El blog de Las Hormigas

¡Saludos formíceos! Desde Caracas, Venezuela, le damos la más cordial de las bienvenidas a este registro de actividades del club de lectura Las Hormigas.

Línea de fuego

Cigarrillos y sonrisas antes de una batalla de la Guerra Civil Española

 

Zenda Libros explica: A continuación publicamos la nota de prensa de la editorial Alfaguara anunciando el lanzamiento, el 6 de octubre, de la nueva novela de Arturo Pérez-Reverte, Línea de Fuego, de la cual reproducimos el comienzo.

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Por primera vez, después de treinta años de exitosa carrera literaria, Arturo Pérez-Reverte aborda de forma directa, en una espléndida novela, el episodio más trascendental de la historia reciente de España, la Guerra Civil, para contar la memoria de nuestros padres y abuelos, que es nuestra propia historia.

En la noche del 24 al 25 de julio de 1938, durante la batalla del Ebro, 2.890 hombres y 14 mujeres de la XI Brigada Mixta del ejército de la República cruzan el río para establecer la cabeza de puente de Castellets del Segre, donde combatirán durante diez días. Sin embargo, ni Castellets, ni la XI Brigada, ni las tropas que se le enfrentan en Línea de fuego existieron nunca. Las unidades militares, los lugares y los personajes que en esta novela aparecen son ficticios, aunque no lo sean los hechos ni los nombres reales en que se inspiran. Fue exactamente así como padres, abuelos y familiares de numerosos españoles de hoy combatieron en ambos bandos durante aquellos días y aquellos trágicos años. La batalla del Ebro fue la más dura y sangrienta de cuantas se han librado en nuestro suelo, y sobre ella hay abundante documentación, partes de guerra y testimonios personales. Con todo eso, combinando rigor e invención, el autor más leído de la literatura española actual ha construido, no ya una novela sobre la Guerra Civil, sino una formidable novela de hombres y mujeres en cualquier guerra: un relato ecuánime y fascinante donde se recupera la memoria de nuestros padres y abuelos, que es también nuestra propia historia.

Con Línea de fuego, Arturo Pérez-Reverte sitúa con sobrecogedor realismo al lector entre quienes, voluntarios o a la fuerza, estuvieron no en la retaguardia, sino peleando en ambos bandos en los frentes de batalla. En España se han escrito muchas y excelentes novelas sobre esa contienda desde distintas posiciones ideológicas, pero ninguna como ésta. Nunca antes la Guerra Civil se había contado así.

«Cubrí varias de ellas como reportero, y hay un momento en que descubres que una guerra civil no es la lucha del bien contra el mal… Sólo el horror enfrentado a otro horror.» Arturo Pérez-Reverte.

«Arturo Pérez-Reverte sabe cómo retener al lector a cada vuelta de página.» The New York Times Book Review.

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Así empieza Línea de fuego

Son las 00:15 y no hay luna.

Agachadas en la oscuridad, inmóviles y en silencio, las catorce mujeres de la sección de transmisiones observan el denso desfile de sombras que se dirige a la orilla del río.

No se oye ni una voz, ni un susurro. Sólo el sonido de los pasos, cientos de ellos, en la tierra mojada por el relente nocturno; y a veces, el leve entrechocar metálico de fusiles, bayonetas, cascos de acero y cantimploras.

El discurrir de sombras parece interminable.

Hace más de una hora que la sección permanece en el mismo lugar, al resguardo de la tapia de una casa en ruinas, esperando su turno para ponerse en marcha. Obedientes a las órdenes recibidas, nadie fuma, nadie habla y apenas se mueven.

La soldado más joven tiene diecinueve años y la mayor, cuarenta y tres. Ninguna de ellas lleva fusil ni correaje como las milicianas que tanto gustan a los fotógrafos de la prensa extranjera y ya nunca pisan los frentes de verdad. A estas alturas de la guerra, eso es propaganda y folklore. Las catorce de transmisiones son gente seria: cargan una pistola Tokarev al cinto y, a la espalda, pesadas mochilas con material técnico o gruesas bobinas de cable de teléfono. Todas son voluntarias en buena forma física, disciplinadas, comunistas de militancia y con carnet del partido: operadoras y enlaces de élite formadas en Moscú o por instructores soviéticos en la escuela Vladimir Ilich de Madrid. También son las únicas de su sexo adscritas a la XI Brigada Mixta para el cruce del río. Su misión no es combatir directamente sino asegurar, bajo el fuego enemigo, las comunicaciones en la cabeza de puente que el ejército republicano pretende establecer en el sector de Castellets del Segre.

Dolorida por las cinchas del armazón que lleva a la espalda con una bobina de cien metros de cable telefónico, Patricia Monzón —sus compañeras la llaman Pato— cambia de postura para aliviar el peso en los hombros. Está sentada en el suelo, recostada en su propia carga, contemplando el discurrir de sombras que se dirigen al combate que aún no ha empezado. La humedad de la noche, intensificada por el río cercano, le moja la ropa. Como la bobina y la manta que lleva terciada no dejan espacio para mochila ni macuto —se enviarán con el segundo escalón, les han prometido—, viste un gastado mono de sarga azul con grandes bolsillos llenos de lo imprescindible: paquete de cura individual, una tira cortada de neumático para detener hemorragias, un pañuelo, dos paquetes de Luquis y un chisquero de mecha, documentación personal, el croquis a ciclostil de la zona que les repartió el comisario de la brigada, un par de calcetines y unas bragas de repuesto, tres paños y algodón por si viene la regla, media pastilla de jabón, una de chocolate, una lata de sardinas, un chusco de pan duro, el manual técnico de transmisiones de campaña, un cepillo de dientes, un palito para apretar en la boca durante los bombardeos y una navaja suiza con cachas de asta.

—Estad atentas… Nos vamos en seguida.

El susurro circula entre la sección. Pato Monzón se pasa la lengua por los labios, respira hondo, vuelve a cambiar de postura acomodándose mejor las cinchas en los hombros, y al alzar el rostro para mirar el cielo la borla del gorrillo le roza las cejas. Nunca en su vida había visto tantas estrellas juntas.

Es su primera acción de combate real, pero se beneficia de experiencias ajenas. Lo mismo que la mayor parte de sus compañeras, cuando hace cuarenta y ocho horas supo que su destino estaba al otro lado del Ebro se hizo rapar el pelo por dos razones de importancia: que no se vea de lejos que es mujer, y reducir en los próximos días, poco favorables a la higiene, la posibilidad de que le aniden piojos u otros parásitos. A sus veintisiete años eso le da un aspecto andrógino, de muchacho, acentuado por el gorrillo cuartelero, el mono azul, el cinto de cuero con cantimplora, cartuchera con pistola y dos cargadores, y las botas rusas de clavos recibidas una semana atrás, tan nuevas que aún le hacen ampollas en los talones. Por eso las lleva colgadas del cuello por los cordones, y como casi todas sus compañeras calza alpargatas de suela de esparto atadas con cintas a los tobillos.

—En pie, venga… Ahora nos vamos de verdad. Formad en fila de a una.

Resoplidos, murmullos, sonido de equipos, roces con las compañeras en la oscuridad al agruparse puestas en pie. Se tocan unas a otras para formar fila a lo largo de la tapia, sin más orden que el azar.

—Andando, y sin hacer ruido —se oye susurrar—. Los fascistas aún no se han enterado de la que les viene encima.

—¿Ya empezaron a cruzar los nuestros?

—Hace rato… Nadadores con bombas de mano y equipo ligero sobre neumáticos de coche hinchados. Los vimos pasar ayer.

—Vaya tíos. Hay que tener valor para remojarse de esa manera, en una noche y un lugar así.

—Pues todavía no se oye nada al otro lado.

—Ésa es buena señal.

—Con tal de que dure hasta que estemos allí…

—Vale ya. Cerrad la boca.

La última orden, malhumorada, proviene de la sargento de milicias Expósito. Reconoce Pato fácilmente su voz entre las otras: ronca, cortante, con malas pulgas. Se trata de una comunista seca y dura, de la primera hora. La de más graduación y edad de la sección. Estuvo en el asalto al Cuartel de la Montaña y en la defensa de Madrid y luego se formó durante un mes en la Unión Soviética. Viuda de un sindicalista muerto en Somosierra en julio del 36.

—¿Aún estamos lejos del río? —pregunta alguien.

—Que os calléis, coño.

Caminan en la oscuridad procurando no tropezar, pegada cada una a la compañera que la precede. La única luz es la de las estrellas que sobre sus cabezas cuajan la noche.¶

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Arturo Pérez-Reverte nació en Cartagena, España, en 1951. Fue reportero de guerra durante veintiún años, en los que cubrió siete guerras civiles en África, América y Europa para los diarios y la televisión. Con más de veinte millones de lectores en todo el mundo, muchas de sus novelas han sido llevadas al cine y la televisión. Hoy comparte su vida entre la literatura, el mar y la navegación. Es miembro de la Real Academia Española.

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Sobre Crema Paraíso

Se ha tomado, una vez más, del portal de Prodavinci para ofrecer acá los comentarios de Federico Vegas sobre la nueva novela de Alberto Barrera Tyszka (Caracas, 1960), Premio Herralde (2006) y Premio Tusquets (2015), ambos de novela.

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PERSPECTIVAS

Sobre Crema Paraíso

 

POR Federico Vegas

29/06/2020

He tenido la dicha de amanecer con un libro en las manos, la novela Crema Paraíso. La empecé anteayer en la tarde, sosteniendo en los tramos finales una sabrosa pugna entre llegar al final y lograr que nunca se terminara, como en aquel viejo cuento del Gallo Pelón. Ha habido momentos en que he sentido envidia; tan terrible cuando la ocultas y tan liberadora y dichosa cuando la celebras.

Ahora que ya está en manos de mi esposa, empecé a preguntarme por qué la disfruté tanto y, sumido en ese estado retrospectivo que puede desviarse a la melancolía, recordé una película que vi hace más de medio siglo, Tres alegres compadres.

Un padre y sus dos hijos se enamoran de una misma mujer que resulta ser una estafadora. Hacia el final, los dos hijos, nada menos que Pedro Armendáriz y Jorge Negrete, están en un bar ebrios hasta la madre, contándose sus penas. Dice Jorge:

—Yo la quería a la buena, para compañera de toda mi vida, para bien y para mal.

Pedro lo mira estupefacto, quizás con desprecio, y exclama con lujuria contenida y ya sin destino:

—Yo la quería pos como quiero a mis mujeres. ¡Pa’ gozar de la vida! Aunque después, pues si te he visto no me acuerdo… Pero no tienes idea, nada más pensar en ella… ¡Se me retuerce todita el alma!

Esta escena no la busqué. Apareció de sorpresa, nítida y fluida, trayéndome uno de esos mensajes que viajan entre penumbras pero llegan frescos. Creo vislumbrar cuál es su carga y su sentido.  Por mucho tiempo he estado queriendo y acariciando a la literatura con la responsabilidad y el buen juicio de quien pretende formar parte de una sana y respetable familia, olvidando que uno de sus propósitos más sublimes y necesarios es hacernos gozar de la vida, o invocarla con la misma vehemencia de un charro borracho y abandonado. Puede que Pedro Armendáriz se ufane de no recordar, pero un segundo después nos revela una meta de la literatura aún más valerosa (por lo valiente y provechosa): retorcernos todita el alma.

El verbo “gozar” suena tan irresponsable y desmedido; a menos que se reduzca a la dimensión de un goce. Pero así, en ese estado infinitivo que estira la z y, acompañado de la inmensurable y multifuncional palabra “vida”, suena a pecado irrealizable, engañoso y hasta engreído.

Alberto Barrera nos advierte en la portada que el relato “dinamita la solemnidad de la literatura, la pompa de los cánones y de las cofradías”. Estoy de acuerdo, pero no puedo ofrecer una línea histórica sobre esta tendencia y esta meta profana. Mi formación literaria es tardía y solo ha obedecido a lo que me gusta, tanto, que no puedo dejar de leerlo. Quiero decir con esto que predominan los abandonos más que los esfuerzos. Sí recuerdo sensaciones en que he reído y gozado hasta patear el suelo leyendo a François Villon y a Rabelais. Con Crema Paraíso he tenido que cerrar el libro y llamar a un compadre para descargar mi alegría al llegar al pasaje del “pajarillo verde”. Esa imperiosa necesidad de compartir es la medida que voy a utilizar en el futuro para valorar los libros.

Crema Paraíso no esconde sus intenciones. Ya en el epígrafe nos advierte que conviene abrocharse los cinturones:

Yo a Maradona lo respeto como drogadicto. Lo que haga dentro de una cancha no me interesa.

Cesar Aira

Y así le entramos a una novela en la que el primer personaje en aparecer nos confiesa, incluso se jacta, de odiar los libros con toda su alma: “El papel acumulado a mi alrededor me da grima”. Está hablando de los libros viejos. Por cierto, el único frente capaz de competir con la avalancha de la literatura digital y la única fuente para quienes, como yo, no puede leer en pantallas ni pagar lo que están costando en una librería de Barcelona recién salidos de la imprenta. Adoro esos tablones en los mercados llenos de ajadas y huérfanas criaturas que aguardan por manos que las abran y les permitan volver a respirar. Y todo por un euro.

