Herejía con apostillas

 

hereje. (Del prov. eretge). 1. com. Persona que niega alguno de los dogmas establecidos por una religión. 2. com. Persona que disiente o se aparta de la línea oficial de opinión seguida por una institución, una organización, una academia, etc. 3. adj. Desvergonzado, descarado, procaz. 4. adj. coloq. Ven. Dicho de algo grande, abundante o intenso: Que resulta desagradable, perjudicial o pernicioso. Tengo el hambre hereje. Tenía el miedo hereje. estar ~. 1. loc. verb. coloq. Cuba. Dicho de una persona: Ser o estar fea o poco atractiva. 2. loc. verb. coloq. Cuba. Dicho de una cosa: Ser de mala calidad. 3. loc. verb. coloq. Cuba. Dicho de una situación: Estar muy difícil, especialmente en el aspecto político o económico.

Diccionario de la Lengua Española

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Cuando era una niña, pasábamos siempre la Semana Santa en la playa. Un año, a pesar de que no quería, me obligaron a ir a la procesión que desfilaba por las calles ardientes de sol de Naiguatá. La avenida principal, saturada de nubes de incienso que no lograban disimular el olor a cerveza rancia, estaba invadida por viejitas vestidas de negro y mantilla, que murmuraban oraciones y contrastaban con los borrachos de siempre que, parados frente a los bares en traje de baño, veían pasar la peregrinación y decían vulgaridades. Para mis ojos infantiles fue aterrador ver aquel grupo de hombres semidesnudos que se flagelaban hasta sangrar y plañideras que gritaban, jalándose los cabellos detrás de una cruz. Ya de vuelta, di mi opinión y dije que aquellas escenas eran repugnantes y que no quería volver a verlas. Quedé sorprendida de que me respondieran airadamente que yo era una hereje.

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En la novela Herejes de Leonardo Padura (La Habana, 1955), un solo narrador que todo lo sabe pero que lo cuenta cuando quiere, enseña convincentemente que no todos los herejes son malos. El autor entremezcla con maestría diferentes épocas y personajes, conectados por un cuadro de Rembrandt desaparecido en esta magnífica novela histórica y policíaca. Los protagonistas nos muestran sus más hondos sentimientos, y la lucha eterna del ser humano con su conciencia. Cuando no los agobia la culpa (“…huía de lo que había pretendido hacer, ni siquiera de lo que había hecho”, pág. 156), es la obsesión con la libertad y el ansia de independencia lo que los apremia (”…la libertad es el mayor bien del hombre, y no practicarla, cuando resulta posible practicarla, es algo que Dios no nos puede pedir. Renunciar a la libertad sí constituye un terrible pecado, casi una ofensa a Dios. Pero ya tú debes saber que todo tiene su precio. Y el de la libertad suele ser muy alto”, pág. 235). Pero lo que más les cuesta contrariar, por más indispensable que sea, es la responsabilidad con el grupo al que pertenecen y el castigo social que acarrea (“una jerem de por vida que implicaba la incomunicación con todos los miembros de la comunidad, una verdadera muerte civil…, pág. 239). Los personajes de Padura, como todos nosotros, viven el constante dilema de ser ellos mismos y alcanzar la inmortalidad de su alma. Ellos terminan comprendiendo que es su vida y “no vivirla es morir en vida, anticipar la muerte”. Padura señala la soledad de cada uno y su alma ante Dios.

También nos hace pensar en la moderna teoría del caos, que revoluciona conceptos y concluye que hasta el vuelo de una mariposa puede cambiar el futuro (“Y dijese lo que dijese un hereje …los actos humanos, de un modo u otro, tenían una significación cósmica, pues se integraban, en el universo de lo creado, daban forma a la Historia, y cargaban el peso de servir para anticipar o retardar la salvadora llegada del Mesías, tanto tiempo aguardada por el pueblo de Israel… ¿Por qué asociaban su propia libertad de decidir los rumbos de su vida individual y sus preferencias personales con el destino colectivo de toda una raza, de una nación?” pág. 259) para terminar convencidos de que la libertad personal es irrenunciable. Una persona individual es responsable por todo el futuro de la humanidad, y para serlo plenamente necesita la libertad: “—…Y hablaba mucho sobre lo que uno puede hacer con lo único que le pertenece de verdad, la mente. Porque hasta el cuerpo, decía, podía pertenecerle a ellos: podían golpearlo, meterlo preso. Pero no podían con lo que uno pensaba, si uno estaba seguro de lo que quería pensar. Por eso teníamos que ser nosotros mismos, ser distintos y no dejarnos gobernar por nadie, por ningún cabrón, ni aquí, ni allá. Y nunca, nunca, oír a los hijos de puta que te hablan de la libertad, porque lo que quieren es quedarse con ella y joderte”. (Pág. 436).

