La escritora y su libro

 

El último día de noviembre de este difícil año 2021, nos reunimos once Hormigas en el amplio salón de fiestas de Carolina. Había pasado mucho tiempo sin vernos y sin poder compartir ese rato perfecto de unión que nos brindan las novelas que leemos. Lo primero que hicimos fue dar gracias por lo mucho recibido y recordar a los que se fueron con una oración.

Era una cita tempranera, un brunch que resultó delicioso con las exquisiteces que prepararon las Hormigas del sur. Pero eso tendría que esperar la discusión de dos libros: primeramente, El librero de Kabul de Åsne Seierstad (Oslo, Noruega; 10 de febrero de 1970); luego, Y las montañas hablaron de Khaled Hosseini—pronunciado Jáled—(Kabul, Afganistán, 4 de marzo de 1965). Esto nos iba a tomar un buen tiempo de inmersión en Afganistán y su dolorosa historia antes de poder disfrutar del obsequio.

Son dos libros totalmente distintos. Åsne Seierstad, experimentada periodista y corresponsal de guerra, es recibida por la familia de un librero de Kabul y, con su consentimiento y permiso, cuenta la vida de ese personaje y los detalles íntimos y costumbres propias de su familia y su entorno. Más tarde, la periodista noruega ha tenido que enfrentar varias demandas judiciales de otros miembros de la familia, molestos por la publicación de esas intimidades. Hay que reconocer su valentía como mujer occidental, trabajando sola en Afganistán.

Es un libro que se basa en datos duros, en una realidad que muestra lo que las sucesivas invasiones, rusa y norteamericana, significaron para ellos como pueblo y como familia.

Los norteamericanos juegan a lo seguro y colaboran con ambos bandos en el conflicto… Ambos grupos reciben dinero de Estados Unidos, ambos hacen incursiones acompañando a las fuerzas extranjeras, ambos reciben armas, equipos de comunicación y de información. Ambos bandos sirven a los norteamericanos, pero en ambos grupos se encuentran antiguos partisanos talibanes.

—¿Sabes cuál es nuestro problema? Que sabemos todo sobre cómo usar nuestras armas, pero no sabemos llamar por teléfono.

También da dolorosos detalles de las dos veces que los talibanes tomaron el poder y lo que significó para esa familia y los habitantes de Afganistán, especialmente para las mujeres, que pedían en sus oraciones “renacer en piedra” antes que volver a ser mujeres. Al llegar ellos, en septiembre de 1996, difundieron dieciséis decretos para normar la nueva era talibán:

1. Prohibición del impudor femenino.

2. Prohibida la música.

3. Prohibida la rasura.

4. Obligación de la plegaria.

5. Prohibición de la posesión de palomas y las riñas de pájaros.

6. Eliminación de la droga y de su consumidor.

7. Prohibido el juego de cometas.

8. Prohibida la idolatría.

9. Prohibidos los juegos de azar.

10. Prohibidos los peinados británicos o norteamericanos.

11. Prohibido el cobro de intereses por préstamo, comisiones de cambio y de impuesto a las transacciones.

12. Prohibido lavar la ropa en ríos que atraviesan ciudades.

13. Prohibición de la música y el baile en las bodas.

14. Prohibido tocar tambor.

15. Prohibido que los sastres confeccionen ropa femenina y tomen medida a las mujeres.

16. Prohibida la brujería.

Prohibieron cualquier tipo de música, así como las fotografías, esculturas y pinturas que representaran personas. Opinaban sobre el largo de las barbas y el cabello. Las mujeres sin burka o solas, sin compañía de un hombre, no podían salir. Y si estas mujeres eran descubiertas en la calle, las castigaban a ella y al marido. Prohibieron los zapatos con tacones altos, porque el taconeo amenazaba con distraer a los hombres. Fueron ellas, que ya culturalmente eran menospreciadas, a quienes tocó la peor parte:

“Mujeres, no debéis salir de vuestras casas. Si lo hacéis, no debéis ser como las mujeres que antes de la llegada del Islam al país solían salir con ropa a la moda y abundantemente maquilladas para exponerse a la vista de cualquier hombre».