No voy a contar más sobre la trama y milagros de Crema Paraíso, aparte de algo que no puedo contener. El segundo personaje en aparecer, padre del primero y poeta consagrado, tiene un biógrafo de apellido Troyat. Este Troyat le ha dedicado tanto tiempo a su obra que el poeta sospecha puede estar enamorado y buscando otras cosas. La aparición de Henri Troyat, biógrafo de Tolstoi, Flaubert y de Guy de Maupassant (la de Maupassant fue traducida y editada por Monte Ávila y es tan deliciosa como dolorosa), me hizo cerrar el libro por segunda vez y hacer tres llamadas a tres amigos en tres ciudades distintas. Es mi nueva manía de internacionalizar lo que debería internalizar.

¡Ah! Y otra cosa. Aparece un personaje muy secundario radicado en Panamá, que debe estar inspirado o evacuado a partir de nuestro flamante y flamígero embajador Roy Chaderton. Esto ya es hacer trampa. Usar la referencia de un hombre que exuda en cada frase y cada gesto la seguidilla de “soy mantuano, soy blanco, soy fino, soy culto, estoy perfumado y empolvado, hablo idiomas, como bien y vivo fuera de Venezuela, estiro el cuello hacia atrás y sigo siendo chavista”, y que ha pronunciado en cámara lenta las palabras más crueles y despectivas sobre la condición de un pueblo oprimido y depauperado, es incitar a la galería.

Pero vamos a perdonar a Camilo el exceso de hacernos rememorar nuestra repelencia hacia “Rey Chaderton”. Su libro maneja con tanta gracia la exageración, la desfachatez, las fantasías, las referencias, la libertad, el humor y la variación de registros, que me está contagiando y esta crítica pronto va a parecer escrita por el reseñado.

Antes de terminar, voy a tocar tan brevemente como pueda un punto doloroso. Se trata de algo que brotó durante mi lectura como una sensación más que como un recuerdo: la historia del escritor y periodista Alejandro Rebolledo. No lo conocí, nunca lo leí y apenas escuché hablar de su novela Pim, pam, pum. Su nombre me llegaba como parte de un fragor al que yo no pertenecía ni podía pertenecer. La brecha generacional es más fuerte mientras más contigua y nos separaban veinte años, un mínimo que es un máximo. Así fue hasta el día en que Alejandro murió solo y ciertamente antes de tiempo. Entonces se levantó una ola que parecía haber estado adormecida pero que, con su trágica muerte, tomó una fuerza inusitada y un espíritu entre revisionista y vengativo. Los que, como ya expliqué, éramos de otra generación, no entendíamos el nivel de tanta pasión y tanto odio. Parecía ser más feroz entre quienes mayor (y más reciente) éxito habían obtenido frente al terrible desmadre físico y orgánico de Alejandro, y ya no intelectual o literario.

He revisado Pim, pam, pum. Creo que Camilo pertenece a esa misma generación que ahora llega al medio siglo y fue buen amigo de Alejandro. Creo también, y esto me conmueve profundamente, que Crema Paraíso reivindica la labor del amigo como un pionero que no tuvo la suerte y el tiempo de madurar.

Mi intención con estas líneas es compartir este burbujeante gozar con mis amigos y, a través de Prodavinci, con los amigos de los amigos. Ya el tiempo dirá si Crema Paraíso es capaz de retorcernos el alma al recordarla, y si algún día le entregamos a nuestros hijos o nietos un viejo libro con manchas de humedad y muestras de sabiduría y un profundo amor por la vida.¶

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El Súper Nobel y el mero Nobel

 

Jorge Luis y Mario

 

Es una antigua tradición escandinava: me nominan para el premio y se lo dan a otro. Ya todo eso es una especie de rito. Todos los años me proponen, todos los años me olvidan, eso da prueba de cierta simetría. Siempre recibiré el premio el año que viene.

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo

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Se transcribe a continuación trabajo de Rafael Narbona publicado en El Cultural hoy, Día de San Pedro y San Pablo, acerca de la noticia literaria del año: el libro Medio siglo con Borges de Mario Vargas Llosa. (Alfaguara. Barcelona, 2020. 112 páginas).

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Vargas Llosa se reencuentra con Borges

 

¿Qué convierte a un autor en clásico? Según Borges, la veneración de las generaciones posteriores, que se muestran unánimes en aproximarse a su obra con “previo fervor y una misteriosa lealtad”. En el caso de Borges, se ha cumplido este requisito. Cabe preguntar qué explica esa actitud. ¿Acaso la perfección formal? ¿Tal vez un fondo moral que postula un ideal capaz de sobrevivir a los estragos del tiempo? Más sutil, Borges señala que los clásicos esconden un secreto: “la inminencia de una revelación que no se produce”. En Borges, tan nítido y preciso, siempre hay algo que se escamotea, una frontera que atisbamos, pero que nunca logramos traspasar. Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) ha intentado cruzar ese umbral durante medio siglo, leyendo y releyendo sus libros, entrevistando al hombre, tan distinto de él, y buscando las claves de un universo poblado de tigres, espejos, laberintos, cuchillos, malevos, teólogos, piratas chinos, bibliotecas y pistoleros del Oeste. No le importa reconocer que su empresa solo ha conocido un éxito parcial, lo cual corrobora que Borges es un clásico.

Vargas Llosa confiesa que su mundo literario no puede estar más alejado de Borges. Nunca ha sido capaz de observar el presente con la perspectiva del simple testigo. Siempre ha experimentado la urgencia de bajar a la plaza pública y alzar la voz. Novelista, ensayista e intelectual beligerante, los problemas de la metafísica jamás han ocupado la primera línea de sus inquietudes. Por el contrario, Borges nunca ha sentido aprecio por la novela—a su juicio, una hipérbole innecesaria—y ha preferido mantenerse alejado de la política activa, cobijándose en un anarquismo spenceriano. Su escepticismo siempre le ha distanciado del incómodo compromiso. Vargas Llosa ha creado vigorosos y humanísimos personajes, como el Jaguar, Zavalita o Lituma. Borges no ha engendrado seres imaginarios de recuerdo imborrable. Su principal mérito ha consistido en alumbrar prodigios verbales y filigranas intelectuales. Como su admirado Quevedo, ha pasado a la historia como el creador de “una dilatada y compleja literatura”. Su genio verbal supera al de Vargas Llosa, pero su orbe literario carece de pasiones humanas. Apenas habla de amor y omite el sexo.

En 1963, Vargas Llosa entrevista a Borges en Francia. Invitado a un congreso literario, el argentino manifiesta su estupor por su fama tardía. A los sesenta y cinco años, se ha convertido en una celebridad. Habla con nostalgia de los treinta y siete compradores de la primera edición de Historia de la eternidad, un título capcioso que esconde un oxímoron, pues la eternidad, en tanto negación del devenir, no puede tener historia. Ahora tiene miles de lectores y siente que es como no tener ninguno, pues solo son una masa impersonal. Borges elogia a Léon Bloy, un energúmeno adorable que concibió el universo como un texto con una gramática oculta. La segunda entrevista entre Vargas Llosa y Borges acontece en un apartamento del centro de Buenos Aires. Han transcurrido casi veinte años. Al peruano le sorprende la austeridad de la vivienda, con pocos y maltratados muebles, y con manchas de humedad en las paredes y el techo. Borges convive con un gato, Beppo, y le atiende una criada, que hace las funciones de lazarillo. No hay muchos libros en la casa y es inútil fatigar las estanterías buscando una obra de Borges. “El tema no me interesa”, confiesa el argentino. “¿Y quién soy yo para codearme con Shakespeare Schopenhauer?”. Cuando le preguntan si está dolido porque la Academia Sueca no le haya dado el Nobel, contesta que no: “Esos caballeros comparten conmigo el juicio que tengo sobre mi obra”. Agnóstico, no le preocupa la muerte. La nada le parece una perspectiva apetecible.

Vargas Llosa explica que en sus inicios el argentino le parecía todo lo contrario de lo que admiraba. Frente a Sartre, su modelo, Borges era un exquisito recluido en su atalaya de marfil. Años más tarde, cuando ya no soportaba a Sartre y a sus catecúmenos, comprendió que Borges era lo más extraordinario que le había sucedido en el siglo XX a la literatura en lengua española. Borges sacó a nuestras letras de su provincianismo, redescubriendo territorios tan vastos como los mitos escandinavos, la poesía de Milton, las pesadillas de Poe, la exactitud de Valéry, la pavorosa imaginación de Stevenson o los sarcasmos de Chesterton. Fue un renovador de la talla de Rubén Darío. No obstante, hay algo que separa a Borges de Darío. El nicaragüense creó escuela; Borges, en cambio, es inimitable. El autor que intenta imitarlo desemboca en la parodia, advierte Vargas Llosa. Su originalidad es estrictamente irrepetible. “La revolución de Borges es unipersonal; lo representa a él solo. Borges es una anomalía”. Se mueve en el ámbito de lo intelectual y abstracto, cultivando la parquedad. Deshidrata al idioma y lo reinventa desde la inteligencia. Su disciplina del adjetivo es deslumbrante. Con la edad, Borges se hizo menos barroco, siguiendo el magisterio de Alfonso Reyes, que incitaba a la claridad y la sencillez. Vargas Llosa, dolido por el menosprecio de Borges hacia la novela, apunta que ese rechazo procedía del horror al “barro humano”. Ese recelo explica sus bandazos en política. Feroz crítico de HitlerStalin, Castro y Perón, alabó a Videla y Pinochet. Rectificó años después, con escaso énfasis.

Agasajado y aclamado, Borges era un hombre solitario y con miedo a los afectos. Vargas Llosa señala que la obra del argentino es “uno de los milagros estéticos del siglo”, pero “por exceso de razón y de ideas”, hay en ella “algo inhumano”. Su insolencia vanguardista nunca se apagó, impeliéndole a hacer comentarios llenos de malicia, como cuando dijo que Lorca era “un andaluz profesional” y habló del “polvoriento Machado”. Vargas Llosa señala la inadvertida influencia de Borges sobre Onetti—Santa María es un eco de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius—y destaca su ética de escritor, apreciable incluso en las reseñas que escribió en los años 30 para una revista de amas de casa llamada El Hogar. Borges conoció el amor con María Kodama. Con ella viajó en globo, navegó por el Nilo y escanció con la mano la arena del desierto. No fue un matrimonio de interés, sino un regalo inesperado. Un soplo de dicha en una vida marcada por el fracaso sentimental.

Medio siglo con Borges es un festín de la inteligencia con dos comensales extraordinarios. Confronta a un escritor “podrido de literatura” que soñó con ser un hombre de acción con la “orgía perpetua” de un novelista con grandes dotes como crítico literario. Borges opinaba que “el pensamiento de Schopenhauer” y “la música verbal de Inglaterra” superan a la vida en interés. Vargas Llosa discrepa: la vida real esconde más riqueza y misterio que cualquier experiencia estética. Sin embargo, este libro cuestiona ese razonamiento. Yo he tenido la impresión de leer un relato más del escritor argentino. El talento de Vargas Llosa, otro gigante de las letras, transforma los textos reunidos en una filigrana narrativa con tintes oníricos. El encuentro entre los dos genios parece en algunos momentos una inspirada escena de Flaubert, al que ambos tributan una admiración simétrica. Borges diría que la realidad está sobrevalorada y que no se le puede hacer mayor halago que exaltarla como si fuera ficción. Solo la fructífera pluma de Vargas Llosa, también infectada por la literatura, podía lograr un prodigio semejante.¶

Rafael Narbona

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La V de la Victoria

Victoria de Stefano, la Niké de Caracas, por Ernesto Costante

 

Por estos días, el estupendo portal de Prodavinci publica, en su sección Perspectivas, una cadena de trabajos acerca de Victoria de Stefano, muy importante escritora venezolana de obra numerosa y sutil, sabia como ella. Así la presenta: “Con esta serie Prodavinci festeja las ocho décadas de vida de Victoria de Stefano—y más de cincuenta de escritura creativa–—y se une a la celebración permanente de su universo narrativo: obra singular en el contexto de la literatura venezolana y de amplios alcances en otras regiones de la lengua”. De los varios eslabones se reproduce acá el primer capítulo de su más reciente novela, que ha sido publicada nada menos que por Seix Barral: Vamos, venimos.

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La suma de nuestros días y los que restan de los ya concedidos

Cada vez más a menudo, y a la hora propicia de la luz menguada del atardecer, Juan salía a sentarse en el banco adosado a la pared del porche abalconado. Había descubierto que desde esa posición adelantada—metro y medio por encima del nivel de la calle—se le ofrecía una vista considerablemente más amplia que la de los ventanales del piso de arriba, bloqueados por la fronda de los consecutivos árboles: mangos, luminosos flamboyanes, bucares, ceibos, trinitarias de árbol en suntuosa expansión floral (y sin que nada las contuviera en su ascenso) tirando a morado (flores no, brácteas, una variedad de hojas diferentes a las nor- males, tirando a morado tampoco, magenta, especificaba su madre, que tenía un lado puntilloso con respecto a la precisión de los términos, que era un color mestizo producto de la cruza cromática por la cual el azul se encendía de un rojo púrpura vivo, también llamado fucsia por el mórbido tinte rosa violáceo de las inflorescencias de un arbusto oriundo de Américarosa mexicano por el uso frecuente en textiles, vestimentas, collares, ajorcas y otros objetos tradicionales, que le daban ellos).