Muchas de las ideas expuestas en la novela enaltecen la voluntad, la vocación y la ambición personal, y defienden a ultranza el libre albedrío (“…su hijo jugaría con ventaja en el desafío de la vida, pues podría estudiar y apropiarse de la riqueza de los conocimientos, que son intransferibles y constituyen riqueza patente… Y, con la posesión de aquella ventaja podría escoger. Él le garantizaría la suprema libertad de elección, y para ello lo preparaba…”, pág.162).

En el libro de Padura, la historia principal, la del cuadro perdido y hallado, es el lienzo donde se pinta el verdadero hilo narrativo, el humano. La representación que hace de esas nuevas tribus de jóvenes, descreídos pero ansiosos de creer en algo distinto, es aterradora y nos enfrenta a una realidad que muchos desconocemos y otros no quieren ver en el entorno. “…Judy y sus amigos resultaban la punta visible y más llamativa del iceberg de una generación de herejes con causa. Aquellos jóvenes habían nacido justo en los días más arduos de la crisis… Esos muchachos habían nacido y crecido sin nada, en un país que empezaba a alejarse de sí mismo para convertirse en otro en el cual las viejas consignas sonaban cada día más huecas y desasidas, mientras la vida cotidiana se vaciaba de promesas y se llenaba de nuevas exigencias: tener dólares (con independencia de las vías de obtención), buscarse la vida por medios propios, no pretender participar de la cosa pública, mirar como se observa un caramelo el mundo que estaba más allá de las bardas insulares y aspirar saltar hacia él”. Pág. 442).

Sentí un dolor inmenso al ver reflejada en el texto la realidad a la que mi propio país ha llegado y vi reflejada en sus líneas una situación que me abofetea cada día: “…esos jóvenes están expresando un sentimiento generacional bastante extendido. Son el resultado de una pérdida de valores y categorías, del agotamiento de paradigmas creíbles y de expectativas de futuro que recorre a toda la sociedad, o a casi toda… El margen entre el discurso político y la realidad se ha abierto demasiado, cada uno anda por su lado, sin mirarse, aunque debería ser el discurso quien observara la realidad y se auto definiera… la cosa es que esos muchachos no creen en nada porque no encuentran nada en que creer. El cuento de trabajar por ese futuro mejor que nunca ha llegado, a ellos no les da ni frío ni calor, porque para ellos ya no es ni un cuento… es mentira… Y entonces ellos ni siquiera sacan cuentas: unos se van para donde puedan, otros quieren hacerlo, otros viven del invento…” (pág. 431). No pude más que sentirme identificada con Mario Conde, su personaje central: “…¿Qué lo preocupaba entonces? ¿Que el país se desintegraba a ojos vista y se aceleraba su conversión en otro país…? A ese respecto él no podía hacer nada; peor aún, no le permitían hacer nada. ¿Le preocupaba que él y todos sus amigos se estuvieran poniendo viejos y siguieran sin nada en las manos, como siempre habían estado, o con menos de lo que antes habían estado, pues se les habían perdido incluso las ilusiones, la fe, muchas de las esperanzas prometidas por años y, por descontado, la juventud? En verdad ya estaban acostumbrados a esa circunstancia, capaz de marcarlos como una generación más escondida que perdida, más silenciada que muda…” (pág. 440).

Me apasionó esta historia sobre judíos y sus creencias, pues desconozco casi todo sobre ellos a pesar de que tenemos el mismo Dios. Me gustaría saber, por ejemplo, la historia de las diez tribus perdidas que el autor nombra más de una vez, y quedé asombrada con la manía de los hebreos por las profecías catastróficas, e inquieta con la sospecha de que pudieran autocumplirse. Tanto en la novela como en la realidad, ese Dios todopoderoso compartido, interpretado diversamente por los hombres, puede conducir a la guerra, al odio de quien piense diferente, a la anulación en los mismos hermanos de sus anhelos más secretos y exigentes. Cuando la violencia religiosa que se vive actualmente en el mundo golpea la conciencia, llegamos a comprender que es el momento “…para que los hombres por fin aprendamos cómo la fe en un Dios, en un príncipe, en un país, la obediencia a mandatos supuestamente creados para nuestro bien, pueden convertirse en una cárcel para la sustancia que nos distingue: nuestra voluntad y nuestra inteligencia de seres humanos”. (Pág. 330). Y yo, tal como el personaje de Padura “…he estado pensando en cuántas cosas debemos cambiar…para alcanzar una vida más feliz en nuestro tránsito por la tierra …los hombres no podemos vivir condenándonos unos a otros solo porque unos piensen de una manera y otros de una forma diferente. Hay mandamientos inviolables relacionados con el bien y el mal, pero también hay mucho espacio en la vida que debería ser solo cuestión del individuo. Y valdría la pena que el hombre lo manejara con libertad, según su albedrío, como lo que es: una cuestión entre él y Dios”. (Pág. 506). NS