La firma del filólogo

 

Non ha mala palabra, si non es a mal tenida; verás que bien es dicha, si bien fuese entendida.

Arcipreste de HitaLibro de buen amor

(Epígrafe en la portada de la primera edición de Buenas y malas palabras)

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Nacido en Polonia, a los seis años llegó a Argentina con su familia, donde creció y realizó todos sus estudios. Se formó con Amado Alonso en el Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires, y tuvo entre otros maestros a Pedro Henríquez Ureña; Alonso le mandó preparar el primer tomo de lo que sería la Biblioteca de Dialectología Hispanoamericana y le inculcó los métodos de trabajo de la Estilística idealista; estudió luego en la Universidad de Berlín (1931-1933); en Madrid trabajó en el Centro de Estudios Históricos con Ramón Menéndez Pidal entre 1933 y 1936; en 1946 se afincó en Venezuela contratado por Mariano Picón-Salas para el Instituto Pedagógico Nacional como profesor de castellano y latín y fundó en 1947 la Cátedra de Filología de la Universidad Central. Se nacionalizó venezolano en 1950 y dirigió el Instituto de Filología Andrés Bello de la Universidad Central de Venezuela; investigando sobre todo sobre el Español de América en su modalidad venezolana, elaborando un gran fichero lexicográfico de venezolanismos. Colaboró en el «Papel Literario» del diario El Nacional y fue redactor de la revista Tierra Firme. (Ángel Rosenblat – Wikipedia en Español).

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Es motivo de orgullo para los venezolanos que un natural de Wegrow, Polonia, formado en Buenos Aires y Berlín y colaborador del enorme filólogo Ramón Menéndez Pidal, escogiera a nuestro país como patria, donde murió en 1984. Los siguientes fragmentos pertenecen a sus Palabras preliminares en Buenas y Malas Palabras:

 

Si una expresión es del habla popular o familiar, tiene su legitimidad en sí misma. La manera de hablar del pueblo venezolano, o del colombiano, argentino, castellano o andaluz, debe inspirar siempre el mayor respeto. La voz del pueblo es casi siempre la voz de Dios. Pero con el habla culta, la del libro, del periódico o de la conferencia, la actitud debe ser distinta. La lengua se afina desde la escuela hasta la universidad, desde la carta hasta el libro o el periódico, desde la conversación hasta la conferencia, y el filólogo no puede de ningún modo permanecer indiferente ante el uso del lenguaje o la educación del lenguaje. La lengua popular y familiar debe tener color local, debe ser espontánea y vivaz. En cambio, la lengua culta obedece a normas generales de unidad hispánica. Mientras que la variedad y la diferenciación es el sino forzoso del habla popular y familiar, la unidad es el ideal de la lengua culta, y corresponde a la comunicación cultural y a la educación acercarnos constantemente a ese ideal. El habla culta tiene, además del peligro de la incorrección, el de caer en la afectación y la pedantería. Y contra todos esos peligros sí cabe extremar el rigor.

Ángel Rosenblat

Con todo, no hay divorcio absoluto entre habla popular o familiar y habla culta, y el criterio normativo no es siempre tan claro y elemental. El habla popular penetra a veces en la lengua culta y viceversa. ¿Habrá que condenar—como hacen algunos puristas recalcitrantes—una palabra tan expresiva como íngrimo,* que encontramos en la alta prosa de Mariano Picón Salas o en el noble verso de Ida Gramcko? Creo que son los escritores y poetas los amos de la lengua y que el íngrimo nuestro tiene tanta dignidad como el lígrimo, salmantino del verso de Miguel de Unamuno.

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El criterio de corrección es más complejo de lo que suponen algunas personas. Hay quienes se mueven con mucho aplomo apoyados en dos muletas: el Diccionario y la Gramática de la Real Academia. Cuando no encuentran una palabra en el Diccionario le arrojan en seguida el anatema: «¡No existe!». Y si algo no está enteramente de acuerdo con la Gramática, se exasperan: «¡Es un disparate!» Ser filólogo de esa manera no parece profesión difícil.

Una de las ediciones

Pero sí un tanto expuesta al ridículo. Porque al año siguiente sale una nueva edición del Diccionario o de la Gramática y acoge la expresión antes condenada, que entonces empieza a «existir» (no es la inclusión en el Diccionario lo que le da existencia, sino su existencia lo que le gana un lugar en el Diccionario), o convierte el «disparate» en norma sagrada. He estudiado con todo interés la historia de la Academia desde 1711, y la he seguido a través de una serie de vacilaciones, fluctuaciones, avances y retrocesos. Es institución humana, y la Real Academia Española ha sido siempre mucho más liberal y progresiva que la Academia Francesa. A través de una labor muy útil y vasta, ha procurado estar a tono con la lengua culta y seguir sus pasos. No le toca ser paladín de vanguardismo, sino desempeñar una honorable función conservadora.

Hay una forma útil de purismo y hay una forma negativa, esterilizante. Si una expresión «no existe», es claro que no se puede estudiar. El purista que así procede hunde la cabeza en la arena y se niega a ver y oír. Elimina así automáticamente una parte importante del lenguaje y le niega todo interés humano. Para nosotros, por el contrario, todo lo humano tiene interés, y nada humano, en materia de lenguaje, nos es ajeno. ¶

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* Hace bastante tiempo que el hermoso adjetivo íngrimo—que se escucha redundantemente en la expresión «íngrimo y solo»—fuera reconocido en el Diccionario de la Lengua Española, que define hoy: íngrimo, ma Del port. íngreme ‘escarpado’. 1. adj. Am. Cen., Col., Ec., R. Dom. y Ven. Solitario, abandonado, sin compañía.

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