Como no tardaría en darse cuenta, lo que al principio le pareció un medio efectivo de entretenerse y de paso atemperar la sequedad de su ánimo, al cabo de un tiempo acabó convirtiéndosele en el protocolo de un nostálgico hábito de obediencia. Al llegar a esa hora, como por efecto de un reflejo condicionado, su tictac interno lo empujaba a acantonarse en el banco pintado con varias capas de verde, que, según las variantes de su humor lingüístico, llamaba su apostadero, su trono, su bastión, su podio de vigilancia, su butaca, su asiento de palco, su observatorio de mirar en torno y de cara al proscenio de una calle cada vez más alejada de lo que había sido en su infancia… E inclusive, a contrapelo de su índole contemplativa, designaba como su potro de amasar, rumiar, meditar a fondo las versiones menos halagüeñas de su pasado en función de toda evidencia de su irremediable presente. Ya que de las cosas miradas y remiradas hasta absorber su centro y alrededores, saltaba a los eventos, tan vívidamente vívidos que se cerraban al consuelo de pinchar un cortísimo golpe de tiempo e ir a perderse, sin hincar, solo a rozar sus espinas.

Espoleado por la acuciante y, en cierto sentido, mórbida tendencia a la curiosidad (ya de niño se entretenía en osadas y no del todo inocentes pesquisas detectivescas: motivos, causas, indicios, pistas, en la detallada complejidad de la alineación de conjunto), más que en recrearse con la placidez del variado, aunque pequeño, jardín de matas ornamentales, que a fuerza de lluvias habían pasado, con cada nuevo brote, de arbustos a frondas de maciza sombra, alternando sus aureolas del amarillo al naranja brillante, del violeta de genciana a ciertos híbridos entre el lila y el verde, empleaba las horas en observar a los viandantes, gente, peatones ocasionales, pero muy en particular a la comunidad de los vecinos que, finalizadas sus ocupaciones y exorcizando el peligro de la noche por llegar, aceleraban el paso para regresar a sus casas custodiadas por rottweilers, dóberman y otros bien adiestrados perros guardianes o, corridos los portones eléctricos, dirigían los automóviles rápida y silenciosamente a los garajes con la ilusión de compartir con los suyos.

Además de centrarse en todo lo que estaba a su alrededor, estaba muy dentro de él, aún suspendida en el proceso de la convalecencia, la necesidad de enfrentar cara a cara el hecho incontrastable de que se encontraba ahí, justamente ahí, esa tarde, al igual que ayer, que anteayer, que en el intacto, invariable, perpetuo ayer de antes de ayer, precisamente en ese banco, su banco, en esa casa, su casa, en su calle, su larga calle arbolada, a merced de las fluctuaciones acariciantes de la brisa corriéndole detrás de la nuca y de cierto olor benévolo de las plantas que batía el aire.

Ahí, justamente ahí, de donde al irse lo había hecho en la convicción—completamente errada, como vendría a demostrarse veintitantos años más tarde—de que ni en el más estrafalario de sus pronósticos se encontraría nuevamente ahí, en los viejos predios familiares, ahí, donde ya en camino de hacerse hombre, en la solemne acepción de la palabra hombre, creyéndose ser algo sin ser aún digno de nada, había cortado las últimas amarras buscando evadir el pasado y allegarse en imaginación y fantasía a todo lo que se consideraba reservado: otra vida, otros paisajes, ca- lles, ciudades, continentes, océanos, nuevas navegaciones, nuevos puertos, diferentes advenimientos, en substitución de todo lo que habría de dejar atrás, perdido, inubicable en el bloque suspendido del tiempo, en el abandono definitivo de lo perpetuamente ausente. Otros retos, otras expectaciones, otros afanes, otros emprendimientos.

Si dos o tres años atrás alguna mente profética le hubiese predicho que se hallaría, como San Antonio Abad, repetidamente tentado por los incansables demonios de la soledad y el silencio en su cueva sepulcral en Egipto, cerca del mar Rojo, que no es mar ni es rojo, pero que al atardecer sí refleja las altas montañas rojizas y desérticas de Jordania. O como San Pablo el Simple, entre los primeros padres del desierto engendrador de monstruos, o como Simón de Antioquia, silente, inmóvil como una estatua, haciendo cuerpo con su santo cuerpo penitente sobre la eternidad de una pilastra de quince, dieciocho, veinte metros de altitud, según otros testimonios, a fin de en el rigor del exilio autoimpuesto, bajo el sol de Alepo sobre su cabeza, ganarse el cielo, o, para no andar tan atrás en los tiempos de la cristiandad, que se encontraría, entre otros magnos improbables, magnos a la par que felices, como su amigo Alfred Fleming, descendiente de un oficial de la Legión Británica, a quien lo unían muchos lazos, en la pampa argentina armado de su escopeta en persecución de los antílopes negros de firme y elegante cuello y cuerno alargado, o, con unos cuantos alborozados veraneantes a bordo de un yate de lujo de cincuenta metros de eslora y dos de calado, costeando alguna isla de las Antillas Menores, no lo habría creído más imposible que su estar ahí donde estaba asentado. Devuelto a sus exactos límites, a su unidad de lugar, a prudente lejanía de los ascetas de la Tebaida, de los antílopes de la pampa argentina, de las islas, islotes y otros pequeños enclaves marinos y sus luminosos meridianos.

Cómo había ocurrido eso de hallarse material y tangiblemente en ese y no en cualquier otro domicilio era algo que lo rebasaba, por sabidos y archisabidos que tuviera los acontecimientos—sin descartar el que pudiesen ir a peor—que lo habían sacado de su carril para, a su modo alevoso y sarcástico, traerlo de vuelta al punto de partida, ahí, al territorio donde había crecido y del cual, aupando ensueños y quimeras, había alzado vuelo como si se dijera a otra galaxia.

Los hechos se habían gradual y progresivamente estratificado en su conciencia. Primero esto, después aquello, de principio a fin y de nuevo al comienzo superponiéndose, confundiéndose, anubarrándose, de día, de noche. De ahí que no estuviera en capacidad de ponderar, aquilatar, discernir, aseverar si ese hilvanarse de aconteceres obedecía a los enredos del promiscuo albur, a la demencia, a la vanidad, a la alquimia con que las pasiones distorsionaban todo o a los procederes indicativos de una inescrutable fatalidad superior.

A veces, echando una mirada retrospectiva, se inclinaba, antes que por los fallos de la accidentalidad, por un estatuto más puntual en el aquí y ahora de la consecución de sus fines. En ciertos momentos, apelando a una posición más ecléctica que la férrea ley de causas y efectos, tendía a pensar que no había casualidad sin necesidad, que lo casual y lo inevitable no se oponían, que más bien obraban uno en interés del otro, propiciándose, solidarizándose con cada oportuna intervención, ajustando el ritmo y elegancia de sus pasos como si se tratara de una supermáquina de apremiar y contrastar, por armonía y contrapunto, las entradas y salidas de algunos de esos bailes de salón en los que, con arreglo a un fatigoso repertorio de movimientos, los bailarines, dándose la alternativa a intervalos preestablecidos, desplegaban sus evoluciones a fin de empoderarse de todo el perímetro de traslación del salón.

En cualquier caso, fuese el fallo obra del albur o de la necesidad, ¿dónde quedaba la trágica y desentonada libertad? Si no éramos más que seres abandonados al arrastre de la realidad, al andar a tientas entre los reveses de nuestros mal cumplidos terrenales deseos, deseos grandes que eran quimeras, quimeras que se iban degradando, que por fatiga y cansancio, finiquitado el bailoteo, iban a dar de bruces al piso. ¿La voluntad es libre? Es libre, libre y responsable… pero qué podemos nosotros, qué puede nuestra humana simpleza contra los órdenes jerárquicos que condicionan la complejidad en pensamiento y acción del mundo. ¡Qué purgatorio! ¿Alguna vez acabará todo este atronador permanecer en la ambigüedad y la ignorancia, asediados, mareados de tantos temerarios, confusos, agotadores traqueteos de preguntas? ¿Cuál sería el motivo de ese enzarzarse y revirarse entre patas de arañas e insectos depredadores suspendidos de los hilos segregados por su propia saliva? ¿Por qué esa imposibilidad de cerrarles preventivamente la boca?

Poner la vida en limpio, salir de conjeturas e hipótesis acerca de lo que somos era lo que él y todos deseaban.  Pero para eso habría que poder colocarse a distancia clínica de las perturbaciones del episódico, fragmentado, caótico, esquivo, oscuro, cambiante y, por caótico, esquivo, oscuro y cambiante, desconocido yo, como si se tratara de acometer el graficado sincrónico y unitario del mapa trabado del relieve terrestre en un solo plano largo, a fin de mostrarlo signo a signo, hoja a hoja, sin elipsis ni omisiones, y ya impuestos de él, volver la última página y dar por cabalmente restituido el texto conciso y completo, libre de enmienda y, a título de verdad pura y segura, hasta en la letra chiquita. ¿Ser transparente para sí mismo, más allá y más arriba de la sugestión de los sentidos y de las presuntas y caducas experiencias? ¿Querer, poder saber más de lo sabido, sin incertidumbres ni cabos sueltos, como primer requisito para que la verdad escueta y simple venga entera a nosotros? Como un hágase la luz, y la luz de un alma capaz de elevarse a la verdad desnuda se hizo.

Ni pactando, de ser posible invocarlo, de ser posible tentarlo, convencerlo del valor de nuestras almas para sus malévolas confabulaciones, con Satán, el Señor de las Moscas, pensaba Juan, se llegaba a semejante imperar en extensión y profundidad del saber sobre el saber de nosotros mismos. Todos queremos ver nuestras vidas en orden, entrar y salir de ellas, habitarlas sin hiatos ni desgarraduras, pero, en definitiva, quién, quién puede.

Pese a su disposición a no hacerle fiestas a su desaliento, a tomárselo con serenidad, sin acrimonia ni resquemores, como el agua pasada que era, escurriéndose entre los dedos, no podía dejar de considerar todo el asunto como un escarnio al sacrosanto monstruo de la libertad del que siempre se había jactado y sobre el cual debía reconocer que había sido él, solamente él, quien se había engañado, pretendiendo, decisión tras decisión, que su insolente y gloriosa juventud, la biología, su vitalidad, su amor propio, suscribirían por sí solos la linealidad a mediano y largo plazo de su prospección de vida.

Cuando era joven creía tener a ojos vistas una irrefutable y cruda noción del mundo (solo algo más grande y más diversificado de aquel en el que se había criado). Presumía ser ni más ni menos la persona que quería ser, saber todo lo que había que saber para llegar a ser quien deseaba ser, que solo necesitaba atreverse a darle la espalda a todo lo que no fuera ese saber. Pasado un tiempo, semejante imperdonable presunción le fue dejando bien claro que acabaría pagando por ella un precio más bien alto y, de paso, por mucho que tratara de pasarla en silencio, que terminaría sonrojándose con una humillante sensación de ridículo.

Eso era lo que más lo ofendía, haber creído, haberse infatuado, deseando, codiciando, considerándose falsa, terca, tontamente libre y soberano, apostándole a su egolatría, al su aún por verse coraje, como si otros decursos violentos, otras fuerzas de castigo, ajenas, como suele decirse, a la voluntad deseosa del indiciado, no formaran parte de la trama… Haber obviado el determinismo, la consumación de los infortunios, las incongruencias fraguadas de manos sueltas y tras bambalinas por los poderes que hacían de las suyas en el mundo… Haber olvidado que fe y realidad—la realidad que ignora la fe tanto como se ignora a sí misma—iban cada una a su destino, cada una con su propia hoja de ruta, como esos barcos que al cruzarse en altamar se saludaban haciéndose señas desde el puente de mando. Cada uno poniendo proa a su puerto de desembarque, cada uno roturando las aguas con el trazo de su estela de espuma destellante de sol o de luna. Dos barcos como dos puntos afantasmados que luego desaparecen como si nunca se hubieran entrecruzado en la inmensidad de las aguas marinas.

Una tocaya en Samotracia

La fe, esa fuerza irrazonable y sublime, ese hervor entusiasta en comunión con los éxtasis en alabanza a los dioses, que como por función de un resorte resisten y ceden, resisten y ceden tantas veces como el tensor elástico sea capaz de aguantar, hasta que llegue el día en que caído en desuso ni jale ni afloje. Lo real, ese otro solfear de lo prosaico y crudo percibido como reverso de la medalla, enfocado a lo estrecho y sofocante de las míseras circunstancias a que estaban universal e irrevocablemente sometidos los hijos de los desterrados del Edén, herederos en titularidad, y no por casualidad ni por simple inercia, de la dimensión vertical de la caída y el mal…

De cara a todo eso, lo que más lo vejaba era haber vuelto a ser el muchacho atolondrado que sin pena ni gloria, depuestas las armas de la rebeldía, ya curado de ilusiones, cuyos perversos esplendores le arrancaban ahora solo risas, risas agudas, risas estrepitosas, risas feroces, risas llorosas, estaba como al principio, fijo, petrificado, en el lugar del que, hacía muchísimo tiempo, con la sinrazón de sus básicos artículos de fe, sobre lo que le estaría reservado para cuando, sin mirar hacia lo que dejaba definitivamente atrás, se hubiera ido.

