la verdad desnuda se hizo.

Ni pactando, de ser posible invocarlo, de ser posible tentarlo, convencerlo del valor de nuestras almas para sus malévolas confabulaciones, con Satán, el Señor de las Moscas, pensaba Juan, se llegaba a semejante imperar en extensión y profundidad del saber sobre el saber de nosotros mismos. Todos queremos ver nuestras vidas en orden, entrar y salir de ellas, habitarlas sin hiatos ni desgarraduras, pero, en definitiva, quién, quién puede.

Pese a su disposición a no hacerle fiestas a su desaliento, a tomárselo con serenidad, sin acrimonia ni resquemores, como el agua pasada que era, escurriéndose entre los dedos, no podía dejar de considerar todo el asunto como un escarnio al sacrosanto monstruo de la libertad del que siempre se había jactado y sobre el cual debía reconocer que había sido él, solamente él, quien se había engañado, pretendiendo, decisión tras decisión, que su insolente y gloriosa juventud, la biología, su vitalidad, su amor propio, suscribirían por sí solos la linealidad a mediano y largo plazo de su prospección de vida.

Cuando era joven creía tener a ojos vistas una irrefutable y cruda noción del mundo (solo algo más grande y más diversificado de aquel en el que se había criado). Presumía ser ni más ni menos la persona que quería ser, saber todo lo que había que saber para llegar a ser quien deseaba ser, que solo necesitaba atreverse a darle la espalda a todo lo que no fuera ese saber. Pasado un tiempo, semejante imperdonable presunción le fue dejando bien claro que acabaría pagando por ella un precio más bien alto y, de paso, por mucho que tratara de pasarla en silencio, que terminaría sonrojándose con una humillante sensación de ridículo.

Eso era lo que más lo ofendía, haber creído, haberse infatuado, deseando, codiciando, considerándose falsa, terca, tontamente libre y soberano, apostándole a su egolatría, al su aún por verse coraje, como si otros decursos violentos, otras fuerzas de castigo, ajenas, como suele decirse, a la voluntad deseosa del indiciado, no formaran parte de la trama… Haber obviado el determinismo, la consumación de los infortunios, las incongruencias fraguadas de manos sueltas y tras bambalinas por los poderes que hacían de las suyas en el mundo… Haber olvidado que fe y realidad—la realidad que ignora la fe tanto como se ignora a sí misma—iban cada una a su destino, cada una con su propia hoja de ruta, como esos barcos que al cruzarse en altamar se saludaban haciéndose señas desde el puente de mando. Cada uno poniendo proa a su puerto de desembarque, cada uno roturando las aguas con el trazo de su estela de espuma destellante de sol o de luna. Dos barcos como dos puntos afantasmados que luego desaparecen como si nunca se hubieran entrecruzado en la inmensidad de las aguas marinas.

Una tocaya en Samotracia

La fe, esa fuerza irrazonable y sublime, ese hervor entusiasta en comunión con los éxtasis en alabanza a los dioses, que como por función de un resorte resisten y ceden, resisten y ceden tantas veces como el tensor elástico sea capaz de aguantar, hasta que llegue el día en que caído en desuso ni jale ni afloje. Lo real, ese otro solfear de lo prosaico y crudo percibido como reverso de la medalla, enfocado a lo estrecho y sofocante de las míseras circunstancias a que estaban universal e irrevocablemente sometidos los hijos de los desterrados del Edén, herederos en titularidad, y no por casualidad ni por simple inercia, de la dimensión vertical de la caída y el mal…

De cara a todo eso, lo que más lo vejaba era haber vuelto a ser el muchacho atolondrado que sin pena ni gloria, depuestas las armas de la rebeldía, ya curado de ilusiones, cuyos perversos esplendores le arrancaban ahora solo risas, risas agudas, risas estrepitosas, risas feroces, risas llorosas, estaba como al principio, fijo, petrificado, en el lugar del que, hacía muchísimo tiempo, con la sinrazón de sus básicos artículos de fe, sobre lo que le estaría reservado para cuando, sin mirar hacia lo que dejaba definitivamente atrás, se hubiera ido.

Sin embargo, tener cada tarde una base estable donde descargar la cabeza, un sitio que lo convidara a hundirse en sus cavilaciones furtivas a pensar y repensar, subsumidas en el fluir de su duración, una buena cantidad de eventos, acercándolos, según fueran más o menos placenteros, manteniéndolos a raya, ahuyentándolos siempre que lo apesadumbraran, no era un bien desdeñable. Sin ir más lejos, ese porche donde estaba sentado, sentado y con sus ojos irrestrictamente abiertos, sentado y con sus dos oídos dispuestos a no perderse de nada: un ceremonial que, aunado a la semiconsciencia de la rigidez de sus huesos posicionados en la dureza del banco pintado de verde, lo devolvía a la monotonía de su niñez, al vacío opresivo del área circunscrita al quicio de la logia abalconada que se conectaba, como un segundo umbral, al ínfimo jardín y al murito que lo separaba de la calle.

