La novela de Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos (Seix Barral, 2005), me removió sentimientos. La trama gravita sobre un narrador que ama con locura a su padre—que fue médico como el mío—, tenía una familia de puras mujeres y una madre llamada Cecilia—igual que yo—, y crece en los años sesenta en una ciudad de Latinoamérica, posada en un valle rodeado de montañas y llena de pobreza—como la mía. La diferencia está en que no soy hombre ni comparto su desesperanza.

Sentí muchas veces que pudiesen haber sido mis palabras las que escoge Héctor Abad para describir el amor de su padre por él; las comparto totalmente. Ese mismo sentimiento extremo refleja lo que yo siento por mis hijos.

Mi papá siempre pensó, y yo le creo y lo imito, que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo. En un cuaderno de apuntes (…) escribió lo siguiente: «Si quieres que tu hijo sea bueno, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad».

En toda la novela queda explícito lo que yo misma sentí en mi niñez: “…el amor gratuito de un padre por su hijo, ese amor inmerecido que es el que nos ayuda, cuando hemos tenido la suerte de recibirlo, a soportar las peores cosas de la vida, y la vida misma”.

A pesar de su admiración y cercanía, el narrador reconoce y critica los errores de su padre:

Tal vez el hecho de haber sido el único hijo varón, y el quinto de la casa haya provocado la predilección de mi papá, o quizá sea más bien al revés, mi predilección por él lo llevó a preferirme, porque los padres no quieren igual a todos los hijos, aunque lo disimulen, sino que en general quieren más, precisamente, a los hijos que más los quieren a ellos, es decir, en el fondo, a quienes más los necesitan. Además (nunca voy a decir que él era perfecto), en su predilección por mí, sobre todo en el hecho de que me dedicara mucho más tiempo de conversación seria y de enseñanza a mí, cometía un acto de injusticia y de profundo machismo con algunas de mis hermanas.

Ha sido doloroso leer su libro en estos días, cuando la sombra del enfrentamiento entre hermanos oscurece nuestro destino como venezolanos. Hoy repaso frases escuchadas durante mi adolescencia y juventud, que comparaban favorablemente a los venezolanos con los colombianos, mucho más violentos, en guerra fratricida por más de cincuenta años. Pero también oír decir que debíamos mirarnos en ese espejo, y nunca permitir que nos sucediera lo mismo.

Las ciudades y los campos de Colombia se cubrían cada vez más con la sangre de la peor de las enfermedades padecidas por el hombre: la violencia… el conflicto armado entre distintos grupos políticos, la delincuencia desquiciada, las explosiones terroristas, los ajustes de cuenta entre mafiosos y narcotraficantes.

Hoy y aquí, las fuerzas de las armas las tiene el gobierno; con actitud de guapetón de barrio incita, se burla, agrede, intimida y fustiga a la mitad de la población que no está con él, en especial a los dirigentes y estudiantes de oposición. Tal vez quieran, como en la novela, eliminarles, borrarles, “anularles el cerebro”. Tal vez nuestros gobernantes no se han detenido a verse bien en el espejo colombiano, y no saben que una guerra de este tipo no la gana nadie.

«La universidad está en la mira de quienes desean que nadie cuestione nada, que todos pensemos igual; es el blanco de aquellos para quienes el saber y el pensamiento crítico son un peligro social, por lo cual utilizan el arma del terror para que ese interlocutor crítico de la sociedad pierda su equilibrio, caiga en la desesperación de los sometidos por la vía del escarmiento».

Todavía Colombia no ha logrado la paz, por más que lo ha intentado, ni España olvidado sus propias divisiones después de más de setenta años. ¿Cómo es posible desear eso para nuestra propia patria? El dinero desperdiciado en armas durante estos años, la toma del poder civil por los militares—como la del soldado que presidió la Asamblea—, la polarización violenta del pueblo, el odio que se ha adueñado de los venezolanos, son el principio de la desgracia. A pesar de todo siento que aún estamos a tiempo de vernos en el espejo.

La compasión es, en buena medida, una cualidad de la imaginación: consiste en la capacidad de ponerse en el lugar del otro, lo que sentiríamos en caso de estar padeciendo una situación análoga. Siempre me ha parecido que los despiadados carecen de imaginación literaria—esa capacidad que nos dan las grandes novelas de meternos en la piel de otros—, y son incapaces de ver que la vida da muchas vueltas y que el lugar del otro, en un momento dado, lo podríamos estar ocupando nosotros.

El relato de aquellos años en los que Colombia se hundió en el desaliento está lleno de descripciones íntimas, de dolores personales narrados sin edulcorante, sin adjetivos molestos, con una crudeza que me hace respetar aún más al escritor. Así describe sus sentimientos ante el asesinato de su padre, como me siento yo ante el abuso de poder del régimen:

En ese momento no puedo llorar, Siento una tristeza seca, sin lágrimas. Una tristeza completa, pero anonadada, incrédula. Ahora que lo escribo soy capaz de llorar, pero en ese momento me invadía una sensación de estupor. Un asombro casi sereno ante el tamaño de la maldad, una rabia sin rabia, un llanto sin lágrimas, un dolor interior que no parece conmovido sino paralizado, una quieta inquietud. Trato de pensar, trato de entender. Contra los asesinos, me lo he propuesto toda la vida, voy a mantener la calma. Estoy a punto de derrumbarme pero no me voy a dejar derrumbar…

En el Hormiguero, la novela fue catalogada como una de las mejores que hemos leído, con una de las más altas calificaciones: 8,5 puntos. Las hormigas la definieron como: “canto al amor”, “libro para reflexionar”, “escrito con sencillez y amor”, “literatura íntima”, “novela que me marcó”, “poema al amor conyugal”, “gratificante y que deja enseñanza”, “crítica silenciosa a la violencia”.