Sin embargo, tener cada tarde una base estable donde descargar la cabeza, un sitio que lo convidara a hundirse en sus cavilaciones furtivas a pensar y repensar, subsumidas en el fluir de su duración, una buena cantidad de eventos, acercándolos, según fueran más o menos placenteros, manteniéndolos a raya, ahuyentándolos siempre que lo apesadumbraran, no era un bien desdeñable. Sin ir más lejos, ese porche donde estaba sentado, sentado y con sus ojos irrestrictamente abiertos, sentado y con sus dos oídos dispuestos a no perderse de nada: un ceremonial que, aunado a la semiconsciencia de la rigidez de sus huesos posicionados en la dureza del banco pintado de verde, lo devolvía a la monotonía de su niñez, al vacío opresivo del área circunscrita al quicio de la logia abalconada que se conectaba, como un segundo umbral, al ínfimo jardín y al murito que lo separaba de la calle.

En el banco en el que se recuesta es empujado del revés en la tempestad de los recuerdos. Inoportunos, intempestivos, indetenibles, se cuelan furtivos antes de emboscarse en los huecos muertos del olvido. A ratos se atasca, a ratos se queda en blanco. A ratos se sorprende libre de sobresaltos, a prudente distancia, pasando muy largo de largo, avanzando y retrocediendo con el sosiego que llega avizorando puertas afuera el morir de la tarde: una más, una menos, como un estar y no poder estar de ida a alguna otra parte, solo una sombra plantada entre las sombras que se esparcen por doquier cuando la noche llega. Entonces, hoy como ayer, de una hora en otra, se abría a todo lo que vivía y se movía, a todo cuanto cuajaba en el interior de casas y apartamentos, sala, comedor, dormitorios, a todo cuanto se le ofrecía, más allá de las intimidades presentidas, al viento remecido de las cortinas de gasa. Al repertorio de lo que estaba aquí y ahora, a lo que aparecía y desaparecía, a lo que estuvo y ya no estaba al instante siguiente, a lo que estaba por ver, por oír, por conjeturar todavía…

Adentro, en la cocina, la cotidianeidad del fregar, enjuagar, secar, colocar los platos, vasos, cubiertos en los gabinetes. Con su recurrente gemido de bisagras flojas, su abrir y cerrar de puertas crujidoras, combadas, henchidas, roídas por la herrumbre y la humedad… Afuera y al fondo, el flujo homogéneo del tránsito, de los autos que se detienen y vuelven lentos sobre sí mismos antes de partir, el ulular de una sirena, el rumor constante de los motores, el ajetreo del día extinguiéndose como los bramidos de un final de partido en las tribunas de un estadio deportivo, como la tempestad que se retira detonando sus últimas, esporádicas, clamorosas salvas. Adentro y afuera, ráfagas de sonidos, sonidos nítidos, sonidos fuertes, por momentos débiles, bordoneando por arriba o por debajo, al favor de la corriente, cuyo registro sensorial le permitía detectar a cuánta distancia se hallaba del banco donde se sentaba en su niñez a ver pasar las horas en la confusión y nebulosidad de sus detalles y aun así sin hastiarse al grado de cambiar de escenario.

Hoy como ayer, estando metido en sus cavilaciones, le llegó súbitamente la voz de su madre viniendo de la cocina: ¿Juan, estás ahí? La cena no tarda

Aquí, mamá, presente y ausente, perezosamente vacante. Aquí, como un maestro zen en el momento de disfrutar, qué mejor, de la tarde que está por finalizar. Cuando la respuesta más veraz tendría que haber sido: Aquí, mamá, en mis cuarteles de invierno (enteramente inmóvil y de brazos cruzados), intentando, solo intentando retroceder a tomar contacto con la leve, alada ternura del niño, aquel que una vez fui, mimado, consentido por ti, inamovible en su nula consideración por tus desvelos, por lo mucho que diste de ti para mí, algo de lo que siempre tuve perfecta conciencia, de lo que nunca quise ni juzgué necesario corregirme, y de lo que nunca dejaré de arrepentirme.

Aquí, el mismo de ayer, de hoy y de siempre, para el que todo, y, por último, nada ha cambiado, solo que para su desgracia los años, y cómo, uno tras otro se han ido juntando. O, en palabras más irrefutables y ciertas: Aquí, en peligro de regresión al desnudo, monótono estar sin otra elección en el mundo… Aquí, volviendo a tomar aliento.

Aquí, en mi lugar de resguardo esperando a saber con qué lances, con qué mandas, con qué golpecitos se presentará el favor o disfavor del azar a tocar a mi puerta. Aquí, a la expectativa de tiempos más favorables.

Juan, ven, ven, la mesa está servida, y abrígate, mira que está haciendo frío, le escucha decir a su madre, pero él, entrecruzado de imágenes, sonidos y voces, en particular los suyos propios impedidos de hacer silencio, la oye, la oye repetidas veces, de lejos y menos lejos, de primer intento se empuja ligeramente hacia adelante. Algo suena, es el asfalto seco que una llovizna apenas visible con retraso humedece.¶

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Vamos, Venimos. Biblioteca Breve, Seix Barral Colombia, 2019, 304 pp.

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Los restantes eslabones forjados por Prodavinci:

    1. Victoria o el esplendor de la madurez creativa; por Ednodio Quintero.
    2. Victoria me acerca a un rostro; por Rodolfo Izaguirre.
    3. Victoria de Stefano: “A veces siento que llegó la noche”; por Hugo Prieto.
    4. Primer capítulo de “Vamos, Venimos”, la más reciente novela de Victoria de Stefano.
    5. Mi novela favorita de Victoria de Stefano; por Oscar Marcano.
    6. Aprender a caminar de nuevo; por Rodrigo Blanco Calderón.
    7. Victoria de Stefano: Claro-que-sí; por Carolina Lozada.
    8. Para Victoria de Stefano; por Krina Ber.
    9. La utopía literaria de Victoria de Stefano; por Luis Moreno Villamediana.
    10. Simplemente, Victoria; por Hugo Prieto
    11. Victoria de Stefano: “En una novela tiene que haber verdad y belleza”; por Hugo Prieto.
    12. La niña Victoria; por Antonio López Ortega

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José Gregorio será Beato

 

Ayer trajo El Universal esta nota:

“Los Decretos promulgados hoy por la Congregación para las Causas de los Santos con la autorización del Papa Francisco, llevarán a la beatificación a tres Venerables Siervos de Dios que vivieron en el siglo XIX, por el reconocimiento de un milagro atribuido a su intercesión”. Así lo informó el órgano oficial de información de la Santa Sede confirmando que “la Iglesia de Venezuela, de Latinoamérica y de todo el mundo se alegra porque ha sido anunciado el reconocimiento de un milagro que permitirá la próxima beatificación de uno de los laicos católicos más célebres de dicho país. Se trata de José Gregorio Hernández Cisneros”. En la información destacan que “José Gregorio tenía una fuerte vocación religiosa: en un principio quería ser monje y se fue a Italia en 1908, donde entró en la comunidad de Certosa di Farneta, en la provincia de Lucca”. “Trató a los pacientes con valentía durante la epidemia de fiebre española”, precisan entre los méritos del venezolano. “El 29 de junio de 1919, mientras iba a la farmacia a comprar medicinas para una anciana, fue atropellado por un coche y llevado al hospital donde recibió la Unción de los Enfermos”, recuerdan. “La Congregación para la Causa de los Santos ha promulgado hoy, 19 de junio de 2020, el decreto con la autorización del Papa Francisco para la Beatificación del Venerable Dr. José Gregorio Hernández, lo que hará del médico de los pobres el 4to Beato Venezolano, y el primero trujillano”, destacó por su parte la Conferencia Episcopal Venezolana (CEV). “La noticia es de alegría para toda Venezuela e incluso en América Latina, que ha despertado una gran devoción por el Venerable, uno de los laicos más insignes de la Iglesia, ejemplo de las virtudes cristianas, con una fe inquebrantable”, destacan. “Han sido 71 años desde que el proceso de beatificación y canonización del Médico de los Pobres fuese iniciado por Mons. Lucas Guillermo Castillo, quien fuera Arzobispo de Caracas, en 1949. Hace 34 años, el 16 de enero de 1986, fue declarado Venerable, por el Papa Juan Pablo II”, explican.

El dato sobre la actuación del Dr. Hernández durante la Gripe “Española” sugiere que fue un médico de pandemia que nos hace falta ahora.

La pandemia de gripe de 1918, también conocida como la gripe española, fue una pandemia de gravedad, causada por un brote del virus Influenza A del subtipo H1N1. (…)​ Se considera la pandemia más devastadora de la historia humana, ya que en solo un año mató entre 20 y 40 millones de personas. (…) Recibió el nombre de gripe española porque la pandemia ocupó una mayor atención de la prensa en España que en el resto de Europa, ya que no estaba involucrada en la guerra y por tanto no se censuró la información sobre la enfermedad. Aunque el origen del virus se acepta que fue Estados Unidos—fue el 4 de marzo de 1918 en Camp Funston, uno de los campamentos militares establecidos en Kansas tras el comienzo de la I Guerra Mundial donde se registró el primer caso—, un estudio de 2014 plantea la hipótesis de que el origen de una de las cepas letales del virus pudo estar en Madrid, aunque sin pruebas científicas de que esto fuera así. (Wikipedia en Español).

José Gregorio Hernández es mencionado numerosamente en Alicia Eduardo – Una parte de la vida, el libro de la hormiga Nacha, puesto que era el médico de sus bisabuelos maternos, Juan Pablo Eduardo Bustamante y María Durán. Acá abajo se transcribe esas menciones. LEA

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Juan Pablo no podía dormir. Fue de nuevo al cuarto de las niñas, tres ahora con una nueva pequeña, para asegurarse de que estaban bien. Tocó sus frentes con cuidado de no despertarlas, pero Alicia abrió los ojos cuando su padre puso sus dedos frescos en su cara. Ella sonrió y él la bendijo, cerrando sus párpados con suaves besos. Le preocupaba mucho la salud de sus hijas; iba a sus cuartos varias veces por la noche para comprobar que estuvieran bien.* Era una costumbre que lo tranquilizaba, pues estaba seguro de que podría salvar a las niñas de las enfermedades comunes en aquellos días si descubría a tiempo cualquier quebranto. Jadeando un poco por aquel sencillo recorrido, fue al baño de nuevo antes de acostarse a luchar contra el desvelo.

Él mismo no se sentía bien; la indisposición estomacal persistía. Pensó que tendría que pasar por la consulta del doctor José Gregorio Hernández, su médico de cabecera, pues había aumentado de peso, sus pies estaban inflamados y había tenido palpitaciones en el pecho y mucha debilidad. Pero lo peor era la falta de concentración y el desgano que sentía constantemente. La administración de las casas, su trabajo habitual, le causaba un agotamiento que lo preocupaba. El insomnio lo había estado acosando últimamente y aquella madrugada no parecía ser distinta, más con el calor y la humedad de aquellos últimos días del mes de octubre de 1900.

Después de leer un rato, pasadas las cuatro de la mañana, se quedó semidormido. Sentía su cuerpo en total reposo y hasta roncaba rítmicamente, pero de algún modo su mente estaba despierta y alerta. Sumido en el letargo escuchaba, por más que no quería, cómo aullaban los perros de forma extraña, como si anunciaran algo indefinido e inminente. De pronto escuchó un ruido sordo, un rugido pavoroso que crecía acompañando una violenta sacudida de la tierra. Las cosas que caían al piso haciéndose pedazos terminaron de despertarlo. Se levantó, y tuvo que luchar con la puerta de dos hojas que se había atascado. Con un empujón logró abrirla de par en par y corrió hacia el patio. Volvió a acosarlo el malestar, pero era tan fuerte su miedo por el sobrecogedor terremoto que no lo tomó en cuenta. Escuchó gritos, y pudo ver cómo se desprendía el techo sobre el sitio donde segundos antes descansara y que un amasijo de la intrincada red de caña brava y tejas de arcilla ocupaba ahora su lugar en la cama. (Págs. 63-64).

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Juan Pablo Eduardo Bustamante

Al fin, cerca del mediodía, entró de sombrero puesto el doctor Hernández. Después de examinar cuidadosamente a Juan Pablo, dictaminó que había tenido un ataque al corazón, y que era mejor trasladarlo hasta una cama con mucha precaución, darle los medicamentos que recetaría y cuidarlo con amor. Les refirió impresionado, mientras compartía con ellos una taza de sopa, que tuvo que atender varios heridos de gravedad afectados por el sismo, y se decía que había algunos muertos y un inmenso desastre. Los habitantes de Caracas se habían echado a la calle, atemorizados por las numerosas réplicas y el latente recuerdo del terremoto que en 1812 había destrozado la ciudad. Hasta el presidente Castro, en paños menores, se había lanzado desde el balcón del segundo piso de la Casa Amarilla, el que daba a la calle entre las esquinas de Principal y Conde, y se había fracturado un pie. Lo habían acostado en plena plaza Bolívar sobre un colchón. Contó que tanto la Bolívar como todas las demás plazas se habían llenado de gente, y en el laguito de El Paraíso se había improvisado un rústico campamento, pues muchas personas habían huido de las calles excesivamente edificadas del centro de la ciudad. Algunos matrimonios de apuro se habían celebrado en las barracas, por el temor de una catástrofe inminente. A pesar de que los daños no eran muchos, la gente estaba muy asustada. (Págs. 65-66).

