Seguramente toda Hormiga ha recordado La peste, de Albert Camus—Premio Nobel de Literatura—en el tiempo pandémico que atravesamos. He aquí un breve comentario sobre esa muy particular novela de la pluma de Ana Lorenzo Froufe, quien escribe para NIUS Diario desde Madrid.

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Leer ahora La Peste de Albert Camus es hacerlo por primera vez. Tanto si ya visitamos sus páginas en la otra vida—la de antes del coronavirus—como si no, descubriremos un libro nuevo bajo la luz de la experiencia del inédito confinamiento que nos ha impuesto la pandemia. La novela fue publicada en 1947; pero en 2020, con la cuarentena, sus ventas se han disparado en Francia e Italia. También ocurrió en Japón, en 2011, tras la catástrofe de Fukushima.

Es esta una historia que estos días nos devuelve paralelismos imposibles de imaginar hace tan solo semanas. «A partir de ese momento se puede decir que la peste fue nuestro único asunto», cuenta el narrador. «Pero si esto era el exilio, para la mayoría era el exilio en su casa», dice en otro momento. Sustitúyase peste por Covid-19, la cadena de asociaciones es inevitable.

Aunque la obra del Premio Nobel se ha interpretado también como una alegoría del nazismo en la Francia ocupada por Alemania, es difícil en estos tiempos no decantarse por una lectura literal.

Es primavera en la localidad argelina de Orán (en torno a 1940) cuando estalla la epidemia de la peste. Puede ser Madrid, Roma o París hoy. Ciudades aisladas y paralizadas en las que, como en el escenario de la novela, vuelven a escucharse los pájaros: «El grito de los vencejos en el cielo de la tarde se hacía más agudo sobre la ciudad».

El doctor Rieux es el protagonista en este recorrido por una sociedad enferma. En él encontramos «la lucha sobrehumana” de médicos y voluntarios; la distancia social («la súbita separación en que quedaron algunos seres que no estaban preparados para ello”); el acaparamiento y las colas («el problema del abastecimiento empezó a hacerse difícil»); la guerra contra un enemigo desconocido («La verdad es que no sabemos nada de todo esto») o la muerte en soledad («Los enfermos morían separados de sus familias y estaban prohibidos los rituales velatorios»). Reconocemos también las críticas a la gestión de las autoridades, las mascarillas, la obsesión por las cifras de víctimas, las especulaciones sobre la evolución de la enfermedad o las consecuencias económicas para el turismo.

Pero La peste es, sobre todo, una invitación a la reflexión. Sobre la supervivencia, el miedo, la responsabilidad (individual y colectiva), la soledad, las relaciones, la esperanza o el fracaso. Y, por qué no, una invitación también a la toma de decisiones. Una elección sobre cómo situarse en el mundo ante una realidad al límite. En definitiva, quiénes decidimos, o escogemos, ser. Y quizá en esta disyuntiva, y en su necesidad, resida la verdadera vigencia de la novela.

¿O será en la certeza de «que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás»? Aunque alejada del mejor Camus (el de El extranjero), esta obra («fallida» para el propio escritor) recibió el Premio de los Críticos y se convirtió en todo un fenómeno literario.

Filósofo del absurdo, escritor y periodista, el combativo francés nacido en la Argelia colonizada (pieds-noir les llamaban) tuvo una carrera meteórica. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1957, con 44 años (el segundo más joven de la historia después de Rudyard Kipling). Y murió tan solo tres años después, aún no había cumplido los 47, al estrellarse contra un árbol el vehículo que conducía su amigo y editor Michel Gallimard. Cuentan que el día anterior, al enterarse de la muerte del ciclista Fausto Coppi, Camus había dicho: «No conozco nada más idiota que morir en un accidente de coche». Ocurrió 13 años después de publicar La peste; y seis décadas antes de que una pandemia volviera a encumbrar aquella novela.¶

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