Á propos la obra cumbre de George Orwell

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1984 es, ciertamente, una lectura profundamente perturbadora. Para los lectores venezolanos, las analogías entre las prácticas de Big Brother y los gobiernos socialistas son evidentes, por ejemplo, en materia del control de la historia: “Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado”.

La historia de Orwell, publicada en 1949, es la de Winston Smith, un empleado del Ministerio de la Verdad de Oceanía, uno de los tres súper-estados del mundo al cabo de una generación desde la publicación de la novela; para el autor, luego de los enormes cataclismos sociales de la primera mitad del siglo XX—dos guerras mundiales y la emergencia de los estados totalitarios (fascista, nazi, soviético)—, treinta y cinco años debían ser suficientes para el despliegue de un totalitarismo del que las especies conocidas no eran sino maquetas.

La posibilidad de una cosa así estaba implícita en el desarrollo de la tecnología del poder, fenómeno estudiado por el sociólogo húngaro Karl Mannheim—Ideología e utopía (1936), Diagnóstico de nuestro tiempo (1944), obras escritas y publicadas en Inglaterra—que Orwell seguramente ha debido conocer.

Mannheim estuvo entre los primeros proponentes de una “tercera vía” distinta del capitalismo y el socialismo, y Orwell mismo, cuando todavía se llamaba Eric Arthur Blair, era un socialista democrático, un adeco. Ya su participación en la Guerra Civil Española le había acercado al trotskismo por su crítica al estalinismo, y Samuel Goldstein, el archienemigo del partido totalitario de Oceanía que todos los días era objeto de un ejercicio teledifundido de dos minutos de odio, era judío y lucía una chiva, como el hombre que amaba a los perros.

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Winston Smith era un miembro del “partido exterior”, parte de una burocracia que servía a un “partido interior”, la élite dominante de quienes estaban arriba. Es tema tratado por un venezolano el ciclo explicado por Goldstein: de cómo los segundos en una jerarquía social se alían con los terceros para derrocar a los primeros y convertirse en primeros ellos mismos.

José Manuel Briceño Guerrero, doctorado en Filosofía y Filología de la Universidad de Viena, apureño, antiguo profesor de la Universidad de Los Andes en Mérida, escribió un penetrante ensayo—El laberinto de los tres minotauros—que Francisco Toro Ugueto entendió como una prefiguración del chavismo:

Como anota Toro en su blog, Briceño Guerrero interpreta “…la cultura latinoamericana como una mezcla de tres ‘discursos’ separados, mutuamente incompatibles: el discurso Racional-Occidental, el discurso Mantuano y el discurso Salvaje”. El libro de Briceño Guerrero fue escrito entre 1977 y 1982, y por tanto no podía ser una referencia específica a Chávez.

Es Toro quien establece—como otros lectores del merideño lo han hecho—una relación significante entre la descripción del discurso salvaje y el chavista: “…explica no sólo por qué existe el chavismo, sino también por qué tiene éxito. La atracción política de Chávez está basada en el lazo emocional que su retórica crea con una audiencia que resiente profundamente su marginalización histórica. Funciona al hacerse eco de la profunda resaca de furia de los excluidos, una furia que Briceño Guerrero explica poderosamente. La retórica de Chávez está basada en una comprensión intuitiva profunda del discurso no occidental/antirracional en nuestra cultura, un discurso que ha sido alternadamente atacado, descontado y negado por generaciones de gobernantes de mentalidad europea. Chávez valida el discurso salvaje, lo refleja y lo afirma. Lo encarna. En último término, transmite a su audiencia un profundo sentido de que el discurso salvaje puede y debe ser algo que nunca ha sido antes: un discurso de poder”. (En Discurso salvaje, del blog de doctorpolítico, nota del 17 de mayo de 2005).

Briceño Guerrero reproduce la dinámica de Goldstein en la sección que dedica al discurso salvaje:

Para comprender el mecanismo de la trampa revolucionaria, veamos nuestra sociedad a vuelo de pájaro. Está constituida, primero, por los amos, los poderosos, los de arriba, los señores; llamémoslos blancos. Segundo, los que sin ser amos tienen una participación variable en los bienes de la sociedad, son capataces, administradores, maestros y profesores, pequeños comerciantes, policías, profesionales liberales; llamémoslos pardos; pueden ascender dentro de su categoría y algunos pueden superarla para engrosar el rango de los blancos. Tercero, nosotros, es decir, “los indios y los negros”, los de abajo y afuera.