El Islam es la religión salvadora que ha establecido la dignidad específica de la mujer: las mujeres no pueden permitirse atraer la atención de hombres inicuos que les dirijan miradas depravadas. Las mujeres son las responsables de educar y unir a su familia, y son también las responsables de las comidas y de cuidar de la ropa del hogar. Cuando las mujeres tienen que salir de sus casas, deben ponerse el velo según establece la sharia. Si las mujeres salen vestidas con ropa moderna, adornada, ajustada o indulgente para exponerse a la vista de todos, serán condenadas por la sharia islámica y nunca podrán ir al cielo. Serán amenazadas, investigadas y severamente castigadas por la policía religiosa, al igual que los hombres de su familia. La policía religiosa está obligada a luchar contra estos problemas sociales y continuará sus esfuerzos hasta acabar con el mal.

Alahu akbar («Alá es grande»).

Aunque sorprende luego encontrar que, entre ellos, los muy machos talibanes, es muy común la homosexualidad.

En algunas partes de Afganistán, sobre todo en las regiones del sudeste, la homosexualidad es corriente y está tácitamente aceptada. Muchos comandantes tienen varios amantes jóvenes, y se ve a menudo a hombres mayores que caminan con todo un grupo de “muchachos”. Los chicos se adornan muchas veces con flores en el pelo, detrás de una oreja o en el ojal. Se suele explicar esta homosexualidad extendida por la observación rigurosa de la purda en estas partes del país. Con frecuencia se ven grupos de chicos dando saltitos y contoneándose, que llevan los ojos pintados con khol negro y realizan movimientos parecidos a los de los travestis occidentales. Miran mucho, coquetean, menean las caderas y los hombros.

Los comandantes no viven solamente su homosexualidad; la mayoría de ellos tiene mujer y mucha prole en su hogar. Pero rara vez están en casa con su familia, pues la verdadera vida se vive entre hombres. Con cierta frecuencia se producen dramas pasionales entre los jóvenes amantes y no son pocos los combates con derramamiento de sangre debidos a los celos entre dos comandantes por algún joven amante. En una ocasión, dos jefes militares libraron una batalla con dos tanques de combate en medio del bazar, todo por un joven amante que compartían. La batalla ocasionó decenas de muertos.

También da cuenta del rechazo de muchos afganos a la cultura de la violencia talibán y el dolor que les causa que el mundo los vea, a todos ellos, como asesinos.

“Intentaron destruir nuestra cultura. Intentaron hacer añicos nuestras tradiciones. ¡Intentaron quitarnos el Islam!—grita Karzai a la muchedumbre—. Los talibanes trataron de ensuciar el Islam, arrastrarnos a todos por los suelos, enemistarnos con el mundo entero. Pero nosotros sabemos lo que es el Islam, ¡Islam es la paz!”

“¡Cambiemos las armas por ordenadores!—exclama, y añade que los afganos tienen que dejar de hacer distinciones entre diferentes grupos étnicos—. Mirad a América, allí viven todos en un solo país, todos son americanos. ¡Allí no tienen estos problemas!”

“El último ulema invita al combate contra el terrorismo. Hoy día, en Afganistán, la lucha contra el terrorismo es una lucha contra todo lo que uno no quiere…”

—El Islam es la única religión que en sus textos sagrados manda luchar contra el terrorismo. El terrorismo ha mostrado su cara en Afganistán y es nuestro deber luchar contra él. Esto no está escrito en ningún otro libro sagrado. Alá dijo a Mahoma: «No reces en una mezquita erigida por terroristas». Los verdaderos musulmanes no son terroristas, porque el Islam es la más tolerante de todas las religiones. Cuando Hitler exterminaba a los judíos en Europa, ellos estaban a salvo en la tierra islámica. ¡Los terroristas son falsos musulmanes!

