En la tarde del diez de marzo del año dieciséis, la primera de lluvia en mucho tiempo, Rafael Tomás Caldera contó que al salir de una misa se le acercó una señora y le dijo: “Yo soy una Hormiga”. Esto le divirtió mucho, a pesar de que ya sabía del grupo de lectura con el que compartiría El Principito.

La hormiga Elsa le pidió que recomendara unos libros al grupo y amablemente él nos trajo una lista que incluía: El despertar de la señorita Prim (Natalia Sanmartín), La librería encantada y La librería ambulante (Cristopher Morley), Vinieron como golondrinas, La hoja plegada y Adiós, hasta mañana (William Maxwell), Una temporada para silbar (Ivan Doig), La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey (Mary Ann Schaffer) y, finalmente, 84 Charing Cross Road (Helen Hanff).

Su presencia en el Hormiguero fue un honor. Teníamos la suerte de conocer su estudio Existencia Abierta, sobre la famosa obra de Antoine de Saint-Exupéry.

Existencia abierta no es un libro sobre un libro que fue dedicado a un amigo cuando era niño, sino lo que ese libro hizo brotar del lector-autor, las fibras que tocó y lo que le hizo reflexionar. Contó una vez que un estudiante le preguntó si Rómulo Gallegos había escrito una de sus novelas con la intención de decir todo lo que él encontraba en ella, lo que no parece creíble, pero lo que el autor sí logró fue mover sus líneas de pensamiento y tocar esas partes de su alma.

Aun cuando parezca un libro para niños, con hermosos dibujos de proporciones infantiles, tiene poca aventura. Lo que sí tiene es mucha profundidad, tanta que obtuvo entre nueve y diez de calificación de las Hormigas—todas adultas a pesar de llamarnos “niñitas” entre nosotras—y para haber inspirado un estudio tan admirable, profundo y conmovedor en el adulto y serio Rafael Tomás.

Él lo percibe como un itinerario de madurez: de imágenes visuales, literarias y poéticas de gran belleza que relatan experiencias profundas, reales, humanas, vividas en la soledad de cada ser humano.

Es la soledad el punto de partida de la historia. La del Aviador entre la gente, artista frustrado que a causa de un accidente, de algo no planificado que puede hasta implicar la muerte, se encuentra solo en el desierto; la del niño en su diminuto asteroide, solo como Adán en el Paraíso, el niño que todos fuimos y muchos olvidamos, el que puede ver más allá de los lugares comunes, el que no ve un sombrero sino la boa ahíta de elefante.

Todo comienza con una vocecita que despierta al Aviador a otro nivel de conciencia; en este caso, un despertar asombroso y conmovedor por lo hermoso del personaje, y por la conmoción que la mera belleza causa en el alma. Es también la hermosura, la de la rosa, la que cambia al Principito, la que trastoca su rutina, cambia su vida y lo impulsa a escapar, a huir para comprender lo que estaba sintiendo, para tratar de entenderse a sí mismo.

En su viaje conoce a seis personajes, cada uno íngrimo en su propio asteroide, cumpliendo con su rol: arquetipos de seres que limitan su propia humanidad y la de los demás. Son egoístas y solitarios, centrados en ellos mismos. Más tarde aprenderá que los más solitarios son los numerosos hombres de la tierra.

El primer drama de la historia se presenta cuando el pequeño personaje se da cuenta de que su rosa, a quien no podía olvidar y consideraba única, era igual a las—¡cinco mil!—rosas del jardín.

Pero para él este encuentro resulta en una sacudida: una toma de conciencia dolorosa que lo lleva a menospreciar lo que tenía, la imagen que se había formado. Desvaloriza con ello su propia realidad, su persona misma. Se desploma, y rompe a llorar.

Por fortuna, aparece el zorro para enseñarle el sentido de la domesticación, la importancia de establecer vínculos con ritos placenteros que se pueda anticipar, disfrutar de antemano: “Lazos invisibles unen las cosas y nos hacen familiar, cercana, propia, su realidad”.

Lazos invisibles que marcan una dirección; imagen que también está presente en Vol de nuit, dedicada al mismo amigo, Léon Werth, sólo que ya adulto.