Suele ocurrir que los blancos tengan entre ellos mismos peleas de señores. Entonces se sirven de nosotros; nos organizan política o militarmente con una ideología revolucionaria, con planes revolucionarios, con promesa de cambios radicales. Nos hacen combatir y cuando han logrado sus fines, cuando han arreglado sus cuentas de blancos, se deshacen de nosotros poco a poco mediante retrasos, aplazamientos, intrigas, divisiones, recompensas parciales y a veces aun con la ayuda de sus adversarios reconciliados.

Suele ocurrir también que pardos de ambición impaciente quieran forzar el ascenso dentro de su categoría, acelerarlo para llegar por un canal extraordinario al rango superior. Entonces se sirven de nosotros; nos organizan política o militarmente con una ideología revolucionaria, con planes revolucionarios, con promesa de cambios radicales. Nos hacen combatir y cuando logran llegar a importantes magistraturas desde donde se acomodan, se desligan de nosotros o nos mantienen organizados en las capas bajas de partidos políticos reformistas, en calidad de clientela y tropa de choque.

En el esfuerzo que hago para esta lucha me comprometo más que en el trabajo de los campos, el servicio doméstico, la construcción y las fábricas; me doy entero, arriesgo todo. Mi salario es la ilusión de triunfo, la exaltación momentánea, el desahogo, los instantes del asalto y del grito. Pero no logro realizar mi anhelo. Al contrario, mi rebeldía se incorpora aún más al dinamismo del sistema opresor, le sirve y lo fortalece. Mi peligrosidad se ve disminuida y retardada por esa masturbación periódica.

En cambio ellos sí logran sus fines; además de mantenerme en cintura, canalizan mi torrente hacia sus molinos, me cogen de escalera, arriman mi brasa a su sardina.

Amonedan mi furia para comprar poder los dirigentes revolucionarios. Se vuelven ricos con la plusvalía de esa empresa llamada lucha revolucionaria en la que yo pongo mi fuerza de combate, mi capacidad de sacrificio, mi agonía, Plusvalía revolucionaria.

¿No te has fijado, hermano, que los dirigentes revolucionarios son blancos o pardos? Los caudillos negros o indios de las revoluciones han sido “cachicamos trabajando para lapa”.

He visto también—deseara no haberlo visto—que la revolución, caso de ser practicada en serio y caso de triunfar, conduce a formas de injusticia y opresión más abominables que las actuales. Esas formas nuevas de injusticia y opresión las he visto en los ojos y en las palabras de los dirigentes más sinceros, más esforzados, más leales a la causa. Se sienten salvadores mesiánicos, avatares de la historia; creen conocer mis intereses, mis deseos y mis necesidades mejor que yo mismo; no me consultan ni me oyen; se han constituido por cuenta de ellos en representantes míos, en vanguardias de mi lucha; son tutelares y paternalistas; prefiguran ya el Olimpo futuro donde tomarán todas las decisiones para mi bienestar y mi progreso; las tomarán y me las impondrán en nombre mío, a sangre y fuego en nombre mío. Yo bajo la cabeza diciendo “Sí camarada, sí compañero, eso es lo que hay que hacer, tiene razón, viva”. Les sigo la corriente para que no me peguen y para no desanimarlos; pueden producir esos momentos de relajo, de caos, cuando parpadea la vigilancia de los gendarmes, cuando puedo descargar impune mi rencor, mi cólera reprimida, mi odio; después de todo, ese alivio esporádico es el mendrugo que me toca en el tejemaneje revolucionario mientras llegan días peores, los del triunfo revolucionario.

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Por supuesto, 1984 se inscribe en una ilustre serie de utopías y distopías. La Edad Media es el tiempo del mito de Jauja o Cucaña—Cockaigne—país en el que no era necesario trabajar para comer y beber abundantemente, y el Renacimiento dio la muy influyente Utopía (1516) de Tomás Moro. El terror viene después: es de 1921 la novela Nosotros, el primer libro censurado en la Unión Soviética; no hubo edición en ruso hasta 1988, en época de Mikhaíl Gorbachov.

Orwell sostuvo que Aldous Huxley se inspiró en Nosotros, de Yevgeny Zamyatin, para escribir Un mundo feliz (1932). Huxley dijo que lo leyó después de su escritura y Orwell insistió; según él, Huxley mentía. En todo caso, Orwell leyó a ambos, puesto que escribió comparando los dos libros antes de 1949, el año de publicación de 1984, y reconoció la deuda con el ruso aunque no con quien había sido su instructor de francés mientras estudiaba en Eton. Huxley fue más generoso; en una carta a su ex alumno del 21 de octubre de 1949, lo felicitó por “how fine and how profoundly important the book is”.

