Historias de familia – Cuarentena Covid 19

 

Junio 2020

 

En una oportunidad, le oí a uno de los profesores que tuve en la Escuela de Psicología de la UCAB algo que me quedó grabado: “Quien tiene recuerdos y vivencias bonitas de su infancia tiene el piso, la plataforma necesaria, para enfrentar situaciones conflictivas y difíciles a lo largo de su vida”. Sabia enseñanza, que en estos largos meses de confinamiento he podido recordar y valorar.  Me he aferrado a esas vivencias felices, a historias familiares, y al escribirlas las he atesorado aun más.

Josefina Sucre de Sucre conversa con Salvador Larrazábal Peña

Tuve el privilegio de que mi papá, Eduardo Larrazábal Berrizbeitia, fuera uno de los mejores “cuenta-cuentos” que haya conocido. Pienso que lo heredó de mi abuelo, Salvador Larrazábal P.* Los dos tenían ese don de la palabra y, quizás por eso, ambos fueron en el comienzo de mi vida los que comenzaron a llenar ese “disco duro” de mi memoria.

Mi abuelo Salvador fue el primero que perdí, teniendo trece años. Lo que más recuerdo de él era su sonrisa, su alegría. Nunca, jamás, lo vi vestido de otra forma que no fuera con su flux oscuro, su camisa blanca impecable y su corbata. Para una niña, esa imagen de sobriedad pudiera provocar temor, pero su avasallante personalidad lograba todo lo contrario. Vivió muchos años de su vida en Europa, entre Londres y París. En esta última ciudad conoció a mi abuela, Inés Berrizbeitia, quien residía allí, durante una reunión en la Embajada de Venezuela, a la que había acudido con sus hermanas y primas.

Se comprometieron más adelante y, de regreso a Caracas donde se celebraría la boda, trajeron consigo casi todo el mobiliario que conformaría su nuevo hogar. Tengo la dicha de tener, en el comedor de mi casa , el seibó** que siempre vi desde chiquita y que me causaba fascinación cuando oía que era traído de París.

Fue un hombre profundamente católico y comprometido. Junto con su gran amigo, Monseñor Ferreira, Párroco de la iglesia El Recreo, fundó la Acción Católica para dedicarse a innumerables apoyos sociales. Muchas veces, por ser su nieta mayor, me llevaba con él a las reuniones. Nunca me fastidié porque me encantaba oírlos hablando de Dios y de cómo podían trabajar para ayudar a los demás. Estoy segura de que esos recuerdos me llevaron de la mano para que siempre me haya inclinado al voluntariado de todo tipo, y hoy en día tenga más de veinte años dedicándome a la catequesis, algo que me apasiona.

Don Salvador no sólo fue un hombre alegre y divertido, sino valiente y lleno de coraje. Aquí es donde intervienen las historias que fui oyendo de él, narradas en primera persona por mi cuenta-cuentos favorito.

Siendo la mayor de seis hermanos, los primeros años de mi vida transcurrieron de forma idílica en una hacienda de caña donde mi papá, recién graduado de ingeniero agrónomo, comenzó a ejercer su profesión. El Avispero, propiedad de la familia Blohm, era una inmensa finca aragüeña cerca de Tocorón. Los primeros tres hijos tuvimos el privilegio de que mi papá pudiera dedicarnos un tiempo invalorable. Nos enseñó a montar bicicleta sin rueditas de apoyo, nos transmitió su amor por la naturaleza y nos contaba cuentos maravillosos, reales unos, inventados otros. Los cuentos reales siempre tenían que ver con lo valiente que era mi abuelo.

Mi papá era el menor de cinco hijos, y fue siempre su fiel compañero de aventuras. Entre las historias que más me apasionaba oír estaba la de un episodio que les sucedió teniendo él aproximadamente seis años.

Iban juntos, todos los sábados, en una mula que mi abuelo había comprado para poder subir a la hacienda de Maca ( hoy en día Petare) propiedad de la familia, en cuya casa vivía una tía que había quedado ciega y ocupaba todo su tiempo tocando maravillosamente el piano a pesar de su condición. La visitaban, le hacían compañía y le llevaban dulces. En el trayecto de subida, eran conocidos y queridos por todos los campesinos de la zona a quienes Don Salvador siempre ayudaba, y los recibían con gran cariño. En una oportunidad, a ambos les pareció que los estaban saludando más afectuosamente que de costumbre, y gritaban: “Don Salvadooooor”, una y otra vez a lo largo del recorrido. Uno de ellos, le gritó al fin: “¡Cuidado con Eduardito! ¡La mula lleva una culebra guindada del raboooo!» El ofidio había saltado del monte intentando atacarlos, y se quedó engarzada. Mi abuelo no subía nunca sin su revólver, no creo que por seguridad sino, me imagino, para solventar situaciones serias como ésta. El asunto era cómo matarla sin asustar a mi papá y sin que la mula se diera a la fuga del pavor. Se volteó en un segundo y le dio a la culebra un disparo certero en la cabeza controlando la situación, lo que provocó una gran ovación de todos los campesinos que estaban alarmados presenciando el suceso. Con los aplausos, lograron que mi papá no se asustara y no se diera cuenta de lo que les hubiera podido pasar.

