No importaba que la historia ya hubiese empezado, porque hacía tiempo que el kathakali había descubierto que el secreto de las grandes historias es que no tienen secretos. Las grandes historias son aquellas que ya se han oído y que se quieren oír otra vez. Aquellas a las que se puede entrar por cualquier puerta y habitar en ellas cómodamente. No engañan con emociones o finales falsos. No sorprenden con imprevistos. Son tan conocidas como la casa en la que se vive. O el olor de la piel del ser amado. Sabemos cómo acaban y, sin embargo, las escuchamos como si no lo supiéramos. Del mismo modo que, aún sabiendo que un día moriremos, vivimos como si fuéramos inmortales. En las grandes historias sabemos quién vive, quién muere, quién encuentra el amor y quién no. Y, aún así, queremos volver a saberlo. Ahí radica su misterio y su magia.

 

Hay magia en esta historia de El dios de las pequeñas cosas, tanta que la comparan con el realismo mágico del Gabo; pero la misma Arundhati Roy (Shillong, India, 24 de noviembre de 1961) explicó que era sólo la visión infantil de los acontecimientos lo que transformaba la realidad y hacía nacer la ficción. La voz que narra es de una niña, gemela heterocigótica, pero también habla el gemelo y, otras veces, la entidad que forman esos dos seres unidos desde antes de nacer, la unión de lo masculino y lo femenino:

…sin hallar las palabras con las qué explicarle que, para ellos, no había ni uno ni otro. Dos piedras gemelas.

La muerte de la primita Sophie Mol, expuesta desde el principio de la narración, condiciona toda la novela. Con un estilo de escritura casi musical, con ritmo propio y con simbología oriental, nos muestra el trauma de unos gemelos expuestos al desamor, al rigor de la vida y al vacío de la muerte cuando tenían ocho años. Veintitrés años después, la gemela vuelve a casa sólo para reconocer la ruina en que se convirtió, la destrucción de su familia y la permanencia de las perniciosas costumbres, envidias, racismos y odios; pero también a reencontrarse con la otra parte de sí misma.

Treinta y un años. No son viejos ni jóvenes pero tienen ya una edad en que la muerte es un hecho posible.

Es un libro semi-autobiográfico donde se exponen los secretos de una familia disfuncional—como casi todas—y de esas pequeñas cosas que pueden llevar a grandes acontecimientos. Es también un libro de denuncia, con voz de niño, ante las gigantescas injusticias en la India a finales de los años sesenta y principios de los setenta. Muestra lo que le ofrecía el comunismo Naxalita a aquellos hombres de segunda, de castas inferiores, y la indefensión de la mujer ante el yugo masculino y de la propia familia. Hace un retrato del crisol de costumbres, religiones y razas que son la India, en medio de una pobreza enorme que nos repele. Usa descripciones hermosas y detalladas de una naturaleza exuberante, que va comiéndose todo, de sentimientos estremecedores de sensualidad y de muchos tipos de amor; así mismo describe la suciedad, lo escatológico, el dolor y el miedo.

…le ordenó que dejara de temblar, pero no pudo, porque no se le puede dar órdenes al miedo.

La crueldad de la tortura, el dolor del cuerpo y del alma quedan desnudos en la novela, irremediablemente nos hizo pensar en nuestros propios presos y torturados.

Sin duda, no existe ninguna bestia que haya desarrollado la infinita capacidad de inventiva que caracteriza al odio humano. Ninguna bestia puede compararse con el alcance de un odio así.

Es difícil de leer para hormigas occidentales; los saltos de tiempo llegan a confundir, e incluye, tal vez, demasiadas palabras autóctonas—sin glosario—y sus protagonistas una impensable manera de enfrentar la vida. Aunque usa la poesía para hablar de dramas, tal vez es demasiado para el Hormiguero comparar el traslado de la urna con unas hormigas llevando una cucaracha.

Nos enfrenta con el terror estando en la piel de los niños, y es estremecedora la sensación de indefensión ante el comportamiento de los adultos. Desenmascara la falsa creencia de la felicidad infantil. Al querer escapar huyen hacia el pasado, hacia “El corazón de las tinieblas”; es allí donde se sienten seguros, pero es también allí donde todo termina y la violencia se muestra a la inocencia con toda su crueldad. Está claro lo que la autora siente por los ingleses cuando dice:

Una guerra que hemos ganado y perdido a la vez. Una guerra que captura los sueños y los vuelve a soñar. Una guerra que nos ha hecho adorar a nuestros conquistadores y a despreciarnos.

Es una novela intrincada que toca muchos puntos de la psicología humana de tres generaciones y de cómo el olvido es un recurso para subsistir.

Sabía que hay cosas que pueden olvidarse y otras que no, que quedan en los estantes polvorientos, cual pájaros disecados con ojos siniestros que miran de soslayo.

Temas tabú, como las relaciones entre castas y el incesto quedan expuestos despiadadamente en la novela.

Solo que lo que compartieron aquella noche no fue felicidad sino un terrible dolor. Solo que, una vez más, transgredieron las leyes del amor, que establecen, a quién debe quererse. Y cómo y cuándo.

Después de leer El dios de las pequeñas cosas, lo que sí nos quedó claro a todas las Hormigas es:

  1. A cualquiera le puede pasar cualquier cosa.
  2. Las cosas pueden cambiar en un solo día.
  3. Es mejor estar preparado.
  4. Hay cosas que traen su propio castigo.

De las diecisiete hormigas presentes, siete no terminaron el libro y once clasificaron con 6,5 puntos la novela. Y, después de mucho discutir, elegimos El murmullo de las abejas, de Sofía Segovia, como la próxima obra para leer en el Hormiguero.

Traídos especialmente de Chile

María Eugenia nos pudo acompañar en esa tarde con olor a diciembre en la maravillosa terraza de Silvia, con vista de trescientos cincuenta grados sobre Caracas y su cordillera; con el calor humano y entusiasmo por la literatura de nuestro grupo de Hormigas, ahora desperdigadas por el mundo. Unos pequeños alfajores con hormigas estampadas vinieron desde Chile esa tarde a nuestra mesa, trayendo en su dulzura el cariño que representan.

NS