Es hermosa la casa de Carmen Tahío, nuestra hormiga embajadora; la Cordillera de la Costa se asoma por los ventanales, compitiendo en belleza con la amplia colección de obras de arte que la adornan. La inmensa mesa cuadrada está puesta con todo detalle, lujo y buen gusto. Ésos son los milagros de Caracas: las amigas, la literatura, el cerro despejado e imponente.

Estábamos felices de encontrarnos, animadas y cautivadas por el libro que nos reunía esa tarde: La confesión de la leona de Mia Cuoto. Por la angustia que produce el terrible black-out informativo, y por las ansias de saber algo sobre los acontecimientos políticos, tomó primero la palabra María Margarita Méndez con el resumen al que ya nos estamos acostumbrando: siempre esperanzador, claro y de buena fuente.

Terminamos comparándonos con el África que nos muestra el autor en esta novela. Mia, que no es mujer, sí es una voz contundente en la denuncia, sensibilizada al dolor y la impotencia de las mujeres de su tierra. En una entrevista dice que él quiere que su libro las ayude a sobrevivir. Mia Cuoto—Beira, Mozambique, 5 de julio de 1955—es uno de los escritores más importantes y prolíferos de Mozambique que escribe en portugués. La traducción de Rosa Martínez Alfaro, en ePub, es impecable y profundamente poética.

            Cuidado. Escribir es una vanidad peligrosa. Asusta a los demás.

Era lo que yo aspiraba: a que una inundación se llevara a este mundo por delante. Este mundo que obligaba a Hanifa a tener hijas, pero que no la dejaba ser madre; que la obligaba a tener marido pero no le permitía conocer el amor.

(Es terrible leer hoy el párrafo anterior. Hace pocos días el ciclón Idai causó vientos fuertes y graves inundaciones en Madagascar, Malaui, Zimbabue y Mozambique. Se produjeron daños catastróficos, especialmente en la ciudad mozambiqueña de Beira. El Presidente de Mozambique declaró que más de mil personas podrían estar muertas a causa del ciclón, desatando así una de las peores crisis humanitarias en la historia de ese país).

La prosa de la novela, que roza límites entre lo verosímil y lo encantado, transita como sobre terciopelo relatando tradiciones ancestrales, mitos y leyendas africanas plagadas de animales fantásticos y antropomórficos. La historia transcurre en un país devastado por quince años de guerra civil—Dios nos ampare—con un atraso cultural endémico y diferencias abismales entre la ciudad, impulsándose para entrar en el modernismo, y la aldea gobernada por el miedo, en frontera permeable con la muerte. En sus dialectos no existe la palabra futuro; la tierra está sembrada con dos millones de minas terrestres, y allí la imaginación y el pensamiento mágico son imprescindibles para la sobrevivencia.

            De la guerra todos volvimos muertos.

            En la guerra se mata a los pobres, en la paz se mueren.

Si ponemos una lápida sobre los muertos no es por respeto, es por miedo. Nos da miedo que regresen. El miedo, con el tiempo, crece más que la nostalgia.

Los leones, cebados con los muertos abandonados de la guerra, son los protagonistas perennes pero invisibles, siempre al acecho, poderosos, crueles y mortíferos; pero la muerte tiene significados diferentes según las circunstancias.

Donde el escritor ve árboles, yo veo refugios hechos de sombras. En una de esas sombras deben reposar los leones, devoradores de personas y de sueños.

Los personajes principales son: una mujer enamorada, envilecida por el padre y su cultura, maltratada por la pobreza y el machismo, que recurre a todo por escapar de la realidad que la atormenta; hasta sueña con transformarse en leona. Y “el último cazador”, que ya una vez la salvó, robándole la inocencia y el corazón para siempre, que no obstante le dio esperanza. Es un hombre que sólo recuerda de ella unos ojos amarillos y está marcado por la muerte, heredero de un oficio que lo enorgullece pero lo atormenta, y vuelve de la ciudad con su soledad a cuestas.

La caza sucede de espaldas a la razón: es una pasión, un vértigo alucinado.

 Si tú no matas, tú serás el próximo. Una bala mata en dos direcciones: al que mata y al que dispara… Aquellos a quienes matamos, por más ajenos que sean, se convierten en nuestros parientes para siempre. Nunca más se van, están más presentes que los vivos.

El feroz medio ambiente de África está presente también como protagonista constante; afecta la trama y marca, con sus maneras extremas, la vida de la aldea atacada por leonas que comían sólo mujeres.

Conozco ese silencio y el modo en que, los días de calor, se adentran en nosotros. Las simples ganas de hablar comienzan a pesarnos. Después, ya no nos acordamos de lo que queríamos decir. Enseguida hasta la misma respiración es un derroche de energía.

La mujer de Mozambique está hermanada con todas las mujeres del mundo. Muchas son invisibles, no existen pero son necesarias, sin ellas no avanzaría la cotidianidad. Algunas tratan de comenzar a luchar por la igualdad, otras no conciben que eso pueda ser posible. Se encuentran presas en su realidad.

Es un grito de auxilio por las mujeres La confesión de la leona y fue escuchado en el Hormiguero. Obtuvo 8 puntos en la evaluación y, estoy segura, un puesto para siempre en nuestro recuerdo. Y aunque es un libro doloroso en su relato, la profundidad, la música poética de su breve texto y su final esperanzador, nos dejó el buen sabor de la literatura.

En marzo nos adentraremos en lo más privado de una familia mormona, con el testimonio de Tara Westover en el libro autobiográfico Una educación.

NS