Todo se polariza. Cada estrella fija una dirección verdadera. Son todas estrellas de los Magos. Sirven todas a su propio dios. Éste designa la dirección de un pozo lejano, duro de alcanzar. Y la extensión que os separa de ese pozo pesa como una muralla. Aquélla designa la dirección de un pozo seco. Y la extensión que os separa del pozo seco no tiene inclinación. Tal otra estrella sirve de guía hacia un oasis desconocido que los nómadas os han cantado, pero que la lejanía os prohíbe. Y la arena que os separa del oasis es una hierba de cuentos de hadas. Tal otra más designa la dirección de una ciudad blanca del Sur, gustosa, parece, como una fruta en la que hincar los dientes. Tal, la del mar.

En fin, polos casi irreales imantan desde muy lejos este desierto: una casa de la infancia que permanece viva en el recuerdo. Un amigo del que no se sabe nada, salvo que existe.

Hoy en día, los vínculos tienen que adaptarse a nuevas tecnologías que cambian a gran velocidad. Sumemos a eso nuestra propia desgracia como venezolanos: tener lejos más de millón y medio de coterráneos, los mejor preparados, en edad productiva, hijos de nuestro corazón con quienes nos es difícil reforzar vínculos, porque para lograrlo hay que mantener ritos. Aunque resulte difícil de aceptar, son los ritos los que fortalecen los vínculos. Si a veces molestan en la niñez y la adolescencia, los ritos se repiten, disfrutan y propician cuando se es adulto.

Para domesticar, el rito es invocado no simplemente como medio de asegurar la comunicación y evitar malentendidos, que el lenguaje favorece. El rito responde a una necesidad del corazón. —Si sé que tú vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, desde las tres ya comenzaré a ser feliz. Mientras más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro, me agitaré y me inquietaré; ¡descubriré el precio de la felicidad! El gozo anticipado, decía Tomás de Aquino, causa el amor. En el proceso de una amistad y del amor es indispensable desear esa presencia que, poco a poco, se va grabando en nuestro corazón.

Claro que hay que diferenciar claramente los lazos invisibles, fuertes y placenteros que te brinda una amistad de los que te unen a tu pareja, con la que se forma una simbiosis distinta a todos los otros vínculos.

Esto marca—a mi entender—la diferencia más importante. Tanto una amistad como el amor esponsal suponen un vínculo: un trato y una relación personal, que ha dado lugar a una nueva unidad, un nosotros. Nosotros, porque se comparte la vida, tantas cosas, no porque desaparezca el yo o el tú. Pero mientras en la amistad esa realidad nueva que forman los amigos no exige mantenerse siempre, el amor esponsal nace para perdurar. Por lo pronto, es y ha de ser único, a una sola persona, puesto que comporta una donación completa. Los amigos tienen proyectos en común; los amantes tienen un solo proyecto: cada uno ha entrado en el proyecto del otro; ambos se piensan en el nosotros. Estamos, pues, en el núcleo de la persona.

Caminar por el desierto con la mano del Principito en la suya es reconfortante, a pesar de la amenaza de muerte que se cierne sobre el Aviador. La compañía domesticada es invalorable en los momentos difíciles—por eso, además de la lectura, es tan valioso el Hormiguero—. Apurados por la sed descubren un pozo, pero no era uno común—“se parecía a un pozo de pueblo”—cuya polea “gimió como las viejas veletas cuando el viento se ha dormido durante mucho tiempo” y el Aviador dio de beber al niño un agua que “…era más que un alimento. Había brotado de la marcha bajo las estrellas; del canto de la polea, del esfuerzo de mis brazos”.

Porque lo esencial es invisible. Es el tiempo gastado con su amigo—el zorro, el Aviador—lo que hace a su amigo tan importante para él. Y el agua se hace así buena para el corazón. “Una sonrisa—leemos en la Lettre à un otage—es a menudo lo esencial”. “El placer verdadero es el placer del convidado (…) El agua no tiene el poder de encantar, si no es ante todo un regalo de la buena voluntad de los hombres”.

Y llega el momento de la despedida; los dos lo saben y a pesar del dolor que sienten lo aceptan. “Yo no me pude mover. Sólo un relámpago amarillo centelleó cerca de su tobillo. Por breves instantes quedó inmóvil. No gritó, cayó como cae un árbol: suavemente; ni siquiera hizo el más leve ruido, a causa de la arena”. Se dice que éste es el recuerdo del momento en que el hermano menor de Saint-Exupéry murió en sus brazos.

La serpiente, que es la muerte, es también aquella que resuelve todos los enigmas y terminará por aclarar el de la trascendencia.

El Principito, piedra de toque para el Aviador y para nosotras, nos lleva en un viaje por la soledad y los sentimientos. Nos da en cada relectura cosas nuevas que aprender y brillantes estrellas a qué aferrarnos.