«… reza por que alguna vez se sienta orgulloso de ser afgano, de sí mismo y de su país, y para que un día Afganistán sea un país respetado en el mundo…»

Este relato, especie de desordenada saga familiar, usa la voz de un narrador omnisciente, un poco frío, sin una pizca de humor. Intervienen innumerables personajes, con nombres complicados (para nosotras), que sólo podemos observar desde fuera y se nos confunden; nunca logramos conocerlos íntimamente. Los diálogos no parecen naturales, no convencen, no aportan a la trama ni muestran emoción.

Fue tema de discusión la posición de la mujer, tan maltratada, y terminaron involucradas la pobreza en Afganistán con treinta y tres millones de habitantes y sin salida al mar, la falta de educación, su posición geográfica, paso obligado de traficantes, con su clima desértico, su pobre infraestructura destruida por las invasiones y las infinitas guerras intestinas que retrasaron el desarrollo del país, especialmente fuera de Kabul, la gran ciudad tan cercana a Pakistán en lenguaje y en cultura. Es ésa su cultura: la esclavitud de las mujeres, la organización tribal con un jefe máximo con poder total, casi un dios. Y es principalmente su interpretación de Dios lo que más sorprende, pues Él regula hasta las acciones más cotidianas.

Somos diferentes en Oriente y Occidente; usamos diferentes códigos, vemos el mundo desde diferentes perspectivas. Si para ellos la ley viene de Dios ¿cómo va a tener voz el pueblo? La democracia es imposible; cuestionar la ley es ir en contra del mismo Dios. Tenemos miradas disímiles, pero hay que aprender a ver sin juzgar. Saber que no son mejores ni peores, tan solo son diferentes.

Las Hormigas lo calificaron como una interesante crónica costumbrista, un buen trabajo de investigación, pero es un libro plano; no mueve emociones, no pasa nada. Obtuvo, sobre diez, algo más de cuatro puntos (4,6) de calificación.

………

La belleza es un inmenso e inmerecido regalo que se reparte al azar, sin ton ni son.

El segundo libro es una novela hecha de muchas pequeñas historias: Y las montañas hablaron (inglés: And the Mountains Echoed) de Khaled Hosseini, traducida por Ediciones Salamandra. Apela a todos los trucos literarios con buena técnica y un buen uso del lenguaje poético. El propio título se deriva de un verso—«Y todas las colinas hicieron eco»—de La canción de la enfermera del poeta inglés William Blake (1757-1827).

«Una historia es como un tren en movimiento: no importa dónde lo abordes, tarde o temprano llegará a su destino».

Comienza la novela en una aldea, muy cerca de las montañas—por eso el título—, y no más empezar a leer, emprendemos un viaje mágico hacia el destino de sus personajes. Está llena de historias dentro de historias; dos hermanos separados por la miseria son el hilo conductor, pero se difuminan como personajes y aparecen muchos otros, algunos bien delineados y otros no tanto. Son muchos y confunden.

“—Hay una clase de uva en particular… Dicen que crece sólo en Shadbagh. Es muy delicada, muy frágil. Si uno intenta cultivarla en otro sitio, aunque sea en la aldea de al lado, se marchita y muere. Se echa a perder. La gente de Shadbagh dice que muere de tristeza, pero no es verdad, por supuesto…”

Es una historia de amores contrariados e imposibles pero duraderos, con muchos saltos en el tiempo carentes de profundidad. Está enfocada en sus personajes, que se sienten reales o posibles.

Desde entonces he conocido a unos cuantos hombres como él, mal que me pese. Y lo que he aprendido de ellos es que, en cuanto hurgas un poco, compruebas que todos son iguales, a grandes rasgos. Unos más refinados que otros, por descontado, y los hay que poseen algún encanto o que incluso lo derrochan, lo que puede llamar a engaño. Pero en el fondo no son más que niños desdichados que se debaten en su propia ira. Se sienten víctimas de una injusticia. Creen que nadie valora sus méritos, que nadie los ha querido lo bastante. Por supuesto, esperan que tú sí los quieras.

Los diálogos son pertinentes, hacen avanzar la historia. La casa de Kabul sobrevive a todos y está siempre en el centro de la historia.

