Traducido de brainpickings, el estupendo blog de Maria Popova.

____________________________________________________

 

Ser un buen ser humano es tener una especie de apertura al mundo, la capacidad de confiar en cosas inciertas que están más allá de tu propio control.

Martha Nussbaum

________________

 

En 1988, Bill Moyers produjo una serie de conversaciones—inteligentes, inspiradoras y provocativas—con un conjunto diverso de íconos culturales, que van desde Isaac Asimov hasta Noam Chomsky y Chinua Achebe. Era diferente a cualquier discurso público que agraciara antes las ondas de televisión. Al año siguiente, las entrevistas fueron transcritas y recopiladas en el magnífico tomo Bill Moyers: Un mundo de ideas. Pero, a pesar de esa brillantez, una conversación de la serie destaca por su profundidad, dimensión, intensidad y atemporalidad: con la filósofa Martha Nussbaum, una de las mentes más notables y luminosas de nuestro tiempo, que se sentó a hablar con Moyers poco después de la publicación de su libro enormemente estimulante, La fragilidad de la bondad: suerte y ética en la tragedia y filosofía griegas.

Moyers comienza enmarcando el enfoque singular de Nussbaum a la filosofía y, por extensión, al arte de vivir:

MOYERS: La percepción común de un filósofo es la de un pensador de pensamientos abstractos. Pero las historias y los mitos parecen ser importantes para usted como filósofo.

NUSSBAUM: Muy importante, porque creo que el lenguaje de la filosofía tiene que regresar, de las alturas abstractas en las que tan a menudo vive, a la riqueza del discurso cotidiano y la humanidad. Tiene que escuchar las formas en que las personas hablan de sí mismas y lo que les importa. Una muy buena manera de hacer esto es escuchar historias.

Reflexionando sobre la sabiduría atemporal de los mitos y tragedias griegas, particularmente la Hécuba de Eurípides, Nussbaum considera la esencia de la buena personalidad, que requiere aceptar la inseguridad básica de la existencia y abrazar la incertidumbre. Ella le dice a Moyers:

La condición de ser bueno es que siempre debe ser posible que seas moralmente destruido por algo que no podrías evitar. Ser un buen ser humano es tener una especie de apertura al mundo, la capacidad de confiar en cosas inciertas que están más allá de tu propio control, que pueden llevarte a quebrarte en circunstancias muy extremas de las que no tienes la culpa. Eso dice algo muy importante sobre la condición humana de la vida ética: que se basa en la confianza en lo incierto y en la voluntad de exponerse; se basa en ser más como una planta que como una joya, algo bastante frágil, pero cuya muy particular belleza es inseparable de su fragilidad.

La paradoja de la condición humana, nos recuerda Nussbaum, es que si bien nuestra capacidad de vulnerabilidad y, por extensión, nuestra capacidad de confiar en los demás, puede ser lo que permite que ocurra la tragedia; la mayor tragedia de todas es el intento de protegerte contra el dolor al petrificar esa suavidad esencial del alma, porque eso niega nuestra humanidad básica:

Ser humano significa aceptar las promesas de otras personas y confiar en que otras personas serán buenas para ti. Cuando eso es demasiado para soportarlo, siempre es posible retirarse al pensamiento: «Viviré para mi propia comodidad, para mi propia venganza, para mi propia ira, y ya no seré miembro de la sociedad». Eso significa realmente «ya no seré un ser humano».

Hoy ves a personas haciendo eso donde sienten que la sociedad las ha decepcionado y no pueden pedirle nada, y no pueden poner sus esperanzas en nada fuera de sí mismos. En realidad, las ves retirarse a una vida en la que piensan sólo en su propia satisfacción, y tal vez en la satisfacción de su venganza contra la sociedad. Pero la vida que ya no confía en otro ser humano y que ya no forma vínculos con la comunidad política ya no es una vida humana.

Sin embargo, las cosas se vuelven significativamente más complicadas cuando nos encontramos en un vínculo que parece requerir una tragedia, al pedirnos que tomemos decisiones imposibles entre varias cosas que apreciamos. Nussbaum ilustra esto señalando el Agamenón de Esquilo, donde el protagónico rey tiene que elegir entre salvar a su ejército o salvar a su hija. La misma tragedia se desarrolla a menor escala en dilemas cotidianos, como hacer malabares en tu carrera o ser un buen padre. La mayoría de las veces, como dice Nussbaum, ambos «se enriquecen mutuamente y mejoran la vida de cada uno de ellos». Pero, a veces, las circunstancias prácticas plantean desafíos tan insuperables como una reunión importante y el juego escolar de tu hijo al mismo tiempo: una de estas dos prioridades inevitablemente sufre, no porque seas un mal padre o un mal líder, sino porque simplemente la vida sucede de ese modo. Ahí radica la situación humana: cuanto más aspiramos a vivir bien, de acuerdo con nuestros compromisos y prioridades, más acogemos con beneplácito esas decisiones trágicas. Y, sin embargo, la solución no es dejar de aspirar. Nussbaum le dice a Moyers:

La tragedia ocurre cuando sólo intentas vivir bien, porque para una persona despreocupada que no tiene compromisos profundos con los demás el conflicto de Agamenón no es una tragedia…

Ciertamente, la lección no es tratar de maximizar el conflicto o idealizar la lucha y el sufrimiento, sino más bien que debes preocuparte por las cosas de una manera que haga posible que te ocurra una tragedia. Si mantienes tus compromisos a la ligera, de tal manera que siempre puedas deshacerte de uno u otro de ellos si entran en conflicto, entonces no te hará daño que las cosas salgan mal. Pero uno quiere que las personas vivan sus vidas con profunda seriedad de compromiso, no ajustando sus deseos a la forma en que el mundo realmente funciona, sino más bien tratando de arrebatar al mundo la buena vida que desean. Y a veces eso los lleva a la tragedia.

Quizás Alan Watts tuvo razón cuando aconsejaba no luchar contra las contradicciones del mundo, sino concebir el universo como «un sistema armonioso de conflictos contenidos».

______________________