Pero se nos había olvidado hablar de los baobabs,  esos que crecen rápidamente si somos perezosas.

Si el trabajo no se lleva a cabo, o no se hace a tiempo, las consecuencias son graves e irreversibles. Las raíces lo penetran todo, los árboles cubren el planeta, que no estaba destinado a ello por su tamaño. Pueden incluso hacerlo estallar, cuando los árboles son muchos y el planeta muy pequeño. De hecho, el Principito conoció a un perezoso, que descuidó su tarea…

Hay que ejercer el control, aunque en la vida real sea verdad que no podemos dominarlo todo. Pero hay que ser constantes y arrancarlos: “…niños, cuidado con los baobabs.”

Rafael Tomás habló de otros libros de Antoine de Saint-Exupéry: Tierra de Hombres y también de Vuelo de Noche, que narra la historia de un aviador que cayó en los Andes y hace un esfuerzo sobrehumano para llegar a algún sitio poblado donde su cadáver pudiera ser encontrado, y así su esposa pudiese cobrar el seguro de vida, que no pagarían si no apareciera su cuerpo. Era un escritor profundo, que dedicaba largas horas de vuelo a escribir, acompañado por las estrellas que lo guiaban.

Como es inevitable, terminamos hablando de “nuestra crisis”, pero en un tono esperanzador que confirmaba que se han puesto en movimiento nuevas fuerzas, con buenos propósitos y juventud y que, como en otras partes, sacarán adelante nuestro país. Así como de las grandes crisis han germinado grandes pintores, inventores, músicos y poetas, así nuestra patria parirá sus estrellas.

Por lo pronto, los personajes que sustentan la narración—el Principito, el Aviador—aparecen, cada uno por su cuenta, como de viaje. Y es que el libro nos hará ver el posible itinerario de madurez en cada vida como una trayectoria de sí mismo a sí mismo, en la cual vamos de una confusa, no entendida, situación inicial, para alcanzar a través de las crisis y de un encuentro crucial, una plenitud de significado y de relación.

Debo decir, sin embargo, algo que me molestó del hermosísimo libro: el enfoque que se le da a lo femenino, representado por la Rosa y la serpiente, si no contamos las cinco mil rosas del jardín. Cuando el niño preguntó para qué servían las espinas, el Aviador contesta: “Las espinas no sirven para nada, es la maldad de las flores lo que las hace brotar”. Y él, resentido, dijo: “No te creo: Las flores son débiles, inocentes, se defienden como pueden y las espinas hacen que se sientan terribles…” En ambas respuestas y en el resto del libro lo femenino es hermoso y nada más, en eso consiste su valor.  De resto son coquetas: “…más la flor no acababa de definir su forma ni adquirir su ulterior belleza. Escogía con cuidado sus colores, se abría perezosamente e iba sumando uno a uno sus pétalos; no quería aparecer ajada como las amapolas. Deseaba mostrarse en la plenitud de su belleza. ¡Claro, era muy coqueta! Su misterioso arreglo le había tomado varios días”. También vanidosa: “El principito pudo advertir que la modestia no era su fuerte (…) y así fue como empezó a torturarlo con su vanidad un poco quejumbrosa”. Ese capítulo finaliza así: “¡En aquel entonces no supe comprender nada! Debía haberla juzgado por sus actos y no por sus palabras. Ella me proporcionaba alegría y aroma. Jamás debí haber huido. Debí adivinar su ternura, tras sus inocentes mañas. Las flores son tan contradictorias! Pero yo era demasiado joven para saber amarla”. Sobre la serpiente, la muerte, femenina, no hay más que decir. La relación de Antoine de Saint-Exupéry con su esposa, la millonaria salvadoreña Consuelo Suncín, era terrible. Quizás eso explicaría lo que llegué a juzgar como machismo.

Gracias a María Teresa, a María Adela y, especialmente, a Rafael Tomás, tuvimos una maravillosa tarde de Hormiguero, llena de literatura y filosofía, rematada con una merienda de ensueño: los panes vinieron de Estados Unidos y las gomitas de Turquía, pero las manos cariñosas que la prepararon eran venezolanas; añadieron el ingrediente secreto, el amor y la ilusión con que la hicieron. NS

Desde el siguiente enlace puede descargarse, como archivo de formato .pdf, un hermoso ensayo de Rafael Tomás Caldera sobre El Principito: Existencia abierta