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Un mes después, cuando una cierta calma había vuelto a la ciudad y ya hacía tiempo que los muertos habían sido enterrados, María intentó convencer otra vez a Juan de pasarse a la cama. Pero de nuevo él se negó rotundamente, y permaneció allí sin despegarse de su asiento para nada. Desde la silla supervisaría después, como sabio maestro de obras, a los albañiles que arreglaron el techo de la casa. Sus amigos, y el mismo doctor Hernández cuando le hacía su examen médico semanal, le contaban los estragos que había producido el terremoto de cuarenta y cinco segundos, con sus doscientas cincuenta réplicas. (Págs. 66-67).

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El corazón de Juan también había tenido su propio terremoto, con réplicas y todo, y él ya nunca sería el mismo. Su salud no pareció mejorar a pesar de los muchos cuidados. Al contrario, se veía más débil e incapacitado para moverse de su asiento. Aquella silla, en la que se mecía cada vez más débilmente, poco a poco pasó a formar parte de su humanidad y él a ser parte de ella. Cuando lo mudaban de posición, para acomodarlo o vestirlo, sentía que su corazón amenazaba con dejar de funcionar, y el terror a la muerte lo ataba a la mecedora aun más. No quería separarse de aquel trasto que en su delirio sentía como balsa salvadora, pues no dejaba de asegurar a quien quisiera escucharlo que mientras permaneciera en ella estaría a salvo de la muerte. El doctor Hernández se veía muy preocupado por la salud de Juan, sabiendo que la insuficiencia que sufría de la válvula mitral era muy peligrosa en esa juventud de treinta y dos años. (Págs. 67-68).

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Se deterioraba rápidamente frente a los ojos de María. Tenía los pies y el abdomen inflamados, aunque casi no comía por las constantes nauseas y vómitos. Le costaba mucho respirar y se le notaban visiblemente inflamadas las venas del cuello. Cada vez se sentía más indispuesto. Por su insomnio y su gravedad llenaron de paja la calle del frente, “para mitigar el ruido que hacían las llantas de hierro de los coches sobre el empedrado”. Juan desesperaba al considerar, en las noches interminables, que la tierra con sus sacudidas había alterado su vida, convirtiéndolo en un lisiado fundido a una mecedora, y que de nada le valdrían los buenos negocios, ni las haciendas, ni las casas que había comprado para devolverle la salud. Pronto iba a morir; estaba convencido de ello. Entendió que tendría que ponerse en paz con Dios y arreglar sus cosas. Comenzaron los preparativos para la administración de los bienes que María y las niñas habían de heredar. Quedaron de acuerdo en otorgarle a Francisco Mayz, amigo y administrador confiable, el manejo del patrimonio conyugal mediante un poder registrado en 1901. El 7 de julio de ese año, pasada la media noche, Juan Pablo Eduardo Bustamante, acosado por sus mortificaciones y con el corazón destrozado, murió sentado en su mecedora. (Pág. 75).

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Retrato hecho en Génova a María Durán

Para 1906, con el país pacificado bajo la férrea mano de Gómez, la salud de María comenzó a quebrantarse. Fue a ver a José Gregorio Hernández aquejada de fatiga, fiebre leve y sudoración excesiva, la que se presentaba sobre todo por las noches y que en un principio atribuía a su edad. Había perdido peso y sentía una opresión en el pecho, que había ido aumentado con el tiempo desde la muerte de Juan. El doctor Hernández se mostró muy preocupado por el terrible diagnóstico que tuvo que darle a María: tenía tuberculosis. Le pidió que guardara cama y no tosiera sobre las niñas para no contagiarlas, y prometió ir a verla con frecuencia a revisar la salud de ella y de las muchachas, cada vez que lo necesitaran. Cuando le hizo la primera visita en la casa, le pidió a las criadas que estuvieran pendientes de los medicamentos, mantuvieran la habitación de María ventilada, iluminada y limpia, se lavaran las manos antes y después de cada comida con agua y jabón, le pusieran una gotita de lejía al agua de enjuague de los utensilios de la enferma, y recogieran las expectoraciones en una bolsa de papel para ser quemadas en el patio. De inmediato José Gregorio comenzó una terapia con el aceite de chalmoogra** que hasta ese entonces se usaba para tratar los enfermos de lepra, pero era el medicamento que el sabio médico venía utilizando con mayor éxito en el tratamiento de la mortal enfermedad. Cada cierto tiempo le ponía una dolorosa inyección del aceite a María, quien al principio, y con los cuidados del buen doctor, comenzó a mejorar. (Págs. 78-79).

………

Francisco J. Mayz, cumpliendo con lo que María tenía dispuesto, compró el 9 de enero de 1908 en 16.000 bolívares una casa en la calle Sur 10 de la parroquia San Juan, entre las esquinas de Quebrada y Pescador. Esta compra se realizó justamente el día antes de la muerte de María, quien venía sufriendo de intensos dolores de cabeza y seguía con fiebre muy alta. No retenía alimentos a causa de los constantes vómitos, y después de sufrir varias convulsiones murió el 10 de enero de 1908, antes de cumplir los cincuenta y dos años de edad.*** (Pág. 83).

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El mismo día del fallecimiento de María, Francisco Mayz y Carlos Fleury hicieron lo que tenían previsto: se presentaron al Juzgado de Primera Instancia en lo Civil de la Sección Occidental del Distrito Federal en Caracas, a pedir al juez de la causa, Pedro María Morantes, que nombrara el consejo de tutela entre las personas que había escogido María Durán antes de su muerte.

Siete días después estaban en el juzgado los señores Francisco (Pancho) Larrazábal Fagúndez, José Gregorio Hernández, Charles Röhl y Otto Römer, quienes habían sido llamados por el juez para ser informados de su designación como miembros del consejo de tutela. El 20 de enero, el doctor José Gregorio Hernández presentó sus excusas ante el juez y declinó participar en el consejo “debido a sus múltiples ocupaciones”. Entonces fue llamado en su lugar Pedro Larrazábal, el adorado profesor de María Teresa y hermano de Pancho, para formar parte del consejo tutelar, quien aceptó de inmediato la responsabilidad. (Pág. 84).

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Josefina y Graziella vieron con sus propios ojos el tamaño del mundo, y le tocaron a cuatro manos los valses criollos en el pabellón de Venezuela. En el Grand Hotel de París tocaron para la corte del ex presidente Guzmán, como tantas veces lo hicieran para muy pocos oídos afortunados en tardes caraqueñas. Compartieron con Arturo Michelena cuando presenciaron la inauguración de la Torre Eiffel, y admiraron la obra que él pintara para esa Exposición Universal. La pintura, un teatral cuadro de Carlota Corday camino al cadalso, que recrea la atmósfera del instante retratado con impactante realismo, obtuvo medalla de oro. Naturalmente, esto fue considerado en Venezuela un triunfo, que fue celebrado de manera estruendosa. Otro pintor venezolano, Emilio Boggio, ganó medalla de bronce.

Los venezolanos que estaban en París se alegraron también con la medalla de oro que otorgaron a Vicente Marcano en química agronómica, por su muestra de diversos tipos de guano de aves de nuestras cuevas. El mismo Marcano montó en el pabellón de Venezuela, cuya fachada era copia exacta de la catedral de Caracas y estaba situado al lado del templo inca del Ecuador, un mapa geológico del país con muestras de minerales nativos que fue muy elogiado. En la espaciosa sala se exponía además “…muestra de café, y pilones de su panela dulce, y libros de versos y de ingeniería, y zapatos ligeros y finos”. Los visitantes del pabellón venezolano también pudieron descubrir algunos de nuestros típicos productos alimenticios, como lairén, apio, ocumo, ñame, batata, mamón y yuca, y asimismo muestras de más de veinte aguas termominerales, tejidos, cestería y artesanía indígena.

La medalla de oro al mejor violín expuesto también estuvo relacionada con Venezuela. El instrumento fue comprado por José Gregorio Hernández, quien se encontraba en la ciudad estudiando en el laboratorio de histología de Mathias Duval, mientras conseguía el instrumental necesario para el Laboratorio de Fisiología Experimental del Hospital Vargas de Caracas. El médico tocaba ese violín esporádicamente, y terminó regalándolo a un sobrino al abandonar todas sus posesiones para ingresar a la Cartuja de Lucca. (Págs. 140-141).

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* Recuerdo que contaba Alicia Eduardo.

** También chaulmoogra, Ginocarda odorata. En sesión de la Academia de Medicina en 1918, Hernández presenta una nota provisional al respecto, la cual finaliza así: “Aunque esta es una comunicación preliminar, pues no hemos tenido el tiempo suficiente para un estudio definido, podemos sin embargo deducir de nuestro trabajo las conclusiones siguientes: el aceite de chaulmoogra ciertamente mata al bacilo de Koch, los enfermos tratados mejoran su estado general después de la inyección… las inyecciones de uno o dos c.c. separados por largos intervalos es lo mejor…”

*** Una certificación que se refiere al acta de defunción de María Durán, firmada por su médico de cabecera, el Siervo de Dios doctor José Gregorio Hernández, la guarda Gustavo Larrazábal Eduardo.

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En este grupo de médicos, José Gregorio Hernández es el primero de la izquierda. (Fotografía obtenida por cortesía de Ana María Zuloaga).

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El elicefante verde

 

Historias de familia – Cuarentena Covid 19

 

Junio 2020

 

En una oportunidad, le oí a uno de los profesores que tuve en la Escuela de Psicología de la UCAB algo que me quedó grabado: “Quien tiene recuerdos y vivencias bonitas de su infancia tiene el piso, la plataforma necesaria, para enfrentar situaciones conflictivas y difíciles a lo largo de su vida”. Sabia enseñanza, que en estos largos meses de confinamiento he podido recordar y valorar.  Me he aferrado a esas vivencias felices, a historias familiares, y al escribirlas las he atesorado aun más.

Josefina Sucre de Sucre conversa con Salvador Larrazábal Peña

Tuve el privilegio de que mi papá, Eduardo Larrazábal Berrizbeitia, fuera uno de los mejores “cuenta-cuentos” que haya conocido. Pienso que lo heredó de mi abuelo, Salvador Larrazábal P.* Los dos tenían ese don de la palabra y, quizás por eso, ambos fueron en el comienzo de mi vida los que comenzaron a llenar ese “disco duro” de mi memoria.

Mi abuelo Salvador fue el primero que perdí, teniendo trece años. Lo que más recuerdo de él era su sonrisa, su alegría. Nunca, jamás, lo vi vestido de otra forma que no fuera con su flux oscuro, su camisa blanca impecable y su corbata. Para una niña, esa imagen de sobriedad pudiera provocar temor, pero su avasallante personalidad lograba todo lo contrario. Vivió muchos años de su vida en Europa, entre Londres y París. En esta última ciudad conoció a mi abuela, Inés Berrizbeitia, quien residía allí, durante una reunión en la Embajada de Venezuela, a la que había acudido con sus hermanas y primas.

Se comprometieron más adelante y, de regreso a Caracas donde se celebraría la boda, trajeron consigo casi todo el mobiliario que conformaría su nuevo hogar. Tengo la dicha de tener, en el comedor de mi casa , el seibó** que siempre vi desde chiquita y que me causaba fascinación cuando oía que era traído de París.

Fue un hombre profundamente católico y comprometido. Junto con su gran amigo, Monseñor Ferreira, Párroco de la iglesia El Recreo, fundó la Acción Católica para dedicarse a innumerables apoyos sociales. Muchas veces, por ser su nieta mayor, me llevaba con él a las reuniones. Nunca me fastidié porque me encantaba oírlos hablando de Dios y de cómo podían trabajar para ayudar a los demás. Estoy segura de que esos recuerdos me llevaron de la mano para que siempre me haya inclinado al voluntariado de todo tipo, y hoy en día tenga más de veinte años dedicándome a la catequesis, algo que me apasiona.

Don Salvador no sólo fue un hombre alegre y divertido, sino valiente y lleno de coraje. Aquí es donde intervienen las historias que fui oyendo de él, narradas en primera persona por mi cuenta-cuentos favorito.

Siendo la mayor de seis hermanos, los primeros años de mi vida transcurrieron de forma idílica en una hacienda de caña donde mi papá, recién graduado de ingeniero agrónomo, comenzó a ejercer su profesión. El Avispero, propiedad de la familia Blohm, era una inmensa finca aragüeña cerca de Tocorón. Los primeros tres hijos tuvimos el privilegio de que mi papá pudiera dedicarnos un tiempo invalorable. Nos enseñó a montar bicicleta sin rueditas de apoyo, nos transmitió su amor por la naturaleza y nos contaba cuentos maravillosos, reales unos, inventados otros. Los cuentos reales siempre tenían que ver con lo valiente que era mi abuelo.

Mi papá era el menor de cinco hijos, y fue siempre su fiel compañero de aventuras. Entre las historias que más me apasionaba oír estaba la de un episodio que les sucedió teniendo él aproximadamente seis años.