En el banco en el que se recuesta es empujado del revés en la tempestad de los recuerdos. Inoportunos, intempestivos, indetenibles, se cuelan furtivos antes de emboscarse en los huecos muertos del olvido. A ratos se atasca, a ratos se queda en blanco. A ratos se sorprende libre de sobresaltos, a prudente distancia, pasando muy largo de largo, avanzando y retrocediendo con el sosiego que llega avizorando puertas afuera el morir de la tarde: una más, una menos, como un estar y no poder estar de ida a alguna otra parte, solo una sombra plantada entre las sombras que se esparcen por doquier cuando la noche llega. Entonces, hoy como ayer, de una hora en otra, se abría a todo lo que vivía y se movía, a todo cuanto cuajaba en el interior de casas y apartamentos, sala, comedor, dormitorios, a todo cuanto se le ofrecía, más allá de las intimidades presentidas, al viento remecido de las cortinas de gasa. Al repertorio de lo que estaba aquí y ahora, a lo que aparecía y desaparecía, a lo que estuvo y ya no estaba al instante siguiente, a lo que estaba por ver, por oír, por conjeturar todavía…

Adentro, en la cocina, la cotidianeidad del fregar, enjuagar, secar, colocar los platos, vasos, cubiertos en los gabinetes. Con su recurrente gemido de bisagras flojas, su abrir y cerrar de puertas crujidoras, combadas, henchidas, roídas por la herrumbre y la humedad… Afuera y al fondo, el flujo homogéneo del tránsito, de los autos que se detienen y vuelven lentos sobre sí mismos antes de partir, el ulular de una sirena, el rumor constante de los motores, el ajetreo del día extinguiéndose como los bramidos de un final de partido en las tribunas de un estadio deportivo, como la tempestad que se retira detonando sus últimas, esporádicas, clamorosas salvas. Adentro y afuera, ráfagas de sonidos, sonidos nítidos, sonidos fuertes, por momentos débiles, bordoneando por arriba o por debajo, al favor de la corriente, cuyo registro sensorial le permitía detectar a cuánta distancia se hallaba del banco donde se sentaba en su niñez a ver pasar las horas en la confusión y nebulosidad de sus detalles y aun así sin hastiarse al grado de cambiar de escenario.

Hoy como ayer, estando metido en sus cavilaciones, le llegó súbitamente la voz de su madre viniendo de la cocina: ¿Juan, estás ahí? La cena no tarda

Aquí, mamá, presente y ausente, perezosamente vacante. Aquí, como un maestro zen en el momento de disfrutar, qué mejor, de la tarde que está por finalizar. Cuando la respuesta más veraz tendría que haber sido: Aquí, mamá, en mis cuarteles de invierno (enteramente inmóvil y de brazos cruzados), intentando, solo intentando retroceder a tomar contacto con la leve, alada ternura del niño, aquel que una vez fui, mimado, consentido por ti, inamovible en su nula consideración por tus desvelos, por lo mucho que diste de ti para mí, algo de lo que siempre tuve perfecta conciencia, de lo que nunca quise ni juzgué necesario corregirme, y de lo que nunca dejaré de arrepentirme.

Aquí, el mismo de ayer, de hoy y de siempre, para el que todo, y, por último, nada ha cambiado, solo que para su desgracia los años, y cómo, uno tras otro se han ido juntando. O, en palabras más irrefutables y ciertas: Aquí, en peligro de regresión al desnudo, monótono estar sin otra elección en el mundo… Aquí, volviendo a tomar aliento.

Aquí, en mi lugar de resguardo esperando a saber con qué lances, con qué mandas, con qué golpecitos se presentará el favor o disfavor del azar a tocar a mi puerta. Aquí, a la expectativa de tiempos más favorables.

Juan, ven, ven, la mesa está servida, y abrígate, mira que está haciendo frío, le escucha decir a su madre, pero él, entrecruzado de imágenes, sonidos y voces, en particular los suyos propios impedidos de hacer silencio, la oye, la oye repetidas veces, de lejos y menos lejos, de primer intento se empuja ligeramente hacia adelante. Algo suena, es el asfalto seco que una llovizna apenas visible con retraso humedece.¶

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Vamos, Venimos. Biblioteca Breve, Seix Barral Colombia, 2019, 304 pp.

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Los restantes eslabones forjados por Prodavinci:

    1. Victoria o el esplendor de la madurez creativa; por Ednodio Quintero.
    2. Victoria me acerca a un rostro; por Rodolfo Izaguirre.
    3. Victoria de Stefano: “A veces siento que llegó la noche”; por Hugo Prieto.
    4. Primer capítulo de “Vamos, Venimos”, la más reciente novela de Victoria de Stefano.
    5. Mi novela favorita de Victoria de Stefano; por Oscar Marcano.
    6. Aprender a caminar de nuevo; por Rodrigo Blanco Calderón.
    7. Victoria de Stefano: Claro-que-sí; por Carolina Lozada.
    8. Para Victoria de Stefano; por Krina Ber.
    9. La utopía literaria de Victoria de Stefano; por Luis Moreno Villamediana.
    10. Simplemente, Victoria; por Hugo Prieto
    11. Victoria de Stefano: “En una novela tiene que haber verdad y belleza”; por Hugo Prieto.
    12. La niña Victoria; por Antonio López Ortega

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