Tomado de La Capital, Argentina

Genio de la narrativa latinoamericana

 

No hay nada que yo haya escrito que no hubiera escrito antes Jorge Luis Borges

Julio Cortázar – citado en Para leer a Borges (16 de enero de 2013)

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Entre 1950 y 1956, el argentino transitaba sus primeros años de París. A través de diferentes cartas, describió el proceso de escritura del texto que sería pieza clave del boom latinoamericano

Jueves 18 de Febrero de 2021

 

Hace casi sesenta años, una novela anti-novela revolucionaba el mundo editorial al cuestionar todo, desde el lenguaje hasta las leyes de género y la manera de producir literatura. Rayuela, de Julio Cortázar, fue pieza fundamental del “boom latinoamericano”, ese fenómeno literario relacionado con autores como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes.

Hay teóricos que señalan que el llamado “boom” se inició justamente en 1963, con esta obra de Cortázar que fue traducida, entre otros idiomas, al inglés, italiano, sueco, polaco, portugués, francés, alemán, holandés, rumano y noruego.

Cierto es que Rayuela marcó un hito por la originalidad de su formato y por la riqueza de estilo que en algunos pasajes se vuelve surrealista, algo que en el momento de su escritura era vanguardia en obras literarias

Julio Cortázar era flaco y alto, medía cerca de dos metros. Y tenía cara de niño. Carlos Fuentes contó alguna vez en Madrid en un ciclo de la cátedra Cortázar, de la Universidad mexicana de Guadalajara que cuando ambos eran muy jóvenes fue a visitar por primera vez a Julio, y le preguntó al muchacho que salió a abrirle: «Muchacho, ¿está tu padre?».

Cuando escribió Rayuela, entre 1950 y 1956, transitaba sus primeros años de París, donde él mismo ha contado que fue pobre pero feliz. Era el autor asombrado de cartas que explican cómo se gestó esa novela.

“Terminé una larga novela que se llama Los Premios, y que espero leerán ustedes un día – le escribió Julio Cortázar en una carta a su amigo, el escritor y lingüista Jean Bernabé, a mediados de diciembre de 1958-, quiero escribir otra, más ambiciosa, que será, me temo, bastante ilegible; quiero decir que no será lo que suele entenderse por una novela, sino una especie de resumen de muchos deseos, de muchas nociones, de muchas esperanzas y también, por qué no, de muchos fracasos”.

“La verdad, la triste o hermosa verdad es que cada vez me gustan menos las novelas, el arte novelesco, tal como se lo practica en estos tiempos. Lo que estoy escribiendo ahora será (si lo termino alguna vez) algo así como una antinovela, la tentativa de romper los moldes en que se petrifica ese género”; explicaba al mismo Bernabé, en otra carta, seis meses después.

Eduardo Jonquières, pintor, era gran amigo de Cortázar y se quedó en Buenos Aires cuando Julio se fue a vivir a París. Esas cartas son «la crónica casi semanal de la instalación de Cortázar en Europa»; ahí están «el humor, esa felicidad de la prosa, esa capacidad de observación y esa cultura que define al mejor Cortázar». Escribe a los Jonquières «sobre su penuria económica», pero esa no era una obsesión, ni una interrupción de la búsqueda de una belleza (música, pintura) que lo emborrachó.

Carles Álvarez Garriga, amigo del escritor, dice que a Cortázar «sólo le hacía falta lo imprescindible para vivir: una mesa, una silla donde leer, y sobre todo tiempo para pasear, ir a museos, escuchar música…». Y así sería siempre. Aurora Bernárdez, primera mujer de Cortázar, le contó en la Casa de América a Julio Ortega (y al público) que era un solitario que se quedaba en casa mientras ella callejeaba por París; e incluso cuando él mismo hacía esas excursiones, al volver Julio le decía: «Contame algunas cositas…». De esas «cositas» se fue haciendo Rayuela.

A sus amigos de Buenos Aires, los Jonquières, les decía lo que iba pasando, pero Aurora tuvo que leer la novela (y fue la primera en leerla) para saber qué había pasado en esos cinco años por la cabeza de muchacho Cortázar.

Ya en agosto de 1960, en una nota dirigida al editor Paco Porrúa, Cortázar le aclaraba: “Ignoro cómo y cuándo lo terminaré, hay cerca de cuatrocientas páginas que abarcan pedazos del fin, del principio y del medio del libro, pero quizás desaparezcan frente a la presión de otras cuatrocientas o seiscientas que tendré que escribir entre este año y el que viene. El resultado será una especie de almanaque, no encuentro mejor palabra (a menos que “baúl de turco”). Una narración hecha desde múltiples ángulos, con un lenguaje a veces tan brutal que a mí mismo me rechaza la relectura y dudo que me atreva a mostrarlo a alguien; y otras veces tan puro, tan poco literario.. Qué sé yo lo que va a salir”.

Pero poco más de un año después, con “Rayuela” finalizada, el tono de Cortázar era otro: “Casi he terminado. Como una especie de libro infinito (en el sentido de que uno puede seguir y seguir añadiendo partes nuevas hasta morir) pienso que es mejor separarme brutalmente de él. Lo leeré una vez y enviaré el condenado artefacto al editor. Si te interesa saber qué pienso de este libro, te diré con mi habitual modestia que será una bomba atómica en el escenario de la literatura latinoamericana”; aseguró en una carta al poeta norteamericano Paul Blackburn; fechada el 15 de mayo de 1962.

“¿Querés una anécdota?” –le preguntó Cortázar a Manuel Antin, en una nota que le escribió en agosto del 64, cuando ya el “Boom” era una realidad en todo el continente– “Rayuela no se iba a llamar así. Se iba a llamar “Mandala”. Hasta casi terminado el libro, para mí se seguía llamando así. De golpe comprendí que no hay derecho a exigirle a los lectores que conozcan el esoterismo búdico o tibetano. Y a la vez me di cuenta de que “Rayuela”, título modesto y que cualquiera entiende en Argentina, era lo mismo; porque una rayuela es un mandala desacralizado. No me arrepiento del cambio”.¶

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