Alucinábamos cada vez que oíamos la historia.

A medida que fui creciendo, me fui dando cuenta de que era una “estrategia pedagógica” de Eduardito para que le tuviéramos el máximo respeto a estos animales, ya que vivíamos nada menos que en el foco: una hacienda de caña, que bien podría haberse llamado El Culebrero en lugar de El Avispero. Oíamos toda clase de cuentos de las personas que trabajaban, los que fuimos aprendiendo, creyendo al principio que se trataba de leyendas, como, por ejemplo, que las culebras persiguen a las mujeres que están amamantando o acaban de ser madres. Creíamos que eran historias fantasiosas al extremo ¡hasta que nos tocó vivirlo en primer plano!

Habíamos regresado de Caracas, después del nacimiento de Carlos Alfredo, el cuarto de mis hermanos. Era plena época de zafra y recogida de la caña, el momento más crítico para la estampida de todo tipo de animales, especialmente de las culebras. Las puertas de la casa estaban forradas de tela metálica por protección y jugábamos en el jardín muy supervisados pero, aun así, una grande mapanare aprovechó el descuido de alguien que dejó la puerta entreabierta. Mi hermano Eduardo Elías entró a la casa por casualidad, justo en el momento en que mi mamá caminaba por el pasillo con Carlos en los brazos, seguidos de cerca por la cautelosa víbora. El «gordo”, que al parecer había heredado la valentía de nuestro abuelo, le dijo muy tranquilo a mi mamá que se encerrara en el baño y corrió a buscar la ayuda de los peones de la hacienda; tenía seis años. Nos mandó a mi hermano Gustavo de cuatro años y a mí de seis, a subirnos al tope del tobogán del jardín. No sabíamos por qué, pero le obedecimos al instante cuando le vimos la cara de “situación de emergencia”. Lograron atraparla enroscada en uno de los cuartos, me imagino que aterrada por los gritos de mi mamá. En esta ocasión, la ovación fue para mi hermano por su coraje . Desde ese día, estuvimos mucho más alertas y claros de que la cosa no era ninguna broma.

Mi papá nos contaba cuentos de héroes, lo que supongo era otra de sus estrategias para que disfrutáramos de la vida en una hacienda y no creciéramos como niños temerosos. (No sé si conmigo tuvo mucho éxito). Mi cuento preferido era El elicefante verde que, por supuesto, no era real sino producto de su fértil imaginación.

“En las verdes praderas de África, donde los elefantes inmensos y poderosos viven libres y felices, nació un día un elefantico que no era gris como los demás. Era verde, y nunca logró tener el tamaño del resto de la manada. Para burlarse, lo llamaban elicefante.

A él nunca le preocupó ser distinto a los demás; llevaba su vida tranquilo y no le hacía caso a las risas. Trataban de asustarlo todo el tiempo, con amenazas de que por su tamaño iba a ser el manjar del temido león que merodeaba. Le repetían: “Nosotros tenemos el tamaño para defendernos, pero tú eres chiquito y, además, verde”. Un día, llegó la temida amenaza y el león se les enfrentó con toda su furia. Todos empezaron a huir aterrados menos nuestro elicefante, que dio un paso adelante con gran coraje, y le dijo: “¡Yo soy el defensor de todos mis compañeros! Así que no te atrevas a dar un paso adelante porque habrá consecuencias”. Ante la mirada incrédula de todos, el león se retiró y nunca volvió a molestarlos. El héroe del cuento dejó de ser la burla de todos, para pasar a ganarse el respeto absoluto de toda la manada.

He disfrutado al máximo contándole la historia a mis cuatro nietos, que me hacen repetírsela una y otra vez pero, como estamos en el siglo XXI, me piden que le cambie el color al protagonista en cada oportunidad, para que sea: purple, orange o pink.

Todos estos recuerdos, grabados en mi memoria, me han reafirmado que mi profesor de la universidad tenía razón: hay que atesorar esas vivencias inolvidables, sacarlas afuera, contarlas, escribirlas para poder continuar viviéndolas, para que sean sanadoras y así lograr lo más importante: que trasciendan… aunque tengamos que cambiarle el color a los héroes en los cuentos de nuestro disco duro.

Rosa Elena Larrazábal de Maldonado

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* «Pedro [Larrazábal], que era un hombre bueno, sabía que debía cumplir la promesa hecha a María Teresa de ayudar a casar a sus hermanas. (…) Mantuvo, por aquellos días, correspondencia constante con Caracas para averiguar sobre posibles buenos partidos para casar a las muchachas. Quería que fueran jóvenes conocidos, preferiblemente de la familia. Hizo en las cartas una buena promoción de Alicia y Margot; describió lo bien educadas que estaban y lo buenas que eran con sus pequeños hijos huérfanos. (…) Pronto obtuvo una respuesta positiva de su sobrino Salvador Larrazábal Peña, quien llegó hasta San Juan de Luz, pero no se entusiasmó con ninguna de las casaderas y, después de pasar unos días en el pueblo, regresó a Caracas». (Nacha Sucre: Alicia Eduardo – Una parte de la vida, pág. 110. Fundación Empresas Polar, 2009).

** seibó Del ingl. sideboard. 1. m. R. Dom. y Ven. aparador. (Diccionario de la Lengua Española).

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