Es una carta, con ese lenguaje tan íntimo, la que explica y aclara el conflicto personal de cada protagonista. La guerra está ahí, presente, y aunque tiene consecuencias no interfiere con la trama.

¿Qué puedo decirle, señor Markos, de los años que siguieron? Conoce usted de sobra la historia reciente de este desdichado país. No hace falta que reviva para usted aquellos tiempos funestos. La sola idea me resulta abrumadora, y además el sufrimiento de nuestras gentes ha quedado ya bastante documentado por plumas mucho más sabias y elocuentes que la mía.

Lo resumiré en una sola palabra: guerra. Mejor dicho, guerras. No una ni dos, sino muchas guerras, grandes y pequeñas, justas e injustas, guerras protagonizadas por supuestos héroes y villanos cuyos roles eran intercambiables, y en las que cada nuevo héroe venía a confirmar que más vale malo conocido que bueno por conocer. Los nombres iban cambiando, al igual que los rostros, y a todos maldigo por siempre jamás por los bombardeos, los misiles, las minas terrestres, los francotiradores, las contiendas mezquinas, las matanzas, las violaciones y los saqueos. Pero basta ya. La tarea es tan ingrata como inabarcable. Ya me tocó vivir aquellos tiempos, y no tengo intención de revivirlos en estas páginas más allá de lo estrictamente necesario.

La autoridad talibana ni se nombra, pues aparta a los afganos de su propia idiosincrasia. Exalta más bien la bonhomía de la gente, el respeto y buen juicio de los habitantes. Es una historia de amor al país, a la familia; de fidelidad de la diáspora con su gente.

            —Todo me traerá recuerdos de ti.

El tono tierno y casi asustado de esas palabras me hizo comprender que mi padre era una persona herida, que su amor por mí era tan auténtico, tan vasto y permanente como el cielo, y que siempre pesaría sobre mis hombros. Era la clase de amor que, tarde o temprano, te acorrala y te obliga a tomar una decisión: la de liberarte o la de quedarte y soportar su rigor, aunque te oprima hasta el punto de reducirte a alguien más pequeño de cómo eres en realidad.

Es un libro escrito en inglés, con un hermoso lenguaje lleno de poesía que nos muestra costumbres de un pueblo lejano y diferente donde se desarrollan, como en el resto del mundo, historias humanas desgarradoras. La traducción de Patricia Antón y Rita da Costa merece un elogio sincero; es impecable. El Hormiguero disfrutó la novela pero la olvidó, porque es confusa, con demasiadas historias y personajes, otra vez con nombres extraños. Fue calificada con cinco coma seis (5,6) sobre diez.

Tardamos en concluir la discusión; son demasiado dos libros por sesión. Ya con hambre, nos preguntamos qué íbamos a leer. Es complicado ponerse de acuerdo: ¿clásicos o nuevos escritores? Esta vez optamos por algo de Almudena Grandes, que había muerto el día antes de nuestra reunión. En principio era La madre de Frankenstein pero, al saber que se trata de una mujer internada en un manicomio por asesina, cambiamos a Corazón helado con sus casi mil páginas. Total, tenemos tiempo. Fue nuestra última y deliciosa sesión del año, están las fiestas navideñas por delante; algunas Hormigas voladoras van a visitar a sus hijos lejanos, otras nos quedamos aquí, a disfrutar los días más bellos y frescos del año. De todas formas seguimos unidas por el chat y por esta fuerte amistad que ha surgido entre nosotras y la literatura.

De despedida nos llevamos de regalo un nuevo libro de Menena Cottin, El final de la película, que leeremos cuando ella esté en Caracas y podamos compartir la discusión con ella.

Ojalá la Navidad nos traiga buenas noticias; la disminución de la pandemia en el mundo es nuestro principal ruego, y después la recuperación de Venezuela antes de caer en los niveles de violencia de países como Afganistán. Que el Niño Jesús bendiga al Hormiguero y a sus familias y nos traiga un año 2022 de salud y múltiples alegrías. NS

_______________________