Iban juntos, todos los sábados, en una mula que mi abuelo había comprado para poder subir a la hacienda de Maca ( hoy en día Petare) propiedad de la familia, en cuya casa vivía una tía que había quedado ciega y ocupaba todo su tiempo tocando maravillosamente el piano a pesar de su condición. La visitaban, le hacían compañía y le llevaban dulces. En el trayecto de subida, eran conocidos y queridos por todos los campesinos de la zona a quienes Don Salvador siempre ayudaba, y los recibían con gran cariño. En una oportunidad, a ambos les pareció que los estaban saludando más afectuosamente que de costumbre, y gritaban: “Don Salvadooooor”, una y otra vez a lo largo del recorrido. Uno de ellos, le gritó al fin: “¡Cuidado con Eduardito! ¡La mula lleva una culebra guindada del raboooo!” El ofidio había saltado del monte intentando atacarlos, y se quedó engarzada. Mi abuelo no subía nunca sin su revólver, no creo que por seguridad sino, me imagino, para solventar situaciones serias como ésta. El asunto era cómo matarla sin asustar a mi papá y sin que la mula se diera a la fuga del pavor. Se volteó en un segundo y le dio a la culebra un disparo certero en la cabeza controlando la situación, lo que provocó una gran ovación de todos los campesinos que estaban alarmados presenciando el suceso. Con los aplausos, lograron que mi papá no se asustara y no se diera cuenta de lo que les hubiera podido pasar.

Alucinábamos cada vez que oíamos la historia.

A medida que fui creciendo, me fui dando cuenta de que era una “estrategia pedagógica” de Eduardito para que le tuviéramos el máximo respeto a estos animales, ya que vivíamos nada menos que en el foco: una hacienda de caña, que bien podría haberse llamado El Culebrero en lugar de El Avispero. Oíamos toda clase de cuentos de las personas que trabajaban, los que fuimos aprendiendo, creyendo al principio que se trataba de leyendas, como, por ejemplo, que las culebras persiguen a las mujeres que están amamantando o acaban de ser madres. Creíamos que eran historias fantasiosas al extremo ¡hasta que nos tocó vivirlo en primer plano!

Habíamos regresado de Caracas, después del nacimiento de Carlos Alfredo, el cuarto de mis hermanos. Era plena época de zafra y recogida de la caña, el momento más crítico para la estampida de todo tipo de animales, especialmente de las culebras. Las puertas de la casa estaban forradas de tela metálica por protección y jugábamos en el jardín muy supervisados pero, aun así, una grande mapanare aprovechó el descuido de alguien que dejó la puerta entreabierta. Mi hermano Eduardo Elías entró a la casa por casualidad, justo en el momento en que mi mamá caminaba por el pasillo con Carlos en los brazos, seguidos de cerca por la cautelosa víbora. El “gordo”, que al parecer había heredado la valentía de nuestro abuelo, le dijo muy tranquilo a mi mamá que se encerrara en el baño y corrió a buscar la ayuda de los peones de la hacienda; tenía seis años. Nos mandó a mi hermano Gustavo de cuatro años y a mí de seis, a subirnos al tope del tobogán del jardín. No sabíamos por qué, pero le obedecimos al instante cuando le vimos la cara de “situación de emergencia”. Lograron atraparla enroscada en uno de los cuartos, me imagino que aterrada por los gritos de mi mamá. En esta ocasión, la ovación fue para mi hermano por su coraje . Desde ese día, estuvimos mucho más alertas y claros de que la cosa no era ninguna broma.

Mi papá nos contaba cuentos de héroes, lo que supongo era otra de sus estrategias para que disfrutáramos de la vida en una hacienda y no creciéramos como niños temerosos. (No sé si conmigo tuvo mucho éxito). Mi cuento preferido era El elicefante verde que, por supuesto, no era real sino producto de su fértil imaginación.

“En las verdes praderas de África, donde los elefantes inmensos y poderosos viven libres y felices, nació un día un elefantico que no era gris como los demás. Era verde, y nunca logró tener el tamaño del resto de la manada. Para burlarse, lo llamaban elicefante.

A él nunca le preocupó ser distinto a los demás; llevaba su vida tranquilo y no le hacía caso a las risas. Trataban de asustarlo todo el tiempo, con amenazas de que por su tamaño iba a ser el manjar del temido león que merodeaba. Le repetían: “Nosotros tenemos el tamaño para defendernos, pero tú eres chiquito y, además, verde”. Un día, llegó la temida amenaza y el león se les enfrentó con toda su furia. Todos empezaron a huir aterrados menos nuestro elicefante, que dio un paso adelante con gran coraje, y le dijo: “¡Yo soy el defensor de todos mis compañeros! Así que no te atrevas a dar un paso adelante porque habrá consecuencias”. Ante la mirada incrédula de todos, el león se retiró y nunca volvió a molestarlos. El héroe del cuento dejó de ser la burla de todos, para pasar a ganarse el respeto absoluto de toda la manada.

He disfrutado al máximo contándole la historia a mis cuatro nietos, que me hacen repetírsela una y otra vez pero, como estamos en el siglo XXI, me piden que le cambie el color al protagonista en cada oportunidad, para que sea: purple, orange o pink.

Todos estos recuerdos, grabados en mi memoria, me han reafirmado que mi profesor de la universidad tenía razón: hay que atesorar esas vivencias inolvidables, sacarlas afuera, contarlas, escribirlas para poder continuar viviéndolas, para que sean sanadoras y así lograr lo más importante: que trasciendan… aunque tengamos que cambiarle el color a los héroes en los cuentos de nuestro disco duro.

Rosa Elena Larrazábal de Maldonado

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* “Pedro [Larrazábal], que era un hombre bueno, sabía que debía cumplir la promesa hecha a María Teresa de ayudar a casar a sus hermanas. (…) Mantuvo, por aquellos días, correspondencia constante con Caracas para averiguar sobre posibles buenos partidos para casar a las muchachas. Quería que fueran jóvenes conocidos, preferiblemente de la familia. Hizo en las cartas una buena promoción de Alicia y Margot; describió lo bien educadas que estaban y lo buenas que eran con sus pequeños hijos huérfanos. (…) Pronto obtuvo una respuesta positiva de su sobrino Salvador Larrazábal Peña, quien llegó hasta San Juan de Luz, pero no se entusiasmó con ninguna de las casaderas y, después de pasar unos días en el pueblo, regresó a Caracas”. (Nacha Sucre: Alicia Eduardo – Una parte de la vida, pág. 110. Fundación Empresas Polar, 2009).

** seibó Del ingl. sideboard. 1. m. R. Dom. y Ven. aparador. (Diccionario de la Lengua Española).

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El escritor Mario Vargas Llosa y un libro sobre Jorge Luis Borges

Se reproduce acá un trabajo publicado en la sección de Cultura del diario argentino Clarín. Una muy recomendable entrevista de Vargas Llosa a Borges en 1981 fue publicada por El País de España y reproducida en el blog de César Miguel Rondón: Borges en su casa. Una entrevista de Mario Vargas Llosa.

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Jorge Luis Borges en Caracas

 

Vargas Llosa sobre Borges: “Es el escritor más importante de nuestra lengua”. El Nobel peruano está por publicar en España “Medio siglo con Borges”, en el que recopila ensayos, entrevistas y notas suyas sobre el autor argentino.

 

13/06/2020 – 13:00

“Si tuviera que nombrar a un escritor de lengua española de nuestro tiempo cuya obra vaya a perdurar, a dejar una huella profunda en la literatura, citaría a ese poeta, cuentista y ensayista argentino que le prestó su apellido a Graciela Borges, a Jorge Luis Borges”, escribe Mario Vargas Llosa en una nota publicada este sábado en el diario El País, de España. El artículo reproduce una conversación—hasta ahora inédita—que el Nobel peruano mantuvo con el escritor argentino en 1981 y que formará parte del libro Medio siglo con Borges, editado por Alfaguara y de próxima aparición en tierras españolas y aún sin anuncio de publicación en Argentina. De todos modos, desde el 18 de junio, se podrá acceder a la versión digital, a 8,99 euros (702 pesos).

El libro de 112 páginas recopila ensayos, artículos, críticas, entrevistas y conferencias sobre Borges escritas por Vargas Llosa, nacido en Arequipa hace 84 años. La que reproduce en El País, cuenta el propio autor de Conversación en La Catedral, “tuvo lugar en el modesto departamento del centro de Buenos Aires donde vive, acompañado de una empleada que le sirve también de lazarillo, pues Borges perdió la vista hace años, y de un gato de angora al que ha bautizado con el nombre de Beppo porque, nos dijo, así se llamaba el gato de un poeta inglés que admira: Lord Byron”.

En la charla que permanecía desconocida hasta el momento, Vargas Llosa, gran observador, le pregunta a Borges por qué no conserva libros escritos por él en su biblioteca: “Cuido mucho mi biblioteca. Quién soy yo para nombrarme con Schopenhauer…”, alega el autor de El Aleph, de respuestas cortas a lo largo de la conversación.

Borges asegurará que el nacionalismo es “uno de los grandes males de nuestra época” (la entrevista es de 1981), “un mal que corresponde a las derechas y a las izquierdas”. “¿Cuál es el régimen político ideal para usted, Borges?”, indaga Vargas Llosa. “Yo soy un viejo anarquista spenceriano—contesta Borges—y creo que el Estado es un mal, pero por el momento es un mal necesario. Si yo fuera dictador renunciaría a mi cargo y volvería a mi modestísima literatura, porque no tengo ninguna solución que ofrecer. Yo soy una persona desconcertada, descorazonada, como todos mis paisanos”.

Por su parte, El Cultural, la revista cultural del diario El Mundo, también de España, también se hace eco de la inminente publicación del libro de Vargas Llosa, con quien pudo concretar una charla a la distancia debido a la cuarentena por coronavirus. El autor de La fiesta del Chivo habló sobre sus recuerdos de Borges y su importancia en las letras. Incluso lo ubica como el más importante en lengua española: “Creo que Borges es el escritor más importante de nuestra lengua en la actualidad. Figura ya entre los clásicos y tal vez si hay que compararlo con alguien habría que hacerlo con Quevedo, por quien sintió siempre gran admiración y del que hizo una espléndida antología hace muchos años”.

Vargas Llosa contó que no leyó el Borges, de Adolfo Bioy Casares, libro que le produjo “una gran repugnancia desde que lo vi publicado y no lo he leído ni lo haré. Me parece inmoral que todas las conversaciones privadas que tenía Borges con Bioy Casares, este las grabara o reprodujera posteriormente, pensando en un libro póstumo”.

Sobre los imitadores de Borges, aseguró: “El estilo y los temas de Borges son absolutamente personales y, por eso, Borges no tiene imitadores válidos, a diferencia de Faulkner o Joyce. A sus imitadores, Borges los mata, es decir, los anula y delata como ‘borgesitos’. Muchos autores de distintas generaciones y de distintas lenguas han tratado de imitarlo y, en vez de empujarlos hacia la originalidad, se delataron como imitadores. Es un caso curioso, porque lo general es que los grandes escritores estimulen y orienten a los más jóvenes y les permitan encontrar su propia voz, pero hasta en esto es Borges un caso único”.¶

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Las montañas de Buda

 

 

¿No le habían enseñado que el sufrimiento domina la existencia de todos los seres vivos y que su culminación es la muerte? ¿No es ésa la suprema ley de vida? Hasta en la naturaleza el drama está por doquier: el pájaro que muere en la boca de un depredador, las plantas que luchan entre ellas por un rayo de sol… tras todo paisaje idílico hay un combate desenfrenado y sin tregua, un imperio del dolor del cual es imposible concebir ni el origen ni el término. En el discurso de Buda no existe un dios salvador.

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Todas las Hormigas estamos sanas. ¡Gracias a nuestro Dios!—que sí es salvador. Habían pasado más de dos meses desde nuestro último encuentro, cuando burlamos nuestra cuarentena la calurosa tarde del 20 de mayo y nos reunimos, con todas las normas de seguridad posibles, en casa de Chicha y nuestro querido hacker, para discutir la novela Las montañas de Buda de Javier Moro. Estábamos emocionadas de vernos después de dos meses de encierro; más de una se cortó el pelo, pintó sus canas y se hizo manicura para la ocasión. Lucimos diferentes modelos de tapabocas y Ana María, por el calor, lo usó como cintillo de pelo—que parecía sombrero de piñata—toda la tarde. Siempre es bueno para el espíritu reunirse con las amigas, pero mejor aún con el Hormiguero en total intimidad, merendando rico y compartiendo un buen vino.

Tres de nuestras Hormigas voladoras han visitado los antiguos predios del Dalai Lama, después de que los chinos los dominaran y lograran afear sus ciudades. Fue a partir de 1950—año en el que nacimos la mayoría de las Hormigas—, cuando comenzó el genocidio contra ese pueblo humilde de campesinos, orfebres, jardineros y tejedores. Usaron la fuerza bruta contra gente pacífica que vivía adorando a Dios sin hacerle daño a nadie, aislados entre las montañas más altas del mundo donde hasta el oxígeno es escaso. Los chinos tomaron posesión de ese agreste territorio, del tamaño de Europa occidental, con la excusa de protegerse de un supuesto ataque de los Estados Unidos por esa frontera.

Irrumpieron en el sacrosanto templo del Jokhang y se entregaron a una orgía de profanación, destrozando sus irremplazables tesoros. Durante varios días, aquellos fanáticos quemaron escrituras sagradas, decapitaron budas y descuartizaron cuadros. Acabaron por destruir parte del templo, por convertir las piezas restantes en un matadero de cerdos y por instalar su cuartel general en las capillas…

Las tres Hormigas voladoras visitaron Katmandú, la ciudad de los monos libres que roban a los humanos cada vez que pueden. La describieron como arquitectónicamente aplastada por los feos edificios chinos. Sus calles son un hervidero de gente, pululando en un gran mercado de tenderetes malparados, con una intrincada maraña de cables como techo. Allí sobreviven aún muchos tibetanos, que a pesar de la pobreza venden sus artesanías con ilusión, una sonrisa en la boca y paz en su alma.

