Daniel Mason (1976), biólogo (Harvard 94, top of his class) y médico especialista en enfermedades tropicales, después de un viaje que lo llevó a la frontera entre Tailandia y Myanmar para investigar sobre la malaria, escribió una novela sobre un piano de cola Erard y su incongruente presencia en la selva de Birmania a finales del siglo XIX. Es una crónica distinta, sin drogas ni sexo, pero con sugerentes juegos de seducción, supersticiones y guerra; en las perfectas descripciones del paisaje se siente hasta la humedad y cuenta con el poder de la música como personaje. Mason dice en una entrevista: “…se le puede objetar muchas cosas al imperialismo europeo, pero la belleza de la música de los maestros occidentales es universal”.

El afinador de pianos (2002, Editorial Salamandra), que así se llama el libro que discutimos en nuestra reunión mensual del club de lectura de Las Hormigas el martes 25 de octubre del 2016, fue admirado y bien calificado (7 puntos) por la mayoría del hormiguero, aunque a algunas no les pareció gran cosa y otras pocas lo odiaron: “…es lento, fantasioso y novelesco… poco profundo. El tiempo no pasaba y más de la mitad del libro es aburrida. Los pasajes de seducción están como pegados para poner algo romántico”.

Eso sí, todas lo leyeron y, como muchos lectores del mundo, se embarcaron en un viaje hacia lo desconocido con un flemático inglés que va a afinar un piano en Myanmar como servicio al Imperio y a su Reina. Este “tema de Hércules” en su búsqueda interior es, todavía, una buena manera de enganchar lectores.

Aquí unas frases con las expresiones recogidas en mis notas:

Me sentí viajando en aquél río donde el tiempo no pasaba… El libro me bajó los decibeles… Está muy bien documentado y es fácil de leer, no tiene uno ni qué pensar… Yo me lo imaginé igualito a nuestro llano, me situé en el río Guanare— palmeras solitarias asomando su melena en la espesura, un calor pegajoso que apenas te permite respirar y un tiempo que pasa como el río: lento y marrón… El afinador de pianos muestra a la música como vehículo de paz, y la idea de usarla para conquistar territorios y civilizaciones, pero también destaca la importancia del silencio en momentos de seducción… El sonido pacifica o enfurece, sirve para el amor y también para la guerra… Fue un disfrute personal de la sensibilidad, escrito en clave de música; se escucha en él hasta la disonancia de los insectos, es fácil para el lector compartir esas emociones y sentimientos llenos de belleza… No se puede negar que es un poco lento y te mantiene en una espera, casi un suspenso… Al final, pasa de todo y se atropellan los acontecimientos para llegar a un final sorpresivo, poético y a la vez grotesco.

Sabemos que es difícil terminar un libro.

En lo que sí todas estuvimos de acuerdo es que lo mejor fue la reunión de las Hormigas. Al entrar a la casa de María Teresa, el aroma a especies orientales calientes dulcificaba el estrés, y la belleza de la mesa puesta sobre hojas satinadas de plátano anunciaba que sería una reunión especial. Fue una alegría el rencuentro, y una delicia ver las fotos de las aventuras de nuestras dos Hormigas por las tierras que El afinador recorrió; leyeron el libro mientras navegaban el mismo río Saluén de la novela, y gracias al chat pudo viajar el Hormiguero con ellas. Nos contaron de las pagodas doradas de variados tamaños sembradas en la jungla, de los niños jugando pelota con las bolas de mimbre, con el longyi arremangado en la cintura semejando unos bombachos, y de otros niños engalanados con hermosos y costosos ropajes que iban hacia el monasterio a consagrarse a Buda. Llegaron a sentir que el tiempo se había detenido hacía más de un siglo.

El tema político no estuvo ausente, imposible, y las hormigas viajeras—vestidas a la oriental, elegantísimas—nos contaron como Dubái, su primera parada, que ha ganado por petróleo algo parecido a lo que se ha desaparecido en Venezuela, está llena de espectaculares ciudades que han atraído a cuatro millones y medio de turistas muy ricos que dejan su dinero en el desierto. Vieron un centro comercial con todas las mejores tiendas del mundo, todas, una montaña helada para esquiar en nieve, una pista de carros de carrera… En suma, todo lo que uno pueda soñar para el disfrute, bajo techo, climatizado porque si no se asan. Imaginemos como pudiera ser eso en nuestro clima.

Birmania, en cambio, no es rica; allí cultivan arroz y té con maestría y explotan el jade, que tienen bastante; Silvia relató la llegada al puerto de Mandalay, muy importante por su increíble mercado de jade, y la cantidad de chinos e indios que hacen vida y comercian allí. En Birmania, hoy República de la Unión de Myanmar, con apenas dos años de democracia después de muchas guerras internas, tienen por primera vez a un civil como presidente en más de cincuenta años. Ya se nota los cambios y han conseguido dos millones de turistas. Japón y China están invirtiendo en el país, a pesar de que a la población no le gustan los chinos para nada. Los birmanos son limpios y afables a pesar de su pobreza, y se respira en ellos la paz de su religión budista.

El almuerzo fue un milagro de sabores; las anfitrionas son artistas culinarias que combinaron ingredientes traídos desde Asia con un gusto exquisito. El cariño puesto en la reunión, el té, los mapas, los trajes típicos con instructivo incluido, las fotos y los pequeños detalles que eran “idénticos al libro” fueron un lujo. Hasta una rifa de regalitos exóticos hubo esa tarde mágica.

Nury nos acompañó, lo que fue una alegría que compensó la tristeza por las ausentes, a quienes dedico esta minuta. Me hubiese encantado que compartieran la maravillosa reunión, que seguramente ningún grupo de lectura del mundo ha tenido igual.

NS

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Así suena un piano bien afinado. (Federico Chopin: Preludio #20 en Do menor, por Vladimir Ashkenazy)

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