El mismo Orwell, naturalmente, había tenido su primer éxito literario con Rebelión en la granja (1945), una poderosa alegoría satírica del régimen stalinista; el líder de los cochinos, Napoleón, está modelado en Jósif Stalin.

Y los precedentes no se limitan a lo literario; hablando de Napoleón, esto se escribió del Bonaparte:

Napoleón Bonaparte enseñó a todos los líderes autoritarios que lo sucedieron cuáles son los elementos esenciales en una dictadura: la propaganda, una eficaz e inexorable policía secreta que constituye un estado dentro del estado, el uso de dispositivos democráticos como el referendo para reunir apoyo popular a favor del régimen, la burocratización de las instituciones críticas de la educación y la religión para que puedan convertirse en instrumentos de adoctrinamiento, y la utilidad de las aventuras foráneas para hacer soportable la represión interna. Ninguna de estas herramientas del autoritarismo es original de Napoleón; su contribución fue entretejerlas como el instrumento del estado autoritario moderno y demostrar cuán eficaz puede ser ese instrumento internamente. (Blum, Cameron, Barnes: The European World).

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Leer a Orwell, específicamente 1984, es someterse a la claustrofobia y el terror; la agobiante sensación de imaginarse, como Smith, vigilado las veinticuatro horas del día hasta en el más mínimo de los gestos. Saber que un poder totalitario puede distorsionar la realidad al punto de no poder reconocerla, y doblegar la rebeldía del más inteligente para someterlo al amor de lo que repudia. El poder imaginativo de Orwell y su trabajo analítico pudieran vacunarnos de totalitarismo, pero también es un práctico manual para quienes quieran aplicarlo en sus propios proyectos totalitarios. Como explicaba Samuel Goldstein: “Uno no establece una dictadura con el fin de preservar una revolución; uno hace la revolución para establecer la dictadura”.

¿Ministerio del Amor o Misión Amor Mayor? §

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Apéndice formíceo

Para la economía clásica la mano misteriosa del mercado estaba basada en la eficiencia del decisor individual. Se lo postulaba como miembro de la especie homo œconomicus, hombre económicamente racional. Los modelos del comportamiento microeconómico postulaban competencia perfecta e información transparente. El mercado era perfecto porque el átomo que lo componía, el decisor individual, era perfecto. La propiedad del conjunto estaba presente en el componente.

En cambio, la más moderna y poderosa corriente del pensamiento científico en general, y del pensamiento social en particular, ha debido admitir esta realidad de los sistemas complejos: que éstos –el clima, la ecología, el sistema nervioso, la corteza terrestre, la sociedad– exhiben en su conjunto “propiedades emergentes” a pesar de que estas mismas propiedades no se hallen en sus componentes individuales. En ilustración de Ilya Prigogine, Premio Nóbel de Química: si ante un ejército de hormigas que se desplaza por una pared, uno fija la atención en cualquier hormiga elegida al azar, podrá notar que la hormiga en cuestión despliega un comportamiento verdaderamente errático. El pequeño insecto se dirigirá hacia adelante, luego se detendrá, dará una vuelta, se comunicará con una vecina, tornará a darse vuelta, etcétera. Pero el conjunto de las hormigas tendrá una dirección claramente definida. Como lo ponen técnicamente Gregoire Nicolis y el mismo Ilya Prigogine en “Exploring Complexity” (Freeman, 1989): “Lo que es más sorprendente en muchas sociedades de insectos es la existencia de dos escalas: una a nivel del individuo y otra a nivel de la sociedad como conjunto donde, a pesar de la ineficiencia e impredecibilidad de los individuos, se desarrollan patrones coherentes característicos de la especie a la escala de toda la colonia”. Hoy en día no es necesario suponer la racionalidad individual para postular la racionalidad del conjunto: el mercado es un mecanismo eficiente independientemente y por encima de la lógica de las decisiones individuales.

Es esta característica natural de los sistemas complejos el más poderoso fundamento de la democracia y el mercado. A pesar de la imperfección política de los ciudadanos concretos, la democracia sabe encontrar el bien común mejor que otras formas de gobierno; a pesar de la imperfección económica de los consumidores el mercado es preferible como distribuidor social.

(En Marcos para la interpretación de la libre empresa en Venezuela, Luis Enrique Alcalá, enero 2004).

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luis enrique ALCALÁ