…ningún régimen, y menos uno extranjero, puede imponer la felicidad. Ésta se encuentra en uno mismo, en el silencio, donde se halla el espíritu infinito, en la paz interior, a la cual sólo se llega cultivando el altruismo. La antigua civilización tibetana, venerando la sabiduría y la compasión como únicos bienes deseables, lo había entendido hacía siglos.

Ellos no pierden la esperanza de recuperar sus montañas sagradas, en libertad. Mientras, intentan superarse mostrando a los viajeros los bellos tejidos y preciosas artesanías que hacen con orgullo y con el claro propósito de mantener su cultura, costumbres y hábitos que los chinos, hasta ahora, no han podido cambiar. Está prohibido, por ejemplo, rezar en público, pero es común verlos tendidos en el suelo adorando a Dios.

La naturaleza parecía recordarle que, a imagen y semejanza de las estaciones, todo pasa y vuelve a pasar, tanto la pena como la alegría, la guerra y la paz. Que de nada sirve retener el instante. Porque sólo permanece la inmensidad del espíritu, espejo inmutable que recoge la forma cambiante de las apariencias.

En Lhasa pudieron apreciar más libremente la arquitectura tibetana de muchos colores, combinada con bronces que brillan al sol. Sus calles están bordeadas de flores y los pobladores visten también de colores tejidos, se escucha hermosos cantos y se siente todavía lo sagrado en el aire frío del Tíbet, a pesar de los ochenta y siete mil tibetanos que murieron en la rebelión de 1959 y del peso de la bota de la China Comunista que, todavía hoy día, hace abortar el tercer embarazo de cualquier madre tibetana.

El holocausto del Tíbet es el resultado de una pugna desigual entre la fuerza bruta de quien detenta el poder político y la protesta pacífica de un pueblo profundamente religioso.

Hay tristeza en la mirada de los pobladores por la libertad perdida, pero no falta la esperanza, porque gracias a su adorado Dalai Lama y a pesar de su destierro o, tal vez, gracias a él, su religión se ha extendido por el mundo y cada ves se conoce más la terrible injusticia y crueldad que se cometió con su pueblo.

Javier Moro demuestra su habilidad para captar el momento histórico y político y, a la vez, mostrarnos las bellezas naturales y misteriosas de ese paisaje desconocido. Nos introduce a dos personajes, uno femenino y otro masculino, que vivieron la etapa de la invasión. Con ese toque personal nos hizo más palpable la experiencia y nos enseñó a conocer mejor la bondad que emana de su cultura y religión. Se nota la pericia del escritor cuando nos describe, con crudeza y sin sadismo, las terribles torturas que vio y padeció la joven monja en la cárcel.

Mujeres que combatían por sus derechos, por sus tradiciones, por su país y por su religión. Indiferentes al desprecio y al escarnio, habían conquistado la igualdad. Desafiando la represión, se habían ganado el respeto y la veneración de sus compatriotas.

Nos resume, con multitud de detalles atrayentes, la historia que desconocíamos hasta ahora. La investigación que respalda la novela es, como ya nos ha acostumbrado este escritor, exhaustiva y muy amplia, lo que tal vez hace fríos los primeros capítulos pero, como es su estilo, la trama avanza y nos atrapa al adentrarnos en las intimidades de la vida de su personaje masculino y central, Tenzin Gyatso, el décimocuarto Dalai Lama, “Océano de sabiduría”; el líder religioso y político que, con la fortaleza de espíritu común en su cultura y con su política pacifista ante la barbarie, ha dado a conocer la masacre de su pueblo y se ha ganado el respeto del mundo por la fortaleza espiritual que lo caracteriza.

Tenzin Gyatso ha sabido inculcar a sus compañeros en el exilio la misión de proteger el alma de su país, a la espera de un hipotético regreso, sabedor de que si un pueblo lucha por su existencia, sólo puede vencer; que el sentimiento de amor a la libertad, inherente al ser humano, acaba por imponerse.

Todo el sufrimiento, la injusticia y la maldad termina borrada y eclipsada en la novela de Javier Moro, así como en la vida real, por las creencias filosóficas y religiosas del pueblo tibetano, por la bondad y la paciencia que son su fortaleza, por la política de no violencia adoptada por el gobierno en el exilio que muchos critican.

A los más jóvenes, que sueñan con armas y combates y que desprecian la política de no violencia que después de cuarenta años sigue sin dar sus frutos, el Dalai Lama les recuerda que, incluso en un Tíbet autónomo, la inmensa China seguirá siendo un potente vecino y que la sangre vertida será un obstáculo para la reconciliación.

“Ver al Dalai Lama es como ver al Papa”, dijo una de las Hormigas que tuvo esa suerte, “De él emana bondad y santidad”. Elizabeth prometió escribir con detalle su encuentro con el Santo y las peripecias de su aventura en la India. Publicaremos su texto oportunamente.

En principio quedamos en leer para la próxima reunión Nuestros años verde oliva de Roberto Ampuero pero, cuando el grupo lo comenzó, se incomodó con la historia por su relación con la política y la revolución cubana que nos es particularmente irritante. Se decidió entonces leer Pachinko de Min Jin Lee. En este caso es una historia de familia coreana-japonesa que no tiene nada que ver con nuestra triste realidad nacional.

La novela de Moro, Las montañas de Buda, publicada en 2004 por Seix Barral, gustó mucho y fue bien calificada por el Hormiguero con siete puntos sobre diez, en mayo del 2020, año de la pandemia del Corona Virus.

Como era de esperar, una de las Hormigas dejó olvidado el tapabocas…

NS

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Hace siglo y medio dijo adiós

Tomado de la sección de cultura de La Nación de Argentina (y mínimamnete ajustado)

A 150 años de la muerte de Dickens, el novelista más poderoso del siglo XIX

 

La obra de Dickens representa un antes y un después en la historia literaria
La obra de Dickens representa un antes y un después en la historia literaria

 

Daniel Gigena

9 de junio de 2020  • 11:29

 

Hace ciento cincuenta años, Charles Dickens moría en su casa de campo en Kent. “Ningún novelista del siglo XIX, ni siquiera Tolstói, fue más poderoso que Dickens, cuya riqueza inventiva rivaliza con Chaucer y Shakespeare “, dictaminó Harold Bloom en El canon occidental . La obra de Dickens, que representa un antes y un después en la historia literaria, sigue viva gracias al elenco de personajes memorables, en especial de niños y mujeres que habitan sus novelas. El huérfano Oliver Twist, David Copperfield, Nell de La tienda de antigüedades, Amy de La pequeña Dorrit, Miss Havisham y Philip Pirrip (alias Pip) en Grandes esperanzas, las víctimas infantiles de malos tratos en Nicholas Nickleby, y la protagonista y narradora ocasional de Casa desolada, Esther Summerson, son algunos de esos héroes y heroínas dickensianos que sus primeros lectores conocieron en entregas semanales o mensuales de medios gráficos. Incluso quienes jamás lo leyeron conocen a Dickens: sus novelas se siguen adaptando al cine y la televisión .

Como muchos otros escritores, cultivó el periodismo y durante toda su vida denunció, con éxito relativo, las condiciones sociales injustas. En Inglaterra, algunas reformas sociales se impulsaron por la resonancia que tuvieron sus novelas entre el público. Un epitafio impreso durante sus funerales sintetiza el paso de Dickens por este mundo: “Fue un simpatizante del pobre, del miserable y del oprimido, y con su muerte el mundo ha perdido a uno de los mejores escritores ingleses”.

 

“Un amigo para toda la vida”

Como buen hijo de Londres, la mayoría de sus criaturas también nacieron del barro y la niebla de la capital inglesa. “En su libro Historia de dos ciudades, basado en la Revolución Francesa, se ve que en realidad Dickens no podía escribir una historia de dos ciudades. Él fue habitante de una sola ciudad: Londres”, ironizaba con ternura Jorge Luis Borges en una conferencia de 1966 sobre la época victoriana, dedicada casi íntegramente a este escritor inglés. Para Borges, el pecado del autor de La tienda de antigüedades era el patetismo, pero ¿no es en parte ese rasgo lo que vuelve tan imperecedera su obra? Otro recurso fiel es el humor, aplicado con mordacidad a los personajes aristocráticos y arribistas que recorren su obra, y que en muchas ocasiones son objeto de redenciones algo forzadas (pero que los lectores agradecen).

La mejor novela para trabar conocimiento con Dickens era, en opinión de Borges, la autobiográfica David Copperfield (1849-1850). “Y después Los papeles póstumos del Club Pickwick . Y luego, yo diría el Martin Chuzzlewit , con sus descripciones deliberadamente injustas de América y el asesinato de Jonás Chuzzlewit, pero la verdad es que haber leído algunas páginas de Dickens, haberse resignado a ciertas malas costumbres suyas, su sentimentalismo, sus personajes melodramáticos, es haber encontrado un amigo para toda la vida”. Para otros autores, como Bernard Shaw y John Ruskin, Tiempos difíciles (1854) fue, como escribió el filósofo Hippolyte Taine, “la composición más importante de cuanto escribió”. En esa etapa de la obra dickensiana, los ideales humanistas del autor empezaban a ser matizados por una observación más aguda (o realista) de las fuerzas sociales.

Tres obras maestras del escritor inglés

Un precursor borgeano, G. K. Chesterton,  publicó en 1906 una biografía del autor de Nuestro común amigo (1864-1865). “Dickens—remarcó en su Charles Dickens—permanecerá como señal imperecedera de lo que ocurre cuando un gran genio de las letras tiene un gusto literario coincidente con el común de los hombres. Lo esencial en su carácter es que el sentido común fuese tan unido a una sensibilidad descomunal. Esas dos principales virtudes de Dickens iban en él hermanadas; nunca una lejos de la otra. Desde sus comienzos y hasta el final, sus libros se van haciendo cada vez más graves y va pesando en ellos una mayor responsabilidad; si no siempre gana el creador, el artista se hace cada vez más diestro”. Chesterton no dudaba de que, cuando se hiciera una selección de la mejor literatura del siglo XIX, a Dickens se lo ubicaría en la cúspide.

No fue el único compatriota que admiró su obra. “Una novela suya se puede convertir en un grupo de personajes separados, unidos a menudo por las convenciones más arbitrarias, que tienden a volar en pedazos y dividir nuestra atención en tantas partes diferentes que dejamos caer el libro en la desesperación—apuntó una sagaz Virginia Woolf—. Pero ese peligro se supera en David Copperfield . Allí, aunque los personajes pululan y la vida fluye en cada arroyo y grieta, un sentimiento común de juventud, alegría y esperanza envuelve el tumulto, reúne las partes dispersas e inviste la más perfecta de todas las novelas de Dickens con una atmósfera de belleza”. El propio Dickens confesó que sentía debilidad por esa novela: era su preferida.

 

La mejor receta contra la gripe

Así comienza una de las lecciones de literatura del escritor y crítico ruso-estadounidense Vladimir Nabokov: “Con Dickens nos ensanchamos. Lo suyo no es una readaptación de valores anticuados, los valores son nuevos. Los autores modernos todavía se embriagan con su cosecha. Hemos de rendirnos ante la voz de Dickens: eso es todo”. Para el autor de Pálido fuego, hasta el personaje más secundario y efímero tenía, en la “democracia mágica” instaurada por los universos narrativos dickensianos, derecho a crecer y evolucionar.

El huérfano más popular de la historia de la literatura

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Incluso la vida del escritor inglés, como señala la biógrafa Claire Tomalin, “se lee como una de sus novelas”. Nacido y criado en el seno de un hogar de la clase media baja inglesa, trabajó desde niño en un depósito y se formó a sí mismo como escritor (igual que David Copperfield); lector voraz de Henry Fielding, Daniel Defoe y Miguel de Cervantes, cubrió como periodista las sesiones de la Cámara de Comunes hasta que, a mediados de 1830 (¡a los veinticuatro años!), comenzó a publicar Los papeles póstumos del Club Pickwick, protagonizada por caballeros grotescos, a modo de folletín. Fue su primer best seller. Padre de diez hijos, en los últimos años de su vida protagonizó un lamentable episodio con su mujer, Catherine Thompson Hogarth.

Una de las más entusiastas defensas de Dickens no la hizo un ensayista, ni un crítico ni un biógrafo. En un texto de 1972, la poeta polaca Wislawa Szymborska, Nobel de Literatura 1996, escribió: “Hoy, al menos hasta donde yo sé, los escritores jóvenes no leen a Dickens, pero tampoco es para rasgarse las vestiduras. Antes o después, una gripe meterá en la cama a algún escritor joven y se dará el caso de que la aspirina no sea suficiente, que necesite algún libro con propiedades terapéuticas suplementarias. Ese autor que no solo amara a la humanidad, sino que además—y más raro aún—amara a las personas, se compadecerá de ellas y comenzará a hacer bromas”. Ese autor es Dickens y la receta de Szymborska se puede extender a los lectores de todas las edades.¶

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La revelación de Nigeria

Artículo tomado de la sección de Cultura de El País de España.