Su prosa movió sentimientos de ternura con el relato íntimo de una relación entre padre e hijo, llena de tolerancia y afecto. El olvido que seremos cuenta las intimidades de una familia de clase media, que vivió en la ciudad de Medellín en los inicios de la guerra entre milicos, paramilitares y guerrilleros marxistas. Está escrito en un lenguaje coloquial, sencillo y fácil de leer aunque lleno de poesía y colmado de sentimientos. A pesar de que tiene visos costumbristas y relata una historia personal y local, aporta un serio análisis sociológico en la hermosa historia de un hombre que dedicó su vida a la defensa de los derechos humanos, que son universales. La novela describe en detalle la vida de una familia muy particular. La madre, mística, religiosa a ultranza, es sin embargo práctica y enfrenta la vida con realismo solucionando problemas cotidianos con eficiencia. El padre, en cambio, que no es creyente y se burla de las prácticas religiosas, entrega desinteresadamente su vida al servicio social, sacrificándose por los que sufren. Es, además, una historia real, viva, que usa nombres de personajes reales, conocidos por todos gracias a los medios de comunicación que dan parte de la realidad.

Aquí una referencia biográfica del escritor sería redundante; el propio autor nos ofrece detalles de ella en la novela. Baste decir que nació en 1958 y es contemporáneo con las Hormigas. Héctor Abad, hijo del personaje principal, escribe el libro en primera persona como homenaje a su padre, y trata de rescatar la imagen de ese hombre bueno y la de otros muchos caídos, que sin esta novela se hundirían irremediablemente en el olvido. Pero se percibe también una especie de terapia de sanación, de limpieza terapéutica del alma adolorida del escritor por la muerte violenta e injusta del padre. Tuvieron que pasar veinte años para que Abad pudiese escribir el libro que llevaba dentro. Los dolorosos recuerdos íntimos son difíciles de poner en blanco y negro, sin que parezcan teñidos de falsos sentimentalismos y adjetivos gemidores.

El tema de la muerte es repetido. Dos defunciones familiares se narran en la novela. La dolorosa muerte por cáncer de Marta, su hermana, relatada con detalles que llegan a ser desgarradores, es el evento que marca un antes y un después en la novela, en la vida de la familia y del escritor. El asesinato del padre, en cambio, que le afectó mucho más por lo unidos que estaban, lo refiere con cierta frialdad, como visto desde afuera, con una distancia que lo protege. Da una visión periodística del hecho pero, a pesar de ello, se nota que le trastocó la vida. Nunca se resolvió y, claro, sin justicia no hay paz.

Por boca de una de las hormigas, se conoció un evento reciente de la vida privada de Héctor Abad, quien parece no haber alcanzado estabilidad personal, ni confianza en sí mismo. Divorciado tres veces, ha tenido después otras parejas. Una de ellas relató que, cuando el escritor tenía cerca de cincuenta años, entablaron una relación amorosa. Ésta se desarrolló con normalidad; después de cinco años, cuando ya parecía firme y habían decidido vivir juntos y estabilizarse, se derrumbó todo. El escritor, después de tener apartamento instalado, enseres comprados y familia enterada, no pudo con el compromiso y desbarató los planes dejando a su compañera con los crespos hechos. Lo mismo parece haber pasado otras veces, en otras épocas, con otras mujeres. Algunas Hormigas pensaron que esto se debe a que el padre era blandengue y le faltó poner límites a los hijos; consentidor, lleno de amor y alegría, trató por todos los medios de hacerlos felices. Esto no es tan fácil: Es posible que nadie, ni los padres, puedan hacer completamente felices a sus hijos. Lo que si es cierto y seguro es que los pueden hacer muy infelices…

Cecilia Faciolince, la esposa del personaje central, el padre del narrador, fue vista por las lectoras del grupo como una hormiguita más. Una que logra, con su trabajo, darle tranquilidad al marido para que se dedique a su causa idealista. Valiente, inteligente y triunfadora por perseverante, logra montar un negocio que mantiene a la familia mientras el esposo lucha contra molinos de viento. Sus creencias religiosas firmes, diferentes a las de su pareja, no interfieren en la relación marital, signada por el respeto mutuo.

El personaje del padre, asesinado por paracos que enviara el tristemente famoso Carlos Castaño, fue retratado con amoroso detenimiento en las páginas del libro. Era un hombre fuera de serie, bondadoso, inteligente y conseguía un manejo envidiable del tiempo. Agnóstico y librepensador, era marxista en economía y liberal en política. Muchas veces fue tratado con injusticia por sus pares, catalogado como comunista y loco, por defender los derechos de los más pobres. La verdad era que estaba más allá de las ideologías y tal vez por eso lo juzgaron. A pesar del amor desquiciado por sus hijos, les dio enseñanza de vida con métodos de terapia de choque. Los llevaba a recorrer hospitales públicos, barriadas y caseríos míseros donde las condiciones de salubridad eran inexistentes. Así les mostraba cómo el poder se olvida invariablemente de la gente. Por contraste, les enseñaba la utopía posible, el cambio necesario por lo que luchaba. Melómano y lector apasionado, utilizaba la literatura como antídoto casero contra el fundamentalismo católico y la música clásica para aplacar el espíritu. Comprendemos que para el escritor debió ser difícil emular a un padre así.

El poema que inspira la novela es uno inédito y muy hermoso de Jorge Luis Borges, que le dedica a su propio padre. Toda la novela tiene visos de poesía y está llena de frases para recordar. Uno de esos pensamientos fue reiterado por una Hormiga, recordando a su propio padre: “La felicidad es un equilibrio inestable”.

NS