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La escritora Bernardine Evaristo, fotografiada en su casa de Londres en marzo de 2020. IONE SAIZAR

 

EN PORTADA

Bernardine Evaristo: “Black Lives Matter y el Me Too ya han cambiado la sociedad”

 

La ultima revelación de las letras británicas es de origen nigeriano, escribe novelas en verso y persigue un cambio social. Publica ‘Niña, mujer, otras’, con la que ganó el último Premio Booker

ÁLEX VICENTE

6 JUN 2020 – 00:02 CEST

 

Cuando oímos hablar de ella por primera vez, Bernardine Evaristo (Londres, 1959) no tenía nombre. Era solo “otra autora”. Así la designó un desubicado presentador de la BBC al recordar que la escritora había compartido el último Premio Booker, el más importante de las letras anglófonas, con un mito como Margaret Atwood. Sucedió en diciembre, semanas después de hacer historia al convertirse en la primera mujer negra que conquistaba el galardón. “No fue capaz de recordar mi nombre o tal vez no consideró que tuviera mucha importancia. Me sorprendió la velocidad con la que me borraban de la historia”, recordaba Evaristo en la casa que comparte con su marido en el distrito londinense de Hillingdon, en la lejana zona seis del mapa de transporte público, en un día de marzo inmediatamente anterior al encierro colectivo.

Ante aquella omisión, Evaristo enfureció. “No tengo un ego muy grande, pero no me gustó que me volvieran a hacer invisible. Si ha hecho sus deberes, ya sabrá que la visibilidad es un tema muy importante para mí”, afirma. Lo dice porque ese es el tema de su libro, Niña, mujer, otras (AdN), una novela de 500 páginas escrita en verso libérrimo que relata las vidas de una docena de mujeres negras, sobre las que raras veces recae la atención literaria. Tras seis décadas trabajando en la sombra, a Evaristo le apagaron unos focos que apenas empezaban a calentarse. Ante su enfado, tuvo una reacción muy de nuestro tiempo: encender el ordenador y abrir Twitter. Escupió su ira en 280 caracteres. Lo publicó y respiró hondo. “La sorpresa llegó cuando empecé a recibir apoyo. Cada segundo crecía más y más. La gente se ofendía en mi nombre”, recuerda, todavía admirada. Entendió que tal vez algo hubiera cambiado en esa sociedad que tanto solía criticar. De repente, ya no estaba sola. Por primera vez en su vida, sintió que tenía el viento a favor.

A Evaristo, el éxito le ha llegado tarde, a los 60 años, pero como un torrente. Tras el Booker, Niña, mujer, otras se convirtió en un fenómeno editorial en el mundo anglosajón, un final inesperado para un volumen de corte experimental que parecía destinado a un público minoritario, aunque ella asegure que tampoco lo escribió “para una selecta minoría de 100 personas”. Poco después, un prescriptor cultural llamado Barack Obama lo incluyó en su lista de lecturas favoritas de 2019, en lo que pareció el gesto posracial definitivo. Evaristo, que ha venido a esta batalla armada hasta los dientes, duda que la guerra haya terminado, y sabe que esto podría ser tanto su Waterloo como un ilusorio Austerlitz. Pero también admite sentir un optimismo insólito a la luz de los últimos acontecimientos. “Black Lives Matter y el MeToo han provocado una conciencia de género y de raza que nunca había existido a esta escala. La confluencia de ambos ya ha transformado la sociedad”, asegura esta hija de concejal laborista nigeriano y maestra de escuela inglesa, que creció en “un hogar socialista” gobernado por dos animales políticos, de los que heredaría una máxima de la que se acuerda cada mañana frente al espejo: “Si quieres cambiar la sociedad, empieza por ti misma”.

“Escribo en oposición al statu quo, con la voluntad de perturbarlo, contra la norma social y cultural”

Su libro, claro está, llega en el momento indicado, aunque la mera evocación de este contexto favorable saque de sus casillas a una autora que siempre ha escrito contra la corriente (y que, antes de escoger un tema que esté de moda, seguramente preferiría cortarse las dos manos). “Escribo en oposición al statu quo, con la voluntad de perturbarlo y de alejarme de la norma social y cultural. Formalmente, mis libros toman direcciones muy inesperadas. No son la marca de un escritor guiado por el oportunismo”, se defiende, aunque no hubiera ataque. ¿Le sorprendió que los lectores respondieran a tan inusual propuesta? No, porque no cree que el problema sea de falta de curiosidad, sino de ausencia de riesgo del sector editorial. “La gente no ha tenido ningún problema en leer un libro sobre mujeres negras. Diría que, históricamente, ha habido muy pocos negros en esta industria. Hoy sigue siendo un mundo muy blanco y de clase media. Hasta hace muy poco tiempo, no se ha entendido el potencial de este tipo de literatura”, señala Evaristo. Un potencial que es literario y económico. “Se puede ganar dinero publicando obras sobre colectivos infrarrepresentados. Cuando descubren que hay un libro que habla sobre ellos, no dudan en comprarlo”, añade.

Niña, mujer, otras es una novela polifónica por la que pasa una infinidad de personajes. Amma es una dramaturga negra y lesbiana que, tras una vida actuando en los márgenes, logra estrenar una obra en el National Theatre (un personaje inspirado en la propia Evaristo, que ha acabado viviendo una consagración similar, como si fuera una profecía autorrealizada). Yazz es su hija, estudiante universitaria y feminista de pro. Dominique es su madrina, una mujer maltratada que trabajó con Amma en sus inicios en el teatro independiente. Carole estudió en Oxford y tiene un alto cargo en un banco de la City, un milagro sociológico siendo hija de inmigrantes nigerianos. Bummi es su progenitora, una encargada de la limpieza que se enamora de otra mujer en la iglesia. LaTisha, cajera de supermercado, fue a clase con Carole. Shirley, hija de la emigración caribeña, solía ser la maestra de ambas. Winsome, su madre, vive una jubilación dorada en su casa de Barbados. Penelope, compañera de trabajo de Shirley, parece blanca de piel, aunque su historia familiar le reserve alguna sorpresa. Megan pasa a llamarse Morgan cuando decide vivir su vida como persona no binaria. Hattie es su bisabuela, una mujer negra que creció en el norte de Inglaterra. Grace es la madre de Hattie y el punto final de una historia que oscila entre pasado y presente para dibujar algo parecido a un retrato colectivo de esa comunidad imaginaria. Aun así, Evaristo no quiso que ese coro griego fuera representativo de la realidad, sino un muestrario aleatorio, extraído al azar de una masa formada por las cerca de 800.000 mujeres negras que viven en el Reino Unido. “Inventé tantos perfiles como pude. Los negros somos prácticamente invisibles en la ficción, pero incluso cuando no lo somos estamos sometidos a muchos estereotipos, como el de los chicos violentos y las mujeres que se prostituyen. Eso da una perspectiva muy reducida y muy afín a la que ya existe en los medios de comunicación. Yo escribo también contra eso”, señala la autora.

La escritora Bernardine Evaristo, en el jardín de su casa londinense en marzo de 2020. IONE SAIZAR

Evaristo ha firmado un libro muy arraigado en el presente, lleno de referencias a la cultura de la celebridad, la omnipresencia de las redes sociales y los debates interseccionales, que convoca a Netflix, a Roxane Gay y a todo tipo de identidades no monolíticas. “He intentado evitar lo que les sucede a los escritores de cierta edad, que se encierran en sus burbujas y dejan de estar conectados con la vida que tienen a su alrededor. Yo estoy rodeada de jóvenes”, dice la autora, que lleva una década enseñando escritura creativa en la Universidad de Brunel, a las afueras de la capital británica. “Cada año tengo más estudiantes que no se sienten ni hombre ni mujer. De ahí surge el personaje de Morgan. Quería que fuera transgénero, pero decidí ir todavía más lejos. Yo los escucho, les hago preguntas, tomo cosas prestadas y uso mucho Internet. Absorbo cualquier encuentro o interacción. Vaya con cuidado: puede que usted también termine en uno de mis libros…”. Para que los diálogos no chirríen, Evaristo se sirve de su formación como actriz. “Mis orígenes están en el teatro. Para crear cada personaje, me metí en su interior. Los escribí desde dentro, de manera que fueron ellos mismos los que me indicaron quiénes eran”.

La existencia de Evaristo fue radical desde su nacimiento, siendo hija de un soldador nigeriano que había llegado a Inglaterra en 1949 (y futuro primer hombre negro que ofició en el Consistorio municipal de Greenwich) y de una maestra inglesa de origen irlandés y alemán. En el comedor de su casa, una colorida estancia en la que abundan los estampados africanos, salta a la vista una fotografía de su infancia. Fue tomada cuando tenía dos años, cuando los Beatles todavía no habían debutado y la revolución sexual seguía pareciendo una perspectiva inimaginable para un futuro inmediato. Es un retrato familiar donde aparecen sus padres, sus abuelas y cinco de sus siete hermanos. Dos más estaban por llegar. Su madre, devota católica, quiso tener tantos hijos como fuera posible. Su padre accedió: después de todo, esa muchachada no dejaba de ser “una prueba de su hombría”.

“El verso me permite condensar muchas ideas en un espacio pequeño. Me deja escribir sin censura”

Creció en una casa victoriana comprada por 1.900 libras esterlinas allá por 1960 en Woolwich, suburbio pegado al Támesis a media hora del centro de Londres, volcado en la construcción de equipamientos militares. “Hoy ya no queda nada de eso: han levantado apartamentos de lujo frente al río y, en un encomiable intento de rebranding, lo llaman Royal Arsenal Riverside”, se carcajea Evaristo, que hace poco volvió a pasear por el lugar y se encontró con una antigua compañera del colegio. “Me hizo una pregunta inesperada: ‘De pequeña, ¿fuiste infeliz?’. Supongo que lo dice porque yo era la única niña negra…”, ironiza. Quiso marcharse con todas sus fuerzas de ese lugar, aunque ahora esté convencida de que fueron aquellos veranos perezosos en ese distrito industrial, durante los que se aburrió soberanamente, los que la convirtieron en escritora. Al terminar sus estudios de interpretación, fundó el Theatre of Black Women, el primero de ese tipo en el Reino Unido, convencida de que nadie escribiría para ella más que papeles de criminales y sirvientas. Durante años, sobrevivieron con una subvención de 100.000 libras anuales. Un buen día, el dinero dejó de llegar. Evaristo se puso a escribir novelas, todas ellas inéditas en castellano, que imaginaban genealogías alternativas de la negritud británica, como The Emperor’s Babe (2001), sobre una niña de color en el Londinium romano de hace 20 siglos, o Blonde Roots (2008), relato paródico que imaginaba un colonialismo invertido, en el que los africanos esclavizaban a los europeos. En Mr. Loverman (2013), la escritora entró en un territorio rayano en el realismo social al escoger a un septuagenario homosexual de origen afrocaribeño como protagonista.

Evaristo ha alternado la prosa y la poesía en una serie de experimentos que parecen llegar a su culmen en Niña, mujer, otras, escrita en un verso narrativo desprovisto de puntos, que Evaristo ha bautizado con el peculiar apelativo de fusion fiction. “Le da una gran energía a mi escritura y me permite condensar muchas ideas en un espacio muy pequeño. Esta forma me permite escribir sin censura”, señala sobre su libro, situado en algún punto entre el poema épico y un mensaje de WhatsApp algo pasado de caracteres. Su libro se opone a un entendimiento binario de la realidad, de la sociedad y del individuo. Las nociones de raza, clase social, género y sexualidad solo se entienden a partir de espectros, otra palabra rabiosamente contemporánea. Su propia biografía puede entenderse así. De joven, Evaristo tuvo relaciones homosexuales, como también las tuvo su madre, aunque la autora no quiera entrar en detalles. “Eso será otro libro…”, suele decir.

“Vivo en un país cada vez más insular. Trump ha fijado el modelo y nosotros lo seguimos”

Con Niña, mujer, otras, Evaristo aspira a ofrecer un referente que ella no tuvo de joven, cuando se refugió en las obras de escritoras afroamericanas como Toni Morrison o Alice Walker, ya que el equivalente británico no existía. Pese a las apariencias, la autora no está de acuerdo con todas las reclamaciones de las políticas de identidad. Por ejemplo, se opone a la noción de apropiación cultural. “Como escritores, debemos ser libres de hablar de cualquier grupo demográfico. Es de sentido común. Lo que importa es ser lo suficientemente preciso. Si vas a escribir sobre una mujer saudí, asegúrate de que no lleva minifalda”, bromea Evaristo. “Espero que en unos 10 años hayamos superado ideas tan simplistas. Si aspiramos a una sociedad pluralista e igualitaria, no podemos creer en ellas”.

Cuando se siente excesivamente optimista, Evaristo se acuerda de esa desgracia llamada Brexit. “Vivo en un país cada vez más insular. Me parece increíble preferir eso que estar en el mundo global, con todas las ventajas que eso supone. Nunca querría quedarme aquí solo con británicos”, bromea (o no). “Se supone que ahora el Reino Unido debe volver a ser grande. Donald Trump ha fijado el modelo y nosotros tenemos que seguirlo. Contamos con nuestro propio Trump, que parece algo más educado que el original, pero está provocando los mismos problemas, aunque sea a una escala menor”. Pese a todo, como sucedía en La señora Dalloway, de Virginia Woolf, Evaristo quiso que su libro terminase con una fiesta. “No quería crear personajes que fueran víctimas, porque ya ha habido suficientes mujeres negras que eran personajes trágicos. Quería que esta novela también fuera un espacio de celebración”. Puede que la guerra no haya terminado, pero ahora Evaristo cuenta con tropas mucho más numerosas.¶

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